lunes, 14 de octubre de 2024

La historia corta de octubre: "Niña sirena"

        Hoy ha salido la noticia en los periódicos: la niña sirena, esa monstruosidad de la naturaleza la cual fue operada con notable éxito por unos brillantes cirujanos para restituirle sus nunca poseídas piernas, ya ha dado sus primeros pasos.

          Cuando estaba en el vientre de su madre, la niña, lejos de tomar su condición como una aberración o capricho del destino, lo asumió como una condición ideal. Sumergida en el líquido amniótico, chapoteaba de un lado para otro, y lejos de dar pataditas, se dedicaba a bucear y a cerrar los ojos mientras se zambullía de nuevo en las cálidas aguas de color amarillento (algún día, al recordarlo, comenzará a darle cierto asco, al recordar que parecía y sabía a pis).

            Pero cuando nació, los médicos, sus padres, el mundo, la miraron con ojos asombrados. La vieron como lo que quisieron verla: un humano malformado. Pero se equivocaban. No era un humano: sino una sirena. Mientras constituía un animal mitológico, encajaba perfectamente con su ambiente y con su cuerpo. Considerada como humana, la transformaron en un monstruo. La operación, básicamente, la convirtió en efecto en humana: en efecto, en una humana más.

         Nadie le preguntó si quería dejar de ser sirena. Nadie le planteó la disyuntiva entre gatear y no poder saltar de la cuna (como sirena, en el mar, no hay vallas que te detengan), o seguir los bancos de peces desde el Atlántico al Pacífico. No pudo elegir.

           Hoy contempla sus piernas, con una desconcertante sensación de extrañeza, y sin saber si quejarse o si dar las gracias. Hoy, al dar sus primeros pasos, ha sido como volver a aprender a nadar.

lunes, 7 de octubre de 2024

Los libros de octubre: unas cuantas historias reales

Atlas de las futuras islas sumergidas, de Cristina Gerhardt. Hay un gran número de islas en el mundo cuya altitud media es de tan sólo un par de metros por encima del nivel del mar. Todas ellas están amenazadas por el cambio climático; algunas ya han exportado sus primeros refugiados climáticos: gente que necesita cambiar su ubicación o su modo de vida como consecuencia de la elevación del nivel de las aguas. La autora explora estas islas y archipiélagos a lo largo de los distintos mares y océanos y nos cuenta un poco sobre su historia, sus costumbres, el choque con el colonialismo, la dificultad de conjugar su tradición con el mundo moderno y, sobre todo, los riesgos futuros a los que se exponen. El libro viene ilustrado con mapas que exhiben el peligro que corren estos territorios, y acompañado de poemas locales que expresan las preocupaciones y angustias de sus habitantes. Muy recomendable para amantes de territorios remotos que quieren saber de ellos antes de que se extingan.

No es un deporte de riesgo. Ya hablamos de Nigel Barley cuando mencionamos su ensayo "El antropólogo inocente" y su continuación (sí, ya me lo he leído, y en efecto, no es tan gracioso como el primero, pero tiene su punto). En este caso, el antropólogo británico viaja hasta Indonesia, a la isla de Sulawesi, para aprender acerca de los toraja, un pueblo con unas sorprendentes casas, y unas creencias que derivan en unos aparatosos y absorbentes funerales. Si en el primer libro de Barley daba la sensación de que le timaban por todos lados, y en el segundo era un poco menos ingenuo pero no demasiado, en este tercero te da la sensación de que la elección del autor no es muy acertada, pues los toraja han tenido demasiado contacto con otras culturas como para que un antropólogo saque de ellos conclusiones novedosas. De hecho, en algunos momentos da la sensación de que Barley se ha acostumbrado a hacernos reír y fuerza un poco las anécdotas, por no decir que nos engaña. Pero, en todo caso, el tono de humor lo mantiene, y la lectura, si aceptas su palabra, se hace bastante amena. La parte más espectacular es cuando se trae a su país a un grupo de toraja para un evento en el Museo Británico y quedan palpables las diferencias entre ambas culturas, así como el fenómeno de que la extrañeza ante las costumbres ajenas es un fenómeno multidireccional.

