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miércoles, 1 de enero de 2025

Los libros de enero: contra la opresión y el fascismo

 -La guerra de los pobres, de Éric Vuillard. El autor nos narra, en este ensayo corto, agudo como el filo de un hacha, y contundente como cada uno de los golpes de este instrumento, la historia de Thomas Müntzer, un reformador y teólogo alemán que, inspirado por figuras como Lutero o Jan Hus, pidió un evangelio que retornara a las esencias y a la protección de los más pobres, y de ahí pasó a la abierta rebeldía contra las figuras de los nobles alemanes y la desigual distribución de riqueza de su entorno, llamando incluso a la revolución violenta de los campesinos contra sus señores. Una lectura intensa acerca de los revolucionarios que parten de los principios más básicos, y se atreven a enfrentarse a fuerzas que se hallan muy por encima de su capacidad.
Imagen de Monticello, la casa de Jefferson en Charlottesville (Virginia), hecha cuando estuve por allí.

-Mi Monticello, de Jocelyn Nicole Johnson. Para entender esta novela hay que comprender primero el lugar donde está ambientada. Charlottesville es un pequeño pueblo en Virginia donde vivía Thomas Jefferson (el tercer presidente de EEUU, y autor de la Declaración de Independencia), cuya casa, denominada Monticello, fue y sigue siendo un modelo de referencia para toda la arquitectura norteamericana posterior. En esta historia, la protagonista, mujer, negra, descendiente de una esclava que tuvo hijos con Jefferson -este episodio histórico es real- vive en un futuro no demasiado lejano donde la civilización ha empezado a derrumbarse, y gente muy parecida a los seguidores de Trump merodean, con sus camionetas, sus armas y sus actitudes nazis, asolando todo a su paso. Un grupo de refugiados, incluyendo nuestra protagonista, deciden esconderse en Monticello, a la espera del siguiente paso. La novela está escrita desde la sensibilidad interior del personaje principal (de hecho, a ratos da la sensación de que tiene poca intención de seguir una narrativa estructurada, o de explicar ciertas cuestiones de manera concreta), y desde luego lo que mejor logra es la atmósfera de sociedad derrotada, pero cuyos miembros se cuidan mutuamente mientras sea posible. En muchos sentidos, recuerda mucho a La parábola del sembrador, de Octavia E. Butler, autora (también mujer y negra) la cual consiguió crear en los años noventa una distopía tan cercana a la visión actual que tenemos del futuro -con su cambio climático, una sociedad que colapsa, y una sensación continua de "sálvese quien pueda"- que da un poco de miedo, y más cuando la adolescente protagonista cree que fundar una nueva religión es la única manera de formar un colectivo que haga frente a la nueva situación. "La parábola del sembrador" es la primera de las novelas de una saga que quedó inacabada con la muerte del autora, pero se ha convertido en una referencia de la novela postapocalíptica de todos los tiempos.

Y aquí viene uno de los motivos por los cuales "Mi Monticello" me ha llamado tanto la atención. Charlottesville es un oasis en el lugar donde está localizado -un sur mayoritariamente blanco donde es habitual encontrar pueblos pequeños en cuyo bar principal hay una bandera confederada adornando la pared-. Es una ciudad universitaria, cosmopolita, repleta de extranjeros y de mentalidad muy abierta y tolerante. Fue precisamente por eso por lo cual los zombis ignorantes que siguen a Trump (vamos a llamarles por su nombre: nazis) decidieron montar una manifestación allí, donde un descerebrado atropelló a una chica y, por supuesto, el aún más descerebrado de su jefe salió a defenderles. Por eso precisamente, el asalto a Monticello (en la ficción) o a Charlottesville (en la vida real) nos recuerda que el Estados Unidos que nacerá en unos pocos días se va muy probablemente a convertir en todo lo contrario de lo que dice su esencia. Y quién sabe cuánto más durará ese sueño de Jefferson de una ciudadanía que escoge libremente a sus representantes. No se me escapa que buena parte de culpa la tienen esos idiotas que no leerán un libro ni aunque les aticen con él. Por eso, desde esta cuenta, vamos a seguir recomendando libros: porque no sabemos si nos comerán los monguers o los fascistas (ahora mismo, son lo mismo), pero vamos a seguir defendiendo ciertas cosas hasta el final. Y, desde luego, no nos van a pillar con los brazos cruzados; ni, por supuesto, sin luchar hasta el último aliento.

lunes, 14 de octubre de 2024

La historia corta de octubre: "Niña sirena"

        Hoy ha salido la noticia en los periódicos: la niña sirena, esa monstruosidad de la naturaleza la cual fue operada con notable éxito por unos brillantes cirujanos para restituirle sus nunca poseídas piernas, ya ha dado sus primeros pasos.

          Cuando estaba en el vientre de su madre, la niña, lejos de tomar su condición como una aberración o capricho del destino, lo asumió como una condición ideal. Sumergida en el líquido amniótico, chapoteaba de un lado para otro, y lejos de dar pataditas, se dedicaba a bucear y a cerrar los ojos mientras se zambullía de nuevo en las cálidas aguas de color amarillento (algún día, al recordarlo, comenzará a darle cierto asco, al recordar que parecía y sabía a pis).

            Pero cuando nació, los médicos, sus padres, el mundo, la miraron con ojos asombrados. La vieron como lo que quisieron verla: un humano malformado. Pero se equivocaban. No era un humano: sino una sirena. Mientras constituía un animal mitológico, encajaba perfectamente con su ambiente y con su cuerpo. Considerada como humana, la transformaron en un monstruo. La operación, básicamente, la convirtió en efecto en humana: en efecto, en una humana más.

         Nadie le preguntó si quería dejar de ser sirena. Nadie le planteó la disyuntiva entre gatear y no poder saltar de la cuna (como sirena, en el mar, no hay vallas que te detengan), o seguir los bancos de peces desde el Atlántico al Pacífico. No pudo elegir.

           Hoy contempla sus piernas, con una desconcertante sensación de extrañeza, y sin saber si quejarse o si dar las gracias. Hoy, al dar sus primeros pasos, ha sido como volver a aprender a nadar.

lunes, 12 de agosto de 2024

La cultura es para el verano: tres películas y cómic

-El jugador (Rupert Wyatt, 2014), una película que recuerda al libro homónimo de Dovstoievski sobre la adicción al juego, aunque en muchos sentidos lo supera. El protagonista (interpretado por Mark Wahlberg) es un profesor universitario que cree que las cosas son blancas o negras: o se tiene éxito de manera arrolladora o se fracasa. Esto, por supuesto, cuando se trata de los casinos, le lleva a situaciones límite en las que se esfuerza en enredarse cada vez más. Atrapado por varias deudas que ponen en peligro su vida, este antihéroe tensará las relaciones con sus deudores (entre ellos, los que representan John Goodman y Michael K. Williams), su madre (Jessica Lange) y varios alumnos (incluyendo una brillante pupila a la que caracteriza Brie Larson). Los diálogos están muy bien trabajados (sobre todo las escenas en las que participa Goodman, especialmente conforme se acerca el final) y delineados con mucha inteligencia, mientras que todos los actores (hasta Wahlberg) están muy bien. Quizá sólo se eche un poco de menos que la subtrama con Brie Larson quede mejor resuelta.

-Callejón sin salida (John Cromwell, 1947; no confundir con la de Roman Polanski de 1966) parece, de inicio y por los carteles promocionales, la típica peli de cine negro que en que Bogart ejercía de matón de medio pelo. Pero no: como si fuera un teatro, te plantea un escenario muy especial (la época en que surgían edificios lujosos en el Upper East Side de Nueva York que lindaban con barrios miserables y casas de pobres; por supuesto, ese lugar ya no existe, pues todo se ha gentrificado), y te relata, de una manera costumbrista, las dramas y miserias de un contexto social muy complicado, como si con una fotografía del momento pudieras diseccionar la evolución de los personajes hacia el pasado y el futuro. Con un uso estupendo de la escenografía y del cruce de las tramas, aunque la película sea predecible en algunos aspectos, resulta sorprendente en otros. En ese sentido, un descubrimiento muy especial.

-Quiero tener una ferretería en Andalucía (Carles Pratts, 2011). Ya en este blog hemos tratado el tema (a través del libro "Entre limones") de esa extraña fascinación que tienen algunos británicos por el sudeste de España, que les lleva a cambiar de lugar de residencia y de vida. El documental "Science Fiction", que habla de las andanzas de Laurence Burton (alias "el indio") en el desierto de Tabernas incide en este aspecto, aunque más por el lado sórdido (a veces parece que el aludido huye de su propia existencia, más que buscar otra nueva). Pero el documental de precioso título que nos ocupa explora el lado luminoso: cómo Joe Strummer, el líder de la banda de punk británica The Clash (conocida por éxitos como London Calling) cambia el Londres urbano por el sol infinito y la vida tranquila de Almería, estableciendo su cuartel general entre San José y Granada. El film ofrece varios aspectos interesantes: la personalidad amable de Strummer (en contraste con el aire agresivo que, por sistema, parecía que debía ofrecer un artista punk), su búsqueda del anonimato, su carácter sencillo, y sus extravagancias con un punto poético, así como las variopintas reacciones y perspectivas de los que le rodean, incluyendo habitantes locales que no se pueden creer que delante de ellos esté el cantante de The Clash. Muy original y sorprendente.

