lunes, 21 de septiembre de 2026

El relato de septiembre: "Profesora Führer"

              Hay algo muy mágico en el momento en el que un grupo de varias decenas de alumnos (fieras asilvestradas que, mal manejadas, estarían mordiéndose mutuamente, saltando unos encima de los otros, llorando y sacándose los mocos propios y de los demás) se encuentran silenciosos, dibujando, reflejando cada uno su creatividad única, concentr ados en su tarea, mientras su maestra de infantil se encuentra sentada en su silla, al lado de la mesa, contemplando beatífica el pequeño milagro que está aconteciendo delante de ella.

                Pero como los milagros no pueden durar eternamente y a veces se evaporan poco a poco, y otras explotan violentamente como una pompa de jabón, se abrió la puerta del aula, entró la directoria del colegio, y desapareció toda la magia de golpe. En ese momento, los niños y niñas levantaron la cabeza, los lápices de colores dejaron de pintarrajear, y la profesora (una joven menudita, delgada, con cara de no haber roto un plato) se levantó de la silla y, como era protocolario, alzó el brazo para ejecutar el gesto obligatorio de “Heil Hitler!”, aunque lo hizo de manera algo atolondrada, como si no estuviera acostumbrada a pedir taxis, y de hecho casi derribó la taza que había encima de su mesa al incorporarse precipitadamente.

                Sin embargo, la directora casi no prestó atención a ese hecho. Cada vez que entraba en aquel aula (que alojaba a los alumnos más pequeños de ese colegio), la visión de las decenas de banderas nazis, con la esvástica sobre el círculo blanco y éste sobre fondo rojo, las cuales se hallaban colgadas sobre la pared del fondo, la emocionaba tanto que olvidaba todo lo demás. Así que contempló con deleite el espectáculo mientras las niñas se ponían de pie y realizaban el saludo fascista, hay que decir que con más capacidad de reacción que su propia maestra, que casi se trastabilló mientras trataba de mantenerse erguida.

                -Muy bien. Sólo quería comprobar que todo transcurría adecuadamente -se giró la directora hacia la profesora-. Puede seguir con la clase.

                La directora cerró la puerta. La profesora lanzó un amplio movimiento de espiración, exhalando el aire con lentitud conforme avanzaba hacia sus alumnos, y juntó las manos con delicadeza mientras indicaba el siguiente paso:

                -Muy bien, niños. Coged las banderas que están al fondo del aula. Eso es… Y ahora, como lo hemos ensayado.

                Los niños tomaron las banderas, y cada uno puso una de ellas en el suelo y se sentó encima, con las piernas cruzadas. La profesora hizo lo mismo con otro emblema que guardaba en un cajón. Luego, colocó las manos a ambos lados del cuerpo, confluyendo las yemas de los dedos en el mismo punto, y tomó aire de manera profunda antes de decir:

                -Recordad, niños… la esvástica es un símbolo indio que expresa buena suerte y prosperidad. Así que, cada vez que veáis una de ellas, pensad en algo que aquí en Alemania se valora mucho: la naturaleza. Cerrad los ojos y pensad en arbolitos, en verde… y en pajaritos…

                Y la clase se quedó en silencio, respirando acompasadamente, con una tranquilidad que contrastaba mucho con el sonido de las bombas que, a muchos kilómetros de allí (aunque cada vez eran menos), retumbaban contra el suelo.

*

                La vida transcurría pacífica en este pequeño oasis que era la clase de Fräulein Margueritte. Aunque, de vez en cuando, ocurrían cosas raras. Por ejemplo como cuando, aquel día que los chavales estaban haciendo sus ejercicios en el cuaderno, se encontró con que una de sus alumnas se hallaba canturreando una canción. La profesora se acercó a ella con curiosidad:

                -Dime, Anna, ¿qué estás cantando?

                -Oh, es una melodía que tatarea mucho mi madre cuando cocina. Sobre todo cuando escucha por la radio los mensajes del Führer.

                Fue entonces cuando el mundo empezó a ir a una velocidad más lenta. Por desgracia, la profesora Margueritte, en lugar de adquirir más capacidad para reaccionar, la perdió por completo, ya que se paralizó. Porque en ese se momento se acordó que la familia de Anna era originaria de la región de Alsacia, de madre francesa, cosa de la que fue consciente un segundo antes de que la niña empezara a cantar:

                -Allons enfants de la patrie…

                No transcurrió más de un segundo hasta que a la directora (a la que le encantaba hacer esas entradas extemporáneas de vez en cuando en la clase) le dio por abrir la puerta.

                Fue suficiente. Estaba claro que había oído algo, aunque la maestra no sabía bien qué. O más bien, cuánto. Quizá no hubiera escuchado nada. Puede que tuvieran suerte.

                -¿Qué era eso?-preguntó la directora.

                Y allí, de repente, por arte de birbibirloque, la profesora recuperó de improviso todos los reflejos, y aceleró los nervios a velocidad supersónica para responder:

                -Ah, una canción alemana.

                La directora levantó una ceja.

                -¿Alemana, dice? Pues a mí me sonaba…

                -No, ¿sabe?, es que la familia de Anna es suiza. Y entonces allí cantan esas cancioncillas típicas, muy de la montaña… Ya conoce a los suizos, gente rara -la profesora se acercó a la directora y le susurró en voz baja-, ahí metidos en la montaña, con sus cosas… También un país muy rico, está muy bien tener a Anna en clase, su familia está pensando en donar dinero a la escuela, conviene tenerles contentos.

                Luego volvió a alzar la voz y se acercó a la niña.

                -Muy bonita la canción, Anna, puedes seguir con tus ejercicios…

                -Pero yo… -continuó la directora, que no sabía ningún idioma fuera del alemán, pero sabía que en esa historia había algo raro-. Me ha parecido escuchar algo… la canción empezaba con allons…

                -Claro -expresó la profesora, con un aire de seguridad tan demoledor como una excavadora-; allons, es la versión suiza de alles, como en Deustchland über alles. Alemán, buen alemán, alemán de toda la vida.

                La directora dudó. Era una mujer inclinada a dudar, de todas maneras. No estaba muy convencida de lo que estaba oyendo; pero la señorita Margueritte sabía tantas cosas, y solía darle tantos buenos consejos… Y, a pesar de lo que decían las otras profesoras, nunca se topaba con fenómenos extraños en su clase. Bueno, a veces sí, pero la profesora Margueritte siempre tenía una buena explicación para los mismos.

                -Eeeeh, en fin, está bien. Sigan trabajando. Pero intente que sus alumnas hablen un alemán… más normativo, si es posible. ¿De acuerdo, Fräulein Margueritte?

                La profesora asintió. En cuanto la directora se marchó, la maestra se inclinó sobre su alumna:

                -Si te parece, Anna, vamos a dejar esa canción para dentro de tu casa, ¿te parece? Pero es muy bonita, realmente… Muy bonita…

*

                Las reuniones en la sala de profesores, con el paso del tiempo, se fueron volviendo más desconcertantes. O, al menos, eso pensaba la señorita Margaritte. Porque era muy raro creer que pudieran estar teniendo allí una conversación tan normal sobre cómo educar a los niños mientras las noticias que llegaban del frente eran cada vez más preocupantes, y hasta empezaba a escucharse, a lo lejos, el sonido de las explosiones.

                -Bien, creo que con esto termina la programación mensual. Antes de irnos… -interrumpió la frase la directora.

                Se notaba que estaba tragando saliva.

                -Como saben, la situación en la guerra se está poniendo… más complicada de lo que se esperaba. Pero quiero mantener el firme compromiso que tiene esta escuela con el Reich…

                “Piensa en naturaleza”, se decía la señorita Margueritte para sus adentros, cerrando los ojos…

                -… con las doctrinas del Partido Nacional Socialista…

                “Piensa en parajitos”, repetía insistentemente.

                -… y por supuesto con el Führer.

                -¡Buitre!

                -¿Cómo ha dicho usted, señorita Margueritte?

                -Oh, nada, nada. Estaba pensando en la próxima lección que le tengo que dar a los niños, sobre el buitre leonado.

                La directora no se entretuvo demasiado en el tema. Tenía otras cosas en que pensar:

                -Por eso, quiero reiterarles que, a pesar de los rumores que circulan por ahí, mañana acudiremos todas para hacer nuestro trabajo, como siempre, para estar al pie del cañón.

