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domingo, 1 de julio de 2018

La historia real de julio: una pequeña lista de científicos represaliados

En estos días en que se habla tanto de sacar de sus aposentos los cadáveres de rancios dictadores, y de recuperar los cuerpos que éstos dejaron en las cuentas, conviene recordar que las víctimas de golpes de estado, revoluciones y violencias de variado signo no se circunscriben sólo a políticos, colectivos discriminados ni a poetas (¿dónde estará el cadáver de Lorca?), sino a todos los estamentos y clasificaciones sociales de cualquier índole. En apariencia, los científicos tendrían que haberse librado en mayor medida de este descalabro: bien por su utilidad inherente (ahí tenemos a un Werner von Braun que se pasó la última parte de la guerra en un hotel de lujo en Alemania, esperando a que le capturaran sus futuros jefes de los Estados Unidos), bien porque su actividad tiende a desarrollarse en un ámbito neutral en la mayor parte de los casos. Sin embargo, hay científicos que, bien por sus ideologías particulares, bien por sus propios descubrimientos científicos, sufrieron de persecución, acoso y hasta asesinato por parte de poderes fácticos y autoridades. Aquí hay una pequeña lista que engloba a algunos de ellos:

-Antigüedad: uno de los casos más conocidos de esta enumeración es el de Arquímedes. Según la leyenda (que contiene visos de veracidad), Arquímedes habría intervenido en la defensa de la ciudad griega de Siracusa respecto al sitio a la que la habían sometido los romanos. Uno de los ingenios que habría empleado (descrito por Polibio) era la "garra de Arquímedes", una especie de mano de hierro que inclinaba a los barcos y permitía que accediera agua a su interior. La otra gran estrategia (mucho más controvertida en cuanto a su verosimilitud) sería la de emplear espejos para crear un rayo de calor que incendiara las naves enemigas. Sea como fuere, cuando los romanos entraron en la ciudad (narra el mito) uno de los soldados romanos se encontró a Arquímedes haciendo cálculos sobre la arena. Como el legionario no era consciente de quién era el sabio -ni tampoco de que había órdenes explícitas de no hacerle daño- y como el inventor y matemático se mostrara desdeñoso respecto a la presencia molesta del soldado, éste le mató con su espada, para gran disgusto de su oficial superior cuando se enteró. No es para menos: se dice, entre otras cosas, que Arquímedes estuvo muy cerca de crear el cálculo diferencial que más tarde desarrollarían por separado Newton y Leibniz, y que si algo se lo impidió fue la dificultad de trabajar con los enrevesados números griegos. También a raíz de varios reportajes y de la fantástica película "Ágora", de Alejandro Amenábar, es famoso el asesinato de Hypatia, matemática y directora de la Biblioteca de Alejandría que fue (probablemente) violada y (sin duda) descuartizada por orden del obispo Cirilo, quien pretendía eliminar todo vestigio de paganismo en oposición a la fe cristiana que él representaba, culminando con ello la labor de destrucción de la mítica Biblioteca de Alejandría.


-Con la iglesia hemos topado: Hypatia fue uno de los primeros borrones en el debe de la iglesia, durante un período en el que se destruyó intensamente tanto ciencia como arte y literatura, pero incluso cuando el cristianismo se convirtió una religión asentada en la sociedad, las persecuciones siguieron adelante contra todo aquel que osara contradecir sus dogmas. También en el terreno científico. El caso de Galileo Galilei, obligado a abjurar de sus teorías astronómicas, es el más popularizado, pero no el que peor terminó. Lluis Alcanyís y García de Orta fueron ejecutados por la Inquisición debido a sus orígenes judíos (el primero en Valencia, el segundo en Portugal). Relevantes también son los casos de Lucilio Vanini, quien teorizó mucho antes que Darwin la evolución de las especies y que fue condenado por ateísmo, y del visionario Giordano Bruno, que anticipó entre otras cosas la existencia de otros planetas donde, según él, podría haber otras criaturas inteligentes aparte de nosotros -lo último se da quizás erróneamente por supuesto-. Ninguno de ellos tenía una visión del supremo hacedor absolumente equivalente a la de la Iglesia (lo cual no quiere decir que no fueran creyentes ni cristianos; Vanini creía en el Dios como una fuerza conductora, mientras que Bruno se definiría como panteísta), y por ello fueron ajusticiados. No sólo en el área del catolicismo encontramos mártires. El aragonés Miguel Servet, descubridor de la circulación menor, mantenía una agria disputa teológica con el protestante Calvino a cuenta de la Santísima Trinidad. Ingenuo, Servet acudió a Ginebra, donde Calvino había establecido su sede teocrática, para hacer las paces. No salió vivo de allí: la madera en la que prendieron su hoguera estaba mojada a causa de la lluvia y tardó horas en quemarse. Una valiente apología de él fue escrita por Castelio y reflejada por Stefan Zweig varios siglos más tarde.


