¿Por qué estamos aquí? Porque nos gusta lo curioso, lo sorprendente, lo interesante, lo inusual, lo que engrandece al ser humano, lo que lo redime de vez en cuando. Por eso nos apasionan las historias: porque hayan ocurrido o no, de alguna manera es real.
miércoles, 1 de enero de 2025
Los libros de enero: contra la opresión y el fascismo
lunes, 14 de octubre de 2024
La historia corta de octubre: "Niña sirena"
Hoy ha salido la noticia en los periódicos: la niña sirena, esa monstruosidad de la naturaleza la cual fue operada con notable éxito por unos brillantes cirujanos para restituirle sus nunca poseídas piernas, ya ha dado sus primeros pasos.
Cuando estaba en el vientre de su madre, la niña, lejos de tomar su condición como una aberración o capricho del destino, lo asumió como una condición ideal. Sumergida en el líquido amniótico, chapoteaba de un lado para otro, y lejos de dar pataditas, se dedicaba a bucear y a cerrar los ojos mientras se zambullía de nuevo en las cálidas aguas de color amarillento (algún día, al recordarlo, comenzará a darle cierto asco, al recordar que parecía y sabía a pis).
Pero cuando nació, los médicos, sus padres, el mundo, la miraron con ojos asombrados. La vieron como lo que quisieron verla: un humano malformado. Pero se equivocaban. No era un humano: sino una sirena. Mientras constituía un animal mitológico, encajaba perfectamente con su ambiente y con su cuerpo. Considerada como humana, la transformaron en un monstruo. La operación, básicamente, la convirtió en efecto en humana: en efecto, en una humana más.
Nadie le preguntó si quería dejar de ser sirena. Nadie le planteó la disyuntiva entre gatear y no poder saltar de la cuna (como sirena, en el mar, no hay vallas que te detengan), o seguir los bancos de peces desde el Atlántico al Pacífico. No pudo elegir.
Hoy contempla sus piernas, con una desconcertante sensación de extrañeza, y sin saber si quejarse o si dar las gracias. Hoy, al dar
sus primeros pasos, ha sido como volver a aprender a nadar.
lunes, 12 de agosto de 2024
La cultura es para el verano: tres películas y cómic
-El jugador (Rupert Wyatt, 2014), una película que recuerda al libro homónimo de Dovstoievski sobre la adicción al juego, aunque en muchos sentidos lo supera. El protagonista (interpretado por Mark Wahlberg) es un profesor universitario que cree que las cosas son blancas o negras: o se tiene éxito de manera arrolladora o se fracasa. Esto, por supuesto, cuando se trata de los casinos, le lleva a situaciones límite en las que se esfuerza en enredarse cada vez más. Atrapado por varias deudas que ponen en peligro su vida, este antihéroe tensará las relaciones con sus deudores (entre ellos, los que representan John Goodman y Michael K. Williams), su madre (Jessica Lange) y varios alumnos (incluyendo una brillante pupila a la que caracteriza Brie Larson). Los diálogos están muy bien trabajados (sobre todo las escenas en las que participa Goodman, especialmente conforme se acerca el final) y delineados con mucha inteligencia, mientras que todos los actores (hasta Wahlberg) están muy bien. Quizá sólo se eche un poco de menos que la subtrama con Brie Larson quede mejor resuelta.
-Callejón sin salida (John Cromwell, 1947; no confundir con la de Roman Polanski de 1966) parece, de inicio y por los carteles promocionales, la típica peli de cine negro que en que Bogart ejercía de matón de medio pelo. Pero no: como si fuera un teatro, te plantea un escenario muy especial (la época en que surgían edificios lujosos en el Upper East Side de Nueva York que lindaban con barrios miserables y casas de pobres; por supuesto, ese lugar ya no existe, pues todo se ha gentrificado), y te relata, de una manera costumbrista, las dramas y miserias de un contexto social muy complicado, como si con una fotografía del momento pudieras diseccionar la evolución de los personajes hacia el pasado y el futuro. Con un uso estupendo de la escenografía y del cruce de las tramas, aunque la película sea predecible en algunos aspectos, resulta sorprendente en otros. En ese sentido, un descubrimiento muy especial.
-Quiero tener una ferretería en Andalucía (Carles Pratts, 2011). Ya en este blog hemos tratado el tema (a través del libro "Entre limones") de esa extraña fascinación que tienen algunos británicos por el sudeste de España, que les lleva a cambiar de lugar de residencia y de vida. El documental "Science Fiction", que habla de las andanzas de Laurence Burton (alias "el indio") en el desierto de Tabernas incide en este aspecto, aunque más por el lado sórdido (a veces parece que el aludido huye de su propia existencia, más que buscar otra nueva). Pero el documental de precioso título que nos ocupa explora el lado luminoso: cómo Joe Strummer, el líder de la banda de punk británica The Clash (conocida por éxitos como London Calling) cambia el Londres urbano por el sol infinito y la vida tranquila de Almería, estableciendo su cuartel general entre San José y Granada. El film ofrece varios aspectos interesantes: la personalidad amable de Strummer (en contraste con el aire agresivo que, por sistema, parecía que debía ofrecer un artista punk), su búsqueda del anonimato, su carácter sencillo, y sus extravagancias con un punto poético, así como las variopintas reacciones y perspectivas de los que le rodean, incluyendo habitantes locales que no se pueden creer que delante de ellos esté el cantante de The Clash. Muy original y sorprendente.
-Marvel, 1602. Neil Gaiman (como comentaremos más adelante en un podcast que estamos deseando mostraros) le ha dado a todos los palos. En la novela gráfica, se sacó de la manga (o le encargaron: no le tengo muy claro) esta historia que básicamente coloca a los personajes de Marvel en la Inglaterra isabelina. Lo más interesante es intentar descubrir bajo qué efigie se representa cada uno de los personajes míticos de la franquicia de superhéroes, gracias a lo cual le perdonamos que ciertos recursos se los saque un poco de la manga. A nivel visual, estupendo. La trama, muy bien hilada -parece mentira que Marvel no se ambiente de normal en esta era-.
lunes, 17 de junio de 2024
Las historias cortas de junio: "Mi mendiga de la peluca de colores"
Hay una mendiga que siempre está rondando Plaza Castilla. Normalmente, los mendigos visten ropas marrones, muy normales, de esas típicas que les regalan en las instituciones de caridad. Sin embargo, ésta se dedicaba a peregrinar por los múltiples albergues e iglesias, y solía encontrar prendas muy hippies, como faldas de colores -largas hasta la rodilla-, que se ponía en sus largos paseos por Mateo Inurria, en los cuales la gente hacía gestos ex profeso para no mirarla mientras ella hablaba sola (es curioso, nunca he visto a dos mendigos hablar entre sí, solo hablar solos; pero eso, quizás, significa que no he visto suficientes mendigos), y paseaba dando vueltas, moviéndose y brincando por los rincones. Sin embargo, un día, habiendo pasado muy recientemente los carnavales, la mendiga, de habitual pelo corto -para evitar que la atacasen los piojos-, se encontró una peluca de colores (sobre todo violetas, encarnados, morados, amarillos, todos muy vivos), y tirabuzones. Entonces ella se la puso, y comenzó, como siempre, a dar saltos, a dar brincos por ahí, y a echarse los tirabuzones a un lado, por encima de los hombros. Llevaba, además, sobre el rostro, una máscara de carnaval, que había encontrado en la basura, con una media sonrisa y una media pena. Y esta vez la gente la miraba atentamente, pero no era porque consideraban que estaba loca, sino porque estaba guapísima, y les encantaba verla saltar así...
Cuando ella se miró al espejo, antes de salir a la calle, se dio cuenta por primera vez que tenía aspecto de mujer. Pero para ello, debían mirarla primero como si fuera persona...
*
La mendiga de la peluca de colores ya no la lleva: se la ha puesto a la Cibeles, y le ha dicho, “Estos días hace mucho frío. Tú pasas más tiempo en la calle que yo...”
La Cibeles, ahora, lleva puesta la peluca de la mendiga. Sobre esa peluca han anidado, extrañamente, una pareja de frailecillos, a quienes todos creían especie propia de mar. Atentos como están los transeúntes a los frailecillos, no se han fijado en si la diosa ha alterado su inmutable expresión por, tal vez, un guiño a la galería...
lunes, 18 de marzo de 2024
El libro de marzo: "Antes de la tormenta", de Gal Beckerman.
