jueves, 19 de abril de 2018

El relato de abril: "El guardián de la guardia del monstruo"


A veces, estás escribiendo sobre un tema ficticio, hipotético, y la realidad llama a tu puerta. A veces, esa misma realidad influye en el cuento, de la misma manera en que el relato sirve para aprender del hecho real. En esta macabra historia (no apta para menores de dieciocho años), una reflexión sobre el mal debería servirnos, como siempre, para juzgarnos de manera crítica a nosotros mismos.

Y como resultas de este juicio, yo sólo digo: ojalá me perdonen.


El guardián de la guarida del monstruo

                María –cincuenta y muchos años, ropa de estar por casa, incluida una bata- penetra en la habitación. Una vez dentro, lo primero que hace es abrir las ventanas. Recoge a continuación todo lo que ha quedado tirado por el suelo: en esta ocasión no es demasiado, otras veces puede serlo mucho más. A veces, en la precipitación por salir, ellas –sobre todo ellas- se dejan de todo: envoltorios de condones, lápiz de labios, un sujetador o bragas. A ratos las abandonan en el mismo suelo de la habitación, aunque lo más frecuentemente es que sea en el baño. No importa lo que María localice en este lugar al principio: lo relevante es lo que va a quedar al final. Y es una habitación aseada, limpia, impoluta, para que una vez más, pueda volver a cumplirse el ciclo. Un ciclo que termina ahora, conforme María recoge las sábanas y las coloca en un cesto. Un ciclo que termina ahora, cuando María pone la lavadora y tiende la colada. Un ciclo que termina ahora, cuando María recoge las pinzas de la ropa y, bajo el cálido sol que invade la amplia terraza, recoge las fundas de cojín o las sábanas, las cuales sabe que volverán a ser utilizadas y (casi con satisfacción se vanagloria María) cuando las usen de nuevo estarán más que limpias-, dentro de unas cuantas noches, una vez más.
                Un ciclo que estará empezando ahora, en algún sitio, en alguna parte, mientras el marido de María busca una mujer que vaya a su cama esta noche, para que esa mujer y el marido de María se puedan amar.
                María dobla la funda del sofá con precisión casi milimétrica y comprueba la suave superficie que ha quedado, prestando atención a que ninguna hebra mal cosida pueda enturbiar esta trabajada perfección. Sabe que algunas chicas pueden ser muy tiquismiquis en este punto: de nada sirven todos los encantos de seducción que pueda desplegar su marido si luego se encuentran con que el salón está desordenado o cualquiera de los signos típicos del modo de vida descarriado de un soltero. En cambio, cuando se hallan con una habitación bien dispuesta, con el esfuerzo que María ha puesto en ello, las cosas siempre parecen mucho más sencillas. Incluso la sencilla decoración típica de casa de pueblo que María ha dispuesto en la casa María les parece a algunas estas invitadas –en una opinión que, escuchada por la oreja a través de la puerta, a María se le antoja una pedante extravagancia- que mantiene un curioso estilo de “moderno minimalismo funcional”. Claro que María no sabe por qué las sigue llamando “chicas”. Chicas eran entonces, hace ya veinte años, cuando por la casa de ella y de su marido pasaban mujeres esculturales, modelos rubias, pelirrojas de labios carnosos, e incluso María tenía un sedoso pelo negro cuyas canas ahora ningún tinte es capaz de disimular. A lo largo de los años, el tipo de esas mujeres fue cambiando, al ritmo atropellado y fugaz de los vaivenes de la moda: desde las esqueléticas y paliduchas con miradas más allá del bien y del mal, hasta las de atrayentes ojos oscuros que aderezaban las ardientes poses que procuraban destacar lo más posible el vértigo de sus curvas. Los únicos que no habían cambiado eran su propio marido –seguía vistiendo la misma ropa sencilla de tejanos y camiseta: ahora era más calvo, tenía más tripa y por supuesto era más viejo, pero su apariencia general seguía siendo la misma- y la vestimenta general de ella, que continuaba siendo cómoda, práctica y funcional. María dejó una caja de condones metida dentro del cajón, en la posición de siempre, y le echó un vistazo a todo. Parecía que estaba correcto. Salió de la habitación, orgullosa de lo que había hecho.
                Muchas teorías cabrían elucubrarse acerca de por qué María, por decirlo de alguna manera, era “tan tolerante”. ¿Los ingresos con los que su marido sustentaba la casa?¿Una aceptación tácita de que su marido sólo era feliz de esta manera y, por tanto, una manera de apoyarle, como había jurado en sus votos, “en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza”?
                La explicación tenemos que hallarla en la propia María, siempre “la otra”, mujer que, día tras día, lava la ropa manchada de sangre de su marido que queda después de cada noche, y a pesar de que él haga como que no pasa nada, y que ella actúe como si no lo supiera, la mujer sólo se hace la tonta, pues sabe perfectamente de qué vienen esas manchas. Proceden de que su marido es un psicópata, un asesino, alguien que tiene que matar personas cada cierto tiempo porque es su pulsión, su enfermedad oculta, algo que su mujer considera aberrante, pero que no impide que, una noche más, ella vuelva a lavar su ropa para que no le pille la policía y vuelva a sonreírle a su marido en el desayuno para que él no se tenga que preocupar. Y es que cada noche llora, sufre y reza un responso por las víctimas…
                … pero no puede evitar que, en la madrugada, cuando suena la sirena de la policía, reza más fuerte todavía, porque esas sirenas no sean por su marido, porque por favor no lo vayan nunca a atrapar…
*                                            *                                             *
                A lo largo de estos años, María sólo tuvo en dos ocasiones dudas. Una fue la segunda vez; la segunda vez que “aquello” ocurrió. La primera, como una tonta, creyó –quiso creer- la versión de su marido sobre que la cosa se había descontrolado. Que la chica había muerto por accidente. Puso por delante, por supuesto, la inocencia de su marido, y pensó: “Después de todo, la muy guarra se lo ha buscado; ella, como las otras, sólo venía aquí por medrar”. La segunda ya no. La segunda ya no podía ser un error o una casualidad. Entonces, para su dolor, descubrió qué clase de persona era. Era alguien que no estaba preparada para separarse de su marido. De su amor. Que no soportaba la idea de ver a su hombre maltratado entre rejas. Antes se mataría a ella, o las mataría a todas, ésas que sabía en su fuero interno que existían pero que, hasta entonces, no quiso reconocer, no quiso desentrañar. La segunda vez en la que dudó sobre si debía hacer algo al respecto fue cuando se dio cuenta de que las mujeres ya no venían voluntariamente, como antaño. Que las risas de alborozo y coqueteo se veían sustituidas por gritos ahogados por la mordaza y gemidos de pánico. Que las féminas de trayectoria vital hasta cierto punto cercana a la de su marido iban siendo sustituidas por personas sin edad específica, incluso en ocasiones por debajo de los dieciocho años. María escuchaba todo desde su habitación, y se angustiaba, obligándose a sí misma a captar cada uno de los ruidos, que a veces sólo podía adivinar que estaban ocasionando un tormento atroz. Y aún así, después de tanto tiempo ocultándolo, constató que su actitud no iba a cambiar, que iba a seguir haciéndolo. Se sintió despreciable al percatarse, más todavía de lo que se sentía. Pero qué le iba a hacer. Ella era así. O su amor era así. Ya no lo distinguía.
                ¿Cómo habían llegado hasta aquí? Era difícil retomar el hilo que lo había comenzado todo. Especialmente porque al principio daba la impresión de que, a partir de aquel pespunte, se iban a tejer unas líneas brillantes. Su marido era joven, era guapo, tenía una prometedora carrera en la universidad. María no entendía nada de los temas que él mencionaba, y que él refería como su trabajo, pero le parecía maravillosa la forma en que los explicaba, la cual le hacía partícipe de aquellos descubrimientos como si ella fuera parte esencial de su inspiración. María, de vez en cuando, se preguntaba abochornada cómo era posible que su marido la hubiera escogido a ella, una simple ama de casa iletrada, como sujeto de su amor, en lugar de personas mucho más interesantes como las que él tenía a su alrededor. Una vocecilla intrigante y maledicente, que la sacudía de vez en cuando desde su fuero interno, susurrándole siempre la versión retorcida de las cosas, apareció por primera vez en su matrimonio para advertirle: A lo mejor es que le gusta tener al lado a alguien que considera más tonto que él para así sentirse superior. Desdeñó a esa voz, como en otras ocasiones. No le hizo caso.
                Es verdad que su marido no era perfecto. Como todos los hombres -¡no iba a ser el único que no!- también tenía sus defectos. Al igual que suele ocurrir con los grandes terremotos antecedidos por suaves réplicas, empezaron a notarse en detalles nimios, sin consecuencias. Quizás poseía una tendencia mayor de la cuenta a desechar aquellas noticias o ideas que no le gustaban. Puede que en ocasiones se hiciera el loco con determinados aspectos de la realidad que no encajaban con la imagen que tenía de sí mismo o de su futuro. Incluso María le pilló alguna vez soltando una mentira trivial, de ésas que se sostienen tan poco tiempo que quedan desenmascaradas a los cinco minutos, con lo cual nunca tienen sentido que se digan pero, de alguna manera, para él era importante mantener esa fachada durante esos cinco minutos más; bien porque de esa manera, cuando se descubría la verdad, ya se hallaba lejos de allí, bien porque lo prefería a pesar de que tuviera que afrontar que le habían pillado en un renuncio en vivo, momento en el cual solía callar discretamente, cambiar de conversación, marcharse a otro lugar con más discreción todavía, o esgrimir una maravillosa sonrisa pícara que provocaba siempre que María le perdonara. Por otra parte, pensaba esta última, ¿era aquel defecto tan grave? Al fin y al cabo, ¿a quién le gusta confrontar de manera directa los aspectos más negativos de nosotros? A todos nos gusta vernos más altos, más guapos, más listos de lo que somos. Alguien que nos dijera todo el día que no valemos para nada, no sería una persona beneficiosa para nuestra personalidad. Todo el mundo, de manera usual, se acaba concentrando en el lado bueno, en la versión optimista de la vida. Ella misma, por ejemplo, también se dedicaba a poner una tapa encima del agujero de aquel oscuro pozo de donde de vez en cuando efluía esa voz irritante tan maligna que le soltaba cosas como: Dicen que en realidad no es tan buen profesor. Se aprovechó primero de contactos y luego de un error legal para obtener su plaza. Todo eso de que es un destacado erudito a nivel mundial son ínfulas. O la aún más infame: Dicen que tontea con jovencitas. Estudiantes o becarias a las que les hace creer que tiene alguna influencia para conseguirles un puesto, o que quedan atraídas por su aire de intelectual. El tipo de idiotas tan inocentes como tú. Pero, como decimos, María no le hacía mucho caso. Su marido le había dado todo; constituía la parte central de su vida. Y entre una sospecha cizañera sin base alguna, y las demostraciones continuas que le entregaba su marido de su amor, ¿a quién iba a creer? La decisión era transparente como el agua.
                Eso fue hasta que una noche, cuando su marido se hallaba ausente debido a una cena con otros miembros del profesorado, ella se fue a la cama pronto y escuchó, en mitad de la noche, sonidos en el salón. Se acercó con cautela creyendo que eran ladrones, pero cuando entrevió por la puerta, se encontró su marido magreándole los muslos –bien torneados, por cierto- a una chica jovencita, “una niña”, pensó María, aunque muy adulta en comparación con las que vendrían después. A la mujer se le sulfuró la sangre y se le crispó el puño, pero decidió irse a su cuarto, por temor a cometer una locura de las que se pudiera lamentar. Cuando cesaron los ruidos y escuchó el cierre de la puerta, allí estaba, solo, su marido: dormido, tumbado de cualquier manera en el suelo y (reconoció por el olor) completamente borracho. Lo achacó al efecto del alcohol, a un despiste como el que puede tener cualquiera. No le quiso dar importancia. Se marchó a la cama y supo, cuando se despertó, que su marido se había marchado antes de ella. Lo limpió todo y cuando retornó su esposo, no mencionó una palabra. Así fue como empezó.
