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jueves, 1 de mayo de 2025

El relato de mayo: Contradicción

Esta narración surgió a partir del II Certamen de Microrrelatos Simurg (2024), en el que quedó finalista en la modalidad de ciencia ficción, y ha salido publicada (a partir de la página 26 del texto del enlace) como parte de una antología del concurso. Como requisito, el cuento debía basarse en una de las fotografías del Legado de Santiago Ramón y Cajal colgadas en el Espacio Simurg ex profeso para este certamen. En concreto, aunque hubo varias imágenes me inspiraron, partí sobre todo de ésta, que podéis ver debajo. Espero que el relato os llame la atención. Quién sabe, podría dar origen a algo más largo. Un saludo.


Contradicción


-Pase y siéntese.

El recién llegado obedeció. Luego, contempló el galardón que se encontraba encima de la mesa.

-Ah, esto -se fijó también Ramón y Cajal en el documento-. No lo tenía ahí por presunción. Simplemente, no me ha dado tiempo a guardarlo.

El invitado sonrió, comprensivo.

-Claro, por supuesto. Me imagino que el retorno de Suecia ha debido de constituir un esfuerzo agotador.

 -Créame: he quedado mucho más exhausto de debatir con Golgi.

Afirmó, con una pizca de mordacidad para nada escondida, Ramón y Cajal. El invitado pensó que había llegado en el momento perfecto: el científico se hallaba seguro de sí mismo, exultante tras sus últimas condecoraciones. Por supuesto, seguía trabajando a todo ritmo (o eso le habían comentado sus fuentes al respecto), pero estaba preparado para ausentarse del trabajo si un reto más apremiante, más atrayente, consiguiera atraer su atención.

-Pero dejemos de hablar de mí -sonrió Cajal, pícaro-. Le estoy sustrayendo su sin duda valioso tiempo. Dígame, ¿a qué ha venido acá?

Y el invitado de Ramón y Cajal, embutido en su gabán, con esa pinta enigmática que había cautivado al neurocientífico desde el principio, abrió la bolsa de tela que portaba consigo desde el principio para extraer con sumo cuidado…

-Un cráneo -enunció en voz alta Cajal, conforme lo asía con precaución con ambas manos-. Dios mío, estas fracturas son extraordinarias… Me recuerdan a las de uno que mi hermano encontró para nuestra colección particular: tiene una necrosis, causada por la sífilis, que ha generado unas lesiones tan terribles como éstas. Pero en cambio, las de aquí han sido provocadas por un impacto violento, ¿correcto?

-Así es -asintió crudamente el hombre.

-¿Puedo conocer la circunstancia? -preguntó Cajal.

 -Por supuesto -consintió el hombre-. ¿Es usted aficionado a la espeleología?

-¿Adentrarse por cuevas? No, gracias. He escuchado que se hace muy buena ciencia con ello, pero, en dicha área, nunca he pasado del senderismo. ¿Se halló en una gruta, pues?

-Pero no una cualquiera. Quizá haya visitado usted la sierra de Atapuerca, en Burgos.

-No tengo el gusto -confesó Cajal-. Aunque algunos amigos me han hablado de ella.

-De esto es menos probable que haya escuchado nada: hay, dentro de esa cadena de montañas, un conjunto de cavernas particular… Y en una de ellas, existe una sima: un talud que se abre unos catorce metros hacia abajo y que fue explorado por primera vez en 1795. En dicha oquedad (y esto lo conoce un número muy reducido de personas) se han encontrado una serie de esqueletos humanos. Es por ello por lo que ha sido denominada la Sima de los Huesos.

Cajal miraba al desconocido muy fijamente. Colocó con delicadeza el cráneo sobre la mesa, no muy lejos del premio Nobel. Mantuvo su atención sobre el hombre misterioso.

-Prosiga.

-Respecto a esos restos, le resumiré muy brevemente la cuestión: en primer lugar, no son huesos de humanos modernos. ¿Ha oído usted hablar del Homo neanderthalensis?

-¿Esos fósiles que se atribuyen a un tipo de ser humano anterior al hombre moderno? Aunque tengo entendido que hay una intensa polémica acerca de ellos -Cajal tuvo que escudriñar en el interior de su mente para explorar la parte de su memoria a cargo de las noticias científicas fuera de su campo, de las que procuraba mantenerse relativamente actualizado.

-Exacto. Sobre esto que le voy a decir tendrá usted que creerme, porque todavía no se ha hecho público: los restos de la Sima de los Huesos pertenecen a especímenes de ese tipo. Incluso anteriores.

El hombre ejecutó un parpadeo a destiempo: esperaba que lo suficientemente imperceptible para que Cajal no se diera cuenta. Obligó a su mirada a vagar por la habitación. Primero, para desviar la atención; pero, en segundo lugar, para localizar el cráneo que había mencionado Cajal: podía serles útil, según cómo evolucionaran los acontecimientos. El desconocido se preparó para reiniciar el diálogo. Era muy importante controlar el flujo de información que le proporcionaba al científico: combinar medias verdades con informaciones que pudiera constatar y que, por supuesto, no resultaran anacrónicas respecto a su época. El invitado caminaba sobre una cuerda de equilibrista muy fina, que podía seccionarse en cualquier momento: pero nadie dijo que viajar al pasado fuera fácil. Por ahora, lo importante era que, durante la siguiente andanada, Cajal no llegara en ningún momento a sospechar la verdad:

-Y como segundo punto -articuló con voz queda-… Entre ese grupo de huesos, hay una serie de lesiones violentas que nuestros patólogos han atribuido a una caída desde lo alto de la sima. Pero todas ellas son post-mortem: es decir, primero murieron por cierta causa, la que fuere, y después los arrojaron al talud. En cambio, la fractura de este cráneo es ante-mortem

Dejó que Cajal se impregnara de aquellas palabras y de su auténtico significado:

-Es decir… -pronunció Cajal muy lentamente, mientras estudiaba de nuevo el cráneo-… que es un hombre moderno al que alguien arrojó a un agujero lleno de huesos antiguos… y que murió a causa de ello.

Cajal empezó a interrogarse por las circunstancias en que había conocido a aquel hombre. Y se preguntó que quería realmente de él.

-¿Por qué me cuenta esto a mí, precisamente?-inquirió inquisitorial con los ojos.

 El hombre extrajo otro elemento de su bolsa de tela.

-Porque, al lado del cráneo, hallamos esto.

Cajal lo examinó.

-¿Lo reconoce, verdad?

-Claro -dijo el médico-. Es el ocular de un microscopio. Tengo varios de este mismo modelo.

-¿Y esto? -sacó un nuevo objeto el invitado-. Se encontraba también allí.

El desconocido le tendió lo que Cajal reconoció al vuelo como una preparación histológica. La capturó con fuerza. Leyó las palabras que tenía escritas. Alzó la vista, confuso.

 -Esta… es mi letra.

Consultó con ansiedad su cuaderno de notas.

 -Pero esta muestra… yo aún no la he obtenido.

 Se quedaron mirando entre ellos. Transcurrió un segundo muy, muy largo.

 Cajal se incorporó. Cogió, del perchero, casi al vuelo, su sombrero.

  -Rápido, lléveme a ese sitio -ordenó.

 El desconocido, para sus adentros, sonrió.


domingo, 1 de diciembre de 2024

El relato de diciembre: "El hombre más extraordinario del mundo"

La verdad era que se trataba de una escena peculiar. El prisionero lo pensó desapasionadamente, como si él no fuera uno de los protagonistas, y el hecho de que su cabeza estuviera a punto de desgajarse de su cuello no tuviera nada que ver con su situación. Se dijo a sí mismo que, en el fondo, todo capítulo biográfico en la vida de una persona procede de otro, y éste a su vez de otro, y así podrías seguir hacia atrás hacia Adán y Eva, así que relatar una historia implica de manera imprescindible un corte, con lo cual en ocasiones da lo mismo empezar por el final que por el principio. O qué sabía él: hallarse al borde de la muerte te hace volverte muy filosófico.

