lunes, 9 de febrero de 2026

Las historias cortas de febrero: Estampas callejeras

Encontramos una foto de hombre anciano por la calle, recortada. "Me la quedo", dice mi compañera Eos: "no me gusta que los señores estén perdidos por la calle".

"Además, añadió, tiene pinta de que está muerto; así, en el futuro, aunque nadie se acuerde de él, aunque ni siquiera yo sepa quién es, le recordaré".

*

Carteles que te puedes encontrar en un bar:

“Sólo se fiará a mayores de 90 años, acompañados de sus padres”.

“Sólo se fiará... mañana”.

*

Veo a dos personas hablando en lengua de signos en la calle: parecen dos improvisadores de hip hop retándose. Veo a cuatro personas hablando en lengua de signos en la cafetería de un centro comercial: parecen una genial, armoniosa y avasalladora orquesta.

domingo, 1 de febrero de 2026

El relato de febrero: "Mi Homero" (tercera parte)

 Esta historia tiene su antecedente previo aquí.

                Al día siguiente, a esa misma hora, estaban brindando con las copas llenas hasta arriba de dulce vino, que sabía el doble de dulce simplemente porque estaban vivos.

Las risas se prodigaban de un lado a otro de las múltiples hogueras donde los guerreros se abrazaban, reían, dedicaban sagrados holocaustos a los dioses… y luego se comían a los animales sacrificados, devorando hasta la última gota de su grasa.

                -¿Qué, cantor?-le preguntó uno de los soldados, dándole una sonora palmada en la espalda-. ¿Estabas muy inquieto esperándonos?

                Lo cierto es que sí, se dijo a sí mismo el que ya había sido oficialmente declarado el sustituto del ciego. El muchacho hubiera esperado que la fase de la batalla se viviera como en los poemas; sangre derramada, gestos de valor, carne y gritos, cuero y acero… En lugar de eso, hubo un período de silencio atronador y angustioso en la retaguardia del campamento, durante el cual al joven le asaltaban periódicamente imágenes de sí mismo y los soldados huyendo entre el bosque, corriendo por sus vidas, con el rugido de fondo de mortíferos jinetes cabalgando a lomos de caballos que iban tras ellos…

                La otra opción era la que se estaban viviendo esta noche. La que, por suerte, había acontecido:

                -¿Qué tal, maldito criajo?-el comandante se presentó con brutal espontaneidad y rudeza, como solía hacerlo cada vez que irrumpía en su vida. Se sentó sobre unas piedras y apoyó los pies encima de un hatillo de ramas que, dentro de muy poco, alguien prendería para hacer una nueva hoguera. Pero, mientras tanto, se mostraba relajado, bebiendo con total frivolidad de su copa.

                -Lo has hecho muy bien -le felicitó-. Confieso que tuve mis dudas, pero ahora… Hoy hemos conseguido una gran victoria. Eso los hombres lo valoran. Si seguimos teniendo suerte, tus poemas se convertirán en sinónimo de victoria. Y aquí entramos en lo importante.

                Inclinó la cabeza hacia su empleado:

                -Estaba batalla ha sido útil, pero es tan sólo la antesala de otra mayor. Sabemos que el enemigo está concentrando tropas en otro punto, para preparar un enfrentamiento que será realmente decisivo. Para entonces, necesito que tengas un poema épico preparado: uno grande, hermoso, y que motive a nuestros soldados a pelear hasta el final.

                Metió la mano en el interior de la armadura, donde guardaba un zurrón de donde extrajo una bolsa que colocó en el pecho del chico. El muchacho la agarró: desde fuera, podía palparse el tacto de las monedas.

                -Esto es por tus servicios; y para que vayas tirando hasta la próxima vez que nos veamos. Lo dicho, espero una composición de las que hacen época. Una que la gente recuerde, más incluso que la propia guerra de Troya.

                El muchacho asintió.

                Al día siguiente, hizo el petate y partió. No lo hizo por el mismo camino que el ejército. Se desvió hacia el hogar de la chica que le había regalado esos versos tan útiles. Se la encontró trabajando en el campo, junto con su familia. Cuando llegó cerca de la muchacha, depositó un grueso paquete de monedas sobre sus manos:

                -Tu trabajo me ha sido muy útil -le dijo a la chica. Y luego, dirigiéndose casi más a su familia que a ella, añadió-. Tienes un don. Aprovéchalo. Ojalá -dijo antes y después de un breve suspiro-, ojalá el mundo te deje sacar todo lo que tienes dentro.

                Luego, vagó por distintos lugares. Visitó recitales en honor a los dioses, y certámenes poéticos. Durante su periplo, escuchó a toda clase de poetas: unos buenos, otros malos, la mayoría regulares, unos cuantos excelsos. A aquellos de los que podía extraer buenas ideas, les pagaba para que le permitieran tomar al dictado sus palabras. De esa manera, volvió a crecer el poema, que él iba afilando, puliendo, cohesionando para que adquiriera integridad y coherencia. Para ello, intentó aplicar las fórmulas de los relatos orales del ciego a lo largo de todo el manuscrito; de esa manera, parecía como si éste siguiera hablando, aún después de muerto.

                Durante sus investigaciones, el muchacho viajó a lo largo de ciudades, pueblos, aldeas. En ellas, se disfrazó de variadas maneras: peregrino, pordiosero, poeta, heraldo… incluso mujer, en ciertas circunstancias. Durante algunos días, pudo pasear en los mercados de una gran urbe, escondida (o revelada) bajo ropajes femeninos, de la misma manera en que lo hizo Aquiles cuando trató de librarse de ser reclutado para la guerra de Troya. El joven (la joven) se preguntó durante aquellos paseos si en el fondo Aquiles, como ella, no se sintió feliz bajo aquellas prendas. Y si tal vez aspiró a que, en lugar de morir pronto, pudiera vivir una vida distinta que la destinada bajo la máscara de guerrero, en un contexto distinto, en otro lugar… Pero a nuestra heroína, como a Aquiles, le traicionó su amor las armas: en esta ocasión, por las armas de la palabra y de las letras. Era hora de volver a los caminos. En ese momento, cargada de un arsenal.

                En poco tiempo, el rapsoda se reincorporó al ejército y éste, como le prometieron, partió en un largo viaje. La mayor parte de los reclutas eran nuevos y no le conocían, ni a él, ni tampoco a su maestro. Por eso cuando, al final del primero de sus cantos, alguien se atrevió a preguntar de dónde había sacado aquella historia, él respondió:

                -Me la cedió un maestro. Un maestro ciego.