                Después, pasó mucho tiempo sin que ocurriera nada, pero su marido acabó volviendo con otra. María supuso que la primera ocasión lo hizo de nuevo borracho, pero después, no estaba tan segura. Claro, como no le has dicho nada las primeras veces, las siguientes ha tomado confianza. Hay gente que es así, que explora los límites y las posibilidades que les ofrecen los demás, estirando las normas todo lo posible. Él tiene la caradura de hacer eso porque tú lo dejas. María acalló una vez más su vocecilla interior y siguió sin decir nada. Así hasta una noche en que la realidad, literalmente, llamó a su puerta. De nuevo el sonido de la entrada abriéndose, de nuevo los sonidos pecadores, de nuevo el furor de la lujuria que a su vez la convertía a María en una tea fulgurante… pero entonces los sonidos se empezaron a ir de madre. Se escuchó un golpe retumbante y otros cuantos a continuación, algo más sordos. María temió que a su marido le hubiera pasado algo, pero no se atrevió a acercarse al salón por temor a revelar lo que sabía, o aún peor, por terror a lo que iba a encontrarse. Sin embargo, la solución le llegó al cabo de un rato al escuchar primero la respiración entrecortada de su marido, y sus inconfundibles pasos hacia un extremo y otro de la habitación. Luego, oyó cómo salía del salón y se dirigía hacia la puerta del dormitorio. Su puerta. Corrió rápidamente para hacerse la dormida. Se escucharon un par de golpecitos suaves.
                -¿Cariño…?
                María ni siquiera recordaba bien los detalles de las excusas que le proporcionó su marido. “… invité a una doctoranda para comentar unos detalles sobre su tesis…”. “… resultó que ella quería algo conmigo…”, “… la chica se puso agresiva…”, “… cuando le dije que no, se puso como loca…”, “… nadie me creerá, cariño, tú estás viendo este desastre, lo tomarán como lo que no es, me acusarán de haberla matado a propósito…”. María no dijo nada. Tampoco confesó nada de lo que había escuchado a través de la pared, ni ésta ni las otras veces. Ella sabía desde el principio lo que tenía que hacer, y se puso a cargo de la situación. Lo limpió todo; repasó cada esquina de tal manera que ni el más experto forense hubiera encontrado un rastro, y envió a su marido a la cama. En cuanto al cadáver, una solución casera en la bañera a base de cal viva hizo los suficientes milagros. “Gracias por todo, cariño, no sabes lo que esto significa para mí”. Parecerá una tontería, pero a María la conmovieron aquellas palabras. Quizás se creía a pies juntillas la versión de su marido. Al menos, en lo que tenía que ver con la muerte de aquella chica. Al menos, al principio.
                De nuevo, hubo un parón. Pero, muchas noches después, sucedió de nuevo. Esta vez apenas hubo sonidos amatorios, y se ahogaron muy pronto los gritos de dolor. De hecho, todo sucedió muy rápido. Se prolongaron un poco más, muy suaves, los ruidos que María dedujo que eran de limpieza. Cuando se despertó, todo estaba perfecto. Bueno, casi; un rastro de sangre en una tubería era el único detalle que a su marido le había pasado inadvertido. La siguiente noche, había algún descuido más; para la décima, parecía que su marido se había vuelto perezoso. Ningún diálogo se intercambiaba entre ellos al respecto, aunque los dos eran conscientes de que la otra persona lo sabía. María hasta tuvo la ¿decencia? de dejarle en un armario del salón ropa de cama, productos de limpieza, de profilaxis de enfermedades, útiles que ayudarían a no empeorar (¿todavía?) más las cosas. Una vez, incluso, ella encontró en la cocina (hasta allí se habían extendido sus correrías) un resto de la conflagración de la noche anterior, recogiendo la prueba cuando ambos estaban presentes, y él se escudó en esa sonrisa pícara que a ella tantas veces le había encandilado, para inmediatamente después levantarse y desaparecer de la escena. En aquel momento, ella se puso tan histérica que no sabía qué hacer, si ponerse a gritar o hacer añicos la vajilla entera. Entonces pensó que luego le tocaría limpiar toda la casa, y claudicó. Hasta se rió por su propia ocurrencia: con la de cosas que estaban pasando, y ella sólo se preocupaba de cuánto iba a tener que limpiar. Ojalá a eso se resumiera todo.
                Porque María no había estado presente (al menos, en la misma sala) durante aquellos crímenes execrables, pero a fuerza de perseguir sus resacas, había llegado a conocer todas sus menudencias y los detalles más abyectos. Primero, la llegada de las mujeres, en un inicio por su propio pie, en los últimos tiempos maniatadas después de un trayecto en el coche, cazadas por sorpresa durante correrías nocturnas. Chicas que volvían tranquilas de fiestas, viajes, reuniones con amigos, para un día desaparecer y que los telediarios dijeran toda clase de barbaridades sobre ellas -empezando porque era su culpa-, para no volver a su casa jamás. Después llegarían al asalto sexual, la humillación, la violencia. Y más tarde, el horror… La sangre, las cavidades horadadas, los miembros cercenados, la monstruosidad inenarrable y absoluta… A María le resultaba imposible creer que esto pudiera hacerlo su marido. Tenía que tratarse de otra persona distinta, alguien que se comportara de modo opuesto a como lo hacía con ella. María pensó muchas veces que estaba enfermo, que necesitaba ayuda… En ocasiones se planteaba si su amor por ella no constituiría parte de esa misma enfermedad demencial.
                A estas alturas, en que por las noches escuchaba ya con claridad primero las risas a la entrada, más tarde los jadeos eróticos, a continuación los chillidos de espanto, y al final los sonidos de ocultación de pruebas, su vocecilla interior no paraba de chillar histérica: Pero bueno, ¿es que no te dan pena esas pobres chicas?¿No te dan los mil males al saber la de jóvenes inocentes que están perdiendo la vida por tu culpa de tu/mi marido? Y claro, por supuesto que me dan pena, responde María para sí misma: cómo tienes el valor de decirme que no me la dan, si cada cuchillada que escucho la siento como si se clavara en mis carnes… Pero una mezcla de devoción (aún así, a pesar de todo) al hombre al que permanece unida y que el noventa por ciento del tiempo sigue siendo la persona maravillosa de la que se enamoró, y también de temor a lo que puede ocurrir si afronta la situación de manera directa (momento en que su burbuja de autoengaño se romperá a causa de las aristas de dolorosa realidad) la impelen a permanecer callada, una noche sí y otra también, sin que la solución de llamar a la policía -¿cómo explicarles todo esto?, se pregunta; ¿cómo empiezo a contarlo?- llegue la balanza a desequilibrar. De vez en cuando, le entran ganas de mandarlo todo a la mierda y llamar a alguna autoridad, la que sea, y que le lleven a la cárcel a su marido, a ella, a todo el mundo. Pero algo debe de transparentarse en su piel en ese tipo de momentos, porque más o menos por esas fechas su marido suele comprarle algo bonito, o invitarla a un restaurante caro, y se muestra tan encantador como lo era antaño, y todo vuelve a ser como cuando eran jóvenes, y su esposo le suelta a santo de cualquier cosa una frase del tipo: “Eres tan comprensiva… tan fantástica… De verdad que no te merezco”. Frase que podría sonar a cualquier cosa, empezando por una mentira, pero que a María le hace pensar qué clase de castigo podría recibir su marido en la cárcel si le descubrieran, no tanto por el sistema (aunque a veces se lo imagina en un manicomio, con la conciencia abotargada y los sesos diluidos a causa de las pastillas), sino sobre todo por los presos, y se convence a sí misma de que denunciarle significa condenarle por fuerza a la muerte. Y por eso, pospone cualquier opción para otro día, y luego para otro, y así lo deja pasar. Hay decisiones que si no se toman la primera vez, es muy difícil adoptarlas nunca. Y quizás las propias decisiones también lo saben.
                A estas alturas, María se sentía muy cansada. Pero no un día o una semana concreta, sino un agotamiento vital, provocado por tantos crímenes sufridos madrugada tras madrugada (muertes que, a este paso, se han convertido en la suya) y también por el paso de los años, que la han dejado avejentada y sufrida, como un pañuelo usado cuyo dueño no sabe siquiera dónde se debe tirar. En su marido, por supuesto, también la edad producía sus estragos: se iban pronunciando ese asomo de calva y esa barriga. “Pero en los hombres siempre es distinto”, se decía, a veces les da una apariencia de mayor aplomo, de maduros “y, sobre todo, el mayor problema con las mujeres es que nosotras nos lo tomamos peor”. No eras así como esperabas que iba a ser tu vida, ¿verdad?, le susurraba la voz gilipollas, y María deseaba matarla, pero a ver cómo estrangulas a un producto de tu imaginación. Además, a María, por circunstancias personales, le costaba emplear a la ligera la palabra “matar”…
                Un día se hallaba particularmente rota por dentro. Había visto algo que no debía –más que otras veces- y aquello le había revuelto las tripas. Se encontraba en el supermercado, mientras su marido, con el coche, había ido a hacer un recado a otro establecimiento. Se suponía que iban a verse en el parking. A María le costaba horrores pasar los productos a la cinta transportadora de la caja, y se le debió notar más de lo esperado, porque la cajera –una chiquita joven, con cabellos rojos y pecas en la cara-, le preguntó:
                -¿Qué tal todo?¿Ha ido bien el día?
                María corroboró sin hablar. Había escuchado de esas maniobras comerciales de supermercado, de fingir interesarse por tu vida para generar “fidelización de clientes” (lo llamaban), en resumidas, hacer como si de verdad les importara lo que les estabas contando. El problema era que aquella chica insistía más de la cuenta. Parecía, para su sorpresa, como si lo estuviera diciendo en serio.
                -Si tiene cualquier problema, me lo puede contar –añadía-. Lo que sea…
                Entonces María se dio cuenta de que la muchacha estaba señalando un cartelito colgando discretamente a un lado de la caja registradora. Uno de esos que había repartido el ayuntamiento del tipo “si tienes problemas de violencia de género, esta persona está dispuesta a ayudarte”. María se rio, y fue la primera cosa que le provocaba una sonrisa de verdad en todo el día. Pobre muchacha… si ella supiera la naturaleza de los dramas que su cabeza estaba recordando…
                -No se preocupe, muchas gracias. No es nada que me afecte a mí… Pero gracias de todos modos.
                La cajera reprime discreta más comentarios, a pesar de la emoción que se refleja en su mirada. María paga y se va. Cuando llega al parking con las bolsas, su marido está esperándola, con pinta de haber actuado como espectador, desde el asiento del coche, de aquel diálogo, aunque sin duda no ha podido discernir de qué se trataba. Aún así, lanza una larga mirada a la cajera, sin ningún tono particular…
                Esa misma noche, su marido vuelve a ausentarse para una supuesta reunión con el profesorado. María ni pregunta. Sin embargo, se agita inquieta en su cama. Normalmente, cuando presiente que va a ocurrir un nuevo incidente, no es capaz de conciliar el sueño, aunque en este caso se encuentra más intranquila de lo normal, si es que a este contexto puede considerárselo normal en algún aspecto. Escucha el ruido del coche aparcando afuera. Oye de nuevo el tintineo de llaves que, para ella, ha generado un reflejo pavloviano que la lleva a transpiración, temor y vello erizado. Escucha gemidos entrecortados y llantos implorantes, y redobla sus esfuerzos por dormir, esperando alguna vez conseguirlo –quizá, una noche de éstas, lo acaba por lograr. No obstante, hoy sucede algo distinto; en algún momento la mordaza que cubre la boca de la muchacha se debe soltar, porque escucha:
                -¡No, por favor!¡No diré nada, lo juro!
                ¿De qué le suena esa voz? Un segundo más tarde la reconoce. ¡Es la cajera del supermercado! María se estremece bajo la sábana. ¿Y ahora qué hago yo?, se pregunta.
                ¿Pues qué vas a hacer, maldita imbécil?, la vocecilla interior se ha hecho cada vez más faltona con los años. ¡Lo mismo que todas las noches!¿O es que vas a actuar de manera distinta porque a esta persona la conozcas! Cualquiera de las otras ocasiones podría haber sido la cajera de otro supermercado, la hija de alguien, la mujer de alguien. ¿O es que ahora te ha dado por sumar, a tus pecados, la hipocresía? María, en puridad, a su vocecilla insistente no puede replicarle nada coherente, pero eso no evita que se revuelva, se levante de la cama (como no le ocurría desde hace años, desde las primeras veces), y durante unos segundos dé saltitos agobiada delante de la puerta, como un niño con incontinencia a la puerta de un baño. En el salón, entre tanto, la mordaza ha vuelto a ser colocada en su sitio, se han acallado los gritos, pero eso no significa que el final vaya a llegar pronto. María ha aprendido que, con el paso del tiempo, su marido ha aprendido a demorarse en los plazos: deja más espacio para disfrutar…
                Venga, deja de hacer el tonto y acuéstate, duérmete ya, como todas las noches… Eso es, dice la voz mientras ella vuelve a colocarse bajo las sábanas, lo sabía… Anda, hipócrita mía, duérmete, y haz eso que tan bien sabes de no atreverte a pensar.
                María se acuesta en la cama, pero no puede interrumpir el goteo de lágrimas.


