lunes, 30 de abril de 2012

El relato de mayo (adelantado). "Smile".


El relato de hoy quiere servir de homenaje no sólo a las personas especiales que he conocido a lo largo de mi vida (y que me inspiran este relato, cada cual en una medida distinta), sino también como ejemplo de cómo ciertas enfermedades pueden generar situaciones sorprendentes -algunas horrendas, otras en cambio maravillosas- en función de la siempre inesperada perspectiva con la que el ser humano al que le aflige sea capaz de afrontarlas. Gracias a los prodigios de la investigación y de la medicina (que han disminuido la mortalidad infantil por otras afecciones) vemos un número cada vez más creciente de estas enfermedades genéticas de baja incidencia, denominadas también "enfermedades raras", para muchas de las cuales todavía no se conoce cura. En algunos casos por el deseo de desentrañar los mecanismos que gobiernan nuestro organismo, y también en muchos casos por el abnegado deseo de ayudar, miles de científicos se dedican en cuerpo y alma a diseccionar la base de estas enfermedades, y a encontrar una manera de reparar su mal. Conozco a fondo a esos investigadores porque los he tenido cerca: son hombres como todos, realizan su trabajo los más por vocación, algunos por altruismo y otros porque es una tarea como cualquier otra. Pero puedo testificar de primera mano que muchos de ellos son personas maravillosas, y no nos cabe duda de que realizan una contribución incalculable a la sociedad: comprometidos con su trabajo hasta decir basta, capaces de despreocuparse de cosas personales o de su propio futuro y en cambio pasar una noche sin pegar ojo preguntándose por qué un experimento salió mal o si se han dejado encendida una luz del laboratorio que debieron apagar. Gracias a estos seres anónimos con bata (que no ven pacientes, que no salen casi nunca en los periódicos, que realizan un trabajo callado y en la sombra, arduo, trabajoso, poco agradecido y siempre entregado), que un día se llamaron Pasteur o Fleming, nuestra esperanza de vida es más larga, nuestros hijos nacen cada vez más sanos, y hay se cuentan cada año por menos las plagas a las que no hayamos conseguido derrotar. En un tiempo en que los recortes en ciencia cada vez son más brutales (suponiendo, de manera segura, pan para hoy y hambre para mañana) y en que gente que triunfa por labores vanas se dedica a cuestionar la utilidad de la ciencia, este post quiere servir, entre otras cosas, de tributo a mis amigos los científicos. Y en concreto a unos cuantos a los que he amado muy intesamente: ellos saben cuánto les voy a extrañar.

