domingo, 12 de julio de 2020

El libro del mes: "Manual para mujeres de la limpieza", de Lucía Berlín

En esta crítica literaria, contradiciendo mi costumbre, os esbozaré un par de presentimientos y de costumbres personales. Lo primero de todo, he de decir que desconfiaba de este libro de relatos porque me había encontrado con que dos personas se lo habían leído recientemente, y eso me apuntaba a que había sido sugerido por algún tipo de suplemento cultural. Y, para ser brutalmente sincero, desconfío de este tipo de publicaciones desde que supe que rara vez se leen a fondo las cosas que recomiendan (incluso las que recomiendan encarecidamente), y también desde que descubrí aquella corriente que apoya que la crítica literaria es un arte en sí mismo, incluso superior a la literatura (cosa que sólo puedo creerme o justificar cuando la obra a comentar no es muy buena: fijémonos si no en esta excelente crítica que hacen en El Comidista de la anodina serie Foodie Love; o en las "Sinopsis de cine" de Sanchidrián, cuyo propósito es completamente independiente del de la película comentada). Es cierto que existen muy buenas críticas literarias, pero cuando su objetivo es hacer arte por sí mismas en lugar de orientar al lector sobre si merece o no la pena leer un texto, entonces en efecto se las puede considerar como una entidad independiente, pero está claro que no cumplen la función para la cual muchos de los lectores las han abordado, y esto al menos debe advertirse (al igual que existen excelentes crónicas políticas pero si, para resultar más atractivas, no explican lo que ha ocurrido de verdad en el Parlamento, flaco favor te están haciendo). En todo caso, me aventuré a entrar en sus páginas (las de "Manual para mujeres de la limpieza", se entiende) y allí encontré toda una sorpresa. He de advertir que me he negado a abordar las introducciones del principio: prefiero leerlas al final, cuando ya he visto de qué van los relatos (y los prólogos me pueden aclarar lo que se me haya pasado por alto), antes de que algún pedante me llene de ideas preconcebidas -en ocasiones incluso falsas, con tal de construir una bella crítica literaria- y, como suele ocurrir en muchos casos, me destripe por adelantado todas las historias. Había un tercer factor que me hacía desconfiar de un libro de relatos recomendado (supuestamente) por un suplemento cultural: ahora mismo está muy de moda el tipo de relato el cual, en oposición a las reglas clásicas para un cuento recopiladas por Mark Twain (reglas que, como todas, están para romperse, pero si están ahí es porque tienen su parte de razón), no te cuenta nada en realidad, y te describe la simple inanidad. Esto puede resultar muy fructífero para un microrrelato que te describa casi una imagen fotográfica (la anatomía de un instante, podría denominársele). De hecho, su brevedad e intensidad permite crear escenas muy poderosas que se agarrarán a tu inconsciente, y confieren a un microrrelato esa capacidad tan explosiva que, bien trabajada, puede llegar a lograrse por ésta o por otras vías. Sin embargo, algunos autores, por razones de tendencia o necesidades editoriales, tratan de hacer de estas fotografías muy puntuales un relato más o menos largo y, obviamente, les sale lleno de espacios en blanco que intentan rellenar como pueden, las más de las veces sin conseguirlo (qué decir, entonces, de los magníficos cuentos que se convierten en novelas sin que haya ningún motivo para transformarlos, aparte de vender libros, y que acaban con nosotros sufriendo una pequeña tortura: los hemos vivido todos, ¿verdad?). 

Pero en este caso, Lucía Berlín no cae en este error: es verdad que sus relatos no tienen una direccionalidad ni un sentido claros; que no te están contando "una historia en particular". Podrían decirse que no van de nada en concreto. Pero no consisten en una fotografía, sino más bien en un vídeo; una sucesión de imágenes de las vidas de determinadas personas, como si las hubiéramos escogido a ellas y grabado con una cámara algún momento puntual de sus existencias. Y como estos personajes son tan coloridos, tan variados, tan llenos de matices, tan enternecedores y vulnerables, estamos deseando subirnos a su carrusel. Una amiga que comenzó el libro dice que tuvo el problema de creer que se trataba de una novela (a lo cual no ayuda que la autora le ponga su nombre, Lucía, a bastantes de los personajes), con lo cual no entendía nada y creía que la protagonista saltando de un sitio a otro; confusiones divertidas aparte, la cuestión es que no podría encontrarse un conjunto de relatos independientes donde la posibilidad de creer este esquema fuera mayor, ya que además de una ambientación geográfica común (un Estados Unidos algo arcaico, bastante miserable, con frecuencia sureño o en el entorno de frontera), los personajes de Lucía Berlín se meten en una variedad de fregados y contextos muy distintos, aunque en absoluto incompatibles entre sí: lavanderías, hospitales, escuelas, clínicas abortivas, mansiones aristocráticas... En las cuales se topan con jefes indios, caraduras indomables, bellísimas herederas, mujeres de la limpieza, profesoras de español, monjas, alcohólicos, drogadictos, individuos de manera constante al borde de la ruina, perennemente al límite de quebrarse, pero que de alguna manera sobreviven -siempre- un día más. Ya saliendo de lo literario (ahora sí que os doy permiso para leeros la introducción), si buceáis un poco en la biografía de Lucía Berlín veréis que tuvo una vida breve y convulsa, que muchos detalles de su periplo vital coinciden con las temáticas y localizaciones de sus cuentos (con lo cual cabe creer que muchas de sus experiencias fueran autobiográficas), y que seguramente era tan adorable y frágil como muchos de los alter ego de sus relatos. Los críticos la comparan con Hemigway y Carver, y aunque puedo coincidir con el primero en el sentido de que ambos necesitaban nutrirse de sus experiencias vitales para llevarlas al terreno de la literatura, los personajes de Lucía Berlín son más vivos, tienen mucho más color y son en general más complejos, en un universo más surrealista (o de un cierto realismo mágico, si lo queréis ver así) que los de los otros dos escritores. Así que, por una vez, estaré de acuerdo con los suplementos culturales en que "Manual para mujeres de la limpieza", editado a título póstumo como una selección de los mejores cuentos que en su día publicó en distintas revistas, es uno de los títulos más apasionantes de los últimos tiempos (incluso aunque aún me queden por leer unos cuantos, pues prefiero degustarlos a sorbitos pequeños, como dice Aristóteles que se ha de aprender, a semejanza a cómo beben los pájaros). Lucía Berlín tiene además una novela, "So long", con pinta también de tintes autobiográficos, que me recomendó el último librero con el que hablé -me encanta pedirle consejo a los libreros; otra cosa es que los siga a pies juntillas-, aunque no os puedo dar referencias directas. Y eso es todo: espero que disfrutéis con Lucía Berlín como lo he hecho yo y (de manera independiente) que os hayáis entretenido con esta crítica literaria. Nos leemos.

miércoles, 1 de julio de 2020

La historia real de julio. Lanzamiento de "Ciencia, y el Cosmos del siglo XXI", un tributo a Carl Sagan. Con mi pequeña aportación personal.

La verdad es que me hace mucha ilusión comunicaros este anuncio. Pero empecemos por el principio. Hace varios meses, Alicia Parra Ruiz y Quintín Garrido Garrido decidieron inicial un proyecto en el cual actuaban como coordinadores, y que constituía un gran homenaje al libro <<Cosmos>>, elaborado en los años ochenta por Carl Sagan y que constituía, junto con la afamada serie de televisión a la que complementaba, uno de los más difundidos y celebrados esfuerzos por divulgar ciertas cuestiones fundamentales de la ciencia al gran público. El proyecto actual consistía en "reconstruir", de algún modo, y ya entrado el siglo XXI, el libro original, encargando a distintos autores que lo volvieran a redactar a partir de los nuevos conocimientos de los que ahora disponemos, así como presentando su particular visión sobre cada uno de los temas. El esfuerzo realizado desde entonces ha dado sus frutos, y ahora tenemos este libro, Ciencia, y el "Cosmos" del siglo XXI, disponible de manera gratuita para todo el mundo con licencia Creative Commons, y que podéis descargaros en pdf aquí mismo (o en formato epub o mobi si lo preferís leer en el ebook).

Hoy es la presentación "oficial" y ante la prensa a lo largo y ancho del mundo castellanoparlante de un texto que puede atraer tanto a los que ya saben mucho de ciencia como para los que quieren aprender más de ella. Es posible, sin embargo, que no todos los títulos de los capítulos os interesen de igual modo, con lo cual podéis recurrir a un índice que os conducirá a cada apartado concreto. Como podéis ver, cada capítulo lleva aparejado no sólo la posibilidad de leer el texto o descargar del mismo en pdf, sino también (en algunos casos) una versión en inglés, e incluso un tema musical que viene a acompañar al texto, para que podáis ponéroslo de fondo y sentir que estáis escuchado la música de las estrellas (en algunos casos, mientras leéis acerca de las mismas).

