sábado, 1 de agosto de 2026

La historia real, el libro, las películas de agosto: la historia del primer asesino en serie de la Unión Soviética

Chikatilo no es un nombre tan conocido como Jack el Destripador o Ted Bundy. Y, sin embargo, fue responsable de aproximadamente unas 52 muertes (la mayoría niños) en la Unión Soviética. Su historia da para un par de reflexiones, y además ha habido alguna obra literaria y cinematográfica sobre su captura, así que quizá merezca la pena echarle un breve vistazo.

La infancia de Andrei Chikatilo fue sin duda desdichada. Nacido en lo que hoy es Ucrania, su niñez le pilló en medio de una época de hambruna en la región que muchos atribuyen (con discusión al respecto, aunque seguramente con parte de razón) a un castigo intencionado por parte de Stalin. De hecho, la madre de Andrei le contó que, antes de que él naciera, un hermano suyo fue secuestrado por sus vecinos para devorarlo. No sabemos si la historia era verdad -de hecho, no hay pruebas de que tal hermano existiese-, pero a Chikatilo aquel relato le traumatizó. Si a ello le unes que la familia a veces tenía que comer hierba porque no había más para alimentarse, y que se sospecha que la madre de Andrei fue violada durante la Segunda Guerra Mundial, quizá en presencia de su propio hijo, se puede entender que aquel chico no iba a tener perspectivas muy halagüeñas en cuanto a la salud mental se refiere.

Andrei crece y es un niño tímido, que estudia mucho para compensar su miopía y una debilidad que ha quedado como secuela de su dolorosa infancia, y de una madre que era demasiado dura con sus hijos. Sufre bullying y, por si fuera poco, a pesar de sus esfuerzos, no consigue entrar en la universidad. Para colmo, en la adolescencia descubre que sufre de impotencia, un mal que le aquejará toda su vida, y que le llenará de vergüenza cada vez que alguien lo descubra. De hecho, tras el servicio militar, cuando vuelve a casa, una chica con la que trata de mantener relaciones sexuales de manera infructuosa lo comenta con sus compañeros (por lo visto con la única intención de pedirles consejo), y el hecho de que el rumor se extienda le hace a Andrei primero tratar de sucidarse y luego marcharse para siempre del hogar de sus padres. Aunque, por supuesto, sus problemas le acompañarán.

Instalado en un pueblo cerca de la ciudad de Rostov, encuentra un trabajo como técnico de comunicaciones. Su hermana se va a vivir con él un tiempo, y decide ayudarle a encontrar una esposa. Lo consigue, aunque está claro que el matrimonio es más un pacto de conveniencia que la evolución de una pareja real. De hecho, la impotencia de Andrei provoca que tengan que hacer auténticos malabares (no entraré en detalles) para concebir hijos, cosa que finalmente consiguen por dos veces.

Chikatilo consigue completar estudios universitarios y se convierte en profesor de escuela, pero aunque todo el mundo admite que tiene suficientes conocimientos sobre las materias que imparte, es incapaz de mantener la disciplina entre los alumnos, que suelen aprovecharse de él. Si a ello le sumas que (como todos los adolescentes) sus estudiantes le recuerdan, con su propia iniciación al sexo, lo que él mismo no es capaz de hacer, el caldo de cultivo no puede ser más nefasto. Chikatilo se ve envuelto en varios incidentes de abusos sexuales a alumnas, lo cual acaba expulsándole del mundo de la enseñanza. En la siguiente etapa de su vida, consigue un trabajo como encargado de suministros para una empresa en Rostov, lo cual le obliga a viajar a menudo. Ésta será una de las claves para el desarrollo de sus crímenes.

Focalizándonos un poco en esta parte, no vamos a describir la extensa y atroz carnicería que Chikatilo llevó a cabo con más de cincuenta víctimas, la mayoría menores de edad (por cierto, de ambos sexos). Sí que hay algunas características comunes: salvo la primera chica (a la que asesinó cerca de una propiedad que le pertenecía), a casi todos les encontraba alrededor del sistema de trenes que Chikatilo conocía porque su trabajo le obligaba a tomarlos con frecuencia. Solía ir a por gente joven, débil, desorientada, seguramente con historias personales complicadas, y que se veía abrumada por tener que usar medios de transporte locales fuera de sus ciudades natales. Entonces, Andrei les ofrecía ayuda, comida o bebida, y, a cambio de este auxilio, los pobres inocentes accedían a tener relaciones sexuales con él. Por sistema, Chikatilo era incapaz de consumar el coito; era entonces cuando apuñalaba o estrangulaba a sus víctimas, y era en el momento de la agonía cuando Chikatilo, sentado encima del cuerpo moribundo, conseguía alcanzar el orgasmo. No era raro que (en ocasiones aún vivos) les mutilara los genitales y los ojos, o que les eviscerara. Luego ocultaba más o menos los cuerpos y se iba, pero siempre acababan descubriendo los cadáveres, todos asesinados con un patrón similar. Y, claro, al final (corre el año 1983, y Chikatilo lleva cinco años matando) las autoridades ataron cabos, empezaron a pensar que había un asesino común, y se pusieron a investigar.

En este punto de partida se inicia "Ciudadano X", un telefilm que, de manera sobria, y con una estupenda gestión de la tensión dramática, narra la investigación desde el punto de vista policial. Por supuesto, no os lo voy a contar todo, pero la clave es que se centra en la figura del forense que se coloca a cargo del caso (interpretado por un estupendo Stephen Rea), y su inmediato superior, a cargo de un poliédrico Donald Sutherland. La dificultad es mayúscula, porque no sólo tienen que investigar estos casos con menos experiencia y medios que sus colegas norteamericanos, sino que las autoridades soviéticas se niegan a reconocer que pueda haber un asesino en serie (un fenómeno típico de la decadencia capitalista, según las autoridades) en la URSS. De hecho, se buscan culpables entre una serie de sospechosos que incluyen pedófilos, homosexuales y discapacitados intelectuales. Teóricamente, esto lleva a la resolución de crímenes distintos de los originales, pero en la práctica, lo que ocurre es que ciertos colectivos vulnerables son hostigados, utilizados como cabeza de turco y (en una URSS nada amable con los interrogatorios) obligados a confesar crímenes que no han cometido. La película describe muy bien lo difícil que es moverse dentro de la burocracia dictatorial del régimen soviético, y lo mucho que esta dinámica pesa sobre el investigador protagonista.

Más o menos también desde el punto de vista del investigador parte el libro (también adaptado a película) "El niño 44", aunque juega con algunos elementos con bastante libertad: lo primero, cambia la época del caso, trasladándola de los años 70-80-90 a los 50; da un origen de tono mítico a las motivaciones del personaje, inspirándose en historias de la infancia de Chikatilo -aunque su retrato del asesino es bastante más pulcro que el personaje original-; pone como policía a cargo del caso a un hombre que descubrirá muchas cosas sobre sí mismo y su entorno conforme se enfrente a las contradicciones del sistema; y, sobre todo, el investigador se verá atrapado por la maraña de la tiranía soviética (más incluso que el detective original), generando una parte de la trama que, tanto en el libro como la película, a pesar del teórico interés, acaba resultando algo menos atractiva. El final es de las partes en las que más se diferencia de "Ciudadano X", la cual refleja de manera más exacta -siempre con sus licencias- como transcurrió la labor policial, aunque esta última película la conecta estrechamente con cómo fueron cambiando los métodos de investigación conforme Gorvachov iba transformando la Unión Soviética. Uno de los aspectos más destacados del caso fue que, por primera vez en la Unión Soviética, se contó, para establecer un perfil psicológico de un asesino, a un psiquiatra, papel que en "Ciudadano X" interpreta de manera notable un estupendo Max von Sydow.

No voy a contaros el final por si os apetece leer o ver las obras de ficción: os diré que, obviamente, a Chikatilo le cazaron, en concreto en el año 1990. De hecho, se descubrió que se le había fichado seis años antes durante el transcurso de la investigación criminal, pero un resultado muy extraño relacionado con su tipo sanguíneo (y al que todavía no se le ha hallado una explicación definitiva, aunque probablemente tenga que ver con las deficiencias de los laboratorios de la URSS en aquella época) evitó que fuera asociado con los crímenes. El juicio, como es obvio, se rodeó de mucha tensión y polémica, tanto por las familias de las víctimas (enrabietadas con el criminal y con algunos aspectos de la investigación) como por parte del acusado, que se desdecía, reprochaba cosas al tribunal, y al que tuvieron que meterle en una jaula con barrotes dentro del juicio para protegerle de la multitud colérica. Finalmente, fue sentenciado a muerte y ejecutado en 1994. De su extensa lista de víctimas, algunas no quedaron del todo aclaradas, y es probable que llevara a cabo más de las que de manera oficial se le atribuyeron.