-Más adelante, Barley publicaría un libro sobre las aproximaciones de diferentes civilizaciones humanas al fenómeno de la muerte, titulado "Bailando sobre la tumba", donde emplearía experiencias propias, bibliografía ajena y, sobre todo, la desapegada ironía a la que nos tiene acostumbrados. Aunque, por primera vez, una obra de este autor se parezca más a un texto de antropología que a una colección de anécdotas, quizá la mayor gracia de este volumen es cómo Barley -que había aprendido mucho sobre funerales, especialmente del contacto con los toraja- examina su propia cultura, la frontera que, según dicen, marca que un antropólogo lo es de verdad. Quién sabe: a pesar de protestar tanto sobre el trabajo de campo, parece que finalmente éste le valió a nuestro escritor de algo.

lunes, 23 de septiembre de 2024

Nuevos episodios de "El Gato de Hubble": Abejas, abejitas everywhere

En "El Gato de Hubble", durante dos programas nos decidimos a hablar de abejas. Pero no de manera metafórica (como para explicar las relaciones entre "papás y mamás", o como hacen en "20.000 especies de abejas"; por cierto, el sistema de diferenciación sexual de las abejas es apasionante), sino real. Y, como veréis en el programa, somos grandes fans de estos insectos a rayas (como le ocurre a "Mr. Holmes", las defendemos a muerte, mientras que odiamos las avispas). Pero es que además de entusiasmarnos su biología -que tratamos sobre todo en el primer episodio-, Daniel nos contó su experiencia particular como apicultor, en particular en el segundo programa, dedicado a "Colmenas", donde describió detalles increíbles que ni siquiera habíamos pensado (y alguno que se le olvidó: ¿sabéis que las celdillas de las colmenas en realidad son circulares, y es la gravedad y la interacción entre sí lo que las vuelve hexagonales?).

En definitiva, la experiencia de primera mano de Daniel nos hizo redescubrir a unos bichillos que son muy importantes para nosotros -en gran parte, su supervivencia es la nuestra- y que, aunque nunca podremos comprender del todo, nos han incitado a interesarnos más sobre su vida y la de los apicultores que se dedican a trabajar con ellas. Como suele ocurrir, ha sido de esos programas que me encantan porque yo no sabía nada del tema y, después de meterme, quería conocer mucho más. Espero que los disfrutéis. Zumbad a gusto hasta la próxima.

Posdata: respondiendo a dos preguntas que surgieron durante los podcast, yo personalmente he encontrado varios casos recientes de mujeres apicultoras, y me han descubierto una escena en vivo y en directo en el que llaman a un apicultor para resolver un problema de enjambre, aunque no se resolvió exactamente igual que como nos lo contó Dani, quizá porque tuvo lugar durante un torneo de tenis de renombre mundial.

lunes, 16 de septiembre de 2024

El libro de septiembre: "El imperio veneciano. Un viaje por mar", de Jan Morris.

Jan Morris siempre nos deleita con sus libros de viajes, sobre todo aquellos en los que hay buenas dosis de historia. Y si en "Trieste" nos describía una ciudad que es más famosa por lo que ha perdido que por lo que posee, en "El imperio veneciano" nos habla de una entidad que ya no existe, que fue el conjunto de posesiones que adquirió la República de Venecia (en gran medida, después de hacerle un destrozo enorme a Constantinopla y al Imperio Bizantino) con el objetivo de salvaguardar las rutas comerciales que iban desde Turquía y Egipto hasta Venecia, pasando por el Egeo, el Adriático y amplias zonas costeras de la Grecia continental.

Gracias a este viaje, Morris saca a colación variopintos personajes y localizaciones geográficas a través de las islas Cícladas y Jónicas, Creta, Chipre y la costa dálmata. Es curioso que en todos esos enclaves haya quedado impregnada la atmósfera veneciana, e incluso haya permanecido un recuerdo agradable de su paso por allí, a pesar de que los venecianos en muchas ocasiones se comportaron como administradores cicateros, pragmáticos y déspotas, quienes anteponían antes que nada el beneficio, y que actuaron de manera tan desagradable que muchos griegos acabaron prefiriendo a los turcos. Sin embargo, a través de su sincretismo con la cultura local de las islas (que con frecuencia se mantuvo, aunque fuera por oposición a los gobernantes venecianos) dejaron una impronta que todavía es posible apreciar en esos lugares. En ese sentido, las descripciones de Jan Morris reflejan un mundo ya desaparecido, pero que resulta imprescindible para conocer los detalles de las esquinas de Venecia y de muchísimos rincones del Mediterráneo Oriental.

