lunes, 23 de marzo de 2026

El relato de marzo: "Historia de dos fogones"

La primera vez que se encontraron fue delante del escaparate de un restaurante italiano. Se descubrieron contemplando arrebolados las berenjenas cubiertas por una capa de parmesano, el cacio e peppe con pecorino espolvoreado por encima, los canoli luciendo esplendorosos al otro lado del cristal. Y al mirarse de reojo y descubrirse mutuamente espiando los platos, ella no pudo evitar confesar:

-Es que soy cocinera.

A lo que él respondió, con un entusiasmo imposible de disimular:

-¡Yo también!

Les faltó tiempo para invitarse a sus respectivos restaurantes. Al final fueron a uno de ellos: este humilde cronista no sabe si a él de ella o al de él. Se pasaron tres horas cocinando en paralelo, primero recetas separadas, más tarde conjuntas. Se dieron a probar de sus platos, y más tarde se dieron de comer: al principio con las cucharas, y luego con los dedos. Al cabo de un rato, ya estaban haciendo el amor de manera feral y salvaje sobre una mesa del comedor. Volaron las especias, las salsas, las harinas. Se entremezclaron los fluidos bucales con vinos y caldos, aceites de variadas procedentes hirvieron sobre la temperatura corporal de su piel. El orgasmo sobrevino en un beso de nata que erizó cada papila gustativa de sus lenguas. Al final, ambos, saciados, cedieron a la tentación del remate final, y se deleitaron cada uno en barquillo recubierto de caramelo que saborearon hasta la última gota.

A partir de entonces, se convirtieron en inseparables. Iban juntos a aperitivos, catas, meriendas, eventos de degustación. Quedaban en el mercado, hacían la compra por separado (porque cada cual era muy especial para sus ingredientes), y luego intercambiaban impresiones sobre cómo les había ido y qué pequeño milagro habían conseguido adquirir. Se citaban para “estrenar” los últimos restaurantes que habían abierto en la ciudad, y por supuesto cenaban juntos. Y cuando decimos cenar, nos referimos a que los platos explotaban, y sus ingredientes flotaban por los aires. Hicieron el número de Nueve semanas y media, el de Tímidos anónimos, el de Deliciosa Martha y hasta el de Ratatouille. Y de vez en cuando se despertaban con hambre en mitad de la noche, y asaltaban la nevera… y el uno al otro.

Por otra parte, también tenían sus choques: típicos desencuentros de cualquier pareja. Cómo se te ocurre maridar este pescado con este vino. Pero en qué cabeza cabe añadirle limón a esta salsa. Que si, en este restaurante, es mejor el plato combinado 69, o el 88. A veces tenían ardientes discusiones en las que volaban las empanadillas, los platos se estrellaban contra las paredes, y grandes raciones de spaguetti acababan aplastadas contra el escaparate de sus restaurantes, para sorpresa de viandantes y hasta comensales. Aunque, casi tan violentas como sus peleas, eran las comidas de reconciliación, donde devoraban a mordiscos la vida, y todo lo que había en la despensa.

No siempre era fácil para los amigos de la pareja (entre los que por supuesto abundaban los camareros, los sumillers, los comerciales de compañías de comestibles, los gourmets y los gourmands) aguantar el temperamental carácter de la fogosa pareja. Lo mismo estaban tan acaramelados en la mesa donde compartían mantel con todos los demás (de tal modo que parecía que no había nadie más a su alrededor), que se saltaban cualquier tipo de etiqueta y casi se arrebataban la ropa sobre una barra, mientras esperaban a que les pusieran una mesa: como si, en ausencia de comida, el resto del planeta careciera de importancia. Pero sus compañeros también tenían que sufrir sus discusiones, porque hay que decir que ninguno de los dos era del todo fiel: ella a veces tenía unos antojos brutales de probar un kebab (y de degustar también a la cocinera que los hacía), mientras que él sentía debilidad por los quesos (y los cocineros) franceses. Entonces él la acusaba a ella de rebajarse a la comida basura, mientras que ella le replicaba que era un pretencioso y un snob. Sin embargo, no eran capaces de estar separados más de dos menús, y luego volvían a la cama tan hambrientos como siempre, a veces organizando tríos, soireés, cenas de picoteo, banquetes pantagruélicos y comidas con guarnición, postre, café y licor para decenas de comensales.

Después de un tiempo de apasionado noviazgo, ella se quedó embarazada. Y tras nueve meses en que se permitió comer prácticamente todo lo que le apeteció “por el bien del niño”, nació el pequeño. Al principio, éste devoraba con fruición la leche materna, pero luego pareció aburrirse y la dejó de succionar, como si le causara desgana. Los padres estaban desesperados, al ver que su hijo perdía peso día tras día, y semana a semana. Un día, un par de amigos fueron a visitarles para ver si podía consolar a los nuevos padres (por supuesto, traían unos cuantos dulces a modo de obsequio). Sin embargo, cuando llegaron, se toparon con la puerta abierta, ruidos procedentes de la cocina y, a lo largo del camino hasta esta última habitación, un rastro de comida que había salpicado todas las superficies, incluido el techo. Cuando llegaron a la sala que constituía el kilómetro cero de la conflagración, se encontraron a los dos progenitores visiblemente cansados y alegres, mientras sobre una mesa se asentaba una complicada composición culinaria que más tarde les describirían con un título de unas diez palabras, incluyendo varias en ruso. Aun así, los dos cocineros parecían felices porque metían la cuchara en el plato, se lo daban al niño, y éste comía entusiasmado. El padre, con pinta de cansado por las ojeras, anunció sonriente, aunque a la vez preocupado:

-Creo que tenemos un problema. Hemos engendrado un sibarita.

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