martes, 14 de noviembre de 2017

El relato de noviembre: "No quiso salir"

Este mes, en concreto el día 25, es el Día Internacional contra la Violencia de Género. A todas las víctimas de esta lacra va dedicado este relato.

No quiso salir

            No quiso salir. Nunca lo hizo.

            Por más que los médicos lo intentaron, fue imposible. Al comprobar que el parto se retrasaba, decidieron inducirlo artificialmente; pero no hubo manera. Cuanto  más provocaban la contracción del útero con sus medicamentos, más se resistía el niño; se aferraba, desesperado, al cordón umbilical, a las paredes de la bolsa amniótica, con todas sus fuerzas. A punto estuvo de perecer entre estos agarrones, que destruían la placenta y causaban profusas hemorragias, las cuales fueron lo único que consiguieron definitivamente hacer desistir a los doctores. Intentaron entonces la cesárea, pero resultó también un esfuerzo inútil; el niño (o mejor dicho, la niña) intuyendo quizás la afilada hoja del bisturí al otro lado de la pared uterina, comenzó a revolverse con todas sus fuerzas. Era algo nunca visto, que dejó sorprendidos incluso a los más expertos, los cuales declaraban no poder imaginar que tanta resistencia fuera posible en una criatura que apenas tenía un desarrollo cerebral definido y a la que, por tanto (creían ellos), le era imposible entender lo que acontecía a su alrededor. Al final, agotados los recursos, los médicos tuvieron que abstenerse, eligiendo con ello el menor de los males posibles, para no infligir un daño aún mayor a la madre y al hijo. El niño se quedaría allí, hasta que quisiera (no, perdón, en teoría no dependía de él) provocar el parto, o que se iniciarse él solo, o hasta que muriese, lo que antes ocurriera. El aborto, por supuesto, y dado lo avanzado de la gestación, y la mentalidad de la época, era impensable. El feto, por primera vez en muchos días, comenzó a sentir alivio, y a volver –si alguna vez lo hizo- a dejar de respirar.

            Los familiares no lo entendieron. El padre no lo entendió. Algún tío (o tío en potencia) exigió una explicación racional a este hecho acientífico. Los médicos sólo se encogieron de hombros y se acogieron a la evidencia. No había nada que hacer.
           
            ¿Por qué decidió no nacer? Todavía es un misterio. Quizás fue un sentimiento de abandono, tal vez se sintió muy solo conforme las periódicas contracciones del parto le iban recordando su triste destino, que habría de afrontar en soledad, atravesar entre empujones ese magma de dolor y huesos y salir a un mundo estremecedoramente grande y frío; o no, quizás no, tal vez era ese remoloneo que tenemos todos cuando no queremos salir de la cama y decimos “un minuto más, mami, tan sólo un minutito más”. Puestos a pensar, bien pudo ser el miedo escénico, el nerviosismo al preguntarse si lo haría bien, si estaría a la altura, la vergüenza al verse delante de tantas personas, todas mirándole a él, todas vestidas, y él ahí, desnudito. Quizás fueran ganas de llamar la atención. O tal vez…

            O tal vez, conforme fue avanzando por el canal del parto, ella, como quizás todos los fetos del mundo, tuvo una visión, y contempló el futuro: escudriñó cómo iba a ser su vida a lo largo de los próximos años. Contempló su propio nacimiento, que acontecería en tan sólo unos minutos, y también su muerte. Sufrió con anticipación los malos tratos que le infligiría su padre, y lloró con las lágrimas que surcaban el rostro de su madre; vislumbró la violación que le acontecería a los veinte años y sintió mil veces la amargura ante la pasividad de un testigo que no se atrevió a denunciarlo; contempló su huida de orfanato en orfanato, y su adicción a las drogas. Y, en medio de este calvario, del tormento psicológico, cuando ya había alcanzado la vagina, la niña, al contrario que el resto de sus compañeros llegados a este punto, y que optan siempre por seguir adelante (¿mentes insuficientemente desarrolladas?, ¿resignación ya aceptada?, ¿miedo a la alternativa?, ¿o, quizás, la ingenuidad suficiente como para que creer que su destino aún puede ser modificado?), ella dio marcha atrás. Se defendió, como gato panza arriba, de los empujones del útero. Decidió permanecer allí, pasara lo que pasase. Hasta que definitivamente, por fin, hubo conseguido su propósito. Cuando escuchó cómo los doctores tomaban una decisión definitiva sobre su caso, sus doloridos huesos, esta vez sí, pudieron por un momento descansar…

            No saldría allí afuera, a ese futuro ingrato y demoledor; no sufriría esos martirios. Se quedaría allí, con su madre, la que siempre la había alimentado y protegido, al menos hasta que encontrara una alternativa mejor. Si la hubiera…

            El padre fue uno de los que no lo entendió. Era un hombre brutal; un ser primitivo, educado en los rigores del campo, en el predominio de los músculos que hacen arar los campos (cuando todavía no existía ninguna clase de máquina que pudiera sustituir la labor del hombre) y de los que dependía la cosecha; músculos que eran generosos para la comunidad pero que, al mismo tiempo, cubrían de terror a aquellas mujeres a las que atenazaban en aquellas correrías nocturnas que los aldeanos no pudieron, o no quisieron adivinar, al ser el preferido del patrón, en sus propias y empresariales palabras, “la mano de obra más rentable que poseo”. No, no lo entendió, ni lo quiso entender. Su corta mente no daba para elucubraciones propias de los cuentos de hadas, para niñas que no salían, para fetos que razonaban. Casi zarandeó a los médicos, que llegaron a temer por la indemnidad de su columna ante los rudos aspavientos de las monstruosas manos, y sólo el reconocimiento social que por aquel entonces mantenía todavía la profesión de la medicina impidió que el labriego se atreviera a dar un paso más violento. No teniendo a quien descargar la culpa, y sin otra posible reacción ante su incapacidad de comprender, salió del hospital, se marchó a su casa, e hizo trabajar a los bueyes hasta que reventaron.

            Su madre, en cambio, era distinta. Muy distinta. Al escuchar a los médicos comunicarle -en último lugar, después de haber informado a cada uno de los miembros del resto de su familia, casi como si no fuera con ella-, que iban a cesar en la búsqueda del parto, simplemente cerró los ojos, y esbozó una sonrisa de satisfacción. Solía reaccionar así, sin hablar, ante la mayor parte de los acontecimientos; precisamente por ello sus padres, sus tíos, sus hermanas, la consideraron estúpida desde su nacimiento, como si aquella mirada angelical, y aquella callada manera de hacer las cosas implicaran una tara mental irreversible que le impidiera asumir ninguna elección sobre nada, dándole derecho a los demás para tomar decisiones por ella. Nunca le habían consultado nada (algo que ella nunca había reclamado), ni siquiera su boda, que fue rápidamente organizada por su hermana mayor -celestina, lianta, amiga de los chismes y capaz de destruir la reputación de cualquier chica que osara desafiarla, arrastrando su nombre por el fango a lo largo del pequeño pueblo- al constatar que el mozo favorito del patrón depositaba sus ojos sobre la inútil de su hermana, pensando con ello que habían encontrado por fin el único beneficio que podían sacar a la pelele que les había tocado sufrir en desgracia a sus padres. Cuando le comunicaron, sin embargo, que iba a ser la esposa de ese hombre, lejos de las muestras de alegría que su hermana hubiera esperado de cualquier mujer –pues era bien sabido que aquel varón era el objeto de deseo de casi todas las concupiscentes muchachas del pueblo-, ella, sin embargo, calló muda. Bajó los ojos y, sin más que añadir, suspiró. Sus padres la interpelaron sobre su silencio, preguntaron si tenía algo que añadir al respecto, aunque, dijera lo que dijese, ella sabía, nada les haría cambiar de opinión; la decisión estaba tomada, y el interrogarla por su permiso era tan sólo un rigor. Por eso calló y aceptó, resignada. En un pueblo de bárbaros, paletos, ignorantes, su destino, y el de todas las mujeres de su época, implicaba obligatoriamente casarse con alguien; y en aquel pueblo, no iba a encontrar mucho más. Solamente hizo un despecho: cuando juró ante el cura (el sí quiero sonó lacónico, apagado, triste, hubo de repetirlo dos o tres veces para que lo oyeran, no estaba acostumbrada a hablar para que la escuchasen), cruzó imaginariamente los dedos en su mente; pensaba que así, en parte, conjuraría el hechizo. Tal vez ahora, pensaba en estos momentos, con esa niña en su vientre, estamos contemplando los frutos de ese sortilegio.

