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miércoles, 1 de abril de 2026

El libro y la historia real de abril: "La isla de los ciegos al color", y una reflexión sobre Oliver Sacks y el oficio de divulgador

Hoy os voy a recomendar un libro, y después os voy a advertir algo sobre el autor. Uno podría pensar que la segunda parte es incompatible con la primera, pero eso os lo voy a dejar decidir a vosotros. Me parece que es la mejor manera de contar esta historia, pues refleja dos visiones diferentes que hemos recibido los lectores por separado. Y, en muchos sentidos, reflejan cronológicamente la sensación que hemos tenido al conocerlas. Dicho esto, preparad los cinturones, que allá vamos.

Muchos conocieron a Oliver Sacks por la película Despertares, basada en uno de los casos clínicos más relevantes de su carrera; otros, por su libro (uno de muchos) "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", en el cual nos describía algunos pacientes neurológicos con afecciones sorprendentes y extraordinarias. "La isla de los ciegos al color" va un paso más allá, pues combina muchas de las pasiones de Sacks, un hombre con múltiples intereses y biografía llamativa, y demuestra que es un divulgador todoterreno y cautivador. El punto de partida de este ensayo es el sueño de casi cualquier médico: pacientes de una rara afección genética (acromatópsicos, es decir, "ciegos al color", para los cuales el mundo es una escala de grises) que abundan en una alta proporción en una isla aislada del Pacífco, lo cual da lugar a toda clase de implicaciones médicas, personales y sociales. Sacks acude allí con varios colegas atraídos por el tema, y se deja seducir por el encanto de las islas remotas, un tema que le chifla desde niño. De ahí, la segunda parte del libro viaja a Guam, que también es una isla perdida, y donde asimismo existe una extraña dolencia neurológica, el lytico-bodig, pero en esta ocasión, su causa es desconocida. De hecho, el intento de averiguar su causa convierte a esta sección del texto en casi una novela de detectives, en la cual uno de los sospechosos más prometedores son las cicas, un extraño tipo de plantas que, por supuesto, también encandila a Oliver Sacks, quien en la tercera parte del libro despliega toda su faceta de amante de la botánica y se explaya con el paraíso exuberante que las cicas poseen en la isla de Rota.

Lo que cuenta Sacks es subyugante, y se halla salpicado de episodios médicos tan atrayentes clínicamente como humanamente conmovedores. Pero lo más impactante del libro son las disgresiones: el propio Sacks confiesa que empezó a meter tantas de ellas que el ensayo estaba multiplicando varias veces su tamaño inicial. Al final, lo solucionarion con unas notas al final del volumen que ocupan casi un tercio del texto, pero que no sobran en absoluto porque son extremadamente sugerentes: lo mismo te habla de la biografía de un investigador que de la clasificación de todo un género de plantas, de la historia (geológica, natural, cronológica) de un país, o de la sensación de los científicos al trabajar con períodos de millones de años. Porque Oliver Sacks es un polímata, y en este libro ha tenido la oportunidad de explayarse con algunas de sus obsesiones, pero, sobre todo, de darle salida a sus múltiples inquietudes, y el lector aficionado al conocimiento lo agradece. Después de terminar el libro, tendréis ganas de viajar, de leer, de conocer gente con vidas sugerentes y, sobre todo, de experimentar la vida a tope: y seguro que Oliver Sacks estaría muy de acuerdo con ello.

Hasta aquí, la reseña del libro. Ahora, sin embargo, llega la parte de la historia real, con cierto componente de opinión. Muchos sabréis que, recientemente, se han puesto muy en duda varios libros de Oliver Sacks ya que, a raíz de ciertos diarios, se ha revelado que algunos de los hechos que describía en sus casos clínicos eran exageraciones, cuando no directamente invenciones. Hay mucho debate sobre este asunto, y no sé hasta qué punto "La isla de los ciegos al color" se ve afectado por esto. Algunos médicos indican que las "invenciones" de Sacks eran compatibles con la clínica de otros pacientes, y que por tanto no comprometen la veracidad de sus textos. A uno le entran ganas de compararlo con el periodista Kapuscinski (también muy cuestionado respecto a ciertos relatos), quien más o menos deslizaba que podía justificarse que se narraran en primera personas hechos que no se habían visto directamente, pero que el autor sabía que ocurrían: sería una forma de "mentir para contar la verdad", que tendría cierta lógica en el caso de Kapuscinski, quien retransmitía conflictos tercermundistas olvidados donde se trataba de atraer la atención del público. Sin embargo, la delgada línea entre "hacer más brillante una historia para darle relevancia" y "tergiversarla para ganar relevancia como divulgador o influencer" es muy fina, y hoy, a principios del siglo XXI, sabemos el daño que hacen los bulos. Por eso, creo que los divulgadores actuales tenemos que aprender de los errores o zonas grises de nuestros maestros (ya sea Sacks, Kapuscinski o Cousteau -cuyos métodos hoy en día no nos parecería muy ecologistas-) y entender que hay que ser sincero con lo que uno cuenta, y que si se pretende hacer autoficción o un texto vagamente "basado en hechos reales" (de la misma manera en que lo hace el cine), siempre debes advertir sobre ello. La verdad es nuestra mejor arma y, si la perdemos, no ganaremos la guerra. Al fin y al cabo, en los inicios de todas las profesiones -ya sea la arqueología, la medicina o el derecho- se desarrolaban prácticas que hoy no se consideran aceptables, y actualmente no hacemos las cosas del mismo modo que nuestro predecesores. Dicho esto, nada de lo que he leído en otros lados me indica que "La isla de los ciegos al color" contega falsedades (y, en todo caso, Sacks no está vivo para recibir los réditos del libro, ni para defenderse de ninguna acusación que vertamos sobre él), así que yo recomiendo el texto con todas las notas, peros, astericos o salvedades que queráis ponerle. A partir de ahí, por supuesto, será el lector el que tenga que juzgar, sobre esto como sobre todo lo demás. Dicha esta parrafada, me despido, deseándoos buena semana y buenos libros.

lunes, 24 de noviembre de 2025

La historia real de noviembre: una reflexión sobre los asesinos en serie

El otro día tuve la oportunidad de ver El estrangulador de Boston, una película estupenda de 2023 alrededor de la serie de asesinatos que sacudió a Boston en los años 60, muy distinta -y, en mi opinión, mejor- que la primera versión del tema protagonizada por Tony Curtis (por cierto, si no queréis saber nada de estas películas, mejor no sigáis, que vienen spoilers). Y se me ocurrieron un par de reflexiones -nada originales, sin duda, y que no abarcan la totalidad del tema- que a lo mejor pueden interesar a algún lector.

Vamos a acotar primero los términos. Como muchos ya sabéis, aunque el cine (muy imbricado en estos temas) ha puesto en la mente de todos la imagen de un hombre que mata a un determinado perfil de víctimas por un impulso retorcido de su mente, el término "asesino en serie" no es un término clínico, sino policial. Se refiere a aquel individuo que asesina a varias personas (tres es el número mínimo aceptado) en un límite relativamente corto tiempo, pero no siempre se debe a un problema mental. Por ejemplo, hubo un caso (descrito en el libro Mind Hunter, que inspiró la serie de televisión, y que trata a fondo estos temas) de un hombre que entró en una residencia para señoritas para agredir sexualmente a una de ellas y, por culpa de que iba encontrándose con testigos incómodos, tuvo que matar a varias mujeres de golpe. Ese individuo, aunque técnicamente es un asesino en serie, en realidad sólo lo es porque le obligan las circunstancias. Pero no; nosotros vamos a referirnos al caso tan cinematográfico que han publicitado Mindhunter, Mentes criminales o la saga de Hannibal Lecter: una persona que mata a una víctima, y luego otra, y luego otra, sin motivo personal aparente, y que, sin no lo detinenen, volverá a matar.

El tipo humano lo conocemos todos: suele ser un hombre, con frecuencia blanco y de un país anglosajón, al que un trauma del pasado o una personalidad con tendencia a la violencia lleva a matar, en ocasiones de maneras muy específicas, elaboradas e imaginativas, y casi siempre a un rango muy concreto de víctimas. El concepto empieza a popularizarse después de la Segunda Guerra Mundial, y a raíz de ciertos especialistas en la elaboración de perfiles en Estados Unidos (por ejemplo, los agentes del FBI que escribieron el libro Mind Hunter). No obstante, con los años, la definición se ha ampliado mucho: ahora abarca a mujeres y gente de otras razas y países (con, además, muchas variantes en cuanto a su comportamiento criminal), aunque el esquema original sigue siendo el más popular, tanto en el imaginario colectivo como en la ficción.