                Al decirlo, no se refería sólo al anciano que le enseñó: también a todos los que habían contribuido al poema, aún sin saber que sería asimilado en un todo mayor, que ahora viajaría con él a lo largo de los kilómetros, las veredas, los páramos, las ensenadas. Ninguno de ellos era consciente de estar creando algo nuevo. Eran ciegos al futuro, y al fenómeno que estaba sucediendo. Un hecho que quedó bautizado cuando el soldado que había preguntado entendió que “Homero” no era la palabra en griego para designar a un invidente, sino un nombre propio, y empezó a emplearlo como tal.

                El viaje fue largo, fatigoso, y sometió a todos los viajeros a obstáculos que pusieron a prueba sus límites. Tras aquellas interminables jornadas, al final del día, el cantor reconfortaba, acunaba, enaltecía los espíritus de los guerreros instigándoles a la batalla, al heroísmo, a ser siempre su mejor versión. Les mantuvo unidos después de agotadores recorridos por las montañas repletas de cuevas, y por húmedas caminatas en el barro; les alentó mientras cruzaban islas, mares, lagos y estrechos de bravos oleajes. Les insufló ánimos hasta la victoria: una a la que, sin duda, nuestro poeta contribuyó.

                Después de la batalla final, cuando se consiguió un gran y definitivo triunfo, y el objetivo del viaje se consumó, los soldados le preguntaron al cantor:

                -¿Y en el camino de vuelta, con qué vas a deleitarnos?

                El cantor sonrió con complacencia:

                -¿Habéis oído la historia de cuando Ulises volvió a casa? Tuvo un periplo más difícil que nosotros; y aun así, regresó.

 

                Este relato le debe una gran influencia a Homero y su Ilíada, una obra de Robin Lane Fox donde el autor discute las distintas posibilidades acerca de quién fue Homero y cómo compuso su poema épico. Yo he tomado prestadas algunas hipótesis, y he recreado las mías propias. La auténtica identidad de Homero nos será, probablemente, siempre desconocida… lo cual, en muchos sentidos, es más interesante que conocerla con seguridad. Mientras tanto, la autoría de la Ilíada, como la veracidad de la guerra de Troya, son cuestiones que se pierden entre la bruma…

lunes, 26 de enero de 2026

La historia corta de enero: La importancia de un bonito acento.

En un congreso científico en Argentina, un becario español estaba hablando con dos homólogos bonaerenses. Y mientras el chico les describía sus investigaciones acerca de las concepciones implícitas sobre el aprendizaje en determinados colectivos, los otros dos becarios les contemplaban arrebolados, hasta el punto de hacer al español sentirse incómodo. Finalmente, los becarios rioplatenses se confesaron:

-Mira, te lo tenemos que decir... Es que todas las películas porno que llegan a Argentina están dobladas con acento de España. Y por eso, cada vez que te oímos hablar, nos ponemos cachondos.

El becario español entró en estado de shock.

Tal vez fuera por esta misma razón (la diferencia de acento) por lo que, cuando entró en una tienda de comestibles y le preguntó por unos tomates a la dependienta argentina de veintidós años, ésta entornó los párpados y le susurró: "Habláme, habláme..."

lunes, 19 de enero de 2026

La historia real de enero: los náufragos olvidados de Tromelin

Es posible que hayáis leído esta historia en más de un sitio, como me ha ocurrido a mí, pues el relato de cómo sesenta esclavos africanos son abandonados en una isla desierta sin apenas recursos ni agua potable durante quince años es como para conmover a cualquiera. Pero cada una de esas narraciones carece de una parte interesante de la crónica completa, así que he decidido plasmar la versión que considero más completa por aquí, en un blog que, al fin y al cabo, es sobre todo para divertirnos, aunque sea mediante un acontecimiento tan ominoso.

Ubicación de la isla de Tromelin (según Google Maps).

Nuestra historia tiene lugar en la isla de Tromelin, que pertenece al grupo denominado "las islas dispersas del Oceano Índico", un grupo de islas en su mayoría deshabitadas (Tromelin es la excepción) situadas entre Madagascar y África que, aún hoy, pertenecen a Francia. Tromelín -la cual, en concreto, está situada al este de Madagascar- es bastante pequeña: el tamaño es de alrededor de 1700 metros de largo (algunas fuentes lo amplían a 4 km; de todos modos, ya sabéis que es fácil que la extensión de estas islas cambie según los ciclos de marea) por 700 de ancho. Durante mucho tiempo estuvo poblada principalmente por meteorólogos, pero ahora sólo existe una guarnición de 15 soldados que la protegen. Eso sí, en la época que nos ocupa no habitaba nadie allí, y de hecho, ni siquiera se llamaba Tromelín, sino Île des Sables (isla de arena) porque, bueno, allí no hay mucho más, la verdad. Y ése iba a ser uno de los grandes problemas.

Isla de Tromelin. Fotografía de la NASA, extraída de Wikicommons.

En 1760, parte del puerto de Bayona (Francia) el barco L'Utile, que debía dirigirse a las factorías francesas en la India, previo paso por la isla Mauricio y, antes por Madagascar, con una tripulación de 142 hombres. Pero, en esta última isla, el capitán Jean de la Fargue decide hacer un negocio adicional y comprar 160 esclavos. El problema no es que adquiriera esclavos (porque en aquella época, estaba permitido en buena parte del mundo), sino que en Francia éste era un negocio que era monopolio del estado, así que, propiamente, aquel acto era ilegal, ya que carecían de los permisos apropiados. Por eso, para que no les detecten, el capitán decide ir por una ruta alternativa a la tradicional: la tragedia reside en que tenían dos cartas marítimas contradictorias, hacía mal tiempo (era invierno en ese hemisferio), y la navegación nocturna en aquella era no era una ciencia exacta, así que acabaron embarrancando con los arrecifes de Tromelin y el barco se fue a pique.

En un primer momento, la mayoría sobrevive. Las cifras de las distintas fuentes varían (entre 0 y 20 fallecidos en la tripulación, entre 70 y 100 entre los africanos), pero la clave aquí fue que, como el L'Utile no era un barco de esclavos, éstos no iban encadenados, y los que no estaban encerrados en la bodega pudieron nadar hacia la orilla. Claro que cabría preguntarse quiénes lo iban a pasar peor.