Entre los autores con los que contactó Quintín Garrido estos meses, he de decir que tengo el privilegio de hallarme yo mismo, y que me sentí muy honrado desde el principio por participar en esta iniciativa. Y, en concreto, de todos los capítulos posibles que pude escoger para reinterpretar, me llamó la atención (ya sabéis, siento debilidad por los elementos solitarios y desamparados) el primero de los apéndices del libro, el cual trataba acerca de una cuestión matemática aparentemente sobria como la raíz cuadrada de dos. Sin embargo, como podéis leer en mi reelaboración del capítulo, esta disquisición aritmética esconde tras de sí una controvertida intriga histórica, que además nos ha servido de punto de partida para poder hablar sobre la forma en que se asienta el conocimiento, las dificultades que tienen las nuevas verdades para triunfar en la ciencia y, en definitiva (en un tiempo que nos ha demostrado lo difícil que es obtener certezas absolutas), cómo los científicos muchas veces tienen que hacer tripas corazón y reconocer, para que triunfe la ciencia en su conjunto, que su hipótesis no era la más cercana a la realidad que podía hallarse... incluso aunque la teoría que viene a sustituirla no nos entusiasme en absoluto.

Con el título: "Saber perder en ciencia: cuando no te gusta el resultado", este homenaje al "Apéndice 1: La reducción al absurdo y la raíz cuadrada de dos" del libro <<Cosmos>> de Carl Sagan, es mi tributo particular no sólo a aquellos hombres y mujeres que hicieron ciencia a pesar de todas las adversidades que se toparon por el camino, sino también de los esfuerzos por divulgarla. Podéis leer el texto en castellano, tanto en la web como en pdf, en inglés (he sido mi propio traductor, así que disculpad mis errores en una lengua no nativa) y, como en la versión del libro completo no he podido introducir por razones de espacio todos los detalles que hubiera querido, os dejo en la parte final de este post lo que hubiera sido la versión completa, para que elijáis cuál preferís explorar. No obstante, yo os animo a echarle un vistazo al resto de los capítulos de este blog, escritos por apasionantes y apasionados científicos y divulgadores, y que contienen títulos muy atrayentes que llaman muchísimo la atención. Yo, de hecho, ya le he echado el ojo a más de uno para leerlos con calma y mucha atención.

Pues eso, que disfrutéis con esta versión de Ciencia, y el "Cosmos" del siglo XXI que intenta ser (dentro de lo que cabe) el equivalente a lo que -para la serie original de televisión de Sagan- ha supuesto la actualización de Neil deGrasse Tyson, y que en todo caso trata de ser un pequeño granito de arena que contribuya a que todo el mundo conozca, ame y difunda la ciencia. Una herramienta cargada de belleza -incluso aunque no todas sus hipótesis sean hermosas- y que, sin duda, siempre vamos a necesitar.

Os dejo aquí abajo con la versión original del capítulo sin recortes. Que (cualquiera de las versiones que escojáis) la disfrutéis.