Resulta fácil sentirse atraído por la intención de "Antes de la tormenta", libro de ensayo de Gal Beckerman: tratar de encontrar, en los distintos movimientos revolucionarios que han transformado el mundo, una serie de patrones comunes (o de diferencias) que expliquen su éxito o su fracaso. Buscar qué métodos de trabajo han funcionado, para así aplicarlos a propósitos futuros. Con este propósito, Beckerman analiza diferentes grupos que enarbolaron ideas (en su día consideradas radicales) de naturaleza científica, social, artística y política: desde el astrónomo Peiresc coordinando gente de todo el mundo, en el siglo XVII, para obtener más datos acerca de un eclipse, hasta la corriente de los futuristas italianos, pasando por las peticiones de ampliación de derecho al voto de Gran Bretaña en el siglo XIX, el movimiento punk femenino de los 80-90 o los primeros periódicos anticolonialistas del oeste de África. A través de todos estos procesos (que el autor narra con una minuciosidad histórica y personal que nos ha deleitado a muchos), se desgranan las diversas virtudes que ha de tener un movimiento de este tipo: paciencia, control, enfoque, imaginación, debate, coherencia... En ese sentido, es un libro estupendo para aprender acerca de determinadas revoluciones -o intentos de conseguirlas- que no han sido suficientemente publicitadas.
Se vuelve un poco más difícil estar de acuerdo con las conclusiones a las que llega el libro, las cuales se aventuran ya desde los primeros compases. A saber: el autor defiende que las redes sociales con las que tratamos todos los días, como Facebook y Twitter, no son las ideales para lograr el cambio social. Beckerman esgrime (no sin razón) que estas redes sirven muy bien para canalizar el griterío y la frustración espontáneas, pero que luego no son las herramientas adecuadas para el intercambio de ideas y la discusión que consigue un cambio de mentalidad más a largo plazo, en un proceso que, según el autor, se ve favorecido por hacer las cosas de una manera más lenta. Desde luego, hay argumentaciones en las que uno no puede sino estar de acuerdo con Beckerman: no sólo con que estas redes viven para el beneficio empresarial (y generan dinámicas a veces contraproducentes), sino con que en ocasiones son convenientes espacios más privados donde un grupo determinado pueda sentirse y sentarse a gusto -la metáfora visual que mejor emplea es la de una mesa- para discutir sus estrategias de acción. Quizá lo menos acertado del libro es lo que el autor considera un éxito o un fracaso: parece desdeñar los logros de la plaza Tahrir en Egipto (que cristalizaron en un cambio de gobierno, aunque éste fuera efímero y no el que muchos desearon) y en cambio ensalzar los de los samizdat -unas publicaciones clandestinas de la resistencia antisoviética que se distribuían 20 años antes de que se produjera el más mínimo amago de cambio en el país-. También da la impresión de que hay factores, en el lado contrario, con los que Beckerman no cuenta demasiado: la resistencia de las fuerzas del statu quo, el grado de madurez de la sociedad donde se produce el cambio, y la influencia de factores externos al propio movimiento y a su oposición. En ese sentido, resulta muy difícil evaluar hasta qué punto determinada aproximación resulta un éxito o un fracaso, o forma parte de un proceso histórico más amplio donde el valor de cada contribución resulta difícil de juzgar.
Donde creo que probablemente el autor se aproxima más a la verdad es cuando se centra en fenómenos más recientes: el Black Lives Matter, la cadena de correos electrónicos entre responsables de salud pública durante la epidemia de COVID-19, e incluso cómo grupos de extrema derecha organizaron las infames marchas de 2017 en Charlottesville. Beckerman habla de cómo estas corrientes exploraron medios alternativos a las redes sociales: desde plataformas de chat privado tipo Discord al puerta-a-puerta de toda la vida, y ensalza sus beneficios respecto a la continua exposición pública de las grandes redes. En su empeño, hasta alaba a las tecnologías de mensajería instantánea, como si todos no supiéramos lo caóticas que pueden llegar a ser. Independientemente de todo esto, parece como si el autor buscara una fórmula mágica: un solo medio que sirva para llevar a cabo los diferentes fines que nos proponemos. Esto, por supuesto, es imposible, y creo que si por algo se caracterizan las ideas radicales que alguna vez han logrado algo es porque han sabido emplear las distintas herramientas que tenían a su disposición en diferentes momentos, según las necesidades de cada circunstancia, y en un enfoque múltiple, más que a través de una única vía. Así pues, habrá encrucijadas críticas en las que debas movilizar a la gente a través de las redes sociales, pero también períodos para la reflexión donde la gente tenga necesidad de reunirse en privado para generar un debate o una estrategia: métodos que pasan no sólo por Internet, sino incluso por la reunión presencial. En ese sentido, el libro de Beckerman sirve para señalar estas tácticas alternativas y saber qué posibilidades tenemos a nuestro alcance, con el objeto de tratar de aprender a discernir cuándo es mejor emplear cada una. Lo cual, después de todo, no es poca cosa.
viernes, 1 de marzo de 2024
El relato de marzo: "Una morada para la eternidad".
Una morada para la eternidad
A
Gorka le tiraron por la ventana un día de marzo. Era el límite de la fecha
necesaria para que su casero pudiera poner en alquiler el apartamento como piso
turístico, así que puede decirse que el propietario retrasó el asesinato hasta
el último minuto.
Por
suerte para el dueño de la propiedad, había tanto extranjero disfrutando de la
Semana Santa -uno de los acontecimientos más reconocidos, a nivel
internacional, entre las atracciones turísticas de la ciudad-, haciendo fotos
borrosas, pariendo selfies mal encuadrados, y pegándose con los otros
visitantes por contemplar más de cera el espectáculo, que nadie se dio cuenta
de que estaban pisoteando el cadáver del pobre Gorka.
Por
fortuna para este último, su espíritu había quedado atrapado en el piso y, al
menos, lo que no consiguió en vida, lo lograría de alguna manera tras la
muerte.
Es
decir, hacerle la vida imposible a su casero por el simple hecho de no moverse
de allí.
*
Es
difícil alquilar un piso cuando tiene alojado un espectro. La localización y el
precio son sin duda un factor; cómo estén distribuidos los espacios y la
pintura de las paredes puede arreglarse; pero tener un ectoplasma por ahí dando
vueltas y espantando con ruidos de cadenas, risotadas maléficas y movimientos
de cortinas a los inquilinos, desde luego, desalienta a cualquier viajero que
quiera disfrutar de unos días de asueto. Y eso que Gorka no era especialmente
fan de los trucos clásicos de fantasmas; él era más de encender los altavoces
para que sonara Camela a las cuatro de la mañana, reconfigurar el ordenador con
el objetivo de que los turistas sean incapaces de usar el wi-fi, o aflojar las
pilas del mando para que éste funcione a ratos: ahora sí, ahora no (ése, según
Dante, era el undécimo círculo del infierno; y si no lo opinaba, debería).
Porque hay que reconocer que un aliento helado en la noche provoca un
estremecimiento, pero que te apaguen el aire acondicionado cuando estás
dormido, en medio de una ola de calor, o que tu móvil aparezca por la mañana
sin batería, con las fotos borradas y varios cargos de tarjeta de crédito,
constituye otro nivel. Hay tantas maneras y tan diversas de amargarles la
estancia a los visitantes, pensaba Gorka: sobre todo desde que existen Alexa,
los teléfonos inteligentes, o los electrodomésticos controlados por dispositivos
situados a kilómetros de distancia. Qué amargura iban a sentir los últimos
turistas que habían disfrutado del piso cuando descubrieran que, a su retorno,
el frigorífico se había apagado por un inoportuna acción ejecutada a través del
móvil, y se les había podrido la comida durante la semana que estuvieron fuera.
<<Seguro que pondrán una crítica horrible en TripAdvisor>>, se
ufanaba Gorka, restregándose las manos como si fuera un villano de película.
Aunque para él, por supuesto, el auténtico genio del mal era su casero: se iba
a arrepentir de haberle tirado por la ventana, y lo haría durante los siglos de
los siglos. No iba a conseguir hacer dinero con su piso turístico -se besaba
Gorka las puntas de los dedos, en una promesa-… por sus muertos.
Claro
que todo esto era muy divertido… hasta que conoció a Aiko.
*
Con
aquella chica japonesa, tan delicada, tan tímida, de apariencia tan frágil,
Gorka entendió que las cosas no se podían hacer de la misma manera. De hecho,
la primera vez que le pegó un susto, ella cogió tanto miedo que se pasó
llorando en su cama dos horas seguidas. Al verla así, tan dolorida, Gorka se
sintió herido en su interior (todo lo herido que puede estar un ser incorpóreo)
y, por primera vez, se consideró una criatura del inframundo. Así que decidió
que, por una ocasión, era mucho mejor esperar y ver.
Y
cuando esperó y vio, se quedó prendado de aquellos gestos minimalistas, de
aquel carácter apocado, de sus ingenuos errores en el uso del castellano, de
aquella alma cándida, inocente y pura alrededor de la cual emanaba un halo de luminosidad…
Gorka había huido de la luz cuando ésta se abrió delante de su alma inmortal,
pero ahora, ante aquel destello brillante, estaba dispuesto a zambullirse de
cabeza.