Las lecciones del caso Chikatilo son múltiples: desde lo frecuente que es ver cómo los asesinos en serie son personas que sienten que han fracasado y encuentran en el crimen la única forma de aliviar sus frustraciones (demostrándose, además, que pueden aparecer en diferentes culturas y regímenes, y que el "esto no puede pasar aquí" es un absurdo), hasta lo difícil que es hacer nada bien en las dictaduras, especialmente tratar de dilucidar la verdad. Como suele ocurrir, los asesinos de la realidad no son tan glamourosos como los de la ficción, y las víctimas sufren por partida doble la violencia de los asesinos y los sesgos de las autoridades -algo que, por desgracia, también ocurre en las democracias liberales-. Chikatilo también nos muestra lo horrorosos que pueden ser los abismos de las profundidades humanas, y cómo ciertas personas, de manera más o menos consciente, son capaces de convivir con lo inaceptable. "Nada de lo humano me es ajeno", dijo el poeta latino Publio Terencio Afer y, querámoslo o no, estas personas son también nuestros congéneres, y su vida un hecho que, en determinadas circunstancias, podría sucedernos a nosotros.

lunes, 27 de julio de 2026

Las historias cortas de julio: Para comunicarse hacen falta pocas palabras

Pero cuando Juana gritó "¡Guapa!" de manera aparentemente espontánea al paso de la virgen en la procesión de Semana Santa, a quien verdaderamente miró fue a su compañera Julia. Y así fue como Julia descubrió que Juana siempre había estado secretamente enamorada de ella.

 *

El día que Paco, el operario mecánico, perdió la mano izquierda en un accidente de trabajo, él, que era sordo, también perdió su medio de comunicación habitual (el lenguaje de signos), así que se quedó mudo. Para ayudarle, sus compañeros de trabajo le han construido una prótesis que permite que, con leves movimientos del brazo, una mano izquierda de plástico articule los signos que quiere expresar. De esa manera, más que de ninguna otra, le han demostrado su aprecio.

Él, por otra parte, con ambas manos, la suya y la que le han regalado sus amigos, compone el lenguaje de signos con tanta poesía que parece que, en el aire, está pintando.

lunes, 13 de julio de 2026

El libro (¿libros?) y ¿la película? de julio: "El bar de las grandes esperanzas", de JR Moehringer

JR Moehringer (si es que ése es su verdadero nombre, pues la historia de esas iniciales sin puntos trae tela; la descubriréis en el libro) ya me sorprendió en el pasado con "A plena luz", una novela que ficcionaba una escueta noticia de periódico para construir la semblanza al completo de un carismático atracador de bancos. En este sentido, cuando leo "El bar de las grandes esperanzas", un libro protagonizado por alguien con el nombre del autor, que parece eminentemente autobiográfico, y que según el epílogo es prácticamente un libro de memorias con casi todos los nombres conservados, me da por sospechar. Y es que Moehringer es un maestro contando historias, del tipo de los que creen que un buen relato es demasiado bueno para que la verdad se interponga y lo chafe. Y aun así, tiene pinta de realista: como la vida, la narración sufre súbitos cambios de dirección, retorna varias veces al mismo punto, no tiene finales redondos, y, salvo alguna escena resuelta con brillantez, nada nunca es tan romántico como uno se lo imagina. Pero hay que reconocer también que este cuento de perdedores, de conversadores, de gente que se refugia en los bares, no sólo para beber, sino sobre todo para hablar; este viaje de cómo un niño busca la masculinidad que cree que nunca adquirió por carecer de padre; este homenaje al acto de contar historias, ya sea en un bar, en un libro, desde un periódico o a los amigos; esta historia, en fin, de cómo alguien crece y supera las adversidades (especialmente, la mayor de todas: el miedo a enfrentarse a uno mismo) es un relato apasionante, telúrico y absorbente, de los que engloba el universo y el tiempo den su totalidad porque, al fin y al cabo, transcurre en Nueva York, y como todo neoyorkino sabe, fuera de sus fronteras no hay nada que merezca ser nombrado. Y, por supuesto, transcurre en los bares y a través de gente que vive en los bares, con todas sus grandezas y sus miserias, y escapa de los bares para adentrarse en los recovecos siempre complejos de la familia, la universidad, el mundo laboral, el maravilloso mundo de los libros y, especialmente, el amor, ese laberinto insondable.

En fin, que os lo leáis: es largo, tiene una prosa envolvente y compleja (en ocasiones, como una catedral gótica), que cree en el poder de las palabras -de acunarte, acariciarte, de rodearte de palabras-, pero, ya sea a pesar de eso (o, sobre todo, a causa de eso), os va a encantar. Y, seguramente, queráis quedaros a vivir en este libro, y no os importaría -a pesar de que a veces den ganas de atizar al idiota del protagonista- que nunca llegue a terminar. Y luego buscaréis y os pondréis a leer "A plena luz". Y, ya os lo digo, merecerá la pena.

Posdata: en cuanto a la película (porque sí, hay una película), uno entiende que es difícil adaptar algo tan vasto y orgánico, pero, a fuerza de cambiar cosas, la historia va perdiendo progresivamente su encanto hasta hacerse mucho más anodina que en el original. Por eso, no os la voy a recomendar especialmente. Aunque la dirija George Clooney.

miércoles, 1 de julio de 2026

El relato y la historia real de julio: "Fuego y tormentos"

 Fuego y tormentos.

Inspirado en una historia real

 

                Hay días que se parecen mucho al infierno. Si, en el lugar donde resides habitualmente, resuena el estruendo del entrechocar de armas; si la temperatura, por las habitaciones incendiadas, asciende a la que sufrirías en una caldera donde podrían estar cociéndote; si no estás seguro de, si en la próxima hora, seguirás vivo o si podrás salir de allí… pues no hay demasiadas diferencias a haber sido condenado al fuego y el suplicio eterno. Sobre todo, si estás en manos de unos herejes como los españoles. Porque eso quizá te demuestre, con cierta probabilidad, que te has equivocado de Dios.

                Pero vamos a dejar de lado lo que está ocurriendo dentro del resto del castillo de Guillermo de Orange, quien, por cierto, se halla muy lejos de allí mientras sus servidores son masacrados, desmembrados o, en el mejor de los casos, arrojados piadosamente por las almenas. Ahora mismo sólo vamos a concentrarnos en una habitación, la cual, desde luego, daba mucho miedo desde fuera, a causa de los recientes gritos que habían salido de ahí. Pero en este momento concreto, por un instante, se ha hecho el silencio. Parece que, desde dentro, la persona que está a cargo (de ropas negras, figura enjuta y rostro cetrino; al pesar de su esmerado bigote y su trabajado neerlandés, no consigue ocultar su origen español) quiere darle oportunidad a otra persona. Esta última se halla sentada, aunque en contra de su voluntad; sus manos están atadas junto a la parte posterior de una silla. Aunque quien se encontrara allí se sorprendería, sobre todo, por sus manos. De hecho, el torturador que se sitúa detrás de él, a pesar del horror, no puede parar de mirarlas. Y eso que el espanto que se abre ante sus ojos lo ha provocado él. Pero no es común contemplar a un individuo que se ha quedado sin ninguna uña en sus dedos. La carne viva se exhibe con crudeza en las falanges, de las que aún rezuma un líquido negruzco y pegajoso. El rostro del torturado refleja la angustia de la situación. Pero eso es lo que resulta más extraordinario aún.

                A pesar de todo, no ha hablado.

                -No entiendo ese empeño tuyo, la verdad -indica el hombre de pie, frente al prisionero, tratando de disimular todo lo posible su acento de origen hispánico-. Sólo es un puto cuadro. A ti ni te va ni te viene. Y todo esto puede cesar ahora mismo. Te pondremos en una cama, te curaremos las heridas. A cambio, simplemente, de que nos digas dónde está.

                El hombre maniatado, empero, sigue sin soltar prenda. El individuo que acaba de soltar la parrafada le hace un gesto al torturador. Éste abre mucho los ojos, como esperando una corroboración. ¿En serio?¿Vamos a llegar a esto?, parece preguntar con incredulidad. La figura de ropas negras, ahora mismo el representante del duque de Alba en estas tierras, asiente. Sí, en efecto, vamos a llegar a esto. El torturador se coloca frente al prisionero y se agacha. Coloca los brazos delante de su cuerpo y, al hacerlo, aproxima unos alicates muy pequeños que acerca al dedo gordo del pie izquierdo del torturado, quien tiene los pies descalzos. Coloca los alicates, con mucha delicadeza, envolviendo por arriba y por abajo la uña de dicho dedo. Gira de nuevo el cuello, buscando una última confirmación, o más bien lo contrario. El español agacha la cabeza, procurando no mirar: le resulta horripilante, pero sabe que es necesario. El torturador agarra con más fuerza los alicates.

