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miércoles, 9 de diciembre de 2020

Cuando el bueno (o el malo) es el arquitecto -o el urbanista-. Las películas y las historias reales de diciembre: "Huérfanos de Brooklyn" y "Show me a hero"

Hace unos años se hizo muy famosa la disposición del gobierno de Murcia (creo que en este caso la orden procedía del gobierno autonómico) de dibujar el trazado del nuevo ferrocarril de tal manera que aislaba una serie de barrios de población mayoritariamente obrera. Hubo numerosas y muy vehementes manifestaciones y -hasta lo que yo tengo entendido- consiguieron que, al menos en parte, se echaran atrás. De esta anécdota pueden extraerse múltiples interpretaciones, incluyendo que eso de los llamados "gobiernos tecnócratas", los cuales toman decisiones fundamentadas únicamente en el criterio de expertos, no existen. Porque todas las medidas son en parte políticas: puedes elegir gastar más dinero en unos colectivos u otros; puedes recaudar más de los ciudadanos ricos o de los pobres; y, a la hora de señalar por dónde pasa una línea de tren o una carretera, el sitio por donde cruza determina a quién afectará. En pocos ámbitos se nota más que en la construcción, motor económico principal de buena parte de los países, fuente abundante de tramas de corrupción (por definición, tienes un montón de dinero del sector público que pasa al sector privado: la tentación es jugosa) y, como veremos en esta entrada, origen de escenarios que alteran drásticamente la vida de la gente, y que se reflejan a veces también en la ficción.

En un interesante debate en Twitter con especialistas de variados campos que os recomiendo, y que sirvió de inspiración a esta divagación que os presento, @Pedro_Torrijos, al que muchos conoceréis por sus estupendos hilos de Twitter sobre arquitecturas improbables, mencionó una frase interesante, "el urbanismo es el segundo artefacto más importante de la especie humana después del lenguaje". No cabe duda de que otros expertos en diferentes disciplinas opinarán que su campo de estudio ejerce una influencia más relevante, pero en todo caso, como ejemplifica el caso de Murcia, puedes hacer muchas cosas según cómo dibujes los planos de la ciudad. O incluso de un país. Por ilustrarlo de otra forma: Estados Unidos tuvo que decidir -cuenta la leyenda; seguramente la verdad es más compleja-, durante la Segunda Guerra Mundial, cómo orientar su sistema de transporte para desplazar grandes cantidades de mercancías y material militar de un lugar a otro. Hitler había empleado los ferrocarriles, y gracias a ello logró enormes desplazamientos de tropas del frente Occidental al Oriental. En cambio, Estados Unidos eligió la carretera. Gracias a eso, el transporte de pasajeros por tren en Estados Unidos es casi testimonial; todo el mundo tiene coche (hasta hay vagabundos que viven en su vehículo, el cual a veces conducen en busca de una oferta de trabajo o en dirección a los bancos de alimentos); los mejores restaurantes están en las salidas de las carreteras; y los pueblos ocupan mucha más extensión que una ciudad europea media porque se asume que todo el mundo agarra el coche para ir a cualquier sitio. Por contar mi experiencia personal, durante cuatro meses viví en Charlottesville, una localidad de 30.000 habitantes -y una población flotante de 70.000 más- con quizás la mitad de extensión de la ciudad de Madrid. Los únicos que íbamos en autobús éramos las minorías raciales y yo. Los automóviles me dejaban pasar en los cruces y me miraban con cara de pena ("pobrecito, que tiene que ir andando"). En una ocasión, salía de una tienda de informática a la que llegué en taxi para que no la cerraran antes, y vi que la única manera de volver a mi residencia habitual era cruzar una carretera. Tomé la única alternativa posible: hice auto-stop. Una amable mujer (con un coche típico de madre: grande como un jeep de Mad Max y lleno de juguetes y restos de comida en el asiento trasero, que apartó con tanta gentileza como rubor) me desplazó una distancia de unos 10 metros, suficiente para llegar a un sitio desde donde podía volver andando. Las experiencias de otras personas son muy similares. Mi hermana me comentaba que, en Los Ángeles -una ciudad sin aceras-, una pareja de recién casados se compró antes un coche que un piso para vivir juntos. Compartían auto mientras habitaban cada uno en casa de sus padres. Salvo si resides en alguna de las grandes urbes del noreste como Boston o Nueva York, las cuales cuentan con un decente transporte público -y se consideran, en parte, tanto urbanística como culturalmente, "ciudades europeas", dicho en algunas ocasiones con un tono de desprecio-, en Estados Unidos, si no tienes un coche, no eres nadie. Ello implica también ciertas consecuencias: el ciudadano americano, que coge el automóvil para todo, no anda, está obeso, quema una tonelada de gasolina que contamina el medio ambiente (la disposición tan extensa de las ciudades tampoco es el sistema más ecológico posible), y exige que el petróleo esté barato para que no le cueste un riñón su modo de vida. Lo cual explica tal vez la mitad de las guerras de Estados Unidos en Oriente Medio para mantener bajo el precio de la gasolina.

