lunes, 19 de junio de 2017

El relato de junio. Relato aleatorio: "Eso no se..."

Ya sabéis que, de vez en cuando, a un grupo de indocumentados y a mí nos da por elaborar relatos aleatorios a partir de un par de premisas iniciales. Nuestro sabio líder (oh, líder), gurú de los relatos aleatorios, nos impuso las siguientes condiciones:

- Un personaje se está vistiendo, pero la acción deriva en otra cosa.
- Un viejo amigo vuelve.
- Parte de la historia se sitúa en una tumba.

Y ésto es lo que yo he pergeñado. A ver si os convence:


Eso no se…

            “Tantos años con la oscuridad constituyendo mi mejor amiga y aliada, y ahora, ¿voy a tenerle miedo? No, por supuesto que no”, me digo a mí mismo.

            Y, si lo tengo tan claro, ¿por qué tiemblo?

            Al fin y al cabo, siempre guardé de ello consciencia lúcida: no hay que tenerle miedo a lo sobrenatural. Hay que albergarles, en cambio, pánico a los hombres. Y la consecuencia lógica de todo esto es que yo también puedo hacer temblar. Por eso siempre he preferido ser, antes que presa, cazador de almas. Y la otra persona que ocupa este espacio es –o era, mejor dicho- muy consciente de ello. Después de todo, fui yo el que deslicé el veneno en su copa.

            Aún así, desplazarme a través del pasadizo en dirección a tu última morada, tu lugar de descanso eterno, como la repetida fórmula suele pronunciarse, me produce cierta sensación de incógnita, de desconcierto. Quizás porque yo –como hombre previsor, precavido, prevenido-, acostumbrado a leer tantas veces los protocolos y fórmulas de cada una de las acciones de las que me toca formar parte, desde el boato de los desfiles hasta las instrucciones de las ponzoñas, me siento desnudo al tener que manejarme en esta tradición que, en palabras de los propios sacerdotes de Ofir, “nadie ha escrito, nunca se ha revelado al pueblo. Está destinada a ser revelada sólo a aquel que va a convertirse en faraón. El encuentro con su antecesor, dentro de la tumba de este último, constituye un instante mítico, sagrado. Nadie debe saber que va a ocurrir, salvo los iniciados en los grandes misterios de la ultratumba. Tiene además una función de seguridad: no queremos que nadie que no deba se acabe encontrando aquí”. Y aunque esta última afirmación en parte me consuele, y me convenza, no termina de reconfortarme del todo. Quizás por eso mis pasos hacia la parte más inferior de la pirámide sean veloces e incontrolables. Quizás por eso no puedo parar de temblar.

            La cosa se calma un poco, sin embargo, cuando diviso tu sarcófago. Ahora, hijo de Amón, ya no puedes salir de este sitio. Con todo tu prestigio y tu omnipotencia, te ves ahí, reducido a contenido de una simple caja. Desde donde estoy ahora mismo, donde no existe ni el tiempo el espacio, te puedo hacer el chiste sobre el gato de Schrödinger, pero claro, yo por aquel entonces no lo conocía, como tampoco sabía lo que me quedaba por averiguar. En aquel momento, yo era sólo un hombre (El hombre), que contemplaba aquel muñeco de tamaño natural donde habían colgado tus ropajes, y me disponía a ponérmelos, para heredar la vestimenta de faraón que tus esclavos (ahora los míos) te habían retirado hace poco del cuerpo. Me estaba invistiendo del poder real, y lo hacía como el único ser vivo en aquella tumba, como la única presencia real (y Real) en aquel sitio.

O al menos, eso era lo que yo creía hasta entonces.

