Esta historia parte originalmente de aquí.
Los días seguían a las noches y, mientras, el ejército seguía avanzando. El joven iba transcribiendo los cantos de su maestro, al tiempo que visitaban a nuevos aspirantes. Normalmente, éstos tenían un poema preparado, que solía versar también sobre la guerra de Troya. De hecho, muchos coincidían con el mismo episodio que narraba el ciego.
-Ya
te lo he dicho alguna vez -reclamaba orgulloso el rapsoda-: cada historia tiene
sus pasajes favoritos para todo el mundo. Al comandante no es el único al que
le gusta. Al fin y al cabo, tiene de todo: amor, muerte, heroísmo. Padres que
lloran, mujeres que lloran, guerreros que lloran… ¿a quién demonios no le va a
gustar? Un buen drama le alegra a cualquiera.
Sin
embargo, de vez en cuando, se encontraban sorpresas. Como el día en que alguien
les enunció la larga lista de barcos y héroes que habían desembarcado en las playas
de Asia para luchar contra los troyanos. Joven y maestro estuvieron
intercambiándose miradas (es un decir, porque el maestro las manifestaba, pero
no las veía) durante todo el poema. Pero resulta que se estaban mandando
mensajes opuestos:
-¡Es
horroroso!-se quejaba el ciego mientras, con la excusa de dar un paseo,
dialogaban lejos de la casa.
-¿El
poeta o el poema?-le interrogó el joven.
-¡Ambos!
-Pues
a mí la lista me gusta. Creo que muestra muy bien la situación inicial, antes
de la batalla.
-Eso
no hay manera de memorizarlo…
-Pero
lo puedo escribir.
El
ciego bufó:
-¿Y
qué vas a hacer?¿Decirle que te permita transcribir el poema y que no le damos
el trabajo? No lo va a hacer gratis.
-Podemos
pagarle. Estoy dispuesto a invertir parte de mi salario si hace falta.
-A
lo que tú tienes casi no se le puede llamar salario. Menos aún repartirlo impunemente
por ahí.
-Creo
que es importante -expresó el chico.
Y
le miró con esos ojos suplicantes que el ciego no veía nunca, pero que, de
alguna manera, era capaz de intuir.
-Anda,
ve adentro, pide material de escritura, y redacta rápido -dijo el ciego,
dándole unas piezas de metal que hacían las veces de moneda en aquel tiempo -.
Yo te esperaré aquí afuera. Al menos, hace buen tiempo -rezongó.
Entre tanto, el camino hacia el ejército
enemigo proseguía, con el campamento levantándose a la noche, y desmontándose
durante el día. Y, cada noche, el ciego narraba su porción de historia.
Conforme se iban acercando al punto donde sucedería la conflagración, parecía
que el maestro le ponía más impulso a sus narraciones, y exteriorizaba en mayor
medida las emociones ligadas a los personajes. Y eso se transmitía a los
oyentes, los cuales, a su vez, estaban más nerviosos por la posibilidad de entrar
en combate. El cantor describía vívidamente los escenarios donde tenían lugar
los hechos de la historia, de tal modo que los guerreros casi podían verse
luchando allí. El joven cedió a la tentación de preguntar:
-¿Maestro,
cómo es que sabes tantas cosas de la zona donde está Troya?¿Es que estuviste
allí?
-Claro
que sí, muchacho. Hace mucho tiempo, antes de que tú nacieras. Antes de que me
quedara ciego. Recorrí aquella región hasta casi memorizarla de memoria. Por
eso sé lo que vieron Áyax y Paris como si yo mismo hubiera estado allí.
-¿Y
qué queda de Troya, maestro?
-Oh,
nada… Es decir, la ciudad sigue ahí, pero han cambiado tantas cosas que sin
duda no tiene nada que ver con lo que contemplaron los ojos de Ulises. En
cambio, el paisaje permanece, testigo de todo lo que ocurrió.
-Maestro,
tengo otra pregunta…
-Me
gusta que tengas tantas. Adelante, escupe.
-Buena
parte del poema se pasa repitiendo la idea del destino: los dioses saben lo que
le va a pasar a Aquiles, nada ni nadie va a poder evitarlo. ¿Crees de verdad
eso?¿Piensas que el futuro no se puede cambiar?
El
ciego dobló el cuello hacia un lado.
