El donante
No
pienses que se te está metiendo el agua por los oídos, e incluso por la nariz.
No mires, con los ojos abiertos, a las burbujas que te hacen cosquillitas por
la cara, las que te acarician en la frente y las mejillas. No pienses en que te
estás ahogando. No lo medites. Nada; es imposible. Es como aquella frase,
¿saben ustedes? La de <<no pienses en una vaca>>. Amarilla. Con
lunares verdes. ¿A que no hay manera de dejar de imaginar a la puñetera vaca
correteando con sus manchas por los prados? Pues aquí es igual. No puedes
evitar tener la mente puesta en que te
estás ahogando. Tal vez lo haces por un poco de respeto; al fin y al cabo, si
te mueres, lo mínimo que puedes hacer es ponerle algo de atención al asunto, y
no malgastar tus últimos momentos con el recuerdo del vestido de una chica
bonita, o en la forma en que tu madre se puso a bailar sobre un escenario, a
sus sesenta y dos años, rememorando sus sueños de juventud. Pero, después de
estas divagaciones absurdas, quizás quieran ustedes saber cómo he llegado hasta
aquí.
Camino por la
calle. Estoy volviendo del trabajo. Mira, por ahí va el panadero. Un tipo majo,
ese hombre, tengo que ir a visitarle más a menudo. Hombre, mira qué bonito,
unos niños pedaleando en sus bicicletas. Hoy hace un día precioso, desde luego,
sonriente y radiante de calor. Venga, nos metemos en casa. Vamos a mirar el
correo.
Entonces abro el
buzón. Factura, factura, factura. Factura. Y... anda, hombre, una carta
curiosa. Vamos a abrirla. La abro. La leo; la sigo leyendo; me voy calentando,
me voy cabreando. Cagoendiós. Salgo de nuevo a la calle.
Voy corriendo a
toda la velocidad que puedo. Tengo que pasar el revuelo que hay siempre delante
de la panadería; joder con el cabrón del panadero, qué hijo de puta, cualquier
día voy y le cuento a su mujer con quién le está poniendo los cuernos. Sigo
corriendo; se me cruzan unos puñeteros niños a toda leche con sus bicicletas, a
ver si los prohíben de una vez, siempre estorbando por la calle, un día van a
provocar un accidente. Maldita sea, qué calor hace, ya podría pegar el sol un
poco menos.
Pero nada, por
más que corro, no puedo atrapar al cartero. Y qué más me da, me repito entonces
a mí mismo. Si total, qué le iba a decir. En puridad, la culpa no es suya. La
culpa será de quien me haya mandando la carta, o ni siquiera; alguien le ha
puesto el sello y el sobre, alguien la habrá redactado, pero la culpa, después
de todo, viene de más arriba, así que ni siquiera me queda el recurso de quejarme.
Tan sólo, cruzarme de brazos y esperar.
Es un poco
extraño, ¿no? Uno, cuando entra voluntariosamente en una de estas asociaciones
de donantes de médula ósea, no piensa en nada más. Apenas un <<mira, qué
bonito, le estoy haciendo un favor a alguien>>, te cuelgas una especie de
medallita mental, y todos contentos, te sientes muy solidario y te vas a tu
casa. Ahora, lo que viene junto con el pack, eso no te lo cuentan. De lo que
viene detrás te enteras tú siempre después.
Y es que mira que
es mala suerte; porque de no ser por un par de circunstancias, ni siquiera me
hubiera enterado. De no ser porque, el mismo día que me mandaron la carta
comunicándome que mi médula ósea iba a ser necesitada, salió por casualidad una
imagen de ese hombre por la tele. Y me di cuenta de que estaba desmejorado. Entonces
recordé la conversación que había mantenido unos días antes con un íntimo amigo
mío, que es amigo de un amigo de su médico personal: “Los consejeros del
dictador están desolados. Necesitan urgentemente un remedio o, si no,
fallecerá. Y lo malo es que es muy difícil encontrar un donante compatible;
tiene un tipo muy raro, el HLA-DX6...”