                Diez segundos después, María se levanta, sin embargo. Marcha rápidamente y llega hasta el salón. Abre la puerta de golpe. Encuentra a su marido con el enorme cuchillo de carnicero en la mano, dispuesto a atacar. Su gesto de sorpresa al hallar a su esposa allí resulta mayúsculo. El de la cajera del supermercado no es menor, pero ella se encuentra invadida por un género mucho más complejo de emociones. María avanza lenta pero sólidamente. Su marido tartamudea al hablarle:
                -María, apártate… María, no me hagas decirlo otra vez; apártate y échate a un lado.
                Pero ya está bien. Ha llegado el momento. Por fin María va a desgañitarse en decir lo que ha callado durante tantos años:
                -¿Por qué a ellas?-pregunta-. ¿Por qué a ellas y no a mí?
                A su marido le descoloca la pregunta. No obstante, María sigue avanzando, sin apartar los ojos:
                -¿Qué te dan ellas que no te dé yo?¿Por qué no lo haces conmigo?
                Su marido la mira muy serio, sin ninguna de sus habituales bromas. Lo más serio que ha llegado a observarla en todos estos años de casado. Su mujer, con la misma resolución en la mirada que ha mantenido desde el principio, se da la vuelta y le quita la mordaza a la cajera de supermercado. No tiene necesidad de decir nada más pues, tras un brevísimo instante de vacilación, la chica sale de allí corriendo, huyendo como alma que lleva el diablo. María vuelve a quedarse frente a su marido, del que le separan tan sólo unos centímetros.
                -Yo he sido siempre la que más te ha querido… la que te lo ha dado todo. ¿Por qué no soy yo la protagonista de esta parte de tu vida?
                El marido duda, pero María se acerca tanto al cuchillo, ofreciéndose bajo el filo, haciendo que el arma toque la unión del cuello con el hombro, que se le enciende la sangre.
                -Vamos, cariño, mátame a mí… Mátame, como haces con tus putas…
                El marido de María no puede evitarlo. Levanta la mano y asesta una cuchillada a nivel del pecho. Luego otra en el abdomen. Conforme María cae, una más, a nivel del cuello, destacando la línea de la clavícula, seccionando una arteria vital…
                María cierra los ojos, dichosa, feliz por haber amado, y saber que la han llegado a amar…

