lunes, 23 de noviembre de 2015

El relato de noviembre. Cuentos fantásticos (IV): La venganza y la daga

La venganza y la daga

            Agarré el mango de marfil de la espada, con todas mis fuerzas. Luego, comencé a repartir mandobles a diestro y siniestro.

            Los enemigos caían a mi alrededor, como moscas, a un lado y a otro. Mis cuchillas no tenían piedad ante unos enemigos que lanzaban su postrer estertor en un último alarido, sorprendidos, además, porque les hubiera derrotado una mujer.

            Yo mismo lo pensaba, en ese momento, mientras me abalanzaba y posteriormente saltaba por encima de ellos, mientras les hería de muerte con mi sable: no hay muchas mujeres piratas: los corsarios no suelen tomarnos en serio... Pero en mi caso era distinto. Era mi caso me respetaban, y era porque había dado pruebas de lo que era capaz de hacer. Y en estos momentos, me disponía a llegar al culmen de mi carrera. Iba por fin a acabar con Lord Swift, el asesino de mi padre... Mi venganza, por fin, quedaría consumada...

            Me batí con lucha y arrojo; degollé enemigos hasta que la sangre cubrió con una pegajosa capa toda la cubierta del barco. Había en el horizonte una aplastante superioridad en número de mis hombres; no cabía duda, estábamos ganando. Me deshice -dejando como consecuencia a un par de paralíticos tras un agudo tajo en la columna vertebral-, de dos rufianes que trataban de impedirme el acceso al camarote del almirante. Abrí la puerta de una patada.

            Allí estaba: era Lord Swift. Pero lejos de estar acobardado, o de pretender defenderse con su pistola, se reía. Se reía en una mueca infame, que yo llevaba demasiado tiempo contemplando.
            -Es tu hora...-le dije yo.
            Y el muy cabrón siguió sonriendo.
            -No es mi hora, capitana Solsa. No lo vas a lograr.
            Blandí mi espada aún con más fuerza.
            -¿Ah, no? No te veo sable, ni armas de fuego, ni nada con lo que defenderte. ¿Cómo vas a librarte de esto, maldito?-le imprequé, agitando mi arma de un lado a otro.
            Y entonces Lord Swift, con una mezcla de cinismo y de conmiseración en su mirada, me respondió:
            -Capitana Solsa... Sé que eres una mujer letrada. Sé que tu padre te enseñó a los grandes filósofos. Supongo que habrás oído hablar de Platón.
            Yo no entendía nada. De fondo, seguía resonando el rugido de los cañones, el restallar de los sables imponiendo la única ley con la que yo sabía vencer. Y este tipo me venía con gaitas filosóficas.
            -¡Te voy a matar!-bramé a Swift, intentando que se defendiera por fin como un hombre.
            -Platón –prosiguió a él-, como seguramente recuerdas, defendió la existencia de dos mundos. Uno real, auténtico, lleno de vida, y uno falso, creado por nuestras erróneas percepciones y sombras engañosas.
            Swift se acercó a mí. Por algún extraño motivo, y aunque durante años había sido mi primera prioridad hacerlo, no fui capaz de ensartarle la espada.          
            -Pues te voy a decir algo, capitana Solsa. Te voy a revelar el sentido de la vida, nuestra vida... Nosotros somos el mundo falso.
            Y sonrió levemente.
           
            Me puse furiosa de golpe.
            -¡Deja de decir tonterías!
            -No me matas porque sabes que es verdad, capitana Solsa... En el fondo eres consciente de que tú y yo no somos nada más que una ilusión. Una fantasía que nos imagina alguien que quiere disfrutar de nosotros. Solsa, nosotros no tenemos vida, más allá de las que nos quieran crear... No malgastes estos últimos minutos enfrentándote a mí, cuando no te va a servir de nada.
            Negué con la cabeza.
            -¡No, eso es falso!¡Todo lo que dices es mentira!
            -Lo sabes, Solsa, pero te niegas a creer... Quieres aferrarte a tu mundo, a tu pequeño mundo, considerar que todo esto es verdad, que la venganza por la muerte de tu padre tiene algún sentido... cuando en realidad esta venganza se repite, una y otra vez, constantemente, incluso aunque me mates, simplemente con que alguien decida apagar o encender un botón...
            Y yo deseé en esos momentos, más que nada en este mundo, coserle la boca a balazos a Swift para que se callara. Pero me di cuenta, desgraciadamente, de que no podía hacerlo. De que me encontraba inmovilizada. Comencé a llorar abiertamente. Comencé, por primera vez en mi carrera como criminal, a derrumbarme...
            -Solsa, por favor... ¿Quieres que te enseñe quién eres tú, quien soy yo en realidad?
            Y yo asentí, asentí llorosa con la cabeza. Y entonces Swift volvió el espejo, que hasta entonces había situado contra la pared, un espejo de cuerpo entero. Y contemplé mi auténtico rostro.