Apéndice 1. La reducción al absurdo y la raíz cuadrada de dos.
Los apéndices suelen resultar un hábitat particular, dentro del complejo ecosistema de las páginas de los libros, adonde van a refugiarse variados especímenes en peligro, incluyendo, entre ellos, abigarradas explicaciones que no tienen cabida en el discurso general del texto, o donde tienden a flotar -libres de la competencia de prosaicos conceptos- los más filosóficos y etéreos debates. En el caso del primer apéndice del volumen original de “Cosmos”, Carl Sagan es capaz de aunar ambas vertientes a lo largo de unas elegantes líneas. Obviamente, no es mi objetivo repetir lo que tan elocuentemente expresó Carl Sagan en su día, aunque trataré de resumirlo de manera sucinta, a modo de simple introducción.
Carl Sagan habla sobre la raíz cuadrada de 2 (√2), la cual tiene como resultado un número irracional, es decir, que no se puede expresar como una fracción entre dos números enteros (los números enteros son el 1-2-3-4, etc..., hasta el infinito; sus fracciones serían del tipo ¾, 2/5, etc...). Fueron los pitagóricos (es decir, un grupo de matemáticos dirigidos por Pitágoras) los primeros que descubrieron que la raíz cuadrada de dos era un número irracional, mediante un argumento geométrico. Dicho argumento estaba basado en una reducción al absurdo, que, como explica el propio Carl Sagan, es una forma de razonamiento en la cual inicialmente asumimos como cierta una afirmación, seguimos paso por paso sus consecuencias, y al final llegamos a una contradicción, demostrando de este modo la falsedad de dicha afirmación. En este caso, Carl Sagan utiliza también la reducción al absurdo, aunque esta vez desde el punto de vista aritmético, para llegar a la misma conclusión que los pitagóricos. Sin embargo, nosotros emplearemos este apéndice como punto de partida para algo ligeramente distinto.
Para empezar, para entender un descubrimiento científico, a veces hay que trabajar desde las motivaciones de sus descubridores. Partamos pues de los pitagóricos, y en concreto de Pitágoras de Samos, una figura cuya vida estuvo envuelta en la leyenda, a la cual contribuyó la fundación de su propia escuela de pensamiento. Dicen que tras el encuentro con un anciano Tales de Mileto (uno de los primeros grandes exploradores, el hombre que catalogó las siete maravillas del mundo antiguo), un Pitágoras que ya era discípulo del famoso Anaximandro se dedicó a viajar: habría llegado como prisionero de guerra a Babilonia, habría recalado en la India, y es más factible la noticia de su visita a Egipto. Las pocas y poco fiables fuentes que poseemos dicen que, en todos esos países, Pitágoras contactó con magos y sacerdotes para imbuirse de sus conocimientos, y en lo que coinciden dichos textos es en que más tarde partió hacia Crotona, Italia –alentado, entre otras cosas, por el destierro de su patria natal-, donde creó su escuela. Si hasta ahora la vida de Pitágoras nos ha parecido sorprendente, más extravagante nos resultará la forma en que se dice que él y sus discípulos convivían: eran vegetarianos, se negaban a vestir pieles de animal, divagaban en el mundo de la meditación y buscaban vivir en un perenne universo de pureza. La tradición ha atribuido a la escuela pitagórica un carácter netamente matemático, y es cierto que realizaron grandes contribuciones a dicho campo (aunque resulte difícil determinar qué logros pertenecen a Pitágoras, y cuáles a los miembros de su escuela, pues todos los descubrimientos se atribuían por defecto al primero), entre otros el teorema sobre el triángulo rectángulo que lleva el nombre del maestro, o la descripción de los distintos tipos de poliedros regulares -a los que, por cierto, va dedicado el segundo apéndice de “Cosmos”-. Sin embargo, la escuela de Pitágoras abarcaba mucho más: puede parecer un reduccionismo simplificarlos como matemáticos, pero sin duda ellos hubieran estado de acuerdo porque, para sus integrantes, el universo podía descomponerse en cifras. A partir de allí radiaban el resto de sus ideas, mucho más vinculadas a la religión y la metafísica: la inmortalidad del alma; su concepción general de un universo ilimitado donde Sol, la Tierra y los planetas giraban en torno a un fuego central que identificaban con el número 1; la relación profunda que subyacía a la astronomía, la música y la medicina, que no era otra que una concordia mística que se articulaba alrededor de las matemáticas y de sus representantes más perfectos, los números. La perfección de esta serie de abstracciones los embriagó, y de ahí que el descubrimiento de la raíz de dos, y todo lo que ello conlleva, supusiera un doble mal trago.
        Entrando ya en el responsable directo de tan endiablado entuerto, las cuestiones relativas a la raíz de dos fueron exploradas por el pitagórico Hípaso de Metaponto, entre otras cosas profesor de Heráclito, y a quien se le atribuye también el método para construir un dodecaedro engastado en una esfera, y el descubrimiento de la relación entre el grosor de discos de bronce y el sonido que éstos producen al golpearlos (idea que se relaciona con el conocimiento pitagórico de que la longitud de las cuerdas de un instrumento musical determina su sonido, y que entronca con la teoría de la escuela acerca de la armonía de las esferas celestes). El caso es que Hípaso, aun perteneciendo a la escuela pitagórica, era el líder de los acusmáticos, una sección de la secta que, pese a formar parte de la misma, no tenía la misma categoría que los “matemáticos”, los cuales se hallaban bajo la supervisión directa de Pitágoras y conocían la doctrina en su totalidad, privilegio con el que no contaban con los seguidores de Hípaso: aquello constituía un primer y desafortunado desencuentro. El descubrimiento de los números irracionales fue producto, según se dice, de la casualidad: el resultado de dicha raíz se llevaba buscando bastante tiempo, pues constituye la medida de la diagonal de un cuadrado cuyo lado tuviera una longitud de 1 y, creámoslo no, su valor tiene unas cuantas aplicaciones prácticas. Hípaso empleó la geometría para expandir los límites del saber hasta llegar una conclusión que a todos dejó traumatizados: la raíz cuadrada de dos tenía que ser, necesariamente, un número irracional. El sueño que los pitagóricos habían vivido era tan plácido, que el despertar trocó, de manera ineludible, en amarga pesadilla.
        Pero, ¿qué demonios les importaba a los pitagóricos que la raíz de dos no pudiera expresarse como la fracción de dos números enteros, y que en concreto correspondiera a un valor aproximado de 1,4 (Pitágoras, perdónanos si nos lees ahora mismo)? Pues que, obviamente, para gente obsesionada con la perfección, con la hermosura de las matemáticas, con la armonía de los planetas, las verdades tenían que ser expresadas mediante números perfectos, tales como los enteros, o al menos como fracciones de los mismos. Pero, ¿una cifra seguida por una lista de decimales que no termina nunca (los filósofos helénicos ni siquiera llegaron a ver eso; los números griegos no operaban con esas herramientas)?¿Qué clase de aberración era ésa? Por eso, el resultado obtenido por Hípaso les incomodó. Dicen que Pitágoras se negaba a que le hablaran de los irracionales. Durante años, los pitagóricos obviaron la cuestión disfrazando la raíz cuadrada de dos como si se tratara de un número entero en sí mismo. En todo caso, impusieron un absoluto secreto: la existencia de los números irracionales no debía salir nunca a la luz. Hípaso incumplió esa regla, y como castigo, cuenta el mito, fue asesinado.
Aunque, como tantas otras cosas alrededor de los pitagóricos, no hemos de fiarnos a pies juntillas de las leyendas. Desde luego, hay rumores sobre que Hípaso fue expulsado de la orden, y también sobre que falleció en un naufragio en extrañas circunstancias, en las que se ha querido ver la oscura sombra del suicidio (como castigo autoinfligido por romper la pureza de las matemáticas, y para así dar reposo a su alma, que se refugiaría en otro cuerpo) o, tal vez incluso, la mano negra de los miembros de la escuela, que lo habrían empujado al mar. Una versión más delirante nos dibuja al propio Pitágoras arrojándole del barco, doblemente avergonzado no sólo por haber sido incapaz de rebatir el descubrimiento de Hípaso, sino también porque la infausta verdad procedía del líder de una rama de la escuela considerada inferior, para más inri la némesis natural de Pitágoras, al constituir la única figura en Crotona que podía hacerle sombra. Especulaciones aparte, lo cierto es que el supuesto secreto se rompió y hoy sabemos que existen los números irracionales: de hecho, varios de ellos (como π, o el número phi, también conocido como “la proporción aúrea”) han resultado de gran importancia para la comprensión de las proporciones tanto en el interior de los seres vivos como de los cuerpos geométricos. Una conclusión que, a pesar de su ambición de consuelo, a Pitágoras no le hubiera satisfecho en absoluto.