Tardó
en manifestarse ante su amada, con aquel exceso de prudencia, alternado con
arranques impulsivos, que caracteriza a todo enamorado: pero, al fin, una
noche, Gorka se materializó delante de la chica, quien exhibió al inicio un
rictus de miedo que a aquel fantasma le hizo temblar… Sin embargo, a
continuación, después de tranquilizarla, empezaron a hablar en ese idioma (donde
las palabras son casi innecesarias) que practican casi gemelas afinidades. Se
quedaron conversando hasta medianoche, la hora bruja… y más adelante,
continuaron con la charla. Necesitaron tres noches para que ella permitiera que
su traslúcida mano atravesara su nívea piel; al final de la semana, ella
imploraba a gritos una experiencia de posesión de la que salió con su pelo (por
lo habitual liso) completamente rizado, sudores en lugares inconfesables, la
pérdida completa de la vergüenza respecto a la falta de intimidad -frente a una
presencia, por otra parte, que podía atravesar las paredes-, y una sonrisa de
Oriente a Occidente en los labios.
Sucedió
que Aiko, en su país natal, era abogada. Sucedió que consiguió encontrar un
resquicio legal por el cual obligó a su casero a permitirle un alquiler
permanente. Ahora, ella ha logrado vivir en ese piso de manera indefinida. De
esta manera, la venganza de Gorka se ha cumplido, aunque de un modo que no pudo
ni imaginar.
De
todas maneras, de un tiempo a esta parte, Gorka, Aiko y los niños están
pensando en mudarse de ciudad. Dicen que, en la que están, hay mucho fantasma
suelto.
lunes, 30 de octubre de 2023
Cine y realidad: una charla sobre el Alzheimer.
Saludos. Hace poco más de un mes, en Roma, tuve el privilegio de dar una charla donde hablaba sobre la enfermedad de Alzheimer desde un punto de vista científico y también cultural (en concreto, contaba cómo el cine -entre otras artes- ha tratado esta dolencia). La conferencia formaba parte de un evento más amplio donde se exponía el proyecto Memo(s)toria, una actividad organizada por la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma en colaboración con Caritas Roma, y en el cual se realizan actividades de divulgación histórica y estimulación cognitiva aplicadas en pacientes de Alzheimer -un proyecto muy interesante, por cierto, y que ahora se encuentra en plena fase de expansión-. Por si os interesa escuchar lo que allí se comentó (hay parte en italiano y parte en español, pero creo que podéis serviros de los subtítulos automáticos; mi sección, de todas formas, está en español), os dejo colgado el vídeo. Como siempre, espero que os guste. Un saludo.
lunes, 24 de abril de 2023
La historia real de abril: nueva temporada de "El Gato de Hubble"
Después de mucho tiempo esperándolo, tenemos programa de estreno como parte de una nueva temporada de El Gato de Hubble, ese entrañable podcast que combina ciencia y humor con el que colaboro de vez en cuando. En este episodio que antecede a los nuevos temas que trae esta temporada -los cuales, ya os aventuro yo, pintan muy interesantes- hablamos de cómo ha quedado el mundo una vez pasada la época más crítica del COVID-19: después de una breve introducción sobre lo que la pandemia ha supuesto en términos sanitarios, nos metemos en sus consecuencias en el mundo de la economía, tanto global como personal, en particular respecto al teletrabajo (ahí quizá nos ha faltado hablar de los nómadas digitales y de la influencia que están teniendo en la gentrificación y la disneyficación de las ciudades; por otra parte, podríamos haber mencionado, en el apartado de empresas que se oponen al teletrabajo, la posible repercusión que éste podría ejercer en descender los precios de las casas del centro de las ciudades y, por tanto, en las rentabilidad de las compañías más potentes a nivel inmobiliario, a pesar de que éstas aduzcan otras razones), así como el papel que la COVID ha jugado en la educación, la salud mental o nuestra propia percepción del mundo.
En general, creo que, a lo largo del programa hemos hecho un esfuerzo por destacar los cambios para mejor (aunque, como dice la entradilla de presentación, no siempre ha sido fácil). Porque, retomando una interesante reflexión de Daniel al final, el primer instinto es siempre fijarse en lo malo, pero también ha habido (durante la pandemia) mucho de positivo, de solidaridad y de colaboración mutua, a pesar de que lo fácil que es que nos pase desapercibido, con eso de que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece. Espero que os guste el programa y, siguiendo con el espíritu positivo, que os dé pie para nuevas y fructíferas reflexiones. Un saludo.
lunes, 8 de agosto de 2022
Las historias reales de agosto: nuevos hilos de Twitter
Más madera, como suele decirse. Aquí tenéis relatos sobre un duelo sin par en la película "La princesa prometida", sobre la única vez en que Antonio Machado suspendió a un alumno, sobre el personaje real que inspiró la historia del Dr. Jekyll y Mr. Hyde o acerca del barrio inglés de Huelva. Que estos hilos os enreden y os den mucho carrete. Un pespunte, digo, un abrazo.
martes, 19 de julio de 2022
La historia corta de julio. Dedicadas a Eduardo Galeano (XIV).
Dedicadas a Eduardo Galeano (XIV).
Un chico
indigente pidiendo refugio en un albergue:
-Lo siento –le responden-. No puedes
entrar. Nos faltan plazas, y tú no tienes prioridad. Eres demasiado joven.
El joven se queda extrañado, y
pregunta:
-Y mañana, ¿también seré demasiado
joven?
-También.
-¿Y dentro de un año, también seré
demasiado joven?
-Sí.
-Entonces, ¿nunca voy a poder
entrar?
-No...
Se corrige.
-Quiero decir, sí, cuando llegues a
viejo.
-No llegaré a viejo.
Sobre todo, si no me dejas entrar.
lunes, 27 de junio de 2022
La historia corta de junio: Historias del metro (19)
Como yo, no.
En el autobús que va en dirección a la Universidad Autónoma de Madrid, se suben frecuentemente varias personas con síndrome de Down, en dirección a un centro de educación especial habilitado para ellas. Los autobuseros ya les conocen de vista, y se han habituado a su presencia y a su amistosa camaradería.
Un día, uno de esos chicos le preguntó al autobusero si había visto a su amiga María, que si la conocía.
El conductor, después de dudar un poco, le dijo: “Sí, claro, es una chica... como tú, ¿no?”, respondió algo incómodo.
El chico negó con la cabeza:
“No, como yo no, yo soy de Vallecas y ella es de
Usera”.
martes, 1 de junio de 2021
La historia corta de junio. Historias del metro (17): "Un caballero"
Historias del metro (17)
Un caballero
En el andén del metro de la estación de Pío XII, me encontré un hombre a mi lado, sentado. En circunstancias normales, no me hubiera fijado en él. Tenía aire de ejecutivo y leía El País. Pero para ojos observadores, siempre hay una segunda lectura.
Porque cuando me senté a su lado, me fijé en varias cosas. Su ropa, pese a ser muy elegante, fallaba de alguna manera extraña, quizás en la combinación, por ejemplo, una cosa tan sutil se supone que los calcetines tienen que ser una prolongación del zapato, y en este caso lo eran del pantalón. Además, el periódico era atrasado, de varios días. Y sobre todo, una cosa que sólo podías detectar si te sentabas al lado: un profundo y nauseabundo olor.
jueves, 1 de abril de 2021
El relato de abril: "El donante"
El donante
No
pienses que se te está metiendo el agua por los oídos, e incluso por la nariz.
No mires, con los ojos abiertos, a las burbujas que te hacen cosquillitas por
la cara, las que te acarician en la frente y las mejillas. No pienses en que te
estás ahogando. No lo medites. Nada; es imposible. Es como aquella frase,
¿saben ustedes? La de <<no pienses en una vaca>>. Amarilla. Con
lunares verdes. ¿A que no hay manera de dejar de imaginar a la puñetera vaca
correteando con sus manchas por los prados? Pues aquí es igual. No puedes
evitar tener la mente puesta en que te
estás ahogando. Tal vez lo haces por un poco de respeto; al fin y al cabo, si
te mueres, lo mínimo que puedes hacer es ponerle algo de atención al asunto, y
no malgastar tus últimos momentos con el recuerdo del vestido de una chica
bonita, o en la forma en que tu madre se puso a bailar sobre un escenario, a
sus sesenta y dos años, rememorando sus sueños de juventud. Pero, después de
estas divagaciones absurdas, quizás quieran ustedes saber cómo he llegado hasta
aquí.
Camino por la
calle. Estoy volviendo del trabajo. Mira, por ahí va el panadero. Un tipo majo,
ese hombre, tengo que ir a visitarle más a menudo. Hombre, mira qué bonito,
unos niños pedaleando en sus bicicletas. Hoy hace un día precioso, desde luego,
sonriente y radiante de calor. Venga, nos metemos en casa. Vamos a mirar el
correo.
