Hoy escribo sobre un tema que estoy viviendo relativamente cerca porque, como sabréis algunos pertenezco al CSIC (como sabéis, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el mayor organismo de la ciencia española). Pero por supuesto no voy a hablar en nombre de la institución -en el propio texto aclararé por qué no lo considero posible-, pero creo que a lo mejor mi visión os puede resultar interesante precisamente por narrarse, en cierta medida, desde dentro.
Para hablar de la historia del CSIC, que es de lo que va este post, hay que remontarse a algo anterior. Lo primero, la figura de Ramón y Cajal. A lo mejor por haber crecido con ese nombre en hospitales, calles e instituciones varias no nos hacemos idea de lo revolucionaria que fue su figura en el mundo, y en particular en España. Porque no sólo estableció los fundamentos de una neurociencia que prácticamente estaba naciendo (o, se podría decir, creó él), sino porque era una rara avis en un país que había llegado tarde a la revolución industrial y donde Unamuno había llegado a decir lo de "que inventen ellos". En ese sentido, fue una inyección de moral, una demostración de que los españoles podían inventar -y descubrir- tanto como los demás, incluso en condiciones muy adversas. Probablemente eso fue lo que motivó que el país sintiera que tenía que hacer un esfuerzo a la altura y, por tanto, prestar ayuda para que pudiera haber más Cajales que no tuvieran (como contamos aquí) que pagarse los viajes a los congresos por su cuenta.
Por ello, empezó a crearse, alrededor de la figura de Cajal, un armazón institucional -que es una manera de decir que el genio individual no lo puede todo, que para triunfar hay que trabajar en equipo-: primero, con el Laboratorio de Investigaciones Biológicas en torno a Cajal y su escuela, cuando la mayoría de los grandes nombres de la neurociencia vivían y trabajaban en España. Pero, más tarde (en 1906, el año en que Cajal recibió el Premio Nobel), se creó lo que se denominó la Junta de Ampliación de Estudios, cuya idea sería apoyar a la ciencia española mediante becas para estudiar en el extranjero y otro tipo de iniciativas. Es curioso que miremos la lista de vocales de la JAE, y aparte del presidente Cajal, hay científicos como Luis Simarro, ingenieros como Leonardo Torres-Quevedo, políticos como Joaquín Costa, historiadores como Ramón Menéndez Pidal, intelectuales como Marcelino Menéndez Pelayo, pintores como Joaquín Sorolla, o José Echegaray, muy reconocido como ingeniero y matemático, y más discutido -por si se lo merecía- como el primer premio Nobel de Literatura español. Lo cual, por un lado, refleja que en aquella época muchas categorías no eran tan estancas como lo son hoy en día (donde la especialización lo domina todo), pero también que desde el principio se consideraba que el arte, las ciencias más "puras" y las ciencias humanas eran un todo indivisible, una visión que ha sido minoritaria durante buena parte del siglo XX y que ahora empezamos (un poco, con matices, y con toda la riqueza que implica la mezcla) a recuperar. También, otro detalle importante era el momento álgido del que estaban disfrutando las letras españolas: no olvidemos que este año celebramos los 120 años de la fundación de la JAE, pero también los 119 de esa generación del 27 por la que España se destacó tanto en el mundo.
El problema es que la ciencia no hace magia: se necesita mucha inversión y mucho apoyo durante mucho tiempo para dar resultados sostenidos. La JAE (que heredaba en parte el espíritu crítico y optimista, respecto al futuro, de la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos) eran buenos mimbres y un buen inicio. Pero entonces llegaron el golpe de estado del 36, la guerra civil y el franquismo. Una guerra no le sienta bien a ningún país: de los seguidores de Cajal, algunos tuvieron que huir, y otros acabaron muertos. Pero las dictaduras tampoco le vienen bien a la intelectualidad y al pensamiento. Un ejemplo puede verse muy bien en una obra dramática representada por el grupo de teatro científico Teatriem, titulada "El tercer elemento" -escrita por Víctor Iriarte-, y que pude ver recientemente. En esa obra, una de las cuestiones que se menciona es que las tres personas que Cajal dijo que podían ganar el siguiente premio Nobel español en ciencias (Juan Negrín, quien acabaría siendo presidente del gobierno de la República durante la guerra civil; Pío del Río Hortega, miembro de la escuela de Cajal, descubridor de las células de la microglía, y un homosexual que no lo ocultaba; y Severo Ochoa, que acabaría siendo premio Nobel de Medicina, pero ya nacionalizado estadounidense) acabaron en el exilio. De hecho buena parte de los grandes representantes de la literatura y de la ciencia tuvieron que huir de un país que amenazaba su vida. Pero no les esperaba una suerte mucho mejor a los que se quedaron.
