¿Por qué estamos aquí? Porque nos gusta lo curioso, lo sorprendente, lo interesante, lo inusual, lo que engrandece al ser humano, lo que lo redime de vez en cuando. Por eso nos apasionan las historias: porque hayan ocurrido o no, de alguna manera es real.
domingo, 1 de marzo de 2026
El libro y la historia real de marzo: "El curioso caso de Mary Mallon", o la historia de Mary la Tifoidea
lunes, 16 de febrero de 2026
El documental y la historia real de febrero: la vida del estafador, "espía" y "rey de Andorra", Boris Skossyreff
Hoy nos vamos a meter con las andanzas de un personaje singular. Un hombre del que quizá hayáis oído hablar alguna vez, pero, ¿de cuál de sus versiones?¿De la que describen los archivos, de la que otros contaron de oídas, o de la boca de él mismo, con una realidad fluida y cambiante? Boris Skossyreff, según a quién le preguntas, fue espía, agente nazi, aristócrata, estafador y hasta, durante 10 días, rey de Andorra. A lo largo de los años, diversos artículos han tratado de contar su vida, de forma no siempre correcta, porque él mismo se encargó de enterrar ciertos hechos, y de destacar en cambio otros que nunca tuvieron lugar. El reciente documental "Boris Skossyreff. El estafador que fue rey" (hoy en Filmin), que cuenta con la peculiaridad de aportar numerosos testimonios, incluyendo de personas que le conocieron y de altas personalidades andorranas, viene a aportar algo de luz sobre el asunto, aunque seguramente también podáis encontrar varios libros muy completos sobre el tema.
El punto de partida es aparentemente sencillo: Boris había nacido en 1896, y su familia formaba parte de la pequeña nobleza rusa. El problema fue que llegó la revolución bolchevique, y se vio obligado a exiliarse. Boris tenía bien claro que era de origen noble, y que quería seguir manteniendo ese modo de vida y ese estatus: no le apetecía trabajar, era muy bueno para los idiomas, pero sobre todo, tenía una labia por la que era capaz de convencer a casi cualquiera de cualquier cosa. Así que Boris empezó a vagar por media Europa otorgándose títulos y cargos (auténticos o no) y extendiendo cheques sin fondos. Se pasea elegantemente trajeado, con gustos caros, modales de bon vivant, y un permanente monóculo en el ojo. Es particularmente seductor con las mujeres, lo cual le aporta buena parte de su éxito. De vez en cuando, le quitan la careta, pero breves estancias de cárcel o la huida a otra parte le solventan el asunto. El documental detalla cómo Boris es capaz de aprovecharse de los errores y los detalles del sistema para jugar con sus pasaportes y conseguir que la realidad siempre parezca más bonita que la que es.
Luego viaja a Mallorca: se codea con millonarios, coquetea con las drogas, establece relaciones. Probablemente allí tiene su primer contacto para los servicios de espionaje alemán. A pesar de todo lo que Boris exageraría a posteriori su labor (llegó a decir que descubrió el secreto de la bomba atómica aliada en Yalta, y que fue a advertírselo a Hitler al búnker, lo cual le condujo al suicidio), probablemente su aportación fue bastante discreta. Lo sorprendente es que, parece ser, le apoyaron en sus planes para Andorra. Boris tenía una idea visionaria para el principado (todavía hoy, co-dirigido por turnos entre el obispo español de Urgell y el presidente de la República Francesa): pretendía crear un casino, una estación de esquí, y un sistema financiero similar al paraíso fiscal suizo. Todas ellas ideas que se harían realidad en las décadas siguientes, pero que Boris quería acelerar, colocándose a él mismo como rey.
En Andorra, adonde viaja con un par de sus amantes, al principio le toleran, pero al final le mandan a paseo por sus excesos (su comportamiento es errático, llegando a la violencia en ocasiones). Es entonces, desde su "exilio" en L a Seo de Urgell, donde monta un entramado mediático durante el cual consigue que periódicos europeos y norteamericanos se interesen por su reclamación al trono de Andorra. Hay que reconocer que se lo trabaja: se autoproclama rey, redacta una Constitución, y hasta declara la guerra (una en la que no se dispara un solo tiro) al obispo de Urgell. El documental es particularmente gracioso cuando habla de los otros aspirantes a ese hipotético trono, y también se empeña en desmentir un mito que yo mismo había leído en algún artículo: es falso que dos guardias civiles entraran en Andorra para deponerle después de 10 días como rey, en lo que se supone que es la única invasión que Andorra ha sufrido desde España. La realidad es más prosaica, como suele pasar con Boris: la guardia civil le detuvo en La Seo de Urgell y, después de varias carambolas, le expulsa a Portugal.
Desde entonces, las andanzas de Boris se vuelven bastante penosas. Viaja a Francia, pero justo estalla la Segunda Guerra Mundial, y al aristócrata ruso caído en desgracia le internan en un campo de prisioneros para extranjeros. Es entonces cuando utiliza su labia y su dominio de los idiomas para trabajar para los nazis como traductor, incluso yendo a parar al frente ruso. No queda claro si Boris llegó a ser sinceramente nazi (está claro que racista era, pero eso casa con el resto de su carácter) o si sólo fue una escalada más en su incansable promoción de sí mismo. En un extraño movimiento, pasa a la zona soviética, donde sus mentiras no surten el efecto deseado y le condenan a un gulag. Hay que decir que Boris, incluso encerrado, era inasequible al desaliento: en los campos de prisioneros más suaves, conseguía que le excluyeran de trabajar o de comer con los otros presos, logrando que le llevaran a restaurantes "por su condición médica". E, incluso, cuando la cosa se pone más dura y le fuerzan a doblar el lomo, no tiene inconveniente en mantener puesto el traje mientras cava con una pala o limpia letrinas. Un noble ante todo, como trataría de recordarse a sí mismo. En ese sentido, las fotografías reales y las teatralizaciones de la realidad efectuadas en el documental generan visiones impagables.
