Mostrando entradas con la etiqueta Santiago Ramón y Cajal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Santiago Ramón y Cajal. Mostrar todas las entradas

jueves, 1 de mayo de 2025

El relato de mayo: Contradicción

Esta narración surgió a partir del II Certamen de Microrrelatos Simurg (2024), en el que quedó finalista en la modalidad de ciencia ficción, y ha salido publicada (a partir de la página 26 del texto del enlace) como parte de una antología del concurso. Como requisito, el cuento debía basarse en una de las fotografías del Legado de Santiago Ramón y Cajal colgadas en el Espacio Simurg ex profeso para este certamen. En concreto, aunque hubo varias imágenes me inspiraron, partí sobre todo de ésta, que podéis ver debajo. Espero que el relato os llame la atención. Quién sabe, podría dar origen a algo más largo. Un saludo.


Contradicción


-Pase y siéntese.

El recién llegado obedeció. Luego, contempló el galardón que se encontraba encima de la mesa.

-Ah, esto -se fijó también Ramón y Cajal en el documento-. No lo tenía ahí por presunción. Simplemente, no me ha dado tiempo a guardarlo.

El invitado sonrió, comprensivo.

-Claro, por supuesto. Me imagino que el retorno de Suecia ha debido de constituir un esfuerzo agotador.

 -Créame: he quedado mucho más exhausto de debatir con Golgi.

Afirmó, con una pizca de mordacidad para nada escondida, Ramón y Cajal. El invitado pensó que había llegado en el momento perfecto: el científico se hallaba seguro de sí mismo, exultante tras sus últimas condecoraciones. Por supuesto, seguía trabajando a todo ritmo (o eso le habían comentado sus fuentes al respecto), pero estaba preparado para ausentarse del trabajo si un reto más apremiante, más atrayente, consiguiera atraer su atención.

-Pero dejemos de hablar de mí -sonrió Cajal, pícaro-. Le estoy sustrayendo su sin duda valioso tiempo. Dígame, ¿a qué ha venido acá?

Y el invitado de Ramón y Cajal, embutido en su gabán, con esa pinta enigmática que había cautivado al neurocientífico desde el principio, abrió la bolsa de tela que portaba consigo desde el principio para extraer con sumo cuidado…

-Un cráneo -enunció en voz alta Cajal, conforme lo asía con precaución con ambas manos-. Dios mío, estas fracturas son extraordinarias… Me recuerdan a las de uno que mi hermano encontró para nuestra colección particular: tiene una necrosis, causada por la sífilis, que ha generado unas lesiones tan terribles como éstas. Pero en cambio, las de aquí han sido provocadas por un impacto violento, ¿correcto?

-Así es -asintió crudamente el hombre.

-¿Puedo conocer la circunstancia? -preguntó Cajal.

 -Por supuesto -consintió el hombre-. ¿Es usted aficionado a la espeleología?

-¿Adentrarse por cuevas? No, gracias. He escuchado que se hace muy buena ciencia con ello, pero, en dicha área, nunca he pasado del senderismo. ¿Se halló en una gruta, pues?

-Pero no una cualquiera. Quizá haya visitado usted la sierra de Atapuerca, en Burgos.

-No tengo el gusto -confesó Cajal-. Aunque algunos amigos me han hablado de ella.

-De esto es menos probable que haya escuchado nada: hay, dentro de esa cadena de montañas, un conjunto de cavernas particular… Y en una de ellas, existe una sima: un talud que se abre unos catorce metros hacia abajo y que fue explorado por primera vez en 1795. En dicha oquedad (y esto lo conoce un número muy reducido de personas) se han encontrado una serie de esqueletos humanos. Es por ello por lo que ha sido denominada la Sima de los Huesos.

Cajal miraba al desconocido muy fijamente. Colocó con delicadeza el cráneo sobre la mesa, no muy lejos del premio Nobel. Mantuvo su atención sobre el hombre misterioso.

-Prosiga.

-Respecto a esos restos, le resumiré muy brevemente la cuestión: en primer lugar, no son huesos de humanos modernos. ¿Ha oído usted hablar del Homo neanderthalensis?

-¿Esos fósiles que se atribuyen a un tipo de ser humano anterior al hombre moderno? Aunque tengo entendido que hay una intensa polémica acerca de ellos -Cajal tuvo que escudriñar en el interior de su mente para explorar la parte de su memoria a cargo de las noticias científicas fuera de su campo, de las que procuraba mantenerse relativamente actualizado.

-Exacto. Sobre esto que le voy a decir tendrá usted que creerme, porque todavía no se ha hecho público: los restos de la Sima de los Huesos pertenecen a especímenes de ese tipo. Incluso anteriores.

El hombre ejecutó un parpadeo a destiempo: esperaba que lo suficientemente imperceptible para que Cajal no se diera cuenta. Obligó a su mirada a vagar por la habitación. Primero, para desviar la atención; pero, en segundo lugar, para localizar el cráneo que había mencionado Cajal: podía serles útil, según cómo evolucionaran los acontecimientos. El desconocido se preparó para reiniciar el diálogo. Era muy importante controlar el flujo de información que le proporcionaba al científico: combinar medias verdades con informaciones que pudiera constatar y que, por supuesto, no resultaran anacrónicas respecto a su época. El invitado caminaba sobre una cuerda de equilibrista muy fina, que podía seccionarse en cualquier momento: pero nadie dijo que viajar al pasado fuera fácil. Por ahora, lo importante era que, durante la siguiente andanada, Cajal no llegara en ningún momento a sospechar la verdad:

-Y como segundo punto -articuló con voz queda-… Entre ese grupo de huesos, hay una serie de lesiones violentas que nuestros patólogos han atribuido a una caída desde lo alto de la sima. Pero todas ellas son post-mortem: es decir, primero murieron por cierta causa, la que fuere, y después los arrojaron al talud. En cambio, la fractura de este cráneo es ante-mortem

Dejó que Cajal se impregnara de aquellas palabras y de su auténtico significado:

-Es decir… -pronunció Cajal muy lentamente, mientras estudiaba de nuevo el cráneo-… que es un hombre moderno al que alguien arrojó a un agujero lleno de huesos antiguos… y que murió a causa de ello.

