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lunes, 24 de noviembre de 2025

La historia real de noviembre: una reflexión sobre los asesinos en serie

El otro día tuve la oportunidad de ver El estrangulador de Boston, una película estupenda de 2023 alrededor de la serie de asesinatos que sacudió a Boston en los años 60, muy distinta -y, en mi opinión, mejor- que la primera versión del tema protagonizada por Tony Curtis (por cierto, si no queréis saber nada de estas películas, mejor no sigáis, que vienen spoilers). Y se me ocurrieron un par de reflexiones -nada originales, sin duda, y que no abarcan la totalidad del tema- que a lo mejor pueden interesar a algún lector.

Vamos a acotar primero los términos. Como muchos ya sabéis, aunque el cine (muy imbricado en estos temas) ha puesto en la mente de todos la imagen de un hombre que mata a un determinado perfil de víctimas por un impulso retorcido de su mente, el término "asesino en serie" no es un término clínico, sino policial. Se refiere a aquel individuo que asesina a varias personas (tres es el número mínimo aceptado) en un límite relativamente corto tiempo, pero no siempre se debe a un problema mental. Por ejemplo, hubo un caso (descrito en el libro Mind Hunter, que inspiró la serie de televisión, y que trata a fondo estos temas) de un hombre que entró en una residencia para señoritas para agredir sexualmente a una de ellas y, por culpa de que iba encontrándose con testigos incómodos, tuvo que matar a varias mujeres de golpe. Ese individuo, aunque técnicamente es un asesino en serie, en realidad sólo lo es porque le obligan las circunstancias. Pero no; nosotros vamos a referirnos al caso tan cinematográfico que han publicitado Mindhunter, Mentes criminales o la saga de Hannibal Lecter: una persona que mata a una víctima, y luego otra, y luego otra, sin motivo personal aparente, y que, sin no lo detinenen, volverá a matar.

El tipo humano lo conocemos todos: suele ser un hombre, con frecuencia blanco y de un país anglosajón, al que un trauma del pasado o una personalidad con tendencia a la violencia lleva a matar, en ocasiones de maneras muy específicas, elaboradas e imaginativas, y casi siempre a un rango muy concreto de víctimas. El concepto empieza a popularizarse después de la Segunda Guerra Mundial, y a raíz de ciertos especialistas en la elaboración de perfiles en Estados Unidos (por ejemplo, los agentes del FBI que escribieron el libro Mind Hunter). No obstante, con los años, la definición se ha ampliado mucho: ahora abarca a mujeres y gente de otras razas y países (con, además, muchas variantes en cuanto a su comportamiento criminal), aunque el esquema original sigue siendo el más popular, tanto en el imaginario colectivo como en la ficción.

Clínicamente, a estos individuos se les incluye dentro del trastorno antisocial de la personalidad: es decir, gente que no acata las normas y que no sienten excesiva compasión por el sufrimiento humano. Dentro de él, algunos especialistas distinguen ciertos perfiles (por ejemplo, bajo el término "psicópata"). Sin embargo, hay una cosa que debe quedar clara: no todos los "psicópatas" ni la gente con trastorno antisocial de la personalidad son asesinos. De hecho, la mayoría viven perfectamente integrados entre nosotros: quizá muchos no sean las personas más simpáticas del mundo (aunque, con frecuencia, son capaces de pasar por muy buenos vecinos), y unos cuantos suelen tener problemas con la ley o con otros congéneres, pero eso no significa que todos vayan por ahí matando gente. Es muy importante erradicar esos tópicos, porque, no lo olvidemos, la mayor parte de los criminales no tienen trastornos mentales, y la mayor parte de los enfermos mentales tampoco son criminales.