lunes, 9 de abril de 2018

El libro y la historia real de abril: Fouché, un post retorcido para una mente retorcida

Borges comentaba, en uno de sus cuentos, la posibilidad de un libro que no se entendiera de la misma forma si se empezaba por el principio que al revés (y sólo hay que ver, en los dos sentidos, las dos primeras trilogías de Star Wars para confirmarlo); de la misma forma, un texto -y un personaje- se someten a multitud de interpretaciones. Si en post anterior mostraba una versión distinta del "Noli me tangere", de José Rizal, cuando redacté esta breve sinopsis de "Fouché. El genio tenebroso", de Stephan Zweig, tuve obligatoriamente que quedarme corto. Ocurre que, cuando redacto críticas de libros, muchas veces me veo obligado a morderme la lengua esperando que el lector localice por sí mismo aquellos pasajes que a mí me han gustado tanto y los observe, maravillado, bajo la irrepetible luz de la primera vez. Eso hace que los resúmenes literarios queden cojos, desprovistos de su sustancia, de aquello justamente que al libro de origen hizo destacar. En el caso de Fouché, es muy típico que lo más importante de él permanezca en la sombra, enterrado como la parte sumergida de un iceberg, pero he de reconocer que algo dentro de esa historia me obligaba a continuarla. Puede que resulte contradictorio ponerme a explicar un personaje cuya biografía -más extensa y sin duda mejor explicada- he recomendado extraer de un ensayo más amplio, pero creo que esta aproximación puede ser útil por varias razones, una por cada tipo de lector: 1) a los que leyeron el libro, porque siempre es interesante volver a escuchar acerca de la sabrosa figura de Fouché, 2) a los que crean que no tienen tiempo o interés para leer el libro entero, para aprender en unos breves párrafos la biografía de tan desconocido personaje, o 3) para los que aún tengan dudas sobre qué hacer con el texto de Zweig, que esta breve reseña les anime a intentarlo.

Quizás la mejor manera de aproximarse a la figura de Fouché es contemplarle cuando se halla contra las cuerdas, que es el momento en el que más reluce su oscuro brillo. En 1802, tiene lugar un atentado con bomba del que se salva de milagro el carruaje de Napoleón, pero que mata a cuarenta personas. El gobernante de Francia (todavía no es emperador, aunqie le falta poco) se encara frente a Fouché, su ministro de policía; le acusa públicamente de inepto, de abúlico, no haber evitado el crimen. Le ridiculiza, sin reparo, delante de todo el mundo. Para más inri, Napoleón, amigo de atribuirse más habilidades de las que tenía (y no eran pocas), apunta a una teoría sobre el origen del atentado, y ordena detener a varios acusados de afiliación política jacobina. Su ministro replica que, por el contrario, es más probable que la conspiración haya sido de origen realista. Napoleón entra en cólera, aniquila verbalmente su teoría, y prohíbe cualquier investigación al respecto. Fouché, ante semejante chorreo, activa la misma rutina que ejecuta cuando el ciudadano Bonaparte, en algunos de sus frecuentes arrebatos de ira, dice que debería echarlo y mandarlo fusilar: calla, quizá esboza una forzada sonrisa y tal vez murmura un casi inaudible: "No soy de esa opinión, sire". Y pese a lo que le ordenan, sigue investigando por su cuenta. Mientras tanto, en los pasillos, a lo largo de los siguientes días, frente a sus colaboradores o sus más estrechos allegados, Napoleón sigue glosando la incompetencia de Fouché. Sin embargo, su ministro ya ha identificado los caballos de los conspiradores, ya conoce las fondas en que han parado, ya tiene escrito, en papel, el nombres de cada perpetrador. Cuando termina hasta el fondo su exhaustiva investigación, Fouché se la presenta al más poderoso gobernante francés, pulida y envuelta en papel para regalo. Hasta el propio Napoleón, avergonzado, tiene que reconocer su genio. Se siente tan abrumado, tan humilde al tener que reconocer que pocos hombres como Fouché pueden dar ante él la talla, que no tiene más remedio que echarle. Eso sí, con una indemnización millonaria, que le garantice todos los honores. Hoy en día Fouché, junto con Vidocq, es reconocido como uno de los creadores del sistema policial en Francia; a Vidocq le han dedicado una película de corte fantástico del mismo nombre que le rinde justicia. A Fouché la mejor justicia -como en su vida- es que nadie adivine quién es, ni casi siquiera que allí esté.

Le abandonamos de momento millonario, y con una mueca de triunfo en el rostro, a este hombre de orígenes humildes que no valía para estibador en los puertos del sur de Francia. Allí le hubiera esperado su destino por la familia que le dio origen, pero para un chico enclenque y despierto, sin ganas de cargar con pesados fardos, la única salida es la iglesia: allí lee mucho y aprende más, y en poco tiempo acaba de profesor en el lugar donde cursó como seminarista. Su vida podría haber pasado gris e inadvertida en un tiempo distinto a aquél, pero los momentos de crisis sirven para que triunfen los hombres más astutos -no necesariamente los más útiles-, los más abyectos, nunca los poco ambiciosos o los abnegados. Y en el ambiente caótico de la revolución francesa, donde los puestos públicos ya no son exclusivos para príncipes o nobles, sino también para comerciantes, burgueses o incluso proletarios, Fouché cumple todas las condiciones para el triunfo, y del fracaso huye él. Durante los siguientes años, ocupará distintas funciones en la Asamblea Nacional francesa, también durante el Terror, el Directorio, y más tarde con Napoleón. Servirá a todas las tendencias políticas, y cambiará con periódica frecuencia de chaqueta. Su única motivación, más allá de intenciones o ideología, es siempre su propia supervivencia política. En función de eso, empeñará su palabra, la alquilará a menudo, o venderá a su padre político al mejor postor. Zweig dice del político, elaborando planes alternativos en función de si cae o no Napoleón en Waterloo, que Fouché no traicionaba al emperador: se traicionaba, si era derrotado, a sí mismo él.

