lunes, 12 de octubre de 2026

La historia real de octubre: 120 años de la JAE y el CSIC

Hoy escribo sobre un tema que estoy viviendo relativamente cerca porque, como sabréis algunos pertenezco al CSIC (como sabéis, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, el mayor organismo de la ciencia española). Pero por supuesto no voy a hablar en nombre de la institución -en el propio texto aclararé por qué no lo considero posible-, pero creo que a lo mejor mi visión os puede resultar interesante precisamente por narrarse, en cierta medida, desde dentro.

Para hablar de la historia del CSIC, que es de lo que va este post, hay que remontarse a algo anterior. Lo primero, la figura de Ramón y Cajal. A lo mejor por haber crecido con ese nombre en hospitales, calles e instituciones varias no nos hacemos idea de lo revolucionaria que fue su figura en el mundo, y en particular en España. Porque no sólo estableció los fundamentos de una neurociencia que prácticamente estaba naciendo (o, se podría decir, creó él), sino porque era una rara avis en un país que había llegado tarde a la revolución industrial y donde Unamuno había llegado a decir lo de "que inventen ellos". En ese sentido, fue una inyección de moral, una demostración de que los españoles podían inventar -y descubrir- tanto como los demás, incluso en condiciones muy adversas. Probablemente eso fue lo que motivó que el país sintiera que tenía que hacer un esfuerzo a la altura y, por tanto, prestar ayuda para que pudiera haber más Cajales que no tuvieran (como contamos aquí) que pagarse los viajes a los congresos por su cuenta.

Por ello, empezó a crearse, alrededor de la figura de Cajal, un armazón institucional -que es una manera de decir que el genio individual no lo puede todo, que para triunfar hay que trabajar en equipo-: primero, con el Laboratorio de Investigaciones Biológicas en torno a Cajal y su escuela, cuando la mayoría de los grandes nombres de la neurociencia vivían y trabajaban en España. Pero, más tarde (en 1906, el año en que Cajal recibió el Premio Nobel), se creó lo que se denominó la Junta de Ampliación de Estudios, cuya idea sería apoyar a la ciencia española mediante becas para estudiar en el extranjero y otro tipo de iniciativas. Es curioso que miremos la lista de vocales de la JAE, y aparte del presidente Cajal, hay científicos como Luis Simarro, ingenieros como Leonardo Torres-Quevedo, políticos como Joaquín Costa, historiadores como Ramón Menéndez Pidal, intelectuales como Marcelino Menéndez Pelayo, pintores como Joaquín Sorolla, o José Echegaray, muy reconocido como ingeniero y matemático, y más discutido -por si se lo merecía- como el primer premio Nobel de Literatura español. Lo cual, por un lado, refleja que en aquella época muchas categorías no eran tan estancas como lo son hoy en día (donde la especialización lo domina todo), pero también que desde el principio se consideraba que el arte, las ciencias más "puras" y las ciencias humanas eran un todo indivisible, una visión que ha sido minoritaria durante buena parte del siglo XX y que ahora empezamos (un poco, con matices, y con toda la riqueza que implica la mezcla) a recuperar. También, otro detalle importante era el momento álgido del que estaban disfrutando las letras españolas: no olvidemos que este año celebramos los 120 años de la fundación de la JAE, pero también los 119 de esa generación del 27 por la que España se destacó tanto en el mundo.

El problema es que la ciencia no hace magia: se necesita mucha inversión y mucho apoyo durante mucho tiempo para dar resultados sostenidos. La JAE (que heredaba en parte el espíritu crítico y optimista, respecto al futuro, de la Institución Libre de Enseñanza de Giner de los Ríos) eran buenos mimbres y un buen inicio. Pero entonces llegaron el golpe de estado del 36, la guerra civil y el franquismo. Una guerra no le sienta bien a ningún país: de los seguidores de Cajal, algunos tuvieron que huir, y otros acabaron muertos. Pero las dictaduras tampoco le vienen bien a la intelectualidad y al pensamiento. Un ejemplo puede verse muy bien en una obra dramática representada por el grupo de teatro científico Teatriem, titulada "El tercer elemento" -escrita por Víctor Iriarte-, y que pude ver recientemente. En esa obra, una de las cuestiones que se menciona es que las tres personas que Cajal dijo que podían ganar el siguiente premio Nobel español en ciencias (Juan Negrín, quien acabaría siendo presidente del gobierno de la República durante la guerra civil; Pío del Río Hortega, miembro de la escuela de Cajal, descubridor de las células de la microglía, y un homosexual que no lo ocultaba; y Severo Ochoa, que acabaría siendo premio Nobel de Medicina, pero ya nacionalizado estadounidense) acabaron en el exilio. De hecho buena parte de los grandes representantes de la literatura y de la ciencia tuvieron que huir de un país que amenazaba su vida. Pero no les esperaba una suerte mucho mejor a los que se quedaron.