Ahora vamos a avanzar unos cuantos siglos, hasta llegar a un nuevo (aunque no demasiado diferente) tipo de polémica. A lo largo de la década de 1920, Albert Einstein y Niels Bohr se embarcaron en un debate que redefinió los términos de la física. Einstein había elaborado, poco tiempo antes, su Teoría de la Relatividad, un rascacielos de postulados edificado durante los ratos libres de su empleo en la Oficina de Patentes de la -repleta de casitas bajas- ciudad suiza de Zürich, basada en concepciones sumamente teóricas y abstractas y que a pesar de ello explicaba buena parte del funcionamiento real del universo, como si hubiera sido propuesta por los antiguos pitagóricos en un arrebato de inspiración. Este “conejo sacado de la chistera” sigue aun resistiendo la mayor parte de los ensayos experimentales que han osado tratar de refutarlo, manteniéndose firme de un reto a otro. No obstante, Niels Bohr (el hombre que había creado una versión del átomo que superaba a la de su maestro Ernest Rutherford) dijo una vez una frase que Carl Sagan intenta reducir al absurdo en el ya mentado apéndice 1: “Lo contrario de cualquier gran idea es otra gran idea”. En este caso, la afirmación revela ser cierta -a pesar de lo que diga Sagan-, pues el paradigma opuesto que surge ante los axiomas de la relatividad es la teoría cuántica, sustentada en inicio por los descubrimientos de Max Planck y que propone una visión radicalmente diferente de la física, basada en probabilidades y en cuánto somos (y, sobre todo, no somos) capaces de observar y de medir. Einstein, de hecho, siempre rechazó aquella teoría -lo cual decepcionó a sus creadores, que se habían sentido en parte inspirados por él-, y convirtió la cuestión cuántica el punto central de las intensas disquisiciones que mantuvo con Bohr, en las que se llevó al extremo las posibilidades de la discusión científica. Famosa es la sentencia de Einstein de “Dios no juega a los dados con el universo”, pero no menos impactante fue la serie de acontecimientos que se inició cuando Einstein trató de reducir al absurdo la teoría cuántica al apuntar a que, de acuerdo la misma, dos partículas que hubieran entrado una vez en contacto nunca llegarían a estar del todo desconectadas. Para su incredulidad, los discípulos de la teoría cuántica analizaron aquella supuesta idiotez y descubrieron -también para su propia sorpresa- que era cierta, poniendo patas arriba los cimientos de todo su sistema de conocimiento, una vez más. Hoy en día, la contraposición entre teoría de la relatividad y teoría cuántica sigue adelante: la relatividad es capaz de explicar a la perfección lo que ocurre con las grandes masas (como una renovada revisión de la armonía de las esferas), mientras que la teoría cuántica describe con certeza matemática lo que sucede a nivel subatómico; sin embargo, en el conjunto, las dos visiones no son capaces de ponerse de acuerdo. Mientras tanto, algunos ansían y ponen su empeño en una Teoría Unificada que exponga con sencillez las leyes básicas del universo, a partir de las cuales las distintas fuerzas fundamentales se deduzcan de manera elemental. La teoría de cuerdas lo está intentando, hasta ahora con esquivo éxito, y la reciente confirmación del bosón de Higgs puede aportar nuevas luces sobre la estructura básica de la energía y la materia. Hoy día, sin embargo, el final de la búsqueda de esa teoría absoluta a la que la física aspira, como a un unicornio dorado, o una suerte de científico Santo Grial, sigue sin vislumbrarse.
Einstein se hallaba disgustado con la teoría cuántica porque, como fiel determinista, se sentía incómodo con unas premisas que otorgaban tanta relevancia a la probabilidad y a las cuantificaciones medidas por el observador. Sin embargo, él no llegó tan lejos, como Pitágoras, como para tratar de prohibir su divulgación (no hubiera estado en su mano y, en todo caso, seguramente su amor a la verdad no se hubiera permitido). De todos modos, no sería la primera vez, ni tampoco la última, en que la oposición de científicos más veteranos impide a una teoría joven y bisoña salir adelante. Un reciente estudio, incluso, ha llegado a proclamar que ciertas áreas de la ciencia sienten un reverdecimiento al fallecer científicos prominentes en dicho campo, como si la presencia de estas colosales figuras taponara el talento de poco reconocidos científicos que se atreven a oponerse a los dogmas aceptados de manera unánime. Max Planck, el padre de la teoría cuántica (aunque al primero que le desconcertó fue a él mismo) declaró: "Las nuevas ideas avanzan en ciencia no porque sean ciertas, sino porque sus enemigos fallecen". Quizás el mejor ejemplo lo encontremos también en el campo de la física con otro debate, el que tuvo lugar entre Rutherford (quien, además de ser maestro de Bohr, proporcionó el primer modelo atómico) y Lord Kelvin. Este último había hecho grandes contribuciones a la ciencia, pero contaba ya una avanzada edad y, desde su cátedra, se negaba a reconocer los datos que señalaban a que la antigüedad de la Tierra era en realidad mucho mayor que la que el propio Lord Kelvin había propuesto (por debajo de veinte millones de años). Por eso, cuando un imberbe Rutherford se plantó en una de las reales instituciones británicas, delante de un auditorio de 800 personas, para exponer cómo el fenómeno de la radiactividad apoyaba la noción de una edad del planeta Tierra de, al menos, varios cientos de millones de años, su única preocupación era lo que diría Lord Kelvin al respecto. El crucial acontecimiento se desarrolló en varias fases: lo primero de todo, durante la disertación, el venerable hombre que emanaba autoridad desde su atalaya se quedó dormido. Más tarde, parece que se despertó y colocó una sonrisa beatífica -producto de la digestión de una buena siesta-, momento en que Rutherford encontró la clave para convencer al eminente pope: citó en voz alta una antigua frase del maestro en la que expresaba que la edad de la Tierra debía de ser de unos pocos millones de años, mientras no se descubriera una nueva fuente de calor que explicara los resultados obtenidos. Rutherford proclamaba, pues, que Lord Kelvin habría sido el primero anticipar la existencia de esa nueva fuente de calor (que no sería otra que la radioactividad) y que, por tanto, era co-partícipe del reciente descubrimiento. Era un intento descarado de halagar la vanidad del anciano pero, como suele ocurrir en estos casos, la cuestión es que funcionó (la mayor parte de los que se oponen a un movimiento, después de todo, lo hacen por no sentirse parte central de él), y Lord Kelvin expresó un asentimiento complaciente. Fuera de la reunión, sin embargo, se dice que Kelvin siguió farfullando incoherentes y circulares diatribas en contra del principio de una longeva edad de la Tierra pero, para entonces, el obstáculo había sido salvado, y no por la fuerza la razón y la forma de comportarse de los hechos, como dicta la ciencia, sino empleando la psicología y la forma de comportarse los científicos, como dictan las relaciones personales. La ciencia, después de todo, tiene sus defectos, y éstos, como los inherentes a casi toda actividad humana, provienen fundamentalmente que quienes la hacemos consistimos en seres humanos también.
En este caso, hemos hablado de nuevos hallazgos pero, quizás, lo mejor que puede aportar el futuro, por parte de las generaciones venideras, es un punto de vista distinto, una perspectiva inédita. La mayor parte de las ideas originales no han llegado por seguir insistiendo por las mismas vías, sino mediante aproximaciones revolucionarias que se creyeron impensables en su día. Tal vez, al respecto, el mejor ejemplo que podemos aportar es una anécdota que se atribuye a numerosas parejas de aprendiz-maestro, entre ellas la más conocida de Niels Bohr y Ernest Rutherford. Según la leyenda, Rutherford habría preguntado, en un examen, cómo determinar la altura de un edificio a partir de un barómetro. La solución canónica es utilizar el barómetro para medir la presión en la base y en la azotea del edificio y, a partir de allí, mediante una sencilla ecuación matemática, deducir la altura del mismo. Bohr, sin embargo, respondió durante el examen: “Tiraría el barómetro desde lo alto del edificio y, en función del tiempo que tardara en llegar al suelo, calcularía la solución”. Rutherford -cuenta la anécdota- se quedó intrigado con la respuesta y citó a Bohr para un nuevo examen, donde él discurrió varias decenas alternativas de contestaciones, que iban desde utilizar el barómetro como una regla de medir en varias tandas, o pasarse por la casa del portero y solicitarle: “Me gustaría saber cuánto mide este edificio, le ofrezco a cambio este bonito barómetro”. De acuerdo a la historia, Rutherford le habría reprochado: “Usted sabe que ésa no es la respuesta que estoy buscando”, a lo que Bohr le habría contrapuesto: “Quizás entonces debería reformular la pregunta”. A veces el mejor favor que le podemos hacer a la ciencia es replantear las viejas cuestiones, para las respuestas no se vuelvan caducas desde antes de empezar. Es la única manera de agitar el árbol de Newton para que, con suerte, el fruto que caiga sea uno más sabroso. O, al menos, uno distinto a una manzana.
        En parte, la ciencia (como cualquier otro campo) consiste en eso: gente que llega con conceptos nuevos los cuales, a las pretéritas generaciones, se les antojan irreverentes, ofensivos, hasta cabría decirse que irracionales. Pero que encajan mejor con una forma de ver el mundo que deriva de cómo funciona éste, o de tal vez de cómo funcionamos nosotros. Los científicos, mientras tanto, van y vienen; hoy los defensores de la teoría cuántica y los relativistas siguen espiándose de reojo, mientras que los pitagóricos fueron expulsados de Crotona por culpa de los vaivenes que tuvieron lugar tras meterse en el poco racional ámbito de la política. La ciencia, sin embargo, y las aportaciones que unos y otros nos donaron, por muy abominables y distorsionadoras que pudieran parecer al principio, se deposita en el sedimento que va asentando en el ser humano, donde los episodios biográficos y las disputas entre científicos se soslayan para dar lugar a lo que de una manera muy cauta podemos denominar “la verdad”; por muy imperfecta, incompleta y desafiante que ésta resulte. Incluso aunque tenga que pasar por un par de reducciones al absurdo, o de reducciones al absurdo del propio absurdo para probarse. Al fin y al cabo, la cualidad principal de un científico es la curiosidad, y ésta debe hallarse siempre dispuesta a darle la oportunidad de sorprenderse. Carl Sagan lo sabía, y nos transmitió parte de su alegría al quedar impresionado con los portentos del universo. Él nos concedió ese regalo, y el mejor apéndice u homenaje que nuestra generación puede hacerle a “Cosmos”, ese legado único, es (pese a poseer una óptica distinta a la de nuestros maestros, o precisamente a causa de ello) seguir impactándonos. Maravillándonos, si es preciso, ante la perfección de la imperfección.