Clínicamente, a estos individuos se les incluye dentro del trastorno antisocial de la personalidad: es decir, gente que no acata las normas y que no sienten excesiva compasión por el sufrimiento humano. Dentro de él, algunos especialistas distinguen ciertos perfiles (por ejemplo, bajo el término "psicópata"). Sin embargo, hay una cosa que debe quedar clara: no todos los "psicópatas" ni la gente con trastorno antisocial de la personalidad son asesinos. De hecho, la mayoría viven perfectamente integrados entre nosotros: quizá muchos no sean las personas más simpáticas del mundo (aunque, con frecuencia, son capaces de pasar por muy buenos vecinos), y unos cuantos suelen tener problemas con la ley o con otros congéneres, pero eso no significa que todos vayan por ahí matando gente. Es muy importante erradicar esos tópicos, porque, no lo olvidemos, la mayor parte de los criminales no tienen trastornos mentales, y la mayor parte de los enfermos mentales tampoco son criminales.

Pero ahora, vamos a entrar en el tema. En El estrangulador de Boston, una película muy bien dirigida, y estupendamente protagonizada por Keira Knightley, se realiza una afirmación muy interesante: dice que, en efecto, es probable que hubiera una persona que estrangulaba en Boston con unos métodos muy concretos. Lo hacía a mujeres que vivían solas, ancianas, a las que estrangulaba y les dejaba colocada en el cuello una media, a modo de lazo. Sin embargo, algunas de las teóricas 13 víctimas que dejó el estrangulador de Boston no encajan en ese perfil. Lo que insinúa esa película es que es posible que otros individuos aprovecharan el escándalo del estrangulador de Boston para cometer sus propios delitos y que le echaran la culpa al asesino. Algunos habrían matado a esas mujeres por motivos personales (una secretaria embarazada del sospechoso, casado y con hijos, lo cual le suponía una incomodidad), y otros serían diferentes agresores sexuales que, simplemente, habrían aprovechado los modus operandi del asesino para que los auténticos autores pasaran desapercibidos. La película elabora una teoría que, como todas las que implican a este tipo de asuntos, nunca podremos demostrar si es verdad. De hecho, seguramente lo más inquietante del film es que menciona que uno de los sospechosos de haber matado a alguna de las víctimas del estrangulador de Boston salió libre, y nunca volvió a saberse de él. Su nombre nunca se hizo público, y quién sabe lo que hizo después de que la policía y los periodistas le perdieran el rastro.

Pero me llama la atención la idea de gente que aprovecha un asesinato para tapar otro. Algo parecido se ha hablado acerca de los crímenes de Ciudad Juárez. Como sabéis, en esa zona ha habido una cantidad inmensa y terrorífica de feminicidos (más de seiscientos desde finales del siglo XX). Las causas seguramente son complejas: Ciudad Juárez es una ciudad fronteriza, pegada a su equivalente en Estados Unidos, El Paso. En ese sentido, la frontera con México se ha convertido en una distorsión: mientras que El Paso se mantiene bucólica y sin crímenes, todo el que quiere hacer algo turbio traspasa la línea de delimitación entre ambos países, y por eso Ciudad Juárez se ha convertido en uno de los lugares más peligrosos del mundo. Además, como siempre, el capitalismo tiene mucho que ver: hay un montón de dinero implicado en el hecho de que ciertas fábricas se instalen en Ciudad Juárez (donde los costes laborales son más baratos) para luego vender sus productos en EEUU. Estas empresas contratan normalmente a mujeres jóvenes y vulnerables -las llamadas "maquiladoras"-, a las que les ofrecen salarios de miseria. Con frecuencia estas mujeres tienen que volver a casa solas, después de turnos interminables, de noche, en un lugar donde existen toda clase de personajes peligrosos, entre otras cosas porque (cómo no) Ciudad Juárez también es uno de los lugares de paso de las principales rutas de comercio de droga del mundo, pues desde la zona de la producción (Hispanoamérica) pasan al lugar de consumo (Norteamérica).

Cuando empezaron a revelarse estos feminicidios -con números que dan miedo y acongojan- muchos los atribuyeron al tráfico de drogas, a peleas entre cárteles, a esa complicada situación social, aunque también hubo teorías mucho más conspiradoras y "peliculeras" (hay una cinta, por cierto, Ciudad de silencio, que toca el tema, exponiendo con cierto acierto sus diferentes aristas). Sin embargo, poco a poco se fue haciendo evidente que las muertes de mujeres no se deben a un asesino en serie individual. Sino que, al final, aquel lugar se ha convertido en un pozo negro: todo aquel que tiene una cuenta personal que ajustar, o que pretende dar rienda suelta a su misoginia, aprovecha la fama de los feminicidios de Ciudad Juárez para que su crimen se convierta en uno más de la lista, en un nombre más en la multitud. En las muertes de Ciudad Juárez se entremezclan, pues, asuntos mafiosos, crímenes individuales, probablemente más de un violador y asesino en serie, y, sobre todo, muchísimo odio a las mujeres. Como dicen en la versión moderna de El estrangulador de Bostón (traduzco del original en inglés), <<(...) creasteis un mito, y necesitaba ser detenido. La gente quería creer que era Al [Albert de Salvo, el hombre acusado por la policía de los crímenes de "el estrangulador de Boston"], pero necesitaba creer que era Albert. La alternativa era demasiado perturbadora (..) Que hay demasiados Albert De Salvos ahí fuera. Y que nuestro pequeño mundo seguro es una ilusión. Los hombres matan a las mujeres. No empezó con Albert, y es seguro como el infierno que no terminará con él tampoco>>.

En ese sentido, me he acordado también de la reflexión final que aporta Alan Moore en el epílogo de su obra From Hell, acerca de los crímenes de Jack el Destripador. El lúcido Moore indica que, normalmente, lo que nos gusta (a los que nos sentimos atraídos por los casos de asesinos en serie) es la resolución del misterio, como si fuera un complicado puzzle cuyo dibujo, una vez encuentras la pieza adecuada, queda expuesto en su totalidad. Pero, en realidad, la vida real no suele ser así: los hechos reales son fragmentarios, inconexos, muchas veces carentes de sentido, donde nadie tiene la perspectiva global del alambicado caleidoscopio de la verdad. Nunca tendremos una visión clara e inequívoca de quién fue Jack el Destripador hasta los últimos detalles, nunca viviremos esa revelación mágica ("fue el médico de la reina", "el pintor", "el misterioso hombre americano") que queda tan bien en las películas. Ésa es sólo nuestra ambición, la de personas que deseamos encontrar orden en un mundo de caos, y que también anhelamos que, una vez atrapes al asesino, se acabe el peligro. Pero si salimos del juego policial del gato y el ratón, o de los detectives aficionados de las novelas, las cosas no son tan sencillas. Y, por supuesto también, nunca son fáciles de solucionar.

Quizá, de una parte de todo esto, tengamos culpa los propios escritores, sobre todo los que (no puedo negarlo) sentimos una cierta fascinación por este tipo de historias. Como dice Antonio Muñoz Molina, tendemos a endiosar como seres astutos y sofisticados a criminales normalmente mediocres y egoístas, y parece que la proliferación del género del true crime hoy día sigue esa misma tendencia. Sin embargo, creo importante hacer una distinción: como siempre, hay una gran distancia entre la ficción (donde encuentras a villanos muy atractivos, como el propio Hannibal Lecter), y la realidad, en la que los malvados suelen ser bastante más aburridos, insoportables, predecibles y, sobre todo, cercanos a nuestros vecinos de lo que nos gustaría. Hay cosas que toleramos en la literatura o el cine (o en el pasado lejano, donde casi se han convertido en ficción), y que no podemos juzgar igual para nuestra vida cotidiana. Es importante trazar esa línea, para no dar más importancia a los asesinos que a las víctimas y, sobre todo, para hacer justicia a estas últimas. De no ser así, puede que cometamos errores que lleven a más dolor y sufrimiento. Y, en este cúmulo complejo de factores que forman parte de un crimen, conviene que no aportemos un granito más de mal.

lunes, 20 de octubre de 2025

La historia real de octubre. Apuntes para una novela: los mundos laterales de Philip K. Dick.

Todo comenzó cuando leí este artículo. Se trata de una traducción de una conferencia impartida por Philip K. Dick en la ciudad de Metz en 1977, titulada “Si crees que este mundo es malo deberías ver algunos de los otros”. Aunque el propio Dick aseveró:Un artículo de periódico sobre este discurso bien podría ser titulado «Autor afirma haber visto a Dios pero no puede explicar lo que vio»”.

                Lo que voy a describir es esa conferencia, después de una breve introducción. Es decir, que podéis leer directamente la traducción: eso sí, el discurso debió de durar unas tres horas; es denso, errático, y en muchos sentidos rayano en la locura. Yo, en cambio, intentaré resumirlo -y “traducirlo”- lo más posible.

                Muchos sabéis que Philip K. Dick tenía (o, al menos, eso se considera, en el mundo racional que le tocó vivir) problemas mentales, probablemente debido a una esquizofrenia que se agudizó por el consumo de drogas. Decía hablar con Dios y con su gemela muerta (fallecida en la temprana infancia), y que en esta comunicación mediaban satélites artificiales. Creía -aunque hay controversia acerca de esto- que un amigo escritor era en realidad una personalidad falsa, creada por la KGB, con el objetivo de secuestrarle. Hay una leyenda urbana que cuenta que adivinó una enfermedad rara de su hijo que él no tenía manera alguna de conocer: quiero pensar que, como casi todos los relatos de este tipo, son fruto de una mala interpretación, una información que permanece oculta a sus biógrafos o, simplemente, una aguda perspicacia entremezclada con dosis de casualidad afortunada. Sus obras, influidas por el consumo de sustancias químicas, son a menudo lisérgicas (las que no escribió bajo la acción de las drogas no las recuerda casi nadie), al igual que este discurso, que debió de ser doblemente complicado de entender al contar con un traductor al francés.