Y ahí entran en parte las conmemoraciones de este año: el CSIC ha lanzado un archivo digital que resume las depuraciones que pasaron los científicos pertenecientes a la JAE tras la guerra civil, cuando el franquismo decidió purgar a los científicos (y no sólo ellos, sino a cualquier clase de trabajador) que no cuadraban con sus preferencias ideológicas. Hubo despidos, sanciones, pérdida de categoría profesional y de sueldo, imposibilidad de ascensos, sentencias condenatorias a prisión (incluso derivando en muerte), y una larga casuística en la que la fortuna favoreció de manera muy diferente a cada uno. El motivo por el que podías ser represaliado era muy variado: por ejemplo, mujeres a las que se las castigaba por llevar pantalones. En total, se han documentado 511 casos, de los cuales un 40% no pudo siquiera continuar con su carrera.

Entonces, precisamente para borrar toda huella de la JAE, el régimen franquista creó el CSIC. Fue más que un cambio de nombre: el árbol que lo representa (y que hoy aceptamos como "árbol de la ciencia", con inspiración barojiana) era en un inicio el árbol de la vida de la Biblia, pues el propio presidente del CSIC señalaba la importancia del cristianismo en las ciencias; y el campus del CSIC, hoy centro de una fecunda actividad científica y divulgativa, nació en parte para tapar la Residencia de Estudiantes donde estudiaron Dalí, Buñuel y Lorca, de la que todavía quedan restos tan escasos como preciosos. El CSIC creció y, en buena medida, se convirtió en algo muy distinto a lo que querían sus creadores: tercera mayor institución científica de Europa, más de 18.000 trabajadores, más de 120 centros, demostrando que se puede hacer ciencia casi en cualquier lugar de España, de manera colaborativa, pensando en la integración, más que en la división. Durante buena parte del tiempo, sin embargo toda aquella carga de pasado permaneció oculta bajo un manto de silencio. De hecho, muchos no llegaron a saber nunca lo que había ocurrido en ese lugar.

Logotipo del CSIC, con, a la izquierda, el árbol de la ciencia

Sin embargo, el CSIC ha decidido levantar alfombras. Por ejemplo, se ha cambiado el nombre del Instituto Química Física Rocasolano, que ahora lleva el de Blas Cabrera, uno de los científicos represaliados. Odón de Buen fue otro de esos investigadores que sufrieron el exilio, y ahora figura en la denominación de uno de los buques científicos del CSIC. En cierto modo, el CSIC ha optador por sacudirse los fantasmas de su fundación. Es cierto que, como casi toda institución (y ahí se le puede poner el adjetivo que se prefiera: científica, española, académica, corporativa), es una organización que tiene problemas, algunos de ellos muy serios. Y que, como todo organismo mínimamente grande, no es un todo unitario, sino que contiene muchas tendencias, algunas luchando en direcciones contrapuestas. Pero está claro que existe en su interior la necesidad apremiante de cambiar muchas de estas cosas, abriendo ventanas -con mayor transparencia, reconociendo defectos puntuales y estructurales- y, sobre todo, contactando en mayor medida con el público, como demuestra su apuesta por la divulgación científica, o la reciente Bienal de Arte y Ciencia. Hay una idea, y un compromiso, de que la ciencia no puede permanecer estanca, sino que debe de servir a la sociedad y estar comprometida con ella, constituyendo un factor clave para que ésta progrese. Y esperemos que esos vientos sigan siendo favorables en ese sentido.