-Marvel, 1602. Neil Gaiman (como comentaremos más adelante en un podcast que estamos deseando mostraros) le ha dado a todos los palos. En la novela gráfica, se sacó de la manga (o le encargaron: no le tengo muy claro) esta historia que básicamente coloca a los personajes de Marvel en la Inglaterra isabelina. Lo más interesante es intentar descubrir bajo qué efigie se representa cada uno de los personajes míticos de la franquicia de superhéroes, gracias a lo cual le perdonamos que ciertos recursos se los saque un poco de la manga. A nivel visual, estupendo. La trama, muy bien hilada -parece mentira que Marvel no se ambiente de normal en esta era-.

lunes, 17 de junio de 2024

Las historias cortas de junio: "Mi mendiga de la peluca de colores"

            Hay una mendiga que siempre está rondando Plaza Castilla. Normalmente, los mendigos visten ropas marrones, muy normales, de esas típicas que les regalan en las instituciones de caridad. Sin embargo, ésta se dedicaba a peregrinar por los múltiples albergues e iglesias, y solía encontrar prendas muy hippies, como faldas de colores -largas hasta la rodilla-, que se ponía en sus largos paseos por Mateo Inurria, en los cuales la gente hacía gestos ex profeso para no mirarla mientras ella hablaba sola (es curioso, nunca he visto a dos mendigos hablar entre sí, solo hablar solos; pero eso, quizás, significa que no he visto suficientes mendigos), y paseaba dando vueltas, moviéndose y brincando por los rincones. Sin embargo, un día, habiendo pasado muy recientemente los carnavales, la mendiga, de habitual pelo corto -para evitar que la atacasen los piojos-, se encontró una peluca de colores (sobre todo violetas, encarnados, morados, amarillos, todos muy vivos), y tirabuzones. Entonces ella se la puso, y comenzó, como siempre, a dar saltos, a dar brincos por ahí, y a echarse los tirabuzones a un lado, por encima de los hombros. Llevaba, además, sobre el rostro, una máscara de carnaval, que había encontrado en la basura, con una media sonrisa y una media pena. Y esta vez la gente la miraba atentamente, pero no era porque consideraban que estaba loca, sino porque estaba guapísima, y les encantaba verla saltar así...

            Cuando ella se miró al espejo, antes de salir a la calle, se dio cuenta por primera vez que tenía aspecto de mujer. Pero para ello, debían mirarla primero como si fuera persona...

*

            La mendiga de la peluca de colores ya no la lleva: se la ha puesto a la Cibeles, y le ha dicho, “Estos días hace mucho frío. Tú pasas más tiempo en la calle que yo...”

            La Cibeles, ahora, lleva puesta la peluca de la mendiga. Sobre esa peluca han anidado, extrañamente, una pareja de frailecillos, a quienes todos creían especie propia de mar. Atentos como están los transeúntes a los frailecillos, no se han fijado en si la diosa ha alterado su inmutable expresión por, tal vez, un guiño a la galería...

lunes, 18 de marzo de 2024

El libro de marzo: "Antes de la tormenta", de Gal Beckerman.

Resulta fácil sentirse atraído por la intención de "Antes de la tormenta", libro de ensayo de Gal Beckerman: tratar de encontrar, en los distintos movimientos revolucionarios que han transformado el mundo, una serie de patrones comunes (o de diferencias) que expliquen su éxito o su fracaso. Buscar qué métodos de trabajo han funcionado, para así aplicarlos a propósitos futuros. Con este propósito, Beckerman analiza diferentes grupos que enarbolaron ideas (en su día consideradas radicales) de naturaleza científica, social, artística y política: desde el astrónomo Peiresc coordinando gente de todo el mundo, en el siglo XVII, para obtener más datos acerca de un eclipse, hasta la corriente de los futuristas italianos, pasando por las peticiones de ampliación de derecho al voto de Gran Bretaña en el siglo XIX, el movimiento punk femenino de los 80-90 o los primeros periódicos anticolonialistas del oeste de África. A través de todos estos procesos (que el autor narra con una minuciosidad histórica y personal que nos ha deleitado a muchos), se desgranan las diversas virtudes que ha de tener un movimiento de este tipo: paciencia, control, enfoque, imaginación, debate, coherencia... En ese sentido, es un libro estupendo para aprender acerca de determinadas revoluciones -o intentos de conseguirlas- que no han sido suficientemente publicitadas.

Se vuelve un poco más difícil estar de acuerdo con las conclusiones a las que llega el libro, las cuales se aventuran ya desde los primeros compases. A saber: el autor defiende que las redes sociales con las que tratamos todos los días, como Facebook y Twitter, no son las ideales para lograr el cambio social. Beckerman esgrime (no sin razón) que estas redes sirven muy bien para canalizar el griterío y la frustración espontáneas, pero que luego no son las herramientas adecuadas para el intercambio de ideas y la discusión que consigue un cambio de mentalidad más a largo plazo, en un proceso que, según el autor, se ve favorecido por hacer las cosas de una manera más lenta. Desde luego, hay argumentaciones en las que uno no puede sino estar de acuerdo con Beckerman: no sólo con que estas redes viven para el beneficio empresarial (y generan dinámicas a veces contraproducentes), sino con que en ocasiones son convenientes espacios más privados donde un grupo determinado pueda sentirse y sentarse a gusto -la metáfora visual que mejor emplea es la de una mesa- para discutir sus estrategias de acción. Quizá lo menos acertado del libro es lo que el autor considera un éxito o un fracaso: parece desdeñar los logros de la plaza Tahrir en Egipto (que cristalizaron en un cambio de gobierno, aunque éste fuera efímero y no el que muchos desearon) y en cambio ensalzar los de los samizdat -unas publicaciones clandestinas de la resistencia antisoviética que se distribuían 20 años antes de que se produjera el más mínimo amago de cambio en el país-. También da la impresión de que hay factores, en el lado contrario, con los que Beckerman no cuenta demasiado: la resistencia de las fuerzas del statu quo, el grado de madurez de la sociedad donde se produce el cambio, y la influencia de factores externos al propio movimiento y a su oposición. En ese sentido, resulta muy difícil evaluar hasta qué punto determinada aproximación resulta un éxito o un fracaso, o forma parte de un proceso histórico más amplio donde el valor de cada contribución resulta difícil de juzgar.

Donde creo que probablemente el autor se aproxima más a la verdad es cuando se centra en fenómenos más recientes: el Black Lives Matter, la cadena de correos electrónicos entre responsables de salud pública durante la epidemia de COVID-19, e incluso cómo grupos de extrema derecha organizaron las infames marchas de 2017 en Charlottesville. Beckerman habla de cómo estas corrientes exploraron medios alternativos a las redes sociales: desde plataformas de chat privado tipo Discord al puerta-a-puerta de toda la vida, y ensalza sus beneficios respecto a la continua exposición pública de las grandes redes. En su empeño, hasta alaba a las tecnologías de mensajería instantánea, como si todos no supiéramos lo caóticas que pueden llegar a ser. Independientemente de todo esto, parece como si el autor buscara una fórmula mágica: un solo medio que sirva para llevar a cabo los diferentes fines que nos proponemos. Esto, por supuesto, es imposible, y creo que si por algo se caracterizan las ideas radicales que alguna vez han logrado algo es porque han sabido emplear las distintas herramientas que tenían a su disposición en diferentes momentos, según las necesidades de cada circunstancia, y en un enfoque múltiple, más que a través de una única vía. Así pues, habrá encrucijadas críticas en las que debas movilizar a la gente a través de las redes sociales, pero también períodos para la reflexión donde la gente tenga necesidad de reunirse en privado para generar un debate o una estrategia: métodos que pasan no sólo por Internet, sino incluso por la reunión presencial. En ese sentido, el libro de Beckerman sirve para señalar estas tácticas alternativas y saber qué posibilidades tenemos a nuestro alcance, con el objeto de tratar de aprender a discernir cuándo es mejor emplear cada una. Lo cual, después de todo, no es poca cosa.

viernes, 1 de marzo de 2024

El relato de marzo: "Una morada para la eternidad".

 Una morada para la eternidad

 

                A Gorka le tiraron por la ventana un día de marzo. Era el límite de la fecha necesaria para que su casero pudiera poner en alquiler el apartamento como piso turístico, así que puede decirse que el propietario retrasó el asesinato hasta el último minuto.

                Por suerte para el dueño de la propiedad, había tanto extranjero disfrutando de la Semana Santa -uno de los acontecimientos más reconocidos, a nivel internacional, entre las atracciones turísticas de la ciudad-, haciendo fotos borrosas, pariendo selfies mal encuadrados, y pegándose con los otros visitantes por contemplar más de cera el espectáculo, que nadie se dio cuenta de que estaban pisoteando el cadáver del pobre Gorka.

                Por fortuna para este último, su espíritu había quedado atrapado en el piso y, al menos, lo que no consiguió en vida, lo lograría de alguna manera tras la muerte.

                Es decir, hacerle la vida imposible a su casero por el simple hecho de no moverse de allí.