            Un chaval, de tan sólo trece años, con gafas, algo gordito, con una camiseta negra, sentado delante de la televisión, jugando con su videoconsola, y que me contemplaba a mí, con indiferencia, mientras yo lloraba, y ambos entrecruzábamos nuestras miradas...

            Y entonces tiré la espada, y tiré la daga, y desaparecimos yo, Swift, y todo rastro de nuestros barcos...

            Sollocé apesadumbrada hasta que cogí de nuevo mi espada, para, una vez más, vengar a mi padre...>>.



            -¿Qué te parece?
            Le pregunté yo al editor. Y el me respondió:
            -No está mal. Muy interesante. Me gusta ese giro final. Creo que te lo publicaremos en la revista.
            Me regocijé para mis adentros. Aquel dinero me vendría muy bien para las próximas semanas. Mientras el editor firmaba el cheque, me comentó:
            -¿Sabes?, a propósito de este final, he escuchado hace poco una teoría. La ha propuesto un físico: los físicos son gente muy rara, ¿sabes?, yo nunca me fío de ellos, digo que hay que tener cuidado, porque son los únicos que saben de qué está hecho el universo... En todo caso, cuando se meten en campos que no son el suyo, suelen revolucionar al personal, y este tipo lo ha hecho. Ha propuesto una teoría sobre los viajes en el tiempo. Dice que, en el futuro, quizás la gente quiera viajar hacia el pasado, pero no los científicos o individuos seleccionados, sino la gente normal, la de la calle, y que cada uno de ellos creará simulaciones en las cuales ellos mismos serán los protagonistas, mientras que el resto del mundo constituirá una inmensa simulación. Imagínate, viajar a la Roma de Trajano, a la Grecia de Pericles, batallar o habitar en la corte en la Edad Media... Pero dice también que incluso, podrían hacerlo viajando al tiempo actual. Y que de ser así, a lo mejor buena parte de nosotros no somos nosotros, sino que somos gente venida de otro tiempo que están aquí, pasando el rato. Simulaciones. Y puestos a preguntarnos, podemos incluso inquirirnos si en realidad hay una mayoría de seres reales circulando por el mundo, o si lo más abundante son las simulaciones... Una posibilidad estremecedora, ¿no crees, John?
            Como toda respuesta, me encogí de hombros. Yo tenía mi cheque, y eso era lo que me importaba. Me despedí brevemente de mi editor, y salí a la calle.

            Y conforme caminaba, y pasaba por la marabunta que es la gran ciudad, con toda esa inmensa cantidad de gente caminando arriba y abajo, que parece que no saben donde van -asemejando una tremenda marea sin dirección ni sentido-, pero donde cada uno conoce sobradamente su propósito, me sentí bien, allí, yo, la única persona real, entre todo un mundo de ficciones, entre todo un conjunto de simulaciones, lo pensé así, como posibilidad teórica, sólo yo era real, el resto no era nada más que un espejismo a mi alrededor, una serie de personajes edificados para interaccionar con mi vida, imaginando que el panadero no tenía existencia, sino que su única existencia era inmiscuirse en la mía... Y me sentí feliz, así, caminando entre las sombras, sintiendo que nada existía, nadie más excepto yo...


            Y entonces el editor de la revista abrió la ventana, me contempló, sacó el mando, sonrió sarcásticamente, y apagó mi programa. Desaparecí de la calle, sin que nada ni nadie se diera cuenta de lo que había ocurrido...

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