Mostrando entradas con la etiqueta Historia real del mes. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historia real del mes. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de agosto de 2026

La historia real, el libro, las películas de agosto: la historia del primer asesino en serie de la Unión Soviética

Chikatilo no es un nombre tan conocido como Jack el Destripador o Ted Bundy. Y, sin embargo, fue responsable de aproximadamente unas 52 muertes (la mayoría niños) en la Unión Soviética. Su historia da para un par de reflexiones, y además ha habido alguna obra literaria y cinematográfica sobre su captura, así que quizá merezca la pena echarle un breve vistazo.

La infancia de Andrei Chikatilo fue sin duda desdichada. Nacido en lo que hoy es Ucrania, su niñez le pilló en medio de una época de hambruna en la región que muchos atribuyen (con discusión al respecto, aunque seguramente con parte de razón) a un castigo intencionado por parte de Stalin. De hecho, la madre de Andrei le contó que, antes de que él naciera, un hermano suyo fue secuestrado por sus vecinos para devorarlo. No sabemos si la historia era verdad -de hecho, no hay pruebas de que tal hermano existiese-, pero a Chikatilo aquel relato le traumatizó. Si a ello le unes que la familia a veces tenía que comer hierba porque no había más para alimentarse, y que se sospecha que la madre de Andrei fue violada durante la Segunda Guerra Mundial, quizá en presencia de su propio hijo, se puede entender que aquel chico no iba a tener perspectivas muy halagüeñas en cuanto a la salud mental se refiere.

Andrei crece y es un niño tímido, que estudia mucho para compensar su miopía y una debilidad que ha quedado como secuela de su dolorosa infancia, y de una madre que era demasiado dura con sus hijos. Sufre bullying y, por si fuera poco, a pesar de sus esfuerzos, no consigue entrar en la universidad. Para colmo, en la adolescencia descubre que sufre de impotencia, un mal que le aquejará toda su vida, y que le llenará de vergüenza cada vez que alguien lo descubra. De hecho, tras el servicio militar, cuando vuelve a casa, una chica con la que trata de mantener relaciones sexuales de manera infructuosa lo comenta con sus compañeros (por lo visto con la única intención de pedirles consejo), y el hecho de que el rumor se extienda le hace a Andrei primero tratar de sucidarse y luego marcharse para siempre del hogar de sus padres. Aunque, por supuesto, sus problemas le acompañarán.

Instalado en un pueblo cerca de la ciudad de Rostov, encuentra un trabajo como técnico de comunicaciones. Su hermana se va a vivir con él un tiempo, y decide ayudarle a encontrar una esposa. Lo consigue, aunque está claro que el matrimonio es más un pacto de conveniencia que la evolución de una pareja real. De hecho, la impotencia de Andrei provoca que tengan que hacer auténticos malabares (no entraré en detalles) para concebir hijos, cosa que finalmente consiguen por dos veces.

Chikatilo consigue completar estudios universitarios y se convierte en profesor de escuela, pero aunque todo el mundo admite que tiene suficientes conocimientos sobre las materias que imparte, es incapaz de mantener la disciplina entre los alumnos, que suelen aprovecharse de él. Si a ello le sumas que (como todos los adolescentes) sus estudiantes le recuerdan, con su propia iniciación al sexo, lo que él mismo no es capaz de hacer, el caldo de cultivo no puede ser más nefasto. Chikatilo se ve envuelto en varios incidentes de abusos sexuales a alumnas, lo cual acaba expulsándole del mundo de la enseñanza. En la siguiente etapa de su vida, consigue un trabajo como encargado de suministros para una empresa en Rostov, lo cual le obliga a viajar a menudo. Ésta será una de las claves para el desarrollo de sus crímenes.

Focalizándonos un poco en esta parte, no vamos a describir la extensa y atroz carnicería que Chikatilo llevó a cabo con más de cincuenta víctimas, la mayoría menores de edad (por cierto, de ambos sexos). Sí que hay algunas características comunes: salvo la primera chica (a la que asesinó cerca de una propiedad que le pertenecía), a casi todos les encontraba alrededor del sistema de trenes que Chikatilo conocía porque su trabajo le obligaba a tomarlos con frecuencia. Solía ir a por gente joven, débil, desorientada, seguramente con historias personales complicadas, y que se veía abrumada por tener que usar medios de transporte locales fuera de sus ciudades natales. Entonces, Andrei les ofrecía ayuda, comida o bebida, y, a cambio de este auxilio, los pobres inocentes accedían a tener relaciones sexuales con él. Por sistema, Chikatilo era incapaz de consumar el coito; era entonces cuando apuñalaba o estrangulaba a sus víctimas, y era en el momento de la agonía cuando Chikatilo, sentado encima del cuerpo moribundo, conseguía alcanzar el orgasmo. No era raro que (en ocasiones aún vivos) les mutilara los genitales y los ojos, o que les eviscerara. Luego ocultaba más o menos los cuerpos y se iba, pero siempre acababan descubriendo los cadáveres, todos asesinados con un patrón similar. Y, claro, al final (corre el año 1983, y Chikatilo lleva cinco años matando) las autoridades ataron cabos, empezaron a pensar que había un asesino común, y se pusieron a investigar.

En este punto de partida se inicia "Ciudadano X", un telefilm que, de manera sobria, y con una estupenda gestión de la tensión dramática, narra la investigación desde el punto de vista policial. Por supuesto, no os lo voy a contar todo, pero la clave es que se centra en la figura del forense que se coloca a cargo del caso (interpretado por un estupendo Stephen Rea), y su inmediato superior, a cargo de un poliédrico Donald Sutherland. La dificultad es mayúscula, porque no sólo tienen que investigar estos casos con menos experiencia y medios que sus colegas norteamericanos, sino que las autoridades soviéticas se niegan a reconocer que pueda haber un asesino en serie (un fenómeno típico de la decadencia capitalista, según las autoridades) en la URSS. De hecho, se buscan culpables entre una serie de sospechosos que incluyen pedófilos, homosexuales y discapacitados intelectuales. Teóricamente, esto lleva a la resolución de crímenes distintos de los originales, pero en la práctica, lo que ocurre es que ciertos colectivos vulnerables son hostigados, utilizados como cabeza de turco y (en una URSS nada amable con los interrogatorios) obligados a confesar crímenes que no han cometido. La película describe muy bien lo difícil que es moverse dentro de la burocracia dictatorial del régimen soviético, y lo mucho que esta dinámica pesa sobre el investigador protagonista.

Más o menos también desde el punto de vista del investigador parte el libro (también adaptado a película) "El niño 44", aunque juega con algunos elementos con bastante libertad: lo primero, cambia la época del caso, trasladándola de los años 70-80-90 a los 50; da un origen de tono mítico a las motivaciones del personaje, inspirándose en historias de la infancia de Chikatilo -aunque su retrato del asesino es bastante más pulcro que el personaje original-; pone como policía a cargo del caso a un hombre que descubrirá muchas cosas sobre sí mismo y su entorno conforme se enfrente a las contradicciones del sistema; y, sobre todo, el investigador se verá atrapado por la maraña de la tiranía soviética (más incluso que el detective original), generando una parte de la trama que, tanto en el libro como la película, a pesar del teórico interés, acaba resultando algo menos atractiva. El final es de las partes en las que más se diferencia de "Ciudadano X", la cual refleja de manera más exacta -siempre con sus licencias- como transcurrió la labor policial, aunque esta última película la conecta estrechamente con cómo fueron cambiando los métodos de investigación conforme Gorvachov iba transformando la Unión Soviética. Uno de los aspectos más destacados del caso fue que, por primera vez en la Unión Soviética, se contó, para establecer un perfil psicológico de un asesino, a un psiquiatra, papel que en "Ciudadano X" interpreta de manera notable un estupendo Max von Sydow.

No voy a contaros el final por si os apetece leer o ver las obras de ficción: os diré que, obviamente, a Chikatilo le cazaron, en concreto en el año 1990. De hecho, se descubrió que se le había fichado seis años antes durante el transcurso de la investigación criminal, pero un resultado muy extraño relacionado con su tipo sanguíneo (y al que todavía no se le ha hallado una explicación definitiva, aunque probablemente tenga que ver con las deficiencias de los laboratorios de la URSS en aquella época) evitó que fuera asociado con los crímenes. El juicio, como es obvio, se rodeó de mucha tensión y polémica, tanto por las familias de las víctimas (enrabietadas con el criminal y con algunos aspectos de la investigación) como por parte del acusado, que se desdecía, reprochaba cosas al tribunal, y al que tuvieron que meterle en una jaula con barrotes dentro del juicio para protegerle de la multitud colérica. Finalmente, fue sentenciado a muerte y ejecutado en 1994. De su extensa lista de víctimas, algunas no quedaron del todo aclaradas, y es probable que llevara a cabo más de las que de manera oficial se le atribuyeron.