                Porque las circunstancias no se le presentaban muy felices, no: delante de él, su archienemigo mortal, Klodovej, grande como él solo, en el sentido literal. Su legendaria obesidad mórbida había ido a más, de tal forma que, aunque aún era capaz de mantenerse ágil y matarte de un mazazo con el solo golpe de sus puños desnudos, su figura casi parecía eclipsar el sol. Aunque lo que más intimidaba de Klodovej no eran sus mejillas caídas, su expresión impertérrita (con la que había contemplado, igual de imperturbable, el desmembramiento de sus mayores rivales en el pasado), y ni siquiera el agudo cerebro que se ocultaba debajo de la bola calva en que consistía su cabeza: lo que más perturbaba, era en efecto, era el hombre que tenía amarrado en el pecho. Un conjunto de cuerdas y cadenas lo mantenían delante de él, a ese individuo que, más que un ser humano, era un engendro de hombre, el cual resultaba repulsivo con sólo mirarlo, pero al mismo tiempo ofendía de manera tan indecente a los sentidos que te obligaba a observarlo detenidamente, para comprobar que no era un sueño y que seguía estando allí de verdad.

                -Seguramente te sorprenda que éste sea mi aspecto -expresó Klodovej-. Es natural. Les pasa a muchos de mis enemigos: después de haber luchado contra mí en la distancia, me contemplan en directo por primera vez, y entonces se sorprenden al ver esta imagen. Es un secreto que mantengo muy escondido. Aunque, ahora que ya todo está para ti irremisiblemente perdido, te lo puedo contar por fin.

                Y vaya si estaba perdido, reflexionó el prisionero. Sujetando la cadena de hierro que, a través de una argolla, oprimía su cuello, mientras el prisionero se hallaba postrado de rodillas ante Klodovej, se encontraba Matamala CuellodeOro: la guerrera que, después de una serie de rencillas interminables que se habían prolongado durante una década, por fin lo había derrotado. Había que reconocer que Matamala, con su pelo corto, rubio platino -a semejanza de una de las añejas estrellas de rock-, y su esbelta silueta, ceñida por un traje violáceo que le sentaba como un guante, era un rival muy digno por el que ser capturado (aunque eso, ahora mismo, le sirviera de magro consuelo). Lo cierto es que el prisionero, en gran medida, se hallaba agotado: Matamala CuellodeOro era una némesis imprevisible, con sus pensamientos siempre cambiantes, alternando entre la más fría lógica perversa y la más absoluta locura, como si tuviera dos personalidades esquizoides compitiendo -por ver quién era más cabrona- entre sí. Al menos, se dijo el prisionero, acorralado durante los últimos tiempos hasta los límites de sus fuerzas, será un alivio poder descansar…

                Pero aún le quedaba soportar el tormento de escuchar a Klodovej. El cual, como los villanos realmente sabios, comprendía en su profundidad las debilidades humanas, las empatizaba, y hasta se conmovía con ellas. Aquello no evitaba que fuera un hijoputa de marca mayor: más bien al contrario, le hacía doblemente malvado y peligroso. En el fondo, la sensación que transmitía era: “en realidad, tú no me caes mal. De hecho, en otra circunstancia, yo te hubiera ayudado, seríamos amigos, te hubiera salvado la vida. Pero te has interpuesto entre mí y mis negocios, y eso es algo que no puedo tolerar. Lo lamento, no es nada personal”. Para, a continuación, después de esa dialéctica imaginaria, clavarte un cuchillo entre los omóplatos, luego otro a la altura del hígado, y para finalizar unos cuantos a lo largo de los ejes principales de la piel, sólo para que sus oponentes escarmentaran y tomaran ejemplo. Quizá aquella muestra de sadismo acabara llegando, más adelante. Ahora, no podía reprimirse a la hora de contar la historia del patético subhumano que sostenía sobre su voluminoso abdomen, como si le faltara, de lo común, un auditorio, y necesitara congratularse periódicamente con el sonido de su propia voz.

                -Es realmente molesto tener que cargar con este tipo todo el rato. Pero no me lo quito casi nunca. No, al menos, cuando estoy fuera de mi fortaleza de seguridad. Como comprenderás, en mi posición, todo el mundo quiere matarme. Y esta… criatura -escupió- es mi salvaguarda de seguridad. Al fin y al cabo, es el hombre más extraordinario del mundo.

                Emitió una sonrisa ladeada y socarrona. Se estaba regodeando. Dios mío, le tenía ahí, medio desangrado, al borde de la ejecución, y encima lo estaba pasando de fábula.

                -¿Y qué tiene ese maldito mastuerzo?-preguntó el prisionero, cargado de sarcasmo, mientras constataba que, a causa de la paliza, se le habían quedado bailando un par de dientes-. ¿Es que libera sudor de plata?

                -¿Sudor de plata? Qué imaginativo. Así me gusta, desafiante y altivo, así será más divertido. No, sudor de plata no: algo mucho mejor -respondió ufano, ajeno a la provocación, Klodovej-: vive dos minutos adelantado en el futuro.

                El prisionero quedó ojiplático. A pesar de su situación, aquella declaración le hizo olvidar todo lo demás:

                -Me estás tomando el pelo.

                -Qué va -se rio Klodovej-. Y te lo digo tan seguro porque costó mucho averiguarlo. Nos hartamos de hacer pruebas para cerciorarnos, pero, sobre todo, para descartar todo lo demás. Aquí nuestro amigo sabe lo que va a ocurrir con dos minutos de antelación, y reacciona en consecuencia.

                -No parece muy feliz con ello -cargó la frase de cinismo el prisionero.

                -No, pobrecito mío -acarició Klodovej a su particular mascota, con conmiseración-. Cuando le encontré, era un guiñapo humano. Más aún, quiero decir. Vale que le tuvimos que inyectar ciertas hormonas para hacerlo más manejable y que mantuviera un tamaño adecuado que permitiera… hacerlo transportable, por decirlo con un eufemismo. Pero es que no podía hacer nada con su vida. Bebía agua antes de tener el vaso delante: pero es que, para cuando empezaba a hacerlo, aún no se encontraba ni cerca de la mesa, de tal manera que era imposible que llegara a coger el agua a no ser que le transportara alguien. Él llegó a entender su condición, pero le era difícil transmitirlo: sobre todo porque todos los mensajes empezaban o terminaban a destiempo. Había cosas que había aprendido a hacer, claro. Pero ejecutarlas le obligaba a un esfuerzo ímprobo, a realizar varias actividades antagónicas de manera simultánea, y, sobre todo, a pensar a dos niveles en su cabeza, lo cual siempre le costaba, pues era como habitar dos mundos distintos a la vez. La pobre criatura sólo llegó a sobrevivir gracias a los cuidados de su madre, a quien yo, por supuesto, tuve que liquidar -siguió acariciando a su desvalido monito de feria-. Ahora, sólo me tiene a mí, y por eso me protege: si alguien quiere atacarme, su reacción, dos minutos antes, me indicará que me encuentro en peligro. Me ha salvado de innumerables complots y conspiraciones. A cambio, yo le alimento, le protejo, le nutro… ¿Qué iba a hacer él por sí mismo? Nunca hubiera podido tener una vida normal. Iría a besar a una chica, y frunciría los labios antes de que a ella siquiera se le pasara por la cabeza tocarle. Pero, en realidad, supongo que porque el universo está en contra de las paradojas temporales, lo que ocurrirá es que ninguna chica querrá besarle nunca. La única forma en que puede hacer algo con una mínima continuidad es que alguien le permita, de manera ininterrumpida, ejercer una actividad un cierto rato. De hecho, cuando queremos que se comunique con nosotros, y no deseamos entretenernos mucho, le ponemos en un tobogán deslizante que le acaba conduciendo a un ordenador, para que allí escriba los mensajes que le interesan, por supuesto con dos minutos de desfase. Creo que él mismo ha aprendido a escribir para que, a pesar de todo, los mensajes no queden incompletos. En fin, pobre angelito, me da mucha pena. No obstante, es útil a mis propósitos, y con eso me vale.

                Giró la cabeza hacia el prisionero, como si se hubiera percatado de que estaba allí, pero era más bien un “ahora llega tu turno”.

                -Bien, ¿por dónde íbamos? Ah sí: te tocaba irte a tomar por culo, ¿no es así?

