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lunes, 20 de abril de 2026

El relato de abril: "Cartago en sangre".

                 Hace unos cuantos años, escribí este libro. En él, contaba de manera novelada lo que ocurrió cuando, en el 149 a.C., los romanos ordenaron a los púnicos que abandonaran la ciudad de Cartago (la cual constituía una parte esencial de su vida). Como los latinos suponían, los púnicos se negaron en redondo, y les dieron a los romanos la excusa perfecta para atacar la ciudad y destruirla. Aquel enfrentamiento fue conocido con el nombre de Tercera Guerra Púnica.

                Este relato lo he escrito partiendo de que, en un momento determinado, se hubiera abierto otra posibilidad…

                Consideradlo una fantasía, un divertimento, el inicio de algo quizás. Como ocurre con las conversaciones en redes sociales, las historias se inician, luego prosiguen (atención, spoiler), y después no terminan nunca…

 

                El ambiente en la sala del Consejo de Cartago era desolador.

                Ya había pasado el tiempo de la furia. Y de las lágrimas. Los púnicos ya habían asumido las condiciones de su martirio: era abandonar la ciudad (y con ello toda una forma de vida, su esencia misma, como si les arrebataran uno de sus órganos), o defenderse los romanos. Es decir, morir, porque no había manera de ganar contra la desproporcionada fuerza que tenían en contra. Ésa era la disyuntiva: que. en realidad, no era tal, porque no había opciones. Sabían que se defenderían pero que, más tarde o más temprano, morirían. Eso era todo.

                Se trataba ahora de discernir los detalles. Que era más o menos como discutir cómo ibas a preparar la mortaja para el sepelio. A nadie le agrada, pero en algún momento has de hacerlo. Quizás por eso les costaba arrancar. Los líderes de la ciudad se situaban a un lado de una inmensa mesa, y los representantes del pueblo llano al otro, con las cabezas gachas y las caras tan largas como el largo día que acababan de sufrir. De hecho, el sol se había puesto detrás de las colinas, y sobre la ciudad empezaba ese período de tiempo en que se enrarece la luz, poco antes de cernirse la oscuridad.

                Tal vez por ello, también, no divisaron a la figura que se coló en la sala del Consejo de manera subrepticia, sin llamar la atención de nadie. Tal vez por ello tuvo la oportunidad de avanzar casi hasta primera línea, muy cerca del estrado, sin que nadie se apercibiera de su extraña vestimenta. Llevaba un atuendo sencillo, como el de un agricultor que realiza habitualmente las tareas del campo; llevaba el pelo rizado y alborotado, como si acabara de vivir un encuentro violento. De hecho, en sus ropas (y también en las uñas de sus pies descalzos) había unos restos de un tinte rojizo oscuro que podía asemejarse a la sangre.

                El hombre arrancó a hablar. Su voz tenía un timbre especial, que encandilaba y te hacía zambullirte en ella, como si nadaras en un océano. Pero no eran esos matices los que habían hecho que la audiencia no se sorprendiera al escucharle alzar la voz sin haber sido invitado, o no pensara en sacarle a palos de allí. Había algo subyugante en aquella forma de entonar: aquella gente, que había oído durante años historias de dioses, podría haber utilizado la palabra “sobrenatural”. Pero era parte del poder de aquella cautivadora forma de expresarse: que a todo el mundo le parecía que esa forma de hacer las cosas era normal. Él era consciente de eso: por ello empleaba la misma estrategia desde hacía miles de años.

                Porque la palabra “sobrenatural”, desde luego, se quedaba corta.

                -Nos encontramos con la situación habitual: el momento en que alguien tiene toda la razón se enfrenta contra alguien que posee toda la fuerza. Es una circunstancia espinosa. Y lo sé de primera mano, porque yo personalmente lo he vivido. Pero amigos, vengo a ofreceros una posibilidad alternativa. A decir verdad, la única que tenéis.

                Con descaro, y también con asombrosa agilidad, el hombre se colocó detrás del estrado. Los miembros del Consejo se retiraron a un lado, movidos por un invisible impulso. Ninguno podía apartar los ojos de aquel tipo. Cabría decirse que era la única persona en el mundo.

                De hecho, durante un breve período de tiempo, prácticamente fue así.

                -Mi historia comienza cuando todavía vivía mi hermano. Trabajábamos para el mismo empleador hasta que tuvimos que separarnos por… vamos a decir “razones creativas”. Desde entonces, lo he pasado mal. Me echaron de mi puesto, pero el individuo que me despidió me proporcionó, como regalo adicional -saboreó la palabra mientras la escupía-, “un regalito”. Una especie de condena que vengo arrastrando desde entonces. Nadie sabe muy bien cómo denominarlo. Es el problema de ponerle nombre a los conceptos nuevos. Esta maldición me obliga a vagar de noche por el mundo, dormir de día… y utilizar una fórmula peculiar para mi sustento. Desde entonces, por supuesto, he tratado de cambiar mi situación. Llegué a una ciudad llamada Sodoma. Les convencí de que adoptaran mi estilo de vida. El problema es que aquello se malinterpretó, y mi antiguo empleador, que por lo visto también mandaba mucho por allí, decidió rescindir el contrato con esta ciudad… de una manera expeditiva. Pero mala hierba nunca muere, como suele decirse, y aquí he seguido dando vueltas. Así que vengo a ofrecerles el mismo pacto que les ofrecí en su día a los sodomitas… pero, esta vez, espero que con mejor resultado.

                Se aproximó a una de las representantes del pueblo. Era una mujer joven, y hasta cierto punto atractiva, con los brazos descubiertos. El protagonista la condujo al centro de la sala. Una vez allí, estiró el brazo de ella hasta que su mano se quedó muy cerca de la cara de él.

                -Hay que decir que esta nueva condición que adquiriréis posee sus contrapartidas. Se acabaron los amaneceres. No habrá manera de retornar a una vida normal. Tendréis que vivir de la muerte y la destrucción… pero bueno, eso es algo a lo que estuvieron acostumbrados, en su día, vuestros ejércitos, y que desde luego constituye el día a día de vuestro enemigo, Roma…

                Acercó sus labios a la muñeca de la mujer y, con los colmillos, pegó un estruendoso mordisco. Podía escucharse el sonido de la sangre al ser aspirada por la boca de él, como la savia fluyendo a través de un árbol.

                Después de un largo trago, el hombre soltó la mano de la mujer y, con un reguero de sangre en cada comisura de los labios, exhaló un largo bufido y remató:

                -Con esto -dijo, y al decirlo visualizó cómo, en un día del futuro, en mitad de la noche, desde las murallas de Cartago, brotaban una miríada de muertos vivientes que contemplaban con caras pálidas a los romanos, se abalanzaban sobre sus cuellos conforme éstos intentaban trepar por sus escalas, y volaban hacia los arqueros que disparaban flechas incendiarias, las cuales caían sobre las filas propias antes de dispararse, sembrando el escenario de confusión-, con esto, repito, tendréis buena parte del trabajo hecho.

                El resto de las personas presentes en aquella sala empezó a acercarse al hombre. Todos le ofrecían sus antebrazos, su cuello, sus espaldas, sus hombros. El individuo tomaba aquellas partes del cuerpo y las aproximaba hacia él.

                -Pero, señor -interrumpió uno de los hombres que se desplazaban para que el protagonista de la noche les mordiera, hablando como si el hechizo se hubiera disuelto en parte, y hubiera recuperado por fin la capacidad de ser consciente y preguntar-… Eso será por las noches. ¿Y qué ocurrirá durante el día?

                Y el hombre que había inaugurado en el mundo el fratricidio y la mentira respondió, con ojos vidriosos:

                -Para los días, no os preocupéis… ya tengo algo pensado.

¿CONTINUARÁ?

lunes, 10 de noviembre de 2025

Las series de noviembre: varias de Filmin

-Monsieur Spade es una ficción atípica. Parte de la idea de que Sam Spade (el célebre detective creado por Dashiel Hammet, y protagonista de El halcón maltés) se ha ido a resolver un asunto en el sur de Francia, y ha encontrado motivos para quedarse a vivir y retirarse allí. Sin embargo, años después, nuevos y antiguos problemas van a surgir ante sus ojos, y es entonces cuando sus viejos hábitos de detective vuelven a hacerle falta. Esta miniserie de seis capítulos tiene un guión con grandes luces, pero también algunas sombras: es de estas narraciones a las que hay que hay que prestar atención para no perderte cosas; coincide con las viejas historias de los años 40 en las tramas enrevesadas, no siempre perfectamente coherentes -y, en este caso, algo fuera de escala-; a ratos cuesta distinguir los flashbacks, en general muy buenos, aunque a veces se abusa de los mismos; y el final es una ensalada caótica y poco creíble (como si, cual Raymond Chandler en El sueño eterno, el guionista hubiera dispuesto de manera prometedora piezas en el tablero de ajedrez, y al final de la partida decidiera pegarle una patada al juego) que a varios espectadores puede emborronarles el conjunto. Eso sí, durante buena parte del metraje, ese guión funciona muy bien, especialmente con los ácidos comentarios del cínico detective encarnado por Clive Owen, que interpreta uno de los mejores papeles de su carrera. Como buen cine negro, hace un excelente uso de la atmósfera que tiene en derredor, y cambia las turbias calles de San Francisco por un aparentemente bucólico pueblo galo, el cual, sin embargo, atrapado entre la posguerra mundial y las salvajadas francesas en Argelia, bulle con una maldad que haría gozar al célebre autor Jim Thompson. Los papeles y actores secundarios también son interesantísimos. En definitiva, con todas las salvedades, creo que esta serie os hará pasar unas cuantas buenas horas.