Pero ahora, vamos a entrar en el tema. En El estrangulador de Boston, una película muy bien dirigida, y estupendamente protagonizada por Keira Knightley, se realiza una afirmación muy interesante: dice que, en efecto, es probable que hubiera una persona que estrangulaba en Boston con unos métodos muy concretos. Lo hacía a mujeres que vivían solas, ancianas, a las que estrangulaba y les dejaba colocada en el cuello una media, a modo de lazo. Sin embargo, algunas de las teóricas 13 víctimas que dejó el estrangulador de Boston no encajan en ese perfil. Lo que insinúa esa película es que es posible que otros individuos aprovecharan el escándalo del estrangulador de Boston para cometer sus propios delitos y que le echaran la culpa al asesino. Algunos habrían matado a esas mujeres por motivos personales (una secretaria embarazada del sospechoso, casado y con hijos, lo cual le suponía una incomodidad), y otros serían diferentes agresores sexuales que, simplemente, habrían aprovechado los modus operandi del asesino para que los auténticos autores pasaran desapercibidos. La película elabora una teoría que, como todas las que implican a este tipo de asuntos, nunca podremos demostrar si es verdad. De hecho, seguramente lo más inquietante del film es que menciona que uno de los sospechosos de haber matado a alguna de las víctimas del estrangulador de Boston salió libre, y nunca volvió a saberse de él. Su nombre nunca se hizo público, y quién sabe lo que hizo después de que la policía y los periodistas le perdieran el rastro.

Pero me llama la atención la idea de gente que aprovecha un asesinato para tapar otro. Algo parecido se ha hablado acerca de los crímenes de Ciudad Juárez. Como sabéis, en esa zona ha habido una cantidad inmensa y terrorífica de feminicidos (más de seiscientos desde finales del siglo XX). Las causas seguramente son complejas: Ciudad Juárez es una ciudad fronteriza, pegada a su equivalente en Estados Unidos, El Paso. En ese sentido, la frontera con México se ha convertido en una distorsión: mientras que El Paso se mantiene bucólica y sin crímenes, todo el que quiere hacer algo turbio traspasa la línea de delimitación entre ambos países, y por eso Ciudad Juárez se ha convertido en uno de los lugares más peligrosos del mundo. Además, como siempre, el capitalismo tiene mucho que ver: hay un montón de dinero implicado en el hecho de que ciertas fábricas se instalen en Ciudad Juárez (donde los costes laborales son más baratos) para luego vender sus productos en EEUU. Estas empresas contratan normalmente a mujeres jóvenes y vulnerables -las llamadas "maquiladoras"-, a las que les ofrecen salarios de miseria. Con frecuencia estas mujeres tienen que volver a casa solas, después de turnos interminables, de noche, en un lugar donde existen toda clase de personajes peligrosos, entre otras cosas porque (cómo no) Ciudad Juárez también es uno de los lugares de paso de las principales rutas de comercio de droga del mundo, pues desde la zona de la producción (Hispanoamérica) pasan al lugar de consumo (Norteamérica).

Cuando empezaron a revelarse estos feminicidios -con números que dan miedo y acongojan- muchos los atribuyeron al tráfico de drogas, a peleas entre cárteles, a esa complicada situación social, aunque también hubo teorías mucho más conspiradoras y "peliculeras" (hay una cinta, por cierto, Ciudad de silencio, que toca el tema, exponiendo con cierto acierto sus diferentes aristas). Sin embargo, poco a poco se fue haciendo evidente que las muertes de mujeres no se deben a un asesino en serie individual. Sino que, al final, aquel lugar se ha convertido en un pozo negro: todo aquel que tiene una cuenta personal que ajustar, o que pretende dar rienda suelta a su misoginia, aprovecha la fama de los feminicidios de Ciudad Juárez para que su crimen se convierta en uno más de la lista, en un nombre más en la multitud. En las muertes de Ciudad Juárez se entremezclan, pues, asuntos mafiosos, crímenes individuales, probablemente más de un violador y asesino en serie, y, sobre todo, muchísimo odio a las mujeres. Como dicen en la versión moderna de El estrangulador de Bostón (traduzco del original en inglés), <<(...) creasteis un mito, y necesitaba ser detenido. La gente quería creer que era Al [Albert de Salvo, el hombre acusado por la policía de los crímenes de "el estrangulador de Boston"], pero necesitaba creer que era Albert. La alternativa era demasiado perturbadora (..) Que hay demasiados Albert De Salvos ahí fuera. Y que nuestro pequeño mundo seguro es una ilusión. Los hombres matan a las mujeres. No empezó con Albert, y es seguro como el infierno que no terminará con él tampoco>>.