                En este discurso, Dick se lanza a revelar una verdad que hasta ahora no se había atrevido a confesar: algunos de sus libros no son ciencia ficción, sino que se basan en una creencia verdadera. Él cree que hay un Programador-Hacedor que controla nuestro universo. De hecho, lo va mejorando día a día. Crea nuevas realidades, pero las cambia de tal modo que, para nosotros, es como si la verdad siempre hubiera así (como insinúa el propio Dick: ¿por qué iba Dios a anunciar su Segunda Venida, cuando podría hacer que su Segunda Venida hubiera ocurrido hace milenios?). Por eso, no nos damos cuenta de estas alteraciones sino a través de sueños, déjà vus, alucinaciones inducidas por anestésicos -él empezó a conocer estos hechos a raíz de una visita al dentista-. Dick no cree haber sido el primero en llegar a conocer esta serie de fenómenos que, como afirma, no pueden ser demostrados, pero en los que confía plenamente: sin embargo, se plantea que quizá sí es el primero que ha decidido verbalizarlo en voz alta, allí, delante de una audiencia que, como yo, esperaba disertaciones más o menos especulativas sobre el futuro de la ciencia ficción.

                La cosmogonía que expone Dick se parece muchísimo al cristianismo y otras religiones del Libro (él mismo habla de “religiones reveladas”), sobre todo porque contrapone un Adversario, el cual se opondría al plan del Hacedor y generaría el caos y la imposibilidad de moverse entre esos mundos recién creados, pero que cuenta con la desventaja de ser ciego, lo cual siempre le da ventaja al Hacedor. El propio Dick recuerda que Cristo mencionó que “mi Reino no es de este mundo”, y con ello anunció que su Reino en puridad son una serie de realidades superpuestas de las que podemos ser conscientes, y viajar entre ellas, aunque el secreto de cómo hacerlo se perdió tras la crucifixión de Jesús por parte de los romanos (supuestamente, es lo que trataba de comunicarle a los apóstoles: no sé qué opinarán, sobre esta conversión de la religión del terreno moral al cuántico, los cristianos más fervientes), y quedamos pues privados de ese conocimiento.

                Así pues, hay una serie de realidades “laterales” (ortogonales, cabría decirse; mundos paralelos, pero que en realidad se entrecruzan) por las que vamos pasando, siempre hacia una mejor, porque el Hacedor siempre perfecciona las cosas, como el mecánico que en cada repaso repara un poco más el coche, o el autor que matiza su novela, aunque nunca alcance la versión perfecta y definitiva. Dick ha atisbado alguna vez esos pasados, y los ha descrito en sus libros: quizá por ello haya esa frecuencia (en su obra, o en la de los escritores de ciencia ficción en general) a imaginar distopías. Habla de un mundo en el que Richard Nixon nunca fue depuesto, menciona épocas oscuras en las que todos fuimos esclavos. Dick cuenta durante la charla que ha plasmado esa versión del mundo en una de sus historias, que muchos de personajes han sufrido esta “transición entre universos” en sus novelas, y también que, como ocurría en El hombre en el castillo, él predijo que un día una mujer vendría a terminar de confirmarle sus impresiones, y que así había ocurrido, recientemente: una mujer que había acudido con la excusa de que era una lectora que estaba deseando conocerle.

                No puedo imaginarme mejor novela que ésa que Dick narraba en esta conferencia: un hombre que es capaz de moverse entre universos, con la misma facilidad con la que un espectador que se ha colado en el backstage de un teatro puede cambiar de escenario a través de la simple magia de cruzar una cortina. Un individuo que conoce el secreto más recóndito y mejor guardado del universo (dice que en una ocasión tuvo la oportunidad de contemplar en directo al Programador-Hacedor), mientras el resto de la humanidad habita en la ignorancia. En el fondo, además, demuestra una concepción optimista de la vida: el mundo siempre va a mejorar, porque el Hacedor se asegurará de que siempre haya sido mejor. Cualquier mal que te aflija, no te preocupes: seguramente se modificará en el siguiente cambio, así que no hay nada sobre lo que te tengas que preocupar demasiado.

                Obviamente, mi mente racional dice que todo esto sin duda eran desvaríos de un cerebro trastornado. Literariamente, sin embargo, me encantaría que una realidad tan impresionante fuera cierta. Me parece la concepción del mundo más original desde Emanuel Swedenborg. En buena medida, desearía que fuera verdad.

                Con Philip K. Dick, y sus alambicadas historias, siempre tienes la tentación de pensar: “es posible que tuviera razón”.

lunes, 14 de abril de 2025

El libro de abril: "Cosas que nunca creeríais", de Rodrigo Quian Quiroga

"Cosas que nunca creeríais" es un libro escrito por Rodrigo Quian Quiroga, físico y neurocientífico argentino conocido especialmente por descubrir las "neuronas de concepto", es decir, neuronas que se activan específicamente al evocar una noción muy concreta, por ejemplo, la figura de un famoso (de hecho, popularmente se las conoce como "neuronas de Jennifer Anniston", porque durante el experimento encontraron una neurona que se activaba cada vez que el paciente oía este nombre o veía una foto de la popular actriz). El libro toma como punto de partida afamadas películas de ciencia ficción como Blade Runner, Hasta el fin del mundo, 2001, El planeta de los simios, Minority Report, Matrix, Origen (Inception), las sagas de Star Trek y Star Wars, Abre los ojos o Desafìo total para preguntarse por las atrevidas predicciones científicas a las que apuntan (la inmortalidad, el control de los sueños, la creación de cyborgs, la implantación de nuevos recuerdos o la eliminación de memorias), y también algunas de las dudas existenciales que el hombre se ha planteado desde el inicio de los tiempos: ¿es posible que vivamos en una simulación?; ¿es real el libre albedrío?; ¿cuál es la base de nuestra identidad?; ¿qué diferencia la inteligencia de un ser humano de la de un animal y una máquina? Como veis, el libro combina cine con filosofía (Descartes, Platón, Kant o Humes son fuentes recurrentes, aunque también Borges o los más reconocidos físicos), pero, además, pone todas estas hipótesis y especulaciones en contraste con los últimos avances de la neurociencia, que ha conseguido, de manera reciente, logros tan importantes como activar neuronas a nivel individual, discerniendo los mecanismos íntimos por los cuales opera nuestro cerebro; que los pensamientos de nuestra mente sean capaces de mover brazos mecánicos, o estimular músculos con los que había perdido el contacto; traducir imágenes y sonidos en señales eléctricas, para que así los discapacitados recuperen ciertos sentidos; inducir falsos recuerdos, o reproducir el contenido de sueños. Obviamente, todos estos éxitos son preliminares (buena parte se han llevado a cabo sólo en animales), requieren en general de alta tecnología muy invasiva y poseen sus limitaciones éticas y técnicas, pero es curioso pensar que muchas de las cuestiones que han planteado los grandes autores de ciencia ficción se hallan hoy relativamente cerca de conseguirse, y permiten aproximarse a la resolución de interrogantes esenciales acerca no sólo de cómo funciona nuestro cerebro, sino hasta qué punto nuestra memoria o nuestra identidad dependen de las conexiones entre las neuronas (algo más complicado, sin embargo, resulta contestar a los viejos dilemas filosóficos, aunque Rodrigo Quian Quiroga se arriesga en más de una ocasión). En ese sentido, un libro fundamental para aquellos a quienes les interesen las grandes cuestiones en torno al hombre. ¿El único pero? Pues que es un texto que, por su propia naturaleza, en la vanguardia del conocimiento, está condenado a quedarse desactualizado en poco tiempo, y de hecho, por ejemplo, cuando habla de inteligencia artificial, da la sensación de que la realidad se está adelantando a la página impresa. Pero eso no es demérito del libro, el cual, por el contrario, aspira a crear una nueva forma de hacer filosofía y a replantearse de forma distinta una serie de interrogantes que, sin duda, nos perseguirán de manera intemporal y, seguramente, imperecedera. Al fin y al cabo, que nos hagamos esas preguntas forma parte de nuestro ADN y es inherente a aquello que (sea lo que sea) nos hace humanos.

martes, 1 de abril de 2025

Una obra de arte: "Inside In"

Esta pequeña obra de arte es un homenaje al cerebro humano, a todo lo que es capaz de hacer y crear, y a su funcionamiento. Contiene multitud de detalles que espero que os llamen la atención: ampliad la imagen haciendo "click" sobre la misma, y dadle al coco para descubrirlos. Saludos cerebrales.


lunes, 12 de agosto de 2024

La cultura es para el verano: tres películas y cómic

-El jugador (Rupert Wyatt, 2014), una película que recuerda al libro homónimo de Dovstoievski sobre la adicción al juego, aunque en muchos sentidos lo supera. El protagonista (interpretado por Mark Wahlberg) es un profesor universitario que cree que las cosas son blancas o negras: o se tiene éxito de manera arrolladora o se fracasa. Esto, por supuesto, cuando se trata de los casinos, le lleva a situaciones límite en las que se esfuerza en enredarse cada vez más. Atrapado por varias deudas que ponen en peligro su vida, este antihéroe tensará las relaciones con sus deudores (entre ellos, los que representan John Goodman y Michael K. Williams), su madre (Jessica Lange) y varios alumnos (incluyendo una brillante pupila a la que caracteriza Brie Larson). Los diálogos están muy bien trabajados (sobre todo las escenas en las que participa Goodman, especialmente conforme se acerca el final) y delineados con mucha inteligencia, mientras que todos los actores (hasta Wahlberg) están muy bien. Quizá sólo se eche un poco de menos que la subtrama con Brie Larson quede mejor resuelta.