Smile

            No hay nada más grande que esa sonrisa.
Y al mismo tiempo, nada más mortal.
            No me entendáis mal. Ésta no es una de estas historias donde un hombre terriblemente cruel y despiadado ejecuta un plan macabro con el objeto de llevar a la ruina a más de media humanidad. No es nada de eso. Ni siquiera se puede decir que en este relato haya un malo pequeñito, una especie de personaje secundario amable que nos haga gracia a la vez que él trata sin éxito hacerle la puñeta a todos los demás, como una suegra quejica, un jefe malintencionado o incluso un perro que se orina sin venir a cuento en la entrada de nuestro jardín. No, aquí no mostraremos ningún villano. Al menos, ninguno humano. La única culpable, terrible y maléfica, en este caso, es la propia madre naturaleza.
            Pero quizás debiera comenzar de una manera más convencional la historia. Para ello, os quiero presentar a mi novia, Lluvia. Es un nombre original, como ella misma. Le gustan cosas curiosas, y a veces diametralmente opuestas: le encanta cine, claro, pero también escuchar el sonido de un grillo agazapado detrás de las rocas. Salir con los amigos, y asimismo las cajitas de música, las cuales puede pasarse horas tocando. Abrir la boca y beber el agua de lluvia directamente: dice que la alimenta, ya que después de todo lleva su nombre. Los libros pequeños, de los que caben en el bolsillo y los puedes apretar contra tu cuerpo y acariciar. ¿Puenting, alpinismo, deportes de riesgo?, quizás, aunque los que practique no sean los más conocidos, pero para ella toda su vida, en cierta medida, es un evento arriesgado. Pero lo más formidable de todo, como digo, es su sonrisa, y más increíble todavía, su risa. Una risa abierta, espontánea, natural, fresca, mostrando todos los dientes, una carcajada espectacular que te llena, alucinante, ambiciosa, la cual te hace pensar que no hay otra cosa mejor en el mundo, que todo es dicha y felicidad y maravilla, una risa que lo inunda todo, que lo ilumina, como un océano desparramándose más allá de sus orillas. Todo rebosa un universo de grandiosidad y de belleza cuando se ríe...
Y entonces, a continuación, el corazón de Lluvia, como un reloj mal acompasado, se desconecta.
            No es una broma. Qué más me gustaría a mí que lo fuera. Ojalá hubiera sido todo una broma. En todos los lugares donde alguna vez ha pasado. En la playa. En la piscina. En el cine. En el centro comercial. En la acera. En la esquina. En casa. En un estadio de fútbol. En mitad de la lluvia. En días soleados. En días de niebla. En España, en Francia, en Italia, en Argentina. En lo alto de los edificios y en lo profundo de las pirámides. En todos esos días, una sonrisa, un estremecimiento, un gritito de sorpresa, un llanto, pero sobre todo, una risa, como aviso con antelación de que el mundo se detiene. Primero para mí, y a continuación para ella. Para mí sólo era de mente, para ella, en cambio, también ocurría de cuerpo. El flujo sanguíneo se para y le deja de llegar oxígeno al cerebro. Y entonces hay que reanimarla. A veces bastan con unos simples golpecitos, como si se estuviera despertando de un sueño. Otras veces, en cambio, hay que ponerse más serio. Tiene gracia esto que diga lo del sueño, porque es una enfermedad que se parece mucho a la narcolepsia, aunque ésta es más conocida para el gran público. Porque dormirte cuando sientes alguna emoción en gran medida, bueno, hasta ahí es comprensible, ¿pero hallarse al borde de la muerte? Parece cosa de brujas, una especie de misterio de ciencia ficción. Y sin embargo, lo sorprendente de esta historia no es esto. No es el milagro más grande.
            Éste es el relato de la persona con la que con más frecuencia y estruendosidad escuché reírse jamás.
            Lluvia ríe en todos los lugares y en todas las ocasiones. Es una fanática empedernida de las comedias; sonríe cuando le saludas y también al despedirse de ti. Se asusta al escuchar la explosión de los fuegos artificiales en las fiestas, y se emociona al contemplar un atardecer especialmente bello. Tiende a rodearse de amigos que la hacen reír a mandíbula batiente, se apunta a todas las fiestas, le encanta sorprenderse por un truco de magia, se conmueve cada vez que sucede cualquier acontecimiento pequeñito, de hecho es una especialista en darse cuenta de los más ínfimos detalles, como la vez que abrió tantísimo los ojos al encontrar unos zapatitos de muñeca junto a una casita de juguete abandonados por la calle y dijo, toda excitada: “Creo que Dorothy, la del mago de Oz, ha estado aquí”. Y temblaba al imaginárselo.
            Pero claro, todo ese torrente de emociones tenía que tener su contrapunto, y lo tiene. Como cuando salió de voluntaria para un espectáculo de circo y quedó tan entusiasmada que tuvieron que reanimarla entre tres hombres. También fue curiosa la escena durante la cual, en el transcurso un viaje en globo, tuve que darle golpecitos durante todo el trayecto porque se quedaba tan ensimismada y absorta contemplando el paisaje que no hacía más que parársele el corazón a intervalos periódicos. Aunque he de reconocer que cuando peor lo he pasado fue en la montaña rusa; a cada grito de exaltación de Lluvia, un desvanecimiento, y luego, un nuevo brusco movimiento de la montaña rusa la volvía a recuperar. Todo transcurrió bien y al final no pasó nada grave, pero yo me pasé acojonado a su lado todo el viaje, reflexionando en aquel momento acerca de lo inútil era para ambos en esta ocasión el arnés de seguridad.
            Posiblemente lo que todos me preguntéis es cómo la dejé subir a ese cacharro infernal, o hacer todas esas cosas, teniendo en cuenta su enfermedad. Y entonces os respondería lo que ya he contestado tantas veces: que ella no me deja oponerme. Que no tengo más remedio. La fuerza de voluntad de Lluvia por llevar a cabo aquellas cosas que le emocionan es mucho mayor que el miedo que todos nosotros tenemos a que le pase algo, a que en el intento fallezca. Nunca ha dejado que nada ni nadie le impida realizar aquello que aspira a hacer: ni siquiera su enfermedad. Ni mucho menos su inestable corazón.
            La vida de Lluvia ha sido excepcional en muchos sentidos. Empezando por su nombre, y siguiendo por todo lo demás. Su propia existencia es un continuo desafío a las leyes de la naturaleza. Los médicos que la atendieron en un principio no le daban más de dos años de vida. Y sin embargo, ahí sigue, en la edad adulta, con un trabajo, una vida, un novio (en este caso yo mismo), y una vida repleta de anécdotas y acontecimientos, probablemente muchos más de los que la mayoría de nosotros podamos presumir alguna vez en nuestra vejez. Uno cabría esperar que, para que una persona que sufre esta enfermedad –que los científicos denominan RAS, o Reflexive Anoxic Seizure (traducible como epilepsia anóxica refleja)- la única salida posible, en el caso de que se pretenda mantener una existencia prolongada, es eliminar cualquier estímulo que le pueda provocar estas paradas cardiacas las cuales impiden que le llegue el oxígeno al cerebro: es decir, evitar cualquier hecho que le pueda producir una emoción. O, en el caso de que esto no sea posible (ya que es muy difícil controlar un mundo exterior tan complejo como el nuestro), aprender a que nada nos emocione; a que ningún chiste nos cause risa; a que el sufrimiento no nos produzca dolor. Resignarnos a no enamorarnos jamás... Lluvia, en cambio, ha elegido la vía opuesta: sentir por todos sus poros, vivir de forma tan intensa que parece que en cualquier momento fuera a explotar. Ser feliz, hasta sus últimas consecuencias.
            Pero (me diréis entonces) ese modo de vida es muy arriesgado. ¿Qué pasa si no hay nadie allí para ayudarla, para darle unos golpecitos, o realizarle una maniobra de resucitación cardiopulmonar? O incluso, ¿qué ocurre cuando se encuentra con gente que no conoce su enfermedad? Con respecto a este último punto, personalmente puedo dar constancia hablándoos acerca de la primera vez que salimos. Yo la había invitado a tomar algo después de un par de cruces de miradas en la universidad, y ella había aceptado. Tras salir de la cafetería, después de un par de horas hablando de temas variados, y mientras caminábamos por las calles desiertas, ella me dijo: “Tengo que acordarme antes de irme a casa de un encargo que me ha hecho mi madre. Me ha dicho que le compre un limón”. Yo, al observar lo tarde que se nos había hecho, no pude sino observar: “Bueno, es una pena que no haya una limonería de guardia por aquí”. Tardó en pillar el chiste, unos pocos segundos. Pero entonces, cuando yo casi lo había olvidado, ella comenzó a repetirlo, “una limonería de guardia, je, je”, primero una risita escueta, y luego una tremenda carcajada, enorme, gigante, tanto que me sobresaltó, no sólo porque considerara que el chiste no era ni mucho menos tan bueno como para eso, sino también porque para cuando Lluvia se desmayó desplomándose sobre mí ya me había dado cuenta de que algo extraño estaba pasando. Así fue cómo la historia de nuestra primera cita acabó en urgencias, después de ser transportado durante todo el trayecto en una ambulancia pitando a toda velocidad. La verdad es que no era así como tenía planeada acabar la noche, le expresaría a Lluvia muy a menudo cuando sacáramos a relucir ese incidente. “Bueno”, me respondía ella, “¿a qué ninguna chica te había llevado nunca en una carroza con tantas lucecitas?”, y se reía a continuación alborozada. A mí este tipo de comentarios irónicos de Lluvia sobre su enfermedad no siempre me han hecho gracia, pero me he tenido que resignar.
            ¿Cómo acostumbrarse a esa existencia, a esa forma de vida tan atroz? Bueno, todo es cuestión de ponerse... sobre todo si hay mucho amor de por medio. Lluvia me confesó más adelante que no me había querido contar lo de su enfermedad en la primera cita porque temía que me asustara, como los otros, y me marchara sin volver atrás la vista. En la cama del hospital, todavía recuperándose de su último desvanecimiento, me interrogó: “¿Tú también te vas a marchar?”, preguntándomelo con ojos tiernos. Y en aquel momento no dije nada, pero hice algo mucho más significativo: me quedé. No supe muy bien por qué. Todo me decía que salir con esa chica iba a ser un problema por todos lados. En parte me justificaba a mí mismo diciéndome que, si la dejaba, a lo mejor le daba otro ataque y se moría allí mismo. Pero por otro lado, sin embargo, yo también era consciente de que había algo más...
            Un trago incluso más complicado fue lo de hablar con su padre. Cuando ya llevábamos un par de meses saliendo, y parecía que la cosa iba a ir un poco en serio, éste consiguió que nos quedáramos a solas en el salón de su casa mientras Lluvia se acicalaba, y allí me habló. Lo cierto es que me daba algo de miedo, con esa envergadura tan imponente, un hombre grande por alto y también a lo ancho, con una profusa barba donde parece que podría albergarse media selva. “Mira”, me dijo, “la verdad es que esta situación no es tampoco nada cómoda para mí. La última vez que vi a un padre entregando a una hija fue cuando el padre de mi mujer lo hizo conmigo, y lo cierto es que ya entonces me pareció arcaico. Yo en aquella época era un hippie de los radicales, que creía en el amor libre y en la obligación de desterrar los convencionalismos sociales, y nada me iba a decir que treinta años más tarde iba a acabar haciendo lo mismo. Pero en el caso de Lluvia, no hay más remedio. Hasta ahora, hemos sido sus padres los que más hemos cuidado de ella. Ya sabes lo delicada que es su vida, lo frágil que puede llegar a ser. Es un milagro: un milagro que nos ha sido concedido, y que tenemos el deber de salvaguardar. Durante todo este tiempo nos ha tocado nosotros: ahora vas a tener que hacerlo tú. Cuídala y hazla todo lo feliz que puedas. Aunque quizás no deberías hacerlo demasiado”. Y yo, no sé por qué, hecho todavía un mozalbete, en lugar de encogerme ante tan pesada carga, me sentí henchido de cierto orgullo, y también de una honda responsabilidad. Responsabilidad que he asumido desde entonces, sin haber tenido nunca (en ningún momento) la tentación de renunciar.
            Y así hasta ahora… Ambos mantenemos un collage (mental, y también físico, porque conservamos las fotos colgadas de un corcho en el dormitorio del piso en el que vivimos desde hace un par de años) de imágenes de cosas que hemos compartido juntos. Con los minaretes de Estambul de fondo; acudiendo a espectáculos del Circo del Sol, con Lluvia creyendo sincera que los acróbatas iban a caérsenos encima en cualquier momento; jugando partidos de paintball, cubiertos ambos de balazos de pintura; sentados en las butacas de un cine, robándome Lluvia de mi cubo las palomitas mientras ambos mantenemos la mirada clavada en la película; celebrando Halloween vestidos de bruja ella y de zombie yo, mientras ambos nos asustamos ante la llegada de una momia. Casi todas esas imágenes tienen lugar justo antes, justo después, o al mismo tiempo que uno de sus ataques, porque en todos ellos Lluvia disfruta al máximo, hasta el punto de correr peligro debido a su perenne situación. Y sin embargo, ella nunca se raja: siempre persevera por llegar hasta el fin.
            Para mí, por supuesto, esta situación es complicada. ¿Cómo hacer sonreír a alguien a quien, precisamente, hacerle sonreír es un problema? Supone conciliar un precario equilibrio. De hecho, la primera vez que nos acostamos juntos, yo estaba acojonado. Tuve que hacer acopio de valor (y de mucha insistencia por su parte) para que todo llegara a buen puerto. Y aún así, hubo cuatro o cinco momentos críticos por el camino. Pero al final, todo salió bien, después de todo, y Lluvia me abrazó y me dijo que era la sensación más placentera que había tenido jamás, y que quería repetirlo por lo menos tres o cuatro veces por semana. Creo que entonces me recorrió por todo mi cuerpo un escalofrío.
            Lluvia no quiere negarse nada. Siempre quiere todo más. A veces me digo a mí mismo que lo hace porque es una incosciente, pero en realidad parece tenerlo todo mucho más reflexionado de lo que en principio aparenta. Dice que no entiende que por sufrir una cierta dolencia tenga que resignarse a mantener una vida infeliz. Que de blindarse ante los sentimientos, ante los emociones, entonces quizás conservaría la vida, pero se encontraría muerta, tan muerta como las piedras que no sufren esa enfermedad. Y por eso quiere aprovechar la vida, esa vida tan efímera que Dios nos ha dado, y que en su caso se aprecia todavía más. Rebuscar los más íntimos rincones hasta sentir todas las emociones que le sea posible alcanzar. Saborearlas todas profundamente; no sea que ésta, sea su última oportunidad.
            Pero esto nos provoca a todos miedos, susto. ¿Cómo sobrellevar esto, cómo aguantar la posible muerte del amor de tu vida, dos, tres, cuatro veces al día? Se te desarrollan reflejos, automatismos. De hecho, a veces me ocurre, cuando no estoy con ella (lo cual procuro que sea lo menos posible) que cuando veo a alguna chica riéndose efusivamente o emocionándose, le doy un par de golpecitos en el brazo, para luego a continuación darme cuenta de que ella no la va palmar. Siempre tengo la precaución de llevar conmigo, además, cosas que crea que sean útiles para despertar a Lluvia en caso de peligro; un silbato, un inhalador contra el asma para excitar sus receptores, y si vamos en el coche, un desfibrilador pequeñito. Pero aún así, nunca es suficiente. En todas las circunstancias, hay miedo, hay desánimo. Hubo una época, incluso, en que me dije que esto no podía durar. En que si seguíamos así, esto acabaría con Lluvia muerta en mis brazos, y yo llorando desconsolado en una cuneta. Por eso me esforcé, durante un par de semanas, en que la vida de ella fuera lo más rutinaria posible, más predecible. No llevarla a ver cosas nuevas, no contarle chistes graciosos, convertir su existencia en algo gris, monótono y anodino, tal como sería más seguro, tal como haría que todos pudiéramos tomarnos la vida con mayor tranquilidad. Traté de que el cambio fuera sutil y paulatino, para que ella no lo apreciase y de esa manera se pudiera poco a poco amoldar y acostumbrarse. Sin embargo, Lluvia me notó algo extraño en mi comportamiento y en mirada, y me exigió que me confesase. Entonces le revelé mis miedos, le conté la profundidad de los pensamientos que me rondaban por la cabeza. Y ella se rió, como siempre natural y espontánea, y me besó en los labios, bendiciendo mi ingenuidad con ese beso:
            -¡Pero tonto!¿No comprendes que precisamente estoy contigo porque me emocionas, porque me sorprendes, porque me haces reír? De no ser así, no te querría. Si no fueras así, entonces sí que no querría vivir más.
            Y desde entonces hemos seguido. Sin miedo y con sobresaltos. Porque sobresaltos, sí, muchos, controlados, pero siempre al acecho, como si en cualquier momento pudiera pasar cualquier cosa, y de hecho puede pasar. Como una espada de Damocles que se balancea siempre sobre nuestras cabezas. Siempre nos mantiene alerta, siempre nos obliga a mirar atrás.
            Pero bien mirado, he conseguido adaptarme. Esta vida es un riesgo, desde luego, pero toda vida lo es. Si existe un riesgo es porque hay algo bueno, algo hermoso que proteger. Hay gente que pasa toda su vida sin hacer nada que pueda ponerles en peligro, ellos no sufren RAS ni nada parecido, y sin embargo, disfrutan mucho menos de sus horas de lo que Lluvia lo hace con normalidad. Ella en cambio ha decidido vivir del todo su vida, apurar hasta los límites de su existencia. Ojalá yo me pareciera a ella; ojalá tuviera tanto valor. Sin embargo, mi existencia es plena porque tengo una misión que va más allá de todos los límites: proteger ese milagro. Procurar que no se extinga jamás.
            Hacerlo, y al mismo tiempo, alimentar su alegría, estimular su sonrisa, provocarle todo aquello que precisamente la puede matar. ¿Es posible aguantarlo? Ella dice que lo haga; que merece la pena. Que nada le gusta más que el hecho de reír, soñar, querer, caricias, abrazos, besos, todo eso que la gente no se da normalmente porque tiene miedo a revelar sus sentimientos, o teme que sea impropio, todas esas cosas que se guardan para sí y que hace que pasen ochenta años y se den cuenta de que no han disfrutado lo suficiente de su vida y han desaprovechado un tiempo que no podrán recuperar jamás, pedorretas en la barriga, llenarle la cara de chocolate o de crema, todas esas cosas que a ella le encantan (en su corazón mental, más resistente que el físico) y que a mí me encanta también dar. Dice Lluvia que no tiene miedo de morir por alguna de las emociones que yo le provoque; que sería muy feliz si pudiera presumir de tener una persona al lado que la ama y a la que ama tanto que le provoca destellos completos de felicidad. “¿Te imaginas?”, me dice entrecortada, susurrando, “¿qué sería más bonito que poder decir que he fallecido de alegría?¿Que me has entusiasmado tanto, que me ha dado un ataque de risa por algo que me has contado, y que éste ha sido mortal?¿Se te ocurre forma más maravillosa de morir?”. Yo la escucho y ante un debate tan serio, prefiero hacerle cosquillas y pararla. Y ambos nos metemos bajo las sábanas y nos olvidamos de que existe todo lo demás.
            ¿Cómo afronto el futuro? Con un profundo sentido del compromiso que he adqurido, y a la vez, con esperanza. A sabiendas de que todo lo que tengo se podría perder en cualquier momento, y también, de que si no pongo el esfuerzo en mantenerlo, entonces no tendré nada por lo que me merezca la pena luchar. Soy consciente de que quizás me iría aparentemente mejor si estuviera con una personal “normal”, que no ofreciera esos riesgos: pero comparadas con Lluvia, todas las personas reales son tan sosas, viven una existencia tan anodina, han aprendido tan poco a disfrutar de la vida, que dudo de que con ninguna de ellas pudiera llegar a ser feliz. Ella me ha enseñado varias cosas: la capacidad por pelear por lo que uno cree; el valor de la ilusión, del querer un mejor futuro; y sobre todo, que nunca debemos rendirnos, que paralizarnos en no hacer nada es tan sólo una manera de extinguir de modo consciente la propia vida. Y que ése es el mayor pecado que podemos realizar. Que hay que vivir, vivir al límite. Y esté con Lluvia o sin ella, si un día por desgracia muere, recordaré el mensaje que ella me enseñó y en la distancia, aunque la lloremos, sabré que el mejor homenaje que pueda yo dedicarle será actuar como ella, tal como me enseñó: aprovechar la vida al máximo. Reír todo lo posible. Sobre todo, disfrutar.
            Así que, mientras Lluvia está dormida, con la cabeza apoyada en mi regazo, al mismo tiempo que vemos una película (por supuesto de miedo), y yo acaricio su pelo, reflexiono sobre la suerte que me ha deparado el destino y pienso, “Qué duro”, y también “Qué maravilla”, lo mismo que debieron de sentir aquellos a los que les tocó custodiar el Santo Grial. Y recuerdo aquella frase que escuché una vez y que no sé de dónde viene ni quién se la inventó: la vida no esperar a que la tormenta amaine... sino aprender a bailar bajo la lluvia. Me pregunto si el que la enunció tenía que enfrentarse a un dilema similar.
            Yo ahora mismo canto y bailo bajo esa lluvia, la que al mismo tiempo me moja y me cala los huesos.
            Y espero con ansia que el sol no salga jamás...