Justito, qué
casualidad, el mismito que tengo yo.
Así es; yo soy el
donante. Resulta que, por azar de los azares, de entre todas las cosas en las que
podría coincidir con el resto de los hombres, tengo en común con el dictador de
mi país, al que nunca le he guardado demasiado aprecio, la compatibilidad de
las células. Pues mira qué bien. ¿A que eso nunca se lo imagina uno cuando va a
donar sangre?
¿Y ahora qué
hago?, me pregunto yo. Todo el planeta suspirando porque el dictador fallezca
para quedarnos libres, y al final soy yo el que le tengo que alargar la vida.
Todo el mundo acordándose de su madre y de todos sus muertos, y ocurre que esos
mismos muertos van a disfrutar la ocasión de agradecérmelo. La verdad, cuando
mi madre me decía que llevaba en la sangre la manera de incordiar a la gente,
lo cierto es que nunca pensé que se referiría a eso.
Y la pregunta es,
de nuevo, ¿ahora qué hago? No resulta fácil planteárselo. Aquel día andaba
despistado. Como no sabía muy bien qué hacer, invité a un amigo a permanecer la tarde conmigo, a ver si se me
pasaba así el cabreo. Dilapidamos el tiempo proyectando películas de cine mudo,
como si la ausencia de sonidos consiguiera entregarnos, aunque fuera
transitoriamente, una mínima calma espiritual. Pero no logré tranquilizarme del
todo; la prueba fue lo que ocurrió cuando llamaron a la puerta. Salí a abrir.
Era el lechero:
-No tienes más
remedio que hacerlo.
Era el cartero:
-Sabes que tarde
o temprano tendrás que deponer tu actitud.
Era el cabrón del
panadero:
-Aunque te
opusieras, no te iban a dejar.
Era un policía:
-Seguro que te
están vigilando: ya tendrán rodeada tu calle.
Volví de nuevo al
salón.
-¿Quién
era?-preguntó mi amigo.
No lo sé; ya no
me acuerdo.
No puedo
respirar. Tengo que salir de aquí. Saco la cabeza del agua...
Qué pena; no lo
he conseguido.
Cuando al fin me
quedé solo, fui a visitar a otro amigo. Se trata de un compañero que tiene una
red clandestina en contra del régimen. Aunque siempre ha sido sospechoso
habitual, nunca le han llegado a pillar; por tanto, todavía sigue libre, quizás
no por mucho tiempo. Le comenté mi problema; lanzó un sonoro bufido.
-Jodeer...
Yo asentí. Claro,
¿qué iba a hacer?
-Lo tienes crudo,
chaval: ahora mismo, ya te estarán espiando un par de hombres. Fíjate, seguro
que si te das la vuelta en mitad de la calle, te encuentras pegados a un par de
tipos con gabardina oscura a tu espalda. No te van a dejar moverte ni un solo
paso; no van a permitir que trates de huir, o que te marches del país. Créeme:
si ellos quieren que lo hagas, ten por seguro que lo harás.
Volví a casa un
pelín descorazonado. Fue entonces cuando empecé a planear cuál sería el método
más apropiado para el suicidio. No se crean ni mucho menos que es fácil. ¿Un
cuchillo de cocina? No, imposible. Antes de que pudiera desangrarme, los
agentes del Gobierno llegarían, y me sacarían la médula para ofrecérsela a su
líder. ¿Saltar desde la terraza? Complicado hacerlo desde un primero, lo más
probable es que simplemente acabe con una pierna rota y, sobre todo, una enorme
cara de gilipollas. ¿Ahogarme?
Una ventaja es
que el cuarto de baño no tiene ventanas.