            Porque claro, entonces se reveló el hecho. El que lo trastocaría todo. Debí haberme imaginado algo parecido. Al fin y al cabo, cuando un pueblo decide que alguien se convierta en monarca, no lo hace al azar, no escoge a un hombre cualquiera. Éste debe presentar unas características que le hacen único, irrepetible. Lo que no me imaginaba era que tu poder oscuro era la inmortalidad. O, mejor dicho, que fueras capaz de morir y levantarte de nuevo. Claro que cada resurrección tiene un precio: en un inicio tu cuerpo queda corrompido, arrugado, arrastrado por la putrefacción y el cieno, hasta que encuentras carne fresca que devorar, con la que adquirir fuerzas suficientes como para salir de nuevo a la luz del día. Carne fresca como yo.

            Todo esto, claro, no pude en ese momento reflexionarlo. Yo sólo supe que, mientras me vestía, el sarcófago se abrió y una figura reptante se deslizó a gran velocidad hacia mí, en menos tiempo del que necesité para reaccionar. La figura me secuestró -con eficacia aprendida- la vida, y en unos cuantos minutos pasó a devorar el cerebro, el corazón, el hígado y los riñones, los órganos que habían retirado los embalsamadores poco tiempo antes (pues el proceso de momificación, en sí mismo, no tiene otra función, como dice el propio Libro de los Muertos, que devolver a la vida), y que restituirían tu existencia, mientras la mía se terminaba para siempre de eliminar...

            No era extraña esta panoplia, por tanto, este juego de prestidigitación en aras de ocultar la verdad a todo el mundo. Puede que tu particular mecanismo fascine en su día a generaciones de alquimistas (a los que en el futuro han decidido denominar “científicos”), pero dudo mucho que los egipcios hubieran aceptado con facilidad, ¡no ya la historia de un dios que vuelve a la vida! –eso les resultaría, paradójicamente, de lo más lógico y cotidiano-, sino más bien el aspecto malsano de tu cuerpo durante los primeros días, hasta que se completa el proceso de regeneración. Si sus coetáneos ya miraron con mala cara a Lázaro (tú en aquel momento no conocías esta historia, igual que yo tampoco lo haría hasta mucho tiempo después), con qué actitud van a juzgar entonces que en el trono de Egipto se siente, de manera periódica, lo que muchos llamarían un zombie o muerto viviente. En cambio, cuando sales de la pirámide, vestido de nuevo con tus ropajes, encaminado hacia el templo, donde una multitud lejana te aclama, y varias capas de maquillaje son suficientes para mantener el engaño a distancia, a todo el mundo le resulta natural adorarme –bueno, en realidad, a partir de ahora, adorarte a ti. Si acaso, los sacerdotes que te flanquean deben hacer cierto esfuerzo por contener la respiración, para no aspirar el olor tan nauseabundo que provocas a tu lado. Pero en fin, es una desagradable molestia que sólo dura unos días: y a partir de entonces empieza una nueva ocasión, una nueva oportunidad, de vivir, de mandar, de reinar, una vez como todas, generación tras generación, un día más.

            Es curioso cómo cambian las cosas: yo creía que te conocía a fondo, todo lo que puede conocerse a un hombre y, sin embargo, el más importante secreto me lo mantuviste velado. Claro que tú también pensaste que yo era tu siervo leal -aún más, tu amigo. Y, en cierta medida, yo te consideraba uno a ti. Es sorprendente cómo han evolucionado las cosas. Resulta impactante lo que ocurrió (ocurre, ocurrirá) contigo cuando llegue el crepúsculo del imperio egipcio. Pero yo quería volver a aquel momento en que nos volvimos a ver y me mataste. Ni siquiera puedo molestarme contigo: después de todo, lo haces para sobrevivir, y no es distinto del acto que yo llevo a cabo cuando engullo un filete de vaca. Además, después de como acabamos (acabé contigo), he reconocer que la cosa tiene un cierto aire de justicia poética. Hasta puedo aceptar que lo tengo merecido.

            Pero fuera de la cuestión, como pregunta aparte… ¿tenías que devorarme empezando por comerte mis dientes, y tenías que hacerlo además precisamente con los pies?

   
         Joder, cabrón, eso no se hace…

1 comentario:

  1. Vaya!!!!
    Muy gratamente inesperado todo ^^
    Buen relato ;)

    ResponderEliminar