Cajal empezó a interrogarse por las circunstancias en que había conocido a aquel hombre. Y se preguntó que quería realmente de él.

-¿Por qué me cuenta esto a mí, precisamente?-inquirió inquisitorial con los ojos.

 El hombre extrajo otro elemento de su bolsa de tela.

-Porque, al lado del cráneo, hallamos esto.

Cajal lo examinó.

-¿Lo reconoce, verdad?

-Claro -dijo el médico-. Es el ocular de un microscopio. Tengo varios de este mismo modelo.

-¿Y esto? -sacó un nuevo objeto el invitado-. Se encontraba también allí.

El desconocido le tendió lo que Cajal reconoció al vuelo como una preparación histológica. La capturó con fuerza. Leyó las palabras que tenía escritas. Alzó la vista, confuso.

 -Esta… es mi letra.

Consultó con ansiedad su cuaderno de notas.

 -Pero esta muestra… yo aún no la he obtenido.

 Se quedaron mirando entre ellos. Transcurrió un segundo muy, muy largo.

 Cajal se incorporó. Cogió, del perchero, casi al vuelo, su sombrero.

  -Rápido, lléveme a ese sitio -ordenó.

 El desconocido, para sus adentros, sonrió.


lunes, 14 de agosto de 2023

Nueva entrega de "El Gato de Hubble": Ramón y Cajal, el concurso

Bienvenidos a una nueva entrega de "El Gato de Hubble", donde hemos decidido en esta ocasión montar un concurso acerca de la figura del único premio Nobel de ciencias 100% español, el insigne Santiago Ramón y Cajal. Como veréis, a través de las preguntas y las respuestas aprenderemos un poco sobre de sus descubrimientos, pero también detalles anecdóticos (muy jugosos y divertidos) acerca de su vida, la cual ilustra de manera diáfana el panorama de la ciencia española e internacional en su tiempo, y también arroja luz sobre cómo está la situación en la época actual. Lo dicho, espero que con el programa descubráis cosas nuevas en relación a una biografía menos encorsetada de lo que parece y, sobre todo, os lo paséis bien. Un saludo.

Santiago Ramón y Cajal tuvo una vida agitada. A lo largo de su existencia fabricó un cañón (de niño), practicó la pintura, la fotografía y el culturismo (como podemos ver en la fotografía de arriba), casi le matan en la guerra (no sólo a tiros, y no sólo el enemigo), hubo de arrastrar a alguien del brazo para que la ciencia le hiciera caso, y tuvo un hermano con un periplo vital todavía más aventurero (hasta vivió una revolución). Si con esto no tenéis ganas de escuchar el programa, yo ya...

Posdata: como sé que alguno no tiene mucho tiempo para llegar al final de los podcast, pero pueden interesarle recomendaciones bibliográficas, aquí la biografía que recomendé de Ramón y Cajal (en la que escribe el mayor experto en el tema, Juan De Carlos Segovia, responsable del Legado Cajal), aquí la serie de televisión (que esperemos que ya se pueda ver sin problemas), y aquí algunos textos escritos por nuestro científico favorito que pueden encontrarse en librerías -en las bibliotecas, sin duda, habrá más-. Un saludo.


jueves, 1 de octubre de 2020

La historia real de octubre: Ferrer Guardia, una condena atroz

Nos encontramos quizás ante uno de los crímenes más abyectos que haya ejercido el estado español desde que éste intentó mostrarse como un país moderno, respetuoso de la ley y del estado de derecho. Quizás precisamente a causa de eso sea un hecho bastante desconocido. El proceso contra Ferrer Guardia se convirtió un acto abominable, que algunos han comparado con el affaire Dreyfuss en Francia y que sin duda encuentra ecos en la tan execrable como errónea ejecución de José Rizal, héroe de la independencia filipina, por parte del mismo estado español, unos trece años atrás. Está claro que algunos no aprenden de sus propios fallos. Los cuales requieren ser recordados periódicamente, para evitar reiterarse. Quizás por eso, también, no nos hablen con tanta frecuencia de esta figura, a la que en ciertos círculos cubre un velo de oscuridad.

Francisco Ferrer Guardia tiene una vida turbulenta y y poliédrica en una época (nace en 1859) en la que España en general y Barcelona en particular bullen pulsiones revolucionarias y contrapuestas. Como suele decirse de toda crisis, hay un mundo que no termina de nacer, y otro que se resiste a morir, y en esa dinámica lleva inmersa la piel de toro doscientos años. Lerrouxismo, catalanismo, tradicionalismo; Ferrer, nacido en una familia acomodada y monárquica, reacciona basculando hacia al lado opuesto, y educándose de manera autodidacta o mediante ayuda de conocidos en el republicanismo y las ideas internacionalistas. A través de su trabajo como revisor de los ferrocarriles entra en contacto con el mundo político, ejerciendo de secretario de Ruiz Zorrilla, miembro del Partido Republicano Progresista. Una asonada militar de un partidario de su jefe, por la cual se intenta proclamar la república, fracasa y Ruiz Zorrilla y su empleado se ven obligados a exiliarse a París, donde Ferrer sobrevive dando clases de español. Allí entrará en contacto con las corrientes librepensadoras y anarquistas. Quizás toda esta labor de forja intelectual, tan trabajada e intensa, no hubiera fraguado en ningún logro concreto si no hubiera mediado un golpe de suerte. Al igual que con el documental sobre Las Hurdes de Buñuel -que se rodaría gracias al dinero procedente de un billete de lotería-, a Ferrer Guardia le cae en suerte la herencia de una antigua alumna, que le aporta una suma de un millón de francos. Con este dinero, va a hacer la inversión de su vida: fundar una institución que recopile las ideas que había desarrollado sobre la educación y las cristalice en una escuela viva que modifique ciento ochenta grados el paradigma de la enseñanza en España. No sabe en lo que se está metiendo; o sí lo sabe pero, aun así, sigue adelante, porque sin gente que se meta en líos no existiría ninguna manera de avanzar.