                El prisionero estaba dispuesto; le dolía, porque sabía que eso constituiría la aniquilación de su planeta y de su familia, pero ya había adoptado la resignación de lo irremediable: no había nada que protestar porque no había nada que pudiera hacer. Se hallaba preparado para morir.

                Entonces, ocurrió lo increíble, lo imprevisible, lo inimaginable: y se acordó, en ese momento, de por qué Lucifer, en el fondo, con sus cabellos de rizos dorados, sigue siendo un puto ángel.

                -No tan deprisa, Klodovej -enunció de improviso la bien aterciopelada voz de Matamala CuellodeOro.

                El labio de Klodovej dudó: no, no podía ser. No podía ocurrir. Esto no podía estar sucediendo.

                -¡Tú!¡Pero… sabes por qué estás bajo mi mando!¡Conoces las consecuencias de la traición!

                -Sí, desde luego -replicó Matamala, con una expresión risueña que helaba la sangre-; pero he de reconocer que, sin adversarios, el mundo se torna muy aburrido. Soy consciente de tus absurdas precauciones acerca de despellejarme viva durante un período indecible de tiempo, si mueres, bajo la venganza de tus herederos y esbirros. Pero, dime, ¿qué interés tendría la vida sin incentivos de ese tipo?

                La cadena, liberada de la mano firme de la asesina, se soltó. Matamala le lanzó a su antiguo cautivo una pistola. Luego corrió a ponerse a cubierto, porque, a pesar de que estaba más loca que una regadera, no era imbécil, y no pretendía que el prisionero la liquidara también. Ya volvería, cuando sus ansias psicópatas por enfrentarse en una lucha a muerte la llevaran a toparse de nuevo con su enemigo, para continuar una partida que, con un poco de suerte, no terminaría jamás.

                Mientras tanto, el guerrero derrotado no se lo pensó dos veces: sólo tenía un disparo antes de que Klodovej le destrozara con sus propias manos. No podía fallar y, por supuesto, Klodovej empleó como escudo humano a su inválido acompañante…

                … quien sólo empezó a manifestar una expresión de dolor tras recibir el disparo. Había estado dos minutos sufriendo, muriendo agonizando… pero callando, calculando los dos minutos que necesitaba, porque prefería morir… antes que seguir aguantando esa existencia un segundo más. Y él sabía de sobra de lo que hablaba, porque para eso era un experto en el arte tiempo. Ahora, él y su don podrían descansar en paz.

                ¿Había meditado -reflexionó por un momento el prisionero, mientras asimilaba su enorme suerte- Matamala CuellodeOro sobre lo que sucedería cuando tomó esa decisión? Seguramente no, se dijo a sí mismo: lo bueno de que tu mente funcione como un cencerro sin bajado es que no sueles tomar demasiada consideración a las consecuencias. Y menos de un pobre ser humano que no se inmiscuye en tu vida: seguro que ni lo había previsto. O quizá sí que lo había pensado, pero prefería que el riesgo lo tomara otro, en vez de correrlo ella. En algunos casos, a los locos les favorece el valor de lo inasumible.

                Quizá aquel sacrificio tan abnegado, empero, no pasó desapercibido: porque cuando Klodovej agonizaba en el suelo, atravesado el pecho por un enorme orificio (el cual, por supuesto, había machacado a su medida última de seguridad), su mente, errática por la pérdida de sangre, se dedicaba a balbucear:

                -El hombre más extraordinario del mundo… qué destinos tan terribles les asignamos los humanos a las cosas más bellas, ¿verdad?

                El prisionero no dijo nada: le pegó dos balazos en la frente a Klodovej sin entretenerse demasiado en ello, pues sabía que a su misión aún le quedaba mucho para terminar y, como su salvador, él también llevaba mucho tiempo habitando en el futuro, y había cosas que ya era hora de rematar.

jueves, 1 de agosto de 2024

El relato de agosto: "Repetición de la jugada"

Todo comenzó cuando, una agradable tarde de septiembre, en pleno síndrome de depresión postvacacional, Mariano García Gual, de 42 años, quiso volver a ver el partido en el que España derrotaba a Alemania en cuartos de final de la Eurocopa. Se había perdido algunos compases del choque, en su momento, por culpa de la cena familiar organizada por su cuñada, y sabía que en todo caso le tranquilizaría de cara al retorno al trabajo, sobre todo porque, como en una buena película, era conocedor de que iba a terminar bien, y aquello le sosegaba.

Por eso, su sorpresa fue mayúscula cuando, al volver a ver la grabación del partido, algo ocurrió en el minuto 28 de la prórroga: o mejor dicho, no ocurrió. Dani Olmo centró al área, Merino remató... y el tiro salió a un lado de la portería. El centrocampista español había fallado, al contrario de lo que ocurrió la primera vez, en la que aquella jugada supuso un gol que había derivado en la victoria de España durante aquel duelo. Mariano contempló atónito el resto del partido para comprobar cómo el equipo hispánico caía en penaltis contra Alemania.

Además del disgusto tremendo que se pilló (y de la perplejidad en que su cerebro se hallaba sumido), a Mariano no se le pasó la obvia paradoja temporal que se estaba generando, y por ello, y ya que era a la sazón el Responsable Científico del CERN (un cargo que le había obligado, para su disgusto, a renunciar a su anterior puesto como presidente de su comunidad de vecinos), redactó un mail a sus superiores, que rápidamente movilizaron a los físicos que formaban parte de su plantilla para cerciorarse de que aquello no se trataba de un incidente aislado. Pero no, estaba claro: en todas las grabaciones del partido, en los registros oficiales de la UEFA, en el libro oficial de la Eurocopa, era Alemania la que había pasado, aunque todo el mundo recordaba que no había sido así.

Las discusiones que tuvieron lugar en aquellos días, en foros oficiales y cotidianos a lo largo y ancho del globo, fueron muchas: se habló de una alucinación colectiva, de dimensiones alternativas... Al final, la explicación que cuajó fue la de un experto en física de partículas que teorizó que, en un abanico de posibilidades tan amplias como las que se abren en un partido de fútbol, se había producido un desfase temporal a nivel cuántico y, aunque la realidad había sido una concreta -inalterable y específica- durante los primeros instantes después del encuentro, a partir de cierto momento (que el físico calculaba que rondaba las 6 de la tarde del 3 de agosto, a la altura de Murcia, bajo un temperatura de 42 grados), se había producido una ruptura en el tejido espacio-temporal en la que había salido victoriosa otra deriva de la corriente temporal, y que ahora era esta nueva versión la que dominaba nuestras vidas.

No obstante, aquello generó un maremágnum entre los responsables futbolísticos: la final se había celebrado en su día, con España entre los equipos presentes. Habían entregado un trofeo, el equipo vencedor se lo había llevado a casa, se había festejado la victoria por las calles de la capital del país... ¿y ahora, todo aquello no se había producido? La UEFA insistió en que, al menos, se tendría que organizar una nueva final en la que jugarían Alemania contra Inglaterra, tal y como se manifestaba en esta nueva realidad.

No obstante, cuando se trató de organizar el partido, sucedieron varios hechos bastante anómalos. Los jugadores se sintieron incómodos en el túnel de vestuarios, como si, en sus propias palabras, se sintieran disconformes con su situación espacio-temporal, y aquello les provocara temblores estomacales, alternados con breves ataques de paradoja. Neuer citó a Kant y a Hume para tratar de describir los síntomas clínicos, pero el más afectado fue Harry Kane, quien tuvo una epifanía en el baño de los vestuarios del estadio en Berlín en la que se le apareció, en el fondo de la taza del váter, Julio Iglesias, y le comunicó que aquel partido era un error de consecuencias cósmicas, para a continuación revelarle que él era su auténtico padre. Kane declaró que, a continuación, vomitó sobre la cara del cantante español, y que tuvo que ponerse a leer varias páginas de las obras completas de Lovecraft para tranquilizarse.