Boris se ve favorecido por los acuerdos de reconciliación entre la Unión Soviética y Alemania y, a partir de 1956, vive en Alemania. La última parte de su vida tampoco tiene desperdicio: romances aparentemente imposibles con mujeres (a veces misteriosas) que le protegen, exageración de sus hazanas pasadas (con publicación de su bastante "creativa" autobiografía incluida), y una capacidad incansable de que su propia realidad, independiente de la del resto del mundo, flotara por encima de los hechos. Como os digo, es otro aspecto más por el que bucear en este documental. Sobre todo si os pasa como a mí, que cada vez que leo algo nuevo sobre este individuo lo tengo que devorar, porque nunca sabes del todo la verdad, y ni un ápice tiene desperdicio.
Boris corresponde a ese tipo humano tan abundante que hemos visto en otras ocasiones: mentirosos patológicos, gente que se cree sus propios embustes, y que consigue movilizar al mundo alrededor de ellos. Muy tóxicos en la vida real, gente de la que debes mantenerte alejado en tu día a día, pero muy simpáticos cuando lees sobre ellos en la ficción o en los textos históricos. Villanos encantadores. Y hay que decir que, en ese sentido, Boris era particularmente un maestro.
Posdata: uno puede preguntar qué demonios pintaba Andorra en la Segunda Guerra Mundial, y por qué iba a interesarse Alemania por un país tan pequeño. Andorra, precisamente por sus características fronterizas, constituía un punto clave, ya fuera para el contrabando, el tráfico de divisas, o el tránsito de personas, y tiene una turbulenta historia de espionaje e infiltración durante esta época. En realidad, cualquier movimiento que sirviera para desestabilizar a Francia se consideraba bienvenido en Alemania, así que no es extraño que favorecieran, a cambio de un presupuesto mínimo, iniciativas como la de Skossyreff, que promovían la independencia de Andorra. De hecho, gente que por aquella época buscaba una mayor autonomía del co-principado ha sido acusada, con razón o sin ella, de trabajar para los germanos. Eso sí, hay que recordar que Andorra fue también una importante ruta de evasión de quienes huían de la Europa nazi. Porque ante cada fascismo existe siempre su resistencia que precipita su final: nunca olvidemos eso.
lunes, 9 de febrero de 2026
Las historias cortas de febrero: Estampas callejeras
Encontramos una foto de hombre anciano por la calle, recortada. "Me la quedo", dice mi compañera Eos: "no me gusta que los señores estén perdidos por la calle".
"Además, añadió, tiene pinta de que está muerto; así, en el futuro, aunque nadie se acuerde de él, aunque ni siquiera yo sepa quién es, le recordaré".
*
Carteles que te puedes encontrar en un bar:
“Sólo se fiará a mayores de 90 años, acompañados de sus padres”.
“Sólo se fiará... mañana”.
Veo a dos
personas hablando en lengua de signos en la calle: parecen dos improvisadores
de hip hop retándose. Veo a cuatro personas hablando en lengua de signos en la
cafetería de un centro comercial: parecen una genial, armoniosa y avasalladora orquesta.
domingo, 1 de febrero de 2026
El relato de febrero: "Mi Homero" (tercera parte)
Esta historia tiene su antecedente previo aquí.
Al
día siguiente, a esa misma hora, estaban brindando con las copas llenas hasta
arriba de dulce vino, que sabía el doble de dulce simplemente porque estaban
vivos.
Las risas se
prodigaban de un lado a otro de las múltiples hogueras donde los guerreros se
abrazaban, reían, dedicaban sagrados holocaustos a los dioses… y luego se
comían a los animales sacrificados, devorando hasta la última gota de su grasa.
-¿Qué,
cantor?-le preguntó uno de los soldados, dándole una sonora palmada en la
espalda-. ¿Estabas muy inquieto esperándonos?
Lo
cierto es que sí, se dijo a sí mismo el que ya había sido oficialmente
declarado el sustituto del ciego. El muchacho hubiera esperado que la fase de
la batalla se viviera como en los poemas; sangre derramada, gestos de valor,
carne y gritos, cuero y acero… En lugar de eso, hubo un período de silencio
atronador y angustioso en la retaguardia del campamento, durante el cual al
joven le asaltaban periódicamente imágenes de sí mismo y los soldados huyendo
entre el bosque, corriendo por sus vidas, con el rugido de fondo de mortíferos
jinetes cabalgando a lomos de caballos que iban tras ellos…
La
otra opción era la que se estaban viviendo esta noche. La que, por suerte,
había acontecido:
-¿Qué
tal, maldito criajo?-el comandante se presentó con brutal espontaneidad y
rudeza, como solía hacerlo cada vez que irrumpía en su vida. Se sentó sobre
unas piedras y apoyó los pies encima de un hatillo de ramas que, dentro de muy
poco, alguien prendería para hacer una nueva hoguera. Pero, mientras tanto, se
mostraba relajado, bebiendo con total frivolidad de su copa.
-Lo
has hecho muy bien -le felicitó-. Confieso que tuve mis dudas, pero ahora… Hoy
hemos conseguido una gran victoria. Eso los hombres lo valoran. Si seguimos
teniendo suerte, tus poemas se convertirán en sinónimo de victoria. Y aquí
entramos en lo importante.
Inclinó
la cabeza hacia su empleado:
-Estaba
batalla ha sido útil, pero es tan sólo la antesala de otra mayor. Sabemos que
el enemigo está concentrando tropas en otro punto, para preparar un
enfrentamiento que será realmente decisivo. Para entonces, necesito que tengas
un poema épico preparado: uno grande, hermoso, y que motive a nuestros soldados
a pelear hasta el final.
Metió
la mano en el interior de la armadura, donde guardaba un zurrón de donde
extrajo una bolsa que colocó en el pecho del chico. El muchacho la agarró:
desde fuera, podía palparse el tacto de las monedas.
-Esto
es por tus servicios; y para que vayas tirando hasta la próxima vez que nos
veamos. Lo dicho, espero una composición de las que hacen época. Una que la
gente recuerde, más incluso que la propia guerra de Troya.
El
muchacho asintió.
Al
día siguiente, hizo el petate y partió. No lo hizo por el mismo camino que el
ejército. Se desvió hacia el hogar de la chica que le había regalado esos
versos tan útiles. Se la encontró trabajando en el campo, junto con su familia.