La arquitectura veneciana en sus posesiones imperiales es muchas veces funcional: castillos, baluartes, fuertes dispuestos para la defensa. Si acaso, a veces la única decoración es el león alado que representa a la ciudad encomendada a San Marcos. Sin embargo, a veces se encuentran mezclas curiosas, como esta torre de iglesia dentro del antiguo castillo de Emporio en Santorini (hoy muy remodelado) que combina función religiosa, militar y hasta estética.

El libro de Morris promete evocación y emociones fuertes y, desde luego, no defrauda. La autora habla de piratas y generales, de gente culta y también de destrozo de obras artísticas, de religión y de enfrentamientos entre cristianos, mientras el comercio se mantiene con los mismos turcos con los que se anda peleando porque, claro, el negocio es el negocio, y eso es sobre todo lo que define a Venecia. Leeremos acerca de Lepanto, pero también de intrigas cortesanas secretas, o de hombres salvajes que se lo jugaban todo a una carta pues tal era su indómita e inalterable naturaleza. Si os apetece un intrépido periplo por mar, no lo dudéis, embarcaos: aunque ya sabéis que, en todo viaje, lo primero que no regresa es la persona que partió, porque siempre vuelve convertida en otra distinta. Así que velas al viento, contemplad el horizonte, y a navegar.

lunes, 9 de septiembre de 2024

Las historias cortas de septiembre: "Sueños regios"

El otro día tuve un sueño. Soñaba que me hacía amiga del Rey Juan Carlos, y entonces se le caían los apuntes. Al ayudarle a recogerlos, compruebo que son de Historia. Le pregunto: “¿Pero qué haces?” Y él me reponde: “Estudio Historia. Es mi deber de rey”. Y entonces me descojono y le digo: “¡Pero no vale!¡Tú eres historia!¡Eso es trampa!” Al final del sueño, alguien pasaba por allí y me preguntaba si éramos amantes: ya lo que me faltaba, pensé, si podría ser mi abuelo.

                                                                       *

Otro sueño, esta vez, con el rey Felipe, comiendo una cena china con palillos. Yo le digo, “Claro, pero lo tuyo no tiene mérito, te lo habrán enseñado desde pequeño”. Es la segunda vez que sueño con el rey en una semana, ¿me estará pasando algo?¿Tendré yo, una republicana convencida, que no fanática, alguna relación extraña con la dinastía de los Borbones? Dice mi novio que quizás le meta estas andanzas al protagonista de algún libro, ¿quiere decir esto que me estoy convirtiendo en un personaje de novela?


lunes, 26 de agosto de 2024

El relato y la historia real del mes: "Apuntes para una novela sobre Carolina Coronado"



