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lunes, 19 de enero de 2026

La historia real de enero: los náufragos olvidados de Tromelin

Es posible que hayáis leído esta historia en más de un sitio, como me ha ocurrido a mí, pues el relato de cómo sesenta esclavos africanos son abandonados en una isla desierta sin apenas recursos ni agua potable durante quince años es como para conmover a cualquiera. Pero cada una de esas narraciones carece de una parte interesante de la crónica completa, así que he decidido plasmar la versión que considero más completa por aquí, en un blog que, al fin y al cabo, es sobre todo para divertirnos, aunque sea mediante un acontecimiento tan ominoso.

Ubicación de la isla de Tromelin (según Google Maps).

Nuestra historia tiene lugar en la isla de Tromelin, que pertenece al grupo denominado "las islas dispersas del Oceano Índico", un grupo de islas en su mayoría deshabitadas (Tromelin es la excepción) situadas entre Madagascar y África que, aún hoy, pertenecen a Francia. Tromelín -la cual, en concreto, está situada al este de Madagascar- es bastante pequeña: el tamaño es de alrededor de 1700 metros de largo (algunas fuentes lo amplían a 4 km; de todos modos, ya sabéis que es fácil que la extensión de estas islas cambie según los ciclos de marea) por 700 de ancho. Durante mucho tiempo estuvo poblada principalmente por meteorólogos, pero ahora sólo existe una guarnición de 15 soldados que la protegen. Eso sí, en la época que nos ocupa no habitaba nadie allí, y de hecho, ni siquiera se llamaba Tromelín, sino Île des Sables (isla de arena) porque, bueno, allí no hay mucho más, la verdad. Y ése iba a ser uno de los grandes problemas.

Isla de Tromelin. Fotografía de la NASA, extraída de Wikicommons.

En 1760, parte del puerto de Bayona (Francia) el barco L'Utile, que debía dirigirse a las factorías francesas en la India, previo paso por la isla Mauricio y, antes por Madagascar, con una tripulación de 142 hombres. Pero, en esta última isla, el capitán Jean de la Fargue decide hacer un negocio adicional y comprar 160 esclavos. El problema no es que adquiriera esclavos (porque en aquella época, estaba permitido en buena parte del mundo), sino que en Francia éste era un negocio que era monopolio del estado, así que, propiamente, aquel acto era ilegal, ya que carecían de los permisos apropiados. Por eso, para que no les detecten, el capitán decide ir por una ruta alternativa a la tradicional: la tragedia reside en que tenían dos cartas marítimas contradictorias, hacía mal tiempo (era invierno en ese hemisferio), y la navegación nocturna en aquella era no era una ciencia exacta, así que acabaron embarrancando con los arrecifes de Tromelin y el barco se fue a pique.

En un primer momento, la mayoría sobrevive. Las cifras de las distintas fuentes varían (entre 0 y 20 fallecidos en la tripulación, entre 70 y 100 entre los africanos), pero la clave aquí fue que, como el L'Utile no era un barco de esclavos, éstos no iban encadenados, y los que no estaban encerrados en la bodega pudieron nadar hacia la orilla. Claro que cabría preguntarse quiénes lo iban a pasar peor.

Como consecuencia del naufragio, el capitán pierde la cabeza, y es el segundo de a bordo, Barthelemy Castellan du Vernet, quien se hace cargo de la organización para la supervivencia. Sacan todo lo que pueden del barco hundido (comida y agua, velas, madera del propio navío) y crean dos campamentos -uno para la tripulación y otro para los esclavos, que para todo hay clases-, una fragua, un horno y un pozo. Es sorprendente que los africanos colaboren activamente en todas estas labores, a pesar de que los suministros los gestiona la tripulación, mientras que los esclavos se tienen que buscar la vida (de hecho, parece que 20 de ellos murieron por falta de agua). Entre todos, sobreviven comiendo tortugas, aves marinas y pescado. Además, construyen un barco para salir de allí; lo terminarán en septiembre de 1761, lo bautizarán como Providencia, y en él se embarcarán los miembros de la tripulación, dejando a unos 60 esclavos de origen malgache abandonados a su suerte. Eso sí, les prometen que van a regresar para salvarles; la gran motivación que encontró Castellan para que los africanos trabajaran en la construcción del bajel fue ese juramento, y también que les firmaba un escrito que les liberaba de la esclavitud cuando volvieran a tierra. Queda a vuestro parecer imaginaros la cara de esos esclavos, y si reflejaban escepticismo ante la posibilidad de cumplimiento de esa promesa.

Cuando llegan a Mauricio (entonces llamada "Isla de Francia"), es verdad que la tripulación le pide al gobernador de la isla que mande un barco de rescate, pero éste se niega por tres motivos: 1) le había molestado mucho que compraran esclavos de manera ilegal, y quería castigar a los marineros de L'Utile -fastidiando con ello a los náufragos malgaches: todo un clásico-; 2) adujo que estaban en medio de la Guerra de los Siete Años con Inglaterra, que no podía prescindir de un barco en un momento como aquel, y que, si rescataba a los africanos, eso suponía 60 bocas más que alimentar en tiempo de guerra; 3) aunque no lo dijo abiertamente, el hecho de que fueran africanos negros algo debió de pesar. Castellan insistió activamente en que debían mandar un barco, e incluso parece que trató de organizar varias expediciones de rescate, pero ninguna de ellas fructificó (según una fuente, llegó a mandar hasta tres barcos, pero las cartas náuticas eran tan malas que nunca conseguían localizar la isla). Al final, Castellan marchó a París, donde siguió insistiendo en su petición, lo cual generó cierto debate entre los círculos intelectuales de la capital. No obstante, las preocupaciones de la Guerra de los Siete Años (y el hecho de que quebrara la Compañía Francesa de las Indias Orientales, propietaria de L'Utile) hicieron que los franceses se olvidaran de esos pobres individuos perdidos en una isla situada a 450 km de la tierra habitada más próxima. Prácticamente todos les dieron por muertos; pero los más afortunados (es un decir) sobrevivieron allí hasta 15 años.

En la isla, como hemos dicho, no había prácticamente nada: de hecho, sólo crecían 2 ó 3 árboles (palmeras y cocoteros) y unos cuantos arbustos. Pero entre eso y la madera que les quedaba del barco, los esclavos construyeron una hoguera se mantuvo encendida de manera ininterrumpida todo el tiempo que estuvieron allí -aunque las evidencias arqueológicas dicen que utilizaron herramientas para reavivarlo-. Emplearon elementos de cobre del barco para construir recipientes con los que recoger el agua de lluvia; y entre los corales y las piedras de la arena crearon refugios en los que protegerse de las inclemencias del tiempo y los ciclones, o de las inundaciones que podían llegar a cubrir toda la isla. Hay que decir que estos malgaches eran de la parte central de la isla de Madagascar, así que no eran precisamente duchos en el arte de sobrevivir mediante recursos costeros: pero cazaron tortugas, aves y pescado para alimentarse, trenzaron plumas de pájaros para vestirse, e incluso renunciaron a sus principios religiosos (que les impedían usar piedras para ninguna otra cosa que no fueran tumbas) porque, cuando se trata de sobrevivir, hay que mostrar cierta flexibilidad. Algunos intentaron construir balsas o incluso se dejaron llevar por maderos a la deriva: ya os podéis figurar cuál fue su destino.

Entre tanto, tres fueron las veces que pasaron navíos cerca de la isla. La primera, un barco que pasó en 1773, los avistó, pero no se detuvo, aunque avisó a las autoridades de que allí había gente, así que enviaron un buque que por lo visto no llegó a a isla, y no se hizo mucho más. Más de un año después, se fletó un segundo barco, La Sauterelle, que no pudo aproximarse tampoco a Tromelin por el mal estado de la mar, pero mandó un marino en un bote. El bote quedó destrozado por las olas, y aunque el marinero logró llegar a la isla a nado, La Sauterelle fue definitivamente incapaz de acercarse, con lo cual la isla contaba ahora con un náufrago más. No sabemos cuánta gente quedaba por allí todavía (por lo visto, la mayoría de los esclavos murieron durante los primeros meses), pero el marinero consiguió que le ayudaran a construir una balsa, y él, junto con otros tres hombres y mujeres, partió a la mar. Sorprendentemente, parece que el barco llegó hasta Mauricio, lo que causó gran sensación, e hizo que se fletara con toda la rapidez posible un barco de guerra para el rescate definitivo.

Al mando de este barco, La Dauphine, iba Bernard Boudin de Tromelin (a partir de entonces, la isla lleva su nombre), que encontró a los supervivientes: aunque la fuente más completa dice que fueron hasta 14, la mayoría dicen que eran 8, 7 de ellas mujeres, y un bebé de 8 meses nacido en la isla, el único en toda su historia. Se les llevó a Mauricio, donde el nuevo gobernador decretó su libertad y les dio la posibilidad de regresar a Madagascar, que todas las supervivientes declinaron. Además, el gobernador, Jacques Maillart, adoptó al bebé, al que puso de nombre Jacques Moyse (por Moisés, "rescatado de entre las aguas"); a la madre del mismo -llamada en malgache Semiavou, "alguien que no está orgulloso"- le cambió el nombre a Eva; y a la abuela, Dauphine, por el nombre del barco de rescate. Toda la familia fue acogida en casa de Maillart durante el resto de sus vidas.

El caso de Tromelin tuvo sus consecuencias. El pensador Nicolás de Condorcet utilizó el ejemplo de estos malgaches en sus "Reflexiones sobre la esclavitud de los negros" para promover la abolición de la esclavitud, que se lograría con la Revolución Francesa (aunque Napoleón la volvió a imponer en cierto momento; fue ya avanzado el siglo XIX cuando se abolió en todos los territorios franceses). Por otra parte, en la isla de Tromelin -donde ahora hay una estación meteorológica y una pista de aterrizaje- ha habido hasta cuatro expediciones arqueológicas promovidas por la UNESCO para tratar de descubrir a fondo lo que ocurrió durante esos 15 años: han encontrado, entre otros objetos, el diario de un tripulante, útiles de cocina (y la cocina), una piedra usada para afilar los cuchillos, algunas tumbas, y, en fin, la firme demostración de que la voluntad del ser humano para sobrevivir se obstina en mantenerse viva a pesar de las visicitudes.

Fotografía de Lauren Ransan mostrando restos arqueológicos encontrados en la isla. Extraída de Wikicommons.

En fin, como veis, una historia apasionante, de las que evoca el espíritu aventurero. Aunque espero que, si alguna vez tenéis la ocasión de visitar esa zona, sea en mejores circunstancias.

lunes, 20 de mayo de 2024

Recomendaciones literarias de mayo

-Rarezas geográficas, de Olivier Marchon. Tengo varios libros sobre curiosidades de geografía física y humana (algunos de los cuales he reseñado en el blog), pero, a pesar de todo, éste me ha regalado unas cuantas historias interesantes que no conocía por otros lados. Desde un grupo de racistas que quisieron formar una nueva Germania en Paraguay hasta la república autónoma judía en la Unión Soviética, pasando por micronaciones, enclaves, errores de los cartógrafos, o curiosos arreglos políticos (por ejemplo, en torno a Moresnet Neutral, o el de la guerra del Oriente entre Ecuador y Perú), el libro también aporta jugosos detalles sobre situaciones relativamente conocidas, como los hechos acaecidos alrededor de la isla de Perejil o de la ciudad de Kowloon. Muy recomendable para saborearlo a capítulos.