-Inside nº9: más británica que el té de las cinco, y con mucho componente teatral, esta serie de capítulos independientes ha sido creada y guionizada por Reece Shearsmith y Steve Pemberton, que ejercen de actores protagonistas en todos los episodios (al menos, hasta lo que me he podido ver, pues de las nueve temporadas me quedan aún cuatro y poco). Lo único que tiene en común cada entrega, con mucha variedad formal y sin miedo a arriesgar, es que hay bastante humor negro, normalmente un misterio o un componente de intriga o terror, y que en algún momento sale a colación el número 9. La cuarta temporada, en particular, es fantástica, pero, como digo, no hay ninguna relación entre episodios, así que podéis discutir con otros televidentes sobre vuestros capítulos favoritos.

-Taboo. Con una única temporada que lo dio todo, esta serie, que impactó hasta cierto punto en su momento pero no tuvo la resonancia de otras contemporáneas, mostró a un Tom Hardy en estado de gracia en una intriga internacional y de época con una atmósfera muy sólida, que entremezcla muy bien un fondo de realismo con trazas de fantasía.

-The Newsreader es una serie australiana que describe el ambiente de una redacción de noticias en los 80, donde las elecciones personales se entrecruzan con la actualidad informativa de una época que, desde luego, tuvo su aquel. No es The newsroom, pero sobre todo la primera temporada tiene mucha fuerza, entre otras cosas por la garra de sus intérpretes.

Estas series, al menos la última vez que las vi, se podían disfrutar en Filmin.

sábado, 1 de noviembre de 2025

El relato de noviembre: "El auténtico vampiro"

 

Lo encontré hace muchos años en un viejo cine porno de Buenos Aires. Decía que le gustaban esos sitios porque allí entras y nadie te pregunta de dónde vienes. Argumentaba, además, que las personas que solían venir a ese tipo de antros eran (en una gran proporción) vagabundos en busca de un sitio donde dormir, gente con escaso arraigo social, por la que muy pocos preguntarían en caso de desaparición. Decía que ese tipo de cosas le facilitaban mucho su “labor”, por decirlo de alguna manera. Sin embargo, en ciertos aspectos debió de errar, porque yo andaba tras su pista desde hacía mucho tiempo. Desde Belgrado, donde supe de su existencia a través de denuncias particulares, señalando con alfileres fechas de ataques que se concentraban en un lugar concreto durante par de días y luego se reanudaban tras meses o años, coleccionando recortes de periódicos de extraños sucesos acaecidos en Londres, Bangkok o Los Ángeles... Sin embargo, no fue hasta que me jubilé y empecé a cobrar mi pensión como policía cuando pude salir a buscarle, y lo cierto es que se reveló como un ser bastante escurridizo (condición necesaria sin duda para sobrevivir varios miles de años) aunque siempre era reconocible, a lo largo de su trayecto, el reguero de almas vacías, espíritus atormentados, individuos que aparecían un día en un callejón en la esquina y no recordaban ni su nombre ni su condición ni su sexo, en un estado prácticamente catatónico, del que nunca ninguno pudo salir. La noche que me senté a su lado en el cine, me miró con resignación, incluso con un cierto alivio; daba la impresión de que llevaba mucho tiempo esperándome. Tras un breve intercambio de pareceres, salimos a la calle. Allí ya me advirtió desde el principio –hablaba mi idioma con un cierto acento, aunque prácticamente inapreciable- de que no iba a poder atraparle, de que ni tan siquiera lo tratara, porque en tan sólo un segundo y sin mover un músculo, con su solo deseo, me quedaría tan imbécil como todos aquellos que lo habían intentado antes, algunos de los cuales yo había podido contemplar. Acepté tácitamente su aseveración, pues supe de inmediato que era verdad. Además, yo no había ido allí exactamente a cazarle, sino más bien a obtener respuestas: buscaba entender En aquella noche de luna, él me lo explicó todo. Y ahora que me estoy muriendo, no puedo parar de recordar.

            <<No es mi mucho menos un proceso físico>>, expresó. <<Es más bien un hecho espiritual; ni siquiera un hecho, un cambio de estado, un fenómeno incomprensible. Yo mismo a duras penas me lo explico, y eso que lo llevo haciendo desde niño. Observo a una persona durante unos segundos, y entonces puedo ver todos sus recuerdos, sus anhelos, su forma de ser, sus sueños; en ese momento les absorbo, y mis víctimas se quedan en el estado que has podido comprobar, siempre el mismo, independientemente de su vida anterior. La mayor parte de ellas no tienen casi sustancia: es como tragarme un boqueroncito. Te sacian en parte el hambre, pero no llegan a influirte tanto como para alterar tu personalidad. Otros, en cambio, albergan tanto mundo interior, tanta fuerza (atesoran tal número de recuerdos intensos), que durante unos días noto su presencia a mi lado, me descubro repitiendo sus gestos y pensando de la misma forma que ellos. Esto me ocurría sobre todo al principio: ahora que he comido tanto y tengo dentro de mí tanta gente, una más difícilmente puede alterar el balance final. Con el tiempo, he ido puliendo la técnica, la he ido automatizando. Hubo una época a partir de la cual ya sólo me bastaba echar un vistazo de reojo para absorberles, sin tan siquiera pensarlo. Sin que llegara a pestañear>>.

            -La excepción llegó con ella –reveló-. Yo aquel día no andaba de caza; había salido simplemente a pasear. Y entonces me la topé. Era... Dios, no sé ni cómo empezar a contarlo. No encontré nunca, en todos mis siglos de existencia, una persona de esa forma. Original hasta la médula, guardaba en su interior mil historias, porque cada acontecimiento que le pasaba lo convertía (a través del tamiz de su mente) en algo mágico y único, de tal manera que un hecho anodino se transformaba en un suceso rutilante y espectacular. Yo no podía parar de estar con ella. Era la persona con la que permanecí más tiempo al lado; nunca encontré individuo en el mundo con quien poderla comparar: jamás, en todos los días de mi existencia. Fueron unos años… maravillosos... Ella me contaba tantas cosas, y yo siempre estaba ávido de escucharla. Tenía que hacer esfuerzos conscientes por no absorberla, porque claro, era tan apetecible, tan deliciosa. Pero, justamente por eso, sabía que no debía tocarle ni un solo pelo del cuerpo. Y al contrario que con otras parejas, sobre las cuales dicen dicen que el amor se va apagando conforme transcurren la convivencia y los roces, con el tiempo yo lo pasaba mejor en su compañía, y ella cada vez más me gustaba, más la iba admirando, mientras tenía la oportunidad. Entonces, un día, cuando salimos del cine, de ver una película cautivadora, ella carcajeaba como una loca, y yo pensé en lo guapísima que estaba cuando reía, y en lo mucho que la quería. Y en ese momento, sin pretenderlo realmente, tan sólo como un instinto reflejo, una respuesta involuntaria ante tanta felicidad, sin ni por una fracción de segundo pensarlo, cerré los ojos, los abrí de nuevo… y en ese momento, la absorbí...

            >>No puedes imaginar las lágrimas tan amargas que derramé aquella noche, delante de su cuerpo; pero ya no era nada, sólo un ente embrutecido, como tantos otros que dejé tras mi tóxico suspirar. Había constituido un ser único, increíble, inimaginable, la persona irrepetible que me hizo plantearme dejar esta vida: y, de no ser porque el hambre y el dolor subsiguiente me lo impedían, lo habría hecho sin dudar. Lloré tanto y tan profundo que creo que rellené varios océanos. Vagabundeé por las calles deseando matarme, masacrarme a mí mismo por aquel error tan mortal como estúpido, pero (cosa terrible de esta odiosa naturaleza) comprobé que aquel propósito era inalcanzable. Aunque más dramático todavía que el momento, lo peor vino después... Fue la conclusión final.

            >>Al contrario que las otras almas, la suya me llenó tanto, con tanta fuerza, que, en esta ocasión, fue imposible de subyugar. Ahora vislumbro las cosas de la misma forma en que ella las veía: contemplo su mundo, su excepcional universo, de primera mano, sin poderlo evitar. Almaceno dentro de mí todas sus historias, a raíz de esa capacidad insólita que ella tenía de transformar de manera radical la realidad. Y al tiempo seguía siendo yo mismo, y recordándola tremendamente... Esa dualidad sin duda es la que, cientos de años después, todavía me hace sufrir más...