            Nota del autor: la dolencia denominada Reflexive Anoxic Seizure, aunque poco frecuente, existe, aunque en algunos casos sea tan sólo transitoria. Esta historia surgió a partir de la lectura del autor de la existencia de un niño de pocos meses que había empezado a sufrir esta enfermedad.

lunes, 23 de abril de 2012

Día de San Jorge

Día de los libros y de las bibliotecas (para cuántas cosas sirven, ¿verdad?: para estudiar, para leer, para obtener información, para hacer amigos, para culturizarse, para amar, para enamorarse de los libros y de la humanidad, para enamorarse), la curiosa coincidencia del día del famoso San Jorge, por lo visto en su origen un soldado romano, y de la leyenda del dragón con el día en que murieron Shakespeare y Cervantes (aunque todo esto está en duda porque por lo visto Shakespeare no era Shakespeare sino uno que pasaba por ahí, y además está el cambio de calendario juliano a gregoriano para liarlo todo) han hecho que este santo quede definitivamente a cargo de la pastoral de los libros -y digo yo, ¿también de los eBooks y blogs, a pesar de lo que diga el siempre clarividente Forges?-, que son una parte fundamental de nuestra vida, porque pienso (ingenuo de mí) que si alguien de verdad ama y comprende la literatura entonces comprende al ser humano, sus anhelos y esperanzas, sus idioteces y sus momentos sublimes, y entonces no puede odiar ni alentar el mal contra sus semejantes, sino que conoce y comprende las pequeñas debilidades de cada uno y aprende a perdonar. ¿Es así? Quién lo sabe. En todo caso yo me pasaba por aquí para deciros que mi querido Juan Miguel Cano Castell, más conocido en círculos literarios como Ludkubo, y de cuyos retos literarios ya os he hablado recientemente, se arriesgó a plantear un reto aleatorio por esto del día de San Jorge, y para no acabar todos hablando de lo mismo, acabó dándole a su máquina de generar cosas al azar y nos ha dado a elegir entre versiones del mito de San Jorge en fiestas playeras, motos de los años 50 o estilos varios. A mí, para bien o para mal, me tocó elegir entre cuento de horror sobrenatural y uno ambientado en la Edad de Bronce. Veréis lo que he elegido. Pasad buen día de San Jorge, y compradle a las chicas un libro y compradles a los chicos una rosa: por variar.