Las lecciones del caso Chikatilo son múltiples: desde lo frecuente que es ver cómo los asesinos en serie son personas que sienten que han fracasado y encuentran en el crimen la única forma de aliviar sus frustraciones (demostrándose, además, que pueden aparecer en diferentes culturas y regímenes, y que el "esto no puede pasar aquí" es un absurdo), hasta lo difícil que es hacer nada bien en las dictaduras, especialmente tratar de dilucidar la verdad. Como suele ocurrir, los asesinos de la realidad no son tan glamourosos como los de la ficción, y las víctimas sufren por partida doble la violencia de los asesinos y los sesgos de las autoridades -algo que, por desgracia, también ocurre en las democracias liberales-. Chikatilo también nos muestra lo horrorosos que pueden ser los abismos de las profundidades humanas, y cómo ciertas personas, de manera más o menos consciente, son capaces de convivir con lo inaceptable. "Nada de lo humano me es ajeno", dijo el poeta latino Publio Terencio Afer y, querámoslo o no, estas personas son también nuestros congéneres, y su vida un hecho que, en determinadas circunstancias, podría sucedernos a nosotros.

miércoles, 1 de julio de 2026

El relato y la historia real de julio: "Fuego y tormentos"

 Fuego y tormentos.

Inspirado en una historia real

 

                Hay días que se parecen mucho al infierno. Si, en el lugar donde resides habitualmente, resuena el estruendo del entrechocar de armas; si la temperatura, por las habitaciones incendiadas, asciende a la que sufrirías en una caldera donde podrían estar cociéndote; si no estás seguro de, si en la próxima hora, seguirás vivo o si podrás salir de allí… pues no hay demasiadas diferencias a haber sido condenado al fuego y el suplicio eterno. Sobre todo, si estás en manos de unos herejes como los españoles. Porque eso quizá te demuestre, con cierta probabilidad, que te has equivocado de Dios.

                Pero vamos a dejar de lado lo que está ocurriendo dentro del resto del castillo de Guillermo de Orange, quien, por cierto, se halla muy lejos de allí mientras sus servidores son masacrados, desmembrados o, en el mejor de los casos, arrojados piadosamente por las almenas. Ahora mismo sólo vamos a concentrarnos en una habitación, la cual, desde luego, daba mucho miedo desde fuera, a causa de los recientes gritos que habían salido de ahí. Pero en este momento concreto, por un instante, se ha hecho el silencio. Parece que, desde dentro, la persona que está a cargo (de ropas negras, figura enjuta y rostro cetrino; al pesar de su esmerado bigote y su trabajado neerlandés, no consigue ocultar su origen español) quiere darle oportunidad a otra persona. Esta última se halla sentada, aunque en contra de su voluntad; sus manos están atadas junto a la parte posterior de una silla. Aunque quien se encontrara allí se sorprendería, sobre todo, por sus manos. De hecho, el torturador que se sitúa detrás de él, a pesar del horror, no puede parar de mirarlas. Y eso que el espanto que se abre ante sus ojos lo ha provocado él. Pero no es común contemplar a un individuo que se ha quedado sin ninguna uña en sus dedos. La carne viva se exhibe con crudeza en las falanges, de las que aún rezuma un líquido negruzco y pegajoso. El rostro del torturado refleja la angustia de la situación. Pero eso es lo que resulta más extraordinario aún.

                A pesar de todo, no ha hablado.

                -No entiendo ese empeño tuyo, la verdad -indica el hombre de pie, frente al prisionero, tratando de disimular todo lo posible su acento de origen hispánico-. Sólo es un puto cuadro. A ti ni te va ni te viene. Y todo esto puede cesar ahora mismo. Te pondremos en una cama, te curaremos las heridas. A cambio, simplemente, de que nos digas dónde está.

                El hombre maniatado, empero, sigue sin soltar prenda. El individuo que acaba de soltar la parrafada le hace un gesto al torturador. Éste abre mucho los ojos, como esperando una corroboración. ¿En serio?¿Vamos a llegar a esto?, parece preguntar con incredulidad. La figura de ropas negras, ahora mismo el representante del duque de Alba en estas tierras, asiente. Sí, en efecto, vamos a llegar a esto. El torturador se coloca frente al prisionero y se agacha. Coloca los brazos delante de su cuerpo y, al hacerlo, aproxima unos alicates muy pequeños que acerca al dedo gordo del pie izquierdo del torturado, quien tiene los pies descalzos. Coloca los alicates, con mucha delicadeza, envolviendo por arriba y por abajo la uña de dicho dedo. Gira de nuevo el cuello, buscando una última confirmación, o más bien lo contrario. El español agacha la cabeza, procurando no mirar: le resulta horripilante, pero sabe que es necesario. El torturador agarra con más fuerza los alicates.

                -¡Lo hemos encontrado!-oye a su espalda.

                Un suspiro de alivio recorre los pulmones de todos. Los tres individuos en la sala orientan los ojos hacia la puerta de entrada, donde la persona que acaba de llegar dirige a unos individuos para que entren en la habitación mientras cargan con una pintura. En realidad, es un tríptico; se halla cerrado, pero, a una indicación del español, los hombres que lo transportan abren la doble hoja que sirve de portada, y la composición pictórica se muestra en todo su esplendor. Ahí está: el cuadro por el que han hecho sufrir a ese hombre durante horas. Lo ha creado un enigmático y sin duda retorcido autor holandés. Algunos le llaman “el Bosco”. Se supone que representa el cielo, el infierno, y el paraíso terrenal. Al español le parece una pesadilla. Pero, cuando le ordenaron asaltar el castillo de Guillermo de Orange, aunque esta guerra se lleve a cabo por razones muy distintas, el duque de Alba le proporcionó una indicación muy precisa: “localiza el cuadro. Es tu absoluta prioridad”.

                Por eso se ve en la necesidad, hasta personal, de preguntar al torturado:

                -Ya ves. Al final lo hemos encontrado. Todo tu esfuerzo ha sido en vano. Ahora dime… ¿por qué esa cerrazón?¿Ha sido por lealtad a tu dueño? Porque, tenlo claro, él no lo hubiera hecho: en tus mismas circunstancias, él te hubiera vendido a la más mínima oportunidad. Eso lo sabes, ¿no? Así que, dime… ¿por qué nos ocultabas el emplazamiento del cuadro?

                El torturado alzó ligeramente la cabeza. Casi podría decirse que sonrió.

                -Esa pintura está maldita. Tiene algo demoníaco. No quiero tener nada que ver con ella.

                Escupió hacia un lado. De sus labios se vertió un hilillo de sangre.

                -La victoria será vuestra… pero el infierno… también es para vosotros.

                El español tragó saliva. Maldita sea si entendía algo de todo esto. En todo caso, había hecho su trabajo. Volvió a echarle un nuevo vistazo a la obra.

                Esperaba que el rey español (quien seguramente sería, a partir de ahora, el nuevo dueño de aquella enrevesada pintura) no tuviera que arrepentirse de lo que había conquistado… Rezó también por que terminara, cuanto antes, aquella maldita guerra.

 

Aclaración histórica: el episodio por el cual el guardián del castillo de Guillermo de Orange fue torturado de esa manera concreta por hombres del duque de Alba para revelar la localización de “El jardín de las delicias”, y éste resistió al tormento para no confesar su ubicación, es real. El resto de este relato es inventado.

Hoy en día, gracias al asalto de ese castillo, la pintura se exhibe en el Museo del Prado.

lunes, 15 de junio de 2026

La historia real de junio: una breve biografía de Sergei Eisenstein

 


Vivimos tiempos extraños, en el cine y en todo lo demás. Nos encontramos con que las nuevas generaciones no conocen las películas anteriores a su era. Se podrían argumentar explicaciones de corte tecnológico: ahora no existe un único televisor, sino múltiples pantallas a través de numerosos dispositivos, así que los hijos no se ven obligados a ver las películas que les gustan a sus padres. Pero hay también una cierta explicación ideológica, o quizás ligada a una era: se desprecia lo antiguo, quizá por esa concepción centrada en el "yo" del nuevo romanticismo de los tiempos modernos, puede que tal vez porque facilita la creación de remakes a partir de películas que los adolescentes no han visto. En realidad, no es nada que no ocurriera antes (de hecho, remakes en el cine ha habido siempre, y desde 1920, al menos se ha estrenado uno por año), sólo que se ha magnificado: actualmente hay de media aproximadamente 5 veces más remakes al año de los que se producían en los años 80.

Pero quizá por eso, puede que sea una buena idea echarle un vistazo al cine antiguo. Esa época en la que había relativamente bastantes mujeres directoras (como es el caso de Alice Guy -la creadora de la primera película de fantasía, y del primer corto documental sobre el proceso de rodaje- o Lois Weber), antes de que, con el advenimiento del sonido, el cine se convirtiera en un asunto de presupuestos tan altos que los productores decidieran que era demasiado arriesgado dejarlo en mano de las mujeres. Esa época en que estaba todo por inventar y los cineastas eran locos en busca de un sueño, como relata la película "Así empezó Hollywood", de Peter Bogdanovich. En ese período, destaca una figura que quizá muchos aficionados al séptimo arte conoceréis: el director soviético Sergei Eisenstein.

Podríamos detenernos en la semblanza biográfica de Eisenstein, en sus padres desapegados o en sus inicios en el teatro, pero nada de esto es relevante, porque las cuestiones clave de su vida están ligadas al cine. Muy desde el inicio, empieza a dedicarse a este medio y, sobre todo, empieza a desarrollar una teoría muy especial sobre el montaje. Sí, el montaje, esa disciplina cinematográfica que tiene su propio Óscar y por la cual la forma de intercalar los planos es clave para el desarrollo de una escena. De hecho, ese concepto tiene un nombre, el efecto Kuleshov, por el cual la forma en que se desgrana la información en el montaje es clave para la percepción emocional del espectador. En ese sentido, Eisenstein no fue sólo un director, sino un profundo estudioso del cine, y desarrolló su propia teoría del montaje y sus tipos, diferente de la estadounidense, que transitaba por caminos distintos. Por cierto, que los pioneros del cine norteamericano tampoco lo tuvieron fácil en este apartado: cuando David W. Griffith le dijo a su productor que quería alternar a perseguidores y perseguidos durante un western, durante una escena de persecución, éste le dijo que los espectadores iban a sentirse confusos y no iban a entender nada. Por fortuna, los espectadores sí lo entendieron, aunque esto refleja en parte lo mucho que hemos cambiado como consumidores de cine (y lo poco que han cambiado los productores en el arte de equivocarse en sus predicciones).