Así, en la Asamblea francesa, forma parte de los más radicales, después de partir de los más moderados. Es amigo de Robespierre, y luego forma parte del grupo que le acabaría tumbando (y aún y todo, se las arregla para no estar presente en el momento de las votaciones que le condenan, siempre nadando y guardando ropa). No le gusta la fama, el calor del púlpito, aunque se halla siempre ubicuo en todas las conspiraciones donde pueda tocar el poder. Da el tipo de hombre pacífico, de no haber roto nunca un plato, pero durante una etapa en la que tiene funciones ejecutivas propias, se le acaba conociendo (inútil explicar por qué), tras miles de víctimas a su cargo, como "el ametrallador de Lyon". Hay pocas veces que se signifique o emita veredictos radicales. Una de las pocas ocasiones, porque no tiene más remedio, es cuando debe votar a favor a la decapitación de Luis XVIII. Esa palabra, "sí", le define ya por siempre. Por desgracia, hay pocas veces que en un renuncio en política te acabe costando caro, y al final fue éste -de los numerosos que llevó a cabo a lo largo de su vida- el que después de tantos cambios de rumbo le derribó.

Pero mientras tanto, ajeno a las preocupaciones que envía a su "yo" futuro, Fouché sigue adelante. Tras un breve paréntesis al inicio del Directorio (donde se pretende extinguir los desmanes de la revolución francesa y Fouché tiene que esconderse, rayando incluso en la extrema pobreza), sabe demostrarle su valía a los nuevos gobernantes de Francia y acaba al frente de la policía. Desde allí, teje una red de informantes que le será más tarde útil para hacer triunfar el golpe de estado que llevará al poder a Napoleón. Aunque al "petit con", que diría Reverte, nunca le cayó bien el tipo; si Bonaparte no confiaba en los servicios secretos porque un espía (en sus propias palabras) era un traidor natural, qué opinaría de Fouché; además, su pasado de "ametrallador de Lyon" le daba una idea de su carácter. No creyó el general, desde el primer momento, que la lealtad fuera una cualidad que el político arribista cargara consigo; y ya hemos visto que sus relaciones tuvieron, a lo largo del tiempo, algo más que sus más y sus menos. Problemáticos fueron también sus tratos con Talleyrand, el otro gran ministro de Napoleón. Ya contamos en el anterior post sobre Fouché que el actor y director teatral Josep María Flotats había descrito el antagonismo entre los dos en la representación "La cena", donde se presentan dos enemigos opuestos, ambos números uno en sus respectivos campos (Talleyrand la diplomacia, Fouché el espionaje), respetuosos los dos por el talento de su rival, pero a causa de esa superposición, obligados a tratar de desembarazarse del otro constantemente. De hecho, sólo se unirían para provocar la caída de Napoleón. Uno de los momentos más brillantes de la obra de Flotats es cuando Talleyrand, de orígenes aristocráticos, le afea a Fouché su nacimiento en la orilla de la miseria al recriminarle su brusca manera de levantar una copa. "¿Qué habría de hacer entonces?", replica una frase similar Fouché, y Talleyrand le muestra: la copa se levanta, se mira, se mueve, se comprueba "la gota", se lleva a los labios y luego se huele. "¿Y después?", pregunta Fouché. "Después, se deja en la mesa otra vez". Clasismo y elegancia en sencillos y cómodos pasos.

Fouché es capaz de aguantar todos los terremotos, incluso la caída de Napoleón en Leipzig; no obstante, es entonces Talleyrand quien se la juega, al volver a colocar a los Borbones, dejando fuera del gobierno a Fouché. Aún así, tras el retorno de Bonaparte de la isla de Elba, en sus famosos cien días, Fouché se torna para el corso insustituible. Quizá demasiado, porque mientras en Waterloo Napoleón y Wellington no paran de mirar la hora para ver si llegan o no a tiempo Blücher o Grouchy, y el protagonista de "La cartuja de Parma" de Stendhal participa en la contienda sin haber llegado a ver la batalla -paradigma de todos los conflictos modernos-, Fouché traza su propio gobierno en la sombra y para cuando Napoleón vuelve a París, derrotado, Fouché le contesta que no hay sitio para él. Camino lo poco que queda de la gloria imperial del destierro en la tropical Santa Elena, nuestro hombre del traje gris se prepara para ofrecerle a los Capetos de nuevo el trono como un caramelo, a cambio simplemente de algún ostentoso cargo. Y se lo hubieran dado seguro, de la misma manera en que fue capaz de servir a cada hombre y a su némesis en todas las ocasiones anteriores, de no ser por una sola, ilógica, sentimental e inapelable razón: una vieja integrante de la familia real francesa, que recordaba con horror aquellos días de julio aciagos, que tenía pesadillas de terror con el momento en que la cabeza de Luis XVIII se desprendió de su cuerpo, y que no era capaz de olvidar que, ante el voto donde se decidió su suerte, Fouché no se abstuvo y tampoco dijo "no". En los corredores de palacio, como una representación espectral, la vieja tía/abuela/mártir, errando huérfana y fanática, ajena a nuevos tiempos y razones de estado, sólo era capaz de dibujar en sus labios: "regicida", sin añadir de nada más. Fouché era capaz de luchar contra ministros, reyes, estratagemas. Era capaz de demostrar su utilidad en cualquier régimen, bajo cualquier circunstancia. Pero contra lo que no podía luchar, contra lo que no cabía defensa, táctica o estrategia, era contra la callada, obsesiva, resistencia de los fantasmas.

Fouché se despide del poder, que no volverá a catar más. Atesora una buena fortuna, obtenida gracias a que el capital ganado de manera legal (e ilegal) en política lo ha servido invertir sabiamente. Pero lejos de los resortes que manejan a los hombres, Fouché, que diría Amaral, sin tocarlos a ellos, no es nada. Resulta curioso observar cómo Zweig describe el amargo destierro de Fouché, casi siempre circunspecto, alegre tan sólo en alguna partida de ajedrez, pobre sustituto de los juegos en los que empleó a seres humanos como piezas. Stephan Zweig pretendió perfilar un retrato de sí mismo -como intelectual, como pacifista- en el libro "Erasmo. Triunfo y tragedia", como el hombre que le hubiera gustado ser, incluso tratando de alisar en el sabio alemán algunas de sus más acuciantes aristas; en cambio, con Fouché, el autor austríaco se dibuja a sí mismo cómo acabó, aún con años de anticipación, en aquel largo destierro en Brasil, sin aquello que más amaba (libros en el caso de Zweig; capacidad de mando, que añoraba el intrigante), y que no dejaba de anhelar. Como aquella protagonista del cuento del propio Zweig, una alta dama de la corte francesa que, al comprender que no va a poder tejer tapices nunca más con los hilos del gobierno, decide suicidarse después de una fiesta espléndida. Fouché no llega a tanto; simplemente se consume, como una vela, cuya discreta luz a nadie salvo a sí mismo pretendió iluminar.

domingo, 1 de abril de 2018

La historia corta de abril: "Cavalli di Bronzo"


Cavalli di Bronzo

A veces elaboro complicadas apuestas junto con mi musa favorita en la que, como suele decirse, lo importante no es ganar o perder, pues acabamos ganando ambos. En este caso, el reto (y el pago de la apuesta) era similar al que dio origen a otro magnífico cuento corto, "Astrabudúa": íbamos por un trayecto en este caso de tren -y en esta ocasión concreta, en la línea Circumvesubiana que realiza una circunferencia alrededor del Vesubio, pasando por las ruinas arqueológicas de Pompeya y Herculano-, uno elegía las estaciones pares, el otro las impares, y el nombre de parada más largo ganaba. En esta apuesta particular vencí yo, y el nombre de la parada era "Cavalli di Bronzo". Como el relato me resulta evocador a la par que íntimo y delicado -y, por supuesto, muy especial-, os lo regalo a vosotros también como historia corta de este mes. Espero que os sorprenda tanto como a mí: 

Escuchando a ese grupo de escolares y su profesora explicarles los ocultos significados de los relieves tallados, los primitivos graffitis e incluso los dibujos más obscenos y explícitos de los lupanares, se le escapaba la sonrisa por la comisura de los labios. 
A la chavales les sorprendía que hubiese gente capaz de saber lo que significaba una mano puesta así o asá, o un cuenco de determinada fruta, o un nombre en una pared concreta, pero para ella era tan claro como una señal de ceda el paso o un cartel de ATM. "Y aún se creerán ellos modernos, con sus siglas y abreviaturas y el lenguaje coloquial ". Pero durante eones, el ser humano ha hecho una y otra vez lo mismo, crear sublenguajes, localismos y, simultáneamente, globalizarse, en bucle, una y otra vez. María los había visto casi todos,  y a veces, juguetona, había intervenido en ellos,  sólo porque le gustaban las lechuzas o para que en la oscura edad media pusiesen pintarse cuerpos desnudos como abierta rebelión a la cristiandad.
Sin embargo,  se daba cuenta de que la memoria simbólica era cada vez más efímera, y menos curiosa. Cuantos más medios tenían a su alcance, menos interés en saber. Así ocurría que en la parada donde esperaba el tren, nadie se preguntaba por qué se llama caballo de bronce, si no hay ninguno a la vista ni nada que se le parezca. Ella sí sabía la historia de los dos caballos gemelos de reyes que se situaron en la plaza del plebiscito,  cuando este rincón del Circumvesuviano fue sede de una importante fundición napolitana que se puso a funcionar en lo que era un palacio digno de altos cargos de la iglesia y la nobleza. Ella recuerda el escándalo con la industrialización y lo feliz que le hizo el pequeño homenaje a Pulcinella que salió de allí*. A.veces se siente triste cuando ve lo que ha vivido, pero le puede la curiosidad por el futuro, que nunca le decepciona. Ahí llega el tren, es hora de migrar hacia el norte,  después de dos siglos allí. No debió quedarse tanto,  pero Nápoles tiene un sabor especial.