            La noche de bodas fue normal: tan normal como puede serlo cuando transcurre con una bestia. Ella sólo pedía que al menos la acariciase una o dos veces; él, buscaba rememorar sus merodeos nocturnos en mitad del campo. Lo que más le disgustó al marido, y quizá por ello fue más violento aún, era que ella no gritara, como las otras, sino que se quedase pulcra y escrupulosamente callada, dejándose hacer, durante todo ese tiempo. Al poco tiempo, supieron que ella estaba embarazada. Fueron nueve meses muy largos. El marido no entendía cómo su mujer no era como el resto de las chicas, las cuales todavía se le acercaban, y a las que él todavía correspondía (excluimos, por supuesto, las que tuvieron la desdicha de encontrarse con él de noche, y que no comentaban nunca sus episodios entre las otras); mujeres que se ambicionaban entre sus fuertes y poderosos brazos los cuales, al cultivar la tierra, las sostendrían a ellas y a sus familias, de no ser por la mosquita muerta de su mujer, la cual tan sólo estorbaba en las fantasías en las que el favorito del patrón vertía sobre los campos la simiente, y les introducía su hombría entre las piernas. La comunicación entre los miembros del matrimonio era mínima. Ella realizaba las labores del hogar mientras él se dedicaba a hacer lo que siempre hacía; dormir, beber, salir de caza, emborracharse con los amigos… No hizo el mayor esfuerzo por comprenderla. Tampoco hubiera podido; una vez, incluso, se sintió confuso, cuando la descubrió leyendo a escondidas.

            Para la madre, al contrario que para el resto del mundo, lo que acababa de acontecer con su hija no era una desgracia, ni una monstruosidad de la naturaleza como creían sus padres –los correspondientes abuelos-, ya que esto, “no era lo natural”. Al fin y al cabo, se decía a sí misma, ¿dónde va a estar una hija mejor que con su madre? Su madre, que la ha estado cuidado y queriendo durante todos estos meses, que la ha acariciado a través de la barriguita, que le ha contado cuentos, que ha comenzado a enseñarle a hablar; que le ha revelado los secretos de la música a través de un gramófono, y el programa de radio de clásicos populares.

            Y por eso, sonreía. Sonreía y callaba, como había hecho siempre, cuando otros la tomaban por lela por alegrarse ante el nacimiento de la primavera o el crecimiento de una flor, cosas que a ella le parecían las más importantes de la vida, por muy insignificantes y escasamente prácticas que las consideraran el resto del mundo. Sonreía, porque sentía que, por primera vez en su vida -tan controlada desde el inicio por los demás-, alguien, por fin, había tomado una decisión por sí misma, y no por la influencia de intereses ajenos: por su propio bien, y por el de las personas a las que amaba. Y ese alguien, ésa persona que había elegido una opción clara y firme (la cual ella, debido a las circunstancias de su entorno, nunca hubiera podido tomar), ese alguien, había sido su hija. Su elección, trascendiendo incluso los límites de lo lógico, de lo racional, de lo real, les estaba llevando a las dos a un camino distinto al que todos habían ido construyendo para ellas mismas. Un camino, sin duda este último, que no podría traerles más que desdichas. Un destino, del que se habían salvado.

            Estaban juntas en esto. Eran dos, madre e hija, como todas las demás, pero más que todas las demás. Porque desde antes incluso del nacimiento habían sentido esa sutil complicidad que caracteriza a las mejores amistades femeninas, y que lleva una intimidad que nunca podría igualar la relación con ningún hombre. Porque estaban trabajando en equipo por un mismo objetivo. Porque, cuando una de ellas cayera, sabría que la otra estaría allí para ayudarle. Porque se apoyaban.

            La madre volvió a su casa. Su familia no le dijo demasiado. No consideraban que fuera lo suficientemente inteligente para entender lo que estaba pasando, y ni tan siquiera la intentaron hacer comprender. Ya en el pueblo, los rumores se habían extendido por todas partes. Se hablaba de maldiciones, de males de ojo, de “Con esa madre, qué cabía esperar”, de “Yo nunca me olí nada bueno”, comentaba alguna… Comenzaba a sentirse (lo había sentido siempre, de todas maneras) como una de esas mujeres de la Edad Media las cuales, por nimias diferencias que las separaban del resto de las mortales, son tachadas de demonios o de brujas, y condenadas a la hoguera un día de éstos, menos tarde o más temprano. Para ella, ese día había llegado. Y por eso, y sin decirle nada a nadie, comenzó a hacer las maletas.

            Porque su hija no merecería haber nacido en un sitio así. Porque la vida que le esperaba, y que ella había intuido desde antes de nacer, no era una que se mereciera. Porque ninguno de nosotros escogemos, ninguno tenemos la oportunidad de escoger, si queremos nacer o no, si amamos a esos padres que nos darán la vida sin consultárnoslo, si deseábamos o no ese defecto que inexorablemente nos va a hacer infelices. ¿Quién eligió ser judío en la Alemania nazi?¿Quién tiene el atrevimiento de nacer en África hoy en día? Su hija fue distinta. Su hija eligió.

            No podemos hacer mucho más. Vivimos rodeados por la imprevisibilidad de un mundo en constante cambio. Pero, al menos, en un pequeño aspecto, su hija había podido opinar. Podría nacer cuando quisiera. Y sobre el dónde, ya se encargaría su madre. Una madre que abandonaba todo lo que había conocido hasta entonces para buscar, en algún lugar adecuado, un ambiente y una situación en la cual su hija, por fin, se sintiese a gusto, y pensara que tenía la oportunidad de ser feliz. Y, para entonces, ya serían amigas. Para entonces, ya le habría enseñado a hablar, y ya la trataría como a una niña mayor. Desde antes, mucho antes, serían amigas.

            O tal vez no. O tal vez ni siquiera eso. Tal vez se quedase allí para siempre, permaneciendo sin más junto a ella. Calentita, en su pequeño saquito de líquido amniótico. Contenta, escuchando a su madre hablar, durmiendo arrullada por el sonido de sus nanas, una madre a la que no le importaría el peso de ese volumen, la incomodidad de los movimientos, ya lo dijo el refrán, sarna con gusto no pica, cómo se nota, protestará alguna, que el que dijo aquel refrán nunca tuvo de verdad sarna. Soñando, tal vez, por supuesto, con lo único que puede soñar un feto, lo único que conoce: tacto, oscuridad, tal vez música. Por lo menos, allí nadie le hará daño. Quizás allí, probablemente, pudiera ser de verdad feliz.

            La madre terminó las maletas, y salió de la casa. Veía de lejos una figura humana en los campos, tal vez fuera su marido, buscando ya el consuelo de alguna otra, más normalita. Nadie lamentaría mucho su ausencia. Estaba atardeciendo.


            Y sin embargo, pensó contradictoriamente la muchacha, esto es un amanecer.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

La historia corta de noviembre: "Lágrimas de cebolla".

-La elaboración de una receta es como el acto de hacer el amor – ella enunció-. Si sigues el texto del libro a pies juntillas, pierde magia, candor, espontaneidad. Si un plato, de cualquier origen, elaborado por un cocinero francés, no adquiere aquel inequívoco aroma a delicadeza, a elegancia, a cuidado, propias de un Liceo en París o de los campos de lavanda en Provenza, habremos perdido un delicado matiz que no podrá ser replicado de ninguna otra forma, en ningún otro lugar. Y eso supondrá una pérdida cultural irreparable no sólo para nuestros paladares, sino para el conjunto de la humanidad. Por ello, cada construcción cada un plato característica y única, dependiendo de la localización física, del momento o del estado de ánimo del cocinero. Esta subjetividad es un hecho que nunca debemos permitirnos olvidar.

