lunes, 22 de febrero de 2016

La historia corta de febrero: "Veinte años".

         Veinte años esperando… veinte años al pie de la cama del enfermo. Veinte años trayendo flores. Veinte años cortándole las barbas y el pelo para que se despertara del coma con una pinta medio decente. Veinte años durmiendo en sillones de hospital. Veinte años acumulando fotos para, cuando por fin recuperara la consciencia, enseñarle qué había pasado con su vida familiar…
          Así hasta que un día, veinte años después, se despertó. Y cuando, con los ojos vidriosos, le preguntó a su mujer qué había pasado, ella sólo supo contestar, de manera indignada:
              -¿Que qué ha pasado?¿Tú sabes la que me has dado? Has estado dormido veinte años… ¡y no has podido parar ni un minuto de roncar!

lunes, 15 de febrero de 2016

El relato de febrero: "Carnaval".

Carnaval
(Inicio de un popurrí ambientado en Cádiz)

               La tenue luz hacía difícil avanzar por entre los huecos que se abrían entre las butacas del teatro. El enmascarado, cubierto por un disfraz de corte veneciano que dejaba al descubierto un frondoso bigote seguramente falso, tanteó entre la semioscuridad de la sala para alcanzar finalmente un lugar en la pared desde donde el acceso a los palcos era más sencillo. Allí, con precaución de que no le estuviera vigilando nadie, se encaramó ligeramente y aguzó el oído, pero no encontró lo que buscaba. No obstante, un par de segundos después, un melódico sonido (al menos para él, porque para el resto del mundo hubiera sonado a voz ronca y algo forzada) llegó hasta sus oídos:
               -Oh, Romualdo, Romualdo, mi fiel Romualdo, ¿eres tú quién está trepando a este balcón?
               El susodicho Romualdo iba a responder, pero a punto estuvo de precipitarse en el vacío al ceder una parte de la cortina que le servía de sustento. Consiguió sin embargo salvar la situación y, después de asegurar su posición, con un tono amoroso y algo melifluo, finalmente clamó:
               -Oh, Julio, Julio, mi adorado Julio, ¿eres tú quien se ve a lo lejos?
             De hecho, al Julio en cuestión no lo veía, pero en cuanto este último dio unos cuantos pasos hacia adelante, asomándose a la barandilla del palco más próximo, Romualdo pudo vislumbrar a un gran disfraz de la gallina Caponata apuntándole directamente a los ojos. A Romualdo aquello le descolocó tanto que perdió el aire intrépido que portaba consigo y, con un desconcierto tan vivo que hasta recuperó el acento gaditano, preguntó:
               -¿Pero tú qué haces vestido así, pishica?
               La gallina Caponata se aproximó más todavía hacia él y respondió con un deje muy parecido:
               -¡Pues qué voy a hacer!¿No me has dicho que viniera disfrazado para que no me reconocieran?
               -Pero quillo, que al menos pueda verte la cara.
          -Bueno, no nos entretengamos, amor mío. Tenemos poco tiempo: ya de fondo escucho a la “Comparsa de la Alondra”, y eso significa que nos queda poco tiempo para hablar.
               -Yo creo que te equivocas, amor mío –había recuperado todo el romanticismo Romualdo-. Lo que se escucha es la “Chirigota del Ruiseñor”, y por tanto aún nos queda tiempo antes del entreacto.
               -Querido mío, no es por enturbiarte, pero yo creo que ésa es la Comparsa de la Alondra.
               -Cuchufrito de mis amores, yo no quiero llevarte la contraria, pero estoy seguro de que se trata de la Chirigota del Ruiseñor.
               -Alondra.
               -Ruiseñor.
               -¡Alondra!
               -¡Ruiseñor!
               -¡Es el coro de Julio Pardo!, ¿os queréis callar de una puta vez?-resonó una voz al otro lado del Gran Teatro Falla. Ambos hombres bajaron varias escalas sus voces.
               -En fin, que no podemos perder el tiempo. Dentro de no mucho será la Final, y después viene el Carrusel de Coros. Y allí debe ser el lugar donde proclamemos nuestro amor.
               -Oh, Romualdo, pero es muy peligroso; en cuanto nuestras agrupaciones se den cuenta de que estamos juntos, nos repudiarán de todas las maneras posibles. ¿No comprendes que se encuentran enfrentados desde hace años, desde aquel cisma a raíz del cual el gran coro se rompió en dos?
               -¡Pero el odio no puede durar eternamente!¡Ahora son una comparsa y una chirigota!¡Ni siquiera se enfrentan en la misma categoría, han de aprender a convivir en paz!
               -Romualdo, creo que subestimas la capacidad que el rencor tiene para mantener las inquinas prolongadas desde mucho tiempo atrás. No nos perdonarán nunca, será nuestra perdición.
               -¡Les convenceremos con la fuerza de nuestro amor!
               -¡Oh, te amo, Romualdo!
               -¡Oh, yo también te amo, Julie…!¡Julio, yo te quiero mucho también!
               -Ahora debo irme, que ya oigo a la Alondra…
               -… al Ruiseñor…
               -Bueno, que me voy. ¡Nos vemos cuanto antes, mi amor!
               -¡Hasta luego!
               La gallina Caponata desapareció detrás de unas cortinas en el palco, mientras que Romualdo descendió, volviendo a ocupar su sitio en la platea.
               Lo que ambos no sabían era que, escondida detrás de una escultura con forma de héroe griego borracho, una figura -escondida detrás de un traje de bruja- había atendido toda su conversación…


(¿CONTINUARÁ?)

lunes, 1 de febrero de 2016

El libro y la historia real de febrero: "Noli me tangere", "Los olvidados de Filipinas", y el fin del imperio español (II)

Comentábamos en el anterior post sobre el tema que José Rizal había muerto exigiendo un cambio en la política respecto a Filipinas (tratándola como una provincia y no una colonia), o que si no, el pueblo mismo tomaría las armas y buscaría la independencia. España respondió ejecutando a Rizal y, por tanto, dejó bien clara la decisión que había tomado. Más o menos en ese punto retoma el testigo "Los olvidados de Filipinas", de Lorenzo Mediano.

Mediano no nombra a Rizal, pero en muchos sentidos está de acuerdo con su punto de vista sobre algunas cuestiones en Filipinas: entre ellas, un esquema colonial de dominación en el que los españoles utilizan a unas etnias frente a otras (tanto, que llega a haber caníbales al servicio de la Guardia Civil), y unos frailes que abusan de sus funciones (sobre todo en lo relativo al trato con las nativas) y revelan a las autoridades los secretos que escuchan en confesión. Pero Mediano cuenta la historia desde otro punto de vista, porque Mediano (médico como Rizal) es descendiente de uno de los soldados que combatieron en Filipinas. De hecho, en buena medida, lo que está narrando es la historia de su abuelo, que de paso sirve para contar muchas historias más.

Foto real donde aparece el abuelo del autor Lorenzo Mediano (el de la barba larguísima) y que ilustra la portada del libro (Zócalo Editorial).