-Quijote en el Congo. Me gusan los libros de Xavier Aldekoa porque transmiten realidad. Normalmente, cuando un periodista describe un país, suele alternar la vivencia en primera persona con amenas retrospectivas históricas. Una parte de esta dinámica, por supuesto, ejerce este periodista barcelonés especializado en África. Pero, sobre todo, el autor te habla del presente más reciente: retrata las historias vividas en primera persona (en este caso a través de un penoso viaje a lo largo del río Congo, desde sus fuentes hasta su desembocadura, por todos los tramos navegables; atravesando, en muchas de las secciones intermedias, zonas controladas por grupos rebeldes; topándose, a lo largo del camino, con variados personajes que sirven para diseccionar las diversas caras del país; y siempre con un libro del Quijote bajo el brazo, para amenizar una travesía menos épica que sufrida, y por ello quizá más verosímil) con explicaciones geopolíticas muy actuales que revelan los motivos por los cuales el país hoy denominado República Democrática del Congo sufre miseria y corrupción, a pesar de ser uno de los lugares con mayores riquezas naturales del planeta. Un libro muy esclarecedor sobre el funcionamiento del mundo actual, y nuestra parte de responsabilidad en él.

-Arqueros, ilusionistas y goleadores. Osvaldo Soriano fue un periodista argentino que, durante el siglo XX, se dedicó a la crónica deportiva, género denostado por muchos, pero que a los articulistas les permite moverse en el proceloso terreno entre la poesía y la épica que otros aspectos de la vida diaria se vería ridículo, exagerado o pretencioso. En el caso de Soriano, además, muchos de sus relatos basculan entre la verdad histórica y un realismo mágico maravilloso que permite que, por ejemplo, lectores extranjeros le pregunten por un personaje inventado al que Soriano tiene que "matar" para que le dejen de interrogar acerca de él. En ese mundo de fantasía, donde el balón de fútbol realiza acrobacias imposibles y hay entrenadores que tienen que huir a la selva para escapar de los malos resultados, puedes encontrarte lo mismo al hijo de Butch Cassidy arbitrando un Mundial oficioso entre mineros (y que, para hacerse respetar en los partidos, ha de emplear, igual que su padre, un par de revólveres) como al protagonista de buena parte de sus historias, un tal Míster Peregrino Fernández reinventado múltiples veces y que se pasa media vida peregrinando entre la pampa y Europa para toparse con los nazis, Stalin, la KGB, Perón y un portero manco que le tiene manía desde que le partió la nariz en un partido con la Juventus. ¿Cuánto tienen de veracidad y cuánto de invención estos cuentos? Imposible dilucidarlo, pero nos da igual: si, como dice Soriano, un día Maradona le regaló una exhibición de equilibrismo con una naranja, quizá es que en el mundo del fútbol cualquier locura es posible.


lunes, 22 de enero de 2024

Dedicadas a Eduardo Galeano (XXII): "La Odisea"

        El otro día leí un artículo que me llamó mucho la atención, sobre uno de los inmigrantes que consiguió (lo logré, lo logré), logró pasar al otro lado, cruzar aquel abismo insuperable que suponen los tres metros de la valla de Melilla: en medio de la conflagración, despiadada, había perdido un ojo. Pero lo sorprendente es el motivo por el que pasó. 

        Quería casarse. Se había enamorado de una chica de su poblado, por cuyo consentimiento (o mejor dicho, por el de sus padres), tenía que pagar una dote. Ella, además, estudiaba para maestra, con lo cual, argumentaba él con una lógica aplastante, “vale más”. Y por eso, corría al norte, no para quedarse, como prentenden casi todos, sino para conseguir dinero para poder casarse con su chica.

        Y fíjate por dónde, esta historia me recordó a aquellos cuentos tan perversos, de ésos que nosotros leíamos anonadados de niños, en los cuales un príncipe era obligado a pasar infortunios diversos, y a superar miles de enrevesadas pruebas, para poder acceder por fin a la mano de su amada. Y pensé en qué dirían los griegos antiguos, si vieran a su Hércules, su Teseo, su Ulises (que al fin y al cabo, también llegó en patera), con un ojo partido, la tez renegrida de tantos disgustos, y una sonrisa pícara que muestra al enterarse que, por mucho que proclame que le entusiasman Ronaldinho y Raúl, en este país no se puede ser del Madrid y del Barcelona a la vez. Me pregunto, la verdad, qué es lo que pensarían los antiguos, o qué es lo que opinan ahora los modernos.

          Es lo que tiene Madrid: en mitad de la calle, puedes contemplar a un príncipe de cuento de hadas, limpiándote las botas como parte de su odisea. La única diferencia es que el color de este príncipe no es azul: pero poco importa, la sonrisa de los dientes sigue siendo tan blanca como siempre.

lunes, 18 de diciembre de 2023

Los libros de diciembre: tres ensayos

-"Hijos del Nilo": el periodista Xavier Aldekoa, experto en África, traza un recorrido geográfico, histórico y humano a través del imprescindible río Nilo, desde sus míticas fuentes hasta su desembocadura. Viaja pues a través de Uganda, Sudán y Sudán del Sur, Etiopía y Egipto, no sólo relatando su pasado y su relación con el río que los vertebra, sino su presente y los retos futuros a los que han de enfrentarse. Esclarecedor, y todavía muy válido para entender la actualidad.

-"La jirafa de los Médici", de Marina Belozerskaya, narra un conjunto de episodios alrededor de figuras históricas las cuales, por diversas razones, reunieron costosas y exuberantes colecciones de animales exóticos. Desde Ptolomeo Filadelfo hasta William Randolph Hearst, pasando por Pompeyo, Lorenzo de Médici, los emperadores Rodolfo y Moctezuma y Josefina Bonaparte, el libro explora la fascinación que producen en nosotros las criaturas vivas procedentes de lejanas tierras, así como nuestra cambiante relación con los animales y la forma en que éstos son considerados. Abundante en documentación, el libro no se detiene solamente en los zoológicos creados por estos personajes, sino que explora a fondo sus biografías, sus motivaciones, y también la de una gran cantidad de personajes que se implicaron en conseguir que las ciclópeas locuras de sus superiores lograran llevarse a cabo. Muy interesante.

-"Viajes al otro lado del mundo". El naturalista y documentalista David Attenborough nos narra algunos de sus viajes de juventud a tierras lejanas: la Melanesia, Nueva Guinea, Australia, Madagascar. Allí se tropezará con animales sorprendentes y con grupos humanos con costumbres que le descolocarán. Attenborough mezcla la mirada del escritor y del humanista, del individuo que te muestra la naturaleza, y del que te relata también las dificultades técnicas para registrarla. También es una oportunidad de comprobar cómo ha cambiado la perspectiva acerca de la conservación del medio natural en las últimas décadas. Diría que más cautivador aún que sus documentales: además, las fotografías en este volumen, de "Ediciones del Viento", sirven para ilustrar las descripciones del autor, y visualizar lo que él está viendo.

lunes, 25 de abril de 2022

La historia real de abril y mayo. No te fíes de los antiguos: Plinio, Herodoto, y el principio de autoridad.

Una de las máximas de la civilización occidental podría resumirse en la mítica frase del Dr. House: "Todo el mundo miente". En buena parte, el proceso de maduración del ser humano consiste en aprender que lo que existe a nuestro alrededor tiene un buen componente de embuste: desde los animales que se camuflan, las apariencias que siempre engañan, las pequeñas (o no tan pequeñas) mentirijillas que nos relatan nuestros padres, o incluso las falsedades que toleran nuestra mente o nuestros sentidos, de manera inconsciente o en un protector autoengaño. La cuestión es que -del mismo modo que la evolución de las especies remeda las fases del estado embrionario- la civilización, a semejanza que el ser humano como individuo, ha aprendido con paso del tiempo a no fiarse de lo primero que le cuentan, sobre todo después de haber constatado (normalmente a base de errores) de que mucho de lo que le narraban era un auténtico dislate. En definitiva, con el tiempo nos hemos vuelto más escépticos y, tras el descubrimiento del método científico, no nos creemos ninguna afirmación sin antes haberla corroborado nosotros mismos.

En ese sentido, hay personas que fueron auténticos adelantados a su tiempo. Por ejemplo, el griego Heródoto (o Herodoto, ya que se puede escribir de las dos maneras, aunque con tilde se aproxima más a la pronunciación helena). Considerado el padre de la historiografía como disciplina, iba preguntando, a lo largo de los distintos pueblos por los que pasaba, por los acontecimientos de aquel lugar. Trataba de encontrar una causa racional a los hechos, en lugar de buscar explicaciones divinas. De vez en cuando, sin embargo, se la colaban. Como cuando los egipcios le contaron que, en unas inscripciones en un lugar sagrado, lo que habían escrito era cuántas cebollas y cervezas se comieron los albañiles que lo construyeron. O cuando le dijeron que en Egipto el agua no proviene de la lluvia, sino sólo del Nilo, del cual, por cierto, le describieron un recorrido imposible. A pesar de eso, y de ciertos errores (por ejemplo en las traducciones), hay que reconocerle a Herodoto el valor de lo que hacía: además de ser el primero que intentaba una cosa parecida, trataba en los nueve libros de sus Historias de discernir lo verdadero de lo falso, realizaba juicios críticos y -como hace por ejemplo el lenguaje turco en su gramática- distinguía con frecuencia lo que le habían referido otros de lo que había sido él testigo a través de sus propios ojos. Aunque, desde luego, a veces metía la pata hasta el fondo, como cuando habló de unos seres humanos con cabeza de perro.

Lo cierto es que, si la tradición de narrar las aventuras de los pueblos es un oficio antiguo, el arte de reírse a costa de los extranjeros que pretenden conocer tus costumbres presume de ser más arcaico todavía. Un ejemplo interesante nos lo aporta "El antropólogo inocente", la historia real de cómo el joven autor Nigel Barley, un investigador algo cínico y escéptico, decide desarrollar su trabajo de campo en Camerún y, cuando habla con los nativos, se da cuenta de que los oriundos del lugar se han dedicado a vacilar a cualquier estudioso que se haya atrevido a poner sus pies por allá. De hecho, conforme el protagonista va describiendo costumbres de la tribu que estudia, te das cuenta de que muchos de los detalles que el autor aporta probablemente provienen de bolas que le han metido también a él. Claro que, pensémoslo desde el punto de vista del objeto de estudio, es decir, de los pueblos aborígenes de cada sitio: ¿qué ganan ellos con un libro sobre su cultura que se publicará en Europa, o con cualquier artículo de investigación?¿Por qué le van a contar nada a ese señor que conocen desde hace cinco minutos, y cuyo futuro profesional ni les va ni les viene? Ya puestos, pueden divertirse y pasar un buen rato. Aunque sea a costa de un pobre incauto, y de algo tan frágil y poco valorado como la verdad.