Hablando de Nueva York, la primera vez que leí acerca de Robert Moses fue en este ensayo que os mencioné sobre la gentrificación. Es sorprendente que hayamos oído hablar tan poco de él, teniendo en cuenta que dirigió la política urbanística de Nueva York durante décadas, pese a que la ciudadanía nunca le había votado. La primera vez que se le ha mostrado en la gran pantalla (al menos, que yo sepa) ha sido en "Huérfanos de Brooklyn", un film noir moderno dirigido por Edward Norton, en general bien ejecutado, donde Moses es encarnado por Alec Baldwin. La película, basada en una novela, se ha tomado -o eso se deduce- bastantes licencias en el terreno de lo personal, pero menciona detalles en los que coinciden muchos críticos de Moses: para ser más explícitos, el profundo racismo y clasismo que impregnaba sus ideas urbanísticas. El ejemplo más sangrante fue construir los puentes de salida de la ciudad -recordemos que Manhattan es una isla de la que se escapa por 21 puentes- de tal modo que hacían imposible la circulación de los autobuses, lo cual impedía que la gente sin coche propio (pobres y afroamericanos, cuando no las dos cosas) pudieran disfrutar de las playas cercanas a Nueva York. La película incide también en que Moses fue muy popular por construir parques por todas partes, aunque algunos barrios fueron bastante más favorecidos que otros (adivináis cuáles, ¿verdad?). Y señala que algunos de sus planes urbanísticos -evitados en ocasiones a causa de la movilización popular- obligaban a desplazar a comunidades enteras de sus hogares sin que se supiera bien dónde podrían realojarse (en todo caso, Moses se encargaría de que no fuera en el mismo barrio que los blancos). A partir de ahí, no os cuento más sobre la trama de la película. Espero que la disfrutéis.

Por tanto, queda claro que la planificación urbanística puede decidir todo, y que su orientación es (casi) siempre política. Como mencionó alguien -no recuerdo quién, así que me perdonaréis la ausencia de cita-, sólo el hecho de escoger si una ciudad tiene o no baños públicos ya es una cuestión fundamental. A propósito de esto, menciono otra obra de ficción, pero basada en hechos reales. "Show me a hero", de la HBO, muestra una localidad anexa a Nueva York donde un juez determinó, a través de una sentencia, que el ayuntamiento debía construir una serie de viviendas para ciudadanos desfavorecidos (en una palabra, y tratándose de Estados Unidos, por supuesto negros), con el objetivo de evitar la formación de guetos y la exclusión social. Ésta es una decisión impopular, pues los habitantes mayoritariamente blancos de la ciudad se niegan a que sus viviendas se infravaloren -o no quieren a esas personas como vecinos, ahí cada uno decide los motivos auténticos-. Entonces, un concejal, interpretado por Oscar Isaac, decide auparse a una ola de populismo y anuncia que, si es elegido como regidor, no cumplirá la sentencia. Por supuesto, gana las elecciones, pero entonces se topa con la dura realidad: no tiene más remedio que acatar la orden si no quiere que la ciudad se arruine. Aquí se trata el espinoso tema de políticos que prometen algo imposible a sus ciudadanos y sólo lo asumen cuando son elegidos, apoyándose en algo que sabían que era mentira desde el principio (¿os suena? Seguro que en vuestro país habéis visto más de un caso). La serie cuenta la historia de este alcalde que tuvo que plegarse a los hechos; también relata las dificultades para que la construcción de las viviendas pudiera llevarse a cabo, y para que se lograra una cierta convivencia entre los nuevos vecinos. Narrada como una ficción atípica, la serie da abundantes pies para el debate y la reflexión, tanto en cuestiones políticas como en el aspecto personal.