Pero Eisenstein prosiguió adelante, y en ese sentido su gran obra maestra fue El acorazado Potemkim, quizá la película sobre la que más se ha escrito. Tiene mucha gracia que un barco tan importante para la historia del cine tenga el nombre de Piotr Potemkim, el ministro de Catalina la Grande el cual (según una anécdota seguramente falsa) creó los llamados pueblos Potemkim, es decir, pueblos ficticios (similares a los escenarios de cartón piedra de los decorados de cine) que servían para convencer a la zarina de que todo marchaba sobre ruedas en el Imperio ruso, aunque la realidad fuera muy distinta. Hay que situarnos en el contexto: nos encontramos en el nacimiento de la era soviética, y todas las películas han de estar sometidas a la propaganda. También la de Eisenstein, que encuentra sin embargo sus estrategias para trascender de manera artística a pesar de las limitaciones temáticas o de otro tipo. El acorazado Potemkim narra los sucesos alrededor de la revolución soviética en la que se vio implicado este buque. Una de las escenas claves tiene lugar con la masacre que las tropas zaristas (en concreto, cosacos) realizan en la ciudad de Odessa. En concreto, estamos hablando de la escena de la escalinata, el culmen de las técnicas de montaje de Eisenstein, y que ha sido posteriormente homenajeada en El padrino, Bananas, Brasil, La venganza de los Sith, la tercera entrega de Agárralo como puedas, en dos capítulos de Los Simpson y, sobre todo, en la maravillosa secuencia rodada por Brian de Palma en Los intocables de Elliot Ness. Por cierto, la escalinata todavía puede verse hoy en día en Odessa (Ucrania), y desde 1955 se denomina Escalera Potemkim.

En la cima de su popularidad, Eisenstein viaja a Europa para investigar sobre la reciente tecnología del sonido. Allí, se encuentra con un directivo de la productora Paramount, que le convence de visitar Estados Unidos. Le hace caso, y allí le reciben como un genio artístico. Se cuenta que tuvo lugar una curiosa escena en el despacho de un productor: Eisenstein iba acompañado de un amigo ruso, y cuentan que el productor les preguntó qué les parecían las películas norteamericanas. Por lo visto Eisenstein y su amigo se miraron entre sí, y aunque no dijeron nada, dejaron pasar un lapso lo suficientemente largo como para que nada de lo que explicaran después tuviera la más mínima importancia. Sin embargo, los proyectos de Eisenstein en Estados no florecieron: entre otras cosas, porque ya por aquel entonces comenzaba la paranoia anticomunista en Estados Unidos, y hubo personas que se dedicaron sistemáticamente a denigrar al cineasta nacido en la actual Letonia, a quien le denominaron "perro rojo". Así pues, Eisenstein marchó hacia latitudes donde su arte fuera mejor valorado.

De hecho, no viajó muy lejos: marchó a México, donde trató de rodar la película "¡Que viva México!", ambientada en la revolución de este país. La producción estuvo plagada de problemas: entre otras cosas un terremoto, a partir del cual Eisenstein aprovechó para rodar un corto documental en el que relataba las consecuencias de la tragedia. Además, a Eisenstein llegaron a meterle en la cárcel nada más llegar al país por una confusión que se arregló gracias a un amigo español. Sin embargo, el inconveniente que acabó hiriendo de muerte la película fue que Upton Sinclair (escritor, premio Nobel, hoy olvidado: en parte con justicia, porque aunque sus obras tenían un punto social importante y llegaron a ser proféticas -como con este libro que predecía la aparición de un político muy similar a Donald Trump-, su prosa estaba demasiado supeditada a su mensaje político), quien era a la postre patrocinador de la película, decidió dejar de financiarla. Eisenstein volvió a la Unión Soviética, y aunque Sinclair le dijo que le mandaría el film cuando estuviera terminado, lo cierto es que de las varias versiones que se produjeron, ninguna tuvo la supervisión de Eisenstein, quedando como una película maldita de cuyos males culparía Sinclair a la Unión Soviética.

Conflictos cinematográficos aparte, Eisenstein no resultó inmune de aquel viaje. Desde entonces, Stalin, el todopoderoso dictador soviético, le miró con suspicacia, tras su contacto con las subversivas ideas extranjeras. Era frecuente que hubiera choques entre Eisenstein y las autoridades soviéticas, porque en un régimen que llegó a prohibir la teoría darwinista por considerarla demasiado capitalista, un cineasta como Eisenstein, que a veces se centraba en las figuras individuales en lugar del colectivismo que debía impregnar cada aspecto del arte soviética, se consideraba un verso suelto. Sin embargo, Stalin supo dar buen uso de la capacidad de Eisenstein para sus propias intenciones propagandísticas. De hecho, en mitad de la Segunda Guerra Mundial, durante aquel conflicto ciclópeo que enfrentó a la Unión Soviética con Alemania, Eisenstein realizó la patriótica Iván El Terrible, la cual ensalzaba la capacidad de resistencia rusa contra sus enemigos (y, de paso, ponía en duda el origen de la legitimidad del poder del zar: algo que sin duda no le gustó a Stalin). Sin embargo, como suele ocurrir, después de aquello, si te he visto no me acuerdo: los siguientes capítulos de lo que iba a ser una trilogía alrededor del zar ruso (que Eisenstein pretendía que fueran en color y, en todo caso, compartían la belleza fotográfica de la película original) fueron manipulados por la censura soviética, y Eisenstein nunca consiguió que fuera su montaje el que finalmente viera la luz.

Eisenstein falleció a una edad temprana como consecuencia de un infarto. Aunque después hubo varios cineastas soviéticos notables, ninguno salvo Tarkovsky llegó a igualar su fama como artista. Eisenstein, entre otras cosas, representa el esfuerzo por el que artistas e intelectuales, incluso en la más férrea de las dictaduras, intentan encontrar la forma de expresar sus ideas de la forma más libre posible. Una lección que podrían aprender los palmeros de los pequeños dictatorzuelos que abundan con tanta frecuencia hoy en día.

Nos vemos, nos leemos. Un saludo, y disfrutar de las buenas películas, incluyendo las de Eisenstein.

lunes, 25 de mayo de 2026

La historia real de mayo. Sobre Caravaggio: un crimen, una huida, un perdón y otro problema, en varios cuadros.

Muchos conocéis la figura de Caravaggio: pintor maldito, de vida disoluta, su leyenda negra tiene todo lo que puede alimentar la figura de un artista famoso. Desde una tendencia innata a meterse en líos, con arrebatos ocasionales de locura (a la que, por supuesto, como a todos los pintores, se le ha culpado al plomo de los pigmentos, aunque Caravaggio seguramente ya tenía problemas de base), a sus muy personales criterios artísticos, que le llevaban a usar como modelos a chicos de la calle y a prostitutas para retratar a vírgenes y santos.

Y, por supuesto, una capacidad artística maravillosa. La palabra "claroscuro" no ha significado lo mismo después de él.

Detalle de "La muerte de la virgen", de Caravaggio, la cual lo tiene todo para representar al artista: una modelo de reputación dudosa, una escena muy humana para un tema divino, y un uso espectacular de las luces y las sombras.

Por supuesto, conoceréis que Caravaggio tenía una vida agitada, durante la cual lo mismo le lanzaba una bandeja de alcachofas en la cara a un camarero (que, como única ofensa, le había hablado mal), que aparecía con heridas en la garganta y en la oreja y decía que su origen era que se había caído sobre su propia espada -qué rocambolesca historia real debía de estar ocultando-. Sorprendentemente, sin embargo, a pesar de su carácter impetuoso, y a su tendencia a escandalizar a sus clientes, casi siempre caía de pie. Hasta que tuvo problemas serios el día que mató a un tal Ranuccio Tomassoni -seguramente de manera accidental- a partir de una riña por un partido de tenis (aunque, por supuesto, ese episodio está lleno de dudas: el hecho de que al parecer Caravaggio le cortara el pene a Ranuccio, obviamente, no ayuda). La cosa es que, esta vez, Caravaggio se ha pasado de la raya y se ve obligado a huir. Sin embargo, para nosotros, lo más importante no es el crimen en sí, sino lo que hizo para intentar limpiar su ficha policial.

Lo primero que hizo Caravaggio fue poner tierra de por medio, y marchó a Nápoles, protegido por la familia Colonna. Allí, por supuesto, dio muestras excelsas de su capacidad artística. Sin embargo, a Caravaggio le iba la marcha y estaba deseando volver a Roma, la capital artística y cultural del planeta, entre otros motivos por el mecenazgo del Papa. Y, por ello, urdió un plan para regresar. Aunque, para ello, tenía que viajar otra vez. Y todavía más lejos.

"Siete obras de misericordia" es uno de los cuadros que Caravaggio pintó en Nápoles. Por supuesto, bastó para colocarle en los primeros puestos de los artistas de la ciudad.