                -¡Lo hemos encontrado!-oye a su espalda.

                Un suspiro de alivio recorre los pulmones de todos. Los tres individuos en la sala orientan los ojos hacia la puerta de entrada, donde la persona que acaba de llegar dirige a unos individuos para que entren en la habitación mientras cargan con una pintura. En realidad, es un tríptico; se halla cerrado, pero, a una indicación del español, los hombres que lo transportan abren la doble hoja que sirve de portada, y la composición pictórica se muestra en todo su esplendor. Ahí está: el cuadro por el que han hecho sufrir a ese hombre durante horas. Lo ha creado un enigmático y sin duda retorcido autor holandés. Algunos le llaman “el Bosco”. Se supone que representa el cielo, el infierno, y el paraíso terrenal. Al español le parece una pesadilla. Pero, cuando le ordenaron asaltar el castillo de Guillermo de Orange, aunque esta guerra se lleve a cabo por razones muy distintas, el duque de Alba le proporcionó una indicación muy precisa: “localiza el cuadro. Es tu absoluta prioridad”.

                Por eso se ve en la necesidad, hasta personal, de preguntar al torturado:

                -Ya ves. Al final lo hemos encontrado. Todo tu esfuerzo ha sido en vano. Ahora dime… ¿por qué esa cerrazón?¿Ha sido por lealtad a tu dueño? Porque, tenlo claro, él no lo hubiera hecho: en tus mismas circunstancias, él te hubiera vendido a la más mínima oportunidad. Eso lo sabes, ¿no? Así que, dime… ¿por qué nos ocultabas el emplazamiento del cuadro?

                El torturado alzó ligeramente la cabeza. Casi podría decirse que sonrió.

                -Esa pintura está maldita. Tiene algo demoníaco. No quiero tener nada que ver con ella.

                Escupió hacia un lado. De sus labios se vertió un hilillo de sangre.

                -La victoria será vuestra… pero el infierno… también es para vosotros.

                El español tragó saliva. Maldita sea si entendía algo de todo esto. En todo caso, había hecho su trabajo. Volvió a echarle un nuevo vistazo a la obra.

                Esperaba que el rey español (quien seguramente sería, a partir de ahora, el nuevo dueño de aquella enrevesada pintura) no tuviera que arrepentirse de lo que había conquistado… Rezó también por que terminara, cuanto antes, aquella maldita guerra.

 

Aclaración histórica: el episodio por el cual el guardián del castillo de Guillermo de Orange fue torturado de esa manera concreta por hombres del duque de Alba para revelar la localización de “El jardín de las delicias”, y éste resistió al tormento para no confesar su ubicación, es real. El resto de este relato es inventado.

Hoy en día, gracias al asalto de ese castillo, la pintura se exhibe en el Museo del Prado.

lunes, 22 de junio de 2026

El relato de junio: "Nunca te enemistes con..."

               La familia Higgins se levantó. Y hay que hablar en plural porque en la familia Higgins no se despertaban los miembros de manera individual, sino todos a la vez, en una secuencia que se iniciaba normalmente por el perro Poochie y proseguía con los niños, para rematar en una especie de orquesta andante y viviente a la que se iban incorporando paulatinamente la señora Higgins, la abuela Higgins y, por último, el señor Higgins, de tal manera que aquella familia-colmena acababa sentándose toda junta a la hora del desayuno. El hecho de que se hallaran en un hotel no alteró demasiado la secuencia de acontecimientos; si acaso los niños se precipitaron antes sobre la cama de los padres y los cinco (seis, incluyendo a la mascota) se apretujaron aún más en la mesa del desayuno, entre otras cosas porque la señora Higgins no tenía que preparar el café y freír los huevos. Eso sí, al término de la comida, devorada casi a dentelladas (con un ímpetu todavía mayor los humanos que el perro), el fragor y el entremezclar de cuerpos empezó de nuevo, esta vez en dirección a las maletas medio abiertas, los armarios medios llenos y los baños repletos de gente. El único que salió del apartamento (pues el señor Higgins había insistido en que un hotel era carísimo) fue el propio señor Higgins, obligado a sacar al perro, entre otras cosas, porque tener a Poochie fue un empeño personal suyo, y fue cuando lo adquirieron de las pocas veces en que su mujer se plantó: “A esa bestia parda o la sacas tú, o se queda en casa”, y el señor Higgins tuvo que transigir, entre otras cosas porque Poochie, en efecto, era un mastodonte de varios kilos de peso con quien la señora Higgins, con su diminuto tamaño, no sería capaz de lidiar ni con la más fuerte de las correas.

                Para el señor Higgins, pasear por las calles de El Cairo con el perro, en lugar de en su Manchester natal, era desde luego una novedad. Algunas cosas eran comunes: madres paseando con los niños, coches circulando por la calzada… Claro que las mujeres llevaban hiyab y las calles presentaban un embotellamiento continuo, interrumpido sólo por las escasas personas que intentaban cruzar a pie en medio del atasco. Entre ellos, el señor Higgins distinguió a un grupo de turistas que, como una bandada de patitos, caminaban por detrás de una familia egipcia, seguramente intimidados por el caso circulatorio de la ciudad y la ausencia de semáforos. La familia egipcia contemplaba la escena entre carcajadas risueñas: se veía que ya estaban acostumbrados a esa clase de escenas.

                De repente, el señor Higgins sintió en la correa un movimiento tenso y que, para el experto, resultaba evidente: Poochie se colocaba en esa posición tan ridícula que suelen tener los perros cuando defecan, con el rostro además de profunda humillación característico. Inmediatamente después de liberar el origen de sus zozobras, Poochie volvió a adquirir su cara normal, como si nada hubiera ocurrido.

                En ese momento, con mucha sutileza aprendida durante años, el señor Higgins miró cauteloso a ambos lados de la calle. ¿Nadie le estaba viendo? Estupendo. Y abandonó tranquilamente el lugar del crimen, dejando el mojón de su perro abandonado en la acera.


                Qué hermoso es visitar países extranjeros, pensó el señor Higgins.

*

                Aquel día tocaba visitar el museo de las momias. Su mujer había insistido. En realidad, la institución tenía un nombre más técnico y más largo, pero el señor Higgins no se había quedado con él: para el señor Higgins, todos los museos eran iguales. Si acaso, algunos tenían una cafetería con mejores platos.

                Iban en grupo, acompañados por un guía británico que les desplegaba su erudición, y la más brillante de sus verborreas:

                -Al final del Museo tendrán la tienda, donde podrán comprar toda clase de souvenirs. Pero no se preocupen por si les parecen muy caros: otro día podrán comprar productos similares en varias tiendas de esta calle. Eso sí, tengan cuidado, porque mañana es viernes, y ya saben ustedes que en Egipto el viernes y el sábado son fiesta y muchos lugares no están abiertos…

                -No, si esta gente con tal de no trabajar… -se quejó en voz demasiado alta el señor Higgins.

                -Pero cariño -le replicó de forma azorada y por lo bajini su esposa-, tienen dos días de fin de semana, como nosotros…

                El grupo, ajeno a estas preocupaciones, avanzaba presuroso hacia la siguiente sala. Allí, varias momias se hallaban expuestas dentro de sus sarcófagos. Algunas tenían las vendas puestas y otras, en cambio, mostraban tal cual la efigie de sus dueños, tan bien conservadas como si casi no hubieran pasado por ellas más de dos mil años. La mayor parte de los restos de faraones, princesas y hasta gatos momificados se hallaban rodeados de cajas de metacrilato protectoras, con una excepción. En medio de la sala, un grupo de hombres y mujeres con pinta de especialistas se hallaban examinando uno de los cuerpos. El ejemplar se hallaba expuesto a la vista: tenía los ojos cerrados, la piel cetrina, el aspecto de que podría haber fallecido lo mismo hace un millón de años que hace dos días, y hasta trazas de cabellos pelirrojos.

                -Ah, amigos, hemos tenido suerte. Nos hemos topado con el equipo de la doctora Al-Jadhim, que se encuentra inspeccionando uno de los valiosos tesoros del museo con un grupo de estudiantes. Esta es una oportunidad muy especial para ver una momia tan de cerca. En concreto, éste es el cuerpo de… ¿OIGA, PERO QUÉ ESTÁ USTED HACIENDO?

                Todos los ojos se volvieron hacia la parte inferior del cuerpo de la momia, a la altura donde se encontraba el señor Higgins. El cual, de manera aparentemente inocente, y sin que nadie se hubiera percatado (pues tanto los investigadores como el grupo turístico se hallaban situados alrededor de la cabeza del cadáver), se había acercado al pie de aquel cuerpo humano y lo había agarrado por el dedo meñique.