Probablemente, las medidas más lesivas para nosotros los ciudadanos no llegarán de un discurso grandilocuente enunciado por un señor con bigote frente a una multitud enardecida. Lo harán silenciosamente, en forma de Boletín Oficial del estado, ciudad o comunidad autónoma. Serán disposiciones mínimas, enrevesadas e ilegibles, sobre aspectos aparentemente técnicos e irrelevantes. Quizás sólo se refieran a requerimientos sobre determinadas medidas, longitudes y pesos. Tal vez una de las cifras que aparezcan mencionadas sea el (Douglas Adams sería feliz con esto) número 42.

lunes, 20 de mayo de 2019

La historia real de mayo: lugares sin ley

Desde que el hombre fue hombre y tuvo que vivir en comunidad, se vio obligado a adoptar unas reglas de convivencia. Más adelante, cuando las sociedades evolucionaron para abarcar más allá de la villa y la tribu, y nacieron los estados, fue necesario crear un cuerpo jurídico más o menos organizado. El código de Hammurabi, dicen, es la forma más antigua de conjunto normativo que se conoce, pero desde el "ojo por ojo y diente por diente" hasta nuestros días se han sucedido toda clase de leyes, decretos y constituciones. Por eso, nos resulta extraño creer que, aun hoy, y hasta en casos muy extremos, han existido o existen lugares sin estado, zonas sin ley, emplazamientos donde no hay reglas escritas ni nadie encargado de velar por el cumplimiento de las normas. Bienvenidos a algunos ejemplos más evidentes incluso que el salvaje Oeste:

-La Antártida: Donde hay poca gente, es imposible pedir mucho más. Las naciones del mundo firmaron un acuerdo por el cual renunciaban a disputarse la hegemonía de la Antártida y ha quedado como un gran y vacía (tan sólo una breve incursión humana en sus márgenes) superficie dedicada a la investigación científica, con una escasa población, de logística relativamente precaria, que se renueva con cierta continuidad. Eso quiere decir que si alguien muere de manera sospechosa, es bastante difícil averiguar cuál es la verdadera causa de su muerte (no existen policías, abogados, y ni siquiera expertos en ciencia forense), ni forma factible de capturar al presunto culpable antes de que éste vuelva a su país, cosa que se sospecha que sucedió hace un par de años frente a un caso que nunca llegó a investigarse debido a estos motivos (la duda pues, quedó perenne). No sabemos tampoco cómo acabó la anécdota por la que un científico de la Antártida llegó a apuñalar a otro por hacerle -en teoría de forma "humorística"- spoilers de varios libros, aunque lo más lógico sería que la justicia, como casi siempre en estos casos, la aplicara espontáneamente la comunidad local (nota: en realidad, sí que hubo intervención de un estado; Rusia era el país de ambos hombres y el autor de la puñalada volvió a su patria natal para ser juzgado). Sin embargo, en el caso de que fueran los allí residentes quienes hubieran dirimido el caso, no tengo muy claro que hubiera una decisión unánime sobre quién era el verdadero culpable.

-Regiones en disputa: en aquellas regiones cuya posesión es discutida por varios países, suele ocurrir con frecuencia no haya una organización efectiva del territorio, aunque a veces la comunidad local impone sus propias normas. Un ejemplo relativamente cercano a España (y en parte responsabilidad suya) es el Sáhara Occidental, cuyos habitantes piden todavía un referéndum de independencia, aunque Marruecos nunca ha cedido en este punto y explota el territorio a pesar de las protestas del pueblo saharaui.

-El mar. En aguas internacionales puede ocurrir prácticamente cualquier cosa sin que haya castigo, y las más de las veces ni siquiera conocimiento. Y no sólo allí. Como mencionaba un artículo hace unos años, en las tripulaciones de los barcos se acumulan marinos de toda clase de condición, edad y raza, abundando la ilegalidad, la explotación y hasta el esclavismo. La ley clásica del mar decía que un capitán es dueño de la vida y la muerte de todos los viajeros en su barco, y el siglo XXI, a pesar de todos los avances, parece no haber modificado lo esencial de ese concepto.