La edad de los prodigios

                -No llevaré escudo…
                Recordó que le decía al Consejo mientras a su alrededor se calentaban los hierros y se golpeaban las fraguas.
                -No llevaré lanza…
                Prometía mientras en torno suya llovían las chispas y el metal líquido se comía los anillos y devoraba los antiguos amuletos para los festivales. Ahora ya no había celebraciones, ya no se repetían las risas: los únicos dioses que habían sobrevivido eran aquellos cuyas invocaciones proporcionaban mayor fervor para matar.
                El resto de ellos, pese a su inmortalidad, no habían resistido.
-Tienes que llevar un elemento de defensa –dijo el jefe de la tribu, adornado con un penacho de plumas-. Si no, el dragón te matará.
El hombre negó apesadumbrado con la cabeza.
-No hay ningún dragón.
-Eso no es lo que dicen los relatos de los hombres que volvieron.
El aludido suspiró.
-No creo en dragones, ni en magos, ni entes sobrenaturales, ni tampoco en charlatanerías ni cuentos de vieja. Además, si hubiera habido un dragón, lo más probable es que esos hombres no hubieran vuelto.
Los ancianos, sin embargo, giraron la cabeza. En la montaña había dragones, eso todo el mundo lo sabía. Se conocía desde antiguo, añadieron. El hombre se contuvo para no contestarles con una expresión socarrona. ¿Dónde lo habían oído? Él era casi tan viejo como ellos y los únicos que había escuchado hablando de esas leyendas eran borrachos, presuntuosos o fabuladores profesionales; en cuanto a preguntarles si había algún registro escrito de cuán viejos eran esos relatos, esa pregunta estaba fuera de lugar.
-Aún así, es demasiado arriesgado –proclamó el mayor de los ancianos-. Quieras o no, se te proporcionará una lanza. Y un escudo. Preferimos que se diga que el Consejo ha pecado de exceso de prudencia que de lo contrario.
Y por eso ahora el hombre andaba entre fraguas, yunques, herreros, metales. Tampoco les reprochaba el miedo a los ancianos. Un metal es algo sólido. Es algo en lo que puedes confiar. Muy adecuado para situaciones de incertidumbre.
Los últimos cincuenta ciclos solares habían sido de ese tipo.
-Hola, Dendral. He venido de parte de los Ancianos. Quieren que me proporciones algunas armas.
El herrero le miró muy serio.
-¿Finalmente te has presentado voluntario?
El hombre asintió. Pues claro. ¿Quién si no iba a hacerlo? La cuestión de la guerra era un asunto inminente. Las vetas de mineral en la zona era cada vez más escasas, y se estaban acabando los recursos para comerciar. A su vez, el vecino pueblo de los osros tampoco andaba en las mejores condiciones posibles. Que los ánimos se crisparan y las armas se levantaran de nuevo parecía cuestión de semanas, tal vez días. Sólo volver a la inaccesible zona de las montañas, al Risco Prohibido, y encontrar el mineral ansiado podría –quizás- detener la inmensa bola de nieve en la que se había convertido la marcha de las cosas.
-¿Por qué tú?-preguntó Dendral.
El hombre se rió.
-¿Por qué yo?¿Por qué cualquier otro?, sería mejor decirse. Los que iban antes están ya tan viejos que no podrían caminar ni con los pies de otra persona. Los jóvenes no conocen los pasos por aquella zona, y son demasiado orgullosos como para ocuparse de viejos asuntos del pasado cuando ahora hay una guerra en marcha donde demostrar lo gallitos que son. Y el resto están asustados por los dragones, reales o imaginarios. ¿Quién quedaba entonces?
-No te he preguntado por qué no van lo demás; te he preguntado por qué vas tú.
El hombre se quedó pensando. Buena pregunta. Al fin y al cabo, ¿por qué se iba a sacrificar por un pueblo del que prácticamente todos sus habitantes le importaban poco o más bien nada, y por los que no lloraría demasiado en caso de verles muertos? A lo mejor era precisamente por eso, pensó: porque si me matan, ya no tendré que verlos más.
Claro que para eso no tendría que esperar mucho: con la guerra, desaparecerían muchos. El problema es que ni siquiera los que volvieran lo harían como antes, meditó el voluntario. No es que le gustaban las guerras, más bien al contrario, le repelían. Pero al menos, en los viejos tiempos, la gente volvía con historias, relatos, noticias sobre otros pueblos, aspectos extraordinarios que comentar… Ahora, en cambio, en que la escritura había desaparecido, las historias se habían vuelto más pobres, los relatos más escasos. Y justamente la gente de su pueblo no parecía tener siquiera la imaginación suficiente como para inventarse las fabulaciones más tempestuosas. Él tampoco la tenía: pero al menos apreciaba escucharlas. Lo malo es que tenía muy mala memoria para ello. Se le mezclaban los personajes, las causas, las consecuencias. ¿Cómo era aquel rey que venció a…?¿Lo de mató a siete de un golpe se refería a cuando…? La falta de escritos acababa conduciendo a la falta de relatos, y éstos, finalmente, a la amputación de parte de la vida.
Las cosas habían ido muy difíciles desde hacía tiempo. Primero fueron los terremotos. Llegaron de repente y se prolongaron a lo largo de varios días. Después, una nube negra, muy densa, que lo invadió todo, y que procedía de una inmensa columna enclavada en algún sitio del mar. Luego unos comerciantes les habían dicho que la humareda provino de una isla, que ésta se había hundido, y había dejado una inmensa caldera rellena por agua y varias islas donde antes sólo había una. El problema era que esa lejana isla, que parecía a aquella región le pillaba muy remota, era por lo visto un centro comercial de primer orden, y de repente numerosos productos comenzaron a escasear. Algunos pueblos, antes que pasar hambre, decidieron emigrar y asolaron a todo aquel que se plantó a su paso. Comenzaron las batallas. En medio de ellas, se perdieron, hombres, vidas, pero también la artesanía, la manera de hacer las cosas, los papeles escritos… Se empezó a olvidar… El hombre era muy joven cuando todo aquello empezó. Todo lo que había venido después era una lenta decadencia. ¿Por qué marchaba voluntario? Quizá porque no quería seguir viéndolo más.
-Alguien tiene que evitar esta guerra –le mintió a su amigo el herrero-. Y alguno se debería sacrificar. Aunque sea para enfrentarse a un dragón.
El herrero se encogió de hombros.
-Dicen que al norte se está movilizando un ejército para sitiar a toda una ciudad. Que gentes de todos los confines van allí en busca de botín, fama y gloria. Hay algunos que cuenta que todo viene por una disputa por una princesa a la que le ha dado por irse con otro. Yo no me lo acabo de creer, pero al menos tendría más lógica que lo que tú estás haciendo.
El otro hombre sonrió.  
-Sí, estaría bastante bien que matar al dragón llevara siempre aparejada una princesa, ¿verdad? 
Ambos se rieron. Siguieron hablando otro poco más.
Y en poco tiempo, el hombre ya estaba de camino a la montaña adonde le había llevado el destino, armado de su escudo y su lanza. Eran buenas armas, hechas de bronce. Ésa era de las pocas cosas que no se habían perdido. Los pergaminos, el arte de sanar o los viejos mitos podían extraviarse, pero siempre se necesitaba algún herrero que hiciera un trabajo artesano. Y siempre podía ponerse alguien al lado a aprenderlo. El problema es cuando alguno no quisiera que nadie más conociera su secreto; entonces, eran cosas como un pergamino transmitido de generación en generación, o un sitio donde se anotaran las instrucciones y que se perdiera o fuera sigilosamente arrebatado lo que hacía que acabara extendiéndose (la historia del conocimiento es, reflexionó el hombre, también la historia del plagio y del robo). Ahora que esas alternativas no existían, ¿cuánto tardaría en perderse el secreto de la fabricación del bronce?¿Una, dos generaciones? El pobre Dendral se sentiría triste allá donde estuviese, en el valle de los gemidos o abrazado a la Madre Tierra. El hombre se preguntaba si al otro mundo le dejarían llevar sus instrumentos para trabajar.
Caminó por el valle desolado pacientemente, cavilando sobre qué era lo que se encontraría cuando llegara allí. Pensó en el dragón. Durante todo aquel tiempo había negado su existencia, pero ahora, conforme se acercaba al lugar, le empezaba a entrar aquel temor reverencial sobre si todas aquellas leyendas de su infancia, contadas en torno al fuego, eran verdad. Su memoria no daba para mucho en cuanto al contenido de las mismas, pero sí que se acordaba de las caras retorcidas, casi malignas, de las ancianas, visiblemente alegres de conseguir infundir miedo hasta el punto del pánico a unos pobres zagales. El problema era que luego esos chicos crecían y el miedo seguía ahí, y los dragones dejaban de ser imaginarios e incluso se empezaban a crear… Quizás, era posible, meditó el hombre, que un número de personas suficiente pensando en ellos los materializaran. Pero el problema era que, de ser así, el escudo y la lanza iban a ser realmente necesarios, y pudiera ser que no llegaran a bastar…
Comenzó a llegar al lugar. El entorno se volvió más agreste. La silueta de la montaña se recortaba contra el cielo gris como un animal salvaje. Las colinas estaban cubiertas de un extraño polvo blanco y ceniza que producían un cierto estremecimiento y en algunos huecos de los cuales, sin embargo, parecía que las hierbas se atrevían mínimamente a asomarse. El hombre asió inconscientemente su lanza con más fuerza. Allí hacía más calor. Casi podía sentir, de hecho, la respiración pausada e inquietante de alguna criatura durmiente en las profundidades… Le dio la sensación de que algún animal le acechaba. ¿Murciélagos de los que chupan sangre, lobos? No se sentía seguro allí afuera. Llegó entonces a la entrada de una cueva. En aquel lugar, la respiración que antes creía haber estado escuchando se apreciaba todavía más.
Bueno, si en algún lugar debía estar el dragón era justamente ahí, pensó. Dio un paso hacia adelante y se adentró en la cueva. Si hemos de morir, se dijo a sí mismo, que sea ya.
El calor era asfixiante ahí dentro. El hedor también. En aquel momento, el hombre empezó a dudar: dejó de lado su escepticismo, su racionalidad, su incredulidad en lo imposible, y plantó el escudo por delante en espera de que llegara cualquier cosa. Entonces, captó por el rabillo del ojo un movimiento; sin pensarlo demasiado, salió corriendo detrás de él. Luego, conforme corría, se dio cuenta de la insensatez: ¿qué iba a hacer, amenazar a un dragón de quince metros con una ridícula jabalina y un escudo que probablemente no resistiría un fuego infernal? Pero aún así, ya estaba corriendo, y no podía esquivar el peligro que se cernía. Le dio la vuelta a la esquina. Contuvo la respiración.
Resbaló. Una zona de la gruta estaba cubierta por agua y en ese momento el hombre se sintió caer. Se deslizó por un largo túnel que le arrastraba a toda velocidad hacia el centro sin que pudiera hacer nada para evitarlo, salvo rozar sus piernas y brazos desnudos con las paredes de la caverna, e intentar no matarse con sus propias armas. El hombre aterrizó abruptamente rodando sobre el suelo de la caverna. La jabalina se clavó sobre el suelo y se rompió de golpe. El voluntario levantó la cabeza, cubriéndose con el escudo, y cerrándolo en torno a su cuerpo nada más su mente comprendió lo que había visto.
Porque enfrente suya estaba el dragón.
Durante unos segundos, esperó que pasara lo que tenía que pasar. El sudor se le clavaba como un cuchillo en la nuca, quizás porque temía que en cualquier momento unos dientes como dagas se le ensartaran en la garganta. Nunca había sido de rezar mucho, pero en aquel momento invocó a todos los dioses que sabía y que podía recordar. Sabía que el escudo no servía de nada. Ya estaba, estaba seguro, iba a morir.
El calor se hizo súbitamente más intenso. Por un momento le quemó la piel y pareció atravesarle hasta el tuétano. El hombre se preguntó cuánto puede una llamarada llegarte a mortificar…
Pero entonces, no ocurrió nada. Pasaron los minutos, y no había dolor, ni fuego, ni muerte horrible. El hombre se atrevió a echar una mirada por encima del escudo. Y su mirada entonces fue ojiplática, y su cara reflejó la más absoluta estupefacción.
Sí, era un dragón… Salvo que no estaba vivo. La formación de rocas tenía un aspecto muy similar, en forma disposición, a la que hubiera tenido cualquier animal mítico. Si la mirabas de cerca, y con más calma, por supuesto que había sus diferencias y que te hubiera podido parecer otras muchas cosas, incluyendo simplemente rocas: pero lo sorprendente era la imagen que aparentaba a cierta distancia, y lo fácil que era posible inducirte a error. Aunque quizás lo más impactante eran los pequeños huecos horadados en la piedra y a través de los cuales, lo que asemejaba unos ojos maléficos y una boca llameante eran en realidad accesos para la lava, que emitían ese pestilente aroma tan particular… Ahora lo entendió todo. Comprendió también los súbitos cambios de temperatura, marcados por el río de lava que debía estar circulando alrededor. La zona había sufrido no sólo terremotos, sino también volcanes: por eso la gente se había alejado tanto tiempo, por eso el lugar había sido prohibido, y por eso el pueblo había tenido tanto miedo cuando él era pequeño, pero nadie lo había escrito y ninguno se lo había podido explicar. Y la poca gente que había venido por aquí se había encontrado la lava aún circulante, un infierno asfixiante, e incluso rocas que se identificaban tanto con animales míticos que era normal que alguien asustado hubiera caído en el error. Allí estaba el dragón…
… y también aquí, ahora que podía contemplar la cueva con tranquilidad y sin miedo, el mineral que había venido a buscar.
Aquello era un gran descubrimiento. Esto podría parar la guerra. Era lo que había querido encontrar. Y sin embargo, el hombre descubrió algo todavía más sorprendente.
El lugar era peligroso. El lugar era inaccesible. Pero precisamente por eso, era un buen lugar para esconderse cuando no querías que nadie te pudiera hallar. Cuando pretendes ocultar cosas. Y los dioses sabían que su pueblo, igual que todos, había sido rico en discordias en los últimos tiempos. Una pequeña pila se acumulaba cubierta por un manto de ceniza. El hombre se acercó hasta allá. Retiró con mucho cuidado aquella capa de ceniza.
Y entonces sí que el corazón le estuvo a punto de estallar.
                Tantos tiempo esperando. Tantos ciclos solares añorando.
                Casi deseó abrazarlo contra su pecho. Pero tuvo tanto cuidado que sólo muy trabajosamente lo consiguió sacar. Ahora que estaba rescatado, no podía hacer se perdiese. Debía protegerlo, debía cuidarlo. Lo debía preservar. Nada debía alterar la palabra escrita.
                Cogió los pliegos y los colocó sobre su escudo, que sirvió a modo de bandeja. Al mismo tiempo, se apercibió de que, justo al lado de lo que hubiera correspondido a la cola y el bajo vientre del dragón, había unas flores de un color rosado intenso que parecían haber sido colocadas allí como un regalo para tomar. Decían que las tierras sometidas al influjo de los volcanes eran luego más ricas y fértiles. Si fuera así, por primera vez en mucho tiempo, podían decir que les aguardaba un brillante futuro en el valle: el hombre cogió alguna de estas flores. Las plantó también en el escudo, y comenzó a marchar.
                Caminó por entre las grutas y pasillos oscuros. Andaba pausado, y en dirección hacia la luz. No sabía lo que venía entonces ni lo que iba a pasar. Pero sí que era consciente de una cosa, y era que todo iba a cambiar.
                ¿Cómo se empezaban las historias? Quizá lo importante no era aquello, sino cómo llegaban a terminarse, a escribirse, a recordarse. Quizás si se enterara de algo más, podría anotar esa historia acerca de la princesa que había provocado aquella guerra en el este. ¿Cómo le había dicho Dendral que se llamaba, en la conversación justo antes de su partida?¿Kira, Vesda, Helena quizás? Su mala memoria siempre lo dificultaba todo, meditó conforme llegaba al pueblo y plantaba delante del corro que se había reunido las flores, el mineral, los pergaminos, y la lanza rota, todo ello encima del escudo, que sostenía con aire marcial.
                Esperaba que los futuros historiadores tuvieran más memoria que él.
                -Me llamo Goargas –proclamó él-; he matado al dragón.

martes, 17 de abril de 2012

El libro, la historia real del mes, el poema: El exilio de Machado

El camino del exilio es duro. Para el que se marcha de manera voluntaria, desde Marco Polo hasta los modernos ciudadanos del mundo, puede ser una oportunidad y un desafío. Para el que se marcha forzado, es la mayor abominación de las posibles. Hoy, en estos días tan complicados, muchos andan pensando (y recordando la canción de Juanito Valderrama -el cual, por cierto, fue felicitado por ella por Franco-) en emigrar. No entraré en personalismos. Pero a casi todos nos viene a la memoria un nombre, Antonio Machado, y un epitafio (ya que no celebramos en el blog el día mundial de la poesía, hoy tocan versos, que además forman parte de su libro de poemas "Retrato"):


"Y cuando llegue el último viaje
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar"

Una historia poco conocida, sin embargo (y controvertida acerca de si alguna vez llegó a ocurrir), fue el "pequeño y arrugado trozo de papel" que el hermano de Antonio Machado, José, encontró en el gabán del poeta unos cuantos días después de su muerte, en la ciudad francesa de Colliure, un rinconcito del mundo que también descansa mirando al mar.

El papelito contenía tres anotaciones:
-El inicio del monólogo de Hamlet: "Ser o no ser".
-La tercera anotación era una corrección de unos versos anteriormente publicados por él y dedicados a su amor platónico, una dama casada y asustadiza llamada Pilar Valderrama, y a quien él denominaba poéticamente (como formaba parte del título del libro original en que se habían escrito) Guiomar. Los versos a quizás el amor de su vida decían:
Y te daré mi canción:
se canta lo que se pierde.
Con un papagayo verde
que la diga en tu balcón.
-La segunda anotación era el último verso redactado alguna vez por el poeta. Con un tono profundo de añoranza, clamaban:
"Esos días azules, y ese sol de la infancia".

