domingo, 23 de abril de 2017

El libro de abril: "El joven Moriarty. El misterio del dodo".

Sofía Rhei es una persona a la que, a pesar de su juventud, le ha dado tiempo a hacer de todo. Desde asistir a festivales literarios a organizar cosplays de Terry Pratchett pasando, por supuesto, por haberse ganado una merecida fama de prolífica autora. En los últimos años, ha hecho un hueco en el mundo editorial, especialmente en el campo de la literatura juvenil e infantil, aunque también se ha sumergido en la novela para adultos, y el mejor ejemplo lo tenemos en la reciente "Róndola", un cuento de hadas atípico en el que se atreve incluso a introducir escenas eróticas (en breve, saldrá a la venta lo que ella ha definido como un libro-biblioteca, "Espérame en la última página", que algunos aguardamos con impaciencia). Pero en este caso, vamos a hablar la obra por la que seguramente más la conoce el público -quizás también algunos de vosotros-, la saga dedicada al joven Moriarty.

A lo mejor no necesito dedicar mucho espacio para convenceros de que debéis leer este libro. Quiero decir, si en el título veis escritas las palabras "Moriarty" y "dodo", ¿necesitáis alguna razón más para comprarlo? Sin embargo, para los que no hayan caído todavía desarmados, añadiremos un par de detalles. Es el primero del conjunto de novelas infantiles/juveniles que Sofía Rhei dedica a especular cómo fueron los primeros años de este futuro Napoleón del crimen, quien cuando crezca se convertirá en el archienemigo de Sherlock Holmes. En este caso concreto, la trama se desarrolla dentro de un ámbito familiar, el de la casa del joven Moriarty, donde la cotidianidad de los asuntos mundanos deja sin embargo entrever cómo de distinta es la personalidad de este precoz muchacho con respecto resto de sus compañeros de juego -y, por supuesto, de los adultos que le acompañan. Porque todavía es sólo un niño (y no Moriarty), pero nadie dijo que los tiernos infantes nacieran sin pecado original, y desde luego éste no es un niño cualquiera, y ya se va a encargar él de demostrarlo. Por otra lado, la novela tiene el atractivo de, debido a la época histórica en la que está ambientada, dar entrada a sugerentes y cautivadores personajes reales de su tiempo, con lo cual no os extrañéis cuando entre sus páginas halléis a Charles Darwin, a Charl Dodgson (a quien quizás conoceréis por su sinónimo de Lewis Carroll) y, por supuesto, acompañándole, a la niña que inspiró "Alicia en el País de las Maravillas"). En definitiva, la historia es una pequeña delicia que combina misterio, unos enrevesados juegos de niños, y humor alrededor de las costumbres y peculiaridades de la época (además, sale un dodo, ¿qué más buscáis?). Ideal no sólo para vosotros, sino también para regalar a un avezado zagal o a un adolescente, con la ventaja de que saber que, si os gusta, siempre podéis volver a por más. Y también podéis volver por este blog, como todas las semanas. Un saludo.

lunes, 10 de abril de 2017

El relato y la historia real de abril: "Merecen toda la suerte que el azar pueda darles"

Merecen toda la suerte que el azar pueda darles

Esta obra está inspirada en hechos reales que se relatan en el documental “Las cajas españoles”, en relación con el traslado de obras de arte desde el Museo del Prado durante la Guerra Civil.
Los diálogos y la manera de reflejar algunas situaciones son ficticias, especulativas o imaginadas, pues no conocemos a ciencia cierta cómo tuvo lugar el suceso original.
El contexto, por desgracia, es tan inmodificable como real.