                “O sea, que mañana no va a venir nadie”, meditó la señorita Margueritte, recordando a la orquesta del Titanic. Se preguntaba si la directora lo decía en serio porque era capaz de mantener, en una parte de su mente, un tabique que separaba las verdaderas intenciones de las mentiras que una quiere hacerse creer a sí misma… o si era capaz de esgrimir esa hipocresía de manera abierta, hasta el final, aunque el techo se les cayera encima por culpa de un obús. La tercera opción era más inquietante: tal vez no quería condenar a las profesoras con la obligación de venir a un lugar peligroso, sino que pretendía advertirles, de una manera muy sutil, que mañana estuvieran muy lejos de aquel lugar… pero sin decirlo abiertamente, no fuera que entre las profesoras hubiera una confidente a las autoridades. El mundo se estaba convirtiendo en un lugar muy complicado que habitar.

                -Creo que hemos terminado con todos los temas. Disolvemos la reunión. Que vaya todo muy bien los próximos días.

                La profesora Margaritte se pasó la mañana reflexionando sobre qué podía hacer con los niños.

                Al final del día, se le ocurrió:

                -Mañana vamos a hacer una excursión.

*

                La mañana siguiente amaneció radiante. Era un día soleado y hermoso, muy atípico de aquella región de Alemania en aquella época del año. Los niños (y sus familias, a quienes los alumnos habían convencido de acudir a esta actividad especial del colegio; teniendo en cuenta lo que probablemente se intuían que iba a ocurrir, era lógico que hubieran traído las maletas) se encontraban situados en un hermoso prado que se abría en una de las montañas que circundaban la ciudad. Desde ahí había una buena visión de la urbe. De hecho, la señorita, sentada sobre una piedra, podía avistar cómo los tanques y los aviones enemigos se aproximaban a lo que antes habían sido sus hogares, y disparaban como si allí no habitaran seres humanos.

                -¿Qué es eso, señorita?-preguntó uno de sus alumnos.

                Fräulein Margeritte negó con la cabeza, pesarosa.

                -Eso, niños, es lo que pasa cuando le haces caso a todo lo que dice alguien sin cuestionarlo. Ya sea vuestra Fräulein, o un Führer.

                La profesora se levantó. Se puso a caminar hacia el horizonte.

                -Venga, niños, seguidme.

                Y así iniciaron una larga y hermosa caminata por el campo.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Los libros de septiembre: obras de misterio con un toque original.

Os recomiendo, en esta sección mensual, en esta ocasión, unas pocas obras de misterio con un componente de originalidad:

-Perspectivas, de Laurent Binet. Tenemos una novela de misterio ambientada en la Florencia del Renacimiento tardío: un pintor ha aparecido asesinado en su casa, el crimen parece ligado a unas impactantes pinturas encontradas en su taller, y el duque Cosme de Florencia le encarga a Giorgio Vasari (el famoso artista e historiador de la época) la resolución del asesinato. ¿La originalidad? Está escrito en su totalidad a base de cartas, tanto entre gente común como entre algunos de los personajes más relevantes de la época: Catalina de Médici, un anciano Miguel Ángel Buonarroti, el escultor Cellini (autor de un Perseo situado hoy en la Plaza de la Signoria de Florencia que tenéis que ver: sobre todo, para encontrar el retrato del escultor en la nuca de la estatua), los pintores y sus ayudantes, el propio Vasari y sus colaboradores en la investigación... Aunque algunas misivas pueden resultar inverosímiles, no puede negarse que mantiene la tensión entre dos mundos obligados a convivir: las intrigas de corte entre Francia e Italia, y el universo particular de los brillantes artistas de Florencia.

-La trilogía del Comisario De Luca. Carlo Lucarelli se apunta a la fórmula que consiste en asociar a un detective (en este caso, el comisario De Luca, un hombre obsesionado por resolver misterios, a pesar de las asfixiantes circunstancias que le rodean) y una ciudad, Bolonia -en mi opinión, una ciudad estupenda para visitarla-. La clave aquí es el período histórico: su trilogía comienza en el período en que los Aliados acaban de conquistar Italia durante la Segunda Guerra Mundial -y donde van cayendo a trozos las estructuras generadas por el fascismo- y termina en la temprana posguerra, cuando los depurados por haber contribuido al funcionamiento del fascismo -como es el caso de De Luca- vuelven a incorporarse a la sociedad civil. En ese sentido (y como ocurría en la fantástica "La noche de los generales"), el contexto es casi más importante que el misterio, y es donde el personaje de De Luca gana profundidad. Muy buena lectura de fondo si tenéis la oportunidad de visitar Italia, o también si queréis viajar desde vuestra casa.

martes, 1 de septiembre de 2026

La historia corta (y real) de septiembre: "Los Reyes son..."

            Al chico le dijeron: “Los Reyes son los padres”. Pero él lo entendió mal: creyó que los Reyes Magos eran exclusivamente “sus” padres.           

            El problema es que se lo fue contando a todos los niños del pueblo. Pero lo peor es que el resto de los chavales le creyeron. ¿Y cómo no hacerlo? El padre del chico, calvo y con el pelo canoso, era clavadito a un Melchor que se fuera a poner en cualquier momento el turbante y la capa.

            Cuando el padre del chico fue a tomarse su sopa, observó cómo por la ventana había decenas de niños contemplándole con arrebato, aguardando expectantes su próximo paso. El hombre, desconociendo el motivo de tanta atención, no hizo nada: pero, cada vez que tomaba una cucharada de sopa, su mano no paraba de temblar.

            Para cuando el hombre fue a buscar sus zapatos en el arcón, los niños, imaginando que de ahí iba a sacar los regalos, no pudieron contener múltiples gritos de emoción… El hombre casi se muere del susto.

lunes, 24 de agosto de 2026

El relato de agosto: "Llanto de madrugada"

Ocurrió hace mucho tiempo. Antes de que algunos de vosotros nacierais. Parece que fue hace milenios, pero ocurrió en el transcurso de una vida humana.

Llevábamos días, semanas, meses, bombardeados con el anuncio de que Estados Unidos iba a invadir Irak. La sociedad (parte de la americana, mucha de la europea, masivamente la española) se manifestó en contra. Se difundieron mentiras -fue allí donde nació la posverdad-, se esgrimieron burdas justificaciones, se presentaron endebles pruebas. Se dieron muchos, muchos discursos, casi todos llenos de palabras huecas, de aire, de nada. Todos los pretextos parecían ignorar acusaciones mucho más firmes, e ir quemando de manera salvaje etapas hasta que, finalmente, se anunció un día y una hora, una fecha para la barbarie. El ataque empezaría en mitad de nuestra madrugada.

En aquella época, ella aún vivía conmigo. Recuerdo que nos levantamos a nuestra hora habitual. Creo que aún no era de día. No me acuerdo quién encendió la televisión. Y allí estaban: las imágenes casi cinematográficas, de luces blancas sobre fondo verde. Secuencias como de videojuego que simbolizaban la muerte de seres humanos delante de nuestras narices, sin que hubiéramos podido hacer nada para evitarlo.

Ella lloró. Ahora me acuerdo mejor: ella no se había levantado, lo había hecho yo. Yo la desperté en la cama, anunciándole que había empezado la masacre. Y entonces ella lloró. Preguntó: "¿de verdad lo han hecho?". Por lo visto, después de todo, en su ingenuidad, aún creía que las protestas, las súplicas, los gritos de razón desolada, iban a servir de algo. Y sollozó como si le anunciaran que habían matado a un vecino, a un primo, un hermano. Porque, al fin y al cabo, ¿cuál era la diferencia?¿Cuál sería la distancia, años más tarde, con Palestina, con tantos conflictos, una y otra vez?¿Había alguna distinción con eso que dijo Camus, sobre la guerra civil española, acerca de que había demostrado que se podía tener razón y, aun así, perder miserablemente?

Y yo la amé por eso. La amé por esa inocencia tan estúpida. La amé porque son esas debilidades que otros desprecian los que nos hacen sentir, amar, vivir de verdad. Son las que nos convierten en humanos.

Quiero encontrarme con más personas que lloren así. Quiero gente idiota que crea que puede cambiar el mundo, y lloren su fracaso de madrugada.

lunes, 17 de agosto de 2026

La historia corta de agosto: "Ojos así"

-¿De dónde has sacado esos ojos?

-De mi madre.

-¿Y tu madre?

-De un hombre que se quedó ciego, a quien se los compró a cambio de un saber inestimable.

sábado, 1 de agosto de 2026

La historia real, el libro, las películas de agosto: la historia del primer asesino en serie de la Unión Soviética

Chikatilo no es un nombre tan conocido como Jack el Destripador o Ted Bundy. Y, sin embargo, fue responsable de aproximadamente unas 52 muertes (la mayoría niños) en la Unión Soviética. Su historia da para un par de reflexiones, y además ha habido alguna obra literaria y cinematográfica sobre su captura, así que quizá merezca la pena echarle un breve vistazo.