Al final, el asunto se resolvió porque, en los primeros compases del partido, cuando Mittelstaädt estaba a punto de cometer una desintegración molecular sobre Jude Bellingham, apareció un espontáneo desnudo en el campo. En un principio, los responsables de la seguridad creyeron que buscaba un autógrafo de Pickford, pero luego hablaron con el susodicho y les reveló que era un mensajero del futuro que venía a advertirles de que este nuevo partido estaba alterando la línea de sucesos previstos y que, por tanto, debían optar por la solución opuesta: celebrar de nuevo el partido entre España y Alemania para que transcurriera tal y como debía ocurrir, y de esa manera recuperar el flujo cuántico estándar. Los árbitros no tenían muy claro cuál era la decisión correcta, pero al observar cómo Müller se desvanecía de manera intermitente ante sus ojos, decidieron hacer caso al recién llegado, eso sí, después de ponerle encima una rebequita para no escandalizar al público (por lo visto, explicó el mensajero del futuro, el viaje a través del tiempo requería ir cargado del menor peso posible, y por eso había tenido que quitarse toda la ropa, después de que su jefa se negara a desplazarse ella misma y aparecer desnuda delante de un campo con 60.000 espectadores; a continuación, el viajero del futuro pidió, para recuperarse del trayecto, un caldito de pollo y un estóndalo. "¿Ah, que no sabéis lo que es un estóndalo?", preguntó. "Pues ya lo descubriréis, ya. No sabéis lo que os estáis perdiendo. Pero chssst, creo que ya he hablado demasiado").

Así pues, volvió a celebrarse el partido entre España y Alemania. No fue un reto carente de problemas: para empezar, los jugadores tuvieron que echarse cremas regenerativas contra la edad, a base de pepino, para hacer retroceder los estragos que el tiempo había efectuado sobre su piel en los últimos meses, para así encontrarse en la disposición más parecida a la que los jugadores poseían al inicio del choque (alguno de ellos, en un arranque de celo, rompió con su pareja en aquel momento para volver a salir con las personas con las que lo hacían durante el período de la Eurocopa. Aquello dio más de un quebradero de cabeza en el Registro Civil, incluso aunque se garantizase que la unión era sólo eventual y por razones meramente futbolísticas. Sobre los inconvenientes domésticos que aquello causó, y cómo un futbolista recibió un sartenazo en la cabeza al proponer una solución en forma de trío, cubriremos un tupido velo). Lo más difícil fue restablecer, uno por uno, los hitos principales del partido: Kroos volvió a partirle la pierna a Pedri (lo cual, teniendo en cuenta que estaba ya dolorido, le sentó fatal), y Olmo hubo de repetir el centro a Merino hasta que ambos lograron repetir de manera fidedigna la jugada a la trigresimo cuarta ocasión (marcando en una de cada dos ocasiones), demostrando que, en palabras de Douglas Adams, sólo existe una forma segura de ejecutar una maniobra concreta, y es cuando ésta tiene, como probabilidad para producirse, sólo una entre un millón de oportunidades.

Al final, la normalidad se restauró, España volvió a jugar la final contra Inglaterra, y el orden se restableció en el mundo. Eso sí, aquello conllevó, más adelante, la invasión de los extraterrestres del planeta Junito, y el motivo por el cual nos vimos obligados a escribir este relato. Pero como suele decirse, ésa es otra historia, y merece ser contada en otra ocasión.

martes, 17 de mayo de 2022

El relato de mayo: Los límites del infinito

Los límites del infinito.

(Relato escrito al azar)

 

            La lanzadora de cuchillos apuntó las dagas con precisión, asiéndolas por la punta y concentrando la pupila en su objetivo. Se preparó para arrojarlos alrededor de la chica del traje de lentejuelas que le servía en este espectáculo de víctima. Las luces del escenario brillaban con todos los fulgores. El público, vestidos de traje y corbata ellos, y engalanadas ellas, casi todos de estirpe anglosajona, contenía la respiración.

            Entonces, un grupo de soldados vestidos del riguroso traje militar indio, y de esta misma nacionalidad, entraron por una de las puertas laterales, y se dirigieron hacia allí.

            La lanzadora de cuchillos detuvo su número. En realidad, y por un reflejo automático, los cuchillos falsos que debían salir de la tabla se mostraron ante el público. La columna de soldados se dirigía hacia ella por un lado. Estaban a punto de ascender las escaleras que conducían hacia el escenario. En llegar hasta la posición donde se encontraba la lanzadora, a la que buscaban, tardarían tan sólo diez segundos, y transcurrido ese tiempo llegarían hasta allí y la degollarían. Ella se puso frenética a darle vueltas a la cabeza. No tenía mucho tiempo para pensar.

            Esta es la historia de esos diez segundos...

 *     *     *

             Explicar nuestra condición es complicado. No me hago una idea precisa de cómo hacerlo. De hecho, al principio, cuando era joven, me parecía normal, incluso me preguntaba cómo era posible que los demás no entendieran lo que decía al referirme a ello. Para mí viajar en el tiempo era algo parecido a cruzar una habitación: simplemente avanzabas un paso, movías una puerta y ya estaba. Sin traumas ni transformaciones, sin movimientos bruscos y sin aspavientos. Tanto, que a veces no me daba cuenta de que lo hacía. Sólo estaba pensando en otra cosa, en otro momento, en otro lugar, y allí aparecía. Es algo tan sencillo como eso.

            Luego fue cuando me empecé a dar cuenta del poderoso don que me había sido otorgado, y que se cernía intrigante a mi alrededor. Lo primero de todo debo explicar que no se trata ni mucho menos de una propiedad que reporte un poder universal. Viajar en el tiempo tiene sus reglas estables. Lo primero de todo es que vas envejeciendo mientras lo haces. Tomemos por ejemplo un tiempo de unos diez segundos de lapso. En ese periodo, puedes hacer un número limitado de desplazamientos por el tiempo. La cuestión no se refiere tanto a número de viajes (como he dicho, lo que es el viaje en sí mismo consiste tan sólo en un parpadeo de ojos), como en los años recorridos mientras tanto. Es decir, tú en esos diez segundos puedes marchar, vivir mil vidas, dirigirte a mil sitios, envejeces pero cuando retornas al origen del viaje en el tiempo te vuelves joven otra vez, tan sólo a lo mejor un segundo más viejo. Y así durante un largo rato. Pero no puedes caminar sin límites: llega un momento en que esos diez segundos pasan, y ya no puedes dar marcha atrás. En cierta medida, y para que nos entendamos, es como un zurcido. Tu vida siempre avanza en una sola dirección y sentido, por donde marcha la aguja: luego, lateralmente, tú puedes dar todas las puntadas que quieras, arriba y abajo, a derecha e izquierda; no obstante, cuando vuelvas a la línea inicial, sólo puedes desplazarte hacia delante. No sé por qué ocurre de ese modo exactamente, pero lo cierto es que es así. También, en cierta medida, es como un lanzador de cuchillos: un cuchillo puede ser clavado sobre la tabla en un número infinito de posiciones. Sin embargo, esas posiciones están limitadas por la extensión de la tabla, y también por el hecho de que no puedes dañar al individuo (normalmente una hermosa señorita) que se encuentra tumbado sobre la misma. Creo que este punto no está muy claro, pero algunos postulan que por cada unidad de tiempo que avances en tu vida, dispones del equivalente a unas 30 millones de veces para recorrer pasado y futuro, dirigiéndote a cualquier localización del espacio, antes de avanzar un paso más. Es decir que en esos diez segundos, tendríamos diez mil años como lapso posible de tiempo. Diez mil segundos para ser vividos, envejecer, rejuvenecer de nuevo, y volver a viajar, antes de que esos diez segundos pasen. Es mucho, pero no lo es todo. Esos son los límites del infinito.

            Otra paradoja curiosa que me he encontrado a lo largo de mis viajes es que constituye un embuste eso que algunos han teorizado acerca de que es imposible alterar el presente a través de modificaciones en el pasado, puesto que estos cambios lo único que harían sería conducirnos a él. La realidad es que una circunstancia presente puede ser enmendada a voluntad como consecuencia de sucesivos viajes en el tiempo encaminados específicamente a modificarla. Pongamos por ejemplo la situación en la que me han encontrado: una chica ha vivido treinta años –pongamos en 1870-, durante los cuales ha realizado innumerables viajes en el tiempo (el equivalente a 900 millones de años de vida, más o menos, según recordamos). Luego, llega un momento en que se nos presenta una situación angustiosa a esa edad de 30 años, en el año 1900: por ejemplo, esos diez segundos que tenemos antes de que un grupo de soldados hindis degollen a esa chica sobre el escenario. Esos diez segundos son para esa persona diez mil años de vida a través del tiempo que tiene para modificar su circunstancia presente, para así poder salvarse, y continuar envejeciendo hasta morir de una manera normal, a los 80 (lo cual ocurriría en el año 1950). Porque se supone que todos morimos. Eso dicen. No he encontrado a nadie que me lo haya aclarado.