En la historia que cuenta Mediano, los españoles se encuentran en guerra contra los rebeldes filipinos, y se encuentra muy presente la sociedad secreta del Katipunan fundada por Andrés Bonifacio (la cual nombramos en el post anterior) y que lucha por la independencia. La situación, sin embargo, es de calma aparentemente estable porque parece que los españoles pueden más o menos controlar a los sublevados. Sin embargo, un factor va a desestabilizarlo todo. A Estados Unidos le apetece tener colonias, y el endeble Imperio Español no parece capaz de retenerlas. Tras el incidente del Maine, Estados Unidos le declara la guerra a España e inicia una guerra para apoderarse de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Lorenzo Mediano, descendiente de familia de militares, revela de esta guerra algunos aspectos que las autoridades españolas mantuvieron en secreto, aunque ya eran sospechados por los historiadores. La verdad, desde luego, no es como la versión oficial la cuenta.

Un campo de piñas actual, cercano a la rural región de Tabayas donde se encuentra ambientada buena parte de la obra.

Para ello, Mediano nos desvela el relato de lo sucedido a partir de la vida de unos soldados y oficiales cuyo cuartel se localiza en una zona estratégica de la isla de Luzón. Entre estos oficiales se incluye su abuelo (un aragonés de armas tomar), pero el libro también cuenta con otros personajes tan pintorescos como un trapacero militar español, una belleza nativa enamorada de un oficial enemigo en contra de los deseos de su padre, o un simpático soldado anarquista que introduce buena parte de las notas de humor en las andanzas de los protagonistas. Hay elementos de romance, unas cuantas situaciones surrealistas en gran medida made in Spain, y también mucho sufrimiento y tormentos, pues desde luego nuestros soldados las pasan canutas, y no hay lugar donde en forma más extrema convivan el placer y el dolor que en Asia. Mediano se concentra sobre todo en lo que él denomina "los olvidados de Filipinas": aquellos soldados que quedaron presos de los rebeldes nativos y que, cuando los famosos "últimos de Filipinas" ya habían embarcado a casa, todavía seguían allí, víctimas de un gobierno que regateó su rescate, y de las luchas surgidas entre los filipinos y los estadounidenses, quienes habían aprovechado para traicionar a los primeros e intentar convertir a las islas en su coto privado. Todas sus desventuras nos las cuenta el autor en un libro que en ocasiones es duro, pero que también introduce bastantes momentos cómicos en unos diálogos que parecen tan bien medidos que podrían perder parte de la sensación de autenticidad. Pero es una licencia que creo que podemos permitirle al autor a cambio de convertirnos una historia en principio muy trágica (con la dificultad añadida, como dice él mismo, de traducir la mentalidad del siglo XIX en ideas del siglo XX) en una gran y entretenida aventura.

El libro resulta muy atrayente, no sólo por contarnos las esperpénticas y trepidantes aventuras que les ocurrieron a un grupo de soldados -que cuentan, además, con el valor añadido de ser reales-, sino por (como comentábamos antes) introducir algo de luz sobre una época histórica que los españoles tendieron a olvidar rápido porque a nadie le gusta reflexionar sobre una batalla perdida. Como sabemos, tras la pérdida de las colonias en 1898, España entró en una crisis existencial donde una generación de literatos trató de encontrar un nuevo camino, aunque el que siguió nuestros país tan sólo le llevó a más luchas internas y una guerra civil que lo aniquiló todo; pero de lo que aconteció en Filipinas a continuación hemos escuchado muy poco, y aunque no os voy a contar el final del libro, sí que os comentaré lo que narran los libros de historia.

Efectivamente, Filipinas adquirió independencia formal, pero se convirtieron de facto en una colonia de Estados Unidos. Pero, bien sea porque les daba algo de vergüenza convertirse en conquistadores después de haberse librado de su propio pasado como colonia, bien porque la resistencia filipina fue más fuerte de lo esperada, lo cierto es que la etapa americana se recuerda como una dominación bastante suave en la cual, entre otras cosas, los estadounidenses difundieron el inglés como lengua común a todas las Filipinas y proveyeron a los filipinos de algunas infraestructuras modernas de las que hasta entonces habían carecido por completo. Los americanos favorecieron el reconocimiento de Rizal como héroe nacional (preferían a un pacifista mucho antes que a otros líderes que habían empuñado las armas, como Andrés Bonifacio), y prometieron a los filipinos una independencia que, sin embargo, quedó en suspenso con el inicio de la Segunda Guerra Mundial. No obstante, el odio común de filipinos y americanos a los invasores japoneses les unió más todavía, de tal modo que, cuando finalizó la contienda, de manera progresiva (ha habido presencia del ejército americano en Filipinas hasta muy poco, y basta con ver el tamaño de la embajada estadounidense en Manila), les concedieron la libertad.

Un panel en Manila describe los lugares que sufrieron la ira de los soldados japoneses al final de la Segunda Guerra Mundial cuando sus superiores (una vez fueron conscientes de que iban a perder la guerra) ordenaron destruir todo lo que se pudiera antes de marcharse. Atentaron, de manera indiscriminada, contra escuelas, hospitales, unidades psiquiátricas... Fue tanta la crudeza que los filipinos todavía agradecen que los americanos intervinieran bombardeando la ciudad, convirtiendo en escombros buena parte de los edificios históricos. De hecho, el único edificio que quedó en pie en el casco histórico de Intramuros fue el convento de los Agustinos, que sirvió de hospital de los campaña para los americanos en la ciudad. Manila (que en su día fue conocida como "la perla de Oriente" y comparada en ocasiones con París) todavía, en opinión de alguno de sus habitantes, no se ha recuperado del todo de los destrozos.

¿Qué ha ocurrido desde entonces? En Filipinas ha transcurrido una época bastante errática bajo una democracia imperfecta que incluso ha sufrido algún golpe de estado (a cargo de Ferdinand Marcos y la famosísima Imelda y sus miles de zapatos). La poca salud de su democracia se evidencia tanto en la corrupción endémica como en el hecho de que Imelda Marcos y alguno de sus familiares son ahora senadores, y cuentan con demasiados partidarios entre la gente de a pie y políticos con cargo en vigor. Además de las abruptas diferencias sociales que mencionamos en el anterior post (ya comentamos en otro lado que Manila es una de ésas ciudades que cuenta con cementerios donde vive gente), el país debe afrontar tifones periódicos en la época de lluvias, terremotos, erupciones como la del Pinatubo en 1981, una contaminación excesiva (a la deforestación se une un tráfico infernal que desquicia a cualquiera que pisa Manila) e incluso ocasionales brotes de terrorismo. No es extraño, entonces, que millones de filipinos emigren y pueblen el extranjero, constituyendo comunidades muy unidas, que mandan dinero a casa y están deseando dar a conocer a su país al mundo. De hecho, gracias a los numerosos filipinos en España fue como entré en contacto con esta nación en la cual puedo decir que tengo amigos y que -cuando por fin he podido realizar una visita- tanto me ha llegado a impactar.