       *

                Es difícil alquilar un piso cuando tiene alojado un espectro. La localización y el precio son sin duda un factor; cómo estén distribuidos los espacios y la pintura de las paredes puede arreglarse; pero tener un ectoplasma por ahí dando vueltas y espantando con ruidos de cadenas, risotadas maléficas y movimientos de cortinas a los inquilinos, desde luego, desalienta a cualquier viajero que quiera disfrutar de unos días de asueto. Y eso que Gorka no era especialmente fan de los trucos clásicos de fantasmas; él era más de encender los altavoces para que sonara Camela a las cuatro de la mañana, reconfigurar el ordenador con el objetivo de que los turistas sean incapaces de usar el wi-fi, o aflojar las pilas del mando para que éste funcione a ratos: ahora sí, ahora no (ése, según Dante, era el undécimo círculo del infierno; y si no lo opinaba, debería). Porque hay que reconocer que un aliento helado en la noche provoca un estremecimiento, pero que te apaguen el aire acondicionado cuando estás dormido, en medio de una ola de calor, o que tu móvil aparezca por la mañana sin batería, con las fotos borradas y varios cargos de tarjeta de crédito, constituye otro nivel. Hay tantas maneras y tan diversas de amargarles la estancia a los visitantes, pensaba Gorka: sobre todo desde que existen Alexa, los teléfonos inteligentes, o los electrodomésticos controlados por dispositivos situados a kilómetros de distancia. Qué amargura iban a sentir los últimos turistas que habían disfrutado del piso cuando descubrieran que, a su retorno, el frigorífico se había apagado por un inoportuna acción ejecutada a través del móvil, y se les había podrido la comida durante la semana que estuvieron fuera. <<Seguro que pondrán una crítica horrible en TripAdvisor>>, se ufanaba Gorka, restregándose las manos como si fuera un villano de película. Aunque para él, por supuesto, el auténtico genio del mal era su casero: se iba a arrepentir de haberle tirado por la ventana, y lo haría durante los siglos de los siglos. No iba a conseguir hacer dinero con su piso turístico -se besaba Gorka las puntas de los dedos, en una promesa-… por sus muertos.

                Claro que todo esto era muy divertido… hasta que conoció a Aiko.

*

                Con aquella chica japonesa, tan delicada, tan tímida, de apariencia tan frágil, Gorka entendió que las cosas no se podían hacer de la misma manera. De hecho, la primera vez que le pegó un susto, ella cogió tanto miedo que se pasó llorando en su cama dos horas seguidas. Al verla así, tan dolorida, Gorka se sintió herido en su interior (todo lo herido que puede estar un ser incorpóreo) y, por primera vez, se consideró una criatura del inframundo. Así que decidió que, por una ocasión, era mucho mejor esperar y ver.

                Y cuando esperó y vio, se quedó prendado de aquellos gestos minimalistas, de aquel carácter apocado, de sus ingenuos errores en el uso del castellano, de aquella alma cándida, inocente y pura alrededor de la cual emanaba un halo de luminosidad… Gorka había huido de la luz cuando ésta se abrió delante de su alma inmortal, pero ahora, ante aquel destello brillante, estaba dispuesto a zambullirse de cabeza.

                Tardó en manifestarse ante su amada, con aquel exceso de prudencia, alternado con arranques impulsivos, que caracteriza a todo enamorado: pero, al fin, una noche, Gorka se materializó delante de la chica, quien exhibió al inicio un rictus de miedo que a aquel fantasma le hizo temblar… Sin embargo, a continuación, después de tranquilizarla, empezaron a hablar en ese idioma (donde las palabras son casi innecesarias) que practican casi gemelas afinidades. Se quedaron conversando hasta medianoche, la hora bruja… y más adelante, continuaron con la charla. Necesitaron tres noches para que ella permitiera que su traslúcida mano atravesara su nívea piel; al final de la semana, ella imploraba a gritos una experiencia de posesión de la que salió con su pelo (por lo habitual liso) completamente rizado, sudores en lugares inconfesables, la pérdida completa de la vergüenza respecto a la falta de intimidad -frente a una presencia, por otra parte, que podía atravesar las paredes-, y una sonrisa de Oriente a Occidente en los labios.

                Sucedió que Aiko, en su país natal, era abogada. Sucedió que consiguió encontrar un resquicio legal por el cual obligó a su casero a permitirle un alquiler permanente. Ahora, ella ha logrado vivir en ese piso de manera indefinida. De esta manera, la venganza de Gorka se ha cumplido, aunque de un modo que no pudo ni imaginar.

                De todas maneras, de un tiempo a esta parte, Gorka, Aiko y los niños están pensando en mudarse de ciudad. Dicen que, en la que están, hay mucho fantasma suelto.

lunes, 30 de octubre de 2023

Cine y realidad: una charla sobre el Alzheimer.

Saludos. Hace poco más de un mes, en Roma, tuve el privilegio de dar una charla donde hablaba sobre la enfermedad de Alzheimer desde un punto de vista científico y también cultural (en concreto, contaba cómo el cine -entre otras artes- ha tratado esta dolencia). La conferencia formaba parte de un evento más amplio donde se exponía el proyecto Memo(s)toria, una actividad organizada por la Escuela Española de Historia y Arqueología en Roma en colaboración con Caritas Roma, y en el cual se realizan actividades de divulgación histórica y estimulación cognitiva aplicadas en pacientes de Alzheimer -un proyecto muy interesante, por cierto, y que ahora se encuentra en plena fase de expansión-. Por si os interesa escuchar lo que allí se comentó (hay parte en italiano y parte en español, pero creo que podéis serviros de los subtítulos automáticos; mi sección, de todas formas, está en español), os dejo colgado el vídeo. Como siempre, espero que os guste. Un saludo.

lunes, 24 de abril de 2023

La historia real de abril: nueva temporada de "El Gato de Hubble"


Nuevo logo de El Gato de Hubble para esta temporada

Después de mucho tiempo esperándolo, tenemos programa de estreno como parte de una nueva temporada de El Gato de Hubble, ese entrañable podcast que combina ciencia y humor con el que colaboro de vez en cuando. En este episodio que antecede a los nuevos temas que trae esta temporada -los cuales, ya os aventuro yo, pintan muy interesantes- hablamos de cómo ha quedado el mundo una vez pasada la época más crítica del COVID-19: después de una breve introducción sobre lo que la pandemia ha supuesto en términos sanitarios, nos metemos en sus consecuencias en el mundo de la economía, tanto global como personal, en particular respecto al teletrabajo (ahí quizá nos ha faltado hablar de los nómadas digitales y de la influencia que están teniendo en la gentrificación y la disneyficación de las ciudades; por otra parte, podríamos haber mencionado, en el apartado de empresas que se oponen al teletrabajo, la posible repercusión que éste podría ejercer en descender los precios de las casas del centro de las ciudades y, por tanto, en las rentabilidad de las compañías más potentes a nivel inmobiliario, a pesar de que éstas aduzcan otras razones), así como el papel que la COVID ha jugado en la educación, la salud mental o nuestra propia percepción del mundo.

En general, creo que, a lo largo del programa hemos hecho un esfuerzo por destacar los cambios para mejor (aunque, como dice la entradilla de presentación, no siempre ha sido fácil). Porque, retomando una interesante reflexión de Daniel al final, el primer instinto es siempre fijarse en lo malo, pero también ha habido (durante la pandemia) mucho de positivo, de solidaridad y de colaboración mutua, a pesar de que lo fácil que es que nos pase desapercibido, con eso de que hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece. Espero que os guste el programa y, siguiendo con el espíritu positivo, que os dé pie para nuevas y fructíferas reflexiones. Un saludo.

martes, 19 de julio de 2022

La historia corta de julio. Dedicadas a Eduardo Galeano (XIV).

 Dedicadas a Eduardo Galeano (XIV).


        Un chico indigente pidiendo refugio en un albergue:

            -Lo siento –le responden-. No puedes entrar. Nos faltan plazas, y tú no tienes prioridad. Eres demasiado joven.

            El joven se queda extrañado, y pregunta:

            -Y mañana, ¿también seré demasiado joven?

            -También.

            -¿Y dentro de un año, también seré demasiado joven?

            -Sí.

            -Entonces, ¿nunca voy a poder entrar?

            -No...

            Se corrige.

            -Quiero decir, sí, cuando llegues a viejo.

            -No llegaré a viejo.

            Sobre todo, si no me dejas entrar.

lunes, 27 de junio de 2022

La historia corta de junio: Historias del metro (19)

 Como yo, no.

            En el autobús que va en dirección a la Universidad Autónoma de Madrid, se suben frecuentemente varias personas con síndrome de Down, en dirección a un centro de educación especial habilitado para ellas. Los autobuseros ya les conocen de vista, y se han habituado a su presencia y a su amistosa camaradería.

        Un día, uno de esos chicos le preguntó al autobusero si había visto a su amiga María, que si la conocía.

El conductor, después de dudar un poco, le dijo: “Sí, claro, es una chica... como tú, ¿no?”, respondió algo incómodo. 

El chico negó con la cabeza:

“No, como yo no, yo soy de Vallecas y ella es de Usera”.

martes, 1 de junio de 2021

La historia corta de junio. Historias del metro (17): "Un caballero"

Historias del metro (17) 

Un caballero

    En el andén del metro de la estación de Pío XII, me encontré un hombre a mi lado, sentado. En circunstancias normales, no me hubiera fijado en él. Tenía aire de ejecutivo y leía El País. Pero para ojos observadores, siempre hay una segunda lectura.

            Porque cuando me senté a su lado, me fijé en varias cosas. Su ropa, pese a ser muy elegante, fallaba de alguna manera extraña, quizás en la combinación, por ejemplo, una cosa tan sutil se supone que los calcetines tienen que ser una prolongación del zapato, y en este caso lo eran del pantalón. Además, el periódico era atrasado, de varios días. Y sobre todo, una cosa que sólo podías detectar si te sentabas al lado: un profundo y nauseabundo olor.

           El hombre, sin embargo, daba una apariencia de ejecutivo correcto, al menos desde lejos. <<Y eso me gusta>>, pensé mientras hacía esfuerzos por no arrebatarle la ilusión con la mirada, mientras se cerraban delante de mí las puertas del vagón. <<Por lo menos>>, me dije, <<sigue conservando su dignidad>>.

jueves, 1 de abril de 2021

El relato de abril: "El donante"

El donante

 

            No pienses que se te está metiendo el agua por los oídos, e incluso por la nariz. No mires, con los ojos abiertos, a las burbujas que te hacen cosquillitas por la cara, las que te acarician en la frente y las mejillas. No pienses en que te estás ahogando. No lo medites. Nada; es imposible. Es como aquella frase, ¿saben ustedes? La de <<no pienses en una vaca>>. Amarilla. Con lunares verdes. ¿A que no hay manera de dejar de imaginar a la puñetera vaca correteando con sus manchas por los prados? Pues aquí es igual. No puedes evitar tener la mente puesta en  que te estás ahogando. Tal vez lo haces por un poco de respeto; al fin y al cabo, si te mueres, lo mínimo que puedes hacer es ponerle algo de atención al asunto, y no malgastar tus últimos momentos con el recuerdo del vestido de una chica bonita, o en la forma en que tu madre se puso a bailar sobre un escenario, a sus sesenta y dos años, rememorando sus sueños de juventud. Pero, después de estas divagaciones absurdas, quizás quieran ustedes saber cómo he llegado hasta aquí.

            Camino por la calle. Estoy volviendo del trabajo. Mira, por ahí va el panadero. Un tipo majo, ese hombre, tengo que ir a visitarle más a menudo. Hombre, mira qué bonito, unos niños pedaleando en sus bicicletas. Hoy hace un día precioso, desde luego, sonriente y radiante de calor. Venga, nos metemos en casa. Vamos a mirar el correo.

            Entonces abro el buzón. Factura, factura, factura. Factura. Y... anda, hombre, una carta curiosa. Vamos a abrirla. La abro. La leo; la sigo leyendo; me voy calentando, me voy cabreando. Cagoendiós. Salgo de nuevo a la calle.

            Voy corriendo a toda la velocidad que puedo. Tengo que pasar el revuelo que hay siempre delante de la panadería; joder con el cabrón del panadero, qué hijo de puta, cualquier día voy y le cuento a su mujer con quién le está poniendo los cuernos. Sigo corriendo; se me cruzan unos puñeteros niños a toda leche con sus bicicletas, a ver si los prohíben de una vez, siempre estorbando por la calle, un día van a provocar un accidente. Maldita sea, qué calor hace, ya podría pegar el sol un poco menos.

            Pero nada, por más que corro, no puedo atrapar al cartero. Y qué más me da, me repito entonces a mí mismo. Si total, qué le iba a decir. En puridad, la culpa no es suya. La culpa será de quien me haya mandando la carta, o ni siquiera; alguien le ha puesto el sello y el sobre, alguien la habrá redactado, pero la culpa, después de todo, viene de más arriba, así que ni siquiera me queda el recurso de quejarme. Tan sólo, cruzarme de brazos y esperar.

            Es un poco extraño, ¿no? Uno, cuando entra voluntariosamente en una de estas asociaciones de donantes de médula ósea, no piensa en nada más. Apenas un <<mira, qué bonito, le estoy haciendo un favor a alguien>>, te cuelgas una especie de medallita mental, y todos contentos, te sientes muy solidario y te vas a tu casa. Ahora, lo que viene junto con el pack, eso no te lo cuentan. De lo que viene detrás te enteras tú siempre después.

            Y es que mira que es mala suerte; porque de no ser por un par de circunstancias, ni siquiera me hubiera enterado. De no ser porque, el mismo día que me mandaron la carta comunicándome que mi médula ósea iba a ser necesitada, salió por casualidad una imagen de ese hombre por la tele. Y me di cuenta de que estaba desmejorado. Entonces recordé la conversación que había mantenido unos días antes con un íntimo amigo mío, que es amigo de un amigo de su médico personal: “Los consejeros del dictador están desolados. Necesitan urgentemente un remedio o, si no, fallecerá. Y lo malo es que es muy difícil encontrar un donante compatible; tiene un tipo muy raro, el HLA-DX6...”

            Justito, qué casualidad, el mismito que tengo yo.

            Así es; yo soy el donante. Resulta que, por azar de los azares, de entre todas las cosas en las que podría coincidir con el resto de los hombres, tengo en común con el dictador de mi país, al que nunca le he guardado demasiado aprecio, la compatibilidad de las células. Pues mira qué bien. ¿A que eso nunca se lo imagina uno cuando va a donar sangre?

            ¿Y ahora qué hago?, me pregunto yo. Todo el planeta suspirando porque el dictador fallezca para quedarnos libres, y al final soy yo el que le tengo que alargar la vida. Todo el mundo acordándose de su madre y de todos sus muertos, y ocurre que esos mismos muertos van a disfrutar la ocasión de agradecérmelo. La verdad, cuando mi madre me decía que llevaba en la sangre la manera de incordiar a la gente, lo cierto es que nunca pensé que se referiría a eso.

            Y la pregunta es, de nuevo, ¿ahora qué hago? No resulta fácil planteárselo. Aquel día andaba despistado. Como no sabía muy bien qué hacer, invité a un amigo a  permanecer la tarde conmigo, a ver si se me pasaba así el cabreo. Dilapidamos el tiempo proyectando películas de cine mudo, como si la ausencia de sonidos consiguiera entregarnos, aunque fuera transitoriamente, una mínima calma espiritual. Pero no logré tranquilizarme del todo; la prueba fue lo que ocurrió cuando llamaron a la puerta. Salí a abrir. Era el lechero:

            -No tienes más remedio que hacerlo.

            Era el cartero:

            -Sabes que tarde o temprano tendrás que deponer tu actitud.

            Era el cabrón del panadero:

            -Aunque te opusieras, no te iban a dejar.

            Era un policía:

            -Seguro que te están vigilando: ya tendrán rodeada tu calle.

            Volví de nuevo al salón.

            -¿Quién era?-preguntó mi amigo.

            No lo sé; ya no me acuerdo.

            No puedo respirar. Tengo que salir de aquí. Saco la cabeza del agua...

            Qué pena; no lo he conseguido.

            Cuando al fin me quedé solo, fui a visitar a otro amigo. Se trata de un compañero que tiene una red clandestina en contra del régimen. Aunque siempre ha sido sospechoso habitual, nunca le han llegado a pillar; por tanto, todavía sigue libre, quizás no por mucho tiempo. Le comenté mi problema; lanzó un sonoro bufido.

            -Jodeer...

            Yo asentí. Claro, ¿qué iba a hacer?

            -Lo tienes crudo, chaval: ahora mismo, ya te estarán espiando un par de hombres. Fíjate, seguro que si te das la vuelta en mitad de la calle, te encuentras pegados a un par de tipos con gabardina oscura a tu espalda. No te van a dejar moverte ni un solo paso; no van a permitir que trates de huir, o que te marches del país. Créeme: si ellos quieren que lo hagas, ten por seguro que lo harás.

            Volví a casa un pelín descorazonado. Fue entonces cuando empecé a planear cuál sería el método más apropiado para el suicidio. No se crean ni mucho menos que es fácil. ¿Un cuchillo de cocina? No, imposible. Antes de que pudiera desangrarme, los agentes del Gobierno llegarían, y me sacarían la médula para ofrecérsela a su líder. ¿Saltar desde la terraza? Complicado hacerlo desde un primero, lo más probable es que simplemente acabe con una pierna rota y, sobre todo, una enorme cara de gilipollas. ¿Ahogarme?

            Una ventaja es que el cuarto de baño no tiene ventanas.

            Pero nada; no pude hacerlo. No tengo fuerzas para llevarlo a cabo. Puede que, después de todo, y sin esperármelo demasiado, le haya cogido un cierto cariño a la vida: no sé por qué habrá sido exactamente. Quizá por las flores del campo, el ruido del ascensor cada vez que llega a su piso, la forma en que la lluvia cae hacia arriba cuando hace viento... Hasta el pequeño placer de la lectura en el baño durante mis evacuaciones matutinas. Todos esos pequeños placeres te suenan, cada uno, cuando piensas en abandonarlos, como algo tan fenomenal... Además, no era así como esperaba acabar: no era eso lo que se había imaginado mi madre para mí cuando me vistió de marinerito en la primera comunión, ni tampoco es lo que creo que me merezca. En el fondo, no he sido una mala persona: he dado limosna en la iglesia, he ayudado a viejecitas a cruzar la calle, procuro no arrojar papeles al suelo... Lo de la mujer del panadero no cuenta.

            Además, siempre existe un pequeño detalle el cual, por muy insignificante que se antoje, no puedo del todo obviar. Y es que, a pesar de todas las ventajas evolutivas que nos otorgó Dios, éste nos entregó a cambio un pesado lastre que nos impide avanzar por completo como especie: los escrúpulos. Sí, ya lo sé, es una tontería, pero no soy capaz evitarlos. Y, al fin y al cabo, eso de negarte a donar a alguien tu médula, incluso aunque ese alguien se haya cargado a cientos de personas, implica un dilema ético. Y los dilemas, ya se sabe, casi nunca permiten desenlaces felices. Pregúntenselo si no a Hamlet.

            Tal y como me encontraba, sólo podía pensar en alguien a quien consultarle mi duda shakespiriana: y por eso me fui a la cárcel, a visitar a un tercer amigo, uno de los disidentes. Le conté toda la historia, le desgrané mis cuitas; describí las alternativas; le pregunté qué era lo que se suponía que tenía que hacer... Si había de ser un traidor a la causa de la vida, o concederle un cheque en blanco de diez, veinte años, a alguien de cuya existencia dependía la libertad de tantísima gente...

            Pero mi amigo no dijo nada; mientras yo tapaba mi cara con las manos, y trataba de que no me embargase la emoción, él simplemente pasó el brazo por mis hombros y me instó con un cálido: “ánimo”. Aquel intento de consolarme no hizo sino provocar que me sintiera más culpable todavía; y que me pareciera, cada vez más, que, con el gesto que me veía obligado a realizar, iba a ser yo, personalmente, quien firmara la sentencia de muerte de la misma persona que en aquellos momentos intentaba, a pesar de los barrotes, darme un abrazo...

            Ya estaba completamente resignado: no había otra solución. Me entregaría, y dejaría que me extrajeran hasta el tuétano, para consumar por fin mi traición definitiva. Aunque, bien mirado, pensé, siempre me puedo tomar una pequeña revancha.

            Aquella noche, visité los barrios de fiesta de mi ciudad. Me moví entre los juegos malabares y los vendedores de frutas exóticas. Y penetré en un local (Santería, Adivinación) que seguro que a los espías que me vigilaban no les inquietó especialmente: no sabían lo que les esperaba. Por fin pude consumar mi venganza.

            Pasaron los días: me extrajeron la médula. Esperaba contemplar de un momento a otro las imágenes por televisión del dictador, claramente restablecido. Y en efecto, las vi, pero no de la forma en que esperaba. Resulta que al final, el rumor que había escuchado no tenía fundamento: el dictador estaba enfermo, sí, pero de otra cosa, nada que ver con las donaciones. Pero entonces, ¿a quién puñetas había regalado yo mis células?

            Eso nunca lo sabré: lo que sí sé, es que aquel que la haya recibido, tiene un problema. Porque, después de mi visita a aquel local de vudú, mi sangre ya no es la misma.

            A ver la cara que ponen los médicos del receptor cuando comprueben que, al auscultar el corazón de su paciente, el sonido que sus latidos provocan, con mi sangre deslizándose entusiasta, bañando danzante sus cámaras, sigue un ritmo que es el mismo, con diáfana musicalidad,  que el del Himno a la Alegría.

                                    *                                 *                                  *

            ¿Verdad que hubiera sido bonito que el final de esta historia hubiera acabado así?

Sin embargo, por desgracia, las cosas no siempre suceden de la manera que uno desea. Que más me hubiera gustado a mí me que hubiera sido éste el “The end”, en plan realismo mágico, o incluso que yo, en un acto supremo de valor, hubiera iniciado una revolución, derrocado al dictador, instaurado la libertad, y conseguido una pequeña mención en la parte inferior derecha de una página interior de algún periódico. O, al menos, y ya en busca de objetivos más modestos, que yo me hubiera negado, con toda la valentía del mundo, a servir de donante, y hubiera desafiado al régimen y a toda su maquinaria, sirviendo de gallardo ejemplo para todos los rebeldes del mundo.

Sin embargo, yo nunca he asumido el papel del héroe: me he sentido mucho más a gusto representando al gracioso de la farsa, el patoso del baile, o el payaso en las fiestas de los niños. Nunca he sido un hombre valiente, ni mucho menos: en la comedia de la vida, fue a otros a quienes les tocó representar al joven apuesto que salva la vida a la doncella, mientras que a mí me correspondía ser el juglar que amenizaba la obra, el secundario al que todo el mundo aplaudía, pero que nunca se llevaba a la chica. El que, cada vez que tocaban a batalla, se las ingeniaba para escapar furtivamente por la puerta de atrás. Para bien o para mal, ése ha sido mi rol, el de la sonrisa irónica y el reírse de uno mismo, antes del de invocar a los padres de la patria. Y en esta ocasión, por supuesto, tenía que seguir siendo así.

Ahora bien, hubo una cosa que tenía muy clara: no le daría mi médula al dictador. Dos de mis tíos y mi hermana murieron a causa de él; y por muy deleznables que parecieran mis actos para cualquier ser humano, ésa era mi opción, la que debía mantenerse. Pero también sabía que los hombres del dictador me impedirían cualquier paso que pusiera en peligro esa promesa de años de vida, en forma de reservorio sanguíneo andante (me sentía un poco como una morcilla), en que yo me había convertido para su jefe.

Por eso, aquella noche, telefoneé a Olga.

Mi relación con Olga siempre fue extraña: mientras estuvo cerca de mi área de influencia, no la toqué ni una sola vez. La contemplaba, humildemente, poniéndose las medias con el pie apoyado en el alféizar de la ventana, exhibiendo un atrevido escote mientras me comentaba el último cotilleo que había escuchado en la calle sobre cualquier vecino. Era una mujer atractivísima, tropical, con unos andares sensuales que harían que el típico tipo al que los mafiosos encierran en una cámara frigorífica solicitara más hielo: algunos incluso afirmaban que las bananas se salían disparadas de sus cáscaras, desde lo alto de los árboles, a su paso, y que los perros la perseguían en tromba, agrupados en cuadrilla, durante varias manzanas a lo largo del barrio. El niño de la beata señora Julia rezaba por ser cura hasta que la vio pasar a su lado, y ella, mientras tanto, respondía a todos los piropos de los hombres con la misma enigmática sonrisa que hubiera sostenido la mismísima Nefertiti; claro que habría que ver si Nefertiti se hubiera comportado de la misma manera si hubiera cobrado a veinte dólares la hora.

En todo caso, y como mencioné antes, yo no tuve la ocasión de disfrutar de sus encantos. Como ya les he explicado, en las obras de teatro yo soy de los que no se llevan a la chica. Nuestra relación era más de amistad, de mutua confianza, de revelarme sus problemas, e incluso alguna anécdota interesante que le hubiera ocurrido en el trabajo (confidencias no; para eso, Olga era muy discreta; secreto de confesión, solía denominarlo ella). Todo prosiguió más o menos de esa manera, hasta que a Olga le diagnosticaron de SIDA.

Como se pueden imaginar, aquello fue el fin de todo. La gente se apartaba a su paso; los que más la habían deseado se horrorizaban al pensar que les pudiera siquiera rozar. Lo que otrora fueron alabanzas se convirtieron en condenas. Esto le ha ocurrido por ser como es, afirmaban unas, Esa golfa, añadían otras, se lo tiene merecido. Y yo (que, antes de que todo esto sucediera, supe ver que también había un ser con alma propia, detrás de aquellas hermosas curvas) me sumergí sombrío en la melancolía cuando comprobé que, un día cualquiera, ella, simplemente, se había marchado de su casa sin tan siquiera decir adiós; y, desde el alféizar de mis ventanas, ya sólo se veían los pájaros.

Pero ahora, en estas circunstancias, la llamé; los espías, en su inocencia, no pudieron sospechar quién era. Había quedado tan demacrada, tan afectada a causa de la enfermedad, que, conforme caminaba por la calle con un bastón, temblándole las piernas, pasaba perfectamente por una anciana de ochenta años. Y por ello, la dejaron seguir andando, y que subiera hasta mi habitación.

 El reencuentro fue  triste: yo la había conocido en todo su esplendor, y ahora la contemplaba en su cénit. Hablamos un poco de los viejos tiempos; de momentos más felices; de días probablemente más brillantes. Le conté lo que me pasaba. Le comenté lo que había ideado, y el papel que jugaba ella en todo aquello. Olga, sin embargo, no quiso hacerlo; me decía que no podía, que no era capaz de hacerme esto a mí. Entonces yo le expliqué que no se lo pedía porque fuera la única manera de salir de este atolladero: sino que el hecho de encontrarme en este lío me daba la única oportunidad que tenía de llevar a cabo algo que, desde hacía mucho tiempo, estaba deseando poder hacer...

Cuando Olga salió de mi casa, ella era ligeramente distinta; no cambiaron ni su rostro con arrugas ni su delgadez hasta los huesos; siguió caminando con temblor sobre unas piernas tan, tan finitas, que parecían estar a punto de quebrársele; pero sí que se alteró una cosa. Y es que, cuando entró en mi casa, ella era tan sólo un resto de lo que había sido. En cambio, cuando salió por la puerta, Olga se sentía, para todos los efectos, con todo el orgullo, y con todas las lágrimas, por primera vez en muchos años, una mujer....

Al día siguiente, los espías, junto con los enfermeros, vinieron a recogerme para llevarme al hospital. Y yo, que, como he dicho antes, no estoy muy acostumbrado a hacer de héroe, no esbocé ningún gesto grandioso: sólo abrí los brazos, con una sonrisa melancólica, de bufón triste, y confesé:

-De nada servirá que lo hagáis: me acabo de contagiar de SIDA.

