lunes, 10 de marzo de 2014

La historia corta de marzo: Historias del metro (8)

Ésta historia me la contó un pajarito. Os la dejo aquí, tal cual me la entregó. Los buenos regalos hay que tratarlos con cuidado. Un saludo.

Viernes tras viernes, a la hora de comer, de vuelta a casa tras el trabajo, los veo. Están en uno de esos pasillos que ven pasar riadas inconmovibles alternas con periodos de silencio, como un cruce de semáforos. Sentados,  no se los ve, hasta que te preguntas de donde viene la música. Es un hombre el que toca, sentado en un pequeño taburete, con un atril que sujeta pentagramas llenos de líneas para mí indescifrables. Acaricia las cuerdas del violín, nada destacable, suena… afinado. A su lado, una mujer, de su misma edad, o similar, compartiendo arrugas y apenas un metro cuadrado de una estación suburbana. Su esposa, piensas, que le acompaña allá donde va, por amor, por obligación, por no quedarse sola, ¿quién sabe?. Allí están los dos, él ligeramente volteado dando la espalda a su compañera, quien mira con tristeza a los viajeros que pasan. Eso es lo que me transmite, agotamiento, tristeza, pesadumbre, hastío, a pesar de ser capaz de tocar un instrumento difícil, de esgrimir notas y hacerlas volar por encima del rebaño, haciendo que empapen a algunos de los que pasan sin ver. Quizá me gustaría conocer su historia, pero tengo prisa. O me da miedo saberla. 

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