La infancia de Andrei Chikatilo fue sin duda desdichada. Nacido en lo que hoy es Ucrania, su niñez le pilló en medio de una época de hambruna en la región que muchos atribuyen (con discusión al respecto, aunque seguramente con parte de razón) a un castigo intencionado por parte de Stalin. De hecho, la madre de Andrei le contó que, antes de que él naciera, un hermano suyo fue secuestrado por sus vecinos para devorarlo. No sabemos si la historia era verdad -de hecho, no hay pruebas de que tal hermano existiese-, pero a Chikatilo aquel relato le traumatizó. Si a ello le unes que la familia a veces tenía que comer hierba porque no había más para alimentarse, y que se sospecha que la madre de Andrei fue violada durante la Segunda Guerra Mundial, quizá en presencia de su propio hijo, se puede entender que aquel chico no iba a tener perspectivas muy halagüeñas en cuanto a la salud mental se refiere.

Andrei crece y es un niño tímido, que estudia mucho para compensar su miopía y una debilidad que ha quedado como secuela de su dolorosa infancia, y de una madre que era demasiado dura con sus hijos. Sufre bullying y, por si fuera poco, a pesar de sus esfuerzos, no consigue entrar en la universidad. Para colmo, en la adolescencia descubre que sufre de impotencia, un mal que le aquejará toda su vida, y que le llenará de vergüenza cada vez que alguien lo descubra. De hecho, tras el servicio militar, cuando vuelve a casa, una chica con la que trata de mantener relaciones sexuales de manera infructuosa lo comenta con sus compañeros (por lo visto con la única intención de pedirles consejo), y el hecho de que el rumor se extienda le hace a Andrei primero tratar de sucidarse y luego marcharse para siempre del hogar de sus padres. Aunque, por supuesto, sus problemas le acompañarán.

Instalado en un pueblo cerca de la ciudad de Rostov, encuentra un trabajo como técnico de comunicaciones. Su hermana se va a vivir con él un tiempo, y decide ayudarle a encontrar una esposa. Lo consigue, aunque está claro que el matrimonio es más un pacto de conveniencia que la evolución de una pareja real. De hecho, la impotencia de Andrei provoca que tengan que hacer auténticos malabares (no entraré en detalles) para concebir hijos, cosa que finalmente consiguen por dos veces.

Chikatilo consigue completar estudios universitarios y se convierte en profesor de escuela, pero aunque todo el mundo admite que tiene suficientes conocimientos sobre las materias que imparte, es incapaz de mantener la disciplina entre los alumnos, que suelen aprovecharse de él. Si a ello le sumas que (como todos los adolescentes) sus estudiantes le recuerdan, con su propia iniciación al sexo, lo que él mismo no es capaz de hacer, el caldo de cultivo no puede ser más nefasto. Chikatilo se ve envuelto en varios incidentes de abusos sexuales a alumnas, lo cual acaba expulsándole del mundo de la enseñanza. En la siguiente etapa de su vida, consigue un trabajo como encargado de suministros para una empresa en Rostov, lo cual le obliga a viajar a menudo. Ésta será una de las claves para el desarrollo de sus crímenes.

Focalizándonos un poco en esta parte, no vamos a describir la extensa y atroz carnicería que Chikatilo llevó a cabo con más de cincuenta víctimas, la mayoría menores de edad (por cierto, de ambos sexos). Sí que hay algunas características comunes: salvo la primera chica (a la que asesinó cerca de una propiedad que le pertenecía), a casi todos les encontraba alrededor del sistema de trenes que Chikatilo conocía porque su trabajo le obligaba a tomarlos con frecuencia. Solía ir a por gente joven, débil, desorientada, seguramente con historias personales complicadas, y que se veía abrumada por tener que usar medios de transporte locales fuera de sus ciudades natales. Entonces, Andrei les ofrecía ayuda, comida o bebida, y, a cambio de este auxilio, los pobres inocentes accedían a tener relaciones sexuales con él. Por sistema, Chikatilo era incapaz de consumar el coito; era entonces cuando apuñalaba o estrangulaba a sus víctimas, y era en el momento de la agonía cuando Chikatilo, sentado encima del cuerpo moribundo, conseguía alcanzar el orgasmo. No era raro que (en ocasiones aún vivos) les mutilara los genitales y los ojos, o que les eviscerara. Luego ocultaba más o menos los cuerpos y se iba, pero siempre acababan descubriendo los cadáveres, todos asesinados con un patrón similar. Y, claro, al final (corre el año 1983, y Chikatilo lleva cinco años matando) las autoridades ataron cabos, empezaron a pensar que había un asesino común, y se pusieron a investigar.

En este punto de partida se inicia "Ciudadano X", un telefilm que, de manera sobria, y con una estupenda gestión de la tensión dramática, narra la investigación desde el punto de vista policial. Por supuesto, no os lo voy a contar todo, pero la clave es que se centra en la figura del forense que se coloca a cargo del caso (interpretado por un estupendo Stephen Rea), y su inmediato superior, a cargo de un poliédrico Donald Sutherland. La dificultad es mayúscula, porque no sólo tienen que investigar estos casos con menos experiencia y medios que sus colegas norteamericanos, sino que las autoridades soviéticas se niegan a reconocer que pueda haber un asesino en serie (un fenómeno típico de la decadencia capitalista, según las autoridades) en la URSS. De hecho, se buscan culpables entre una serie de sospechosos que incluyen pedófilos, homosexuales y discapacitados intelectuales. Teóricamente, esto lleva a la resolución de crímenes distintos de los originales, pero en la práctica, lo que ocurre es que ciertos colectivos vulnerables son hostigados, utilizados como cabeza de turco y (en una URSS nada amable con los interrogatorios) obligados a confesar crímenes que no han cometido. La película describe muy bien lo difícil que es moverse dentro de la burocracia dictatorial del régimen soviético, y lo mucho que esta dinámica pesa sobre el investigador protagonista.

Más o menos también desde el punto de vista del investigador parte el libro (también adaptado a película) "El niño 44", aunque juega con algunos elementos con bastante libertad: lo primero, cambia la época del caso, trasladándola de los años 70-80-90 a los 50; da un origen de tono mítico a las motivaciones del personaje, inspirándose en historias de la infancia de Chikatilo -aunque su retrato del asesino es bastante más pulcro que el personaje original-; pone como policía a cargo del caso a un hombre que descubrirá muchas cosas sobre sí mismo y su entorno conforme se enfrente a las contradicciones del sistema; y, sobre todo, el investigador se verá atrapado por la maraña de la tiranía soviética (más incluso que el detective original), generando una parte de la trama que, tanto en el libro como la película, a pesar del teórico interés, acaba resultando algo menos atractiva. El final es de las partes en las que más se diferencia de "Ciudadano X", la cual refleja de manera más exacta -siempre con sus licencias- como transcurrió la labor policial, aunque esta última película la conecta estrechamente con cómo fueron cambiando los métodos de investigación conforme Gorvachov iba transformando la Unión Soviética. Uno de los aspectos más destacados del caso fue que, por primera vez en la Unión Soviética, se contó, para establecer un perfil psicológico de un asesino, a un psiquiatra, papel que en "Ciudadano X" interpreta de manera notable un estupendo Max von Sydow.

No voy a contaros el final por si os apetece leer o ver las obras de ficción: os diré que, obviamente, a Chikatilo le cazaron, en concreto en el año 1990. De hecho, se descubrió que se le había fichado seis años antes durante el transcurso de la investigación criminal, pero un resultado muy extraño relacionado con su tipo sanguíneo (y al que todavía no se le ha hallado una explicación definitiva, aunque probablemente tenga que ver con las deficiencias de los laboratorios de la URSS en aquella época) evitó que fuera asociado con los crímenes. El juicio, como es obvio, se rodeó de mucha tensión y polémica, tanto por las familias de las víctimas (enrabietadas con el criminal y con algunos aspectos de la investigación) como por parte del acusado, que se desdecía, reprochaba cosas al tribunal, y al que tuvieron que meterle en una jaula con barrotes dentro del juicio para protegerle de la multitud colérica. Finalmente, fue sentenciado a muerte y ejecutado en 1994. De su extensa lista de víctimas, algunas no quedaron del todo aclaradas, y es probable que llevara a cabo más de las que de manera oficial se le atribuyeron.