            ¿Así que, qué hacer? Viajar. Viajar mucho. Pasar de habitación en habitación. Es tan sencillo como eso, abrir una puerta. También hay límites. Al igual que hay un número finito de localizaciones, y de habitaciones en una casa. En mi caso he comprobado que mi límite son cuatro mil años para atrás desde el momento de mi nacimiento, y veinte mil para adelante. ¿Dentro de esas limitaciones, entonces, qué es lo que hacemos? Pues lo dicho: viajar, viajar mucho. Puedes ser una princesa en Persia, un hombre santo en la India (aclaremos este punto: el sexo, los rasgos físicos y la edad inicial del momento en que realizaste ese viaje se conservan; toda modificación posterior de tu cuerpo se elimina cuando retornas a tu tiempo presente), el lugarteniente de Ptolomeo en Alejandría, todo depende de dónde aparezcas, en qué tiempo concreto, y qué decidas hacer con él. Por supuesto no todos los viajes te llevan adonde quieres ni tienes todas las aspiraciones posibles, ni puedes conseguir que cada uno de los sitios a los que viajes eviten que ese grupo de soldados hindis acaben con tu cabeza en una cesta. Pero tienes diez mil años, ¡vamos!, es más que suficiente para, poco a poco, piedra a piedra, poner a tu favor las cosas. Algunos cambios requieren tan sólo unos pocos días –o meses- en tiempos alejados uno o dos días con respecto al tiempo referido. En otros casos, en cambio, paradójicamente, requieres de décadas de vidas en épocas y lugares muy alejados de ti, de tu verdadero presente. Puede parecer que la acción de un hombre en la antigua Babilonia no tiene mucha influencia en lo que le ocurra a un turista espacial: pero quizás el metal del traje de astronauta y el de la daga del babilonio sean el mismo. Y una acción del babilonio sobre esa daga puede incidir en la seguridad del traje espacial. Conviene tenerlo en cuenta.

            Me diréis, “qué terrible la soledad del viajero entre mundos”. No estamos tan solos. A fuerza de cruzar nuestros caminos, hemos encontrado a varios de los nuestros. Ninguno conocemos el origen de este don, ni hasta donde podemos llegar. Nos encontramos unos a otros en una inmensa madeja, ya sea en las épocas Tinder en el siglo XXXVIII o en la victoriana Inglaterra. Interaccionamos de vez en cuando: incluso yo he mantenido relaciones de amistad y he compartido sexo con otros de mi condición, pero para ser sinceros, es aburrido. Hemos visto todos tanto, lo hemos contemplado todo, que tenemos una visión muy parecida acerca de cómo es el mundo y de las cosas que en él te pueden suceder, o que tú puedes crear. Nos estamos convirtiendo en una especie aparte, si es que no lo éramos antes.

Y aparte de ellos, también se encuentran los guardianes del tiempo. No sabemos exactamente quiénes son: si fueron algunos de los nuestros que decidieron un día salirse del juego y quedarse permanentemente (por así decirlo) en la puerta de la habitación, o simplemente son personas se perdieron en la maraña espacio-temporal. Te los encuentras, como digo, en los umbrales, en los espacios perdidos entre las puertas del tiempo; si te detienes un momento a mirarlos, tan sólo te parecen espacio vacío, en general de colores ocres o apagados, como un lugar entre dos mundos. De vez en cuando esos guardianes te ayudan, o te preguntan qué tal va todo. En general constituyen gente, por su aspecto, bastante anciana y cansada. Quizá algún día yo acabe como uno de ellos.

            Hay un aspecto de este asunto que me gustaría que terminarais de entender. Pero lo veo complicado. Se trata de la doble direccionalidad de este juego. Los viajes se dan hacia el pasado y hacia el futuro. Lo que hagas en el pasado, puede afectar a lo que venga después. Pero al mismo tiempo, lo que cometas en el futuro, también puede influir a lo que suceda antes. Comprendo que esto es difícil de aceptar: estamos acostumbrados a que el tiempo transcurra en una sola dirección, y argumentar lo contrario puede parecer una herejía. Ni yo mismo sé cómo explicarlo, ¿cómo iba a poder?¿Cómo le contaríais a un ciego el color rojo, cómo le explicaríais a alguien sin papilas gustativas el sabor dulce? Las pocas veces que lo he intentado, ha acabado en un balbuceo de palabras en torrente de mi boca, y en la incomprensión de los que me rodeaban. Así que no voy a intentarlo de nuevo. Lo único que puedo deciros es que esto es así, y que es verdad. Tampoco os sé proporcionar la explicación científica: yo solamente os voy comentando lo que me he ido encontrando al avanzar.

            En este camino, solicitar indicaciones es de lo más complicado. En estas intersecciones que os he comentado antes, se encuentran los guardianes del tiempo, pero ni siquiera con estos -a pesar de su experiencia- resulta sencillo. ¿Cómo preguntas a alguien de la Roma del siglo II cómo se llega a la América de los incas y aztecas?¿Alguien en el siglo XXIII conoce una mínima parte de las guerras suraustrales? Y también al revés ocurre lo mismo, es difícil preguntarle a alguien del siglo XIII sobre la Edad Antigua, cuando en realidad este concepto de división en edades no queda fijado hasta el siglo XVIII. También te tienes que enfrentar a la ignorancia de aquel tiempo y de la persona concreta con la que te cruces. Y qué decir de lo complicado que es encontrar orientación cuando aterrizas en un país del que desconoces el idioma, y donde puedes haber aparecido con una ropa y en una circunstancia que te resulten por completo desconocidas (como he dicho, no siempre se puede dirigir el sitio al que vas a viajar: en cuanto a las condiciones en que aterrizas, creo que tu propio mecanismo, por instinto, trata de hacerlas lo más cómodas y apropiadas posibles, pero eso no siempre funciona con acierto. Lo sé, puedo desmotrarlo). En definitiva, que en ausencia de mapas claros, sabiendo tan sólo que existen rutas más transitadas y encrucijadas de paso, sitios a los que se es más proclive a saltar justo después de otros sin que haya una explicación lógica –el año 1963 es una estación de paso casi obligada-, conseguir las mejores indicaciones posibles, junto al arte de obtenerlas y de esa manera orientar mejor nuestros pasos, es un requisito indispensable para sobrevivir. A mí de hecho se me conoce especialmente entre los míos por mi capacidad de obtener direcciones. Me he hecho leyenda por ello. Hemos hecho de estos aspectos nuestro particular modo de vida.

            Os preguntaréis por qué preferimos enfrentarnos a este caos, en lugar de quedarnos tranquilamente en nuestro sitio. Lo primero de todo es que no es elegible. Con sólo girar la cabeza, puedes pasar de estarte preparando para cruzar un paso de peatones, a enconrarte contemplando con ropa de griego las pirámides. Pero aparte de eso, lo diremos: la eternidad (o la casi eternidad) es aburrida. Por eso preferimos meternos en líos: enredarnos en problemas, y luego montar enormes y enmarañados ovillos espacio-temporales para salir de ellos. A veces podemos cansarnos, e incluso liarnos, y hasta perder de vista el objetivo inicial. Pero no pasa nada, siempre hay tiempo. Eso es lo que siempre nos va a sobrar.

            Y hablando de tiempo, ya han pasado diez segundos, ¿no? Depende de para quién, supongo. Quizás a vosotros os ha parecido más. Nunca consigo tener el reloj en hora. En todo caso, es hora de que volvamos al lugar inicial.

 *     *     *

            La lanzadora de cuchillos tenía las dagas en la mano. Entonces, aparecieron el grupo de soldados hindis. Sólo en diez segundos iban a llegar. Y en esos diez segundos muchas cosas pasaron.