            >>¿Te imaginas albergar dentro de ti todos esos fantásticos mundos, todas las vidas, y darte cuenta de que no tienes nadie que lo aprecie como yo lo apreciaba, que todos los demás consideren que son tan sólo cuentos de viejo, que nadie te pueda entender ni amar?¿Te imaginas estar acostumbrado a que todos los días tuviera lugar un acontecimiento genial e inigualable, y que de repente ese flujo se cortara, que se detuviera para siempre, que todas las personas que te encuentras por la calle te parecieran tan anodinas y tan vulgares y tan sosas y tan estúpidas que a veces ni tan siquiera los puedes soportar mirar?¿Te imaginas ser las dos cosas, la que persona que un día eras y a la que has matado, los individuos más compenetrados del mundo, hechos el uno para el otro, que no serían capaz de encajar con ningún otro, y de repente no ser los dos sino sólo uno, el recuerdo patético de una cosa que fue... y echar de menos lo que ella te daba, pero al mismo tiempo, ahora que tú además eres ella, todo lo que también le daba él, entre otras cosas la capacidad de escuchar?

            >>¿Te imaginas por un momento el que tú pudieras, como hacía ella, ver cosas que nadie ve, que nadie tiene en cuenta, como si fueran colores más allá del espectro visible, sonidos por debajo y por encima de lo audible, contemplar el presente, el pasado y el futuro, y de repente vivir en un mundo a oscuras, y no tener un alma a la que llegárselo a narrar?¿Puedes concebir haber visto todo eso, intuirlo por un momento, que alguien te abriera la puerta a un mundo ignoto, y que entonces se cerrara, porque la persona que te permitía el acceso ya no existe, y nadie más lo puede lograr?¿Se te pasa por la cabeza pasear por el mundo como si, de modo permanente, masticaras cenizas, respiraras aire ya inhalado, como si ya todo lo que oyeras te sonara a repetido, y supieras que nada nuevo vas a escuchar nunca más?¿Te imaginas quedarte ciego de golpe, CIEGO, CIEGO, CIEGO –insistió mantenidamente, elevando en un grito pavoroso la voz-, SORDO, MUDO, TONTO, IMBÉCIL, VACÍO DE VIDA, DE SABOR Y SENTIDO, Y TENER QUE VIVIR PARA SIEMPRE, Y SABER QUE NADA NI NADIE TE PODRÁ AYUDAR?¿TE IMAGINAS QUE TU VIDA CONSTITUYA UNA PERMANENTE SITUACIÓN ANGUSTIOSA, QUE SEAS TERRIBLEMENTE DESGRACIADO PORQUE NO PARAS DE RECORDAR EL MOMENTO EN QUE ERAS MÁS FELIZ SOBRE LA TIERRA, TANTO QUE NO PUDISTE NI IMAGINARLO, Y SABER QUE EL RESTO DE TU EXISTENCIA SERÁ ODIOSA Y GRIS PARA SIEMPRE, POR TODA LA ETERNIDAD?¿TE LO IMAGINAS?, ¡NO TE LO IMAGINAS, NO PUEDES SIQUIERA PENSARLO, ÉSA ES UNA PARTE MÁS DE ESTA MALDICIÓN INFERNAL! Y por eso quiero morir... Morir, morir, morir, quedar sin resuello, cesar de pensar para siempre... Y dejar de pagar por el pecado de haber destruido lo único que ahora mismo, en mi noche más oscura, me habría podido salvar...

No volví a verle después de esa noche. El vampiro me dejó marchar.

            Hubo días en que no aprecié lo que tuve. Desde que lo conocí, ese error no me ha vuelto a pasar.

            Y a pesar de todas las víctimas que he anotado (y que aún sigo contando) en la lista, yo por el vampiro sólo siento pena.

            Él seguramente me habrá olvidado: tiene demasiadas cosas en la cabeza. Pero sobre todo hay una, en forma de persona, que no puede parar de rememorar…

            Nunca una eternidad fue tan larga.

lunes, 20 de enero de 2025

El relato de enero: "El insomnio de los vampiros"

 El insomnio de los vampiros

(O “Razones por las que llevar en la mano un buen libro”)

 

                Hay un aspecto del que se han preocupado poco los abundantes textos de ficción sobre los vampiros, y es la incapacidad que aqueja a mi especie (de vez en cuando, como les ocurre a los humanos; yo diría que en mayor proporción) para conciliar el sueño. Lo cual, de entre todos los inconvenientes que causa, tiene como principal dolencia de la que lamentarse la del aburrimiento.

                Fijémonos en la típica imagen que transmite el cine: un Nosferatu reposando en su ataúd. En general, resulta incómodo (y tiene pocas ventajas: resulta increíble la frecuencia con la que la gente abre un ataúd cuando se topa con él en una habitación), por muy bien acolchado que esté. Preferimos camas. Esto, claro, obliga a crear habitaciones herméticas, sin ventanas, firmemente aisladas del exterior, o bien mi solución favorita: migrar a latitudes de noches perpetuas. Esto, sin embargo, también origina unos cuantos problemas, entre ellos el frío extremo (no puede matarnos, pero eso no implica que no lo pasemos mal) y, en general, que se trata de regiones inhóspitas, aisladas, donde reside muy poca gente, y resulta complicado encontrar cena sin que llame poderosamente la atención entre los escasos habitantes del entorno. A algunos les gusta hacer la ronda o, como yo le llamo a través de cierta expresión moderna que me recuerda a una que conocí en la antigua Grecia, “la putivuelta”: ir de granja en granja devorando a los inquilinos, y salir de la zona antes de que la noticia de extrañas desapariciones acabe por inquietar al personal. Antes, aquella estrategia obligaba a caminar mucho (bajo un intenso frío, no sé si ha quedado claro); ahora, con los vehículos modernos, la cosa resulta más sencilla, aunque te aboca a conducir un buen rato bajo la nieve -por si no se ha notado lo suficiente, odio el frío; debe de ser porque, cuando era humano, vivía en lo que hoy es África Oriental, cuando todo eran espacios naturales y nadie sabía nada de geografía, y nunca me he acostumbrado a habitar fuera del trópico-.

                En fin, que hay ratos que no te queda más remedio que aislarte. En el ataúd, o en las habitaciones cerradas (sobre todo, en las bodegas de los barcos), me he forzado a pasar horas insomne -o con sueños tenebrosos, lo cual casi es peor; sobre las pesadillas de los vampiros hablaremos en otro momento-, con la suerte quizá de leer unas cuantas páginas si disponía de una vela a mano: si no, suponía horas y horas de andar pensando en las musarañas. Con la llegada de Internet, también se han facilitado las cosas. Eso sí, has de tener la cabeza muy asentada para que tantas horas de bucear en las redes no te acaben afectando: ya he visto algún vampiro terraplanista, trumpista u homeópata como mejor demostración empírica que ni la edad ni la experiencia nos hacen inmunes a volvernos gilipollas. De hecho, una vez me encontré a un vampiro negacionista del sol que salía a encontrarse con su primer amanecer en siglos: naturalmente, no lo contó.

                Luego está otra variante, que es lo que yo llamo “el Decamerón”. Te vas a una finca, aislada del mundanal ruido, adonde has secuestrado a un cierto número de víctimas, y te las vas merendando -o cenando, si nos queremos poner estrictos- mientras bebes vino y lanzas comentarios snob, noche tras noche, durante varias jornadas, junto con un grupo de colegas. A mí no me gusta: las viandas reservadas para el futuro se encuentran aterrorizadas durante este período, y el miedo les proporciona un regusto amargo y cruel. Algún anfitrión ha solucionado el inconveniente drogando a los desdichados, pero los efectos del anestésico te dejan K.O. durante un par de días, así que la idea no ha prosperado, al menos entre mis círculos. Ya puestos, prefiero buscarme la vida en la tundra, bajo la iluminación de las auroras boreales…

                Como digo, en mis tiempos de encierro, una de mis grandes distracciones han sido los libros. Y el cine. Le doy a los podcasts cuando toca viajar largas distancias (creedme: si queréis enviar un ataúd, escoged una buena empresa de mensajería), y a los videojuegos cuando no encuentro otra cosa -con sinceridad, me encantan los de matar vampiros: aunque no se parezcan en nada a la realidad, lo de clavar estacazos me vuelve loco-. Siempre he tenido problemas de insomnio. Pese a que trato de combatirlo corriendo en mitad de la noche, agotando mi cuerpo para así descansar mejor al día siguiente, paso muchos ciclos de sol sin saber qué hacer, y aunque he construido mi nido aislado y cómodo, protegido de la luz y de las injerencias humanas, en ocasiones me siento un poco enclaustrado. No me quejo: sé que llegará la noche, en la que podré volar sin límites sobre la superficie del mundo que se yergue a mis pies. Y sin embargo, hay días…

Hay días… En que daría lo que fuera por salir a la calle y sentir un poco del calor del sol sobre la superficie de mi cuerpo, aunque sólo fuera unos segundos antes de calcinarme completamente.

                Aunque, quién sabe. La tecnología avanza que es una barbaridad. Tal vez algún día, gracias a trajes especiales, productos químicos… Todo es posible, ¿no? Porque en el futuro, cuando, a causa del cambio climático, la humanidad se vea obligada a vivir en los polos, bajo la noche perpetua, y allí en el norte o el sur extremo haga un buen clima, yo estaré allí.