La conmemoración de los 120 años de la JAE, por parte del CSIC, prosigue: el 24 de octubre habrá una ruta para mostrar al público el interesante campus del CSIC, El Orden Mundial va a hacer un podcast a propósito del tema, seguirán los homenajes y, por supuesto, persistirá y avanzará la ciencia que algunos tratamos de comunicar porque creemos que es una parte indisociable de la vida y la cultura, porque tenemos que (y nos conviene) saber tanto de Juan Ramón Jiménez como de Emilio Herrera. Es la única manera de que el país se convierta en un referente científico y tecnológico como aspira a serlo en los próximos años. Y ésta es una de las bases clave para que cumplamos ese precepto que ya anhelaba la Constitución de 1812: "el objeto del gobierno es la felicidad de la nación, puesto que el fin de toda sociedad política no es otro que el bienestar de los individuos que la componen".

jueves, 1 de octubre de 2026

El relato de octubre: "Don Quijote youtuber".

                En un lugar de La Mancha, de cuya I.P. no quiero acordarme, no hace mucho tiempo vivía un joven semi-empleado en casa de sus padres, con una Play Station de segunda mano y un gato llamado Michi. Decimos semi-empleado porque tenía un contrato a tiempo parcial, a pesar de lo cual echaba más horas que un reloj, pero como su jefe sólo le pagaba la mitad del tiempo que daba el callo, en conjunto la cosa quedaba compensada. Con ese raquítico sueldo, claro, nuestro amigo (que se llamaba Quijada o Quesada, no queda muy claro en el registro) no se podía permitir un piso, ni una Play Station un poco más actualizada, y tenía el tiempo justo para descansar la mente, pero no mucho más. Y como sus padres no habían conseguido inculcarle el vicio de la lectura a pesar de tener la biblioteca del barrio justo al lado, pues le dio por ver vídeos de Youtube con tanta afición y gusto que olvidó cualquier otra clase de distracción y de otra forma de ver el mundo, creyéndose lo mismo a Iker Jiménez avistando extraterrestres que a un andorrano pontificando con rotundidad sobre España, mientras nuestra protagonista alimentaba su odio contra las mujeres, el chip que implantaron los chinos con la vacuna del COVID, y el malvado Perroxanche. En resolución, el tal Quijano o Quisado se pasaba las noches haciendo scroll de claro en claro, y los días enfrascado en vídeos de turbio en turbio; y así, del poco dormir, y del poco leer con cabeza, se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio. Se le llenó la fantasía de todo aquello que veía en streaming, y vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio persona humana en la Tierra, y fue que le pareció convenible y necesario, tanto para él como el mundo mundial, hacerse caballero andante, e ir por todo el planeta, con su mochila de Quechua y el viejo escúter de su recién fallecido abuelo, a buscar aventuras y a resolver los males que habitaban el mundo, como los inmigrantes, la Agenda 2030, y que no se pudieran quitar los tapones de las botellas con sólo desenroscarlos.

                Su madre quiso persuadirle de la idea, por supuesto, pero ahí pinchó en hueso; primero, porque su padre (que también había visto algún vídeo de Youtube, y leído unos cuantos libros de autoayuda) creía que era importarse hacerse a uno mismo, y que aquel viaje era la mejor manera de llevarlo a cabo; y segundo, porque entonces actuaron las fuerzas vivas del pueblo para darle la razón y animarle, en aras de lo que denominaron el sentido común, el libre pensamiento y el centro político.

                Entre los que se situaron a favor de esta iniciativa en la reunión improvisada que tuvo lugar en la plaza de la villa se encontraban el alcalde, el empresario más rico del pueblo (los cuales, casualmente, eran la misma persona), el cura, el sargento de la guardia civil, y un peluquero que regentaba el establecimiento donde todos los bros del protagonista iban a cortarse el pelo para adoptar un aire viril (cosa que enamoraba al peluquero, que por eso había elegido esa profesión donde ligaba tanto). En aquel villorrio no había escuela ni instituto, así que la única oposición aparente la planteó un señor anciano que apuntó:

                -Una vez tuvimos un caso parecido. Era una chica que se había hartado de leer novelas de Jane Austen y salió por allí a encontrar a su amor ideal y a emparejarse nada más pudiera. Volvió a los tres días con ladillas.