                De hecho, cuando todos los ojos se hallaban fijos en él, el señor Higgins se puso nervioso, realizó un movimiento extraño, y una porción del dedo de la momia se le quedó en la mano. Momento en empezó a mirar algo preocupado a su alrededor.

                El que más nervioso se puso fue el guía:

                -¿PERO SEÑOR HIGGINS, QUÉ CREE USTED QUE ESTÁ…?

                El hombre trató de disculparse.

                -Sólo es un dedi… una falange de nada.

                La mirada de odio que le dedicaba la egiptóloga que dirigía el examen del cadáver era un poema. Pero el que llegó armando más escándalo fue el guardia de seguridad. Bueno, en realidad no. El guardia de seguridad caminaba muy resolutivo para echarle, pero, mientras tanto, un visitante del museo con pinta de habitante de El Cairo se acercó al grupo y se puso a hablar en árabe a un ritmo muy rápido y a todo volumen.

                -¿Qué dice este hombre?-preguntó confuso el señor Higgins, que no sabía muy bien dónde colocar el fragmento de momia que aún tenía entre las manos.

                -Esto… -el guía se andaba tan abrumado por tantos acontecimientos que no sabía por dónde empezar a traducir-. Ha dicho que eso es una ofensa a su cultura, una falta de respeto por sus antepasados… Que además hay tradiciones egipcias muy serias al respecto, maldiciones para quien profane un cadáver de esa manera… Momias que se levantan de la tumba para vengar la profanación, ese tipo de cosas.

                -Ay, George, en menudo lío nos ha metido… -se lamentaba la señora Higgins para sus adentros, mientras se moría de vergüenza y deseaba estar en cualquier otra parte. Mientras tanto, la abuela Higgins no parecía enterarse de lo que estaba pasando, y los niños (que se habían quedado muy tristes después de saber que Poochie se debía quedar dentro del apartamento) se lo estaban pasando de lo lindo con aquel follón.

                -Mire, señor, creo que es mejor que se vaya del edificio -le espetó el guardia de seguridad en un inglés con acento.

                -¿Por qué?¿Por esto? -alzó el señor Higgins el dedo de la momia, todavía en sus manos-. Pero a él no he podido hacerle daño, ya está muerto.

                -¡No es un “él”, es una “ella”!-replicó el guía, superado por las circunstancias-. ¡Y cada parte de su cuerpo es de un valor in-cal-cu-la-ble!

                -Bueno, pero esto se pega con un poco de pegamento y…

                El individuo egipcio que se les había acercado, quizá entendiendo lo que estaba diciendo el señor Higgins, comenzó una diatriba todavía más acelerada y furiosa en su propia idioma.

                -Creo que el guardia tiene razón y que deberían ustedes irse -dictaminó el guía, mientras la señora Higgins se tapaba la cara con las manos y los niños estallaban en una alegría rabiosa. La abuela Higgins, mientras tanto, no entendía el motivo por el que se marchaban, pero se alegraba secretamente de hacerlo, porque le apetecía comer algo.

                De hecho, nada más salir del museo, escoltados por un vigilante guardia, la abuela Higgins manifestó sus ganas de ir a un restaurante, a lo cual se apuntaron jubilosos los niños, lo cual les obligó a buscar un lugar donde comer, pero esta vez sin las recomendaciones del guía para encontrar un sitio apto para extranjeros. Después de entrar en un par de locales donde la comida era tan picante que los paladares tan británicos de la familia Higgins les resultaba intolerable, acabaron todos juntos tomándose un helado en una cafetería de corte moderno, momento en que la señora Higgins sacó a relucir el mal cuerpo que le había dejado aquel incidente:

                -¡George, ¿cómo has sido capaz de hacer algo así?!¡Esa momia lleva siglos allí sin que nadie le haga nada, y vas tú y…!

                -Buah, qué exageración. Si es una momia más. Con la de cientos que tienen ahí…

                -¡Esa es otra!¡No hemos visto ni la mitad del museo!¡Pues mañana yo vuelvo allí, contigo o sin ti!¡No me voy a perder uno de los sitios que tenía apuntado para ver, sólo porque a ti no se te pueda sacar a ninguna parte!

                El señor Higgins, después de la sabiduría que había adquirido tras diez años de matrimonio, sabía que hay momentos para hablar, y momentos para callarse. Y supo intuir con clarividencia que ésta era de las ocasiones en que su mujer no atendería a razones.

                 El día se les hizo corto, porque, con la suerte de tribulaciones que habían vivido los integrantes de la familia británica, casi no quedó tiempo para hacer nada más. Aquella noche, tratando de olvidar los sucesos acaecidos, los Higgins se dispusieron simplemente a dormir. El señor Higgins, de hecho, concilió el sueño con total facilidad, como si ésa hubiera sido una jornada normal y corriente.

                Sin embargo, de alguna manera, el señor Higgins notó una cierta agitación nocturna. A mitad de la noche, sintió un chirrido en el extremo de la habitación y, en cuanto entreabrió el ojo, se dio cuenta de que una presencia estaba desplazando la puerta.

Entonces, desde el umbral, con sus ojos rojos, una figura espectral y envuelta en vendas lo miró y deslizó la lengua, anticipante, sobre unos afilados dientes… El señor Higgins intentó incorporarse, pero entonces descubrió que se encontraba paralizado por el terror…

                Aunque entonces, debido a la aceleración de sus propios latidos, se despertó. Y quedó aliviado al principio al mirar a la puerta y constatar que allí no había ninguna momia. Pero había algo que sí que estaba igual que en su sueño: seguía sin poder moverse. Al principio creyó que se le habían enredado los pies con las sábanas. Pero luego se dio cuenta de que no; entre otras cosas, porque no sólo se le habían inmovilizado las piernas, sino también el resto del cuerpo. El corazón le dio un vuelco cuando se dio cuenta de que tenía una mujer al lado. No su esposa, claro, que continuaba durmiendo plácidamente en su lado de la cama. Sino, a los pies del cabecero de la cama, una mujer ya madura, menuda y regordeta, de cabello oscuro, recogido en un moño. Le sonaba de algo… ¿quién era? ¡Ah, sí! Era la doctora que estaba dirigiendo la investigación que estaban realizando sobre la momia con la que habían tenido el incidente aquella mañana. ¿Qué demonios hacía en esa habitación?¿Y por qué le sonreía de manera tan enigmática?

                -Tranquilo, señor Higgins. Los efectos de la parálisis son normales. Es parte del efecto de la sustancia que le he inyectado hace unos minutos. ¿Sabe usted?, cuando una trabaja en el campo del antiguo Egipto, civilización en la cual se llevaban a cabo procesos de momificación exquisitos en los que se empleaba de manera excelente la química, se aprenden un par de trucos. Como la droga que le ha provocado la parálisis que ahora sufre. Así que no trate de resistirse, señor Higgins, no le servirá de nada. Y ahora, voy a envolverle en la alfombra de esta roñosa habitación para transportar su cuerpo. Discúlpeme si hay momentos en que lo hago de un modo poco delicado: pero ahora lo principal es no despertar a su esposa.

*

Describir el rato que pasó el señor Higgins envuelto en la alfombra, desplazado quién sabe hacia dónde por parte de una mujer que tenía toda la pinta de una psicópata, sería una tarea imposible porque cualquier narración se quedaría corta. De hecho, dentro de su muy limitada respiración, el señor Higgins exhaló un suspiro de alivio al ser liberado de la alfombra, pero detuvo la siguiente inspiración en seguida, nada más se dio cuenta de dónde estaba: habían vuelto al museo de las momias. Y, por el rabillo del ojo, el señor Higgins se dio cuenta de que se encontraba en uno de los sarcófagos. A pocos centímetros, la expresión de la cara de su secuestradora exhibía un tono de reproche suave, como el de una madre muy decepcionada por su hijo.

                -Bienvenido, señor Higgins. Va a sentir usted un raro privilegio: el de tener la oportunidad de sobrevivir durante miles de años dentro de una tumba, para ser admirado por las generaciones futuras. Sólo unos pocos miembros de la antigua civilización egipcia han podido llegar hasta nuestros días para cumplir ese destino: debería usted darle gracias a este momento.