Como consecuencia del naufragio, el capitán pierde la cabeza, y es el segundo de a bordo, Barthelemy Castellan du Vernet, quien se hace cargo de la organización para la supervivencia. Sacan todo lo que pueden del barco hundido (comida y agua, velas, madera del propio navío) y crean dos campamentos -uno para la tripulación y otro para los esclavos, que para todo hay clases-, una fragua, un horno y un pozo. Es sorprendente que los africanos colaboren activamente en todas estas labores, a pesar de que los suministros los gestiona la tripulación, mientras que los esclavos se tienen que buscar la vida (de hecho, parece que 20 de ellos murieron por falta de agua). Entre todos, sobreviven comiendo tortugas, aves marinas y pescado. Además, construyen un barco para salir de allí; lo terminarán en septiembre de 1761, lo bautizarán como Providencia, y en él se embarcarán los miembros de la tripulación, dejando a unos 60 esclavos de origen malgache abandonados a su suerte. Eso sí, les prometen que van a regresar para salvarles; la gran motivación que encontró Castellan para que los africanos trabajaran en la construcción del bajel fue ese juramento, y también que les firmaba un escrito que les liberaba de la esclavitud cuando volvieran a tierra. Queda a vuestro parecer imaginaros la cara de esos esclavos, y si reflejaban escepticismo ante la posibilidad de cumplimiento de esa promesa.

Cuando llegan a Mauricio (entonces llamada "Isla de Francia"), es verdad que la tripulación le pide al gobernador de la isla que mande un barco de rescate, pero éste se niega por tres motivos: 1) le había molestado mucho que compraran esclavos de manera ilegal, y quería castigar a los marineros de L'Utile -fastidiando con ello a los náufragos malgaches: todo un clásico-; 2) adujo que estaban en medio de la Guerra de los Siete Años con Inglaterra, que no podía prescindir de un barco en un momento como aquel, y que, si rescataba a los africanos, eso suponía 60 bocas más que alimentar en tiempo de guerra; 3) aunque no lo dijo abiertamente, el hecho de que fueran africanos negros algo debió de pesar. Castellan insistió activamente en que debían mandar un barco, e incluso parece que trató de organizar varias expediciones de rescate, pero ninguna de ellas fructificó (según una fuente, llegó a mandar hasta tres barcos, pero las cartas náuticas eran tan malas que nunca conseguían localizar la isla). Al final, Castellan marchó a París, donde siguió insistiendo en su petición, lo cual generó cierto debate entre los círculos intelectuales de la capital. No obstante, las preocupaciones de la Guerra de los Siete Años (y el hecho de que quebrara la Compañía Francesa de las Indias Orientales, propietaria de L'Utile) hicieron que los franceses se olvidaran de esos pobres individuos perdidos en una isla situada a 450 km de la tierra habitada más próxima. Prácticamente todos les dieron por muertos; pero los más afortunados (es un decir) sobrevivieron allí hasta 15 años.

En la isla, como hemos dicho, no había prácticamente nada: de hecho, sólo crecían 2 ó 3 árboles (palmeras y cocoteros) y unos cuantos arbustos. Pero entre eso y la madera que les quedaba del barco, los esclavos construyeron una hoguera se mantuvo encendida de manera ininterrumpida todo el tiempo que estuvieron allí -aunque las evidencias arqueológicas dicen que utilizaron herramientas para reavivarlo-. Emplearon elementos de cobre del barco para construir recipientes con los que recoger el agua de lluvia; y entre los corales y las piedras de la arena crearon refugios en los que protegerse de las inclemencias del tiempo y los ciclones, o de las inundaciones que podían llegar a cubrir toda la isla. Hay que decir que estos malgaches eran de la parte central de la isla de Madagascar, así que no eran precisamente duchos en el arte de sobrevivir mediante recursos costeros: pero cazaron tortugas, aves y pescado para alimentarse, trenzaron plumas de pájaros para vestirse, e incluso renunciaron a sus principios religiosos (que les impedían usar piedras para ninguna otra cosa que no fueran tumbas) porque, cuando se trata de sobrevivir, hay que mostrar cierta flexibilidad. Algunos intentaron construir balsas o incluso se dejaron llevar por maderos a la deriva: ya os podéis figurar cuál fue su destino.

Entre tanto, tres fueron las veces que pasaron navíos cerca de la isla. La primera, un barco que pasó en 1773, los avistó, pero no se detuvo, aunque avisó a las autoridades de que allí había gente, así que enviaron un buque que por lo visto no llegó a a isla, y no se hizo mucho más. Más de un año después, se fletó un segundo barco, La Sauterelle, que no pudo aproximarse tampoco a Tromelin por el mal estado de la mar, pero mandó un marino en un bote. El bote quedó destrozado por las olas, y aunque el marinero logró llegar a la isla a nado, La Sauterelle fue definitivamente incapaz de acercarse, con lo cual la isla contaba ahora con un náufrago más. No sabemos cuánta gente quedaba por allí todavía (por lo visto, la mayoría de los esclavos murieron durante los primeros meses), pero el marinero consiguió que le ayudaran a construir una balsa, y él, junto con otros tres hombres y mujeres, partió a la mar. Sorprendentemente, parece que el barco llegó hasta Mauricio, lo que causó gran sensación, e hizo que se fletara con toda la rapidez posible un barco de guerra para el rescate definitivo.

Al mando de este barco, La Dauphine, iba Bernard Boudin de Tromelin (a partir de entonces, la isla lleva su nombre), que encontró a los supervivientes: aunque la fuente más completa dice que fueron hasta 14, la mayoría dicen que eran 8, 7 de ellas mujeres, y un bebé de 8 meses nacido en la isla, el único en toda su historia. Se les llevó a Mauricio, donde el nuevo gobernador decretó su libertad y les dio la posibilidad de regresar a Madagascar, que todas las supervivientes declinaron. Además, el gobernador, Jacques Maillart, adoptó al bebé, al que puso de nombre Jacques Moyse (por Moisés, "rescatado de entre las aguas"); a la madre del mismo -llamada en malgache Semiavou, "alguien que no está orgulloso"- le cambió el nombre a Eva; y a la abuela, Dauphine, por el nombre del barco de rescate. Toda la familia fue acogida en casa de Maillart durante el resto de sus vidas.

El caso de Tromelin tuvo sus consecuencias. El pensador Nicolás de Condorcet utilizó el ejemplo de estos malgaches en sus "Reflexiones sobre la esclavitud de los negros" para promover la abolición de la esclavitud, que se lograría con la Revolución Francesa (aunque Napoleón la volvió a imponer en cierto momento; fue ya avanzado el siglo XIX cuando se abolió en todos los territorios franceses). Por otra parte, en la isla de Tromelin -donde ahora hay una estación meteorológica y una pista de aterrizaje- ha habido hasta cuatro expediciones arqueológicas promovidas por la UNESCO para tratar de descubrir a fondo lo que ocurrió durante esos 15 años: han encontrado, entre otros objetos, el diario de un tripulante, útiles de cocina (y la cocina), una piedra usada para afilar los cuchillos, algunas tumbas, y, en fin, la firme demostración de que la voluntad del ser humano para sobrevivir se obstina en mantenerse viva a pesar de las visicitudes.