No obstante, a pesar de todos los problemas, los filipinos son gente optimista por naturaleza. Si bien esa actitud resignada ante la vida ha sido muy criticada por contribuir al retraso del país, es cierto que les ha proporcionado una coraza resistente a toda clase de pruebas. Se dice que la historia de Filpinas es "300 años en un convento y 50 en Hollywood": y desde luego, hay algo de desenfadado y de sentido del espectáculo en un pueblo que ama el karaoke, canta siempre que puede (¡hasta en los comercios!), hace bromas con los tifones, sonríe de manera casi perpetua y camina con frecuencia en grupo formando bajo su paso un maravilloso, indescriptible y a la vez incontrolable caos. En los últimos años, bajo un gobierno algo menos corrupto y que ha decidido invertir algo más en la gente y en la protección de la naturaleza, y aprovechando el inmenso boom que eleva ahora mismo el Sudeste Asiático, la situación de los filipinos parece haber mejorado (sin duda no todo lo rápido que debiera) y entre sus acantilados sociales empieza a borbotear una pujante clase media. De un tiempo a esta parte, además, después de un largo período de olvido respecto de todo lo que tenía que ver con España (incluyendo el idioma), las autoridades filipinas han intentado reforzar los lazos con la antigua potencia colonizadora, potenciándose en buena parte gracias a la animosa comunidad filipina que habita en nuestras latitudes. Filipinas mira al futuro con esperanza, y ha decidido volver de nuevo los ojos en dirección a España: parte de su futuro (y también del nuestro) pasa con que aprendamos de los errores de nuestra historia, y contemplemos a nuestra antigua colonia en esta ocasión como un igual. Sólo entonces podremos conseguir algo parecido a lo que, en su tiempo, fue el sueño que un día tuvo en mente José Rizal.

El autor en una fiesta de la independencia filipina celebrada en Madrid hace unos años. Si os animáis, os espero en la próxima. O quizás en Filipinas: porque tengo claro que voy a volver.


lunes, 18 de enero de 2016

El libro y la historia real de enero: "Noli me tangere", "Los olvidados de Filipinas", y el fin del imperio español (I)

Los libros de este mes giran en torno a la historia de todo un país, Filipinas. Así que quizás esta lejana nación requiera algo de presentación.
"Colinas de Chocolate" en la isla de Bohol

Tarsieros, el primate más pequeño del mundo, en la isla de Bohol

Playas de la turística isla de Boracay

El río Pagsanjan, donde se rodaron algunas escenas de "Apocalypse now"
El cráter (cubierto de agua) del activo volcán Taal, situado a su vez dentro de un lago en el interior de la isla de Luzón: casi cualquier zona del lago podría escalfarte tras una breve zambullida, debido a sus altas temperaturas.

Como habréis podido comprobar por alguna de las fotos, es un archipiélago (más de siete mil islas, cuyo número varía según la marea) que combina las playas paradisíacas -uno entiende en ocasiones por qué denominaron a su océano el Pacífico- con zonas de origen volcánico, rincones naturales únicos, o una flora y fauna imposibles de encontrar en otro lugar. También alberga un tráfico infernal, abruptas diferencias sociales (por poner un ejemplo, puedes contemplar los ultramodernos rascacielos desde la entrada de una red de chabolas situada en pleno casco histórico), y unos habitantes de los que se ha dicho que son los latinos de Asia y que caminan siempre con una sonrisa en los labios, a pesar de la pobreza, los tifones y cualquier otro posible mal que les pueda llegar. Dicho todo esto, vamos a meternos en su historia para poder entender un poco más los libros de los que vamos hablar a continuación.

Antes de abrirse al mundo, en Filipinas habitaban múltiples etnias independientes, aunque la más abundante en el siglo XVI era la perteneciente a la raza malaya. Entonces llegaron los españoles. El primero en desembarcar allí fue Fernando de Magallanes en su periplo alrededor del mundo. Magallanes tuvo sus momentos dulces con los nativos: le regaló a la reina de Cebú (a la que rebautizaron como "reina Juana" un poco en broma por Juana la Loca) una efigie del Niño Jesús que a ella por lo visto le encantó -y que hoy es objeto de adoración en todo Filipinas-, y firmó en las playas de Bohol, de acuerdo a los historiadores, el primer acuerdo de paz en todo el mundo entre las razas blanca y "morena". No obstante, aquello no duró demasiado: en la isla de Mactán, el jefe Lapu-Lapu desconfiaba de las promesas de Magallanes y tras una cruenta batalla, se lo cargó de una lanzada en la cabeza. Los españoles colocaron en el siglo XIX un monumento al explorador en el mismo lugar donde había caído, mientras que los filipinos, ya después de la independencia, erigieron ("a una lazanda de distancia" según la Lonely Planet) una estatua en la que un hercúleo Lapu-Lapu daba la espalda con altivez al monumento a Magallanes.

Cruz de Magallanes (en realidad, fue sustituida al menos una vez por Legazpi) que aún se exhibe en Cebú. A pocos metros de distancia, una basílica alberga el adorado "Santo Niño" que se le entregó en su día a la "reina Juana". A pesar de que la buena acogida que tuvo la efigie entre los nativos hizo creer a los españoles que los filipinos iban a ser bastante proclives a la cristianización, el escaso apego a la nueva doctrina que demostraron cuando los europeos volvieron a las islas hace creer que fue más bien la apariencia de muñeca de juguete que tiene el "Santo Niño" la que cautivó a la soberana local. El cristianismo, sin embargo, se acabó imponiendo, y hoy en día los devotos filipinos acuden en masa a adorar al Santo Niño en un ejemplo más del fervor del único país cristiano de Asia.



Arriba, monumento a Magallanes. Abajo, monumento a Lapu-Lapu, quien mató a Magallanes en una (autoridades filipinas dixit) "elocuente expresión del deseo de nuestro pueblo por ser libre".

Unos cuarenta años después de Magallanes, el militar Legazpi llegó allí dispuesto ya a emprender la conquista. Los filipinos destacan que hubo dos fases en la colonización: una primera más violenta, en la que los filipinos emplearon no poca resistencia, y otra en cambio mejor aceptada donde fueron los misioneros quienes, de manera más amable, se acercaron a los filipinos tratando de englobarles en su cultura. El caso es que, para el siglo XIX, momento en el que nace José Rizal, el sistema colonial anda firmemente establecido y Filipinas es, junto a Cuba y Puerto Rico, lo poco que queda del imperio español de Felipe II. Un imperio que Rizal se va a encargar de hacer tambalear.
Intramuros es una región de la ciudad de Manila que alberga lo poco que queda de las fortalezas coloniales españoles construidas originariamente en los siglos XVI-XVII.
Efigie de José Rizal en un billete filipino. A decir verdad, de las pocas ocasiones en el que máximo exponente heroico de un país es un pacifista convencido.

La figura de Rizal ha sido tan glorificada en Filipinas (hay poco casos en que un nombre se asocie tanto a un país) que algunos detalles de su biografía parecen sacados de la leyenda: que si aprendió a leer a los dos años, que si hablaba 10 idiomas con soltura y chapurreaba otros cuantos... Pero lo peor es que los hechos que conocemos a ciencia cierta de Rizal son casi igual de extraordinarios. Hijo de una eminente familia de las islas, estudió medicina en España, viajando para completar su educación por buena parte de las capitales europeas. Se dedicó a múltiples ciencias y artes (fundó una escuela y hospital, fue periodista, lideró la comunidad filipina en España y hasta dos especies animales descubiertas por él llevan su nombre). Conocía a fondo la literatura clásica (hay numerosas referencias latinas en su obra, y de hecho tiene un cuento donde los dioses griegos debaten sobre quién es mejor, si Homero, Virgilio o Cervantes), pero también la de su época, y cuando se decidió a escribir su primera novela bebió de las fuentes realistas que triunfaban en la segunda parte de su siglo (representadas en Europa por Balzac, Dostoievski o Galdós). Sin duda, cuando redactó su Noli me tangere, sabía que iba a tener un gran impacto, porque lo pretendía. Aunque tal vez no se imaginara todo lo que iba a venir a continuación.
El monumento a José Rizal en el parque de la Luneta, en el mismo lugar donde se fue fusilado. El monumento ha sido replicado en muchos otros países, incluyendo en las proximidades de la parada de metro de Islas Filipinas en Madrid. Para que os hagáis una idea del carácter siempre festivo de los filipinos, el edificio que se ha colado a la derecha de la foto ha sido bautizado por los habitantes de Manila como el "estropeafotos nacional".