Dicen que, en los juicios, desde que se han popularizado las series del tipo CSI, los jurados exigen ver más pruebas forenses, y se fían menos de los testimonios. A pesar de que los abogados insisten en que en ocasiones no hay otro remedio que aceptar la palabra de los testigos oculares, es cierto que, si uno atiende a la calidad de ciertas declaraciones, los jurados hacen bien en desconfiar. Quizás uno de los ejemplos más significativos que podemos encontrar, a este respecto, en el mundo de la investigación académica, fue el de los samoanos que desgranaron la esencia de su cultura a la antropóloga Margaret Mead. De acuerdo a los libros de Mead, en la civilización samoana imperaba el sexo libre, apenas existían tabúes respecto a las relaciones carnales, y las relaciones entre hombres y mujeres eran felices y armónicas. Ha habido mucha polémica sobre estas publicaciones, o sobre si Mead sabía que la engañaban: sin embargo, hoy casi todo el mundo está de acuerdo en que la sociedad samoana era en aquel tiempo tan machista, falocéntrica y desequilibrada como la mayor parte de los colectivos humanos que conocemos. Teniendo en cuenta el nivel de alcoholismo, incesto y violaciones, probablemente más. ¿Los motivos para el fraude? Se discuten. Que si Mead escogió como fuentes a adolescentes cohibidas y llenas de vergüenza, que soltaron el primer embuste que se les pasó por la cabeza... Que si los samoanos quisieron pasar un buen rato a costa de una antropóloga que casi no salía de su alojamiento... O, tal vez, que a Mead le venían tan bien esa clase de declaraciones (muy populares en la época en que fueron aireadas, o sea, en pleno auge hippie) que no tenía el menor interés en contrastarlas. Pasaron años hasta que otros investigadores comprobaron que la cosa no era ni mucho tan idílica como Mead la pintaba en sus escritos, y que se reconsiderara la manera en que los antropólogos debían interactuar con las poblaciones con las que entraban en contacto.

Margaret Mead no era la primera en enfangarse en esta clase de enredos. Todos sabemos que el Dorado fue un mito que los conquistadores españoles crearon a partir de afirmaciones de los pueblos americanos oriundos, a quienes les convenía que los recién llegados creyeran que había tierras de incalculables riquezas muy, muy lejos de su hábitat, para que se largaran de aquel lugar cuanto antes, y así dejaran de incordiar. Un objetivo similar podía albergar el testimonio de ciertas tribus de Tierra de Fuego, quienes dijeron a los ingleses que entre los pueblos vecinos había caníbales (¿pretendían disuadirles de quedarse en la zona; o, quizás, ganarse su confianza mediante el clásico recurso de hablar mal de tus enemigos?). Lo extraño es que, en ciertas ocasiones, los colonizadores también tomaron parte activa y se mezclaron en el juego de mentiras. Un ejemplo es el de un sacerdote español que juraba, tras un viaje por la zona que hoy es fronteriza entre México y Estados Unidos, haber divisado las míticas siete ciudades de Cíbola. El religioso, que se llamaba Marcos de Niza, guió más tarde a la famosa expedición de Coronado hasta que quedó claro que allí no había ni ciudades, ni oro, ni mucho menos las favorables condiciones que el sacerdote había descrito, momento en el cual el fraile aprovechó para poner tierra de por medio. ¿Por qué se abonó Marcos de Niza a la mentira, conduciendo a sus compañeros a lo que, como poco, constituyó una trampa cuasi mortal?¿Fue por simple ansia de notoriedad, o él también se creyo sus propios embustes, sucumbiendo al encanto de hablar sobre lugares legendarios que prometían riquezas sin límite? Nunca lo sabremos. De hecho, de lo que conocemos del comportamiento humano, incluso en el caso hipotético de que pudiéramos carearnos con el religioso, probablemente el sacerdote no sería capaz de darnos una explicación coherente a por qué obró de esa manera.

A veces, los errores surgen de una serie de inexactitudes acumulativas. Testimonio indirecto a partir de un testimonio indirecto, y así hasta el infinito. Como los cuadros que se dibujan inspirándose en otros lienzos, o por parte de pintores que nunca han contemplado de primero mano el modelo. Fue por cuestiones de este tipo por las que, seguramente, ha quedado distorsionada para nosotros la figura del dodo. O las representaciones de rinocerontes (un animal que ya inspiró el mito del unicornio) que circularon durante un tiempo por Europa. Hay un interesante hilo de Twitter sobre este tema, que enlaza también con una curiosa anécdota: gracias a Plinio el Viejo, los europeos creían que el enemigo natural del rinoceronte era el elefante y, aprovechando una ocasión en que Lisboa albergaba ejemplares de los dos tipos, dispusieron una pelea entre ambas clases de colosos. Sin embargo, el elefante y rinoceronte implicados en la representación circense se ignoraron mutuamente, y el bochornoso espectáculo prosiguió hasta que al elefante le dio por derribar unas vallas y escaparse. Cosa que hubiera hecho con bastante certeza también Plinio si le hubieran cuestionado por sus afirmaciones, y a partir de qué fuentes las realizó.

El caso de Plino el Viejo es muy especial. Fue un autor extremadamente prolífico, aunque de sus textos sólo nos ha sobrevivido su Historia Natural (37 libros, que el romano elaboró a partir de una lectura de 2000 volúmenes). Plinio pretende hacer en ella un recopilatorio de todo el conocimiento que existía en aquel tiempo acerca de la geografía, la biología y el ámbito, en general, de lo que hoy entendemos por ciencias naturales. Abarca tanto que se ha convertido en una frase hecha la expresión "Cuenta Plinio que...", semejante a la introducción típica de: "Ya decían los babilonios...". Parece que no hubo tema en el que Plinio no metiera la cabeza. Obviamente, al pretender describir tantas cosas, es imposible que el sabio romano conociera de primera mano todos los asuntos de los que trataba. Pero claro, el problema es que, ante tu ignorancia, realices aseveraciones demasiado osadas. La Historia Natural de Plinio es también un compendio de criaturas míticas, lugares remotos que nunca se encontraron, verdades controvertidas y, en general, conceptos que permanecieron vigentes hasta que los exploradores de la Edad Moderna empezaron a observar por sí mismos que buena parte de lo que decía Plinio no era verdad. Por lo que me cuenta gente que ha leído tanto a Plinio como Herodoto, ambos contienen errores, pero el primero hace bueno al segundo: porque mientras el griego se plantea qué cosas que escucha pueden ser verdad o mentira, Plinio acepta ciertas afirmaciones demasiado acríticamente. Hasta autores no precisamente contemporáneos le reprocharon sus inexactitudes. Quizás el precio de escribir sobre tantas materias, y tan diversas, es no llegar nunca a profundizar. También es cierto que, en la antigua Roma, no estaba de moda aquello de contrastar tus fuentes, precaución que empezó a seguirse con los siglos, a partir de ejemplos como el de Plinio. (Haciendo un inciso, es curioso que desconozcamos los detalles un suceso que el romano podría haber narrado en primera persona, al menos en parte, pues es un enigma que se yergue en torno a su muerte. Plinio el Viejo falleció en una expedición al Vesubio cuando éste erupcionó en el año 79, asolando Herculano y Pompeya entre otros estragos. Su aciago final nos lo relató su sobrino, Plinio el Joven, pero lo que no nos aclaró fue qué iba exactamente su tío a hacer allí. Según teorizan muchos, la cercanía de Plinio a los círculos del poder imperial hace creer que marchaba en una expedición de rescate para intentar salvar a unos cuantos habitantes de las poblaciones que perecieron por culpa del volcán. No obstante, sobre este detalle, ambos Plinios guardan silencio).


Estas imágenes (tomadas del libro El Atlas Fantasma, de Edward Brooke-Hitching) provienen del Liber Chronicarum (Las crónicas de Núremberg), de Hartman Schedel, el cual recrea algunas de las criaturas más demenciales que, en teoría, pueblan nuestro mundo. El libro está a su vez basado en varios textos ilustrados, como Colección de hechos memorables o El erudito, de Cayo Julio Solino. A este último autor se le conoció como <<el mono de Plinio>>, porque se apropiaba los elementos más inverosímiles del escritor romano. De esa manera, las criaturas descritas por Plinio (de extravagante anatomía y proporciones corporales) se hicieron inmensamente populares en bestiarios y en el acervo popular. Así funcionaba la transmisión del conocimiento durante la Edad Antigua y Media.

Buena parte de las verdades de Plinio sobrevivieron, entre otras cosas, porque en la Edad Media se aceptaban a pies juntillas los postulados de los antiguos: es el llamado principio de autoridad, por el cual ciertas figuras merecen más crédito, merced a su reconocida sabiduría en un campo. Entre otras cosas, esta creencia se debía a que la primacía de la iglesia cristiana se basaba y se basa en este mismo supuesto: no puedes poner en duda lo que dice el Papa, ya que sus dogmas los revela Dios. Así, durante siglos, las verdades fundamentales fueron las de Platón y las de Aristóteles, los cuales habían sido señalados (y ubicados en un pedestal), en el mapa del cristianismo, gracias a la influencia de Santo Tomás de Aquino y San Agustín de Hipona. Sin embargo, la llegada del Renacimiento supuso un cambio de perspectiva, y surgieron nuevas formas de adquirir conocimiento: el empirismo, por el cual debíamos basarnos en el ensayo y error -así como en la observación directa- para adquirir un saber más valioso que el de los libros; o el método científico, que exige someter a escrutinio una hipótesis antes de aceptarla como cierta. El principio de autoridad todavía persiste, sin duda, sobre todo en aquellos campos que no podemos dominar (el saber humano es limitado, y el conocimiento extenso), o cuando comprobar los hechos por nosotros mismos resulta agotador, y hasta técnicamente imposible. Sin embargo, en nuestra sociedad, siempre se aceptará como más válido aquel conocimiento que proviene de la experiencia de primera mano, antes que una referencia aceptada sin cuestión. 

No obstante, como en todos los aspectos de la vida, el equilibrio perfecto entre estas opciones nunca estará disponible. Y ahí es cuando surgen los dramas. Solemos decir que el poder de la ciencia consiste en que no confiere verdades absolutas e incuestionables, sino que te proporciona pruebas a partir de las cuales tú mismo puedes deducir sus leyes. Pero esta sistemática posee varios inconvenientes: lo primero, que las afirmaciones en ciencia suelen ser siempre perecederas, con un porcentaje de error (los científicos solemos decir, medio en broma medio en serio, que toda verdad lo es sólo con un 95% de probabilidad), expuestas a modificarse en mayor o menor medida según los nuevos descubrimientos. El segundo problema es que, conforme la ciencia se hace más compleja, se hace proporcionalmente más difícil exponer de manera sencilla sus demostraciones (¿cuántos fósiles necesitas ver y tocar para creer en la teoría de la evolución?), así que llega un momento en que tienes que volver al principio de autoridad: fiarte de científicos que llevan investigando mucho tiempo su campo de estudio. El dilema aquí reside en cuando llega un antivacunas, un creacionista o un negacionista y te cuelga un vídeo delante: "aquí tengo esta persona que dice lo contrario". Este último puede ser alguien sin ninguna experiencia en el tema, o quizás un supuesto experto, pero que ha decidido obviar el método científico (o directamente, mentir) para conseguir dinero o más followers. Ante estas dicotomías, es fácil para el público general sentirse perdido, y muy complicado para el científico hacerse entender. No se le exige ya sólo tiempo para defender sus afirmaciones, sino que también necesita, por parte de quien escucha, un espíritu crítico y escéptico que no funcione en una sola dirección. Además de, por supuesto, aplicar un principio de autoridad que esté basado en una buena brújula, para no depender del primer idiota que pretenda estafarnos. Como veis, este debate que empieza por Heródoto y Plinio se halla de plena actualidad: y sin duda es una cuestión recurrente que volverá a discutirse, con cierta periodicidad, a lo largo de los siglos.