Fotografía de Lauren Ransan mostrando restos arqueológicos encontrados en la isla. Extraída de Wikicommons.

En fin, como veis, una historia apasionante, de las que evoca el espíritu aventurero. Aunque espero que, si alguna vez tenéis la ocasión de visitar esa zona, sea en mejores circunstancias.

lunes, 12 de enero de 2026

El libro de enero: "Caballeros, esto no es una casa de baños", de Georg von Wallwitz

Los matemáticos son gente especial. Normalmente se les presentas como seres etéreos, sumergidos en un mundo de abstracción, sin importarles nada tangible, salvo unas fórmulas abstractas que pocas personas en el planeta entienden. Desde ese punto de vista, sería lógico que esta biografía de David Hilbert, uno de los matemáticos más importantes del siglo XX, hubiera de ser bastante aburrida, concentrada en individuos que sólo necesitan un suministro más o menos razonable de papel, lápiz, y un tiempo casi sin límite para emborronar ecuaciones mediante estas herramientas. Y, sin embargo, resulta apasionante.

Para empezar, por la excentricidad de los personajes: desde el protagonista, David Hilbert, un rígido prusiano, proclive a enamorar a mujeres en los bailes, y al mismo tiempo incapaz de comprender a su hijo discapacitado; hasta von Neumann, el creador de la teoría de juegos, que deseaba ganar mucho dinero para comprar coches muy caros; pasando por Hermann Minkowski, profesor de Albert Einstein, quien, incluso después de que éste descubriera la teoría de la relatividad, creía que su ex alumno era un zote porque no sabía las suficientes matemáticas. Lo cierto es que este grupo de matemáticos que trabajaban alrededor de la Universidad de Gotinga se concentraron en aspectos sumamente formales y teóricos, pero tuvieron un papel fundamental en el desarrollo de la teoría de la relatividad (de hecho, Hilbert intervino en buena parte de la vertiente matemática), y en el de las herramientas que fueron indispensables para la mecánica cuántica. De hecho, como subraya el libro, buena parte de los discípulos de Hilbert acabaron enredados en la misión de crear la primera bomba atómica. Así que, como véis, la emoción está siempre presente en el texto.

El autor, a veces, ha de adentrarse en complicados conceptos matemáticos, pero se agradece que, la mayor parte del tiempo, sobre todo nos sintetice las nociones fundamentales y, sobre todo, el factor humano alrededor de las mismas. Eso deja espacio para que conozcas las grandes conquistas científicas de aquel período, y también historias como la de Emmy Noether, una genial matemática injustamente discriminada por su sexo, y a quien David Hilbert defendió arduamente, en contra del criterio de sus colegas (el título del ensayo va precisamente por ahí). La Universidad de Gotinga generó una frenética actividad intelectual desde finales del siglo XIX hasta la Segunda Guerra Mundial -de hecho, su decadencia va a en paralelo con el destrozo que el fascismo provocó en la ciencia europea-, y describir lo que supuso toda esa corriente de pensamiento es importante, pero la entenderemos mucho mejor si comprendemos el carácter de los científicos implicados, que incluyen a Einstein, Oppenheimer, Heisenberg, Henri Poincaré, Max Born y Arthur Sommerfeld, con menciones especiales para Leibniz y Huygens. En definitiva, os lo recomiendo tanto si os gustan las matemáticas como si (al igual a la mayoría) os resultan incomprensibles: el cotilleo sobre la vida de los matemáticos y sus motivaciones bien lo merece.

jueves, 1 de enero de 2026

El relato del mes: "Mi Homero" (segunda parte)

Esta historia parte originalmente de aquí. 

               Los días seguían a las noches y, mientras, el ejército seguía avanzando. El joven iba transcribiendo los cantos de su maestro, al tiempo que visitaban a nuevos aspirantes. Normalmente, éstos tenían un poema preparado, que solía versar también sobre la guerra de Troya. De hecho, muchos coincidían con el mismo episodio que narraba el ciego.

                -Ya te lo he dicho alguna vez -reclamaba orgulloso el rapsoda-: cada historia tiene sus pasajes favoritos para todo el mundo. Al comandante no es el único al que le gusta. Al fin y al cabo, tiene de todo: amor, muerte, heroísmo. Padres que lloran, mujeres que lloran, guerreros que lloran… ¿a quién demonios no le va a gustar? Un buen drama le alegra a cualquiera.

                Sin embargo, de vez en cuando, se encontraban sorpresas. Como el día en que alguien les enunció la larga lista de barcos y héroes que habían desembarcado en las playas de Asia para luchar contra los troyanos. Joven y maestro estuvieron intercambiándose miradas (es un decir, porque el maestro las manifestaba, pero no las veía) durante todo el poema. Pero resulta que se estaban mandando mensajes opuestos:

                -¡Es horroroso!-se quejaba el ciego mientras, con la excusa de dar un paseo, dialogaban lejos de la casa.

                -¿El poeta o el poema?-le interrogó el joven.

                -¡Ambos!

                -Pues a mí la lista me gusta. Creo que muestra muy bien la situación inicial, antes de la batalla.

                -Eso no hay manera de memorizarlo…

                -Pero lo puedo escribir.

                El ciego bufó:

                -¿Y qué vas a hacer?¿Decirle que te permita transcribir el poema y que no le damos el trabajo? No lo va a hacer gratis.

                -Podemos pagarle. Estoy dispuesto a invertir parte de mi salario si hace falta.

                -A lo que tú tienes casi no se le puede llamar salario. Menos aún repartirlo impunemente por ahí.

                -Creo que es importante -expresó el chico.

                Y le miró con esos ojos suplicantes que el ciego no veía nunca, pero que, de alguna manera, era capaz de intuir.

                -Anda, ve adentro, pide material de escritura, y redacta rápido -dijo el ciego, dándole unas piezas de metal que hacían las veces de moneda en aquel tiempo -. Yo te esperaré aquí afuera. Al menos, hace buen tiempo -rezongó.

                 Entre tanto, el camino hacia el ejército enemigo proseguía, con el campamento levantándose a la noche, y desmontándose durante el día. Y, cada noche, el ciego narraba su porción de historia. Conforme se iban acercando al punto donde sucedería la conflagración, parecía que el maestro le ponía más impulso a sus narraciones, y exteriorizaba en mayor medida las emociones ligadas a los personajes. Y eso se transmitía a los oyentes, los cuales, a su vez, estaban más nerviosos por la posibilidad de entrar en combate. El cantor describía vívidamente los escenarios donde tenían lugar los hechos de la historia, de tal modo que los guerreros casi podían verse luchando allí. El joven cedió a la tentación de preguntar:

                -¿Maestro, cómo es que sabes tantas cosas de la zona donde está Troya?¿Es que estuviste allí?