La Escuela Moderna, como se denominó, y que empezó a desarrollarse en Barcelona (aunque luego surgieron réplicas en otras poblaciones de la provincia, así como en Valencia y Zaragoza), practicaba métodos y teorías opuestas a la mayor parte de lo que se había llevado a cabo hasta entonces. Uno de los pilares fundamentales es que sería laica, en contraposición a la enseñanza religiosa que adoctrinaba la mayoría de los cerebros infantiles por aquella época. Era una educación que se basaba en la libertad, donde el maestro era menos un transmisor que una guía. Se hacía hincapié en la higiene, la salud personal y pública, así como el equilibrio con el entorno natural. Desaparecía la dinámica de premios y castigos (¿nos parecen muy modernas las teorías actuales?) y, aunque la financiación de la escuela obligaba a que la matrícula tuviera un cierto coste -y por tanto restringía el acceso a estudiantes sin poder adquisitivo-, se estimulaba, en compensación, a que los alumnos se inscribieran en el movimiento obrero, para lo cual se realizaban excursiones ya desde niños a fábricas de la zona que debían imbuir del conocimiento acerca de la problemática de este particular universo. Por supuesto, las reacciones frente a esta forma de enseñanza fueron furibundas: para empezar de la iglesia católica, que veía amenazada la exclusividad que tenía de la escasa y mediocre educación que se impartía en aquellos momentos en España. Pensadores conservadores como Unamuno (recordemos su vena cristiana, con tanto peso en su obra) veían peligroso que el movimiento lo liderara un anarquista: "Enseñar física o química para demostrar la no existencia de Dios y la injusticia de que haya Estado es un disparate tan grande como enseñarlas para demostrar que hay Dios y que debe haber Estado".

Un paralelismo claro de la Escuela Moderna se encuentra con otro movimiento contemporáneo, de inspiración similar, con aspiraciones un poco más ambiciosas tanto en el ámbito geográfico como de amplitud de objetivos, aunque menos radical en cuanto a la profundidad de algunos de los mismos: la mucha más conocida Institución Libre de Enseñanza, fundada por Francisco Giner de los Ríos. Como la Escuela Moderna, sus principios se fundamentaban en la no competitividad, el desarrollo integral de la educación del niño, el humanismo, y el pensamiento científico como base de un aprendizaje crítico, racional y desarrollado en libertad. Aunque los logros de la Institución Libre de Enseñanza no fueron ni mucho menos generalizados (el problema al que se enfrentaban era inmenso), su influencia fue enorme no sólo a través de ella misma, sino de otras estructuras con las que colaboró y que contribuyó a diseñar: la Junta de Ampliación de Estudios, que tuvo a su frente a Ramón y Cajal y fue el primordio a partir del cual nació el CSIC; la Residencia de Estudiantes donde intercambiarían conceptos Lorca, Buñuel, Dalí y otros grandes hombres y mujeres, pues la Residencia de Señoritas formaría a toda una generación de féminas intelectuales, de un modo como nunca antes se había intentado en la historia española; o también las Misiones Pedagógicas, las cuales buscaban otorgar unas briznas de instrucción en el vasto océano de incultura en los pueblos pequeños de España (aportando profesores, actividades culturales u obras de teatro, en las que participó con frecuencia el grupo La Barraca, co-fundado por Lorca), en un intercambio de doble sentido entre el campo y la ciudad, puesto que tanto a Ferrer Guardia como a Giner de los Ríos y al ayudante de este último, Cossío (el principal impulsor de las Misiones Pedagógicas) les encantaba salir ellos mismos y sacar a los alumnos al campo y a las zonas rurales siempre que se podía. Si la Institución Libre de Enseñanza no llegó a hacer más (sus logros fueron reducidos y, en muchos casos, no se alejaron demasiado de Madrid) fue debido a la falta de presupuesto, de medios, a la oposición continua de la iglesia y los sectores tradicionales, y también a una Guerra Civil que arrancó de cuajo todo su duro trabajo de zafa previo. No obstante, las tendencias que puso en marcha, muy modernas para la época, sirvieron como base a métodos educativos alternativos que, por fortuna, fueron sustituyendo a los más caducos hasta convertirse, en muchos sentidos, en el sustento de los actuales.

Pero volvamos a Ferrer Guardia. Desde luego, no lo tuvo fácil, con todos los enemigos que se alzaron en su contra. Pero la Escuela Moderna funcionó de manera intermitente entre 1901 y 1909, con una constelación de actividades (charlas, boletines, recitales, teatro, una universidad popular para adultos) impartidas en igualdad a niños y niñas, de manera no segregada, lo cual era escandaloso para ciertas mentes. Al mismo tiempo, Ferrer Guardia daba pie a otras inquietudes: fundó el periódico La Huelga General, pues era un defensor de esta estrategia de presión obrera. El problema llegó cuando, en 1906, el traductor y bibliotecario de su escuela, Mateo Morral, arrojó un ramo de flores cargado con una bomba contra la comitiva de la boda de Alfonso XIII. El atentado fracasó, pero Morral fue atrapado (murió durante la detención; nunca se ha llegado a determinar si abatido por la policía o en un acto de suicidio), y se juzgó y condenó a varios integrantes del movimiento anarquista por haber colaborado en su huida. Ferrer Guardia fue detenido durante trece meses, acusado de complicidad, pero nunca se encontraron pruebas claras, y se le absolvió. Esto implicó, sin embargo, que Ferrer Guardia nunca pudo reabrir su Escuela Moderna. Durante los siguientes años, viaja a Francia y Bélgica, donde se mantiene en contacto con las corrientes pedagógicas modernas de las que había bebido su centro educativo, mientras mantiene abierto en España el boletín de la Escuela Moderna. Como en las mejores tragedias griegas, el destino te permite un breve respiro, tras el primer golpe, para luego reaparecer -con toda su fuerza- en el movimiento que conduce a tu destrucción.