-Pero
Aquiles, en el fondo, elige. Después de que muere Patroclo, podría haberle
enterrado, haberse marchado a casa, vivir cultivando el campo el resto de su
vida. En cambio, elige la venganza; además hacia Héctor, aunque Aquiles sabe
que él tampoco tiene la culpa de nada, porque fue Patroclo el que decidió
asaltar las murallas de Troya a pesar de todas las advertencias en contra. Aquiles,
conscientemente, escoge el camino de la guerra y la locura. Al final todos
elegimos, sin duda: lo que ocurre es que somos esclavos de nuestras propias
elecciones. Al menos -pronunció muy lentamente estas palabras- cuando nos dejan
elegir…
De
todos modos, se empezaron a notar cambios. La salud del maestro se resentía. En
una ocasión, le dijo:
-Hoy
no podré acompañarte. Estoy demasiado cansado. Ve tú a ver al candidato del
siguiente pueblo.
Y
añadió, justo después:
-Llévate
material de escritura. Lo mismo te interesa algo de lo que te cuenten allí. Y,
si no seleccionamos a ese aspirante, al menos se llevará algún beneficio -dijo
entregándole unas cuantas monedas.
-Pero,
¿y si lo escogemos? -preguntó el chico, que tampoco sabía si estaba preparado
para esa cuestión.
-No
creo que lo hagamos -negó con la cabeza, bastante convencido, el anciano.
Así
que, en varias ocasiones, el muchacho acudió por su cuenta a escuchar
candidatos. Y, en efecto, a veces ocurría que le gustaba la forma en que el
poeta había enfocado un determinado episodio o contaba una historia, a veces
sólo relacionada con la guerra de Troya de manera tangencial. El joven todavía
no sabía del todo para qué transcribía estos fragmentos de relato, pero lo
hacía, poniendo incluso de sus exiguos ahorros para conseguir esos pedacitos de
narración que ampliaban un determinado punto de vista, desarrollaban un
personaje, aportaban una nueva voz. Un día, se encontró con poema estupendo,
aunque declamado por el cantor en un dialecto muy marcado, con expresiones muy
propias del lugar. El caso es que el poema estaba tan, tan bien hilado, que
tratar de adaptarlo al habla de su maestro hubiera supuesto destruirlo por
completo. Aun así, lo conservó. De esa manera, al final, el muchacho tenía un canto
más largo que el relato original del ciego, aunque compuesto de muchos
fragmentos pequeños, difíciles de hilvanar entre sí. ¿Qué era lo que iba a
hacer con todo esto?
Un
día, su maestro le llevó a dar un paseo por las afueras del campamento, sin
ningún propósito concreto. Era una agradable tarde de primavera. El hombre
ciego toqueteaba los arbustos, en parte porque era su manera de explorar el
entorno, y en parte también como si buscara algo de manera cuidadosa.
Finalmente, arrancó unas cuantas bayas de una planta:
-Ten
cuidado, nunca comas esta clase de frutos. Parecen inofensivos, pero son
tremendamente venenosos. Pueden producir una muerte casi instantánea.
El
muchacho los observó con atención.
-No
sabría distinguirlas de otras bayas normales…
-Así
es la naturaleza -sentenció el hombre, con una sonrisa-. Finge, engaña, nos
utiliza para su propio beneficio. Pasa igual que con las historias, ¿verdad?
-reforzó más todavía su sonrisa-. Se modifican y se adaptan para su receptor.
Al
chico se le enarcó la ceja. Fue entonces cuando se atrevió a realizar una
pregunta que llevaba mucho tiempo rondándole:
-Maestro…
¿sabemos si la guerra de Troya alguna vez ocurrió realmente?¿Qué piensas tú?
El
ciego se rio. A continuación, se encogió de hombros.
-Como
te he dicho, las historias están ahí para las personas del presente. Se cuentan
para servirnos a nosotros. A Andrómaca, a Menelao, a Briseida y a Néstor les
sirve ya de muy poco que narremos sus tormentos y sus hazañas. Qué importa que
lo que digamos sea cierto o irreal. Qué más da una mentira, siempre que nos
proteja, nos salve… nos sirva para algo, de alguna forma, en algún lugar…
El
anciano se sentó en un tocón de árbol. Parecía cansado. Su aprendiz se sentó
junto a él. El primero tocó el hombro del segundo, en un gesto afectuoso:
-Yo…
En fin, creo que eres… una mujer muy valiente. He conocido otras personas como
tú en mis viajes. No muchas, desde luego… Quizá yo, al cantar acerca de seres
mitológicos, de Hermafrodito, de individuos especiales, era más proclive a
reconocerlas… Aunque, a pesar de eso, creo que no siempre he sabido tratarlas
como debía. A decir verdad, aún hoy, no puedo entenderte del todo… Pero bueno,
sólo quería decirte que comprendo lo sola que te debes sentir. Yo también me
siento así a veces.