La muerte de Plinio, por Pierre-Henri de Valenciennes.

Hay un detalle adicional que tengo que comentar sobre esta pequeña crónica. Escribir por placer (y no por dinero, o con jefes ante los que responder) tiene la ventaja de que, hasta cierto punto, puedes profundizar lo que te apetezca en los temas. Personalmente, no me he atrevido a leer toda la obra de Plinio o Herodoto: es demasiado extensa, tengo demasiadas lecturas pendientes (por obligación y por placer) y, si me pusiera a ello, seguramente este artículo no se hubiera terminado nunca. Pero me he aprovechado de largos y amenos diálogos, muchos de ellos a través de posts y comentarios en Twitter o Facebook (gracias especiales a @TiberioGraco6 y a sus amigos y seguidores), de personas que han ido comentando sus experiencias con estas lecturas, y de los que me he fiado como lo haría de artículos, libros o alegatos de expertos, cosa que por lo común no suelo hacer. Al aceptar estos testimonios, sin duda he cometido los mismos errores que algunos autores antiguos: fiarme de las fuentes secundarias antes que observar las cosas por mí mismo. Pero mientras redacto estas líneas, medito: ¡qué diablos!, ¿no es éste el mejor homenaje que podría rendirles a aquellos cronistas? Así que ya sabéis, si hay algo que haya escrito por aquí que nos os cuadre, no os fiéis y comparadlo con vuestros propios ojos: no sea que yo también os esté dando gato por liebre. Nos vemos, nos leemos. Un saludo.

lunes, 17 de mayo de 2021

La historia real de mayo. Almerienses ilustres: Yuder Pachá, conquistador de Tombuctú.

No conocemos mucho del inicio de la vida de Yuder Pachá. Por no saber, no tenemos claro ni su nombre, que se escribe de diversas maneras (incluyendo "Joder" Pachá; por lo visto, "joder" era una expresión castellana frecuente entonces, y Pachá se refiere a uno de los títulos que recibió). Suponemos que su familia fue desterrada tras el levantamiento de los moriscos a mediados del siglo XVI en las Alpujarras, y fue así como acabaron en el pueblo de Cuevas del Almanzora. Durante una incursión turca en aquella zona fue capturado junto con otros trescientos muchachos. Desde allí, lo trasladaron a la corte del sultán Abd al-Malik de Marruecos. Allí fue castrado para convertirle en eunuco, los cuales eran muy apreciados porque se creía que su fidelidad no se veía obstaculizada por la lealtad hacia la familia. Poco a poco, el prisionero fue subiendo puestos en el escalafón, participando en varios episodios militares, incluyendo la Batalla de los Tres Reyes (ésa en la que murieron tres soberanos, incluyendo el rey Sebastián de Portugal, al cual, según la leyenda, nuestros vecinos lusos aún están esperando). Yuder Pachá sobresalió tanto en sus actividades que le acabaron nombrando caíd de Marrakech. Fue entonces cuando el nuevo sultán de Marrakech, al-Mansur (el anterior había muerto en la Batalla de los Tres Reyes), decidió volver su vista hacia el sur, hacia el África Occidental, para lo cual decidió contar con nuesto hombre.

En la zona a la que estaba dirigiendo sus ojos el flamante recién instaurado soberano se hallaba el denominado imperio songhay. Fue uno de los pocos grandes imperios africanos nativos, y también de los mayores imperios islámicos. El pueblo songhay había formado un estado que, de un modo otro, se mantuvo vivo durante 1000 años, aunque sólo a partir del siglo XV empezaron a adquirir independencia de Malí y conformar su reino propio, cuyo padre fundador fue Sonni Ali Berber. Aunque fue su sucesor, el califa Mohammed I, quien lo llevó a su máximo esplendor, tanto desde el punto de vista cultural (patrocinio de las artes, promoción de instituciones de sabiduría alojadas en edificios públicos creadas para ellas ex profeso) como del comercio. En ambos aspectos, iba a jugar un aspecto fundamental la ciudad de Tombuctú.

Decir Tombuctú es decir leyenda, apelar a un inextricable milagro. Quizás la fascinación y la evocación que provoca en nosotros su nombre sólo pueda expresarse con escenas como ésta que mencioné a propósito del libro "Océano mar", de Alessandro Baricco:

Uno de ellos es un oficial militar que registra todas las informaciones que le llegan de variados lugares del globo, conformando un catálogo del planeta que se mueve a medio camino entre la realidad y la ficción, entre lo verdaderamente vivido y lo solamente imaginado por una panda de borrachos, solitarios, locos y a menudo sabios que como término genérico vienen a denominarse con el nombre colectivo de "marineros". Entre ellos, uno que parece haber perdido completamente la razón, pero es capaz de revelarle a nuestro oficial que, en Tombuctú, las mujeres llevan sólo un ojo tapado porque de verles los dos, los hombres que las contemplasen (ante su inmensa belleza) se volverían completamente locos. Hasta que llega un momento en que el capitán le pregunta, intrigado, "¿Y cómo sabe usted eso?", y el marinero le responde, hechizado y hechizante:

-Porque yo los he visto.

Hasta el nombre de la ciudad se pierde en la leyenda. Según algunos, se debe a una mujer de honestidad a prueba de bombas que se llamaba Buctú, en cuya casa los viajeros solían almacenar su equipaje antes de transitar por tierras ignotas. Cada vez que les preguntaban donde habían dejado sus cosas, ellos respondían: "Donde Buctú", y de ahí el apelativo. Otros dicen que el tal Buctú era un esclavo, y hay muchas versiones mucho más prosaicas. Pero, en Tombuctú, está más que justificado darle siempre más veracidad a la leyenda.

Desde su fundación, Tombuctú fue un cruce de caminos de caravanas que traían toda clase de productos para comerciar. Del sur, de las minas del País de los Negros (como así se denominaba por las tribus que lo poblaban) procedían el oro, la fruta y el pescado del mar de Golfo de Guinea. Del norte, del Sáhara, llegaba la sal del mar Mediterráneo a través de las caravanas de tuareg. ¿Y en Tombuctú? Pues confluía todo. Tanto que, años más tarde, cuando se había perdido el origen de algunas de las mercancías, se acuñó el proverbio:

El oro viene del sur, la sal del norte y el dinero del país del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios solo se encuentran en Tombuctú.

Lo de la palabra de Dios es importante porque, con el dinero que se obtenía del comercio, los gobernantes fundaron mezquitas, madrasas y la universidad de Sankore, según se dice la más antigua del mundo, y que llegó a tener 25000 alumnos en su apogeo. La ciudad se convirtió en un centro de enseñanza y difusión del islam, y eso llevó aparejado muchos libros. Había una alta profusión de bibliotecas; tanto que, aunque en un inicio con motivaciones religiosas, Tombuctú acabó convirtiéndose en un refugio para la palabra escrita de cualquier tipo.

La universidad de Sankore posee una estampa representativa de la arquitectora por la que Tombuctú se ha hecho famosa en el mundo.

El imperio maliense y luego el songhay (también conocidos como askai, a partir del título que adoptó su gobernante supremo) fundamentaron su riqueza a partir del reforzamiento de Tombuctú como centro irradiador del comercio de la zona, lo que acabó por convertirla en un crisol de culturas (bereberes, árabes, mauritanos, bambas, tuareg). Sin embargo, para la época que nos ocupa, el reino se desangraba por culpa de sus problemas internos. En ese contexto, parte Yuder Pachá de Marrackech con unos 5000 guerreros y unos 8000 dromedarios, los cuales cargan, entre otras cosas, con cuatro cañones andalusíes. Uno de los problemas del imperio songhay (que había visto cómo tropas procedentes de Marruecos se habían estrellado anteriormente en sus repetidos conflictos con su vecino del sur) fue el exceso de confianza, ya que no creyeron que Pachá fuera capaz de cruzar el desierto. Pero nuestro amigo almeriense logró lo que otras expediciones no pudieron, gracias entre otras cosas a que controlaba los pozos de agua. Para cuando llegaron a las inmediaciones de la zona donde se asentaban sus rivales, en la región de Tondibi, Yuder Pachá tenía muchos condicionantes en contra: los songhay les plantaron un ejército de más del doble de efectivos; las tropas marroquíes -o saadíes, por la dinastía que los gobernaba- estaban cansadas y, para colmo, se lo jugaban todo en ese enfrentamiento, pues si el sultán de Marrakech les había mandado allí era porque su nación se encontraba al borde de la ruina y necesitaba las riquezas de Tombuctú para prosperar. Aun así, la batalla se saldó con una impresionante victoria para Yuder Pachá debido a la superioridad marroquí en armas de fuego. De hecho, los askai habían enviado miles de cabezas de ganado contra los saadíes para compensar este factor y, ante el rugido de los cañones, éstas entraron en estampida, causando buena parte de las bajas del ejército derrotado. Tan significativa fue la contienda, que durante mucho tiempo en la zona se conoció a los invasores con el mismo nombre que las armas con las que les habían avasallado: literalmente, el pueblo "arma", que deriva probablemente del castellano (las tropas marroquíes llevaban a muchos andalusíes y renegados procedentes de Europa) o del vocablo árabe ar-rumah, el cual significa "fusilero".

Yuder Pachá estableció entonces un gobierno títere que manejó el territorio correspondiente al pretérito imperio songhay. Sin embargo, quedó muy decepcionado: Tombuctú no era lo que esperaba que fuera. Sin duda el saqueo que llevaron a cabo sus tropas contribuyó a ello, pero seguramente también la falsa concepción que tenían los invasores de la legendaria ciudad; ellos creían que era un lugar cargado de oro y, como hemos mencionado antes, en lo que consistía era un centro de comercio. Allí se quedaba el dinero, el cual se invertía en bibliotecas y cultura. Al final, en efecto, Tombuctú era el lugar de los libros y de la palabra de Dios. Y, con seguridad también, de las mujeres hermosas.

