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miércoles, 1 de enero de 2025

Los libros de enero: contra la opresión y el fascismo

 -La guerra de los pobres, de Éric Vuillard. El autor nos narra, en este ensayo corto, agudo como el filo de un hacha, y contundente como cada uno de los golpes de este instrumento, la historia de Thomas Müntzer, un reformador y teólogo alemán que, inspirado por figuras como Lutero o Jan Hus, pidió un evangelio que retornara a las esencias y a la protección de los más pobres, y de ahí pasó a la abierta rebeldía contra las figuras de los nobles alemanes y la desigual distribución de riqueza de su entorno, llamando incluso a la revolución violenta de los campesinos contra sus señores. Una lectura intensa acerca de los revolucionarios que parten de los principios más básicos, y se atreven a enfrentarse a fuerzas que se hallan muy por encima de su capacidad.
Imagen de Monticello, la casa de Jefferson en Charlottesville (Virginia), hecha cuando estuve por allí.

-Mi Monticello, de Jocelyn Nicole Johnson. Para entender esta novela hay que comprender primero el lugar donde está ambientada. Charlottesville es un pequeño pueblo en Virginia donde vivía Thomas Jefferson (el tercer presidente de EEUU, y autor de la Declaración de Independencia), cuya casa, denominada Monticello, fue y sigue siendo un modelo de referencia para toda la arquitectura norteamericana posterior. En esta historia, la protagonista, mujer, negra, descendiente de una esclava que tuvo hijos con Jefferson -este episodio histórico es real- vive en un futuro no demasiado lejano donde la civilización ha empezado a derrumbarse, y gente muy parecida a los seguidores de Trump merodean, con sus camionetas, sus armas y sus actitudes nazis, asolando todo a su paso. Un grupo de refugiados, incluyendo nuestra protagonista, deciden esconderse en Monticello, a la espera del siguiente paso. La novela está escrita desde la sensibilidad interior del personaje principal (de hecho, a ratos da la sensación de que tiene poca intención de seguir una narrativa estructurada, o de explicar ciertas cuestiones de manera concreta), y desde luego lo que mejor logra es la atmósfera de sociedad derrotada, pero cuyos miembros se cuidan mutuamente mientras sea posible. En muchos sentidos, recuerda mucho a La parábola del sembrador, de Octavia E. Butler, autora (también mujer y negra) la cual consiguió crear en los años noventa una distopía tan cercana a la visión actual que tenemos del futuro -con su cambio climático, una sociedad que colapsa, y una sensación continua de "sálvese quien pueda"- que da un poco de miedo, y más cuando la adolescente protagonista cree que fundar una nueva religión es la única manera de formar un colectivo que haga frente a la nueva situación. "La parábola del sembrador" es la primera de las novelas de una saga que quedó inacabada con la muerte del autora, pero se ha convertido en una referencia de la novela postapocalíptica de todos los tiempos.

Y aquí viene uno de los motivos por los cuales "Mi Monticello" me ha llamado tanto la atención. Charlottesville es un oasis en el lugar donde está localizado -un sur mayoritariamente blanco donde es habitual encontrar pueblos pequeños en cuyo bar principal hay una bandera confederada adornando la pared-. Es una ciudad universitaria, cosmopolita, repleta de extranjeros y de mentalidad muy abierta y tolerante. Fue precisamente por eso por lo cual los zombis ignorantes que siguen a Trump (vamos a llamarles por su nombre: nazis) decidieron montar una manifestación allí, donde un descerebrado atropelló a una chica y, por supuesto, el aún más descerebrado de su jefe salió a defenderles. Por eso precisamente, el asalto a Monticello (en la ficción) o a Charlottesville (en la vida real) nos recuerda que el Estados Unidos que nacerá en unos pocos días se va muy probablemente a convertir en todo lo contrario de lo que dice su esencia. Y quién sabe cuánto más durará ese sueño de Jefferson de una ciudadanía que escoge libremente a sus representantes. No se me escapa que buena parte de culpa la tienen esos idiotas que no leerán un libro ni aunque les aticen con él. Por eso, desde esta cuenta, vamos a seguir recomendando libros: porque no sabemos si nos comerán los monguers o los fascistas (ahora mismo, son lo mismo), pero vamos a seguir defendiendo ciertas cosas hasta el final. Y, desde luego, no nos van a pillar con los brazos cruzados; ni, por supuesto, sin luchar hasta el último aliento.

lunes, 18 de noviembre de 2024

El relato de noviembre: "Borrado"

El juez ajustó sus gafas de montura metálica sobre la nariz para de esa manera escrudiñar mejor la pantalla de su ordenador.

-Bien… Tenemos aquí un caso de…

-Asesinato, señoría.

El juez levantó la vista.

-¿Disculpe? -se dirigió hacia la acusada, fijándose por primera vez de manera detenida en ella. Era una joven morena, no sólo en cuanto al cabello, sino en cuanto al cuerpo, aunque costaba fijarse, porque buena parte de su la superficie expuesta se hallaba cubierta de tatuajes.

-He dicho “asesinato, señoría”. Por si no ha quedado claro.

 -¿Sabe que no es habitual que la acusada alce la voz en esta fase del proceso, verdad?

  -Sí, lo sé.

-“Lo sé”… señoría.

-Disculpe, señoría

-Por ese tipo de cosas es por lo que la gente suele requerir un abogado, y no asumir su propia defensa.

-No hará falta, señoría; creo que es más fácil que todo lo referente a esta cadena de sucesos se lo cuente yo misma.

El juez musitó brevemente.

-Bueno… Por muy irregular que resulte… quizá eso sea lo mejor -pensó al reflexionar acerca que quedaba poco para la hora de comer, y que le gustaría ir abreviando-. ¿Por qué no nos relata su historia… desde el principio?

-Eso es lo que esperaba, señoría. Todo empezó cuando yo salí de casa aquella mañana, habiendo dejado a un chico en mi cama. Ya sabe, el típico polvo de una noche del que no quieres saber nada al día siguiente…

El fiscal se levantó como un resorte.

-¡Protesta, señoría!

-¿En base a qué? -preguntó el juez, aunque le agradaba la interrupción. Sentía que la acusada no iba a adaptarse a las normas clásicas de un juzgado, y le convenía una pausa al respecto. El problema era que el fiscal se había levantado más por instinto que por una razón jurídica argumentada, así que sólo pudo farfullar, a duras penas, un:

-¿Qué tienen que ver… las actividades nocturnas de la acusada… con el asunto que nos ocupa?

-Oh, nada en realidad -argumentó la muchacha-. Pero proporciona contexto, y aporta una nota de color. Si estuviéramos en una película, diría que sirve para comprender mejor la motivación del personaje.

 

Cuando la mujer salió del edificio, pudo sentir los rayos del sol calentando el tatuaje tan peculiar que tenía dibujado en la nuca. Precisamente, acerca del cual, el chaval nórdico que aún dormitaba entre sus sábanas se hallaba soñando justo en el instante antes de despertar.

Cuando se levantó, le extrañó no encontrar a la chica con la que se había acostado la noche anterior, y en cuyo apartamento se encontraba. Y le sorprendió más todavía localizar una nota que decía: “Siento haberte dejado así, pero tenía que irme a trabajar. No te conozco de nada, así que podrías ser perfectamente un ladrón y desvalijarme la casa. Pero creo que sé calar a las personas, y estimo que no harás eso. Aun así, si me robas, puedes llevarte lo que quieras menos los ordenadores y los discos duros: ahí tengo toda mi vida. Llevártelo sería para mí una putada, y estoy seguro de que eres buena gente, así que apostaría lo más preciado que tengo a que no eres capaz de eso. Cierra sin llave, y que te vaya bien”.

 

-Dígame -detuvo su disertación el juez-, ¿suele hacer esas cosas muy a menudo?

-Señoría, éste es el tipo de comportamiento que…

 El magistrado acalló al fiscal; la acusación se estaba enardeciendo demasiado en sus protestas, y si él había hecho una pregunta, era porque pretendía saber la respuesta.

-En ocasiones, señoría. Me dejo llevar mucho por mis impresiones. He sufrido muchos chascos, sí, pero suelo acertar la mayor parte de las veces. Además, tampoco le había dicho a este chico la verdad al cine por cien: en realidad, guardo copia de todo. Los archivos se almacenan de manera automática en línea con un ordenador que tengo en casa de mis padres. Digamos que, si hubiera perdido algo aquel día, sería en pago por un exceso de credulidad, pero nunca nada irrecuperable.

 -Entiendo -garabateó el juez unas pocas frases en un papel-: prosiga.

 

Un rato después, la chica se encontraba detrás de su mesa en el centro médico. Entonces, entró en el edificio una mujer de mediana edad. De vestimenta elegante, bolso de marca, peinado de peluquería de postín… La típica persona que dirías que no tiene un problema en la vida. Y, sin embargo, el azoramiento que transmitía, la sensación de agobio, no le pasó desapercibida a la intuitiva muchacha, quien preguntó rápidamente si la podía ayudar.

La mujer iba a hablar pero, antes de decir ninguna otra cosa relacionada con el motivo de su visita, del fondo de una garganta cargada de resuello le salió, directamente del estómago, y sin pasarle por el cerebro, una frase:

-Me encanta ese tatuaje.

Hubiera sido un problema, dada la profusión de adornos que la recepcionista desplegaba a nivel de la piel; pero, por suerte, el dedo de la mujer señalaba claramente el retrato de un violinista sobre una luna, cargada de cráteres, la cual flotaba etérea a nivel de su antebrazo.