"Noli me tangere", el título de la primera novela de José Rizal, proviene de la frase que Jesucristo le suelta a María Magdalena cuando resucita ("no me toques", como recordándole que tiene cosas más importantes que hacer que entretenerse con él). El motivo del título se debe -en palabras de una carta de Rizal a un amigo- a que el texto trata temas muy sensibles, tanto que no han sido expuestos a la luz pública por nadie, pero alguien tiene por fin que hacerlo. Y es que Rizal presenta la situación general de Filipinas y todos los problemas asociados a la colonización. Algo de lo que nadie, hasta ahora (o, al menos, desde el punto de vista filipino), se estaba atreviendo a hablar.


La cosa se pone tensa.

¿Y qué Filipinas existía en tiempos de Rizal? Pues una que se parecía mucho a la Edad Media europea. El gobierno de Madrid se encontraba muy distante; los funcionarios españoles llegaban, residían allí durante un breve tiempo, y luego se iban, con lo cual nunca adquirían conocimiento del país. Así que, como máxima autoridad residente, los administradores confiaban en los frailes, que eran los que hacían y deshacían desde sus monasterios locales. El fraile decidía y disponía a su antojo; si bien algunas clases altas filipinas (siempre dispuestos a pegarse sumisos a la espalda de los españoles) ejercían algún control, al final lo que se hacía era siempre lo que dijera el cura. En ese sentido, Rizal narra en su libro un episodio muy ilustrativo donde el partido de los jóvenes y el de los viejos discuten (en un debate muy similar al que Rizal debió contemplar entre liberales y conservadores en Madrid) sobre cómo organizar unas fiestas: al final, después de un largo proceso, dan igual las escaramuzas que han utilizado unos y de otros, porque el gobernador local confiesa que ya ha pactado montar una celebración religiosa bajo petición del cura. Y lo que diga éste, (literalmente) va a misa.


El poder de los frailes en Filipinas puede apreciarse en la magnificencia de esta biblioteca situada en uno de los pocos conventos primigenios que quedan en pie en Manila. A pesar de todos sus defectos, es verdad que los religiosos españoles fueron de los pocos que se interesaron por documentar algunos aspectos autóctonos de las islas, tanto relativos al idioma nativo como a las especies de animales y plantas presentes allí. Como me revelaba un amigo soriano, algunas de las mejores gramáticas de diversas lenguas filipinas se almacenan hoy en día en el Convento de los Agustinos en Valladolid.

¿Problemas asociados con la "frailocracia"? El principal, que nadie les controlaba a ellos. Se describen casos de sacerdotes que abusaban y dejaban embarazadas a nativas (hay mucha discusión sobre si Rizal mencionó los peores ejemplos, o si lo que describía era moneda habitual en Filipinas). Por otro lado, los religiosos se negaban a que los indígenas aprendieran español: temían que, si esto ocurría, los nativos -que en cada isla hablaban una lengua distinta- pudieran unirse entre sí, o que accedieran a un conocimiento cuya carencia les hacía permanecer bajo el dominio de los españoles. (Un inciso: una anécdota muy interesante en este sentido, es que, para favorecer la comunicación con los indígenas, se creó un idioma denominado "chabacano". Éste consiste en una especie de castellano sin conjugaciones verbales, y todavía se habla en algunas islas, como es el caso de Zamboanga. Por otro lado, el tagalo o filipino, idioma co-oficial en las islas junto con el inglés, contiene unas 3000 palabras heredadas del español). En las Filipinas dominadas por los españoles, se descuidaba la educación y se despreciaba la suerte de los "indios", quienes eran tratados como ciudadanos de segunda categoría. Se impedía el comercio con los países vecinos por el miedo a que los filipinos se aliaran con ellos para conseguir su libertad, pero esto provocaba la decadencia de la industria y la economía. Rizal describe cómo la administración de los españoles (en parte por mantener a los filipinos en la ignorancia, en parte por exigirles demasiados impuestos, y a causa también de un excesivo sentido del orden, debido al perenne temor de que a cualquier momento se rebelaran) está obligando a numerosos filipinos a convertirse en bandoleros porque no tienen otra manera de subsistir. Tan insoslayable era el hecho que, por boca de uno de sus personajes, Rizal sugiere que, a pesar del riesgo de caos, el mejor remedio contra el problema sería la supresión de toda autoridad policial, o sea, de la Guardia Civil.
Hoy, individuos vestidos con el antiguo traje de los guardas civiles sirven de atracción turística en el casco histórico de Manila.

En la novela, Rizal describe los distintos componentes de la sociedad filipina (con variados personajes, algunos de ellos bastante cómicos), entremezcla una historia de amor romántico y, en medio de todo ello, introduce varias disertaciones en los que realiza un diagnóstico sobre los males que acechan a Filipinas, del modo propio en que puede hacerlo un médico como él, es decir, a través de una profunda disección de su estructura. ¿Pero cuál es la solución que aporta? Pues ahí depende de si le preguntamos al Rizal novelista o al ensayista. En artículos periodísticos fuera de la novela (publicados en su mayoría poco después de la difusión de esta última), dirigidos sobre todo hacia las autoridades españolas, solicita como prioridades principales una prensa libre, diputados que representen a Filipinas en las Cortes -es decir, que Filipinas sea una provincia y no una colonia-, y en general algunas medidas (más educación, favorecer la justicia y la seguridad individual frente al despótico poder de las autoridades coloniales, tratar al "indio" como un ser capaz de gobernarse a sí mismo) acordes al pensamiento liberal que encontró en Madrid -el cual, también en España, tenía sus propios problemas y luchas frente a una estructura firmemente conservadora. En general, lo que pretende Rizal es que España trabaje junto con Filipinas para su mejor desarrollo (buscando el interés general de las islas en lugar de una política destinada simplemente a mantener el dominio colonial), en una solución pacífica en la que ambas naciones caminen juntas por el bien de todos. De no ser así, advierte Rizal, es probable que (aunque ésta no sea su intención ni tampoco la de los filipinos) éstos tomen las armas y se independicen de España, con perjuicio para ambas naciones. Si nos vamos al Noli me tangere, esas dos visiones se plasman en los diálogos que dos personajes (el cosmopolita Ibarra, una especie de alter ego de Rizal, y el mucho más nativo Elías) mantienen repetidamente a lo largo de la novela, exponiendo uno de ellos que, por muy lenta que sea, la vía pacífica sería la mejor antes de contemplar el derramamiento de sangre, mientras que el otro conversador le contesta que esa vía pacífica no tiene salida dado el actual estado de las cosas, y que la única forma de cambio posible es la revolución. Ésa era la dicotomía que, en el fondo de su corazón, estaba destrozando a Rizal.