Las lecciones del caso Chikatilo son múltiples: desde lo frecuente que es ver cómo los asesinos en serie son personas que sienten que han fracasado y encuentran en el crimen la única forma de aliviar sus frustraciones (demostrándose, además, que pueden aparecer en diferentes culturas y regímenes, y que el "esto no puede pasar aquí" es un absurdo), hasta lo difícil que es hacer nada bien en las dictaduras, especialmente tratar de dilucidar la verdad. Como suele ocurrir, los asesinos de la realidad no son tan glamourosos como los de la ficción, y las víctimas sufren por partida doble la violencia de los asesinos y los sesgos de las autoridades -algo que, por desgracia, también ocurre en las democracias liberales-. Chikatilo también nos muestra lo horrorosos que pueden ser los abismos de las profundidades humanas, y cómo ciertas personas, de manera más o menos consciente, son capaces de convivir con lo inaceptable. "Nada de lo humano me es ajeno", dijo el poeta latino Publio Terencio Afer y, querámoslo o no, estas personas son también nuestros congéneres, y su vida un hecho que, en determinadas circunstancias, podría sucedernos a nosotros.

lunes, 27 de julio de 2026

Las historias cortas de julio: Para comunicarse hacen falta pocas palabras

Pero cuando Juana gritó "¡Guapa!" de manera aparentemente espontánea al paso de la virgen en la procesión de Semana Santa, a quien verdaderamente miró fue a su compañera Julia. Y así fue como Julia descubrió que Juana siempre había estado secretamente enamorada de ella.

 *

El día que Paco, el operario mecánico, perdió la mano izquierda en un accidente de trabajo, él, que era sordo, también perdió su medio de comunicación habitual (el lenguaje de signos), así que se quedó mudo. Para ayudarle, sus compañeros de trabajo le han construido una prótesis que permite que, con leves movimientos del brazo, una mano izquierda de plástico articule los signos que quiere expresar. De esa manera, más que de ninguna otra, le han demostrado su aprecio.

Él, por otra parte, con ambas manos, la suya y la que le han regalado sus amigos, compone el lenguaje de signos con tanta poesía que parece que, en el aire, está pintando.

lunes, 13 de julio de 2026

El libro (¿libros?) y ¿la película? de julio: "El bar de las grandes esperanzas", de JR Moehringer

JR Moehringer (si es que ése es su verdadero nombre, pues la historia de esas iniciales sin puntos trae tela; la descubriréis en el libro) ya me sorprendió en el pasado con "A plena luz", una novela que ficcionaba una escueta noticia de periódico para construir la semblanza al completo de un carismático atracador de bancos. En este sentido, cuando leo "El bar de las grandes esperanzas", un libro protagonizado por alguien con el nombre del autor, que parece eminentemente autobiográfico, y que según el epílogo es prácticamente un libro de memorias con casi todos los nombres conservados, me da por sospechar. Y es que Moehringer es un maestro contando historias, del tipo de los que creen que un buen relato es demasiado bueno para que la verdad se interponga y lo chafe. Y aun así, tiene pinta de realista: como la vida, la narración sufre súbitos cambios de dirección, retorna varias veces al mismo punto, no tiene finales redondos, y, salvo alguna escena resuelta con brillantez, nada nunca es tan romántico como uno se lo imagina. Pero hay que reconocer también que este cuento de perdedores, de conversadores, de gente que se refugia en los bares, no sólo para beber, sino sobre todo para hablar; este viaje de cómo un niño busca la masculinidad que cree que nunca adquirió por carecer de padre; este homenaje al acto de contar historias, ya sea en un bar, en un libro, desde un periódico o a los amigos; esta historia, en fin, de cómo alguien crece y supera las adversidades (especialmente, la mayor de todas: el miedo a enfrentarse a uno mismo) es un relato apasionante, telúrico y absorbente, de los que engloba el universo y el tiempo den su totalidad porque, al fin y al cabo, transcurre en Nueva York, y como todo neoyorkino sabe, fuera de sus fronteras no hay nada que merezca ser nombrado. Y, por supuesto, transcurre en los bares y a través de gente que vive en los bares, con todas sus grandezas y sus miserias, y escapa de los bares para adentrarse en los recovecos siempre complejos de la familia, la universidad, el mundo laboral, el maravilloso mundo de los libros y, especialmente, el amor, ese laberinto insondable.

En fin, que os lo leáis: es largo, tiene una prosa envolvente y compleja (en ocasiones, como una catedral gótica), que cree en el poder de las palabras -de acunarte, acariciarte, de rodearte de palabras-, pero, ya sea a pesar de eso (o, sobre todo, a causa de eso), os va a encantar. Y, seguramente, queráis quedaros a vivir en este libro, y no os importaría -a pesar de que a veces den ganas de atizar al idiota del protagonista- que nunca llegue a terminar. Y luego buscaréis y os pondréis a leer "A plena luz". Y, ya os lo digo, merecerá la pena.

Posdata: en cuanto a la película (porque sí, hay una película), uno entiende que es difícil adaptar algo tan vasto y orgánico, pero, a fuerza de cambiar cosas, la historia va perdiendo progresivamente su encanto hasta hacerse mucho más anodina que en el original. Por eso, no os la voy a recomendar especialmente. Aunque la dirija George Clooney.

miércoles, 1 de julio de 2026

El relato y la historia real de julio: "Fuego y tormentos"

 Fuego y tormentos.

Inspirado en una historia real

 

                Hay días que se parecen mucho al infierno. Si, en el lugar donde resides habitualmente, resuena el estruendo del entrechocar de armas; si la temperatura, por las habitaciones incendiadas, asciende a la que sufrirías en una caldera donde podrían estar cociéndote; si no estás seguro de, si en la próxima hora, seguirás vivo o si podrás salir de allí… pues no hay demasiadas diferencias a haber sido condenado al fuego y el suplicio eterno. Sobre todo, si estás en manos de unos herejes como los españoles. Porque eso quizá te demuestre, con cierta probabilidad, que te has equivocado de Dios.

                Pero vamos a dejar de lado lo que está ocurriendo dentro del resto del castillo de Guillermo de Orange, quien, por cierto, se halla muy lejos de allí mientras sus servidores son masacrados, desmembrados o, en el mejor de los casos, arrojados piadosamente por las almenas. Ahora mismo sólo vamos a concentrarnos en una habitación, la cual, desde luego, daba mucho miedo desde fuera, a causa de los recientes gritos que habían salido de ahí. Pero en este momento concreto, por un instante, se ha hecho el silencio. Parece que, desde dentro, la persona que está a cargo (de ropas negras, figura enjuta y rostro cetrino; al pesar de su esmerado bigote y su trabajado neerlandés, no consigue ocultar su origen español) quiere darle oportunidad a otra persona. Esta última se halla sentada, aunque en contra de su voluntad; sus manos están atadas junto a la parte posterior de una silla. Aunque quien se encontrara allí se sorprendería, sobre todo, por sus manos. De hecho, el torturador que se sitúa detrás de él, a pesar del horror, no puede parar de mirarlas. Y eso que el espanto que se abre ante sus ojos lo ha provocado él. Pero no es común contemplar a un individuo que se ha quedado sin ninguna uña en sus dedos. La carne viva se exhibe con crudeza en las falanges, de las que aún rezuma un líquido negruzco y pegajoso. El rostro del torturado refleja la angustia de la situación. Pero eso es lo que resulta más extraordinario aún.

                A pesar de todo, no ha hablado.

                -No entiendo ese empeño tuyo, la verdad -indica el hombre de pie, frente al prisionero, tratando de disimular todo lo posible su acento de origen hispánico-. Sólo es un puto cuadro. A ti ni te va ni te viene. Y todo esto puede cesar ahora mismo. Te pondremos en una cama, te curaremos las heridas. A cambio, simplemente, de que nos digas dónde está.

                El hombre maniatado, empero, sigue sin soltar prenda. El individuo que acaba de soltar la parrafada le hace un gesto al torturador. Éste abre mucho los ojos, como esperando una corroboración. ¿En serio?¿Vamos a llegar a esto?, parece preguntar con incredulidad. La figura de ropas negras, ahora mismo el representante del duque de Alba en estas tierras, asiente. Sí, en efecto, vamos a llegar a esto. El torturador se coloca frente al prisionero y se agacha. Coloca los brazos delante de su cuerpo y, al hacerlo, aproxima unos alicates muy pequeños que acerca al dedo gordo del pie izquierdo del torturado, quien tiene los pies descalzos. Coloca los alicates, con mucha delicadeza, envolviendo por arriba y por abajo la uña de dicho dedo. Gira de nuevo el cuello, buscando una última confirmación, o más bien lo contrario. El español agacha la cabeza, procurando no mirar: le resulta horripilante, pero sabe que es necesario. El torturador agarra con más fuerza los alicates.