1909. Semana Trágica de Barcelona. Este acontecimiento es más conocido en la historiografía española aunque, para todo lo que significó, no lo suficientemente publicitado. El ejército recluta un nuevo contingente de soldados para la inacabable guerra de Marruecos (guerra que proporcionaba prestigio y ascensos a numerosos generales, y abundantes fondos a unas cuantas grandes compañías; se ha hablado mucho, de hecho, del papel de Marruecos en el golpe de estado que aupó al poder a Primo de Rivera, y también de la implicación de los militares africanistas en la insurrección armada del 36). Sin embargo, existe la posibilidad de salvarse de la leva pagando una cuota: conclusión, sólo van a la guerra los hijos de los pobres. El ambiente se caldea cuando zarpan los primeros barcos con los reclutas, y empiezan los disturbios, las algaradas, los tiros. El balance final: 80 edificios religiosos quemados, 104 civiles muertos, 8 guardias heridos. El gobierno (liderado, en esta época de la restauración, por el conservador Antonio Maura) cree que esta insurrección no puede acabar así y encabeza una dura represión, que incluye a 600 condenados -59 de ellos a cadena perpetua- y 17 ejecuciones, 5 de las cuales se llegan a perpetrar. Una de ellas, la última, fue la de Ferrer Guardia.

Los estudiosos del caso coinciden en que el juicio fue una farsa; contaminado por su relación con Mateo Morral, Ferrer Guardia fue escogido como chivo expiatorio para tratar de endilgarle la supuesta autoría intelectual y dirección de la revuelta (cuando, en palabras de un personaje de la época, una revolución "no se prepara", sino que surge de manera espontánea cuando encuentra el ambiente propicio). En concreto, el propósito de mostrar a Ferrer Guardia como el líder de los anarquistas españoles era poco menos que descabellado. El proceso, por otra parte, careció de las mínimas garantías jurídicas: se colectaron declaraciones de tercera a mano (nunca a través de testigos directos) en los que se implicaba a Ferrer Guardia en el incendio de edificios religiosos, mientras que las personas que podían haber demostrado su inocencia, como los amigos y familiares de Ferrer, habían sido desterradas a un pueblo de Teruel tan aislado como remoto. Entre las irregularidades del proceso, el abogado de Ferrer Guardia sólo tuvo un día para leer las más de 600 hojas de las que se componía el sumario, mientras que las páginas más desfavorables de éste fueron filtradas a los diarios conservadores de la época (La Vanguardia entre otros) para aumentar la campaña de descrédito contra el pedagogo catalán. Esta campaña tenía tanto o más importancia porque, aunque acalladas en España, había una miríada de protestas por parte de los colaboradores extranjeros de Ferrer Guardia, que calificaban de escándalo todo el asunto. Los escritores más comprometidos con la cuestión española, entre ellos Azorín y Unamuno (quien se consideraba a sí mismo una especie de defensor del acervo cultural nacional), reaccionaron de manera visceral ante lo que consideraron un ataque contra las esencias patrias. El escritor vasco, en concreto, calificó con palabras tan gruesas como "mamarracho" a Ferrer Guardia en una carta privada, aunque no fueron peores ("judío fanático", "snobs", "golfería") las que les dedicó a los intelectuales europeos que se pusieron del lado del anarquista. Luego se arrepentiría de haber participado en aquella barbarie, aunque no sería la primera vez que Unamuno alternaría la defensa encarnizada de su libertad intelectual con el apoyo a grupos que estaban deseando cercenarla y enterrarla por debajo del subsuelo.

<<¡Viva la Escuela Moderna!>>, gritó Ferrer Guardia el 13 de octubre, antes de que el pelotón de fusilamiento liberara la descarga en el foso del castillo de Montjuic, en virtud del delito de sedición en una sentencia que buscaba proporcionar un escarmiento. La carta de súplica que su hija había enviado a Alfonso XIII, rogando clemencia, no había surtido efecto. Las reacciones internacionales fueron tan hondas como expresivas: Anatole France declaró, en una Francia donde lucieron crespones negros sobre banderas españolas (muchas de las cuales ardieron), se dolió de que el único crimen de Ferrer Guardia había sido fundar escuelas. En Suiza, se bramaba "contra España y contra los curas"; en Argentina se arrojaron bombas contra un consulado español; hubo protestas en Petrópolis, en Salónica. En Genóva, los estibadores se negaron a descargar los barcos españoles; en Inglaterra se hablaba abiertamente de asesinato. En España, en cambio, el debate se silenció, aunque Ferrer Guardia tuvo unos pocos apoyos: el neurólogo Luis Simarro (el hombre que le enseña el método Golgi a Cajal, punto de partida de sus futuros éxitos), quien escribió un libro sobre el proceso, o el las palabras que Galdós (cuyas tendencias progresistas han sido ignoradas hasta hace muy poco) exteriorizó -tildando el arbitrario proceso como propio de una moderna inquisición-, en una reunión en la que también estarán presentes Giner de los Ríos y Pablo Iglesias. Este último (fundador y, durante cierta época, único diputado en las cortes del PSOE, tras haber conseguido irrumpir en el amañado sistema electoral de la Restauración) firmó, junto con los diputados republicanos, una petición para reabrir el proceso judicial del educador y anarquista, pero nunca consiguieron reunir los apoyos para restaurar su nombre. Sólo, más adelante, el Consejo Supremo de Guerra revocó la parte de la sentencia que consideraba a Ferrer Guardia responsable civil de los daños materiales subsidiarios de la Semana Trágica, con lo cual permitió que sus bienes fueran traspasados a sus herederos.