La publicación del libro (editado originalmente en Alemania, en castellano, con correcciones del escritor español Vicente Blasco Ibáñez) desató una tormenta en Filipinas. Los nativos que estaban hartos de la situación en su país encontraron en Noli me tangere su inspiración y crearon una sociedad secreta, llamada Katipunan, que se inclinó abiertamente por la lucha armada una vez fue descubierta por las autoridades españolas. Estas últimas, por supuesto, culparon a Rizal, pero el escritor se hallaba muy lejos de las ideas del Katipunan: él, de hecho, había formado anteriormente una red de intelectuales denominada "La Liga Filipina", y fue cuando ésta fue clausurada por los españoles cuando uno de sus componentes, Andrés Bonifacio, decidió que las reformas pacíficas que la Liga promovía no servían de nada y se pasó al bando de la violencia, fundando el Katipunan. Rizal, mientras tanto, vivía un difícil enfrentamiento interior: era cristiano pero anticlerical; se creía un convenido pacifista, pero se veía abocado a liderar una revolución; escribió su obra por amor a su pueblo, y sin embargo observó cómo su familia sufría el desquite de las autoridades españoles como represalia. Es verdad que Rizal no había sido el único en poner el dedo en la llaga sobre todos estos asuntos. Ya existían ensayos anteriores argumentando que la situación actual de Filipinas era insostenible; un documento administrativo dirigido a las autoridades españolas exponía maneras de obrar tanto si se declaraba Filipinas independiente como si se mantenía bajo la Corona (y, de hecho, en una versión secreta, recomendaba la independencia); y Rizal no era el único de un conjunto de jóvenes filipinos que habían ido a estudiar a Europa y ansiaban en gran medida libertad. Además, Rizal se había basado, para su novela, en ciertos acontecimientos ocurridos en Filipinas (el llamado motín de Cavite) en los cuales las autoridades españolas habían tergiversado la verdad para así culpabilizar a inocentes en un ajuste de cuentas por motivos políticos. Pero Rizal tenía el problema de que nadie había colocado las cartas sobre la mesa más claramente que él y, por tanto, sobre su persona se concentraba toda la presión. En 1891 publicó en Gante la segunda parte de su obra, El Filibusterismo (nombre genérico que se daba a los actos de traición contra España y, en general, como se quejaban muchos, al ejercicio libre del pensamiento), texto que aún no he tenido la oportunidad de leer, pero que por lo visto sigue insistiendo en la dicotomía entre pacifismo y revolución violenta, hasta tal punto que pierde la estructura narrativa para convertirse en una discusión sin solución, probablemente porque ni el mismo Rizal la sabía. No sabemos por qué vía quería decidirse Rizal (ciertos indicios parecen apuntar que, al menos sobre el papel, siguió apostando por la vía pacifista), pero sí sabemos qué resolución optó con respecto a sí mismo: tras una época frenética de publicaciones y difusión de sus ideas por toda Europa, decide volver a Filipinas y escribe dos cartas para que sean publicadas después de su muerte. Ya se figuraba, sin duda, que para él estaba muy próximo el final.

Llega a Filipinas, y allí, cuando España decide que la Liga Filipina es una organización subversiva, le destierran a la isla de Mindanao. En su encierro, se dedica a la vida contemplativa, a aislarse de la política, y mejorar el día a día de sus conciudadanos; en las cartas que ya había escrito, se notaba su deseo de que todo acabara, más que nada para que dejasen en paz a su familia. Tiene en la isla (entre sus ocupaciones entre el hospital y la escuela que en Mindanao había fundado) a su único hijo, el cual, muerto al nacer, debe enterrar con sus propias manos. Solicita el permiso para embarcarse como médico en dirección a Cuba, y se lo conceden, pero cuando el barco ya ha zarpado, cambia súbitamente de rumbo y se dirige a Manila, donde se le juzga y se le condena a muerte. En su última noche, escribe dos textos: uno lo esconde en el zapato (resultaría ilegible, nunca conoceremos su contenido), y el otro, salvado en el candil que le iluminaba en su última noche en la cárcel, es el poema Mi último adiós, un conmovedor texto que alterna resignación ante la muerte, orgullo por haber servido a la causa de su patria, y un cierto alivio por el fin de todo ("morir", subraya al final el texto, "es descansar"). Al día siguiente le fusilan en un lugar donde mucho más tarde un monumento se erigirá en su nombre: Rizal sólo contaba con treinta y cinco años, y había hecho más cosas de las que muchos en una larga vida llegan siquiera a intentar.

Como novelista, Rizal era culto, apasionado; poseía un fenomenal manejo del humor y la ironía, era un paladín incurable de sus causas y un devoto seguidor de la razón y la ciencia. Sus textos incluyen un sorprendentemente actual punto de vista, incluso leído bajo el prisma del siglo XXI, y no es extraño que se le defina como el primer pensador moderno de Asia. No vivió, sin embargo, para comprobar cómo se reconocían sus ideas...

... y ésa es la parte que os narraremos en la próxima ocasión...

lunes, 11 de enero de 2016

El relato de enero. Cuentos fantásticos (V): El viajero

                                                           El viajero.

            El viajero del tiempo realizó los últimos preparativos para el viaje. Después, le dio un abrazo a todos sus familiares, y marchó.

            Les saludó al mismo tiempo que la cabina en la cual viajaba se iba evaporando entre las nubes del tiempo... pero, mientras contemplaba los ojos lagrimosos de su madre, y los orgullosos de su hermana, sólo tuvo una posible mirada para la expresión apesadumbrada de su hermano.

            Porque este último había estado pensando. A pesar de que no era físico ni matemático, sí que profesaba adoración por la lógica. Y no pudo evitar que la temida paradoja del abuelo que su hermano le había comentado una semana atrás penetrara dentro de su cabeza.

            “Es una paradoja”, dijo él, “que tuvo en jaque a los teóricos sobre el viaje del tiempo durante muchos años. Se basa en lo siguiente: uno regresa al pasado, y se encuentra con su abuelo. Discuten entonces, tal vez porque no se lleven bien, y lo mata. ¿Cómo puede haber nacido entonces el viajero del tiempo? La solución (pura teoría escrita sobre un papel) era que, al efectuar esta acción, se creaba un universo paralelo, distinto al original de donde procedía el viajero del tiempo, y donde todos los acontecimientos eran coherentes con la realidad: el viajero no había nacido, etc., etc. Como te digo, esto es tan sólo un constructo mental. Ahora que, por fin, comenzamos a viajar en el tiempo, y tengo el honor de ser el primero, quizá podamos averiguar cuánto hay de razón en ello”.

            Pero el hermano se dio cuenta de la verdad. Al fin y al cabo, ¿qué es cambiar la realidad? Porque uno puede modificarla, llevándola a paradojas como ésta, al matar a su abuelo, pero... ¿no hay cambios más sutiles, más delicados, que pueden dar origen a un universo paralelo? Aunque no induzcan a paradojas, no por ello son menos importantes en el devenir del universo, al cual, infinito, le importa poco si vivimos o morimos, y considera un solo cambio como equivalente a mil de ellos. Por ejemplo, que impidamos el nacimiento de un amigo cercano, aunque eso no tenga ninguna relación con nuestra propia existencia. “Pero aún más”, pensaba el hermano, ávido de llevar la lógica hasta las últimas consecuencias. Aún más.