*Como detalla la propia historia, en la Plaza del Plebiscito en Nápoles hay dos caballos de bronce y, detrás de ellos, un palacio que acabó sirviendo como espacio para una fundición donde se produjeron tanto los dos caballos de bronce de la plaza (los cuales dan nombre a una estación de la línea de cercanías del Circumvesuviano) como una estatua de Pulcinella o Polichinella, el célebre personaje de la Comedia del Arte.

lunes, 19 de marzo de 2018

El relato de marzo: "Márgenes"

Márgenes

            Cuando la chica revisó a fondo la caja, no podía creérselo.
            -Dios…-se lamentó en voz alta.
            -¿Qué pasa?-le preguntó intrigada su compañera de piso.
            -Creo que me he dejado algo olvidado en casa de mi ex.
            -¿Pero no te habías llevado las últimas cosas de su piso hace un mes?
            -Ya, pero no he tenido tiempo de repasarlo hasta hoy y ahora es cuando me he dado cuenta.
            -Dirás que no has querido hacerlo hasta hoy –la recorrió con la mirada en tono de reproche su amiga-… A ver, ¿qué te falta?
            -Pues… el secador para el pelo…
            -¿Eso? Vaya chorrada, ¿no?
            -Pero… es que se trata de un recuerdo sentimental.
            “Además, es el único que me deja los cabellos en orden”, meditó para sus adentros la chica. Aunque esto, por supuesto, no lo iba a decir en voz alta.
            -¿Y qué vas a hacer?-preguntó su compañera-. Porque después de la última escena que tuvisteis, con lloros y dramas y demás, no vas a volver allí sólo por un secador.
            -Sí, sí, pero… fue de las pocas cosas que me traje de casa de mis padres. No querría dejármelo en cualquier sitio.
            A su compañera se le iluminó la mente:
            -¡Ya está!¿Por qué no avisas a una de esas empresas que te llevan cosas a domicilio? De ésas que si se te ha olvidado comprar una lata de mejillones van al supermercado y lo hacen por ti. ¿No podrían pasarse por casa de tu ex y traerte el secador?
            Su interlocutora se rascó la cabeza.
            -No sé… es una posibilidad.
            Una hora después, un chico joven, de nariz tan destacada como un mascarón de proa, rematada con unos gafas de cristales gruesos y enorme diámetro, estaba tocando a la puerta de un piso céntrico. Al otro lado, un treintañero con el pelo desordenado y pinta de haberse levantado de la cama al escuchar el primer timbrazo acudió a abrirle.
            -Oiga, no me interesa comprar nada, ni donar a ONGs, ni apadrinar a un gato…
            -No, no es nada de eso, me explico… Me ha mandado su ex pareja para…
            La cara del inquilino, al escuchar el relato, era un poema.
            -Esto me parece un atropello. Dígale a María que si quiere su secador, que venga a buscarlo ella misma.
            Y a continuación, le cerró la puerta en las narices.
            Cinco segundos después, sonó otra vez el timbre. El inquilino desanduvo el camino para de nuevo abrir.
            -Mire –declaró el mensajero, compungido-, es que si no cumplo lo que me han encomendado, su ex novia me pondrá una mala puntuación en la aplicación de mi empresa, y a mí me contratan en función de eso. Si saco pocas estrellitas lo mismo no me llaman para la siguiente vez…
            -Ya, ya, entiendo, me hago cargo –respondió apesadumbrado el interpelado-. Espere aquí un momento, ¿quiere?
            Se sucedieron unos cuantos minutos de ruidos metálicos, chirridos de apertura de armarios y sonidos de desplazamiento de cajas. Por un momento, pareció que el habitante de la casa forcejeaba con ollas y se enfrentaba en un combate de boxeo con cientos de pequeños útiles de baño. Al final, después de lo que al joven en la puerta se le antojaron cuarenta días y cuarenta noches, el tipo salió todavía más despeinado de lo que estaba en un principio, armado con un secador que plantó encima de la mano del mensajero.
            -¡Y dígale a mi novia… digo, a mi ex… dígale…!
            -Perdone, yo sólo he venido a recogerle el secador. Lo que haya entre ustedes dos…
            El hombre frunció el ceño.
            -De acuerdo, ¿y si te lo encargo? Yo te pago por ello. Mira, te voy a escribir lo que tienes que decirle…
            El chico se recolocó las gafas, aunque daba la impresión que más para intentar establecer una pausa que porque tuviera de verdad que hacerlo.
            -De acuerdo, tú apúntamelo y…
            -Sí, sí, voy a buscar un lápiz y un papel y…
            -La app… -señaló el mensajero-. Tienes que encargarlo por la app, en el móvil. Allí puedes escribir el mensaje y entonces yo…
            El inquilino se puso a enredar con el móvil. El mensajero, mientras tanto, aguardaba paciente de pie.
            Media hora después, el mismo individuo de la compañía, con su uniforme hortera de color chillón, tocaba a la puerta de casa de la chica:
            -Dice tu ex –leía desde el móvil mientras alargaba hacia ella el brazo con el secador de pelo- que si quieres venir a por el secador de pelo, que vayas tú. Que eso de mandar un intermediario es lo típico que haces siempre…
            La mujer aguantó el chaparrón impertérrita, hasta el final, cuando tuvo que restregarse los ojos para disimular una lagrimita. Cuando el mensajero terminó, la chica atrapó el secador y replicó:
            -Bien. Ahora vas y le dices…
            -La… la app –farfulló el mensajero.
Más tarde, en el piso del ex, este último abre la puerta.
            -Que eres lo peor –leyó el enviado, con un halo de sudor en la camisa alrededor de la zona de los sobacos-. Cómo se te ocurre, después de todo lo que hemos… habéis vivido, mandar un mensaje como ése. No se puede ser tan insensible. Tú…
            Tras otra media hora, en el umbral del piso de la chica, vemos al mensajero empapado mientras al fondo, por la ventana, se escucha el rugido de un trueno. El trabajador tiene las manos tan mojadas que le cuesta manejar el teclado:
            -Que sepas que perdiste todo el derecho a decirme nada cuando empezaste toda esta farsa. Porque esto lo empezaste tú, que lo sepas, desde que me dijiste lo de Paco. Así que si vas a venirme ahora con ésas…
            -¡Pero será…!-chilló la chica, conteniendo la rabia, mientras tecleaba en su teléfono móvil-. ¡Ahora mismo se va a enterar!¡Tú no te vayas, que luego a lo mejor te necesito para mandarle algo! Éste se va a cagar… ¡Antonio!¿Tú te crees que es normal que me saques ese tema…?
            -¡Bueno, ya está bien!, ¿no? –pegó un berrido el chico de la empresa, interrumpiendo el diálogo-. ¡Resolved vuestros problemas de una puñetera vez, y a mí dejadme en paz!¡Tú –dijo señalando a la chica-, déjate ya de manías estúpidas que no llevan a ninguna parte y que no hacen más que amargarte a ti misma!¡Y tú!–exclamó agarrando el móvil de la chica como si fuera un micrófono-. ¿Tú te crees que con la pinta de alelado que tienes te va a querer nadie como te quiere esta chica?¿Qué estás buscando, algo mejor?¿Qué te crees, Richard Gere o Tom Cruise?¡Porque actores como ellos se estarían pegando por ella!¡Así que dejaos de tonterías de una puta vez y arregladlo, hostias!
            El chico colocó el teléfono en la palma de la chica y se marchó, dejando la puerta abierta y a la muchacha, con el móvil aún en la mano, con mirada de estupefacción. Al otro lado del auricular, se escuchaba al ex novio preguntando si había alguien…
            Una hora más tarde, el chico llegaba a su casa. Abría la puerta y entraba en el claustrofóbico espacio de treinta metros cuadrados. Buscaba a alguien con la mirada. Luego miró el cuadro de turnos que su novia tenía colgado del frigorífico. Joder (masculló), otra semana en la que no se veían. Extrajo una cerveza de la nevera. Se sentó en el sofá y acarició al distraído gato:
            -Hoy nos toca bailar juntos esta noche, ¿eh?
            Sonó un timbrazo. El chico, agotado, se acercó a la puerta. Cuando la abrió, observó a un hombre de unos cincuenta años, con mirada abatida, vestido con un traje de payaso, plantado delante de su puerta:
            -Vengo a decirte una cosa.
            El chico se cubrió la cara con la mano.
            -Oh, mierda…

lunes, 5 de marzo de 2018

El libro, las películas, las historias reales de marzo: "Mal de altura", de John Krakauer, la película "Everest", el documental "Sherpa", y el mal de la cima del mundo.