¿Qué pasó entonces con los distintos protagonistas del conflicto? Los marroquíes imperaron durante un tiempo sobre el territorio, pero como nunca llegaron a controlar del todo la mina del oro, al final les salía económicamente poco rentable y abandonaron a los suyos a su suerte. El imperio se fragmentó en varios pequeños reinos, y cayó en una lenta pero irreversible espiral de declive. Durante mucho tiempo, la ciudad de Tombuctú se mantuvo vedada a no musulmanes. Ello incrementó todavía más los mitos alrededor de la urbe. Varios europeos que exploraban el recorrido del río Níger llegaron a epentrar en ella, pero sólo René Caillié volvió vivo a su país para contarlo (aquel entorno era y sigue siendo peligroso) y escribir un libro al respecto. La fama de Tombuctú se hizo mundial, y desde entonces ha acudido gente de todo el mundo a visitarla. Sin embargo, la ciudad tiene problemas. A las inundaciones periódicas del río Níger que dejan en ocasiones aislados a sus habitantes, y las tormentas de arena procedentes del Sáhara (que, si los vaticinios de los expertos se cumplen, sepultarán la urbe en el año 2100), se une el problema de los grupos terroristas que han ocupado en el pasado reciente la ciudad, y aún mantienen en jaque el moderno país de Mali. Esta situación ha por supuesto disminuido la llegada de turistas -sobre todo de aquellos que no se dan cuenta (como le pasó a Yuder Pachá) de que la riqueza de Tombuctú no está en sus casi inexistentes palacios, sino en su papel como guardián de la sabiduría- y ha puesto en peligro su papel como depositario de la cultura, aunque hemos podido escuchar historias heroicas de hombres valientes que se han dedicado a salvar miles de libros de los fundamentalistas. Los amantes de la literatura tenemos depositada nuestra esperanza en gente así.

Mientras tanto, los "arma", o aquellos descendientes andalusíes de las tropas que acompañaban a Yuder Pachá, perdido el papel de gobernantes en la llamada curva del Níger, siguieron ejerciendo el poder como caciques locales hasta que, finalmente arrebatado, se convirtieron en una etnia más, aunque muy entremezclada con los songhay, con los que generaron una descendencia mestiza. Sin embargo, siguen conservando su cultura, la herencia de la figura de Yuder Pachá, y también emplean ciertas palabras que derivan del castellano y del árabe, reivindicando el inesperado legado que un esclavo almeriense dejó allí.

¿Y qué ocurrió con nuestro héroe? El título de Pachá lo adquirió a partir del dominio de aquella región del mundo. El sultán de Marrakech desconfió de sus mensajes -acompañados de un poco de oro y algunos esclavos- acerca de que no había encontrado grandes riquezas en Tombuctú, pero posteriores incursiones militares en la zona le convencieron de que no había mucho que rascar en el nuevo territorio saadí. A pesar de todo, algo debía de desconfiar, pues el caso es que cambió varias veces de persona a cargo del título de pachá por aquellas tierras, aunque el almeriense por lo visto manipuló a todos ellos desde arriba, y hasta mandó asesinar algunos. Finalmente, muchos años más tarde, Yuder Pachá regresó a Marruecos cargado de riquezas. El problema fue que el sultán al-Mansur murió y, tras una serie de luchas intestinas entre sus herederos, el sucesor del sultán no estaba seguro de la lealtad de Yuder Pachá y finalmente le cortó la cabeza. Así fue como terminó la vida del hombre al que nunca le ha sido reconocido lo suficiente su gesta, la conquista de Tombuctú, aunque ello por desgracia instigara su decadencia.

lunes, 25 de enero de 2021

El relato de enero: "Pis de gato".

                                                        Pis de gato

                                                         

Aminata pasea, solitaria, por los parajes desiertos del extrarradio de la ciudad. A su lado, Nasiru trastabilla, aún con caminar vacilante y torpe, tratando de seguir zigzagueante los pasos de su madre. El lugar por donde transitan, ciertamente, no es el mejor de los paraísos: está lleno de coches estropeados, y de basura, y de una sensación de moho y de podedumbre que rodea, con su fétida extensión, los cuerpos ensimismados de ambos. Pero ninguno de los dos lo huele: no detectan el olor. Lo cual les resulta beneficioso, pues de allí procederá la cena de esta noche. Sin embargo, el que sus fosas nasales no aspiren este hediondo aroma no se debe ni mucho menos a cuestiones utilitarias. Ni tampoco a que se tapen la nariz con las manos. Es una simple cuestión de saturación de receptores: los suyos están cubiertos por algo más.

 

            -Hueles a pis de gato.

            Le expresó su marido a Aminata, con  desprecio. Y Aminata no necesitó tocarse debajo de la falda para saber que, en efecto, estaba mojada, y para reconocer que el hedor desprendido era muy similar al que dejaban las eyecciones que cierto felino callejero tenía la indecencia de liberar cuando entraba y salía de la casa, dedicándose a juguetear con los niños, o apareciendo inesperadamente en el cesto de la ropa sucia.

            -Te ocurre desde el parto –le exhortó el hombre aún más agrio, a lo cual Aminata, cosiendo cuidadosa mientras los churumbeles revoloteaban por la cocina, no respondió nada, pues nada podía hacer.

            -Si esto sigue así –determinó él aún más firme-, vamos a tener que hacer algo.

            Y vaya que si lo hicieron.

           

            La Madame de la Orina, la llaman. O la Reina del Pis, también. Así la denominaban los vagabundos que se iban encontrando por las ciudades, los cuales se apartaban de ella y la dejaban aislada en derredor de los fuegos que encendían por la noche para proporcionarles calor. Con el niño no, al niño estaban siempre dispuestos a acogerle, sobre todo alguna madre, alguna viuda, cierta mujer que había perdido un hijo, pero Aminata se negaba; había oído que era prudente desconfiar de la bondad de los extraños, y no sería ni la primera vez ni la última que a un muchacho indefenso le obligan a cambiar de progenitores. Por eso no se separaba de Nasiru ni un segundo, aún en la noche. Eso le obligaba a su hijo a soportar de forma continua el hedor nauseabundo que emitía su madre. Por eso Aminata lloraba. Esperaba que las lágrimas atenuaran un poco la peste.

 

            La fístula vesico-vaginal es una afección relativamente común entre las mujeres que acaban de atravesar un parto, sobre todo si éste ha sido complicado, es el último de numerosos alumbramientos, o si la mujer es muy joven, aspectos todos ellos que suelen concurrir entre las esposas africanas. El origen del problema es sencillo: como consecuencia de una lesión, se crea un pequeño conducto que une las paredes de la vejiga urinaria con la vagina, de tal manera que entre ambas cavidades se establece una comunicación. A causa de ello, y al llenarse la vejiga umbilical, el líquido tiende a viajar por esta abertura, yendo a parar la vagina, y mediante esta vía sale al exterior de manera no controlable. De ahí el síntoma principal, la incontinencia urinaria. Esta enfermedad existe también en Occidente, y de hecho es bastante frecuente que las parturientas padezcan de incontinencia durante los días posteriores al parto. No obstante, allí el problema es menor, ya que basta una sencilla operación (apenas un corte y un par de puntos bajo anestesia local) para ponerle fin al problema. Pero en África, incluso un pequeño paso como éste constituye un obstáculo insalvable. Las afectadas lo sufren, y padecen también el rechazo y la deshonra de su casa y su comunidad, al no conservar, además, la posibilidad de engendrar más hijos. La mayor parte de las veces, sus propias familias las obligan a marcharse. Ninguna de ellas llega a volver.

 

            Se quedaron con los niños. Su cuñada, su suegra, dijeron que estarían mejor  a su lado, que debían quedarse con ellas. Se los arrebataron, se los robaron, se los arrancaron, como si lo hubieran hecho desde su mismo vientre. Tan sólo le dejaron conservar a Nasiru, ya que debido a su corta edad aún necesitaba la leche de de su madre para poder sobrevivir. Por eso, se lo cargó a la espalda, como si se tratara de un bulto más del equipaje (que no tenía) el cual debía arrastrar a lo largo del camino (que tampoco existía). El trayecto lo iría creando, conforme avanzara a cada paso.

 

            La fístula vesico-vaginal está íntimamente asociada a fetos recién nacidos muertos –con lo cual la pérdida es doblemente dolorosa-, y al desamparo social que lleva consigo. La mayor parte de las mujeres, perdida su condición de futuras madres (prácticamente la única por la que se les considera útiles), encuentran como sola salida la mendicidad o la prostitución. Se calcula que existen hasta doscientas mil mujeres afectadas por esta dolencia, sólo en el norte de Nigeria. En el resto de África, los datos son desconocidos. El primer síntoma de pobreza es la falta de estadísticas.

 

            Aminata se dirige hacia el barco. Ha escuchado que hay al norte, y al oeste, en algún punto ilocalizado de la costa, un barco repleto de cirujanos, de médicos blancos, procedentes de distintos países, y que hablan distintas lenguas. Estos cirujanos se dedican a ayudar a gente como a Aminata, y a librarles de su enfermedad. Aminata no se acaba de creer esta historia; piensa que se trata de un cuento, como los que le relata a Nasiru por las noches para ayudarle a dormir. Pero la sola esperanza de que acaben con su problema es estímulo suficiente para seguir caminando. Incluso aunque le salgan ampollas en los pies; incluso aunque ya no le queden zapatos.

 

            Otra causa muy frecuente de la fístula vesico-vaginal es el gishiri. El gishiri se realiza a aquellas mujeres que son demasiado jóvenes para mantener relaciones sexuales, y por tanto tienen la vagina demasiado estrecha. Consiste en un corte aplicado desde la vagina hacia el periné, cuyo objetivo es el de ampliar el tamaño del conducto vaginal, haciéndolo accesible para la penetración. Este gesto puede causar hemorragias, perforación de la vejiga y del recto, y en el caso de que la mujer sobreviva, una fístula vesico o recto-vaginal. El gishiri se practica en numerosas aldeas africanas, y su nombre proviene de la voz de origen hausa que significa “sal”. Esto es debido a que el largo cuchillo con el que se practica esta incisión es muy similar al que empleaban los comerciantes árabes que cruzaban el desierto (y hacían tratos con las tribus africanas) para separar los bloques de sal que determinaban para la venta. De ahí que el gishiri se denomine también “el corte de la sal”. Así comienzan la mayor parte de las mujeres su vida sexual en África.

 

            Cuando alguien salva tu vida de una maldición que no comprendes, ese alguien se llama Dios. Por eso, Aminata ha escuchado que muchas de las mujeres que se curan en este barco se vuelven de la religión de la gente que las han ayudado. Dicen que ésta es más tolerante, y que les trata mejor. No obstante, muchas de ellas siguen siendo musulmanas, o de cualquiera de las muchas creencias que pueblan este vasto continente. Estas mujeres afirman que lo importante de las religiones no es el nombre del Dios: sino ese toque sutil, pero necesario, que constituye la disposición del alma con la que se profesan.