Los enfermeros se contemplaron entre sí. Los espías también. En busca de comprobaciones, y ante la convicción que puse en mis palabras, como toda conclusión, con una mirada confusa –y el temor reverencial a la enfermedad reflejado en sus ojos-, se marcharon.

 Después de varios días, al fin, y después de tanta gente dando vueltas alrededor de mi persona, de nuevo, me quedé solo.

Habrá mucha gente que condene mi acción; habrá mucha gente que me acusará de haber provocado la muerte de un hombre, e, incluso, refiriéndose a mí mismo, de inducir la de otro... y todo eso es cierto...

Pero también es verdad que, al mismo tiempo que he hecho esto, le he devuelto a una mujer la sensación de que tenía un cuerpo -el cual un hombre podía acariciar con deseo-, de que era hermosa, y de que había alguien que la amaba...

He dañado la existencia de una persona, sí... pero también es verdad, si queremos verlo, que le he devuelto la vida a otra...

¿Habrá quien no sea capaz de perdonarme?

No lo sé; yo  esta noche, por si acaso, he vuelto a llamar a Olga...

lunes, 8 de marzo de 2021

El libro de marzo: "Cuando las sirenas no eran las nuestras", de Juan M. Domingo Toral


Hemos visto, leído, escuchado y rememorado toda clase de historias de la guerra civil. Sin embargo, a veces nos encontramos una perspectiva inédita y original, probablemente no relacionada con las grandes líneas de la contienda, sino con los pequeños trazos que afectaban a la vida cotidiana. En este sentido, "Cuando las sirenas no eran las nuestras", de Juan M. Redondo Toral, antiguo jefe del Archivo Histórico de los Bomberos de Madrid, puede llenar una página que, para muchos, permanecían en blanco hasta ahora. Quizás porque -a veces es más terrible eso- ni siquiera sabíamos que poseíamos ese hueco.

Recuerdo una película de James Bond donde, muy cerca de la hecatombe final que está a punto de avecinarse siempre en esta clase de films, el espía británico se deja guiar por un hombre que conduce el tráfico, un policía con el típico chaleco de emergencias fosforescente. En ese momento pensé algo que suelo decir con frecuencia desde entonces, y es que una sociedad avanzada es aquella en la que los individuos esenciales son los que visten un chaleco amarillo fosforescente. O tal vez una bata de médico, un uniforme de enfermero, una toga de juez, o la vestimenta propia de cualquier tipo de servidor público. Y, en vez de un Adonis apolíneo como James Bond, son más altos, más bajos, gorditos, tienen rostro de hombre y mujer, edades variadas, pero se caracterizan por una cosa: el sentido de cumplimiento de su deber y, si es posible, de abnegación a los demás. Parece que durante la epidemia de COVID hemos redescubierto de nuevo este concepto, que esperemos que nunca volvamos a olvidarlo.

Los bomberos de Madrid, desde el inicio de la contienda el 18 de julio del 36, tuvieron que afrontar toda clase de malos tragos: la incertidumbre, la desesperación, el miedo; la reacción de la turba desesperada cuando se dio cuenta de lo que se les venía encima; las dudas acerca de los propios compañeros, cuando llegaron los procesos de depuración interna -y más allá- por parte de un bando republicano que tenía miedo a los desafectos (y donde los extremistas o los aprovechados encontraron campo libre para sus desmanes); y, más adelante, cuando terminó la guerra, el equivalente proceso por parte del bando contrario, que no tuvo consideración de los vencidos.

Toral nos cuenta detalles con nombres y apellidos; personaliza vivencias que sufrieron muchos a través de unos pocos con los que podemos identificarnos con el día a día de Madrid, que tiene que lidiar con sus problemas normales (en cuanto a incendios, y a todo lo demás), y además los derivados de la guerra, especialmente de los bombardeos, que dejan arrasadas zonas enteras de la capital. Sentimos como propias la falta de personal y el exceso de trabajo extenuante. Y, al final, estamos tan cansados, que la última puntilla final está allí para rematarnos. Pero también encontramos ejemplos de solidaridad espontánea, de apoyo mutuo, voluntarios infatigables y, sobre todo, personas que mantienen su juramento, permaneciendo al pie del cañón cuando casi cualquier otro se hubiera dado la vuelta para salir corriendo. Esos héroes anónimos a los que pocas veces se les agradeció el esfuerzo. Para eso sirven esta clase de textos.

Un último apunte, ya desde el punto de vista editorial. El libro -escrito con sobriedad y humanidad- ha sido redactado a partir de un antiguo bombero con más de treinta años de experiencia, que ha tenido acceso de primera mano a los archivos históricos. Es el típico relato que, si yo fuera editor, intentaría atrapar antes de que me la arrebataran. Ha sido publicada por Libros.com (a la que, por cierto, pertenece el -esperemos- próximo gran éxito que saldrá de la pequeña factoría de la historias de la que forma parte este servidor), una editorial especialista en crowdfunding. Grandezas o miserias del mundo literario actual, han sido los lectores los que han decidido que este libro se publique, lo cual da para muchas reflexiones en toda clase de sentidos. Aunque, al final, son siempre después de todo los lectores quienes nos mantienen en pie. Sirva esta frase de agradecimiento a aquellos que nos sustentan a los que intentamos contar historias. Muchas gracias a todos.

lunes, 8 de febrero de 2021

Los libros de febrero: "La España vacía" y "Lugares fuera de sitio", de Sergio del Molino

En 2016, Sergio del Molino publicó "La España vacía", un término que se ha hecho tristemente popular (a pesar de que ahora se prefiera el concepto de "España vaciada") para definir a aquellas regiones del país, lejos de los centros neurálgicos de población y de poder, situados principalmente en las dos Castillas y Aragón, que se habían ido despoblando por el paso de los años y que ahora están llenos únicamente de aldeas desérticas, casas abandonadas, y servicios que se caen a pedazos porque no hay quien los ocupe ni gente a la que ofrecérselos. Lo cierto es que "La España vacía" es un libro extraño. Con un ingente trabajo de documentación a sus espaldas, sin duda con mucha erudición y enormes cantidades de literatura (se nos mencionan los clásicos "La lluvia amarilla" y "El disputado voto del señor Cayo", pero también una variada retahíla de referencias mucho menos conocidas), aparte de una primera nube de datos para definir la cuestión, no se detiene a indagar las causas que han provocado que esa parte de España esté vacía, y ni siquiera llega a convencernos del todo de por qué es malo que esto sea así, tanto para sus ocupantes como para el resto de los componentes del estado del que forma parte. En lugar de eso, el libro trata de explicar la España vacía, como insiste Del Molino, "desde dentro de sí misma", recurriendo a sus conceptos más imperecederos: el Quijote, Bécquer, Unamuno, las Hurdes, desmitificando viejas leyendas a la vez que dando una de cal y otra de arena sobre las nociones arquetípicas que rodean este entorno. En ese sentido, sales del libro igual que como entraste en cuanto al futuro (no aporta soluciones, que probablemente, por otra parte, serán tan especulativas como inciertas), pero al menos te proporciona muchos temas sobre los que pensar respecto al pasado y al presente.

Hay una cierta dinámica en la industria editorial (y también en otras) que cuasi obliga a que, si un escritor ha triunfado en un campo, debe persistir en el mismo, le guste o no. De hecho, ciertos escritores han tenido hasta que recurrir a pseudónimos más o menos crípticos si su propósito era cambiar de rumbo. No sé si éste es el caso de Sergio del Molino pero, en todo caso, la insistencia le ha sentado bien. "Lugares fuera de sitio", su segunda incursión en el ámbito de la geografía humana, se centra en aquellos lugares de España o sus proximidades que poseen características anecdóticas, fronterizas, especiales, únicas. Que viven a caballo entre dos países o presentan aspectos que les han colocado en una ambigüedad anómala, lo cual se presenta como una cualidad positiva que los dota de un atractivo exclusivo. Se mencionan Gibraltar, Andorra, Ceuta y Melilla, los pueblos alrededor de "la Raya" entre España y Portugal, cada uno con su idiosincracia y problemática en cuanto a cultura, identidad, delincuencia, cuestiones económicas y sociales. También se nos habla de algunos "enclaves", esa palabra con la que se designa a lugares rodeados por completo de un único territorio distinto; algunos de ellos los mencionamos en este post que trataba sobre Llivia (de la que por cierto del Molino amplía información con jugosos detalles), aunque el autor también menciona otros como Treviño o Petilla de Aragón, y de paso se atreve a comentar el origen de la división provincial de España realizada por Javier de Burgos. Del Molino insiste en que éste no es un libro de viajes, aunque en algún momento él mismo ironiza con que se parece sospechosamente a uno, pues las descripciones a nivel de suelo evocan un cierto aroma periodístico, el ámbito de donde el autor procede. Una vez más, aprendemos mucho de este texto, sobre todo a nivel humano y, como todo buen libro de viajes, redescubrimos que, cuanto más nos alejamos del terruño, más nos damos cuenta de que la humanidad es sustancialmente, en todas partes, muy similar.