                Si el señor Higgins hubiera podido hablar, casi que no hubiera hecho falta, porque sus inmóviles ojos lo expresaban todo a través de una mirada de pánico. La investigadora sonrió, entre despreciativa y condescendiente:

                -Conozco a los hombres como usted, señor Higgins: van por la vida como si sus actos no tuvieran consecuencias, matando a las flores conforme las pisan sin darse cuenta. Y si alguien se lo reprocha, se van sin decir nada, o si acaso emiten una falsa disculpa, y se marchan sin remordimientos. Esa clase de gente que emponzoña el mundo, a la que le da igual tener esclavizada a su pobre mujer que cargarse el dedo de una momia egipcia. Hasta que por fin encuentran la horma de su zapato: alguien que le da su merecido. Recuerde, señor Higgins: no le conviene enemistarse con una egiptóloga. Están muy acostumbradas a trabajar con los sentimientos extremos, con promesas absolutas, y con la perspectiva de la inmortalidad.

                Dicho esto, la mujer empezó a tomar lo que parecían unas vendas y a envolver de manera completa, metódica y sistemática al señor Higgins en ellas. El ciudadano británico hubiera derramado lágrimas de arrepentimiento y tristeza, si la droga no le impidiera hacer nada de todo esto. Cuando la investigadora terminó, le echó un último vistazo para comprobar que todo estaba correcto:

                -Ahora me voy, señor Higgins. No se preocupe: en realidad no soy tan cruel. El efecto de la droga se le pasará paulatinamente en unas horas y no tendrá ningún problema en salir de aquí. Eso sí, tendrá que explicar a los guardias del museo qué hacía dentro de un sarcófago, después de aparecer en pelota picada en medio del Museo en horario infantil. Pero ya le dejaré a usted que se las apañe: seguro que se las sabe arreglar. Mientras tanto, reconsidere lo que ha hecho y cómo se va a comportar en el futuro. Y recuerde: en caso de que vuelva usted a hacer lo que no debe, tengo muchas más ideas perversas de cómo actuar. Pase usted un buen día.

                Por suerte, la mujer se fue sin dejar cubierta la tapa del sarcófago. Aunque el señor Higgins no lo consideró una buena idea conforme vio a masas de niños y visitantes entrar poco a poco en el museo mientras éste se incorporaba a sus rutinas diarias. En un momento determinado, le pareció escuchar una voz reconocible. No, no podía ser… ¡Sí, eran ellos! Era su familia. Seguro que de alguna manera le reconocían y le sacaban de allí…

                -Ay, mira, Gertrude -le decía la señora Higgins a la madre del señor Higgins-… Qué momia tan bien hecha. Si parece que la hubieran envuelto ayer.

                -Hija, yo es que no puedo pensar en nada mientras no encontremos a George…

                -No te preocupes, Gertrude, seguro que se ha ido a dar una vuelta. Te apuesto a lo que quieras a que regresa antes de mediodía, preguntando qué vamos a comer. ¡Niños!¿Qué estáis haciendo?

                -¡Estamos tirando del dedo de la momia, como hizo ayer papá!

                -¡Estos niños, qué disgustos me dan!¿De las cosas que podríais haber heredado de su padre, tiene que ser precisamente esa manera de hacer el cafre? Ay, como nos vuelvan a expulsar por segundo día del museo no lo soportaría, qué bochorno sería…

                -Hija, de todas maneras me da la sensación de que esta momia es muy rara… ¿No te da la sensación de que está como llorando?

                -Uy, pues ahora que lo dices, es verdad… Es que ya se sabe cómo eran estos momificadores egipcios: si es que parece como si siguieran vivos… Cualquier día de estos se levantan Ramsés o alguno de estos y salen andando…

                La familia Higgins se fue, dejando a la momia tan sola y rodeada de gente como antes. A mediodía, por la hora de comer, fue vaciándose el museo. Fue en ese momento cuando sucedió algo inesperado: un perro de tamaño enorme, que se había escapado del apartamento donde le habían encerrado porque seguramente uno de los niños no había dejado muy bien cerrada la puerta, irrumpió en el museo, sin que ninguno de los guardias le hubiera atajado a su paso, y al encontrar un olor familiar, se acercó a uno de los sarcófagos, le pegó un par de lameteados a la cara de la momia que alojaba en su interior, y se tumbó al lado de la tumba egipcia. Esperando, como suele decirse, a que su dueño retornase, aunque para ello tuviera que aguardar durante siglos junto a la tumba: los animales, ya se sabe, tienen un concepto muy relativo de la eternidad.

lunes, 15 de junio de 2026

La historia real de junio: una breve biografía de Sergei Eisenstein

 


Vivimos tiempos extraños, en el cine y en todo lo demás. Nos encontramos con que las nuevas generaciones no conocen las películas anteriores a su era. Se podrían argumentar explicaciones de corte tecnológico: ahora no existe un único televisor, sino múltiples pantallas a través de numerosos dispositivos, así que los hijos no se ven obligados a ver las películas que les gustan a sus padres. Pero hay también una cierta explicación ideológica, o quizás ligada a una era: se desprecia lo antiguo, quizá por esa concepción centrada en el "yo" del nuevo romanticismo de los tiempos modernos, puede que tal vez porque facilita la creación de remakes a partir de películas que los adolescentes no han visto. En realidad, no es nada que no ocurriera antes (de hecho, remakes en el cine ha habido siempre, y desde 1920, al menos se ha estrenado uno por año), sólo que se ha magnificado: actualmente hay de media aproximadamente 5 veces más remakes al año de los que se producían en los años 80.

Pero quizá por eso, puede que sea una buena idea echarle un vistazo al cine antiguo. Esa época en la que había relativamente bastantes mujeres directoras (como es el caso de Alice Guy -la creadora de la primera película de fantasía, y del primer corto documental sobre el proceso de rodaje- o Lois Weber), antes de que, con el advenimiento del sonido, el cine se convirtiera en un asunto de presupuestos tan altos que los productores decidieran que era demasiado arriesgado dejarlo en mano de las mujeres. Esa época en que estaba todo por inventar y los cineastas eran locos en busca de un sueño, como relata la película "Así empezó Hollywood", de Peter Bogdanovich. En ese período, destaca una figura que quizá muchos aficionados al séptimo arte conoceréis: el director soviético Sergei Eisenstein.

Podríamos detenernos en la semblanza biográfica de Eisenstein, en sus padres desapegados o en sus inicios en el teatro, pero nada de esto es relevante, porque las cuestiones clave de su vida están ligadas al cine. Muy desde el inicio, empieza a dedicarse a este medio y, sobre todo, empieza a desarrollar una teoría muy especial sobre el montaje. Sí, el montaje, esa disciplina cinematográfica que tiene su propio Óscar y por la cual la forma de intercalar los planos es clave para el desarrollo de una escena. De hecho, ese concepto tiene un nombre, el efecto Kuleshov, por el cual la forma en que se desgrana la información en el montaje es clave para la percepción emocional del espectador. En ese sentido, Eisenstein no fue sólo un director, sino un profundo estudioso del cine, y desarrolló su propia teoría del montaje y sus tipos, diferente de la estadounidense, que transitaba por caminos distintos. Por cierto, que los pioneros del cine norteamericano tampoco lo tuvieron fácil en este apartado: cuando David W. Griffith le dijo a su productor que quería alternar a perseguidores y perseguidos durante un western, durante una escena de persecución, éste le dijo que los espectadores iban a sentirse confusos y no iban a entender nada. Por fortuna, los espectadores sí lo entendieron, aunque esto refleja en parte lo mucho que hemos cambiado como consumidores de cine (y lo poco que han cambiado los productores en el arte de equivocarse en sus predicciones).

Pero Eisenstein prosiguió adelante, y en ese sentido su gran obra maestra fue El acorazado Potemkim, quizá la película sobre la que más se ha escrito. Tiene mucha gracia que un barco tan importante para la historia del cine tenga el nombre de Piotr Potemkim, el ministro de Catalina la Grande el cual (según una anécdota seguramente falsa) creó los llamados pueblos Potemkim, es decir, pueblos ficticios (similares a los escenarios de cartón piedra de los decorados de cine) que servían para convencer a la zarina de que todo marchaba sobre ruedas en el Imperio ruso, aunque la realidad fuera muy distinta. Hay que situarnos en el contexto: nos encontramos en el nacimiento de la era soviética, y todas las películas han de estar sometidas a la propaganda. También la de Eisenstein, que encuentra sin embargo sus estrategias para trascender de manera artística a pesar de las limitaciones temáticas o de otro tipo. El acorazado Potemkim narra los sucesos alrededor de la revolución soviética en la que se vio implicado este buque. Una de las escenas claves tiene lugar con la masacre que las tropas zaristas (en concreto, cosacos) realizan en la ciudad de Odessa. En concreto, estamos hablando de la escena de la escalinata, el culmen de las técnicas de montaje de Eisenstein, y que ha sido posteriormente homenajeada en El padrino, Bananas, Brasil, La venganza de los Sith, la tercera entrega de Agárralo como puedas, en dos capítulos de Los Simpson y, sobre todo, en la maravillosa secuencia rodada por Brian de Palma en Los intocables de Elliot Ness. Por cierto, la escalinata todavía puede verse hoy en día en Odessa (Ucrania), y desde 1955 se denomina Escalera Potemkim.