            Para empezar, las dagas esta vez no eran de atrezzo. Para cuando los soldados quisieron darse cuenta, cuatro de esos puñales habían sido disparados a la vez de manos de la lanzadora, habiendo acertado cada uno en el blanco. La lanzadora, mientras tanto, ascendía por la cortina, con una habilidad felina con los pies, para poderse propulsar y así volver a atacarles.

            Luego, además, al lado de la lanzadora, se encontraba un artista de artes marciales, un mongol que había actuado justo antes de ella, y que se puso a golpear a algunos de los soldados, derribando a varios de un golpe.

            Y para seguir, los miembros de una religión (que no existía la primera vez que los soldados entraron en esta sala) se abalanzaron contra los recién llegados en nombre de su diosa, que se parecía de manera extraordinaria a la lanzadora de cuchillos.

            En medio de este revuelo, se formó un tumulto. Cayeron los focos, y se derrumbaron columnas. Pero la lanzadora se había escapado. Los diez mil años que tenía de margen le habían servido para escapar.

            Entonces fue cuando volví.

            Volví a mi tiempo, a la realidad que me correspondía, diez años antes. Pero esta vez era ligeramente distinta. Ya no llevaba puesto el traje de artes marciales. Y en lugar de encontrarmente (como lo había hecho antes de saltar) en un palacio de corte árabe, me hallaba encerrado en una mazmorra. Con las manos atadas a cadenas, y las rodillas en tierra. Se abrió una puerta. Entró un verdugo con un hacha. En tres minutos –unos ciento ochenta segundos- probablemente tendría tiempo suficiente para llevar a cabo lo que tuviera que hacer conmigo. Y al final de esos ciento ochenta segundos seguro que yo no lo iba a contar.

            Pronto razoné lo que había ocurrido. Claro, era lógico. Le había echado una mano a mi amiga, y ahora, como consecuencia de ello, algo se había alterado en el futuro, y esa alteración (como he dicho que era posible) había modificado mi pasado hasta hacerlo radicalmente cambiar. Es lo que ocurre con nuestros trayectos: creamos madejas tan grandes, tan intrincadas, que es difícil que las que elaboren unos no se mezclen con las de los otros y deshagan lo que algunos han tardado tanto esfuerzo en crear. El que alguien consiga adelantar la consecución de un invento puede fastidiarle a otro la iniciación de una guerra. Son gajes del destino, problemas. Inconvenientes que todos nosotros tenemos que aceptar.

            No pasa nada. Vislumbro con confianza el futuro, en forma de verdugo cuyo hacha, de filo apuradísimo, parece sonreír al poderme vislumbrar.

            Tengo ciento ochenta mil años para poder alterar este mundo.

            Será un bonito paseo el volverlo a intentar.

lunes, 17 de enero de 2022

La historia corta de enero: Para torturar a un hombre, debes conocer sus placeres

Para torturar a un hombre debes conocer sus placeres

El último día fue más largo que ninguno. El problema era que eso hacía que el mañana no llegara nunca. Por tanto, no habría día siguiente: jamás enviarían las pruebas de laboratorio. Nadie acudiría en busca de los testigos que no habíamos encontrado hoy. Teníamos la pista fresca en el suelo, pero carecíamos de la herramienta del tiempo que, en ocasiones, resulta tan útil en las investigaciones. No podríamos atrapar al asesino si éste había huido a más de una jornada de viaje. Menos mal que tenía la suerte de que el culpable era yo. Menos mal que había decidido, aquella mañana, detener la noche, para así imposibilitar que cualquier otro me capturara. Menos mal que soy un dios todopoderoso, olvidado del mundo, pero, aun así, capaz de ejercer mi poder destructor:
–Y a pesar de todo –escuché la voz del hijo de puta a mi espalda– te he encontrado…

Esta historia fue compuesta para la XIV Edición de Getafe Negro, en un certamen de microrrelatos cuyas bases indicaban que había que empezar por la frase "El último día fue más largo que ninguno", inicio de la obra de Stanislav Lem "La fiebre del heno".

lunes, 5 de diciembre de 2016

La película de diciembre: "Time lapse"

Hace unos pocos meses hablamos sobre viajes en el tiempo en el cine y la literatura en un post de este blog. No obstante, creo que merece la pena retomar de nuevo el tema para hablaros de la película que hoy saco a colación. Últimamente, en festivales como el de Sitges y otro tipo de plataformas, encontramos propuestas muy interesantes, hechas en muchos casos con cuatro duros, y que apenas reciben promoción o reconocimiento -incluso por parte de los jurados, que sí que han destacado películas muy interesantes como Another Earth, Ex machina, Primer o Upside Down-, así que tiene que ser el "boca-a-boca" o reseñas como ésta las que llamen la atención sobre esas pequeñas joyas. Entre estos ejemplos, se me ocurre mencionar The Man from Earth, Coherence, u Orígenes, tres películas maravillosas del cine de ciencia ficción independiente de las que no hubiera tenido noticias de no ser por recomendaciones de amigos (incluso aunque alguna de ellas se me pasara de largo en su momento y tuviera que re-descubrirla por casualidad XD). En este caso, Time lapse ni siquiera tuvo esa oportunidad, ya que la encontré de manera completamente azarosa. Y aunque la película mantiene alguno de los patrones y paradojas clásicas de los viajes en el tiempo, hay que decir los presenta de manera bastante original y, sobre todo, lo hace de forma que te mantiene pegado a la pantalla durante todo el metraje de la película, intrigado por el destino de sus protagonistas. Así que he pensado que, en este caso, y con el objetivo de establecer una cierta reciprocidad, quizás yo podría ser en este ocasión el amigo que os recomienda una película desconocida que (espero) os vaya a gustar.


De todos modos, de "Time lapse" no os comentaré mucho, precisamente para dejar espacio a la sorpresa. Si acaso, es posible desgranar un poco el punto de partida inicial: todo empieza con tres amigos (una de ellas, Danielle Panabaker, la actriz más conocida del elenco y que a muchos les sonará de series de televisión como "Shark" o "The Flash"). Una casa. Una ventana en el piso del vecino que da directamente a la sala de estar de la vivienda de los protagonistas. Y una misteriosa cámara fotográfica... A partir de allí, suspense, giros de guión, y una excelente muestra de thriller psicológico donde nada es donde parece. Y, como suele decirse, hasta aquí puedo leer. Nos recomendamos. Un saludo.

lunes, 12 de septiembre de 2016

El libro de septiembre: La mujer del viajero del tiempo, de Audrey Niffenegger

Algunos ya conoceréis este título por la película que se estrenó en los cines hace unos años con el mismo nombre. Y sin embargo, y a pesar de su buen plantel de actores (destaca especialmente Rachel McAdams), un fiel intento de adaptación, y una realización más que decente, la película no le hace justicia del todo a la novela, entre otras cosas porque hay aspectos muy difíciles de reflejar en el cine y que resultan más impactantes transmitidos a través de la lengua escrita. Lo cierto es que la primera novela de Niffenegger (quien, entre otras cosas, impartía talleres de escritura creativa) tiene también, al menos, desde el humilde punto de vista de este lector, varios importantes defectos: el principal, una innecesaria longitud, pues una buena parte del texto da la impresión de tratarse de relleno innecesario que no aporta mucho a la historia, y hace que uno se pregunte si no saldría una mejor novela de haber arrancado dos de cada tres páginas. No obstante, hay novelas que no son perfectas y, sin embargo, poseen toques de genialidad suficientes como para recomendar su lectura. Y, en este caso, la autora nos ofrece una buena historia, un muy original punto de partida y un gran dominio de los tempos narrativos (al menos hasta cierto punto) y de las situaciones expuestas. No son malas propuestas para empezar.