                -¡Lo hemos encontrado!-oye a su espalda.

                Un suspiro de alivio recorre los pulmones de todos. Los tres individuos en la sala orientan los ojos hacia la puerta de entrada, donde la persona que acaba de llegar dirige a unos individuos para que entren en la habitación mientras cargan con una pintura. En realidad, es un tríptico; se halla cerrado, pero, a una indicación del español, los hombres que lo transportan abren la doble hoja que sirve de portada, y la composición pictórica se muestra en todo su esplendor. Ahí está: el cuadro por el que han hecho sufrir a ese hombre durante horas. Lo ha creado un enigmático y sin duda retorcido autor holandés. Algunos le llaman “el Bosco”. Se supone que representa el cielo, el infierno, y el paraíso terrenal. Al español le parece una pesadilla. Pero, cuando le ordenaron asaltar el castillo de Guillermo de Orange, aunque esta guerra se lleve a cabo por razones muy distintas, el duque de Alba le proporcionó una indicación muy precisa: “localiza el cuadro. Es tu absoluta prioridad”.

                Por eso se ve en la necesidad, hasta personal, de preguntar al torturado:

                -Ya ves. Al final lo hemos encontrado. Todo tu esfuerzo ha sido en vano. Ahora dime… ¿por qué esa cerrazón?¿Ha sido por lealtad a tu dueño? Porque, tenlo claro, él no lo hubiera hecho: en tus mismas circunstancias, él te hubiera vendido a la más mínima oportunidad. Eso lo sabes, ¿no? Así que, dime… ¿por qué nos ocultabas el emplazamiento del cuadro?

                El torturado alzó ligeramente la cabeza. Casi podría decirse que sonrió.

                -Esa pintura está maldita. Tiene algo demoníaco. No quiero tener nada que ver con ella.

                Escupió hacia un lado. De sus labios se vertió un hilillo de sangre.

                -La victoria será vuestra… pero el infierno… también es para vosotros.

                El español tragó saliva. Maldita sea si entendía algo de todo esto. En todo caso, había hecho su trabajo. Volvió a echarle un nuevo vistazo a la obra.

                Esperaba que el rey español (quien seguramente sería, a partir de ahora, el nuevo dueño de aquella enrevesada pintura) no tuviera que arrepentirse de lo que había conquistado… Rezó también por que terminara, cuanto antes, aquella maldita guerra.

 

Aclaración histórica: el episodio por el cual el guardián del castillo de Guillermo de Orange fue torturado de esa manera concreta por hombres del duque de Alba para revelar la localización de “El jardín de las delicias”, y éste resistió al tormento para no confesar su ubicación, es real. El resto de este relato es inventado.

Hoy en día, gracias al asalto de ese castillo, la pintura se exhibe en el Museo del Prado.

lunes, 22 de junio de 2026

El relato de junio: "Nunca te enemistes con..."

               La familia Higgins se levantó. Y hay que hablar en plural porque en la familia Higgins no se despertaban los miembros de manera individual, sino todos a la vez, en una secuencia que se iniciaba normalmente por el perro Poochie y proseguía con los niños, para rematar en una especie de orquesta andante y viviente a la que se iban incorporando paulatinamente la señora Higgins, la abuela Higgins y, por último, el señor Higgins, de tal manera que aquella familia-colmena acababa sentándose toda junta a la hora del desayuno. El hecho de que se hallaran en un hotel no alteró demasiado la secuencia de acontecimientos; si acaso los niños se precipitaron antes sobre la cama de los padres y los cinco (seis, incluyendo a la mascota) se apretujaron aún más en la mesa del desayuno, entre otras cosas porque la señora Higgins no tenía que preparar el café y freír los huevos. Eso sí, al término de la comida, devorada casi a dentelladas (con un ímpetu todavía mayor los humanos que el perro), el fragor y el entremezclar de cuerpos empezó de nuevo, esta vez en dirección a las maletas medio abiertas, los armarios medios llenos y los baños repletos de gente. El único que salió del apartamento (pues el señor Higgins había insistido en que un hotel era carísimo) fue el propio señor Higgins, obligado a sacar al perro, entre otras cosas, porque tener a Poochie fue un empeño personal suyo, y fue cuando lo adquirieron de las pocas veces en que su mujer se plantó: “A esa bestia parda o la sacas tú, o se queda en casa”, y el señor Higgins tuvo que transigir, entre otras cosas porque Poochie, en efecto, era un mastodonte de varios kilos de peso con quien la señora Higgins, con su diminuto tamaño, no sería capaz de lidiar ni con la más fuerte de las correas.

                Para el señor Higgins, pasear por las calles de El Cairo con el perro, en lugar de en su Manchester natal, era desde luego una novedad. Algunas cosas eran comunes: madres paseando con los niños, coches circulando por la calzada… Claro que las mujeres llevaban hiyab y las calles presentaban un embotellamiento continuo, interrumpido sólo por las escasas personas que intentaban cruzar a pie en medio del atasco. Entre ellos, el señor Higgins distinguió a un grupo de turistas que, como una bandada de patitos, caminaban por detrás de una familia egipcia, seguramente intimidados por el caso circulatorio de la ciudad y la ausencia de semáforos. La familia egipcia contemplaba la escena entre carcajadas risueñas: se veía que ya estaban acostumbrados a esa clase de escenas.

                De repente, el señor Higgins sintió en la correa un movimiento tenso y que, para el experto, resultaba evidente: Poochie se colocaba en esa posición tan ridícula que suelen tener los perros cuando defecan, con el rostro además de profunda humillación característico. Inmediatamente después de liberar el origen de sus zozobras, Poochie volvió a adquirir su cara normal, como si nada hubiera ocurrido.

                En ese momento, con mucha sutileza aprendida durante años, el señor Higgins miró cauteloso a ambos lados de la calle. ¿Nadie le estaba viendo? Estupendo. Y abandonó tranquilamente el lugar del crimen, dejando el mojón de su perro abandonado en la acera.


                Qué hermoso es visitar países extranjeros, pensó el señor Higgins.

*

                Aquel día tocaba visitar el museo de las momias. Su mujer había insistido. En realidad, la institución tenía un nombre más técnico y más largo, pero el señor Higgins no se había quedado con él: para el señor Higgins, todos los museos eran iguales. Si acaso, algunos tenían una cafetería con mejores platos.

                Iban en grupo, acompañados por un guía británico que les desplegaba su erudición, y la más brillante de sus verborreas:

                -Al final del Museo tendrán la tienda, donde podrán comprar toda clase de souvenirs. Pero no se preocupen por si les parecen muy caros: otro día podrán comprar productos similares en varias tiendas de esta calle. Eso sí, tengan cuidado, porque mañana es viernes, y ya saben ustedes que en Egipto el viernes y el sábado son fiesta y muchos lugares no están abiertos…

                -No, si esta gente con tal de no trabajar… -se quejó en voz demasiado alta el señor Higgins.

                -Pero cariño -le replicó de forma azorada y por lo bajini su esposa-, tienen dos días de fin de semana, como nosotros…

                El grupo, ajeno a estas preocupaciones, avanzaba presuroso hacia la siguiente sala. Allí, varias momias se hallaban expuestas dentro de sus sarcófagos. Algunas tenían las vendas puestas y otras, en cambio, mostraban tal cual la efigie de sus dueños, tan bien conservadas como si casi no hubieran pasado por ellas más de dos mil años. La mayor parte de los restos de faraones, princesas y hasta gatos momificados se hallaban rodeados de cajas de metacrilato protectoras, con una excepción. En medio de la sala, un grupo de hombres y mujeres con pinta de especialistas se hallaban examinando uno de los cuerpos. El ejemplar se hallaba expuesto a la vista: tenía los ojos cerrados, la piel cetrina, el aspecto de que podría haber fallecido lo mismo hace un millón de años que hace dos días, y hasta trazas de cabellos pelirrojos.

                -Ah, amigos, hemos tenido suerte. Nos hemos topado con el equipo de la doctora Al-Jadhim, que se encuentra inspeccionando uno de los valiosos tesoros del museo con un grupo de estudiantes. Esta es una oportunidad muy especial para ver una momia tan de cerca. En concreto, éste es el cuerpo de… ¿OIGA, PERO QUÉ ESTÁ USTED HACIENDO?