-Comunidades aisladas: ya sean regiones asentadas (como la comuna hippie establecida en medio del desierto de California) como concentraciones espontáneas (el mayor ejemplo, "The Burning Man" que se celebra cada año en Nevada en una especie de homenaje revival pagano cargado de moderna tecnología que se ha prolongado hasta nuestros días), hay rincones del mundo donde nadie se atreve a aplicar ninguna clase de ley, ni tampoco individuo que lo consienta.
                                                                                           
                                                       Sección de la ciudad de Kowloon, vista desde arriba
-La auténtica ciudad sin ley. Este caso ya no es real, pero lo fue hasta hace muy poco. Se trata de Kowloon, una península cercana a Hong Kong que, durante la época en que China y Gran Bretaña compartieron esta ciudad, se estableció como fortaleza. En principio era china, pero cuando los británicos entraron al asalto durante el siglo XIX en ella para confirmar ciertas sospechas, descubrieron que los oficiales chinos habían huido. Sin embargo, Gran Bretaña no hizo nada respecto a ese lugar y quedó definitivamente como una zona amurallada sin ley, donde se refugiaron multitud de desplazados por la guerra civil china después de 1945. Paulatinamente, todo comenzó a crecer: la gente que vivía allí, el número de casas, la altura de los edificios (muchos de los cuales se construían encima de las azoteas de los antiguos). Se convirtió en el lugar de mayor densidad de población del planeta (120 veces la de la ciudad de Nueva York), conformado por edificios altos (una de las escasísimas normas de la ciudad era que no podían superar los catorce pisos para no interferir con el muy ruidoso aeropuerto), en los cuales los pisos superiores tapaban la luz a los inferiores, por lo que se la conoció como "Ciudad de la Oscuridad".


 Niveles superiores (arriba) e inferiores de Kowloon. 

Las condiciones, desde luego, no eran agradables. El espacio para que viviera una persona era menor que para un aparcamiento estándar de coche. La gente no tenía quien le instalara fontanería o cables eléctricos, con lo cual solían montárselos ellos mismos. No es que no hubiera comercio: más bien al contrario, florecieron especialmente los negocios ilegales. Entre ellos, toda clase de profesionales sin licencia, porque los alquileres de los locales eran muy económicos. Eso sí, las condiciones de estos profesionales eran deplorables: se acumularon dentistas cuya pulcritud higiénica era bastante más que dudosa -aun así, muchos clientes venían de Hong Kong, pues los precios eran baratísimos-. Los restaurantes tampoco tenían regulación sanitaria. Florecían los casinos y los burdeles, las drogas abundaban por doquier, hubo más que sospechas de incendios por especulación inmobiliaria (a cuya prevención no ayudaba la falta de previsión anti-incendios), y, por supuesto, se convirtió en el reino de las mafias ilegales. Aunque algunos defendían que la mayor parte de los habitantes no estaban metidos en ningún negocio sucio, y que la criminalidad no era tan alta como cabía esperarse -difícil saberlo, porque obviamente no había registros-, lo cierto era que, entre los callejones estrechos (a través de muchos había que pasar de lado), la oscuridad y la suciedad a nivel del suelo (te caía agua y basura de los pisos superiores porque los vecinos barrían hacia abajo), así como la maraña de cables sueltos por todos lados, a la gente no le gustaba pasear mucho por la ciudad, y menos de noche. Iban y volvían por los pocos sitios que conocían para realizar los recorridos imprescindibles, es decir, ir y volver del trabajo (había un único cartero, que era de los escasos habitantes que se conocía los detalles de la geografía de la ciudad). De hecho, existían toda clase de pasarelas a nivel de las alturas para no tener que pasar por el suelo en ningún momento. La ciudad tenía un microclima muy especial, cargada de calor y humedad, de tal manera que muchos subían a los tejados de los pisos superiores para respirar algo de aire puro, especialmente por las tardes y durante el verano. A veces los adultos organizaban allí partidas de cartas, o los niños acudían a jugar o a hacer sus tareas, después de haber pasado la mañana en el nivel inferior.