En el centro de la imagen, el Everest, cubierto por nubes. A la derecha, el Llhotse, de cumbre más irregular y plana. Por delante, capos de nubes, a semejanza de ovejas sobresaliendo entre blancos prados. Imagen del autor desde avión comercial.

Hace unos años apareció en cine la película "Everest", un reflejo en celuloide del accidente más grave que ha tenido lugar en el mítico monte, en el año 1996, donde quince montañeros perdieron la vida. Poco después de verla, llegó a mis manos "Mal de altura" ("Into thin air"), de John Krakauer -autor también del título "Hacia rutas salvajes"-, el periodista que acompañaba a la expedición y que narró en aquel libro lo sucedido, recopilando tanto el suyo como otros puntos de vista. Aunque reflejan un acontecimiento común, las dos narraciones -aparte de las diferentes de formato- suenan con distinta melodía. Mientras que "Everest" se asemeja al sonido de una flauta dulce, "Mal de altura" resulta una composición polifónica. El símil con la flauta tiene su lógica, en el sentido de que, aunque emite una canción única, la descripción de lo que ocurrió aquellos fatídicos días en la montaña es fragmentaria, un instrumento que cuando funciona provoca vibraciones en cada uno de los agujeros por los que el aire sopla, que es justo donde se alojan los seres humanos que, entre las rocas, tratan de sobrevivir. En la película se siente la angustia que debió sentirse en el campamento base, cuando se asume que se ha perdido el control, que ya nada cabe esperar sino que este sea el último muerto, y cuando todo, en definitiva, se ha ido a la mierda. La película, por otra parte, rellena huecos que la crónica periodística de Krakauer no puede narrar (en el cine rara vez te puedes emitir imágenes en blanco, mientras que un ensayo valora su riqueza en ocasiones en la abundancia de agujeros negros), y es mucho más simple a la hora de exponer sus conclusiones, que en realidad no enuncia nunca, sólo insinúa: era la época en que empezaban a institucionalizarse las grandes expediciones comerciales al Everest, había muchos grupos tratando de coronar la cima el mismo día, los líderes tenían la presión de que los clientes habían puesto muchas ganas (y pagado mucho dinero) por estar arriba, y encima llegó una tormenta que buena parte del tiempo se pensó que no iba a presentarse. Krakauer, en ese sentido, esculpe una realidad mucho más poliédrica: sí, habla de la presión sobre los organizadores, incluyendo no sólo cuestiones de confianza y monetarias, sino también de fama y publicidad (a ese respecto, es dolorosamente sincera la confesión de Krakauer cuando indica que cree que el hecho de tener un periodista en el grupo pudo influir en la tragedia, ya que nadie quería quedar mal delante de los medios). Pero también ofrece algunos detalles que hacen replanteárselo todo. Por un lado que, para lo que es una campaña anual en el Everest, la cifra de muertos en el 96 fue relativamente normal. Por otro, que resulta muy difícil tratar de achacar culpas y responsabilidades a alguien cuando toma decisiones a gran altura. Por encima de los 8000 metros de altitud, no te rige bien del todo la cabeza. Un buen porcentaje de personas deliran, se desnudan, corren precipitadamente hacia arriba, pierden del todo la noción de lo que es factible y qué no. ¿Lo más doloroso de todo? Que los manuales de montañismo te dicen que, en caso de que veas que tu compañero tiene esos síntomas, no puedes intentar ni siquiera reducirle por la fuerza, porque a 8000 metros de altura no tienes fuerzas suficientes para permitirte ese esfuerzo. A 848 metros de la cumbre del Everest sólo puedes permitirte hacer lo que tienes que hacer o morir; decisiones aparentemente pequeñas pueden resultar trascendentales, y tú no te encuentras en el estado más óptimo para tomarlas. Así, el propio Krakauer narra dolido cómo en algunos momentos no se dio cuenta de los problemas de sus compañeros, o estaba físicamente exhausto como para poder atenderlos (lo cual, confiesa, le remorderá por siempre en su cabeza) y llega a contar, incluso, cómo durante varios minutos mantuvo una conversación con alguien que luego resultó que era otra persona distinta (a su vez, el otro componente del diálogo también creía que Krakauer era el guía a quien el periodista creía que le estaba hablando), confusión la cual llevó a que nadie supiera donde estaba un miembro de la expedición durante un período de tiempo clave. Krakauer viene a decir que, después de todo, ascender el Everest nunca va a ser una tarea fácil, y que ni todas las reglas que se apliquen ni todas las precauciones que se adopten al respecto van a evitar al cien por cien los accidentes: hace mal tiempo (e imprevisible), hasta tu jefe de grupo se puede volver loco y, como llega a afirmar el reportero, por muy difícil que sea para algunos de entender a veces, no se trata de una puñetera excursión en tren a Suiza. Si te metes, sabes que corres un cierto riesgo de no salir vivo de allí.

A pesar de esta puntualización clave, una cuestión que Krakauer critica bastante es la falta de pericia de los clientes en las excursiones comerciales. Los tiempos han cambiado mucho, y con ello también el fenotipo particular de los montañeros. En los orígenes primitivos, un club de escaladores llegó a definirse como "un grupo de caballeros que, accidentalmente, escalan"; luego llegó la época de los grandes retos, de coronar los catorce ocho miles o los siete grandes, de hacerlo cada vez de una manera distinta. Y cuando todo eso acaba (porque ya no hay más maneras diferentes de subir los ocho miles), cabe servir de guía para llevar a gente menos experta a la gran montaña. En particular al Everest, que técnicamente no ofrece muchas complicaciones (a ver: técnicamente; lo de tener una capacidad física envidiable que salva las dificultades de hacer lo mismo a ocho mil metros de altura, va aparte), y que supone un logro que colocar en un cuadro de tu despacho de directivo de una gran multinacional. El problema es que en el 96 se estaba empezando a hacer esto, se intuía que daba mucho dinero, y se llevaba a gente con una experiencia previa de escalada no nula, pero tampoco con demasiado bagaje para el hecho de tener que enfrentarte a unas condiciones tan adversas (clima gélido, mal de altura, falta de oxígeno) y encima subir una pared de roca y hielo. En el 96 hubo un problema con las cuerdas que debían tenderse en el escalón de Hillary (la parte más difícil de la ascensión del Everest) que causó un serio retraso, y el problema es que los guías no se atrevieron a decirle a la gente que lo más sensato, ante tanta gente acumulada en el mismo sitio, era darse la vuelta y, antes de que cayera una tormenta o la casi igual de terrible noche, retornar de nuevo en dirección al campamento base. Desde entonces se ha analizado mucho sobre lo que ha salido mal en las expediciones previas, y algunas cosas sin duda han mejorado, pero lo cierto es que hay cosas que no han cambiado: el Everest sigue siendo un reclamo comercial para expedicionarios probablemente no lo suficientemente preparados, el Everest se ha vuelto, como diría algún escalador, un "puto circo", y hay un tiempo relativamente breve (la climatología del Everest no da para grandes excesos) en el cual muchas expediciones pretenden coronar la cumbre. Ante esta situación, John Krakauer propuso, de hecho, que se obligara a que todo cliente que quisiera subir al Everest tuviera que hacerlo sin botella de oxígeno, para así forzar a que sólo los más preparados se atrevieran a ascender a la montaña. En ese sentido, en 2016, el gobierno de Nepal puso algunos límites para la ascensión, incluyendo que sólo podría intentarlo alguien que hubiera demostrado ascender antes al menos una montaña de 6.500 metros. Así pues, aunque el libro de John Krakauer fue muy discutido, y sus conclusiones son todavía objeto de polémica, está claro que hasta cierto punto, las autoridades han tomado nota de los accidentes que ha habido y están tratando de evitarlos. El problema es que no existe sólo ese problema, también se producen otros, y algunos están en rápida progresión.