-Ah, sí. Tengo varios dibujos relacionados con la Luna. Es por mi nombre -se señaló la chapa que adornaba su camisa de trabajo, “María Luna”-. Lo comparto con unas montañas y con un lago, entre infinidad de accidentes geográficos. Y todos llevan al mismo sitio: a mí.

Sonrió. Aquel gesto pareció tranquilizar a la mujer y sus tribulaciones infinitas.

-Cuando yo era pequeña -comentó la recién llegada- mis padres me quitaron el chupete. Como me costaba muchísimo desprenderme de él, me dijeron que se había quedado en la Luna. A partir de entonces, me convertí en una experta en exploración espacial. Medio en broma, medio en serio, me repetía que, desde que yo había nacido, el ser humano no había vuelto a visitar su superficie, y por tanto no podían recuperar mi chupete. Así que cuando China anunció una expedición a la Luna, estuve siguiendo la retransmisión, como otros devoran con pasión un partido de su equipo de fútbol. Sabía que todo aquello era un chiste, pero, de alguna manera, el recuerdo de aquella mentira cariñosa de mis padres me hacía creer que, quizá, un día los astronautas encontrarían mi chupete, y se sorprenderían enormemente de lo que habían encontrado allí.

La mujer se llevó la mano a la boca:

-Qué estupidez. Le estoy contando esta tontería sin ningún sentido, tan personal, sin venir a cuento… Debe de pensar que soy una loca.

Sin embargo, María Luna no creía eso. Se acordaba de aquella vieja leyenda según la cual, Caín, cuando fue condenado a vagar por la Tierra, acabó en la luna, y fue por tanto el primer extraterrestre, y el primer selenita, recordándole que detrás de un símbolo tan maravilloso como nuestro satélite también existe también un lado oscuro, uno que todos llevamos detrás (como la propia Luna, meditó) y que por lo común no sale a la luz. También reflexionó para sus adentros: “me ha contado algo muy personal. Me corresponde contarle algo muy personal también”.

-Ese tipo de sensaciones nunca son estúpidas. Por mucho que nos cueste explicárselas a los demás. Un día, no sé por qué, teniendo una de estas típicas conversaciones en las que arreglas el mundo, hablando de novios, una amiga me comentó que una compañera suya creía que había algo mucho peor que unos cuernos: que tu pareja se quede con las ganas de acostarse con alguien y no lo haga. Decía que ese resquemor es el que acaba destruyendo una relación. En aquel momento yo me reí (“claro, sí, esa opinión es de tu amiga, ja, ja”), pero luego, con el tiempo, y cierta madurez, me he dado cuenta de que, seguramente, en unas cuantas circunstancias, tenía razón. Y me pregunté qué historia había detrás de aquella chica…

La mujer se quedó congelada ante ese comentario, como si le hubiera tocado una fibra muy sensible de su ser. Tanto, que sólo entonces pareció darse cuenta de que llevaba en la mano un marcador, el típico separador de páginas entre libros, de un color enarcado muy llamativo. La mujer alargó la mano para pasárselo a la chica de la mesa, quien lo asió con delicadeza: se fijó que sobre el separador de papel había una marca grabada, una especie de rayajo hecho a bolígrafo. Era el típico detalle que solía fijarse, en las bibliotecas, cuando alguien se había dejado un marcapáginas olvidado en algún volumen prestado. El clásico recordatorio (junto con tickets, listas de la compra olvidadas, papelitos con anotaciones) de que los seres humanos somos capaces aún de pasarnos cosas mano a mano, transmitiendo de alguna forma una especie de conexión.

-Puede quedárselo -argumentó la mujer, con las mejillas rubicundas de pudor, para estupefacción de la receptora; a continuación, la paciente rogó, como en una disculpa-. ¿Puedo ver al médico, por favor?

               

-Señoría, sigo sin saber a qué nos lleva todo esto -rezongó el fiscal.

-La verdad es que yo tampoco lo entiendo, señorita.

-¡Aquel diálogo…!-expresó la joven-. Había sido una conversación sincera, abrupta y sin tapujos, entre dos personas que no se conocían de nada. Sabía que esa mujer había pasado por un momento dramático, porque, de no ser así, no se hubiera abierto ante mí con esa sinceridad. Es importante que ustedes sepan lo profundo que llegó a ser ese momento, para que lo puedan entender en toda su magnitud… Sobre todo…

-¿Sobre todo por qué, señorita?-la tiró de la lengua el juez, al darse cuenta de que titubeaba.

-Sobre todo porque, cuando nos volvimos a ver, ella no se acordaba de nada.

 

El rostro de María Luna se había tornado lívido después de aquella última interacción. 

 -¿Te pasa algo?-le preguntó su compañera.

Claro que le pasaba algo. La mujer había vuelto, un tiempo después, al centro médico. Había pedido, una vez más, ver a los doctores. Sin embargo, no había reaccionado en absoluto cuando María Luna le recordó la conversación (“el tatuaje, ¿lo ve?”). No la había ignorado, no trataba de fingir que aquel hecho no había ocurrido: era puro y diáfano olvido. Como si su mente se hubiera quedado en un apabullante blanco, que había golpeado a María Luna con toda su brutalidad.

 -A lo mejor se le ha olvidado -le comentó una compañera-. Tú misma has dicho que estaba muy alterada cuando vino aquella vez.

-Una charla así no se olvida. Tiene que haber ocurrido algo antes.

  Empezó a repasar los archivos.

 -¿A qué ha venido?-preguntó a su compañera.

 -Tiene una operación… de cierta importancia. Le han detectado un aneurisma y se lo van a quitar. Hace unos años hubiera sido una operación imposible, pero estos cirujanos han desarrollado una nueva técnica que permite eliminarlo con una sencilla operación -a aquella enfermera le encantaban los procedimientos médicos, y se explayaba en explicárselo a propios y a extraños, sin importarle demasiado si se hallaban interesados en el proceso-. Luego sólo requerirá que permanezca vigilada durante el postoperatorio una noche y, después, a casa. Habrá eliminado una bomba de relojería que podría haber acabado en su vida en cualquier momento, y lo más probable es que, como contrapartida, no tenga ningún efecto secundario. Es verdad que aún no han depurado del todo la técnica, algunos se quedan todavía en el quirófano, pero la inmensa mayoría…

-Ey, mira esto…

La enfermera se acercó a contemplar el registro que su amiga había desplegado en la pantalla.

-Tía, no puedes mirar esto. Son sus datos personales, te la puedes cargar.

-Pero fíjate… Fue a la Unidad de Borrado el mismo día que habló conmigo, unas cuantas horas más tarde. Ahí pasó algo, y tengo que averiguar qué es.

-Te estás metiendo en un lío…

 

-Y se estaba metiendo usted -proclamó el fiscal.

-No tenía dudas acerca de ello -expresó María Luna-. Sin embargo, no tenía más remedio: yo aún no lo sabía, pero a aquella mujer tan sólo le quedaban veinticuatro horas de vida.

 

Un rato más tarde, María Luna se encontraba sentada al lado de un chico joven con perilla y fino bigote, muy estiloso. Al chico, ella le gustaba, y eso se notaba a la legua. Probablemente por eso se encontraba explicándole con detalle a María Luna su trabajo:

-Esta pastilla, realmente, fue una revolución. Cuando se descubrió que este medicamento podía actuar sobre la formación de recuerdos, se abrió un mundo nuevo de posibilidades. Se había investigado mucho para el estrés post-traumático, para ver si era posible eliminar los recuerdos aquellos episodios terroríficos que nos atosigan durante años, pero sus efectos, en los casos antiguos, han sido bastante discretos. En cambio, es buenísimo para memorias que no se han aposentado todavía. Si vives una mala experiencia, tómate esto antes de dormir, y se te olvidará todo lo que haya ocurrido a lo largo del día anterior: incluyendo aquel acontecimiento que tanto te perturba. En algunos casos, por supuesto, no podrás eliminarlo del todo: te acabarás enterando de que un familiar tuyo ha muerto, pero al menos no almacenarás en la mente el trance tan duro que viviste cuando lo pasaste. Quizá, en cambio, sí que acabes borrando por completo a aquella imagen del soldado muerto que, repetida en tu mente, te hubiera conducido a la locura.

-¿Y en cuanto a las mujeres?

-¿Las mujeres?

-Para una mujer, esta pastilla tiene una aplicación muy evidente.

-Sí, no niego que es de las primeras ideas para las que se en su tiempo se especul…

-Pero no te puedes tomar la pastilla sin más, ¿no? -fue al fondo del asunto María Luna-. Tienes que hablar antes con una persona que te la recete. Que te confirme que, en efecto, este medicamento es lo más adecuado para pasar el trauma; que te comente lo que puedes esperar. Y a quien se lo cuentas todo, ¿verdad? Porque no queda eliminado de manera absoluta, ¿no es cierto?

-Es cierto que nos relatan lo que les ha sucedido, para que podamos valorar la idoneidad del tratamiento, y también lo registramos, por si acaso, en algún momento, alguien aspira a recuperar esos recuerdos. De hecho, el paciente puede solicitar que le mandemos un mensaje, indicándole que tiene un trozo de su pasado aquí almacenado, por si le apetece averiguar…

-O sea, que existe un registro escrito…

-Eeeeh… Sí… Pero nadie pude acceder a él: se encuentra terminantemente prohibido…

María Luna se fijó en que, mientras el hombre rehuía su mirada con los ojos, su vista se concentraba en una parte de su anatomía.