En general, la gente de Hong Kong iba allí a hacer todas las cosas que no podían en la más regulada ciudad de Hong Kong, entonces británica. Desde actividades delictivas, hasta comer platos prohibidos en otros sitios (ojos de pez o cachorros de perro, entre otros). A pesar del caos del barrio, unos cuantos se apañaron para crear sus propios oficios: por ejemplo, dedicarse a ir casa por casa para fregar las cazuelas de los demás. Algunos grupos de vecinos, por otra parte, empezaron a autogestionarse: la anarquía dio paso a una suerte de organización donde empezó a haber panaderías, jardines de infancia, escuelas, organizaciones civiles y religiosas, etc... Muchas veces las esposas se dedicaban a limpiar el exterior mientras las abuelas cuidaban a sus nietos y a los niños de edificios cercanos. Al mismo tiempo, la policía de Hong Kong (que a raíz de un asesinato en 1959 se hizo cargo oficialmente de la juridiscción de la ciudad, aunque no intervenía gran cosa) comenzó a hacer redadas, disminuyendo el nivel de criminalidad. La propia ciudad de Hong Kong acabó haciéndose cargo de algunos servicios, como el suministro de agua. La vida se abría camino a pesar de tanta anormalidad. De hecho, un texto de la época decía que, a pesar de la mezcla abigarrada de drogadictos, sacerdotes, trabajadores sociales y prostitutas, aquel lugar, que para muchos resultaba aterrador, tampoco resultaba tan diferente de la rutina habitual en Hong Kong, y que buena parte de sus habitantes tenía una existencia medianamente normal.
En 1987, la ciudad tenía entre 30.000 y 50.000 moradores, y fue entonces cuando Gran Bretaña y China (ante el hecho de que unos cuantos años más tarde tendría lugar la anexión definitiva de este territorio, junto con todo Hong Kong, al país asiático) decidieron sanear la zona, y ofrecer compensaciones para los afectados, tanto en dinero como en forma de nuevos alojamientos. Para muchos, suponía liquidar por fin el cáncer en que se había convertido la ciudad; además, al escuchar el proyecto, las mafias chinas decidieron marcharse fuera, con lo cual se convirtieron en los años más tranquilos. Sin embargo, muchos que no podían vivir de otra manera (tendrían que sacarse licencia para sus respectivos oficios), que consideraban las compensaciones insuficientes, que se habían acostumbrado a ese modo de vida, o que preferían vivir en un lugar donde no se pagaban impuestos, se negaron a marcharse. Un batallón de 150 hombres entró para desalojar a los más renuentes a trasladarse, entre otros un hombre de 62 años que amenazó con suicidarse si le reubicaban. Finalmente, después de muchos años, en 1993, dejó de haber personas allí viviendo, se desconectó la electricidad y se tapiaron los pozos: entró la maquinaria de demolición. Poco tiempo después, empezaba a re-edificarse la ciudad. El resultado, como puede verse más abajo, fue muy distinto.




Greg Girard fue un fotógrafo que se dedicó a hacer fotografías de Kowloon poco antes de su desaparición, explorando todos los rincones de la ciudad, y publicándolas en un libro (ahora expuesto en una página web) titulado "City of darkness: Life in Kowloon Walled City", que tuvo posteriormente secuelas. La mayor parte de las fotografías de este post son de su autoría, o han sido extraídas de varios blogs que enlazan a Wikicommons (Wikipedia alberga también bastante información sobre la ciudad). Abajo, la moderna Kowloon, ahora un gran y estiloso parque urbano de Hong Kong. De la Kowloon original sólo quedan un par de zonas (una de las puertas y una especie de centro social) que fueron considerados lugares de valor histórico.

Para mí, esta historia es importante porque refleja un dilema muy presente en estos tiempos. En los últimos cuarenta años, desde Margaret Thatcher y Ronald Reagan, se ha extendido una corriente de pensamiento que dice que los estados, regiones, ciudades, se gobiernan mejor cuando hay menos impuestos y el estado interviene lo mínimo. Pero como hemos comprobado con Kowloon, cuando no hay impuestos, no hay regulaciones sanitarias, no hay controles de edificación, no hay seguridad, todas aquellas ventajas que nos proporciona vivir en comunidad. Tenemos más dinero en la cuenta bancaria, en efecto, pero hay que pagárselo todo, independientemente de que no tengas dinero para afrontarlo: la educación, la sanidad, los medios de transporte. En distintos grados, Estados Unidos (con sus enormes desigualdades) o la España en tiempos de Franco (donde no había impuestos, pero tampoco se construía casi nada, salvo pantanos) siguen o seguían este modelo que, aunque matizado, se pretende que en muchas sociedades vaya progresivamente a más. Dentro de poco hay elecciones europeas, autonómicas y municipales: la pregunta que nos hacemos ante estos distintos modos de convivencia es, ¿a qué referente queremos parecernos?¿Querríamos vivir de un manera similar al sistema de estado de bienestar que -a pesar de los recortes y el intento de desbaratar o privatizar los servicios públicos- hasta ahora ha sobrevivido en Europa... o preferimos algo más semejante a Kowloon?