Ferrer Guardia tiene hoy un par de estatuas dedicadas; una en Bruselas, delante de la Universidad Libre, y una réplica colocada en 1990 en la montaña de Montjuic, no lejos de donde fue ejecutado en Barcelona. Como mencioné al inicio, su caso es poco reivindicado. Sin embargo, el mejor resarcimiento lo hallaría el pedagogo en pasearse por un instituto o una escuela primaria y ver que muchos de sus principios han sido aceptados aunque, sin duda, él siempre exigiría más de la educación, y seguiría reclamando sus ideas anarquistas, las cuales también han influido mucho en nuestra concepción del mundo (entre otros, en campos como el feminismo o los derechos civiles). Albert Lledó escribió sobre él, en la Revista de Letras, 100 años después de su muerte: <<El 13 de octubre de 1909 es fusilado en el castillo de Montjuïc. Pero sus ideas, el amor a la libertad por las que luchó siempre, son eternas. No mueren con un disparo. Ni con dos. Ni con tres. Sólo con el olvido, y por ello la vital importancia de hacer memoria. Es nuestra obligación ética>>. Por eso, con respecto a Ferrer Guardia, más a menudo, va siendo hora de recordarlo.

lunes, 28 de agosto de 2017

La historia real de agosto: Houdini vs Argamasilla

El enfrentamiento está servido: el gran mago Harry Houdini, el ilusionista más conocido del mundo, contra Joaquín Argamasilla, un aristócrata español que presume de tener poderes sobrenaturales. El escenario está preparado: será en el Hotel Pennsylvania, de Nueva York, donde tendrá lugar la lucha que pondrá a prueba sus habilidades. Quizás a muchos os suene esta historia, ya que sirvió de base para un capítulo de la serie de televisión "El ministerio del tiempo". Sin embargo, desplegado el truco de magia, es hora de desmontar el escenario y contemplar de cerca las bambalinas. Toca revelar ahora qué parte es ficción y cuál es real.

A la izquierda, Harry Houdini. A la derecha, Joaquín Argamasilla. El duelo está servido.

Partamos del lado más conocido de los dos que hoy se dirimirán en liza. Qué podemos decir de Harry Houdini que no se haya mencionado ya: nacido en la actual Hungría, decidido desde muy joven a convertirse en mago, Houdini no sólo llevó al extremo los límites de los espectáculos que se desplegaban en los teatros con sus audaces trucos de escapismo, sino que alimentó la publicidad hasta tal punto (declaraciones públicas en los periódicos, películas promocionales, y hasta un falso enfrentamiento con su hermano que inspiró la película "The prestige", de Christopher Nolan) que se convirtió en una de las figuras públicas más renombradas de su tiempo. Sin embargo, a pesar de convertirse por definición en el embajador de la magia, Houdini se situó firmemente en contra de aquellos que defendían poseer poderes sobrenaturales. En aquella época (y más después de la Primera Guerra Mundial, donde casi todo el mundo tenía un familiar fallecido al que le hubiera encantado contactar como fantasma), multitud de nuevas ciencias se hallaban en eclosión, y no era raro para incluso reputados científicos afirmar que podría haber algo de cierto en la forma en que los espiritistas trataban de contactar con el más allá. Sin embargo, Houdini sufrió una gran decepción (este episodio también se narra en el correspondiente capítulo de "El Ministerio del Tiempo"), tras la muerte de su madre, cuando el escritor Arthur Conan Doyle le llevó a una sesión donde supuestamente iban a contactar con ella. Houdini quedó profundamente dolido y, a partir de entonces, además de romper su amistad con Doyle, se empeñó personalmente en desenmascarar a médiums y espiritistas, demostrando que sus poderes se basaban en clásicos trucos de prestidigitador, montajes fotográficos o elaborados fraudes. Hasta desarrolló una serie de contraseñas secretas para poder contactar con su madre u otros allegados, como forma de dilucidar si la comunicación con los muertos era posible. Lo cierto es que Houdini nunca llegó a hablar con su madre (cosa que le hubiera encantado, pues no pudo despedirse en la noche de su muerte), y la mujer de Houdini, diez años después del fallecimiento de éste, confirmó que no había encontrado evidencias de nadie que hablara a través de él, y que lo daba por imposible, ya que "diez años es suficiente para esperar a alguien". Por cierto, que a pesar de la decepción de la sesión de espiritismo, Sir Arthur Conan Doyle (creador de Sherlock Holmes y "El mundo perdido") siguió creyendo en fantasmas y otras criaturas sobrenaturales. Es conocido el episodio en el que apoyó la historia del avistamiento de hadas en Inglaterra (al final todo se basaba en un par de niñas con mucha imaginación, y un burdo montaje fotográfico), y estuvo en contacto con el mundo de lo paranormal hasta el final de sus días. Una serie de televisión, "Houdini y Doyle", utiliza el encuentro entre ambos para montar una trama en la que escritor y mago colaboran para resolver casos misteriosos, Doyle casi siempre apuntando a hipótesis sobrenaturales, y Houdini apostando por el punto de vista racional. La serie, dicho sea de paso, no pasará a la historia de la televisión, pero tiene algunos capítulos con propuestas bastante sugerentes en un contexto histórico de lo más sabroso, y para un rato de esparcimiento, está bastante bien.