-Las revoluciones políticas de la Edad Moderna se cobraron también sus víctimas: algunas por haberse involucrado de manera directa en las mismas, y otras no tanto. Francisco José de Caldas era un multifacético colombiano que, cuando Napoleón invade España, ve con buenos ojos (como muchos de sus compañeros) expulsar al virrey español que tomaba lo mejor de las colonias y se lo reservaba para la metrópoli. Los conspiradores encuentran un buen lugar para realizar sus reuniones en el Observatorio Astronómico de Bogotá que Caldas dirigía pero, descubierta la conjura, los rebeldes se ven obligados a huir y Caldas colabora como ingeniero militar en muchas de las siguientes batallas. Capturado por sus enemigos, a pesar de su erudición, el militar español que condena a Caldas niega el indulto bajo la frase: "¡España no necesita de sabios!". Mientras le conducen al lugar de la ejecución, dibuja en una pared la letra griega θ, que se asocia con la frase "Oh, larga y negra partida". Muere acribillado por los disparos. Similar suerte corrió Antoine Lavoisier, el padre de la química moderna, y que en la Francia pre-revolucionaria fue conocido por dos motivos: 1) demostrar la ley de la conservación de la masa, desmontando la hasta entonces establecida teoría del flogisto y 2) participar también en teorías económicas, mejorando el sistema de recaudación de impuestos. Estos impuestos eran los que exprimían a las clases populares y, por tanto, los que trabajaban en estas actividades fueron tremendamente vilipendiados por la Revolución Francesa cuando ésta triunfó. De hecho, en la ejecución de Lavoisier se ha querido ver un enfrentamiento pasado contra Marat, líder del movimiento revolcuionario que fue ridiculizado por Lavoisier años antes en el campo de la química, pero lo cierto es que, a lo largo del período revolucionario, todos los individuos destacados en relación con el cobro de impuestos fueron guillotinados. El juez del tribunal que le condenó proclamó (de manera muy similar al militar que negó el indulto a Francisco José de Caldas) que "Francia no necesita ni de sabios ni de químicos".


-En ocasiones, de quien has de guardarte no es de los individuos ajenos, sino de tus propios colegas. Semmelweis, de quien hemos hablado colateralmente en cierta ocasión, era un médico húngaro en Viena que descubrió la asociación entre fiebres después del parto y el hecho de que los médicos trataran a las madres después de haber tocado a los muertos en la sala de autopsias, así que recomendó el lavado de manos para prevenir los fallecimientos causados por dichas fiebres. Sus colegas le desprestigiaron (aludieron a su origen húngaro para despreciar su teoría), perdió su trabajo y su reputación, y acabó tan dolido por el rechazo que se dice que, para demostrar su hipótesis, se hirió con un bisturí procedente de una sala de autopsias, provocando una infección que le causó la muerte (nota: leyendo más sobre el tema, descubro que esta historia es una leyenda, pero que durante mucho tiempo fue aceptada. Aún así, parece claro que la muerte de Semmelweis se produjo tras los malos tratos recibidos en un sanatorio mental, al que ingresó después una serie de actos de locura influidos seguramente por el gran tormento personal que le causó el rechazo de la comunidad científica). Otro caso paradigmático es el de Daniel McFarlan Moore: varios científicos han muerto asesinados en diversos países (sobre todo, regiones tercermundistas) por individuos que les asaltaban en el auto, en la calle, o en su casa. En el caso de Moore, sin embargo, su asesino era un compañero de profesión en paro que explotó de rabia al ver que el primero se le había adelantado con la patente de un invento.


-Si los estados y las organizaciones sociales pueden matarte, no está tampoco libre de peligros el que se deja engullir por la naturaleza para aislarse de la sociedad. Aunque, en la mayor parte de las ocasiones, más que los insectos o las serpientes, la amenaza procede de otros hombres. Dianne Fossey (muy conocida por su semblanza biográfica en la película "Gorilas en la niebla") fue asesinada por cazadores furtivos por querer proteger a los gorilas a los que estudiaba y con los que convivió. El naturalista boliviano Noel Kempff Mercado cometió el error de aterrizar su avioneta en un lugar dominado por un cártel de la droga y fue asesinado; sólo un compañero suyo español sobrevivió, y el hecho de que relatara su historia cambió en Bolivia la percepción del narcotráfico e incrementó la lucha contra el tráfico de drogas. Muy irónico también es el caso del entomólogo británico Ernest Gibbins, quien pretendía ayudar a la población indígena analizando muestras biológicas (con el objeto de contribuir a la cura de la tripanosomiais y la fiebre amarilla) pero murió lanceado porque sus sujetos de estudio pensaban que iba a utilizar su sangre para hacer brujería.


-Meterse en proyectos militares tiene también sus inconvenientes. Ya hablamos en su día del físico Oppenheimer, que no fue asesinado pero sí degradado y apartado de todo proyecto en medio de la histeria anti-comunista generada por el senador Joseph McCarthy y su "caza de brujas". Pero algunos casos llegan hasta el extremo: el físico iraní Yahya El Mashad fue asesinado en su casa de manera misteriosa, aunque todo el mundo sospecha que la orden la dio Barack Obama para evitar que Irán desarrollara su programa nuclear. En cuanto a Gerard Bull, era un ingeniero canadiense que había trabajado en numerosos proyectos de defensa de varios países, pero se cree que la acción que causó su muerte fue desarrollar un nuevo tipo de misiles para el Irak de Sadam Husseim, lo cual atrajo la mirada y la condena del servicio secreto israelí del Mossad.


-Las dictaduras son un mal momento para el pensamiento independiente. El monolítico pensamiento único soviético no admitía disidencias de ningún tipo, y entre sus múltiples víctimas también se hallaban investigadores, e incluso corrientes científicas. Por ejemplo, el darwinismo era considerado demasiado capitalista y el lamarckismo (hoy científicamente invalidado, salvo en algún caso muy concreto), más acorde con las teorías comunistas. Entre purgas soviéticas de ida y vuelta, tanto los defensores como los detractores de ciertas teorías acabaron engullidos por la maquinaria de la detención o el gulag (en ocasiones, los mismos instigadores de las purgas fueron a su vez purgados). Tampoco tenemos que irnos muy lejos: en España, la mayor parte de los científicos hubieron de huir con el golpe de estado de 1936, y muchos de los que se quedaron (entre ellos, un discípulo de Cajal) fueron depurados. Hoy, se han iniciado proyectos de recuperación de memoria histórica para rescatar su labor. Incluso en democracia, puede haber asesinatos a científicos por razones políticas a causa del terrorismo, esa forma de hacer dictadura cuando no se dispone de los resortes del estado (y viceversa): José Ramón Muñoz Fernández era un internista asesinado por los GRAPO por proporcionar alimentación forzosa a dos de sus miembros en huelga de hambre, una actuación que decidió, en última instancia, el Tribunal Constitucional.


Dicen que, por cada niño con potencial que fallecece sin oportunidades en el Tercer Mundo, perdemos un Einstein o una Marie Curie. En los casos que hemos narrado antes, conviene refrescar la cita que enunció el sabio Lagrange a propósito de la muerte de Lavoisier: "Sólo ha hecho falta un instante para cortarle la cabeza; pero Francia no será capaz de producir otra semejante en un siglo".

lunes, 26 de junio de 2017

El libro de junio: "El siglo de las luces", de Alejo Carpentier

“Hay épocas hechas para diezmar los rebaños, confundir las lenguas y dispersar las tribus”.
                       Alejo Carpentier. El siglo de las luces.

Existen (relativamente, para la intensidad y profundidad del terremoto que provocó) pocos libros ambientados en la Revolución Francesa. No demasiados que traten del Caribe. Y muchos menos dedicados a lo que fue la Revolución Francesa en el Caribe. Pero es que hay algunos textos que son inconcebibles sin el influjo particular de sus autores, de tal modo que, si éstos no hubieran existido, probablemente ningún otro hubiera podido alumbrarlos. Quizás por eso sólo Alejo Carpentier -suizo, de padre francés y madre rusa, que residió en Cuba y Venezuela durante buena parte de su vida y acabó muriendo en Francia- era capaz de pergeñar esta historia, un relato que abarca desde el final del período de la Ilustración hasta el principio del fin de la revolución francesa, saltando del Mar Caribe a Europa y de las ideas a la acción, allá donde el lector se atreva a acompañarle. La historia se narra desde el punto de vista de tres muchachos adolescentes, herederos de una fortuna en una Habana que es colonia española, donde un recién llegado (Victor Hughes, personaje de inspiración real) les va a poner en contacto con el mundo de la Revolución Francesa y de los nuevos conceptos que empiezan a extenderse en aquel tiempo, y modificará, a nivel individual, el rumbo de sus vidas para siempre. Se dice que Alejo Carpentier es uno de los precursores de lo "real maravilloso", una definición que muchos autores no dudan en igualar al "realismo mágico" que se hizo famoso años más tarde cuando los escritores del boom latinoamericano -García Márquez, Allende, Vargas Llosa- lo pusieron de moda. Y es que aparte de tratarse de una historia intensa (llena de sucesos dramáticos, pasiones, cambios de rumbo, reflexión intelectual y política), el autor no duda en salirse durante breves lapsos de tiempo de la trama principal, para dibujarnos con colorido el ambiente de la Europa y la Latinoamérica de aquella época, desde el mestizaje cultural del que el propio Carpentier era ejemplo, hasta los exóticos parajes, cambiantes escenarios y apasionantes trasfondos que recorre la novela. Se trata de un libro intenso, cargado de símbolos, descripciones y referencias culturales, que exige un poco de paciencia y de esfuerzo para leerlo (no es la típica lectura ligera de verano, aunque contenga mares y océanos suficientes para inspirarnos viajes) pero que, al lector al que le interesen los temas de los que habla, no acabará decepcionando, pues contiene aventura suficiente (en forma de corsarios y guerreros, libertadores y pensadores, libros y guillotinas) como para llenar unas cuantas vidas, y al mismo tiempo resulta un brillante reflejo tanto de las intensas luces de la Revolución, como también de sus alargadas y tenebrosas sombras. Os dejo el deseo de que no tengáis que vivir lo que proclama la frase de la novela que hemos citado al principio, y que, a ser posible, hasta que nos veamos, disfrutéis de tiempos menos convulsos. Un saludo.

Post-scriptum: Después de escribir esta reseña, me enteré de que, en su día, cuando Gabriel García Márquez leyó este libro, arrojó a la papelera las cien páginas que llevaba escritas del manuscrito titulado "Cien años de soledad" y empezó de nuevo, con pluma matizada por el evocador lenguaje de Carpentier. Había nacido, oficialmente, el realismo mágico.

martes, 15 de diciembre de 2015

El libro de diciembre:"Hombres buenos". Algunas reflexiones personales adicionales.

Arturo Pérez Reverte es autor de varios libros que he devorado en el pasado. La piel del tambor, El húsar, El maestro de esgrima, La sombra del águila, La tabla de Flandes, El club Dumas, o las primeras entregas de El capitán Alatriste me impactaron mucho en su día. Pero un texto más actual me ha llamado recientemente la atención, su última novela, Hombres buenos. Y, después de leerlo, quiero compartir con vosotros lo que me ha parecido y, después, unas cuantas reflexiones personales que vienen a cuento de lo que me ha hecho reflexionar esta historia.