                Aquel testimonio, sin embargo, no disuadió a los promotores de la iniciativa, que instigaron al muchacho a continuar con su proyecto. Y, en efecto, el chico se lo tomó tan en serio que comenzó a comprar en tiendas online todo lo que le sonara a armas, armaduras y elementos guerreros, mientras iba retransmitiendo en directo para sus seguidores cada una de sus evoluciones y progresos. Las redes le jaleaban, pese a algún hater ocasional que le advertía de su locura, pero nuestro héroe no les hacía caso porque como todo el mundo sabe, alrededor de los emprendedores siempre hay envidiosos que pretenden impedir que triunfen.

                El día de su partida, acudieron a desearle suerte casi todos sus convecinos, e incluso múltiples ciudadanos de otras villas, espoleados por la curiosidad. Se presentó la banda del pueblo, bajo órdenes del alcalde, quien consideraba que era un motivo de orgullo que el nombre de su localidad quedara indisolublemente asociado a esta epopeya. Por ello, la comitiva de despedida acompañó a nuestro particular Quijote, lanza en ristre (en realidad un palo de selfie, por si tenía que hacer fotos), no sólo a los límites del pueblo, como estaba previsto, sino hasta un bosque cercano que constituía el primer hito en el camino. En ese momento del recorrido, al alcalde le entró hambre y decidió hacer una parada justo a la entrada del bosque. En un chiringuito que encontraron por allí, el regidor compró una buena tanda de bocatas, los repartió entre la gente del pueblo, metió unos cuantos en la mochila del héroe local, y le deseó buena suerte. El chico, algo cohibido por la atención recibida, y también por tener que marchar en soledad, arrancó. Mientras lo hacía, pensó que la moto avanzaría mucho mejor por carretera asfaltada, pero también recordó lo que había meditado a la víspera, y era que, ¿qué sentido tendría ir por donde va todo el mundo? Por eso aceleró y, a pesar de la tierra húmeda y las ramitas que se le cruzaban por el camino, decidió avanzar, impulsado por la pura fuerza de su voluntad.

                Por desgracia, toda la planificación que había empleado este chaval idealista en pertrecharse de equipamiento y planear ataques contra posibles enemigos la había descuidado en estudiar el terreno por el que circulaba, y no sabía que aquel bosque se hallaba poblado de osos. Uno de los cuales, al aspirar el aroma de los bocadillos, y al divisar un ente humano que gentilmente se dirigía hacia él para dárselos, decidió corresponder a tan bello gesto.

                La batalla entre el úrsido y el caballero andante fue tan épica como breve. La gente del pueblo pudo contemplarla en primera fila, pues, entre los huecos de los árboles, tuvieron ocasión de observar detenidamente un combate desigual en el que las extremidades y otras porciones del cuerpo del joven salían volando por los aires. Después, el mamífero (el más peludo de los dos, se entiende) cogió con los dientes la mochila cargada de bocadillos del muchacho y se adentró entre la espesura.

                Después de aquel incidente, hubo un largo minuto del silencio. Después, el alcalde y otros hombres destacados del pueblo, con las manos en los bolsillos, empezaron a silbar y a dirigirse de vuelta a sus casas.

                -No ha sido un mal intento, no…

                -Le ha fallado algo de suerte.

                -No podíamos estar preparados para un ataque de osos, en un bosque con osos.

                -La próxima vez nos saldrá mejor.

                Y así, tan livianos como despreocupados, emprendieron de vuelta el camino a sus vidas, satisfechos de un trabajo bien hecho del que nunca más volverían a hablar.

lunes, 21 de septiembre de 2026

El relato de septiembre: "Profesora Führer"

              Hay algo muy mágico en el momento en el que un grupo de varias decenas de alumnos (fieras asilvestradas que, mal manejadas, estarían mordiéndose mutuamente, saltando unos encima de los otros, llorando y sacándose los mocos propios y de los demás) se encuentran silenciosos, dibujando, reflejando cada uno su creatividad única, concentr ados en su tarea, mientras su maestra de infantil se encuentra sentada en su silla, al lado de la mesa, contemplando beatífica el pequeño milagro que está aconteciendo delante de ella.