-A la gente le suelen llamar mucho la atención mis tatuajes.

-De hecho, hace un rato que estoy pensando en cómo quedaría uno de ellos sobre mi piel.

-¿Por qué no lo probamos ahora mismo?

 

-¡Señoría!

-En mi descargo -adujo María Luna-, el chico era mono. La verdad es que no me importó ni lo más mínimo sonsacarle así la información.

 

-Qué asco -decía María Luna mientras pasaba las páginas del informe en la tablet, con los dos en la cama-. Que esto le tenga que pasar a tantas mujeres, tantas veces…

-Por lo menos, la cosa no acabó de la peor manera posible -replicó el joven-. Parece que el tipo se entretuvo más de lo que debía, gritó demasiado, acabó alertando a unos vecinos, y salió corriendo. La mujer sólo se llevó un susto.

-Pero menudo susto… No me extraña que la pobrecilla quisiera desterrarlo de su mente.

-Sí -suspiró el muchacho, mientras se ponía la ropa-. Por desgracia, en esto consiste buena parte de mi trabajo… Tiene sus cosas buenas, pero también…

-De todas maneras, aquí hay algo que no me termina de cuadrar -siguió rebuscando detalles María Luna en el expediente-. Todo esto ocurrió después de salir de la consulta del médico. Y en cambio, cuando yo la vi, ya se encontraba abrumada.

Hubo un largo intercambio de miradas entre los dos.

 -¿Y?-replicó él.

-¿Cómo que “y”? Una mujer viene rota a una consulta médica. Acude en un estado atroz, con mal cuerpo… ¿Y justo unos instantes después, está a punto de que cometan con ella una agresión sexual?¿No son muchas casualidades el mismo día?

 El otro se encogió de hombros.

 -Las casualidades ocurren. Continuamente. Además, ¿no dices que el motivo de la consulta era discutir qué hacían con un aneurisma? Eso deja descompuesto a cualquiera.

-Ya, pero la cita estaba concertada con semanas de antelación; era algo que seguramente ya había analizado, estudiado, digerido… No, la mujer que yo vi acababa de sufrir un shock reciente. Un revés que no se esperaba, que la pilló de sorpresa… Me pregunto qué sería…

El chico frunció los labios.

-La verdad, no sé decirte… Estuvo muy nerviosa todo el tiempo que estuvo aquí, pero con lo que había pasado, no me extrañó nada. Bueno, sí -se llevó la mano a los labios-. Cuando la estuve informando de los efectos secundarios (la rutina habitual) acerca de que olvidaría prácticamente cualquier evento dentro de las últimas veinticuatro horas… Se llevó la mano al bolso, no sé si para buscar el móvil… Pero de repente, encontró un marcapáginas y ahí fue como si le diera ya igual el resto. Lo dejó a un ladito y me dijo: “bórralo todo”. Recuerdo que aquella conducta me llamó mucho la atención.

A la joven se le iluminó la mente.

-¿No tendrás por ahí todavía ese marcapáginas?-inquirió ansiosa María Luna.

-Ahora que lo dices, si no lo he tirado, quizá…

 

-Un par de marcapáginas con extrañas marcas inscritas. Eso era todo lo que tenía; aunque tuve suerte; tenían un logo que los identificaba como pertenecientes a una biblioteca municipal. Así que me encaminé allá. ¿Cómo describirles -y, sobre todo, para qué aburrirles con ello- cada una de las pesquisas que hice? Observar quién se encontraba en el mostrador de recepción y, por sus caras, intuir todo lo que sabían, y asimismo lo que callaban. Constatar cómo, aparentemente, los marcapáginas se distribuían a modo de regalo entre los usuarios, pero unas veces sí y otras no. Preguntarles a los asiduos de la biblioteca pública si alguna vez los habían recibido. Aprovechar la pausa para fumar de una de las bibliotecarias para preguntar a fondo. Y al fin, descubrir la verdad: el marido de la mujer que nos interesa, la mujer-problema (por alterar la connotación negativa que normalmente se adscribe a ese término) estaba enviando mensajes a su amante, la bibliotecaria, a través de los marcapáginas de los libros, y ella le estaba mandando misivas de vuelta. Las señas en el marcapáginas, que yo había encontrado escritas a lápiz o a bolígrafo, eran códigos, disfrazados de inocentes rayajos, que indicaban disponibilidad y un lugar donde quedar. El día en que la mujer del misterio acudió al médico, acababa de pasar por la biblioteca, donde le había montado un escándalo a la amante, después de confirmar sus sospechas. Luego, había acudido al médico, donde había tenido lugar nuestra trascendente conversación. Seguramente fue ese diálogo la que incitó a aquella persona, inmersa en tantas zozobras interiores, a abandonar el marcapáginas en la Unidad de Borrado de Memoria (no se llama así, pero todas la conocemos por ese nombre; ya me entienden, ¿no?) y decidir olvidar. Olvidar: precisamente lo que pretendía su marido cuando mandó a esa persona a atacarla. Porque sí: no fue una casualidad, la envió él. Hoy en día no es difícil hacer eso: en la Dark Web hay tarifas, e incluso subastas donde puedes pujar hasta alcanzar un precio por matar a alguien, violarla, o simplemente darle un susto, en un plazo razonable de tiempo y dinero. Por desgracia, realidades como ésta forman parte de nuestro descarnado y proceloso mundo normal.

-¿Entonces, ése era el objetivo?-interrogó el juez, perplejo-. ¿Borrar una simple infidelidad?

-Las infidelidades, señoría, no tienen nada de simples. Menos todavía, como luego nos enteramos, cuando era ella la que poseía todo el dinero, y él quien lo perdería si ella se divorciaba. Pero no, ése no era el propósito; no es tan fácil destruir recuerdos, no así como así. Quizá se te olviden las últimas veinticuatro horas, pero no los indicios anteriores, esas primeras contradicciones que te han llevado a atar cabos: si tienes posees suficientes, por mucho que hagan tabla rasa de tu memoria, quizá averigües mañana lo que ya descubriste el día anterior. No, su marido no tenía la intención de eliminar una infidelidad. Quería hacer algo mucho más sencillo: pretendía posponer una cita médica.


Una operación quirúrgica programada, por definición, no suele ser algo muy emocionante; los cirujanos, con precisión, abren, cortan, extirpan, tratando de realizar su trabajo con máxima minuciosidad; si fallan, el error les perseguirá a lo largo de toda su vida. En cambio, si aciertan, aquello será sólo un día más, que no habrá necesidad de recordar, ni que aniquilar con una pastilla.

Después, durante el postoperatorio, la paciente permanece tumbada en la cama, dormida. Un gotero le suministra morfina para aplacar el dolor. El medicamento procede de una máquina que está preparada para proporcionarla al ritmo y cantidad adecuadas. Salvo que la máquina haya sido modificada, y la dosis que viene de camino, y que cae lentamente a través de gotitas resbaladizas, haya sido ajustada para producir la muerte…

Hasta que un par de dedos, con fiereza, aprietan el cable e interrumpen el flujo del gotero.       

-¡Pero señora!, ¿qué hace? -grita histérico el enfermero.

-Cállese; sé lo que me hago -esgrime María Luna-. Avise a los médicos: si suelto estos dos dedos, el paciente morirá. Por favor, vaya deprisa.


La mujer, de cabellos blancos y gafas redondas, se colocó sobre el puente de la nariz estas últimas (quizá en un movimiento reflejo que copiaba al del juez) mientras prestaba declaración.

-Lo cierto es que tenía razón. Ella le había salvado. El gotero había sido hackeado para que mandara una concentración anormalmente alta de morfina que provocara el fallecimiento del paciente. Si no hubiéramos estado advertidos, ni tan siquiera lo hubiéramos mirado: habríamos atribuido la muerte al aneurisma y a la operación, como sigue ocurriendo aún en un cierto porcentaje de los casos. Fue la acción de… esta señorita -señaló a la acusada- la que nos puso sobre la pista.

-Dígame -solicitó el juez, que se sentía ya muy cómodo recabando información por sí mismo-, ¿es normal que se pueda -iba a decir “piratear”, pero prefirió un vocablo más técnico- interferir con esta clase de aparatos?

-Hasta ahora le hubiera dicho que no, doctor. Sin embargo, tuvimos una vulnerabilidad hace unos cuantos meses. Como sabe, los servicios informáticos de un centro médico están interconectados y, varias fechas atrás, sufrimos un hackeo: un grupo terrorista nos pedía una cantidad descomunal de dinero, o si no, todos nuestros dispositivos digitales colapsarían. Ahora mismo, toda la medicina depende de ordenadores, o de aparatos que se manejan en red. Significaría que no podríamos hacer nada: todo el sistema se vendría abajo. No podríamos trabajar, ni operar, los pacientes morirían en cuestión de horas, o quizá días. A raíz de este suceso, le pedimos una revisión externa a una compañía, que dispuso una reorganización general a nivel de todos los equipos, Incluyendo, aunque no éramos conscientes, la posibilidad de acceder en remoto a las bombas que suministran morfina mediante goteros. En un principio, esa centralización no nos hubiera importado: de hecho, es política habitual en algunos hospitales, para evitar modificaciones no registradas. Pero después de esto, tendremos que revisar nuestros protocolos.

-Y la reestructuración informática la había llevado a cabo…

-La empresa del marido de la paciente, señoría. Sin duda fue de eso de lo que se aprovechó. Era consciente de que, si se retrasaba la operación del aneurisma, entraría en juego el nuevo sistema que él mismo había instalado, y que él tendría la posibilidad de manipular.