En ese sentido, me he acordado también de la reflexión final que aporta Alan Moore en el epílogo de su obra From Hell, acerca de los crímenes de Jack el Destripador. El lúcido Moore indica que, normalmente, lo que nos gusta (a los que nos sentimos atraídos por los casos de asesinos en serie) es la resolución del misterio, como si fuera un complicado puzzle cuyo dibujo, una vez encuentras la pieza adecuada, queda expuesto en su totalidad. Pero, en realidad, la vida real no suele ser así: los hechos reales son fragmentarios, inconexos, muchas veces carentes de sentido, donde nadie tiene la perspectiva global del alambicado caleidoscopio de la verdad. Nunca tendremos una visión clara e inequívoca de quién fue Jack el Destripador hasta los últimos detalles, nunca viviremos esa revelación mágica ("fue el médico de la reina", "el pintor", "el misterioso hombre americano") que queda tan bien en las películas. Ésa es sólo nuestra ambición, la de personas que deseamos encontrar orden en un mundo de caos, y que también anhelamos que, una vez atrapes al asesino, se acabe el peligro. Pero si salimos del juego policial del gato y el ratón, o de los detectives aficionados de las novelas, las cosas no son tan sencillas. Y, por supuesto también, nunca son fáciles de solucionar.

Quizá, de una parte de todo esto, tengamos culpa los propios escritores, sobre todo los que (no puedo negarlo) sentimos una cierta fascinación por este tipo de historias. Como dice Antonio Muñoz Molina, tendemos a endiosar como seres astutos y sofisticados a criminales normalmente mediocres y egoístas, y parece que la proliferación del género del true crime hoy día sigue esa misma tendencia. Sin embargo, creo importante hacer una distinción: como siempre, hay una gran distancia entre la ficción (donde encuentras a villanos muy atractivos, como el propio Hannibal Lecter), y la realidad, en la que los malvados suelen ser bastante más aburridos, insoportables, predecibles y, sobre todo, cercanos a nuestros vecinos de lo que nos gustaría. Hay cosas que toleramos en la literatura o el cine (o en el pasado lejano, donde casi se han convertido en ficción), y que no podemos juzgar igual para nuestra vida cotidiana. Es importante trazar esa línea, para no dar más importancia a los asesinos que a las víctimas y, sobre todo, para hacer justicia a estas últimas. De no ser así, puede que cometamos errores que lleven a más dolor y sufrimiento. Y, en este cúmulo complejo de factores que forman parte de un crimen, conviene que no aportemos un granito más de mal.

lunes, 25 de febrero de 2013

La historia real de febrero: Asesinatos históricos sin esclarecer -o con serias dudas sobre su autoría- (I):

No hay nada más emocionante que un misterio. Tanto, que a veces sobrepasa el propio valor de aquello que se encuentra oculto. Si a ello le adicionamos un enigma alrededor de un asesinato, la atracción se duplica. Pero, ¿y si ese crimen lleva además un largo período sin resolver? Es entonces cuando se convierte en leyenda. Una selección de 10 crímenes (aunque os dejamos como aderezo algunos también interesantes) que todavía nos siguen intrigando y apasionando a partes iguales, y que ni las nuevas tecnologías ni revisiones históricas han conseguido resolver. Al menos, hasta que alguno de vosotros se atreva a intentarlo.