En la cima de su popularidad, Eisenstein viaja a Europa para investigar sobre la reciente tecnología del sonido. Allí, se encuentra con un directivo de la productora Paramount, que le convence de visitar Estados Unidos. Le hace caso, y allí le reciben como un genio artístico. Se cuenta que tuvo lugar una curiosa escena en el despacho de un productor: Eisenstein iba acompañado de un amigo ruso, y cuentan que el productor les preguntó qué les parecían las películas norteamericanas. Por lo visto Eisenstein y su amigo se miraron entre sí, y aunque no dijeron nada, dejaron pasar un lapso lo suficientemente largo como para que nada de lo que explicaran después tuviera la más mínima importancia. Sin embargo, los proyectos de Eisenstein en Estados no florecieron: entre otras cosas, porque ya por aquel entonces comenzaba la paranoia anticomunista en Estados Unidos, y hubo personas que se dedicaron sistemáticamente a denigrar al cineasta nacido en la actual Letonia, a quien le denominaron "perro rojo". Así pues, Eisenstein marchó hacia latitudes donde su arte fuera mejor valorado.

De hecho, no viajó muy lejos: marchó a México, donde trató de rodar la película "¡Que viva México!", ambientada en la revolución de este país. La producción estuvo plagada de problemas: entre otras cosas un terremoto, a partir del cual Eisenstein aprovechó para rodar un corto documental en el que relataba las consecuencias de la tragedia. Además, a Eisenstein llegaron a meterle en la cárcel nada más llegar al país por una confusión que se arregló gracias a un amigo español. Sin embargo, el inconveniente que acabó hiriendo de muerte la película fue que Upton Sinclair (escritor, premio Nobel, hoy olvidado: en parte con justicia, porque aunque sus obras tenían un punto social importante y llegaron a ser proféticas -como con este libro que predecía la aparición de un político muy similar a Donald Trump-, su prosa estaba demasiado supeditada a su mensaje político), quien era a la postre patrocinador de la película, decidió dejar de financiarla. Eisenstein volvió a la Unión Soviética, y aunque Sinclair le dijo que le mandaría el film cuando estuviera terminado, lo cierto es que de las varias versiones que se produjeron, ninguna tuvo la supervisión de Eisenstein, quedando como una película maldita de cuyos males culparía Sinclair a la Unión Soviética.

Conflictos cinematográficos aparte, Eisenstein no resultó inmune de aquel viaje. Desde entonces, Stalin, el todopoderoso dictador soviético, le miró con suspicacia, tras su contacto con las subversivas ideas extranjeras. Era frecuente que hubiera choques entre Eisenstein y las autoridades soviéticas, porque en un régimen que llegó a prohibir la teoría darwinista por considerarla demasiado capitalista, un cineasta como Eisenstein, que a veces se centraba en las figuras individuales en lugar del colectivismo que debía impregnar cada aspecto del arte soviética, se consideraba un verso suelto. Sin embargo, Stalin supo dar buen uso de la capacidad de Eisenstein para sus propias intenciones propagandísticas. De hecho, en mitad de la Segunda Guerra Mundial, durante aquel conflicto ciclópeo que enfrentó a la Unión Soviética con Alemania, Eisenstein realizó la patriótica Iván El Terrible, la cual ensalzaba la capacidad de resistencia rusa contra sus enemigos (y, de paso, ponía en duda el origen de la legitimidad del poder del zar: algo que sin duda no le gustó a Stalin). Sin embargo, como suele ocurrir, después de aquello, si te he visto no me acuerdo: los siguientes capítulos de lo que iba a ser una trilogía alrededor del zar ruso (que Eisenstein pretendía que fueran en color y, en todo caso, compartían la belleza fotográfica de la película original) fueron manipulados por la censura soviética, y Eisenstein nunca consiguió que fuera su montaje el que finalmente viera la luz.

Eisenstein falleció a una edad temprana como consecuencia de un infarto. Aunque después hubo varios cineastas soviéticos notables, ninguno salvo Tarkovsky llegó a igualar su fama como artista. Eisenstein, entre otras cosas, representa el esfuerzo por el que artistas e intelectuales, incluso en la más férrea de las dictaduras, intentan encontrar la forma de expresar sus ideas de la forma más libre posible. Una lección que podrían aprender los palmeros de los pequeños dictatorzuelos que abundan con tanta frecuencia hoy en día.

Nos vemos, nos leemos. Un saludo, y disfrutar de las buenas películas, incluyendo las de Eisenstein.

lunes, 8 de junio de 2026

La historia corta de junio: "Ser protagonista de la historia sin saberlo"

         Hay veces en que no conocemos la auténtica causa por la que ocurren los acontecimientos y, por tanto, sólo tenemos una versión parcial de los mismos, de tal manera que nuestra interpretación resulta siempre sesgada y, las más de las veces, errónea.

         Como le ocurrió a aquel Boing 747 que despegó del aeropuerto de Tenerife Norte un buen día y, sin quererlo, se introdujo por un agujero de gusano que le hizo aparecer por la Palestina del año 1 después de Cristo en dirección este.

         El viaje temporal fue, en verdad, muy corto, pues, al poco tiempo, y antes siquiera de que los pilotos pudieran apercibirse del suceso (apenas detectaron un par de señales anómalas en la nave), volvieron a meterse por un agujero de gusano que les dejó en su localización original.

         Sin embargo, para entonces, el brillo y la estela de su avión al atardecer ya los habían visto unos cuantos millares de personas de unas cuantas civilizaciones en el mundo, y, bueno, como suele decirse… el resto es leyenda.

            Los pasajeros, ajenos a esto, siguieron haciendo su vida normal.

lunes, 1 de junio de 2026

Los libros de junio: "El abogado secreto" y "Bajo las togas: errores judiciales y otras infamias".

"El abogado secreto" (The secret barrister en inglés) es uno de esos excelentes ensayos que nos trae la editorial Capitán Swing para ilustrar el mundo en que vivimos. El autor (conocido en redes precisamente como The secret barrister) es un afamado divulgador acerca de cómo funciona el sistema judicial británico, el cual tiene algunas características propias muy diferenciadoras del resto de sistemas, y algunas miserias comunes al resto de países. Por ejemplo, los lectores se sorprenderán al ver las distintas tipologías de juristas que coexisten en el Reino Unido (algo que ya vimos con la serie Silk), o la importancia que se le da -al menos en teoría- a los derechos individuales en las islas británicas. Aunque el libro ya tiene unos años, algunas reflexiones siguen siendo muy actuales, como, por ejemplo, el peligro de mantener en prisión preventiva a un inocente durante meses o años (como por ejemplo planteaba la serie The nigh of), un tema muy polémico también en España a raíz de ciertas resoluciones judiciales. 


Otro ensayo sobre derecho, escrito por además un jurista español de prestigio, al que muchos conocimos gracias al caso descrito en el sorprendente documental "Seré asesinado". En este caso, Carlos Castresana (que ha participado en juicios tan señeros como el caso Pinochet) se pone a reflexionar sobre los pleitos más controvertidos de la jurisprudencia internacional para describir aquellas circunstancias en las cuales precisamente quienes debían impartir justicia -en especial los jueces- se comportaron de manera abyecta e infame. De hecho, muchos de estos juicios (como el del crimen de Cuenca) modificaron la normativa legal de su entorno, y otros (como el del asesinato en León en el entorno del Partido Popular) todavía colean en el imaginario colectivo. Aunque escrito a veces con un lenguaje demasiado "jurídico", el texto es muy útil para conocer algunos de los grandes procesos -Martin Guerre, Mariana Pineda, Nuremberg, los juicios británicos a sucesos en Irlanda del Norte- que han dado forma al derecho de los países occidentales.

lunes, 25 de mayo de 2026

La historia real de mayo. Sobre Caravaggio: un crimen, una huida, un perdón y otro problema, en varios cuadros.

Muchos conocéis la figura de Caravaggio: pintor maldito, de vida disoluta, su leyenda negra tiene todo lo que puede alimentar la figura de un artista famoso. Desde una tendencia innata a meterse en líos, con arrebatos ocasionales de locura (a la que, por supuesto, como a todos los pintores, se le ha culpado al plomo de los pigmentos, aunque Caravaggio seguramente ya tenía problemas de base), a sus muy personales criterios artísticos, que le llevaban a usar como modelos a chicos de la calle y a prostitutas para retratar a vírgenes y santos.