Y conforme lo decía, clavaba los ojos en él, el aprendiz, y él quedaba subyugado ante la mágica caída de sus pestañas. A partir de entonces, la clase de cocina fue un laberinto, un vals, un juego de engaños. Sus almas se espiaban de reojo mientras cortaban los tomates o picaban un ajo, y cada desplazamiento para capturar un ingrediente o atrapar un electrodoméstico se convertía en un sensual torbellino donde los cuerpos se cruzaban –arriesgando con tocarse- y ambos jugaban alternativamente al ratón y al gato. Dosificaron las especias como si las aplicaran por su piel desnuda durante un masaje de espalda; someter a un trozo de carne, a una verdura, era una vibrante metáfora de lo que harían nada más les concedieran la oportunidad. Cuando él le dio a probar su plato, ella acercó la cuchara a sus labios disimulando que no le importaba en qué posición quedaba su escote, y al degustar aquella delicia, derramó una casi desapercibida lágrima, en un callado orgasmo de felicidad.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

El libro y la historia real de noviembre: "Fouché. El genio tenebroso", de Stefan Zweig

José Fouché, político e intrigante francés.

A pesar de la reciente (y muy recomendable) "Stefan Zweig: Adiós a Europa", película inspirada en los últimos días de este autor, no me ha quedado claro si el escritor austríaco escribía de manera atropellada o en cambio meditaba sesudamente cada línea. De sus memorias ("El mundo de ayer", que comentamos en este blog) sabemos que le encantaba, al corregir, eliminar todo párrafo que él considerara superfluo e innecesario. Quizás esto es lo que haga que las biografías escritas por Stefan Zweig resulten tan enardecidas, tan vivas y batallantes, leídas con el ritmo propio de una novela, donde personajes poderosos se hallan (aunque sea con una pluma) constantemente en acción, y a punto de morir o matar. Algo similar pasa con "Fouché. El genio tenebroso", el relato de uno de los grandes hombres de Francia durante la época de la Revolución y el imperio napoleónico; desde los arrabales de Marsella, cómo un chico débil, poco apto para las labores manuales, va ascendiendo en virtud de su inteligencia para convertirse en el perfecto político: sin ideología, comprometido con ninguna causa o partido, buscando únicamente la pura supervivencia, y durante el camino siempre ascender, ascender todo lo posible y más. El relato de Fouché no es uno cargado de luces: no sólo porque no se trate de un personaje admirable (muchos le llamarían chaquetero, voluble, gusano despreciable incluso), sino porque a Fouché le disgustan los grandes focos y titulares que acompañan los nombres de Danton, Robespierre o Napoleón, hombres a los que secunda, se enfrentra o traiciona. Fouché, en cambio, es individuo de sombras: desde ellas puede ejercer el poder, y desde ellas se maneja también discretamente, ya sea tanto para las intrigas políticas, como para crear los primeros esbozos del sistema policial francés, o enfrentarse a sus enemigos (entre ellos, un conspicuo y elegante Talleyrand cuyos contrastes con Fouché escenificaron sobre las tablas Josep María Flotats y Carmelo Gómez en una obra de teatro del primero, denominada "La cena"). Zweig nos describe el ascenso, auge y caída de Fouché (a causa de lo único a lo que no era capaz de hacer frente), en una descripción psicológica apasionante, donde los grandes delitos y las grandes miserias quedan expuestas para que podamos juzgar en rigor toda la personalidad de este animal político -otro título de esta biografía es "Fouché. Retrato de un hombre político"-, que sólo podía alimentarse a base de algo que, según muchos, no debería existir. Porque, ¿qué hacer cuando lo que mejor se te da es algo terrible? Un dilema que quizás aprendiendo de Fouché podamos contestar.

lunes, 23 de octubre de 2017

Las películas de octubre: películas y recetas de cocina

En un post anterior -elaborado, como éste, en colaboración con el blog "La tentación vive... en la cocina", de Cris Kitchen- hablábamos de comida, de comensales, de cocina y de cocineros. Y también sobre literatura. Ahora en esta ocasión, y aprovechando que hasta el propio festival de cine de San Sebastián ha incluido una sección de cine dedicada a la gastronomía, discutiremos sobre películas: algunos títulos –más o menos conocidos- relacionados con el mundo de la gastronomía, acompañados de sus correspondientes recetas para degustarlas. Podéis empezar a leerlo, pero yo os aconsejo, antes de nada, aseguraros de que tenéis la nevera o un paquete de galletas a mano. Advertencia: la lectura de este post puede dar ganas de devorar.



-Ratatouille. Había que empezar, cómo no, con esta pequeña joya de Pixar sobre el amor y la dedicación a la cocina. Construida con delicadeza y elegancia, como todas las buenas películas (y los buenos platos), el film apela a las sensaciones que provoca el arte tanto entre los creadores como entre los receptores del mismo. Un detalle que, más que ninguna otra cosa, marca el poder de una película, y también de un estofado.
            Recomendación gastronómica. En la película se insiste en el poder evocador del gusto, en su capacidad para llevarnos a un momento en que fuimos extremadamente felices. Para “Ratatouille”, aparte de casi cualquier plato de la cocina francesa (en este contexto, valdría también el film “La cocinera del presidente”), convienen recetas que nos transporten al período siempre extraordinario de la infancia. Nada como un delicioso batido de plátano o a un atípico y dulcísimo bizcocho para recordar la época en que cada momento debía ser brillante, y no había tiempo para medias tintas, o para escalas de grises que no se atrevieran a brillar.



-Julie&Julia. Una película que entrecruza las vidas de Julie Powell (Amy Adams), una joven que decide aprender a cocinar a través de las recetas de Julia Child (Meryl Streep), y de la propia Julia, la cual enseñó la cocina francesa a las amas de casa estadounidenses en los años 50, y de la que se nos narra en paralelo su particular camino de aprendizaje. Una historia deliciosa, que cae ligera como una crêpe.
            Recomendación gastronómica. A pesar de que la obsesión de Julie por la mantequilla puede parecer enfermiza, algunos platos tienen muy buena pinta: en concreto, hemos caído enamorados de unas pechugas de pollo con crema, champiñones y oporto (aquí un enlace donde hacen referencia a la receta) que no tardaremos mucho en intentar.




-Un viaje de 10 metros. En un pequeño pueblo de Francia, un restaurante familiar indio se coloca a escasos diez metros de un esnob establecimiento local, cuyos dueños reaccionan como Marine Le Pen después de darse una vuelta por un barrio árabe. Aún así, el roce hace el cariño y, en esta época de choque de nacionalidades, la película nos muestra como la fusión de culturas y el intercambio resultan más beneficiosos que la soledad y el enfrentamiento. Que la película cuente con Helen Mirren como actriz principal resulta, como aditivo, de lo más estimulante.
            Recomendación gastronómica. Es una buena ocasión para recomendar un buen restaurante indio. Empezamos con unas onion bhaji y unas samosas (de carne o verduras) para empezar. Acompañando a un arroz pilau, sugerimos unas raciones de pollo con mantequilla (butter chicken) o cordero korma -si no os gusta el picante-, o alguna receta que se apellide Madrás si os atrevéis a arriesgar (esto, en el caso de un restaurante indio en un país occidental. En la India de verdad, olvidaos de distinciones, casi todos los platos pican). Para mojar en las salsas, podéis coger algún naan (o pan indio) simple o con queso, aunque si es por el sabor del naan, nosotros os aconsejamos ardientemente el peshwari. De postre, un suave batido de mango (mango lassi) o un delicioso gulab jamun, unas bolitas de masa frita empapadas en almíbar, nada aptas para diabéticos. También podéis intentar reproducir estos platos en vuestra casa. Para ello, una pequeña ayuda, esta receta de pan naan tomada del blog de Cris Kitchen, y aquí otra de batido de mango.