                Pero como los milagros no pueden durar eternamente y a veces se evaporan poco a poco, y otras explotan violentamente como una pompa de jabón, se abrió la puerta del aula, entró la directoria del colegio, y desapareció toda la magia de golpe. En ese momento, los niños y niñas levantaron la cabeza, los lápices de colores dejaron de pintarrajear, y la profesora (una joven menudita, delgada, con cara de no haber roto un plato) se levantó de la silla y, como era protocolario, alzó el brazo para ejecutar el gesto obligatorio de “Heil Hitler!”, aunque lo hizo de manera algo atolondrada, como si no estuviera acostumbrada a pedir taxis, y de hecho casi derribó la taza que había encima de su mesa al incorporarse precipitadamente.

                Sin embargo, la directora casi no prestó atención a ese hecho. Cada vez que entraba en aquel aula (que alojaba a los alumnos más pequeños de ese colegio), la visión de las decenas de banderas nazis, con la esvástica sobre el círculo blanco y éste sobre fondo rojo, las cuales se hallaban colgadas sobre la pared del fondo, la emocionaba tanto que olvidaba todo lo demás. Así que contempló con deleite el espectáculo mientras las niñas se ponían de pie y realizaban el saludo fascista, hay que decir que con más capacidad de reacción que su propia maestra, que casi se trastabilló mientras trataba de mantenerse erguida.

                -Muy bien. Sólo quería comprobar que todo transcurría adecuadamente -se giró la directora hacia la profesora-. Puede seguir con la clase.

                La directora cerró la puerta. La profesora lanzó un amplio movimiento de espiración, exhalando el aire con lentitud conforme avanzaba hacia sus alumnos, y juntó las manos con delicadeza mientras indicaba el siguiente paso:

                -Muy bien, niños. Coged las banderas que están al fondo del aula. Eso es… Y ahora, como lo hemos ensayado.

                Los niños tomaron las banderas, y cada uno puso una de ellas en el suelo y se sentó encima, con las piernas cruzadas. La profesora hizo lo mismo con otro emblema que guardaba en un cajón. Luego, colocó las manos a ambos lados del cuerpo, confluyendo las yemas de los dedos en el mismo punto, y tomó aire de manera profunda antes de decir:

                -Recordad, niños… la esvástica es un símbolo indio que expresa buena suerte y prosperidad. Así que, cada vez que veáis una de ellas, pensad en algo que aquí en Alemania se valora mucho: la naturaleza. Cerrad los ojos y pensad en arbolitos, en verde… y en pajaritos…

                Y la clase se quedó en silencio, respirando acompasadamente, con una tranquilidad que contrastaba mucho con el sonido de las bombas que, a muchos kilómetros de allí (aunque cada vez eran menos), retumbaban contra el suelo.

*

                La vida transcurría pacífica en este pequeño oasis que era la clase de Fräulein Margueritte. Aunque, de vez en cuando, ocurrían cosas raras. Por ejemplo como cuando, aquel día que los chavales estaban haciendo sus ejercicios en el cuaderno, se encontró con que una de sus alumnas se hallaba canturreando una canción. La profesora se acercó a ella con curiosidad:

                -Dime, Anna, ¿qué estás cantando?

                -Oh, es una melodía que tatarea mucho mi madre cuando cocina. Sobre todo cuando escucha por la radio los mensajes del Führer.

                Fue entonces cuando el mundo empezó a ir a una velocidad más lenta. Por desgracia, la profesora Margueritte, en lugar de adquirir más capacidad para reaccionar, la perdió por completo, ya que se paralizó. Porque en ese se momento se acordó que la familia de Anna era originaria de la región de Alsacia, de madre francesa, cosa de la que fue consciente un segundo antes de que la niña empezara a cantar:

                -Allons enfants de la patrie…

                No transcurrió más de un segundo hasta que a la directora (a la que le encantaba hacer esas entradas extemporáneas de vez en cuando en la clase) le dio por abrir la puerta.

