martes, 27 de marzo de 2012

La historia real de marzo. Historias del metro (II).

Puede parecer sorprendente publicar esta (reflexión, opinión, como quiera que desee llamársele) sobre el 11-M un par de semanas más tarde del aniversario oficial del atentado. Entre otras razones, una de ellas (sin duda no la más importante) obedece al deseo de subrayar el daño que nos provocan acciones tan dramáticas como ésta no sólo en el momento en que se producen, sino después, conforme volvemos a los lugares donde se produjeron los hechos; cuando meditamos acerca de lo que hemos perdido. Cuando descubrimos lo que añoramos. Quizás esta entrada conmemore, más que nada, el aniversario de que alguien volviera a subirse a los trenes, y hubiera aspectos en los que se pusiera a pensar...


No hay muchas más palabras que puedan añadirse a las ya repetidas en tantos lados acerca de una sinrazón causada por un fanatismo absurdo y que ha provocado tanto llanto. Quizás, aparte de todas esas cuestiones, este conjunto de pensamientos pueda hacer referencia a personas que, por una circunstancia u otra (incluso por nuestra propia causa), perdemos de vista a lo largo del tiempo y que luego echamos de menos; o también a cómo nuestros propios sesgos o cerrazones puedan estar influyendo, de una manera más o menos grave, de manera negativa en la vida de los demás. En todo caso, sirve al menos como humilde tributo sobre un suceso sobre el que (como aquellos en los que se basan la mayor parte de las obras poéticas) nunca se debió haber escrito o hablado. Algo que, sencillamente, nunca hubiera debido pasar.

Espero que esta reflexión no os incomode, e incluso os conmueva u os llame al pensamiento. Nos vemos.


Mi novia me dice siempre que no me doy cuenta de en que mundo vivo: yo le respondo siempre que eso es porque ella es muy, muy observadora, o muy cotilla, eso ya cada cual como quiera entenderlo. El contraste definitivo entre ella y yo se puso de manifiesto cuando me contó esta historia:

Cuando voy en el tren de cercanías, camino de la universidad, me suelo fijar mucho en la gente que va conmigo. Al fin y al cabo, estamos saliendo, más o menos a la misma hora todos los días las mismas personas. De tanto verlas, acabo por recordarlas. Acabo por saber que están allí. Son, más o menos, mis desconocidos.

Por eso me pregunto qué ocurre con mis desconocidos cuando no me los encuentro. Si es que hoy estarán enfermos, si habrán tenido que salir más tarde, si han encontrado otro trabajo... Me pregunto muy a menudo qué pasó para aquella gente que, el 15-M del 2004, tuvieron que volver a coger otra vez la misma vía, tras aquel jueves fatídico. Me pregunto si se fijarían en los asientos vacíos, y se preguntarían si esa gente cuya cara les solía sonar ya no volverán a estar en esos asientos, o si les volverán a ver en un próximo viaje...

Por eso, cada vez más conforme más lo pienso, me fijo en mis desconocidos. Quiero localizarles, recordarles sus caras, memorizarles con todas sus letras, sus paraguas y sus abrigos, saber dónde están sentados, para que si un día les pasa algo, al menos alguien, en ese mismo tren, en ese mismo metro, sepa que ya no están allí...

Espero que si un día falto, alguien se acuerde de mí...

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