        El cálido y tormentoso zumbido del motor se antojaba, a los milicianos, como el rugido durmiente de un monstruo marino que se hubiera zambullido en el frío océano con ellos en el interior de su panza. “Me pregunto si Jonás llegó a escuchar el ruido de la digestión dentro del estómago de la ballena”, meditó alguno de los hombres para sus adentros, sumergido en la oscuridad, mientras recordaba sus viejas lecciones en el colegio católico. No obstante, el Dios en el que no creía debió escucharle, porque nada más aquella breve ráfaga de duda teológica atravesó su cabeza, el rugido del vehículo se interrumpió y el camión se paró en seco, de tal manera que el frenazo les hizo golpearse los unos contra los otros. Algún individuo, incluso, asió instintivamente con más fuerza las armas que portaba consigo, y de hecho unos cuantos de los que se encontraban dormidos estuvieron a punto de ponerse a disparar, con el sobresalto, una ensalada de tiros en el interior del camión. Cuando se abrieron las puertas del monstruo, tenía pinta de que aquello iba a degenerar en una batalla campal. No obstante, las personas que aparecieron en la puerta del camión, dejando penetrar los tímidos rayos de luna, descolocaron a los ocupantes. Ellos esperaban a un comando del bando nacional, soldados entrenados con fusil el ristre que lo primero que hubieran hecho sería descerrajarles un par de tiros y dejarlos con las tripas abiertas como un pescado. En lugar de esto, lo que encontraron fue a un miliciano, muy similar a ellos, abriendo las compuertas del vehículo y cediendo el paso a un hombre con gabardina, gafas de lentes circulares, del grosor de un culo de vaso; el rostro era también redondo, a juego con las gafas, y el peinado estaba orientado hacia un lado, con raya y flequillo, proporcionándole aspecto de intelectual. El tipo de persona que no esperas encontrarte en mitad de una guerra, sino detrás de un despacho, y de hecho se le notaba bastante perdido. Su rostro revelaba un poso de preocupación, tanta como aire de oficialidad pretendía emanar su figura, aunque él mismo había de reconocer que no le salía muy bien del todo. A los hombres del camión, desde luego, les descolocó sobremanera. Estaban preparados para luchar, pero no para esto; para ver a ese hombre, plantado como un pasmarote bajo el frío y la fina llovizna, y por eso aflojaron la presión alrededor de los fusiles. El hombre de la gabardina intentó elevar la voz para que su mensaje llegara a todo el camión con tono estentóreo, pero le interrumpió un ataque de tos que lo hizo ininteligible. Luego, más tímidamente, proclamó:
            -Tienen ustedes que bajar y desocupar el camión. Háganlo cuanto antes, por favor.
            La estupefacción gobernó en primer lugar las reacciones, y eso propició unos cuantos segundos de silencio. Luego –y la manera comedida de expresarlo fue, sin duda, consecuencia de la educación con la que había formulado su solicitud el hombre de fuera del camión- uno de ellos se levantó e inquirió:
            -¿Quién es el que lo pide?
            El primero se mordió el labio inferior. A continuación, dijo muy serio:
            -El ministro de Estado. O sea, yo.
            Aquella declaración debería haber ido seguida de un trueno, pero en lugar de eso, cesó la llovizna. No obstante, el efecto fue igual de perturbador. Aún así, se veía que, con la explicación, los interpelados no habían quedado satisfecho del todo.
            -Pues será todo lo ministro de Estado que sea –proclamó el que había hablado antes-, pero con los fachas siguiéndonos los talones, ni aunque viniera aquí el mismísimo Marx iba yo a desalojar este camión.
      El hombre de la gabardina guardó silencio. Para sus adentros, barruntaba dos frases contrapuestas que replicar: “No tengo a Marx pero tengo a otra persona”, o “Esto es más importante que Marx; muchísimo más importante”. Sin embargo, la precaución venció a las ganas de discutir, y no dijo nada. En lugar de eso, hizo un gesto al miliciano que le acompañaba y le advirtió:
       -Tengo que hablar de este asunto con otras personas. Impida que arranque este camión –luego se volvió de nuevo hacia los que estaba dentro del mismo-. Volveré en seguida. No se muevan.
         El hombre se volvió entonces hacia atrás y se perdió de la vista de los sorprendidos milicianos. El único individuo que había hablado hasta entonces le pidió al que acompañaba al ministro:
          -Al menos abre las puertas del todo para que entre algo de fresco.
       El otro obedeció. Algunos aprovecharon para descender y salir de la oscuridad del camión, aunque la pálida luz reinante no era ni mucho menos un faro en mitad de la noche. Se encendieron unos cuantos cigarrillos. Otros salieron para desperezar las piernas, o para liberar necesidades a las que no habían podido dar salida durante aquellas largas horas dentro del camión. A pesar de que procuraban aparentar serenidad, los temblores de algunos (especialmente los más jóvenes) al encender los fósforos indicaban la tensión nerviosa a la que seguían sometidos. Un individuo más veterano les contemplaba con cierta benevolencia, la cual los primeros malinterpretaron:
        -¿Qué pasa?¿Por qué cojones estás tan tranquilo?¿O es que tú no tienes miedo de que nos atrapen los nacionales?
            El aludido sonrió con una punzada de (no sabía qué le dolía más) tanto de amargor como de ironía. Volvió la vista hacia la zona de carga del camión. Allí se acumulaban algunas provisiones, pero sobre todo armas y munición. Las llevaban con ellas por si pudieran servirles, pero el hombre se preguntaba si los franceses iban a permitirles portar con ellos ese arsenal, o se los requisarían nada más llegar a la frontera. Esas armas hubieran sido más útiles atrás, en todas las batallas perdidas, pensaba el hombre… Algunas de ellas, él las había vivido. El sabor de la derrota aún le dejaba un regusto en la boca a hiel… Ahora, en cambio, huían como ratas mojadas, en busca de un destino incierto donde a nada seguro se podían agarrar. Los más optimistas hablaban de aprovechar los vientos de guerra que soplaban por Europa para retomar la contienda, ahora desde el extranjero. Pero aquel hombre, que había visto tanto… No estaba seguro de si era posible. O mucho peor, si él tenía fuerzas para hacerlo.
            Para él, casi, que le cazaran las tropas nacionales ahora que la España que él había intentado salvar estaba a punto de morir, reducida a unos cuantos kilómetros que se iban empequeñeciendo cada día hasta convertirse sólo en una mota en el espacio, sería casi un alivio. Al menos, ya no tendría que seguir huyendo.