                Fue suficiente. Estaba claro que había oído algo, aunque la maestra no sabía bien qué. O más bien, cuánto. Quizá no hubiera escuchado nada. Puede que tuvieran suerte.

                -¿Qué era eso?-preguntó la directora.

                Y allí, de repente, por arte de birbibirloque, la profesora recuperó de improviso todos los reflejos, y aceleró los nervios a velocidad supersónica para responder:

                -Ah, una canción alemana.

                La directora levantó una ceja.

                -¿Alemana, dice? Pues a mí me sonaba…

                -No, ¿sabe?, es que la familia de Anna es suiza. Y entonces allí cantan esas cancioncillas típicas, muy de la montaña… Ya conoce a los suizos, gente rara -la profesora se acercó a la directora y le susurró en voz baja-, ahí metidos en la montaña, con sus cosas… También un país muy rico, está muy bien tener a Anna en clase, su familia está pensando en donar dinero a la escuela, conviene tenerles contentos.

                Luego volvió a alzar la voz y se acercó a la niña.

                -Muy bonita la canción, Anna, puedes seguir con tus ejercicios…

                -Pero yo… -continuó la directora, que no sabía ningún idioma fuera del alemán, pero sabía que en esa historia había algo raro-. Me ha parecido escuchar algo… la canción empezaba con allons…

                -Claro -expresó la profesora, con un aire de seguridad tan demoledor como una excavadora-; allons, es la versión suiza de alles, como en Deustchland über alles. Alemán, buen alemán, alemán de toda la vida.

                La directora dudó. Era una mujer inclinada a dudar, de todas maneras. No estaba muy convencida de lo que estaba oyendo; pero la señorita Margueritte sabía tantas cosas, y solía darle tantos buenos consejos… Y, a pesar de lo que decían las otras profesoras, nunca se topaba con fenómenos extraños en su clase. Bueno, a veces sí, pero la profesora Margueritte siempre tenía una buena explicación para los mismos.

                -Eeeeh, en fin, está bien. Sigan trabajando. Pero intente que sus alumnas hablen un alemán… más normativo, si es posible. ¿De acuerdo, Fräulein Margueritte?

                La profesora asintió. En cuanto la directora se marchó, la maestra se inclinó sobre su alumna:

                -Si te parece, Anna, vamos a dejar esa canción para dentro de tu casa, ¿te parece? Pero es muy bonita, realmente… Muy bonita…

*

                Las reuniones en la sala de profesores, con el paso del tiempo, se fueron volviendo más desconcertantes. O, al menos, eso pensaba la señorita Margaritte. Porque era muy raro creer que pudieran estar teniendo allí una conversación tan normal sobre cómo educar a los niños mientras las noticias que llegaban del frente eran cada vez más preocupantes, y hasta empezaba a escucharse, a lo lejos, el sonido de las explosiones.

                -Bien, creo que con esto termina la programación mensual. Antes de irnos… -interrumpió la frase la directora.

                Se notaba que estaba tragando saliva.

                -Como saben, la situación en la guerra se está poniendo… más complicada de lo que se esperaba. Pero quiero mantener el firme compromiso que tiene esta escuela con el Reich…

                “Piensa en naturaleza”, se decía la señorita Margueritte para sus adentros, cerrando los ojos…

                -… con las doctrinas del Partido Nacional Socialista…

                “Piensa en parajitos”, repetía insistentemente.

                -… y por supuesto con el Führer.

                -¡Buitre!

                -¿Cómo ha dicho usted, señorita Margueritte?

                -Oh, nada, nada. Estaba pensando en la próxima lección que le tengo que dar a los niños, sobre el buitre leonado.

                La directora no se entretuvo demasiado en el tema. Tenía otras cosas en que pensar:

                -Por eso, quiero reiterarles que, a pesar de los rumores que circulan por ahí, mañana acudiremos todas para hacer nuestro trabajo, como siempre, para estar al pie del cañón.

