domingo, 17 de agosto de 2014

El relato de agosto. Introducción a "En la noche de la ciudad sin náufragos"

Aquí os dejo, como relato del mes de agosto, para abrir boca, la introducción y un fragmento del primer capítulo de "En la noche de la ciudad sin náufragos". Recordad que podéis adquirirlo en Amazon, donde forma parte de un concurso que dura hasta el 30 de agosto, y donde vuestras compras, opiniones y valoraciones van a jugar un factor clave en la posibilidad de que sea publicado en papel. Como podréis ver, esta sección deja más lugar para preguntas que para respuestas, pero espero que eso precisamente os sirva de acicate para adquirir el libro (que está a un precio baratito, para que sea asequible) y, con un poco de suerte, que os lo leáis y os divirtáis con él. Recordad también que tenemos un concurso relacionado con la novela en marcha, y es que aquel que consiga adivinar qué tres personajes se encuentran parcialmente inspirados en actores de Hollywood (y en cuáles), recibirá un ejemplar gratis del próximo libro que publique en cualquier formato. Un saludo, y pasad feliz verano, o lo que os quede de él. Nos vemos en la última página.

EN LA NOCHE DE LA CIUDAD SIN NÁUFRAGOS.


Walked out this morning
Don't believe what I saw
A hundred billion bottles
Washed up on the shore
Seems I'm not alone at being alone
A hundred billion castaways
Looking for a home

                                   The Police. “Message in a bottle”


Ningún hombre es una isla.

John Donne. Esta frase precede a la famosa oración en la que se basó Hemingway para el título de “Por quién doblan las campanas”


Todos estamos en cierta medida perdidos,
solos, olvidados, aislados del mundo.
No encontrarás una esquina sin un hombre a la deriva.
La única ciudad en la que no hubiera náufragos,
sería una en que lo fuéramos todos.

Poema anónimo del siglo XIX.
Se discute su origen británico, italiano, o cretense.