Entonces abro el
buzón. Factura, factura, factura. Factura. Y... anda, hombre, una carta
curiosa. Vamos a abrirla. La abro. La leo; la sigo leyendo; me voy calentando,
me voy cabreando. Cagoendiós. Salgo de nuevo a la calle.
Voy corriendo a
toda la velocidad que puedo. Tengo que pasar el revuelo que hay siempre delante
de la panadería; joder con el cabrón del panadero, qué hijo de puta, cualquier
día voy y le cuento a su mujer con quién le está poniendo los cuernos. Sigo
corriendo; se me cruzan unos puñeteros niños a toda leche con sus bicicletas, a
ver si los prohíben de una vez, siempre estorbando por la calle, un día van a
provocar un accidente. Maldita sea, qué calor hace, ya podría pegar el sol un
poco menos.
Pero nada, por
más que corro, no puedo atrapar al cartero. Y qué más me da, me repito entonces
a mí mismo. Si total, qué le iba a decir. En puridad, la culpa no es suya. La
culpa será de quien me haya mandando la carta, o ni siquiera; alguien le ha
puesto el sello y el sobre, alguien la habrá redactado, pero la culpa, después
de todo, viene de más arriba, así que ni siquiera me queda el recurso de quejarme.
Tan sólo, cruzarme de brazos y esperar.
Es un poco
extraño, ¿no? Uno, cuando entra voluntariosamente en una de estas asociaciones
de donantes de médula ósea, no piensa en nada más. Apenas un <<mira, qué
bonito, le estoy haciendo un favor a alguien>>, te cuelgas una especie de
medallita mental, y todos contentos, te sientes muy solidario y te vas a tu
casa. Ahora, lo que viene junto con el pack, eso no te lo cuentan. De lo que
viene detrás te enteras tú siempre después.
Y es que mira que
es mala suerte; porque de no ser por un par de circunstancias, ni siquiera me
hubiera enterado. De no ser porque, el mismo día que me mandaron la carta
comunicándome que mi médula ósea iba a ser necesitada, salió por casualidad una
imagen de ese hombre por la tele. Y me di cuenta de que estaba desmejorado. Entonces
recordé la conversación que había mantenido unos días antes con un íntimo amigo
mío, que es amigo de un amigo de su médico personal: “Los consejeros del
dictador están desolados. Necesitan urgentemente un remedio o, si no,
fallecerá. Y lo malo es que es muy difícil encontrar un donante compatible;
tiene un tipo muy raro, el HLA-DX6...”
Justito, qué
casualidad, el mismito que tengo yo.
Así es; yo soy el
donante. Resulta que, por azar de los azares, de entre todas las cosas en las que
podría coincidir con el resto de los hombres, tengo en común con el dictador de
mi país, al que nunca le he guardado demasiado aprecio, la compatibilidad de
las células. Pues mira qué bien. ¿A que eso nunca se lo imagina uno cuando va a
donar sangre?
¿Y ahora qué
hago?, me pregunto yo. Todo el planeta suspirando porque el dictador fallezca
para quedarnos libres, y al final soy yo el que le tengo que alargar la vida.
Todo el mundo acordándose de su madre y de todos sus muertos, y ocurre que esos
mismos muertos van a disfrutar la ocasión de agradecérmelo. La verdad, cuando
mi madre me decía que llevaba en la sangre la manera de incordiar a la gente,
lo cierto es que nunca pensé que se referiría a eso.
Y la pregunta es,
de nuevo, ¿ahora qué hago? No resulta fácil planteárselo. Aquel día andaba
despistado. Como no sabía muy bien qué hacer, invité a un amigo a permanecer la tarde conmigo, a ver si se me
pasaba así el cabreo. Dilapidamos el tiempo proyectando películas de cine mudo,
como si la ausencia de sonidos consiguiera entregarnos, aunque fuera
transitoriamente, una mínima calma espiritual. Pero no logré tranquilizarme del
todo; la prueba fue lo que ocurrió cuando llamaron a la puerta. Salí a abrir.
Era el lechero:
-No tienes más
remedio que hacerlo.
Era el cartero:
-Sabes que tarde
o temprano tendrás que deponer tu actitud.
Era el cabrón del
panadero:
-Aunque te
opusieras, no te iban a dejar.
Era un policía:
-Seguro que te
están vigilando: ya tendrán rodeada tu calle.
Volví de nuevo al
salón.
-¿Quién
era?-preguntó mi amigo.
No lo sé; ya no
me acuerdo.
No puedo
respirar. Tengo que salir de aquí. Saco la cabeza del agua...
Qué pena; no lo
he conseguido.
Cuando al fin me
quedé solo, fui a visitar a otro amigo. Se trata de un compañero que tiene una
red clandestina en contra del régimen. Aunque siempre ha sido sospechoso
habitual, nunca le han llegado a pillar; por tanto, todavía sigue libre, quizás
no por mucho tiempo. Le comenté mi problema; lanzó un sonoro bufido.
-Jodeer...
Yo asentí. Claro,
¿qué iba a hacer?
-Lo tienes crudo,
chaval: ahora mismo, ya te estarán espiando un par de hombres. Fíjate, seguro
que si te das la vuelta en mitad de la calle, te encuentras pegados a un par de
tipos con gabardina oscura a tu espalda. No te van a dejar moverte ni un solo
paso; no van a permitir que trates de huir, o que te marches del país. Créeme:
si ellos quieren que lo hagas, ten por seguro que lo harás.
Volví a casa un
pelín descorazonado. Fue entonces cuando empecé a planear cuál sería el método
más apropiado para el suicidio. No se crean ni mucho menos que es fácil. ¿Un
cuchillo de cocina? No, imposible. Antes de que pudiera desangrarme, los
agentes del Gobierno llegarían, y me sacarían la médula para ofrecérsela a su
líder. ¿Saltar desde la terraza? Complicado hacerlo desde un primero, lo más
probable es que simplemente acabe con una pierna rota y, sobre todo, una enorme
cara de gilipollas. ¿Ahogarme?
Una ventaja es
que el cuarto de baño no tiene ventanas.
Pero nada; no
pude hacerlo. No tengo fuerzas para llevarlo a cabo. Puede que, después de
todo, y sin esperármelo demasiado, le haya cogido un cierto cariño a la vida:
no sé por qué habrá sido exactamente. Quizá por las flores del campo, el ruido
del ascensor cada vez que llega a su piso, la forma en que la lluvia cae hacia
arriba cuando hace viento... Hasta el pequeño placer de la lectura en el baño
durante mis evacuaciones matutinas. Todos esos pequeños placeres te suenan,
cada uno, cuando piensas en abandonarlos, como algo tan fenomenal... Además, no
era así como esperaba acabar: no era eso lo que se había imaginado mi madre
para mí cuando me vistió de marinerito en la primera comunión, ni tampoco es lo
que creo que me merezca. En el fondo, no he sido una mala persona: he dado
limosna en la iglesia, he ayudado a viejecitas a cruzar la calle, procuro no arrojar
papeles al suelo... Lo de la mujer del panadero no cuenta.
Además, siempre
existe un pequeño detalle el cual, por muy insignificante que se antoje, no puedo
del todo obviar. Y es que, a pesar de todas las ventajas evolutivas que nos
otorgó Dios, éste nos entregó a cambio un pesado lastre que nos impide avanzar por
completo como especie: los escrúpulos. Sí, ya lo sé, es una tontería, pero no
soy capaz evitarlos. Y, al fin y al cabo, eso de negarte a donar a alguien tu
médula, incluso aunque ese alguien se haya cargado a cientos de personas,
implica un dilema ético. Y los dilemas, ya se sabe, casi nunca permiten
desenlaces felices. Pregúntenselo si no a Hamlet.
Tal y como me
encontraba, sólo podía pensar en alguien a quien consultarle mi duda
shakespiriana: y por eso me fui a la cárcel, a visitar a un tercer amigo, uno
de los disidentes. Le conté toda la historia, le desgrané mis cuitas; describí
las alternativas; le pregunté qué era lo que se suponía que tenía que hacer...
Si había de ser un traidor a la causa de la vida, o concederle un cheque en
blanco de diez, veinte años, a alguien de cuya existencia dependía la libertad
de tantísima gente...
Pero mi amigo no dijo
nada; mientras yo tapaba mi cara con las manos, y trataba de que no me
embargase la emoción, él simplemente pasó el brazo por mis hombros y me instó
con un cálido: “ánimo”. Aquel intento de consolarme no hizo sino provocar que
me sintiera más culpable todavía; y que me pareciera, cada vez más, que, con el
gesto que me veía obligado a realizar, iba a ser yo, personalmente, quien
firmara la sentencia de muerte de la misma persona que en aquellos momentos intentaba,
a pesar de los barrotes, darme un abrazo...