                Nos vemos entonces. No te olvides de mirarme a los ojos. Tráeme un buen libro. No te va a servir de mucho -a la hora de sobrevivir, no sé si me explico-, pero al menos te trataré bien. Es un consejo improbable, porque quizá nunca te encuentres conmigo. Pero la vida (sobre todo la mía) es muy larga. Guárdatelo. Podría serte útil.

miércoles, 1 de mayo de 2024

El relato de mayo: "Vivimos en sociedad"

Vivimos en sociedad

 

                Rodríguez no las tenía todas consigo cuando aterrizó en el aeropuerto aquella mañana. No sabía muy bien por qué. Quizá era la incomodidad en la vestimenta: no solía llevar traje, y sentía como si portara una incómoda armadura que le picaba por todas partes, le sentaba demasiado apretada por algunos sitios, y en cambio excesivamente grande por otros. También se debía a la circunstancia: volver a tu país después de años, para afrontar una entrevista de trabajo que determinará si podrás volver allí o no, es sin duda alguna un reto. Sin embargo, estaba claro que había algo más: una tétrica sensación flotando en el ambiente, que no sabía identificar en ningún aspecto concreto que contemplaba, aunque no era sólo plenamente consciente de que estaba allí, sino qué motivo subyacía debajo. Aun así, quedó bastante impactado cuando, al subir al taxi e indicar la dirección, le saludó con un asentimiento, a través del espejo retrovisor, el rostro demacrado de un zombi. El coche arrancó.

                Rodríguez no paraba de mirar (¡pero no ahora, disimula!) de reojo al conductor de su vehículo, sin estar muy seguro de si no estaba cometiendo una imprudencia mortal. Sin embargo, allí afuera, todo el mundo parecía complacido con aquella realidad. Las calles de Madrid estaban pobladas de zombis: los camareros en las cafeterías, los conductores de autobús, los aparcacoches, algunos dependientes de las tiendas… Mientras tanto, las personas (¿normales?¿humanas?¿personas, sin más?) circulaban alegremente, comprando, tomando el aperitivo, o liderando a esos colgajos de carne podrida y gris, los cuales, en apariencia, con un par de sencillas órdenes, se daban por bien mandados, y atendían prestos sus quehaceres. <<Dios mío>>, susurró Rodríguez para sí mismo: cuánto había cambiado el país en su ausencia.

                Mientras el entrevistador -o su futuro jefe; no le había quedado claro- le guiaba por los pasillos de su (quizá, a partir de la próxima semana) futura oficina, los ecos de sus palabras resonaban en su cabeza, al tiempo que Rodríguez no paraba de pensar en la expresión macilenta del zombi recepcionista que le había permitido acceder al edificio:

                -Notará esto muy diferente. Claro, si se marchó de aquí hace tanto… ¿Sabe usted exactamente cómo surgió esta historia de los zombis?

                -Lo cierto es que… -sí, iba a comentar Rodríguez; se hartó de devorarlo en las noticias. Había seguido la evolución de los acontecimientos con una mezcla de incredulidad y horror cósmico. Todavía le resultaba difícil de creer, a pesar de divisarlo con sus propios ojos (y olerlo -porque olían bastante- a través de sus fosas nasales). Pero su anfitrión no le permitió continuar.

                -La tecnología empezó a desarrollarse en Haiti, basándose en los viejos rituales de vudú. Sin embargo, por lo visto un día, en lugar de dar como resultado solamente pollos decapitados y cabras ahogadas en su propia sangre, funcionaba hasta cierto punto. Inmediatamente, se metieron los americanos, aplicaron ciencia, y aquello produjo unos resultados asombrosos. Por supuesto, se exportó rápidamente: primero a Yankilandia, especialmente a los estados republicanos. Luego, por las conexiones con Haití, claro, al poco tiempo a Francia. En ese sentido, este país ha sido un privilegiado, porque ha cruzado hasta aquí casi en seguida, a través de los Pirineos. ¿A que hemos tenido suerte?

                -S… sí -balbuceó Rodríguez, quien seguía sin asimilar que muchos de los trabajadores que daban vueltas a su alrededor transmitieran la impresión de estar a punto de perder en cualquier momento un ojo.

                -¡Son fantásticos!-se vanagloriaba el hombre-. No protestan, no piden condiciones laborales abusivas… ¿Sabe lo difícil que era encontrar un buen camarero en esta ciudad? Ahora, en cambio, por poco más que unos cuantos sesos de cerdo, les tienes prácticamente comiendo de tu mano… Bueno, no lo digo en sentido literal… aunque podría.

                -¿Y… y… no tienen miedo de que se les rebelen?

                -No, qué va… Son muy pacíficos… Sabe, en los tiempos originales del vudú, muchos esclavos temían que les resucitaran después de muertos para que siguieran trabajando. Una especie de miedo a perder la jubilación, según lo mires -Rodríguez meditó acerca de si la muerte, para algunos, no aportaba siquiera el confort del descanso-. Dicen que eso se ha heredado en parte. Pero yo creo que es al contrario: ellos saben que están hechos para ocupar los oficios menos agradecidos, y por eso se comportan de un modo tan diligente. Al final, son pobres diablos. Les damos lo justo, y con eso se conforman. De esa manera queda más para el resto, ¿no es cierto? Así, los demás cobramos sueldos más altos…

                -¿Pero de verdad que no tienen conciencia de lo que les pasa?¿Ni ganas de modificar su situación?

                -Pues… un científico me lo estuvo explicando, y me habló de que les faltan niveles de neurotransmisores suficientes y no sé qué mierdas… En fin, que no entendí casi nada. Por lo visto, lo mejor es ponerles un partido de fútbol de vez en cuando: se desahogan, se arrancan unas cuantas extremidades entre ellos, y con eso van tirando un par de meses. De verdad, Rodríguez -enunció su apellido como si ya llevara allí años-, puede usted estar tranquilo. Son tan inofensivos como un sumiso ratón de campo. Ahora venga: le enseñaré lo que será su despacho.

                El candidato a la vacante libre hubiera quedado encantado (al entrar a esta habitación) si no fuera porque, en lugar de estudiar las maderas nobles, la amplia mesa, o el ordenador último modelo, tan sólo pensaba la obligación de cruzarse, un día sí y otro también, con engendros de esa clase. Aquel pensamiento repentino fue superior a sus fuerzas:

                -¿Puedo ir al baño? -se excusó. Debió de sonar con una pizca de exceso de premura, pues el entrevistador le miró consternado. Cuando Rodríguez salió del despacho, se dio cuenta de que incluso el acto de caminar la pequeña distancia que le separaba de los aseos, solo, sin nadie que le acompañara durante aquel tránsito en el noveno círculo del infierno, le resultaba un esfuerzo sobrehumano. Caminó con la espalda pegada a la pared todo el rato, y se escabulló en los servicios, donde se introdujo con vertiginosa velocidad dentro de uno de los cubículos que albergaban los inodoros.

                -A ver, ¿quieres calmarte de una p… vez? -no vio otra opción más que hablarse a sí mismo en voz alta. Le entraron hasta ganas de pegarse una bofetada. ¿No llevaba años diciendo que tenía ganas de retornar a España, pero la falta de trabajo y perspectivas económicas se lo impedían? Y ahora, iba a dejar que las circunstancias externas condicionaran su regreso. “Pero es que esto está lleno de zombis…”, suspiraba, angustiada, su vocecilla interior. ¿Y qué más le daba?, volvió a zaherir a su alter ego mental, con extrema rudeza. El resto del país estaba a gusto: parecía que podían convivir con ello. Las noticias no hacían más que repetir que la cuestión de los zombis había salvado la crisis de la natalidad, y liberado a los empresarios de la carga de los costes laborales. ¿Quién era él para decir que aquello estaba mal, y renunciar por tanto a encontrarse de nuevo con su familia y amigos, y al lujo de recuperar sus rutinas de siempre?. Por eso, cuando salió del baño -casi sin mirar a los lados, para evitar arrepentimientos- asió con fuerza el pomo del despacho donde había dejado a su entrevistador, abrió la puerta y, con voz muy convencida, zanjó rotundo:

                -Señor, creo que voy a…

                Pero no llegó a terminar la frase. Delante de él, el hombre que le había guiado aquella mañana se encontraba sobre la silla del despacho, con la tapa de los sesos abierta, mientras un zombi, de pie, blandía una cuchara sobre la cual una masa rosada y gelatinosa coincidía sospechosamente con un hueco en el cerebro del ser humano. El zombi, al principio ajeno a la presencia de Rodríguez, se llevó la cuchara a la boca, pero cuando la sacó, tras un ruidito de entusiasmo, se dio cuenta de que alguien estaba mirando, así que, con los ojos muy abiertos, y la voz queda, simplemente soltó un furtivo y agudo:

                -Ups…

 

¿CONTINUARÁ?


lunes, 31 de octubre de 2022

El relato de Halloween: Made in "La Tierra"

 Made in “La Tierra”

 

Pleno de Sesiones del Congreso de los Diputados.

Ciudad de Jaén, Península Ibérica

29 de marzo de 2042

 

[Presidente]: Tiene la palabra el portavoz del Partido Nacionalista Ibérico.

[Portavoz]: Gracias, señor presidente.