            La noche era fría y húmeda. Los pasos resonaban excesivamente sobre el asfalto salpicado de charcos del callejón oscuro, en el cual tan sólo se escuchaba, aparte de esto, el sonido de los pocos automóviles que circulaban por esta zona de la ciudad. Las gotas de agua de color grisáceo se deslizaban con resignación irremediable desde las bocas de los canalones oxidados hacia el sórdido suelo, mientras las luces de las farolas se mantenían fijas sobre un cielo sin estrellas en el cual los cables de alta tensión servían como único punto de referencia para localizar dónde está el norte. Una aurora boreal brillaba en el cielo, debía ser la quinta en las últimas dos semanas: a las dos de la tarde hubo otra, es lo que tiene que la noche dure seis meses. El silencio tan sólo se veía interrumpido por el escandaloso sonido de las ambulancias cruzando a toda velocidad con sus luces frenéticas y agonizantes. Pero los que avanzaban por esa calle –en número de dos hombres y una mujer- no volvían la cabeza para verlas pasar. Ya estaban sobradamente acostumbrados.
            -Me encanta la zona donde tú vives –dijo la mujer-. Siempre he pensado que, cuando me jubilase, iba a comprarme un pisito en un barrio como éste.
            -Pues aún estás a tiempo. Si me haces una buena oferta te la vendo. Sin ir más lejos, el otro día me llamó un tipo por teléfono para ofrecerme una millonada por él.
            -Tú estás majara.
            -¡No, en serio! El tipo va, me dice que no, que no le conozco de nada, pero que le interesa mi casa. Y que está dispuesto a pagarme un gran precio.
            -¿Y tú que le dijiste, Rockefeller?-inquirió irónico el otro hombre.
            -Que me lo pensaría. No me apetece demasiado mudarme, pero uno nunca puede dejarse ninguna puerta cerrada. Menos aún según que puertas.
            -Ya. Pero ahora mismo vale mucho más un trozo de terreno seguro, que un dinero que no sabes si en los próximos treinta minutos va a dejar de tener valor.
            -En eso es en lo único en que te voy a dar la razón a lo largo de la noche.
            -No me toques las narices, capullo.
            -Joder, vaya noche de mierda, qué frío hace.
            -¿Qué tal la fibrilación auricular de la cuatro?¿Qué tal la habéis encontrado?
            -Bastante inestable. Es refractaria a los antiarrítmicos, y tiene un par de trombos en la aurícula que corren cierto riesgo de desprenderse.
            -¿Y la familia?
            -Eso no lo sé. Ha sido una noche tan desquiciante que casi no he podido pasarme por allí. Aunque por lo que he oído eran una panda de histéricos. De todas maneras, no creo que yo lo hubiera estado menos. Hoy tenía al borde de la muerte a dos malarias, una tuberculosis y un par de fiebres de causa desconocida. ¿Y sabéis que era lo más curioso de todo?
            -¿Qué?
            -Que una de las malarias era un groenlandés.
            -¿Un groenlandés?¿Groenlandés, groenlandés?
            -De padres groenlandeses. Un auténtico nativo, vaya.
            -Ya está empezando a afectarles hasta a ellos
            -Sí que les afecta, lo que pasa es que cada vez es más difícil encontrarlos.
            -Todo era mucho más fácil cuando había especialidades médicas.
            -Sí, claro, todo era mucho más fácil.
            Llegaron finalmente hasta uno de los portales, y la mujer y uno de los hombres saludaron al que se apoyaba en la reja de la entrada.
            -Buenos, chicos, ésta es mi parada. Siento tener que dejaros.
            -De acuerdo, Michael. Duerme bien lo que queda de noche. Saluda a Cynthia de nuestra parte.
            -¿Sigue quedándose despierta para esperarte?
            -Al principio lo hacía todas las noches. Luego aflojó un poco el ritmo, y ahora sólo lo hace tres de cada diez veces.
            -Yo te hubiera mandado ya a la mierda el primer año.
            -Yo también te quiero muchísimo –respondió sarcástico el hombre. Para a continuación añadir-. Hasta luego, chicos. Mañana será otro día.
            -O no lo será –contestó su compañero. El hombre se rió, aunque lo hizo en un tono algo falso. El chiste podía provocarle la réplica los primeros seis meses, pero después de contemplar cómo esa predicción iba adquiriendo mayores visos de realidad por momentos, ya no le producía ninguna gracia.
            -Buenas noches, amigos –persignó una última despedida, pues a pesar de todo esto, eran muy buenos amigos, y era una noche agradable. Luego se volvió, adentrándose en la oscuridad de la sombra del portal, y sacó las llaves para abrir las cerraduras. Accedió al interior del edificio.
            Tras un breve y cotidiano receso para mirar el correo (como siempre, y a pesar de todos los esfuerzos para sacar y movilizar las llaves, no había ninguna carta), apretó el ascensor y esperó un largo rato hasta que éste llegó hasta abajo. Mientras aguardaba, exhaló un aburrido suspiro. Luego se abrieron las puertas, y pasó a la cabina.
            Mientras el ascensor recorría las numerosísimas plantas, estuvo jugueteando con las llaves, y se acordó de que hubo un tiempo en que los ascensores le inspiraban malas sensaciones. Una fobia pasajera la denominó el psicólogo, se le curó tras unas cuantas sesiones. Decía que hasta ahora había conocido pocos casos. Todo lo excepcional se había comenzado a hacer extremadamente común, en los últimos tiempos.
            El ascensor realizó su última parada. Pasó por el rellano con paredes de mármol, y provocó el giro de las llaves hasta cinco veces, una por cada una de las cerraduras que protegían su casa. Pasó al vestíbulo, y encontró luces encendidas. Pobrecita, se dijo a sí mismo. Se ha vuelto a quedar otra vez dormida.
            -¿Cariño?-breve silencio-. ¿Dónde estás? –resonó la voz como el eco provocado desde lo alto de un precipicio-. ¿Cariño?
            Recorrió con paso cauteloso las luces encendidas del salón, y luego el pasillo. Pero éstas se encontraban apagadas. Depositó finalmente las llaves sobre el taquillón de la entrada, y recorrió la pequeña casa hasta el dormitorio. Pero allí sólo encontró la cama hecha, y a ninguna persona en su interior.
            -¿Cariño? Venga, deja de jugar. No me hagas la broma de salir detrás de la puerta y darme un susto. ¿Dónde estás?
            Pasó de nuevo al salón. Una mesa de cristal; cuadros de pintores impresionistas; muebles post-modernos absolutamente impersonales. Las luces seguían encendidas, apenas un par de folletos publicitarios sobre la mesa. De repente, el silencio más absoluto reinante le causó tal desasosiego que no pudo reprimir un escalofrío. Cada vez más preocupado, no tuvo más remedio que volverse hacia los elementos culpables de esta ausencia total de sonido.
Las ventanas de cristales aislantes.
Avanzó lentamente hacia ellas. A través de los vidrios transparentes, podían contemplarse las luces destelleantes de los rascacielos de la ciudad, y la larga distancia que separaba estas luces del suelo. El hombre, muy lentamente, abrió las ventanas.
El sonido del aire corriendo, y del movimiento de los coches, a pesar de no ser ni mucho menos estrepitoso, le inundó los oídos con la misma fuerza que las ráfagas de viento que invadían la terraza con la velocidad imparable de la hoja de una espada. Consumido por un temor insistente, Michael fue recorriendo la superficie de frías losas a un paso muy lento, movimiento a movimiento, apoyándose en en la barandilla con mano de hierro, como si tuviera el presentimiento de que se iba a caer. Cuando llegó al extremo de la misma, no encontró nada nuevo. Seguía sin haber nadie en el exterior. Apoyó los brazos exangüe, como tomando el aire o recobrando el equilibrio, sobre la estrecha superficie de la barandilla. Se sentía mareado. Contempló la inmensa altura, y las luces de neón que lo recubrían todo, como una fina capa de nieve, hasta donde abarcaba la vista. Los edificios le impedían mirar el suelo.
Comenzó a resonar el ruido tenaz de algún claxon que se resistía a dejar morir su sonido. El hombre mientras tanto, desde arriba, apoyaba la cabeza entre los brazos, se ocultaba el rostro con ellos, y empezaba a sollozar...


CAPÍTULO I

El hombre abre los ojos en mitad de la madrugada y mira hacia el techo. Sabe que ya no podrá dormir de nuevo.
No enciende ninguna luz. No emite sonido alguno. Tan sólo se yergue, se queda sentado sobre la cama, y contempla el mundo exterior a través de la ventana, allí, en la fría oscuridad.
Las calles están mojadas, la noche serena. Afuera se encuentra aparcado algún coche destartalado y medio podrido. El hombre sueña despierto con que sale de su casa, aún en pijama, se introduce en el auto y lo hace arrancar. Pero incluso en el sueño, sabe de sobra que no podría. Esa máquina debe llevar años sin funcionar; ha estado aparcada delante de su casa siglos eternos, y si no la retiran de la acera tan sólo hay que agradecerlo a la falta de interés del ayuntamiento, o a la desidia de su personal. Ni siquiera debe tener motor, las piezas deben estar repartidas ya en varias tandas en cualquier punto del mercado negro.
Pero hubiera sido bonito. Sería, en cierta medida, como un retorno a la infancia. Cuando las cosas eran distintas, y los coches podían funcionar.
Por fin cantó el gallo. El hombre encendió la luz de una vela.
Comienza otro día en la gran ciudad...

(CONTINUARA...)

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