No recuerdo quién decía aquello de que la infancia es aquel país al que todos queremos retornar.

martes, 10 de abril de 2012

Relato aleatorio. "Cosas de chicas"

Esta historia es la respuesta a un reto de Relato Aleatorio, organizado por mi colega Juan Miguel Cano Castell. La dinámica es sencilla: los participiantes tienen que escribir un relato a partir de unas cuantas condiciones que han sido seleccionadas al azar gracias a la mano inocente del ordenador, y a la capacidad informática de Juan Miguel (alias "Ludkubo") para programarlo. En este caso concreto, los requisitos del relato eran:
- La historia empieza durante un crimen
– Un personaje lee el diario de alguien
– Un personaje se vuelve contemplativo durante la historia
– Un personaje come algo que hacía tiempo que no comía
Ésta es la historia que he pergeñado:

Cosas de chicas.

La chica le echó un vistazo general a la cocina. Apoyó la mano en la barbilla, pensativa, y al mismo tiempo también en la encimera. Incluso se estiró un poco: eso solía ayudarla a meditar con más claridad. Por fin, tomó una determinación. Agarró el cuchillo. Lo asió con fuerza por encima de ella…
                A continuación, cortó el pepino en rodajas finas y los añadió a la batidora. Volvió a quedarse abstraída. ¿Qué debía hacer a continuación?
                Finalmente lo resolvió. Se dirigió a un cajón situado en la parte lateral de la cocina. Lo abrió y encontró en su interior un libro de notas decorado en la portada con una combinación de flores y ositos tan recargada que a la propia Heidi le hubiera parecido una cursilada. Buscó en el diario la fecha del día actual, y se dispuso a leer con fervor el mensaje que contenía en sus hojas de color gris perla.
                Y el secreto que revelaba el diario para este día era: “Caca”.
                Vale, al menos eso quedaba claro. Entonces, decidió pasar a la verdadera acción. Empezó a volcarse en el crimen que había venido a ejecutar. Tardó unos pocos minutos. Después, introdujo en recipiente en el interior de aquel infernal aparato y apretó el botón…
                Dos minutos después, extrajo el recipiente y probó con una cuchara su contenido. Ah, estaba bien. No sabía que estaban tan buenos los potitos. De ser así, quizás no hubiera dejado de tomarlos durante todo este tiempo.
                Después, se dirigió al dormitorio del niño. Allí, le cambió el pañal (efectivamente, el diario tenía razón; no podía protestar porque no le hubieran avisado), le dio de comer los potitos de calabacín y pepino, y lo ordenó todo de tal manera que quedara bien claro que había llevado a cabo su trabajo con eficiencia. Recogió su bolso, también las llaves, y por un momento, antes de marcharse y de que fuera demasiado tarde –y por tanto, que tuviera la oportunidad de arrepentirse-, quiso ponerse de verdad, seriamente por primera vez en toda la tarde, a reflexionar… Quería realmente dedicarse a meditar los pros y los contras acerca de la decisión por la que estaba a punto de decantarse. Debía realmente saber si era necesario el próximo paso, si su propósito era el correcto. Tomó aire profundamente antes de comenzar…
                -¡Vale! –exclamó en voz alta, emitiendo un pequeño gritito parecido a una risa. Nunca había sido de pensar mucho. A las animadoras no las seleccionan precisamente por su capacidad contemplativa, ni tampoco por aprobar matemáticas ni leer a Kant.
                -Entonces, perfecto –se repitió a sí misma-, ¿se me olvida algo?
                Ah, sí, se acordó de repente, claro que se me olvida una cosa.
                Dejó el bolso y las llaves a un lado, salió de la cocina, cogió al niño, lo metió en la batidora, añadió los pepinos que le habían sobrado, cerró la tapa y apretó el botón.
                Luego, volvió a sacar el diario de su sitio y anotó en la fecha adecuada: “Acabar con el pequeño Anticristo”.
                Cogió de nuevo el bolso y las llaves y sonrió. Ahora los padres sabrían que la niñera había venido, que había cumplido su cometido, y que el hecho de encontrar a lo que quedaría de su hijo de aquella guisa no era casual ni producto de un accidente o de un descuido. Aquel hijo de puta había tenido su merecido.
                 Así aprenderá la próxima vez (pensó mientras cerraba la puerta) a reencarnarse en algo decente, y no en un asqueroso reptil espacial.

El resto de los relatos podéis encontrarlo en el blog de Juan Miguel, "Vida Cúbica". Os paso a su relato directamente con este enlace: http://vidacubica.wordpress.com/relatos-al-azar/mantis/ (él mismo enlaza a los cuentos de otros participantes). Creo que el mejor relato tiene un no-premio, aunque no sé quiénes están autorizados a votar, jeje. Un saludo.

martes, 3 de abril de 2012

El relato de abril: "María".

Probablemente muy apropiado en estas fechas, tanto para los que crean como para los que no. Feliz Semana Santa.


María

            Me llaman de muchas formas, la mayor parte de las cuales son extrañas a mí.
            Me llamo simplemente María.
            Es duro ser la otra. Sobre todo, cuando ella es el resto del mundo. Es duro amar a un hombre, que sin embargo, tiene cosas mucho más importantes a las que atender, la humanidad entera.
            Es duro ser la enamorada de Dios.
         Ahora se dedican a decir que es el hijo de Dios. Muchas veces me preguntan qué se siente al caminar junto a un ser divino, y la verdad, no sé muy bien qué responder. Yo no sabía todo esto cuando estaba junto a él, ni tampoco lo sabían los apóstoles. Todavía dudo si creérmelo del todo. ¿Era, realmente, el hijo de Dios? No sé, ¿en qué se ve eso?, en los ojos, en las manos… Para mí era solo un hombre. Y para mí, todo el mérito que tenía, era precisamente porque se trataba de hombre… Si es hijo de Dios o no, no lo sé, la verdad, tampoco me importa demasiado, como no me importan todas las vueltas que le quieran dar acerca de su vida, o si eran auténticos los milagros… A mí eso me da igual… Me trató bien… Y eso era lo único importante.
         Ahora dicen que era descendiente del rey David. Que vinieron tres reyes magos a verle en su nacimiento. Que estaba elevado a las más altas esferas, y que come con ángeles y gloriosos antepasados. Pero en aquella época, los que estábamos con él éramos lo peor de entre cada casa, los pecadores, los pobres, los más míseros de entre los míseros… Pero ahora no, su figura está envuelta en un aura de luz, un reflejo brillante que no admite que la manchemos las que trabajamos de puta… Incluso tratan de desmarcarse de Judas, ahora parece que era el apestado del grupo, cuando en realidad era el más cañero, era el que se los llevaba siempre de farra… Ahora es cuando me pregunto si Salomón, en el fondo, no fue sino un hombre normal, y la famosa reina de Saba, era la pescadera del pueblo… Es lo que tienen las leyendas, que cuando establecen un cierto listón, se hacen estrictas para permitir entrar a determinadas personas que en el fondo, fueron las que las crearon…
            Pero a mí eso me da igual. A mí lo único que me importa es que él ya no está. Todos celebran el milagro de su vida y su resurrección, pero a mí lo único que me importa es que está muerto, y que ya no le puedo tocar… No sé qué hacen todos repitiendo todo el rato su muerte, consagrándole con su pan y con su vino, parecen como si estuvieran contentos, como si, en el caso de haber seguido vivo, les estuviera molestando por no haberles permitido montar el chiringuito que ahora mismo andan por organizar… Ha muerto, y poco más me importa… No sé si está en el cielo o en el infierno, lo único que me importa es que el único hombre que no me trató como una puta, ya no está aquí…
            Y el crucifijo… Qué coño hacen adorando ese crucifijo, y enseñándoselo a los niños… Por Dios, allí mataron a un hombre, allí torturaron a la muerte a uno de vuestros amigos, ¿qué diablos hacéis presentándolo como si se tratara de una reliquia sagrada?¿Dónde estábais vosotros, escondidos mientras otras le llorábamos, allí, al lado de su madre enfrente de esa nefasta cruz, mientras consolábamos a la otra María y tratábamos de taparle la cara para que ella no viera a su hijo ensartado en un palo?¿Dónde estábais vosotros cuando yo era la única que podía enjugar las lágrimas de su madre y ni tan siquiera podía explicar quién era yo ni qué relación tenía con su hijo, y trataba de taparme la cara de vergüenza para que nadie me reconociera ni pudiera decirle quién era yo? Ahora, cada vez que veo un crucifijo, me entran los siete males. Es un instrumento de muerte y tortura y la estáis convirtiendo en símbolo de vuestra nueva fe. ¿Qué clase de fe es esa?, me preguntó yo. Y cuando me presentan como el alma arrepentida, yo me río. Sabréis vosotros, lo que llevar una vida repleta a manos llenas de pecado, de qué cosas no me arrepiento, y que otras en cambio, lamento muchísimo…
            Paseo por las calles, por los escenarios donde estuvo él… Ahora empieza a ser escenario de peregrinación, parecen turistas, pero a mí la verdad me la pela, éstos fueron los lugares, sin más, donde yo hablé con él, donde me relajó con palabras serenas, era un rasgo propio suyo, no te decía nada, pero su propio tono de hablar, tan tranquilizador, servían de sobra para ahuyentar todos los problemas. Nunca quiso tocarme, al principio lo dudé, pensé que me rechazaba, que no quería ligarse conmigo de ninguna manera, luego aprendí que él era distinto, diferente, que siempre le gustaba hacer las cosas, a su manera… No me importó. En contraste con los tocacoños habituales, me pareció especial… Lo haremos a tu modo, medité para sus adentros, realmente nunca llegué a saber si estábamos juntos, pero lo que sí sabíamos, era que cuando nos mirábamos, sentíamos un alma tan atormentada como la nuestra al otro lado donde apoyarnos, y así nos sentíamos bien…
            ¿Era realmente el hijo de Dios? Yo no lo sé, para mí era simplemente Jesús, un muchachito idealista, con los sueños demasiado justos, y unos principios que interferían con los planes del Sanedrín. Un chico ingenuo, en un mundo demasiado obsceno, demasiado cruel para ruiseñores como él, es lo que tienen los pájaros hermosos, viven poco pero intensamente, no tienen capacidad para resistir todos los ataques de un mundo que se les viene encima… Ahora él ha muerto, quizás esté en un lugar como él soñaba, donde los esclavos campan libres a sus anchas y la gente como yo tienen un marido al que no paran de amar… Quizás ahora, sea más feliz…
            Ahora ando demacrada, con ojeras, la cara violácea, descuido mi aspecto, camino como un fantasma por ahí, ahora, sin embargo, que me he convertido en un personaje popular, en una pequeña atracción de feria… Los niños murmuran al verme pasar, les oigo, Mira, ésa fue a la que Jesús perdonó que le lanzaran las piedras, y se ríen muy crueles, algunos, incluso, me tiran piedras al pasar, yo nunca me vuelvo… Quién te ha visto y quién te ve, me comentan mis antiguos clientes, es lo que tiene envejecer, les respondo yo a ellos, yo creí que eras más joven, me dicen algunos, de la misma edad que Jesús, Para las putas, según que edad, y según la vida, eso ya es empezar a ser vieja…
            No me viene a ver mucha gente. Parece como si todos quisieran desmarcarse de mí. De vez en cuando viene Judas Tadeo, parece que, por la similitud del nombre, quisiera borrar con sus actos los pecados que cometió su homólogo. Es un chico muy amable, siempre me tuvo simpatía, me cuida, me limpia las llagas, yo le ofrezco alguna monedita, pero él se disculpa, nunca quiere cobrar. Y el otro día fue a verme Juan. Fue una entrevista tensa, se lo vi en la forma en que se le crispaban las manos.
            -Así que sigues trabajando de puta –afirmó.
            Asentí con la cabeza.
            -De algo hay que comer, ¿no?
            El otro negó reprobador con la cabeza.
            -A la comunidad no le gusta que alguien que fue tan cercana a Él siga caminando por las sendas del pecado..
            Que manera con hablar de Jesús como si se tratara de un becerro de oro.
            -Pero a él no le importaba –dije yo, acentuando mucho las minúsculas.
            Juan hizo caso omiso de mi comentario. En su fiera mirada, y en su cerrada barba, se reflejaban su incomodidad por estar allí conmigo.
            -Veo que tu casa sigue estando como siempre.
            -No han cambiado mucho por aquí las cosas. ¿Qué tal vosotros por Roma?
            Así le llamamos nosotros, al general, al resto del pueblo romano, a los impíos, todavía, a pesar de la conquista, nos consideramos parte de él.
            -Malvivimos. Nos metemos en catacumbas. Celebramos misa con las ratas. Pero merece la pena. Él lo hubiera querido así.
            Quién eres tú para hablar, como si supieras lo que él querría. Lo que desea un hombre no lo sabe nadie, salvo él mismo.
            -¿A qué has venido de verdad?-pregunté yo-. Porque si es para arreglar mi vida, Pedro ya te habrá informado, le dije que mi decisión era firme, vosotros por un lado, yo por el mío, yo no interfiero con vuestros asuntos, si vosotros no os entrometéis en mi vida. Ya sabes que no me vas a convencer: ¿a qué has venido entonces?
            Y entonces Juan me miró con un esbozo de rabia y de ira.
            -Por qué…-susurró él-… Por qué entre todos, él te prefería a ti… Por qué quería a una ramera, a una furcia, por qué, qué le dabas tú que no le proporcionáramos nosotros…
            Me quedé muy callada, me atrasé un paso.
            -¿Por qué, qué le dabas tú, maldita zorra?¿Qué le dabas por las noches?
            Y se acercó a mí, y comenzó a arrancarme la ropa, yo grité, sollozaba, pero él hacía caso omiso, simplemente me desgarró el vestido, las prendas íntimas, comenzó a subirse la túnica, mientras gritaba encolerizado:
            -¡Yo era el discípulo amado!¡Yo era el discípulo amado!
            Y yo seguía gritando, mientras las lágrimas se generaban a borbotones de mis ojos, y mi garganta emitía un gemido sordo, doliente, herido… Las mujeres entraron entonces, a duras penas consiguieron apartar a Juan de mí… Éste, sorprendido en su acción, me echó una última mirada fiera, todavía con el sexo parcialmente descubierto… Luego, se colocó las ropas, y a grandes y violentas zancadas, se alejó… Yo me quedé allí tumbada, todavía medio desnuda, llorando…
            La vida pasa sin más. Yo procuro vivir tranquila, cada vez tengo menos clientes, cada vez queda menos de la María que fui, y de la Magdalena que a partir de ahora seré… De vez en cuando, me siento en el patio, y me pongo a coser, lo olvido todo, quiero pensar que no soy la decimotercera apóstol, que simplemente soy una mujer normal, que nunca conocí al fundador del cristianismo… Pero de lo que nunca me podré olvidar, a pesar de todo, será de esos ojitos claros, y de ese tono de voz tranquilo, que hacía que las plantas mustias volvieran a reverdecer… Eso sí que es un milagro…
            Me gano la vida cada vez más cosiendo. Cuando los clientes entran en casa, preguntan por la Magdalena.
            Yo les corrijo la frase.
            Llamadme simplemente María.