domingo, 28 de junio de 2020

Reencuentro


Reencuentro

                Le conocí superficialmente pero, aun así, me caía bien. Profesional en su campo. Defensor de la ciencia. Progresista. Yo colaboraba con él en un estudio de corte académico. Desarrollamos una investigación donde yo ejercía un trabajo de compilación y actualización de datos, una labor más mecánica que otra cosa, aunque creo que útil (me incluyeron en los agradecimientos del artículo), con lo cual nuestra relación tuvo lugar la mayor parte del tiempo a distancia. Me hablaron de su filiación a un partido político. Le felicité por correo electrónico el día que ganaron unas elecciones. Me contestó: “En cuanto vencen, siento que dejan de ser un poco los míos”. Me congratuló la respuesta, porque cuadra con mi sentimiento respecto a la política, donde uno no pertenece a un grupo humano o a un clan sino que crees en unas ideas, y por tanto eres leal a ellas y no a los que las traicionan en aras del poder o de cuestiones personales. Lo que últimamente ha venido en llamarse un partido instrumental, y que es lo que muchos creemos que debería haber sido desde el principio. La última vez que me lo encontré me quedé con un mal sabor de boca. Me lo topé por casualidad un día que visitaba aquel edificio que teníamos en común, en lo que esperaba fuera una misión breve y acelerada, y me sentí con la incomodidad de toparte con quien no esperas en el momento menos adecuado posible. Charlamos y, no sé muy bien cómo, aquello derivó en un debate, uno que estaba muy en boga aquellos días (¿cuándo no lo estará?) acerca de una generación de más edad que está claro que trabajó mucho pero que, en mi opinión, ha cerrado, en un exceso de ambición, las expectativas de la precarizada cohorte que la sucedía. Sin duda vosotros habéis visto ejemplos que justifican la discusión: individuos de sesenta años que defienden la política de recortes económicos, los cuales impiden que pierdan valor sus activos o su plan de pensiones, pero que no se dan cuenta de que esto dificulta el acceso a la universidad por parte de sus hijos (supongo que esperan garantizárselo ellos mismos pero, claro, uno cabe preguntarse qué van a hacer los hijos que no pueden confiar, para las cuestiones monetarias, en el paraguas de sus padres). Al mismo tiempo, supongo que la generación por delante de la mía rememora todos los trances que han atravesado -una dictadura, varias crisis, muchos años deslomándose a fondo, una legislación más dura en muchos aspectos- y se preguntan cómo estos pipiolos que acaban de llegar exigen cosas que en su tiempo no se daban por garantizadas. Es un debate legítimo, por supuesto, entre otras cosas porque da pie a múltiples matices. La cuestión es que en un momento determinado, en el fragor de la conversación (me emociono mucho durante esta clase de momentos; sin duda demasiado), hasta le llamé de manera algo enfática “hijo”, cosa de la que inmediatamente me arrepentí, no sólo porque no venía a cuento de nada aquella familiaridad, sino porque el otro me sacaba varias décadas. Mi interlocutor me replicó con otro “hijo” en la frase siguiente -que acepté como equitativo estoque de regreso- y recuerdo que a continuación me dijo que quizás las generaciones más jóvenes deberían reclamar con más fuerza sus derechos, tal y como hicieron las pasadas, cosa en la que le di la razón (en parte porque sí, porque la tenía, y en parte también porque después de mi salida de tono previa, quería terminar la charla de manera conciliadora). Y ésa fue la última vez que le volví a ver.
                Hace poco, he visto otra vez su nombre. Vinculado a un movimiento que tiene que ver en parte con la lucha generacional (de fantasmas del pasado que ya creíamos superados) pero, sobre todo, con el odio. No sé de qué extraña manera ha podido acabar este hombre, con sus antecedentes, en aquel punto. Con los datos que tengo, desde luego, resulta difícil dilucidarlo, y menos bajo aquel axioma de que para entender cualquier paso de un individuo has de recorrer, de principio a fin, su completa biografía. Pueden haber sido razones concretas, razones personales, quizás una complicada evolución ideológica y motivacional. Es posible que exista un motivo más o menos explicable, e incluso (arrepentido) me pregunto si el tono de la conversación que mantuvimos aquel día tuvo algo que ver. Pero, aun así, me resulta inconcebible. Sobre todo porque uno puede entender que -acerca del discurso de esa clase de grupos- haya aspectos muy concretos que seas capaz de discutir, matizar, justificar. Pero el argumentario en su conjunto resulta claramente infumable. Por la cantidad de colectivos contra los que atenta, por la insolidaridad general que manifiesta, por el aire destructor que mantiene, como los bárbaros que arrasan la hierba a su paso, sin mirar nunca atrás. Sigo sin entenderlo, pues. Podría tratar de indagar más a fondo para descubrir cómo ha ocurrido, pero no sé si me interesa recorrer cada uno de los escalones que puede llevar a una persona a ingresar en una asociación así. Es de aquella clase de preguntas que no te quieres realizar porque sabes que la respuesta tiene pinta de ser demasiado triste. Supongo que la historia de todo crecimiento personal pasa primero por decepcionarse con la generación de sus padres y, más adelante, decepcionarse con uno mismo. Quizás lo más sabio es aceptar simplemente que es así.
                Recuerdo una anécdota más sobre este hombre. Tiene un apellido curioso, por sus ancestros extranjeros (aspecto que a mí me encanta, pero que no sé si sus compañeros verían tan bien). Este apellido está relacionado con una vieja leyenda asociada a un héroe. De hecho, él solía contar que muchas personas le hacían el típico chiste referido a si era descendiente del insigne mito. Según él, su abuelo solía responder que no: que ellos descendían del villano. Por lo visto, el nieto rebuscó en la genealogía y se dio cuenta de que, en cierta medida (y dentro de lo en serio que pretendas tomarte las leyendas), tenía razón. Entonces pienso que quizás sea nuestro destino: bromeamos con el hecho de jugar a ser el malvado, y al final acabamos por transformarnos en él. O, como decía Nolan en su revisitación del murciélago oscuro, muere joven o vive lo suficiente como para convertirte en ya sabemos qué. Como he dicho antes, no puedo juzgar el caso (no quiero) porque no tengo información suficiente (no me atrevo) como para analizarlo a fondo. Seguramente porque prefiero quedarme con la imagen más positiva que guardaba en mi recuerdo. Sólo espero, con una petición callada, que algo como esto nunca acabe por ocurrirme a mí.

lunes, 22 de junio de 2020

Cuentos fantásticos (XI): La historia según Herbert Trust.

          La Historia según Herbert Trust.


            Corría el año 1959. Para entonces, Herbert Trust ya había publicado más de 22 libros y varios cientos de artículos en revistas especializadas. La Royal Academy of History británica había reconocido hacía poco sus méritos en una pomposa ceremonia de homenaje en la que se mencionaron, entre otros, su exhaustivo trabajo sobre la creación y reducción a cenizas de Cartago; sus estudios sobre de las sospechas previas de Julio César en referencia a su propia muerte; su análisis acerca de los formalismos legales relativos a la ejecución de Cristo; así como un ensayo sobre las teorías finales que Newton no tuvo tiempo (o tuvo miedo) de desarrollar. El Club de Amigos de la Edad Media le había nombrado presidente de honor, y los periódicos parecían ya dar por asentada su victoria en el caluroso debate sobre la muerte de lord Byron que tanto revuelo había causado durante los últimos meses.

            Sin embargo, y a pesar de este aparente éxito profesional, a pesar de encontrarse, sin discusión, en la cúspide de su carrera como historiador, Herbert tenía aún una pequeña espinita que le reconcomía las entrañas y que le llevaba a pasar sus solitarias noches en vela; un problema al que nadie le hubiera confesado jamás, aunque nada hubiera deseado más que llegar a hacerlo. De todas maneras, se lo contara a quien se lo contase, ya no tenía mucho remedio. Su último intento, El jardín de Marco Polo, había sucumbido en el más estrepitoso de los fracasos. Cuando se lo devolvieron de la editorial, sólo una breve misiva acompañaba al rechazo, y releerla tan sólo le acentuaba aún más el sabor de la amarga derrota que llevaba masticando mucho antes de confirmar lo que, por otro lado, ya esperaba, incluso desde antes de mandarlo.

            <<En cuanto a rigor histórico>>, rezaba la carta, <<el texto es prácticamente perfecto, señor Tweenlaid>>. La precaución de no usar su propio nombre tal vez fuera innecesaria, pero tras el bochorno del primer <<no>> a Las Rosas de Oscar Wilde, prefería mantener su intacta reputación de historiador al margen. <<El problema no es ése; como ya le expliqué la última vez, su capacidad para recrear con total exactitud entornos del pasado es extraordinaria, y minuciosos los detalles. Magnífico el decorado; no así la obra. Se aprecia, sin duda alguna, la influencia de Herbert Trust en sus textos>>. Cada tentativa, para su desgracia, era una oportunidad más de ser descubierto. <<Pero, desgraciadamente, eso no es suficiente. Seré franco, señor Tweenlaid, una vez más. El argumento es insulso, los personajes planos, los diálogos, prácticamente inexistentes, y la emoción brilla escandalosamente por su ausencia. Me sorprende además encontrarme con que apenas hay variación argumental apreciable entre las últimas tres obras que nos ha mandado, en las que tan sólo se altera el marco histórico. Mucho me temo que, de seguir en esta línea, será difícil, en un futuro cercano, podamos publicar alguno de sus trabajos en nuestra editorial>>. Pero siga intentándolo, no desfallezca, prestaremos vivo interés a todo aquello que nos quiera mandar, muy agradecidos, etcétera etcétera, en esa parte, todos los editores eran iguales. Herbert se mesó los cabellos con desesperación.

            No lo podía entender. Si algo le apasionaba de la Historia (con mayúsculas) era que se trataba sin duda de la mayor historia (con minúsculas) jamás contada. La realidad supera a la ficción, la verdad al arte, ésa era una de sus máximas. La vida de Julio César, su discurso en el Rubicón, su trágica muerte, eran hechos tan espectaculares que ni el mismo Shakespeare había resistido a la tentación de recrearlos. La Revolución Francesa, salpicada de ideales y de sangre, era, para Trust, más contundente que cualquier guión cinematográfico que pudiera ser escrito. Tenía que ser posible, por tanto, combinar una verdad fidedigna, una Historia sin chabacanas modificaciones (defecto que le rechinaba en todas las novelas históricas de éxito), y una ficción atrayente, un cautivador relato que conmoviera el corazón de los lectores. Un argumento que, a pesar de ser puramente inventado, y con personajes sobre los cuales no hubiera prueba alguna de su existencia, convenciera al más erudito historiador de que hubiera sido factible realmente y que, de hecho, había ocurrido. Y que, al mismo tiempo, fuera capaz de tocar esas delicadas fibras de la sustancia del hombre que algún aventurado teólogo, en algún arrebato de poesía, ha llamado, a veces, alma. Herbert Trust no quería un best-seller; no ambicionaba el dinero o la fama, más allá de la estrictamente académica. Tan sólo le hubiera gustado sentirse bien con lo que estaba haciendo: un pequeño reconocimiento, la satisfacción intelectual del trabajo bien hecho. Una palmadita en la espalda, por algo más que sus libros de historia. Combatir, con este logro, su soledad.