Un detalle que no menciona Del Molino en este último libro. Cuando Javier de Burgos realizó su (muy bien lograda, como explica el ensayo) división administrativa en provincias, tenía otros condicionantes a tener en cuenta. Si os dais cuenta -tranquilos, yo tampoco me percaté hasta que no me lo dijeron-, buena parte de las fronteras entre provincias dividen comarcas naturales, las cuales poseían una organización interna que se había creado gracias a la costumbre y la historia (un ejemplo: las Alpujarras se repartieron entre Granada y Almería; la serranía entre Teruel y Cuenca quedó dividida en dos provincias). ¿El motivo por el que el reformador hizo esto? Dicen que, en una España gobernada por los caciques, De Burgos quería obligar a que los dominadores de facto del territorio tuvieran que lidiar con dos gobernadores civiles para lograr sus propósitos, y eso -supuestamente- evitaría que camparan a sus anchas. "El problema", confesó quien me reveló esto en su día, "es que con el tiempo se demostró que podían sobornar no sólo a dos gobernadores civiles, sino hasta a tres, y los que hiciera falta". La anécdota viene a reflejar que los problemas no resueltos del pasado siguen prolongándose en el tiempo, lastrándonos y haciendo que nunca resulte fácil solucionar los dilemas del presente. Aun así, seguimos intentando solucionarlos. Porque rendirse sobre nuestro futuro, desde luego, nunca es una buena opción.

lunes, 25 de enero de 2021

El relato de enero: "Pis de gato".

                                                        Pis de gato

                                                         

Aminata pasea, solitaria, por los parajes desiertos del extrarradio de la ciudad. A su lado, Nasiru trastabilla, aún con caminar vacilante y torpe, tratando de seguir zigzagueante los pasos de su madre. El lugar por donde transitan, ciertamente, no es el mejor de los paraísos: está lleno de coches estropeados, y de basura, y de una sensación de moho y de podedumbre que rodea, con su fétida extensión, los cuerpos ensimismados de ambos. Pero ninguno de los dos lo huele: no detectan el olor. Lo cual les resulta beneficioso, pues de allí procederá la cena de esta noche. Sin embargo, el que sus fosas nasales no aspiren este hediondo aroma no se debe ni mucho menos a cuestiones utilitarias. Ni tampoco a que se tapen la nariz con las manos. Es una simple cuestión de saturación de receptores: los suyos están cubiertos por algo más.

 

            -Hueles a pis de gato.

            Le expresó su marido a Aminata, con  desprecio. Y Aminata no necesitó tocarse debajo de la falda para saber que, en efecto, estaba mojada, y para reconocer que el hedor desprendido era muy similar al que dejaban las eyecciones que cierto felino callejero tenía la indecencia de liberar cuando entraba y salía de la casa, dedicándose a juguetear con los niños, o apareciendo inesperadamente en el cesto de la ropa sucia.

            -Te ocurre desde el parto –le exhortó el hombre aún más agrio, a lo cual Aminata, cosiendo cuidadosa mientras los churumbeles revoloteaban por la cocina, no respondió nada, pues nada podía hacer.

            -Si esto sigue así –determinó él aún más firme-, vamos a tener que hacer algo.

            Y vaya que si lo hicieron.

           

            La Madame de la Orina, la llaman. O la Reina del Pis, también. Así la denominaban los vagabundos que se iban encontrando por las ciudades, los cuales se apartaban de ella y la dejaban aislada en derredor de los fuegos que encendían por la noche para proporcionarles calor. Con el niño no, al niño estaban siempre dispuestos a acogerle, sobre todo alguna madre, alguna viuda, cierta mujer que había perdido un hijo, pero Aminata se negaba; había oído que era prudente desconfiar de la bondad de los extraños, y no sería ni la primera vez ni la última que a un muchacho indefenso le obligan a cambiar de progenitores. Por eso no se separaba de Nasiru ni un segundo, aún en la noche. Eso le obligaba a su hijo a soportar de forma continua el hedor nauseabundo que emitía su madre. Por eso Aminata lloraba. Esperaba que las lágrimas atenuaran un poco la peste.

 

            La fístula vesico-vaginal es una afección relativamente común entre las mujeres que acaban de atravesar un parto, sobre todo si éste ha sido complicado, es el último de numerosos alumbramientos, o si la mujer es muy joven, aspectos todos ellos que suelen concurrir entre las esposas africanas. El origen del problema es sencillo: como consecuencia de una lesión, se crea un pequeño conducto que une las paredes de la vejiga urinaria con la vagina, de tal manera que entre ambas cavidades se establece una comunicación. A causa de ello, y al llenarse la vejiga umbilical, el líquido tiende a viajar por esta abertura, yendo a parar la vagina, y mediante esta vía sale al exterior de manera no controlable. De ahí el síntoma principal, la incontinencia urinaria. Esta enfermedad existe también en Occidente, y de hecho es bastante frecuente que las parturientas padezcan de incontinencia durante los días posteriores al parto. No obstante, allí el problema es menor, ya que basta una sencilla operación (apenas un corte y un par de puntos bajo anestesia local) para ponerle fin al problema. Pero en África, incluso un pequeño paso como éste constituye un obstáculo insalvable. Las afectadas lo sufren, y padecen también el rechazo y la deshonra de su casa y su comunidad, al no conservar, además, la posibilidad de engendrar más hijos. La mayor parte de las veces, sus propias familias las obligan a marcharse. Ninguna de ellas llega a volver.

 

            Se quedaron con los niños. Su cuñada, su suegra, dijeron que estarían mejor  a su lado, que debían quedarse con ellas. Se los arrebataron, se los robaron, se los arrancaron, como si lo hubieran hecho desde su mismo vientre. Tan sólo le dejaron conservar a Nasiru, ya que debido a su corta edad aún necesitaba la leche de de su madre para poder sobrevivir. Por eso, se lo cargó a la espalda, como si se tratara de un bulto más del equipaje (que no tenía) el cual debía arrastrar a lo largo del camino (que tampoco existía). El trayecto lo iría creando, conforme avanzara a cada paso.

 

            La fístula vesico-vaginal está íntimamente asociada a fetos recién nacidos muertos –con lo cual la pérdida es doblemente dolorosa-, y al desamparo social que lleva consigo. La mayor parte de las mujeres, perdida su condición de futuras madres (prácticamente la única por la que se les considera útiles), encuentran como sola salida la mendicidad o la prostitución. Se calcula que existen hasta doscientas mil mujeres afectadas por esta dolencia, sólo en el norte de Nigeria. En el resto de África, los datos son desconocidos. El primer síntoma de pobreza es la falta de estadísticas.

 

            Aminata se dirige hacia el barco. Ha escuchado que hay al norte, y al oeste, en algún punto ilocalizado de la costa, un barco repleto de cirujanos, de médicos blancos, procedentes de distintos países, y que hablan distintas lenguas. Estos cirujanos se dedican a ayudar a gente como a Aminata, y a librarles de su enfermedad. Aminata no se acaba de creer esta historia; piensa que se trata de un cuento, como los que le relata a Nasiru por las noches para ayudarle a dormir. Pero la sola esperanza de que acaben con su problema es estímulo suficiente para seguir caminando. Incluso aunque le salgan ampollas en los pies; incluso aunque ya no le queden zapatos.

 

            Otra causa muy frecuente de la fístula vesico-vaginal es el gishiri. El gishiri se realiza a aquellas mujeres que son demasiado jóvenes para mantener relaciones sexuales, y por tanto tienen la vagina demasiado estrecha. Consiste en un corte aplicado desde la vagina hacia el periné, cuyo objetivo es el de ampliar el tamaño del conducto vaginal, haciéndolo accesible para la penetración. Este gesto puede causar hemorragias, perforación de la vejiga y del recto, y en el caso de que la mujer sobreviva, una fístula vesico o recto-vaginal. El gishiri se practica en numerosas aldeas africanas, y su nombre proviene de la voz de origen hausa que significa “sal”. Esto es debido a que el largo cuchillo con el que se practica esta incisión es muy similar al que empleaban los comerciantes árabes que cruzaban el desierto (y hacían tratos con las tribus africanas) para separar los bloques de sal que determinaban para la venta. De ahí que el gishiri se denomine también “el corte de la sal”. Así comienzan la mayor parte de las mujeres su vida sexual en África.

 

            Cuando alguien salva tu vida de una maldición que no comprendes, ese alguien se llama Dios. Por eso, Aminata ha escuchado que muchas de las mujeres que se curan en este barco se vuelven de la religión de la gente que las han ayudado. Dicen que ésta es más tolerante, y que les trata mejor. No obstante, muchas de ellas siguen siendo musulmanas, o de cualquiera de las muchas creencias que pueblan este vasto continente. Estas mujeres afirman que lo importante de las religiones no es el nombre del Dios: sino ese toque sutil, pero necesario, que constituye la disposición del alma con la que se profesan.

           

            En realidad, todas estas variantes no son sino expresiones exageradas de un concepto que se encuentra ampliamente arraigado en África y en los países musulmanes: el del sexo seco. Esta práctica se basa en el hecho de considerar que el acto sexual consiste en la simple y pura penetración (casi sin lubricación además), de tal manera que se olvidan los preliminares, las caricias, e incluso el contacto con otras partes erógenas. Muchas mujeres contribuyen a perpetuar esta idea introduciéndose arena u otros materiales en la vagina, los cuales aumentan la sequedad en la misma, produciendo un mayor placer en el acto sexual para el hombre y un dolor muy desagradable para la mujer. En realidad, esta costumbre se encuentra relacionada con la creencia de muchas religiones de que el sexo es un motivo de tabú y de vergüenza, meramente destinado a obtener hijos, y es en muchos casos una forma más de opresión de las mujeres a través de la negación de su sexualidad, aspecto íntimamente imbricado con la (por desgracia demasiado conocida) tradición de la ablación del clítoris. Para algunas personas muy mezquinas, el amor se fundamenta, por definirlo con precisión, en que el ser amado no lo sepa.