            Sin embargo, no tuvo que responder a sus compañeros. Todos los ojos se habían vuelto hacia el lugar adonde se había dirigido el ministro. Allí había un par de edificios, y, en frente de ellos, un par de coches dentro de los cuales se situaban, apiñados, varios hombres que discutían acaloradamente. La figura del ministro se reconocía entre algunos de ellos. Los milicianos volvieron la vista hacia la explanada. La carretera había sido cortada. Un camión que iba junto con ellos había quedado parado también. Varios milicianos y unos pocos policías de la República habían cortado la carretera y seguían deteniendo vehículos, siempre y cuando éstos fueran de gran tamaño. A los turismos, al menos de momento, los dejaban pasar. El retén que habían montado estaba enlenteciendo el intenso tráfico, provocado por una hilera de coches que parecían insectos huyendo a toda velocidad de un hormiguero en llamas. No obstante, la cosa se encontraba algo más despejada que por la mañana o a última hora de la tarde, cuando el caos y las riadas de coches habían colapsado completamente las carreteras. Ahora, el número de coches era mayor, pero la penumbra incrementaba la sensación de irrealidad, de absurdo. Aunque quizás el problema no fuera la noche, la desesperación o las familias que habían empaquetado todo lo que tenían y habían decidido marcharse a otro país. Quizás, simplemente, es que se tiene siempre esa impresión cuando llega el fin del mundo.
            -Mirad, algo se mueve –indicó uno de los que iban en el camión, y que llevaba un vendaje alrededor del brazo. Cuando volvieron la vista, los otros comprobaron cómo, en efecto, el que se había presentado como el ministro había salido de los coches, acompañado con otras personas. Entre ellas, el ministro discutía fogosamente con un hombre calvo, con bigote, de delgadez casi cadavérica, muy alto, que fumaba con frenesí un cigarrillo mientras daba pasitos nerviosos a uno y otro lado, como tratando de apaciguarse a sí mismo. Después de unos cuantos minutos de intenso debate, los dos hombres parecieron ponerse de acuerdo y se volvieron de nuevo hacia el camión. Junto a éste, empezaron a agolparse más milicianos, evacuados, heridos, procedentes de los otros vehículos que habían sido retenidos.
            -Me llamo Timoteo Pérez Rubio –afirmó el hombre delgado-. Represento a la Junta Central del Tesoro Artístico. En esos edificios –dijo señalando al lugar de donde provenía- tenemos ahora mismo guardados los cuadros y otras obras de arte que se han rescatado del Museo del Prado. Estamos llevándolas a Suiza, con el objetivo de guardarlas a buen recaudo, para así salvarlas de los bombardeos de la guerra. Primero fueron a Valencia, luego a Cataluña, ahora tienen que ir al extranjero. Un Comité Internacional nombrado por la Sociedad de Naciones nos iba a mandar unos camiones desde Francia para transportar las obras. Pero al ver el follón que había organizado en la frontera…
            Pérez Rubio obvió expresamente la palabra que se le pasaba por la cabeza, “desbandada”.
            -… al ver el caos, digo… Han decidido no acudir. Necesitamos todos los camiones posibles para desplazar las obras. Tenemos que requisar su camión.
            Se hizo un momento de cavilación entre los ocupantes del vehículo. Se estaban tomando su tiempo en procesar lo que les habían dicho.
            -¿Unas obras de arte?-preguntó uno.
            -¿Putos cuadros?-inquirió enajenado otro.
            -Les pido que se tranquilicen –solicitó mediador el ministro.
            -¿Qué cojones nos vamos a tranquilizar?-se incorporó el herido que había hablado antes, entre exabruptos-. ¿Quieren que nos bajemos aquí en mitad de la nada para dejar sitios a puñeteros cuadros?¿Saben cómo tengo yo el brazo?¿Y saben cómo le pasó esto?¡Me ha ocurrido en batallas en las que me partí el espinazo defendiéndome por ustedes!¡Por su gobierno!-golpeó con el dedo índice sobre el pecho del ministro.
            -Y ahora ese mismo gobierno le pide que le haga un nuevo favor a la patria-replicó el político, casi en un ruego.
            -¿Otro?¿Quiere más?¿Quiere que me abra las venas y le ceda mi sangre, acaso?¿Y todo porque quiere salvar unos putos cuadros?¿Y además, para qué?¿Qué va a pasar con ellos en Suiza?¿Se lo quedarán los suizos?¡Porque a mí eso no me parece muy patriótico!
            -No –agachó la cabeza pesaroso el ministro, para luego rechinar entre dientes. Le costaba dar el siguiente paso-. Lo más probable es que se los entreguen, cuando termine la guerra, al gobierno de Franco.
            Aquello fue la gota que terminó de desbordar la rabia.
            -¿A los fachas?-respondió colérico uno-. ¿Y eso es salvar las obras de arte?
            -¡Al menos permanecerán en España!-apretó los puños el ministro, quien no levantaba la vista del suelo-. ¡Al menos seguirán perteneciendo al pueblo español!
            Timoteo Pérez Rubio, mientras tanto, se había echado a un lado como si, una vez manifestado su alegato, ya no tuviera nada más que agregar y se colocara a un discreto lado de la conversación. Como pintor que era, le dolía escuchar que las obras de Velázquez o Zurbarán eran “putos cuadros”, pero lo cierto es que ahora se sentiría mucho más a gusto en su viejo estudio, con sus pinceles, en lugar de en este proyecto que le había quebrado la salud y la vida. Aunque fuera una responsabilidad de la que, como hombre y como artista, no era capaz de escapar.
            -Eso es una gilipollez –sentenció el miliciano herido-. No pienso moverme de aquí. Y mucho menos por… grabados o esculturas.
            El ministro levantó levemente los párpados para enfocar la mirada del miliciano. Visto lo que había, tomó una determinación, y giró la cabeza hacia Pérez Rubio:
            -Avísale.
            El representante de la Junta, solícito, se dio la vuelta y se dirigió hacia los coches.
      Mientras tanto, la situación se iba volviendo más violenta. Los milicianos no eran particularmente agresivos, pero habían pasado por mucho. Era de noche, era tarde. La fina llovizna había vuelto a caer. Ya casi no pasaba ningún coche por el retén. Varios camiones habían quedado varados, y todos ellos transportaban provisiones, armas y sobre todo, personas. Personas que sabían que si no se desplazaban al otro lado de la frontera, morirían o serían encarcelados. Y que se les agotaba el tiempo. Por eso se agolpaban en torno al ministro. No había ninguna sensación de amenaza física contra su persona, al menos de momento… pero tampoco ningún ánimo de claudicación.
            -¿Quién es ese que viene?
            Todo el mundo levantó la vista al frente. Allí, a lo lejos, procedente de la zona de los coches, vieron avanzar a un hombre. Era bajito. Vestía sombrero. Llevaba puestas unas gafas. Era algo entrado en carnes y avanzaba lentamente, de acuerdo a la edad que revelaban sus canas, y también a un aire cansado. Quizás se encontraba enfermo.
            -La madre que les parió.
            Dos o tres pegaron un respingo. Otros maldijeron en voz baja. Unos cuantos individuos aislados manifestaron signos ostensibles de cabreo o de sorpresa, pero la mayoría callaron, desconocedores de quién era ese individuo, aunque perplejos ante las reacciones de sus compañeros. Ninguno había visto a ese hombre en persona; eran pocos los que le habían contemplado en una tribuna, unos cuantos más los que le habían vislumbrado brevemente en los noticiarios que ponían antes de las películas, y algunos pocos más los que habían escuchado su voz por la radio. Una voz que ahora, mientras se colocaba junto a ellos y les tendía la mano uno por uno, anunciaba de manera rotunda:
            -Buenas noches. Me llamo Manuel Azaña, y soy el presidente de la República.