La historia se centra alrededor de Henry, un individuo con una rara mutación genética que le hace viajar en el tiempo. En muchos sentidos, la enfermedad de Henry se asemeja a la epilepsia: en una situación especialmente estresante, su mente se acelera y llega un momento en que se ve trasladado a algún lugar del pasado o (menos frecuentemente) del futuro. La peculiaridad de este viajero del tiempo (de entre las muchas versiones que nos ha aportado el cine y la literatura sobre este tema, desde La máquina del tiempo original de Wells hasta El Ministerio del Tiempo, que desde el lado español ha venido a aportar también su novedoso granito de arena) es que no puede controlar hacia dónde dirige sus viajes, los cuales en su mayor parte se encuentran relacionados con sus propias circunstancias de su vida personal. De hecho, y como habéis intuido por el título, mucha de la trama se centra alrededor de su esposa, quien tiene que vivir una serie de circunstancias nada habituales de la vida en pareja como consecuencia de los viajes de su marido. Por tanto, es la historia de un hombre, pero también una narración romántica, y hay que decir que ambas son capaces de avanzar en la disección de los sentimientos de la pareja protagonista con aplomo, solidez, y también un alto grado de compasión por sus personajes. Niffenegger aprovecha las paradojas y contradicciones temporales para crear una serie de escenas memorables de un gran poder literario, quedándonos en la memoria (un aspecto que sí que es capaz de reflejar la película) la tormentosa relación que se establece entre el viajero del tiempo y su mujer -un ten-con-ten cargado de buenas dosis de ternura, sensualidad y frustración al mismo tiempo-, y cómo ambos intentan, a pesar de todo, afrontar todos los obstáculos que dificultan que estén juntos. El resto de giros narrativos y posibilidades de la trama tendréis que encontrarl@s accediendo al libro.



Y hablando de viajes en el tiempo, ¿otras historias que os han impactado sobre el tema y que os gusten mucho? Por proponer una, yo lanzo Time after time, una película de viajes en el tiempo y Jack el Destripador que da la casualidad de ser una de las favoritas del guionista de El Ministerio del Tiempo Javier Olivares, y El fin de la eternidad, del siempre recomendable Isaac Asimov. ¿Y vosotros?¿Tenéis alguna otra que recomendarnos? Se admiten sugerencias en los comentarios.

lunes, 11 de enero de 2016

El relato de enero. Cuentos fantásticos (V): El viajero

                                                           El viajero.

            El viajero del tiempo realizó los últimos preparativos para el viaje. Después, le dio un abrazo a todos sus familiares, y marchó.

            Les saludó al mismo tiempo que la cabina en la cual viajaba se iba evaporando entre las nubes del tiempo... pero, mientras contemplaba los ojos lagrimosos de su madre, y los orgullosos de su hermana, sólo tuvo una posible mirada para la expresión apesadumbrada de su hermano.

            Porque este último había estado pensando. A pesar de que no era físico ni matemático, sí que profesaba adoración por la lógica. Y no pudo evitar que la temida paradoja del abuelo que su hermano le había comentado una semana atrás penetrara dentro de su cabeza.

            “Es una paradoja”, dijo él, “que tuvo en jaque a los teóricos sobre el viaje del tiempo durante muchos años. Se basa en lo siguiente: uno regresa al pasado, y se encuentra con su abuelo. Discuten entonces, tal vez porque no se lleven bien, y lo mata. ¿Cómo puede haber nacido entonces el viajero del tiempo? La solución (pura teoría escrita sobre un papel) era que, al efectuar esta acción, se creaba un universo paralelo, distinto al original de donde procedía el viajero del tiempo, y donde todos los acontecimientos eran coherentes con la realidad: el viajero no había nacido, etc., etc. Como te digo, esto es tan sólo un constructo mental. Ahora que, por fin, comenzamos a viajar en el tiempo, y tengo el honor de ser el primero, quizá podamos averiguar cuánto hay de razón en ello”.

            Pero el hermano se dio cuenta de la verdad. Al fin y al cabo, ¿qué es cambiar la realidad? Porque uno puede modificarla, llevándola a paradojas como ésta, al matar a su abuelo, pero... ¿no hay cambios más sutiles, más delicados, que pueden dar origen a un universo paralelo? Aunque no induzcan a paradojas, no por ello son menos importantes en el devenir del universo, al cual, infinito, le importa poco si vivimos o morimos, y considera un solo cambio como equivalente a mil de ellos. Por ejemplo, que impidamos el nacimiento de un amigo cercano, aunque eso no tenga ninguna relación con nuestra propia existencia. “Pero aún más”, pensaba el hermano, ávido de llevar la lógica hasta las últimas consecuencias. Aún más.

            Porque, imaginemos... El viajero del tiempo llega al pasado; coge sus llaves y, por debajo de una mesa, marca una diminuta raya, la graba sobre la caoba. En este momento, ha producido un cambio. No es tan grave como los anteriores, pero sigue siendo un cambio. ¿Por qué no va a provocar eso un universo paralelo? Es una realidad distinta, un mundo diferente al presente. Al fin y al cabo, esta mesa, en el futuro, tendrá un rayujo debajo de la mesa. ¿No es esa una modificación tan enorme como una vida, en un tiempo y un espacio donde poco o nada cuenta que haya –de más o de menos- en un sistema solar, uno, dos o seis planetas?
           
            Pero todavía más... imaginemos el momento en el que el viajero del tiempo sale de la cabina y pone el pie en tierra. Allí, modifica partículas de aire de la atmósfera, modifica la gravilla del suelo. Tal vez sean cambios minúsculos, insignificantes, quizás no los apreciemos ninguno, pero todos ellos indican una alteración en la disposición de las moléculas del universo. ¿No es ésta razón suficiente para crear un universo paralelo?¿Es que acaso el espacio-tiempo necesita que le convenzan, que le proporcionen una razón?

            ¿Y qué pasa con el universo anterior... desaparece... o, sin embargo, permanece?¿Y el viajero del tiempo?¿Adónde vuelve?¿Al universo del que provenía? Sería un viaje inútil, sin duda, pues toda modificación se realizaría en un universo ajeno al nuestro y no alteraría el original: de nada serviría pues modificar pasado o futuro... Aunque también ocurriría lo mismo en el caso de que el viajero se quedase en el nuevo universo (sencillamente, el viajero del tiempo no se percataría)... Pero sobre todo, carecería de sentido, pues, no habría coherencia entre las acciones del viajero en el pasado, y las realidades del presente. Así pues, había que deducir que el viajero permanecía en el universo paralelo. Pero ello significaba...

            Significaba, que cualquier movimiento hacia el pasado, o el futuro, produce un cambio. Que dicho cambio, modifica el universo. Que cada alteración, genera un universo paralelo. Los cambios, por tanto, que podemos provocar como consecuencia del viaje en el tiempo, nunca se ejercerían en nuestro universo, sino en otro distinto, con lo cual el mismo hecho de viajar en el tiempo constituiría un acto fútil para los que albergan en esa modificación una deseo de cambio. Y al mismo tiempo, reflexionó este mismo hombre con crudeza, esto significaba algo más...

            ... que su hermano, cuando volviera al presente, pero, esta vez, en este universo modificado, volvería a verles a todos ellos, o, mejor dicho, a sus otros yos: a su otra madre, a su otra hermana, a su otro hermano, pero, esta vez, todos distintos, con los mismos recuerdos, personalidad y sensaciones, pero creados a partir de sus nuevas acciones en la delgada línea del espacio-tiempo...

            ... mientras que en cambio aquí, los que, en su universo original, le despedían con temor, con angustia, con esperanza, le aguardarían por siempre, sentados como estatuas de piedra, sin tener posibilidad alguna de ver a esta persona retornar...

            ... porque no regresaría, por siempre, jamás...

            El hombre que amaba la lógica contempló los ojos de su madre mientras despedía a su hijo. A continuación, escrutó los ojos de su hermano.

            Los dos acordaron, de mutuo acuerdo, y sin mediar una palabra, no contárselo a nadie más.



            Nota del autor: este cuento lo ideé a raíz de una reflexión acerca de los viajes en el tiempo, partiendo de la archiconocida y ya muy manida paradoja del abuelo. No obstante, un amigo aficionado a las novelas de ciencia ficción me desveló años más tarde que esta posibilidad ya había sido sugerida por la película de 1986 Flight of the Navigator. Todavía no he accedido a ver la película, aunque por las informaciones que he obtenido sobre ella no me pareció que contuviera necesariamente dicha hipótesis. En todo caso, tendrá que ser el lector el que se pronuncie al respecto.

lunes, 23 de noviembre de 2015

El relato de noviembre. Cuentos fantásticos (IV): La venganza y la daga

La venganza y la daga

            Agarré el mango de marfil de la espada, con todas mis fuerzas. Luego, comencé a repartir mandobles a diestro y siniestro.