Cuando llegó cerca de la muchacha, depositó un grueso paquete de monedas sobre
sus manos:
-Tu
trabajo me ha sido muy útil -le dijo a la chica. Y luego, dirigiéndose casi más
a su familia que a ella, añadió-. Tienes un don. Aprovéchalo. Ojalá -dijo antes
y después de un breve suspiro-, ojalá el mundo te deje sacar todo lo que tienes
dentro.
Luego,
vagó por distintos lugares. Visitó recitales en honor a los dioses, y
certámenes poéticos. Durante su periplo, escuchó a toda clase de poetas: unos
buenos, otros malos, la mayoría regulares, unos cuantos excelsos. A aquellos de
los que podía extraer buenas ideas, les pagaba para que le permitieran tomar al
dictado sus palabras. De esa manera, volvió a crecer el poema, que él iba
afilando, puliendo, cohesionando para que adquiriera integridad y coherencia. Para
ello, intentó aplicar las fórmulas de los relatos orales del ciego a lo largo
de todo el manuscrito; de esa manera, parecía como si éste siguiera hablando, aún
después de muerto.
Durante
sus investigaciones, el muchacho viajó a lo largo de ciudades, pueblos, aldeas.
En ellas, se disfrazó de variadas maneras: peregrino, pordiosero, poeta,
heraldo… incluso mujer, en ciertas circunstancias. Durante algunos días, pudo
pasear en los mercados de una gran urbe, escondida (o revelada) bajo ropajes femeninos,
de la misma manera en que lo hizo Aquiles cuando trató de librarse de ser
reclutado para la guerra de Troya. El joven (la joven) se preguntó durante
aquellos paseos si en el fondo Aquiles, como ella, no se sintió feliz bajo
aquellas prendas. Y si tal vez aspiró a que, en lugar de morir pronto, pudiera
vivir una vida distinta que la destinada bajo la máscara de guerrero, en un
contexto distinto, en otro lugar… Pero a nuestra heroína, como a Aquiles, le
traicionó su amor las armas: en esta ocasión, por las armas de la palabra y de
las letras. Era hora de volver a los caminos. En ese momento, cargada de un
arsenal.
En
poco tiempo, el rapsoda se reincorporó al ejército y éste, como le prometieron,
partió en un largo viaje. La mayor parte de los reclutas eran nuevos y no le
conocían, ni a él, ni tampoco a su maestro. Por eso cuando, al final del
primero de sus cantos, alguien se atrevió a preguntar de dónde había sacado
aquella historia, él respondió:
-Me
la cedió un maestro. Un maestro ciego.
Al
decirlo, no se refería sólo al anciano que le enseñó: también a todos los que
habían contribuido al poema, aún sin saber que sería asimilado en un todo
mayor, que ahora viajaría con él a lo largo de los kilómetros, las veredas, los
páramos, las ensenadas. Ninguno de ellos era consciente de estar creando algo
nuevo. Eran ciegos al futuro, y al fenómeno que estaba sucediendo. Un hecho que
quedó bautizado cuando el soldado que había preguntado entendió que “Homero” no
era la palabra en griego para designar a un invidente, sino un nombre propio, y
empezó a emplearlo como tal.
El
viaje fue largo, fatigoso, y sometió a todos los viajeros a obstáculos que
pusieron a prueba sus límites. Tras aquellas interminables jornadas, al final
del día, el cantor reconfortaba, acunaba, enaltecía los espíritus de los
guerreros instigándoles a la batalla, al heroísmo, a ser siempre su mejor
versión. Les mantuvo unidos después de agotadores recorridos por las montañas
repletas de cuevas, y por húmedas caminatas en el barro; les alentó mientras
cruzaban islas, mares, lagos y estrechos de bravos oleajes. Les insufló ánimos
hasta la victoria: una a la que, sin duda, nuestro poeta contribuyó.
Después
de la batalla final, cuando se consiguió un gran y definitivo triunfo, y el
objetivo del viaje se consumó, los soldados le preguntaron al cantor:
-¿Y
en el camino de vuelta, con qué vas a deleitarnos?
El
cantor sonrió con complacencia:
-¿Habéis
oído la historia de cuando Ulises volvió a casa? Tuvo un periplo más difícil
que nosotros; y aun así, regresó.
Este
relato le debe una gran influencia a Homero y su Ilíada, una obra de
Robin Lane Fox donde el autor discute las distintas posibilidades acerca de
quién fue Homero y cómo compuso su poema épico. Yo he tomado prestadas algunas
hipótesis, y he recreado las mías propias. La auténtica identidad de Homero nos
será, probablemente, siempre desconocida… lo cual, en muchos sentidos, es más
interesante que conocerla con seguridad. Mientras tanto, la autoría de la
Ilíada, como la veracidad de la guerra de Troya, son cuestiones que se pierden
entre la bruma…
lunes, 26 de enero de 2026
La historia corta de enero: La importancia de un bonito acento.
En un congreso científico en Argentina, un becario español estaba hablando con dos homólogos bonaerenses. Y mientras el chico les describía sus investigaciones acerca de las concepciones implícitas sobre el aprendizaje en determinados colectivos, los otros dos becarios les contemplaban arrebolados, hasta el punto de hacer al español sentirse incómodo. Finalmente, los becarios rioplatenses se confesaron:
-Mira, te lo tenemos que decir... Es que todas las películas porno que llegan a Argentina están dobladas con acento de España. Y por eso, cada vez que te oímos hablar, nos ponemos cachondos.
El becario español entró en estado de shock.
Tal vez fuera por esta misma razón (la diferencia de acento) por lo que, cuando entró en una tienda de comestibles y le preguntó por unos tomates a la dependienta argentina de veintidós años, ésta entornó los párpados y le susurró: "Habláme, habláme..."
lunes, 19 de enero de 2026
La historia real de enero: los náufragos olvidados de Tromelin
Es posible que hayáis leído esta historia en más de un sitio, como me ha ocurrido a mí, pues el relato de cómo sesenta esclavos africanos son abandonados en una isla desierta sin apenas recursos ni agua potable durante quince años es como para conmover a cualquiera. Pero cada una de esas narraciones carece de una parte interesante de la crónica completa, así que he decidido plasmar la versión que considero más completa por aquí, en un blog que, al fin y al cabo, es sobre todo para divertirnos, aunque sea mediante un acontecimiento tan ominoso.