-Callejón sin salida (John Cromwell, 1947; no confundir con la de Roman Polanski de 1966) parece, de inicio y por los carteles promocionales, la típica peli de cine negro que en que Bogart ejercía de matón de medio pelo. Pero no: como si fuera un teatro, te plantea un escenario muy especial (la época en que surgían edificios lujosos en el Upper East Side de Nueva York que lindaban con barrios miserables y casas de pobres; por supuesto, ese lugar ya no existe, pues todo se ha gentrificado), y te relata, de una manera costumbrista, las dramas y miserias de un contexto social muy complicado, como si con una fotografía del momento pudieras diseccionar la evolución de los personajes hacia el pasado y el futuro. Con un uso estupendo de la escenografía y del cruce de las tramas, aunque la película sea predecible en algunos aspectos, resulta sorprendente en otros. En ese sentido, un descubrimiento muy especial.

-Quiero tener una ferretería en Andalucía (Carles Pratts, 2011). Ya en este blog hemos tratado el tema (a través del libro "Entre limones") de esa extraña fascinación que tienen algunos británicos por el sudeste de España, que les lleva a cambiar de lugar de residencia y de vida. El documental "Science Fiction", que habla de las andanzas de Laurence Burton (alias "el indio") en el desierto de Tabernas incide en este aspecto, aunque más por el lado sórdido (a veces parece que el aludido huye de su propia existencia, más que buscar otra nueva). Pero el documental de precioso título que nos ocupa explora el lado luminoso: cómo Joe Strummer, el líder de la banda de punk británica The Clash (conocida por éxitos como London Calling) cambia el Londres urbano por el sol infinito y la vida tranquila de Almería, estableciendo su cuartel general entre San José y Granada. El film ofrece varios aspectos interesantes: la personalidad amable de Strummer (en contraste con el aire agresivo que, por sistema, parecía que debía ofrecer un artista punk), su búsqueda del anonimato, su carácter sencillo, y sus extravagancias con un punto poético, así como las variopintas reacciones y perspectivas de los que le rodean, incluyendo habitantes locales que no se pueden creer que delante de ellos esté el cantante de The Clash. Muy original y sorprendente.

-Marvel, 1602. Neil Gaiman (como comentaremos más adelante en un podcast que estamos deseando mostraros) le ha dado a todos los palos. En la novela gráfica, se sacó de la manga (o le encargaron: no le tengo muy claro) esta historia que básicamente coloca a los personajes de Marvel en la Inglaterra isabelina. Lo más interesante es intentar descubrir bajo qué efigie se representa cada uno de los personajes míticos de la franquicia de superhéroes, gracias a lo cual le perdonamos que ciertos recursos se los saque un poco de la manga. A nivel visual, estupendo. La trama, muy bien hilada -parece mentira que Marvel no se ambiente de normal en esta era-.

lunes, 13 de mayo de 2024

La historia real de mayo: pareidolia

Hoy os traigo un artículo que he escrito con mi compañera del Instituto Cajal, Miriam Caro, a propósito de la pareidolia, o sea, esa capacidad que tenemos de observar formas que no existen (caras, animales, barcos, a Darth Vader) en nubes, objetos, paisajes de la naturaleza e innumerables lugares. El artículo ha salido en "Ciencia para llevar", el blog del diario 20minutos que escribimos miembros del CSIC (con la iniciativa @CSICdivulga al cargo) sobre temas de divulgación científica. En el artículo contamos muchas cosas e incluimos muchos ejemplos e imágenes curiosas. Por cuestiones de espacio, y también para no aburriros, por supuesto no hemos podido mencionar todo. Por ejemplo, algunos detalles curiosos: aunque todo el mundo puede experimentar la pareidolia, se ve algo más en mujeres, y en gente con mucha creatividad, pero también en personas que tienden a creer más en fenómenos sin base sólida; la mayor parte de los rostros que se ven, curiosamente, se atribuyen a hombres; y hay mucho debate sobre los mecanismos neurológicos debajo de la pareidolia (la cual, de hecho, se usa para investigar cómo reconocemos los estímulos reales), pero da la sensación de que seguimos los mismos caminos neuronales que con los objetos verdaderos, es decir, que las vemos como "caras de verdad", no porque hagamos un procesamiento cognitivo a posteriori. Eso sí, todavía no tenemos claro si concebimos las caras como "un todo", o es que divisamos elementos parciales (sobre todo ojos y boca) en un contexto adecuado, y eso nos hace vislumbrar una cara al completo. Por otra parte, Carl Sagan creía que esta facilidad que tenemos para discernir caras (tenemos hasta zonas concretas del cerebro empleadas de manera casi completamente específica para eso), capacidad que sería la causante de provocar estos "errores de la pareidolia" por "exceso de celo", podría tener que ver con el hecho de que los bebés han de ser capaces de reconocer los rostros de sus padres desde pequeños para saber de quién podemos fiarnos, aunque en el artículo, como leeréis, aventuramos otras posibles explicaciones. También podríamos hablar de pareidolias que tienen su propia historia, caso del guijarro de Makapansgat o la cara de Marte. En fin, que es un tema curioso y multifacético, así que espero que disfrutéis del texto. Un saludo, nos vemos las caras.

Algunas fotos de pareidolias de cosecha propia (o de mi pareja): arriba, dos fotografías de tazas de café que asemejan una cara; abajo, un demonio dentro de una empanadilla, dos rocas de Islandia (una con forma de cabeza de elefante, y otra como un dragón de espaldas) y una cabeza de tortuga pegada a un muro cerca del Instituto Cajal.




Posdata: en el programa "De cero a infinito", de Paco León, me hacen una entrevista a partir del minuto 5:25 en relación con este artículo. Ahondamos en algunos detalles que no hemos incluido en ninguna otra parte. Espero que os guste.


lunes, 12 de febrero de 2024

Cine y realidad. Charla: "¿Están locos estos romanos?"

Este pasado 14 de diciembre, en la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma, tuve el privilegio de impartir, en nombre del Instituto Cajal, una conferencia titulada "¡Están locos estos romanos!", donde discutimos acerca de las películas del género péplum (especialmente las que tratan sobre la antigua Roma) que han tratado la enfermedad mental, y cómo la han reflejado. De esta forma, charlamos acerca de cómo los trastornos mentales en el mundo aniguo podían diferir de los actuales, de lo difícil que es diagnosticar a posterior, y también acerca de lo diferentes, pero también de lo similares, que pueden ser los antiguos romanos respecto a los actuales seres humanos. Si te interesa el tema, puedes ver la charla completa en este enlace. Espero que os guste. Un saludo

lunes, 30 de octubre de 2023

Cine y realidad: una charla sobre el Alzheimer.

Saludos. Hace poco más de un mes, en Roma, tuve el privilegio de dar una charla donde hablaba sobre la enfermedad de Alzheimer desde un punto de vista científico y también cultural (en concreto, contaba cómo el cine -entre otras artes- ha tratado esta dolencia). La conferencia formaba parte de un evento más amplio donde se exponía el proyecto Memo(s)toria, una actividad organizada por la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma en colaboración con Caritas Roma, y en el cual se realizan actividades de divulgación histórica y estimulación cognitiva aplicadas en pacientes de Alzheimer -un proyecto muy interesante, por cierto, y que ahora se encuentra en plena fase de expansión-. Por si os interesa escuchar lo que allí se comentó (hay parte en italiano y parte en español, pero creo que podéis serviros de los subtítulos automáticos; mi sección, de todas formas, está en español), os dejo colgado el vídeo. Como siempre, espero que os guste. Un saludo.

lunes, 14 de agosto de 2023

Nueva entrega de "El Gato de Hubble": Ramón y Cajal, el concurso

Bienvenidos a una nueva entrega de "El Gato de Hubble", donde hemos decidido en esta ocasión montar un concurso acerca de la figura del único premio Nobel de ciencias 100% español, el insigne Santiago Ramón y Cajal. Como veréis, a través de las preguntas y las respuestas aprenderemos un poco sobre de sus descubrimientos, pero también detalles anecdóticos (muy jugosos y divertidos) acerca de su vida, la cual ilustra de manera diáfana el panorama de la ciencia española e internacional en su tiempo, y también arroja luz sobre cómo está la situación en la época actual. Lo dicho, espero que con el programa descubráis cosas nuevas en relación a una biografía menos encorsetada de lo que parece y, sobre todo, os lo paséis bien. Un saludo.