           

            En realidad, todas estas variantes no son sino expresiones exageradas de un concepto que se encuentra ampliamente arraigado en África y en los países musulmanes: el del sexo seco. Esta práctica se basa en el hecho de considerar que el acto sexual consiste en la simple y pura penetración (casi sin lubricación además), de tal manera que se olvidan los preliminares, las caricias, e incluso el contacto con otras partes erógenas. Muchas mujeres contribuyen a perpetuar esta idea introduciéndose arena u otros materiales en la vagina, los cuales aumentan la sequedad en la misma, produciendo un mayor placer en el acto sexual para el hombre y un dolor muy desagradable para la mujer. En realidad, esta costumbre se encuentra relacionada con la creencia de muchas religiones de que el sexo es un motivo de tabú y de vergüenza, meramente destinado a obtener hijos, y es en muchos casos una forma más de opresión de las mujeres a través de la negación de su sexualidad, aspecto íntimamente imbricado con la (por desgracia demasiado conocida) tradición de la ablación del clítoris. Para algunas personas muy mezquinas, el amor se fundamenta, por definirlo con precisión, en que el ser amado no lo sepa.

 

            A pesar, sin embargo, de su terrible olor, Aminata y Nasiru han podido relacionarse con otras comunidades humanas, y mantener un contacto más fuerte con ciertos individuos aislados. Han conocido a algunos de los viajeros que se dirigen hacia el norte, hacia Mali o Mauritania, con el objetivo de poder embarcar en una barcaza rumbo hacia el norte, en dirección a esos países de nombres tan intrincados que no saben ni pronunciar. Muchos llevan años en el camino; han quedado encarcelados antes de llegar a su sueño; han acabado separados de sus familiares o los amigos con los que viajaban; y sin embargo, a pesar de su soledad, y de la pérdida de los sueños compartidos que los ausentes llevaban consigo, esas personas vuelven a recuperar la ruta, anhelantes, en cada ocasión que tropiezan, una vez más. También (a pesar una vez más del insoportable hedor), han sabido rodearse de una pequeña comunidad de viajeros, quienes se dirigen a lugares más o menos comunes, y entre los cuales se incluyen una pareja de niños, dos ladronzuelos, los cuales son su principal soporte para sobrevivir. Pese de la diferencia de edad, ese par de zagalillos se dedican a juguetear alegres con Nasiru: lo tratan como si fuera su muñeco, porque efectivamente, casi lo es, sosteniéndole, así, tan pequeñito entre las manos. Cuando Aminata los ve, agacha la cabeza y sonríe. Aprovecha esos momentos para lavarse la ropa. Quiere que cuando su hijo vuelva, la encuentre oliendo a rosas.

 

            Pero muchas veces, el sexo seco no se debe a una cuestión de intolerancia o de creencias religiosas, sino a un aún más primitivo y endémico mal: la ignorancia. Se da el caso de cierta monja que fue a predicar a un punto remoto del África subsahariana. Allí se encontró con que muchas de las mujeres que venían a consultarle mantenían una prácticamente nula relación con sus maridos, y que sus vidas eran apagadas, tristes y oscuras. Y, con toda probabilidad, aquello no era lo mejor que se le podía pasar por la cabeza a una monja, pero a ésta se le ocurrió -por una extraña asociación de ideas-, que el concepto con que las mujeres se veían a sí mismas, en relación al acto conyugal, se encontraba en estrecha relación con cómo se consideraban -en el aspecto social- como entes pasivos, en lugar de activos y partícipes de sus propias vidas. Por eso, y aunque en un principio le daba cierto reparo (de acuerdo, era para una práctica dentro del matrimonio, pero Dios santo, ¡era “sexo”!), la monja se puso a leer más y más libros sobre sexualidad, y a proporcionarles a las mujeres a las que atendía algunos valiosos consejos, recién aprendidos, sobre este singular y muy estudiado tema. Los resultados, sorprendentes, no se hicieron esperar.

 

            Un día, los ladrones decidieron adentrarse en terreno peligroso. Llevaban varios jornadas sin comer, y aquella incursión era fundamental para la pitanza de esta noche. El premio: una jugosa y reluciente pierna de cordero, colgada de un garfio de la grasienta carnicería, custodiada por un terrible cancerbero de orondas carnes y un grandísimo cuchillo de cocina en las manos. La táctica era muy simple, digna del mejor estratega napoleónico: uno de los muchachos despistaría al carnicero, mientras que el otro agarraría la pata de cordero, y saldría corriendo. Un momento de tensión se sucedió en el ambiente, y también en los corazones y en los estómagos de la pandilla de desarrapados que seguían la batalla en directo desde detrás de un escondrijo. El muchacho cubrió con sus brazos el ansiado premio, y comenzó a escapar con toda la velocidad que le permitían sus piernas. El coloso carnicero corrió detrás de él, amenazándole desde lejos con el gigantesco cuchillo de cocina, asemejando que tenía la intención de arrojárselo a la cabeza en cualquier momento. La persecución se siguió frenética, implacable, a través de las estrechas callejuelas de los barrios, mientras el carnicero se iba poniendo más y más colorado, resollando con cada vez más enojo; parecía que en un momento iba a caerse redondo para no volverse a levantar. Finalmente, el muchacho encontró un hueco por debajo de una valla metálica, la cual constituía su vía de salvación: se introdujo debajo de la valla, pero se quedó encallado entre el suelo y esta última. El carnicero estaba más cerca, le iba a alcanzar, le iba a alcanzar, llegó incluso hasta a tocarle, pero, en el último momento, el niño pasó, y el carnicero se quedó al otro lado, agotado, con un palmo de narices. Mientras tanto, en ese extremo de la frontera, y por las callejuelas anexas, los dos ladrones se reunieron, y con ellos todo su grupo de despechados, que los alzaron a hombros, mientras uno de ellos (el que había tenido el valor de correr) sostenía la pierna de cordero en lo alto, agarrada del hueso, mientras le daba la otra mano a su hermano. Para aquel niño negro, aupado por ese equipo de desahuciados humanos, levantar aquella pierna de cordero, sosteniéndola como un trofeo -cual un cetro-, era, en su exaltación, como levantar la Copa, al celebrar la victoria, del Campeonato del Mundo.

 

            Y efectivamente, los resultados llegaron, de manera súbita, inesperada, y extraordinaria también. Las mujeres a las que ofrecía sus consejos volvían al centro social radiantes, con los ojos tintineando juguetones, elevadas en una nube de la que parecían no querer desprenderse, contándole a la religiosa lo mucho que habían mejorado sus relaciones sexuales desde que habían incorporado los preliminares, los susurros escondidos, nuevas posturas y variantes, y sobre todo, el situar no como hecho principal -sino como último fin de fiesta- el acto definitivo de la penetración. Estas mujeres les contaban sus experiencias a otras mujeres, y éstas a su vez a otras distintas, de tal manera que el secreto de la monja sexóloga fue corriendo con rapidez por toda la aldea, y haciéndose cada vez más conocido. Pero lo que más le conmovió a la religiosa fue que, insospechadamente, también los varones vinieran a visitarla, agradeciéndole los consejos recibidos, y preguntándole si a la oficiante católica si ésta los practicaba muy a menudo. Y mientras tanto la mujer, avergonzada, sonreía y se ruborizaba, y no podía parar de pensar en que este descubrimiento de que las mujeres (aparte de vagina) eran también pechos, labios, boca, palabras, podía significar al mismo tiempo, para los hombres, un renacer de la valoración social de sus compañeras, y de su papel -además de como incubadoras de hijos- como una parte más en el conjunto de la pareja. Ni brujas, ni esclavas. Simplemente, amigas. Sencillamente colaboradoras, en este difícil trance que nos impone cada día la vida, y con el que es muy complicado (si estamos solos) coexistir...

 

            Y Aminata sigue caminando, cansada y sola por la playa iluminada por la luna, acompañada tan sólo de su hijo, el cual corretea, patitas pequeñas, andando tranquilo justo a su lado. Pero mientras Aminata continúa avanzando, comienza a detectar bajo su falda el inequívoco síntoma de la irritación causada entre sus muslos a causa de tanto orinar sin parar. Se detiene entonces a un lado, justo al borde de la orilla, para poder tomarse un descanso. Y entonces, Nasiru se acerca a ella, y medio dormido, la abraza. Aminata trata de apartarle de él.

            -Aléjate, hijo. Te abrazo después; aléjate, hijo.

            Pero el niño niega mimoso con la cabeza.

            -Si no me abrazo junto a ti, no me puedo dormir... Necesito tu olor...

            Y la madre, frunciendo los labios, le pega un capón de ésos que duelen más después de un rato.

            -¡Ay!-grita dolorido el niño, pero la madre le reprende, “No te rías de tu madre”.

            -Si no me río, de verdad. Necesito tu olor para irme a la cama. Me huele muy bien. Si no me quedo dormido oliéndolo, tengo pesadillas todas las noches...

            Y la abrazó aún con más fuerza.

            -Es tu olor. Es mi olor. Es olor a mamá...

            Y es como en un juego infantil, gritar: “¡Casa!”, significa lugar seguro, refugio.

            Aminata le apretó muy de cerca, para que Nasiru no pudiera sentirle las lágrimas...

            Y mientras tanto, ambos siguen caminando, siguen desplazándose, en marcha sin pausa hacia un barco que quizás nunca jamás existió. Pero lo importante, bien lo sabe Aminata, no es el final del camino...

 

            Es tan sólo disfrutar.

 

            Nota: el barco que se menciona en la historia existe, y es real. Se llama Mercy Ship, y se dedica a bordear la costa africana realizando extirpaciones de tumores y operaciones aparentemente sencillas, pero que arreglan la vida a muchas personas. Otros dispensarios médicos en África contribuyen a reparar los daños físicos y sociales de la fístula vesico-vaginal.

            Los hechos narrados en este relato son reales, o basados en los mismos. Con sólo una excepción.

            La monja (gracias a Dios) no era una monja.

lunes, 4 de mayo de 2020

Los libros de mayo: misioneros, antropólogos y corresponsales. Unos cuantos libros sobre viajeros

-"Dios, el diablo y la aventura". En esta obra, el escritor de viaje Javier Reverte se adentra en el terreno histórico para descubrirnos la figura de Pedro Páez, un sacerdote español (aunque con fuertes conexiones con Portugal), perteneciente de la Compañía de Jesús, que vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII y que marchó para difundir el cristianismo en Etiopía. Javier Reverte aprovecha para explicarnos los objetivos e historia de la enigmática Compañía Jesús, la compleja situación geopolítica de aquel tiempo y el arriesgado papel de los misioneros en regiones exóticas pero, sobre todo, la sorprendente biografía de Pedro Páez, quien se adentró en un territorio sobre el que en Occidente no se conocía casi nada salvo leyendas (documentando además sus viajes de una manera fidedigna y rigurosa) y fue además el primer europeo que avistó las fuentes del Nilo Azul, aunque el inglés Burke intentara arrebatarle el mérito.

-"Una plaga de orugas". Segunda parte de "El antropólogo inocente", un libro del que ya hablamos en otro post. En esta nueva entrega, nuestro sarcástico, intrépido y aturullado antropólogo vuelve a África, esta vez más maduro y curtido, y los lugareños le recompensan su retorno mostrándose más sinceros y vacilándole con menor frecuencia. Eso sí, los equívocos y las situaciones absurdas y enrevesadas siguen sucediéndose a manos llenas. No tan chocante como la primera parte, por supuesto, aunque casi igual de divertido.