Como siempre, la decisión está en nuestras manos.

lunes, 1 de mayo de 2017

El libro y la historia real de mayo: "First, We take Manhattan", de Álvaro Ardura y Daniel Sorando



El libro de hoy, en múltiples sentidos, es una excepción. En primer lugar, porque se trata de un ensayo de sociología, un tipo de género que no solemos abordar aquí. Y en segundo, porque tengo el privilegio de conocer a alguno de los autores, aunque trataré de que este hecho no me nuble demasiado el juicio. Y es que, por lo general, no os ofrecería un ensayo académico (aunque con propósito divulgativo) que incluye citas a autores de enrevesados nombres. Sin embargo, creo que el libro es lo suficientemente accesible -y, sobre todo, lo suficientemente estimulante- para que lectores interesados, no expertos en la materia como es mi caso, puedan aprender un poco gracias a él. Sobre todo, si el tema del que trata es acerca de la "gentrificación". Algunos escucharéis esta palabra por primera vez (como dice una frase al respecto, "Gentrificación no es un nombre de señora"), pero a otros os sonará porque es un concepto bastante utilizado últimamente. Se trata del fenómeno por el que un barrio céntrico, inicialmente deprimido, de habitantes con pocos recursos e incluso deshabitado, empieza a albergar nuevos inquilinos (artistas, jóvenes inquietos, colectivos hasta cierto punto estigmatizados) a los que les atraen los bajos alquileres del barrio, pero que al mismo tiempo arrastran consigo las nuevas tendencias culturales. La llegada de estos primeros "pioneros" pone de moda el barrio, y es entonces cuando gente de mayor poder adquisitivo quiere conseguir un piso en medio del meollo. El barrio se vuelve entonces lleno de tiendas elegantes y sofisticadas, y es entonces cuando el precio de los alquileres sube tanto que los primeros pobladores del barrio (e, incluso, algunos de los que empezaron el proceso de gentrificación) ya no pueden permitírselo y tienen que marcharse. El proceso parece aparentemente sencillo aunque, como revela el libro, debajo de la superficie hay mucho que rascar.