Nuestra historia tiene lugar en la isla de Tromelin, que pertenece al grupo denominado "las islas dispersas del Oceano Índico", un grupo de islas en su mayoría deshabitadas (Tromelin es la excepción) situadas entre Madagascar y África que, aún hoy, pertenecen a Francia. Tromelín -la cual, en concreto, está situada al este de Madagascar- es bastante pequeña: el tamaño es de alrededor de 1700 metros de largo (algunas fuentes lo amplían a 4 km; de todos modos, ya sabéis que es fácil que la extensión de estas islas cambie según los ciclos de marea) por 700 de ancho. Durante mucho tiempo estuvo poblada principalmente por meteorólogos, pero ahora sólo existe una guarnición de 15 soldados que la protegen. Eso sí, en la época que nos ocupa no habitaba nadie allí, y de hecho, ni siquiera se llamaba Tromelín, sino Île des Sables (isla de arena) porque, bueno, allí no hay mucho más, la verdad. Y ése iba a ser uno de los grandes problemas.
En 1760, parte del puerto de Bayona (Francia) el barco L'Utile, que debía dirigirse a las factorías francesas en la India, previo paso por la isla Mauricio y, antes por Madagascar, con una tripulación de 142 hombres. Pero, en esta última isla, el capitán Jean de la Fargue decide hacer un negocio adicional y comprar 160 esclavos. El problema no es que adquiriera esclavos (porque en aquella época, estaba permitido en buena parte del mundo), sino que en Francia éste era un negocio que era monopolio del estado, así que, propiamente, aquel acto era ilegal, ya que carecían de los permisos apropiados. Por eso, para que no les detecten, el capitán decide ir por una ruta alternativa a la tradicional: la tragedia reside en que tenían dos cartas marítimas contradictorias, hacía mal tiempo (era invierno en ese hemisferio), y la navegación nocturna en aquella era no era una ciencia exacta, así que acabaron embarrancando con los arrecifes de Tromelin y el barco se fue a pique.
En un primer momento, la mayoría sobrevive. Las cifras de las distintas fuentes varían (entre 0 y 20 fallecidos en la tripulación, entre 70 y 100 entre los africanos), pero la clave aquí fue que, como el L'Utile no era un barco de esclavos, éstos no iban encadenados, y los que no estaban encerrados en la bodega pudieron nadar hacia la orilla. Claro que cabría preguntarse quiénes lo iban a pasar peor.
Como consecuencia del naufragio, el capitán pierde la cabeza, y es el segundo de a bordo, Barthelemy Castellan du Vernet, quien se hace cargo de la organización para la supervivencia. Sacan todo lo que pueden del barco hundido (comida y agua, velas, madera del propio navío) y crean dos campamentos -uno para la tripulación y otro para los esclavos, que para todo hay clases-, una fragua, un horno y un pozo. Es sorprendente que los africanos colaboren activamente en todas estas labores, a pesar de que los suministros los gestiona la tripulación, mientras que los esclavos se tienen que buscar la vida (de hecho, parece que 20 de ellos murieron por falta de agua). Entre todos, sobreviven comiendo tortugas, aves marinas y pescado. Además, construyen un barco para salir de allí; lo terminarán en septiembre de 1761, lo bautizarán como Providencia, y en él se embarcarán los miembros de la tripulación, dejando a unos 60 esclavos de origen malgache abandonados a su suerte. Eso sí, les prometen que van a regresar para salvarles; la gran motivación que encontró Castellan para que los africanos trabajaran en la construcción del bajel fue ese juramento, y también que les firmaba un escrito que les liberaba de la esclavitud cuando volvieran a tierra. Queda a vuestro parecer imaginaros la cara de esos esclavos, y si reflejaban escepticismo ante la posibilidad de cumplimiento de esa promesa.
Cuando llegan a Mauricio (entonces llamada "Isla de Francia"), es verdad que la tripulación le pide al gobernador de la isla que mande un barco de rescate, pero éste se niega por tres motivos: 1) le había molestado mucho que compraran esclavos de manera ilegal, y quería castigar a los marineros de L'Utile -fastidiando con ello a los náufragos malgaches: todo un clásico-; 2) adujo que estaban en medio de la Guerra de los Siete Años con Inglaterra, que no podía prescindir de un barco en un momento como aquel, y que, si rescataba a los africanos, eso suponía 60 bocas más que alimentar en tiempo de guerra; 3) aunque no lo dijo abiertamente, el hecho de que fueran africanos negros algo debió de pesar. Castellan insistió activamente en que debían mandar un barco, e incluso parece que trató de organizar varias expediciones de rescate, pero ninguna de ellas fructificó (según una fuente, llegó a mandar hasta tres barcos, pero las cartas náuticas eran tan malas que nunca conseguían localizar la isla). Al final, Castellan marchó a París, donde siguió insistiendo en su petición, lo cual generó cierto debate entre los círculos intelectuales de la capital. No obstante, las preocupaciones de la Guerra de los Siete Años (y el hecho de que quebrara la Compañía Francesa de las Indias Orientales, propietaria de L'Utile) hicieron que los franceses se olvidaran de esos pobres individuos perdidos en una isla situada a 450 km de la tierra habitada más próxima. Prácticamente todos les dieron por muertos; pero los más afortunados (es un decir) sobrevivieron allí hasta 15 años.
En la isla, como hemos dicho, no había prácticamente nada: de hecho, sólo crecían 2 ó 3 árboles (palmeras y cocoteros) y unos cuantos arbustos. Pero entre eso y la madera que les quedaba del barco, los esclavos construyeron una hoguera se mantuvo encendida de manera ininterrumpida todo el tiempo que estuvieron allí -aunque las evidencias arqueológicas dicen que utilizaron herramientas para reavivarlo-. Emplearon elementos de cobre del barco para construir recipientes con los que recoger el agua de lluvia; y entre los corales y las piedras de la arena crearon refugios en los que protegerse de las inclemencias del tiempo y los ciclones, o de las inundaciones que podían llegar a cubrir toda la isla. Hay que decir que estos malgaches eran de la parte central de la isla de Madagascar, así que no eran precisamente duchos en el arte de sobrevivir mediante recursos costeros: pero cazaron tortugas, aves y pescado para alimentarse, trenzaron plumas de pájaros para vestirse, e incluso renunciaron a sus principios religiosos (que les impedían usar piedras para ninguna otra cosa que no fueran tumbas) porque, cuando se trata de sobrevivir, hay que mostrar cierta flexibilidad. Algunos intentaron construir balsas o incluso se dejaron llevar por maderos a la deriva: ya os podéis figurar cuál fue su destino.