            Poco habituado a los fracasos, Herbert se negó a asumir las críticas. Nunca le atribuyó el desastre a su estilo literario (farragoso y demasiado cargado de detalles históricos, por otra parte). Los editores hubieran aspirado a reyes destronados, o que los enamorados hubieran comido perdices al final de cada cuento; pero aquello no siempre podía ser. Si la Historia había ocurrido de una determinada manera, Herbert no podía modificarla. Aquello hubiera significado una aberración, un sacrilegio. Si para publicar tenía que morir alguien que, en aquel momento, no lo había hecho, entonces prefería no publicar. No renunciaría a sus principios. No obstante, pensaba, ojalá la Historia le pudiese dejar algo más de margen a veces para escribir sus argumentos. Ojalá, en algunas circunstancias, fuera algo más flexible. Ojalá, en ocasiones, pudiera olvidarse un poco de sí misma.

            Finalmente, hizo un último intento. En un tiempo récord, ideó una historia en la época que mejor conocía, el período tras la primera guerra mundial, la repasó brevemente, y la mandó a los cuatro editores habituales. Las respuestas fueron igual de contundentes que las anteriores, si no más.

            Trust tuvo que tragar bilis y, en un momento determinado, explotó. Estaba simplemente cansado de la prepotente imperturbabilidad de la Historia. En un acto simbólico, de rebeldía absoluta, tomó el último texto del libro sobre el que había estado trabajando, un tratado sobre La Guerra de los 100 años, agarró la máquina de escribir y, por primera vez en su vida, inventó. Comenzó a escribir una Historia relatada a su gusto, unos personajes exclusivamente extraídos de su imaginación, un final a su entero capricho. Las teclas de la vieja Olivetti resonaban de rabia; un violento deseo parecía satisfacerse cada vez que cambiaba de línea, y una cruel sonrisa se dibujaba en su boca a cada párrafo. Finalmente, cuando le pareció que por fin había expulsado los malos espíritus a fuerza de aporrear las teclas, sacó el papel del rodillo y lo depositó casi con violencia encima de la mesa. Pensó al principio en destruir lo recién creado, pero lo meditó dos veces y decidió no hacerlo. No iba a publicarlo, por supuesto; pero le gustaba que estuviera allí. Era una prueba; la demostración personal a sí mismo de que, por una vez, el académico, el erudito, había desafiado a la ciencia a la que tanto reverenciaba. En aquel momento, le parecía haberse desembarazado de unos pesados grilletes; se sintió completamente libre.

            Esa noche consiguió, por primera vez en varios días, dormir de un tirón. Al día siguiente se levantó, se afeitó, y marchó a la Royal Academy para consultar alguno de los libros de la biblioteca. Almorzó allí en compañía de dos de sus colegas. Charlaron sobre temas más o menos intrascendentes. Finalmente, uno de ellos le preguntó sobre qué estaba trabajando en ese momento, a lo que Herbert respondió. No advirtió, sino unos segundos más tarde, que sus compañeros le contemplaban estupefactos. Herbert se planteó si había realizado algún gesto maleducado con los cubiertos. Paró de comer y preguntó qué era lo que ocurría, a lo que uno de sus compañeros comentó intrigado: <<No, nada, es que, simplemente, no habíamos oído nunca hablar de la batalla de Crecy>>. Herbert levantó una ceja: <<Eso es imposible. Es la batalla clave de la Guerra de los Cien años. Vosotros habéis investigado sobre asuntos relacionados. De hecho, si empecé este libro fue a raíz de una conversación que tuvimos hace unos meses sobre este tema>>. Sin embargo, no obtuvo la respuesta que él esperaba. Sus amigos le siguieron observando con el mismo aire interrogante. Confuso, Herbert continuó comiendo, diciéndose a sí mismo que consultaría sus fuentes, o que le preguntaría a más colegas, aunque, reiteradamente, se decía a sí mismo que era inexplicable (no, no, definitivamente imposible, ¡imposible!) que este episodio no fuera conocido por dos eruditos como los que se encontraba ahora en la mesa. Sus compañeros, aún intrigados, desviaron la conversación hacia otros asuntos. Sabían que su compañero era más docto que ellos sobre este asunto -como acerca de casi todos- y asumieron que debía de referirse a algún hecho escasamente conocido del que tan sólo unos pocos habían oído hablar. Herbert permaneció tranquilo hasta que uno de sus colegas le espetó: <<Oye, Herbert, ¿tiene esa batalla algo que ver con la historia del asesinato del conde Witmore?>>. Y, entonces, sus amigos vieron a Herbert palidecer.

            <<¿Dónde has oído esa historia?>>, interpeló secamente. ¿Cómo?, respondieron. Sí, que de dónde la habéis sacado. <<¿Nos estás tomando el pelo, Herbert?>>. No, claro que no. Os lo juro. Alguno de ellos parecía ofenderse ante lo que ya daba la impresión de tratarse de una broma de mal gusto. <<Vamos, Herbert. Sabes como yo que es una historia de dominio público. Hasta los legos en la materia la conocen. Por Dios, si incluso se ha hecho una película>>. Al contemplar su rostro de estupor, este mismo amigo le resumió brevemente la historia. Y cuando el que hablaba terminó su alocución, y levantó la vista, sintió, hasta en sus propios huesos, el escalofrío de terror que a Herbert estaba sobrecogiendo.

            Porque el asesinato del conde Witmore, se lo había inventado Herbert… ayer.

            Volvió lo antes que pudo a casa. Buscó el papel al lado de la máquina de escribir. Allí estaba, tal y como él mismo lo había redactado. Agarró entonces uno de los libros que utilizaba como fuente en sus investigaciones; lo abrió por el capítulo correspondiente; lo cerró; lo volvió a abrir; lo releyó; parpadeó varias veces. Tomó otro libro. Volvió a encontrar lo mismo. No se fiaba de sus sentidos.

            En todos sus libros, se encontraba, relatado, el asesinato del conde Witmore.

            Trató de buscarle una explicación lógica. Sin duda, lo que había escrito el día anterior estaba influido por sus lecturas anteriores. Claramente, había leído acerca de ese episodio histórico tiempo atrás y, aunque no se acordaba de él, sí que se había almacenado en su subconsciente de tal modo que, al escribir, había contado un  hecho histórico el cual había creído ficción de su mente. Claro que esto no explicaba que la batalla de Crecy hubiera desaparecido de la memoria de los hombres… y de las páginas de sus libros. Aquella explicación tampoco eliminaba la posible objeción que argumentaba que, si el asesinato del conde Witmore era tan importante, él lo hubiera relegado a un segundo plano en su memoria. Sin embargo, no podía pensar en otra teoría. Racional, se entiende. La otra opción era… simplemente inimaginable.

            Para sacudirse los fantasmas de la cabeza, decidió repetir el experimento. Cogió máquina de escribir (la limpió, pensando iluso que eso podría servir para algo), papel, y volvió a inventar. Esta vez, algo importante, contundente. Napoleón no cae en Waterloo. Uno de los capitanes ingleses, Stockbridge, traiciona a su patria y le revela al Emperador los planes del enemigo. De esta forma, Bonaparte vence en la batalla y prolonga su poder durante diez años, en los cuales Stockbridge –a pesar del recelo habitual de Napoleón por los hombres que fingen servir a un bando para luego abandonarlo-, se convierte en uno de sus principales aliados. Diez años después, Napoleón cae bajo una emboscada que Stockbridge, traidor ahora contra su nuevo amo, urde al intuir que la cercana muerte de Bonaparte puede desestabilizar su imperio, y ponerle a él mismo en manos de la justicia inglesa. Finalmente, la captura del francés desemboca en el perdón para Stockbridge y la rehabilitación de su nombre, de tal forma que años más tarde, y cuando se disipa suficientemente la sombra de su primera traición, llega a convertirse, paradojas de la vida, en el más grande Primer Ministro de Inglaterra que recordaron los tiempos.

            Lo terminó, lo puso esta vez bien alejado de la máquina de escribir, y esperó un tiempo. Media, una hora. Lo suficiente para estar seguro. Después, abrió sus siempre leales libros. No podía creerlo. Abrió de golpe las ventanas, salió al balcón, y miró al centro de Trafalgar Square. Efectivamente…

            Allí estaba, verdosa, y oxidada, por el paso de los años, la centenaria estatua de lord Stockbridge.

            Había cambiado la historia. Y lo que es más… había creado a un hombre.

            Lo que se le descubrió a Herbet Trust a partir de entonces fue un mundo de sensaciones que hasta antes sólo había tenido la oportunidad de disfrutar Dios, quizás, durante los primeros seis días de la creación del cosmos. Se presentaba ante sí un horizonte de posibilidades que ni él mismo era capaz de asimilar. Un planeta, que se había revelado tan plástico y mutable como lo eran las corrientes de los ríos o los dibujos realizados en la arena. Un universo, que, en aquellos instantes, parecía estar por completo a sus pies.
           