Santiago Ramón y Cajal tuvo una vida agitada. A lo largo de su existencia fabricó un cañón (de niño), practicó la pintura, la fotografía y el culturismo (como podemos ver en la fotografía de arriba), casi le matan en la guerra (no sólo a tiros, y no sólo el enemigo), hubo de arrastrar a alguien del brazo para que la ciencia le hiciera caso, y tuvo un hermano con un periplo vital todavía más aventurero (hasta vivió una revolución). Si con esto no tenéis ganas de escuchar el programa, yo ya...

Posdata: como sé que alguno no tiene mucho tiempo para llegar al final de los podcast, pero pueden interesarle recomendaciones bibliográficas, aquí la biografía que recomendé de Ramón y Cajal (en la que escribe el mayor experto en el tema, Juan De Carlos Segovia, responsable del Legado Cajal), aquí la serie de televisión (que esperemos que ya se pueda ver sin problemas), y aquí algunos textos escritos por nuestro científico favorito que pueden encontrarse en librerías -en las bibliotecas, sin duda, habrá más-. Un saludo.


lunes, 15 de mayo de 2023

Las películas de mayo: "Cinéfila-mente"

No sé si os acordáis que hace un tiempo di una charla acerca de cómo el cine ha tratado los temas relacionados con el cerebro y las enfermedades mentales. Ahora, he plasmado esa charla en un artículo, y lo he publicado gracias a "Ciencia para llevar", una iniciativa en forma de blog publicado en el diario "20 minutos" y promovida por @CSICdivulga, en la cual he tenido la suerte de participar en más de una ocasión. En este caso, tratamos el mismo tema, aunque aportamos información nueva y lo enfocamos bajo un prisma ligeramente distinto.

Por otra parte, he tenido la oportunidad de discutir acerca de este artículo y, en general, sobre cine y salud mental, con el periodista Paco de León, en el programa de Onda Cero "De cero al infinito", a través de una entrevista (a partir de la hora y casi cuatro minutos; dura unos 23 minutos) donde entramos en más profundidad en cada uno de esos puntos. Espero que os guste y no sólo aprendáis acerca del cerebro y las enfermedades mentales (un tema apasionante, y muy relevante a la hora de interaccionar con nuestro entorno), sino que saquéis buenas recomendaciones cinéfilas. Un saludo.

Carrie tiene poderes telequinéticos, pero ésa no es su principal aportación al debate sobre cómo el cine ha abordado el funcionamiento del cerebro y las enfermedades mentales. La ansiedad que sufre como consecuencia de una educación muy restrictiva, y los actos de acoso y bullying de sus compañeros, explican muchas cosas que ocurren en la película. Esta clase de perspectivas son las que explicamos en el artículo.

martes, 14 de diciembre de 2021

La historia real de diciembre: "Cariño, ¿dónde he metido el cerebro de Einstein?", en formato blog.


Saludos. Algunos recordaréis esta charla, que di hace unos meses, y que está colgada en Youtube, acerca de los avatares que sufrió el cerebro de Einstein y unas cuantas cuestiones científicas que pudemos aprender a raíz de este suceso. Recientemente, el Área de Cultura Científica del CSIC (cuya extraordinaria labor se refleja, entre otras, a través de la cuenta de Twitter @CSICdivulga) me pidió que hiciera un resumen de esa charla para poder colgarla en el blog Ciencia para llevar, el cual sirve para que científicos y divulgadores del CSIC nos narren historias apasionantes relacionadas con la ciencia, en colaboración con el diario 20minutos. Aquí tenéis el post (que incluye algunos detalles nuevos, para que disfrutéis de curiosidades adicionales), aunque ya sabéis que tenéis a golpe de click la charla original, la cual entra en el tema con mucha más profundidad. Espero que os guste, en todos los formatos posibles. Un saludo.

lunes, 7 de junio de 2021

El libro y la historia real de junio: "El baile de las locas", y la histeria femenina en el siglo XIX

El libro "El baile de las locas", de Victoria Mas, ha sido una de las sensaciones editoriales de los últimos tiempos. La autora nos emplaza a ubicarnos en el París del siglo XIX, en el famoso hospital para enfermedades mentales de la Salpêtrière, donde los investigadores Charcot, Gilles La Tourette y Babinski entre otros investigan la histeria femenina, y van adquriendo fama conforme se incrementa también la de sus pacientes. El libro se focaliza en un acontecimiento que tenía lugar de manera anual en el centro, el llamado "baile de las locas", un evento de gala en el que los aristócratas e intelectuales de París tenían la oportunidad interaccionar y departir -durante una mascarada- con las internas del sanatorio, en lo que constituía un espectáculo más teatral que médico. A partir de allí, la escritora combina personajes reales con ficticios para contarnos su historia, centrada en las mujeres a las que les tocó morar allí.

Sin embargo, más que una historia de las pacientes de la Salpêtriére en particular, se trata de una reflexión sobre la condición de la mujer en aquella época en general, como quizás pueda apreciarse mejor en la figura del personaje de Genevieve, una enfermera que en un momento determinado es capaz de contemplar el paisaje a ambos lados del sistema. Sobre este aspecto se insiste a la hora de describir a algunas de las mujeres encerradas en este sanatorio, muchas de las cuales se hallan alí más debido a las convenciones de la sociedad que por un problema psiquiátrico reconocible; de hecho, algunas de las internas protagonistas confiesan que están mucho más a gusto dentro del hospital que en el inclemente mundo exterior. Es una novela donde, desde luego, se aprecia -aunque con matices- el concepto de sororidad "inventado" por Unamuno (tan en auge en los últimos tiempos). Incluso, es fácil captar cómo ciertos detalles de la maquetación ofrecida por Ediciones Salamandra tratan de enlazar con la cuarta ola feminista, ya sea por cuestión comercial o porque -sin duda alguna- éste es un libro en favor de los derechos de la mujer. Y, además, es un buen libro, el cual conjuga bien las distintas tramas entre sí y con el mensaje, aunque quizás haya un par de detalles que nos sacan un poco de la historia. El primero es que la autora introduce, como vehículo para la acción, un argumento de corte fantástico, el cual funciona muy bien a la hora de encauzar la narrativa, pero hace flaquear el propósito inicial y punto fuerte de la novela, que es precisamente su inspiración en hechos reales (en ocasiones, para ser sinceros, te da la sensación de que, si no aceptáramos la premisa sobrenatural de la novela, muchos de los acontecimientos los juzgaríamos de manera distinta).

El segundo punto es quizá más una apreciación personal, y entra en el motivo por el que he querido escribir este post. La novela introduce a personajes históricos reales, y esto es siempre un factor arriesgado, pues obliga a emitir juicios de valor sobre los mismos, y a pesar de que no dudo de que hay una buena labor de documentación histórica al respecto, lo cierto es que supone deslizarse sobre hielo muy fino. Sobre todo si tenemos en cuenta que la novela obvia un aspecto bastante esencial desde el punto de vista médico e histórico, y es la importancia que llegó a tener la histeria femenina en aquel tiempo. Para ello, tendremos que adentrarnos un poco en la historia.

¿Qué era la histeria? Se trataba un conjunto de manifestaciones clínicas que ocurrían en determinadas mujeres, por las cuales (entre un conjunto de síntomas muy variados) empezaban a adquirir unas posturas rígidas y antinaturales, con movimientos exagerados y bruscos de las extremidades, en apariencia en contra de su voluntad. El motivo por el que ocurría no estaba claro. De hecho, desde antiguo, y al darse exclusivamente en mujeres, se atribuía al útero femenino, el cual supuestamente se movía por varias zonas del cuerpo y tocaba los nervios, causando los síntomas (de ahí la denominación de la enfermedad, por "hystera", útero en griego). Durante el siglo XIX, y en los países occidentales, la enfermedad se hizo muy famosa, entre otras cosas porque Charcot, el médico a cargo de Salpêtrière, empezó a documentarla de manera fotográfica y a realizar sesiones semi-públicas en las cuales se manifestaban de forma dramática los síntomas. Hay que decir que a Charcot se le acusó (en ello incide la novela, y probablemente esté en lo cierto) de incitar las crisis histéricas y animar a sus pacientes a producirlas, bien porque clínicamente le resultaban muy atractivas, bien para ganar notoriedad como médico. Entre las pacientes que se hicieron famosas durante este período por sus arranques histéricos estuvo Augustine, una empleada doméstica que había sido violada a los trece años por el dueño de la casa donde trabajaba, que había ingresado en la Salpêtrière a los 15, y que mostraba actitudes, durante sus ataques, las cuales algunos comparaban con el éxtasis de las santas, aunque a los médicos les recordaran más a los fenómenos que sufrían los pacientes infectados por el tétanos.


Augustine, en una fotografía de la época.