"Hombres buenos" se basa en un hecho real: la adquisición y transporte a España, por parte de la Real Academia de la Lengua Española, de una primera edición de la Enciclopedia francesa. Demos un paso atrás para explicar el contexto: es el siglo XVIII, y después de un largo período de oscuridad en Europa, algunos autores empiezan a hacer hincapié en que debería ser la Razón (con mayúsculas), y no las viejas costumbres o las creencias religiosas, las que controlen la mayoría de nuestros actos. En el llamado Siglo de las Luces, filósofos como Diderot, D'Alembert o Condorcet deciden reunir en una sola obra todo un compendio del saber humano hasta entonces. Una obra progresista, iluminadora, que intenta que sea el conocimiento el que dirija el rumbo del mundo, y los filósofos, matemáticos y físicos los que modifiquen -para bien- la vida de un pueblo que debe recibir más atención por parte de sus gobernantes, en lugar de contar tan sólo con obligaciones. Voltaire, Rosseau, Newton, eran algunos de los inspiradores de esta obra. Y parece que, entre de las monarquías europeas, algunos están comenzando a reconocer su importancia, y el concepto de soberano ilustrado ("Todo para el pueblo pero sin el pueblo") acaba por ponerse de moda.

No obstante, la vida no es fácil para esos enciclopedistas. A la Iglesia no le gusta que su milenaria capacidad para decidir lo que es verdad o mentira, bueno o nocivo para el hombre, sea puesta en entredicho. A muchos no les gusta que las nuevas ideas (que incluyen revisiones sobre la forma de gobierno de los hombres, y ponen por tanto en duda la forma de ordenación de la sociedad) se extiendan entre el populacho. Y los reyes pueden verse cohibidos tanto por las presiones externas como por sus propios escrúpulos religiosos o el miedo a perder sus privilegios de clase. Eso hace que la Enciclopedia sea incluida en el índice de libros prohibidos por la Inquisición, y que sólo una cierta manga ancha permita que algunas ediciones circulen de manera clandestina en Francia. En el relato de Pérez Reverte, se reproduce a partir de los registros de la Real Academia de la Lengua Española como ésta (de relativa autonomía intelectual por aquella época) aprobó conseguir una copia de esta Enciclopedia de cara a empaparse de la misma y transmitir parte de su sabiduría a los diccionarios de la Lengua Española: para ello se decide enviar a París, a adquirir los veintiocho volúmenes de los que consta, a "dos hombres buenos". Dos académicos en cuya piel se mete Reverte y nos arrastra consigo.

Uno de los mejores logros del autor (quien, por cierto, utiliza su propio proceso documentación como medio de transporte para llevarnos a través de la trama) es la consecución de estos dos personajes principales, con quien no te tienes más remedio que encariñar. El primero, el "almirante" don Pedro Zárate, viejo marino experto en vocabulario naútico, de ideas reformistas y bastante anticlericales, pues opina que la Iglesia en gran parte responsable de la situación de oscurantismo que domina España (para que os hagáis una idea, hasta se interponía a la vacuna de la viruela porque atentaba contra los designios de la divina providencia); por otro lado, don Hermógenes Molina, el bibliotecario, un hombre dulce y amable, el típico sabio despistado y bonachón que produce ternura con tan sólo una sonrisa, y que trata de conjugar su fe en las reformas con su fe también en el cristianismo, lo cual le lleva a no pocas discusiones a lo largo del camino con su escéptico compañero de fatigas. Pero el natural sentido del deber y la bonhomía de ambos hombres, junto con las aventuras vividas codo con codo, hacen que estos personajes tan distintos en algunos aspectos se conozcan a lo largo del viaje, se hagan amigos y se protejan mutuamente. Dispuestos a correr toda clase de peligros por conseguir su propósito.