-¡Protesto, señoría!¡Es una especulación!-argumentó el fiscal.

-Sigamos especulando un poquito más -prosiguió impasible el juez-. Señorita -volvióse de nuevo hacia la acusada-… Usted ha declarado que, al tener acceso a la ficha médica de la paciente, sabía que la fecha de la operación dependía de que esta última enviara un correo electrónico al servicio médico: ¿era éste el procedimiento habitual?

-No, señoría -explicó muy tranquila la acusada-. Lo normal es acordarlo en la propia cita médica: si acaso, se suele mandar, después de ésta, un correo al que la paciente debe dar confirmación.

-Pero la paciente lo había dispuesto de esa manera porque…

-Era su costumbre: ese punto lo aclaramos más adelante con ella. No le gustaba tomar las decisiones en caliente, ni que la apremiaran a tomar elecciones vitales. No deseaba la presión de un correo de confirmación. Quería ser dueña de su destino, y enviar ella misma el correo, como si, en cierta manera, tuviera control absoluto sobre su enfermedad. Y así lo hubiera hecho, de no ser porque el intento de agresión sexual, y otras cuestiones, nublaron su cabeza hasta que se olvidó de ese tema. Quizá (y esto nunca lo sabremos, al haberse producido el borrado de memoria) se le pasó por la cabeza que, por culpa de no enviar ese correo a tiempo, la operación podía retrasarse. Pero no le importaba, pues los médicos le habían dicho que la cuestión de los plazos, en este procedimiento concreto, no era vital. Y, en aquel instante, ya se encontraba lo bastante atormentada como para tomar una decisión más.

-No obstante, hay algo que se me escapa -opuso el magistrado-. ¿Cómo sabía el esposo de la paciente que esta última iba a proceder así? Podría haber actuado de manera distinta.

-No es descartable, señoría; pero él jugaba con algo a favor: la costumbre. Esos hábitos que todos tenemos, que repetimos, y que las parejas conocemos, y hasta predecimos, desde la cotidianidad de múltiples años de matrimonio. Una intimidad que, en este caso, quiso emplearse para matar. 

               

-Señoría, creo que ha quedado muy claro -apuntaló su argumento el fiscal-. La misma acusada ha confesado que obtuvo, de manera ilegal, datos médicos pertenecientes a la paciente, atentando contra su intimidad, y obviando su derecho a la privacidad. Con ello, creo que ha quedado demostrado que los cargos de la fiscalía se hallaban firmemente fundamentados.

 -¿Tiene algo que decir al respecto la acusada?

-No puedo sino dar la razón al fiscal: ahora bien, si no hubiera hecho todas esas cosas, no hubiéramos descubierto que el marido de la paciente… Ágata es su nombre, por cierto… Había planeado un ataque que, de acuerdo a los protocolos médicos que todos conocemos, llevaría a un borrado de memoria que colocaría a su mujer en una posición vulnerable, en la cual tendría la oportunidad de acabar con su vida. Todo lo que hice fue en pos de un objetivo mayor: evitar un asesinato. Y, si permite que me ponga poética, señoría, demostrar algo más.

-¿A qué se refiere? -a estas alturas, el juez ya estaba intrigado con las posibilidades.

-A que, en este mundo hipertecnológico que nos hemos creado, donde eres capaz de encender aparatos a distancia, y cada movimiento queda registrado de manera digital, la clave sigue siendo la interacción humana: el marido de Ágata, dueño de una empresa informática, sabía que el contacto a través de un software deja rastro, y por eso engañaba a su mujer a través de un método tan arcaico como mensajes encriptados en un papel, o en este caso unos marcapáginas; por cierto, a través de una biblioteca llena de libros, otro sistema analógico que se resiste a morir. Pero luego, cuando tuvo que improvisar, y aprovechar la cita médica que su mujer tenía ese día para intentar matarla, una vez quedó claro que había sido descubierto, utilizó esos sistemas digitales en los que tan bien suele manejarse. Sin embargo, fue derrotado también por un sistema analógico.

-¿Cuál?-ahora no pudo reprimir la pregunta la acusación. El juez ni siquiera le amonestó.

-La curiosidad humana -volvió la cabeza, hacia el fiscal, la acusada-; ésa que me hizo indagar, bucear en los detalles, adentrarme en lo que no me llaman, entrar a saco; no asumir que las casualidades, o el simple y fortuito devenir humano, se hallaban detrás de determinadas manifestaciones emocionales. El arte de la pregunta y del interés por el ser humano; o, si quieren denominarlo de una manera más liviana, la ciencia del cotilleo; una forma de ser, me atrevo a decir, que nunca morirá en el ser humano, por muchas cosas que la tecnología llegue a cambiar.

Aquella declaración había sentado como un mazazo, que produjo un hueco de silencio en el juzgado. Se produjo un carraspeo desde el lado del magistrado, quien, filosófico, esgrimió:

-Sabe usted también que esa actitud tiene un lado oscuro. Es por eso que existen leyes contra esa clase de cosas. En cierto modo, es el motivo por el que está usted aquí.

-Lo sé, señoría. Asumo esa contradicción. Y de hecho, fueron razones de ese tipo las que me llevaron a alejarme hace años de mi familia. Pero ésa -enunció con voz queda- es otra cuestión.

El juez revisó sus notas. Todo había quedado ya dicho, y sólo le quedaba emitir un veredicto. Resopló un par de veces.

-A la vista de las pruebas aquí expuestas, no me cabe duda de que la acusada ha cometido los delitos que se le imputan -declaró-. Así que voy a condenarla… por el mínimo tiempo y la mínima multa establecidos por la ley, de la cual han sido ustedes informados y por tanto conocen. Por consiguiente, la acusada no tendrá obligación de ingresar en la cárcel, a no ser que vuelva a cometer otro delito. Es usted libre. Aunque debo añadir…

Se quitó las gafas. Contempló a la acusada desde lo alto de su estrado.

-Admiro sus intenciones. Pero no intente de nuevo una acción como ésta, ¿de acuerdo? Puede que el magistrado a cargo no se muestre tan indulgente en la próxima ocasión.

María Luna asintió.

-Señoría, lo entiendo perfectamente.


Fuera del juzgado, las nubes se cernían plomizas en el cielo, pero para María Luna era, en cambio, el más despejado y luminoso de los días. No sólo porque salía libre (cosa con la que no hubiera contado unos cuantos minutos atrás), sino porque afuera esperaba el espléndido rostro de Ágata, ahora libre de la amenaza de muerte y destrucción que, desde que la conoció, sobrevolaba por encima de su cabeza.

-Ya me he enterado del resultado -le explicó la mujer desde los escalones que descendían a la calle-. Enhorabuena.

-Eso está muy bien, pero hablemos de cosas importantes -respondió María Luna-. ¿Qué tal estás tú?¿Qué te han dicho los médicos?

-Por resumir: que a nivel físico, la maquinaria está perfectamente… Pero cuando les explico que mi marido ha intentado matarme… Ay, Dios mío -apoyó su cabeza, tan superada como sobrecogida, sobre el hombro de María Luna-. Tengo la sensación de que el médico quería recetarme una terapia de cariños y besos. Pero eso, ¿a qué farmacia tienes que ir para que te los vayan a dar?

-En ese aspecto, puedes estar tranquila -dijo María Luna, mientras acariciaba aquellos sedosísimos cabellos-. Creo que no habrá problema en entregártelos -sentenció.

Las dos bajaron los escalones del juzgados de manera casi sincrónica, abrazadas, sin necesidad de dirigirse a ningún lugar.

lunes, 31 de octubre de 2022

El relato de Halloween: Made in "La Tierra"

 Made in “La Tierra”

 

Pleno de Sesiones del Congreso de los Diputados.

Ciudad de Jaén, Península Ibérica

29 de marzo de 2042

 

[Presidente]: Tiene la palabra el portavoz del Partido Nacionalista Ibérico.

[Portavoz]: Gracias, señor presidente.

               

Comparezco ante ustedes con una frase que no puedo proclamar con más satisfacción: nosotros ya lo sabíamos. Cuando lo decíamos, es decir, cuando afirmábamos que no había nada más magnífico y de lo que estar más orgulloso que de ser español (ahora matizaría: ibérico), recuerdo que había diputados, algunos de ellos presentes en esta sala, que se reían de nosotros. Decían que éramos unos racistas, que sólo se trataba de una simple cuestión aleatoria el hecho de nacer en tal o cual lugar, que nuestra soberbia era (cito palabras textuales) vacua, mezquina y retrógrada. Ese aluvión de descalificaciones tuvo que detenerse cuando el tiempo, finalmente, nos dio la razón: sí, en efecto, amigos míos, me refiero al momento de la llegada de los extraterrestres.