                -Claro que sí, muchacho. Hace mucho tiempo, antes de que tú nacieras. Antes de que me quedara ciego. Recorrí aquella región hasta casi memorizarla de memoria. Por eso sé lo que vieron Áyax y Paris como si yo mismo hubiera estado allí.         

                -¿Y qué queda de Troya, maestro?

                -Oh, nada… Es decir, la ciudad sigue ahí, pero han cambiado tantas cosas que sin duda no tiene nada que ver con lo que contemplaron los ojos de Ulises. En cambio, el paisaje permanece, testigo de todo lo que ocurrió.

                -Maestro, tengo otra pregunta…

                -Me gusta que tengas tantas. Adelante, escupe.

                -Buena parte del poema se pasa repitiendo la idea del destino: los dioses saben lo que le va a pasar a Aquiles, nada ni nadie va a poder evitarlo. ¿Crees de verdad eso?¿Piensas que el futuro no se puede cambiar?

                El ciego dobló el cuello hacia un lado.

                -Pero Aquiles, en el fondo, elige. Después de que muere Patroclo, podría haberle enterrado, haberse marchado a casa, vivir cultivando el campo el resto de su vida. En cambio, elige la venganza; además hacia Héctor, aunque Aquiles sabe que él tampoco tiene la culpa de nada, porque fue Patroclo el que decidió asaltar las murallas de Troya a pesar de todas las advertencias en contra. Aquiles, conscientemente, escoge el camino de la guerra y la locura. Al final todos elegimos, sin duda: lo que ocurre es que somos esclavos de nuestras propias elecciones. Al menos -pronunció muy lentamente estas palabras- cuando nos dejan elegir…

                De todos modos, se empezaron a notar cambios. La salud del maestro se resentía. En una ocasión, le dijo:

                -Hoy no podré acompañarte. Estoy demasiado cansado. Ve tú a ver al candidato del siguiente pueblo.

                Y añadió, justo después:

                -Llévate material de escritura. Lo mismo te interesa algo de lo que te cuenten allí. Y, si no seleccionamos a ese aspirante, al menos se llevará algún beneficio -dijo entregándole unas cuantas monedas.

                -Pero, ¿y si lo escogemos? -preguntó el chico, que tampoco sabía si estaba preparado para esa cuestión.

                -No creo que lo hagamos -negó con la cabeza, bastante convencido, el anciano.

                Así que, en varias ocasiones, el muchacho acudió por su cuenta a escuchar candidatos. Y, en efecto, a veces ocurría que le gustaba la forma en que el poeta había enfocado un determinado episodio o contaba una historia, a veces sólo relacionada con la guerra de Troya de manera tangencial. El joven todavía no sabía del todo para qué transcribía estos fragmentos de relato, pero lo hacía, poniendo incluso de sus exiguos ahorros para conseguir esos pedacitos de narración que ampliaban un determinado punto de vista, desarrollaban un personaje, aportaban una nueva voz. Un día, se encontró con poema estupendo, aunque declamado por el cantor en un dialecto muy marcado, con expresiones muy propias del lugar. El caso es que el poema estaba tan, tan bien hilado, que tratar de adaptarlo al habla de su maestro hubiera supuesto destruirlo por completo. Aun así, lo conservó. De esa manera, al final, el muchacho tenía un canto más largo que el relato original del ciego, aunque compuesto de muchos fragmentos pequeños, difíciles de hilvanar entre sí. ¿Qué era lo que iba a hacer con todo esto?

                Un día, su maestro le llevó a dar un paseo por las afueras del campamento, sin ningún propósito concreto. Era una agradable tarde de primavera. El hombre ciego toqueteaba los arbustos, en parte porque era su manera de explorar el entorno, y en parte también como si buscara algo de manera cuidadosa. Finalmente, arrancó unas cuantas bayas de una planta:

                -Ten cuidado, nunca comas esta clase de frutos. Parecen inofensivos, pero son tremendamente venenosos. Pueden producir una muerte casi instantánea.

                El muchacho los observó con atención.

                -No sabría distinguirlas de otras bayas normales…

                -Así es la naturaleza -sentenció el hombre, con una sonrisa-. Finge, engaña, nos utiliza para su propio beneficio. Pasa igual que con las historias, ¿verdad? -reforzó más todavía su sonrisa-. Se modifican y se adaptan para su receptor.

                Al chico se le enarcó la ceja. Fue entonces cuando se atrevió a realizar una pregunta que llevaba mucho tiempo rondándole:

                -Maestro… ¿sabemos si la guerra de Troya alguna vez ocurrió realmente?¿Qué piensas tú?

                El ciego se rio. A continuación, se encogió de hombros.

                -Como te he dicho, las historias están ahí para las personas del presente. Se cuentan para servirnos a nosotros. A Andrómaca, a Menelao, a Briseida y a Néstor les sirve ya de muy poco que narremos sus tormentos y sus hazañas. Qué importa que lo que digamos sea cierto o irreal. Qué más da una mentira, siempre que nos proteja, nos salve… nos sirva para algo, de alguna forma, en algún lugar…

                El anciano se sentó en un tocón de árbol. Parecía cansado. Su aprendiz se sentó junto a él. El primero tocó el hombro del segundo, en un gesto afectuoso:

                -Yo… En fin, creo que eres… una mujer muy valiente. He conocido otras personas como tú en mis viajes. No muchas, desde luego… Quizá yo, al cantar acerca de seres mitológicos, de Hermafrodito, de individuos especiales, era más proclive a reconocerlas… Aunque, a pesar de eso, creo que no siempre he sabido tratarlas como debía. A decir verdad, aún hoy, no puedo entenderte del todo… Pero bueno, sólo quería decirte que comprendo lo sola que te debes sentir. Yo también me siento así a veces.

                El viejo se apoyaba en su bastón mientras hablaba, y permanecían espalda contra espalda:

                -No dejes que te arrebaten la posición en la que crees que debes estar -prosiguió, casi como si hablara para sí mismo, o para el resto del universo. Entonces elevó el tono de voz-. ¡Agárrate ahí… con todas tus fuerzas! El mundo puede ser un lugar muy oscuro y cruel. Avanzamos en él a ciegas. Pero de vez en cuando encontramos nuestra fuerza interior para llegar a ser héroes… o para encontrar astucias que nos socorran, como la del caballo de Troya.

                Dicho esto, el anciano se levantó, y emprendieron de vuelta el camino al campamento.