1). JOHN FITZGERALD KENNEDY.
El tercer magnicidio de un presidente de Estados Unidos (tras Lincoln y Garfield) es seguramente el crimen sin resolver más controvertido de la historia. El presidente JFK, acompañado de su mujer y del gobernador Connelly, saludaba desde el Lincoln presidencial durante un desfile en Dallas (Texas) cuando comenzaron a escucharse disparos que impactaron en el cuerpo del presidente y de Connelly. La película del videoaficionado Zapruder sigue dando vueltas por el mundo mostrando el horror en el rostro de Jacquline Kennedy y el pánico de la multitud. En unas pocas horas, Lee Harvey Oswald, un antiguo marine, es acusado del asesinato, pero Jack Ruby, un mafioso local, le dispara delante de las cámaras (según él, para ahorrarle a la familia Kennedy el drama de un juicio) y la formada para el propósito Comisión Warren dictamina que Oswald (como consecuencia de su supuesta ideología comunista) fue el único autor del crimen. A partir de ahí, comienza la polémica. El más destacado en este sentido -como reflejó la película JFK (1991), de Oliver Stone- fue el fiscal de distrito Nueva Orleans, Jim Garrison, que esgrimía que todas las evidencias apuntaban a que tuvieron que producirse más de los tres disparos que se le atribuyeron a Oswald en el corto período de tiempo que duró el suceso (de hecho, para explicarlo, la Comisión Warren defendió la teoría de una "bala mágica" que fue capaz de provocar múltiples heridas distintas tanto en Kennedy como en Connally, cambiando de dirección varias veces de manera abrupta), y que por tanto debía haber al menos un segundo tirador. Este aspecto, además de las numerosas lagunas de la Comisión Warren, y la insólita actuación del servicio secreto antes y después del asesinato han contribuido a la teoría que atribuye el crimen a lo que Eisenhower denominó el complejo militar-industrial de los Estados Unidos, formado por miembros del ejército, la CIA, el FBI y políticos de las altas esferas, los cuales temían la pérdida de beneficios generada en el caso de que -como así parecía- Kennedy retirara a los Estados Unidos de la guerra de Vietnam. Ésta es la teoría de la conspiración más extendida, que incluye incluso también la colaboración de cubanos anti-castristas. Sin embargo, hipótesis hay para todos los gustos: la mafia, la reserva federal, Israel, y por supuesto variadas combinaciones de todos ellos, implicando de forma más o menos directa a personajes como J. Edgar Hoover, Lyndon B. Johnson o Richard Nixon. Hoy por hoy, muchos documentos continúan clasificados, el misterio sigue sin esclarecerse, y hasta el 70 por ciento de los norteamericanos creen que la verdad va más allá de la teoría de la Comisión Warren, que sigue siendo la única oficial desde entonces. Como anécdota, sólo ha habido dos casos de personas que se autoinculparan del asesinato: James Files, mafioso que diría haber participado en una colaboración entre la CIA y la mafia (aunque la mayor parte de los investigadores creen que sólo confesó esa historia para obtener dinero), y -de acuerdo con su hijo- presuntamente Howard Hunt, un miembro de la CIA condenado posteriormente por el Watergate y que habría confesado en su lecho de muerte que la conspiración fue orquestada por Lyndon B. Johnson en colaboración con algunos miembros de la agencia de espionaje estadounidense. Como colofón, otros políticos de la misma época (Martin Luther King, y el hermano de JFK, Bobby Kennedy) son liquidados en extrañas circunstancias, apuntándose siempre a que había mucho más detrás de los supuestos asesinos solitarios. Caso aparte merece, unos años más tarde, Jimmy Hoffa, el principal jefe de los sindicatos de transporte en los años setenta y polémico a causa de sus supuestos vínculos con la mafia: desapareció de un bar de carretera en 1975 y nadie le ha vuelto a ver. Algunos dicen que está enterrado bajo el marcador del estadio de fútbol americano donde suelen jugar los Giants.

2) OLOF PALME.
Ya que andamos con los magnicidios, es bueno recordar éste que ocurrió no hace tanto, en 1986. El primer ministro sueco, uno de los referentes de la socialdemocracia, crítico con el apartheid y la guerra de Vietnam y defensor entre otros del desarme armamentístico, los países del Tercer Mundo y la causa republicana española, fue asesinado por un desconocido mientras volvía del cine con su mujer (la ingenua Suecia no creía que nadie pudiera intentar asesinar a sus dirigentes y la pareja iba sin guardaespaldas). Se atribuyó el crimen a ultraderechistas suecos o chilenos o a servicios secretos de países como Chile y Sudáfrica; también se identificó a un delicuente de poca monta como el autor de los disparos, pero se le absolvió por falta de pruebas. Recientemente, parece que una millonaria afincada en el Reino Unido y recientemente fallecida (en extrañas circunstancias, si bien parece que coqueteaba previamente con las drogas) reveló tener datos que apuntaban a que un empresario sueco habría instigado el asesinato de Palme puesto que su actividad podría suponer una amenaza para sus negocios. El ordenador de esta mujer contenía datos sobre este asunto que Scotland Yard ha remitido a la policía sueca.