Entre tanto, tres fueron las veces que pasaron navíos cerca de la isla. La primera, un barco que pasó en 1773, los avistó, pero no se detuvo, aunque avisó a las autoridades de que allí había gente, así que enviaron un buque que por lo visto no llegó a a isla, y no se hizo mucho más. Más de un año después, se fletó un segundo barco, La Sauterelle, que no pudo aproximarse tampoco a Tromelin por el mal estado de la mar, pero mandó un marino en un bote. El bote quedó destrozado por las olas, y aunque el marinero logró llegar a la isla a nado, La Sauterelle fue definitivamente incapaz de acercarse, con lo cual la isla contaba ahora con un náufrago más. No sabemos cuánta gente quedaba por allí todavía (por lo visto, la mayoría de los esclavos murieron durante los primeros meses), pero el marinero consiguió que le ayudaran a construir una balsa, y él, junto con otros tres hombres y mujeres, partió a la mar. Sorprendentemente, parece que el barco llegó hasta Mauricio, lo que causó gran sensación, e hizo que se fletara con toda la rapidez posible un barco de guerra para el rescate definitivo.
Al mando de este barco, La Dauphine, iba Bernard Boudin de Tromelin (a partir de entonces, la isla lleva su nombre), que encontró a los supervivientes: aunque la fuente más completa dice que fueron hasta 14, la mayoría dicen que eran 8, 7 de ellas mujeres, y un bebé de 8 meses nacido en la isla, el único en toda su historia. Se les llevó a Mauricio, donde el nuevo gobernador decretó su libertad y les dio la posibilidad de regresar a Madagascar, que todas las supervivientes declinaron. Además, el gobernador, Jacques Maillart, adoptó al bebé, al que puso de nombre Jacques Moyse (por Moisés, "rescatado de entre las aguas"); a la madre del mismo -llamada en malgache Semiavou, "alguien que no está orgulloso"- le cambió el nombre a Eva; y a la abuela, Dauphine, por el nombre del barco de rescate. Toda la familia fue acogida en casa de Maillart durante el resto de sus vidas.
El caso de Tromelin tuvo sus consecuencias. El pensador Nicolás de Condorcet utilizó el ejemplo de estos malgaches en sus "Reflexiones sobre la esclavitud de los negros" para promover la abolición de la esclavitud, que se lograría con la Revolución Francesa (aunque Napoleón la volvió a imponer en cierto momento; fue ya avanzado el siglo XIX cuando se abolió en todos los territorios franceses). Por otra parte, en la isla de Tromelin -donde ahora hay una estación meteorológica y una pista de aterrizaje- ha habido hasta cuatro expediciones arqueológicas promovidas por la UNESCO para tratar de descubrir a fondo lo que ocurrió durante esos 15 años: han encontrado, entre otros objetos, el diario de un tripulante, útiles de cocina (y la cocina), una piedra usada para afilar los cuchillos, algunas tumbas, y, en fin, la firme demostración de que la voluntad del ser humano para sobrevivir se obstina en mantenerse viva a pesar de las visicitudes.
En fin, como veis, una historia apasionante, de las que evoca el espíritu aventurero. Aunque espero que, si alguna vez tenéis la ocasión de visitar esa zona, sea en mejores circunstancias.
lunes, 12 de enero de 2026
El libro de enero: "Caballeros, esto no es una casa de baños", de Georg von Wallwitz
Los matemáticos son gente especial. Normalmente se les presentas como seres etéreos, sumergidos en un mundo de abstracción, sin importarles nada tangible, salvo unas fórmulas abstractas que pocas personas en el planeta entienden. Desde ese punto de vista, sería lógico que esta biografía de David Hilbert, uno de los matemáticos más importantes del siglo XX, hubiera de ser bastante aburrida, concentrada en individuos que sólo necesitan un suministro más o menos razonable de papel, lápiz, y un tiempo casi sin límite para emborronar ecuaciones mediante estas herramientas. Y, sin embargo, resulta apasionante.
Para empezar, por la excentricidad de los personajes: desde el protagonista, David Hilbert, un rígido prusiano, proclive a enamorar a mujeres en los bailes, y al mismo tiempo incapaz de comprender a su hijo discapacitado; hasta von Neumann, el creador de la teoría de juegos, que deseaba ganar mucho dinero para comprar coches muy caros; pasando por Hermann Minkowski, profesor de Albert Einstein, quien, incluso después de que éste descubriera la teoría de la relatividad, creía que su ex alumno era un zote porque no sabía las suficientes matemáticas. Lo cierto es que este grupo de matemáticos que trabajaban alrededor de la Universidad de Gotinga se concentraron en aspectos sumamente formales y teóricos, pero tuvieron un papel fundamental en el desarrollo de la teoría de la relatividad (de hecho, Hilbert intervino en buena parte de la vertiente matemática), y en el de las herramientas que fueron indispensables para la mecánica cuántica. De hecho, como subraya el libro, buena parte de los discípulos de Hilbert acabaron enredados en la misión de crear la primera bomba atómica. Así que, como véis, la emoción está siempre presente en el texto.
