domingo, 10 de febrero de 2013

Celebración: 1 año de blog

Todo tiene sus cumpleaños, hasta esta página. Y dado que este blog viene a cumplir algo más de un añito, vamos a celebrarlo entregando -para aquellos que lo siguen y disfrutan periódicamente-, un pequeño regalito que quizás incluso pueda estimular a futuras y aún más interesantes lecturas. Se trata de la introducción de la novela corta "El troll", la cual, como sabéis, podéis adquirirla por un módico precio tanto en formato "epub" como "pdf" en peopleEbooks.com. Espero que, aparte de desasosegaros un poco (pues ésta es la principal misión de esta historia), os convezca lo suficiente como para que adquiráis el resto del libro.

Un saludo, que lo disfrutéis, y muchas gracias a todos los que acudís regular o esporádicamente a estas páginas y aportáis vuestra presencia e incluso vuestro valioso grano de arena en forma de comentario, o compartiendo alguna de estas historias a través de las redes sociales. Este blog, más que nunca, se debe a vosotros. Nos vemos.


El troll
Introducción

          Nos encontramos en mitad de Plaza Castilla, el nudo de comunicaciones más importante del norte de Madrid. Siete y media de la mañana: las calles y las aceras son iluminadas por un frío sol de invierno que alimenta los más negros nubarrones. La gente camina, de un lado a otro, deprisa, a grandes zancadas, en dirección a sus claustrofóbicos trabajos y rutinarias ocupaciones diarias. Es la marea humana: contemplada desde fuera, asemejan millones de hormiguitas furiosas que se desplazan sin sentido, pisoteándose unas a otras, tropezando a cada paso, pero en realidad, cada uno de estos individuos conoce perfectamente adónde va, hacia dónde se dirige, y lo hace con mirada fijada en el objetivo, sin tiempo que perder ni un instante, ni siquiera para plantearse, “¿Por qué?”. Contemplamos maletines, carteras de piel, abrigos, quioscos abiertos, gente que compra el periódico, un ciego vendiendo cupones, un mimo en mitad de la calle manteniéndose estático como el hielo, ejecutivos agresivos que acaban de decidir que hoy será su último día de vida. Y en medio de esta vorágine, de esa inmensa maquinaria urbana, nuestro hombre, un rostro más entre la multitud, decide situarse justo a un lado de las inclinadas Torres Kío, en una zona peatonal por la que pasan cada minuto varios cientos de personas, y, bruscamente, y aparentemente sin venir a cuento, se detiene.
            Escruta en ese momento al resto de los hombres y mujeres que se cruzan, como un enjambre zumbante de abejas, a su alrededor. Permanece callado, silencioso. Pasa desapercibido entre la muchedumbre, que no repara en este súbito cambio de ritmo. Porta un maletín en la mano, también una gabardina arrugada, humedecida a causa de la reciente lluvia. Se queda en un instante parado, y al hacerlo, parece como si la gente, de repente, esa misma gente que iba caminando delante de él hasta hace unos instantes, marchara más y más deprisa, ahora a cámara rápida, es como si acéleraramos el vídeo, y entonces, nuestros movimientos, los más cotidianos, aquellos en los que creemos con más firmeza y que con tanta convicción realizamos, se vuelven cómicos y graciosos. Efectivamente, son graciosos, reflexiona nuestro hombre, el cual aprieta ahora una tecla de ese mando imaginario que blande en su mano: ahora marchan todos para atrás, la gente sube de espaldas los escalones del metro, el ciego entrega una moneda y el cliente le devuelve un cupón, la ropa interior tendida que vuela y que cae, vuelve a ascender hasta arriba. Y en ese momento, nuestro hombre, toma una intrépida decisión. Avanza lenta, muy pausadamente, hacia el centro de la plaza, en mitad de las dos inmensas torres inclinadas, y se queda parado de nuevo. Levanta la mirada hacia arriba.
            Y comienza a otear un punto fijo en el cielo.
       Al principio, no pasa nada. La gente sigue a sus cosas, no tiene tiempo para detenerse; el desconocido comprueba cómo los caminantes pasan de largo, y él pasa, como todos los días, inadvertido. Pero poco a poco, algunas personas van elevando la vista, encuentran a nuestro hombre, e interrumpen sus actividades para observarle. “Qué le ocurre”, se preguntan. “A qué está mirando”, se escaman. El cielo es azul, allí arriba en la inmensidad no hay nada, “¿Qué sigue aquel tipo con la mirada?”. Quizás esté parado sin más, postulan algunos. Pero no puede ser, nadie se queda detenido sin más observando el cielo, ningún hombre en su sano juicio lo haría, Quizás esté buscando algo, arguyen ciertos individuos, O ya lo ha encontrado, se responden otros. Y la gente le mira, se queda parada, si le vieran con otra pinta, una gabardina raída o unos pantalones plagados de sietes, probablemente no lo harían, se susurrarían, “Será un loco”, “Vete tú a saber lo que mira”, “Y yo qué sé”, lo despacharían de su mente a un lado, pero en este caso, éste parece un hombre normal, con su abrigo y su corbata, con su cartera y sus gafas, él no es nadie, un ser anodino y gris más de los que tanto abundan en la ciudad, con lo cual él es, sin embargo, y por tanto, él es, aunque queramos negarlo, Uno de nosotros. Y por eso, la gente se queda parada, cada vez más personas se acumulan en torno al desconocido, contemplando el mismo punto invisible del cielo, escudriñando bajo las nubes la misma respuesta, y esas personas se llevan la mano a los ojos, protegiéndose de los aún tenues rayos solares, y resisten las rachas frías de viento, y mientras tanto siguen buscando; alguno, más avezado, cree haberlo encontrado, o al menos quiere fingir haberlo hecho, levanta la ceja, pero luego, al contemplar los rostros ensimismados de los demás, comprueba que tampoco ellos ven nada, y por eso, abandona su actitud de superioridad, vuelve a agachar la cabeza, y a otear con el rabillo del ojo el horizonte. Y cada vez se acumula más y más gente, y cada vez, hay más personas en tropel, veinte, treinta personas en mitad de Plaza Castilla, en pleno centro de este universo de granito, en el punto clave del mundo, y entonces, sin mediar palabra, y cuando cree que ya es suficiente, nuestro hombre se marcha. Algunos, los primeros, se quedan estupefactos, pero los que llegaron más tarde, los que ya se encontraron el corro dispuesto, no saben qué importancia puede tener este hombre, aparentemente insulso y anónimo, en la formación de un hecho tan singular, y por eso, continúan escrutando el cielo, como si nada hubiera pasado. En ese momento, un hombre, un camionero que baja a descargar su pedido de bollos industriales frescos, recién amasados, se queda admirando el conjunto, incluyendo al mimo (el cual, no se sabe muy bien si por sentido de la imitación o por simple curiosidad, se halla inclinado hacia adelante, y persiste en la búsqueda del mismo punto que los demás), y se echa a reír. Lo hace de manera estentórea, insultante, ofensiva. Uno de los individuos entre el grupo de los que miran, un señor calvo, con bigotito, con el pelo blanco y gafas, abandona entonces su concentración (ponía cara de gran esfuerzo, como de ratoncillo, buscando averiguar qué lo que todos los demás miraban) para girar la cabeza, y con la boca torcida, alcanzar a lanzarle un exabrupto al camionero:
            -¿Y usted de qué coño se ríe, eh?¿Tiene usted algún problema?¿Es que se lo pasa bien riéndose de los demás?
El camionero, sin embargo, continúa carcajeándose a mandíbula partida. Desde el grupito, algunos componentes del mismo comienzan a mostrar expresión de enfado, sintiéndose evidentemente ultrajados, otros en cambio, más solidarios con el camionero -quizás porque tienen hambre y él lleva dulces-, parecen, entre murmullos, considerar mucho más levemente la ofensa. El hombre con cara de ratoncillo no duda en encararse con el camionero, al mismo tiempo que se va acercando hacia él.
            -¡Pero bueno, qué se ha creído!-le grita rabioso, todavía humillado en su fuero interno por no ser capaz de ver lo que todos los demás estaban mirando, él nunca pudo visualizar una sola imagen del Cuadrado Mágico, nunca completó el cubo de Rubick sin cambiar las pegatinas de sitio, no fue capaz de subir más de tres nudos en la cuerda, y por eso los demás niños se reían de él-. ¡Cerdo... grasiento!
            Y entonces la expresión del camionero se modifica súbitamente. Suelta de pronto la caja repleta de comida que llevaba en las manos, haciendo que los donuts que portaba en la misma caigan aplastados por el impacto contra el suelo, y se eleva las mangas para levantar el puño ante el hombre, el cual, sorprendido ante la inmediatez del gesto, tan sólo acierta a esgrimir en su defensa, “¡Llevo gafas, llevo gafas!”.
            Y en un instante, los hechos se precipitan. Ofendidos del grupito de mirones se arrojan en defensa de su compañero, mientras que los que más se identifican con la causa del transportista se acercan a separarles, y poco después, al empezar a recibir bofetones, acaban por ponerse de parte de él. Los niños que se encontraban de camino al colegio interrumpen su trayecto para abalanzarse oportunos sobre los redondos dulces rodantes, sin importarles los gritos iracundos e impotentes del camionero, al tiempo que cientos de golosinas son pisoteadas bajo el impulso irrefenable de este elefante humano el cual, ahora más que nunca, parece estar arrasando con una cacharrería. En medio de todo esto, entre los gritos y la guerra, tan sólo se escucha, por encima de ellos, al hombre del principio gritando, “¡Llevo gafas, llevo gafas!”, mientras contemplamos cómo hasta la cara del mimo, a pesar de llevarla pintada de un blanco inmaculado, acaba enrojeciendo a fuerza de tortas.
Al otro lado de la plaza (o del mundo), nuestro hombre, muy lejos ya de todos estos acontecimientos, se encuentra justo a la entrada del metro, dispuesto y preparado para penetrar en el mismo, aunque haciendo una última pausa antes de realizar este acto. Se vuelve entonces muy lentamente, analizando con un impenetrable silencio el panorama que ha creado, y mientras la policía llega, y todo el mundo en este pequeño centro del universo madrileño concentra su vista en el caos que se ha organizado en su más íntimo interior, el desconocido simplemente sonríe, edificando una breve y sutil línea en su cara, se da la vuelta de nuevo, y desciende resueltamente por las escaleras del metro.
            A su espalda, sin embargo, y conforme la policía comienza a detener a gente, y a recibir también bofetadas como si se tratara de un ciudadano más, comienza la tercera guerra mundial...

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