            A pesar de lo repetitivo del gesto, el hombre le dio la mano a todos y cada uno de los que estaban allí. Algunos lo recibieron con hosquedad, escepticismo o desconfianza, pero la mayoría se sintieron tan aturdidos que no pudieron ni hablar, o si acaso liberaron unas pocas palabras entre las que resonaron muchos “gracias” y unos cuantos “es un honor”. La mayor parte de esos hombres no había recibido la educación más elemental. Pensar que les diera la mano el máximo representante del estado era, para ellos, poco más que inimaginable.
            -Bien. De nuevo, muchas gracias a todos. Sé que están cansados. Sé que no es una situación fácil. Y también sé cuánto les cuesta lo mucho que les pedimos. Creo que el señor Pérez Rubio les ha explicado la situación. Verán, esto… es muy importante. Como sus vidas también, lo entiendo, y entiendo que han de velar por su supervivencia. Pero estas obras no pueden protegerse por sí mismas. Son el patrimonio inmortal español. Cuando nosotros desaparezcamos, seguirán estando ahí, proporcionando arte, pureza, grandeza, ilusión, a millones de españoles. Esto… no puede perderse. Vale más que cualquiera que nosotros. Les digo lo mismo que le dije al presidente del gobierno hace poco: si algo les pasara a estas obras, nos tendríamos todos que pegar un tiro. Nosotros podemos intentar movernos por nuestra cuenta: salvar a la República, a nuestras familias y a nuestras propias personas, de otra forma. Pero estas obras no tienen a nadie salvo a nosotros. Son nuestra responsabilidad. Les pido un poco de comprensión…
            Fue como si alguien hubiera tirado una piedra a un estanque y las ondas, pacientes y reverberantes, tardaran un buen rato en llegar con igual amplitud a todas partes. Después de un rato de reflexión, el miliciano del vendaje en el brazo dio un paso al frente.
            -Me llamo José Expósito. Y no soy el presidente. Ni tengo ningún cargo público. Sólo sé que me han herido mientras luchaba por la República. Y allí al fondo –señaló a uno de sus compañeros, al fondo del camión-, tengo a un amigo que perdió la pierna en la batalla del Ebro. Y lo que le quiero preguntar ahora –dijo aproximándose a escasos centímetros de los ojos de Azaña- es si entre esas obras a las que tenemos que dejar sitio y por las que nos obligan a bajarnos, hay vírgenes. Y santos.
            Sus ojos quedaron fijos, muy intensamente, con tono interrogador. Pero Azaña mantuvo el pulso de la mirada.
            -Sí, claro, por supuesto. Hay vírgenes, y santos. Algunos, realizados por los más excepcionales artistas de su tiempo, que pintaron y esculpieron vírgenes y santos porque era lo único que podían hacer si querían expresar su arte. Y también hay Goyas, y Grecos, y Boscos, y cientos de obras de las cuales somos responsables de que nuestros hijos las puedan contemplar.
            -Yo no he visto nunca ninguna de esas obras –replicó el miliciano.
            -Yo sí.
Interrumpió de repente un hombre, a quien nadie había escuchado decir nada en todo este rato. Todas las miradas se volvieron hacia él. El hombre, de aspecto humilde, ropas andrajosas, barba de tres días, se mostró tímido y azorado, apretando la boina entre sus manos.
-Una vez fui al Prado, cuando era pequeñito… No me acuerdo de casi nada, me llevó mi madre. Pero recuerdo las Meninas. Eran… eran inmensas. Parecían como si las figuras fueran de verdad. Era… como una fotografía.
De nuevo una piedra generando ondas en el estanque. Cuando sintió que el suceso había producido el efecto deseado, Azaña habló de nuevo, dirigiéndose a su primer interlocutor.
-Esto mismo es lo que le estoy diciendo. Comprendo que usted no pudiera ver esas obras. Seguro que no tuvo tiempo para desarrollar su educación, porque tuvo que trabajar desde pequeñito para sostener a su familia. Quizá porque nunca tuvo dinero para viajar, porque costaba mucho conseguir un pedazo de pan. Pero ése era nuestro sueño. Por el que luchamos todos, antes y ahora. El sueño de la República. Que todos los niños pudieran aprender y estudiar. Que pudieran hacerlo porque no tuvieran que preocuparse de que en su casa hubiera un plato en la mesa, porque éste se daba por descontado. Es el sueño que buscábamos. Ahora mismo, están cayendo las bombas encima nuestra, y si aterrizara una aquí mismo, estas obras se perderían para siempre. No deje que esto pase. Deje que esos niños del futuro tengan esa oportunidad…
El miliciano se estaba guardando la rabia, y el dolor, y las lágrimas dentro de los ojos, y la nariz, y del pecho, mientras el aire le brotaba furioso de las fosas nasales. El presidente se lo agradeció con la mirada, y volvió la vista hacia el resto. Las miradas de los milicianos eran de una mezcla de resignación, estupor, impotencia. Uno de los que estaba apoyado en el camión se retiró. Otro se fue bajando. A cada uno que descendía, Azaña le ofrecía la mano, le daba personalmente las gracias, cosa que también hacía el ministro de Estado, y también, con un apocado movimiento de cabeza, Pérez Rubio. Azaña, mientras tanto, no paraba de hablar.
-No saben ustedes lo que significa esto. España recordarán este gesto. Intentaré que les sea lo más sencillo posible obtener un transporte. A ustedes y a todos los que ahora mismo andan en este difícil trance. La patria tendrá en cuenta su dedicación. Este gesto, sépanlo ustedes, se estudiará en las escuelas. Se recordará siempre.
Los que se bajaban no respondían nada. Si acaso, agradecían las palabras con un movimiento de cabeza, o en cambio callaban, quizás porque no querían expresar su opinión acerca de si –después de tres años de guerra e ilusiones perdidas- realmente creían que la Historia se acordaría de ellos. Los más voluntariosos ayudaban a desplazar a los heridos. De los edificios salieron operarios que metieron, a toda velocidad, dentro del camión, grandes cajas y embalajes que contenían las obras del Museo del Prado. Alguna se veía que había sufrido cierto desgaste, incluyendo manchas oscuras que reflejaban cómo los bombardeos les habían afectado. Mientras tanto, encima de todos ellos -también de Azaña estrechando la mano a todo el mundo-, seguía cayendo la lluvia. No había a mano ningún paraguas.
-Repito, muchísimas gracias. España no lo olvidará. Yo no lo olvidaré. Ahora me tengo que ir, señores. A mí también me espera una penosa travesía para atravesar la frontera –dijo señalando a los atestados coches de donde procedía-. Les deseo mucha fortuna. Merecen toda la suerte que el azar pueda darles. Que a todos les vaya bien.
Azaña se alejó, junto con el ministro y Pérez Rubio, en la oscuridad de la noche. Los operarios terminaron de cargar el camión. El hueco (ahora lleno de cajas) del espacio para la carga, donde antes se hallaban ellos, contemplaba a los milicianos todavía incrédulos, observando el interior del camión desde el suelo. Las compuertas se cerraron. El retén fue eliminado, y la comitiva de coches arrancó. Los camiones se alejaron. Los milicianos se quedaron mirándolos, alejándose de ellos. Observados desde del camión, los milicianos abandonados hubieran dado al principio la impresión de un grupo de pequeños animales de quienes se alejaban volando sus madres. Más adelante, sin embargo, se volverían puntos cada vez más pequeños, hasta que no pudieran distinguirse del paisaje.
Desde el horizonte de la carretera, los que se habían quedado abajo parecían muy aislados. Muy perdidos. Muy solos.