-Chef. Hay varias películas tituladas así (incluyendo la entretenida “Comme un Chef”, que en España se tradujo como “El chef, la receta de la felicidad”), pero nosotros nos referimos a la dirigida y protagonizada por Jon Favreau –director de “Ironman” y la nueva versión de “El libro de la selva”, entre otros- en 2014. Un cocinero de éxito es duramente golpeado por un crítico que le acusa de estancarse en los mismos platos. Decidido a darle un vuelco a su vida, y de paso a recuperar su iniciativa como padre, se embarca en un viaje a bordo de una camioneta de comida callejera que le haga recuperar la ilusión por la cocina. Una comedia simpática sin muchas pretensiones, aunque quizás pueda hacernos pensar (igual que ocurre con “Comme un chef”) acerca de cuáles son las motivaciones reales por las que nos levantamos todos los días.
            Recomendación gastronómica. La película, entre otras cosas, reflexiona sobre el papel de las redes sociales y de los críticos culinarios. En un momento determinado, tiene lugar una discusión monumental acerca de un coulant de chocolate. Como nosotros somos más defensores del buen sabor y de los platos bien hechos, antes que de colocar el vanguardismo por delante de todo lo demás, os vamos a recomendar un tierno coulant, con el chocolate bien fundido por dentro. Porque si el chocolate es el sustituto del sexo (o produce el 10% del placer del orgasmo, según dicen), queremos que os ocurra como a Meg Ryan en la famosa escena del restaurante de “Cuando Harry encontró a Sally”, y que la gente quiera pedir, con ansia, eso que os ha hecho gozar.


-The lunchbox. Una pequeña y original historia. En la India, existe un gran negocio a nivel nacional, basado en los mensajeros que transportan el almuerzo (recién preparado por las mujeres) al trabajo de sus maridos, para que éstos puedan tomar aún caliente un plato de comida casera. Un día, el envío de una mujer sufre un error y su comida va a parar a un solitario individuo que hasta ahora sólo recibía la triste e impersonal comida procedente de un restaurante. Poco tiempo después, los dos afectados se darán cuenta de la confusión pero, para entonces, ha comenzado un intercambio de mensajes en el cual ambos acabarán desnudando sus preocupaciones y desvelos más íntimos. Ideal para aquellos a los que les disgusta comer solos.
            Recomendación gastronómica. Comer “de tupper” es siempre complicado, pero hasta que el sistema indio no se implante en esta parte del Ganges, ofrecemos aquí alguna sugerencia para que los tuppers puedan ser dignos quizá no de un restaurante cinco estrellas, pero sí al menos de una amorosa cocina de madre.


-Deliciosa Martha: La historia es un baile (llevado, por cierto, a través de una espléndida música), y como todo baile, es también un enfrentamiento, en este caso entre la precisa y cuadriculada mentalidad alemana de la protagonista -una chef de prestigio a la que le toca de golpe hacerse cargo de los hijos de su hermana-, y la genial y caótica volatilidad de su nuevo compañero de fogones, un artístico y desenfadado italiano cuya forma de ser le ataca los nervios a su compañera germana. Una película llena de ritmo, sabor y sobre todo alegría. Nada que ver con su adaptación americana, "Sin reservas": como casi siempre, para degustar un buen plato tienes que partir de la receta original.
            Recomendación gastronómica. Como mezcla de la fusión alemana-italiana, quizás un típico plato suizo como el rösti de patata sirva como mejor ejemplo de que la mezcla de opuestos puede provocar resultados más que interesantes.

Bonus: El festín de Babette. Quizás éste es el mejor contraejemplo de lo que no se debe hacer. Una experta en cocina francesa, obligada a vivir en una remota población costera del norte de Europa, decide preparar para su entorno más cercano una cena de restaurante de lujo. Sin embargo, los invitados a este ágape, en virtud de su moral religiosa, deciden deliberadamente no disfrutar de los manjares, para sorpresa del único asistente que no se encuentra al tanto del asunto. Considerada película de culto para muchos, para el amante de la cocina puede suponer, sin embargo, un anticlímax continuo donde se castiga el placer de los sentidos. O, en palabras más claras, “estaba deseando que del mar aparecieran dos orcas y se comieran de una vez a los protagonistas”.
Recomendación gastronómica: Lo idóneo al ambiente de la película serían unas gachas de avena, sin azúcar. Pero por el bien de nuestros lectores, recomendamos que las acompañéis de unos trocitos de plátano y chocolate negro, regadas con un buen chorrito de miel, por ejemplo, con lo que quedará un “porridge” de lo más resultón.

 Mientras tanto, a vosotros os deseamos buenas historias que tengan lugar en vuestra cocina. A ser posible, que no sean de terror. Un saludo.

domingo, 15 de octubre de 2017

El relato de octubre: una de romanos (segunda parte). El final de "R.O.M.A".

Como algunos recordaréis, hace un tiempo colgamos en este blog la primera entrega de un (¿relato largo?¿novela corta?) inspirado de manera muy libre en la antigua Roma. Os ofrecemos ahora el final. esperando que, tras leerlo, os entren ganas de construir un acueducto, vestir toga, o levantar un imperio. Que lo disfrutéis:


R.O.M.A.
(Segunda parte)