            Porque, imaginemos... El viajero del tiempo llega al pasado; coge sus llaves y, por debajo de una mesa, marca una diminuta raya, la graba sobre la caoba. En este momento, ha producido un cambio. No es tan grave como los anteriores, pero sigue siendo un cambio. ¿Por qué no va a provocar eso un universo paralelo? Es una realidad distinta, un mundo diferente al presente. Al fin y al cabo, esta mesa, en el futuro, tendrá un rayujo debajo de la mesa. ¿No es esa una modificación tan enorme como una vida, en un tiempo y un espacio donde poco o nada cuenta que haya –de más o de menos- en un sistema solar, uno, dos o seis planetas?
           
            Pero todavía más... imaginemos el momento en el que el viajero del tiempo sale de la cabina y pone el pie en tierra. Allí, modifica partículas de aire de la atmósfera, modifica la gravilla del suelo. Tal vez sean cambios minúsculos, insignificantes, quizás no los apreciemos ninguno, pero todos ellos indican una alteración en la disposición de las moléculas del universo. ¿No es ésta razón suficiente para crear un universo paralelo?¿Es que acaso el espacio-tiempo necesita que le convenzan, que le proporcionen una razón?

            ¿Y qué pasa con el universo anterior... desaparece... o, sin embargo, permanece?¿Y el viajero del tiempo?¿Adónde vuelve?¿Al universo del que provenía? Sería un viaje inútil, sin duda, pues toda modificación se realizaría en un universo ajeno al nuestro y no alteraría el original: de nada serviría pues modificar pasado o futuro... Aunque también ocurriría lo mismo en el caso de que el viajero se quedase en el nuevo universo (sencillamente, el viajero del tiempo no se percataría)... Pero sobre todo, carecería de sentido, pues, no habría coherencia entre las acciones del viajero en el pasado, y las realidades del presente. Así pues, había que deducir que el viajero permanecía en el universo paralelo. Pero ello significaba...

            Significaba, que cualquier movimiento hacia el pasado, o el futuro, produce un cambio. Que dicho cambio, modifica el universo. Que cada alteración, genera un universo paralelo. Los cambios, por tanto, que podemos provocar como consecuencia del viaje en el tiempo, nunca se ejercerían en nuestro universo, sino en otro distinto, con lo cual el mismo hecho de viajar en el tiempo constituiría un acto fútil para los que albergan en esa modificación una deseo de cambio. Y al mismo tiempo, reflexionó este mismo hombre con crudeza, esto significaba algo más...

            ... que su hermano, cuando volviera al presente, pero, esta vez, en este universo modificado, volvería a verles a todos ellos, o, mejor dicho, a sus otros yos: a su otra madre, a su otra hermana, a su otro hermano, pero, esta vez, todos distintos, con los mismos recuerdos, personalidad y sensaciones, pero creados a partir de sus nuevas acciones en la delgada línea del espacio-tiempo...

            ... mientras que en cambio aquí, los que, en su universo original, le despedían con temor, con angustia, con esperanza, le aguardarían por siempre, sentados como estatuas de piedra, sin tener posibilidad alguna de ver a esta persona retornar...

            ... porque no regresaría, por siempre, jamás...

            El hombre que amaba la lógica contempló los ojos de su madre mientras despedía a su hijo. A continuación, escrutó los ojos de su hermano.

            Los dos acordaron, de mutuo acuerdo, y sin mediar una palabra, no contárselo a nadie más.



            Nota del autor: este cuento lo ideé a raíz de una reflexión acerca de los viajes en el tiempo, partiendo de la archiconocida y ya muy manida paradoja del abuelo. No obstante, un amigo aficionado a las novelas de ciencia ficción me desveló años más tarde que esta posibilidad ya había sido sugerida por la película de 1986 Flight of the Navigator. Todavía no he accedido a ver la película, aunque por las informaciones que he obtenido sobre ella no me pareció que contuviera necesariamente dicha hipótesis. En todo caso, tendrá que ser el lector el que se pronuncie al respecto.

lunes, 4 de enero de 2016

La historia corta de enero: "Reyes Magos"

         Al chico le dijeron: “Los Reyes son los padres”. Pero él lo entendió mal: entendió que los Reyes Magos eran exclusivamente “sus” padres.
           
            El problema es que se lo fue contando a todos los niños del pueblo. Lo peor es que el resto de los chavales le creyeron. ¿Y cómo no hacerlo? El padre del chico, calvo y con el pelo canoso, era clavadito a un Melchor que se fuera a poner en cualquier momento el turbante y la capa.

           Cuando el padre del chico fue a tomarse su sopa, observó cómo por la ventana había decenas de niños contemplándole con admiración, aguardando expectantes su próximo paso. El hombre, desconociendo el motivo de tanta atención, no hizo nada. Pero, cada vez que tomaba una cucharada de sopa, su mano no paraba de temblar.


             Para cuando el hombre fue a buscar sus zapatos en el arcón, los niños, imaginando que de ahí iba a sacar los regalos, no pudieron contener varios gritos de emoción y encanto… El hombre casi se muere del susto.

martes, 15 de diciembre de 2015

El libro de diciembre:"Hombres buenos". Algunas reflexiones personales adicionales.

Arturo Pérez Reverte es autor de varios libros que he devorado en el pasado. La piel del tambor, El húsar, El maestro de esgrima, La sombra del águila, La tabla de Flandes, El club Dumas, o las primeras entregas de El capitán Alatriste me impactaron mucho en su día. Pero un texto más actual me ha llamado recientemente la atención, su última novela, Hombres buenos. Y, después de leerlo, quiero compartir con vosotros lo que me ha parecido y, después, unas cuantas reflexiones personales que vienen a cuento de lo que me ha hecho reflexionar esta historia.

"Hombres buenos" se basa en un hecho real: la adquisición y transporte a España, por parte de la Real Academia de la Lengua Española, de una primera edición de la Enciclopedia francesa. Demos un paso atrás para explicar el contexto: es el siglo XVIII, y después de un largo período de oscuridad en Europa, algunos autores empiezan a hacer hincapié en que debería ser la Razón (con mayúsculas), y no las viejas costumbres o las creencias religiosas, las que controlen la mayoría de nuestros actos. En el llamado Siglo de las Luces, filósofos como Diderot, D'Alembert o Condorcet deciden reunir en una sola obra todo un compendio del saber humano hasta entonces. Una obra progresista, iluminadora, que intenta que sea el conocimiento el que dirija el rumbo del mundo, y los filósofos, matemáticos y físicos los que modifiquen -para bien- la vida de un pueblo que debe recibir más atención por parte de sus gobernantes, en lugar de contar tan sólo con obligaciones. Voltaire, Rosseau, Newton, eran algunos de los inspiradores de esta obra. Y parece que, entre de las monarquías europeas, algunos están comenzando a reconocer su importancia, y el concepto de soberano ilustrado ("Todo para el pueblo pero sin el pueblo") acaba por ponerse de moda.