Victoria Carolina Coronado y Romero de Tejada, nos dicen las diversas biografías que podemos encontrar por la web -algunas de las cuales nombraremos a lo largo de este esbozo-, nació en 1820 en una familia pudiente de Almendralejo (provincia de Badajoz) de alto nivel cultural  y corte progresista. Tanto, que Carolina llega a bordar de niña una bandera en defensa de Isabel II durante una de las guerras civiles que se desatan entre liberales y carlistas. A pesar de que a Carolina se la educa de manera tradicional para su época, con las restricciones habituales para su sexo, ella sostiene profundas preocupaciones intelectuales y, al mismo tiempo, influida por el movimiento romántico de su tiempo, muestra una honda sensibilidad (hasta tal punto que, si queremos ser un poco malévolos, y teniendo en cuenta anomalías posteriores de su comportamiento, podríamos calificar su personalidad de “intensita”; una definición que también podría ser adscrita a Bécquer, Byron y otros poetas pertenecientes al mismo estilo). En ese sentido, es fácil burlarse de cómo, de pequeña, Carolina defendía que era capaz de hablar con los muertos –este detalle lo comentaremos más adelante-. Al mismo tiempo, sin embargo, ha de alabársele su compromiso social en favor de la defensa de la mujer (así como  en contra de la esclavitud en las colonias) y su extraordinaria actividad política: por ejemplo, ya de adulta, organizando tertulias literarias en las que participan personalidades como Emilio Castelar −a quien, según se dice, llegó a ocultar en una ocasión de la policía. Pero en esta novela esquemática queremos centrarnos en su actividad literaria: cuentan que el primer poema, de los muchos que escribió, está dedicado a la muerte de una tórtola, pero que no podemos conocer su contenido porque la obra fue enterrada con la propia ave. Así se la gastaban los románticos. No debía de ser mala poetisa –por cierto, hay quien dice que el término se crea al tratar de distinguirla de sus homólogos masculinos-, a juzgar de sus contemporáneos, pues tras unos versos publicados a la tierna edad de diecinueve años, su paisano Espronceda le dedica unas líneas, elogiando la composición. Algunos destacan, de sus versos, su extrema belleza. Me llama la atención cómo varias biografías subrayan que sus primeros poemas, en buena medida, están dedicadas a los amores imposibles, en concreto de una figura literaria llamada Alberto que no se sabe si existió. Pero me impacta más todavía que la Wikipedia dice que, supuestamente, ese Alberto imaginario murió en el mar. Así que yo me quiero imaginar cierta escena…

                La superficie del lago, en mitad de Extremadura, se muestra tranquila. Alberto y Carolina (ninguno de los dos llega a los doce años), con esa felicidad en la mirada que sólo se puede detentar cuando se contempla reiteradamente –hasta beberse el alma– a tu primer amor, se acercan con serenidad al velero que les espera en la orilla. Alberto, caballeroso él, se adentra primero en el barco, y le ofrece su mano. Ella, con delicadeza, se apoya en el brazo de su paladín para subir al bote, mientras desplaza con delicadeza los pliegues de su vestido, impidiendo que éstos toquen la superficie de lo que, si hoy no es océano, mañana mismo lo será. El futuro que se abre delante de sus ojos depara, únicamente, felicidad y hermosura.

                No saben que, dentro de sólo un par de horas, ambos estarán muertos, o algo muy similar.

                En la siguiente escena, vemos cómo la tormenta ha invadido por completo el lago. Alberto intenta gobernar el velero, mas le resulta imposible. Carolina trata de ayudarle, pero se siente impotente, pues la fuerza del viento le impide apenas asir los cabos, o siquiera mantener el equilibrio sobre la superficie del esquife. De hecho, cuando va a atrapar una cuerda, se escurre, se suelta de su agarre, y se desliza sobre la superficie del frágil navío. Carolina cae al agua de espaldas. El rugido atronador de la tormenta cesa, y sólo se escucha, bajo el agua en la que se hunde, un silencioso eco letal…

                En ese momento, es cuando se aparece la Muerte. Carolina hubiera creído que, bajo dichas circunstancias, y dadas sus creencias y trayectoria, se le habría manifestado con la tradicional forma de esqueleto caracterizado en hábito oscuro, pertrechado con capucha y una guadaña; pero no. Quizá por ser ella mujer, aficionada a los mundos exóticos, es invocada como una diosa india de múltiples brazos y rostro cual máscara impenetrable, que acompaña cada frase con millones de extremidades desplazándose de manera sincronizada a la vez. Su voz es también cavernosa –a pesar de la seducción que emite-, como si las múltiples gargantas de su interior compitieran por discernir cuál es el tono adecuado en el que deben formular:

                -Te diré cómo va a acabar esto –pronuncia con seguridad absoluta la criatura-: Alberto muere. Tú vives, al depositarte las olas, con suavidad, desmayada en la orilla. Tú llorarás su muerte durante meses, pero te recuperarás y podrás tener, tras el duelo, una aburrida vida normal.

                -Me niego a eso –se opuso ella, quien, mágicamente, no tenía ningún impedimento al respirar, ni tampoco con hundirse. Como si flotara, en completa ingravidez, sobre un espacio etéreo, en lugar de ahogarse-: sálvale a él, mátame a mí.