El autor, a veces, ha de adentrarse en complicados conceptos matemáticos, pero se agradece que, la mayor parte del tiempo, sobre todo nos sintetice las nociones fundamentales y, sobre todo, el factor humano alrededor de las mismas. Eso deja espacio para que conozcas las grandes conquistas científicas de aquel período, y también historias como la de Emmy Noether, una genial matemática injustamente discriminada por su sexo, y a quien David Hilbert defendió arduamente, en contra del criterio de sus colegas (el título del ensayo va precisamente por ahí). La Universidad de Gotinga generó una frenética actividad intelectual desde finales del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial -de hecho, su decadencia va a en paralelo con el destrozo que el fascismo provocó en la ciencia europea-, y describir lo que supuso toda esa corriente de pensamiento es importante, pero la entenderemos mucho mejor si comprendemos el carácter de los científicos implicados, que incluyen a Einstein, Oppenheimer, Heisenberg, Henri Poincaré, Max Born y Arthur Sommerfeld, con menciones especiales para Leibniz y Huygens. En definitiva, os lo recomiendo tanto si os gustan las matemáticas como si (al igual a la mayoría) os resultan incomprensibles: el cotilleo sobre la vida de los matemáticos y sus motivaciones bien lo merece.
jueves, 1 de enero de 2026
El relato del mes: "Mi Homero" (segunda parte)
Esta historia parte originalmente de aquí.
Los días seguían a las noches y, mientras, el ejército seguía avanzando. El joven iba transcribiendo los cantos de su maestro, al tiempo que visitaban a nuevos aspirantes. Normalmente, éstos tenían un poema preparado, que solía versar también sobre la guerra de Troya. De hecho, muchos coincidían con el mismo episodio que narraba el ciego.
-Ya
te lo he dicho alguna vez -reclamaba orgulloso el rapsoda-: cada historia tiene
sus pasajes favoritos para todo el mundo. Al comandante no es el único al que
le gusta. Al fin y al cabo, tiene de todo: amor, muerte, heroísmo. Padres que
lloran, mujeres que lloran, guerreros que lloran… ¿a quién demonios no le va a
gustar? Un buen drama le alegra a cualquiera.
Sin
embargo, de vez en cuando, se encontraban sorpresas. Como el día en que alguien
les enunció la larga lista de barcos y héroes que habían desembarcado en las playas
de Asia para luchar contra los troyanos. Joven y maestro estuvieron
intercambiándose miradas (es un decir, porque el maestro las manifestaba, pero
no las veía) durante todo el poema. Pero resulta que se estaban mandando
mensajes opuestos:
-¡Es
horroroso!-se quejaba el ciego mientras, con la excusa de dar un paseo,
dialogaban lejos de la casa.
-¿El
poeta o el poema?-le interrogó el joven.
-¡Ambos!
-Pues
a mí la lista me gusta. Creo que muestra muy bien la situación inicial, antes
de la batalla.
-Eso
no hay manera de memorizarlo…
-Pero
lo puedo escribir.
El
ciego bufó:
-¿Y
qué vas a hacer?¿Decirle que te permita transcribir el poema y que no le damos
el trabajo? No lo va a hacer gratis.
-Podemos
pagarle. Estoy dispuesto a invertir parte de mi salario si hace falta.
-A
lo que tú tienes casi no se le puede llamar salario. Menos aún repartirlo impunemente
por ahí.
-Creo
que es importante -expresó el chico.
Y
le miró con esos ojos suplicantes que el ciego no veía nunca, pero que, de
alguna manera, era capaz de intuir.
-Anda,
ve adentro, pide material de escritura, y redacta rápido -dijo el ciego,
dándole unas piezas de metal que hacían las veces de moneda en aquel tiempo -.
Yo te esperaré aquí afuera. Al menos, hace buen tiempo -rezongó.
Entre tanto, el camino hacia el ejército
enemigo proseguía, con el campamento levantándose a la noche, y desmontándose
durante el día. Y, cada noche, el ciego narraba su porción de historia.
Conforme se iban acercando al punto donde sucedería la conflagración, parecía
que el maestro le ponía más impulso a sus narraciones, y exteriorizaba en mayor
medida las emociones ligadas a los personajes. Y eso se transmitía a los
oyentes, los cuales, a su vez, estaban más nerviosos por la posibilidad de entrar
en combate. El cantor describía vívidamente los escenarios donde tenían lugar
los hechos de la historia, de tal modo que los guerreros casi podían verse
luchando allí. El joven cedió a la tentación de preguntar:
-¿Maestro,
cómo es que sabes tantas cosas de la zona donde está Troya?¿Es que estuviste
allí?
-Claro
que sí, muchacho. Hace mucho tiempo, antes de que tú nacieras. Antes de que me
quedara ciego. Recorrí aquella región hasta casi memorizarla de memoria. Por
eso sé lo que vieron Áyax y Paris como si yo mismo hubiera estado allí.
-¿Y
qué queda de Troya, maestro?
-Oh,
nada… Es decir, la ciudad sigue ahí, pero han cambiado tantas cosas que sin
duda no tiene nada que ver con lo que contemplaron los ojos de Ulises. En
cambio, el paisaje permanece, testigo de todo lo que ocurrió.
-Maestro,
tengo otra pregunta…
-Me
gusta que tengas tantas. Adelante, escupe.
-Buena
parte del poema se pasa repitiendo la idea del destino: los dioses saben lo que
le va a pasar a Aquiles, nada ni nadie va a poder evitarlo. ¿Crees de verdad
eso?¿Piensas que el futuro no se puede cambiar?
El
ciego dobló el cuello hacia un lado.
-Pero
Aquiles, en el fondo, elige. Después de que muere Patroclo, podría haberle
enterrado, haberse marchado a casa, vivir cultivando el campo el resto de su
vida. En cambio, elige la venganza; además hacia Héctor, aunque Aquiles sabe
que él tampoco tiene la culpa de nada, porque fue Patroclo el que decidió
asaltar las murallas de Troya a pesar de todas las advertencias en contra. Aquiles,
conscientemente, escoge el camino de la guerra y la locura. Al final todos
elegimos, sin duda: lo que ocurre es que somos esclavos de nuestras propias
elecciones. Al menos -pronunció muy lentamente estas palabras- cuando nos dejan
elegir…
De
todos modos, se empezaron a notar cambios. La salud del maestro se resentía. En
una ocasión, le dijo:
-Hoy
no podré acompañarte. Estoy demasiado cansado. Ve tú a ver al candidato del
siguiente pueblo.