Aquí, Harry Houdini en un momento delicado. Seguro que se encontraba en su salsa.

Y ahora vamos al otro extremo del cuadrilátero: Joaquín Argamasilla, hijo del marqués de Santacara, presumía de tener la cualidad de la metasomoscopia, es decir, que podía ver a través de los objetos opacos, a través se supone de unos misteriosos rayos. En sus exhibiciones en España (donde hizo adeptos a su causa a personalidades como Valle-Inclán), mostraba cómo, incluso con los ojos vendados, era capaz de adivinar lo que se leía en una carta dentro de un sobre cerrado o una caja metálica, o a adivinar la hora que ponía en relojes con la tapa puesta. El hombre se hizo tremendamente popular a nivel nacional y, de ahí, dar el salto a Nueva York, la ciudad que nunca duerme, para demostrar sus poderes, era sólo cuestión de tiempo. Sin embargo, allí, Argamasilla se encontró entre los espectadores a Harry Houdini, dispuesto a desenmascararle, y fue entonces cuando comenzó la pelea.

La crónica de lo que allí ocurrió es difícil de trazar dado que, ante la ausencia de cámaras de televisión en aquella época, todo depende de lo que digan los periódicos, y ahí la verdad -como siempre- depende de quien te la cuenta. Sin embargo, conforme uno bucea en una serie de blogs que han conseguido adentrarse en las fuentes primarias, una versión uniforme empieza a salir a la luz. Parece ser que Houdini fue implacable, apareciendo de manera sistemática en las demostraciones de Argamasilla, desmontando sus trucos, y retándole a ejecutarlos en determinadas condiciones en las cuales el aristócrata español no era capaz de defenderse. Por lo visto, Houdini observó que Argamasilla realizaba ciertos movimientos de cabeza que le permitirían ver a través de los vendajes, que conseguía mediante habilidosos gestos abrir imperceptiblemente las tapas de los relojes y, también, que sólo podía vislumbrar los objetos dentro de cajas cuando éstas eran unas especiales, fabricadas específicamente por él, lo cual llevó a Houdini a teorizar que esas cajas tenían unas rendijas ocultas y una serie de posiciones a través de las cuales un entrenado Argamasilla (capaz de disimular sus trucos tras estudiadas maniobras de despiste) era capaz de atisbar lo que había dentro de las mismas. Argamasilla, ante todas estas acusaciones, intentó salirse por la tangente, y por supuesto se negó a desplegar sus habilidades en cajas distintas a las que él portaba consigo. Para la prensa de Nueva York, el veredicto estaba claro: se trataba de un fraude.


Para la española, en cambio, la cosa fue distinta. Si creemos que los periódicos actuales en nuestro país son manipuladores y chovinistas, a principios del siglo XX la cosa era incluso peor. Además, había mucha gente que había apostado su reputación y su fama en las habilidades de Argamasilla (hijo, para más inri, de un respetado noble), y el desenmascaramiento no iba a ser fácil de admitir. Diarios de la época pintaron a un Argamasilla vencedor a pesar de la torticera oposición de Houdini. Incluso, llegaron a inventar disculpas de lo más peregrinas. Por ejemplo, el diario ABC publicó cómo Houdini había retado a Argamasilla a leer los mensajes de dos papeles, con una palabra escrita en cada uno, dentro de un sobre que Houdini había dispuesto de tal manera que los textos se superpusieran entre sí, haciendo más difícil la lectura al trasluz (truco que seguramente empleaba Argamasilla). Según ABC, el español no habría sido capaz de descifrar los textos, pero sí que había podido averiguar tres letras: un argumento que se desarma con facilidad, pues hay letras que se repiten con más frecuencia en el lenguaje, y no era complicado acertar que alguna de ellas aparecería en una de las palabras.


Lo cierto es que en España, conforme terminaron de llegar poco a poco las auténticas noticias procedentes de los periódicos de Nueva York, comenzó un largo e intrincado debate entre partidarios y detractores de Argamasilla. Valle-Inclán (amigo personal de su padre, y un gran creyente de que había en el mundo verdades indemostrables para la ciencia) le defendió a capa y espada, al igual que otros destacadas personalidades de la época, como Leonardo Torres-Quevedo (muy pegado siempre a círculos conservadores) o -según Argamasilla- "los médicos profesores del Instituto Oftálmico". En cambio, por ejemplo, un catedrático de Oftalmología de Madrid argumentaba que la demostración que le hicieron no superaba las mínimas garantías científicas. Un articulista esgrimió que Argamasilla -que había crecido en un entorno donde se esperaban grandes cosas de él, y donde lo paranormal se aceptaba como algo evidente-, no había exhibido sus poderes tanto con ánimo de engañar, como con una creencia sincera promovida por una cierta sugestión por parte de sus progenitores. Ese mismo articulista afirmaba que había conocido a "tapados", testigos de las exhibiciones de Argamasilla que se habían dado cuenta del engaño, pero que no se atrevían a entrometerse públicamente en la polémica. Entre estos tapados, se encontraría el doctor Negrín, quien más tarde sería, durante la Guerra Civil, presidente de la República. Lo cierto es que el propio Argamasilla (quien se defendió como gato panza arriba, publicando declaraciones en los periódicos en las que declaraba su inocencia y acusaba a Houdini de negocios deshonestos, mientras éste contrarreplicaba en la prensa americana con modelos de las cajas trucadas del aristócrata) declaró en algún momento, a su regreso de Estados Unidos, una repentina desaparición de sus poderes. No era ésta la primera vez que Argamasilla se sirvió de esta "conveniente" pérdida, como cuando una comisión, espoleada por la reina María Cristina y dirigida por Santiago Ramón y Cajal, pretendió examinar sus poderes, librándose Argamasilla de pasar este test para luego iniciar ya tranquilamente su famoso periplo por España y Estados Unidos. 