Hay que tener en cuenta que, tras la muerte de Ranuccio, aparte de querer matarle los amigos del fallecido, a Caravaggio le quería ejecutar la propia autoridad papal. Y la posible pena que pesaba sobre él era la decapitación. Quizá por eso, Caravaggio se regodeó de manera insistente en cuadros que tenían que ver con este tema. Por ejemplo, parece que le mandó este "Salomé sostiene la cabeza de Juan el Bautista" (en la que la cabeza decapitada tiene la cara de Caravaggio) a Alof de Wignacourt, Gran Maestre de la orden de Malta. Un hombre que iba a ser clave en la estrategia para volver a Roma.


Malta era un estado próspero en la época en que Caravaggio llega a él. Recordemos que los Caballeros de la Orden de Malta son una de las muchas órdenes de monjes-soldado que se crearon en Jerusalén a partir de las cruzadas. Como a los templarios (al menos, por un tiempo), a los caballeros de Malta les fue muy bien y, aunque fueron expulsados de Tierra Santa, se refugiaron luego en Rodas (donde hicieron mucho dinero gracias al apoyo de los estados europeos y, por supuesto, de la piratería), y más tarde en Malta, donde erigieron una lujosa capital que hoy conocemos como La Valeta. La ventaja de los caballeros de Malta es que, a pesar de que en el fondo tenían una ética a medio camino entre los señores feudales y una banda de ladrones, eran muy respetados por la cristiandad, y Caravaggio sabía que ingresar en la Orden le garantizaría el perdón papal. El problema es que Caravaggio no tenía fácil acceder a este rango por sus orígenes humildes, pero ¿es eso un inconveniente cuando tienes el mejor pincel de Italia y quizás del mundo? Eso sí, el Estado de Malta le exigió un pago importante a Caravaggio, el cual, pobre como una rata, era sin embargo rico en talento artístico. Y de ahí que algunas de las más excelsas obras del artista nacido en Milán se encuentren en este archipiélago.
"San Jerónimo escribiendo", uno de los cuadros de Caravaggio en Malta.

Quizá la obra más conocida de este período -aparte de muchos retratos de miembros de la Orden- es "La decapitación de Juan el Bautista" (volvemos al tema de las decapitaciones), el cual, además, tiene una particularidad: es el único cuadro firmado por Caravaggio. Lo curioso es que lo rubrica, macabramente, a partir de la sangre que cae de la cabeza cercenada, pero tiene motivos para poner su nombre allí: firma como F Michelangelo; Michelangelo es su nombre de pila y F (abreviatura de fra) viene de fratelli o hermano, pues le habían nombrado miembro de la Orden de Malta. En realidad, caballero de la Obediencia Magistral, lo máximo a lo que podía aspirar sin ser de noble cuna: pero era bastante, porque resultaba suficiente para garantizarle el perdón papal y el regreso a Roma.

"La decapitación de San Juan Bautista" se exhibe hoy en un lugar destacado en la catedral de Malta; la firma es visible, si ampliáis mucho la imagen, en la parte de abajo del cuadro.

Sin embargo, como os podéis figurar, y tratándose de Caravaggio, tanta buena fortuna no podía durar. En una nueva reyerta a cuento de nada, nuestro protagonista la lía parda. Hay dudas sobre qué pasó, aunque algunos dicen que hirió a uno de los miembros de la Orden, Asti Giovanni Rodomonte Roero, el cual además poseía un rango superior al suyo. Entonces, la Orden intentó algo que, en teoría, no se podía hacer: tratar de retirarle el cargo a Caravaggio (después de un juicio que, probablemente tuvo lugar delante de "La decapitación a San Juan Bautista"), como "miembro fétido y pútrido", por haber cometido un crimen tan execrable que les costaba nombrarlo en los documentos oficiales. Lo encerraron, pero Caravaggio (que debía de tener amigos en todas partes, sobre todo entre los que tenían las llaves de las celdas) se escapó, seguramente de nuevo bajo la protección de la familia Colonna, y volvió a su agitado peregrinar por el mundo.


"Madonna di Loretto", otro de los cuadros de Caravaggio donde la Virgen es representada por una modelo que en la vida real era una prostituta, y que tiene una cara de "qué cansada estoy de todo", como si se hubiera enterado de la última liada de Caravaggio.

Por supuesto, las andanzas de Caravaggio no se acabaron allí. Intentó de nuevo que el Papa le perdonara, y así a lo mejor se explica que le mandara al cardenal Borghese, sobrino del Pontífice, un nuevo cuadro de una decapitación, esta vez de David con la cabeza de Goliath: hay quien dice que es una forma original de reírse del asunto, y otros que es un regalo de agradecimiento al cardenal por mediar en la absolución papal, con un poco de retranca "caravaggiana". En todo caso, al artista le permiten que vuelva a Roma, pero, como muchos sabéis, fallecerá en extrañas circunstancias en el trayecto. Las historias de Caravaggio, en efecto, no suelen acabar bien.
Así que, si viajáis a Malta (un lugar estupendo, con un gran patrimonio natural y cultural, sobre todo desde el punto de vista prehistórico), yo os aconsejo que le echéis un ojo al "San Jerónimo escribiendo" y "La decapitación de San Juan Bautista" en la catedral, y que también paseéis por las calles de La Valeta, pensando en que Caravaggio seguramente se sentía a gusto ahí, aunque siendo muy consciente de que aquel no era su lugar, sino que, en algún momento, debía volver a casa. Que es lo que piensan casi todos los turistas al final de cualquier viaje. Nos vemos, nos leemos. Un saludo.

miércoles, 1 de abril de 2026

El libro y la historia real de abril: "La isla de los ciegos al color", y una reflexión sobre Oliver Sacks y el oficio de divulgador

Hoy os voy a recomendar un libro, y después os voy a advertir algo sobre el autor. Uno podría pensar que la segunda parte es incompatible con la primera, pero eso os lo voy a dejar decidir a vosotros. Me parece que es la mejor manera de contar esta historia, pues refleja dos visiones diferentes que hemos recibido los lectores por separado. Y, en muchos sentidos, reflejan cronológicamente la sensación que hemos tenido al conocerlas. Dicho esto, preparad los cinturones, que allá vamos.

Muchos conocieron a Oliver Sacks por la película Despertares, basada en uno de los casos clínicos más relevantes de su carrera; otros, por su libro (uno de muchos) "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", en el cual nos describía algunos pacientes neurológicos con afecciones sorprendentes y extraordinarias. "La isla de los ciegos al color" va un paso más allá, pues combina muchas de las pasiones de Sacks, un hombre con múltiples intereses y biografía llamativa, y demuestra que es un divulgador todoterreno y cautivador. El punto de partida de este ensayo es el sueño de casi cualquier médico: pacientes de una rara afección genética (acromatópsicos, es decir, "ciegos al color", para los cuales el mundo es una escala de grises) que abundan en una alta proporción en una isla aislada del Pacífco, lo cual da lugar a toda clase de implicaciones médicas, personales y sociales. Sacks acude allí con varios colegas atraídos por el tema, y se deja seducir por el encanto de las islas remotas, un tema que le chifla desde niño. De ahí, la segunda parte del libro viaja a Guam, que también es una isla perdida, y donde asimismo existe una extraña dolencia neurológica, el lytico-bodig, pero en esta ocasión, su causa es desconocida. De hecho, el intento de averiguar su causa convierte a esta sección del texto en casi una novela de detectives, en la cual uno de los sospechosos más prometedores son las cicas, un extraño tipo de plantas que, por supuesto, también encandila a Oliver Sacks, quien en la tercera parte del libro despliega toda su faceta de amante de la botánica y se explaya con el paraíso exuberante que las cicas poseen en la isla de Rota.

Lo que cuenta Sacks es subyugante, y se halla salpicado de episodios médicos tan atrayentes clínicamente como humanamente conmovedores. Pero lo más impactante del libro son las disgresiones: el propio Sacks confiesa que empezó a meter tantas de ellas que el ensayo estaba multiplicando varias veces su tamaño inicial. Al final, lo solucionarion con unas notas al final del volumen que ocupan casi un tercio del texto, pero que no sobran en absoluto porque son extremadamente sugerentes: lo mismo te habla de la biografía de un investigador que de la clasificación de todo un género de plantas, de la historia (geológica, natural, cronológica) de un país, o de la sensación de los científicos al trabajar con períodos de millones de años. Porque Oliver Sacks es un polímata, y en este libro ha tenido la oportunidad de explayarse con algunas de sus obsesiones, pero, sobre todo, de darle salida a sus múltiples inquietudes, y el lector aficionado al conocimiento lo agradece. Después de terminar el libro, tendréis ganas de viajar, de leer, de conocer gente con vidas sugerentes y, sobre todo, de experimentar la vida a tope: y seguro que Oliver Sacks estaría muy de acuerdo con ello.