No obstante, la vida no es fácil para esos enciclopedistas. A la Iglesia no le gusta que su milenaria capacidad para decidir lo que es verdad o mentira, bueno o nocivo para el hombre, sea puesta en entredicho. A muchos no les gusta que las nuevas ideas (que incluyen revisiones sobre la forma de gobierno de los hombres, y ponen por tanto en duda la forma de ordenación de la sociedad) se extiendan entre el populacho. Y los reyes pueden verse cohibidos tanto por las presiones externas como por sus propios escrúpulos religiosos o el miedo a perder sus privilegios de clase. Eso hace que la Enciclopedia sea incluida en el índice de libros prohibidos por la Inquisición, y que sólo una cierta manga ancha permita que algunas ediciones circulen de manera clandestina en Francia. En el relato de Pérez Reverte, se reproduce a partir de los registros de la Real Academia de la Lengua Española como ésta (de relativa autonomía intelectual por aquella época) aprobó conseguir una copia de esta Enciclopedia de cara a empaparse de la misma y transmitir parte de su sabiduría a los diccionarios de la Lengua Española: para ello se decide enviar a París, a adquirir los veintiocho volúmenes de los que consta, a "dos hombres buenos". Dos académicos en cuya piel se mete Reverte y nos arrastra consigo.

Uno de los mejores logros del autor (quien, por cierto, utiliza su propio proceso documentación como medio de transporte para llevarnos a través de la trama) es la consecución de estos dos personajes principales, con quien no te tienes más remedio que encariñar. El primero, el "almirante" don Pedro Zárate, viejo marino experto en vocabulario naútico, de ideas reformistas y bastante anticlericales, pues opina que la Iglesia en gran parte responsable de la situación de oscurantismo que domina España (para que os hagáis una idea, hasta se interponía a la vacuna de la viruela porque atentaba contra los designios de la divina providencia); por otro lado, don Hermógenes Molina, el bibliotecario, un hombre dulce y amable, el típico sabio despistado y bonachón que produce ternura con tan sólo una sonrisa, y que trata de conjugar su fe en las reformas con su fe también en el cristianismo, lo cual le lleva a no pocas discusiones a lo largo del camino con su escéptico compañero de fatigas. Pero el natural sentido del deber y la bonhomía de ambos hombres, junto con las aventuras vividas codo con codo, hacen que estos personajes tan distintos en algunos aspectos se conozcan a lo largo del viaje, se hagan amigos y se protejan mutuamente. Dispuestos a correr toda clase de peligros por conseguir su propósito.

Y, efectivamente, los peligros les acechan. Académicos del partido conservador, e incluso alguno de los del ilustrado que pretende apropiarse de la exclusividad del saber procedente de Francia, conspiran a través de un "hombre para todo" (el amenazador villano de esta historia) para que no logren llevar su empresa a buen puerto. Una labor que se ve obstruida además por la dificultad de conseguir un libro prohibido, del que hay pocas copias y no todas de fiar. En fin, un trabajo complicado para nuestros dos hombres buenos.

A través de los dos académicos, descubrimos las entrañas del París de estos años: los cafés donde se reúne la intelectualidad; los salones donde la nobleza disfruta de la frivolidad y la galantería; el submundo de los duelos entre caballeros, o del de la venta ilegal de libros prohibidos, tanto ilustrados como pornográficos. Resulta interesante también el retrato que hace Reverte de los distintos protagonistas del flujo de ideas que anda bullendo en Europa en esos momentos, si bien en algunos momentos nos puede resultar algo sesgado y/o influenciado (para bien o para mal) por lo que sabemos que harán después y por la propia la mentalidad del siglo XXI: los ilustrados y enciclopedistas franceses, confiados (inútilmente, como sabemos) en que los reyes desarrollen las tan ansiadas reformas para que de esta manera los cambios tengan lugar de manera pacífica; un pueblo en buena parte acostumbrado a la apatía y que quiere creer que sus gobernantes son bondadosos y velan por ellos; algunos de los futuros revolucionarios, en buena medida intelectuales que no han sido reconocidos y que guardan rencor contra el mundo, creyendo que para que venga la limpieza es necesario primero un amplio baño de sangre; y, finalmente, las condiciones miserables y de carestía que hicieron que, en 1789, el pueblo francés explotara y pidiera por las armas lo que sus gobernantes no habían querido darles a pesar de las ideas de la Enciclopedia. Un período sangriento y salpicado de turbulencias en buena medida, pero al cual no cabe duda que debemos que ahora vivamos en otro tipo de sociedad.

Reverte relata una historia que no era fácil de narrar (al fin y al cabo, son dos académicos comprando un libro, incluso aunque este objetivo esté lleno de trampas), pero consigue salir adelante, empleando a veces trucos que él mismo nos revela en parte junto con la trama, como la creación de un alter ego escritor, miembro también de la Academia, que pretende informarse acerca de las andanzas reales de nuestros dos protagonistas. El libro, desde luego, está muy bien documentado, y las descripciones de los ambientes y personajes son sistemáticas y profundas. A veces, en ese sentido, se podría pensar que Reverte incurre en un riesgo que ya le amenazó en otras novelas (como "Trafalgar" o "El asedio"), y es que la novela descriptiva y costumbrista supere a la trama y los personajes, y la historia quede devaluada frente al retrato de una época y un entorno concretos. No obstante, en "Hombres buenos", lo que no falta es precisamente es alma. Y eso es porque estos dos académicos (hombres ancianos, en gran medida pacíficos, cuyas vidas han transcurrido siempre en los márgenes de la historia) están dispuestos a sacrificar todo lo que tienen en pos de un objetivo: la defensa de la razón, de unas ideas reveladoras que -confían- conseguirán llevar a la humanidad a un futuro más próspero, más libre, más justo. Este libro es, por tanto, una defensa del saber y de los libros como una manera de obtener el progreso material e intelectual de los hombres, y da por tanto un paso adelante en favor de la Enciclopedia, la Ilustración, y también de aquellos hombres que la difundieron y la hicieron posible. Es un relato de individuos que lucharon la batalla de las ideas contra la barbarie. De personas, en definitiva, que no se quedaron a un lado y se atrevieron a luchar. Es una historia no sólo de hombres buenos sino, también, de hombres valientes.

***

Ahora viene el turno de la reflexión personal. Otros libros han tratado en el pasado la importancia de este momento histórico en el que España tuvo la posibilidad de apostar por el camino de la razón y las luces y sin embargo se quedó a medias. Por ejemplo, Buero Vallejo, en su obra de teatro "Un soñador para un pueblo", cuenta cómo el marqués de Esquilache trata de promover iniciativas que ayuden al pueblo, y éste, manipulado por nobles que le utilizan en su beneficio propio y contra Esquilache, se rebelan contra el ministro y fuerzan a Carlos III a destituirle. En otros posts de este blog, hemos hablado de personajes revolucionarios de épocas posteriores (como Riego, que intentó que Fernando VII tuviera en consideración a las Cortes en defensa de una mayor libertad política) y también de qué hubiera pasado si aquellos ilustrados (hombres buenos, como dice Reverte) hubieran tenido mayor éxito en la consecución de sus ideas.