Más tarde, la polémica se dispersó y Argamasilla no volvió a aparecer en la vida pública de nuevo hasta años después, ya en la administración franquista, como director general de Cinematografía y Teatro durante tres años, estando entre otras cosas a cargo de la censura (no sabemos si a través o no de sobres cerrados). En cuanto a Harry Houdini, el destino le había alcanzado mucho tiempo antes. El mago solía aceptar retos en los cuales le golpeaban fuertemente el vientre, sirviéndose de sus muchos años de entrenamiento para colocar los músculos de tal manera que no le afectara: un aficionado con ganas de hacerse el gracioso le golpeó sin estar preparado, y eso pudo agravarle una apendicitis latente, que desembocó en una peritonitis. Houdini moriría unos cuantos días más tarde, desapareciendo con ello su sentido del espectáculo y de la inventiva. Puede ser, incluso, que hasta el propio Argamasilla le echara de menos.

martes, 1 de septiembre de 2015

La historia real de septiembre. Personajes ilustres procedentes de Zürich: Albert von Kölliker, el científico que "descubrió" a Ramón y Cajal

Suiza es un país hecho a retazos de otros. Y tengo la posibilidad de hablar así de claramente porque tuve la suerte o la desgracia de vivir un año en él. Formado originariamente por regiones tan aisladas de sus respectivas áreas de influencia que no tuvieron más remedio que unirse para sobrevivir juntas, habla cuatro idiomas distintos, alberga un 22% de habitantes extranjeros, y pone como líderes en el Parlamento a los representantes de un partido xenófobo, a pesar de que sus bancos no le hacen ascos al dinero ajeno. Quizás por eso, el Museo Nacional Suizo en Zürich (Landesmuseum para los amigos que viven en esta ciudad de habla alemana) procura apaciguar los ánimos, haciendo hincapié por un lado en que los primeros pobladores de Suiza vinieron obviamente de otro lado y que sus antepasados nacieron en África ("todos somos emigrantes", dice un pacifista y tolerante axioma en una de las paredes), y, por otro lado, de forma más indirecta, se encarga de destacar que una proporción significativa de las marcas comerciales suizas que tanto dinero ingresan en sus arcas fueron fundadas por extranjeros (como es el caso de Rolex y Nestlé). Como se ve, la historia de Suiza es en buena parte una de inmigrantes e inmigrantes: Hans Gamper fundó el FC Barcelona, Albert Einstein nació originariamente en Alemania, y el más ilustre residente en Zürich fue Hermann Hesse, que llegó a nacionalizarse suizo después de mucho tiempo viviendo en esta ciudad. En ese sentido, no es extraño que el personaje que comentamos hoy, aunque nacido en Zürich, viviera la parte más productiva de su carrera profesional en Alemania y tuviera, además, especial relevancia no sólo por sí mismo, sino en relación además con un científico español: Alfred von Kölliker fue (cabría decirse, con todos los peros que queráis añadirle) el científico que presentó al mundo a Santiago Ramón y Cajal, gracias a lo cual seguramente los descubrimientos de éste salieron a la luz y el médico aragonés consiguió entre otros reconocimientos el Premio Nobel por sus enormes aportaciones a la neurociencia, la histología, y la biología en general.

Arriba, Kölliker, abajo, Ramón y Cajal. Aquí un paisano, aquí un amigo.



Podríais pensar, después de leer esta entrada, o incluso tras esta introducción, que Kölliker es sólo un científico más al que únicamente se le conoce por su relación con Cajal. Pero ni mucho menos. Kölliker era un apasionado del microscopio (incluso ideó nuevas técnicas las cuales mejoraron los trabajos de sus colegas), quien se metió a investigar buena parte de los distintos tipos celulares del organismo en una amplia variedad de especies. Por mencionar alguna de las contribuciones más relevantes, fue el observador original de unos puntos aislados en el interior de las células que luego resultaron ser las mitocondrias, y también el primero que pudo asegurar a ciencia cierta que los nervios eran una continuación de las células neuronales. (Para los que conozcáis menos de neurobiología, un nervio en realidad sólo es la agrupación de varios axones: un axón, a su vez, es una prolongación celular muy larga de una neurona que le sirve para ponerse en contacto con otras neuronas. Pero lo que en aquel momento no se sabía era si los axones terminaban en seco y empezaba una nueva neurona, o si todas las neuronas se encontraban conectadas internamente entre sí. Santiago Ramón y Cajal fue el que propuso la primera de las teorías -que resultó ser la correcta-, describiendo por tanto que las neuronas se ponían en contacto entre sí por contigüidad y no por continuidad. Este fue uno de los motivos por el que le otorgaron el premio Nobel, aunque su teoría no pudo ser corroborada hasta más de cuarenta años después de su muerte, gracias al microscopio electrónico. Fue entonces cuando pudo visualizarse por primera vez aquel pequeño espacio entre dos neuronas –entre 10-20 nanómetros de anchura-, el cual fue denominado “espacio o hendidura sináptica”, basándose en el nombre con el que, en 1897, Sherrington ya había definido la zona de contacto entre dos neuronas: sinapsis).


Arriba, esquema de una neurona. Abajo, esquema de una sinapsis entre dos neuoronas. Ambas imágenes (como las anteriores), extraídas de Wikicommons.