Se pusieron a un lado de la carretera, para comprobar si veían algún camión pasar…

domingo, 2 de abril de 2017

La historia corta de abril: "Rompiendo el régimen"

La chica caminaba enfurruñada por la calle. A pesar de que se lo había pedido por activa y por pasiva a su madre, ella la había obligado, aún así, a bajar a por el pan. Y ahora, el delicioso olor de la barra recién horneada no hacía más que recordarle lo mucho que le costaba hacer dieta. En el momento en que peor lo estaba pasando, caminó al lado de un muro donde un cartel de estética evidentemente izquierdista mostraba una chica con el puño en alto reivindicando: “¡Rompamos el régimen!”.

La chica miró el cartel, miró pensativa la barra de pan, arrancó finalmente un extremo, y pegó un bocado. Reanudó el camino sonriente de vuelta al hogar.

lunes, 20 de marzo de 2017

El relato de marzo: Formas de cariño

Formas de cariño

            A pesar de todo, él le quería. A pesar de las ojeras. De la palidez pronunciada. De los signos de desgaste, evidentes en sus ojos. Aún así, el cachorro de gato le tenía en gran estima. Sentía debilidad por aquel niño humano, y mira que es difícil que un felino le pille cariño a un ser de otra especie. Pero habían permanecido juntos desde el nacimiento del cachorro, y el niño le había cuidado, acariciado, calentado a lo largo de aquellos tiernos y juguetones meses de existencia, transcurridos la mayor parte de ellos entre las paredes de esta casa. Por eso, el gato sintió una punzada de dolor cuando el niño, con muestras ineludibles de que Dama Muerte andaba tras él, se acercó a su mascota y le levantó entre abrazos.
          -No te preocupes, gatito. Yo voy a quererte siempre –expresó el niño, y no pudo evitar una lágrima-. Yo estaré siempre contigo. Nunca te abandonaré.
              El minino tampoco pudo reprimir un temblor de rabia e injusticia.
            Cuando llegó el aciago día, el gato lo sabía desde por la mañana. Al cabo de unas pocas horas, ya todo estaba dispuesto: el diminuto féretro, al fondo del cual no era capaz de verse (y a pesar de ello, todos sabían que estaba ahí) el cadáver del chiquillo, se encontraba allí, en el salón, con la tapa levantada. El cachorro podía observarlo desde su posición privilegiada sobre la mesa, donde ronroneaba sigiloso entre viejas fotos de familia e inútiles adornos cubiertos de polvo. A su lado, unos cuantos humanos que reconocía como los familiares del fallecido parlamentaban entre sí:
             -¿Estás seguro que debemos hacerlo?
            -Seguro –afirmaba rotundo uno de los hombres-. Él lo pidió expresamente antes de morir. Fue su último deseo.
          Y, nada más decir esto, en un movimiento preciso, agarró al gato de su menudo cuerpecillo y, contra su voluntad, lo introdujo dentro del féretro, encima del cuerpo.
              Lo último que vio el gato con sus ojos, mientras trataba con desesperación de desplazarse hacia arriba, fue la tapa del ataúd cerrándose sobre él.