-Oye, Cindy, ¿no sabrás donde está Bruto? Tengo que hablar con él una cosa sobre la operación de mañana.
            El agudo tono de voz de su secretaria se hubiera escuchado incluso para alguien que sólo estuviera mirando a Caesar escuchar el teléfono desde un lado. A éste no le gustaba el timbre de la chica (ni tampoco sus habilidades como secretaria, las cuales consistían básicamente en poseer un busto que ocupaba casi toda la mesa), pero menos aún las noticias.
            -De acuerdo. Si le ves por ahí dile que le estoy buscando, ¿de acuerdo? Que en cuanto pueda, que me intente llamar.
            Pero Caesar no se quedaba tranquilo dejando el recado. El cuerpo le pedía hacer algo, actuar, la acción. Por ello, bajó por el ascensor del servicio, sin que nadie le viera, al garaje. Allí, el ya advertido chófer, con el aire de sigilo que le caracterizaba, le tenía el coche dispuesto y con la puerta abierta, sin que hubiera necesidad de hacer preguntas. Aún así, se arriesgó:
            -¿La dirección, señor?
            -La habitual de los jueves –esgrimió Caesar, y con ello no hubo necesidad de nada más.
            El automóvil de alta gama se deslizó por entre las calles grises, repletas de personas que no miraban a los laterales, atentas sólo a las imágenes de sus teléfonos móviles o a posar frente a vasos de plástico de lujo un café hecho de plástico a su vez. En ese contexto, el coche de Caesar pasaba inadvertido para los viandantes, pero él también les ignoraba a ellos. Tan sólo observaba la pantalla de su móvil conforme tecleaba el número, escuchaba durante un par de tonos, y luego volvía la cabeza la pantalla donde salía el nombre de “Bruto” junto a un auricular tachado, y resonaba de fondo la consabida cantinela: “El número marcado está apagado o fuera de cobertura…”
            El coche llegó a la entrada de un (de discreto, casi escondido) parking subterráneo que no tenía ticket para pasar. Solamente un timbre que el chófer accionó, para luego declarar, a la pregunta que le formularon:
            -Ha llegado el Caballo de Troya.
            La barrera se levantó y les permitieron pasar.
            Una vez llegados a uno de los pisos superiores, a Caesar le acogieron como siempre: cocktail de bienvenida, unas cuantas muchachas guapas envueltas en boas de pluma, la Madame conduciéndole con una conversación entretenida hasta la habitación. Sin embargo, no hicieron falta demasiados preliminares porque el ritual ya era de sobra conocido. En poco tiempo, le tuvieron dentro de una sobria habitación donde la chica (o mñas mujer que chica) vestía con la misma sobriedad de la habitación, como si aquel se tratara de un lugar distinto al que había venido a parar.
            -Eres un enfermo, Caesar –le escupió Pompeya a la cara, nada más entrar-. Reniegas de tu mujer y vuelves a ella cuando se ha convertido en puta; y en cambio, a la puta la conviertes en tu esposa.
            -Si te refieres a Cleopatra, ella no es mi mujer –replicó adusto Caesar.
            -No, ya, el título oficial lo detenta Calpurnia. Por cierto, ¿dónde la tienes?¿En un viaje de representación, muy lejos, en Hong Kong?¿Qué se cuenta?
            -Está en Singapur. Ha mandado recuerdos por Skype.
            -Espero que no agradables –rechinó Pompeya.
            -Decía que tenía un mal presentimiento. Suele tenerlos unas dos veces por semana.
            -Siempre has desdeñado lo que poseías, y en cambio buscas con ansiedad aquello que no puedes tener. A Cleopatra la quisiste sólo porque se le encaprichó a Antonio, y ahora, a mí…
            -Yo nunca quise que te metieras a… prostituta –se atrevió Caesar a confesar la verdad.
            -¡No, claro!, ¿y qué otras opciones me quedaban?-allí la impresión que Pompeya proporcionaba no era la de una cortesana, sino la de la esposa que en su día fue-. ¡Rechazada por su marido, apartada de la empresa, acostumbrada a un tren de vida, a ver cuántas opciones le quedaban a una por ejercer en esta ciudad!
            -No entiendo por qué me echas a mí la culpa de esto.
            -¡Ah, claro!¡Va a resultar que no fuiste tú el que me repudió!
            -Ya te lo dije… No tenía más remedio. Después de que Clodio irrumpiera en… vuestra soirée, vestido de mujer, había demasiadas sospechas de adulterio.
            -Pero tú mismo dijiste que me creías inocente…
            -Aún así, la gente…
            -¡Oh, sí, ya me sé esa cantinela!-replicó despectiva Pompeya-. “La mujer de Caesar no debe sólo ser honrada, sino parecerlo”. Tú y tus frases hechas… Parecen hechas de cara a la galería, para que puedan soltarse en cualquier ocasión en los próximos mil años… Pero no tienes ni idea de lo mal que le sientan a la gente que tienes alrededor.
            -Pompeya, eres lo suficientemente lista como para entenderlo. Aquello era una crisis; ponía en duda nuestro matrimonio; y cuando una unión marital implica poseer el 50% de las acciones de una compañía, estas cuestiones se vuelven extremadamente delicadas. Los inversores estaban inquietos: tenía que apaciguarlos de alguna forma.
            -¡Echándome de comer a los perros!¡Arrastrándome a la indigencia!¡Apartando lo que era posible de mí!
            -Era el papel institucional que me tocaba hacer en ese momento… Debía dar la mayor impresión de firmeza posible… Pero te ofrecí dinero, Pompeya. Lo hice de otra manera, escondida, secreta, bajo mano. Fuiste tú la que no aceptaste.
            -¡Dinero, dinero! Tú siempre has solucionado las cosas de esa manera, Caesar… No eran vulgares monedas las que en aquel momento yo necesitaba de ti.
            Pompeya se sentó y encendió un cigarrillo. A Caesar no le pasó desapercibido cómo su piel se había avejentado como consecuencia del nuevo estilo de vida que llevaba desde hace tiempo. Sintió una punzada de culpabilidad a causa de ello, pero procuró enterrarla al fondo de su cerebro, como hacía siempre. Aquel desván ya se encontraba demasiado lleno, pero la puerta, de momento, conseguía aguantar.
            -La verdad, la auténtica verdad, Caesar, es que a mí nunca me quisiste como a otras. Siempre he sabido que sólo te casaste conmigo porque era la nieta de Sila, tu enemigo, y el anterior jefe de la compañía. Todo el mundo entendía la hábil estrategia desde el punto de vista de la política de la empresa, incluso yo lo asumía. Pero al menos quería, a cambio de eso, un poco de disimulo… quizás algo de amor.
            -Cumplí con mis deberes de marido –se defendió Caesar.
            -A veces simplemente cumplir con tu deber no es suficiente –mordió como una tigresa atacada Pompeya-. Como hiciste con Cornelia cuando mi abuelo te ordenó que te divorciaras de ella y tú te negaste y saliste huyendo. Aquello era algo más. Aquello era pasión.
            -Lo hice todo por puro tacticismo –se escudó de una extraña manera Caesar.
            -Pues engañaste a muchos –contestó Pompeya-; tal vez con que me hubieras engañado de la misma manera, yo hubiera tenido suficiente. Hubiera sido… feliz.
            Pompeya apoyó un par de dedos sobre el lugar donde confluían la nariz con sus ojos.
            -Me duele mucho la cabeza.
            Se levantó del puff de enardecidos colores eróticos donde se sentaba y se acercó a un armarito, de donde sacó una estilizada botella de color ambarino, y una caja de pastillas. Se tragó varias de golpe, y un sonoro trago de alcohol también. A Caesar le preocupaba lo mucho que Pompeya bebía en los últimos tiempos. Por no hablar de otras cosas. Sin embargo, como ella se encargaba de recordarle, ya había perdido toda incumbencia para poder opinar sobre este asunto.
            -¿A qué has venido entonces?-preguntó Pompeya, con pinta de que quería dar por zanjada esta conversación cuanto antes-. ¿A darme dinero, como otras veces, a preguntarme cómo estoy para sentirte menos culpable?¿O esta vez te vas a cobrar algo más y vas a exigirme que tengamos un breve y tórrido caliqueño? Aunque te lo advierto, te va a salir más caro y te va a saber peor que cuando yo era tu mujer.
            Entonces Caesar la miró. Y se sintió de golpe muy cansado. Sin ganas de luchar. Él, que en circunstancias adversas, era cuando más se crecía. Él, que se sintió en su salsa aquella vez que le secuestraron los terroristas chíitas. Que alcanzó el máximo poder cuando más acosado se encontraba por las deudas. Ahora, en cambio, no tenía ganas de discutir en absoluto. Y de hecho, sorprendentemente, le salió un inesperado:
            -Mira, vengo a… No sé a qué he venido en realidad –confesó-. Pero ya que estoy aquí, quería… Sólo quería decir que lamento cómo ocurrieron las cosas. Y que quizás no te sirva de nada, pero al menos quería decirte que lo siento.
            Dicen que este tipo de declaraciones te libera de un peso interior. A Caesar, aquella revelación a tumba abierta. no se le produjo esa sensación. Puso los brazos en jarras y se plantó delante de Pompeya:
            -¿Satisfecha?
            Ella, exhalando tranquila su cigarrillo, curiosamente serena, se atrevió a argumentar:
            -No lo sé. Quizás sí. No te voy a decir que gracias, o que estás perdonado. Pero, joder, sí, lo necesitaba.
            Se colocó el pelo para no perder ni un ápice de elegancia.
            -¿Qué, vas a querer un polvo, aún así?
            Caesar amagó una mueca.
            -No, qué va; se me han pasado las ganas.