                Todos recordamos aquel día, así que no hace falta que me extienda en el hecho que trastocó la civilización humana de manera irreversible e implacable. Sin embargo, sí que me gustaría resaltar algunos puntos: rememoro nuestra estupefacción absoluta cuando el primer OVNI aterrizó en una llanura cuasi desértica de Asia Central, habitada tan sólo por pastores y rebaños de cabras. Aquel primer contacto (cuya ubicación, según descubrimos más tarde, fue decidida de manera aleatoria en un mapa, pues nuestros distinguidos invitados nada sabían de nosotros salvo lo que podían observar desde el satélite) fue por supuesto accidentado y, una vez que se estableció una primitiva comunicación, los visitantes se dieron cuenta de que no habían entablado amistad con el país adecuado. En los compases iniciales, por supuesto, hubo mucha discusión sobre qué país llevaría la voz cantante en su interacción con esos nuevos actores políticos; estadounidenses y chinos, por supuesto, pretendían destacar como nación preferente, frente a otros países que abogaban por el liderazgo de instituciones supranacionales como la ONU. No obstante, una vez se superaron aquellos primigenios incidentes, y tras unas cuantas cumbres en las que los alienígenas alternaron reuniones entre Bruselas, Washington, Pekín, la OTAN y el Consejo de Seguridad de la ONU, los extraterrestres se dieron cuenta de que con quien debían tratar era con nosotros, los españoles, porque, como ahora todo el mundo sabe, conteníamos la materia prima más indispensable para nuestros ahora amigos y colaboradores: las excepcionales, únicas en el espacio interestelar, maravillosas y, por qué no decirlo, deliciosas aceitunas.

Sí, amigos, lo diremos una y mil veces: que ser español constituye un supremo privilegio del universo queda demostrado por un aspecto tan sencillo como que las aceitunas son el alimento que más salida tiene a nivel comercial a lo largo de toda la galaxia. Pronto, los asombrados habitantes de la Península Ibérica (en particular los andaluces, entre los que tengo el honor de contarme) descubrimos que no sólo la civilización que había contactado con nosotros, los ya famosos Glorp, eran fanáticos de las aceitunas, sino que buena parte de los planetas del borde exterior de la Vía Láctea están dispuestos a pagar ingentes cantidades de dinero por esas perlas verdes, negras, y de cualquier color conocido, que tanto les entusiasman. Es verdad que otros países productores de olivas también se vieron favorecidos por las atenciones de nuestros amigos los alienígenas y, fruto de ese interés mutuo, nació la Organización de Productores y Exportadores de Aceitunas y Aceite de Oliva, pues descubrimos también que este oro líquido era esencial como combustible para buena parte de los motores construidos en una amplia proporción de los sistemas estelares habitados. Aquel increíble descubrimiento representó para nosotros una nueva era: un inesperado, pero merecido amanecer, para la sección más valiosa de la humanidad.

Desde entonces, como ustedes sabrán, muchas cosas han cambiado: como sin duda hasta los más críticos tendrán que reconocer, nos hemos convertido en los socios preferenciales de nuestros ahora aliados los Glorp. Otros países, como Italia, Grecia o algunas naciones árabes, también se han visto beneficiados por su amistad, pero ninguno ha salido tan bien parado como nosotros. Por supuesto, esto implicó cambios políticos a nivel interno: gracias a los extraterrestres pudo culminarse el ansiado y diferido proyecto de la Unión Ibérica, y es obvio que tuvieron que producirse algunas modificaciones en el régimen político, una vez los Glorp entendieron que los componentes del Partido Nacionalista Ibérico, como yo mismo, eran los mejores interlocutores posibles con los que negociar. Pero, a cambio de esas modificaciones, que he de reconocer que en su día causaron una cierta polémica, la prosperidad obtenida por nuestra nación durante el proceso ha resultado más que provechosa: desde entonces, nos hemos convertido en el país más poderoso de la Tierra. Gracias a la colaboración militar de los extraterrestres, hemos recuperado Hispanoamérica, nuestras colonias en África, Filipinas, ¡Gibraltar!, y hasta conseguido derrotar, en aguas internacionales, a las en su día invulnerables naciones china y nortemericana. Es verdad que hemos sufrido momentos de crisis, como cuando australianos, estadounidenses y sudafricanos intentaron competir con nosotros en el mercado aceitunero, pero, gracias a nuestras hábiles gestiones, conseguimos que nuestros colaboradores extraterrícolas aniquilaran a la competencia a cambio de un mayor incremento en la producción. Sin duda, hemos tenido que hacer ciertos sacrificios, pero no podemos negar que la alta elevación del nivel de vida conseguida en los últimos tiempos compensa de so…

[Una mujer atraviesa el hemiciclo y asciende a la tarima del orador, entre bisbiseos generales. La mujer se inclina hacia la oreja del hombre].

[Portavoz]: ¿Seguro?

[Ella asiente. El hombre coge su teléfono móvil]

[Portavoz]: Un momento, por favor… Creo que esto es importante… [Espera comunicación con el teléfono]. Oye, sí, es que Marta me ha dicho… Sí… Sí… [Largo silencio]. Ajá. Lo entiendo. Un momento. [Sigue hablando a la concurrencia, aunque sin despegar el teléfono de la oreja]. E… ejem; me acaban de comunicar que, por lo visto, los Glorp han descubierto la manera de cultivar olivares en su planeta de origen, y fabricar por su cuenta su propio aceite de oliva. Eso quiere decir que, salvo unos pocos elegidos, el resto de los habitantes del país serán convertidos en mano de obra esclava, la cual será deportada y enviada al planeta… ¿Qué? [Vuelve a hablar con su interlocutor en el teléfono]. ¿Cómo que no estoy incluido entre el grupo de elegi…?¡José Luis, me cago en tu pa…!

lunes, 4 de abril de 2022

El libro de abril: "En la noche de la ciudad sin náufragos"

Buenas a todos. Hoy traemos novedad literaria. He colgado para la venta en Amazon (a un precio barato, barato) un libro que tenía pendiente desde hace tiempo y que no quería publicar ahora, y tampoco del modo en que lo he hecho (muchos ya conocéis mi rechazo a ciertas plataformas), pero que tengo que sacarlo a la luz así porque no me queda otro remedio. Las razones las conoceréis en el prólogo del libro, el cual constituye tanto un canto de amor a la literatura como la declaración más honesta que leeréis sobre el mundillo literario en mucho tiempo. Sólo por leer ese prólogo, yo creo que ya merece la pena adquirir el texto.


Por lo demás, os contaré poco de la historia: se trata de una novela negra, ambientada en el futuro, pero no se trata de un tiempo demasiado lejano, sino una época en el que el cambio climático ha forzado un retroceso en la humanidad (también a nivel científico), de tal manera que el ambiente os recordará más al de los clásicos del noir que a distopías tecnológicas. Por lo demás, lo tiene de todo para ser considerada un miembro de pleno derecho del género: sus atractivos villanos, su femme fatale, y, como decía Jim Thompson, una trama donde la clave es que nada es lo que parece. Además, como las novelas negras a las que rinde homenaje, se hace eco de las inquietudes sociales de nuestro tiempo y, a pesar de que el argumento de la novela tiene más de diez años, diría que no ha perdido ni una pizca de actualidad: más bien, todo lo contrario.

Espero que os animéis a leerla y que os haga pasar un buen rato. Que la disfrutéis.

Un saludo.

Addendum: entendería que alguno no quisiera comprársela a esta plataforma. Entendería también que alguno la quisiera, pero no le llegara el presupuesto. En cualquiera de los casos, podéis hablar conmigo y lo solucionamos. Un saludo.

lunes, 3 de julio de 2017

El relato de julio. Inspiraciencia 2017: "Le falta cebolla"

Saludos. Como algunos sabéis, hace algunas semanas, participé en el certamen de Inspiraciencia, un concurso de relatos de inspiración científica. Aunque no he acabado dentro del grupo de los ganadores (que podéis localizar aquí), os enlazo el relato con el que participé, "Le falta cebolla", por si os interesa echarle un vistazo. Además, os lo copio aquí, para aquellos que prefieran leerlo sin salirse de la página. Espero que os guste, y que os produzca buenas sensaciones:

Le falta cebolla

Contrastaba con su profesión, o tal vez era precisamente a causa de ella, pero el caso es que aquel hombre era aséptico en todo, hasta en el olor. Llevaba una vestimenta tan blanca que la anciana mujer no pudo menos que pensar: “Se le va a manchar enseguida, poco le va durar el traje”. Aunque quizás fuera la prudencia por no deslucir su vestimenta lo que llevaba a aquel hombre a desplazarse con andares mecánicos, como de robot, mientras les dirigía por pasillos de colores apagados, y acababa conduciendo a ambos a una habitación donde un respirador se acoplaba a varias bombonas, cada una de las cuales llevaba aparejado un nivel que subía o bajaba con el movimiento de sucesivas manivelas.