Hasta aquí, la reseña del libro. Ahora, sin embargo, llega la parte de la historia real, con cierto componente de opinión. Muchos sabréis que, recientemente, se han puesto muy en duda varios libros de Oliver Sacks ya que, a raíz de ciertos diarios, se ha revelado que algunos de los hechos que describía en sus casos clínicos eran exageraciones, cuando no directamente invenciones. Hay mucho debate sobre este asunto, y no sé hasta qué punto "La isla de los ciegos al color" se ve afectado por esto. Algunos médicos indican que las "invenciones" de Sacks eran compatibles con la clínica de otros pacientes, y que por tanto no comprometen la veracidad de sus textos. A uno le entran ganas de compararlo con el periodista Kapuscinski (también muy cuestionado respecto a ciertos relatos), quien más o menos deslizaba que podía justificarse que se narraran en primera personas hechos que no se habían visto directamente, pero que el autor sabía que ocurrían: sería una forma de "mentir para contar la verdad", que tendría cierta lógica en el caso de Kapuscinski, quien retransmitía conflictos tercermundistas olvidados donde se trataba de atraer la atención del público. Sin embargo, la delgada línea entre "hacer más brillante una historia para darle relevancia" y "tergiversarla para ganar relevancia como divulgador o influencer" es muy fina, y hoy, a principios del siglo XXI, sabemos el daño que hacen los bulos. Por eso, creo que los divulgadores actuales tenemos que aprender de los errores o zonas grises de nuestros maestros (ya sea Sacks, Kapuscinski o Cousteau -cuyos métodos hoy en día no nos parecería muy ecologistas-) y entender que hay que ser sincero con lo que uno cuenta, y que si se pretende hacer autoficción o un texto vagamente "basado en hechos reales" (de la misma manera en que lo hace el cine), siempre debes advertir sobre ello. La verdad es nuestra mejor arma y, si la perdemos, no ganaremos la guerra. Al fin y al cabo, en los inicios de todas las profesiones -ya sea la arqueología, la medicina o el derecho- se desarrolaban prácticas que hoy no se consideran aceptables, y actualmente no hacemos las cosas del mismo modo que nuestro predecesores. Dicho esto, nada de lo que he leído en otros lados me indica que "La isla de los ciegos al color" contega falsedades (y, en todo caso, Sacks no está vivo para recibir los réditos del libro, ni para defenderse de ninguna acusación que vertamos sobre él), así que yo recomiendo el texto con todas las notas, peros, astericos o salvedades que queráis ponerle. A partir de ahí, por supuesto, será el lector el que tenga que juzgar, sobre esto como sobre todo lo demás. Dicha esta parrafada, me despido, deseándoos buena semana y buenos libros.

domingo, 1 de marzo de 2026

El libro y la historia real de marzo: "El curioso caso de Mary Mallon", o la historia de Mary la Tifoidea


El caso de Mary Mallon es relativamente conocido en la profesión médica. A principios del siglo XX, en la ciudad de Nueva York, se encontró a una mujer que era portadora asintomática de la fiebre tifoidea, una enfermedad transmitida sobre todo a través de la comida cruda. La fiebre tifoidea, en aquella época, era muy mortífera, y no existía ninguna clase de tratamiento. Mary Mallon -a partir de entonces, apodada por la prensa con el peyorativo nombre de "Mary la tifoidea"- trabajaba como cocinera, con lo cual ella, sin sentirse afectada por la enfermedad, estaba transmitiéndola a las personas a quienes servía a partir de aquellos alimentos que no se cocinaban mediante altas temperaturas. Se dice que Mary Mallon llegó a transmitir la bacteria letal a 30 personas, de las cuales murieron 3. La cuestión que se plantea, de cara sobre todo a la clase médica, es que tuvieron que prohibir ejercer su profesión (y, eventualmente, ante la falta de colaboración, encerrar de por vida) a una mujer que en realidad no era culpable de ningún crimen, pues nadie le había acusado de provocar las muertes a propósito. Y, sin embargo, se la castigó con un régimen similar al de los condenados por asesinato. Desde luego, el dilema ético es apasionante.

Anthony Bourdain, el célebre cocinero que se convirtió en escritor sobre gastronomía (con una biografía personal también muy turbulenta), decide escribir sobre este caso. Y se pone de parte de Mary. Por muchos motivos bien justificados. Se dice que Mary no era muy colaborativa, pero pensad que estamos hablando de una mujer de origen irlandesa y orígenes humildes -en una época donde el clasismo, la xenofobia y el machismo campaban a sus anchas- que de repente es acusada por los médicos de ser poco menos que una asesina, una transmisora de muerte con patas, una mujer sucia y que no se lava adecuadamente las manos. En ese sentido, es normal que Mary lo negara todo y no quisiera hablar con los sanitarios. Bourdain, además, habla desde su experiencia como cocinero: teoriza sobre lo duro que sería para Mary dejar de ejercer su profesión, tanto a nivel económico como de autoestima personal, y toma partido por todos aquellos profesionales de la gastronomía que han acabado tan hartos de su profesión que en buena parte descuidan hasta la parte de la higiene. (Un inciso respecto a esto: hay un debate que Bourdain no llega a zanjar sobre si Mary se lavaba suficientemente las manos al cocinar. Este debate es muy difícil de resolver por varios motivos: 1) la poca disposición a hablar por parte de Mary, que desconfiaba de los médicos; 2) el debate eterno: ¿qué es lavarse bien las manos?; porque a todo el mundo le parece que se las lava lo suficiente; 3) lo difícil que hubiera sido hacer experimentos sobre este asunto. Mi teoría, a partir de lo que he leído del libro y de lo que sé como licenciado en medicina, es que seguramente Mary hacía bien su trabajo, porque, si no, los brotes por fiebre tifoidea hubieran sido mucho más frecuentes. Lo que pasa es que todo el mundo sabe -y más desde la epidemia de COVID- lo complicado que es lavarse exhaustivamente bien las manos todas las veces que se requiere, y que siempre hay fallos que, en un individuo normal, no se notan. Pero que, en una persona portadora de la enfermedad, pueden desencadenar el desastre).

Bourdain se muestra empático. Además, trata de rastrear, a pesar de la escasa documentación disponible, todo lo que sabemos sobre Mary, y e intenta que nos hagamos una idea de su contexto y sus condicionantes. Como digo, toma partido por Mary, y quizá le coge algo de inquina a los médicos, pero creo que en este caso, más que culpables, sobre todo hay víctimas: víctimas de la falta de desarrollo de la medicina hasta entonces, víctimas de una enfermedad que aún hoy causa numerosos muertos, víctimas de la falta de antibióticos. Es una historia que conviene recordar hoy en día, cuando tenemos vacuna contra la fiebre tifoidea, una que nos salva la vida a diario, a nosotros y a las personas de nuestro entorno. Conviene, pues, leer este interesante libro y no olvidar este caso, para que no volvamos a aquellos tiempos en que ocurrían desgraciados casos como el de Mary Mallon.

lunes, 16 de febrero de 2026

El documental y la historia real de febrero: la vida del estafador, "espía" y "rey de Andorra", Boris Skossyreff

Hoy nos vamos a meter con las andanzas de un personaje singular. Un hombre del que quizá hayáis oído hablar alguna vez, pero, ¿de cuál de sus versiones?¿De la que describen los archivos, de la que otros contaron de oídas, o de la boca de él mismo, con una realidad fluida y cambiante? Boris Skossyreff, según a quién le preguntas, fue espía, agente nazi, aristócrata, estafador y hasta, durante 10 días, rey de Andorra. A lo largo de los años, diversos artículos han tratado de contar su vida, de forma no siempre correcta, porque él mismo se encargó de enterrar ciertos hechos, y de destacar en cambio otros que nunca tuvieron lugar. El reciente documental "Boris Skossyreff. El estafador que fue rey" (hoy en Filmin), que cuenta con la peculiaridad de aportar numerosos testimonios, incluyendo de personas que le conocieron y de altas personalidades andorranas, viene a aportar algo de luz sobre el asunto, aunque seguramente también podáis encontrar varios libros muy completos sobre el tema.

El punto de partida es aparentemente sencillo: Boris había nacido en 1896, y su familia formaba parte de la pequeña nobleza rusa. El problema fue que llegó la revolución bolchevique, y se vio obligado a exiliarse. Boris tenía bien claro que era de origen noble, y que quería seguir manteniendo ese modo de vida y ese estatus: no le apetecía trabajar, era muy bueno para los idiomas, pero sobre todo, tenía una labia por la que era capaz de convencer a casi cualquiera de cualquier cosa. Así que Boris empezó a vagar por media Europa otorgándose títulos y cargos (auténticos o no) y extendiendo cheques sin fondos. Se pasea elegantemente trajeado, con gustos caros, modales de bon vivant, y un permanente monóculo en el ojo. Es particularmente seductor con las mujeres, lo cual le aporta buena parte de su éxito. De vez en cuando, le quitan la careta, pero breves estancias de cárcel o la huida a otra parte le solventan el asunto. El documental detalla cómo Boris es capaz de aprovecharse de los errores y los detalles del sistema para jugar con sus pasaportes y conseguir que la realidad siempre parezca más bonita que la que es.

Luego viaja a Mallorca: se codea con millonarios, coquetea con las drogas, establece relaciones. Probablemente allí tiene su primer contacto para los servicios de espionaje alemán. A pesar de todo lo que Boris exageraría a posteriori su labor (llegó a decir que descubrió el secreto de la bomba atómica aliada en Yalta, y que fue a advertírselo a Hitler al búnker, lo cual le condujo al suicidio), probablemente su aportación fue bastante discreta. Lo sorprendente es que, parece ser, le apoyaron en sus planes para Andorra. Boris tenía una idea visionaria para el principado (todavía hoy, co-dirigido por turnos entre el obispo español de Urgell y el presidente de la República Francesa): pretendía crear un casino, una estación de esquí, y un sistema financiero similar al paraíso fiscal suizo. Todas ellas ideas que se harían realidad en las décadas siguientes, pero que Boris quería acelerar, colocándose a él mismo como rey.