lunes, 13 de marzo de 2017

La historia corta del mes: Huidos de marzo

Cleopatra, en cuanto se enteró, se incorporó y dio un par de órdenes estrictas y escuetas, poniendo con ello en marcha una inmensa orquesta humana que, en acompasado movimiento, se asemejaba a una bestia antediluviana desplazándose sobre su propio vientre, con cada uno de sus apéndices aireando sábanas, desmontando muebles, deshaciendo aquel monstruoso campamento el cual la reina africana había erigido para su estancia sobre una isla del Tíber, aunque más bien rememoraba una península, prolongación evocadora del país de las pirámides. A la reina, a la Divina, a la Sin Tacha, a la del Alto y Bajo Egipto Faraona, cuentan las crónicas de aquel tiempo que se la vio en todo momento pegada a la tierra, vigilando el cumplimiento de sus mandatos, inspeccionando cualquier detalle, poniendo tanta escrupulosidad en el doblez de cada capa dorada como lo haría con un decreto del gobierno, o la alianza con un reino otrora enemigo. Luego, se colocó delante del espejo y allí, empezó a maquillarse como lo que era, o sea, como una reina. Con esa dignidad absoluta con la que había conquistado al César, cuyas manchas de sangre cubrían ahora mismo el suelo de mármol del Capitolio, como cubrían también de manera metafórica cual mar rojo su cama, un profuso líquido de brotar continuo no dejaría de fluir jamás. La soberana de Egipto escruta sobre la pulida superficie el reflejo de Ella, de La Otra, la imagen provocativa e imponedora que hasta entonces la había mantenido a flote y que ahora, una vez más, la ha de conseguir salvar. Ese perfil público que desde el inicio de su vida ha construido con mimo, esa nariz que provoca a su paso aclamaciones y gritos, esa escotadura del cuello que tantos seres humanos han rezado por poseer, constituyendo la envidia y el temor de las mujeres, y también el deseo y el ansia de los hombres, y asimismo excitó la admiración del pueblo romano, el cual por muy republicano que sea -como todo pueblo-, está deseando adorar a una reina, mientras suscitaba los comentarios enconados de las matronas: “No sé quién se cree”, “Pues no es tan guapa”, a lo cual Cleopatra responde para sus adentros, “ponedme al lado de un hombre y una cama, y a ver qué varón tiene el valor de no caer rendido a mis pies”. La Mujer, la Sin Par, la Dichosa, sale en medio del desfile que levanta su tropa, y a pesar del momento de luto, lo hace con todo el rito, el boato y el bombo que la ocasión lo merece, como una celebración. Poco le importa la posible recriminación que puedan hacerle de abandono del obligado papel de viuda de facto, pues Cleopatra es plenamente consciente –y cuando lo piensa, tiemblan de pánico sus mismas entrañas- de que sólo desde su reivindicación radical como reina puede quizás garantizar la seguridad de su hijo Cesarión, quien desde hace unas horas se ha convertido el mayor candidato al infanticidio del mundo. Las velas del barco se yerguen como si lo hicieran en el Nilo, mientras Cleopatra mantiene la misma indiferencia distante a la multitud que ha hecho que la añoren y hará que los romanos deseen que vuelva, tanto como ahora mismo anhelan que viviera Él. Y sólo cuando ya se encuentran mecidos por la brisa, sólo cuando Roma, la ciudad eterna, se ha vuelto un puntito a lo lejos, es cuando la Grande, la Inmortal, la Diosa, abandona el gesto oficial, cesa de dar órdenes y, por fin, se deja desplomar sobre un diván. Y sólo entonces permite a su legendario rostro dejar traslucir una lágrima. Ahora, por fin, puede consentirse el lujo de malgastar el tiempo en llorarle a él…

miércoles, 1 de marzo de 2017

El libro y la historia real de marzo: "A sangre y fuego", de Manuel Chaves Nogales. Una visión de la guerra civil.

Manuel Chaves Nogales es considerado, por muchos, el mejor periodista de la historia de España. Alguna vez hemos mencionado en este blog "El maestro Juan Martínez, que estaba allí", un tragicómico relato de las andanzas de un cantaor de flamenco durante la revolución rusa, a medio camino entre el surrealismo (la pregunta clave: "un cantante flamenco, ¿es un proletario?") y el realismo más crudo y descarnado. Y menciono esta obra porque, entre otras cosas, revela alguna de las pinceladas clave del trazo de Manuel Chaves: una especial ojo por las situaciones controvertidas, difíciles de encasillar; el intento de darle voz a aquellas personas a las que normalmente nadie hace caso; y, en especial, una apuesta por el individuo corriente, por el hombre que sufre, por quienes peor lo pasan -que son normalmente los inocentes- en todas las guerras.

Manuel Chaves Nogales se define como "pequeño burgués, liberal" y, esencialmente, "democrata". Cuando llega la Guerra Civil, se compromete desde el primer momento con el orden legal establecido y, esencialmente, con la verdad. Localizado en Madrid, su periódico lo ocupan las brigadas comunistas y se pone a trabajar con ellos, aún dejándoles bien claro que no le gusta su doctrina porque él aborrece de todas las dictaduras, "hasta la del proletariado". Según el periodista, los comunistas que le supervisaban anotaron su objeción, disintieron por supuesto de su punto de vista, nunca interfirieron en su trabajo y cuando se despidieron (cada cual de camino a su particular huida) seguían sin estar de acuerdo, pero lo hicieron con un apretón de manos. Dicen que a veces los grandes hombres -y en concreto los grandes periodistas- se forjan en las grandes hecatombes. A Manuel Chaves Nogales le pilló uno de los momentos más duros de ésta, nuestra Historia tan particular, en primera línea así que, para su desgracia, tuvo la oportunidad de desplegar todo su talento, cosa que hizo nada más terminar la guerra en "A sangre y fuego", una serie de relatos desde el mismo interior de la guerra narrado a partir de experiencias recogidas, y también un cierto enfoque literario. Subtitulado "Héroes, bestias y mártires de la guerra civil", Chaves Nogales aporta un punto de vista que no pueden dar un Hemingway o un Cappa, quienes no tenían a su familia, su entorno y todas sus coordenadas vitales en riesgo, y no conocían los complicados entresijos que implica, como una maldición mitológica, ser españl. Una problemática que tuvo que vivir en sus carnes Chaves Nogales quien, como muchos de nosotros, seguramente a veces hubiera preferido nacer noruego o antártico.