            Los enemigos caían a mi alrededor, como moscas, a un lado y a otro. Mis cuchillas no tenían piedad ante unos enemigos que lanzaban su postrer estertor en un último alarido, sorprendidos, además, porque les hubiera derrotado una mujer.

            Yo mismo lo pensaba, en ese momento, mientras me abalanzaba y posteriormente saltaba por encima de ellos, mientras les hería de muerte con mi sable: no hay muchas mujeres piratas: los corsarios no suelen tomarnos en serio... Pero en mi caso era distinto. Era mi caso me respetaban, y era porque había dado pruebas de lo que era capaz de hacer. Y en estos momentos, me disponía a llegar al culmen de mi carrera. Iba por fin a acabar con Lord Swift, el asesino de mi padre... Mi venganza, por fin, quedaría consumada...

            Me batí con lucha y arrojo; degollé enemigos hasta que la sangre cubrió con una pegajosa capa toda la cubierta del barco. Había en el horizonte una aplastante superioridad en número de mis hombres; no cabía duda, estábamos ganando. Me deshice -dejando como consecuencia a un par de paralíticos tras un agudo tajo en la columna vertebral-, de dos rufianes que trataban de impedirme el acceso al camarote del almirante. Abrí la puerta de una patada.

            Allí estaba: era Lord Swift. Pero lejos de estar acobardado, o de pretender defenderse con su pistola, se reía. Se reía en una mueca infame, que yo llevaba demasiado tiempo contemplando.
            -Es tu hora...-le dije yo.
            Y el muy cabrón siguió sonriendo.
            -No es mi hora, capitana Solsa. No lo vas a lograr.
            Blandí mi espada aún con más fuerza.
            -¿Ah, no? No te veo sable, ni armas de fuego, ni nada con lo que defenderte. ¿Cómo vas a librarte de esto, maldito?-le imprequé, agitando mi arma de un lado a otro.
            Y entonces Lord Swift, con una mezcla de cinismo y de conmiseración en su mirada, me respondió:
            -Capitana Solsa... Sé que eres una mujer letrada. Sé que tu padre te enseñó a los grandes filósofos. Supongo que habrás oído hablar de Platón.
            Yo no entendía nada. De fondo, seguía resonando el rugido de los cañones, el restallar de los sables imponiendo la única ley con la que yo sabía vencer. Y este tipo me venía con gaitas filosóficas.
            -¡Te voy a matar!-bramé a Swift, intentando que se defendiera por fin como un hombre.
            -Platón –prosiguió a él-, como seguramente recuerdas, defendió la existencia de dos mundos. Uno real, auténtico, lleno de vida, y uno falso, creado por nuestras erróneas percepciones y sombras engañosas.
            Swift se acercó a mí. Por algún extraño motivo, y aunque durante años había sido mi primera prioridad hacerlo, no fui capaz de ensartarle la espada.          
            -Pues te voy a decir algo, capitana Solsa. Te voy a revelar el sentido de la vida, nuestra vida... Nosotros somos el mundo falso.
            Y sonrió levemente.
           
            Me puse furiosa de golpe.
            -¡Deja de decir tonterías!
            -No me matas porque sabes que es verdad, capitana Solsa... En el fondo eres consciente de que tú y yo no somos nada más que una ilusión. Una fantasía que nos imagina alguien que quiere disfrutar de nosotros. Solsa, nosotros no tenemos vida, más allá de las que nos quieran crear... No malgastes estos últimos minutos enfrentándote a mí, cuando no te va a servir de nada.
            Negué con la cabeza.
            -¡No, eso es falso!¡Todo lo que dices es mentira!
            -Lo sabes, Solsa, pero te niegas a creer... Quieres aferrarte a tu mundo, a tu pequeño mundo, considerar que todo esto es verdad, que la venganza por la muerte de tu padre tiene algún sentido... cuando en realidad esta venganza se repite, una y otra vez, constantemente, incluso aunque me mates, simplemente con que alguien decida apagar o encender un botón...
            Y yo deseé en esos momentos, más que nada en este mundo, coserle la boca a balazos a Swift para que se callara. Pero me di cuenta, desgraciadamente, de que no podía hacerlo. De que me encontraba inmovilizada. Comencé a llorar abiertamente. Comencé, por primera vez en mi carrera como criminal, a derrumbarme...
            -Solsa, por favor... ¿Quieres que te enseñe quién eres tú, quien soy yo en realidad?
            Y yo asentí, asentí llorosa con la cabeza. Y entonces Swift volvió el espejo, que hasta entonces había situado contra la pared, un espejo de cuerpo entero. Y contemplé mi auténtico rostro.

            Un chaval, de tan sólo trece años, con gafas, algo gordito, con una camiseta negra, sentado delante de la televisión, jugando con su videoconsola, y que me contemplaba a mí, con indiferencia, mientras yo lloraba, y ambos entrecruzábamos nuestras miradas...

            Y entonces tiré la espada, y tiré la daga, y desaparecimos yo, Swift, y todo rastro de nuestros barcos...

            Sollocé apesadumbrada hasta que cogí de nuevo mi espada, para, una vez más, vengar a mi padre...>>.



            -¿Qué te parece?
            Le pregunté yo al editor. Y el me respondió:
            -No está mal. Muy interesante. Me gusta ese giro final. Creo que te lo publicaremos en la revista.
            Me regocijé para mis adentros. Aquel dinero me vendría muy bien para las próximas semanas. Mientras el editor firmaba el cheque, me comentó:
            -¿Sabes?, a propósito de este final, he escuchado hace poco una teoría. La ha propuesto un físico: los físicos son gente muy rara, ¿sabes?, yo nunca me fío de ellos, digo que hay que tener cuidado, porque son los únicos que saben de qué está hecho el universo... En todo caso, cuando se meten en campos que no son el suyo, suelen revolucionar al personal, y este tipo lo ha hecho. Ha propuesto una teoría sobre los viajes en el tiempo. Dice que, en el futuro, quizás la gente quiera viajar hacia el pasado, pero no los científicos o individuos seleccionados, sino la gente normal, la de la calle, y que cada uno de ellos creará simulaciones en las cuales ellos mismos serán los protagonistas, mientras que el resto del mundo constituirá una inmensa simulación. Imagínate, viajar a la Roma de Trajano, a la Grecia de Pericles, batallar o habitar en la corte en la Edad Media... Pero dice también que incluso, podrían hacerlo viajando al tiempo actual. Y que de ser así, a lo mejor buena parte de nosotros no somos nosotros, sino que somos gente venida de otro tiempo que están aquí, pasando el rato. Simulaciones. Y puestos a preguntarnos, podemos incluso inquirirnos si en realidad hay una mayoría de seres reales circulando por el mundo, o si lo más abundante son las simulaciones... Una posibilidad estremecedora, ¿no crees, John?
            Como toda respuesta, me encogí de hombros. Yo tenía mi cheque, y eso era lo que me importaba. Me despedí brevemente de mi editor, y salí a la calle.

            Y conforme caminaba, y pasaba por la marabunta que es la gran ciudad, con toda esa inmensa cantidad de gente caminando arriba y abajo, que parece que no saben donde van -asemejando una tremenda marea sin dirección ni sentido-, pero donde cada uno conoce sobradamente su propósito, me sentí bien, allí, yo, la única persona real, entre todo un mundo de ficciones, entre todo un conjunto de simulaciones, lo pensé así, como posibilidad teórica, sólo yo era real, el resto no era nada más que un espejismo a mi alrededor, una serie de personajes edificados para interaccionar con mi vida, imaginando que el panadero no tenía existencia, sino que su única existencia era inmiscuirse en la mía... Y me sentí feliz, así, caminando entre las sombras, sintiendo que nada existía, nadie más excepto yo...


            Y entonces el editor de la revista abrió la ventana, me contempló, sacó el mando, sonrió sarcásticamente, y apagó mi programa. Desaparecí de la calle, sin que nada ni nadie se diera cuenta de lo que había ocurrido...