Lo cierto es que, como dice el propio Reverte en su libro, la historia del Siglo de las Luces español es una historia de la España que pudo ser y no fue (quizás por eso titulé a mi relato acerca del tema, en el último enlace, y parafraseando a Machado, como "un día en la otra España". Una España en la que a muchos nos gustaría vivir). Sí, Carlos III realizó unos cuantos intentos, pero el hecho es que la Iglesia pesaba mucho, los nobles no querían ver recortado su inmenso poder (no pagaban impuestos y poseían la mayor parte de la riqueza del país) y, como la mayor parte de los monarcas ilustrados (incluyendo ejemplos como Catalina la Grande o los franceses) tenían miedo de que, si se ponía en duda la divinidad de su poder o perdían en apoyo de la nobleza, corrieran el riesgo de perder su trono. De hecho, la historia nos dice que tanto estos monarcas como sus sucesores retrasaron o impidieron tanto las reformas que los pueblos tuvieron que exigirlas por la vía violenta, obteniéndolas finalmente no sin mucha sangre, sacrificio, y varios períodos más que terribles ... y a veces, ni siquiera consiguiéndolas del todo.

La verdad sincera es que España ha llegado tarde a la mayoría de las revoluciones, cuando siquiera las ha iniciado. Decía Reverte que el momento decisivo para la historia de España fue el concilio de Trento, pues tuvo que escoger entre la luz y el oscurantismo, y optó por lo segundo (también es conocida su frase, popularizada a través de este vídeo y mencionada de nuevo en este libro, de que en España hubiera hecho falta una guillotina, al menos en el terreno simbólico). En el Siglo XVIII, las iniciativas por cambiar el país fueron muy suavizadas, e incluso el término "iluminación" se cambió por el de "ilustración" porque sonaba más diluido. Pero también nos ha pasado en tiempos posteriores, con la Restauración, la caída de la II República, y 40 años de franquismo tras los cuales el dictador murió en su cama. Lo cierto se que cada vez que se ha intentado hacer un cambio profundo (en lo científico o en lo social) que nos sacara de las anquilosadas estructuras del pasado y lograra mayores niveles de progreso y bienestar para la mayor parte de la población, estas ideas han sido tachadas de "radicales" (recordemos que términos como democracia, laicidad o estado de bienestar han recibido este apelativo) y prohibidas, silenciadas e incluso motivo de violentas respuestas, como fue el caso del inicio de la Guerra Civil Española, que aniquiló buena parte de esas reclamaciones como una losa que se tardó mucho tiempo y de mala manera levantar.

Hoy en día, vivimos tiempos relativamente parecidos al de la Revolución Francesa. La brecha social, que había ido disminuyéndose muy poco a poco durante siglos, vuelve a aumentarse (generando una masa de "precariado", desahuciados, trabajadores pobres o excluidos del sistema) de una manera que no hubiéramos imaginado en décadas. Europa entera se ve dominada por los privilegios de unos pocos (una oligarquía financiera que controla al poder político gracias a la influencia que puede conseguir su dinero), los cuales luchan por mantener la ortodoxia, como la Santa Alianza de las monarquías europeas que en su día se opuso a la naciente revolución procedente del país galo. Al mismo tiempo, frente a los que piden un cambio de verdad, que acabe con los penosos niveles de desigualdad, falta de representatividad y difíciles condiciones de vida, se nos presentan aquellos que piden "un cambio tranquilo, un cambio sensato", el cual, como el de los nobles y reyes ilustrados, es difícil que vaya a llegar, porque ellos están más a gusto manteniéndose en sus posiciones y retrasando las necesarias modificaciones todo lo posible. Y si esos mismos privilegiados ponen al pueblo (incluso en contra de sus propios intereses) en enemistad con los reformadores -como es el caso del motín de Esquilache- simplemente para conseguir sus beneficios particulares, pues mejor que mejor, piensan ellos. Al fin y al cabo, se dicen, la gente es fácil de manipular. En la obra de Buero Vallejo, sin embargo, aparecía algún representante del pueblo llano, de los más desposeídos, que contemplaba de cerca a Esquilache y apreciaba su intención de modificar para bien la sociedad. Buero Vallejo, en medio de los años del franquismo, seguramente quería encontrar en esa sección de la población la mirada de aquellos que reconocen las ideas de iluminación que pueden ayudar a cambiar el mundo. Y se aferraba a esa esperanza para creer que las cosas podían mejorar.

Todas las revoluciones, sí, han llegado tarde o han fracasado en España. Desde la de los Comuneros, seguida de aquella que intentó hacer jurar la Constitución a Fernando VII, pasando por todas las demás. Hemos conseguido grandes avances, sí, pero ha sido por esfuerzo de revolucionarios individuales (y también de las grandes masas de "indignados" que les seguían) los cuales se han esforzado -a pesar de lo negro que pintaba el futuro en ocasiones- en seguir adelante, en hacer lo que era necesario. Por el futuro de ellos y el de sus hijos. Y por la esperanza de que, un día, una de esas revoluciones tenía que triunfar.

Dentro de poco, los españoles tenemos otra vez la posibilidad de apostar por el cambio. Nos lo tratan, por supuesto (por parte de los grandes grupos financieros, políticos, mediáticos) de evitar de todas las formas. Volviendo a llamar "radicales" a las reclamaciones políticas que (esperemos) nuestros hijos un día considerarán normales. Apostando por un cambio descafeinado que no provoque grandes alteraciones. Tratando de defender los derechos de los privilegiados como si fueran los nuestros propios, o desmontando aquellas conquistas sociales (educación y sanidad públicas, ayudas sociales a los más desfavorecidos -situación en la que cualquiera podemos encontrarnos-, derecho a un empleo digno, una sociedad que vele por cada uno de sus miembros) que se tardaron tantos años y tantos sudores en conseguir.

En esta ocasión, sin embargo, hay que apostar porque el cambio es posible. Y es posible, además, porque a pesar de las dificultades que opone el sistema, a pesar de todas las trabas que nos colocan, los sucesivos esfuerzos de los que estuvieron antes hacen posible que pueda conseguirse (como nunca hemos gozado de la ocasión) de manera pacífica, colectiva y democrática. Tenemos una oportunidad histórica para lograrlo. Pero, para ello, es necesario que nos armemos de valor, de derecho a reclamar lo que nos corresponde. Que olvidemos el miedo, que no pongamos excusas ante la injusticia. Que asumamos que son los ciudadanos los que tienen el poder, y no los que simplemente lo solicitan en voz baja para ver si les cae algo. Hemos de convertirnos en los dueños de nuestro propio destino, para así ayudar no sólo al más débil, sino ayudarnos también a nosotros mismos. "Liberté, egalité, fraternité"... ¿No eran ésas las cosas por las que andábamos luchando?

En efecto, sí, todo eso queremos. Pero no vendrá solo. Los derechos y las conquistas sociales no se obtienen a no ser que luchemos por ellos, y no se mantienen a no ser que hagamos un esfuerzo para conservarlos. Para lograrlo, hacen falta hombres y mujeres buenos; y también, asimismo, hombres y mujeres valientes.

Hay que apostar por el futuro. Yo apuesto porque éste tiene que llegar alguna vez. Hay que apostar por la gente, por el fin de la injusticia, por un mundo más digno, más humano. Hay que apostar porque ha llegado el momento de que se lleve a cabo el cambio. Hay que desear que este país se mueva para mejor. Yo creo que, el 20-D, nosotros (todos juntos, unidos, en esta ocasión sí, de una vez por todas), sí que podemos.