-"Todas las historias y un epílogo", de Enric González. Muchos conocéis a este periodista que, con nómina de "El País", fue corresponsal en el extranjero durante muchos años en varias grandes capitales del mundo. Su estancia en tres de ellas fueron reflejadas en sus correspondientes volúmenes de "Historias" ("Historias de Londres", "Historias de Nueva York", "Historias de Roma"), ahora reunidas, sólo levemente modificadas y con un epílogo redactado desde Jerusalén. Enric González escribe con la mirada despreocupada de quien pasea ocioso por la ciudad, preguntándose por sus pedacitos de Historia, por sus personajes urbanos, por la forma en que se entremezcla lo personal y lo profesional, y por los relatos curiosos, tanto antiguos como modernos, que albergan cada rinconcito y esquina. Una buena guía de viaje tanto para los que ya han disfrutado de esas ciudades como quienes aspiran a hacerlo en un futuro que, por muy lejos que se nos antoje, tranquilos, siempre acaba por llegar. Nos vemos en él. Hasta muy pronto.

lunes, 11 de noviembre de 2019

La historia real de noviembre. Grandes modificaciones terráqueas (I): Atlantropa, el mar del Sáhara, la valla publicitaria espacial y otras grandes locuras transformadoras.

El día que el Dios cristiano, judío y musulmán expulsó a Adán y Eva del paraíso, les forzó a "ganar el pan con el sudor de su frente". Eso les obligaba a arar la tierra, una forma de modificación de la naturaleza. Sin embargo, el ser humano, siempre buscando el camino más fácil y el más efectivo, fue construyendo máquinas con el que ahorrarse el trabajo, y a partir de allí se le ocurrió que con esas poderosas máquinas podía obtener transformaciones mucho más potentes y más beneficiosas. Edificios, carreteras, derivaciones de los cursos de los ríos, presas, ciudades, el ser humano ha poblado la superficie y el interior de la Tierra (y hasta su atmósfera) con sus cambios, hasta tal punto que se ha propuesto nombrar nuestra era como el Antropoceno, debido a la influencia del ser humano sobre la misma. Pero, ¿cuán lejos ha podido llegar?¿Y hasta cuánto ha pretendido?

Quizás el mejor ejemplo que se suele exponer de ese ansia constructora (o destructiva) del ser humano ha sido, en concreto, la desecación del mar de Aral, un vasto lago interior (el cuarto más largo del mundo) cuyo contenido la Unión Soviética pretendió aprovechar para implementar la agricultura de la región, y que como consecuencia de la acción del hombre se ha visto reducido a sólo un 10% de su tamaño original. Este gran desastre medioambiental se une a otros provocados por el ser humano tales como la gran isla de basura del Pacífico, la deforestación de la selva amazónica y de la isla de Pascua, o (según argumentan algunas teorías) un cierto papel del hombre en la desertización del Sáhara.

Sin embargo, aparte de esas acciones involuntarias (por irresponsabilidad, ambición o mala cabeza), ha habido ocasiones en que el ser humano se ha planteado a propósito grandes transformaciones de la superficie de la Tierra a escala continental, o incluso celestial. La inmensa mayoría de esos proyectos no se ha llevado a cabo, bien porque alguien tuvo la suficiente cabeza para reconocer que aquello sonaba a mala idea, bien por razones logísticas, financieras o de geopolítica mundial. He aquí algunas de las  más titánicas y descabelladas ideas para modificar la faz de nuestro planeta:

La valla publicitaria espacial. En 1993, la empresa Space Marketing INC. propuso construir una valla publicitaria de 1 kilómetro cuadrado que se colocaría en órbita respecto a la Tierra, a baja altura, de tal manera que tuviera, desde la superficie de nuestro planeta, el mismo y brillo y tamaño con el que contemplamos la Luna. El proyecto adolecía de dos defectos: costaba mucho encontrar inversores, y se calculaba que la basura espacial impactaría contra ella con demasiada frecuencia. Pero no faltó demasiado para encontrar un "Beba Coca-Cola" haciendo competencia con la Luna en el otrora despejado cielo nocturno. 

El mar del Sáhara. Ha habido diversos proyectos, ideados por algunos de los países circundantes, para convertir parte del Sáhara en un mar interior. Las ventajas serían crear una serie de territorios agrícolas que proporcionarían recursos a la población, aparte de disminuir las habitualmente inclementes temperaturas presentes en el desierto. Sin embargo, la palma se la lleva el profesor vasco-francés Edmund Etchegoyen, que en 1910 propuso que todo el Sáhara (una buena parte del cual se haya por debajo del nivel del mar) se inundara de agua gracias a un canal procedente del Mediterráneo, transformándolo por completo en un inmenso mar interior. Aparte de los problemas de financiación (lógicos para un proyecto de esta clase), la idea nunca ha terminado de convencer a los científicos, quienes creen que un pequeño lago generado en el desierto no modificará las temperaturas locales y se convertirá en un pantano infestado de mosquitos, mientras que si es todo el Sáhara el que se convierte en un mar, transformará el clima de Europa para convertirla en una zona polar. Aparte, existen altas probabilidades de que el desplazamiento de tal masa de agua desplazara la órbita terrestre (por otra parte, la pérdida de una enorme masa de agua en el Mediterráneo podría afectar a las estructuras geológicas subyacentes, provocando terremotos y reactivación de volcanes apagados). Como suele decirse, hay quien nunca está contento con nada. Como detalle anecdótico, Julio Verne teorizó sobre la posibilidad de crear un mar interior en el Sáhara (idea que conoció gracias a los proyectos presentados por sus compatriotas) en una de sus últimas novelas.

Atlantropa. Así se iba a llamar la gigantesca reorganización continental ideada por el alemán Herman Sörgel, quien tenía el sueño de construir gigantescas presas en varios estrechos del Mediterráneo (la clave sería el del Gibraltar, pero también tenía proyectadas presas en los estrechos de Messina y Dardanelos, y en la zona de separación entre Sicilia y Túnez) con el objetivo de desecar parcialmente el Mediterráneo, que retrocedería a nivel de todas las costas, y el cual quedaría dividido dos mares más pequeños, uno al este y otro al oeste. Estas presas generarían una inmensa cantidad de electricidad disponible para la humanidad (como en el plan del mar del Sáhara, desierto el cual, en la fantasía de Atlantropa, sería regado por agua procedente de Chad), además generar nuevas tierras de cultivo. Como contrapartida, entre otras, este proyecto acabaría con la mayor parte de los puertos del Mediterráneo (aún así, Sörgel tenía planes especiales para salvar algunos enclaves míticos, como el puerto de Venecia). El plan, además, tenía una segunda parte, que pasaba por establecer otras grandes presas en varios de los grandes lagos de África, generando una energía que llegaría a Europa a través de tres ciclópeos cables de electricidad que surcarían longitudinalmente (en dirección sur-norte, uno en la zona central, uno al este y otro al oeste) el nuevo continente que se habría creado, Atlantropa, producto de una fusión de África y Europa a partir de un Mediterráneo que habría quedado reducido a un par de charquitos, con gigantescas vías férreas que unirían la zona sur con la norte. Aparte de las consecuencias climáticas y físicas que tendría este desaguisado -muchas de ellas comunes a la también "maravillosa" idea del mar del Sáhara-, la cuestión geopolítica también sería peliaguda. La idea de Sörgel era que tan fantástico suministro de electricidad podría servir para sellar una paz mundial, pues aquellos países que amenazaran el nuevo orden mundial podrían ser privados de tan fantásticos recursos energéticos. Pero por muy sinceros que fueran los esfuerzos pacifistas del alemán, esto, en los inicios del siglo XX, con la distancia entre África y Europa súbitamente reducida, suena demasiado a colonialismo europeo y mayores posibilidades de los países del norte para controlar las indefensas economías del sur. De hecho, Sörgel estuvo durante varios años a vueltas con su plan, dando conferencias por todo el mundo, tratando de vender su idea a quien quiera que quisiera comprársela -obviamente, tenía graves problemas de financiación-, e incluso llegó a ofrecérsela al régimen nazi, la cual la declinó amablemente pues decía que sus planes de expansión se situaban más hacia el este, no hacia el sur. Al final, el sueño de Atlantropa murió junto con Sörgel, aunque, al menos en la ficción, Philip K. Dick lo llevó a cabo en cierta medida en su ucronía El hombre del castillo.

El derretimiento de los polos. Lo que hoy es uno de los temores más fundados por culpa del cambio climático fue (en aquellos ingenuos tiempos del siglo XX en que se creía que toda la naturaleza era un inmenso instrumento dispuesto únicamente en beneficio del hombre, idea que algunos mostrencos aún consideran válida) un plan que llegó a considerarse factible. El objetivo: facilitar la navegación marítima, no sólo por los grandes espacios marinos que se abrirían, sino también para combatir el peligro de los icebergs. El plan fue sugerido periódicamente y descartado periódicamente también, porque las consecuencias climáticas para todo el globo serían desastrosas. Un proyecto, sin embargo, que a pesar de haberse abandonado, estamos provocando nosotros mismos por nuestra codicia, nuestra desidia y nuestra insensatez. En cuyo caso, quizás, si lo logramos, será el último plan descabellado que llevemos a cabo.

Uno de los requisitos indispensables de cada uno de estos proyectos era el de grandes planes de ingeniería que requerían desplazar desproporcionadas cantidades de tierra, empleando para ello una enorme cantidad de energía. Y como, para ideas faraónicas, métodos alocados, también hubo quien tuvo la disparatada idea de emplear, para llevarlos a cabo, bombas atómicas. Pero de eso hablaremos en una próxima entrada.

lunes, 20 de mayo de 2019

La historia real de mayo: lugares sin ley

Desde que el hombre fue hombre y tuvo que vivir en comunidad, se vio obligado a adoptar unas reglas de convivencia. Más adelante, cuando las sociedades evolucionaron para abarcar más allá de la villa y la tribu, y nacieron los estados, fue necesario crear un cuerpo jurídico más o menos organizado. El código de Hammurabi, dicen, es la forma más antigua de conjunto normativo que se conoce, pero desde el "ojo por ojo y diente por diente" hasta nuestros días se han sucedido toda clase de leyes, decretos y constituciones. Por eso, nos resulta extraño creer que, aun hoy, y hasta en casos muy extremos, han existido o existen lugares sin estado, zonas sin ley, emplazamientos donde no hay reglas escritas ni nadie encargado de velar por el cumplimiento de las normas. Bienvenidos a algunos ejemplos más evidentes incluso que el salvaje Oeste:

-La Antártida: Donde hay poca gente, es imposible pedir mucho más. Las naciones del mundo firmaron un acuerdo por el cual renunciaban a disputarse la hegemonía de la Antártida y ha quedado como un gran y vacía (tan sólo una breve incursión humana en sus márgenes) superficie dedicada a la investigación científica, con una escasa población, de logística relativamente precaria, que se renueva con cierta continuidad. Eso quiere decir que si alguien muere de manera sospechosa, es bastante difícil averiguar cuál es la verdadera causa de su muerte (no existen policías, abogados, y ni siquiera expertos en ciencia forense), ni forma factible de capturar al presunto culpable antes de que éste vuelva a su país, cosa que se sospecha que sucedió hace un par de años frente a un caso que nunca llegó a investigarse debido a estos motivos (la duda pues, quedó perenne). No sabemos tampoco cómo acabó la anécdota por la que un científico de la Antártida llegó a apuñalar a otro por hacerle -en teoría de forma "humorística"- spoilers de varios libros, aunque lo más lógico sería que la justicia, como casi siempre en estos casos, la aplicara espontáneamente la comunidad local (nota: en realidad, sí que hubo intervención de un estado; Rusia era el país de ambos hombres y el autor de la puñalada volvió a su patria natal para ser juzgado). Sin embargo, en el caso de que fueran los allí residentes quienes hubieran dirimido el caso, no tengo muy claro que hubiera una decisión unánime sobre quién era el verdadero culpable.