No se trataba de una cuestión, como fuera comprobando, de si usaba o no esa máquina de escribir, u otra, la pluma y el papel, o si esperaba un segundo o mil años… Era él. El simple acto de redactar determinaba el principio y el fin de las cosas, el cambio o la permanencia, la realidad, o el sueño, la vida… o la muerte.
           
En un inicio, explorando aún sus recién adquiridas habilidades, probó cosas sencillas, pequeños detalles, que luego destruía (la simple combustión de sus legajos en la chimenea daba la impresión de bastar), para ir tanteando sus posibilidades. Una fecha por aquí, un acontecimiento por allá. Los libros de historia, sus compañeros, las noticias en los periódicos, todo se adaptaba mágicamente a sus nuevos cambios. Primero, lo entendió como un castigo, una maldición a su egoísta deseo de imponerse sobre la realidad, una reprimenda a su naturaleza arrogante. Más adelante, sin embargo, conforme observó que aquel mágico poder no revelaba ninguna clase de funesta consecuencia, lo asumió como una especie de encargo que la Divina Providencia (o el Destino, quizás) había dejado a su alcance, tal vez por suerte, o tal vez con un objetivo concreto, y mucho más decisivo aún. A Trust, desde luego, no se le ocurrió otra explicación mejor. La Historia humana estaba cargada de fatalidad y miseria durante sus cientos y miles de años existencia. Guerras, muerte, destrucción, tortura… Cada uno de estos hechos podía cambiar con tal sólo un par de palabras en tinta negra o unas cuantas frases manuscritas en un trozo de papel. Una tarea tan importante, que rompía el mismo derecho al libre albedrío de los hombres, no podía ser encomendada a un ser humano cualquiera. ¿Cómo dejar este privilegio en manos de un ser despótico, cruel, egoísta, que lo utilizase para su propio beneficio? Pero no; le había sido concedido a él, Herbert Trust; un hombre temeroso de Dios, una hombre con principios. Una persona honesta. Un Ciudadano (pensaba en ese término como lo utilizaban los Ilustrados franceses de la Enciclopedia) que, además, se preocupaba lo suficiente de la Historia y conocía lo bastante acerca de ella como para ser el más (no, el único) adecuado para encomendarle dicha misión. En él, sin duda, había sido depositada una gran responsabilidad: la de arreglar los desatinos de los seres humanos en su conjunto. No podía defraudar dicho objetivo… Se sintió pletórico de ganas, henchido el orgullo, y procedió rápidamente a intentarlo.
           
Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no iba a ser tan fácil como parecía y, de hecho, acabó por parecerle imposible. Todo al final acababa resumiéndose en el mismo problema: cada cambio en la Historia, cada guerra evitada, incluso cada pequeño e insignificante hecho que Herbert modificaba, tenía a largo plazo, después de una interminable sucesión de eventos concatenados, una repercusión enorme, e impredecible, en los acontecimientos futuros. O, respondiendo a la vieja máxima, el aleteo de una mariposa en Bombay provoca un terremoto en Nueva York. Incluso las más ligeras e intranscendentes variaciones, por más que fueran suavizadas, tenían un impacto en el presente mucho más fuerte de lo que Herbert jamás hubiera deseado. Se sorprendió cambiando de gobierno, país o sistema político a cada golpe de tecla, cambios que, como rápidamente contempló Herbert, eran automáticos y afectaban a su vida de manera directa cada vez. Un día, de hecho, cierta migración en masa desde Inglaterra provocó que él mismo se viera, una mañana, como un ciudadano alemán que apenas podía pronunciar una palabra de inglés, debido a que su familia había formado parte de dicha migración. Estas situaciones eran un poco extrañas porque, al mismo tiempo que conservaba la memoria de su existencia original, la primigenia, también recordaba las cosas que su “otro yo”, el que vivía en esa especie de universo paralelo, había contemplado a lo largo de toda su existencia. Y rememoró el día de su boda, o el nacimiento de sus hijos, acontecimientos que, en su vida anterior, nunca le habían ocurrido en la ¿auténtica? realidad. Afortunadamente, un gesto tan sencillo como quemar las hojas –que, gracias a Dios, nunca desaparecían, siempre estaban allí, acompañándole a todas partes-, bastaba para deshacer el entuerto, y modificar otra vez el relato, aprendiendo de los errores cometidos. Pero lo que quedaba muy claro era que no bastaba con arreglar una situación en el pasado para creer que, por ello, la Historia había cambiado para mejor… porque cada pequeña variación desencadenaba una sucesión de consecuencias que, sin haberlo previsto, podía ocasionar un desastre de proporciones, quizá, insondables. Y, por más que intentaba arreglarlo, cada variante llevaba a una nueva encrucijada, y cada encrucijada a una nueva pregunta, y cada pregunta a una nueva variante, y a un mismo problema. Pensó que si tal vez rescribiera toda la Historia de principio a fin podría poner algo de orden y armonía al conjunto que, tomado en bruto, parecía tan difícilmente manejable, pero pronto renunció a ello… Había demasiados acontecimientos históricos que se ignoraban sobre épocas pretéritas, y el desconocimiento de estos hechos, al escribirse –o, peor, al no anotarse-, llevaba a callejones sin salida de donde no se podía sacar nada en claro. De hecho, la primera vez que lo intentó volvió a encontrarse en la época de los cruzados y los juglares, a pesar de que, en el tiempo, seguía viviendo en lo que correspondía al año 1959. Así pues, había ciertas zonas temporales que no debían, no podían, modificarse. Otra solución era cambiar sólo ciertas partes, más cercanas en el tiempo, y continuar la Historia hasta la época actual para así controlar el final de los hechos. Sin embargo, siempre se escapaba algo, un minúsculo detalle que alteraba todo el contexto, y nunca se sabía que era peor, si el remedio, o la enfermedad. Una vez, consiguió evitar los estragos de una terrible epidemia y, sin embargo, anticipó con ello la llegada del mercado de la droga (que el 1959 original de Herbert nunca llegó a conocer) hasta el año 1912. ¿Qué era más terrible, la inmensa masacre de una abominable enfermedad, o la que se producía en las calles de su Londres actual desde hacía 47 años? Trust al fin claudicó. La gota que colmó el vaso fue cuando, al evitar la Gran Guerra de 1914, se encontró con que ésta estaba a punto de estallar, y con características aún más malévolas, en 1959. Definitivamente, él intentaba arreglar la Historia, pero los pequeños entes individuales, aquellos a los que nadie prestaba atención (un día era un americano el que había inventado la bombilla, el otro un holandés que, por circunstancias del destino, se encontró antes con la oportunidad de hacerlo, y así en todos los campos, incluyendo la política, donde los nombres cambiaban tan a menudo que Herbert no podía recordarlos), se le aparecían y se empeñaban en desbaratarlo todo. Conforme derribaba unos dictadores, crecían inmediatamente otros distintos. En definitiva, Herbert comenzó a sentirse un poco como Penélope, que trabajaba en su tela durante el día y deshacía todo lo logrado durante la noche. Aquel año, su chimenea estuvo terriblemente ocupada.
           
Visto entonces que pocas mejoras (un par no obstante logró) podían obtenerse para el género humano, Herbert pensó, entonces, que tal vez podía otorgarse a sí mismo, en justo premio por sus desmesurados esfuerzos, algún pequeño capricho. También empezó con cosas simples al principio, pequeñas facilidades cotidianas, o la eliminación de insignificantes obstáculos que hacían su vida un poco más complicada de lo que a él le gustaría (ahora que estaba enfrascado en su inagotable tarea de modificar el curso de los tiempos, y tenía tan sólo breves momentos para ocuparse de sí mismo). Pequeños merecimientos que no hacían daño a nadie, que no tenían consecuencias tan rocambolescas como las alteraciones que provocaba para intentar beneficiar a la humanidad, y que sólo hacían su vida un poco más agradable y tranquila. Así empezó todo… al principio.
           
Después investigó. Discurrió sobre las posibilidades. Descubrió que podía crear personajes a su antojo y destruirlos de la misma forma. De repente, una vez más, acechó a su corazón la sensación de soledad. Quiso recordar (aunque sólo fuera a través de una falsamente adquirida memoria) el haber estado emparejado con alguien anteriormente… quiso experimentar el amor que, a ciencia cierta, nunca creía haber sentido… Cierto que, durante las pruebas con la Historia en su conjunto, habían ocurrido cambios con respecto a sí mismo, pero en aquel momento, amarrado como estaba a un más colosal proyecto, no les prestó demasiada atención. Ahora, sin embargo, debían convertirse en el centro de su experiencia. En este momento, él era el protagonista.
           