En Andorra, adonde viaja con un par de sus amantes, al principio le toleran, pero al final le mandan a paseo por sus excesos (su comportamiento es errático, llegando a la violencia en ocasiones). Es entonces, desde su "exilio" en L a Seo de Urgell, donde monta un entramado mediático durante el cual consigue que periódicos europeos y norteamericanos se interesen por su reclamación al trono de Andorra. Hay que reconocer que se lo trabaja: se autoproclama rey, redacta una Constitución, y hasta declara la guerra (una en la que no se dispara un solo tiro) al obispo de Urgell. El documental es particularmente gracioso cuando habla de los otros aspirantes a ese hipotético trono, y también se empeña en desmentir un mito que yo mismo había leído en algún artículo: es falso que dos guardias civiles entraran en Andorra para deponerle después de 10 días como rey, en lo que se supone que es la única invasión que Andorra ha sufrido desde España. La realidad es más prosaica, como suele pasar con Boris: la guardia civil le detuvo en La Seo de Urgell y, después de varias carambolas, le expulsa a Portugal.

Desde entonces, las andanzas de Boris se vuelven bastante penosas. Viaja a Francia, pero justo estalla la Segunda Guerra Mundial, y al aristócrata ruso caído en desgracia le internan en un campo de prisioneros para extranjeros. Es entonces cuando utiliza su labia y su dominio de los idiomas para trabajar para los nazis como traductor, incluso yendo a parar al frente ruso. No queda claro si Boris llegó a ser sinceramente nazi (está claro que racista era, pero eso casa con el resto de su carácter) o si sólo fue una escalada más en su incansable promoción de sí mismo. En un extraño movimiento, pasa a la zona soviética, donde sus mentiras no surten el efecto deseado y le condenan a un gulag. Hay que decir que Boris, incluso encerrado, era inasequible al desaliento: en los campos de prisioneros más suaves, conseguía que le excluyeran de trabajar o de comer con los otros presos, logrando que le llevaran a restaurantes "por su condición médica". E, incluso, cuando la cosa se pone más dura y le fuerzan a doblar el lomo, no tiene inconveniente en mantener puesto el traje mientras cava con una pala o limpia letrinas. Un noble ante todo, como trataría de recordarse a sí mismo. En ese sentido, las fotografías reales y las teatralizaciones de la realidad efectuadas en el documental generan visiones impagables.

Boris se ve favorecido por los acuerdos de reconciliación entre la Unión Soviética y Alemania y, a partir de 1956, vive en Alemania. La última parte de su vida tampoco tiene desperdicio: romances aparentemente imposibles con mujeres (a veces misteriosas) que le protegen, exageración de sus hazanas pasadas (con publicación de su bastante "creativa" autobiografía incluida), y una capacidad incansable de que su propia realidad, independiente de la del resto del mundo, flotara por encima de los hechos. Como os digo, es otro aspecto más por el que bucear en este documental. Sobre todo si os pasa como a mí, que cada vez que leo algo nuevo sobre este individuo lo tengo que devorar, porque nunca sabes del todo la verdad, y ni un ápice tiene desperdicio.

Boris corresponde a ese tipo humano tan abundante que hemos visto en otras ocasiones: mentirosos patológicos, gente que se cree sus propios embustes, y que consigue movilizar al mundo alrededor de ellos. Muy tóxicos en la vida real, gente de la que debes mantenerte alejado en tu día a día, pero muy simpáticos cuando lees sobre ellos en la ficción o en los textos históricos. Villanos encantadores. Y hay que decir que, en ese sentido, Boris era particularmente un maestro.

Posdata: uno puede preguntar qué demonios pintaba Andorra en la Segunda Guerra Mundial, y por qué iba a interesarse Alemania por un país tan pequeño. Andorra, precisamente por sus características fronterizas, constituía un punto clave, ya fuera para el contrabando, el tráfico de divisas, o el tránsito de personas, y tiene una turbulenta historia de espionaje e infiltración durante esta época. En realidad, cualquier movimiento que sirviera para desestabilizar a Francia se consideraba bienvenido en Alemania, así que no es extraño que favorecieran, a cambio de un presupuesto mínimo, iniciativas como la de Skossyreff, que promovían la independencia de Andorra. De hecho, gente que por aquella época buscaba una mayor autonomía del co-principado ha sido acusada, con razón o sin ella, de trabajar para los germanos. Eso sí, hay que recordar que Andorra fue también una importante ruta de evasión de quienes huían de la Europa nazi. Porque ante cada fascismo existe siempre su resistencia que precipita su final: nunca olvidemos eso.

lunes, 19 de enero de 2026

La historia real de enero: los náufragos olvidados de Tromelin

Es posible que hayáis leído esta historia en más de un sitio, como me ha ocurrido a mí, pues el relato de cómo sesenta esclavos africanos son abandonados en una isla desierta sin apenas recursos ni agua potable durante quince años es como para conmover a cualquiera. Pero cada una de esas narraciones carece de una parte interesante de la crónica completa, así que he decidido plasmar la versión que considero más completa por aquí, en un blog que, al fin y al cabo, es sobre todo para divertirnos, aunque sea mediante un acontecimiento tan ominoso.

Ubicación de la isla de Tromelin (según Google Maps).

Nuestra historia tiene lugar en la isla de Tromelin, que pertenece al grupo denominado "las islas dispersas del Oceano Índico", un grupo de islas en su mayoría deshabitadas (Tromelin es la excepción) situadas entre Madagascar y África que, aún hoy, pertenecen a Francia. Tromelín -la cual, en concreto, está situada al este de Madagascar- es bastante pequeña: el tamaño es de alrededor de 1700 metros de largo (algunas fuentes lo amplían a 4 km; de todos modos, ya sabéis que es fácil que la extensión de estas islas cambie según los ciclos de marea) por 700 de ancho. Durante mucho tiempo estuvo poblada principalmente por meteorólogos, pero ahora sólo existe una guarnición de 15 soldados que la protegen. Eso sí, en la época que nos ocupa no habitaba nadie allí, y de hecho, ni siquiera se llamaba Tromelín, sino Île des Sables (isla de arena) porque, bueno, allí no hay mucho más, la verdad. Y ése iba a ser uno de los grandes problemas.

Isla de Tromelin. Fotografía de la NASA, extraída de Wikicommons.

En 1760, parte del puerto de Bayona (Francia) el barco L'Utile, que debía dirigirse a las factorías francesas en la India, previo paso por la isla Mauricio y, antes por Madagascar, con una tripulación de 142 hombres. Pero, en esta última isla, el capitán Jean de la Fargue decide hacer un negocio adicional y comprar 160 esclavos. El problema no es que adquiriera esclavos (porque en aquella época, estaba permitido en buena parte del mundo), sino que en Francia éste era un negocio que era monopolio del estado, así que, propiamente, aquel acto era ilegal, ya que carecían de los permisos apropiados. Por eso, para que no les detecten, el capitán decide ir por una ruta alternativa a la tradicional: la tragedia reside en que tenían dos cartas marítimas contradictorias, hacía mal tiempo (era invierno en ese hemisferio), y la navegación nocturna en aquella era no era una ciencia exacta, así que acabaron embarrancando con los arrecifes de Tromelin y el barco se fue a pique.

En un primer momento, la mayoría sobrevive. Las cifras de las distintas fuentes varían (entre 0 y 20 fallecidos en la tripulación, entre 70 y 100 entre los africanos), pero la clave aquí fue que, como el L'Utile no era un barco de esclavos, éstos no iban encadenados, y los que no estaban encerrados en la bodega pudieron nadar hacia la orilla. Claro que cabría preguntarse quiénes lo iban a pasar peor.

Como consecuencia del naufragio, el capitán pierde la cabeza, y es el segundo de a bordo, Barthelemy Castellan du Vernet, quien se hace cargo de la organización para la supervivencia. Sacan todo lo que pueden del barco hundido (comida y agua, velas, madera del propio navío) y crean dos campamentos -uno para la tripulación y otro para los esclavos, que para todo hay clases-, una fragua, un horno y un pozo. Es sorprendente que los africanos colaboren activamente en todas estas labores, a pesar de que los suministros los gestiona la tripulación, mientras que los esclavos se tienen que buscar la vida (de hecho, parece que 20 de ellos murieron por falta de agua). Entre todos, sobreviven comiendo tortugas, aves marinas y pescado. Además, construyen un barco para salir de allí; lo terminarán en septiembre de 1761, lo bautizarán como Providencia, y en él se embarcarán los miembros de la tripulación, dejando a unos 60 esclavos de origen malgache abandonados a su suerte. Eso sí, les prometen que van a regresar para salvarles; la gran motivación que encontró Castellan para que los africanos trabajaran en la construcción del bajel fue ese juramento, y también que les firmaba un escrito que les liberaba de la esclavitud cuando volvieran a tierra. Queda a vuestro parecer imaginaros la cara de esos esclavos, y si reflejaban escepticismo ante la posibilidad de cumplimiento de esa promesa.