Ya estaba
completamente resignado: no había otra solución. Me entregaría, y dejaría que
me extrajeran hasta el tuétano, para consumar por fin mi traición definitiva.
Aunque, bien mirado, pensé, siempre me puedo tomar una pequeña revancha.
Aquella noche,
visité los barrios de fiesta de mi ciudad. Me moví entre los juegos malabares y
los vendedores de frutas exóticas. Y penetré en un local (Santería,
Adivinación) que seguro que a los espías que me vigilaban no les inquietó especialmente:
no sabían lo que les esperaba. Por fin pude consumar mi venganza.
Pasaron los días:
me extrajeron la médula. Esperaba contemplar de un momento a otro las imágenes
por televisión del dictador, claramente restablecido. Y en efecto, las vi, pero
no de la forma en que esperaba. Resulta que al final, el rumor que había
escuchado no tenía fundamento: el dictador estaba enfermo, sí, pero de otra
cosa, nada que ver con las donaciones. Pero entonces, ¿a quién puñetas había
regalado yo mis células?
Eso nunca lo
sabré: lo que sí sé, es que aquel que la haya recibido, tiene un problema.
Porque, después de mi visita a aquel local de vudú, mi sangre ya no es la
misma.
A ver la cara que
ponen los médicos del receptor cuando comprueben que, al auscultar el corazón
de su paciente, el sonido que sus latidos provocan, con mi sangre deslizándose
entusiasta, bañando danzante sus cámaras, sigue un ritmo que es el mismo, con
diáfana musicalidad, que el del Himno a
la Alegría.
* * *
¿Verdad que
hubiera sido bonito que el final de esta historia hubiera acabado así?
Sin embargo, por desgracia, las cosas no siempre
suceden de la manera que uno desea. Que más me hubiera gustado a mí me que hubiera
sido éste el “The
end”, en plan realismo mágico, o incluso que yo, en un acto supremo de
valor, hubiera iniciado una revolución, derrocado al dictador, instaurado la
libertad, y conseguido una pequeña mención en la parte inferior derecha de una
página interior de algún periódico. O, al menos, y ya en busca de objetivos más
modestos, que yo me hubiera negado, con toda la valentía del mundo, a servir de
donante, y hubiera desafiado al régimen y a toda su maquinaria, sirviendo de
gallardo ejemplo para todos los rebeldes del mundo.
Sin embargo, yo nunca he asumido el papel del
héroe: me he sentido mucho más a gusto representando al gracioso de la farsa,
el patoso del baile, o el payaso en las fiestas de los niños. Nunca he sido un
hombre valiente, ni mucho menos: en la comedia de la vida, fue a otros a quienes
les tocó representar al joven apuesto que salva la vida a la doncella, mientras
que a mí me correspondía ser el juglar que amenizaba la obra, el secundario al
que todo el mundo aplaudía, pero que nunca se llevaba a la chica. El que, cada
vez que tocaban a batalla, se las ingeniaba para escapar furtivamente por la
puerta de atrás. Para bien o para mal, ése ha sido mi rol, el de la sonrisa
irónica y el reírse de uno mismo, antes del de invocar a los padres de la
patria. Y en esta ocasión, por supuesto, tenía que seguir siendo así.
Ahora bien, hubo una cosa que tenía muy clara: no
le daría mi médula al dictador. Dos de mis tíos y mi hermana murieron a causa
de él; y por muy deleznables que parecieran mis actos para cualquier ser
humano, ésa era mi opción, la que debía mantenerse. Pero también sabía que los
hombres del dictador me impedirían cualquier paso que pusiera en peligro esa
promesa de años de vida, en forma de reservorio sanguíneo andante (me sentía un
poco como una morcilla), en que yo me había convertido para su jefe.
Por eso, aquella noche, telefoneé a Olga.
Mi relación con Olga siempre fue extraña: mientras
estuvo cerca de mi área de influencia, no la toqué ni una sola vez. La
contemplaba, humildemente, poniéndose las medias con el pie apoyado en el
alféizar de la ventana, exhibiendo un atrevido escote mientras me comentaba el
último cotilleo que había escuchado en la calle sobre cualquier vecino. Era una
mujer atractivísima, tropical, con unos andares sensuales que harían que el típico
tipo al que los mafiosos encierran en una cámara frigorífica solicitara más
hielo: algunos incluso afirmaban que las bananas se salían disparadas de sus
cáscaras, desde lo alto de los árboles, a su paso, y que los perros la
perseguían en tromba, agrupados en cuadrilla, durante varias manzanas a lo
largo del barrio. El niño de la beata señora Julia rezaba por ser cura hasta
que la vio pasar a su lado, y ella, mientras tanto, respondía a todos los
piropos de los hombres con la misma enigmática sonrisa que hubiera sostenido la
mismísima Nefertiti; claro que habría que ver si Nefertiti se hubiera
comportado de la misma manera si hubiera cobrado a veinte dólares la hora.
En todo caso, y como mencioné antes, yo no tuve la
ocasión de disfrutar de sus encantos. Como ya les he explicado, en las obras de
teatro yo soy de los que no se llevan a la chica. Nuestra relación era más de
amistad, de mutua confianza, de revelarme sus problemas, e incluso alguna
anécdota interesante que le hubiera ocurrido en el trabajo (confidencias no; para
eso, Olga era muy discreta; secreto de confesión, solía denominarlo ella). Todo
prosiguió más o menos de esa manera, hasta que a Olga le diagnosticaron de SIDA.
Como se pueden imaginar, aquello fue el fin de
todo. La gente se apartaba a su paso; los que más la habían deseado se horrorizaban
al pensar que les pudiera siquiera rozar. Lo que otrora fueron alabanzas se
convirtieron en condenas. Esto le ha ocurrido por ser como es, afirmaban unas,
Esa golfa, añadían otras, se lo tiene merecido. Y yo (que, antes de que todo
esto sucediera, supe ver que también había un ser con alma propia, detrás de
aquellas hermosas curvas) me sumergí sombrío en la melancolía cuando comprobé
que, un día cualquiera, ella, simplemente, se había marchado de su casa sin tan
siquiera decir adiós; y, desde el alféizar de mis ventanas, ya sólo se veían
los pájaros.
Pero ahora, en estas circunstancias, la llamé; los
espías, en su inocencia, no pudieron sospechar quién era. Había quedado tan
demacrada, tan afectada a causa de la enfermedad, que, conforme caminaba por la
calle con un bastón, temblándole las piernas, pasaba perfectamente por una
anciana de ochenta años. Y por ello, la dejaron seguir andando, y que subiera
hasta mi habitación.
El
reencuentro fue triste: yo la había
conocido en todo su esplendor, y ahora la contemplaba en su cénit. Hablamos un
poco de los viejos tiempos; de momentos más felices; de días probablemente más
brillantes. Le conté lo que me pasaba. Le comenté lo que había ideado, y el
papel que jugaba ella en todo aquello. Olga, sin embargo, no quiso hacerlo; me
decía que no podía, que no era capaz de hacerme esto a mí. Entonces yo le
expliqué que no se lo pedía porque fuera la única manera de salir de este
atolladero: sino que el hecho de encontrarme en este lío me daba la única oportunidad
que tenía de llevar a cabo algo que, desde hacía mucho tiempo, estaba deseando
poder hacer...
Cuando Olga salió de mi casa, ella era ligeramente
distinta; no cambiaron ni su rostro con arrugas ni su delgadez hasta los
huesos; siguió caminando con temblor sobre unas piernas tan, tan finitas, que
parecían estar a punto de quebrársele; pero sí que se alteró una cosa. Y es
que, cuando entró en mi casa, ella era tan sólo un resto de lo que había sido.
En cambio, cuando salió por la puerta, Olga se sentía, para todos los efectos,
con todo el orgullo, y con todas las lágrimas, por primera vez en muchos años,
una mujer....
Al día siguiente, los espías, junto con los
enfermeros, vinieron a recogerme para llevarme al hospital. Y yo, que, como he
dicho antes, no estoy muy acostumbrado a hacer de héroe, no esbocé ningún gesto
grandioso: sólo abrí los brazos, con una sonrisa melancólica, de bufón triste,
y confesé:
-De nada servirá que lo hagáis: me acabo de
contagiar de SIDA.
Los enfermeros se contemplaron entre sí. Los espías
también. En busca de comprobaciones, y ante la convicción que puse en mis
palabras, como toda conclusión, con una mirada confusa –y el temor reverencial
a la enfermedad reflejado en sus ojos-, se marcharon.
Después de
varios días, al fin, y después de tanta gente dando vueltas alrededor de mi
persona, de nuevo, me quedé solo.
Habrá mucha gente que condene mi acción; habrá
mucha gente que me acusará de haber provocado la muerte de un hombre, e,
incluso, refiriéndose a mí mismo, de inducir la de otro... y todo eso es
cierto...