Algunos libros insisten en esa teoría de que Charcot (quien fue uno de los primeros que clasificó a la histeria como entidad clínica independiente, separándola de otras afecciones como la epilepsia, y también quien introdujo la hipnosis como método de tratamiento) estaba instigando la histeria en vez de curarla. Estos autores defienden que, en el fondo, la histeria femenina era una invención de los médicos y de los estamentos dominantes, los cuales la utilizaban como excusa para mantener internadas a mujeres que resultaban molestas o que no encajaban en los estrechos cánones sociales de la época. El problema, sin embargo, hay que analizarlo desde más puntos de vista, porque resulta complejo. Aunque, como hemos dicho, la histeria se conoce desde los griegos -ya Platón, Hipócrates o Galeno hablan de ella- en el siglo XIX, en concreto en Europa Occidental y Estados Unidos, hubo un auténtico auge: tanto que algunos médicos hablan de que una de cada cuatro mujeres se ven aquejadas por este síndrome. A ello contribuían una serie de factores: muchos de los síntomas eran más bien vagos y difusos, con lo cual era fácil pensar que cualquier cosa era histeria; era una enfermedad "de moda" -cosa que, por desgracia, también influye en la ciencia-; y también contribuía el propio interés de los médicos especialistas por encontrar casos (no es extraño; algunas enfermedades actuales, como el síndrome de hiperactividad que afecta a los "niños inquietos", han sido acusadas de sobre-diagnóstico por los mismos motivos). En definitiva, al final la histeria constituía un fondo de saco donde clasificar aquellos problemas que los galenos no sabían identificar. Sin embargo, como veremos, podía existir también un motivo subterráneo. Por eso toca profundizar un poco más.

Un detalle interesante es que la histeria se detectaba con frecuencia en mujeres muy pasionales que sin embargo (por motivos diversos) no poseían actividad sexual, así que muchos dibujaban la enfermedad como consecuencia de esta circunstancia. En ese sentido, los médicos recomendaban un "masaje terapéutico" que supliera las carencias de las que adolecían estas mujeres. Este masaje era -o, al menos, de ello se quejaban los médicos- muy fatigoso para los especialistas, pues podían pasar varias horas antes de alcanzar "el paroximo histérico", pero tampoco eran partidarios de delegarlo en las comadronas, ya que eso signficaba perder ingresos. Así pues, la solución (¡oh, voilá!) fue inventar un artilugio mecánico que hiciera los masajes por ellos. Si alguno ha visto la película "Histeria" (2011), una divertida y bien hilada comedia basada en aquellos días, sus sospechas se están viendo confirmadas: el simpático e irreverente argumento de que un médico inventa el vibrador para contentar a las mujeres insatisfechas sexualmente tiene más visos de autenticidad de que concepto cinematográfico. Lo cierto es que en el siglo XVIII se inventan aparatos de hidroterapia con el fin de "masajear" a las pacientes, los cuales se popularizan a lo largo del siglo XIX en los balnerarios de toda Europa; en 1870 nace el primer vibrador electromecánico, y en 1873 se prueba por vez primera en un asilo en Francia (el consolador manual ya existía desde antiguo, como prueban restos arqueológicos romanos; hasta un famoso estafador que se enfrentó a Isaac Newton y del que hablamos aquí se dedicó durante su juventud a vender dildos). El vibrador eléctrico aterriza entre los utensilios del hogar varios años antes que aparatos en teoría más esenciales, como la aspiradora y la plancha. Con la llegada de la electricidad a los hogares, se populariza a su uso: sobre muchos de estos hechos podría opinar, sin duda a gusto, la cuarta ola feminista.

Cartel de la película Hysteria (2011), con la actriz Maggie Gyllenhall.

Quizás aquí es cuando tengamos que entrar en el meollo del asunto. Al hospital de la Salpêtriere llega un nuevo médico, el vienés Sigmund Freud. Freud empieza a colaborar con Charcot, y el primero coincide con la hipótesis del segundo -desarrollada a través de su estudios de hipnosis- de que la histeria tiene una causa psicológica, y no orgánica (aunque Charcot todavía mantenía que los ovarios femeninos se hallaban implicados). En realidad, Freud llega incluso a diagnosticar a un hombre de histeria -los primeros médicos que escucharon esta teoría se reirían mucho, argumentando, en un retorno a los antiguos, que aquello era imposible, ya que los hombres no tenían útero-. Cuando Freud, más tarde, se instala en Londres, empieza a probar una técnica desarrollada inicialmente por Joseph Breuer y que se denomina "método catártico": la idea es que la histeria ha sido inducida por un acontecimiento traumático, y que evocar dicho hecho conduciría a que el paciente se hiciera consciente de su problema y por fin se curase. La primera mujer que es tratada por este método es la famosa Anna O., con quien se dice que Breuer improvisó bastante la terapia, adaptándola a la multiplicidad de síntomas que la mujer presentaba. También se comenta que, probablemente, los médicos de Anna O. no entendieron todo lo que le estaba sucediendo -se habla de que en el fondo pudo haber una base orgánica-, y se aduce además (en una acusación frecuente, y en muchos casos fundada, en estos primeros casos famosos en la historia de la psiquiatría) que no se portaron con su paciente todo lo bien que debieron. En todo caso, parece ser que la famosa Anna O. (nombre real: Bertha Pappenheim) se recuperó, y acabó convirtiéndose más tarde en una adalid de los derechos de la mujer. Por lo visto, la propia Pappenheim atribuía su curación a lo que ella denominó "cura del habla", nombre con el que se se quedó este tratamiento basado en que el paciente conversara con su terapeuta sin cortapisas de lo que a ella le apeteciera (lo que vino en llamarse "asociación libre") y que Freud empleó para establecer las bases de su método psicoanalítico que ha servido de punto de partida de buena parte de la psicología posterior. El resto, como suele decirse, es historia. Aunque el psicoanálisis es muy denostado hoy en día (muchas de las afirmaciones de Freud eran más especulativas que científicas, y desde entonces se ha progresado en métodos mejores para el tratamiento de los pacientes), lo cierto es que lo que hicieron Freud y Beuer fue revolucionario: por primera vez en la práctica clínica, había un hombre escuchando atentamente lo que querían contarle, de su propia vida, las mujeres. Quizás nos hubiéramos ahorrado muchos problemas si hubiéramos empezado por ahí.

Recapitulemos un poco, y volvamos a la pregunta del inicio. Después de todas estas explicaciones, y de lo que hemos aprendido, ¿qué es la histeria? Hoy en día, consideramos esta enfermedad como uno de los llamados "trastornos de conversión", los cuales forman parte de las dolencias que hoy en día calificamos en el lenguaje cotidiano como "psicosomáticas". La idea es que la mente humana no está hecha para soportar ciertas situaciones en las que se ve atrapada y no sabe cómo salir. Quizás en la época en que éramos hombres prehistóricos, migrando y viviendo de la caza y la recolección, estas circunstancias no se producían tan a menudo, o tal vez fue un mecanismo que inventó la evolución para sobrellevar estos dramas. La cuestión es que, cuando la mente no sabe qué hacer frente a dilemas irresolubles -y que, con frecuencia, no pude verbalizar, bien porque no sabe o porque no existe la oportunidad-, lo que hace es convertirlo en un trastorno físico. Es un fenómeno que se da en toda clase de culturas, pero que se adapta de manera muy versátil a cada una de ellas: por ejemplo, el síndrome amok (muy tratado por la literatura y el cine) se exterioriza como una rabia homicida intensa durante un período de tiempo breve. En el caso de los inuits, por ejemplo, es típico que los afectados por este tipo de neurosis se expongan a la nieve desnudos y se comporten como un animal salvaje. Las manifestaciones son tan variadas no sólo por lo diversos que son los individuos que las padecen sino, sobre todo, por el diferente entorno en el que se integran y, en particular, por lo que la sociedad espera de ellos. En ese sentido, las mujeres del siglo XIX -en concreto, en la rígida Inglaterra victoriana- no sabían cómo expresar su frustración sexual (durante aquella puritana época triunfa la postura de que el sexo sólo es admisible para la reproducción), la ausencia de amor en sus vidas, la falta de derechos frente a una sociedad que les cosificaba, o la situación de sumisión frente a unos maridos a los que les parecía indecente intentar que -durante el coito- sus mujeres sintieran la más mínima clase de placer. No es extraño que muchas pacientes histéricas, como la famosa Augustine, hubieran sufrido abusos sexales. Como además (debido a la estricta moral de la época) las pacientes no podían airear abiertamente sus cuitas, ni rebelarse de ningún modo contra esa situación, manifestaban sus angustias en cambio de una manera física. En ese sentido, influye mucho el efecto "contagio", y ahí es donde la fama que adquirieron las histéricas de Charcot pudo jugar un factor: las mujeres que no sabían cómo canalizar sus problemas veían que la histeria era una forma aceptada de enfermedad, y por ello flexibilizaban sus síntomas para encajar en los reconocidos en las histéricas. 