Y, por supuesto, una capacidad artística maravillosa. La palabra "claroscuro" no ha significado lo mismo después de él.

Detalle de "La muerte de la virgen", de Caravaggio, la cual lo tiene todo para representar al artista: una modelo de reputación dudosa, una escena muy humana para un tema divino, y un uso espectacular de las luces y las sombras.

Por supuesto, conoceréis que Caravaggio tenía una vida agitada, durante la cual lo mismo le lanzaba una bandeja de alcachofas en la cara a un camarero (que, como única ofensa, le había hablado mal), que aparecía con heridas en la garganta y en la oreja y decía que su origen era que se había caído sobre su propia espada -qué rocambolesca historia real debía de estar ocultando-. Sorprendentemente, sin embargo, a pesar de su carácter impetuoso, y a su tendencia a escandalizar a sus clientes, casi siempre caía de pie. Hasta que tuvo problemas serios el día que mató a un tal Ranuccio Tomassoni -seguramente de manera accidental- a partir de una riña por un partido de tenis (aunque, por supuesto, ese episodio está lleno de dudas: el hecho de que al parecer Caravaggio le cortara el pene a Ranuccio, obviamente, no ayuda). La cosa es que, esta vez, Caravaggio se ha pasado de la raya y se ve obligado a huir. Sin embargo, para nosotros, lo más importante no es el crimen en sí, sino lo que hizo para intentar limpiar su ficha policial.

Lo primero que hizo Caravaggio fue poner tierra de por medio, y marchó a Nápoles, protegido por la familia Colonna. Allí, por supuesto, dio muestras excelsas de su capacidad artística. Sin embargo, a Caravaggio le iba la marcha y estaba deseando volver a Roma, la capital artística y cultural del planeta, entre otros motivos por el mecenazgo del Papa. Y, por ello, urdió un plan para regresar. Aunque, para ello, tenía que viajar otra vez. Y todavía más lejos.

"Siete obras de misericordia" es uno de los cuadros que Caravaggio pintó en Nápoles. Por supuesto, bastó para colocarle en los primeros puestos de los artistas de la ciudad.

Hay que tener en cuenta que, tras la muerte de Ranuccio, aparte de querer matarle los amigos del fallecido, a Caravaggio le quería ejecutar la propia autoridad papal. Y la posible pena que pesaba sobre él era la decapitación. Quizá por eso, Caravaggio se regodeó de manera insistente en cuadros que tenían que ver con este tema. Por ejemplo, parece que le mandó este "Salomé sostiene la cabeza de Juan el Bautista" (en la que la cabeza decapitada tiene la cara de Caravaggio) a Alof de Wignacourt, Gran Maestre de la orden de Malta. Un hombre que iba a ser clave en la estrategia para volver a Roma.


Malta era un estado próspero en la época en que Caravaggio llega a él. Recordemos que los Caballeros de la Orden de Malta son una de las muchas órdenes de monjes-soldado que se crearon en Jerusalén a partir de las cruzadas. Como a los templarios (al menos, por un tiempo), a los caballeros de Malta les fue muy bien y, aunque fueron expulsados de Tierra Santa, se refugiaron luego en Rodas (donde hicieron mucho dinero gracias al apoyo de los estados europeos y, por supuesto, de la piratería), y más tarde en Malta, donde erigieron una lujosa capital que hoy conocemos como La Valeta. La ventaja de los caballeros de Malta es que, a pesar de que en el fondo tenían una ética a medio camino entre los señores feudales y una banda de ladrones, eran muy respetados por la cristiandad, y Caravaggio sabía que ingresar en la Orden le garantizaría el perdón papal. El problema es que Caravaggio no tenía fácil acceder a este rango por sus orígenes humildes, pero ¿es eso un inconveniente cuando tienes el mejor pincel de Italia y quizás del mundo? Eso sí, el Estado de Malta le exigió un pago importante a Caravaggio, el cual, pobre como una rata, era sin embargo rico en talento artístico. Y de ahí que algunas de las más excelsas obras del artista nacido en Milán se encuentren en este archipiélago.
"San Jerónimo escribiendo", uno de los cuadros de Caravaggio en Malta.

Quizá la obra más conocida de este período -aparte de muchos retratos de miembros de la Orden- es "La decapitación de Juan el Bautista" (volvemos al tema de las decapitaciones), el cual, además, tiene una particularidad: es el único cuadro firmado por Caravaggio. Lo curioso es que lo rubrica, macabramente, a partir de la sangre que cae de la cabeza cercenada, pero tiene motivos para poner su nombre allí: firma como F Michelangelo; Michelangelo es su nombre de pila y F (abreviatura de fra) viene de fratelli o hermano, pues le habían nombrado miembro de la Orden de Malta. En realidad, caballero de la Obediencia Magistral, lo máximo a lo que podía aspirar sin ser de noble cuna: pero era bastante, porque resultaba suficiente para garantizarle el perdón papal y el regreso a Roma.

"La decapitación de San Juan Bautista" se exhibe hoy en un lugar destacado en la catedral de Malta; la firma es visible, si ampliáis mucho la imagen, en la parte de abajo del cuadro.

Sin embargo, como os podéis figurar, y tratándose de Caravaggio, tanta buena fortuna no podía durar. En una nueva reyerta a cuento de nada, nuestro protagonista la lía parda. Hay dudas sobre qué pasó, aunque algunos dicen que hirió a uno de los miembros de la Orden, Asti Giovanni Rodomonte Roero, el cual además poseía un rango superior al suyo. Entonces, la Orden intentó algo que, en teoría, no se podía hacer: tratar de retirarle el cargo a Caravaggio (después de un juicio que, probablemente tuvo lugar delante de "La decapitación a San Juan Bautista"), como "miembro fétido y pútrido", por haber cometido un crimen tan execrable que les costaba nombrarlo en los documentos oficiales. Lo encerraron, pero Caravaggio (que debía de tener amigos en todas partes, sobre todo entre los que tenían las llaves de las celdas) se escapó, seguramente de nuevo bajo la protección de la familia Colonna, y volvió a su agitado peregrinar por el mundo.


"Madonna di Loretto", otro de los cuadros de Caravaggio donde la Virgen es representada por una modelo que en la vida real era una prostituta, y que tiene una cara de "qué cansada estoy de todo", como si se hubiera enterado de la última liada de Caravaggio.

Por supuesto, las andanzas de Caravaggio no se acabaron allí. Intentó de nuevo que el Papa le perdonara, y así a lo mejor se explica que le mandara al cardenal Borghese, sobrino del Pontífice, un nuevo cuadro de una decapitación, esta vez de David con la cabeza de Goliath: hay quien dice que es una forma original de reírse del asunto, y otros que es un regalo de agradecimiento al cardenal por mediar en la absolución papal, con un poco de retranca "caravaggiana". En todo caso, al artista le permiten que vuelva a Roma, pero, como muchos sabéis, fallecerá en extrañas circunstancias en el trayecto. Las historias de Caravaggio, en efecto, no suelen acabar bien.
Así que, si viajáis a Malta (un lugar estupendo, con un gran patrimonio natural y cultural, sobre todo desde el punto de vista prehistórico), yo os aconsejo que le echéis un ojo al "San Jerónimo escribiendo" y "La decapitación de San Juan Bautista" en la catedral, y que también paseéis por las calles de La Valeta, pensando en que Caravaggio seguramente se sentía a gusto ahí, aunque siendo muy consciente de que aquel no era su lugar, sino que, en algún momento, debía volver a casa. Que es lo que piensan casi todos los turistas al final de cualquier viaje. Nos vemos, nos leemos. Un saludo.

lunes, 18 de mayo de 2026

La historia corta de mayo: "Sucedió en Madrid, un día de lluvia"

            Sucedió en Madrid. 

            Una tromba de agua cayó en la ciudad de Madrid, provocando, entre otras cosas (y gracias a los socavones de las obras que hacen que la ciudad pueda compararse con un queso Gruyere), un completo caos de metro o circulatorio. Pero lo más importante, estaba aconteciendo en la superficie.

            En un estrecho paso limitado por las obras, un gran charco, como una piscina de 4 metros de largo, se extendía ante los transeúntes, dejando sólo un estrecho sendero para pasar, al final del cual había que enfrentarse a un inabordable metro de agua que no se podía bordear.

            Así que la gente, comenzó a organizarse en fila india (filas de cuatro o cinco personas, las más ancianas cogidas de la cintura), por el estrecho sendero, y finalmente, cuando llegaban al último charco, al reto final, se atrevían a saltar.

            Una chica, animosa, comenzó a aplaudir estentóreamente cuando el primero de los peatones consiguió salvar la prueba.