Y
añadió, justo después:
-Llévate
material de escritura. Lo mismo te interesa algo de lo que te cuenten allí. Y,
si no seleccionamos a ese aspirante, al menos se llevará algún beneficio -dijo
entregándole unas cuantas monedas.
-Pero,
¿y si lo escogemos? -preguntó el chico, que tampoco sabía si estaba preparado
para esa cuestión.
-No
creo que lo hagamos -negó con la cabeza, bastante convencido, el anciano.
Así
que, en varias ocasiones, el muchacho acudió por su cuenta a escuchar
candidatos. Y, en efecto, a veces ocurría que le gustaba la forma en que el
poeta había enfocado un determinado episodio o contaba una historia, a veces
sólo relacionada con la guerra de Troya de manera tangencial. El joven todavía
no sabía del todo para qué transcribía estos fragmentos de relato, pero lo
hacía, poniendo incluso de sus exiguos ahorros para conseguir esos pedacitos de
narración que ampliaban un determinado punto de vista, desarrollaban un
personaje, aportaban una nueva voz. Un día, se encontró con poema estupendo,
aunque declamado por el cantor en un dialecto muy marcado, con expresiones muy
propias del lugar. El caso es que el poema estaba tan, tan bien hilado, que
tratar de adaptarlo al habla de su maestro hubiera supuesto destruirlo por
completo. Aun así, lo conservó. De esa manera, al final, el muchacho tenía un canto
más largo que el relato original del ciego, aunque compuesto de muchos
fragmentos pequeños, difíciles de hilvanar entre sí. ¿Qué era lo que iba a
hacer con todo esto?
Un
día, su maestro le llevó a dar un paseo por las afueras del campamento, sin
ningún propósito concreto. Era una agradable tarde de primavera. El hombre
ciego toqueteaba los arbustos, en parte porque era su manera de explorar el
entorno, y en parte también como si buscara algo de manera cuidadosa.
Finalmente, arrancó unas cuantas bayas de una planta:
-Ten
cuidado, nunca comas esta clase de frutos. Parecen inofensivos, pero son
tremendamente venenosos. Pueden producir una muerte casi instantánea.
El
muchacho los observó con atención.
-No
sabría distinguirlas de otras bayas normales…
-Así
es la naturaleza -sentenció el hombre, con una sonrisa-. Finge, engaña, nos
utiliza para su propio beneficio. Pasa igual que con las historias, ¿verdad?
-reforzó más todavía su sonrisa-. Se modifican y se adaptan para su receptor.
Al
chico se le enarcó la ceja. Fue entonces cuando se atrevió a realizar una
pregunta que llevaba mucho tiempo rondándole:
-Maestro…
¿sabemos si la guerra de Troya alguna vez ocurrió realmente?¿Qué piensas tú?
El
ciego se rio. A continuación, se encogió de hombros.
-Como
te he dicho, las historias están ahí para las personas del presente. Se cuentan
para servirnos a nosotros. A Andrómaca, a Menelao, a Briseida y a Néstor les
sirve ya de muy poco que narremos sus tormentos y sus hazañas. Qué importa que
lo que digamos sea cierto o irreal. Qué más da una mentira, siempre que nos
proteja, nos salve… nos sirva para algo, de alguna forma, en algún lugar…
El
anciano se sentó en un tocón de árbol. Parecía cansado. Su aprendiz se sentó
junto a él. El primero tocó el hombro del segundo, en un gesto afectuoso:
-Yo…
En fin, creo que eres… una mujer muy valiente. He conocido otras personas como
tú en mis viajes. No muchas, desde luego… Quizá yo, al cantar acerca de seres
mitológicos, de Hermafrodito, de individuos especiales, era más proclive a
reconocerlas… Aunque, a pesar de eso, creo que no siempre he sabido tratarlas
como debía. A decir verdad, aún hoy, no puedo entenderte del todo… Pero bueno,
sólo quería decirte que comprendo lo sola que te debes sentir. Yo también me
siento así a veces.
El
viejo se apoyaba en su bastón mientras hablaba, y permanecían espalda contra
espalda:
-No
dejes que te arrebaten la posición en la que crees que debes estar -prosiguió,
casi como si hablara para sí mismo, o para el resto del universo. Entonces
elevó el tono de voz-. ¡Agárrate ahí… con todas tus fuerzas! El mundo puede ser
un lugar muy oscuro y cruel. Avanzamos en él a ciegas. Pero de vez en cuando
encontramos nuestra fuerza interior para llegar a ser héroes… o para encontrar
astucias que nos socorran, como la del caballo de Troya.
Dicho
esto, el anciano se levantó, y emprendieron de vuelta el camino al campamento.
Aquel
día era uno extraño. Por fin habían caminado lo suficiente como para avistar al
enemigo. Se planteaba la inminencia de la pelea, y por eso los ánimos andaban
caldeados. Por todos lados, soldados, mensajeros y esclavos se movían de un
lado a otro. En medio de aquel maremágnum, el comandante de las tropas
prácticamente atrapó al joven aprendiz del ciego por el cuello y le espetó:
-Avisa
a tu maestro. Mañana, los hombres tienen batalla. Y han de estar bien
motivados. Así que más vale que el poema de esta noche sea realmente
inspirador.
El
chico asintió. Se encaminó con prestancia a la tienda que compartía con el
cantor para advertirle. El problema fue lo que se encontró.
Su
maestro estaba tumbado en su catre, paralizado; la postura que mantenía, la
boca entreabierta, indicaba de manera inequívoca cuál era su estado actual. A
su lado, en una mesita, las bayas que su alumno le había visto recoger el día
anterior. Era difícil descifrar la expresión que mantenía su rostro con
aquellos ojos ciegos, pero el muchacho diría que en él había anidado una cierta
paz. Aunque eso implicara que el joven perdiera toda la serenidad por completo.
Durante
unos instantes se quedó paralizado, sin saber cómo actuar. Luego, recobró la
compostura y pensó que lo único que podía hacer era avisar al jefe de las
tropas para advertirle. Y como supuso, a éste, en mitad del desbarajuste que
tenía encima, la noticia no le sentó bien.
-¿Cómo?¿Y
tenéis algún sustituto? -recordando las palabras del ciego el día anterior, el
joven negó con la cabeza-. Bueno, pues si es lo que tenemos, tendrá que valer.