3) Y si de asesinatos políticos se trata, en España tenemos unos cuantos para ingresar con un puesto en la lista. Desde el asesinato del general Prim en un atentado cuando iba a recibir al futuro rey Amadeo de Saboya (y sobre el que Paul Preston ha publicado recientemente un libro y se han realizado estudios sobre la momia) hasta el misterio  Galíndez, que inspiró la novela de Vázquez Montalbán y luego una película protagonizada por Harvey Keitel y Eduard Fernández. Galíndez era delegado del PNV en Nueva York y profesor de la Universidad de Columbia: se encontraba escribiendo un libro sobre el dictador dominicano Trujillo, revelando entre otras cosas que su descendiente natural no era en realidad su hijo. Se dice que fue raptado, llevado a la República Dominicana y posteriormente asesinado, pero no hay pruebas al respecto. Todavía más desconcertante es el caso del general Mola: se supone que habría fallecido en un accidente de aviación, pero continuamente (y de hecho, a este autor le han llegado referencias indirectas al caso) surgen puntos oscuros que se acrecentan al constatar que su muerte dejó expedito el camino al general Franco para convertirse en el jefe del estado español tras la Guerra Civil, cosa que con Mola vivo quizás no hubiera pasado. ¿Coincidencia?

4) JACK EL DESTRIPADOR.
El primer asesino en serie (registrado como tal, aunque se podrían argumentar excepciones como las de Gilles de Rais, Vlad el empalador o la condesa Báthory) de la historia asesinó a cinco mujeres entre agosto y noviembre de 1888, aunque se sospecha que pudieron ser más. Las víctimas -todas ellas prostitutas del depauperado y oscuro barrio de Whitechapel- aparecían salvajemente descuartizadas, e incluso el supuesto asesino se regodeó con la prensa mandando cartas en las que reclamba la autoría de los asesinatos o incluso envió, en un macabro chiste, medio riñón. De Jack el Destripador es difícil conocer qué datos son reales y cuáles no porque a las dificultades de la oscura noche londinense de la época, lo vago de los testimonios y la histeria desatada porlos crímenes, debemos añadir que la profesionalidad de buena parte de la policía de aquel entonces dejaba mucho de desear, y más todavía en el caso de la prensa (todavía está por esclarecerse cuántas de las cartas supuestamente enviadas por el asesino son una invención de los directores de periódico, si no lo son todas). No obstante, cien años de imaginación popular han hecho mucho, incluyendo la versión de Alan Moore en cómic From Hell, innumerables películas y teleseries (incluyendo a nombres tan destacados como Michael Caine, Johnny Depp o Sherlock Holmes) y por supuesto infinidad de teorías, que incluyen desde la familia real británica (entre los candidatos se encontrarían el príncipe Eduardo, el médico de la reina o incluso un complot masónico, siendo un posible motivo el evitar desvelar que una de las prostitutas había quedado embarazada del príncipe de Gales), un pintor, un hombre que huyó a América en la fecha posterior a los asesinatos y de conducta sospechosa, un individuo denunciado por su propia familia ante sus muestras de desequilibrio mental y por supuesto carniceros y médicos varios (de hecho, hace poco un descendente de un galeno de la época ha afirmado que sospecha que su antepasado pudo ser Jack el Destripador, opinando incluso que debería analizarse el ADN de su bisturí -expuesto ahora en un museo británico- para comprobarlo). Arthur Conan Doyle llegó a opinar que se trataba de una mujer, y que era eso lo que le había hecho ganar la confianza de sus víctimas, mientras que modernos criminólogos parecen apuntar a que se trataría de un trabajador que viviría en el barrio, y de hecho han podido delimitar el área más probable donde se encontraría su residencia. Para quien le interese, hoy en día hay innumerables tours londinenses que te guían por los lugares más emblemáticos del caso, y que pueden terminar como colofón con un buen plato de curry (es la mejor zona de Londres para eso). Otros famosos asesinos en serie cuya identidad nunca llegó a revelarse fueron el famoso Zodiac, o Jack "the Stripper", un asesino del Londres de los años sesenta con métodos parecidos a los del Destripador, pero que además desvestía a sus víctimas antes de arrojarlas al Támesis.