                “O sea, que mañana no va a venir nadie”, meditó la señorita Margueritte, recordando a la orquesta del Titanic. Se preguntaba si la directora lo decía en serio porque era capaz de mantener, en una parte de su mente, un tabique que separaba las verdaderas intenciones de las mentiras que una quiere hacerse creer a sí misma… o si era capaz de esgrimir esa hipocresía de manera abierta, hasta el final, aunque el techo se les cayera encima por culpa de un obús. La tercera opción era más inquietante: tal vez no quería condenar a las profesoras con la obligación de venir a un lugar peligroso, sino que pretendía advertirles, de una manera muy sutil, que mañana estuvieran muy lejos de aquel lugar… pero sin decirlo abiertamente, no fuera que entre las profesoras hubiera una confidente a las autoridades. El mundo se estaba convirtiendo en un lugar muy complicado que habitar.

                -Creo que hemos terminado con todos los temas. Disolvemos la reunión. Que vaya todo muy bien los próximos días.

                La profesora Margaritte se pasó la mañana reflexionando sobre qué podía hacer con los niños.

                Al final del día, se le ocurrió:

                -Mañana vamos a hacer una excursión.

*

                La mañana siguiente amaneció radiante. Era un día soleado y hermoso, muy atípico de aquella región de Alemania en aquella época del año. Los niños (y sus familias, a quienes los alumnos habían convencido de acudir a esta actividad especial del colegio; teniendo en cuenta lo que probablemente se intuían que iba a ocurrir, era lógico que hubieran traído las maletas) se encontraban situados en un hermoso prado que se abría en una de las montañas que circundaban la ciudad. Desde ahí había una buena visión de la urbe. De hecho, la señorita, sentada sobre una piedra, podía avistar cómo los tanques y los aviones enemigos se aproximaban a lo que antes habían sido sus hogares, y disparaban como si allí no habitaran seres humanos.

                -¿Qué es eso, señorita?-preguntó uno de sus alumnos.

                Fräulein Margeritte negó con la cabeza, pesarosa.

                -Eso, niños, es lo que pasa cuando le haces caso a todo lo que dice alguien sin cuestionarlo. Ya sea vuestra Fräulein, o un Führer.

                La profesora se levantó. Se puso a caminar hacia el horizonte.

                -Venga, niños, seguidme.

                Y así iniciaron una larga y hermosa caminata por el campo.

lunes, 14 de septiembre de 2026

Los libros de septiembre: obras de misterio con un toque original.

Os recomiendo, en esta sección mensual, en esta ocasión, unas pocas obras de misterio con un componente de originalidad:

-Perspectivas, de Laurent Binet. Tenemos una novela de misterio ambientada en la Florencia del Renacimiento tardío: un pintor ha aparecido asesinado en su casa, el crimen parece ligado a unas impactantes pinturas encontradas en su taller, y el duque Cosme de Florencia le encarga a Giorgio Vasari (el famoso artista e historiador de la época) la resolución del asesinato. ¿La originalidad? Está escrito en su totalidad a base de cartas, tanto entre gente común como entre algunos de los personajes más relevantes de la época: Catalina de Médici, un anciano Miguel Ángel Buonarroti, el escultor Cellini (autor de un Perseo situado hoy en la Plaza de la Signoria de Florencia que tenéis que ver: sobre todo, para encontrar el retrato del escultor en la nuca de la estatua), los pintores y sus ayudantes, el propio Vasari y sus colaboradores en la investigación... Aunque algunas misivas pueden resultar inverosímiles, no puede negarse que mantiene la tensión entre dos mundos obligados a convivir: las intrigas de corte entre Francia e Italia, y el universo particular de los brillantes artistas de Florencia.

-La trilogía del Comisario De Luca. Carlo Lucarelli se apunta a la fórmula que consiste en asociar a un detective (en este caso, el comisario De Luca, un hombre obsesionado por resolver misterios, a pesar de las asfixiantes circunstancias que le rodean) y una ciudad, Bolonia -en mi opinión, una ciudad estupenda para visitarla-. La clave aquí es el período histórico: su trilogía comienza en el período en que los Aliados acaban de conquistar Italia durante la Segunda Guerra Mundial -y donde van cayendo a trozos las estructuras generadas por el fascismo- y termina en la temprana posguerra, cuando los depurados por haber contribuido al funcionamiento del fascismo -como es el caso de De Luca- vuelven a incorporarse a la sociedad civil. En ese sentido (y como ocurría en la fantástica "La noche de los generales"), el contexto es casi más importante que el misterio, y es donde el personaje de De Luca gana profundidad. Muy buena lectura de fondo si tenéis la oportunidad de visitar Italia, o también si queréis viajar desde vuestra casa.

martes, 1 de septiembre de 2026

La historia corta (y real) de septiembre: "Los Reyes son..."