               

Comparezco ante ustedes con una frase que no puedo proclamar con más satisfacción: nosotros ya lo sabíamos. Cuando lo decíamos, es decir, cuando afirmábamos que no había nada más magnífico y de lo que estar más orgulloso que de ser español (ahora matizaría: ibérico), recuerdo que había diputados, algunos de ellos presentes en esta sala, que se reían de nosotros. Decían que éramos unos racistas, que sólo se trataba de una simple cuestión aleatoria el hecho de nacer en tal o cual lugar, que nuestra soberbia era (cito palabras textuales) vacua, mezquina y retrógrada. Ese aluvión de descalificaciones tuvo que detenerse cuando el tiempo, finalmente, nos dio la razón: sí, en efecto, amigos míos, me refiero al momento de la llegada de los extraterrestres.

                Todos recordamos aquel día, así que no hace falta que me extienda en el hecho que trastocó la civilización humana de manera irreversible e implacable. Sin embargo, sí que me gustaría resaltar algunos puntos: rememoro nuestra estupefacción absoluta cuando el primer OVNI aterrizó en una llanura cuasi desértica de Asia Central, habitada tan sólo por pastores y rebaños de cabras. Aquel primer contacto (cuya ubicación, según descubrimos más tarde, fue decidida de manera aleatoria en un mapa, pues nuestros distinguidos invitados nada sabían de nosotros salvo lo que podían observar desde el satélite) fue por supuesto accidentado y, una vez que se estableció una primitiva comunicación, los visitantes se dieron cuenta de que no habían entablado amistad con el país adecuado. En los compases iniciales, por supuesto, hubo mucha discusión sobre qué país llevaría la voz cantante en su interacción con esos nuevos actores políticos; estadounidenses y chinos, por supuesto, pretendían destacar como nación preferente, frente a otros países que abogaban por el liderazgo de instituciones supranacionales como la ONU. No obstante, una vez se superaron aquellos primigenios incidentes, y tras unas cuantas cumbres en las que los alienígenas alternaron reuniones entre Bruselas, Washington, Pekín, la OTAN y el Consejo de Seguridad de la ONU, los extraterrestres se dieron cuenta de que con quien debían tratar era con nosotros, los españoles, porque, como ahora todo el mundo sabe, conteníamos la materia prima más indispensable para nuestros ahora amigos y colaboradores: las excepcionales, únicas en el espacio interestelar, maravillosas y, por qué no decirlo, deliciosas aceitunas.

Sí, amigos, lo diremos una y mil veces: que ser español constituye un supremo privilegio del universo queda demostrado por un aspecto tan sencillo como que las aceitunas son el alimento que más salida tiene a nivel comercial a lo largo de toda la galaxia. Pronto, los asombrados habitantes de la Península Ibérica (en particular los andaluces, entre los que tengo el honor de contarme) descubrimos que no sólo la civilización que había contactado con nosotros, los ya famosos Glorp, eran fanáticos de las aceitunas, sino que buena parte de los planetas del borde exterior de la Vía Láctea están dispuestos a pagar ingentes cantidades de dinero por esas perlas verdes, negras, y de cualquier color conocido, que tanto les entusiasman. Es verdad que otros países productores de olivas también se vieron favorecidos por las atenciones de nuestros amigos los alienígenas y, fruto de ese interés mutuo, nació la Organización de Productores y Exportadores de Aceitunas y Aceite de Oliva, pues descubrimos también que este oro líquido era esencial como combustible para buena parte de los motores construidos en una amplia proporción de los sistemas estelares habitados. Aquel increíble descubrimiento representó para nosotros una nueva era: un inesperado, pero merecido amanecer, para la sección más valiosa de la humanidad.

Desde entonces, como ustedes sabrán, muchas cosas han cambiado: como sin duda hasta los más críticos tendrán que reconocer, nos hemos convertido en los socios preferenciales de nuestros ahora aliados los Glorp. Otros países, como Italia, Grecia o algunas naciones árabes, también se han visto beneficiados por su amistad, pero ninguno ha salido tan bien parado como nosotros. Por supuesto, esto implicó cambios políticos a nivel interno: gracias a los extraterrestres pudo culminarse el ansiado y diferido proyecto de la Unión Ibérica, y es obvio que tuvieron que producirse algunas modificaciones en el régimen político, una vez los Glorp entendieron que los componentes del Partido Nacionalista Ibérico, como yo mismo, eran los mejores interlocutores posibles con los que negociar. Pero, a cambio de esas modificaciones, que he de reconocer que en su día causaron una cierta polémica, la prosperidad obtenida por nuestra nación durante el proceso ha resultado más que provechosa: desde entonces, nos hemos convertido en el país más poderoso de la Tierra. Gracias a la colaboración militar de los extraterrestres, hemos recuperado Hispanoamérica, nuestras colonias en África, Filipinas, ¡Gibraltar!, y hasta conseguido derrotar, en aguas internacionales, a las en su día invulnerables naciones china y nortemericana. Es verdad que hemos sufrido momentos de crisis, como cuando australianos, estadounidenses y sudafricanos intentaron competir con nosotros en el mercado aceitunero, pero, gracias a nuestras hábiles gestiones, conseguimos que nuestros colaboradores extraterrícolas aniquilaran a la competencia a cambio de un mayor incremento en la producción. Sin duda, hemos tenido que hacer ciertos sacrificios, pero no podemos negar que la alta elevación del nivel de vida conseguida en los últimos tiempos compensa de so…

[Una mujer atraviesa el hemiciclo y asciende a la tarima del orador, entre bisbiseos generales. La mujer se inclina hacia la oreja del hombre].

[Portavoz]: ¿Seguro?

[Ella asiente. El hombre coge su teléfono móvil]

[Portavoz]: Un momento, por favor… Creo que esto es importante… [Espera comunicación con el teléfono]. Oye, sí, es que Marta me ha dicho… Sí… Sí… [Largo silencio]. Ajá. Lo entiendo. Un momento. [Sigue hablando a la concurrencia, aunque sin despegar el teléfono de la oreja]. E… ejem; me acaban de comunicar que, por lo visto, los Glorp han descubierto la manera de cultivar olivares en su planeta de origen, y fabricar por su cuenta su propio aceite de oliva. Eso quiere decir que, salvo unos pocos elegidos, el resto de los habitantes del país serán convertidos en mano de obra esclava, la cual será deportada y enviada al planeta… ¿Qué? [Vuelve a hablar con su interlocutor en el teléfono]. ¿Cómo que no estoy incluido entre el grupo de elegi…?¡José Luis, me cago en tu pa…!

lunes, 10 de mayo de 2021

El relato de mayo: "Contra el olvido"

Contra el olvido

 

                Abro los ojos.

                Estoy al lado de una mujer.

                No puedo reprimirlo: alargo la mano para tocarle el brazo. No quiero despertarla, pero, por culpa de ese gesto irrefrenable, provoco que se incorpore al mundo consciente. Ella gira el cuerpo y se desliza -suave como una nube en el cielo- entre las sábanas para acercarse a mi lado.

                -¿Qué pasa? -me pregunta. Aunque a ella le basta con que esté ahí.

                Acumulo tensión en la mandíbula cuando respondo:

                -Me tengo que ir -le digo-. Tengo que luchar contra el olvido.

                Un rato más tarde, estoy en marcha. Mi montura me lleva a través del desierto. Desde lejos vislumbro el único lugar al que debía desplazarme. Bajo la luz del amanecer, su silueta parece incluso más espléndida que el día que la di por terminada. Porque esto que veo es mi creación. Desde lejos, da la impresión de que lo hubieran elaborado otros, cabría decirse que seres de otro mundo. Pero no, es todo fruto del hombre: es un producto de mí.

                Claro que no puedo presumir en solitario de este logro, medito mientras camino por entre los pasillos que conforman esta estructura circular y recurrente sobre sí misma; entre otras cosas, porque sería negar la evidencia. Este conjunto de monumentos de piedra posee la influencia de otros pueblos, de aquellos que visité durante mis viajes, y de los que tantas cosas aprendí: asirios, nubios, fenicios, cananeos, babilónicos… Y, conforme lo recuerdo, no puedo olvidar el nombre del hombre que lo hizo posible, pues me trasladó consigo en cada uno de sus trayectos: mi faraón.

                Admiro su nombre, precisamente, engastado en los cartuchos que yo mismo hice tallar en las paredes del monumento, para mayor gloria de los siglos, por toda la eternidad. Ahora, sus sucesores, sus enemigos, han decidido arrancarlos. Desprenderán y romperán los cartuchos para que no quede constancia de su nombre. Lo peor, para que éste quede borrado por toda la eternidad. Han conseguido este propósito de manera parcial con la destrucción, hace unos cuantos días, de su tumba. Hasta ahora, por su acceso remoto, no han podido llegar a este otro sitio. Pero no tardarán mucho en hacerlo. Por eso me he adelantado a los acontecimientos. Incluso aunque cause la desaparición de aquello que he levantado, que tanto amé y con lo que tanto tiempo he convivido.