                Todos los ojos se volvieron hacia la parte inferior del cuerpo de la momia, a la altura donde se encontraba el señor Higgins. El cual, de manera aparentemente inocente, y sin que nadie se hubiera percatado (pues tanto los investigadores como el grupo turístico se hallaban situados alrededor de la cabeza del cadáver), se había acercado al pie de aquel cuerpo humano y lo había agarrado por el dedo meñique.

                De hecho, cuando todos los ojos se hallaban fijos en él, el señor Higgins se puso nervioso, realizó un movimiento extraño, y una porción del dedo de la momia se le quedó en la mano. Momento en empezó a mirar algo preocupado a su alrededor.

                El que más nervioso se puso fue el guía:

                -¿PERO SEÑOR HIGGINS, QUÉ CREE USTED QUE ESTÁ…?

                El hombre trató de disculparse.

                -Sólo es un dedi… una falange de nada.

                La mirada de odio que le dedicaba la egiptóloga que dirigía el examen del cadáver era un poema. Pero el que llegó armando más escándalo fue el guardia de seguridad. Bueno, en realidad no. El guardia de seguridad caminaba muy resolutivo para echarle, pero, mientras tanto, un visitante del museo con pinta de habitante de El Cairo se acercó al grupo y se puso a hablar en árabe a un ritmo muy rápido y a todo volumen.

                -¿Qué dice este hombre?-preguntó confuso el señor Higgins, que no sabía muy bien dónde colocar el fragmento de momia que aún tenía entre las manos.

                -Esto… -el guía se andaba tan abrumado por tantos acontecimientos que no sabía por dónde empezar a traducir-. Ha dicho que eso es una ofensa a su cultura, una falta de respeto por sus antepasados… Que además hay tradiciones egipcias muy serias al respecto, maldiciones para quien profane un cadáver de esa manera… Momias que se levantan de la tumba para vengar la profanación, ese tipo de cosas.

                -Ay, George, en menudo lío nos ha metido… -se lamentaba la señora Higgins para sus adentros, mientras se moría de vergüenza y deseaba estar en cualquier otra parte. Mientras tanto, la abuela Higgins no parecía enterarse de lo que estaba pasando, y los niños (que se habían quedado muy tristes después de saber que Poochie se debía quedar dentro del apartamento) se lo estaban pasando de lo lindo con aquel follón.

                -Mire, señor, creo que es mejor que se vaya del edificio -le espetó el guardia de seguridad en un inglés con acento.

                -¿Por qué?¿Por esto? -alzó el señor Higgins el dedo de la momia, todavía en sus manos-. Pero a él no he podido hacerle daño, ya está muerto.

                -¡No es un “él”, es una “ella”!-replicó el guía, superado por las circunstancias-. ¡Y cada parte de su cuerpo es de un valor in-cal-cu-la-ble!

                -Bueno, pero esto se pega con un poco de pegamento y…

                El individuo egipcio que se les había acercado, quizá entendiendo lo que estaba diciendo el señor Higgins, comenzó una diatriba todavía más acelerada y furiosa en su propia idioma.

                -Creo que el guardia tiene razón y que deberían ustedes irse -dictaminó el guía, mientras la señora Higgins se tapaba la cara con las manos y los niños estallaban en una alegría rabiosa. La abuela Higgins, mientras tanto, no entendía el motivo por el que se marchaban, pero se alegraba secretamente de hacerlo, porque le apetecía comer algo.

                De hecho, nada más salir del museo, escoltados por un vigilante guardia, la abuela Higgins manifestó sus ganas de ir a un restaurante, a lo cual se apuntaron jubilosos los niños, lo cual les obligó a buscar un lugar donde comer, pero esta vez sin las recomendaciones del guía para encontrar un sitio apto para extranjeros. Después de entrar en un par de locales donde la comida era tan picante que los paladares tan británicos de la familia Higgins les resultaba intolerable, acabaron todos juntos tomándose un helado en una cafetería de corte moderno, momento en que la señora Higgins sacó a relucir el mal cuerpo que le había dejado aquel incidente:

                -¡George, ¿cómo has sido capaz de hacer algo así?!¡Esa momia lleva siglos allí sin que nadie le haga nada, y vas tú y…!

                -Buah, qué exageración. Si es una momia más. Con la de cientos que tienen ahí…

                -¡Esa es otra!¡No hemos visto ni la mitad del museo!¡Pues mañana yo vuelvo allí, contigo o sin ti!¡No me voy a perder uno de los sitios que tenía apuntado para ver, sólo porque a ti no se te pueda sacar a ninguna parte!

                El señor Higgins, después de la sabiduría que había adquirido tras diez años de matrimonio, sabía que hay momentos para hablar, y momentos para callarse. Y supo intuir con clarividencia que ésta era de las ocasiones en que su mujer no atendería a razones.

                 El día se les hizo corto, porque, con la suerte de tribulaciones que habían vivido los integrantes de la familia británica, casi no quedó tiempo para hacer nada más. Aquella noche, tratando de olvidar los sucesos acaecidos, los Higgins se dispusieron simplemente a dormir. El señor Higgins, de hecho, concilió el sueño con total facilidad, como si ésa hubiera sido una jornada normal y corriente.

                Sin embargo, de alguna manera, el señor Higgins notó una cierta agitación nocturna. A mitad de la noche, sintió un chirrido en el extremo de la habitación y, en cuanto entreabrió el ojo, se dio cuenta de que una presencia estaba desplazando la puerta.

Entonces, desde el umbral, con sus ojos rojos, una figura espectral y envuelta en vendas lo miró y deslizó la lengua, anticipante, sobre unos afilados dientes… El señor Higgins intentó incorporarse, pero entonces descubrió que se encontraba paralizado por el terror…

                Aunque entonces, debido a la aceleración de sus propios latidos, se despertó. Y quedó aliviado al principio al mirar a la puerta y constatar que allí no había ninguna momia. Pero había algo que sí que estaba igual que en su sueño: seguía sin poder moverse. Al principio creyó que se le habían enredado los pies con las sábanas. Pero luego se dio cuenta de que no; entre otras cosas, porque no sólo se le habían inmovilizado las piernas, sino también el resto del cuerpo. El corazón le dio un vuelco cuando se dio cuenta de que tenía una mujer al lado. No su esposa, claro, que continuaba durmiendo plácidamente en su lado de la cama. Sino, a los pies del cabecero de la cama, una mujer ya madura, menuda y regordeta, de cabello oscuro, recogido en un moño. Le sonaba de algo… ¿quién era? ¡Ah, sí! Era la doctora que estaba dirigiendo la investigación que estaban realizando sobre la momia con la que habían tenido el incidente aquella mañana. ¿Qué demonios hacía en esa habitación?¿Y por qué le sonreía de manera tan enigmática?

                -Tranquilo, señor Higgins. Los efectos de la parálisis son normales. Es parte del efecto de la sustancia que le he inyectado hace unos minutos. ¿Sabe usted?, cuando una trabaja en el campo del antiguo Egipto, civilización en la cual se llevaban a cabo procesos de momificación exquisitos en los que se empleaba de manera excelente la química, se aprenden un par de trucos. Como la droga que le ha provocado la parálisis que ahora sufre. Así que no trate de resistirse, señor Higgins, no le servirá de nada. Y ahora, voy a envolverle en la alfombra de esta roñosa habitación para transportar su cuerpo. Discúlpeme si hay momentos en que lo hago de un modo poco delicado: pero ahora lo principal es no despertar a su esposa.

*

Describir el rato que pasó el señor Higgins envuelto en la alfombra, desplazado quién sabe hacia dónde por parte de una mujer que tenía toda la pinta de una psicópata, sería una tarea imposible porque cualquier narración se quedaría corta. De hecho, dentro de su muy limitada respiración, el señor Higgins exhaló un suspiro de alivio al ser liberado de la alfombra, pero detuvo la siguiente inspiración en seguida, nada más se dio cuenta de dónde estaba: habían vuelto al museo de las momias. Y, por el rabillo del ojo, el señor Higgins se dio cuenta de que se encontraba en uno de los sarcófagos. A pocos centímetros, la expresión de la cara de su secuestradora exhibía un tono de reproche suave, como el de una madre muy decepcionada por su hijo.

                -Bienvenido, señor Higgins. Va a sentir usted un raro privilegio: el de tener la oportunidad de sobrevivir durante miles de años dentro de una tumba, para ser admirado por las generaciones futuras. Sólo unos pocos miembros de la antigua civilización egipcia han podido llegar hasta nuestros días para cumplir ese destino: debería usted darle gracias a este momento.