Para empezar, el mundo de la montaña puede ser a veces tan salvaje como la selva, la sociedad de "El señor de las moscas", o la cúspide de la pirámide en Wall Street. Los tiempos en que gentiles e ingeniosos caballeros ingleses conservaban la buena educación mientras contaban historias en torno a un buen fuego, en fin, al menos por las palabras de escaladores recientes, parece que hacen tiempo que han pasado, y ahora existen unas reglas de juego más similares a las que podría haber en la tripulación mercenaria de un barco pirata pilotado por un (¿a que esto empieza a parecer una novela de Jack London?) salvaje lobo de mar. La competición es dura y no siempre limpia (esa siempre la hubo), hay mucho movimiento en un mundo muy falto de reglas o de gente encargada de cumplirlas (se han denunciado robos en los campamentos; a mí me recuerda en cierta medida a la situación en que hubo un asesinato en una base en la Antártida, y no hubo nadie que pudiera investigarlo) y -de eso se queja todo el mundo hoy en día- hay demasiada gente en la cumbre. No se trata ya sólo de dejar de atender peticiones de auxilio (a veces es complicado decidir si se trata de hacer un favor o de poner en riesgo la vida; las descripciones de algunos escaladores describiendo cómo tenían que dejar abandonados a sus compañeros son inconsolables), o de que los cadáveres que no pueden ser rescatados, conservados intactos sobre el hielo, sirvan de mojones kilométricos para indicar el curso de las ascensiones. Se han dado el caso de un individuo que se dejó caer agotado a un lado del camino, junto a un antiguo cadáver (con el mal augurio consiguiente) y han pasado horas hasta que nadie hiciera nada por ayudarlo, porque los jefes de equipo les decían a sus integrantes que no se entretuvieran en su camino hacia la cumbre. "Sálvese quien pueda", protestan algunos que se ha convertido en el lema de la subida hacia la montaña. El hecho de que haya más gente -situación que a lo mejor palía las recientes medidas del gobierno de Nepal-, o que los récords tengan que ser por definición cada vez más difíciles, no va a contribuir a que la cosa vaya a mejor. Entre otras cosas, porque la ambición por escalar la montaña siempre estará presente. Por ver qué se siente (aunque pueda ser decepcionante o breve), por las vistas (que también podemos vislumbrar de maneras más fáciles, como en avioneta o a través del vídeo), por el mérito, por el esfuerzo, por la innegable fascinación que ejerce sobre nosotros "lo más" alto, lo más grande, el infinito. Por ponernos a prueba a nosotros mismos. Por ver si nos hacemos más sabios. La respuesta más sencilla la pone la película Everest en un mensaje al unísono de los escaladores protagonistas, ant la insistencia del periodista: la subimos, simplemente, "porque está allí". Sea el polo, la montaña o la Luna, ¿merece mejor respuesta? 

Pero analicemos también otros problemas. Está, por un lado, el factor natural. El Everest está lleno de grietas, muchas de ellas bajo la nieve, que pueden ceder en cualquier momento, en algunos casos por terremotos (el de 2015, de hecho, destruyó el mítico escalón de Hillary, factor que se cree provocará más embotellamientos en la cima), de los cuales Nepal ha sufrido varios recientemente que han alterado incluso la altura del Everest. Y en los últimos años también, por el cambio climático. Ahora que empezamos la cuenta atrás para que el Kilimanjaro se quede sin nieve en su cumbre, el hielo del Everest es más fino y es más difícil fiarse de él. Esto, además, dificulta las expediciones que se hacen casi exclusivamente cuando el tiempo es mejor, para evitar en lo posible el factor climatológico. Por otra parte, desde el punto de vista ambiental, el Everest está hecho un desastre: viejos equipos, botellas de oxígeno, cuando no simple y llana basura, pueblan sus laderas, y de ahí que aparte de las iniciativas para rescatar cadáveres, se propongan con creciente frecuencia proyectos con el fin exclusivo de recoger algo de la ingente contaminación con que -como le pasa a tantas otras maravillas, naturales o artificales-, lo estamos ensuciando. Hay que contar, además, con el factor de los sherpas. Pero eso requiere de algo más de explicación.

No olvidemos que, antes de que un topógrafo indio describiera que una montaña hasta entonces anodinada en los Himalaya era la más alta del mundo, y el responsable inglés de turno le pusiera el nombre de Everest (como en otros casos, homenajeaba a su predecesor en el cargo), los nativos de Nepal le conocían como Sagarmatha, que quiere decir "frente del cielo", y los del Tíbet (hay que recordar que tanto el Everest como el Llhotse, con el que comparte una parte del macizo, se encuentra en la frontera entre Nepal y China, y que descendiendo por su cara más complicada se llega a este país último) le llamaban Chomolungma, o "madre del universo", o sea, que alguna intuición respecto a su altura debían de tener. De todos es conocido el nombre de sherpa, que define no tanto a los acompañantes locales a las excursiones al Everest como los pertenecientes a la etnia que abunda en la regiones anexas al gran monte asiático (a pesar de que existen sherpas tanto en la India como China y, por supuesto, Nepal). No hablaremos por tanto de su fantástica adaptación a la altura y el clima de la montaña, de Tenzing Norgay, el mítico sherpa que junto con Hillary escaló por primera vez el Everest, o de varios sherpas que poseen numerosos récord Guiness en relación con la escalada, estableciendo rankings muy semejantes a los de occidente, aunque por supuesto mucho menos publicitados. En cambio, pretendo traer a colación el documental "Sherpa" (2015), que trata el tema desde una perspectiva algo más moderna. Hasta ahora, los sherpas se consideraban el complemento ideal en la expediciones de alta montaña: solícitos, sacrificados, y capaces de cargar con un pesado equipo en unas condiciones durísimas para sus compañeros occidentales. Y todo ello, por un precio ínfimo, comparado con sus colegas también. Sin embargo, las cosas están cambiando últimamente. Los sherpas más jóvenes son más conscientes del mundo en el que viven: saben que las empresas de escalada hacen mucho dinero con ellos, y aunque aprecian las mejoras que el dinero procedente del montañismo ha producido en su comunidad, ya no tienen esa relación tan diligente entre jefe occidental y empleado asiático que era de uso tan común en el siglo XIX. Muchos sherpas, además, andan ofendidos con las actitudes occidentales que ellos consideran irrespetuosas (recordemos que, para ellos, la montaña es sagrada, aunque no olviden también que les da de comer), y con su escaso aprecio respecto de la labor que desempeñan los sherpas, reflejado tanto en el terreno económico como en el trato personal. Por otra parte, los sherpas que actualmente trabajan en las excursiones comerciales no desean que sus hijos continúen la tradición: las aportaciones de los donativos han servido para fundar escuelas, y ahora pretendan que sus hijos tengan una educación universitaria, busquen nuevas posibilidades, salidas laborales que casi con certeza les llevarán fuera de sus reductos aislados en Nepal. Para ellos, además, el número de excursiones tiene un límite: llega un momento que si no pueden estar con sus hijos, verlos crecer, si se juegan la vida a cada instante, no merece la pena continuar con ello; han reaprendido esa esencia tan budista de que no todo en la vida es dinero. De hecho, en los últimos años, a raíz de las dudas surgidas ate pasarelas de hielo quebradizas, peligro de terremotos, el hielo debilitado a causa del cambio climático, los sherpas se han sentido presionados por los promotores comerciales -que exigen, ante todo, continuar con las expediciones, pues no se toca la gallina de los huevos de oro-, arrastrados hasta los límite de su aguante psicológico y físico, y han dicho en ocasiones basta: en dos de las últimas campañas los sherpas han decidido plantarse y no arriesgar la vida de ni uno solo de ellos, impidiendo que ese año haya viajes a la cima. Un cambio que, sin duda, modificará las actitudes de los promotores comerciales respecto a los sherpas de cara al futuro. Quizás, de esta manera, pueda alcanzarse un equilibrio entre seguridad, prosperidad económica, y respeto a las tradiciones y, con un poco de suerte, al medio ambiente. El precario ecosistema del Everest, tan ciclópeo, tan mítico, pero en realidad tan frágil y asediado de peligros, sin duda lo agradecerá.