Se supone que este sería el retrato robot de Jack el Destripador, de acuerdo a las descripciones de por entonces, y realizado en la actualidad. No, a pesar de lo que la imagen sugiere, Freddy Mercury en aquella época todavía no había nacido (ésta es la típica coñas que te regalan los guías de  los tours de Jack el Destripador alrededor de Whitechapel en Londres).

(Continuará...)

lunes, 29 de octubre de 2012

El libro de Octubre: "La sombra del asesino"

           Es intención de este blog recomendar libros, películas u otras maneras de contar historias que no sean particularmente conocidas y de las que quizás sólo os podáis enterar por aquí. Hoy precisamente os hablo de un libro cuya existencia no conocía y que gracias al buen ojo de la persona que me lo ha regalado tengo la suerte de presentároslo a vosotros. Aprovechando ademas que este mes es de Halloween (y que proximamente tendremos visita de muertos, brujos, fan y demas gentes de mal vivir), quizas sea un buen momento para leerse estas historias a la luz de una vela, amenazando en cualquier momento con apagarse... y que un ente sobrenatural (o un humano con intenciones aviesas, que es mucho mas terrorifico) entre a dar cuenta de nuestra alma...

Actualmente, es de sobra conocido que la literatura está de capa caída con respecto a los autores noveles: acogotadas por la crisis, las editoriales arriesgan poco y prefieren volver la vista a los clásicos, de una manera parecida a las productoras de cine, que escogen menos a menudo proyectos nuevos frente a la posibilidad de montar remakes. Y aunque a los escritores que estamos comenzando esta política no nos beneficia, cuando el otro día, sopesando las películas del pasado año, llegué a la conclusión (a falta de unas cuantas que todavía no he valorado) de que la mejor era un documental (“Comprar, tirar, comprar”, sobre la obsolescencia programada, que muchos ya habréis visto y que, si no, recomiendo), reconocí que es fácil recurrir a aquel viejo axioma (y sobre todo al observar los bodrios que de vez en cuando nos trae el nuevo cine) de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Con esto en realidad no quiero decir que adopte una postura u otra: en realidad autores buenos y malos los ha habido ahora y en el pasado y, como es frecuente, su rendimiento económico, su éxito o sus posibilidades comerciales no tienen excesivamente que ver con su calidad o con la emoción con que sus historias pueda disfrutarse. Sin embargo, si algo tiene de bueno esta moda es que ahora podemos encontrar reediciones de clásicos que nunca murieron, o que no merecieron morir. Es el caso de esta colección: “La sombra del asesino”, selección de relatos policiacos y de misterio y horror publicados por la editorial Valdemar.



Valdemar es una editorial especialista en asuntos relacionados con el misterio y el horror (y el nombre sin duda sonará a muchos de los fanáticos del género, entre otras cosas por el homenaje que le hace a Lovecraft): de ahí que escuchar que existe una antología con los mejores relatos de crimen publicados por ella suene realmente apetecible. Mucho más si observamos el cartel: Edgar Allan Poe, Guy de Maupassant, Edgar Wallace… Para amenizar un poco la antología y que no sean nada más que relatos, éstos nos son presentados de una manera curiosa, como si se tratara de un juicio donde tuviéramos delante al culpable, los cómplices, jueces y letrados, y finalmente se impusiera condena. El truco no termina de fraguar del todo (más que nada, no aporta mucho), pero volviendo a la selección, y sin conocer a fondo el material de partida, lo cierto es que ofrece un surtido variadito y en ocasiones muy original. Como en toda antología, es poco probable que (sobre todo los aficionados a este tipo de cuentos) todas las historias sean para vosotros absolutamente novedosas, ni que todas os gusten, pero seguramente habrá un buen grupo (si no la mayoría) que no os hayáis leído y os hagan pasar un rato entretenido -o escalofriante, segun el punto de vista-, y sólo por esas ya merecerá la pena.