El
viejo se apoyaba en su bastón mientras hablaba, y permanecían espalda contra
espalda:
-No
dejes que te arrebaten la posición en la que crees que debes estar -prosiguió,
casi como si hablara para sí mismo, o para el resto del universo. Entonces
elevó el tono de voz-. ¡Agárrate ahí… con todas tus fuerzas! El mundo puede ser
un lugar muy oscuro y cruel. Avanzamos en él a ciegas. Pero de vez en cuando
encontramos nuestra fuerza interior para llegar a ser héroes… o para encontrar
astucias que nos socorran, como la del caballo de Troya.
Dicho
esto, el anciano se levantó, y emprendieron de vuelta el camino al campamento.
Aquel
día era uno extraño. Por fin habían caminado lo suficiente como para avistar al
enemigo. Se planteaba la inminencia de la pelea, y por eso los ánimos andaban
caldeados. Por todos lados, soldados, mensajeros y esclavos se movían de un
lado a otro. En medio de aquel maremágnum, el comandante de las tropas
prácticamente atrapó al joven aprendiz del ciego por el cuello y le espetó:
-Avisa
a tu maestro. Mañana, los hombres tienen batalla. Y han de estar bien
motivados. Así que más vale que el poema de esta noche sea realmente
inspirador.
El
chico asintió. Se encaminó con prestancia a la tienda que compartía con el
cantor para advertirle. El problema fue lo que se encontró.
Su
maestro estaba tumbado en su catre, paralizado; la postura que mantenía, la
boca entreabierta, indicaba de manera inequívoca cuál era su estado actual. A
su lado, en una mesita, las bayas que su alumno le había visto recoger el día
anterior. Era difícil descifrar la expresión que mantenía su rostro con
aquellos ojos ciegos, pero el muchacho diría que en él había anidado una cierta
paz. Aunque eso implicara que el joven perdiera toda la serenidad por completo.
Durante
unos instantes se quedó paralizado, sin saber cómo actuar. Luego, recobró la
compostura y pensó que lo único que podía hacer era avisar al jefe de las
tropas para advertirle. Y como supuso, a éste, en mitad del desbarajuste que
tenía encima, la noticia no le sentó bien.
-¿Cómo?¿Y
tenéis algún sustituto? -recordando las palabras del ciego el día anterior, el
joven negó con la cabeza-. Bueno, pues si es lo que tenemos, tendrá que valer.
Esta noche, quiero una interpretación bestial por tu parte. Coge el mejor éxito
de tu maestro, el poema que más entusiasma a los soldados, y reprodúcelo
palabra por palabra. Y esperemos que seas capaz de enardecer a mis hombres para
salir a matar.
La
última frase la dejó caer el militar con una mezcla de resignación y esperanza
calculada que al muchacho no le tranquilizó demasiado.
Con
inmediatez y nerviosismo, el joven volvió a la tienda de su antiguo profesor
(cuyo cadáver había sido retirado diligentemente por algún soldado bajo órdenes
del comandante) y se puso a revisar entre sus papiros. Empezó a repasar
mentalmente las veces que su maestro le había narrado las historias, tratando
de recordar comentarios sobre si tal o cual pieza triunfaba, o era en cambio
recibida de manera tibia. Tomó una de las escenas clave de la obra. La leyó en
voz alta. No sabía si sonaba convincente. Buscó otro pasaje al azar y lo
enunció con toda la sonoridad que pudo. Nada, no encontraba el modo. Se sentó
sobre el catre donde dormía habitualmente, desesperado ante su situación.
Y
de repente, se dio cuenta. No le salía bien imitar al ciego; ni falta que le
hacía. Más bien al contrario, cualquier intento de copiarle lo único que haría
sería acentuar las diferencias frente a un público que estaba habituado a oírle
vez tras vez, noche tras noche, con sus habituales latiguillos y fórmulas de
repetición. Y, desde luego, el joven no pensaba renunciar a algunas de ellas
(al fin y al cabo, si su maestro las había escogido, era desde luego porque
funcionaban). Pero, si lo que quería era sorprender a los soldados, debía
ofrecer algo nuevo, distinto.