martes, 27 de marzo de 2012

La historia real de marzo. Historias del metro (2).

Puede parecer sorprendente publicar esta (reflexión, opinión, como quiera que desee llamársele) sobre el 11-M un par de semanas más tarde del aniversario oficial del atentado. Entre otras razones, una de ellas (sin duda no la más importante) obedece al deseo de subrayar el daño que nos provocan acciones tan dramáticas como ésta no sólo en el momento en que se producen, sino después, conforme volvemos a los lugares donde se produjeron los hechos; cuando meditamos acerca de lo que hemos perdido. Cuando descubrimos lo que añoramos. Quizás esta entrada conmemore, más que nada, el aniversario de que alguien volviera a subirse a los trenes, y hubiera aspectos en los que se pusiera a pensar...


No hay muchas más palabras que puedan añadirse a las ya repetidas en tantos lados acerca de una sinrazón causada por un fanatismo absurdo y que ha provocado tanto llanto. Quizás, aparte de todas esas cuestiones, este conjunto de pensamientos pueda hacer referencia a personas que, por una circunstancia u otra (incluso por nuestra propia causa), perdemos de vista a lo largo del tiempo y que luego echamos de menos; o también a cómo nuestros propios sesgos o cerrazones puedan estar influyendo, de una manera más o menos grave, de manera negativa en la vida de los demás. En todo caso, sirve al menos como humilde tributo sobre un suceso sobre el que (como aquellos en los que se basan la mayor parte de las obras poéticas) nunca se debió haber escrito o hablado. Algo que, sencillamente, nunca hubiera debido pasar.

Espero que esta reflexión no os incomode, e incluso os conmueva u os llame al pensamiento. Nos vemos.

Mi novia me dice siempre que no me doy cuenta de en que mundo vivo: yo le respondo siempre que eso es porque ella es muy, muy observadora, o muy cotilla, eso ya cada cual como quiera entenderlo. El contraste definitivo entre ella y yo se puso de manifiesto cuando me contó esta historia:

Cuando voy en el tren de cercanías, camino de la universidad, me suelo fijar mucho en la gente que va conmigo. Al fin y al cabo, estamos saliendo, más o menos a la misma hora todos los días las mismas personas. De tanto verlas, acabo por recordarlas. Acabo por saber que están allí. Son, más o menos, mis desconocidos.

Por eso me pregunto qué ocurre con mis desconocidos cuando no me los encuentro. Si es que hoy estarán enfermos, si habrán tenido que salir más tarde, si han encontrado otro trabajo... Me pregunto muy a menudo qué pasó para aquella gente que, el 15-M del 2004, tuvieron que volver a coger otra vez la misma vía, tras aquel jueves fatídico. Me pregunto si se fijarían en los asientos vacíos, y se preguntarían si esa gente cuya cara les solía sonar ya no volverán a estar en esos asientos, o si les volverán a ver en un próximo viaje...

Por eso, cada vez más conforme más lo pienso, me fijo en mis desconocidos. Quiero localizarles, recordarles sus caras, memorizarles con todas sus letras, sus paraguas y sus abrigos, saber dónde están sentados, para que si un día les pasa algo, al menos alguien, en ese mismo tren, en ese mismo metro, sepa que ya no están allí...

Espero que si un día falto, alguien se acuerde de mí...

lunes, 19 de marzo de 2012

El relato de marzo. "La guerra que nunca debimos ganar".

           Este relato lo escribí hace unos años, tratando algunas cuestiones políticas muy concretas de la época en que estábamos viviendo, y es sorprendente cómo los temas de los que habla siguen estando de rabiosa actualidad. Ahora, celebrando el 200 aniversario de nuestra primera Constitución, "La Pepa", y con varios movimientos ciudadanos (entre otros el 15-M) exigiendo una nueva mejora de las instituciones democráticas, retomando probablemente el primer impulso de sus homólogos en San Fernando, lo cuelgo en este blog con nada más que algún ligero retoque, esperando que nos ayude a todos a reflexionar. Un saludo.

La guerra que nunca debimos ganar

            La verdad es que es mala suerte. Uno, mientras está hojeando las páginas de los libros de Historia, se imagina que, para el momento en el cual un personaje entra en escena, se encuentra allí, de pie, plantado en armas, con un caballo debajo, el sable levantado, y un sombrero ridículo lleno de plumas sobre su cabeza, como recién salido de un estudio fotográfico para pasar a la posteridad. Sin embargo, esto no es normalmente así. En realidad, lo que suele ocurrir para la mayor parte de los personajes históricos, incluso los más eminentes, es que la posteridad te coge cuando menos te lo esperas, te agarra por el cuello de la camisa, te empuja justo detrás de un recién levantado telón, y te encuentras de sopetón delante de todo el mundo, sin guión o con uno apenas improvisado, con una audiencia expectante aguardando a que por fin comiences a hacer tu papel. En realidad, la mayor parte de las veces que una persona accede por la puerta (muy a menudo la de atrás), a los libros de historia, éste se encontraba tratando de hacer las paces con su mujer, pagando con apuro una hipoteca, o incluso en el baño, haciendo cosas que se supone que no tienen necesidad de realizar los personajes históricos, como si su cuerpo se las apañara para no tener que ejecutar todas las funciones biológicas, por muy prosaicas que éstas sean. ¿Se imaginan qué apuro, la Historia llamando a la puerta, pom, pom, quién es, soy la Historia, oye, que te toca, y tú allí, sin saber qué hacer, con la escobilla del baño como único arma para defenderte? Debe ser un momento crudo, dramático. Por eso, son extraños, incluso excepcionales, aquellos instantes en los cuales una página de ese inmenso libro que es en común nuestras vidas va a volverse de improviso solo cuando –y indefectiblemente cuando-, una única persona que tiene encima la responsabilidad se atreva a hacer la señal: cuando tú dominas el tiempo. Cuando, en realidad, todo en este mundo se ha parado, y tan sólo espera tu orden para volver a activarse.

            Este día, es uno de ellos. El lugar se llama Cabezas de San Juan.

            Ya para empezar, el nombre es lúgubre, recordando aquel episodio bíblico en el que cierto profeta acabó con su testuz sobre una bandeja de plata. Un incidente ligeramente desagradable. Tan fúnebre, como un edificio entero con forma de parrilla para recordar el suplicio de un santo, en el cual nuestros augustos reyes almorzaban un día sí y otro también. O como tantos recuerdos de mártires que nos enseñan cómo hemos de alcanzar la santidad a través de la tortura, del sufrimiento. Así pues, todo parece indicar –empezando por el nombre, desde luego- que, de donde nos encontramos hoy, no suele salir nada bueno. Y esto es verdad, en parte. Es la realidad, sólo a medias. Aunque todo ello, repetimos, depende ahora de los actos de un hombre, de una persona que se pregunta qué demonios hace allí, él, asturiano, del más puro norte, en un pueblo perdido de la mano de Dios en Cádiz, teniendo en sus manos en este momento la primera de una larga lista de decisiones importantes que va a tener que tomar España en los próximos siglos.