Y, efectivamente, los peligros les acechan. Académicos del partido conservador, e incluso alguno de los del ilustrado que pretende apropiarse de la exclusividad del saber procedente de Francia, conspiran a través de un "hombre para todo" (el amenazador villano de esta historia) para que no logren llevar su empresa a buen puerto. Una labor que se ve obstruida además por la dificultad de conseguir un libro prohibido, del que hay pocas copias y no todas de fiar. En fin, un trabajo complicado para nuestros dos hombres buenos.

A través de los dos académicos, descubrimos las entrañas del París de estos años: los cafés donde se reúne la intelectualidad; los salones donde la nobleza disfruta de la frivolidad y la galantería; el submundo de los duelos entre caballeros, o del de la venta ilegal de libros prohibidos, tanto ilustrados como pornográficos. Resulta interesante también el retrato que hace Reverte de los distintos protagonistas del flujo de ideas que anda bullendo en Europa en esos momentos, si bien en algunos momentos nos puede resultar algo sesgado y/o influenciado (para bien o para mal) por lo que sabemos que harán después y por la propia la mentalidad del siglo XXI: los ilustrados y enciclopedistas franceses, confiados (inútilmente, como sabemos) en que los reyes desarrollen las tan ansiadas reformas para que de esta manera los cambios tengan lugar de manera pacífica; un pueblo en buena parte acostumbrado a la apatía y que quiere creer que sus gobernantes son bondadosos y velan por ellos; algunos de los futuros revolucionarios, en buena medida intelectuales que no han sido reconocidos y que guardan rencor contra el mundo, creyendo que para que venga la limpieza es necesario primero un amplio baño de sangre; y, finalmente, las condiciones miserables y de carestía que hicieron que, en 1789, el pueblo francés explotara y pidiera por las armas lo que sus gobernantes no habían querido darles a pesar de las ideas de la Enciclopedia. Un período sangriento y salpicado de turbulencias en buena medida, pero al cual no cabe duda que debemos que ahora vivamos en otro tipo de sociedad.

Reverte relata una historia que no era fácil de narrar (al fin y al cabo, son dos académicos comprando un libro, incluso aunque este objetivo esté lleno de trampas), pero consigue salir adelante, empleando a veces trucos que él mismo nos revela en parte junto con la trama, como la creación de un alter ego escritor, miembro también de la Academia, que pretende informarse acerca de las andanzas reales de nuestros dos protagonistas. El libro, desde luego, está muy bien documentado, y las descripciones de los ambientes y personajes son sistemáticas y profundas. A veces, en ese sentido, se podría pensar que Reverte incurre en un riesgo que ya le amenazó en otras novelas (como "Trafalgar" o "El asedio"), y es que la novela descriptiva y costumbrista supere a la trama y los personajes, y la historia quede devaluada frente al retrato de una época y un entorno concretos. No obstante, en "Hombres buenos", lo que no falta es precisamente es alma. Y eso es porque estos dos académicos (hombres ancianos, en gran medida pacíficos, cuyas vidas han transcurrido siempre en los márgenes de la historia) están dispuestos a sacrificar todo lo que tienen en pos de un objetivo: la defensa de la razón, de unas ideas reveladoras que -confían- conseguirán llevar a la humanidad a un futuro más próspero, más libre, más justo. Este libro es, por tanto, una defensa del saber y de los libros como una manera de obtener el progreso material e intelectual de los hombres, y da por tanto un paso adelante en favor de la Enciclopedia, la Ilustración, y también de aquellos hombres que la difundieron y la hicieron posible. Es un relato de individuos que lucharon la batalla de las ideas contra la barbarie. De personas, en definitiva, que no se quedaron a un lado y se atrevieron a luchar. Es una historia no sólo de hombres buenos sino, también, de hombres valientes.