-Regiones en disputa: en aquellas regiones cuya posesión es discutida por varios países, suele ocurrir con frecuencia no haya una organización efectiva del territorio, aunque a veces la comunidad local impone sus propias normas. Un ejemplo relativamente cercano a España (y en parte responsabilidad suya) es el Sáhara Occidental, cuyos habitantes piden todavía un referéndum de independencia, aunque Marruecos nunca ha cedido en este punto y explota el territorio a pesar de las protestas del pueblo saharaui.

-El mar. En aguas internacionales puede ocurrir prácticamente cualquier cosa sin que haya castigo, y las más de las veces ni siquiera conocimiento. Y no sólo allí. Como mencionaba un artículo hace unos años, en las tripulaciones de los barcos se acumulan marinos de toda clase de condición, edad y raza, abundando la ilegalidad, la explotación y hasta el esclavismo. La ley clásica del mar decía que un capitán es dueño de la vida y la muerte de todos los viajeros en su barco, y el siglo XXI, a pesar de todos los avances, parece no haber modificado lo esencial de ese concepto.

-Comunidades aisladas: ya sean regiones asentadas (como la comuna hippie establecida en medio del desierto de California) como concentraciones espontáneas (el mayor ejemplo, "The Burning Man" que se celebra cada año en Nevada en una especie de homenaje revival pagano cargado de moderna tecnología que se ha prolongado hasta nuestros días), hay rincones del mundo donde nadie se atreve a aplicar ninguna clase de ley, ni tampoco individuo que lo consienta.
                                                                                           
                                                       Sección de la ciudad de Kowloon, vista desde arriba
-La auténtica ciudad sin ley. Este caso ya no es real, pero lo fue hasta hace muy poco. Se trata de Kowloon, una península cercana a Hong Kong que, durante la época en que China y Gran Bretaña compartieron esta ciudad, se estableció como fortaleza. En principio era china, pero cuando los británicos entraron al asalto durante el siglo XIX en ella para confirmar ciertas sospechas, descubrieron que los oficiales chinos habían huido. Sin embargo, Gran Bretaña no hizo nada respecto a ese lugar y quedó definitivamente como una zona amurallada sin ley, donde se refugiaron multitud de desplazados por la guerra civil china después de 1945. Paulatinamente, todo comenzó a crecer: la gente que vivía allí, el número de casas, la altura de los edificios (muchos de los cuales se construían encima de las azoteas de los antiguos). Se convirtió en el lugar de mayor densidad de población del planeta (120 veces la de la ciudad de Nueva York), conformado por edificios altos (una de las escasísimas normas de la ciudad era que no podían superar los catorce pisos para no interferir con el muy ruidoso aeropuerto), en los cuales los pisos superiores tapaban la luz a los inferiores, por lo que se la conoció como "Ciudad de la Oscuridad".


 Niveles superiores (arriba) e inferiores de Kowloon. 

Las condiciones, desde luego, no eran agradables. El espacio para que viviera una persona era menor que para un aparcamiento estándar de coche. La gente no tenía quien le instalara fontanería o cables eléctricos, con lo cual solían montárselos ellos mismos. No es que no hubiera comercio: más bien al contrario, florecieron especialmente los negocios ilegales. Entre ellos, toda clase de profesionales sin licencia, porque los alquileres de los locales eran muy económicos. Eso sí, las condiciones de estos profesionales eran deplorables: se acumularon dentistas cuya pulcritud higiénica era bastante más que dudosa -aun así, muchos clientes venían de Hong Kong, pues los precios eran baratísimos-. Los restaurantes tampoco tenían regulación sanitaria. Florecían los casinos y los burdeles, las drogas abundaban por doquier, hubo más que sospechas de incendios por especulación inmobiliaria (a cuya prevención no ayudaba la falta de previsión anti-incendios), y, por supuesto, se convirtió en el reino de las mafias ilegales. Aunque algunos defendían que la mayor parte de los habitantes no estaban metidos en ningún negocio sucio, y que la criminalidad no era tan alta como cabía esperarse -difícil saberlo, porque obviamente no había registros-, lo cierto era que, entre los callejones estrechos (a través de muchos había que pasar de lado), la oscuridad y la suciedad a nivel del suelo (te caía agua y basura de los pisos superiores porque los vecinos barrían hacia abajo), así como la maraña de cables sueltos por todos lados, a la gente no le gustaba pasear mucho por la ciudad, y menos de noche. Iban y volvían por los pocos sitios que conocían para realizar los recorridos imprescindibles, es decir, ir y volver del trabajo (había un único cartero, que era de los escasos habitantes que se conocía los detalles de la geografía de la ciudad). De hecho, existían toda clase de pasarelas a nivel de las alturas para no tener que pasar por el suelo en ningún momento. La ciudad tenía un microclima muy especial, cargada de calor y humedad, de tal manera que muchos subían a los tejados de los pisos superiores para respirar algo de aire puro, especialmente por las tardes y durante el verano. A veces los adultos organizaban allí partidas de cartas, o los niños acudían a jugar o a hacer sus tareas, después de haber pasado la mañana en el nivel inferior.


En general, la gente de Hong Kong iba allí a hacer todas las cosas que no podían en la más regulada ciudad de Hong Kong, entonces británica. Desde actividades delictivas, hasta comer platos prohibidos en otros sitios (ojos de pez o cachorros de perro, entre otros). A pesar del caos del barrio, unos cuantos se apañaron para crear sus propios oficios: por ejemplo, dedicarse a ir casa por casa para fregar las cazuelas de los demás. Algunos grupos de vecinos, por otra parte, empezaron a autogestionarse: la anarquía dio paso a una suerte de organización donde empezó a haber panaderías, jardines de infancia, escuelas, organizaciones civiles y religiosas, etc... Muchas veces las esposas se dedicaban a limpiar el exterior mientras las abuelas cuidaban a sus nietos y a los niños de edificios cercanos. Al mismo tiempo, la policía de Hong Kong (que a raíz de un asesinato en 1959 se hizo cargo oficialmente de la juridiscción de la ciudad, aunque no intervenía gran cosa) comenzó a hacer redadas, disminuyendo el nivel de criminalidad. La propia ciudad de Hong Kong acabó haciéndose cargo de algunos servicios, como el suministro de agua. La vida se abría camino a pesar de tanta anormalidad. De hecho, un texto de la época decía que, a pesar de la mezcla abigarrada de drogadictos, sacerdotes, trabajadores sociales y prostitutas, aquel lugar, que para muchos resultaba aterrador, tampoco resultaba tan diferente de la rutina habitual en Hong Kong, y que buena parte de sus habitantes tenía una existencia medianamente normal.
En 1987, la ciudad tenía entre 30.000 y 50.000 moradores, y fue entonces cuando Gran Bretaña y China (ante el hecho de que unos cuantos años más tarde tendría lugar la anexión definitiva de este territorio, junto con todo Hong Kong, al país asiático) decidieron sanear la zona, y ofrecer compensaciones para los afectados, tanto en dinero como en forma de nuevos alojamientos. Para muchos, suponía liquidar por fin el cáncer en que se había convertido la ciudad; además, al escuchar el proyecto, las mafias chinas decidieron marcharse fuera, con lo cual se convirtieron en los años más tranquilos. Sin embargo, muchos que no podían vivir de otra manera (tendrían que sacarse licencia para sus respectivos oficios), que consideraban las compensaciones insuficientes, que se habían acostumbrado a ese modo de vida, o que preferían vivir en un lugar donde no se pagaban impuestos, se negaron a marcharse. Un batallón de 150 hombres entró para desalojar a los más renuentes a trasladarse, entre otros un hombre de 62 años que amenazó con suicidarse si le reubicaban. Finalmente, después de muchos años, en 1993, dejó de haber personas allí viviendo, se desconectó la electricidad y se tapiaron los pozos: entró la maquinaria de demolición. Poco tiempo después, empezaba a re-edificarse la ciudad. El resultado, como puede verse más abajo, fue muy distinto.




Greg Girard fue un fotógrafo que se dedicó a hacer fotografías de Kowloon poco antes de su desaparición, explorando todos los rincones de la ciudad, y publicándolas en un libro (ahora expuesto en una página web) titulado "City of darkness: Life in Kowloon Walled City", que tuvo posteriormente secuelas. La mayor parte de las fotografías de este post son de su autoría, o han sido extraídas de varios blogs que enlazan a Wikicommons (Wikipedia alberga también bastante información sobre la ciudad). Abajo, la moderna Kowloon, ahora un gran y estiloso parque urbano de Hong Kong. De la Kowloon original sólo quedan un par de zonas (una de las puertas y una especie de centro social) que fueron considerados lugares de valor histórico.

Para mí, esta historia es importante porque refleja un dilema muy presente en estos tiempos. En los últimos cuarenta años, desde Margaret Thatcher y Ronald Reagan, se ha extendido una corriente de pensamiento que dice que los estados, regiones, ciudades, se gobiernan mejor cuando hay menos impuestos y el estado interviene lo mínimo. Pero como hemos comprobado con Kowloon, cuando no hay impuestos, no hay regulaciones sanitarias, no hay controles de edificación, no hay seguridad, todas aquellas ventajas que nos proporciona vivir en comunidad. Tenemos más dinero en la cuenta bancaria, en efecto, pero hay que pagárselo todo, independientemente de que no tengas dinero para afrontarlo: la educación, la sanidad, los medios de transporte. En distintos grados, Estados Unidos (con sus enormes desigualdades) o la España en tiempos de Franco (donde no había impuestos, pero tampoco se construía casi nada, salvo pantanos) siguen o seguían este modelo que, aunque matizado, se pretende que en muchas sociedades vaya progresivamente a más. Dentro de poco hay elecciones europeas, autonómicas y municipales: la pregunta que nos hacemos ante estos distintos modos de convivencia es, ¿a qué referente queremos parecernos?¿Querríamos vivir de un manera similar al sistema de estado de bienestar que -a pesar de los recortes y el intento de desbaratar o privatizar los servicios públicos- hasta ahora ha sobrevivido en Europa... o preferimos algo más semejante a Kowloon?

Como siempre, la decisión está en nuestras manos.