Pero también es verdad que, al mismo tiempo que he
hecho esto, le he devuelto a una mujer la sensación de que tenía un cuerpo -el
cual un hombre podía acariciar con deseo-, de que era hermosa, y de que había
alguien que la amaba...
He dañado la existencia de una persona, sí... pero
también es verdad, si queremos verlo, que le he devuelto la vida a otra...
¿Habrá quien no sea capaz de perdonarme?
No lo sé; yo esta noche, por si acaso, he vuelto a llamar a
Olga...
lunes, 8 de marzo de 2021
El libro de marzo: "Cuando las sirenas no eran las nuestras", de Juan M. Domingo Toral
Recuerdo una película de James Bond donde, muy cerca de la hecatombe final que está a punto de avecinarse siempre en esta clase de films, el espía británico se deja guiar por un hombre que conduce el tráfico, un policía con el típico chaleco de emergencias fosforescente. En ese momento pensé algo que suelo decir con frecuencia desde entonces, y es que una sociedad avanzada es aquella en la que los individuos esenciales son los que visten un chaleco amarillo fosforescente. O tal vez una bata de médico, un uniforme de enfermero, una toga de juez, o la vestimenta propia de cualquier tipo de servidor público. Y, en vez de un Adonis apolíneo como James Bond, son más altos, más bajos, gorditos, tienen rostro de hombre y mujer, edades variadas, pero se caracterizan por una cosa: el sentido de cumplimiento de su deber y, si es posible, de abnegación a los demás. Parece que durante la epidemia de COVID hemos redescubierto de nuevo este concepto, que esperemos que nunca volvamos a olvidarlo.
Toral nos cuenta detalles con nombres y apellidos; personaliza vivencias que sufrieron muchos a través de unos pocos con los que podemos identificarnos con el día a día de Madrid, que tiene que lidiar con sus problemas normales (en cuanto a incendios, y a todo lo demás), y además los derivados de la guerra, especialmente de los bombardeos, que dejan arrasadas zonas enteras de la capital. Sentimos como propias la falta de personal y el exceso de trabajo extenuante. Y, al final, estamos tan cansados, que la última puntilla final está allí para rematarnos. Pero también encontramos ejemplos de solidaridad espontánea, de apoyo mutuo, voluntarios infatigables y, sobre todo, personas que mantienen su juramento, permaneciendo al pie del cañón cuando casi cualquier otro se hubiera dado la vuelta para salir corriendo. Esos héroes anónimos a los que pocas veces se les agradeció el esfuerzo. Para eso sirven esta clase de textos.
Un último apunte, ya desde el punto de vista editorial. El libro -escrito con sobriedad y humanidad- ha sido redactado a partir de un antiguo bombero con más de treinta años de experiencia, que ha tenido acceso de primera mano a los archivos históricos. Es el típico relato que, si yo fuera editor, intentaría atrapar antes de que me la arrebataran. Ha sido publicada por Libros.com (a la que, por cierto, pertenece el -esperemos- próximo gran éxito que saldrá de la pequeña factoría de la historias de la que forma parte este servidor), una editorial especialista en crowdfunding. Grandezas o miserias del mundo literario actual, han sido los lectores los que han decidido que este libro se publique, lo cual da para muchas reflexiones en toda clase de sentidos. Aunque, al final, son siempre después de todo los lectores quienes nos mantienen en pie. Sirva esta frase de agradecimiento a aquellos que nos sustentan a los que intentamos contar historias. Muchas gracias a todos.
lunes, 8 de febrero de 2021
Los libros de febrero: "La España vacía" y "Lugares fuera de sitio", de Sergio del Molino
En 2016, Sergio del Molino publicó "La España vacía", un término que se ha hecho tristemente popular (a pesar de que ahora se prefiera el concepto de "España vaciada") para definir a aquellas regiones del país, lejos de los centros neurálgicos de población y de poder, situados principalmente en las dos Castillas y Aragón, que se habían ido despoblando por el paso de los años y que ahora están llenos únicamente de aldeas desérticas, casas abandonadas, y servicios que se caen a pedazos porque no hay quien los ocupe ni gente a la que ofrecérselos. Lo cierto es que "La España vacía" es un libro extraño. Con un ingente trabajo de documentación a sus espaldas, sin duda con mucha erudición y enormes cantidades de literatura (se nos mencionan los clásicos "La lluvia amarilla" y "El disputado voto del señor Cayo", pero también una variada retahíla de referencias mucho menos conocidas), aparte de una primera nube de datos para definir la cuestión, no se detiene a indagar las causas que han provocado que esa parte de España esté vacía, y ni siquiera llega a convencernos del todo de por qué es malo que esto sea así, tanto para sus ocupantes como para el resto de los componentes del estado del que forma parte. En lugar de eso, el libro trata de explicar la España vacía, como insiste Del Molino, "desde dentro de sí misma", recurriendo a sus conceptos más imperecederos: el Quijote, Bécquer, Unamuno, las Hurdes, desmitificando viejas leyendas a la vez que dando una de cal y otra de arena sobre las nociones arquetípicas que rodean este entorno. En ese sentido, sales del libro igual que como entraste en cuanto al futuro (no aporta soluciones, que probablemente, por otra parte, serán tan especulativas como inciertas), pero al menos te proporciona muchos temas sobre los que pensar respecto al pasado y al presente.
Hay una cierta dinámica en la industria editorial (y también en otras) que cuasi obliga a que, si un escritor ha triunfado en un campo, debe persistir en el mismo, le guste o no. De hecho, ciertos escritores han tenido hasta que recurrir a pseudónimos más o menos crípticos si su propósito era cambiar de rumbo. No sé si éste es el caso de Sergio del Molino pero, en todo caso, la insistencia le ha sentado bien. "Lugares fuera de sitio", su segunda incursión en el ámbito de la geografía humana, se centra en aquellos lugares de España o sus proximidades que poseen características anecdóticas, fronterizas, especiales, únicas. Que viven a caballo entre dos países o presentan aspectos que les han colocado en una ambigüedad anómala, lo cual se presenta como una cualidad positiva que los dota de un atractivo exclusivo. Se mencionan Gibraltar, Andorra, Ceuta y Melilla, los pueblos alrededor de "la Raya" entre España y Portugal, cada uno con su idiosincracia y problemática en cuanto a cultura, identidad, delincuencia, cuestiones económicas y sociales. También se nos habla de algunos "enclaves", esa palabra con la que se designa a lugares rodeados por completo de un único territorio distinto; algunos de ellos los mencionamos en este post que trataba sobre Llivia (de la que por cierto del Molino amplía información con jugosos detalles), aunque el autor también menciona otros como Treviño o Petilla de Aragón, y de paso se atreve a comentar el origen de la división provincial de España realizada por Javier de Burgos. Del Molino insiste en que éste no es un libro de viajes, aunque en algún momento él mismo ironiza con que se parece sospechosamente a uno, pues las descripciones a nivel de suelo evocan un cierto aroma periodístico, el ámbito de donde el autor procede. Una vez más, aprendemos mucho de este texto, sobre todo a nivel humano y, como todo buen libro de viajes, redescubrimos que, cuanto más nos alejamos del terruño, más nos damos cuenta de que la humanidad es sustancialmente, en todas partes, muy similar.
Un detalle que no menciona Del Molino en este último libro. Cuando Javier de Burgos realizó su (muy bien lograda, como explica el ensayo) división administrativa en provincias, tenía otros condicionantes a tener en cuenta. Si os dais cuenta -tranquilos, yo tampoco me percaté hasta que no me lo dijeron-, buena parte de las fronteras entre provincias dividen comarcas naturales, las cuales poseían una organización interna que se había creado gracias a la costumbre y la historia (un ejemplo: las Alpujarras se repartieron entre Granada y Almería; la serranía entre Teruel y Cuenca quedó dividida en dos provincias). ¿El motivo por el que el reformador hizo esto? Dicen que, en una España gobernada por los caciques, De Burgos quería obligar a que los dominadores de facto del territorio tuvieran que lidiar con dos gobernadores civiles para lograr sus propósitos, y eso -supuestamente- evitaría que camparan a sus anchas. "El problema", confesó quien me reveló esto en su día, "es que con el tiempo se demostró que podían sobornar no sólo a dos gobernadores civiles, sino hasta a tres, y los que hiciera falta". La anécdota viene a reflejar que los problemas no resueltos del pasado siguen prolongándose en el tiempo, lastrándonos y haciendo que nunca resulte fácil solucionar los dilemas del presente. Aun así, seguimos intentando solucionarlos. Porque rendirse sobre nuestro futuro, desde luego, nunca es una buena opción.
lunes, 25 de enero de 2021
El relato de enero: "Pis de gato".