Y ahí entran en parte las conmemoraciones de este año: el CSIC ha lanzado un archivo digital que resume las depuraciones que pasaron los científicos pertenecientes a la JAE tras la guerra civil, cuando el franquismo decidió purgar a los científicos (y no sólo ellos, sino a cualquier clase de trabajador) que no cuadraban con sus preferencias ideológicas. Hubo despidos, sanciones, pérdida de categoría profesional y de sueldo, imposibilidad de ascensos, sentencias condenatorias a prisión (incluso derivando en muerte), y una larga casuística en la que la fortuna favoreció de manera muy diferente a cada uno. El motivo por el que podías ser represaliado era muy variado: por ejemplo, mujeres a las que se las castigaba por llevar pantalones. En total, se han documentado 511 casos, de los cuales un 40% no pudo siquiera continuar con su carrera.
Entonces, precisamente para borrar toda huella de la JAE, el régimen franquista creó el CSIC. Fue más que un cambio de nombre: el árbol que lo representa (y que hoy aceptamos como "árbol de la ciencia", con inspiración barojiana) era en un inicio el árbol de la vida de la Biblia, pues el propio presidente del CSIC señalaba la importancia del cristianismo en las ciencias; y el campus del CSIC, hoy centro de una fecunda actividad científica y divulgativa, nació en parte para tapar la Residencia de Estudiantes donde estudiaron Dalí, Buñuel y Lorca, de la que todavía quedan restos tan escasos como preciosos. El CSIC creció y, en buena medida, se convirtió en algo muy distinto a lo que querían sus creadores: tercera mayor institución científica de Europa, más de 18.000 trabajadores, más de 120 centros, demostrando que se puede hacer ciencia casi en cualquier lugar de España, de manera colaborativa, pensando en la integración, más que en la división. Durante buena parte del tiempo, sin embargo toda aquella carga de pasado permaneció oculta bajo un manto de silencio. De hecho, muchos no llegaron a saber nunca lo que había ocurrido en ese lugar.
Sin embargo, el CSIC ha decidido levantar alfombras. Por ejemplo, se ha cambiado el nombre del Instituto Química Física Rocasolano, que ahora lleva el de Blas Cabrera, uno de los científicos represaliados. Odón de Buen fue otro de esos investigadores que sufrieron el exilio, y ahora figura en la denominación de uno de los buques científicos del CSIC. En cierto modo, el CSIC ha optador por sacudirse los fantasmas de su fundación. Es cierto que, como casi toda institución (y ahí se le puede poner el adjetivo que se prefiera: científica, española, académica, corporativa), es una organización que tiene problemas, algunos de ellos muy serios. Y que, como todo organismo mínimamente grande, no es un todo unitario, sino que contiene muchas tendencias, algunas luchando en direcciones contrapuestas. Pero está claro que existe en su interior la necesidad apremiante de cambiar muchas de estas cosas, abriendo ventanas -con mayor transparencia, reconociendo defectos puntuales y estructurales- y, sobre todo, contactando en mayor medida con el público, como demuestra su apuesta por la divulgación científica, o la reciente Bienal de Arte y Ciencia. Hay una idea, y un compromiso, de que la ciencia no puede permanecer estanca, sino que debe de servir a la sociedad y estar comprometida con ella, constituyendo un factor clave para que ésta progrese. Y esperemos que esos vientos sigan siendo favorables en ese sentido.
La conmemoración de los 120 años de la JAE, por parte del CSIC, prosigue: el 24 de octubre habrá una ruta para mostrar al público el interesante campus del CSIC, El Orden Mundial va a hacer un podcast a propósito del tema, seguirán los homenajes y, por supuesto, persistirá y avanzará la ciencia que algunos tratamos de comunicar porque creemos que es una parte indisociable de la vida y la cultura, porque tenemos que (y nos conviene) saber tanto de Juan Ramón Jiménez como de Emilio Herrera. Es la única manera de que el país se convierta en un referente científico y tecnológico como aspira a serlo en los próximos años. Y ésta es una de las bases clave para que cumplamos ese precepto que ya anhelaba la Constitución de 1812: "el objeto del gobierno es la felicidad de la nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen".