lunes, 22 de mayo de 2017

El relato de mayo. "El invitado".

El invitado

                El grito llegó abrupto desde el dormitorio.
                -¿Qué ocurre?-pregunté.
                -Fran -escuché un tono de indudable pánico-… Corre… Tienes que ver esto.
                En aquel instante miré la hora. Cómo no, tenía que ser así: faltaba poco para las once. Una de las cosas que más he temido siempre son las urgencias de noche o de madrugada. Siempre he tenido miedo a que me sorprenda una situación angustiante, de ésas que no puedes eludir (un conato de muerte, una emergencia, una circunstancia que te obliga a segregar adrenalina), a ese tipo de horas. No hay nada que me agarrote más que llegar a casa agotado del trabajo y pensar: “justo como surja una emergencia ahora…”. La gente que ha vivido esa clase de situaciones, para tranquilizarme, suele decirme que, cuando éstas aterrizan de verdad en tu vida, te da igual qué hora es, porque a lo único que le pones atención en aquel momento es a tratar de solucionarlas. No obstante, en mis ensoñaciones diurnas, le rezo a un Dios en el que no creo por que, el día que me tenga que llegar una de éstas, sea a primera hora de la mañana, con el cuerpo fresco y los sentidos alerta, a ser posible después de un buen café. Puede parecer una visión un poco frívola, pero ya me lo diréis cuando os toque una de ésas, y aparte del estrés y la urgencia te encuentres encima dormido y hecho polvo (y, en este caso, al final de un largo día de mudanza). La cuestión es que en aquel momento me temí que fuera alguna de aquellas. Aunque lo que me esperaba allí, en realidad, fue bastante más impactante.
                Cuando Sheila señaló debajo de la cama, lo primero que temí fue que se tratara de un ladrón (¿quién no lo hubiera pensado en esas circunstancias?), y tras agarrar un paraguas que se encontraba por allí cerca, volteé el somier y me dispuse a atacarle. Aunque lo cierto es que apenas fueron un par de bastonazos mal dados, porque la impresión general que producía aquel ¿ser?¿individuo?¿muchacho?, distaba mucho de una figura amenazante, y me daba más la sensación -a pesar de haber aparecido debajo de mi cama- de que era yo quien le estaba maltratando. Su edad era bastante indefinida: oscilaría entre cuarenta muy juveniles o diecisiete muy mal llevados; el rostro ceniciento, las ojeras pronunciadas, las ropas ajadas, y un pelo pajizo que asemejaba que en cualquier momento se le iba a caer a jirones. Tenía las manos elevadas en un gesto que solicitaba a la vez comprensión y auxilio, y las palabras con las que nos abordó, mientras se defendía del ataque del paraguas con mango de cabeza de loro, nos dejaron paralizados:
-¡Ellos me dejaron!¡Ellos me dejaron aquí!
Sin embargo, fueron sus siguientes palabras –proferidas ante la pregunta de qué diablos hacía allí- las que nos descolocaron:
                -Soy el espíritu de la relación de la pareja que vivía aquí antes. Ellos me dejaron abandonado en esta casa.
                No puedo transcribir con palabras lo que aquel sorprendente desconocido nos explicó a lo largo de la siguiente hora. Porque estoy seguro de que si lo hiciera, no sonaría verosímil, y eso no haría justicia a la impresión que nos causó. Al contrario, lo que nos contó aquella noche, absurdo y desquiciante como suena (y más procedente de aquel tipo con pinta de yonki), en aquel momento nos pareció tremendamente veraz, incluso aunque una opción como ésa, dentro de una mente racional, no sea en absoluto posible. Con una forma de expresarse tan desmañada como desarreglado era aquel individuo, el recién llegado (en realidad, nos enteramos de que llevaba un día entero en la casa, manteniéndose oculto durante todo el tiempo que había durado nuestra mudanza) nos confesó que, al darse cuenta de que sus ¿dueños?¿padres?¿anfitriones? se habían marchado, primero pensó que les había pasado algo; estuvo por llamar a la policía, al 112, a los hospitales. Sin embargo, luego se dio cuenta de que su mayor temor se había cumplido: de que -así de francamente- le habían abandonado. Como quien arroja a la basura un peluche viejo cuando se hace mayor, o deja tirado el despertador roto en una esquina porque no le cabe en las maletas. Y aunque aquel “espíritu de relación” sentía el mismo desamparo que a un hijo al que han dejado solo jugando en una gasolinera (pensando, en su ingenuidad mental, no sólo que volverán sus padres, sino que quizá siga todavía por los alrededores el abuelito que dejamos allí el año anterior), era consciente aún así que su presencia en la casa era un hecho difícil de justificar ante las autoridades. Por ello, cuando escuchó el sonido de nuestras llaves girando y abriendo la puerta, había corrido a esconderse debajo de la cama, y llevaba allí veinticuatro horas, contemplando nuestros tobillos entrar y salir mientras vigilaba todos nuestros pasos. A pesar del susto de muerte que le había dado a Sheila, y de lo intrusivo que había sido descubrir aquellos detalles sobre su ubicación (“¿Qué hubiera pasado si nos hubiéramos puesto a follar?”, interrogué a mi novia cuando más tarde nos fuimos a la cama), a mi chica le dio pena e insistió en que cenase las croquetas que habían sobrado y durmiera en la cama de invitados. Creo recordar que yo protesté un poco (Sheila creía recordar que yo protesté bastante), pero quizás la pereza de pensar en llamar a la policía o los servicios sociales -¿os he mencionado ya lo mal que me sientan las urgencias a las once de la noche?- me hizo plegar las alas y consentir en que durmiera allí, “pero sólo una noche”, afirmé rotundo. Aún así, pese a las palabras tranquilizadoras de mi compañera durante la discusión que tuvo lugar en mi dormitorio el rato siguiente, no me quedé muy a gusto. De hecho, tardé mucho en conciliar el sueño, y creo que permanecí con el ojo abierto buena parte de la noche.
                Al día siguiente, no obstante, las cosas se presentaron bajo una luz muy distinta. Sobre todo, porque esa misma luz del amanecer alumbraba el rostro prístino de aquel zagalín con cara de ángel y melena rubia como la de un joven aprendiz de futbolista, que no podía aparentar más allá de siete años. Si me había levantado con ganas de pensar que lo que habíamos vivido el día anterior era un sueño o un manifiesto timo, aquella imagen me desarmó por completo. Dadas las circunstancias, era mucho más difícil tanto echarle de casa como llamar a cualquier clase de funcionario municipal para explicarle lo que había ocurrido. Supongo que entonces Sheila vio cómo se materializaba un largo anhelo: “¿Y si lo adoptamos?”. Yo empecé a elaborar en mi mente una larga lista de obstáculos burocráticos. Pero entre que, pensándolo con frialdad, ésta asemejaba a priori la solución, más sencilla, además de los ojos de gacela ilusionada con que mi chica me miró, no quise ser el león que devorara su sueño; así que consentí, en espera de que con el tiempo, se nos ocurriera una solución mejor. La cual, por supuesto, nunca llegó. O al menos, no acudió a tiempo de evitar que se precipitasen los acontecimientos.
                Hay que decir que el chaval era encantador. Tenía ese aire ingenuo y brillante de las personas que no han vivido lo suficiente, ese fulgor de inocencia y pureza que muchos mataríamos por recuperar. Esa confianza en la vida que proporciona el hecho de que nadie te haya traicionado nunca. Parecía que todo era fresco y nuevo para él. Daba gusto hasta verle sorber la leche. Sheila le acariciaba maternal su melena y le limpiaba con mimo los berretes de lo que sobre los labios del pequeño Cupido tenía apariencia de restos de divina ambrosía, al menos tal y como la degustaba y sonreía inmediatamente después. Durante esos primeros días, todo era maravilloso, pues era como haber tenido un hijo de pronto (un niño ideal, un querubín de los que desearía cualquier padre) sin tener que haber pasado por la fase de los pañales ni haber llegado a la época de contestación adolescente, con la doble satisfacción de que cada mirada de felicidad del muchacho reflejaba la salud de nuestra propia situación. En aquellos días podríamos haber pasado por la típica familia de anuncio de agencia inmobiliaria, y hasta a mí, que soy poco dado a ese tipo de poses, me salía una sonrisa por la que hubiera matado un publicista de clínicas dentales. Por supuesto, si hubiera sabido lo que me esperaba, firmado porque el cuadro se hubiera quedado fijado allí.
                Obviamente, sin embargo, hasta el contrato de alquiler de Adán y Eva tenía fecha de desistimiento; y algún día habría de cesar de comerle el hígado a Prometeo el águila. Primero fueron detalles sencillos, sin importancia. Un corte aquí. Una espinilla acá. Las cosas típicas de los niños. El problema es cuando, sin previo aviso, le aparece una verruga. ¿Eso qué quiere decir?¿Es que hay algo que no va bien?¿Y es por parte suya o por la mía? Supongo que Sheila se está preguntando lo mismo. Al fin y al cabo, los problemas son siempre de dos, aunque sólo pasen por la cabeza de uno. Aquella preocupación te reconcome, y puede que a causa de eso la verruga se haga más grande, y comience a brotar algo de acné. El día que se levantó con ojeras, ambos nos contemplamos con mirada culpable, y al mismo tiempo culpabilizadora. Cuando apareció la primera cana, tuvimos una gran discusión.
                Ahora sé lo que sentía Dorian Gray, pero por partida doble. Veías en el rostro del niño la mala leche de tu pareja, sus momentos flacos, sus defectos y miedos, pero sobre todo, también los tuyos. Contemplas en una cara humana, dibujada como si lo hubiera hecho Velázquez, tu propia maledicencia, egoísmo y mezquindad. Los dos nos reprochábamos la fealdad hiriente que se le estaba quedando dibujada y, en nuestras violentas discusiones, el chico no sabía dónde meterse, acabando siempre por refugiarse en los brazos de Sheila, quien me reprochaba mi escasa comprensión. En aquellos momentos, yo rememoraba aquellos debates estériles que tuvimos en su día acerca de si debíamos escolarizarlo o no, y me decía a mí mismo que aquella alteración en sus facciones nos había hecho ser conscientes por fin de que no se trataba de un niño, sino de una criatura fantasmal surgida de algún inextricable infierno. “Como nuestra propia relación”, pensé en un destello fugaz e involuntario. Y entonces le salió, de golpe, en su otrora perfecto rostro, una arisca arruga más.
                Así fue como el muchacho volvió a parecerse, de manera paulatina, de nuevo a aquel vagabundo desmañado que nos hallamos en un principio. “No me extraña que lo abandonaran”, pensé, aunque supe que Sheila me hubiera reprendido por pensar eso –y seguramente lo hiciera, ahora que podía leer mi mente tan fácilmente a través del rostro del chico, que con el tiempo se iba haciendo menos joven-. Lo que empezó con comentarios irónicos siguió con pullas, más tarde con gritos, finalmente con platos volando hacia la cabeza. En medio de aquel desbarajuste, la cabeza piensa en alguna manera de huir de casa, de escapar de las preocupaciones, de largarse de allí. Quizás cometes algún desliz que no debías. Fue entonces cuando un día llegué a casa tarde, a las diez de la noche, y me encontré lo que más temía: una situación que no podía rehuir. Una pelea monumental de ésas que te obligan a hacer la maleta y buscar un hotel o llamar a un amigo que te acoja en casa de manera imprevista. Una emergencia del tipo del fin del mundo: el fin del mío, de mi mundo. En pleno centro del torbellino, con tantas voces arrojadas de un lado a otro como olas que zarandean a un barco que no tiene más opción que zozobrar, no nos acordamos de dónde estaba el muchacho, y sólo nos dimos cuenta cuando escuchamos el crujido de apertura de una ventana, ésa que nunca abrimos. Sheila y yo nos miramos a los ojos y salimos corriendo. Nos dio tiempo a verle, volviendo un segundo la cabeza con aquel rostro pálido y demacrado, contemplándonos con una mezcla de esperanza y desesperación, antes de arrojarse al vacío. Durante un segundo, permanecimos paralizados, esperando un sonido que no nos atrevíamos a escuchar.
Cuando sacamos la cabeza por la ventana, sin embargo, no encontramos los morbosos restos humanos despanzurrados que temíamos y al mismo tiempo no queríamos hallar. La calle estaba desierta, fría, mojada. Era como si aquel ser humano, que había entrado en nuestras vidas como surgido de un sortilegio mágico, se hubiera volatilizado en el aire…
Nos quedamos un rato en silencio. A retazos, nos contemplábamos de vez en cuando, sin atrevernos del todo a mirarnos. Tras ese tiempo, nos abrazamos.
Nos fuimos a la cama sin decir nada más.
*                                            *                                            *
A la mañana siguiente, habíamos acumulado el valor suficiente para hablar de ello. Y para darnos cuenta de que todo aquello –por mucho que no quisiéramos reconocerlo- lo habíamos hecho nosotros. Que, a pesar de no haberle puesto la mano encima a aquel extraño ser con el que habíamos convivido, era como si le hubiéramos matado con nuestras propias manos. Que nosotros, personas civilizadas, cultas, de ésos que nos creemos “buenas personas”, le habíamos convertido en todo aquello.
                Sheila y yo estuvimos hablando durante un rato. Al final, nos besamos. Decidimos que nos daríamos otra oportunidad. Y que luego lo dejaríamos o no, pero en todo caso, si fuera así, sería distinto, de otra manera. Sheila encontró en el baño uno de los mechones de pelo de nuestro ¿invitado?¿amigo? que se le habían caído cuando le empezó a entrar alopecia. Lo plantó en una maceta de cristal que teníamos hasta entonces vacía, sin saber muy bien qué esperar.
                Han pasado seis meses desde aquello. Ahora estamos mejor. Más felices. Dicen que al primer amor se le quiere más, y al segundo mejor. Quizás hayamos aprendido a hacer lo segundo con el primero. Del mechón de pelo plantado en la maceta ha empezado a crecer una planta. Pero lo más sorprendente es que dentro de la tierra, por debajo, a través de las paredes transparentes de la maceta, y oculto por una capa de tierra muy tenue, empieza a vislumbrarse un huevo. Dentro de él, algo parecido a un pequeño homúnculo parece atisbarse, aunque es difícil distinguirle el rostro, oculto por una gran mata de pelo.

Quién sabe lo que puede pasar. Hemos preparado, por si acaso, una maceta más grande. Pero, por si acaso también, ahora duermo con una pala muy cerca de la cama. No quiero que a las doce de la noche de cualquier día, un invitado desnudo de pelo pajizo salga cubierto de tierra y me diga que hay una emergencia porque algo está realmente mal.

lunes, 15 de mayo de 2017

La historia corta de mayo: "El ojo del muerto"

Los niños del pueblo pagaban unos cuantos centavos por el permiso de escudriñar el fondo de aquel ojo ausente de la vieja de la feria. No lo hacían sólo por espíritu morboso, como cabía esperarse, ni tampoco para averiguar –como decía el anuncio- su futuro en los ojos de la bruja. Lo hacían para palpar con delicadeza aquellas innobles cicatrices, sintiendo en las puntas de sus dedos la contradicción entre su frágil juventud y la muerte, como si por ello pudieran anticipar cómo su lozano espíritu se troncharía un día, al igual que -bajo el influjo de un dedo- lo hace una delicada brizna de hierba… Lo hacían, sobre todo, para desentrañar todas las formas posibles en que podía rondarles la Parca y, de esa manera, exprimir hasta el límite su cuerpo de superhéroes hasta que éste ya no pudiera más y se partiera. Lo hacían para sentirse más vivos y, de esa manera, sin apreciar cuán efímero era aquel preciado equilibrio que tenían entre manos, correr presurosos hacia su autodestrucción. Y la función de la bruja era, precisamente, ayudarles en su cometido…

lunes, 1 de mayo de 2017

El libro y la historia real de mayo: "First, We take Manhattan", de Álvaro Ardura y Daniel Sorando



El libro de hoy, en múltiples sentidos, es una excepción. En primer lugar, porque se trata de un ensayo de sociología, un tipo de género que no solemos abordar aquí. Y en segundo, porque tengo el privilegio de conocer a alguno de los autores, aunque trataré de que este hecho no me nuble demasiado el juicio. Y es que, por lo general, no os ofrecería un ensayo académico (aunque con propósito divulgativo) que incluye citas a autores de enrevesados nombres. Sin embargo, creo que el libro es lo suficientemente accesible -y, sobre todo, lo suficientemente estimulante- para que lectores interesados, no expertos en la materia como es mi caso, puedan aprender un poco gracias a él. Sobre todo, si el tema del que trata es acerca de la "gentrificación". Algunos escucharéis esta palabra por primera vez (como dice una frase al respecto, "Gentrificación no es un nombre de señora"), pero a otros os sonará porque es un concepto bastante utilizado últimamente. Se trata del fenómeno por el que un barrio céntrico, inicialmente deprimido, de habitantes con pocos recursos e incluso deshabitado, empieza a albergar nuevos inquilinos (artistas, jóvenes inquietos, colectivos hasta cierto punto estigmatizados) a los que les atraen los bajos alquileres del barrio, pero que al mismo tiempo arrastran consigo las nuevas tendencias culturales. La llegada de estos primeros "pioneros" pone de moda el barrio, y es entonces cuando gente de mayor poder adquisitivo quiere conseguir un piso en medio del meollo. El barrio se vuelve entonces lleno de tiendas elegantes y sofisticadas, y es entonces cuando el precio de los alquileres sube tanto que los primeros pobladores del barrio (e, incluso, algunos de los que empezaron el proceso de gentrificación) ya no pueden permitírselo y tienen que marcharse. El proceso parece aparentemente sencillo aunque, como revela el libro, debajo de la superficie hay mucho que rascar.

La primera impresión al leer las páginas iniciales de este ensayo puede ser la de cierta inquietud. La aparición de ciertos "palabrejos" hace dudar sobre si va a tratarse de un texto excesivamente técnico, y el tono general lleva a creer que intenta desplazarnos a la deriva, sin aspirar en ningún momento a la concreción. Sin embargo, las siguientes páginas obligan a desmentir ese primer análisis. El libro entra rápidamente en harina, y describe todas las partes del proceso de la gentrificación, poniendo ejemplos concretos en las ciudades donde ha tenido lugar: desde Nueva York (con lugares como el SoHo y Brooklyn), Londres, París, Berlín, hasta barrios de localidades españolas, como -en Madrid- Chueca, Lavapiés y Malasaña, el Barrio Chino (ahora el Raval) en Barcelona, el barrio de la Magdalena en Zaragoza, etc... Uno de los aspectos más interesantes de este libro es que no aborda la gentrificación como un camino "al azar", fruto de una evolución más o menos natural del barrio y de las leyes del mercado. Más bien al contrario, el texto apunta a que, en muchas ocasiones, son las políticas públicas las que contribuyen a desarrollar el fenómeno, exacerbando incluso sus connotaciones más negativas. Pongamos la siguiente situación: un barrio más o menos humilde, situado en una zona céntrica, con habitantes de renta tirando a baja, la mayor parte viviendo en régimen de alquiler. Una serie de políticas públicas favorecen que los propietarios prefieran ser dueños de casas en la periferia -algo que sin duda proporcionará pingües beneficios a quien haya construido viviendas en esa zona-, y traten de vender o derruir los edificios que todavía mantienen en el centro. La presión sobre los inquilinos, mediante una serie de medidas (tendréis que leer acerca de ellas en el libro) consigue que bastantes de ellos se desplacen. Al resto, se les va convenciendo al ir retirando los servicios públicos de la zona. Al cabo de cierto tiempo, el barrio está en parte deshabitado, resulta cada vez más complicado vivir en él, y acaba adquiriendo incluso mala fama. Es entonces -cuando los precios del terreno son más baratos- cuando las empresas privadas se lanzan como buitres a apropiarse de porciones cada vez mayores de él. Luego, poco a poco, se ejecutan medidas que implican la "regeneración" del barrio; se reimplantan servicios públicos que en su día se eliminaron; habitantes de mayor poder adquisitivo se instalan con el tiempo en los pisos vacíos; el barrio se moderniza, y ahora, lo que se ha comprado barato se vende caro. El promotor inmobiliario se hace de oro. Y así es como se ha completado el proceso. (Hablando con un amigo de este tema, éste me comentaba: "Ya, pero esto que me cuentas suena un poco a teoría de la conspiración, ¿no?". Lo primero que pensé cuando me lo dijo fue: "Si a ti, hace unos años, 
te dicen que el partido en el gobierno guarda en unos cuadernos las cuentas de los sobornos que le pagan empresarios a cambio de concesiones en obra pública, ¿a que creerías que es una conspiranoia? Y ahora, piensa en el caso Palau, y piensa en Bárcenas"). Lo cierto es que ese modelo -el de comprar barato y vender muy caro, favorecido por políticos que auspician esa "cultura del pelotazo"- nos suena mucho a los que ya conocemos la dinámica de las burbujas inmobiliarias, que casualmente explotan en un lugar en el momento en que los que las han montado ya han recogido velas y marchado a invertir a otros lugares distintos, donde vuelven a inflarse a su vez. La dinámica, por supuesto, siempre tiene un perdedor: los pobres, los desahuciados, los que no tienen nombre. Los que, en su mayoría (siempre hay un cierto número de individuos realojados, por sistema mucho menor que los desplazados) tienen que mudarse de su vecindario y de las redes de ayuda mutua que éste les proporcionaba. Los que pierden la vida social que habían creado en su entorno, y a cambio aguantaron los tiempos más duros del barrio, haciéndole adquirir el carácter indómito que se ensalza hoy. De hecho, la pregunta que sobrevuela todo el texto es qué pasaría si, en lugar de permitir la consecución de ese modelo de "gentrificación", se apostara por otro, más social, que tratara de proteger a los vecinos que ya habitaban en el barrio, frente a los que habían de venir; de rehabilitar, más que destruir y construir de nuevo; que apostara menos por la iniciativa privada, y lo hiciera en cambio por las personas. En las páginas del libro podéis encontrar esa dicotomía, o mejor dicho esa disquisición, que es una que probablemente haya que preguntarse día a día, pues, como sugieren los autores del libro, imaginar un nuevo tipo de ciudad es la primera manera de empezar a edificarla.

Como he dicho, el texto entra en cada aspecto concreto, aportando jugosos e instructivos detalles: desde los barrios que han sufrido o están en camino en sufrir este proceso, hasta las labores de resistencia (tanto desde el punto de vista de las políticas públicas, como desde el lado de los vecinos) que pueden intentarse para paliarlo. A pesar de tratarse de un texto académico que podría citarse en la universidad, contiene conceptos vitales y acontecimientos recientes que son tema de conversación en periódicos, tertulias y bares; cita a referentes como Leonard Cohen, Bob Dylan, el graffitero Bansky o el escritor Eduardo Galeano. Habla de temas como la droga, los negocios "cuquis" y la inmigración. Y, sobre todo, nos hace ver que el urbanismo, la forma en que construimos y modificamos nuestras ciudades, es también una forma de re-elaborar nuestro modo de vida, nuestros hábitos de consumo, nuestra visibilidad social... En conclusión, quiénes somos y cómo nos unimos (lo cual me recuerda que este libro se financió gracias a un crowfunding), o cómo nos impiden hacerlo. En definitiva, un libro para repensar mejor el papel de las ciudades, y también el modo en el que fluimos dentro de ellas. Pensadlo cuando caminéis por la calle: ¿hace cuánto que no os preguntáis hacia dónde está yendo el barrio?¿Y hace cuánto no os preguntáis hacia donde queréis ir con él? Me despido, mientras lo meditáis, hasta la vuelta de la esquina.

domingo, 23 de abril de 2017

El libro de abril: "El joven Moriarty. El misterio del dodo".

Sofía Rhei es una persona a la que, a pesar de su juventud, le ha dado tiempo a hacer de todo. Desde asistir a festivales literarios a organizar cosplays de Terry Pratchett pasando, por supuesto, por haberse ganado una merecida fama de prolífica autora. En los últimos años, ha hecho un hueco en el mundo editorial, especialmente en el campo de la literatura juvenil e infantil, aunque también se ha sumergido en la novela para adultos, y el mejor ejemplo lo tenemos en la reciente "Róndola", un cuento de hadas atípico en el que se atreve incluso a introducir escenas eróticas (en breve, saldrá a la venta lo que ella ha definido como un libro-biblioteca, "Espérame en la última página", que algunos aguardamos con impaciencia). Pero en este caso, vamos a hablar la obra por la que seguramente más la conoce el público -quizás también algunos de vosotros-, la saga dedicada al joven Moriarty.

A lo mejor no necesito dedicar mucho espacio para convenceros de que debéis leer este libro. Quiero decir, si en el título veis escritas las palabras "Moriarty" y "dodo", ¿necesitáis alguna razón más para comprarlo? Sin embargo, para los que no hayan caído todavía desarmados, añadiremos un par de detalles. Es el primero del conjunto de novelas infantiles/juveniles que Sofía Rhei dedica a especular cómo fueron los primeros años de este futuro Napoleón del crimen, quien cuando crezca se convertirá en el archienemigo de Sherlock Holmes. En este caso concreto, la trama se desarrolla dentro de un ámbito familiar, el de la casa del joven Moriarty, donde la cotidianidad de los asuntos mundanos deja sin embargo entrever cómo de distinta es la personalidad de este precoz muchacho con respecto resto de sus compañeros de juego -y, por supuesto, de los adultos que le acompañan. Porque todavía es sólo un niño (y no Moriarty), pero nadie dijo que los tiernos infantes nacieran sin pecado original, y desde luego éste no es un niño cualquiera, y ya se va a encargar él de demostrarlo. Por otra lado, la novela tiene el atractivo de, debido a la época histórica en la que está ambientada, dar entrada a sugerentes y cautivadores personajes reales de su tiempo, con lo cual no os extrañéis cuando entre sus páginas halléis a Charles Darwin, a Charl Dodgson (a quien quizás conoceréis por su sinónimo de Lewis Carroll) y, por supuesto, acompañándole, a la niña que inspiró "Alicia en el País de las Maravillas"). En definitiva, la historia es una pequeña delicia que combina misterio, unos enrevesados juegos de niños, y humor alrededor de las costumbres y peculiaridades de la época (además, sale un dodo, ¿qué más buscáis?). Ideal no sólo para vosotros, sino también para regalar a un avezado zagal o a un adolescente, con la ventaja de que saber que, si os gusta, siempre podéis volver a por más. Y también podéis volver por este blog, como todas las semanas. Un saludo.

lunes, 10 de abril de 2017

El relato y la historia real de abril: "Merecen toda la suerte que el azar pueda darles"

Merecen toda la suerte que el azar pueda darles

Esta obra está inspirada en hechos reales que se relatan en el documental “Las cajas españoles”, en relación con el traslado de obras de arte desde el Museo del Prado durante la Guerra Civil.
Los diálogos y la manera de reflejar algunas situaciones son ficticias, especulativas o imaginadas, pues no conocemos a ciencia cierta cómo tuvo lugar el suceso original.
El contexto, por desgracia, es tan inmodificable como real.

        El cálido y tormentoso zumbido del motor se antojaba, a los milicianos, como el rugido durmiente de un monstruo marino que se hubiera zambullido en el frío océano con ellos en el interior de su panza. “Me pregunto si Jonás llegó a escuchar el ruido de la digestión dentro del estómago de la ballena”, meditó alguno de los hombres para sus adentros, sumergido en la oscuridad, mientras recordaba sus viejas lecciones en el colegio católico. No obstante, el Dios en el que no creía debió escucharle, porque nada más aquella breve ráfaga de duda teológica atravesó su cabeza, el rugido del vehículo se interrumpió y el camión se paró en seco, de tal manera que el frenazo les hizo golpearse los unos contra los otros. Algún individuo, incluso, asió instintivamente con más fuerza las armas que portaba consigo, y de hecho unos cuantos de los que se encontraban dormidos estuvieron a punto de ponerse a disparar, con el sobresalto, una ensalada de tiros en el interior del camión. Cuando se abrieron las puertas del monstruo, tenía pinta de que aquello iba a degenerar en una batalla campal. No obstante, las personas que aparecieron en la puerta del camión, dejando penetrar los tímidos rayos de luna, descolocaron a los ocupantes. Ellos esperaban a un comando del bando nacional, soldados entrenados con fusil el ristre que lo primero que hubieran hecho sería descerrajarles un par de tiros y dejarlos con las tripas abiertas como un pescado. En lugar de esto, lo que encontraron fue a un miliciano, muy similar a ellos, abriendo las compuertas del vehículo y cediendo el paso a un hombre con gabardina, gafas de lentes circulares, del grosor de un culo de vaso; el rostro era también redondo, a juego con las gafas, y el peinado estaba orientado hacia un lado, con raya y flequillo, proporcionándole aspecto de intelectual. El tipo de persona que no esperas encontrarte en mitad de una guerra, sino detrás de un despacho, y de hecho se le notaba bastante perdido. Su rostro revelaba un poso de preocupación, tanta como aire de oficialidad pretendía emanar su figura, aunque él mismo había de reconocer que no le salía muy bien del todo. A los hombres del camión, desde luego, les descolocó sobremanera. Estaban preparados para luchar, pero no para esto; para ver a ese hombre, plantado como un pasmarote bajo el frío y la fina llovizna, y por eso aflojaron la presión alrededor de los fusiles. El hombre de la gabardina intentó elevar la voz para que su mensaje llegara a todo el camión con tono estentóreo, pero le interrumpió un ataque de tos que lo hizo ininteligible. Luego, más tímidamente, proclamó:
            -Tienen ustedes que bajar y desocupar el camión. Háganlo cuanto antes, por favor.
            La estupefacción gobernó en primer lugar las reacciones, y eso propició unos cuantos segundos de silencio. Luego –y la manera comedida de expresarlo fue, sin duda, consecuencia de la educación con la que había formulado su solicitud el hombre de fuera del camión- uno de ellos se levantó e inquirió:
            -¿Quién es el que lo pide?
            El primero se mordió el labio inferior. A continuación, dijo muy serio:
            -El ministro de Estado. O sea, yo.
            Aquella declaración debería haber ido seguida de un trueno, pero en lugar de eso, cesó la llovizna. No obstante, el efecto fue igual de perturbador. Aún así, se veía que, con la explicación, los interpelados no habían quedado satisfecho del todo.
            -Pues será todo lo ministro de Estado que sea –proclamó el que había hablado antes-, pero con los fachas siguiéndonos los talones, ni aunque viniera aquí el mismísimo Marx iba yo a desalojar este camión.
      El hombre de la gabardina guardó silencio. Para sus adentros, barruntaba dos frases contrapuestas que replicar: “No tengo a Marx pero tengo a otra persona”, o “Esto es más importante que Marx; muchísimo más importante”. Sin embargo, la precaución venció a las ganas de discutir, y no dijo nada. En lugar de eso, hizo un gesto al miliciano que le acompañaba y le advirtió:
       -Tengo que hablar de este asunto con otras personas. Impida que arranque este camión –luego se volvió de nuevo hacia los que estaba dentro del mismo-. Volveré en seguida. No se muevan.
         El hombre se volvió entonces hacia atrás y se perdió de la vista de los sorprendidos milicianos. El único individuo que había hablado hasta entonces le pidió al que acompañaba al ministro:
          -Al menos abre las puertas del todo para que entre algo de fresco.
       El otro obedeció. Algunos aprovecharon para descender y salir de la oscuridad del camión, aunque la pálida luz reinante no era ni mucho menos un faro en mitad de la noche. Se encendieron unos cuantos cigarrillos. Otros salieron para desperezar las piernas, o para liberar necesidades a las que no habían podido dar salida durante aquellas largas horas dentro del camión. A pesar de que procuraban aparentar serenidad, los temblores de algunos (especialmente los más jóvenes) al encender los fósforos indicaban la tensión nerviosa a la que seguían sometidos. Un individuo más veterano les contemplaba con cierta benevolencia, la cual los primeros malinterpretaron:
        -¿Qué pasa?¿Por qué cojones estás tan tranquilo?¿O es que tú no tienes miedo de que nos atrapen los nacionales?
            El aludido sonrió con una punzada de (no sabía qué le dolía más) tanto de amargor como de ironía. Volvió la vista hacia la zona de carga del camión. Allí se acumulaban algunas provisiones, pero sobre todo armas y munición. Las llevaban con ellas por si pudieran servirles, pero el hombre se preguntaba si los franceses iban a permitirles portar con ellos ese arsenal, o se los requisarían nada más llegar a la frontera. Esas armas hubieran sido más útiles atrás, en todas las batallas perdidas, pensaba el hombre… Algunas de ellas, él las había vivido. El sabor de la derrota aún le dejaba un regusto en la boca a hiel… Ahora, en cambio, huían como ratas mojadas, en busca de un destino incierto donde a nada seguro se podían agarrar. Los más optimistas hablaban de aprovechar los vientos de guerra que soplaban por Europa para retomar la contienda, ahora desde el extranjero. Pero aquel hombre, que había visto tanto… No estaba seguro de si era posible. O mucho peor, si él tenía fuerzas para hacerlo.
            Para él, casi, que le cazaran las tropas nacionales ahora que la España que él había intentado salvar estaba a punto de morir, reducida a unos cuantos kilómetros que se iban empequeñeciendo cada día hasta convertirse sólo en una mota en el espacio, sería casi un alivio. Al menos, ya no tendría que seguir huyendo.
            Sin embargo, no tuvo que responder a sus compañeros. Todos los ojos se habían vuelto hacia el lugar adonde se había dirigido el ministro. Allí había un par de edificios, y, en frente de ellos, un par de coches dentro de los cuales se situaban, apiñados, varios hombres que discutían acaloradamente. La figura del ministro se reconocía entre algunos de ellos. Los milicianos volvieron la vista hacia la explanada. La carretera había sido cortada. Un camión que iba junto con ellos había quedado parado también. Varios milicianos y unos pocos policías de la República habían cortado la carretera y seguían deteniendo vehículos, siempre y cuando éstos fueran de gran tamaño. A los turismos, al menos de momento, los dejaban pasar. El retén que habían montado estaba enlenteciendo el intenso tráfico, provocado por una hilera de coches que parecían insectos huyendo a toda velocidad de un hormiguero en llamas. No obstante, la cosa se encontraba algo más despejada que por la mañana o a última hora de la tarde, cuando el caos y las riadas de coches habían colapsado completamente las carreteras. Ahora, el número de coches era mayor, pero la penumbra incrementaba la sensación de irrealidad, de absurdo. Aunque quizás el problema no fuera la noche, la desesperación o las familias que habían empaquetado todo lo que tenían y habían decidido marcharse a otro país. Quizás, simplemente, es que se tiene siempre esa impresión cuando llega el fin del mundo.
            -Mirad, algo se mueve –indicó uno de los que iban en el camión, y que llevaba un vendaje alrededor del brazo. Cuando volvieron la vista, los otros comprobaron cómo, en efecto, el que se había presentado como el ministro había salido de los coches, acompañado con otras personas. Entre ellas, el ministro discutía fogosamente con un hombre calvo, con bigote, de delgadez casi cadavérica, muy alto, que fumaba con frenesí un cigarrillo mientras daba pasitos nerviosos a uno y otro lado, como tratando de apaciguarse a sí mismo. Después de unos cuantos minutos de intenso debate, los dos hombres parecieron ponerse de acuerdo y se volvieron de nuevo hacia el camión. Junto a éste, empezaron a agolparse más milicianos, evacuados, heridos, procedentes de los otros vehículos que habían sido retenidos.
            -Me llamo Timoteo Pérez Rubio –afirmó el hombre delgado-. Represento a la Junta Central del Tesoro Artístico. En esos edificios –dijo señalando al lugar de donde provenía- tenemos ahora mismo guardados los cuadros y otras obras de arte que se han rescatado del Museo del Prado. Estamos llevándolas a Suiza, con el objetivo de guardarlas a buen recaudo, para así salvarlas de los bombardeos de la guerra. Primero fueron a Valencia, luego a Cataluña, ahora tienen que ir al extranjero. Un Comité Internacional nombrado por la Sociedad de Naciones nos iba a mandar unos camiones desde Francia para transportar las obras. Pero al ver el follón que había organizado en la frontera…
            Pérez Rubio obvió expresamente la palabra que se le pasaba por la cabeza, “desbandada”.
            -… al ver el caos, digo… Han decidido no acudir. Necesitamos todos los camiones posibles para desplazar las obras. Tenemos que requisar su camión.
            Se hizo un momento de cavilación entre los ocupantes del vehículo. Se estaban tomando su tiempo en procesar lo que les habían dicho.
            -¿Unas obras de arte?-preguntó uno.
            -¿Putos cuadros?-inquirió enajenado otro.
            -Les pido que se tranquilicen –solicitó mediador el ministro.
            -¿Qué cojones nos vamos a tranquilizar?-se incorporó el herido que había hablado antes, entre exabruptos-. ¿Quieren que nos bajemos aquí en mitad de la nada para dejar sitios a puñeteros cuadros?¿Saben cómo tengo yo el brazo?¿Y saben cómo le pasó esto?¡Me ha ocurrido en batallas en las que me partí el espinazo defendiéndome por ustedes!¡Por su gobierno!-golpeó con el dedo índice sobre el pecho del ministro.
            -Y ahora ese mismo gobierno le pide que le haga un nuevo favor a la patria-replicó el político, casi en un ruego.
            -¿Otro?¿Quiere más?¿Quiere que me abra las venas y le ceda mi sangre, acaso?¿Y todo porque quiere salvar unos putos cuadros?¿Y además, para qué?¿Qué va a pasar con ellos en Suiza?¿Se lo quedarán los suizos?¡Porque a mí eso no me parece muy patriótico!
            -No –agachó la cabeza pesaroso el ministro, para luego rechinar entre dientes. Le costaba dar el siguiente paso-. Lo más probable es que se los entreguen, cuando termine la guerra, al gobierno de Franco.
            Aquello fue la gota que terminó de desbordar la rabia.
            -¿A los fachas?-respondió colérico uno-. ¿Y eso es salvar las obras de arte?
            -¡Al menos permanecerán en España!-apretó los puños el ministro, quien no levantaba la vista del suelo-. ¡Al menos seguirán perteneciendo al pueblo español!
            Timoteo Pérez Rubio, mientras tanto, se había echado a un lado como si, una vez manifestado su alegato, ya no tuviera nada más que agregar y se colocara a un discreto lado de la conversación. Como pintor que era, le dolía escuchar que las obras de Velázquez o Zurbarán eran “putos cuadros”, pero lo cierto es que ahora se sentiría mucho más a gusto en su viejo estudio, con sus pinceles, en lugar de en este proyecto que le había quebrado la salud y la vida. Aunque fuera una responsabilidad de la que, como hombre y como artista, no era capaz de escapar.
            -Eso es una gilipollez –sentenció el miliciano herido-. No pienso moverme de aquí. Y mucho menos por… grabados o esculturas.
            El ministro levantó levemente los párpados para enfocar la mirada del miliciano. Visto lo que había, tomó una determinación, y giró la cabeza hacia Pérez Rubio:
            -Avísale.
            El representante de la Junta, solícito, se dio la vuelta y se dirigió hacia los coches.
      Mientras tanto, la situación se iba volviendo más violenta. Los milicianos no eran particularmente agresivos, pero habían pasado por mucho. Era de noche, era tarde. La fina llovizna había vuelto a caer. Ya casi no pasaba ningún coche por el retén. Varios camiones habían quedado varados, y todos ellos transportaban provisiones, armas y sobre todo, personas. Personas que sabían que si no se desplazaban al otro lado de la frontera, morirían o serían encarcelados. Y que se les agotaba el tiempo. Por eso se agolpaban en torno al ministro. No había ninguna sensación de amenaza física contra su persona, al menos de momento… pero tampoco ningún ánimo de claudicación.
            -¿Quién es ese que viene?
            Todo el mundo levantó la vista al frente. Allí, a lo lejos, procedente de la zona de los coches, vieron avanzar a un hombre. Era bajito. Vestía sombrero. Llevaba puestas unas gafas. Era algo entrado en carnes y avanzaba lentamente, de acuerdo a la edad que revelaban sus canas, y también a un aire cansado. Quizás se encontraba enfermo.
            -La madre que les parió.
            Dos o tres pegaron un respingo. Otros maldijeron en voz baja. Unos cuantos individuos aislados manifestaron signos ostensibles de cabreo o de sorpresa, pero la mayoría callaron, desconocedores de quién era ese individuo, aunque perplejos ante las reacciones de sus compañeros. Ninguno había visto a ese hombre en persona; eran pocos los que le habían contemplado en una tribuna, unos cuantos más los que le habían vislumbrado brevemente en los noticiarios que ponían antes de las películas, y algunos pocos más los que habían escuchado su voz por la radio. Una voz que ahora, mientras se colocaba junto a ellos y les tendía la mano uno por uno, anunciaba de manera rotunda:
            -Buenas noches. Me llamo Manuel Azaña, y soy el presidente de la República.
            A pesar de lo repetitivo del gesto, el hombre le dio la mano a todos y cada uno de los que estaban allí. Algunos lo recibieron con hosquedad, escepticismo o desconfianza, pero la mayoría se sintieron tan aturdidos que no pudieron ni hablar, o si acaso liberaron unas pocas palabras entre las que resonaron muchos “gracias” y unos cuantos “es un honor”. La mayor parte de esos hombres no había recibido la educación más elemental. Pensar que les diera la mano el máximo representante del estado era, para ellos, poco más que inimaginable.
            -Bien. De nuevo, muchas gracias a todos. Sé que están cansados. Sé que no es una situación fácil. Y también sé cuánto les cuesta lo mucho que les pedimos. Creo que el señor Pérez Rubio les ha explicado la situación. Verán, esto… es muy importante. Como sus vidas también, lo entiendo, y entiendo que han de velar por su supervivencia. Pero estas obras no pueden protegerse por sí mismas. Son el patrimonio inmortal español. Cuando nosotros desaparezcamos, seguirán estando ahí, proporcionando arte, pureza, grandeza, ilusión, a millones de españoles. Esto… no puede perderse. Vale más que cualquiera que nosotros. Les digo lo mismo que le dije al presidente del gobierno hace poco: si algo les pasara a estas obras, nos tendríamos todos que pegar un tiro. Nosotros podemos intentar movernos por nuestra cuenta: salvar a la República, a nuestras familias y a nuestras propias personas, de otra forma. Pero estas obras no tienen a nadie salvo a nosotros. Son nuestra responsabilidad. Les pido un poco de comprensión…
            Fue como si alguien hubiera tirado una piedra a un estanque y las ondas, pacientes y reverberantes, tardaran un buen rato en llegar con igual amplitud a todas partes. Después de un rato de reflexión, el miliciano del vendaje en el brazo dio un paso al frente.
            -Me llamo José Expósito. Y no soy el presidente. Ni tengo ningún cargo público. Sólo sé que me han herido mientras luchaba por la República. Y allí al fondo –señaló a uno de sus compañeros, al fondo del camión-, tengo a un amigo que perdió la pierna en la batalla del Ebro. Y lo que le quiero preguntar ahora –dijo aproximándose a escasos centímetros de los ojos de Azaña- es si entre esas obras a las que tenemos que dejar sitio y por las que nos obligan a bajarnos, hay vírgenes. Y santos.
            Sus ojos quedaron fijos, muy intensamente, con tono interrogador. Pero Azaña mantuvo el pulso de la mirada.
            -Sí, claro, por supuesto. Hay vírgenes, y santos. Algunos, realizados por los más excepcionales artistas de su tiempo, que pintaron y esculpieron vírgenes y santos porque era lo único que podían hacer si querían expresar su arte. Y también hay Goyas, y Grecos, y Boscos, y cientos de obras de las cuales somos responsables de que nuestros hijos las puedan contemplar.
            -Yo no he visto nunca ninguna de esas obras –replicó el miliciano.
            -Yo sí.
Interrumpió de repente un hombre, a quien nadie había escuchado decir nada en todo este rato. Todas las miradas se volvieron hacia él. El hombre, de aspecto humilde, ropas andrajosas, barba de tres días, se mostró tímido y azorado, apretando la boina entre sus manos.
-Una vez fui al Prado, cuando era pequeñito… No me acuerdo de casi nada, me llevó mi madre. Pero recuerdo las Meninas. Eran… eran inmensas. Parecían como si las figuras fueran de verdad. Era… como una fotografía.
De nuevo una piedra generando ondas en el estanque. Cuando sintió que el suceso había producido el efecto deseado, Azaña habló de nuevo, dirigiéndose a su primer interlocutor.
-Esto mismo es lo que le estoy diciendo. Comprendo que usted no pudiera ver esas obras. Seguro que no tuvo tiempo para desarrollar su educación, porque tuvo que trabajar desde pequeñito para sostener a su familia. Quizá porque nunca tuvo dinero para viajar, porque costaba mucho conseguir un pedazo de pan. Pero ése era nuestro sueño. Por el que luchamos todos, antes y ahora. El sueño de la República. Que todos los niños pudieran aprender y estudiar. Que pudieran hacerlo porque no tuvieran que preocuparse de que en su casa hubiera un plato en la mesa, porque éste se daba por descontado. Es el sueño que buscábamos. Ahora mismo, están cayendo las bombas encima nuestra, y si aterrizara una aquí mismo, estas obras se perderían para siempre. No deje que esto pase. Deje que esos niños del futuro tengan esa oportunidad…
El miliciano se estaba guardando la rabia, y el dolor, y las lágrimas dentro de los ojos, y la nariz, y del pecho, mientras el aire le brotaba furioso de las fosas nasales. El presidente se lo agradeció con la mirada, y volvió la vista hacia el resto. Las miradas de los milicianos eran de una mezcla de resignación, estupor, impotencia. Uno de los que estaba apoyado en el camión se retiró. Otro se fue bajando. A cada uno que descendía, Azaña le ofrecía la mano, le daba personalmente las gracias, cosa que también hacía el ministro de Estado, y también, con un apocado movimiento de cabeza, Pérez Rubio. Azaña, mientras tanto, no paraba de hablar.
-No saben ustedes lo que significa esto. España recordarán este gesto. Intentaré que les sea lo más sencillo posible obtener un transporte. A ustedes y a todos los que ahora mismo andan en este difícil trance. La patria tendrá en cuenta su dedicación. Este gesto, sépanlo ustedes, se estudiará en las escuelas. Se recordará siempre.
Los que se bajaban no respondían nada. Si acaso, agradecían las palabras con un movimiento de cabeza, o en cambio callaban, quizás porque no querían expresar su opinión acerca de si –después de tres años de guerra e ilusiones perdidas- realmente creían que la Historia se acordaría de ellos. Los más voluntariosos ayudaban a desplazar a los heridos. De los edificios salieron operarios que metieron, a toda velocidad, dentro del camión, grandes cajas y embalajes que contenían las obras del Museo del Prado. Alguna se veía que había sufrido cierto desgaste, incluyendo manchas oscuras que reflejaban cómo los bombardeos les habían afectado. Mientras tanto, encima de todos ellos -también de Azaña estrechando la mano a todo el mundo-, seguía cayendo la lluvia. No había a mano ningún paraguas.
-Repito, muchísimas gracias. España no lo olvidará. Yo no lo olvidaré. Ahora me tengo que ir, señores. A mí también me espera una penosa travesía para atravesar la frontera –dijo señalando a los atestados coches de donde procedía-. Les deseo mucha fortuna. Merecen toda la suerte que el azar pueda darles. Que a todos les vaya bien.
Azaña se alejó, junto con el ministro y Pérez Rubio, en la oscuridad de la noche. Los operarios terminaron de cargar el camión. El hueco (ahora lleno de cajas) del espacio para la carga, donde antes se hallaban ellos, contemplaba a los milicianos todavía incrédulos, observando el interior del camión desde el suelo. Las compuertas se cerraron. El retén fue eliminado, y la comitiva de coches arrancó. Los camiones se alejaron. Los milicianos se quedaron mirándolos, alejándose de ellos. Observados desde del camión, los milicianos abandonados hubieran dado al principio la impresión de un grupo de pequeños animales de quienes se alejaban volando sus madres. Más adelante, sin embargo, se volverían puntos cada vez más pequeños, hasta que no pudieran distinguirse del paisaje.
Desde el horizonte de la carretera, los que se habían quedado abajo parecían muy aislados. Muy perdidos. Muy solos.

Se pusieron a un lado de la carretera, para comprobar si veían algún camión pasar…

domingo, 2 de abril de 2017

La historia corta de abril: "Rompiendo el régimen"

La chica caminaba enfurruñada por la calle. A pesar de que se lo había pedido por activa y por pasiva a su madre, ella la había obligado, aún así, a bajar a por el pan. Y ahora, el delicioso olor de la barra recién horneada no hacía más que recordarle lo mucho que le costaba hacer dieta. En el momento en que peor lo estaba pasando, caminó al lado de un muro donde un cartel de estética evidentemente izquierdista mostraba una chica con el puño en alto reivindicando: “¡Rompamos el régimen!”.

La chica miró el cartel, miró pensativa la barra de pan, arrancó finalmente un extremo, y pegó un bocado. Reanudó el camino sonriente de vuelta al hogar.

lunes, 20 de marzo de 2017

El relato de marzo: Formas de cariño

Formas de cariño

            A pesar de todo, él le quería. A pesar de las ojeras. De la palidez pronunciada. De los signos de desgaste, evidentes en sus ojos. Aún así, el cachorro de gato le tenía en gran estima. Sentía debilidad por aquel niño humano, y mira que es difícil que un felino le pille cariño a un ser de otra especie. Pero habían permanecido juntos desde el nacimiento del cachorro, y el niño le había cuidado, acariciado, calentado a lo largo de aquellos tiernos y juguetones meses de existencia, transcurridos la mayor parte de ellos entre las paredes de esta casa. Por eso, el gato sintió una punzada de dolor cuando el niño, con muestras ineludibles de que Dama Muerte andaba tras él, se acercó a su mascota y le levantó entre abrazos.
          -No te preocupes, gatito. Yo voy a quererte siempre –expresó el niño, y no pudo evitar una lágrima-. Yo estaré siempre contigo. Nunca te abandonaré.
              El minino tampoco pudo reprimir un temblor de rabia e injusticia.
            Cuando llegó el aciago día, el gato lo sabía desde por la mañana. Al cabo de unas pocas horas, ya todo estaba dispuesto: el diminuto féretro, al fondo del cual no era capaz de verse (y a pesar de ello, todos sabían que estaba ahí) el cadáver del chiquillo, se encontraba allí, en el salón, con la tapa levantada. El cachorro podía observarlo desde su posición privilegiada sobre la mesa, donde ronroneaba sigiloso entre viejas fotos de familia e inútiles adornos cubiertos de polvo. A su lado, unos cuantos humanos que reconocía como los familiares del fallecido parlamentaban entre sí:
             -¿Estás seguro que debemos hacerlo?
            -Seguro –afirmaba rotundo uno de los hombres-. Él lo pidió expresamente antes de morir. Fue su último deseo.
          Y, nada más decir esto, en un movimiento preciso, agarró al gato de su menudo cuerpecillo y, contra su voluntad, lo introdujo dentro del féretro, encima del cuerpo.
              Lo último que vio el gato con sus ojos, mientras trataba con desesperación de desplazarse hacia arriba, fue la tapa del ataúd cerrándose sobre él.