*                                 *                                 *

            Caesar, sin embargo, mentía. Se le habían pasado las ganas, pero era con Pompeya. Un par de minutos más tarde, se encontraba en la sauna del edificio, detrás de los glúteos de una chica oriental. “Quiero una reina bárbara”, había exigido a la Madame del establecimiento. Aunque, por los gritos y el sudor que chorreaba ahora mismo, no reflejaba una imagen demasiado regia.
            Unos instantes después, Caesar trataba de relajarse dentro de la sauna, con el cuerpo casi por entero sumergido por el agua. Ignoraba por completo a la muchacha, la cual se recuperaba inescrutable en un rincón. El silencio se mantuvo hasta que a Caesar le dio por fijarse en la decoración del sitio.
            -¿Ésa es una estatua de Pompeius?-inquirió incrédulo. La chica volvió con desgana la vista.
            -Creo que sí. Digo que creo porque en realidad nunca le llegué a ver en persona. Le asesinaron mucho antes de que yo entrara a trabajar aquí. Por lo visto, se dejó mucho dinero en este sitio.
            <<Apuesto que sí, viejo zorro>>, maldijo en voz baja Caesar para sus adentros. Hasta podía ver, reflejada en el mármol de la estatua, la cara de sátiro de su viejo compinche.
            -Me voy a buscar unas bebidas –dijo la chica, visiblemente hastiada de quedarse allí sin hacer nada-. ¿Quieres algo?
            Caesar, indiferente, negó con la cabeza. Él seguía bebiendo de la copa con la que había empezado su sesión con la muchacha. Cuando la joven se alejó, Caesar se quedó un rato tranquilo, pensando. Más o menos hasta que la estatua de Pompeius rompió a hablar.
            -¿Qué tal andas, Caesar?
            El aludido se encogió de hombros.
            -Supongo que dormido, porque una estatua me habla en sueños. O tal vez es que me he vuelto definitivamente loco.
            -Tal vez se trate de los remordimientos, ¿no crees?
            -Yo de eso no fumo –negó displicente Caesar.
            -Dime, amigo mío, ¿cómo te ha ido desde que no estoy?¿Te sirvió de algo mi sacrificio?
            -Yo no fui quien lo busqué; supongo que tus fuentes al otro lado te habrán informado. De hecho, lamenté de manera amarga tu muerte delante de los que contrataron a los sicarios.
            -Por desgracia, Caesar, lo único que no saben ver los muertos son las intenciones de los vivos; sobre todo, cuando éstos son capaces de fingir lo contrario de lo que desean. En todo caso, reitero mi pregunta, ¿qué tal te va?¿Desembarazado de tus enemigos, duermes tranquilo por las noches?
            -Tú bien sabes que, llegados a cierto punto, nunca se dejan de tener enemigos. Eso sólo significaría que te has retirado de la partida.
            -¿Y tus noches, Caesar?¿Son serenas?
            Ante una interpelación tan directa, Caesar ya no encontró manera de zafarse con más evasivas. Por otra parte, ¿mentirle a un muerto, qué sentido tendría?
            -He tenido últimamente sueños crueles… extraños.
            -¿Alguna vez has tenido sueños premonitorios?
            -No sé decirte… No sabría contestar…
            Caesar escrutó de manera penetrante la estatua de Pompeius, pero sus ojos sin pupilas no supieron decirle nada.
            -Dime, Pompeius, ¿has aprendido lo suficiente en el mundo de los muertos para decirme por dónde debería llevar mi camino?
            -Si algo se aprende a este lado, y aprecia que he utilizado el condicional, es que las cosas no las hicimos en su día por el destino al que nos llevaban, sino porque era lo que queríamos hacer en cada momento, y que eso sería lo que volveríamos a hacer. Así que no tiene mucho sentido tratar de corregir el rumbo de nadie. No funcionará.
            -Al menos, dime si es posible buscar otra vía. Si, actuando de manera distinta, seré más feliz.
            -¿Desde cuándo la felicidad ha sido tu objetivo, Caesar? Era el poder lo que te llenaba.
            -¿Y si ya no lo hace?¿Hay una posibilidad de hacer otra cosa?¿De cambiar?
            -Los hombres como tú y yo, Caesar, no podemos cambiar de vida. Si volviéramos a tener otra, a disfrutar de una segunda oportunidad, tan sólo sería para cometer nuevos errores. Nuestro cuerpo sólo puede descansar tranquilo cuando hemos muerto o cuando hemos alcanzado la posteridad eterna: sólo caminamos hacia la inmortalidad. Ése es el único momento en que podemos relajar el ánimo.
            -¿Y cuántas cosas se dañarán por el camino? Incluyendo a nosotros mismos.
            -Hay consideraciones que no se tienen en cuenta mientras ocurren los grandes sucesos. ¿Te has fijado que en las películas, da igual que en medio haya muerto un pueblo entero, que si el protagonista sale vivo, se dice que terminan bien? Pues lo mismo ocurre con nosotros: da igual lo que ocurra para llegar a nuestro objetivo, lo principal es que se acabe llegando.
            -Pero se supone que el héroe trabaja para el bien común. ¿Nosotros lo hacemos?¿Lo hacíamos, Pompeius?
            -Caesar, bien sabes que, para R.O.M.A., lo que es bueno para el líder es siempre bueno para el bien común. Es la definición básica del liderazgo.
            Caesar no se quedó muy convencido.
            -Me da la sensación de que tendría que haber algo más. Que, cuando hubiéramos llegado, habría una cinta roja, una meta flotante que indicara, “ya está aquí, lo has logrado”. Y que, de alguna manera, me sentiría mejor.
            Pompeius, desde sus pétreos labios, sonrió.
            -La cumbre es un lugar muy solitario, Caesar. Y cuando has escalado una montaña, normalmente lo único que se te presenta es una nueva cima que hay que asaltar. Y en cuanto te quedas dormido, alguien aprovechará y cortará de la cuerda. Como, por ejemplo, ahora mismo.
            La temperatura de la sauna se había elevado. Caesar se inquietó conforme aparecían, en el agua, nuevas burbujas.
            -¿A qué te refieres?-le preguntó inquieto.
            -En estos momentos en que estás dormido, han entrado desconocidos y han empezado a rebuscar entre tus pertenencias. No debiste tratar tan mal a la prostituta; el amor propio pesa, también en estas mujeres, y se acaban vengando. Ahora mismo los hombres están sacando tu cuerpo del agua para ver si llevas alguna joya valiosa encima.
            -No –replicó con frío aliento Caesar-… Eso no puede ser… Yo me habría dado cuenta.
            -El sedante de la bebida ha dado buenos resultados. Mientras tanto, en tu casa están rastreándolo todo en busca de material comprometedor. Deberías saber que en la traición, en este juego, es una preciosa tirada. Mientras tanto, aquí, te han empezado a atar con las toallas. Un tipo se te está arrodillando hacia ti.
            -¡Joder, calla, no!
            -… la navaja que afeitar que saca recorre tu cuello… Sale de allí un brusco chorro de sangre…