                Aquel día era uno extraño. Por fin habían caminado lo suficiente como para avistar al enemigo. Se planteaba la inminencia de la pelea, y por eso los ánimos andaban caldeados. Por todos lados, soldados, mensajeros y esclavos se movían de un lado a otro. En medio de aquel maremágnum, el comandante de las tropas prácticamente atrapó al joven aprendiz del ciego por el cuello y le espetó:

                -Avisa a tu maestro. Mañana, los hombres tienen batalla. Y han de estar bien motivados. Así que más vale que el poema de esta noche sea realmente inspirador.

                El chico asintió. Se encaminó con prestancia a la tienda que compartía con el cantor para advertirle. El problema fue lo que se encontró.

                Su maestro estaba tumbado en su catre, paralizado; la postura que mantenía, la boca entreabierta, indicaba de manera inequívoca cuál era su estado actual. A su lado, en una mesita, las bayas que su alumno le había visto recoger el día anterior. Era difícil descifrar la expresión que mantenía su rostro con aquellos ojos ciegos, pero el muchacho diría que en él había anidado una cierta paz. Aunque eso implicara que el joven perdiera toda la serenidad por completo.

                Durante unos instantes se quedó paralizado, sin saber cómo actuar. Luego, recobró la compostura y pensó que lo único que podía hacer era avisar al jefe de las tropas para advertirle. Y como supuso, a éste, en mitad del desbarajuste que tenía encima, la noticia no le sentó bien.

                -¿Cómo?¿Y tenéis algún sustituto? -recordando las palabras del ciego el día anterior, el joven negó con la cabeza-. Bueno, pues si es lo que tenemos, tendrá que valer. Esta noche, quiero una interpretación bestial por tu parte. Coge el mejor éxito de tu maestro, el poema que más entusiasma a los soldados, y reprodúcelo palabra por palabra. Y esperemos que seas capaz de enardecer a mis hombres para salir a matar.

                La última frase la dejó caer el militar con una mezcla de resignación y esperanza calculada que al muchacho no le tranquilizó demasiado.

                Con inmediatez y nerviosismo, el joven volvió a la tienda de su antiguo profesor (cuyo cadáver había sido retirado diligentemente por algún soldado bajo órdenes del comandante) y se puso a revisar entre sus papiros. Empezó a repasar mentalmente las veces que su maestro le había narrado las historias, tratando de recordar comentarios sobre si tal o cual pieza triunfaba, o era en cambio recibida de manera tibia. Tomó una de las escenas clave de la obra. La leyó en voz alta. No sabía si sonaba convincente. Buscó otro pasaje al azar y lo enunció con toda la sonoridad que pudo. Nada, no encontraba el modo. Se sentó sobre el catre donde dormía habitualmente, desesperado ante su situación.

                Y de repente, se dio cuenta. No le salía bien imitar al ciego; ni falta que le hacía. Más bien al contrario, cualquier intento de copiarle lo único que haría sería acentuar las diferencias frente a un público que estaba habituado a oírle vez tras vez, noche tras noche, con sus habituales latiguillos y fórmulas de repetición. Y, desde luego, el joven no pensaba renunciar a algunas de ellas (al fin y al cabo, si su maestro las había escogido, era desde luego porque funcionaban). Pero, si lo que quería era sorprender a los soldados, debía ofrecer algo nuevo, distinto.

                Volvió la vista hacia el texto que les había dado la chica que, en su día, había confesado que escribía para su hermano. Lo hojeó: en efecto, era bueno, muy bueno. Por supuesto, no podía leerlo delante de los militares, acostumbrados como estaban a que el ciego recitara de memoria. Pero, si lo ensayaba, sería capaz de cantarlo en voz alta aquella noche… y suplir los olvidos con las técnicas de improvisación que había aprendido con el viejo durante los últimos meses.

                Aun así, todo eso era más fácil pensarlo que luego encontrarse ante varias centenas de hombres, ocupando toda la superficie del claro del bosque que la propia guarnición había abierto para instalar su campamento. Contemplar a toda esa masa de virilidad masculina, que se veía (y se olía) violenta, nerviosa, con las armaduras a medio quitar como si fueran a atacarles en cualquier momento, no era una situación fácil. El joven nunca había notado tantos ojos puestos encima. En cierta medida, se sentía como cuando Patroclo se enfundó la armadura de Aquiles para hacerse pasar por él y se preguntaba, al contemplar su propio cuerpo flacucho sobre las fornidas piezas de metal, si estaría a la altura de aquello de lo que pretendía disfrazarse.

                Había una cierta tensión. El muchacho no sabía si se debía a la cercanía de la guerra (y, por tanto, que muchos de aquellos hombres supieran que no estarían allí al día siguiente, y unos cuantos creyeran erróneamente que sí que lo harían), o a la incertidumbre que él mismo transmitía. Por eso, cuando empezó a recitar, acompañando su canto con la lira, tenía un opresivo nudo en la garganta.

                La mirada del comandante, al darse cuenta de que se apartaba de las clásicas formas del ciego, no contribuyó a calmarle precisamente.

                Pero, poco a poco, conforme las palabras fluían, un cambio se fue operando en aquella masa de individuos. El texto que el chico había escogido era aquel en el que el rey Príamo acude a ver a Aquiles, quien lleva arrastrando por el suelo durante días, atado a un carro, el cadáver de su hijo Héctor alrededor del túmulo de Patroclo, en la proximidad de las murallas de Troya. El anciano rey Príamo ha decidido venir no como rey de una ciudad asediada, sino como padre, para convencer al héroe griego de que le devuelva el cuerpo con objeto de darle sepultura:

                -Acuérdate de tu padre, oh Aquileo, semejante a los dioses, que tiene la misma edad que yo y ha llegado a los funestos umbrales de la vejez. Quizás los vecinos circunstantes le oprimen y no hay quien le salve del infortunio y la ruina; pero al menos aquél, sabiendo que tú vives, se alegra en su corazón y espera de día en día que ha de ver a su hijo, llegado de Troya. Mas yo, desdichadísimo, después que engendré hijos valientes en la espaciosa Ilión, puedo decir que de ellos ninguno me queda.

                Durante este párrafo, el joven apreció un cambio en el ambiente del campamento: más relajado, menos duro… hasta húmedo, a causa de las lágrimas. Porque, ¿qué soldado no tenía padres?¿Cuál no se acordaba de los hijos que había dejado atrás, o se preguntaba si los volvería a ver algún día?¿Qué hombre, al escuchar aquellos versos, no recuperaba una parte de la esencia de su humanidad? Una fracción que, a lo largo del embrutecedor viaje hacia el lugar de la batalla, habían perdido.