            Ese hombre es el general Rafael Riego. Y maldita la gracia que le hace serlo en este momento.

            Quién le iba a decir a él que iba a acabar allí, así, a caballo, revisando sus tropas, en un amanecer extraño, teniendo en un chasquido de dedos el destino de toda la nación española. Quién le iba a decir que aquí, tan lejos de casa, de los lugares con más importancia en su vida, iba a dar –o no-, el vuelco trascendental a la comedia. Quién se lo iba a decir... Y sin embargo, allí está.

            Pasa revista a los hombres. Todos ellos firmes, enérgicos, los botones de las casacas bien ajustados hasta arriba, los sables en su sitio, el uniforme perfectamente articulado respecto a las ordenanzas. Un grupo de hombres que tienen su confianza depositada en él, que marcharan con su general al cielo o al infierno, donde él quiera llevarles, y cuya única causa política será la que marque su jefe. Un jefe que, como tal, debería indicar una orden firme, absoluta, inexorable. Y sin embargo, se resiste a hacerlo. Porque Riego aún se lo está pensando.

            Maldita sea la hora en que me mandaron aquí, medita nuestro héroe. Maldita sea la hora en que me dijeron, anda, Rafael, tú, vete p´a las Américas, que andan los criollos revolucionados, ve a enseñarles un poco cómo se impone la madre patria. Maldita sea este pueblo, Cabezas de San Juan, punto de partida hacia Cádiz, de donde debería zarpar para enfrentarme a los enemigos de la patria. “Maldito sea” (se dice) “el día en que me encontré con los generales que venían de vuelta de América”.
            -Lo de allí pinta muy mal, Rafael -le dijo Mendizábal-. No están dispuestos a rendirse. El Bolívar ese lo tiene muy claro, se le ha metido entre ceja y ceja, y no va a parar hasta conseguirlo. Y están San Martín, y Sucre, y mucha gente ya... Esto ya no lo detiene ni la madre que lo parió.
            Rafael le contemplaba, con gesto adusto.
            -¿Pero qué es lo que te han dicho?
            Mendizábal, perro viejo, escupió a un lado sobre la tierra.
            -Pues que qué cojones hacemos nosotros combatiéndoles, si hace nay menos estuvimos partiéndonos el cobre con los franceses para librarnos de los que nos habían invadido. Que es, según me dicen, igualito a lo que están haciendo ellos mismos luchando contra nosotros. Y que qué haríamos si una potencia extranjera viniera a imponernos un absolutismo rígido y monolítico como el que, de hecho, quería Napoleón para España.
A mí me lo vas a contar, meditaba para sus adentros Riego. Si Murat, el lugarteniente del Napo, me mandó a la cárcel y tuve que escaparme como pude para poder volver a ver la luz del sol.
-En definitiva -quiso terminar Mendizábal-, que qué carajo estamos haciendo luchando a favor de Fernando VII.
            Riego masculló. Joder, la madre que les parió a todos. Si lo peor es que tenían razón.
            -¿Y no les has dicho que es nuestro rey?¿Que un soldado tiene que servir al que gobierna su patria?
            -Sí, se lo decía, y se me descojonaban –Riego enarcó una ceja-. A ver...-gruñó Mendizábal, replicando al asturiano con la mirada-. Qué clase de rey es uno al que llaman el Deseado, y vuelve como el ogro que fue siempre. Que acepta la Constitución que le entrega un pueblo soberano, volcado con su regreso, y en dos años lo tira todo a la basura, y se dedica a perseguir a los que insinuaron una mayor libertad en España. Que cómo podemos defender, me preguntaban ellos, a un soberano que nos ha traicionado tan descaradamente. Y que ni siquiera se parece a su abuelo, que intentó imponer algo de cultura y razón por aquí, aunque fuera sin contar con el pueblo; pero es que éste se dedica a cerrar universidades, y a abrir escuelas de tauromaquia.
            Riego contempla el horizonte. Mientras lo hace, recuerda cómo una de las pocas buenas cosas que hizo el gran Napo aquí, como fue eliminar aquella lacra anacrónica que decía llamarse el Santo Oficio en España, había sido también remedada por Fernando VII, garantizando, como siempre, nuestra imparable marcha hacia el progreso (el progreso del oscurantismo, de la ignorancia y de la miseria, se entiende), en contra del avance de todo el planeta. Que inventen ellos, y todo eso, que se dirá después. Unos segundos más tarde, Riego le pregunta a su colega:
            -¿Tú cómo crees que se arreglaría esto?
            Mendizábal se muestra seguro.
            -Bajo el absolutismo, las colonias están perdidas. En un sistema mínimamente democrático, los criollos se abrirían un poco a negociar.
            Y fija los ojos en Riego.
            -Y a lo mejor no es sólo del futuro de las colonias de lo que estamos hablando en este momento.  
            Y Riego asintió. Tenía que asentir, cómo no iba a hacerlo. Y conforme lo debatía con más gente, más seguro estaba de todo aquello. De hecho, la cosa estaba hablada desde hacía mucho tiempo, el plan se hallaba orquestado, y ya se había establecido Cabezas de San Juan como punto de actuación del movimiento inicial. Pero aún le asaltaban las dudas. Por ejemplo, cuando abordó un ratito después a su superior Quiroga, el cual trataba de despejarle las incertidumbres.
            -¿No te parece, Rafael, que un golpe de mano podría cambiar muchas cosas en este país?
            Y Riego le miraba con ojos firmes. Y afirmó, con voz sobria y quebrada:
            -Por mucho menos se ha colgado a traidores.
            Y era verdad, y él también tenía experiencia en ese tipo de lances. Al fin y al cabo, y cuando consiguió salir de la cárcel en la que lo había metido Murat, tuvo que pasarlas canutas para convencer a sus propios compatriotas que no venía como espía francés. Anda que no eran desconfiados los huevones. Aunque él también, después de todo, lo hubiera sido.
            -Riego, esto no puede seguir así. La Pepa fue aprobada por aclamación popular. Tan sólo se han puesto en contra los politicastros del antiguo régimen; el pueblo, en cambio, está con nosotros. Es hora de que Fernando VII cumpla lo que prometió. Si no le presionamos, seguiremos como estamos hasta el fin de la eternidad. Además, si en el fondo, Fernando VII es un cagueta. Se arrugará a las primeras de cambio, como hizo en Aranjuez y como hará cada vez que alguien le levante un poco las pistolas.
            El general asturiano vacila. Una cosa es pelearse contra los franchutes, con su chulería imperial, tratando a los españoles como si fueran chusma a batir a golpe de bayoneta, y otra es enfrentarte contra tu rey, tu propio rey, le roi, como dicen los gabachos, en favor de un pueblo que muy probablemente te olvide en menos de dos días, y se te eche atrás a la primera de cambio. El órdago, como mínimo, requiere valor.

            Pero la pregunta era, ¿merecía la pena?¿Era el camino por donde nos llevaba ahora mismo Fernando VII- el mismo por el que nos condujeron su padre Carlos IV, y el chuleta de Godoy (demostración viva de que cualquier podía llegar a primer ministro a fuerza de ir echando polvos)-, el que más le convenía a España? Porque de momento, primero de todo, y por su ineptitud, nos condujo a que nos invadiera el gran Napo, después de haber estado peleando a favor suyo en no-sé-cuántas peleas (desastre de Trafalgar incluido) precisamente para estar de buenas con él. Todas esas tonterías de nuestros reyes, la decadencia que llevábamos arrastrado desde Felipe III, la habían estado aguantando los españoles –católicos, devotos, patriotas-, durante ya varios siglos, en los que habíamos estado tensando la cuerda hasta el límite, pareciendo que de tanto sufrirla nos íbamos a acabar por acostumbrar... Pero, sin embargo, y por mucho que quisieran negarlo, esto ya no podría ser así nunca más. La llegada de los franceses había supuesto un cambio, pues ellos traían consigo la leyenda de una revolución que les precedía, de un estado llano que decidió plantar el puño encima de la mesa y decir, se acabó, me niego a pasar hambre, e incluso a cortar la cabeza de un rey. Bien era cierto que la revolución había aportado masacre tras masacre, y que su final había culminado en un emperador que era tan absolutista como al Luis XVIII al que le separaron suavemente la cabeza de su cuello, pero esas contradicciones, para los que las contemplaban desde fuera, eran lo de menos. Lo cierto era que España (meditó Riego) también se merecía cambiar: también se merecía un poquito de libertad. Ese sentimiento –se dijo- esa exaltación de los nacionalismos locales, que se impregnaban a la par de la ambición de la democracia, fue, en realidad, y después de todas las batallas, lo más importante que nos legó el gran Napo a la historia, a pesar de Austerlitz, de Leipzig o de Waterloo. De hecho, cuanto más lo pensaba Riego, más se confirmaba su hipótesis de que, contra el Napo, vivíamos mejor: al menos en aquella época, el pueblo tenía bien claro quiénes eran los buenos y quiénes los malos, nuestro rey era lo mejor que había parido madre, y mientras en una isla se tejía una Constitución –como tejería más tarde Mariana Pineda su bandera-, en esa Cádiz tan cercana se cantaba aquello de “con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas tirabuzones”, y las mujeres se dedicaban a arrojar todas sus baterías de cocina por la ventana contra los malditos gabachos, los cuales ni se esperaban lo que esos “cabrognes” de los españoles estaban dispuestos a hacer, ni sospechaban siquiera una mínima parte de lo locos que estábamos. Y se confirmaba, es triste admitirlo, que a veces lo peor que te puede ocurrir en la vida, es que tus sueños se hagan realidad.

            No obstante, Riego, ahora, delante de sus hombres, en el amanecer de Cabezas de San Juan, dudaba. ¿Qué pasaría?¿Qué ocurriría con España? Eso era lo que más le importaba. Le atañía mucho cómo fuera a pasar su nombre a la historia, si como la de un héroe, un inútil, o un innoble a la patria. Pero eso él no podía saberlo.