                La cuadrilla de obreros que contraté ha llegado a tiempo. Con extremo cuidado y dedicación, se esfuerzan en ir desmontando las planchas que elaboré con los distintos bajorrelieves cargados de jeroglíficos. Lo tienen relativamente fácil porque los diseñé a propósito para que fueran retirados con sencillez y, si era necesario, hacerlo deprisa. En aquella época, ya intuía lo que podría ocurrir a la muerte de mi señor, y sabía que, cuando sus adversarios llegaran aquí, no estarían interesados en llevarse nada, sino únicamente en derruir y fragmentar. Su intención no es sólo obliterar de la memoria de los hombres la figura de mi farón sino, también, al eliminar toda constancia escrita de su nombre, asesinar su alma en el inframundo. Es una venganza que va más allá de la tumba. Por ello, por doloroso que me resulte, la única manera de preservar su espíritu será enviar cada una de estas planchas a los rincones más distantes del imperio, adonde sus voraces depredadores no podrán encontrarlas jamás. De esa manera, destruyo la obra capital de mi vida, el monumento de mis desvelos; pero, a cambio, salvo de la oscuridad a mi amigo. Si tuviera que elegir otras 10.000 veces, 10.000 veces lo haría igual.

                Desde una colina cercana, veo partir los camellos en dirección a los cuatro puntos cardinales. Los miro como el padre que ve marchar a los hijos: alguien a quien le duele no verles al lado, pero que sabe que la única manera de que salgan adelante es que vivan su propia vida, aunque sea lejos del hogar. Que estén a salvo, aunque no sea conmigo.

                Lo que ocurra con los restos de mi ya desaparecido monumento -cuyo armazón desnudo yace a mi lado y será devorado, en poco tiempo, por las arenas del desierto- y con el nombre de mi amigo, sólo el futuro, que tantas sorpresas nos depara, lo puede dilucidar.

 

 

                Las primeras experiencias de I.G. con el fenómeno que nos ocupa tuvieron lugar a consecuencia de su trabajo como ingeniero de sistemas en lo que entonces se denominaba la Unión Soviética. Podríamos entrar en prolijos detalles sobre el tipo de mediciones que efectuaba, pero como él solía explicar a sus convecinos: “no lo vas a entender igual, y lo importante es que sepas que intento encontrar una determinada clase de partículas asociadas a ciertos tipos de energía”. Estuvo trabajando en los alrededores de la planta de Chernobyl, y también desarrolló proyectos relacionados con el accidente de Kyshtym. Almacenaba toneladas de gráficos y bases de datos (cuando operaban con papel; con el empleo de medios digitales, la metáfora que implicaba peso dejó de ser realista, aunque la cantidad de datos que recopiló fue todavía más telúrica) con cuantificaciones de todo tipo, a partir de prospecciones realizadas en diversas clases de lugares. Centrales nucleares abandonadas, silos, ríos, campos de cultivo, o muestras tomadas en la atmósfera, como parte del ruido de fondo. La primera vez que captó la señal que nos ocupa tuvo lugar en las áreas donde realizaron buena parte de sus funciones los llamados “liquidadores” de Chernobyl. I.G. las atribuyó, lógicamente, a la radiación. Luego detectó medidas anómalas en los hospitales de las zonas asociadas pero, aunque estas se encontraban en abierta contradicción con otros parámetros físicos objeto de estudio, I.G. también consideró que se debían a derivaciones de los fenómenos radiactivos. Por ello, aunque incapaz de justificarlas, nuestro ingeniero supuso que habrían de tener un sentido físico que futuras investigaciones confirmarían.

                Sucedieron desde entonces muchas cosas; se hundió la Unión Soviética; nuestro hombre pasó a formar parte del funcionariado de la nueva nación, Rusia. La nómina siguió llegando, aunque ostensiblemente reducida. No obstante, el hombre no cedió a la tentación en forma de cantos de sirena de la empresa privada. Al fin y al cabo, le gustaba su trabajo; le entusiasmaba la ciencia que llevaba aparejada consigo, y creía en lo que hacía. Eso sí, con el desarme armamentístico, producto del final de la guerra fría, sus misiones se volvieron más variadas, y mucho más internacionales. Fue precisamente en uno de sus viajes al centro de África cuando localizó de nuevo esos desconcertantes patrones que había detectado en su día. Preguntó si en las minas a las que había ido a investigar se habían localizado trazas de radiactividad. Los responsables locales lo negaron enfáticamente. Fue entonces cuando se puso a investigar con mayor ímpetu.

                A lo largo de distintos análisis por el mundo, los resultados fueron coherentes: Nagasaki, Auschwitz, la oficina S-21, las áreas de recolección del caucho del antiguo Congo Belga; cárceles, campos de concentración; cementerios, fosas comunes. Y también hospitales, incineradoras, funerarias. Sitios con un claro denominador común.

                El día que I.G. se percató del hecho básico, el momento en que captó hasta el tuétano su significación, tuvo que sentarse, ponerse de fondo música de Rajmáninov, y pensar. Él nunca había sido un hombre religioso. No creía en cuestiones sobrenaturales. Él sólo había seguido fielmente, a lo largo de su vida, el rastro de aquello que fuera capaz de ver, medir o tocar. Pero ahora, pese a su desconfianza y recelos, desafiando su educación, precisamente porque le habían enseñado a aceptar lo que la ciencia le susurraba a través de demostraciones y teorías, no podía soslayar las pruebas físicas. No era capaz de negarse ante la evidencia. Tenía delante de sí un medio científicamente probado de contactar con la dimensión donde habitan los muertos. O, al menos, de certificar su presencia. No sabía cuán lejos podía llegar o a qué consecuencias prácticas iba a conducir todo aquello. Pero, como ocurre con buena parte de los descubrimientos científicos, lo primero es reconocer la vía que se abre ante cada hallazgo. Él había dado el primer paso. Ahora tocaba convencer al resto del mundo.

                Por supuesto, el inicio fue una mezcla de estupefacción, incredulidad y escepticismo que rayó en la mofa. Sin embargo, poco a poco, como la nieve que cae pausadamente y con el tiempo cubre hasta lo alto de campanario más destacado del pueblo, la avalancha de datos acabó por convencer incluso a los más recalcitrantes. Sobre todo, cuando se dieron cuenta de la cantidad de opciones que se les abrían por delante. A partir de entonces, los estudios se volvieron más concienzudos, sistemáticos. Se amplificó la intensidad de la señal de tal manera que, lo que antes sólo podía localizarse en lugares donde había fallecido mucha gente, tuvo la oportunidad de detectarse a nivel individual. De repente, fue posible descubrir no sólo el escenario de matanzas y de genocidios, sino también el de fallecimientos de individuos concretos y aislados. Ni qué decir tiene que aquello supuso una revolución acerca de lo que podía desentrañarse a nivel forense (la resolución de asesinatos cuyos detalles eran desconocidos), histórico (el descubrimiento de la tumba de Gengis Khan tuvo lugar al poco tiempo, merced a esta nueva tecnología), filosófico y de diversas aplicaciones las cuales, al inicio, no fueron tan siquiera sospechadas. Baladí es expresar que el mundo entero se transformó.

                Para nuestro hombre no hubo siquiera debate interno sobre si ese conocimiento debía reservarse exclusivamente para su país, o había de otorgarse al resto del mundo. Él era un patriota, y permanecería fiel a su tierra. Ahora bien, con lo que no había contado sería con la deslealtad de una parte de la misma. En concreto, de una mujer.

                Su esposa sollozó. Se arrodilló, imploró que la perdonara. Se justificó diciendo que aquello sólo había sido un desliz: una pura pasión carnal impulsada por las ganas de recuperar la plenitud de sus años más jóvenes. Le suplicó que se quedara a su lado y que envejecieran juntos. Pero ya era tarde. Él marchó del país, y se llevó consigo sus descubrimientos, que empezaron a esparcirse por todas partes.

                Una mujer le había engañado, y aquello tuvo sus consecuencias.

                                                                                             

 

                Conoció a Ludwig von Economo en una reunión conjunta de empresarios, científicos e integrantes de medios de comunicación para intercambiar ideas de un modo informal. Lo curioso es que von Economo (joven, apuesto, de perilla afilada, con una extraña combinación, en su vestimenta, de elegancia y estilo “casual”, y ni el más mínimo asomo de acento en su inglés; tanto que I.G. dudó sobre si era oriundo de los Estados Unidos o Gran Bretaña) no le explicó demasiado acerca de su proyecto. Simplemente le dio su tarjeta y le emplazó a reunirse con él en la más prestigiosa pinacoteca local. Un lugar anómalo para una entrevista de trabajo.

                -Vaya allí el sábado a las once. Le va a interesar –guiñó el ojo cómplice.

El primer fenómeno curioso fue que el museo estaba vacío. Lo habían reservado exclusivamente para un evento privado donde sólo estaban él, von Economo… y una muy atractiva mujer que hablaba el idioma de Tolstoi como sólo alguien que ha crecido con el cuento del soldado, el zarévich y la muerte puede hacerlo. La joven empezó a explicarle el cuadro –cedido al museo como parte de una exposición temporal- de Iván el Terrible y su hijo, desgranándole las motivaciones de Iliá Repin como si ella se hubiera encontrado a su lado cuando lo pintaba, preparando (mientras aguardaba la terminación de la obra) el samovar.

-Observen la mirada angustiada en los ojos del soberano; no sólo acaba de asesinar a su hijo, influido seguramente por el mercurio que le proporcionaban para tratarle la sífilis; ha matado al heredero al trono de Rusia. Acababa de quitar la vida al único que podía salvar su dinastía y, quizás, el futuro en conjunto del país. <<Qué he hecho>>, se encuentra sin duda preguntándose a sí mismo. <<Qué he hecho>>.