Pis de gato
Aminata pasea,
solitaria, por los parajes desiertos del extrarradio de la ciudad. A su lado,
Nasiru trastabilla, aún con caminar vacilante y torpe, tratando de seguir zigzagueante
los pasos de su madre. El lugar por donde transitan, ciertamente, no es el
mejor de los paraísos: está lleno de coches estropeados, y de basura, y de una
sensación de moho y de podedumbre que rodea, con su fétida extensión, los
cuerpos ensimismados de ambos. Pero ninguno de los dos lo huele: no detectan el
olor. Lo cual les resulta beneficioso, pues de allí procederá la cena de esta
noche. Sin embargo, el que sus fosas nasales no aspiren este hediondo aroma no
se debe ni mucho menos a cuestiones utilitarias. Ni tampoco a que se tapen la
nariz con las manos. Es una simple cuestión de saturación de receptores: los
suyos están cubiertos por algo más.
-Hueles
a pis de gato.
Le
expresó su marido a Aminata, con desprecio. Y Aminata no necesitó tocarse debajo de la falda para saber que, en
efecto, estaba mojada, y para reconocer que el hedor desprendido era muy
similar al que dejaban las eyecciones que cierto felino callejero tenía la
indecencia de liberar cuando entraba y salía de la casa, dedicándose a
juguetear con los niños, o apareciendo inesperadamente en el cesto de la ropa
sucia.
-Te ocurre desde el parto –le
exhortó el hombre aún más agrio, a lo cual Aminata, cosiendo cuidadosa mientras
los churumbeles revoloteaban por la cocina, no respondió nada, pues nada podía
hacer.
-Si esto sigue así –determinó él aún
más firme-, vamos a tener que hacer algo.
Y vaya que si lo hicieron.
La Madame de la Orina, la llaman. O
la Reina del Pis, también. Así la denominaban los vagabundos que se iban
encontrando por las ciudades, los cuales se apartaban de ella y la dejaban
aislada en derredor de los fuegos que encendían por la noche para
proporcionarles calor. Con el niño no, al niño estaban siempre dispuestos a
acogerle, sobre todo alguna madre, alguna viuda, cierta mujer que había perdido
un hijo, pero Aminata se negaba; había oído que era prudente desconfiar de la
bondad de los extraños, y no sería ni la primera vez ni la última que a un
muchacho indefenso le obligan a cambiar de progenitores. Por eso no se separaba
de Nasiru ni un segundo, aún en la noche. Eso le obligaba a su hijo a soportar de
forma continua el hedor nauseabundo que emitía su madre. Por eso Aminata
lloraba. Esperaba que las lágrimas atenuaran un poco la peste.
La
fístula vesico-vaginal es una afección relativamente común entre las mujeres
que acaban de atravesar un parto, sobre todo si éste ha sido complicado, es el
último de numerosos alumbramientos, o si la mujer es muy joven, aspectos todos ellos
que suelen concurrir entre las esposas africanas. El origen del problema es
sencillo: como consecuencia de una lesión, se crea un pequeño conducto que une
las paredes de la vejiga urinaria con la vagina, de tal manera que entre ambas
cavidades se establece una comunicación. A causa de ello, y al llenarse la
vejiga umbilical, el líquido tiende a viajar por esta abertura, yendo a parar la
vagina, y mediante esta vía sale al exterior de manera no controlable. De ahí
el síntoma principal, la incontinencia urinaria. Esta enfermedad existe también
en Occidente, y de hecho es bastante frecuente que las parturientas padezcan de
incontinencia durante los días posteriores al parto. No obstante, allí el
problema es menor, ya que basta una sencilla operación (apenas un corte y un
par de puntos bajo anestesia local) para ponerle fin al problema. Pero en
África, incluso un pequeño paso como éste constituye un obstáculo insalvable.
Las afectadas lo sufren, y padecen también el rechazo y la deshonra de su casa
y su comunidad, al no conservar, además, la posibilidad de engendrar más hijos.
La mayor parte de las veces, sus propias familias las obligan a marcharse.
Ninguna de ellas llega a volver.
Se quedaron con los niños. Su
cuñada, su suegra, dijeron que estarían mejor
a su lado, que debían quedarse con ellas. Se los arrebataron, se los
robaron, se los arrancaron, como si lo hubieran hecho desde su mismo vientre.
Tan sólo le dejaron conservar a Nasiru, ya que debido a su corta edad aún
necesitaba la leche de de su madre para poder sobrevivir. Por eso, se lo cargó
a la espalda, como si se tratara de un bulto más del equipaje (que no tenía) el
cual debía arrastrar a lo largo del camino (que tampoco existía). El trayecto
lo iría creando, conforme avanzara a cada paso.
La
fístula vesico-vaginal está íntimamente asociada a fetos recién nacidos muertos
–con lo cual la pérdida es doblemente dolorosa-, y al desamparo social que
lleva consigo. La mayor parte de las mujeres, perdida su condición de futuras
madres (prácticamente la única por la que se les considera útiles), encuentran
como sola salida la mendicidad o la prostitución. Se calcula que existen hasta
doscientas mil mujeres afectadas por esta dolencia, sólo en el norte de
Nigeria. En el resto de África, los datos son desconocidos. El primer síntoma
de pobreza es la falta de estadísticas.
Aminata se dirige hacia el barco. Ha
escuchado que hay al norte, y al oeste, en algún punto ilocalizado de la costa,
un barco repleto de cirujanos, de médicos blancos, procedentes de distintos
países, y que hablan distintas lenguas. Estos cirujanos se dedican a ayudar a gente
como a Aminata, y a librarles de su enfermedad. Aminata no se acaba de creer
esta historia; piensa que se trata de un cuento, como los que le relata a
Nasiru por las noches para ayudarle a dormir. Pero la sola esperanza de que
acaben con su problema es estímulo suficiente para seguir caminando. Incluso
aunque le salgan ampollas en los pies; incluso aunque ya no le queden zapatos.
Otra
causa muy frecuente de la fístula vesico-vaginal es el gishiri. El gishiri se realiza a aquellas mujeres que son demasiado jóvenes para mantener
relaciones sexuales, y por tanto tienen la vagina demasiado estrecha. Consiste
en un corte aplicado desde la vagina hacia el periné, cuyo objetivo es el de
ampliar el tamaño del conducto vaginal, haciéndolo accesible para la
penetración. Este gesto puede causar hemorragias, perforación de la vejiga y
del recto, y en el caso de que la mujer sobreviva, una fístula vesico o
recto-vaginal. El gishiri se practica
en numerosas aldeas africanas, y su nombre proviene de la voz de origen hausa
que significa “sal”. Esto es debido a que el largo cuchillo con el que se
practica esta incisión es muy similar al que empleaban los comerciantes árabes
que cruzaban el desierto (y hacían tratos con las tribus africanas) para
separar los bloques de sal que determinaban para la venta. De ahí que el gishiri
se denomine también “el corte de la sal”.
Así comienzan la mayor parte de las mujeres su vida sexual en África.
Cuando alguien salva tu vida de una
maldición que no comprendes, ese alguien se llama Dios. Por eso, Aminata ha
escuchado que muchas de las mujeres que se curan en este barco se vuelven de la
religión de la gente que las han ayudado. Dicen que ésta es más tolerante, y
que les trata mejor. No obstante, muchas de ellas siguen siendo musulmanas, o
de cualquiera de las muchas creencias que pueblan este vasto continente. Estas
mujeres afirman que lo importante de las religiones no es el nombre del Dios:
sino ese toque sutil, pero necesario, que constituye la disposición del alma
con la que se profesan.
En
realidad, todas estas variantes no son sino expresiones exageradas de un
concepto que se encuentra ampliamente arraigado en África y en los países
musulmanes: el del sexo seco. Esta práctica se basa en el hecho de considerar
que el acto sexual consiste en la simple y pura penetración (casi sin
lubricación además), de tal manera que se olvidan los preliminares, las
caricias, e incluso el contacto con otras partes erógenas. Muchas mujeres
contribuyen a perpetuar esta idea introduciéndose arena u otros materiales en
la vagina, los cuales aumentan la sequedad en la misma, produciendo un mayor
placer en el acto sexual para el hombre y un dolor muy desagradable para la
mujer. En realidad, esta costumbre se encuentra relacionada con la creencia de
muchas religiones de que el sexo es un motivo de tabú y de vergüenza, meramente
destinado a obtener hijos, y es en muchos casos una forma más de opresión de
las mujeres a través de la negación de su sexualidad, aspecto íntimamente
imbricado con la (por desgracia demasiado conocida) tradición de la ablación
del clítoris. Para algunas personas muy mezquinas, el amor se fundamenta, por
definirlo con precisión, en que el ser amado no lo sepa.
A pesar, sin embargo, de su terrible
olor, Aminata y Nasiru han podido relacionarse con otras comunidades humanas, y
mantener un contacto más fuerte con ciertos individuos aislados. Han conocido a
algunos de los viajeros que se dirigen hacia el norte, hacia Mali o Mauritania,
con el objetivo de poder embarcar en una barcaza rumbo hacia el norte, en
dirección a esos países de nombres tan intrincados que no saben ni pronunciar.