Volvió
la vista hacia el texto que les había dado la chica que, en su día, había
confesado que escribía para su hermano. Lo hojeó: en efecto, era bueno, muy
bueno. Por supuesto, no podía leerlo delante de los militares, acostumbrados
como estaban a que el ciego recitara de memoria. Pero, si lo ensayaba, sería
capaz de cantarlo en voz alta aquella noche… y suplir los olvidos con las
técnicas de improvisación que había aprendido con el viejo durante los últimos
meses.
Aun
así, todo eso era más fácil pensarlo que luego encontrarse ante varias centenas
de hombres, ocupando toda la superficie del claro del bosque que la propia
guarnición había abierto para instalar su campamento. Contemplar a toda esa
masa de virilidad masculina, que se veía (y se olía) violenta, nerviosa, con
las armaduras a medio quitar como si fueran a atacarles en cualquier momento,
no era una situación fácil. El joven nunca había notado tantos ojos puestos
encima. En cierta medida, se sentía como cuando Patroclo se enfundó la armadura
de Aquiles para hacerse pasar por él y se preguntaba, al contemplar su propio
cuerpo flacucho sobre las fornidas piezas de metal, si estaría a la altura de
aquello de lo que pretendía disfrazarse.
Había
una cierta tensión. El muchacho no sabía si se debía a la cercanía de la guerra
(y, por tanto, que muchos de aquellos hombres supieran que no estarían allí al
día siguiente, y unos cuantos creyeran erróneamente que sí que lo harían), o a
la incertidumbre que él mismo transmitía. Por eso, cuando empezó a recitar,
acompañando su canto con la lira, tenía un opresivo nudo en la garganta.
La
mirada del comandante, al darse cuenta de que se apartaba de las clásicas formas
del ciego, no contribuyó a calmarle precisamente.
Pero,
poco a poco, conforme las palabras fluían, un cambio se fue operando en aquella
masa de individuos. El texto que el chico había escogido era aquel en el que el
rey Príamo acude a ver a Aquiles, quien lleva arrastrando por el suelo durante
días, atado a un carro, el cadáver de su hijo Héctor alrededor del túmulo de
Patroclo, en la proximidad de las murallas de Troya. El anciano rey Príamo ha
decidido venir no como rey de una ciudad asediada, sino como padre, para
convencer al héroe griego de que le devuelva el cuerpo con objeto de darle
sepultura:
-Acuérdate
de tu padre, oh Aquileo, semejante a los dioses, que tiene la misma edad que yo
y ha llegado a los funestos umbrales de la vejez. Quizás los vecinos
circunstantes le oprimen y no hay quien le salve del infortunio y la ruina;
pero al menos aquél, sabiendo que tú vives, se alegra en su corazón y espera de
día en día que ha de ver a su hijo, llegado de Troya. Mas yo, desdichadísimo,
después que engendré hijos valientes en la espaciosa Ilión, puedo decir que de
ellos ninguno me queda.
Durante
este párrafo, el joven apreció un cambio en el ambiente del campamento: más
relajado, menos duro… hasta húmedo, a causa de las lágrimas. Porque, ¿qué
soldado no tenía padres?¿Cuál no se acordaba de los hijos que había dejado
atrás, o se preguntaba si los volvería a ver algún día?¿Qué hombre, al escuchar
aquellos versos, no recuperaba una parte de la esencia de su humanidad? Una
fracción que, a lo largo del embrutecedor viaje hacia el lugar de la batalla,
habían perdido.
Los
soldados le dedicaron una ovación cuando terminó. Henchido por el orgullo, sin
embargo, el muchacho no tuvo ocasión de que la legendaria hubris o
arrogancia desmedida le invadiera y le condujera a la perdición, como le
ocurría a la mayor parte de los héroes mitológicos. Porque cuando bajó de su
estrado, el comandante se acercó para encararse con él:
-Si
hubieras cantado este poema cualquier otro día, te hubiera mandado decapitar
-le abordó secamente. Y mientras los músculos del muchacho valoraban si eran
capaces de evitar la liberación de sus esfínteres, el comandante prosiguió-.
Pero hoy nos has venido bien. Hoy les has recordado a sus hombres por quién
luchan… y cuál es la única manera segura que tienen de volver a casa. Que, por
supuesto, es batirse mañana. O eso me encargaré de recordarles a primera hora
con una arenga. Reza porque esa clase de motivación sea suficiente para vencer.
CONTINUARÁ...
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