-Hemos elaborado la mezcla con las especificaciones que usted nos realizó –expresó el hombre, tan correcto como insípido-. No obstante, siempre es necesaria una comprobación final para asegurarnos de que todo es correcto. Si tuviera usted la amabilidad de ponerse la máscara…
La anciana cedió la percha, cubierta con un grueso plástico, junto con su contenido, a aquel chico joven, su hijo, quien parecía contemplar su entorno con escepticismo, como si no le convenciera ningún aspecto de aquella circunstancia. La mujer se acercó al respirador y tomó una amplia bocanada de aire. Allí estaba casi todo: el olor a comino, a sudor, a la colonia que se echaba por las mañanas… pero carecía de algo.
-Le falta… -lo que escaseaban para ella, ahora mismo, eran las palabras para explicarlo-… le falta como cebolla.
El hijo de la mujer levantó una ceja. El hombre-robot, en cambio, mantuvo su condición de imperturbabilidad, como de profesional ya habituado a escuchar toda clase de peticiones.
-Bueno –trató de expresarse ella-, en determinadas ocasiones, sobre todo después de que él y yo –allí se ruborizó al mirar a su hijo-… En fin, ya sabe… tenía un olor como a cebollita recién cortada. No sé si puede conseguirse algo como eso…
El hombre asintió quedamente, y empezó a movilizar varias llaves de paso. Se escucharon gorgoteos dentro de los tubos y, más adelante, cómo el gas empezaba a fluir de nuevo hacia el exterior. El hombre invitó a la anciana que se pusiera de nuevo la mascarilla. Hubo una segunda aspiración, y una pausa, y un silencio.
-Mucho mejor… -dijo ella tras la pausa, sin poder reprimir un cierto toque de voz trémulo-. Claro, no es igual –suspiró-, pero… se le parece bastante.
-Por eso viene ahora la siguiente fase –señaló el individuo el camino por donde debían seguir, y les guió hacia una sala que contaba con un sistema de bombonas y tuberías muy similares a las de la habitación anterior, sólo que, esta vez, el tubo en el que todas éstas desembocaban se hallaba conectado con la sala contigua, la cual se encontraba delimitada por una pared de cristal-. Si quieren, pueden ir pasando y disponiéndolo todo.
La mujer abrió entonces la puerta de cristal que permitía acceder a la habitación, cuyo único decorado era un maniquí sobre el que la mujer, con ayuda de su hijo, fue colocando lo que había traído colgado en la percha: camisa, chaqueta, calzoncillos, pantalones. Aquel acto le recordó a la mujer aquellos últimos días en que su marido estaba tan enfermo que no podía ni vestirse solo, y ella le ayudaba a hacerlo. Rememorar aquellos hechos, con el olor de su cónyuge todavía reciente en las fosas nasales, le hizo ponerse nerviosa, y que le costara abrochar los botones. Cuando estuvo lista, un leve parpadeo le advirtió a su hijo de que ya estaba lista. Él agitó la cabeza, como preguntando: “¿De verdad?”. Una nueva caída los ojos le corroboró que sí; que todo estaba más que decidido.
El chico salió.
-El programa está configurado con los parámetros que hemos ajustado antes –proclamó el primer hombre-, y ahora con esta rueda regulamos el flujo del gas. En pocos segundos, su madre estará totalmente envuelta por el aroma de la persona amada. Las ropas y la figura humana ayudan a hacer más completa la experiencia ofrecida por Olfactive Memories, Sociedad Limitada: un placer para los sentidos.
La mujer se abrazó al maniquí mientras aspiraba el aire que penetraba en la habitación. Volvió fugazmente la mirada hacia su hijo. Realizó una seña con la cabeza.
-Lo siento –se disculpó el hijo, mientras empujaba al profesional, y giraba hasta el fondo la rueda que regulaba el paso del aire. El hombre de la compañía gritó:
-¡No haga eso!¡Sustituirá todo el oxígeno de la habitación!¡Su madre no podrá respirar!
La anciana miró al muñeco con ternura en los ojos.
-No pudimos cumplir el sueño de irnos juntos. Pero eso no evitará que, ahora, tú estés aquí.
Ningún procedimiento de la autopsia fue capaz de arrebatarle a la mujer la sonrisa.

lunes, 5 de diciembre de 2016

La película de diciembre: "Time lapse"

Hace unos pocos meses hablamos sobre viajes en el tiempo en el cine y la literatura en un post de este blog. No obstante, creo que merece la pena retomar de nuevo el tema para hablaros de la película que hoy saco a colación. Últimamente, en festivales como el de Sitges y otro tipo de plataformas, encontramos propuestas muy interesantes, hechas en muchos casos con cuatro duros, y que apenas reciben promoción o reconocimiento -incluso por parte de los jurados, que sí que han destacado películas muy interesantes como Another Earth, Ex machina, Primer o Upside Down-, así que tiene que ser el "boca-a-boca" o reseñas como ésta las que llamen la atención sobre esas pequeñas joyas. Entre estos ejemplos, se me ocurre mencionar The Man from Earth, Coherence, u Orígenes, tres películas maravillosas del cine de ciencia ficción independiente de las que no hubiera tenido noticias de no ser por recomendaciones de amigos (incluso aunque alguna de ellas se me pasara de largo en su momento y tuviera que re-descubrirla por casualidad XD). En este caso, Time lapse ni siquiera tuvo esa oportunidad, ya que la encontré de manera completamente azarosa. Y aunque la película mantiene alguno de los patrones y paradojas clásicas de los viajes en el tiempo, hay que decir los presenta de manera bastante original y, sobre todo, lo hace de forma que te mantiene pegado a la pantalla durante todo el metraje de la película, intrigado por el destino de sus protagonistas. Así que he pensado que, en este caso, y con el objetivo de establecer una cierta reciprocidad, quizás yo podría ser en este ocasión el amigo que os recomienda una película desconocida que (espero) os vaya a gustar.


De todos modos, de "Time lapse" no os comentaré mucho, precisamente para dejar espacio a la sorpresa. Si acaso, es posible desgranar un poco el punto de partida inicial: todo empieza con tres amigos (una de ellas, Danielle Panabaker, la actriz más conocida del elenco y que a muchos les sonará de series de televisión como "Shark" o "The Flash"). Una casa. Una ventana en el piso del vecino que da directamente a la sala de estar de la vivienda de los protagonistas. Y una misteriosa cámara fotográfica... A partir de allí, suspense, giros de guión, y una excelente muestra de thriller psicológico donde nada es donde parece. Y, como suele decirse, hasta aquí puedo leer. Nos recomendamos. Un saludo.

lunes, 17 de octubre de 2016

El libro de octubre: "El juego de Ender" y "La voz de los muertos"

Hoy la recomendación es doble, pero en realidad no se trata de sugerir dos libros, sino uno a continuación del otro. "El juego de Ender" es ya por derecho propio un clásico de la ciencia ficción, y para aquel ya lo conozca, me gustaría hablarle de la segunda parte, "La voz de los muertos". Pero como no me es posible destripar -para quien no haya oído hablar de la saga- de una segunda parte que es continuación directa de la primera y depende de manera absoluta de su final, vamos a proceder en dos pasos. Primero con "El juego de Ender" (y os voy a pedir que los que no lo hayáis leído os detengáis ahí) y, cuando hayamos pasado esa fase, ahí estará "La voz de los muertos" para esperaros. A los que ya conozcáis el personaje de Ender, podéis traspasar sin más la siguiente puerta.

El juego de Ender

El joven Ender ha nacido en un mundo en guerra. Hace ya tiempo, unos extraterrestres llamados insectores atacaron la Tierra. Los seres humanos les derrotaron in extremis pero, desde entonces, se han preparado para el siguiente ataque. La mejor forma de prevenirse -han decidido los habitantes de la Tierra- es confiar en los niños, mucho más diestros y flexibles que los adultos para desarrollar las estrategias militares. Por ello, adiestran a un grupo escogido de niños en simulaciones de guerra, similares a los videojuegos, en espera de encontrar al líder ideal que les conducirá hasta la victoria. Ender parece un candidato ideal para convertirse en dicho líder. La pregunta es si perderá su fortaleza mental y su humanidad en el intento. "El juego de Ender" ha sido adaptado para el cine en una película reciente que, si bien sin todas las complejidades del original, reproduce de manera bastante fidedigna la historia.

La voz de los muertos.

Han pasado 3000 años desde los sucesos acaecidos en "El juego de Ender". Sin embargo, nuestro protagonista se mantiene joven gracias a los efectos relativistas de viajar casi a la velocidad de la luz entre planetas. Se ha convertido en "el portavoz de los muertos", el hombre que habla por aquellos que ya no pueden expresarse, entre otras cosas arrepentido por su papel en lo que sucedió al final del primer libro con los insectores. Mientras, en el planeta Lusitania, controlado por descendientes de los que en la Tierra ocupaban la zona de Brasil, aparece una especie alienígena con inteligencia propia, los llamados pequeninos. En principio, los lusitanos mantienen una vigilancia sin apenas contacto con los extraterrestres, con unos pocos individuos realizando labores de investigación sobre esta nueva raza. Pero un día, uno de los investigadores humanos aparece inexplicablemente asesinado por los pequeninos. A Ender, convocado a este planeta para ejercer de portavoz de varios fallecidos distintos -incluido este investigador-, le va a tocar resolver los distintos misterios que se entrecruzan entre sí y que, una vez se resuelvan, pueden definir la relación entre seres humanos y alienígenas para siempre.

Sobre el autor.
A muchos les echará para atrás la figura de Orson Scott Card. Nadie discute la importancia de sus novelas, pero sí la actitud del escritor respecto a sus opiniones políticas y religiosas. Es un mormón declarado (fue misionero de esta rama del protestantismo en Brasil, y seguramente de esta experiencia sacó ideas para "La voz de los muertos"), hasta cierto punto escéptico del cambio climático y el darwinismo, y, como punto más controvertido, se ha declarado bastante en contra del matrimonio gay. Largo es el debate entre la ética de un escritor y la valía de su obra: Celine era un fascista, José María Pemán, franquista y Borges, uno de mis escritores predilectos, sirvió de sostén y fue sostenido por la dictadura argentina del general Videla. Yo creo que se puede tanto alabar al escritor como simultáneamente criticar unas opiniones y al ser humano que las expresa. En todo caso, en el caso de Scott Card, me resulta particularmente doloroso y sorprendente encontrar que un autor que ha demostrado tanta empatía con sus personajes y con la figura de "el otro" en general, demuestre una hiriente falta de sensibilidad con respecto a los homosexuales. Ahí pueden entrar toda clase de especulaciones y teorías, alguna incluso sorprendente, en las que no quiero entrar porque entiendo que éste no es el sitio, aunque vosotros, que sois lectores inteligentes, seguro que en algún momento acabáis por pensar lo mismo que yo. Yo os recomiendo que os olvidéis del autor y os concentréis en los libros. Ésos seguro que no os van a decepcionar.

lunes, 12 de septiembre de 2016

El libro de septiembre: La mujer del viajero del tiempo, de Audrey Niffenegger

Algunos ya conoceréis este título por la película que se estrenó en los cines hace unos años con el mismo nombre. Y sin embargo, y a pesar de su buen plantel de actores (destaca especialmente Rachel McAdams), un fiel intento de adaptación, y una realización más que decente, la película no le hace justicia del todo a la novela, entre otras cosas porque hay aspectos muy difíciles de reflejar en el cine y que resultan más impactantes transmitidos a través de la lengua escrita. Lo cierto es que la primera novela de Niffenegger (quien, entre otras cosas, impartía talleres de escritura creativa) tiene también, al menos, desde el humilde punto de vista de este lector, varios importantes defectos: el principal, una innecesaria longitud, pues una buena parte del texto da la impresión de tratarse de relleno innecesario que no aporta mucho a la historia, y hace que uno se pregunte si no saldría una mejor novela de haber arrancado dos de cada tres páginas. No obstante, hay novelas que no son perfectas y, sin embargo, poseen toques de genialidad suficientes como para recomendar su lectura. Y, en este caso, la autora nos ofrece una buena historia, un muy original punto de partida y un gran dominio de los tempos narrativos (al menos hasta cierto punto) y de las situaciones expuestas. No son malas propuestas para empezar.