Cuando llegan a Mauricio (entonces llamada "Isla de Francia"), es verdad que la tripulación le pide al gobernador de la isla que mande un barco de rescate, pero éste se niega por tres motivos: 1) le había molestado mucho que compraran esclavos de manera ilegal, y quería castigar a los marineros de L'Utile -fastidiando con ello a los náufragos malgaches: todo un clásico-; 2) adujo que estaban en medio de la Guerra de los Siete Años con Inglaterra, que no podía prescindir de un barco en un momento como aquel, y que, si rescataba a los africanos, eso suponía 60 bocas más que alimentar en tiempo de guerra; 3) aunque no lo dijo abiertamente, el hecho de que fueran africanos negros algo debió de pesar. Castellan insistió activamente en que debían mandar un barco, e incluso parece que trató de organizar varias expediciones de rescate, pero ninguna de ellas fructificó (según una fuente, llegó a mandar hasta tres barcos, pero las cartas náuticas eran tan malas que nunca conseguían localizar la isla). Al final, Castellan marchó a París, donde siguió insistiendo en su petición, lo cual generó cierto debate entre los círculos intelectuales de la capital. No obstante, las preocupaciones de la Guerra de los Siete Años (y el hecho de que quebrara la Compañía Francesa de las Indias Orientales, propietaria de L'Utile) hicieron que los franceses se olvidaran de esos pobres individuos perdidos en una isla situada a 450 km de la tierra habitada más próxima. Prácticamente todos les dieron por muertos; pero los más afortunados (es un decir) sobrevivieron allí hasta 15 años.

En la isla, como hemos dicho, no había prácticamente nada: de hecho, sólo crecían 2 ó 3 árboles (palmeras y cocoteros) y unos cuantos arbustos. Pero entre eso y la madera que les quedaba del barco, los esclavos construyeron una hoguera se mantuvo encendida de manera ininterrumpida todo el tiempo que estuvieron allí -aunque las evidencias arqueológicas dicen que utilizaron herramientas para reavivarlo-. Emplearon elementos de cobre del barco para construir recipientes con los que recoger el agua de lluvia; y entre los corales y las piedras de la arena crearon refugios en los que protegerse de las inclemencias del tiempo y los ciclones, o de las inundaciones que podían llegar a cubrir toda la isla. Hay que decir que estos malgaches eran de la parte central de la isla de Madagascar, así que no eran precisamente duchos en el arte de sobrevivir mediante recursos costeros: pero cazaron tortugas, aves y pescado para alimentarse, trenzaron plumas de pájaros para vestirse, e incluso renunciaron a sus principios religiosos (que les impedían usar piedras para ninguna otra cosa que no fueran tumbas) porque, cuando se trata de sobrevivir, hay que mostrar cierta flexibilidad. Algunos intentaron construir balsas o incluso se dejaron llevar por maderos a la deriva: ya os podéis figurar cuál fue su destino.

Entre tanto, tres fueron las veces que pasaron navíos cerca de la isla. La primera, un barco que pasó en 1773, los avistó, pero no se detuvo, aunque avisó a las autoridades de que allí había gente, así que enviaron un buque que por lo visto no llegó a a isla, y no se hizo mucho más. Más de un año después, se fletó un segundo barco, La Sauterelle, que no pudo aproximarse tampoco a Tromelin por el mal estado de la mar, pero mandó un marino en un bote. El bote quedó destrozado por las olas, y aunque el marinero logró llegar a la isla a nado, La Sauterelle fue definitivamente incapaz de acercarse, con lo cual la isla contaba ahora con un náufrago más. No sabemos cuánta gente quedaba por allí todavía (por lo visto, la mayoría de los esclavos murieron durante los primeros meses), pero el marinero consiguió que le ayudaran a construir una balsa, y él, junto con otros tres hombres y mujeres, partió a la mar. Sorprendentemente, parece que el barco llegó hasta Mauricio, lo que causó gran sensación, e hizo que se fletara con toda la rapidez posible un barco de guerra para el rescate definitivo.

Al mando de este barco, La Dauphine, iba Bernard Boudin de Tromelin (a partir de entonces, la isla lleva su nombre), que encontró a los supervivientes: aunque la fuente más completa dice que fueron hasta 14, la mayoría dicen que eran 8, 7 de ellas mujeres, y un bebé de 8 meses nacido en la isla, el único en toda su historia. Se les llevó a Mauricio, donde el nuevo gobernador decretó su libertad y les dio la posibilidad de regresar a Madagascar, que todas las supervivientes declinaron. Además, el gobernador, Jacques Maillart, adoptó al bebé, al que puso de nombre Jacques Moyse (por Moisés, "rescatado de entre las aguas"); a la madre del mismo -llamada en malgache Semiavou, "alguien que no está orgulloso"- le cambió el nombre a Eva; y a la abuela, Dauphine, por el nombre del barco de rescate. Toda la familia fue acogida en casa de Maillart durante el resto de sus vidas.

El caso de Tromelin tuvo sus consecuencias. El pensador Nicolás de Condorcet utilizó el ejemplo de estos malgaches en sus "Reflexiones sobre la esclavitud de los negros" para promover la abolición de la esclavitud, que se lograría con la Revolución Francesa (aunque Napoleón la volvió a imponer en cierto momento; fue ya avanzado el siglo XIX cuando se abolió en todos los territorios franceses). Por otra parte, en la isla de Tromelin -donde ahora hay una estación meteorológica y una pista de aterrizaje- ha habido hasta cuatro expediciones arqueológicas promovidas por la UNESCO para tratar de descubrir a fondo lo que ocurrió durante esos 15 años: han encontrado, entre otros objetos, el diario de un tripulante, útiles de cocina (y la cocina), una piedra usada para afilar los cuchillos, algunas tumbas, y, en fin, la firme demostración de que la voluntad del ser humano para sobrevivir se obstina en mantenerse viva a pesar de las visicitudes.

Fotografía de Lauren Ransan mostrando restos arqueológicos encontrados en la isla. Extraída de Wikicommons.

En fin, como veis, una historia apasionante, de las que evoca el espíritu aventurero. Aunque espero que, si alguna vez tenéis la ocasión de visitar esa zona, sea en mejores circunstancias.

lunes, 15 de diciembre de 2025

La historia real de diciembre: Maximiliano y Carlota

Sobre esta historia se han escrito libros, se han hecho películas y, si las plataformas digitales son un poco listas, harán una serie de televisión, porque hay material para contar largo y tendido. Pero digamos que me he ido a tropezar con ella en mi visita a Trieste, y tenía que compartirlo con vosotros. Así que, aunque seguramente la mía no es la versión mejor elaborada ni más completa, aquí os dejo mi visión de lo que les aconteció a Maximiliano de México y su esposa Carlota.

Unos jóvenes Maximiliano y Carlota, retratados por el fotógrafo Louis-Joseph Ghémar

El palacio de Miramar es un lugar curioso. Tiene una larga tradición de gafe. Para empezar, se encuentra en un bucólico asentamiento pegado al mar (todas las habitaciones tienen vista al Adriático) y relativamente cerca de Trieste, la menos italiana de las ciudades de este país: una urbe que alcanzó su apogeo cuando era el único puerto del Imperio Austrohúngaro, pero que, ahora, es una más entre las ciudades costeras transalpinas, y echa de menos los tiempos de su dorado esplendor. Pero es que, además, Miramar tiene la leyenda de tratar mal a los que pernoctan entre sus muros. Así, Jan Morris describe en "Trieste o el sentido de ninguna parte": "La emperatriz Isabel de Baviera [Sissí emperatriz], consorte de Francisco José, se hospedó allí con frecuencia y terminó muriendo apuñalada en Ginebra. Carlota [sí, esa misma Carlota; luego hablaremos de eso] vivió allí brevemente y al final perdió la cabeza. El káiser alemán Guillermo II se quedó allí en una ocasión y muy poco después tuvo que renunciar a su trono. El primer rey de Albania pasó allí unas cuantas noches y su trono tan sólo duró seis meses. El duque de Aosta zarpó desde Miramare para convertirse en el virrey italiano en Etiopía y jamás regresó a Italia [murió de malaria y tuberculosis en una cárcel de Nairobi]. Cuando el general británico Freyberg escogió este emplazamiento como cuartel general al término de la Segunda Guerra Mundial, optó por ir sobre seguro y durmió en el jardín; pero uno de sus sucesores estadounidenses desafió a la superstición y murió en Corea, y otro falleció en un accidente de coche a su vuelta a Trieste desde los Estados Unidos".

Vista del palacio de Miramar (Miramare en italiano) en Trieste. Fotografía del autor.

Pero, sin duda, la peor fama de gafe le viene a Trieste de su habitante más ilustre, Maximiliano de Habsburgo. Maximiliano estaba destinado a ser uno más de los herederos de la casa de Hagsburgo que pululaban parasitando del Imperio Austro-Húngaro, una amalgama de naciones mezcladas a disgusto, que reventó del todo tras la Primera Guerra Mundial. De hecho, Maximiliano era el hermano menor de Francisco José (sí, el simpático emperador de las patillas que todo el mundo asocia con los últimos días de esplendor del Impero en Viena; sí, el marido de Sissí, quien se lo robó a su hermana, por cierto), y le tocó ser virrey del reino de Lombardía-Véneto. Pero como los italianos (qué raro) no estaban conformes con formar parte del Imperio Austro-Húngaro, se rebelaron, y al ser considerado Maximiliano muy blando frente a sus súbditos, se vio obligado a dimitir, después de haber comprobado cómo, a pesar de sus esfuerzos por mejorar la vida de los habitantes de su reino, ni estos últimos le apreciaban, ni tampoco su familia, que básicamente le permitió únicamente ejercer un ingrato papel de rey-títere.