            La respuesta, si Riego la hubiera sabido, hubiera sido doble. La leyenda le recompensaría de sobra por sus acciones; la realidad, le trataría a puntapiés. Porque en realidad, el mérito de este golpe de mando no debía haber sido de Riego; debía haber sido de Quiroga, que era su superior, a quien le tocaban todos los honores. El problema es que Quiroga alzó la mano un día después, y medio fracasó en Cádiz. En cambio Riego, que va a ponerse en marcha hoy, obtendrá éxito en un reducto tan minúsculo como es Cabezas de San Juan. Y él pasará a la Historia, y luego se cantará el Himno de Riego, y todas esas cosas que tanto le gusta relatar a las abuelas junto con las tradiciones populares. Pero las intrigas palaciegas, que desprecian a los héroes y les apartan en cuanto pueden del tablero de la política -con sus sempiternos seres oscuros, que nunca asoman su rostro a la luz-, le retiraron, en la paz, todos los honores que había el asturiano alcanzado en la guerra. Apenas fue reconocido por su éxito, y, de hecho, en medio de las continuas luchas internas de los liberales que habían triunfado con el movimiento de Riego, los más exaltados expulsaron a los más moderados (incluyendo el general) de toda tarea de gobierno, relegándolos a un rincón secundario. Eso sí, cuando tres años después de iniciado este momento, las potencias europeas, conscientes de que la democracia es una enfermedad terriblemente contagiosa, mandasen a cien mil hijos de la madre que les parió a terminar con tanta tontería como tenían encima los españoles, a Riego le llamarán de nuevo, como siempre, para partirse la cara, mientras los que por aquel entonces se ponían las medallas se dedicaban a esconderse por debajo de las mesas. Esta vez, sin embargo, a los unos y a los otros, les iba a tocar perder. Fernando VII pretenderá no hacer sangre, una vez recuperado el poder absoluto, y jura y requetejura que decretará una amnistía general para todos los implicados en el golpe. Pero una vez más, el paleto de nuestro monarca romperá su palabra dada en mil pedazos, y mandará a la muerte a todos los que se opongan a lo que se ha mantenido toda la vida de Dios en España, el absolutismo más férreo, e incluirá a Riego en su lista, a todo un héroe de la Independencia, el cual acabará por fenecer ahorcado. Éste suele ser el destino de los más leales defensores de la patria: despreciados en vida, exaltados en la muerte. Hay que joderse, pensaría el asturiano, si lo hubiera sabido, o quizá intuyéndolo.

            Pero no era eso lo que más le preocupaba a Riego. Por eso, el día anterior, y sin que nadie se diera cuenta, se pasó por una feria ambulante que pasaba por el pueblo ese día, y que iba a marcharse al día siguiente al alba, justamente a la hora a la que todo debía decidirse. Y penetró, sin el traje militar, completamente de incógnito, en la tienda de una pitonisa, que predecía el futuro en los posos de café y en la bola de cristal –supercherías de las que Riego siempre se había mofado en público y en privado; pero hay preocupaciones, pensaba él, por los que merece la pena acabar rompiendo algunas creencias-. Y le preguntó por una decisión que tenía que tomar mañana. Y sobre qué iba a pasar con respecto a ella.

            La pitonisa miró. Y la bola, por primera vez en toda su vida (nunca había pasado de estafadora común, la pobre), le empezó, para su susto, a decir demasiadas cosas. Le reveló que a continuación del golpe de Riego, las distancias entre conservadores y liberales, muy marcadas ya de por sí, se abrirían mucho más. Que en este país, en el que ni siquiera es posible que dos se pongan de acuerdo para ir al baño juntos, no había manera de que los politicuchos sellaran algo común, más allá de las irreconciliables diferencias, para resolver nuestros problemas compartidos de una manera pacífica. Que cada uno se enconó en el radicalismo de las ideas de su bando, los conservadores, pretendiendo preservar como en una momia un absolutismo cada vez más muerto, los liberales, escindiéndose en facciones, muchas de ellas enemistadas a muerte entre sí, y que irían alcanzando cotas de violencia cada vez más elevadas. Contempló el retorno del absolutismo, a Mariana Pineda envuelta en el silencio y su bandera, contempló la expulsión de Isabel II, a un Saboya que se sintió despechado, a una Primera República que se fue a la mierda, y en la cual uno de los más grandes jefes de estado que hemos tenido en la historia, Nicolás Salmerón, dimitió literalmente a los cuatro días de ser nombrado porque firmar las penas de muerte no iba con su conciencia. No había aprendido el muchacho que los escrúpulos no convenían a la política, ni la costumbre de la mayor parte de los diputados, que no dejan su asiento ni aún les corten las manos. Vio una restauración y un sistema de alternancia, un intento de asentar la paz en base a los caciquismos que no consiguió casi nada, pues cada medida adoptada, como el lienzo de Penélope, se tejía y destejía al compás de los gobiernos, que iban sumando constituciones, a cual más inútil. Vio una generación del 98 que quiso resolver el problema penetrando en las raíces del carácter español, y que salió tan escaldada que perdió toda esperanza. Vio una dictadura de un Primo de Rivera impuesta por un rey, y cómo ese rey fue castigado a marcharse por la puerta chica. Vio una Segunda República que pudo ser una salida quizás razonable, pero que se fue a la porra, acabando en una Guerra Civil cruenta, sangrienta y sanguinaria, que reflejó los casi siglo y medio de luchas constantes entre absolutistas y liberales, carlistas, marxistas y anarquistas, terroristas y tropas del estado. Vio una guerra que venía de mucho antes, que venía de tanta intransigencia, de tanto odio, de tanta radicalización de posturas, de querer imponer la razón por la fuerza de las armas, que se basaba en la asunción de que la mejor manera de ganar dialécticamente en una disputa era matar a tu oponente... Vio el reflejo de lo que era España, y en lo que se quedó, cubierta por un silencio atronador, el silencio de tantísimos muertos, porque cualquiera procuró cargarse a todo el que pudo a su paso, los nacionales conforme avanzaban, los rojos por donde huían... Vio una España rota, sin alma y partida en mil pedazos, que mantuvo durante cuarenta años la cabeza baja, avergonzada por su propio drama. Vio, finalmente, que fueron necesarios tantos palos, y tanto dolor, para que finalmente fuera posible que los comunistas y los franquistas, los nacionalistas periféricos y españoles, los socialistas y los de centro, se sentaran en una misma mesa y se dijeran que todo esto no podía repetirse. Y consiguieran, a base de ceder cosas, ponernos por fin de acuerdo en algo. Pero, para todo ello, había tenido que tener lugar tanto sufrimiento...

            Porque era verdad que, en algunas de estas disputas, había veces que era uno de los bandos el que tenía la mayor parte de razón. Era verdad que España ya no podía aguantar nunca más el absolutismo, y que tenía que salir de allí. Era verdad que era preferible una segunda república, con todos sus fallos y sus descontroles (que debimos haber intentado arreglar entre todos, parando a las facciones militares de izquierdas y de derechas, en lugar de alentarlas), que la dictadura que estableció después un señor bajito y con aires de grandeza, elaborando la paz sobre los cuerpos de cientos de miles de hombres, y alargando la guerra para conseguir la mayor masacre en cada sitio, de tal manera que ningún opositor volviera a decir esta boca es mía en toda su vida, si es que finalmente quedaba alguno... Pero también era verdad que incluso los que tenían la razón, se pasaron cuatro pueblos en muchas de sus acciones, que si el ejército nacional masacró sin piedad, los rojos también quisieron hacer sus purgas por su cuenta, y que al final los desmanes eran tan grandes por ambos lados, que es imposible, sin revolvernos el estómago, ponernos a defender a ninguno... Era verdad que si bien los movimientos obreros tenían razón en querer mejorar las condiciones sociales, los métodos que adoptaron muchas veces, a fuerza de bombas y de manchas de sangre, eran mucho peores que las injusticias que tan ardientemente combatían. Y si era ilógico que la Iglesia Católica tuviera una cantidad de dinero que no era normal en un país tan hambriento, tampoco era lógico por ello pensar que eso justificaba quemar conventos, ni este hecho permitía que los curas tomasen una escopeta y se pusieran a disparar. Que razón tenía Goya, cuando representó fielmente el carácter español, dos hombres matándose a garrotazos en mitad del campo, dos tendencias opuestas que nunca encuentran manera de serenar los ánimos, españolito, españolito, mira que te guarde Dios, una de las dos Españas ha de helarte del corazón. ¿Y dónde estaba Goya? Decepcionado, asqueado, crudo retratista de su tiempo, del capullo de Carlos IV, de la boba de su esposa, y del oligofrénico de Fernando VII, de una guerra que le horrorizaba y le espantaba, y a la que nos condujeron unos cuantos hijos de puta que no pisaron un campo de batalla en su vida, o que estaban tan locos como para colocarse con el olor de la pólvora. Goya estaba perdido, a punto de exiliarse él mismo, aislado en un mundo sin sonido de pinturas negras, de aquelarres y miserias, de horror y de brujería, de Saturno comiéndose a sus hijos, de una España profunda a la cual no toleraba, y a la que sin embargo se veía incapaz de cambiar; Goya se volvió loco, porque veía la realidad con toda su fuerza, porque era de esos hombres que no es capaz de taparse los ojos -como casi todos nuestros grandes sabios, se arrepentía de haber nacido en su patria, y, sin embargo, no podía dejar de interesarse por ella. Así fue como pasó de ser el pintor de los majos bailando bucólicos en los campos, de los alegres paisajes y de los colores vivos, al creador, al que dio vida, a algunas de la más oscuras pesadillas. A las que él contempló.

Todo eso lo vio la pitonisa, todo eso lo contemplaba mientras Riego la miraba y aguardaba una respuesta. Y la pitonisa le miró y se calló, como una puta: “la bola no es capaz de decir nada”. Sabía, lo sabía la adivina, que si le contaba a quien fuera todo esto, nadie la iba a creer.
           
            Y al día siguiente, Riego, el sable en la mano, sus hombres listos, se lo pensó otra vez. Y pensó en el día en el que España alcanzara la paz y la estabilidad y los partidos se alternasen de manera pacífica y en función de las decisiones del pueblo. Lo cual nos hace pensar qué opinaría Riego de las situaciones que se viven hoy en día, de partidos políticos haciendo campaña electoral, en un bando y en el otro, a raíz de un atentado terrorista; de leyes que se aprueban o no, nunca por su contenido, sino por quién las convoca; de partidismos a muerte, de periódicos manipulados, de negación de la democracia y la humanidad a favor de los privilegios y de los privilegiados, de seguir defendiendo una idea a fuerza de masacre y de bombas... De tanta y tanta mierda de unos políticos que no reflejan a la gente, que merecen que los echen todos a patadas, y de unos ciudadanos que han perdido cada día más la conexión con sus representantes, los cuales viven en una burbuja y se empeñan en crear problemas que no existen. Políticos que han perdido el espíritu de la conciliación, de la paz, de recordar -como recordaron tantísimos españoles en las elecciones del 77 y el referéndum del 78, primándolo con su voto- que otra guerra civil no podía volver a repetirse. Pero a esta nueva generación de “politicuchos”, lo peor de cada casa (aléjense de ellos, que no toquen a sus hijos, es contagioso), les da todo igual y lo mismo les importa que vuelvan a levantarse las bayonetas en Brunete, si con ello arañan un par de votos. Y donde cada día crecen más los partidos que reclaman el voto en blanco, el tirar la suscripción electoral al retrete, o el “si el voto sirviera de algo, entonces estaría prohibido”.

            Pero Riego ignora todo esto. Riego está pensando en la libertad. Quiere creer en un mundo más justo y más libre, como también lo quieren Bolívar y San Martín, que se encontrarán, años más tarde, con una Sudamérica que también se les deshará entre luchas partidistas, y en la cual sus habitantes comprobarán como al final todo su esfuerzo para salir de la dominación española ha servido, después de todo, para caer bajo las manos de otros amos, quizás más indirectos, pero incluso, después de todo, mucho más opresivos. Y para descubrir ellos también, por sí mismos, lo difícil y solitario que es el camino de la libertad.

            Y por eso, Riego levanta el sable, y pone a sus hombres en marcha.

            El sol no ha terminado de salir.