*                                 *                                  *

            Caesar se despertó entre sus sábanas, envuelto en un helado sudor. Se llevó las manos a la garganta, y durante unos segundos le costó ubicarse. Cuando finalmente rememoró, y distinguió la realidad de la ficción, no consiguió hilar un recuerdo claro de cómo había llegado hasta allí desde el prostíbulo. Aunque, de lo que consultó por su reloj, no debían haber pasado demasiadas horas.
            Sólo entonces se dio cuenta de que el teléfono sonaba insistentemente a su lado, y era lo que le debería haber despertado. Lo cogió, como si fuera un arma, entre las manos.
            -¿Diga…?-se dio cuenta de que sonaba cascado, cazallero, agonizante…
            -Señor Caesar –sonó una profesional y eficiente voz femenina al otro lado-, sólo era para recordarle que el Consejo ha convocado una reunión de emergencia para mañana para mañana.
            -¿Una reunión? No tenía ni idea. ¡Maldita sea!, ¿pero no se supone que esas cosas sólo las puedo convocar yo?¿Cómo no me he…?
            -Señor, es posible que se le haya pasado chequear su mail. Debe recordar que una minoría de un tercio del consejo tiene derecho a…
            -¿Esto es cosa de Bruto?¿Dónde está Bruto?¡Joder, no hay forma de encontrarle con ningún lado!¡Páseme con Bruto ahora mismo!
            -Señor, no me hallo con el señor Bruto en este momento, pero puede comunicarse a través de los canales habituales…
            -¡Oiga usted, mamarracha!¡A mí no me trate como si fuera un contestador automático, o un cliente cualquiera de la compañía!¡Soy el puto jefe, joder, y si yo digo que me ponga con Bruto, entonces…!
            -Señor, no puedo responderle si se pone así…
            -¡Deje ya de darme excusas y póngame con Bruto de una maldita vez!-fue entonces cuando Caesar se dio cuenta de que, como con el despertador que le había sacado de su sueño de sangre, ahora había un pitido insistente en su oreja. Un Caesar no muy ducho en recientes tecnologías se dio cuenta de que tenía una llamada por la otra línea. Seguramente la mujer se dio cuenta, o si no creyó haber encontrado una buena excusa para salir de aquel atolladero, porque Caesar escuchó un:
            -Señor, si tiene otros asuntos que atender, puede…
            -¡No se crea que se va a librar de esto tan fácilmente!¡Espero que sea Bruto el que esté al otro lado de la línea, pero tanto si es así como si no, luego voy a hablar con usted y se va a enterar de lo que vale un peine!¡Voy a… voy a… mire, no sé lo que voy a hacer, pero más vale que no lo haya pensado para cuando vuelva!¡Y tú…!-dijo tras apretar el botón para dar paso a la otra línea, dispuesto a lanzarle una diatriba a Bruto.
            -¿Papá?
            Entonces, todo se paralizó. Se detuvo el mundo. Sí, era él. Ni lo había pensado, era él, Cesarión. Caesar se derrumbó y se sentó sobre la cama.
            -¡Hola, hijo!, ¿cómo estás?-dijo sin poder reprimir sus emociones-. ¿Estás a gusto en el interna…?¿Estás a gusto en Suiza?¿Te tratan bien los maestros y los otros niños?
            -Sí, papá, lo estoy pasando muy bien –dijo el niño, con un ligero frenillo en la lengua propio de los niños de su edad-. Aquí hacemos cosas muy divertidas y lo pasamos muy bien. Pero te echo de menos. Y también a mamá…
            -Oh, mi ángel, mi cariño, mi tesoro, yo también te echo de menos… Quizás… quizás podamos hacer algo para que volviéramos dentro de poco a vernos. Quizás…
            -Oh, sí, papá, estaría muy bien, podríamos irnos los tres a Suiza. Papá, mamá, yo, todos nosotros. Aquí se está muy bien, es muy bonito. Tengo ganas de abrazaros, y de daros besos… Pero, ¿qué te pasa, papá?¿Estás llorando?
            -No, nada, hijo, nada, es simplemente que estoy muy contento de volverte a escuchar. Tienes que llamarme más a menudo…
            -Es que mamá tiene una línea para poder hablar gratis con ella…
            -Bueno, eso está bien, hijo, eso está muy bien, pero eso no es excusa. Quiero que me llames más a menudo, ¿de acuerdo?, yo también quiero escuchar que ti.
            -De acuerdo, papá. Tengo que irme, aquí es por la mañana y me esperan en el colegio. Pero no te preocupes, te volveré a llamar.
            -Muy bien, corazón, me parece estupendo…
            -Y otra cosa…
            -¿Sí?
            -Te quiero, papá.
            Mientras se escuchaba el clic del teléfono al colgarse, Caesar se quedaba con el teléfono en la mano y el alma partida, con la boca entreabierta, sin saber, por primera vez en mucho tiempo, qué decir o qué acción ejecutar…
            Y el conquistador de mundos hizo lo primero que se le ocurrió: rompió a llorar como un niño.

*                                 *                                 *

            Cuando resonó el tintineo de llaves, él aún se encontraba encogido sobre sí mismo sobre la cama. Luego, para su sorpresa, en la habitación apareció Cleopatra. Cargaba un montón de bolsas de tiendas de ropa exclusiva. Extrañamente, se arrodilló ante él.
            Caesar la miró con aspecto de derrota. Las lágrimas eran evidentes aún en su cara por el espacio que habían dejado los surcos.
            -Ha llamado Cesarión.
            -Lo sé –respondió ella, contemplándole con una extraña serenidad que no se correspondía en absoluto con la actitud con la que había salido de la casa tan sólo unas horas antes-. Me he encontrado una llamada perdida en mi iPhone. He querido conectar la llamada a casa pero he visto que estaba comunicando. Y sólo se me ha ocurrido que pudieras haberlo cogido tú.
            Caesar no reaccionó ante esta cadena de acontecimientos.
            -Anda, ven aquí –le dijo ella, con mirada de quien lo sabía todo-. Te prepararé un baño.
            Unos veinte minutos más tarde, Caesar se encontraba metido en la bañera hasta el cuello, cubierto de espuma, respirando plácidamente de la tranquilidad y del olor a jabón. Necesitaba hacía mucho tiempo este descanso.
            Escuchó el débil sonido de la puerta al abrirse. La vaharada de la fragancia de Cleopatra penetró por todas partes. Por el rabillo del ojo, y a través de los espacios entre las traslúcidas cortinas que rodeaban la ominipotente bañera, vislumbró a Cleopatra quitándose el albornoz. Su nuca recortada por la extrema rectitud por debajo de su peinado, y sus hombros y su espalda gráciles quedaron al descubierto. Había que reconocer que en algunos aspectos, más que en otros, se había conservado bastante mejor…
            Apareció sobre la bañera con una toalla cubriéndole los senos, y llegándole de manera justa hasta la parte superior de los muslos. Estaba maquillada superficialmente, como si lo hubiera hecho de un modo descuidado, pero Caesar sabía que le había conllevado un tiempo de años llegar a conseguir ese efecto.
            -¿Qué se contaba Cesarión?¿Le va bien en el colegio?-dijo tendiéndole un vaso cargado de hielo y whisky.
            Caesar asintió mientras bebía un sorbito. Sonreía, además, porque Cleopatra le sonreía plácidamente.
            -Siempre me he arrepentido de meterle en ese internado. En aquel momento, claro, nuestras carreras, los problemas, los rivales inmediatos, los problemas logísticos… pero a la larga… Extraño verle de manera habitual.
            Cleopatra se apoyó sobre el filo de la bañera.
            -Ya, a mí también me pasa lo mismo. Muchas noches, en mitad de la madrugada, me despierto y pienso en él. En esas noches que sueño en lo mucho que hemos perdido.
            Caesar apoyó el vaso sobre el borde de la bañera.
            -Eran tiempos felices, ¿verdad?, cuando nació. Tú, yo… son los tiempos que él aún recuerda. Los tiempos en que nos quisimos.
            Cleopatra apretó los labios en una línea muy fina. Y entonces, elevó las cejas y sonrió muy ligeramente, como si llevara mucho tiempo desentrañando un misterio y por fin lo hubiera comprendido todo.
            -¿Sabes?, lo que me gustaba de entonces de ti era eso. Tu… generosidad. La generosidad que mostrabas con Cesarión a pesar de saber que cada mimo que le regalabas a él le proporcionaba argumentos a tus enemigos para meterse con tu política. Tu generosidad en los regalos, en los momentos, en el tiempo que podías entregarle a él aunque te absorbiera de otras cuestiones determinantes. Esa capacidad de perdonar que tenías cada vez que se equivocaba. Como hacías también con tus rivales, algunos de los cuales se convirtieron en tus mejores amigos. Como Cicerón.
            -Hmm, no me siento muy satisfecho de cómo he tratado a Cicerón esta noche.
            -Como Bruto.
            -Ando buscándole todo el día. No sé dónde se ha metido. Nadie le ha podido encontrar.
            -En definitiva –dijo Cleopatra, obviando sus objeciones como las de un viejo cascarrabias-, ésas son las pequeñas cosas que me entusiasmaron de ti. Las que me enamoraron…
            Caesar la miró con ojos displicentes.
            -No es verdad. Te enamoraste de otra cosa. Te enamoraste del poder. Sin eso, no hubiera sido más que otro perdedor que te cruzaste en los bares.
            Cleopatra sonrió diáfanamente. Se inclinó sobre él, apoyando sus brazos cruzados sobre su pecho, y permitiendo que la toalla se mojara mientras su cuerpo se introducía en la bañera. No paró en ningún momento de fijar sus ojos en él.
            -¿Y qué más da por qué lo hiciera? Somos viejos. Estamos solos. Hemos sobrevivido, cada uno a nuestra manera. Nos tenemos únicamente el uno al otro. El resto han muerto o nos han abandonado. ¿Qué hay de malo en no querer recordar las cosas malas?¿Cuál es el problema en no querer envejecer?
            Caesar la miró muy firmemente. Estaba guapa. Sí, estaba guapa. No importaba el maquillaje, las arrugas, los años. Era… el carisma, esa forma magnética que tenía de atraerte mientras sonreía. Eso nada lo podría alterar.
            -Ya no tenemos las fuerzas… el vigor… la pasión de antaño.
            Cleopatra negó con la cabeza.
            -Habla por ti, cariño –dijo, pasándole la larga y estilizada uña pintada por el pecho-. Yo en eso, estoy como una doncella todavía sin estrenar.
            Y entonces, con una sonrisa, se quitó la toalla de debajo y se echó para atrás ligeramente. Su cuerpo se sumergió, como más tarde su cabeza, y su peinado de peluquería pareció el casco de un submarino cuando se adentra en el mar. Caesar empezó a notar una sensación creciente en el bajo vientre…
            Sus brazos se apoyaron por fuera de la bañera, y su cabeza se deslizó hacia atrás, cerrando los ojos, mientras gemía, y no paraba de gozar…