La primera impresión al leer las páginas iniciales de este ensayo puede ser la de cierta inquietud. La aparición de ciertos "palabrejos" hace dudar sobre si va a tratarse de un texto excesivamente técnico, y el tono general lleva a creer que intenta desplazarnos a la deriva, sin aspirar en ningún momento a la concreción. Sin embargo, las siguientes páginas obligan a desmentir ese primer análisis. El libro entra rápidamente en harina, y describe todas las partes del proceso de la gentrificación, poniendo ejemplos concretos en las ciudades donde ha tenido lugar: desde Nueva York (con lugares como el SoHo y Brooklyn), Londres, París, Berlín, hasta barrios de localidades españolas, como -en Madrid- Chueca, Lavapiés y Malasaña, el Barrio Chino (ahora el Raval) en Barcelona, el barrio de la Magdalena en Zaragoza, etc... Uno de los aspectos más interesantes de este libro es que no aborda la gentrificación como un camino "al azar", fruto de una evolución más o menos natural del barrio y de las leyes del mercado. Más bien al contrario, el texto apunta a que, en muchas ocasiones, son las políticas públicas las que contribuyen a desarrollar el fenómeno, exacerbando incluso sus connotaciones más negativas. Pongamos la siguiente situación: un barrio más o menos humilde, situado en una zona céntrica, con habitantes de renta tirando a baja, la mayor parte viviendo en régimen de alquiler. Una serie de políticas públicas favorecen que los propietarios prefieran ser dueños de casas en la periferia -algo que sin duda proporcionará pingües beneficios a quien haya construido viviendas en esa zona-, y traten de vender o derruir los edificios que todavía mantienen en el centro. La presión sobre los inquilinos, mediante una serie de medidas (tendréis que leer acerca de ellas en el libro) consigue que bastantes de ellos se desplacen. Al resto, se les va convenciendo al ir retirando los servicios públicos de la zona. Al cabo de cierto tiempo, el barrio está en parte deshabitado, resulta cada vez más complicado vivir en él, y acaba adquiriendo incluso mala fama. Es entonces -cuando los precios del terreno son más baratos- cuando las empresas privadas se lanzan como buitres a apropiarse de porciones cada vez mayores de él. Luego, poco a poco, se ejecutan medidas que implican la "regeneración" del barrio; se reimplantan servicios públicos que en su día se eliminaron; habitantes de mayor poder adquisitivo se instalan con el tiempo en los pisos vacíos; el barrio se moderniza, y ahora, lo que se ha comprado barato se vende caro. El promotor inmobiliario se hace de oro. Y así es como se ha completado el proceso. (Hablando con un amigo de este tema, éste me comentaba: "Ya, pero esto que me cuentas suena un poco a teoría de la conspiración, ¿no?". Lo primero que pensé cuando me lo dijo fue: "Si a ti, hace unos años, 
te dicen que el partido en el gobierno guarda en unos cuadernos las cuentas de los sobornos que le pagan empresarios a cambio de concesiones en obra pública, ¿a que creerías que es una conspiranoia? Y ahora, piensa en el caso Palau, y piensa en Bárcenas"). Lo cierto es que ese modelo -el de comprar barato y vender muy caro, favorecido por políticos que auspician esa "cultura del pelotazo"- nos suena mucho a los que ya conocemos la dinámica de las burbujas inmobiliarias, que casualmente explotan en un lugar en el momento en que los que las han montado ya han recogido velas y marchado a invertir a otros lugares distintos, donde vuelven a inflarse a su vez. La dinámica, por supuesto, siempre tiene un perdedor: los pobres, los desahuciados, los que no tienen nombre. Los que, en su mayoría (siempre hay un cierto número de individuos realojados, por sistema mucho menor que los desplazados) tienen que mudarse de su vecindario y de las redes de ayuda mutua que éste les proporcionaba. Los que pierden la vida social que habían creado en su entorno, y a cambio aguantaron los tiempos más duros del barrio, haciéndole adquirir el carácter indómito que se ensalza hoy. De hecho, la pregunta que sobrevuela todo el texto es qué pasaría si, en lugar de permitir la consecución de ese modelo de "gentrificación", se apostara por otro, más social, que tratara de proteger a los vecinos que ya habitaban en el barrio, frente a los que habían de venir; de rehabilitar, más que destruir y construir de nuevo; que apostara menos por la iniciativa privada, y lo hiciera en cambio por las personas. En las páginas del libro podéis encontrar esa dicotomía, o mejor dicho esa disquisición, que es una que probablemente haya que preguntarse día a día, pues, como sugieren los autores del libro, imaginar un nuevo tipo de ciudad es la primera manera de empezar a edificarla.

Como he dicho, el texto entra en cada aspecto concreto, aportando jugosos e instructivos detalles: desde los barrios que han sufrido o están en camino en sufrir este proceso, hasta las labores de resistencia (tanto desde el punto de vista de las políticas públicas, como desde el lado de los vecinos) que pueden intentarse para paliarlo. A pesar de tratarse de un texto académico que podría citarse en la universidad, contiene conceptos vitales y acontecimientos recientes que son tema de conversación en periódicos, tertulias y bares; cita a referentes como Leonard Cohen, Bob Dylan, el graffitero Bansky o el escritor Eduardo Galeano. Habla de temas como la droga, los negocios "cuquis" y la inmigración. Y, sobre todo, nos hace ver que el urbanismo, la forma en que construimos y modificamos nuestras ciudades, es también una forma de re-elaborar nuestro modo de vida, nuestros hábitos de consumo, nuestra visibilidad social... En conclusión, quiénes somos y cómo nos unimos (lo cual me recuerda que este libro se financió gracias a un crowfunding), o cómo nos impiden hacerlo. En definitiva, un libro para repensar mejor el papel de las ciudades, y también el modo en el que fluimos dentro de ellas. Pensadlo cuando caminéis por la calle: ¿hace cuánto que no os preguntáis hacia dónde está yendo el barrio?¿Y hace cuánto no os preguntáis hacia donde queréis ir con él? Me despido, mientras lo meditáis, hasta la vuelta de la esquina.