Esta noche, quiero una interpretación bestial por tu parte. Coge el mejor éxito
de tu maestro, el poema que más entusiasma a los soldados, y reprodúcelo
palabra por palabra. Y esperemos que seas capaz de enardecer a mis hombres para
salir a matar.
La
última frase la dejó caer el militar con una mezcla de resignación y esperanza
calculada que al muchacho no le tranquilizó demasiado.
Con
inmediatez y nerviosismo, el joven volvió a la tienda de su antiguo profesor
(cuyo cadáver había sido retirado diligentemente por algún soldado bajo órdenes
del comandante) y se puso a revisar entre sus papiros. Empezó a repasar
mentalmente las veces que su maestro le había narrado las historias, tratando
de recordar comentarios sobre si tal o cual pieza triunfaba, o era en cambio
recibida de manera tibia. Tomó una de las escenas clave de la obra. La leyó en
voz alta. No sabía si sonaba convincente. Buscó otro pasaje al azar y lo
enunció con toda la sonoridad que pudo. Nada, no encontraba el modo. Se sentó
sobre el catre donde dormía habitualmente, desesperado ante su situación.
Y
de repente, se dio cuenta. No le salía bien imitar al ciego; ni falta que le
hacía. Más bien al contrario, cualquier intento de copiarle lo único que haría
sería acentuar las diferencias frente a un público que estaba habituado a oírle
vez tras vez, noche tras noche, con sus habituales latiguillos y fórmulas de
repetición. Y, desde luego, el joven no pensaba renunciar a algunas de ellas
(al fin y al cabo, si su maestro las había escogido, era desde luego porque
funcionaban). Pero, si lo que quería era sorprender a los soldados, debía
ofrecer algo nuevo, distinto.
Volvió
la vista hacia el texto que les había dado la chica que, en su día, había
confesado que escribía para su hermano. Lo hojeó: en efecto, era bueno, muy
bueno. Por supuesto, no podía leerlo delante de los militares, acostumbrados
como estaban a que el ciego recitara de memoria. Pero, si lo ensayaba, sería
capaz de cantarlo en voz alta aquella noche… y suplir los olvidos con las
técnicas de improvisación que había aprendido con el viejo durante los últimos
meses.
Aun
así, todo eso era más fácil pensarlo que luego encontrarse ante varias centenas
de hombres, ocupando toda la superficie del claro del bosque que la propia
guarnición había abierto para instalar su campamento. Contemplar a toda esa
masa de virilidad masculina, que se veía (y se olía) violenta, nerviosa, con
las armaduras a medio quitar como si fueran a atacarles en cualquier momento,
no era una situación fácil. El joven nunca había notado tantos ojos puestos
encima. En cierta medida, se sentía como cuando Patroclo se enfundó la armadura
de Aquiles para hacerse pasar por él y se preguntaba, al contemplar su propio
cuerpo flacucho sobre las fornidas piezas de metal, si estaría a la altura de
aquello de lo que pretendía disfrazarse.
Había
una cierta tensión. El muchacho no sabía si se debía a la cercanía de la guerra
(y, por tanto, que muchos de aquellos hombres supieran que no estarían allí al
día siguiente, y unos cuantos creyeran erróneamente que sí que lo harían), o a
la incertidumbre que él mismo transmitía. Por eso, cuando empezó a recitar,
acompañando su canto con la lira, tenía un opresivo nudo en la garganta.
La
mirada del comandante, al darse cuenta de que se apartaba de las clásicas formas
del ciego, no contribuyó a calmarle precisamente.
Pero,
poco a poco, conforme las palabras fluían, un cambio se fue operando en aquella
masa de individuos. El texto que el chico había escogido era aquel en el que el
rey Príamo acude a ver a Aquiles, quien lleva arrastrando por el suelo durante
días, atado a un carro, el cadáver de su hijo Héctor alrededor del túmulo de
Patroclo, en la proximidad de las murallas de Troya. El anciano rey Príamo ha
decidido venir no como rey de una ciudad asediada, sino como padre, para
convencer al héroe griego de que le devuelva el cuerpo con objeto de darle
sepultura:
-Acuérdate
de tu padre, oh Aquileo, semejante a los dioses, que tiene la misma edad que yo
y ha llegado a los funestos umbrales de la vejez. Quizás los vecinos
circunstantes le oprimen y no hay quien le salve del infortunio y la ruina;
pero al menos aquél, sabiendo que tú vives, se alegra en su corazón y espera de
día en día que ha de ver a su hijo, llegado de Troya. Mas yo, desdichadísimo,
después que engendré hijos valientes en la espaciosa Ilión, puedo decir que de
ellos ninguno me queda.
Durante
este párrafo, el joven apreció un cambio en el ambiente del campamento: más
relajado, menos duro… hasta húmedo, a causa de las lágrimas. Porque, ¿qué
soldado no tenía padres?¿Cuál no se acordaba de los hijos que había dejado
atrás, o se preguntaba si los volvería a ver algún día?¿Qué hombre, al escuchar
aquellos versos, no recuperaba una parte de la esencia de su humanidad? Una
fracción que, a lo largo del embrutecedor viaje hacia el lugar de la batalla,
habían perdido.
Los
soldados le dedicaron una ovación cuando terminó. Henchido por el orgullo, sin
embargo, el muchacho no tuvo ocasión de que la legendaria hubris o
arrogancia desmedida le invadiera y le condujera a la perdición, como le
ocurría a la mayor parte de los héroes mitológicos. Porque cuando bajó de su
estrado, el comandante se acercó para encararse con él:
-Si
hubieras cantado este poema cualquier otro día, te hubiera mandado decapitar
-le abordó secamente. Y mientras los músculos del muchacho valoraban si eran
capaces de evitar la liberación de sus esfínteres, el comandante prosiguió-.
Pero hoy nos has venido bien. Hoy les has recordado a sus hombres por quién
luchan… y cuál es la única manera segura que tienen de volver a casa. Que, por
supuesto, es batirse mañana. O eso me encargaré de recordarles a primera hora
con una arenga. Reza porque esa clase de motivación sea suficiente para vencer.
CONTINUARÁ...