Así pues, Kölliker era, en aquella época, uno de los científicos más reconocidos en Alemania (se instaló definitivamente en Würzburg), por no decir el gran mentor de su escuela histológica. Para que os hagáis una idea, el "von" que lleva su nombre no venía incorporado de familia, sino que se lo concedieron en base al enorme reconocimiento que acumuló en vida. El momento en que su vida y la de Cajal se cruzan fue en el congreso que organizaba la Sociedad Anatómica Alemana en Berlín en 1889. El año antes, Santiago Ramón y Cajal había realizado una inmensa cantidad de descubrimientos que luego sustentarían las bases de nuestro conocimiento básico del sistema nervioso (estas observaciones las había hecho merced a la técnica de tinción que él mismo había mejorado a partir de la original de Camillo Golgi; Golgi, por cierto, fue su gran opositor en la idea de la sinapsis -él pensaba que todas las neuronas estaban conectadas internamente-, y aunque ambos recibieron conjuntamente el Nóbel cuando aún había discusión entre sus teorías, parece que en la entrega de premios casi acabaron a gritos). Sin embargo, en el páramo científico que en aquella época era España, Cajal no tenía nadie relevante a quien contárselo, y con sus conocimientos de idiomas (chapurreaba un mal francés y un pobre alemán) y sus escasos contactos, le resultaba muy difícil publicar en revistas extranjeras. Con lo cual, decidió que la única manera de dar a conocer sus hallazgos era ir al congreso en Berlín y presentarlos él mismo. Sus superiores españoles le denegaron la autorización y el dinero (a quién iba a ver un pobre mindundi a quien no conocía nadie), pero Cajal -que, como buen maño, era bastante cabezota- decidió pagarse él mismo el billete. Una vez allí, en el congreso, nadie le hacía caso tampoco, pero héte ahí que vio a von Kölliker y, sin dudarlo, prácticamente le arrastró hacia un microscopio (en aquella época no había Power Point y había que ver las cosas por uno mismo) y casi literalmente le forzó a observar sus preparaciones histológicas, tratándoselas de explicar en un seguramente desesperante francés. Kölliker al principio se mostraba escéptico ante un Cajal que debía estar dando la nota como nadie en aquel congreso, pero al observar las preparaciones, encontró algo que le gustaba. Y luego, algo que le entusiasmó muchísimo. Hay que tener en cuenta que aquellas preparaciones de neuronas realizadas por Cajal eran probablemente las más nítidas y reveladoras que Kölliker había visto en su larga vida como histólogo. Al final, el científico alemán le preguntó al intempestivo español cómo se llamaba; de su nombre sólo entendió lo de Cajal (que, por lo visto, pronunció "de aquella manera"), y le soltó a la concurrencia algo parecido a: "Quiero que sepan todos que yo, el profesor Kölliker, soy quien ha descubierto a Cajal y que seré yo también quien se encargue de que el mundo entero le descubra". Y, efectivamente, a partir de entonces, a Cajal se le empezaron a abrir las puertas, comenzó a publicar en otros idiomas en algunas de las mejores revistas, y sus trabajos se hicieron tremendamente populares, siendo aún hoy uno de los científicos más citados de todos los tiempos. Tanta fue su contribución, que lo que hoy sabemos del sistema nervioso sería inconcebible sin nombrarle a él. Probablemente haya pocos científicos que hayan contribuido de una manera proporcionalmente tan gigantesca a una rama entera del conocimiento. Hasta se dice que el ya inmenso Kölliker intentó aprender español para conocer más sobre sus hallazgos. Pero es que ahí precisamente radica la grandeza del suizo: no sólo era descomunal en sí mismo, sino que era capaz de compartir el conocimiento ajeno y reconocer que su valía era también incalculable. Puede parecer que de esa manera se empequeñece el homenajeador (un caso parecido es el del músico Mendelssohn, el cual, aparte por la clásica "Marcha nupcial" de prácticamente todas las bodas, es casi más conocido por su re-descubrimiento de la música de Bach), pero yo opino que es más bien al contrario: esa cualidad humana le hace aún más admirable y digno de elogio. Como dijo el clarividente Borges: «Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído».


Fotografía de la vitrina principal (dentro de la biblioteca del Instituto Cajal) donde se albergan algunos de los componentes del "Legado Cajal", o conjunto de objetos pertenecientes a Ramón y Cajal y su laboratorio. Cedida amablemente por el doctor Juan Andrés De Carlos Segovia.

Un apunte más: la historia que os he contado del encuentro de Kölliker y Cajal puede encontrarse en la autobiografía del español, "Recuerdos de mi vida". Yo tuve la suerte de conocerla, sin embargo, a través del responsable del "Legado Cajal", el doctor Juan Andrés De Carlos Segovia (a quien, por cierto, le agradezco mucho que haya contribuido echándole una revisión a este artículo para corregir algunas inexactitudes). El "Legado Cajal" es el conjunto de preparaciones histológicas, dibujos originales y objetos varios (incluye los microscopios, cámaras fotográficas y el telescopio de Cajal) pertenecientes al científico español, y que se custodian en el Instituto Cajal, heredero del primer laboratorio que el científico de origen aragonés fundó en Madrid hace ya más de un siglo. El Legado Cajal puede visitarse (previa llamada para concertar cita), y lo recomiendo como una actividad muy entretenida, ya que contiene un conjunto innumerable de anécdotas curiosas y divertidas alrededor de la figura del único premio Nobel científico genuinamente español. Por otro lado, ahora mismo se está intentando que el Legado Cajal se reconozca como Patrimonio de la Humanidad por parte de la UNESCO, lo cual facilitaría la creación de un museo. Si queréis contribuir a que esto sea posible, podéis firmar la petición aquí. Y si finalmente os animáis a venir al Instituto Cajal a visitarlo, no dudéis en preguntar por mí. Os invito a un café o a lo que haga falta.

Hasta la próxima semana (o antes incluso).

Actualización: la petición para que el Legado Cajal sea declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO tiene ahora su propio apartado en Change.org: podéis colaborar firmando también aquí.