                Los soldados le dedicaron una ovación cuando terminó. Henchido por el orgullo, sin embargo, el muchacho no tuvo ocasión de que la legendaria hubris o arrogancia desmedida le invadiera y le condujera a la perdición, como le ocurría a la mayor parte de los héroes mitológicos. Porque cuando bajó de su estrado, el comandante se acercó para encararse con él:

                -Si hubieras cantado este poema cualquier otro día, te hubiera mandado decapitar -le abordó secamente. Y mientras los músculos del muchacho valoraban si eran capaces de evitar la liberación de sus esfínteres, el comandante prosiguió-. Pero hoy nos has venido bien. Hoy les has recordado a sus hombres por quién luchan… y cuál es la única manera segura que tienen de volver a casa. Que, por supuesto, es batirse mañana. O eso me encargaré de recordarles a primera hora con una arenga. Reza porque esa clase de motivación sea suficiente para vencer.

CONTINUARÁ...

lunes, 22 de diciembre de 2025

El relato del mes: "Mi Homero" (primera parte)

                Al hombre se le vio llegar (y se le adivinó la identidad) ya desde lejos. Entre otras cosas, por su bastón. También, porque le acompañaba un soldado, guiándole con cuidado mientras le asía delicadamente del brazo. Por otra parte, era cierto que no había mucha gente de silueta desconocida que se acercara por allí. Así que cuando la mujer lo vio, no tuvo dudas acerca de que él era el hombre sobre el cual le habían hablado.

                Cuando llegó, el soldado rehusó entrar en la casa (aunque no rechazó un poco de queso y unas aceitunas, que comió de cualquier manera en el soleado entorno). En cambio, el ciego aceptó el ofrecimiento, y también un banquete más sustancioso. Sólo cuando ya había comido y bebido lo bastante se aproximó la madre, con un chico joven al lado:

                -Aquí está mi hijo -declaró-. Ahora veréis por qué le comparan con una sirena de las que cautivan a los marinos.

                A un leve gesto de la mujer, el ya más que adolescente (aunque aún lo pareciera) empezó a entonar una melodía. El hombre ciego escuchó con delicada complacencia aquel armonioso canto, que embriagaba y le llevaba, como en volandas, a parajes bellos y exóticos…

                Unos cuantos minutos después, el hombre asintió satisfecho, y la madre envió a su hijo a otra parte de la casa. De hecho, se aseguró de que estuviera bien lejos antes de empezar a hablar en voz baja:

                -¿Qué os ha parecido?

                El invidente se encogió de hombros.

                -Canta muy bien, en efecto. Pero le faltan algunos atributos necesarios para ser un buen cantor de poemas. Para empezar, no es ciego. Es difícil que le acepten sin serlo, aunque sea por pura tradición. Y luego está otra cuestión…

                La madre enarcó una ceja, preocupada.

                -En la aldea me han dicho -indicó el hombre- que no le llaman “sirena” sólo por su hermosa voz.

                El ciego no podía verlo, pero el rostro de la mujer transparentó con total claridad cómo el alma se le había caído a los pies:

                -¿Puedo hablar en confianza?

                -Por supuesto.

                -¿Y en confidencia?

                El ciego asintió de nuevo con la cabeza:

                -Los invidentes no podemos ver, pero en ocasiones podemos también no oír, y hasta callar.

                La madre suspiró, como si llevara conteniendo el aliento muchos años:

                -Hace poco me dijo lo que todos sospechábamos. Que él no se siente un hombre, dice. Que le gustaría haber nacido mujer, como sus hermanas. Comprendedme, ¿qué futuro le espera? En esas circunstancias, no puede enrolarse en un ejército. En el pueblo nunca le van a mirar bien. He perdido toda esperanza de que se case -a pesar de que procuraba mantener un volumen bajo, en este punto no pudo evitar un deje de angustia bajo el cual su tono se elevó-. He invertido mucho tiempo y dinero en su educación, porque sé que es lo único que puede sacarle de este sitio. Yo sé que a los cantores se les suele ver como seres distintos, tocados por los dioses, a los que se les permiten… ciertas excentricidades. ¿Hago mal en querer buscarle un destino distinto al final aciago que mis sueños intuyen?

                El ciego negó con la cabeza:

                -No. Hacéis bien -y tras unos segundos, agregó-. Dejadle bajo mi cuidado. Seguro que hallamos una manera de lograr que este chico encuentre su hueco en el mundo. Al fin y al cabo, éste es enorme: si existe un lugar para los ciegos, ¿por qué no lo va a haber para él?

*

                Cuando el chico viajó con el invidente y el soldado adonde se encontraban acampadas las tropas, el comandante supremo de aquel ejército griego lo tuvo clarísimo:

                -No, de eso nada; alguien que tenga vista no puede declamar poemas para mis hombres. Ellos no lo aceptarían. Creen que Apolo habla a través de los ciegos; y es cierto que a nadie que posea ojos que funcionen le he visto almacenar tantos versos en la memoria. Pero puede ayudarte a buscar un sustituto -sugirió el militar al rapsoda-. Y así dejas de llevarte a uno de mis soldados cada vez que hagas una excursión a un villorrio olvidado por los dioses.

                Desde los primeros días, se habituaron a la rutina: por la noche, el joven oía al maestro ciego declamar sus versos delante del pelotón de soldados, quienes, a la luz de la hoguera, escuchaban embelesados la historia de cómo Aquiles se pelea con Agamenón, iniciando una secuencia de acontecimientos que acaba por conducir a la muerte de Patroclo, amante de Aquiles, quien a su vez se venga matando a Héctor, príncipe de Troya. Desde su posición elevada, el poeta recitaba la historia, acompañándose, en los momentos más trascendentales, de la lira, cambiando la entonación de la voz para imitar a los personajes, realizando gestos, interaccionando con el público, al que hacía gemir, reír, llorar, y por supuesto participar, como si cada soldado fuera un héroe más del poema. Luego, por el día, mientras el ejército marchaba, el maestro y su alumno se desviaban a un lugar donde habían oído referencias (a través de los lugareños) de alguien que podría aspirar a ser el siguiente cantor. Mientras tanto, en sus largas caminatas, el ciego recitaba el poema para que el joven lo fuera memorizando. Por supuesto, en lugar de declamar sólo un trozo, como hacía noche tras noche con los soldados, le iba descubriendo fragmentos mucho más largos. El chico no tenía problema en seguirlos, pues había escuchado otros poemas sobre la guerra de Troya, en los que se detallaban distintos episodios y salían a colación los mismos personajes. Lo que sí se dio cuenta, a lo largo de la narración, es de que el maestro nunca contaba de la misma manera dos veces la historia:

                -Claro que no -le explicó el maestro, entre risas-. Aunque mi memoria se ha empeñado en compensar mi visión, todavía no tengo poderes infinitos, como los seres sobrenaturales. Tienes que encontrar un equilibrio: si el poema es muy corto, te lo sabes muy bien, pero no puedes mantener entretenidos a los soldados mucho tiempo, y bien se sabe que las caminatas hasta el lugar de la batalla son largas. Pero si es muy largo, no puedes memorizarlo correctamente y acabas soltando cualquier tontería. Hallas la dosis justa entre lo que dejas a la cabeza y lo que le permites a la improvisación.