***

Ahora viene el turno de la reflexión personal. Otros libros han tratado en el pasado la importancia de este momento histórico en el que España tuvo la posibilidad de apostar por el camino de la razón y las luces y sin embargo se quedó a medias. Por ejemplo, Buero Vallejo, en su obra de teatro "Un soñador para un pueblo", cuenta cómo el marqués de Esquilache trata de promover iniciativas que ayuden al pueblo, y éste, manipulado por nobles que le utilizan en su beneficio propio y contra Esquilache, se rebelan contra el ministro y fuerzan a Carlos III a destituirle. En otros posts de este blog, hemos hablado de personajes revolucionarios de épocas posteriores (como Riego, que intentó que Fernando VII tuviera en consideración a las Cortes en defensa de una mayor libertad política) y también de qué hubiera pasado si aquellos ilustrados (hombres buenos, como dice Reverte) hubieran tenido mayor éxito en la consecución de sus ideas.

Lo cierto es que, como dice el propio Reverte en su libro, la historia del Siglo de las Luces español es una historia de la España que pudo ser y no fue (quizás por eso titulé a mi relato acerca del tema, en el último enlace, y parafraseando a Machado, como "un día en la otra España". Una España en la que a muchos nos gustaría vivir). Sí, Carlos III realizó unos cuantos intentos, pero el hecho es que la Iglesia pesaba mucho, los nobles no querían ver recortado su inmenso poder (no pagaban impuestos y poseían la mayor parte de la riqueza del país) y, como la mayor parte de los monarcas ilustrados (incluyendo ejemplos como Catalina la Grande o los franceses) tenían miedo de que, si se ponía en duda la divinidad de su poder o perdían en apoyo de la nobleza, corrieran el riesgo de perder su trono. De hecho, la historia nos dice que tanto estos monarcas como sus sucesores retrasaron o impidieron tanto las reformas que los pueblos tuvieron que exigirlas por la vía violenta, obteniéndolas finalmente no sin mucha sangre, sacrificio, y varios períodos más que terribles ... y a veces, ni siquiera consiguiéndolas del todo.

La verdad sincera es que España ha llegado tarde a la mayoría de las revoluciones, cuando siquiera las ha iniciado. Decía Reverte que el momento decisivo para la historia de España fue el concilio de Trento, pues tuvo que escoger entre la luz y el oscurantismo, y optó por lo segundo (también es conocida su frase, popularizada a través de este vídeo y mencionada de nuevo en este libro, de que en España hubiera hecho falta una guillotina, al menos en el terreno simbólico). En el Siglo XVIII, las iniciativas por cambiar el país fueron muy suavizadas, e incluso el término "iluminación" se cambió por el de "ilustración" porque sonaba más diluido. Pero también nos ha pasado en tiempos posteriores, con la Restauración, la caída de la II República, y 40 años de franquismo tras los cuales el dictador murió en su cama. Lo cierto se que cada vez que se ha intentado hacer un cambio profundo (en lo científico o en lo social) que nos sacara de las anquilosadas estructuras del pasado y lograra mayores niveles de progreso y bienestar para la mayor parte de la población, estas ideas han sido tachadas de "radicales" (recordemos que términos como democracia, laicidad o estado de bienestar han recibido este apelativo) y prohibidas, silenciadas e incluso motivo de violentas respuestas, como fue el caso del inicio de la Guerra Civil Española, que aniquiló buena parte de esas reclamaciones como una losa que se tardó mucho tiempo y de mala manera levantar.

Hoy en día, vivimos tiempos relativamente parecidos al de la Revolución Francesa. La brecha social, que había ido disminuyéndose muy poco a poco durante siglos, vuelve a aumentarse (generando una masa de "precariado", desahuciados, trabajadores pobres o excluidos del sistema) de una manera que no hubiéramos imaginado en décadas. Europa entera se ve dominada por los privilegios de unos pocos (una oligarquía financiera que controla al poder político gracias a la influencia que puede conseguir su dinero), los cuales luchan por mantener la ortodoxia, como la Santa Alianza de las monarquías europeas que en su día se opuso a la naciente revolución procedente del país galo. Al mismo tiempo, frente a los que piden un cambio de verdad, que acabe con los penosos niveles de desigualdad, falta de representatividad y difíciles condiciones de vida, se nos presentan aquellos que piden "un cambio tranquilo, un cambio sensato", el cual, como el de los nobles y reyes ilustrados, es difícil que vaya a llegar, porque ellos están más a gusto manteniéndose en sus posiciones y retrasando las necesarias modificaciones todo lo posible. Y si esos mismos privilegiados ponen al pueblo (incluso en contra de sus propios intereses) en enemistad con los reformadores -como es el caso del motín de Esquilache- simplemente para conseguir sus beneficios particulares, pues mejor que mejor, piensan ellos. Al fin y al cabo, se dicen, la gente es fácil de manipular. En la obra de Buero Vallejo, sin embargo, aparecía algún representante del pueblo llano, de los más desposeídos, que contemplaba de cerca a Esquilache y apreciaba su intención de modificar para bien la sociedad. Buero Vallejo, en medio de los años del franquismo, seguramente quería encontrar en esa sección de la población la mirada de aquellos que reconocen las ideas de iluminación que pueden ayudar a cambiar el mundo. Y se aferraba a esa esperanza para creer que las cosas podían mejorar.