"A sangre y fuego" incide en algunos lugares comunes que todos conocemos: que la mayor parte del ejército se puso de manos de los sublevados, mientras que el bando republicano contaba con muy pocos militares profesionales, quienes se desesperaban al ver cómo campesinos y obreros trataban de hacer de soldados, pero eran incapaces de mantener el mínimo orden y disciplina -a veces por falta de entrenamiento, otras porque todo lo que sonara a militar les provocaba un sarpullido, y en general, porque todo lo que habían aprendido se volatilizaba como el humo en cuanto les invadía el pánico al ver llegar a los tanques-. No se llega a afirmar del todo, pero se insinúa aquello que han confirmado historiadores posteriores acerca de que las matanzas en el bando nacional estaba orquestadas desde la cúpula (en un relato se narra cómo "el señorito" inicia la partida como si se tratara de una batida de caza, en la que participa incluso el cura, fusil en mano), mientras que las del bando republicano procedían en su mayoría del desorden reinante, de las cuadrillas de bandidos que aprovechaban para hacer su agosto, o de los fanáticos ideológicos que se desentendieron de la guerra para hacer su propia depuración; factores todos estos que el legítimo gobierno de la República no era capaz, en su impotencia, de controlar, ante el desbordamiento de tantos frentes tan abigarrados. También nos narra la angustia de los sitiados en Madrid, aterrorizados ante el anuncio del general golpista Queipo de Llano de que dentro de la ciudad hay miles de personas con las que colaboran, la llamada "quinta columna", lo cual genera una matanza histérica en busca de espías ("Nunca una frase", diagnostica Chaves Nogales, "generó tantos muertos"). Aunque, desde luego, hay estopa para todos: desde el comisario político que permite que fusilen en la cárcel a varios cientos sin juicio previo -incluyendo entre ellos su padre-, hasta los rebeldes que utilizan restos de los cadáveres de sus enemigos como trofeo y para regalarlos a quien los quiera conservar. Por último, también hay espacio para la tolerancia, la solidaridad, la compasión entre hermanos enfrentados: desde el señorito fascista que perdona la vida al maestro de escuela y es arrestado a causa de ello, hasta la camarera de hotel socialista que presta los medios para escapar a uno de sus falangistas clientes, quien luego, tal vez, tendrá o no ocasión de devolver el favor que hicieron en su día por él. Y, por supuesto, se narran multitud de momentos en que es lo personal -más que lo ideológico o lo político- lo que prima las acciones y las lealtades en cada momento. Una historia muy fácil de imaginar para quien conozca a este pueblo.

Pero Chaves Nogales también nos ofrece una serie de anécdotas poco conocidas y hasta difíciles de asimilar. Situaciones que, de no mediar una guerra, serían hasta tronchantes. Como el manicomio donde a un lado se acumulan los locos fascistas, y al otro los republicanos, y como no pueden matarse a balazos, se disparan insultos de uno a otro bando. O la cárcel fascista en Sevilla, que de noche es el infierno, pero que en el día bulle de vida, salero andaluz, entretenimiento y arte. O el momento en que los republicanos, inermes al no disponer de estrategia militar, sacan a un general fascista de la cárcel y se obligan a diseñar la táctica del ejército rojo, custodiado por un miliciano a cada lado (como se pueden imaginar, huyó en cuanto tuvo la menor oportunidad). O el estrambótico escenario en que se convirtió el Cuartel de la Montaña tras ser conquistado por los obreros, quienes se pusieron a rebuscar entre las antiguallas militares y acabaron armados con estoques de esgrima y medievales cascos. De esta manera, con esta óptica tan particular, Chaves Nogales nos cuenta una historia de la guerra civil que incluye muchas más cosas, entre otros motivos, también porque esta guerra es también más que una guerra civil.

Chaves Nogales sufrió también en sus carnes la maldición de vivir en un país que tan inspiradoras historias narraba. O, parafraseando a Pérez-Reverte, le ocurrió como a Cervantes, que si hubiera sido francés hubiera vivido mejor, pero si hubiera sido francés no hubiera conocido tan en profundidad la traición, la mediocridad y ignominia, por tanto no hubiera escrito el Quijote, y nunca hubiera sido Cervantes. A París precisamente marcha Chaves Nogales al ver que la guerra, para la legítima República, está perdida. Allí, nada más tiene la oportunidad de aposentarse, se sienta delante de su máquina de escribir y enfebrecido martillea a toda velocidad las teclas, como si fueran gatillos, para escribir los relatos; los manda a publicar y marcha a continuación, con inmediatez, en dirección a un ignoto exilio. No era un destacado izquierdista, todo lo contrario. Pero tampoco era fascista, y se denominaba a sí mismo libre pensante, algo que, a ojos del nuevo régimen, era mucho más que peligroso. Por eso, toda su obra literaria y periodística queda enterrada durante los cuarenta años posteriores; tan sólo sobrevive la biografía de Juan Belmonte, y eso porque el homenajeado era un torero. Hoy en día existe un intento de revitalizar su figura a través de la publicación de sus más destacadas piezas. Quizás el mejor tributo que se le pueda rendir a Chaves Nogales sea que, en un país que en gran medida se sigue peleando (en eso no hemos cambiado mucho), al menos observe que las voces neutrales e independientes tienen la oportunidad de expresarse. Que es, después de todo, el mejor legado que un periodista honesto quiere ofrecer.

lunes, 20 de febrero de 2017

El relato de febrero: "Amanecer violeta", o "El hombre del violín"

 "Amanecer violeta", o "El hombre del violín"


            El hombre se hallaba impaciente. El metro se había retrasado, debido a un parón entre estación y estación, en mitad de un túnel oscuro, y eso le iba a hacer llegar tarde al trabajo. Hoy precisamente que tenía una importante reunión con los ejecutivos de Japón. Además, una señora que se estaba comiendo un sándwich en mitad del vagón casi se lo tira encima; había estado a punto de ponerle perdido el traje. Así que no era el día en que se encontraba de mejor humor.

            Y, para colmo, vio entrar a un vagabundo al metro. No le gustaban ese tipo de situaciones: le ponían incómodo. No sabía nunca que hacer, si entregar unas monedas o pasar de ellos. En fin, no se sentía a gusto. Esperaba que, al menos, a éste no le diera por tocar algún instrumento: el hombre nunca había escuchado peores ruidos que en los vagones del metro de Madrid, cada vez que iba al trabajo. Casi preferiría pagarles por que no tocasen más.

            Pero aquel día, ocurrió algo especial. Este vagabundo era jovencito, tenía unos treinta años. Vestía ropas raídas, y se hallaba algo demacrado. Sin embargo, lo que le llamó la atención a nuestro protagonista no fue eso, sino lo que portaba bajo su brazo; en efecto, era un estuche para un instrumento musical, pero no para cualquiera.