                Si el señor Higgins hubiera podido hablar, casi que no hubiera hecho falta, porque sus inmóviles ojos lo expresaban todo a través de una mirada de pánico. La investigadora sonrió, entre despreciativa y condescendiente:

                -Conozco a los hombres como usted, señor Higgins: van por la vida como si sus actos no tuvieran consecuencias, matando a las flores conforme las pisan sin darse cuenta. Y si alguien se lo reprocha, se van sin decir nada, o si acaso emiten una falsa disculpa, y se marchan sin remordimientos. Esa clase de gente que emponzoña el mundo, a la que le da igual tener esclavizada a su pobre mujer que cargarse el dedo de una momia egipcia. Hasta que por fin encuentran la horma de su zapato: alguien que le da su merecido. Recuerde, señor Higgins: no le conviene enemistarse con una egiptóloga. Están muy acostumbradas a trabajar con los sentimientos extremos, con promesas absolutas, y con la perspectiva de la inmortalidad.

                Dicho esto, la mujer empezó a tomar lo que parecían unas vendas y a envolver de manera completa, metódica y sistemática al señor Higgins en ellas. El ciudadano británico hubiera derramado lágrimas de arrepentimiento y tristeza, si la droga no le impidiera hacer nada de todo esto. Cuando la investigadora terminó, le echó un último vistazo para comprobar que todo estaba correcto:

                -Ahora me voy, señor Higgins. No se preocupe: en realidad no soy tan cruel. El efecto de la droga se le pasará paulatinamente en unas horas y no tendrá ningún problema en salir de aquí. Eso sí, tendrá que explicar a los guardias del museo qué hacía dentro de un sarcófago, después de aparecer en pelota picada en medio del Museo en horario infantil. Pero ya le dejaré a usted que se las apañe: seguro que se las sabe arreglar. Mientras tanto, reconsidere lo que ha hecho y cómo se va a comportar en el futuro. Y recuerde: en caso de que vuelva usted a hacer lo que no debe, tengo muchas más ideas perversas de cómo actuar. Pase usted un buen día.

                Por suerte, la mujer se fue sin dejar cubierta la tapa del sarcófago. Aunque el señor Higgins no lo consideró una buena idea conforme vio a masas de niños y visitantes entrar poco a poco en el museo mientras éste se incorporaba a sus rutinas diarias. En un momento determinado, le pareció escuchar una voz reconocible. No, no podía ser… ¡Sí, eran ellos! Era su familia. Seguro que de alguna manera le reconocían y le sacaban de allí…

                -Ay, mira, Gertrude -le decía la señora Higgins a la madre del señor Higgins-… Qué momia tan bien hecha. Si parece que la hubieran envuelto ayer.

                -Hija, yo es que no puedo pensar en nada mientras no encontremos a George…

                -No te preocupes, Gertrude, seguro que se ha ido a dar una vuelta. Te apuesto a lo que quieras a que regresa antes de mediodía, preguntando qué vamos a comer. ¡Niños!¿Qué estáis haciendo?

                -¡Estamos tirando del dedo de la momia, como hizo ayer papá!

                -¡Estos niños, qué disgustos me dan!¿De las cosas que podríais haber heredado de su padre, tiene que ser precisamente esa manera de hacer el cafre? Ay, como nos vuelvan a expulsar por segundo día del museo no lo soportaría, qué bochorno sería…

                -Hija, de todas maneras me da la sensación de que esta momia es muy rara… ¿No te da la sensación de que está como llorando?

                -Uy, pues ahora que lo dices, es verdad… Es que ya se sabe cómo eran estos momificadores egipcios: si es que parece como si siguieran vivos… Cualquier día de estos se levantan Ramsés o alguno de estos y salen andando…

                La familia Higgins se fue, dejando a la momia tan sola y rodeada de gente como antes. A mediodía, por la hora de comer, fue vaciándose el museo. Fue en ese momento cuando sucedió algo inesperado: un perro de tamaño enorme, que se había escapado del apartamento donde le habían encerrado porque seguramente uno de los niños no había dejado muy bien cerrada la puerta, irrumpió en el museo, sin que ninguno de los guardias le hubiera atajado a su paso, y al encontrar un olor familiar, se acercó a uno de los sarcófagos, le pegó un par de lameteados a la cara de la momia que alojaba en su interior, y se tumbó al lado de la tumba egipcia. Esperando, como suele decirse, a que su dueño retornase, aunque para ello tuviera que aguardar durante siglos junto a la tumba: los animales, ya se sabe, tienen un concepto muy relativo de la eternidad.

lunes, 15 de junio de 2026

La historia real de junio: una breve biografía de Sergei Eisenstein

 


Vivimos tiempos extraños, en el cine y en todo lo demás. Nos encontramos con que las nuevas generaciones no conocen las películas anteriores a su era. Se podrían argumentar explicaciones de corte tecnológico: ahora no existe un único televisor, sino múltiples pantallas a través de numerosos dispositivos, así que los hijos no se ven obligados a ver las películas que les gustan a sus padres. Pero hay también una cierta explicación ideológica, o quizás ligada a una era: se desprecia lo antiguo, quizá por esa concepción centrada en el "yo" del nuevo romanticismo de los tiempos modernos, puede que tal vez porque facilita la creación de remakes a partir de películas que los adolescentes no han visto. En realidad, no es nada que no ocurriera antes (de hecho, remakes en el cine ha habido siempre, y desde 1920, al menos se ha estrenado uno por año), sólo que se ha magnificado: actualmente hay de media aproximadamente 5 veces más remakes al año de los que se producían en los años 80.

Pero quizá por eso, puede que sea una buena idea echarle un vistazo al cine antiguo. Esa época en la que había relativamente bastantes mujeres directoras (como es el caso de Alice Guy -la creadora de la primera película de fantasía, y del primer corto documental sobre el proceso de rodaje- o Lois Weber), antes de que, con el advenimiento del sonido, el cine se convirtiera en un asunto de presupuestos tan altos que los productores decidieran que era demasiado arriesgado dejarlo en mano de las mujeres. Esa época en que estaba todo por inventar y los cineastas eran locos en busca de un sueño, como relata la película "Así empezó Hollywood", de Peter Bogdanovich. En ese período, destaca una figura que quizá muchos aficionados al séptimo arte conoceréis: el director soviético Sergei Eisenstein.

Podríamos detenernos en la semblanza biográfica de Eisenstein, en sus padres desapegados o en sus inicios en el teatro, pero nada de esto es relevante, porque las cuestiones clave de su vida están ligadas al cine. Muy desde el inicio, empieza a dedicarse a este medio y, sobre todo, empieza a desarrollar una teoría muy especial sobre el montaje. Sí, el montaje, esa disciplina cinematográfica que tiene su propio Óscar y por la cual la forma de intercalar los planos es clave para el desarrollo de una escena. De hecho, ese concepto tiene un nombre, el efecto Kuleshov, por el cual la forma en que se desgrana la información en el montaje es clave para la percepción emocional del espectador. En ese sentido, Eisenstein no fue sólo un director, sino un profundo estudioso del cine, y desarrolló su propia teoría del montaje y sus tipos, diferente de la estadounidense, que transitaba por caminos distintos. Por cierto, que los pioneros del cine norteamericano tampoco lo tuvieron fácil en este apartado: cuando David W. Griffith le dijo a su productor que quería alternar a perseguidores y perseguidos durante un western, durante una escena de persecución, éste le dijo que los espectadores iban a sentirse confusos y no iban a entender nada. Por fortuna, los espectadores sí lo entendieron, aunque esto refleja en parte lo mucho que hemos cambiado como consumidores de cine (y lo poco que han cambiado los productores en el arte de equivocarse en sus predicciones).