La historia se centra alrededor de Henry, un individuo con una rara mutación genética que le hace viajar en el tiempo. En muchos sentidos, la enfermedad de Henry se asemeja a la epilepsia: en una situación especialmente estresante, su mente se acelera y llega un momento en que se ve trasladado a algún lugar del pasado o (menos frecuentemente) del futuro. La peculiaridad de este viajero del tiempo (de entre las muchas versiones que nos ha aportado el cine y la literatura sobre este tema, desde La máquina del tiempo original de Wells hasta El Ministerio del Tiempo, que desde el lado español ha venido a aportar también su novedoso granito de arena) es que no puede controlar hacia dónde dirige sus viajes, los cuales en su mayor parte se encuentran relacionados con sus propias circunstancias de su vida personal. De hecho, y como habéis intuido por el título, mucha de la trama se centra alrededor de su esposa, quien tiene que vivir una serie de circunstancias nada habituales de la vida en pareja como consecuencia de los viajes de su marido. Por tanto, es la historia de un hombre, pero también una narración romántica, y hay que decir que ambas son capaces de avanzar en la disección de los sentimientos de la pareja protagonista con aplomo, solidez, y también un alto grado de compasión por sus personajes. Niffenegger aprovecha las paradojas y contradicciones temporales para crear una serie de escenas memorables de un gran poder literario, quedándonos en la memoria (un aspecto que sí que es capaz de reflejar la película) la tormentosa relación que se establece entre el viajero del tiempo y su mujer -un ten-con-ten cargado de buenas dosis de ternura, sensualidad y frustración al mismo tiempo-, y cómo ambos intentan, a pesar de todo, afrontar todos los obstáculos que dificultan que estén juntos. El resto de giros narrativos y posibilidades de la trama tendréis que encontrarl@s accediendo al libro.



Y hablando de viajes en el tiempo, ¿otras historias que os han impactado sobre el tema y que os gusten mucho? Por proponer una, yo lanzo Time after time, una película de viajes en el tiempo y Jack el Destripador que da la casualidad de ser una de las favoritas del guionista de El Ministerio del Tiempo Javier Olivares, y El fin de la eternidad, del siempre recomendable Isaac Asimov. ¿Y vosotros?¿Tenéis alguna otra que recomendarnos? Se admiten sugerencias en los comentarios.

lunes, 25 de abril de 2016

La historia corta de abril: Titular del Times (3065)

Nos pasan esta noticia desde el futuro:


Titular del Times (abril 3065): MILES DE MUERTOS EN EL APAGÓN GENERAL. Los cadáveres pueblan los centros comerciales, edificios de oficinas y toda construcción de más de una altura. Los supervivientes, todos ancianos mayores de 116 años, tachan de “gordos ineptos” a los fallecidos, y culpan al gobierno y sus políticas de mecanización.”Tengo 123 años, artritis, reuma y una hernia, pero al menos no he olvidado cómo se usan las rodillas”, agrega una de ellas.

(Este microrrelato, creado por mi musa, fue leído por mí en la Jam de Microrrelato y Poesía que celebramos el 22 de abril de 2016 en "Tierra, Trágame", como conmemoración del Día del Libro").

lunes, 11 de enero de 2016

El relato de enero. Cuentos fantásticos (V): El viajero

                                                           El viajero.

            El viajero del tiempo realizó los últimos preparativos para el viaje. Después, le dio un abrazo a todos sus familiares, y marchó.

            Les saludó al mismo tiempo que la cabina en la cual viajaba se iba evaporando entre las nubes del tiempo... pero, mientras contemplaba los ojos lagrimosos de su madre, y los orgullosos de su hermana, sólo tuvo una posible mirada para la expresión apesadumbrada de su hermano.

            Porque este último había estado pensando. A pesar de que no era físico ni matemático, sí que profesaba adoración por la lógica. Y no pudo evitar que la temida paradoja del abuelo que su hermano le había comentado una semana atrás penetrara dentro de su cabeza.

            “Es una paradoja”, dijo él, “que tuvo en jaque a los teóricos sobre el viaje del tiempo durante muchos años. Se basa en lo siguiente: uno regresa al pasado, y se encuentra con su abuelo. Discuten entonces, tal vez porque no se lleven bien, y lo mata. ¿Cómo puede haber nacido entonces el viajero del tiempo? La solución (pura teoría escrita sobre un papel) era que, al efectuar esta acción, se creaba un universo paralelo, distinto al original de donde procedía el viajero del tiempo, y donde todos los acontecimientos eran coherentes con la realidad: el viajero no había nacido, etc., etc. Como te digo, esto es tan sólo un constructo mental. Ahora que, por fin, comenzamos a viajar en el tiempo, y tengo el honor de ser el primero, quizá podamos averiguar cuánto hay de razón en ello”.

            Pero el hermano se dio cuenta de la verdad. Al fin y al cabo, ¿qué es cambiar la realidad? Porque uno puede modificarla, llevándola a paradojas como ésta, al matar a su abuelo, pero... ¿no hay cambios más sutiles, más delicados, que pueden dar origen a un universo paralelo? Aunque no induzcan a paradojas, no por ello son menos importantes en el devenir del universo, al cual, infinito, le importa poco si vivimos o morimos, y considera un solo cambio como equivalente a mil de ellos. Por ejemplo, que impidamos el nacimiento de un amigo cercano, aunque eso no tenga ninguna relación con nuestra propia existencia. “Pero aún más”, pensaba el hermano, ávido de llevar la lógica hasta las últimas consecuencias. Aún más.

            Porque, imaginemos... El viajero del tiempo llega al pasado; coge sus llaves y, por debajo de una mesa, marca una diminuta raya, la graba sobre la caoba. En este momento, ha producido un cambio. No es tan grave como los anteriores, pero sigue siendo un cambio. ¿Por qué no va a provocar eso un universo paralelo? Es una realidad distinta, un mundo diferente al presente. Al fin y al cabo, esta mesa, en el futuro, tendrá un rayujo debajo de la mesa. ¿No es esa una modificación tan enorme como una vida, en un tiempo y un espacio donde poco o nada cuenta que haya –de más o de menos- en un sistema solar, uno, dos o seis planetas?
           
            Pero todavía más... imaginemos el momento en el que el viajero del tiempo sale de la cabina y pone el pie en tierra. Allí, modifica partículas de aire de la atmósfera, modifica la gravilla del suelo. Tal vez sean cambios minúsculos, insignificantes, quizás no los apreciemos ninguno, pero todos ellos indican una alteración en la disposición de las moléculas del universo. ¿No es ésta razón suficiente para crear un universo paralelo?¿Es que acaso el espacio-tiempo necesita que le convenzan, que le proporcionen una razón?

            ¿Y qué pasa con el universo anterior... desaparece... o, sin embargo, permanece?¿Y el viajero del tiempo?¿Adónde vuelve?¿Al universo del que provenía? Sería un viaje inútil, sin duda, pues toda modificación se realizaría en un universo ajeno al nuestro y no alteraría el original: de nada serviría pues modificar pasado o futuro... Aunque también ocurriría lo mismo en el caso de que el viajero se quedase en el nuevo universo (sencillamente, el viajero del tiempo no se percataría)... Pero sobre todo, carecería de sentido, pues, no habría coherencia entre las acciones del viajero en el pasado, y las realidades del presente. Así pues, había que deducir que el viajero permanecía en el universo paralelo. Pero ello significaba...

            Significaba, que cualquier movimiento hacia el pasado, o el futuro, produce un cambio. Que dicho cambio, modifica el universo. Que cada alteración, genera un universo paralelo. Los cambios, por tanto, que podemos provocar como consecuencia del viaje en el tiempo, nunca se ejercerían en nuestro universo, sino en otro distinto, con lo cual el mismo hecho de viajar en el tiempo constituiría un acto fútil para los que albergan en esa modificación una deseo de cambio. Y al mismo tiempo, reflexionó este mismo hombre con crudeza, esto significaba algo más...