*                                 *                                 *

            El despertar fue tranquilo y relajado. Por primera vez en mucho tiempo, los párpados de Caesar se levantaron con suavidad, sin esperar que hubiera ningún enemigo esperándolo, agazapado detrás de sus sueños. Sus sempiternas ojeras no sólo no habían aumentado, sino que simulaban haber decrecido. Caesar podía afirmarlo sin temor: había dormido en paz.
            -¿Qué pasa, mi soberano?¿Se nos han pegado las sábanas?
            Y allí, también, sosegada como no la había visto nunca, Cleopatra, envuelta en un albornoz rosado, cepillándose unos cabellos ya aplicados con un tratamiento para ser suavizados; sólo le faltaba ronronearse para convertirse en la más dócil gatita.
            -¿Por qué no te das una ducha, señor mío, y desayunamos después?
            Caesar se relajó bajo el agua caliente, dejando que sus músculos se destensaran mientras el vapor le envolvía. Hacía mucho tiempo que no se tomaba las cosas con tanta calma. Salió envuelto en su albornoz blanco y allí le esperaba Cleo: con la mesa puesta y el desayuno preparado. Caesar se sorprendió: no estaba acostumbrado a estas atenciones. Menos mal que encontró la excepción que confirmó el milagro: la poco ducha en tareas culinarias Cleo había quemado las tostadas. Pero no pasaba nada, le dijo: un poco de pan con aceite, al estilo de la vieja y lejana Campania, estarían bien.
            El periódico abierto. El cuchillo pasando la mantequilla con calma y método. Las manos abiertas, naturales, sin temor a acercarse y, si se tocan, sin hallar el menor reparo. Podría decirse que ésta es una sensación parecida a… ¿la felicidad? Quién sabe. Hace mucho que nadie mencionaba esa palabra. Hace tanto.
            -Estaba pensando…
            Cleo giró la cabeza mientras terminaba de exprimir el zumo, y su estilizado peinado se desplazó con ella. Sus manos estaban pringadas de naranja y cubiertas de pulpa, pero extrañamente, a ella parecía darle igual.
            -¿Sí?
            Caesar la miró con una cierta sonrisilla.
            -Estaba pensando que, para el año que viene, a lo mejor Cesarión no tiene que estar todo el rato en el internado en Suiza. Creo que los métodos pedagógicos modernos favorecen mucho los intercambios: y qué mejor lugar de intercambio que Nueva York. Seguro que aprende cuatro o cinco nuevos idiomas.
            Cleopatra se acercó a él con los vasos de zumo en la mano. Y sólo tras un largo rato haciéndole dudar, entonces adquirió una expresión pícara.
            -Entonces, habrá que aprovechar antes de que venga y no podamos hacer ruido por las noches…
            Caesar se rió.
            Se afeitó con parsimonia. Apuró hasta el extremo. Se echó el after shave y se puso el traje. Hoy parecía un nuevo día. Hoy asemejaba que todo iba a cambiar. O no era nada del exterior; era simplemente que él había firmado la paz consigo mismo. La más ardua de todas las batallas. La que al conquistador más le costó ganar.
            -¿Qué vas a hacer por la tarde?-preguntó Caesar, mientras Cleopatra le rodeaba por los hombros.
            Ella encogió los suyos.
            -No sé. Esperarte, supongo.
            Y le dio un pequeño beso en los labios. Uno de esos ósculos tan castos y bienintencionados que sólo se dan los novios, o los que acaban de empezar con eso del juego de ser amantes. Hacía décadas que no recibía un beso de éstos.
            -Cuídate –le dijo Cleopatra.
            Era pues, se dijo a sí mismo, como empezar de nuevo: con todas las cautelas, sonrojos, cuidados y atenciones de la primera vez. Pero esta vez, más sabios, más escarmentados, menos atrevidos: conocedores de que toda acción tiene su reacción, cualquier acto sus consecuencias, y que sólo hasta cierto punto se puede moldear el cristal, porque a partir de determinada temperatura y presión se rompe. Con toda la sabiduría bien aplicada de quien ahora conoce por qué hay algo que merece la pena conservar.
            Caesar bajó por el ascensor de su piso en Manhattan con el hilo musical, pero en su cabeza sonaba una melodía muy distinta. Él la tarareaba por dentro: era el sonido de la felicidad.
            La puerta del ascensor se abrió.
            Apenas le dio tiempo a cambiar la expresión del rostro antes de contemplar la visión de todas aquellas armas apuntándole hacia él.
            Se dispararon casi todas en una ráfaga. A pesar del esfuerzo de Caesar por ocultar la cara para que no le desfiguraran el rostro, en un poster acto de coquetería, su efigie quedó poco elegante conforme caía desplazado por el impacto de las balas.
            En el último vistazo, tuvo tiempo de ver en un último resquicio a Bruto, el cual, firme y determinado, apuntaba hacia él con toda la convicción.
            El cuerpo de Caesar quedó tumbado, sangrante sobre el suelo, interrumpiendo el cierre automático de las puertas del ascensor. Los vecinos de su portal lo miraban y corrían, aunque alguno, más atrevido, hacía gesto de acercarse y mirar. A lo lejos sonaba la sirena de policía… A unos pocos metros, en la portería, el pequeño busto de Pompeius, réplica del retrato que Caesar albergaba en sus oficinas, parecía observar las rodillas de Caesar (lo único que sobresalía del hueco del ascensor) con absoluta ecuanimidad.
            A pesar de los esfuerzos de la policía, un pequeño grupo de curiosos de variados peinados y ropajes –esto es Nueva York, aquí siempre hay de todo, desde lo más moderno hasta la típica señora en bata y zapatillas- se habían congregado por detrás de las cintas amarillas de seguridad. La gente aguardaba, sobre todo, a la llegada de Cleopatra: para muchos era la primera vez que la verían, más allá de las revistas, y se preguntaban si sufriría un ataque de histeria convulsa en mitad del rellano, o si mantendría su bien conocida y siempre mayestática dignidad imperial. Muchos se preguntaban qué vestido traería para el caso.
            Lo que nadie observaba (en parte porque estaba oculta por su brazo, en parte porque había cosas mucho más importantes para contemplarlo) era el rostro exánime de Caesar. Dentro de poco sufriría el rigor mortis, y más tarde sería irreconocible. Pero de momento, todavía había una expresión que era posible adivinar.
            La faz del jugador, siempre serena, que ha perdido a las cartas justo cuando ha decidido que ya no volverá a jugar más.
            Era la manifestación de la inmortalidad…

            BIBLIOGRAFÍA.
           
·         Rubicón. Auge y caída de la República Romana. Tom Holland. Planeta, 2005.


·        Julio César. La grandeza del héroe. Hans Oppermann. Ediciones Temas de Hoy, 1994.