            Se trataba de un violín.

             El ejecutivo reflexionó. ¿En serio? Esto sí que iba a ser horrible: se dice que hacen falta dos vidas para saber tocarlo. Se necesita dedicación, paciencia, y un aprendizaje desde pequeño, lo cual requiere, normalmente, una educación propia de las clases más privilegiadas. Ese chico era un yogurín, y no parecía andar precisamente muy sobrado de dinero, así que, ¿qué podría hacer con ese violín?
           
            Pero cuando el vagabundo sacó el instrumento de su estuche, y acarició con delicadeza la madera de la que estaba constituido, el hombre empezó a dudar… Luego, se colocó el violín en el hombro, tensó las cuerdas, y empezó.

            Y Dios, que si tocaba cojonudamente bien.

            Dominaba cada movimiento, cada gesto, con la precisión de un ingeniero… Tocaba cada acorde, cada noche, con la delicadeza de un artista. Era sublime, era genial, era maravilloso… Era increíble.

            Y el hombre se olvidó de su reunión, y de su traje, y de los ejecutivos japoneses, y de todo lo demás. Y recordó cómo, desde pequeño, sus padres le habían apuntado a las mejores escuelas de música, habían contratado a los mejores profesores, hicieron de él un virtuoso, alguien que sabía apreciar la música, y dominaba un buen conjunto de instrumentos… Pero, a pesar de todo, nunca pudo con el violín.

            Empezó pronto, muy pronto, pero no hubo manera. Lo intentaron un profesor tras otro, pero él caía derrotado, era incapaz de dar una a derechas. Le dijeron que se requería tiempo, que se necesitaba al menos un año para saber empezar a tocar algo mínimamente reconocible, pero es que pasó ese año, dos, tres, cuatro, y seguía sin poder… Sus padres le dijeron que lo dejara si no le gustaba, pero él insistió, tenía que hacerlo, no era que no le gustase, era que no lo podía conseguir. Dios, hubiera dado lo que fuera en este mundo por conseguir tocar ese violín, ese mágico instrumento, que ahora ese vagabundo convertía en poesía con sus manos.

             Mira que lo intentó; veces y veces y veces. En el colegio, en la universidad, ahora, que seguía trabajando… Y nada… Llevaba casi cincuenta años intentando tocar el violín, y apenas había conseguido arrancar unos sonidos que, más que notas musicales, parecían maullidos de gato. Y ese hombre estaba allí, sin más, como si estuviera tarareando una simple canción, como si fuera la cosa más fácil del mundo.

             El ejecutivo contempló al mendigo: sucio, delgado, la vestimenta ajada. Él, en cambio, era un hombre de éxito, con una mujer atractiva, dos hijos estudiosos, un buen puesto en una reconocida empresa, una fortuna en el banco, un coche de lujo… pero que, ni con todo el oro del mundo, podía adquirir la capacidad de manejar un instrumento así.

            ¿Por qué?, se preguntó. ¿Por qué ese desfase de fortunas? Yo poseo un mundo, y no sé entonar un acorde. Él los conoce todos, y no tiene nada en la vida. ¿Cómo podía ese hombre estar tocando en la calle?¿Cómo podía tener tan maravilloso talento en las manos, y que Dios no le compensase?¡Yo le daría un trabajo, una riqueza, un ministerio!, pensaba el hombre: se lo merece, y de sobra, por tener el don de tocar ese violín, cuyas notas están hipnotizando y maravillando a los pasajeros de este tren, cada vez más entusiasmados. ¿Cómo es posible?, meditó. ¿En qué mundo cabe que ese hombre no tenga nada más en la vida, aparte que esa maravillosa cualidad de dar vida a esas cuerdas?

            Y lo es, meditó, porque hay una cosa llamada talento… Algo que no depende de ser rico o pobre, del esfuerzo o del trabajo, la dedicación o las ganas, sino que, simplemente, sale de dentro. Él lo posee, y tú no. Tal vez ese pobre mendigo no tenga el poder de rey Midas para hacer dinero, tal vez no sepa nada más acerca de este mundo, puede que el resto de su vida sea un fracaso, pero, en ese aspecto, él te vence, y tú no puedes hacer nada, y no podrás remediarlo… Es con ello con lo que habrás de conformarte, lo que habrás de vivir cada instante, y con lo que te encontrarás, como puerta cerrada en las narices, para siempre, cada día, del resto de tu –carente de sonido- vida.

            Y de repente, el ejecutivo comenzó a sentir (mientras contemplaba al vagabundo, su beatífico rostro mientras deslizaba sobre el violín las manos) una cruel, insensata, e irracional ira…

            Porque el mendigo podía hacer algo que él nunca podría lograr… porque estaba allí, estación tan estación, sin bajarse del tren, restregándole por las narices su superioridad… Porque no podía sentir, en esos momentos, más allá del amor y del odio, de la humanidad o de su propia existencia, nada más que una insana y estremecedora envidia…

            Y por eso, fue por lo que avanzó, entre los pasajeros del metro, en dirección a un hombre que seguía tocando, desconocedor de lo que le reparaba el destino.

            Y por eso fue por lo que, entre los chillidos de la gente, alzó sus manos y comenzó a ejercer presión alrededor de la garganta del mendigo… La cara de este último reflejaba horror, incomprensión, miedo… Los allí presentes contemplaban el espectáculo con pavor…

            El hombre siguió apretando hasta que contempló como en el rostro del mendigo -que no sabía por qué, o por parte de quién, se dirigía este ataque- se apagaban los colores de la vida…

Algunos dicen que, tras de este hecho, el hombre cogió el violín, lo dispuso entre sus manos como si se tratara de un hijo, y entonó una obra maestra, justo antes de que se lo llevara la policía… Alguno cuenta, incluso, que, al finalizar su número, todo el vagón prorrumpió en aplausos.