¿Qué podréis encontraros aquí? Pues desde clásicos como el padre Brown de Chesterton hasta autores más modernos como Robert Bloch. Desde maestros del terror como Bram Stoker (al que muchos conocéis como el escritor de Drácula), a cuentos procedentes de obras tan perturbadoras como El club de los suicidas de Robert Louis Stevenson o El asesinato como una de las bellas artes del inefable Thomas de Quincey. En esta selección no podía faltar Arthur Conan Doyle aunque, curiosamente, no con un relato de Sherlock Holmes; y es que en este sentido la antología también ha buscado la originalidad. Además de escritores a los que clásicamente se les conoce por aportaciones distintas al crimen y el suspense y que sin embargo tienen cabida aquí (como Charles Dickens, Herman Melville o H.G. Wells), autores cuyas obras más reconocidas sólo rozan el género tangencialmente (como Joseph Conrad u Oscar Wilde) o afamados filósofos (como Voltaire), el libro decide meterse en recovecos más abstrusos y permitir aportaciones humorísticas –aunque no por parte de cualquiera. De hecho, uno de los relatos está a cargo de Mark Twain, y otro, graciosísimo, da la nota hispana gracias al desternillante Jardiel Poncela (por cierto, con un relato de Sherlock Holmes). Y como este último detective –como J.G. Reeder, como el padre Brown, como Dupin- no podía faltar, ni en serio ni en broma, lo que el autor de la selección considera “una pequeña joyita”: la colaboración del hijo de Arthur Conan Doyle, Adrian, con John Dicknson Card, el experto en misterios de habitación cerrada, en un relato que combina un enigma de este tipo con la actuación siempre pertinente del más grande detective de todos los tiempos.

Faltarían unos cuantos, por supuesto: no están ni Agatha Christie ni Leroux y ni siquiera una mísera receta de cocina de Carvalho, pero contamos a cambio (y entre otros) con Jack el Destripador, animales exóticos y extraordinarios, momias egipcias, sucesos paranormales, y homicidas de variado tipo, pelaje y condición. Y es que esta antología de relatos policiacos se centra en el crimen y el asesinato en todas sus formas, desde el premeditado y por avaricia hasta el pasional y guiado por la locura, desde los sutiles entresijos de las clases altas hasta la abyecta profundidad de los bajos fondos, todo esto con un elemento común: el horror, la muerte, y, como algo peor, la infinita capacidad de ser humano para infligirle todo el daño posible a otros. Tampoco espacial o temporalmente se circunscribe el radio de acción de estos crímenes: historias ambientadas en la Edad Moderna o Contemporánea –incluso algún relato estilo pulp-, y situadas en lugares como la India (con el tono etnocentrista habitual de los escritores europeos de esta época), África, Francia, los Alpes y, por supuesto, la Inglaterra victoriana y eduardiana de la que fueron asiduos la mayor parte de los escritores de esta colección. Timadores, rateros, asesinos desquiciados o calculadoras mentes criminales, sacerdotes, policías, detectives, damas de alto postín y caballeros de baja ralea, intrigas políticas, celos o pasiones desatadas, en un universo que nos resulta a la vez exótico y sin embargo lo suficientemente familiar para que nos sintamos como en casa al sumergirnos en el interior del mismo, y que refleja todas las ambiciones y flaquezas humanas. En definitiva, una selección interesante y que satisfará tanto a los fans del relato-problema que pretenden ver un misterio bien urdido lleno de giros inesperados, como también de aquellos que gustan de la brutalidad y el realismo descarnado que emana de la novela negra, y también a los fanáticos del género de aventuras. Ya me contaréis.