Ojo, no estamos diciendo que estas mujeres fingieran; lo que ellas hacían era un gesto siempre inconsciente. Se trataba de un mecanismo del cuerpo para indicar que existe un fallo funcional; una especie de grito de socorro, de la misma manera que hoy en día sabemos que el estrés provoca que se te caiga el cabello, se te vuelvan rígidos los músculos con frecuencia, o manifiestes ataques de pánico. De esa manera, una histeria llama a otra; si una mujer ve que otra persona está recibiendo la atención que necesita mediante ataques de histeria, es normal que nuestra propia mente tienda a reproducir los síntomas para así solicitar ese auxilio que sería imposible obtener de otra forma.

De todo esto empezaron a darse cuenta, en el siglo XIX, Freud y Charcot. Y aquello, que supuso el apogeo de los estudios clínicos sobre este mal, se convirtió también en el inicio del fin de este último. Porque si el propósito inconsciente de la histeria era que se aceptara el sufrimiento de esas mujeres concretas como una desorden físico -y, de esa manera, se intentara poner algún remedio-, en cuanto se consideró como una dolencia puramente psíquica, dejó de cumplir esa función (querámoslo o no, las enfermedades con base orgánica reciben más conmiseración que las mentales, a pesar de que las segundas sean tan reales como las primeras). A partir de entonces, sin duda -y aparte del éxito de los tratamientos-, las mentes de las mujeres con traumas reprimidos buscaron otras maneras de manifestar la enfermedad que resultaran más "socialmente admisibles". Hoy, de hecho, se considera que una amplia proporción de afectados de determinados tipos de padecimientos (como la fibromialgia, entre otros) son trastornos psicosomáticos encubiertos que esconden un problema subyacente que el paciente no sabe cómo solucionar, pero en el que la pura presencia del médico -o de un hombro sobre el que llorar- puede ofrecer un cierto consuelo (hay que decir que ahí tropezamos también con que la medicina no lo sabe todo: quizás haya una proporción de casos donde el origen sea orgánico, aunque no lo sepamos diagnosticar). También es probable que los estudios de Charcot -por muy sensacionalistas que fueran- o de Freud -pese al escándalo que produjeron en su época- llevaran al propio reconocimiento de la sociedad de que eran sus innatas normas de funcionamiento las que estaban dañando a esas mujeres, y rompieran una serie de tabúes que permitieron a los componentes de la mitad de la población humana de Europa y Estados Unidos proclamar las injusticias y ninguneos que sufrían, para así tratar de corregirlas de un modo alternativo. Quizá la histeria no la curaran los médicos ni la hipnosis, sino el feminismo, la transformación que éste logró de la sociedad, y hasta el vibrador. Lo cierto es que, hoy en día, se cuentan con los dedos de una mano los casos de histeria. En la actualidad hay otro contexto, otros problemas psicológicos, y otras formas de expresarse la enfermedad, porque ha cambiado nuestro concepto también de la misma. En la Edad Media eran brujas, en la Inglaterra victoriana histéricas, hoy en cambio son mujeres indignadas que tienen bien claros los derechos por los que han de luchar.

En ese sentido, cuando vuelvo la vista hacia "El baile de las locas", y veo a los Charcot, Babinski y Giles La Tourette (individuos a los que se estudia hoy en día en las universidades de medicina por sus contribuciones a ésta y otras áreas de la neurología) analizando a las histéricas, no puedo evitar pensar que, independientemente de cómo eran estos médicos en su trato profesional y humano, había un factor que les trascendía y en el que "El baile de las locas" tiene toda la razón: no se trataba de que esas mujeres estuvieran enfermas. Se trataba de que toda la humanidad estaba enferma; que no se podía curar a esas mujeres para reintegrarlas en el mundo, porque la raíz de sus males se hallaba en el germen mismo de la concepción de la pirámide social. Mirándolo desde ese punto de vista, es fácil creer que muchas de estas mujeres estuvieran más a gusto en la Salpêtrière que fuera de ella. Porque, al fin y al cabo, ¿adónde puedes huir cuando la entera estructura del mundo es tu rival?¿Qué puedes hacer cuando la otra mitad del mundo manda y se halla en tu contra? Y la siguiente pregunta es: ¿desde entonces, hemos cambiado tanto? Libros como "El baile de las locas" están ahí para inquirirlo, plantearlo, cuestionarlo y, si la respuesta no nos convence, contribuir a cambiarlo para que un día el machismo, como la histeria, sea sólo mitología y medicina antigua, sin el menor asomo de realidad.

miércoles, 17 de marzo de 2021

La historia real de marzo. Semana del Cerebro: "Cariño, ¿dónde he metido el cerebro de Einstein?"

Esta tarde en Youtube hemos tenido una divertida charla donde hemos hablado de cerebros de famosos que desaparecieron o sufrieron toda clase de vicisitudes. Pero también comentamos qué podemos aprender (y qué no) a partir de la observación de esos cerebros, conversamos acerca de cómo funciona nuestro órgano más relevante, y desmontamos algunos bulos y pseudociencias. Si no tuvisteis la oportunidad de verla en directo, ahora podéis disfrutarla a través de este enlace, englobado en el canal de Youtube del Instituto Cajal. ¡Un saludo, y espero que os guste!

Fe de erratas: como aclaro en los comentarios del vídeo, el poeta al que le pasaron tantas vicisitudes con su cerebro (o no) fue Ruben Darío, y la frase de Cajal empieza con "Todo hombre...". Espero que no haya muchos más gazapos. ¡Un saludo!

jueves, 7 de enero de 2021

Los libros de enero: una serie de ensayos más que entretenidos

Pocas frases hay que me gusten menos que "este ensayo se lee como una novela". No porque quien lo diga no tenga razón, sino porque soy defensor de que un buen ensayo puede ser tan apasionante, tener tantos giros dramáticos y hacernos disfrutar tanto o más que una novela. Y, como ilustración, aquí unos cuantos ejemplos que he leído recientemente: 

-"En las antípodas". Bill Bryson, con su jocoso estilo habitual, nos relata historias, curiosidades y miles de hilarantes anécdotas sobre Australia, un país lleno de bichos que pueden matarte, donde el término "aislado" se usa con auténtica propiedad, y cuyos habitantes tienen rasgos todavía más raros que ser casi todos descendientes de presidiarios. Para quienes pretenden visitar a Australia, y también para quienes deciden -sobre todo después de leerlo- que es demasiado arriesgado.

-"Un verdor terrible". Éste es un libro anómalo en su concepción. El autor, Benjamin Labatut, combina apasionantes biografías de científicos con detalles inventados de su propia cosecha, aumentando la ficción de manera progresiva conforme van avanzando los capítulos independientes, de tal forma que al final uno no está seguro del todo de qué parte que le han contado es verdad y cuál no (aunque, en todo caso, ha resultado interesante). Para leer, siempre y cuando se tenga que en cuenta que buena parte de lo que dice es irreal -de hecho, da la sensación de que los detalles verídicos son los más apasionantes-.

-"Mi familia y otros animales". El hermano menor de la familia Durrell (cuyo miembro más conocido, Lawrence Durrell, se hizo famoso por sus novelas alrededor de "el cuarteto de Alejandría") comenta en este primer libro de la llamada "trilogía del Corfú" cómo fue la aproximación de la familia a esta isla griega cuando los Durrel decidieron irse a vivir allí. Con cada uno de sus miembros ensimismado en sus propios asuntos, la surrealista tendencia que adquieren los sucesos de la isla y una serie de seres vivos (no todos racionales) empeñados en complicarles la vida, la lectura ofrece una diversión asegurada. Hay que decir que tiene serie de televisión (en Filmin y en Yomvi) la cual está a la altura del reto, aunque se centra menos en la visión del niño que escribirá los libros, y más en la problemática de cada uno de los carismáticos miembros de la familia, todos poseedores de una arrolladora personalidad.

-"Colapsología" (Servigne y Stevens). Obra de dos autores franceses, este ensayo asume que el colapso de nuestra sociedad es ineludible (aportan estadísticas y profusa bibliografía para ello), si bien, por la complejidad de las cuestiones a tratar, resulta impredecible decir cuándo y exactamente de qué manera. En ese sentido, uno llega a creer de que el cataclismo puede ser causado tanto por el agotamiento de los recursos, una catástrofe financiera, la medioambiental o una conjunción de todas ellas; da la sensación que hay una carrera por ver cuál de nuestros problemas nos llevará antes al apocalipsis. El ensayo -como es de prever- tampoco ofrece verdades absolutas, pero a los que ya estamos preocupados por el tema nos dejará más pensativos aún, mientras que quienes pretenden confiar en el futuro encontrarán resquicios para confiar en que todavía hay opciones. En todo caso el libro (publicado en 2015, y con un pequeño epílogo añadido durante la crisis del COVID que apunta a que esta epidemia no modifica demasiado el trasfondo del asunto) tampoco ofrece soluciones claras, quizás porque no las haya. Desde ese punto de vista, el libro otorga poca respuestas, y los pocos caminos a los que apunta como remedios -tanto globales como individuales- son en cierta medida conocidos. Sin embargo, para los ya expertos reafirmará algunas cuestiones (quizás apuntalando detalles prácticos), y para los neófitos en cambio puede suponer todo un descubrimiento que induzca a un cambio en la forma de abordar la vida.