            Al chico le dijeron: “Los Reyes son los padres”. Pero él lo entendió mal: creyó que los Reyes Magos eran exclusivamente “sus” padres.           

            El problema es que se lo fue contando a todos los niños del pueblo. Pero lo peor es que el resto de los chavales le creyeron. ¿Y cómo no hacerlo? El padre del chico, calvo y con el pelo canoso, era clavadito a un Melchor que se fuera a poner en cualquier momento el turbante y la capa.

            Cuando el padre del chico fue a tomarse su sopa, observó cómo por la ventana había decenas de niños contemplándole con arrebato, aguardando expectantes su próximo paso. El hombre, desconociendo el motivo de tanta atención, no hizo nada: pero, cada vez que tomaba una cucharada de sopa, su mano no paraba de temblar.

            Para cuando el hombre fue a buscar sus zapatos en el arcón, los niños, imaginando que de ahí iba a sacar los regalos, no pudieron contener múltiples gritos de emoción… El hombre casi se muere del susto.

lunes, 24 de agosto de 2026

El relato de agosto: "Llanto de madrugada"

Ocurrió hace mucho tiempo. Antes de que algunos de vosotros nacierais. Parece que fue hace milenios, pero ocurrió en el transcurso de una vida humana.

Llevábamos días, semanas, meses, bombardeados con el anuncio de que Estados Unidos iba a invadir Irak. La sociedad (parte de la americana, mucha de la europea, masivamente la española) se manifestó en contra. Se difundieron mentiras -fue allí donde nació la posverdad-, se esgrimieron burdas justificaciones, se presentaron endebles pruebas. Se dieron muchos, muchos discursos, casi todos llenos de palabras huecas, de aire, de nada. Todos los pretextos parecían ignorar acusaciones mucho más firmes, e ir quemando de manera salvaje etapas hasta que, finalmente, se anunció un día y una hora, una fecha para la barbarie. El ataque empezaría en mitad de nuestra madrugada.

En aquella época, ella aún vivía conmigo. Recuerdo que nos levantamos a nuestra hora habitual. Creo que aún no era de día. No me acuerdo quién encendió la televisión. Y allí estaban: las imágenes casi cinematográficas, de luces blancas sobre fondo verde. Secuencias como de videojuego que simbolizaban la muerte de seres humanos delante de nuestras narices, sin que hubiéramos podido hacer nada para evitarlo.

Ella lloró. Ahora me acuerdo mejor: ella no se había levantado, lo había hecho yo. Yo la desperté en la cama, anunciándole que había empezado la masacre. Y entonces ella lloró. Preguntó: "¿de verdad lo han hecho?". Por lo visto, después de todo, en su ingenuidad, aún creía que las protestas, las súplicas, los gritos de razón desolada, iban a servir de algo. Y sollozó como si le anunciaran que habían matado a un vecino, a un primo, un hermano. Porque, al fin y al cabo, ¿cuál era la diferencia?¿Cuál sería la distancia, años más tarde, con Palestina, con tantos conflictos, una y otra vez?¿Había alguna distinción con eso que dijo Camus, sobre la guerra civil española, acerca de que había demostrado que se podía tener razón y, aun así, perder miserablemente?

Y yo la amé por eso. La amé por esa inocencia tan estúpida. La amé porque son esas debilidades que otros desprecian los que nos hacen sentir, amar, vivir de verdad. Son las que nos convierten en humanos.

Quiero encontrarme con más personas que lloren así. Quiero gente idiota que crea que puede cambiar el mundo, y lloren su fracaso de madrugada.

lunes, 17 de agosto de 2026

La historia corta de agosto: "Ojos así"

-¿De dónde has sacado esos ojos?

-De mi madre.

-¿Y tu madre?

-De un hombre que se quedó ciego, a quien se los compró a cambio de un saber inestimable.