Pero nada; no
pude hacerlo. No tengo fuerzas para llevarlo a cabo. Puede que, después de
todo, y sin esperármelo demasiado, le haya cogido un cierto cariño a la vida:
no sé por qué habrá sido exactamente. Quizá por las flores del campo, el ruido
del ascensor cada vez que llega a su piso, la forma en que la lluvia cae hacia
arriba cuando hace viento... Hasta el pequeño placer de la lectura en el baño
durante mis evacuaciones matutinas. Todos esos pequeños placeres te suenan,
cada uno, cuando piensas en abandonarlos, como algo tan fenomenal... Además, no
era así como esperaba acabar: no era eso lo que se había imaginado mi madre
para mí cuando me vistió de marinerito en la primera comunión, ni tampoco es lo
que creo que me merezca. En el fondo, no he sido una mala persona: he dado
limosna en la iglesia, he ayudado a viejecitas a cruzar la calle, procuro no arrojar
papeles al suelo... Lo de la mujer del panadero no cuenta.
Además, siempre
existe un pequeño detalle el cual, por muy insignificante que se antoje, no puedo
del todo obviar. Y es que, a pesar de todas las ventajas evolutivas que nos
otorgó Dios, éste nos entregó a cambio un pesado lastre que nos impide avanzar por
completo como especie: los escrúpulos. Sí, ya lo sé, es una tontería, pero no
soy capaz evitarlos. Y, al fin y al cabo, eso de negarte a donar a alguien tu
médula, incluso aunque ese alguien se haya cargado a cientos de personas,
implica un dilema ético. Y los dilemas, ya se sabe, casi nunca permiten
desenlaces felices. Pregúntenselo si no a Hamlet.
Tal y como me
encontraba, sólo podía pensar en alguien a quien consultarle mi duda
shakespiriana: y por eso me fui a la cárcel, a visitar a un tercer amigo, uno
de los disidentes. Le conté toda la historia, le desgrané mis cuitas; describí
las alternativas; le pregunté qué era lo que se suponía que tenía que hacer...
Si había de ser un traidor a la causa de la vida, o concederle un cheque en
blanco de diez, veinte años, a alguien de cuya existencia dependía la libertad
de tantísima gente...
Pero mi amigo no dijo
nada; mientras yo tapaba mi cara con las manos, y trataba de que no me
embargase la emoción, él simplemente pasó el brazo por mis hombros y me instó
con un cálido: “ánimo”. Aquel intento de consolarme no hizo sino provocar que
me sintiera más culpable todavía; y que me pareciera, cada vez más, que, con el
gesto que me veía obligado a realizar, iba a ser yo, personalmente, quien
firmara la sentencia de muerte de la misma persona que en aquellos momentos intentaba,
a pesar de los barrotes, darme un abrazo...
Ya estaba
completamente resignado: no había otra solución. Me entregaría, y dejaría que
me extrajeran hasta el tuétano, para consumar por fin mi traición definitiva.
Aunque, bien mirado, pensé, siempre me puedo tomar una pequeña revancha.
Aquella noche,
visité los barrios de fiesta de mi ciudad. Me moví entre los juegos malabares y
los vendedores de frutas exóticas. Y penetré en un local (Santería,
Adivinación) que seguro que a los espías que me vigilaban no les inquietó especialmente:
no sabían lo que les esperaba. Por fin pude consumar mi venganza.
Pasaron los días:
me extrajeron la médula. Esperaba contemplar de un momento a otro las imágenes
por televisión del dictador, claramente restablecido. Y en efecto, las vi, pero
no de la forma en que esperaba. Resulta que al final, el rumor que había
escuchado no tenía fundamento: el dictador estaba enfermo, sí, pero de otra
cosa, nada que ver con las donaciones. Pero entonces, ¿a quién puñetas había
regalado yo mis células?
Eso nunca lo
sabré: lo que sí sé, es que aquel que la haya recibido, tiene un problema.
Porque, después de mi visita a aquel local de vudú, mi sangre ya no es la
misma.
A ver la cara que
ponen los médicos del receptor cuando comprueben que, al auscultar el corazón
de su paciente, el sonido que sus latidos provocan, con mi sangre deslizándose
entusiasta, bañando danzante sus cámaras, sigue un ritmo que es el mismo, con
diáfana musicalidad, que el del Himno a
la Alegría.
* * *
¿Verdad que
hubiera sido bonito que el final de esta historia hubiera acabado así?
Sin embargo, por desgracia, las cosas no siempre
suceden de la manera que uno desea. Que más me hubiera gustado a mí me que hubiera
sido éste el “The
end”, en plan realismo mágico, o incluso que yo, en un acto supremo de
valor, hubiera iniciado una revolución, derrocado al dictador, instaurado la
libertad, y conseguido una pequeña mención en la parte inferior derecha de una
página interior de algún periódico. O, al menos, y ya en busca de objetivos más
modestos, que yo me hubiera negado, con toda la valentía del mundo, a servir de
donante, y hubiera desafiado al régimen y a toda su maquinaria, sirviendo de
gallardo ejemplo para todos los rebeldes del mundo.
Sin embargo, yo nunca he asumido el papel del
héroe: me he sentido mucho más a gusto representando al gracioso de la farsa,
el patoso del baile, o el payaso en las fiestas de los niños. Nunca he sido un
hombre valiente, ni mucho menos: en la comedia de la vida, fue a otros a quienes
les tocó representar al joven apuesto que salva la vida a la doncella, mientras
que a mí me correspondía ser el juglar que amenizaba la obra, el secundario al
que todo el mundo aplaudía, pero que nunca se llevaba a la chica. El que, cada
vez que tocaban a batalla, se las ingeniaba para escapar furtivamente por la
puerta de atrás. Para bien o para mal, ése ha sido mi rol, el de la sonrisa
irónica y el reírse de uno mismo, antes del de invocar a los padres de la
patria. Y en esta ocasión, por supuesto, tenía que seguir siendo así.
Ahora bien, hubo una cosa que tenía muy clara: no
le daría mi médula al dictador. Dos de mis tíos y mi hermana murieron a causa
de él; y por muy deleznables que parecieran mis actos para cualquier ser
humano, ésa era mi opción, la que debía mantenerse. Pero también sabía que los
hombres del dictador me impedirían cualquier paso que pusiera en peligro esa
promesa de años de vida, en forma de reservorio sanguíneo andante (me sentía un
poco como una morcilla), en que yo me había convertido para su jefe.
Por eso, aquella noche, telefoneé a Olga.
Mi relación con Olga siempre fue extraña: mientras
estuvo cerca de mi área de influencia, no la toqué ni una sola vez. La
contemplaba, humildemente, poniéndose las medias con el pie apoyado en el
alféizar de la ventana, exhibiendo un atrevido escote mientras me comentaba el
último cotilleo que había escuchado en la calle sobre cualquier vecino. Era una
mujer atractivísima, tropical, con unos andares sensuales que harían que el típico
tipo al que los mafiosos encierran en una cámara frigorífica solicitara más
hielo: algunos incluso afirmaban que las bananas se salían disparadas de sus
cáscaras, desde lo alto de los árboles, a su paso, y que los perros la
perseguían en tromba, agrupados en cuadrilla, durante varias manzanas a lo
largo del barrio. El niño de la beata señora Julia rezaba por ser cura hasta
que la vio pasar a su lado, y ella, mientras tanto, respondía a todos los
piropos de los hombres con la misma enigmática sonrisa que hubiera sostenido la
mismísima Nefertiti; claro que habría que ver si Nefertiti se hubiera
comportado de la misma manera si hubiera cobrado a veinte dólares la hora.
En todo caso, y como mencioné antes, yo no tuve la
ocasión de disfrutar de sus encantos. Como ya les he explicado, en las obras de
teatro yo soy de los que no se llevan a la chica. Nuestra relación era más de
amistad, de mutua confianza, de revelarme sus problemas, e incluso alguna
anécdota interesante que le hubiera ocurrido en el trabajo (confidencias no; para
eso, Olga era muy discreta; secreto de confesión, solía denominarlo ella). Todo
prosiguió más o menos de esa manera, hasta que a Olga le diagnosticaron de SIDA.
Como se pueden imaginar, aquello fue el fin de
todo. La gente se apartaba a su paso; los que más la habían deseado se horrorizaban
al pensar que les pudiera siquiera rozar. Lo que otrora fueron alabanzas se
convirtieron en condenas. Esto le ha ocurrido por ser como es, afirmaban unas,
Esa golfa, añadían otras, se lo tiene merecido. Y yo (que, antes de que todo
esto sucediera, supe ver que también había un ser con alma propia, detrás de
aquellas hermosas curvas) me sumergí sombrío en la melancolía cuando comprobé
que, un día cualquiera, ella, simplemente, se había marchado de su casa sin tan
siquiera decir adiós; y, desde el alféizar de mis ventanas, ya sólo se veían
los pájaros.
Pero ahora, en estas circunstancias, la llamé; los
espías, en su inocencia, no pudieron sospechar quién era. Había quedado tan
demacrada, tan afectada a causa de la enfermedad, que, conforme caminaba por la
calle con un bastón, temblándole las piernas, pasaba perfectamente por una
anciana de ochenta años. Y por ello, la dejaron seguir andando, y que subiera
hasta mi habitación.
El
reencuentro fue triste: yo la había
conocido en todo su esplendor, y ahora la contemplaba en su cénit. Hablamos un
poco de los viejos tiempos; de momentos más felices; de días probablemente más
brillantes. Le conté lo que me pasaba. Le comenté lo que había ideado, y el
papel que jugaba ella en todo aquello. Olga, sin embargo, no quiso hacerlo; me
decía que no podía, que no era capaz de hacerme esto a mí. Entonces yo le
expliqué que no se lo pedía porque fuera la única manera de salir de este
atolladero: sino que el hecho de encontrarme en este lío me daba la única oportunidad
que tenía de llevar a cabo algo que, desde hacía mucho tiempo, estaba deseando
poder hacer...
Cuando Olga salió de mi casa, ella era ligeramente
distinta; no cambiaron ni su rostro con arrugas ni su delgadez hasta los
huesos; siguió caminando con temblor sobre unas piernas tan, tan finitas, que
parecían estar a punto de quebrársele; pero sí que se alteró una cosa. Y es
que, cuando entró en mi casa, ella era tan sólo un resto de lo que había sido.
En cambio, cuando salió por la puerta, Olga se sentía, para todos los efectos,
con todo el orgullo, y con todas las lágrimas, por primera vez en muchos años,
una mujer....
Al día siguiente, los espías, junto con los
enfermeros, vinieron a recogerme para llevarme al hospital. Y yo, que, como he
dicho antes, no estoy muy acostumbrado a hacer de héroe, no esbocé ningún gesto
grandioso: sólo abrí los brazos, con una sonrisa melancólica, de bufón triste,
y confesé:
-De nada servirá que lo hagáis: me acabo de
contagiar de SIDA.
Los enfermeros se contemplaron entre sí. Los espías
también. En busca de comprobaciones, y ante la convicción que puse en mis
palabras, como toda conclusión, con una mirada confusa –y el temor reverencial
a la enfermedad reflejado en sus ojos-, se marcharon.
Después de
varios días, al fin, y después de tanta gente dando vueltas alrededor de mi
persona, de nuevo, me quedé solo.
Habrá mucha gente que condene mi acción; habrá
mucha gente que me acusará de haber provocado la muerte de un hombre, e,
incluso, refiriéndose a mí mismo, de inducir la de otro... y todo eso es
cierto...
Pero también es verdad que, al mismo tiempo que he
hecho esto, le he devuelto a una mujer la sensación de que tenía un cuerpo -el
cual un hombre podía acariciar con deseo-, de que era hermosa, y de que había
alguien que la amaba...
He dañado la existencia de una persona, sí... pero
también es verdad, si queremos verlo, que le he devuelto la vida a otra...
¿Habrá quien no sea capaz de perdonarme?
No lo sé; yo esta noche, por si acaso, he vuelto a llamar a
Olga...