-"Ante todo, no hacer daño". La frase, tomada del juramento hipocrático que tuvo que realizar el su día el médico Henry Marsh, viene muy a cuento, pues este neurocirujano inglés se sincera a tumba abierta sobre los grandes dilemas y dramas de su profesión, a partir de su experiencia personal y de casos reales. Escrito con una honestidad dolorosa (la cual incluye tanto el terreno personal como el profesional, con todas sus ramificaciones), Marsh nos presenta a los médicos como individuos muy lejanos al aura de entes perfectos que suelen dibujarnos otros retratos más benevolentes; sino, más bien, como seres falibles, propensos al error y quienes, incluso haciéndolo todo con la mejor de las voluntades, se encuentran con que, en muchas ocasiones, buena parte de las circunstancias están fuera de su control. Ideal tanto para aquellos facultativos que se creen imbuidos por la gracia divina, como para aquellos pacientes que consideran que cada fallo o fracaso de los médicos implica necesariamente un acto de negligencia. Y, más bien, una muy humana reflexión sobre lo frágil que es la vida y lo sencillo que es que algo pase de constituir un excelso logro a convertirse en una terrible equivocación a causa de detalles nimios. Un libro para centrarnos en lo que es importante, ahora que la medicina, de una manera u otra, nos ha enseñado que hay que valorar otras prioridades. 

En este sentido, todos estos ensayos sirven para eso: para ayudarnos quizás no a descubrir y mostrar, sino solamente puntualizar y subrayar, para así modificar ligeramente nuestro punto de vista. ¿No consiste en eso precisamente el acto de aprender? Desde esta óptica, espero que sigamos aprendiendo este año juntos. Y que lo hagamos, entre otras maneras, a través de este blog. Nos leemos.

lunes, 23 de diciembre de 2019

Los libros de diciembre. Divulgación científica: "¿Qué ven los astronautas cuando cierran los ojos?" y "500 años de frío".

A veces es sorprendente la escasa comunicación que existe entre los mundos literario y científico. Se dan casos de individuos eruditos en el campo de las letras que, sin embargo, no sienten en absoluto la necesidad de adquirir unas mínimas nociones de cultura científica (por supuesto, también ocurre al contrario). Dentro de los científicos, por otra parte, existen aquellos que consideran despreciable cualquier forma de comunicación que no sea para indicar contenidos prácticos, pero también hay algunos que constituyen infatigables consumidores de literatura, y que incluso se han sentido estimulados por los autores de ciencia ficción y fantasía para realizar sus particulares descubrimientos, u orientar su carrera profesional. Para mí, la ciencia siempre ha sido una fuente de inspiración y documentación: me descubre insólitos hechos de la naturaleza, abre infinitas posibilidades, y proporciona anécdotas sorprendentes. Es por ello por lo que valoro en gran medida la figura de los divulgadores científicos, quienes ponen en conexión el mundo de los investigadores (por lo general encapsulados dentro de la burbuja de sus respectivos laboratorios, aunque también puedes encontrar muy buenos divulgadores entre ellos) con el público general, y ayudan con su encomiable labor a que la sociedad reclame sus representantes una mayor inversión en ciencia. Un trabajo muy importante a la hora de obtener financiación, un tesoro muy preciado y que tiende a escasear en estos días.

Antonio Martínez Ron es uno de estos grandes divulgadores. Le conocí a partir de un desconcertante y curiosísimo blog "Libro de Notas. Guía para perplejos", pero luego le he visto nadando en todas las salsas. Colabora en Naukas, ha ejercido de divulgador científico en periódicos digitales, organiza debates y conferencias (la última en la que estuve, en el Planetario, discutía sobre la colonización de Marte) y por supuesto alimenta periódicamente su blog Fogonazos, del cual Martínez Ron ha extraído algunas de las historias más jugosas para publicar el libro que hoy nos ocupa, "¿Qué ven los astronautas cuando cierran los ojos?". La respuesta sencilla a esta pregunta sería decir -y por eso precisamente viene tan a cuento-, "fogonazos", pero el por qué concreto de esa respuesta dejo que vosotros mismos lo descubráis.



A lo largo de sus páginas, Antonio Martínez Ron (@aberron en Twitter, donde despliega una bulliciosa actividad) abre y cierra en pequeños capítulos varias decenas de universos en los que podemos sumergirnos y quedar arrebolados. Explosiones nucleares a tutiplén, aventuras sin parangón en el espacio, el cerebro de Einstein en el maletero de un coche, magos que entrenan a la CIA, granjeros virtuales chinos del World of Warcraft, cabezas criogenizadas, cerditos que viven sin sangre, calamares gigantes custodiados por el ejército de Estados Unidos, cápsulas del tiempo, dioses informáticos creados por sus propios seguidores y un largo etcétera. Entre ellas, sorprendente especialmente las asombrosas maneras de funcionar del organismo humano, y en concreto de su el cerebro: gente que percibe que su mente sale de su cuerpo, o que el tiempo se ralentiza; individuos que están convencidos de que su pene está encogiendo; Philip K. Dick proclamando que otros escritores forman parte de una conspiración internacional... Como veis, la diversión está asegurada. Y, de paso, todos incrementamos un poquito nuestro conocimiento científico. Quizás, si hay que ponerle una pega, es que a lo largo de las historias algunos temas se repiten, y supongo que es porque Martínez Ron, como todos, siempre tiene asuntos fetiche que le llaman en mayor medida la atención (por supuesto, cada cual encontrará ciertos capítulos más apasionantes que otros). Pero, al tratarse de un libro de historias independientes, es fácil seleccionar sólo las que más nos entusiasmen a título individual.



El otro libro de divulgación que venía a recomendaros hoy -aunque éste tiene también mucho de historia y de aventura- es "500 años de frío", de Javier Peláez, @irreductible en Twitter, red social en la que comparte amistad y cachondeo con Martínez Ron entre otros, aunque este nombre de guerra sirve también de homenaje a su blog particular. En este caso, Peláez trata de resumir bastantes más de 500 años de exploración ártica en busca del Polo Norte y los míticos pasos del Noreste y Noroeste, entre otros hitos históricos. De paso, el libro habla también sobre el comercio de las especias, novedades científicas, balleneros, las casi siempre complicadas relaciones con los pueblos indígenas, y las situaciones límite que vivieron los exploradores y que les llevaron a explorar de manera adicional los aspectos más íntimos de la condición humana, ésos que exhibimos -de manera más diáfana-, cuando nadie nos ve: traición y altruismo, engaño y coraje, perseverancia y fracaso, ansia de descubrimiento o de gloria, tragedia y belleza. Todo ello, por supuesto, unido a chapuzas, planes surrealistas, errores descomunales y un sinfín de divertidas anécdotas. Por otra parte, si resulta que después de leer este libro no os habéis quedado congelados del todo en tan inhóspitas latitudes, entonces quizás deberíais echarle mano a otro libro, "Confines" de Javier Reverte, donde el célebre cronista de viajes cuenta a su propia manera la búsqueda del paso del Noreste y la conquista del Polo Norte (Reverte ya escribió otro libro, "En mares salvajes", sobre la búsqueda del paso del Noroeste, cuya conclusión no os adelanto, pero que otro periodista resumió de manera muy poética y simbólica aquí), para luego dirigirse al otro extremo del mundo y narrarnos las desdichas de los viajeros que se dedicaron a explorar la Tierra de Fuego chilena y argentina y algunas de las regiones más salvajes de la zona sur del continente americano. Lo curioso de leer varias versiones del mismo tema reside, especialmente, en hallar las diferencias entre las interpretaciones de unos y otros, lo cual indica que buena parte de lo que sabemos de los viajes árticos dependen en gran medida de lo narrado por los supervivientes, y que a veces la verdad no es tan sencilla de dilucidar. Por otra parte, si preferís congelaros a través de una pantalla, la bastante atractiva primera temporada de la serie "The Terror" de la AMC, disponible en Amazon Prime y producida por Ridley Scott -basada, a su vez, en una novela de Dan Simmons, el creador de "The Wire"-, se centra precisamente, aunque de un modo bastante libre (no es de extrañar, pues carecemos de bastantes datos del episodio original, uno de los más misteriosos del Ártico), en una de estas expediciones polares.

Por cierto, un detalle: estos dos libros que os recomiendo me los envió, en formato ebook, una persona muy querida como presente de cumpleaños. Lo digo por si estáis buscando ideas para esta época, en la que vienen de perlas regalos que reconforten cuerpo y alma, y que cumplan además los requisitos de que no haya que talar ningún árbol para generarlos (o, si hay que hacerlo, que al menos se adquieran en una librería pequeña, de ésas a las que tanto les cuesta hoy en día sobrevivir), y también que no sea imprescindible comprárselos a ningún gigante de los que se dedican de manera sistemática a evadir impuestos. No sé si el receptor del obsequio os lo agradecerá, pero desde luego el medio ambiente, el pequeño comercio o la justicia social se verán beneficiados por vosotros. Porque, al fin y al cabo, ¿no se supone que estas fechas están hechas de buenos propósitos?