            A continuación, el resto de los habitantes de Plaza Castilla (que era donde tuvo lugar este suceso), cada vez que uno de los aventureros saltaba, le recompensaba con un aplauso.

            No está mal que de vez en cuando nos premien nuestras pequeñas heroicidades diarias: probablemente no necesitemos quince minutos de fama, sino un par de aplausos por día.

lunes, 11 de mayo de 2026

El libro de mayo: "Orígenes", de Lewis Dartnell

Hay un símil, que aquí parafrasearé, en el que Dartnell explica cuál es el sentido de este libro. En el fondo, dice, es como cuando hablas con un niño de seis años y te pregunta "¿por qué?" respecto a alguna cuestión. Tú se la explicas y, al llegar al fondo del asunto, el niño vuelve a inquirir "¿por qué?", y debes bucear en una nueva capa de conocimiento, y así sucesivamente, hasta tener que remontarte al Big Bang. Pues ésa es un poco la cuestión. Dartnell lo quiere explicar todo: por qué surgió la raza humana en el Rift de África Oriental, y cómo las condiciones que vivió le dieron una ventaja para adaptarse al resto del mundo; cómo pasó de ser cazador-recolector a la agricultura y la ganadería, y qué condiciones motivaron que fuera de una manera y no de otra; de dónde saca el ser humano el carbón o el petróleo que hicieron posible la Revolución Industrial, por qué el polo de prosperidad pasó del Mediterráneo a Europa septentrional, o por qué China perdió impulso frente a Europa. Y, como Marvin Harris o Jared Diamond o Marx, no busca (al menos, casi nunca) explicaciones culturales, sino sobre todo condiciones materiales y objetivas que tienen su origen en la física del clima, la tectónica de placas o la profunda influencia que la vida ha tenido sobre nuestro planeta. A partir de estos factores, Dartnell aclara cuestiones tan alucinantes sobre cómo la Tierra llegó a estar cubierta por completo de un océano de hielo, cómo el plancton nos ha salvado de varias extinciones, por qué la vida ha causado las glaciaciones (que dificultaron la vida del ser humano, pero también permitieron en buena parte su expansión), y, en general, la base de buena parte de lo que comemos, consumimos, producimos o es la base de nuestro día a día. Todo ello trufado, además, de interesantes disgresiones y apasionantes anécdotas. En muchos sentidos, el libro es un gran clarificador: gracias a él, es más fácil tener una visión comprensible, basada en la causa y el efecto, de la historia evolutiva del ser humano, que quizás hemos leído a Arsuaga u otros científicos, pero de una manera más sistemática. El libro, por supuesto, combina múltiples ciencias (geología, biología, meteorología) y se ve obligado a simplificar, generalizar y también especular, pero, por un lado, revela una vasta erudición y trabajo de documentación de Dartnell y, por otro, proporciona una visión global al lector sobre de dónde venimos y, más importante, hacia donde vamos. Algo que necesitamos más que nunca aprender.

viernes, 1 de mayo de 2026

El relato de mayo: "En son de... bueno, olvídalo".

                La nave espacial se dejó llevar con una tranquilidad pasmosa. Como si, a pesar de su naturaleza inerte, estuviera habituada a esta clase de desplazamientos en los cuales la gravedad de un planeta se aprovechaba para aproximar el vehículo interestelar a la superficie de un nuevo mundo. Seguramente el motivo era que su piloto estaba más que acostumbrado. De hecho, se diría que hasta aburrido de aquella clase de misiones.

                -Gborg… ¿qué hemos leído sobre este planeta llamado -procuró que la duda no trasluciera en la vibración de sus ondas mentales-… Tierra?

                -Bueno, señor -respondió su ayudante, fingiendo que no necesitaba mirar las notas que almacenaba en el córtex de su zíngulo medio, es un mundo de clase C con unas cuantas especies de clase beta…

                -Vamos, Gborg, que tú tampoco te has leído en profundidad el informe nos pasó la Junta de Colonización.

                -No, señor.

                -Bien, no hay problema, yo tampoco. Estas misiones son todas iguales. Entrar, soltar el discursito e irse. A partir de cierto grado de civilización, las cosas se ponen bastante sencillas. Tú llegas, les enseñas tu tecnología superior, les dices que no les vas a hacer daño, sino que al contrario, les ofreces entrar en la tremenda serie de beneficios que implica formar parte de la Federación Espacial, y a partir de allí todo va como el tejido mágico de Shyanolok. No es como si cogiéramos al primer paleto ignorante que pilláramos por allí: se supone que vamos a contactar con sus líderes supremos. Suelen ser gente muy razonable.

                Gborg movió su flurduz axial con satisfacción. Sí, desde luego, aquellas primeras misiones de contacto eran sencillas: justamente lo que le vendieron en la oficina de reclutamiento. Además, se notaba que su instructor sabía de lo que estaba hablando.

                El aterrizaje en los jardines de la Casa Blanca fue sencillo. De nada sirvieron las inocuas armas terrícolas contra las defensas de la nave. Los tripulantes salieron al exterior, y el líder de la misión conectó el traductor automático, así como el resto de sistema de soporte vital de sus trajes.

                -Estimados representantes de la Tierra… Por favor, llévennos ante su líder.

                Les condujeron ante un despacho. Dentro había mucha gente. Aquello era normal. Lo que no era tan normal era la naturaleza de esa gente. El software de los trajes de los alienígenas indicaba que la mayor parte de lo que debían de ser los asesores del político al mando poseían una conformación cerebral bastante extraña. El líder de la Tierra también tenía una disposición neuronal anómala… además de un extraño color naranja en la capa más superficial de sus tegumentos que no casaba con ninguna de las razas conocidas de las criaturas que dominaban ese planeta.

                -Noto altos niveles de fundamentalismo religioso -susurró Gborg a su instructor, como si la telepatía no fuera suficiente.

                -Esto no debería ser normal en esta escala de progreso tecnológico -le respondió su superior-. Pero bueno, cada especie tiene sus excentricidades. Voy a proceder con el protocolo. Queridos amigos… -comenzó la alocución mil veces recitada el extraterrestre.

                Los terrícolas escucharon. Y escucharon. Y escucharon. Así hasta que el ser del espacio terminó. Y añadió un toque de humor, que solían aconsejarles en la Academia:

                -Espero que acojan con amabilidad a estos humildes aliens en su planeta.

                En ese momento, el líder de la Tierra empezó a proferir una respuesta airada. El tono de fruta terrícola a medio madurar de su piel se volvió progresivamente como el color de la fruta madura, y aunque los dos alienígenas no eran expertos en discernir las emociones terrícolas, captaron un discurso inconexo, una explosión de ira, y una serie de frases sin sentido alguno, a pesar de tratar de traducirlas a todos los idiomas. Aquella reacción inesperada se transmitió al resto de los presentes, que empezaron a agitarse como un grupo de chomps ante una subida de la temperatura del agua. De repente, el jefe de todo aquello les señaló y empezó a gritar:

                -¡Destruidles!

                Gborg sentía que debía de haber algún error. Golpeó un par de veces el comunicador. Después, al ver que aquello no funcionaba, balbuceó:

                -Creo que no nos han entendido. Venimos a ofrecerles ayuda mutua, colaboración, una serie de ventajas inimaginables. Venimos en son de…

                Pero ya para la mitad de la frase ya se habían abalanzado sobre él una masa de individuos con el rostro desfigurado de furia. Individuos de ambos sexos (por lo que indicaba el dimorfismo característico de aquella especie) le tiraban de las extremidades y de los folsoms como si pretendieran arrancárselos, y trataban de abrir su traje mediante palancas y otros utensilios que encontraron por ahí. Aquellos homínidos exhalaban aullidos y una brutalidad animal que Gborg ni siquiera había encontrado en las especies inferiores más salvajes. De hecho, el pom central de Gborg sufrió un colapso repentino cuando un ejemplar humano con abundante bigote facial, sobre todo bajo un bulboso apéndice, reventó el casco espacial de su instructor como si fuera la concha de un fádilo, y empezó literalmente a devorarlo a grandes mordiscos. Por todas las deidades del universo, ¿en dónde gurbs habían aterrizado?

                -¡Ey, chicos!-dijo uno de los energúmenos en aquella sala-. ¿Por qué no nos hacemos un selfie?

                A partir de entonces, la cosa se volvió muy rara: dejaron de atacarle, le pusieron una especie de extraño atavió de color rojo en su pedúnculo superior (que el resto se pusieron encima de lo que ellos llamaban “cabezas”), y empezaron a registrar imágenes con su primitiva tecnología. Luego le ofrecieron algo que llamaban “puro” y empezaron a tratarle como si llevara allí toda la vida.

                Gborg aún no lo sabía, pero, no muchos meses más tarde, abriría su primer casino.