                -Eso no es posible –replicó la Muerte, tajante-; pero te propongo un pacto. Alberto sobrevivirá: pero tendrá que ser en otro lugar, en otro mundo, sin memoria, sin recordar nada de ti o de la vida que habéis compartido. Y tú saldrás adelante, pero cada vez que Yo vuelva a ti, resucitarás. Eso sí, tendrá un precio: un coste terrible, que habrás que pagar.

                -Acepto, sea lo que sea –no hubo duda en ella-: tengo que salvar a Alberto.

Bajo este prisma, escuchar a Carolina decir que habla con su padre fallecido adquiere una dimensión distinta. Lo mismo ocurre respecto a sus ataques de catalepsia. El primero ocurre en 1844, con veintipocos años, y a la familia de la joven (a quien casi todo el mundo cree muerta) le mandan cartas de condolencia y coronas de flores; por supuesto, a la fallecida en la flor de la vida le dedican poemas que alternan entre la exaltación de la belleza y el dolor. Sin embargo, el médico a cargo se niega a confirmar la defunción: él cree que se halla en una especie de letargo, e incita a los allegados a esperar. La razón confía en este hombre de ciencia. Así hasta que, finalmente, el cadáver despertó.

Con la piel pálida, los tirabuzones negros colocados perfectamente y un vestido blanco impoluto quedó Carolina tendida durante varios días, hasta que una mañana, de repente, volvió a la vida.

Eugenio M. Fernández Aguilar, en Muy Interesante

El estupendo artículo de Fernández Aguilar dedica una larga introducción precisamente a ese temor decimonónico a ser enterrado vivo (ése que llevó a Alfred Nobel a pedir que le vaciaran las venas, por si acaso, antes de introducirle en el ataúd), y los artefactos especiales –por ejemplo, las campanitas atadas al dedo gordo del pie del supuesto finado- destinados a evitar una muerte trágica que, por otro lado, haría las delicias del romanticismo. En todo caso, Carolina despertó, y pudo agradecer personalmente los tributos que le habían rendido sus contemporáneos con un poema. Más adelante, escribiría Dos muertes en una vida, que no se publicaría hasta después de la muerte de la artista. Pero, por supuesto, le quedaba mucho por sacrificar.

Carolina se despierta. No sabe bien dónde está. Se encuentra enterrada, como si fuera dentro de un ataúd, vestida de negro, como la retrató ese famoso cuadro legado para el mundo por Madrazo, y hoy exhibido en el Prado. Pero se halla tranquila: ya ha sufrido esta falsa muerte otras veces, en que fenece por completo, pero retorna después -sin ningún aparente percance- para reincorporarse al mundo de los vivos de verdad. Hasta que, de repente, se aparece de frente la misma Muerte a la que desafió un día en el agua: pero, esta vez, la Dama del Lago se digna sonreír.

-¿Sabes que, en esta ocasión, estabas embarazada?

Carolina siente un hondo pozo negro abrirse de golpe en su interior.

Carolina se casó con Justo Horacio Perry, diplomático norteamericano. Por lo visto, él vivió uno de sus ataques de catalepsia en directo, y aquello fue lo que le incitó a desposarse con ella: dos veces, por el rito católico y por el protestante. Pero las cosas se complicaron con la muerte, antes del año después de nacer, de su hijo varón. El hecho de predecir más tarde el fallecimiento de su hija Carolina, acaecido cuando la chica tenía dieciséis años (y su hermana Matilde, la hija menor del matrimonio, unos doce), no parece haber servido para aliviar la pena causada por el pavoroso trance. Escribe Fernández Aguilar:

Su propia hija menor contempló a su madre correr de un lado a otro cortándose los tirabuzones y gritando desesperada. Carolina parecía negar la evidencia y ordenó embalsamar a su hija con la esperanza de conservarla incólume, la cubrió de joyas e hizo un trato con las monjas clarisas del convento San Pascual, en el Paseo de Recoletos de Madrid, para que dejaran el cuerpo de su hija en un armario de la sacristía. “No abrir, propiedad de Carolina Coronado”.