                La mujer se deslizó –casi cabría más decirse que flotó- entre las distintas obras de arte en un juego de ballet, como si llevara toda la vida preparando esta danza. Tchaikovsky, pensó nuestro hombre, habría ideado para ella El lago de los cisnes, y luego la habría invitado a pasear.

                Conforme la joven seguía desplegando su abanico de erudición y de divinidad secular sobre la pulida superficie del museo, I.G. sospechó que la estrategia de von Economo estaba muy bien urdida para tratar de seducirle no sólo en virtud de una atractiva oferta profesional, sino también de una mujer cuyos encantos e intereses comunes iban a atraerle como un agujero negro.

                Lo malo de las estrategias obvias y descaradas para obtener nuestra atención es que, si nos las plantean, es entre otras cosas porque estamos deseando que lo hagan. Al fin y al cabo, es el caramelo que nos gusta, envuelto en un plástico de colores que nos entusiasma más aún.

                Por eso, nada más I.G. firmó en el despacho de von Economo su incorporación a la empresa, con lo cual formalizaba su incorporación al sector privado, no le resultó extraño que su recién instaurado patrón sonriera mientras, a las puertas, aguardaba su nueva amiga para escoltarle.

                Acompañó a Irina hasta su hotel. Ella, por lo visto, había viajado desde San Petersburgo ex profeso para este encuentro, todo pagado por von Economo, por supuesto. Estaba claro que, para su nuevo supervisor, el dinero no era un problema.

                -Así pues, ¿no trabajas para él?-preguntó I.G.

                -Bueno, es una manera de decirlo –matizó ella-. Me contrata de vez en cuando. Puedo decir que soy mi propia jefa, pero también que me proporciona unas cuantas y bastante jugosas oportunidades. Aunque, si te refieres a la incompatibilidad de ciertas cuestiones, soy completamente autónoma en materia laboral… sobre todo ahora que ya has firmado –dijo conforme abría la puerta de su habitación y, casi sin pretenderlo, como hacía todo, se dejaba caer (y le invitaba a caer) blandamente sobre la cama.

                Así fue como empezó una de las etapas más fructíferas de su vida, de ésas en las cuales los intereses profesionales maridan en paralelo con los personales de una forma tan natural, ideal y eficiente, a todos los niveles, que no nos damos cuenta de -desde fuera- lo aberrantes que parecen, y todos los problemas inadvertidos que acarrean, los cuales sólo se manifiestan en el momento en que se rompe la burbuja, por lo común de la manera más brutal. Pero ese hipotético suceso aún se hallaba lejos. Y lo cierto es que, en el ínterin, lograron unas cuantas cosas interesantes. Ya no eran capaces sólo de detectar la presencia de almas fallecidas, sino que podían ponerse en comunicación con ellas. Era cierto que de un modo primitivo: no había voces audibles, sino una especie de traducción a un código que, filtrado por el tamiz de un ordenador, reproducía una serie de mensajes sin mucha lógica gramatical pero con un sentido evidente. Desde luego, no era perfecto, pero era bastante mejor que un aullido y un agitar de cadenas, y, por supuesto, lo más similar que nadie jamás había sostenido, desde los diálogos con el inframundo en los poemas épicos, a una ultraterrenal conversación. Al principio I.G. tenía un poco de miedo de que von Economo mostrara el lado capitalista del asunto y exigiera al gran público precios inalcanzables a cambio de sus servicios, pero su jefe fue muy astuto y supo ver desde el principio el filón de una amplia difusión: ofreció tarifas económicas para que cualquiera pudiera hablar con sus allegados, en un negocio que por supuesto creció en una curva estratosférica y mareante. Sobre lo que los familiares muertos tuvieran que decir, los resultados, en honor a la verdad, fueron bastante dispares. Prácticamente ninguno transmitía verdades divinas reveladas más allá de la muerte, y muy pocos poseían tesoros ocultos que dejar en herencia a sus descendientes; las más de las veces, sus preocupaciones eran más mundanas y se limitaban a saludos muy generales, y a preguntar si todos estaban bien. Porque, entre otras cosas, esta nueva vía de comunicación les confirmó cosas que ya suponían acerca del estado de estos dos seres a caballo entre dos mundos: no se ubicaban en ninguna localización espacial específica -alternaban su posición entre el lugar donde fallecieron, aquel donde se hallaba su tumba, y una serie de enclaves significativos para su biografía, hallándose con cierta probabilidad en varios sitios a la vez, cual una especie de gato de Schrödinger fenecido del todo-; tenían un conocimiento muy impreciso de lo que había acontecido en el mundo <<real>> -de alguna forma había que denominarlo- una vez habían abandonado éste, y tampoco se encontraban en ninguna clase de nuevo destino, ni parecían albergar misión alguna que ejecutar por la que, si la cumplieran, quedarían librados de su sino y se volatilizarían de allá. Simplemente, daban vueltas, merodeaban por los antiguos lugares que habían recorrido durante su existencia; sobrevivían, nada más. Pero lo que I.G. y otros investigadores no podían ni imaginar era el consuelo que siquiera esa pálida presencia otorgaba a sus conocidos y familiares, motivo que le convencía a I.G. de que su trabajo lo cumplía por algo más que ganar dinero, y que en realidad esos allegados pagarían muchísimo más por la oportunidad de obtener lo que llevaban a cabo gracias a su pericia técnica. En ese sentido, I.G. se sentía útil, se sentía bien. Y, bajo la flexibilidad de su nueva pareja, Irina, con quien había probado actividades y posturas con las que no había soñado nunca, se sentía joven otra vez.

                Todo iba bien hasta un día. Una jornada que debía de haber sido buena. Irina le enseñó un cuadro del periodo romántico, una representación de una escena histórica. Irina decía que, en su opinión, ese período del arte se encontraba infravalorado respecto a otros estilos formalmente más atrevidos, aunque quizás, en su opinión, con menor carga de significado. En concreto, se refería a una escena de fusilamiento donde la sangre destacaba, brillante y rojiza, sobre la blancura casi intacta de la nieve.

                -Una cosa es lo que yo admiro por dentro; otra lo que debo decir, de acuerdo a los cánones artísticos aceptados; y otra lo que les recomiendo a los compradores porque se va a revalorizar y les va a hacer ganar una pequeña fortuna, que es lo que pretenden casi todos. Por eso, no resulta fácil decirles que es mejor que dejen esa basura pretenciosa que están adquiriendo, y que se vayan a adquirir uno de estos cuadros. Uno de esos pequeñitos y olvidados, por los que algunas daríamos un brazo o un riñón por colgar en el recibidor de nuestra casa. Aunque no puedo quejarme -guiño el ojo mientras señalaba la pintura, en un gesto íntimo y confesional-; éste en concreto lo voy a conseguir.

                I.G. enarcó una ceja al observar el precio.

                -¿Y eso?¿Te lo puedes permitir?

                Irina sonrió con una mezcla de picardía y de falsa culpabilidad.

                -Bueno… Tengo unos ahorrillos.

                Pero estaba hablando con la persona equivocada.

                -Eeeeh… Aquí hay algo que no me cuadra. ¿Te acuerdas de cuando estuviste de viaje, y tuve que hacerte unas gestiones para pagar a una empresa a la que habías contratado unos servicios?

                Irina se rio.

                -Ja, ja, sí. Esa maldita memoria fotográfica. Deberías haberte metido a detective en lugar de a ingeniero. ¿Nunca te lo han dicho?

                I.G. guardó silencio. No era sólo eso. Irina le hablaba muy a menudo del dinero. Para ella era algo importante. Su familia era de esa vieja aristocracia que salió atropelladamente de Rusia tras la caída de los zares. Poco acostumbrados a desenvolverse en ningún oficio, los mayores vegetaron y vivieron de las rentas, pero sus descendientes se adaptaron rápido al nuevo ecosistema. Aun así, Irina tenía el problema de que se movía en un mundo de las altas esferas, y manejaba cifras vertiginosas de dinero, pero ella en sí misma no era rica. A ello contribuía el hecho de observar con rigor casi religioso los gustos caros que se le suponía a una mujer que se movía en el ámbito social de los potenciales compradores. De modo que su empresa unipersonal siempre se movía en un delicado límite entre los beneficios y la ruina, y muchas veces tenía que aportar fondos de su propio pecunio para no llegar ahogada a los balances. De ahí que a I.G. le extrañara que pudiera permitirse aquel pequeño dispendio.

                -En fin, supongo que ya te lo puedo contar. Sobre todo, porque tú también vas a salir beneficiado. Después de todo, este logro es también obra tuya. Y, cuando lo anuncien en la junta de accionistas, el dinero no será un problema, para ninguno de nosotros, nunca más.

                Cuando Irene se lo confesó, I.G. se quedó lívido. Sin apenas dar explicaciones, marchó y cogió el coche en dirección a la empresa. Allí se encontró, organizando cuestiones operativas en un pizarra, a von Economo, junto con un pequeño grupúsculo de ayudantes.

                -Ah, estás aquí -desplegó una amplia jovialidad von Economo-. Dime, ¿querías verme?

                Pero I.G. no le devolvió la sonrisa.

                Una mujer le había traicionado. Y aquello tuvo sus consecuencias.