Muchos llevan años en el camino; han quedado encarcelados antes de llegar a su
sueño; han acabado separados de sus familiares o los amigos con los que
viajaban; y sin embargo, a pesar de su soledad, y de la pérdida de los sueños
compartidos que los ausentes llevaban consigo, esas personas vuelven a recuperar
la ruta, anhelantes, en cada ocasión que tropiezan, una vez más. También (a
pesar una vez más del insoportable hedor), han sabido rodearse de una pequeña
comunidad de viajeros, quienes se dirigen a lugares más o menos comunes, y
entre los cuales se incluyen una pareja de niños, dos ladronzuelos, los cuales
son su principal soporte para sobrevivir. Pese de la diferencia de edad, ese
par de zagalillos se dedican a juguetear alegres con Nasiru: lo tratan como si
fuera su muñeco, porque efectivamente, casi lo es, sosteniéndole, así, tan
pequeñito entre las manos. Cuando Aminata los ve, agacha la cabeza y sonríe.
Aprovecha esos momentos para lavarse la ropa. Quiere que cuando su hijo vuelva,
la encuentre oliendo a rosas.
Pero
muchas veces, el sexo seco no se debe a una cuestión de intolerancia o de
creencias religiosas, sino a un aún más primitivo y endémico mal: la
ignorancia. Se da el caso de cierta monja que fue a predicar a un punto remoto
del África subsahariana. Allí se encontró con que muchas de las mujeres que
venían a consultarle mantenían una prácticamente nula relación con sus maridos,
y que sus vidas eran apagadas, tristes y oscuras. Y, con toda probabilidad,
aquello no era lo mejor que se le podía pasar por la cabeza a una monja, pero a
ésta se le ocurrió -por una extraña asociación de ideas-, que el concepto con
que las mujeres se veían a sí mismas, en relación al acto conyugal, se
encontraba en estrecha relación con cómo se consideraban -en el aspecto social-
como entes pasivos, en lugar de activos y partícipes de sus propias vidas. Por
eso, y aunque en un principio le daba cierto reparo (de acuerdo, era para una
práctica dentro del matrimonio, pero Dios santo, ¡era “sexo”!), la monja se
puso a leer más y más libros sobre sexualidad, y a proporcionarles a las
mujeres a las que atendía algunos valiosos consejos, recién aprendidos, sobre
este singular y muy estudiado tema. Los resultados, sorprendentes, no se
hicieron esperar.
Un día, los ladrones decidieron adentrarse
en terreno peligroso. Llevaban varios jornadas sin comer, y aquella incursión
era fundamental para la pitanza de esta noche. El premio: una jugosa y
reluciente pierna de cordero, colgada de un garfio de la grasienta carnicería,
custodiada por un terrible cancerbero de orondas carnes y un grandísimo
cuchillo de cocina en las manos. La táctica era muy simple, digna del mejor
estratega napoleónico: uno de los muchachos despistaría al carnicero, mientras
que el otro agarraría la pata de cordero, y saldría corriendo. Un momento de
tensión se sucedió en el ambiente, y también en los corazones y en los
estómagos de la pandilla de desarrapados que seguían la batalla en directo
desde detrás de un escondrijo. El muchacho cubrió con sus brazos el ansiado
premio, y comenzó a escapar con toda la velocidad que le permitían sus piernas.
El coloso carnicero corrió detrás de él, amenazándole desde lejos con el
gigantesco cuchillo de cocina, asemejando que tenía la intención de arrojárselo
a la cabeza en cualquier momento. La persecución se siguió frenética,
implacable, a través de las estrechas callejuelas de los barrios, mientras el
carnicero se iba poniendo más y más colorado, resollando con cada vez más enojo;
parecía que en un momento iba a caerse redondo para no volverse a levantar.
Finalmente, el muchacho encontró un hueco por debajo de una valla metálica, la
cual constituía su vía de salvación: se introdujo debajo de la valla, pero se
quedó encallado entre el suelo y esta última. El carnicero estaba más cerca, le
iba a alcanzar, le iba a alcanzar, llegó incluso hasta a tocarle, pero, en el
último momento, el niño pasó, y el carnicero se quedó al otro lado, agotado, con
un palmo de narices. Mientras tanto, en ese extremo de la frontera, y por las
callejuelas anexas, los dos ladrones se reunieron, y con ellos todo su grupo de
despechados, que los alzaron a hombros, mientras uno de ellos (el que había
tenido el valor de correr) sostenía la pierna de cordero en lo alto, agarrada
del hueso, mientras le daba la otra mano a su hermano. Para aquel niño negro, aupado
por ese equipo de desahuciados humanos, levantar aquella pierna de cordero,
sosteniéndola como un trofeo -cual un cetro-, era, en su exaltación, como
levantar la Copa, al celebrar la victoria, del Campeonato del Mundo.
Y
efectivamente, los resultados llegaron, de manera súbita, inesperada, y
extraordinaria también. Las mujeres a las que ofrecía sus consejos volvían al
centro social radiantes, con los ojos tintineando juguetones, elevadas en una
nube de la que parecían no querer desprenderse, contándole a la religiosa lo
mucho que habían mejorado sus relaciones sexuales desde que habían incorporado
los preliminares, los susurros escondidos, nuevas posturas y variantes, y sobre
todo, el situar no como hecho principal -sino como último fin de fiesta- el
acto definitivo de la penetración. Estas mujeres les contaban sus experiencias
a otras mujeres, y éstas a su vez a otras distintas, de tal manera que el
secreto de la monja sexóloga fue corriendo con rapidez por toda la aldea, y
haciéndose cada vez más conocido. Pero lo que más le conmovió a la religiosa
fue que, insospechadamente, también los varones vinieran a visitarla,
agradeciéndole los consejos recibidos, y preguntándole si a la oficiante
católica si ésta los practicaba muy a menudo. Y mientras tanto la mujer,
avergonzada, sonreía y se ruborizaba, y no podía parar de pensar en que este descubrimiento
de que las mujeres (aparte de vagina) eran también pechos, labios, boca, palabras,
podía significar al mismo tiempo, para los hombres, un renacer de la valoración
social de sus compañeras, y de su papel -además de como incubadoras de hijos-
como una parte más en el conjunto de la pareja. Ni brujas, ni esclavas.
Simplemente, amigas. Sencillamente colaboradoras, en este difícil trance que nos
impone cada día la vida, y con el que es muy complicado (si estamos solos) coexistir...
Y
Aminata sigue caminando, cansada y sola por la playa iluminada por la luna,
acompañada tan sólo de su hijo, el cual corretea, patitas pequeñas, andando tranquilo
justo a su lado. Pero mientras Aminata continúa avanzando, comienza a detectar
bajo su falda el inequívoco síntoma de la irritación causada entre sus muslos a
causa de tanto orinar sin parar. Se detiene entonces a un lado, justo al borde
de la orilla, para poder tomarse un descanso. Y entonces, Nasiru se acerca a
ella, y medio dormido, la abraza. Aminata trata de apartarle de él.
-Aléjate, hijo. Te abrazo después; aléjate, hijo.
Pero el niño niega mimoso con la
cabeza.
-Si no me abrazo junto a ti, no me
puedo dormir... Necesito tu olor...
Y la madre, frunciendo los labios,
le pega un capón de ésos que duelen más después de un rato.
-¡Ay!-grita dolorido el niño, pero
la madre le reprende, “No te rías de tu madre”.
-Si no me río, de verdad. Necesito
tu olor para irme a la cama. Me huele muy bien. Si no me quedo dormido
oliéndolo, tengo pesadillas todas las noches...
Y la abrazó aún con más fuerza.
-Es tu olor. Es mi olor. Es olor a
mamá...
Y es como en un juego infantil,
gritar: “¡Casa!”, significa lugar seguro, refugio.
Aminata le apretó muy de cerca, para
que Nasiru no pudiera sentirle las lágrimas...
Y mientras tanto, ambos siguen
caminando, siguen desplazándose, en marcha sin pausa hacia un barco que quizás
nunca jamás existió. Pero lo importante, bien lo sabe Aminata, no es el final
del camino...
Es tan sólo disfrutar.
Nota:
el barco que se menciona en la historia existe, y es real. Se llama Mercy Ship,
y se dedica a bordear la costa africana realizando extirpaciones de tumores y
operaciones aparentemente sencillas, pero que arreglan la vida a muchas
personas. Otros dispensarios médicos en África contribuyen a reparar los daños
físicos y sociales de la fístula vesico-vaginal.
Los
hechos narrados en este relato son reales, o basados en los mismos. Con sólo
una excepción.
La
monja (gracias a Dios) no era una monja.