Todas las revoluciones, sí, han llegado tarde o han fracasado en España. Desde la de los Comuneros, seguida de aquella que intentó hacer jurar la Constitución a Fernando VII, pasando por todas las demás. Hemos conseguido grandes avances, sí, pero ha sido por esfuerzo de revolucionarios individuales (y también de las grandes masas de "indignados" que les seguían) los cuales se han esforzado -a pesar de lo negro que pintaba el futuro en ocasiones- en seguir adelante, en hacer lo que era necesario. Por el futuro de ellos y el de sus hijos. Y por la esperanza de que, un día, una de esas revoluciones tenía que triunfar.

Dentro de poco, los españoles tenemos otra vez la posibilidad de apostar por el cambio. Nos lo tratan, por supuesto (por parte de los grandes grupos financieros, políticos, mediáticos) de evitar de todas las formas. Volviendo a llamar "radicales" a las reclamaciones políticas que (esperemos) nuestros hijos un día considerarán normales. Apostando por un cambio descafeinado que no provoque grandes alteraciones. Tratando de defender los derechos de los privilegiados como si fueran los nuestros propios, o desmontando aquellas conquistas sociales (educación y sanidad públicas, ayudas sociales a los más desfavorecidos -situación en la que cualquiera podemos encontrarnos-, derecho a un empleo digno, una sociedad que vele por cada uno de sus miembros) que se tardaron tantos años y tantos sudores en conseguir.

En esta ocasión, sin embargo, hay que apostar porque el cambio es posible. Y es posible, además, porque a pesar de las dificultades que opone el sistema, a pesar de todas las trabas que nos colocan, los sucesivos esfuerzos de los que estuvieron antes hacen posible que pueda conseguirse (como nunca hemos gozado de la ocasión) de manera pacífica, colectiva y democrática. Tenemos una oportunidad histórica para lograrlo. Pero, para ello, es necesario que nos armemos de valor, de derecho a reclamar lo que nos corresponde. Que olvidemos el miedo, que no pongamos excusas ante la injusticia. Que asumamos que son los ciudadanos los que tienen el poder, y no los que simplemente lo solicitan en voz baja para ver si les cae algo. Hemos de convertirnos en los dueños de nuestro propio destino, para así ayudar no sólo al más débil, sino ayudarnos también a nosotros mismos. "Liberté, egalité, fraternité"... ¿No eran ésas las cosas por las que andábamos luchando?

En efecto, sí, todo eso queremos. Pero no vendrá solo. Los derechos y las conquistas sociales no se obtienen a no ser que luchemos por ellos, y no se mantienen a no ser que hagamos un esfuerzo para conservarlos. Para lograrlo, hacen falta hombres y mujeres buenos; y también, asimismo, hombres y mujeres valientes.

Hay que apostar por el futuro. Yo apuesto porque éste tiene que llegar alguna vez. Hay que apostar por la gente, por el fin de la injusticia, por un mundo más digno, más humano. Hay que apostar porque ha llegado el momento de que se lleve a cabo el cambio. Hay que desear que este país se mueva para mejor. Yo creo que, el 20-D, nosotros (todos juntos, unidos, en esta ocasión sí, de una vez por todas), sí que podemos.