 

 

                Dicen que el período inmediatamente posterior a la Primera Guerra Mundial estaba lleno de espectros. Y era verdad. Los fantasmas de los muertos durante la contienda vagaban por los campos de Europa, y las familias de éstos se pusieron en contacto con espiritistas y médiums para contactar con sus fallecidos. Pero como éstos en realidad eran estafadores sin escrúpulos, o crédulos sin la menor idea de lo que estaban haciendo, no se consiguió nada. Debió de ser una estampa muy cómica cuando las almas perdidas (que sí que existían) veían que todos los esfuerzos desplegados caían en saco roto porque, a pesar de la cantidad de gente que deseaba hablar con ellos, lo estaban haciendo del modo incorrecto -la tecnología tardaría años en implementarse,- y por tanto no había manera de obtener ningún resultado.

                Todo cambió con el nuevo sistema desarrollado por I.G. Sin embargo, lo esencial en lo que se centraron los analistas de von Economo fue en aquellos primeros datos que el científico entonces soviético había recolectado. Se dieron cuenta de que esas iniciales detecciones fueron posibles porque I.G. las había hallado cerca de sitios donde se había producido un alto número de víctimas. De hecho, fue a partir de los encargos de la empresa para localizar fosas comunes y crímenes de guerra cuando se les ocurrió que la inmensa acumulación de energía allí concentrada podía repercutir en otra clase de cuestiones. Y se pusieron a indagar.

                von Economo se lo explicó. Los muertos eran muertos, y muertos estaban. Su tiempo había pasado, y su capacidad para transferir impresiones al mundo de los vivos era limitada, y cumplía su función tras un tiempo. De hecho, muchos no tenían ni siquiera descendientes con los que comunicarse. En cambio, ellos no desaparecían; no se disipaban en el aire una vez cumplida su misión pendiente, como ocurría en las novelas góticas o en las películas. Lo que hacían allí era perder su tiempo y el de todos, mientras ellos quedaban errando por una eternidad soporífera y fútil. En cambio, la Tierra que seguía adelante, la de verdad, adolecía de un grave problema de suministro de combustible, y sólo el aprovechamiento de esta gran cantidad de energía hasta ahora malgastada podría suplirla.

                El funcionamiento era simple, desgranó  von Economo: la ventaja era la acumulación de todas esas almas alrededor de unos cuantos puntos comunes (aquellos que primero estudió I.G.) donde se concentraban. Incluso el hecho de que oscilaran entre varios lugares a la vez no impedía que, cuando la tecnología creada por I.G. fuera aplicada según los nuevos diseños de los ingenieros de von Economo, aquellos sitios especiales sirvieran como punto de anclaje para acceder a los espectros y absorber todo su potencial. De esta manera, explicó el jefe de I.G. ante su horripilado empleado, tendremos así una cantidad impresionante de energía a nuestra disposición, para el servicio de toda la humanidad.

                I.G. estaba mudo de espanto. Les mataremos, atinó finalmente a decir tras balbucear un rato la respuesta. Eliminarás la energía residual que queda de esos individuos, y de esa manera quedarán desaparecidos para siempre. von Economo sonrió. No se puede asesinar, dijo, a alguien que ya está muerto desde el principio. No se les puede matar dos veces. Ellos ya tuvieron su paso sobre la tierra. Ahora necesitamos que les proporcionen un futuro a sus congéneres. Hemos sobrevivido miles de años sin comunicarnos, ellos errando de manera inútil por la faz de la tierra, nosotros sin conocer su existencia. Si ahora se desvanecen del todo (explicó von Economo con esa sonrisa taimada que hasta ahora sólo era un signo de inteligencia) no les vamos a extrañar.

 

 

                Al día siguiente, I.G. se coló sin permiso en las instalaciones de su propia empresa. Podría haber utilizado su pase personal de seguridad, pero se aseguró de robar, antes de salir el día anterior, la tarjeta de uno de los guardias. No sabía si von Economo desconfiaría de él a raíz de las últimas revelaciones pero, en todo caso, después de lo que iba a hacer aquella noche, seguro que revocaría todas sus autorizaciones. De hecho, meditó mientras subía a la sala de máquinas, lo más probable era no sólo que le denunciase, sino que tratara de destruirle y mandara sicarios para erradicarle de la faz de la Tierra. Era normal. Pero no por ello recuperaría lo que iba a perder ese día.

                I.G. se alegró de cómo había diseñado aquellos aparatos. Seguramente a causa de los viejos tiempos en que había trabajado para la Unión Soviética -por aquella obsesión paranoica de que el Politburó pudiera apropiarse de su labor y utilizarla para fines bélicos que I.G. ni siquiera había sopesado- era por lo que había dispuesto aquella tecnología mediante un sistema modular, de tal manera que fuera posible extraer unas cuantas secciones sin alterar el funcionamiento del conjunto. Por eso, las alarmas no sonaron, ningún medio de seguridad se activó. I.G. pudo desarrollar su misión sin interrupciones hasta que, finalmente, apretó un botón. Casi pudo sentir el sonido de la energía fluyendo, de esas almas movilizándose, con un suspiro de alivio, ante el gesto que las iba a salvar de la destrucción. Claro que aquello iba a cambiar por completo la forma en que interaccionaban con el mundo físico con el que tan recientemente habían vuelto a sincronizar.

                von Economo lo había dicho. La clave de su pavoroso sistema era la concentración. En determinados puntos en el espacio, había una densa confluencia de almas de las que era posible obtener una gran energía. Era como extraer sal a través de un bloque arrancado de una mina. Pero, ¿qué hacer si toda esa sal se encontraba disuelta en el mar? Entonces, el coste de purificar ese material -la sal en la metáfora; en la vida práctica, las almas- se volvía tan prohibitivo que no merecía la pena. Eso era lo que había hecho I.G.; había disociado a los espectros de los lugares físicos a los que se encontraban encadenados, de tal manera que ahora se encontraban “vibrando” (era el término técnico que se le aplicaba) a lo largo de la completa amplitud del espacio. Un fallecido en las guerras afganas producía la misma señal en Moscú que en Uganda o Pekín. Una señal débil, desde luego, insuficiente para ponerse en contacto con ese ente, pero también imposible de absorber y asimilar. Una vez más, los muertos volvían a estar solos y, sus descendientes, impedidos para hablarles. Pero al menos, estaban vivos (de alguna manera). En cierto modo, los había salvado. A costa de cortar la única conexión que habíamos mantenido con el mundo de los difuntos pero, desde luego, impidiendo que aquellos millones de fantasmas sufrieran una muerte definitiva otra vez. No sabía si todos aquellos espectros -con los que personalmente, en ningún caso, se había comunicado; no creía que a sus padres, unos racionalistas estrictos, les hiciera gracia el asunto- estarían de acuerdo con el cambio. Sentía, en todo caso, que era mejor que él hubiera tomado la decisión en su nombre, antes de que von Economo lo hiciera en base al dinero que el pingüe negocio le iba a proporcionar. Si tuviera que elegir otras 10.000 veces, 10.000 veces lo haría igual.

                Después de hacer esto, salió del edificio. Fue al aeropuerto. Compró un billete de avión. En la nave, reflexionaba, con un vaso de vodka en la mano, sobre la ahora remota posibilidad de que un montón de fantasmas, parientes de alguien, se hubieran convertido en papilla y ardieran como combustible en el depósito del avión. También meditó sobre si, allí afuera, habría algún espectro al otro lado de la ventanilla, observándole, mirando, quizás de alguna manera intuyendo lo que había ocurrido y dándole las gracias. Ahora nunca lo sabremos, se dijo. Quizás estos espíritus le daban tanto miedo al mundo (se planteó I.G.) como nosotros, desde el otro lado, se lo dábamos a ellos.

                Descendió del avión. Tomó un taxi en la ciudad que tanto le sonaba y que, sin embargo, con el paso de los años, encontró muy cambiada. Como si ahora el espectro fuera él. Fue a una dirección cuya ubicación concreta nunca había podido olvidar. Sacó su llave y probó, acertadamente, para ver si funcionaba. Se metió en la casa y más tarde en la habitación, momento en que, con mucho tiento, se quitó los zapatos, se metió en la cama y se acomodó junto a una mujer dormida. Ella se desplazó ligeramente para hacerle hueco, reconociendo sin duda el sonido de la respiración, la identidad de su calor, y su forma de moverse; en definitiva, sus costumbres.

                -¿Qué pasa? -como único, comentario, la mujer le preguntó, como si llevara en la cama toda la vida. Aunque a ella le bastaba con que estuviera ahí.

                Entonces, I.G. respondió de la única manera en que había sabido transmitir sus pensamientos para que se perpetuaran a lo largo de los tiempos, para que no se perdieran en la noche oscura del alma. El único recurso que le quedaba tanto a él como a los espectros cuya existencia acababa de salvaguardar. Y, en aquel momento, le apetecía que una persona, en realidad la única que había amado, fuera receptora de lo que quería legar al mundo:

                -He tenido que venir. Tenía que luchar contra el olvido.

                Contra la espalda de ella, se abrazó. Durante horas permanecieron allí, pegados, refugiados cada uno en el otro, disfrutando de su mutua compañía, nada más.