Fue entonces cuando Maximiliano se refugió en los viajes, en Carlota y en el palacio de Miramar, donde residía. Con Carlota se había casado un tiempo antes, y ella -mujer de múltiples intereses, incluyendo bastante habilidad con la pintura- le había intentado ayudar en las tareas de gobierno (como toda una primera dama, se había vestido de campesina tirolesa como iniciativa para congraciarse con la región de Lombardía-Véneto). El príncipe austríaco compartía con su esposa la pasión por la botánica, que ambos cultivaron en su inmenso jardín en la finca de Miramar, palacio perennemente en construcción. De hecho, si a Maximiliano le hubieran dejado, probablemente hubiera sido feliz desarrollando su biblioteca sobre plantas, una de las mejor surtidas de la época. Hasta viajó a Brasil en expediciones que tenían como función ampliar su conocimiento y conocer nuevos ejemplares exóticos. Sin embargo, Maximiliano y su mujer ambicionaban un papel más activo en la política y, como suele decirse, cuando los dioses quieren reírse de ti, se dedican a atender tus peticiones.

Biblioteca del palacio de Miramar.

En México, las cosas andaban revueltas desde que habían decidido independizarse de los españoles. El país se hallaba sometido a constantes guerras civiles. En medio de todo esto, Napoleón III, emperador de Francia (por si os lo preguntáis, era heredero de Napoleón Bonaparte, aunque en realidad sólo eran familia política; cómo llegó a tener trono en el país galo es una larga historia), ve que México acumula demasiada deuda con Francia y decide que la mejor manera de cobrársela es intervenir militarmente y apropiarse del país. En medio de los enfrentamientos intestinos entre facciones, los conservadores mexicanos se alían con él (no así los liberales, centrados alrededor de la figura de Benito Juárez). Así que, aunque Napoleón III tiene un país en guerra, decide que al frente tiene que poner un rey. Y no se le ocurre mejor candidato que Maximiliano, al que ha conocido personalmente y del cual admira sus cualidades.

Para la pareja, es el destino que han estado buscando. No tienen en cuenta su experiencia previa con súbditos que no se sienten representados por gobernantes extranjeros, ni con lo difícil que es controlar un país cuando tu poder depende completamente de lo que te proporcionen otros. Desdeñan los posibles inconvenientes que se van a encontrar. Cuando llega la embajada mexicana, ésta les explica que la nación está entusiasmada con la posibilidad de que Maximiliano sea su rey, y que le aclamarán sin duda al llegar al país (sin revelar que la figura de Maximiliano apenas la conocen unos pocos mexicanos), así que el matrimonio se deja seducir por los cantos de sirena. Maximiliano exige que, en algún momento, su posición se respalde con un referéndum popular, aparte de garantías financieras y militares; la embajada, por supuesto, se pliega y dice a todo que sí, con esa doblez característica del lenguaje de los embajadores. Así, los nuevos consortes reales parten del castillo de Miramar, que como pareja nunca llegarán a ver terminado del todo, y se embarcan hacia la aventura. Atrás quedarán las paredes del palacio, tapizadas con el lema "Equidad en la Justicia", el emblema de Maximiliano como emperador de México, y con varios cuadros que representan la historia de la embajada y la partida de Maximiliano a tierras lejanas.

La comisión mexicana que invita a Maximiliano de Habsburgo a ocupar el trono de México en Miramar (Cesare Dell'Acqua). Exhibido en el Castillo de Miramar.

Una vez en México, el matrimonio de verdad lo intenta. A pesar de que las cosas no son tan bonitas como se las pintaron (el palacio donde querían instalarles estaba infestado de chinches, y deciden cambiar de residencia), Maximiliano acomete cambios que pretenden convertir a su nuevo imperio en un país más justo y próspero. Restringe el tiempo de la jornada laboral, abole el trabajo infantil y los castigos corporales, cancela las deudas de los campesinos si son mayores de diez pesos, promueve reformas agrarias (aún en contra de lo que desean los aliados que le han puesto en el trono), promueve la libertad religiosa y que el derecho a voto le sea otorgado a mucha más gente... Carlota, mientras tanto, le auxilia en todo. Hasta cuando su marido marcha de viaje por tierras mexicanas, ella queda como regente, de tal modo que, hoy en día, se la reconoce como la primera mujer gobernante de México. Si bien las relaciones entre la pareja, para entonces, ya eran distantes (se habían alejado desde los tiempos en que vivían en Italia; además, por lo visto, Maximiliano quedó demasiado seducido por la hermosura de las mujeres mexicanas), a nivel político siguieron siendo estrechos colaboradores. Quizá el problema público más notorio fue cuando Maximiliano, visto que no tenían hijos, decidió adoptar como heredero a un descendiente del primer intento de casa real mexicana, para gran disgusto de Carlota. Sin embargo, problemas más acuciantes les aguardan.

Lema del 2º Imperio Mexicano, "Equidad en la justicia", mandado iscribir por Maximilano en las paredes del Palacio Miramar.

Porque las bienintencionadas reformas de Maximiliano no pasan de la escasa cuadrícula de terreno que han conseguido conquistar las tropas francesas (mandadas por Napoleón III), belgas (gracias a el apoyo de la familia de Carlota) y austríacas (también la familia de Maximiliano desea echar una mano), junto con unos pocos soldados nativos. Y, poco a poco, esa entente militar empieza a desvanecerse. La aventura mexicana gasta mucho dinero, obtiene muy pocos resultados, y tiene a la opinión pública de todos los países implicados en contra. Poco a poco, los gobernantes europeos dejan de interesarse por el proyecto, y dejan a Maximiliano abandonado a su suerte. Éste se da cuenta de que el suelo se sostiene frágil bajo sus pies, y sopesa seriamente la posibilidad de abdicar. No obstante, se impone el sentido que Maximiliano tiene de la responsabilidad que ha contraído; mientras, Carlota marcha a los países europeos a recabar ayuda para su proyecto y, en último término, para salvar a su marido. Durante su periplo, ejerce de diplomática en Viena, en París, y también en el Vaticano, donde (aún hoy) es la única mujer que ha dormido en la Santa Sede.

Por desgracia, todas las gestiones son infructuosas. Maximiliano cuenta con un raquítico ejército que nada puede hacer frente a las tropas de Juárez. Finalmente es capturado, juzgado y condenado a muerte. A pesar de las múltiples peticiones de clemencia que llegan del otro lado del Atlántico (por ejemplo, por parte del escritor Víctor Hugo), la sentencia se ejecuta en forma de fusilamiento, retratado de manera muy conocida por Manet en una serie de pinturas. Es curiosa la colección de reliquias que hay alrededor de Maximiliano: el sombrero con el que murió se conserva en un museo en Padua, gracias a la donación de un amigo cercano; un tesoro azteca que había acabado en Austria fue devuelto a México, a petición del nuevo emperador, y hoy se exhibe en un museo; y, por otra parte, muchos de los presentes en el fusilamiento bañaron sus pañuelos en sangre de su cuerpo recién acribillado, no se sabe si para tener un recuerdo o para venderlo al mejor postor. Lo cierto es que esa sangre, presuntamente, se ha utilizado para análisis de ADN en casos de duda sobre parentescos monárquicos.

El final de todos los protagonistas de esta historia es aciago. El cadáver de Maximiliano se embalsamó de mala manera (los pelos de su barba fueron vendidos por ochenta dólares) y, cuando el emperador Francisco José reclamó su cuerpo, después de muchos dimes y diretes, se realizó una operación para adecentar el cadáver que incluyó cambiarle los ojos por los de una talla de una virgen y añadirle una barba postiza. Por suerte, el féretro se selló antes de su llegada a Austria para que no pudieran verlo sus familiares (porque vaya cuadro...).

Mientras tanto, Carlota de Bélgica estaba siendo consumida por la locura. Ya le había afectado cuando estuvo en Roma, negociando con el Papa (pensaban que querían envenenarla, y sólo bebía agua de las fuentes públicas de la ciudad) y, con el fusilamiento de su marido, la cosa sólo fue a más. Las razones por las que su mente se perturbó son desconocidas: seguramente había de base un trastorno orgánico, acrecentado por la ansiedad que rodeó su titánica labor en defensa de la vida de Maximiliano y de su imperio. Hay una leyenda particularmente tétrica al respecto: Carlota, dolida por no poder tener hijos, acude a una curandera mexicana para que le permita ser fértil, pero ésta la reconoce como la emperatriz y, como es partidaria de Benito Juárez, le da de comer un hongo que conduce a la locura. Cuando os digo que esto da para serie de televisión... Carlota se pasaría el resto de su vida recluida en residencias regias, primero en el pabellón del jardín del palacio de Miramar, y luego en varios palacios en Bélgica.

En fin, he aquí la triste historia. Maximiliano trató de hacer lo que pudo por México, pero no se dio cuenta de que, por muy bien que quieras hacer las cosas, los pueblos han de gobernarse a sí mismos, y sólo podrán aceptar plenamente una administración que emane de su propio núcleo. Un concepto que su hermano Francisco José no aprendió nunca y que conduciría al desmembramiento de su imperio muy poco tiempo después. Maximiliano era sin duda, a pesar de sus numerosos defectos, un ingenuo soñador bienintencionado, un romántico, alguien que no fue educado para entender un mundo en plena transformación. Carlota fue una mujer sin duda extraordinaria, que buscó salirse del papel limitado a su sexo y participar activamente de la vida pública. A ambos les arrambló la historia, como al tiempo caduco que les vio nacer y que, por mucho que se resista, al final estaba condenado a morir.