 

            A pesar, sin embargo, de su terrible olor, Aminata y Nasiru han podido relacionarse con otras comunidades humanas, y mantener un contacto más fuerte con ciertos individuos aislados. Han conocido a algunos de los viajeros que se dirigen hacia el norte, hacia Mali o Mauritania, con el objetivo de poder embarcar en una barcaza rumbo hacia el norte, en dirección a esos países de nombres tan intrincados que no saben ni pronunciar. Muchos llevan años en el camino; han quedado encarcelados antes de llegar a su sueño; han acabado separados de sus familiares o los amigos con los que viajaban; y sin embargo, a pesar de su soledad, y de la pérdida de los sueños compartidos que los ausentes llevaban consigo, esas personas vuelven a recuperar la ruta, anhelantes, en cada ocasión que tropiezan, una vez más. También (a pesar una vez más del insoportable hedor), han sabido rodearse de una pequeña comunidad de viajeros, quienes se dirigen a lugares más o menos comunes, y entre los cuales se incluyen una pareja de niños, dos ladronzuelos, los cuales son su principal soporte para sobrevivir. Pese de la diferencia de edad, ese par de zagalillos se dedican a juguetear alegres con Nasiru: lo tratan como si fuera su muñeco, porque efectivamente, casi lo es, sosteniéndole, así, tan pequeñito entre las manos. Cuando Aminata los ve, agacha la cabeza y sonríe. Aprovecha esos momentos para lavarse la ropa. Quiere que cuando su hijo vuelva, la encuentre oliendo a rosas.

 

            Pero muchas veces, el sexo seco no se debe a una cuestión de intolerancia o de creencias religiosas, sino a un aún más primitivo y endémico mal: la ignorancia. Se da el caso de cierta monja que fue a predicar a un punto remoto del África subsahariana. Allí se encontró con que muchas de las mujeres que venían a consultarle mantenían una prácticamente nula relación con sus maridos, y que sus vidas eran apagadas, tristes y oscuras. Y, con toda probabilidad, aquello no era lo mejor que se le podía pasar por la cabeza a una monja, pero a ésta se le ocurrió -por una extraña asociación de ideas-, que el concepto con que las mujeres se veían a sí mismas, en relación al acto conyugal, se encontraba en estrecha relación con cómo se consideraban -en el aspecto social- como entes pasivos, en lugar de activos y partícipes de sus propias vidas. Por eso, y aunque en un principio le daba cierto reparo (de acuerdo, era para una práctica dentro del matrimonio, pero Dios santo, ¡era “sexo”!), la monja se puso a leer más y más libros sobre sexualidad, y a proporcionarles a las mujeres a las que atendía algunos valiosos consejos, recién aprendidos, sobre este singular y muy estudiado tema. Los resultados, sorprendentes, no se hicieron esperar.

 

            Un día, los ladrones decidieron adentrarse en terreno peligroso. Llevaban varios jornadas sin comer, y aquella incursión era fundamental para la pitanza de esta noche. El premio: una jugosa y reluciente pierna de cordero, colgada de un garfio de la grasienta carnicería, custodiada por un terrible cancerbero de orondas carnes y un grandísimo cuchillo de cocina en las manos. La táctica era muy simple, digna del mejor estratega napoleónico: uno de los muchachos despistaría al carnicero, mientras que el otro agarraría la pata de cordero, y saldría corriendo. Un momento de tensión se sucedió en el ambiente, y también en los corazones y en los estómagos de la pandilla de desarrapados que seguían la batalla en directo desde detrás de un escondrijo. El muchacho cubrió con sus brazos el ansiado premio, y comenzó a escapar con toda la velocidad que le permitían sus piernas. El coloso carnicero corrió detrás de él, amenazándole desde lejos con el gigantesco cuchillo de cocina, asemejando que tenía la intención de arrojárselo a la cabeza en cualquier momento. La persecución se siguió frenética, implacable, a través de las estrechas callejuelas de los barrios, mientras el carnicero se iba poniendo más y más colorado, resollando con cada vez más enojo; parecía que en un momento iba a caerse redondo para no volverse a levantar. Finalmente, el muchacho encontró un hueco por debajo de una valla metálica, la cual constituía su vía de salvación: se introdujo debajo de la valla, pero se quedó encallado entre el suelo y esta última. El carnicero estaba más cerca, le iba a alcanzar, le iba a alcanzar, llegó incluso hasta a tocarle, pero, en el último momento, el niño pasó, y el carnicero se quedó al otro lado, agotado, con un palmo de narices. Mientras tanto, en ese extremo de la frontera, y por las callejuelas anexas, los dos ladrones se reunieron, y con ellos todo su grupo de despechados, que los alzaron a hombros, mientras uno de ellos (el que había tenido el valor de correr) sostenía la pierna de cordero en lo alto, agarrada del hueso, mientras le daba la otra mano a su hermano. Para aquel niño negro, aupado por ese equipo de desahuciados humanos, levantar aquella pierna de cordero, sosteniéndola como un trofeo -cual un cetro-, era, en su exaltación, como levantar la Copa, al celebrar la victoria, del Campeonato del Mundo.

 

            Y efectivamente, los resultados llegaron, de manera súbita, inesperada, y extraordinaria también. Las mujeres a las que ofrecía sus consejos volvían al centro social radiantes, con los ojos tintineando juguetones, elevadas en una nube de la que parecían no querer desprenderse, contándole a la religiosa lo mucho que habían mejorado sus relaciones sexuales desde que habían incorporado los preliminares, los susurros escondidos, nuevas posturas y variantes, y sobre todo, el situar no como hecho principal -sino como último fin de fiesta- el acto definitivo de la penetración. Estas mujeres les contaban sus experiencias a otras mujeres, y éstas a su vez a otras distintas, de tal manera que el secreto de la monja sexóloga fue corriendo con rapidez por toda la aldea, y haciéndose cada vez más conocido. Pero lo que más le conmovió a la religiosa fue que, insospechadamente, también los varones vinieran a visitarla, agradeciéndole los consejos recibidos, y preguntándole si a la oficiante católica si ésta los practicaba muy a menudo. Y mientras tanto la mujer, avergonzada, sonreía y se ruborizaba, y no podía parar de pensar en que este descubrimiento de que las mujeres (aparte de vagina) eran también pechos, labios, boca, palabras, podía significar al mismo tiempo, para los hombres, un renacer de la valoración social de sus compañeras, y de su papel -además de como incubadoras de hijos- como una parte más en el conjunto de la pareja. Ni brujas, ni esclavas. Simplemente, amigas. Sencillamente colaboradoras, en este difícil trance que nos impone cada día la vida, y con el que es muy complicado (si estamos solos) coexistir...

 

            Y Aminata sigue caminando, cansada y sola por la playa iluminada por la luna, acompañada tan sólo de su hijo, el cual corretea, patitas pequeñas, andando tranquilo justo a su lado. Pero mientras Aminata continúa avanzando, comienza a detectar bajo su falda el inequívoco síntoma de la irritación causada entre sus muslos a causa de tanto orinar sin parar. Se detiene entonces a un lado, justo al borde de la orilla, para poder tomarse un descanso. Y entonces, Nasiru se acerca a ella, y medio dormido, la abraza. Aminata trata de apartarle de él.

            -Aléjate, hijo. Te abrazo después; aléjate, hijo.

            Pero el niño niega mimoso con la cabeza.

            -Si no me abrazo junto a ti, no me puedo dormir... Necesito tu olor...

            Y la madre, frunciendo los labios, le pega un capón de ésos que duelen más después de un rato.

            -¡Ay!-grita dolorido el niño, pero la madre le reprende, “No te rías de tu madre”.

            -Si no me río, de verdad. Necesito tu olor para irme a la cama. Me huele muy bien. Si no me quedo dormido oliéndolo, tengo pesadillas todas las noches...

            Y la abrazó aún con más fuerza.

            -Es tu olor. Es mi olor. Es olor a mamá...

            Y es como en un juego infantil, gritar: “¡Casa!”, significa lugar seguro, refugio.

            Aminata le apretó muy de cerca, para que Nasiru no pudiera sentirle las lágrimas...

            Y mientras tanto, ambos siguen caminando, siguen desplazándose, en marcha sin pausa hacia un barco que quizás nunca jamás existió. Pero lo importante, bien lo sabe Aminata, no es el final del camino...

 

            Es tan sólo disfrutar.

 

            Nota: el barco que se menciona en la historia existe, y es real. Se llama Mercy Ship, y se dedica a bordear la costa africana realizando extirpaciones de tumores y operaciones aparentemente sencillas, pero que arreglan la vida a muchas personas. Otros dispensarios médicos en África contribuyen a reparar los daños físicos y sociales de la fístula vesico-vaginal.

            Los hechos narrados en este relato son reales, o basados en los mismos. Con sólo una excepción.

            La monja (gracias a Dios) no era una monja.