                -¿Y por qué no cantarles otros poemas distintos?-planteó el joven.

                -Bueno, a veces lo hago, cuando me quedo corto y todavía no nos hemos topado con el ejército enemigo. Pero no funciona igual: los soldados saben apreciar la diferencia entre un poema trabajado y una simple historia. Además, al comandante le gusta el relato de Aquiles y Patroclo: dice que enseña a los soldados que renunciar a la lucha por egoísmo personal solo trae consecuencias peores. Por culpa del desmedido orgullo de Aquiles, su amante Patroclo muere, y al final Aquiles, el de los pies ligeros, tiene que volver a la lucha. Cuando el héroe griego mata a Héctor, ha sellado su destino, ése que le debía llevar a decidir entre tener una vida larga pero anodina, o una breve pero heroica. Lo dicho, al comandante le gusta que esa historia se recalque bien a lo largo del viaje. De hecho, prefiere que la repita dos veces a que nos enredemos con los otros muchos episodios de la epopeya que suceden antes o después. Y eso que la guerra de Troya da para… mil vidas, amigo mío, mil vidas, como mil fueron los barcos que zarparon por Helena una vez.

                La primera casa que visitaron tenía a un aspirante que era casi un niño. El chico no declamaba mal; el problema era su nefasta memoria. Se olvidaba de lo que tenía que decir, se adelantaba, se enredaba con lo que iba después… Si la ceguera conllevaba que se le agudizasen los otros sentidos y capacidades, estaba claro que eso aún no había sucedido. El maestro lo daba por imposible cuando una muchacha de aproximadamente su misma edad (evidentemente, su hermana) salió fuera de la casa a impedirles que marcharan:

                -Mi hermano sólo necesita tiempo para memorizar los versos. Si le dais unos años…

                -Por desgracia, tiempo es lo que no tenemos, muchacha -sonrió con dolor el anciano-. ¿Por qué te crees que buscamos un sustituto? Mii corazón no resistirá mucho tiempo más estos viajes. Necesito un sucesor que tenga las capacidades que estoy buscando, y lo necesito ya.

                -Yo podría hacerlo -dijo la muchacha, que levantó la vista orgullosa-. Yo sí tengo la memoria que le falta a mi hermano.

                Al ciego le faltó tiempo para echarse a reír.

                -No te ofendas, jovencita, pero los soldados nunca aceptarán a una poetisa. Eso, por no decir que me parece una idea atroz que quieras pasarte la vida entre campamentos de soldados.

                -Pero hago versos muy buenos -protestó airada la muchacha-. Yo he sido quien se los ha escrito a mi hermano: llevamos días ensayándolos. Podría recitarlos; incluso, podría redactarlos, y que fuera otro quien los leyera -enunció, mirando en tono de súplica al joven.

                -Querida, todas esas ideas me parecerían maravillosas… en un mundo ideal -contestó el ciego-: pero ni con los mejores versos del mundo te aceptarían. Y dudo que mi comandante quiera pagar a una poetisa y a un recitador: ya es bastante poco lo que me pagan a mí, y si aceptan a este muchacho es sólo porque saben que necesito un remiendo.

                La muchacha se hallaba visiblemente decepcionada. Incluso el ciego lo notó, a través de los silencios:

                -Seguro que una joven lista como tú sabe encontrar su camino. Y sí, he de reconocerte que los versos eran muy buenos: al menos, los que recordaba tu hermano.

                Cuando ya se marchaban, la chica volvió a salir, después de un breve intervalo que había aprovechado para entrar de nuevo en la casa:

                -Como mínimo, leed la historia -les instó ella, y echó otra mirada solícita sobre el muchacho-. O que os la lean. Quizá si el comandante ve que los versos son buenos, se lo piense.

                El ciego permitió que el joven cogiera el papiro que le tendían, y lo guardase. El chico palpó, en esa hoja, todo el trabajo que la niña había puesto, y que la familia también había invertido, pues aquel material de escritura era sin duda caro para lo que esos campesinos ganaban. Mientras caminaban de vuelta al campamento, a una necesariamente baja velocidad, el muchacho iba leyendo el papiro, al tiempo que el invidente agitaba la cabeza:

                -De verdad que es una pena, porque no están nada mal. Si los hombres fueran distintos…

                -De todas maneras, no es mala idea que dice la niña, ¿no? -inquirió el muchacho-. Si no encontramos a un buen ciego, siempre puede leerse el poema en voz alta. Eso permitiría que fuera más largo.

                El rapsoda adquirió gesto dubitativo:

                -Mira, chico… O chica, no sé cómo prefieres que te llame -ahí se produjo una honda pausa, en la que al muchacho se le notó, a través de sus brazos, atenazado por la tensión, la esperanza, las dudas. El ciego resopló tras unos segundos-… Bah, seguiré usando el masculino. No es nada personal, ¿sabes? Cómo te sientas por dentro sólo te incumbe a ti… pero si un soldado me escucha llamarte de una manera extraña, es probable que lo paguemos los dos muy caro… En fin, lo que quería decirte es que te podría soltar un sermón sobre cómo la palabra oral es superior a la escrita, y en parte pensarás que lo digo porque soy ciego, y en parte tendrás razón. Pero me quedan cuatro días sobre esta miserable tierra, y ya no estoy para subterfugios: muchísimos sabios defienden que la narración oral tiene sus ventajas sobre lo que está escrito sobre un soporte físico, y yo estoy de acuerdo. A un papiro no le puedes preguntar, una tablilla de arcilla no va a corregir el error que se ha plasmado sobre su superficie. Pero no se puede ser dogmático con estas cosas -afirmó-. Puede que algún día te encuentres un comandante menos inflexible, y aunque todo narrador ha de tener una buena memoria, ¿quién soy yo para decir qué nos deparará el futuro? Soy ciego, no oráculo. Así que, mira, quédate con ese texto y… quizá, a partir de ahora, podamos comenzar a escribir el poema. Sólo por si acaso, ¿eh? No querría morirme, y que mi narración perezca conmigo, antes de que encontremos a mi sucesor.

CONTINUARÁ...