            ... que su hermano, cuando volviera al presente, pero, esta vez, en este universo modificado, volvería a verles a todos ellos, o, mejor dicho, a sus otros yos: a su otra madre, a su otra hermana, a su otro hermano, pero, esta vez, todos distintos, con los mismos recuerdos, personalidad y sensaciones, pero creados a partir de sus nuevas acciones en la delgada línea del espacio-tiempo...

            ... mientras que en cambio aquí, los que, en su universo original, le despedían con temor, con angustia, con esperanza, le aguardarían por siempre, sentados como estatuas de piedra, sin tener posibilidad alguna de ver a esta persona retornar...

            ... porque no regresaría, por siempre, jamás...

            El hombre que amaba la lógica contempló los ojos de su madre mientras despedía a su hijo. A continuación, escrutó los ojos de su hermano.

            Los dos acordaron, de mutuo acuerdo, y sin mediar una palabra, no contárselo a nadie más.



            Nota del autor: este cuento lo ideé a raíz de una reflexión acerca de los viajes en el tiempo, partiendo de la archiconocida y ya muy manida paradoja del abuelo. No obstante, un amigo aficionado a las novelas de ciencia ficción me desveló años más tarde que esta posibilidad ya había sido sugerida por la película de 1986 Flight of the Navigator. Todavía no he accedido a ver la película, aunque por las informaciones que he obtenido sobre ella no me pareció que contuviera necesariamente dicha hipótesis. En todo caso, tendrá que ser el lector el que se pronuncie al respecto.

lunes, 23 de noviembre de 2015

El relato de noviembre. Cuentos fantásticos (IV): La venganza y la daga

La venganza y la daga

            Agarré el mango de marfil de la espada, con todas mis fuerzas. Luego, comencé a repartir mandobles a diestro y siniestro.

            Los enemigos caían a mi alrededor, como moscas, a un lado y a otro. Mis cuchillas no tenían piedad ante unos enemigos que lanzaban su postrer estertor en un último alarido, sorprendidos, además, porque les hubiera derrotado una mujer.

            Yo mismo lo pensaba, en ese momento, mientras me abalanzaba y posteriormente saltaba por encima de ellos, mientras les hería de muerte con mi sable: no hay muchas mujeres piratas: los corsarios no suelen tomarnos en serio... Pero en mi caso era distinto. Era mi caso me respetaban, y era porque había dado pruebas de lo que era capaz de hacer. Y en estos momentos, me disponía a llegar al culmen de mi carrera. Iba por fin a acabar con Lord Swift, el asesino de mi padre... Mi venganza, por fin, quedaría consumada...

            Me batí con lucha y arrojo; degollé enemigos hasta que la sangre cubrió con una pegajosa capa toda la cubierta del barco. Había en el horizonte una aplastante superioridad en número de mis hombres; no cabía duda, estábamos ganando. Me deshice -dejando como consecuencia a un par de paralíticos tras un agudo tajo en la columna vertebral-, de dos rufianes que trataban de impedirme el acceso al camarote del almirante. Abrí la puerta de una patada.

            Allí estaba: era Lord Swift. Pero lejos de estar acobardado, o de pretender defenderse con su pistola, se reía. Se reía en una mueca infame, que yo llevaba demasiado tiempo contemplando.
            -Es tu hora...-le dije yo.
            Y el muy cabrón siguió sonriendo.
            -No es mi hora, capitana Solsa. No lo vas a lograr.
            Blandí mi espada aún con más fuerza.
            -¿Ah, no? No te veo sable, ni armas de fuego, ni nada con lo que defenderte. ¿Cómo vas a librarte de esto, maldito?-le imprequé, agitando mi arma de un lado a otro.
            Y entonces Lord Swift, con una mezcla de cinismo y de conmiseración en su mirada, me respondió:
            -Capitana Solsa... Sé que eres una mujer letrada. Sé que tu padre te enseñó a los grandes filósofos. Supongo que habrás oído hablar de Platón.
            Yo no entendía nada. De fondo, seguía resonando el rugido de los cañones, el restallar de los sables imponiendo la única ley con la que yo sabía vencer. Y este tipo me venía con gaitas filosóficas.
            -¡Te voy a matar!-bramé a Swift, intentando que se defendiera por fin como un hombre.
            -Platón –prosiguió a él-, como seguramente recuerdas, defendió la existencia de dos mundos. Uno real, auténtico, lleno de vida, y uno falso, creado por nuestras erróneas percepciones y sombras engañosas.
            Swift se acercó a mí. Por algún extraño motivo, y aunque durante años había sido mi primera prioridad hacerlo, no fui capaz de ensartarle la espada.          
            -Pues te voy a decir algo, capitana Solsa. Te voy a revelar el sentido de la vida, nuestra vida... Nosotros somos el mundo falso.
            Y sonrió levemente.
           
            Me puse furiosa de golpe.
            -¡Deja de decir tonterías!
            -No me matas porque sabes que es verdad, capitana Solsa... En el fondo eres consciente de que tú y yo no somos nada más que una ilusión. Una fantasía que nos imagina alguien que quiere disfrutar de nosotros. Solsa, nosotros no tenemos vida, más allá de las que nos quieran crear... No malgastes estos últimos minutos enfrentándote a mí, cuando no te va a servir de nada.
            Negué con la cabeza.
            -¡No, eso es falso!¡Todo lo que dices es mentira!
            -Lo sabes, Solsa, pero te niegas a creer... Quieres aferrarte a tu mundo, a tu pequeño mundo, considerar que todo esto es verdad, que la venganza por la muerte de tu padre tiene algún sentido... cuando en realidad esta venganza se repite, una y otra vez, constantemente, incluso aunque me mates, simplemente con que alguien decida apagar o encender un botón...
            Y yo deseé en esos momentos, más que nada en este mundo, coserle la boca a balazos a Swift para que se callara. Pero me di cuenta, desgraciadamente, de que no podía hacerlo. De que me encontraba inmovilizada. Comencé a llorar abiertamente. Comencé, por primera vez en mi carrera como criminal, a derrumbarme...
            -Solsa, por favor... ¿Quieres que te enseñe quién eres tú, quien soy yo en realidad?
            Y yo asentí, asentí llorosa con la cabeza. Y entonces Swift volvió el espejo, que hasta entonces había situado contra la pared, un espejo de cuerpo entero. Y contemplé mi auténtico rostro.

            Un chaval, de tan sólo trece años, con gafas, algo gordito, con una camiseta negra, sentado delante de la televisión, jugando con su videoconsola, y que me contemplaba a mí, con indiferencia, mientras yo lloraba, y ambos entrecruzábamos nuestras miradas...

            Y entonces tiré la espada, y tiré la daga, y desaparecimos yo, Swift, y todo rastro de nuestros barcos...

            Sollocé apesadumbrada hasta que cogí de nuevo mi espada, para, una vez más, vengar a mi padre...>>.



            -¿Qué te parece?
            Le pregunté yo al editor. Y el me respondió:
            -No está mal. Muy interesante. Me gusta ese giro final. Creo que te lo publicaremos en la revista.
            Me regocijé para mis adentros. Aquel dinero me vendría muy bien para las próximas semanas. Mientras el editor firmaba el cheque, me comentó:
            -¿Sabes?, a propósito de este final, he escuchado hace poco una teoría. La ha propuesto un físico: los físicos son gente muy rara, ¿sabes?, yo nunca me fío de ellos, digo que hay que tener cuidado, porque son los únicos que saben de qué está hecho el universo... En todo caso, cuando se meten en campos que no son el suyo, suelen revolucionar al personal, y este tipo lo ha hecho. Ha propuesto una teoría sobre los viajes en el tiempo. Dice que, en el futuro, quizás la gente quiera viajar hacia el pasado, pero no los científicos o individuos seleccionados, sino la gente normal, la de la calle, y que cada uno de ellos creará simulaciones en las cuales ellos mismos serán los protagonistas, mientras que el resto del mundo constituirá una inmensa simulación. Imagínate, viajar a la Roma de Trajano, a la Grecia de Pericles, batallar o habitar en la corte en la Edad Media... Pero dice también que incluso, podrían hacerlo viajando al tiempo actual. Y que de ser así, a lo mejor buena parte de nosotros no somos nosotros, sino que somos gente venida de otro tiempo que están aquí, pasando el rato. Simulaciones. Y puestos a preguntarnos, podemos incluso inquirirnos si en realidad hay una mayoría de seres reales circulando por el mundo, o si lo más abundante son las simulaciones... Una posibilidad estremecedora, ¿no crees, John?
            Como toda respuesta, me encogí de hombros. Yo tenía mi cheque, y eso era lo que me importaba. Me despedí brevemente de mi editor, y salí a la calle.

            Y conforme caminaba, y pasaba por la marabunta que es la gran ciudad, con toda esa inmensa cantidad de gente caminando arriba y abajo, que parece que no saben donde van -asemejando una tremenda marea sin dirección ni sentido-, pero donde cada uno conoce sobradamente su propósito, me sentí bien, allí, yo, la única persona real, entre todo un mundo de ficciones, entre todo un conjunto de simulaciones, lo pensé así, como posibilidad teórica, sólo yo era real, el resto no era nada más que un espejismo a mi alrededor, una serie de personajes edificados para interaccionar con mi vida, imaginando que el panadero no tenía existencia, sino que su única existencia era inmiscuirse en la mía... Y me sentí feliz, así, caminando entre las sombras, sintiendo que nada existía, nadie más excepto yo...


            Y entonces el editor de la revista abrió la ventana, me contempló, sacó el mando, sonrió sarcásticamente, y apagó mi programa. Desaparecí de la calle, sin que nada ni nadie se diera cuenta de lo que había ocurrido...