(…)

Carolina se enfadó con la muerte que parecía negarse a sus deseos, ella quería morir en vez de sus seres queridos, creía que sus episodios de catalepsia habían sido un desafío para la Parca, quien como castigo a su insolencia le había permitido vivir hasta ver fallecidos a casi todos los suyos”.

                El resto de la novela puede encajar fácilmente en el formato de la historia de terror. Pasamos de la época feliz con la familia (en que su palacete en la calle Lagasca en Madrid servía de centro de reunión de la intelectualidad del momento) a un período distinto, durante el cual el matrimonio decide emigrar a Lisboa. Allí, el carácter atormentado de Carolina, consecuencia lógica de los reveses familiares -además de, por si no fuera bastante, una parálisis que la había dejado con escasa movilidad desde antes de su matrimonio-, se recrudeció más todavía. Cuando su marido muere, manda embalsamarle, y hace como si siguiera estando vivo. Habla y discute con él, se acerca para que recen juntos. Hasta le apodaba “el silencioso” o “el hombre de arriba”. De igual modo, se opone a que su hija Matilde se case con el que acabará siendo su futuro marido y, cuando el matrimonio finalmente se produce, le prohíbe que abandone el dormitorio común que madre e hija compartían, incluso en lo que tendría que ser su noche de bodas.

                Carolina fallece a muy avanzada edad. La última etapa de su vida no será fácil, porque además la familia no posee grandes riquezas, después de que su esposo se arruine tras invertir en el cable de comunicaciones submarino que une Europa con América (en un nuevo duelo entre la fantasía y el raciocinio que se disputa, de manera continua, en este siglo XIX. Se puede hablar, en esta novela, de este audaz proyecto, el cual tuvo múltiples fracasos e intentonas; demostrando que la ciencia tarda en funcionar, pero que, cuando lo hace, transforma de manera irreversible el mundo, y hace desaparecer la magia, aunque nunca será para siempre). Carolina, además, rechaza un homenaje que pretenden rendirle sus contemporáneos: lo expresa, como en otras declaraciones públicas a lo largo de la vida –incluyendo una ocasión en la que anunció, de forma a la postre falsa, que iba a dejar de escribir- mediante un poema. ¿Por qué el mundo no recuerda más la labor literaria de Carolina Coronado, a pesar de que hoy sigue estando disponible? En parte sin duda porque era mujer; también, con bastante probabilidad, por su rechazo a estos homenajes, o porque su vida pública fue absorbida por el drama insuperable de su vivencia privada;  dicen que también contribuyeron tantos años de relación con políticos que propugnaban la revolución, lo cual provocó que desde el poder la censuraran.

                En todo caso, en la fase final de la novela, hay que imaginarse a Carolina con más de noventa años, vestida como casi siempre de luto, delante de ese ataúd que, merced a los avanzados medios técnicos de la época (¿sistemas de introducción de aire?; ¿o que permitían abrir el féretro desde dentro?), garantizará que no sea enterrada viva. Entonces, por última vez, en absoluta placidez, se le aparece la Muerte, que conversa serenamente con ella. ¿Qué le dice la Dama Última, para que Carolina acceda a rendirse, y deje de resistirse al fin? No sabemos cuál es la amenaza: pero la anciana se mete en el ultramoderno sarcófago, y cierra ella misma la tapa. Puede que aún siga despierta, bajo tierra, junto a la tumba de su marido, pensando, aguzando el oído para escuchar, de ese mundo de allí afuera, aunque sea algo. Preguntándose, casi seguro, cómo la recuerda la posteridad…

lunes, 19 de agosto de 2024

Las historias cortas de agosto: "Cosas raras que te pasan en la vida, III y IV"

 Cosas raras que te pasan en la vida (III):

Una chica en una zapatería, no hace más que pedirle a la dependienta asesoramiento. Esta última, finalmente, le pregunta extrañada:

            -¿Por qué me pides consejo?

            Y ella, con un cierto mohín de vergüenza y tristeza a la vez, le responde:

            -Porque mi madre no está aquí...

*

Cosas raras que te pasan en la vida (IV):

            Un niño pequeño que se tapa las orejas con las manos.

            -Mira, mira, estoy hablando, y tú no me oyes...