Pero Eisenstein prosiguió adelante, y en ese sentido su gran obra maestra fue El acorazado Potemkim, quizá la película sobre la que más se ha escrito. Tiene mucha gracia que un barco tan importante para la historia del cine tenga el nombre de Piotr Potemkim, el ministro de Catalina la Grande el cual (según una anécdota seguramente falsa) creó los llamados pueblos Potemkim, es decir, pueblos ficticios (similares a los escenarios de cartón piedra de los decorados de cine) que servían para convencer a la zarina de que todo marchaba sobre ruedas en el Imperio ruso, aunque la realidad fuera muy distinta. Hay que situarnos en el contexto: nos encontramos en el nacimiento de la era soviética, y todas las películas han de estar sometidas a la propaganda. También la de Eisenstein, que encuentra sin embargo sus estrategias para trascender de manera artística a pesar de las limitaciones temáticas o de otro tipo. El acorazado Potemkim narra los sucesos alrededor de la revolución soviética en la que se vio implicado este buque. Una de las escenas claves tiene lugar con la masacre que las tropas zaristas (en concreto, cosacos) realizan en la ciudad de Odessa. En concreto, estamos hablando de la escena de la escalinata, el culmen de las técnicas de montaje de Eisenstein, y que ha sido posteriormente homenajeada en El padrino, Bananas, Brasil, La venganza de los Sith, la tercera entrega de Agárralo como puedas, en dos capítulos de Los Simpson y, sobre todo, en la maravillosa secuencia rodada por Brian de Palma en Los intocables de Elliot Ness. Por cierto, la escalinata todavía puede verse hoy en día en Odessa (Ucrania), y desde 1955 se denomina Escalera Potemkim.

En la cima de su popularidad, Eisenstein viaja a Europa para investigar sobre la reciente tecnología del sonido. Allí, se encuentra con un directivo de la productora Paramount, que le convence de visitar Estados Unidos. Le hace caso, y allí le reciben como un genio artístico. Se cuenta que tuvo lugar una curiosa escena en el despacho de un productor: Eisenstein iba acompañado de un amigo ruso, y cuentan que el productor les preguntó qué les parecían las películas norteamericanas. Por lo visto Eisenstein y su amigo se miraron entre sí, y aunque no dijeron nada, dejaron pasar un lapso lo suficientemente largo como para que nada de lo que explicaran después tuviera la más mínima importancia. Sin embargo, los proyectos de Eisenstein en Estados no florecieron: entre otras cosas, porque ya por aquel entonces comenzaba la paranoia anticomunista en Estados Unidos, y hubo personas que se dedicaron sistemáticamente a denigrar al cineasta nacido en la actual Letonia, a quien le denominaron "perro rojo". Así pues, Eisenstein marchó hacia latitudes donde su arte fuera mejor valorado.

De hecho, no viajó muy lejos: marchó a México, donde trató de rodar la película "¡Que viva México!", ambientada en la revolución de este país. La producción estuvo plagada de problemas: entre otras cosas un terremoto, a partir del cual Eisenstein aprovechó para rodar un corto documental en el que relataba las consecuencias de la tragedia. Además, a Eisenstein llegaron a meterle en la cárcel nada más llegar al país por una confusión que se arregló gracias a un amigo español. Sin embargo, el inconveniente que acabó hiriendo de muerte la película fue que Upton Sinclair (escritor, premio Nobel, hoy olvidado: en parte con justicia, porque aunque sus obras tenían un punto social importante y llegaron a ser proféticas -como con este libro que predecía la aparición de un político muy similar a Donald Trump-, su prosa estaba demasiado supeditada a su mensaje político), quien era a la postre patrocinador de la película, decidió dejar de financiarla. Eisenstein volvió a la Unión Soviética, y aunque Sinclair le dijo que le mandaría el film cuando estuviera terminado, lo cierto es que de las varias versiones que se produjeron, ninguna tuvo la supervisión de Eisenstein, quedando como una película maldita de cuyos males culparía Sinclair a la Unión Soviética.

Conflictos cinematográficos aparte, Eisenstein no resultó inmune de aquel viaje. Desde entonces, Stalin, el todopoderoso dictador soviético, le miró con suspicacia, tras su contacto con las subversivas ideas extranjeras. Era frecuente que hubiera choques entre Eisenstein y las autoridades soviéticas, porque en un régimen que llegó a prohibir la teoría darwinista por considerarla demasiado capitalista, un cineasta como Eisenstein, que a veces se centraba en las figuras individuales en lugar del colectivismo que debía impregnar cada aspecto del arte soviética, se consideraba un verso suelto. Sin embargo, Stalin supo dar buen uso de la capacidad de Eisenstein para sus propias intenciones propagandísticas. De hecho, en mitad de la Segunda Guerra Mundial, durante aquel conflicto ciclópeo que enfrentó a la Unión Soviética con Alemania, Eisenstein realizó la patriótica Iván El Terrible, la cual ensalzaba la capacidad de resistencia rusa contra sus enemigos (y, de paso, ponía en duda el origen de la legitimidad del poder del zar: algo que sin duda no le gustó a Stalin). Sin embargo, como suele ocurrir, después de aquello, si te he visto no me acuerdo: los siguientes capítulos de lo que iba a ser una trilogía alrededor del zar ruso (que Eisenstein pretendía que fueran en color y, en todo caso, compartían la belleza fotográfica de la película original) fueron manipulados por la censura soviética, y Eisenstein nunca consiguió que fuera su montaje el que finalmente viera la luz.

Eisenstein falleció a una edad temprana como consecuencia de un infarto. Aunque después hubo varios cineastas soviéticos notables, ninguno salvo Tarkovsky llegó a igualar su fama como artista. Eisenstein, entre otras cosas, representa el esfuerzo por el que artistas e intelectuales, incluso en la más férrea de las dictaduras, intentan encontrar la forma de expresar sus ideas de la forma más libre posible. Una lección que podrían aprender los palmeros de los pequeños dictatorzuelos que abundan con tanta frecuencia hoy en día.

Nos vemos, nos leemos. Un saludo, y disfrutar de las buenas películas, incluyendo las de Eisenstein.

lunes, 8 de junio de 2026

La historia corta de junio: "Ser protagonista de la historia sin saberlo"

         Hay veces en que no conocemos la auténtica causa por la que ocurren los acontecimientos y, por tanto, sólo tenemos una versión parcial de los mismos, de tal manera que nuestra interpretación resulta siempre sesgada y, las más de las veces, errónea.

         Como le ocurrió a aquel Boing 747 que despegó del aeropuerto de Tenerife Norte un buen día y, sin quererlo, se introdujo por un agujero de gusano que le hizo aparecer por la Palestina del año 1 después de Cristo en dirección este.

         El viaje temporal fue, en verdad, muy corto, pues, al poco tiempo, y antes siquiera de que los pilotos pudieran apercibirse del suceso (apenas detectaron un par de señales anómalas en la nave), volvieron a meterse por un agujero de gusano que les dejó en su localización original.

         Sin embargo, para entonces, el brillo y la estela de su avión al atardecer ya los habían visto unos cuantos millares de personas de unas cuantas civilizaciones en el mundo, y, bueno, como suele decirse… el resto es leyenda.

            Los pasajeros, ajenos a esto, siguieron haciendo su vida normal.

lunes, 1 de junio de 2026

Los libros de junio: "El abogado secreto" y "Bajo las togas: errores judiciales y otras infamias".

"El abogado secreto" (The secret barrister en inglés) es uno de esos excelentes ensayos que nos trae la editorial Capitán Swing para ilustrar el mundo en que vivimos. El autor (conocido en redes precisamente como The secret barrister) es un afamado divulgador acerca de cómo funciona el sistema judicial británico, el cual tiene algunas características propias muy diferenciadoras del resto de sistemas, y algunas miserias comunes al resto de países. Por ejemplo, los lectores se sorprenderán al ver las distintas tipologías de juristas que coexisten en el Reino Unido (algo que ya vimos con la serie Silk), o la importancia que se le da -al menos en teoría- a los derechos individuales en las islas británicas. Aunque el libro ya tiene unos años, algunas reflexiones siguen siendo muy actuales, como, por ejemplo, el peligro de mantener en prisión preventiva a un inocente durante meses o años (como por ejemplo planteaba la serie The nigh of), un tema muy polémico también en España a raíz de ciertas resoluciones judiciales. 


Otro ensayo sobre derecho, escrito por además un jurista español de prestigio, al que muchos conocimos gracias al caso descrito en el sorprendente documental "Seré asesinado". En este caso, Carlos Castresana (que ha participado en juicios tan señeros como el caso Pinochet) se pone a reflexionar sobre los pleitos más controvertidos de la jurisprudencia internacional para describir aquellas circunstancias en las cuales precisamente quienes debían impartir justicia -en especial los jueces- se comportaron de manera abyecta e infame. De hecho, muchos de estos juicios (como el del crimen de Cuenca) modificaron la normativa legal de su entorno, y otros (como el del asesinato en León en el entorno del Partido Popular) todavía colean en el imaginario colectivo. Aunque escrito a veces con un lenguaje demasiado "jurídico", el texto es muy útil para conocer algunos de los grandes procesos -Martin Guerre, Mariana Pineda, Nuremberg, los juicios británicos a sucesos en Irlanda del Norte- que han dado forma al derecho de los países occidentales.