Construyó la más grande historia de amor jamás contada, con la triste certeza, sin embargo, de que nadie iba a leerla jamás. Aún así, merecía la pena. La escribió, esperó, y de repente, los recuerdos empezaron a aflorar a él con toda su claridad y nitidez… la sonrisa de su amada, sus caricias, las largas noches hablando con ella, su boda… su trágica muerte… Se descubrió con su casa  llena de fotografías de una persona a la que evocaba con tanta nostalgia como si la hubiera conocido veinte años atrás cuando, en realidad, sólo tenía conciencia de ella desde hacía diez segundos… aunque no tuviera esa sensación.

            Un día, sin embargo, decidió que no bastaba con limitarse al aséptico ensayo de laboratorio que implicaba modificar sus recuerdos, y que éstos tuviesen una cierta influencia sobre el presente. Se requería algo más. Buscaba una modificación sustancial del momento, algo impactante, un giro de 360 grados. Y, finalmente, lo intentó. Escribió, se tumbó en un lado de la cama, comenzó a dormir… y, en mitad de la noche, despertó con un escalofrío. Miró a su izquierda… y allí estaba ella. Como ayer, y como antes de ayer, aunque él no lo hubiera sabido hasta hoy. Y allí estaría siempre, mientras él no cambiase la Historia.

Con el tiempo, a Herbert Trust, como a casi todos los presuntos idealistas, como a Dorian Gray (que pretendía usar su retrato como instrumento benefactor y lo acabó convirtiendo en refugio de sus vilezas), se le olvidaron sus propósitos originales. Como casi todos los revolucionarios, acabó luchando sólo por el poder, y no por unas convicciones. Como casi todos los hombres, acabó perdiendo de vista el objetivo primigenio, ante la dificultad de su realización, y se conformó con metas más factibles y personales. Como casi todos nosotros, acabó tan sólo por mirarse a sí mismo. Y es que por fin comprendió algo que, a pesar de sus muchos años como historiador, no había sido capaz de entender jamás… Y es que el pasado, como ya afirmó Asimov, no es sólo lo que hicieron lejanos personajes en épocas pretéritas… Es hace un año, hace un mes, hace un día, un minuto. Que, como afirmó la generación del 98, por debajo de la Historia, con mayúscula, equiparable al oleaje de los mares, está la intrahistoria, del pueblo sencillo, que muestra un volumen mucho más inmenso de agua por debajo de la superficie, la cual discurre silenciosa, o entre sigilosas corrientes. En definitiva, que cambiar la Historia implicaba poder cambiar su historia, la personal, la propia. Su misma vida. Herbert comprendió al fin que no se cometen errores si se puede marchar atrás en el tiempo. Que cualquier frase mal pronunciada puede ser de nuevo declamada, que los acontecimientos posteriores te enseñan en qué fallaste y te llevan a corregir, con pluma y papel, o con Olivetti, esos errores que nunca debieron cometerse y, de hecho, nunca se cometieron. Herbert, incluso, pudo planear algo que ni el mismo Alfred Hitchcock, con todas sus películas, ni la sibilina Agatha Christie, con todos sus libros, habían conseguido… el crimen perfecto. Sólo cuando tienes varias oportunidades, es cuando tienes la posibilidad de corregir todos los posibles defectos. Sólo cuando te han cazado varias veces, sabes exactamente cómo lograr que no vuelva a ocurrir. Y lo peor de todo, es que Herbert lo experimentó… y llegó a conseguirlo.
           
Lo logró todo. Todo cuanto se puede desear en la existencia. Dinero, poder, impunidad, lujuria… Herbert paldeó los siete pecados capitales, y los saboreó hasta que su sed quedó saciada. Disfrutó de los placeres y los vicios, de la virtud y el pecado… Manejó vidas, creándolas… y destruyéndolas… Vivió, y dejó vivir... siempre bajo sus directrices.
           
Sin embargo, un solo defecto, uno solo, fue el que le encontró a su sistema. Y era, simplemente, su incapacidad para escribir de manera directa el futuro a su conveniencia. Por mucho que lo intentó, nunca le fue posible. Por tanto, cada vez que quería modificar alguna circunstancia adversa, tenía que rescribir el pasado, modificar las circunstancias… y esperar que todo fuera bien. Era una especie de tira y afloja, de ensayo-error, que a la larga, tenía éxito, pero era, sin discusión alguna, un método tedioso, y lo que es más, irritante, que le obligaba a perder el tiempo en correcciones absurdas que, pensaba él, le restaban calidad de vida para disfrutar de las ventajas que ansiaba obtener. De tal manera que a Herbert, a veces, le hubiera gustado disponer de la posibilidad de que -si no él- alguna otra persona pudiera alterar en su nombre el futuro. Sin embargo, esto no parecía ser posible.
           
No obstante, cuando te acostumbras a que hechos que nunca imaginaste te acontezcan, cuando comienza a ser demasiado usual que tus deseos se cumplan, entonces dejas de ver imposibles. Y, en ese momento, empiezas a buscar soluciones alternativas. Y, muy habitualmente, las encuentras. Herbert lo consiguió. Ideó la forma de modificar el futuro a voluntad propia, utilizando otra persona como instrumento. Anteriormente, ya había demostrado lo fácil que era crear vidas… Ahora rizaría el rizo: se inventaría a sí mismo. Literalmente.
           
Lo planeó todo. Buscó una época y un lugar más o menos interesante para colocarse a sí mismo en el pasado. El París de finales del XIX, por ejemplo. Luego se describió a sí mismo en los sucesivos folios que, conforme se iban redactando, iban haciéndose realidad. Se colocó, como personaje, en un entorno definido, y aquí venía la dificultad: anotó, muy específicamente, que este personaje (tan histórico, tan real, y tan imaginario como él mismo) conocía su propia existencia en 1959 y su facultad de cambiar el pasado. Y, tenía al mismo tiempo, la capacidad de transformar el futuro, el de cualquier época, del mismo modo en que Herbert lo hacía, simplemente redactándolo. Adjuntó Herbert una carta que debía llegarle a su homólogo en una determinada época de su vida, y que le explicaría todos estos hechos y le propondría un trato de beneficio mutuo, de tal forma que ambos procurarían colaborar recíprocamente en las variaciones en la Historia que ejerciesen, al mismo tiempo, y con las mismas manos; hoy por ti, mañana por mí. Su forma de comunicarse sería a través de misivas que se irían mandando periódicamente y que aparecerían, como por arte de birlibirloque, cada cierto tiempo, junto a la máquina de escribir. Cuando terminó, Herbert contempló su obra admirado. Sentía que había hecho magia.
           
No tuvo que esperar mucho antes de obtener la respuesta. Ésta apareció a los pocos días. Durante ese tiempo expectante, Herbert estuvo maldiciéndose a sí mismo por creer en ese infame truco de prestidigitador que le había hecho perder tiempo y fuerzas. O pensó, angustiado, que tal vez su homólogo se tropezase con problemas, o que no hubiera recibido la carta, o que no supiera emitir la respuesta, o que ni tan siquiera le creyese. Mil ideas se le pasaron por la cabeza, y aceptó y desechó como buenas todas ellas, varias veces cada una. Finalmente, las dudas se despejaron. Herbert se sintió, estremecido, como una de esas fantasías que Borges hilvanaba a partir de personajes que se imaginaban los unos a los otros y que, de esa manera, se hacían más reales a ellos mismos. Se sintió verdad y mentira, carne y alma, sueño y pesadilla y, cuando contemplaba su imagen en el espejo, se preguntaba, intrigado, cuál de los dos Herbert Trust era el que se reflejaba allí… quién se hallaba al otro lado.
           
Pronto se dio cuenta de que su hermano, su compañero de tragedia, no era exactamente igual que él. Sí, tenían la mayor parte de las características en común, pero eso no lo era todo. Al fin y al cabo, el hombre es una mezcla de genética y ambiente, y como tal conforma su carácter. Herbert había creado para su homólogo una biografía, unos hechos que giraban a su alrededor, un contexto histórico, y su gemelo no podía sustraerse a ello, igual que Herbert no podía olvidar que buena parte de sus concepciones y modo de ser procedían de ser un habitante del 1959. Y, como habitualmente ocurre entre extremos iguales, que, de ser tan similares, se distancian tanto; que de ser tan parecidos, desprecian en mayor medida sus mutuos defectos; como entre el abuelo fascista y el nieto comunista, como entre el radical de una doctrina y el radical de la contraria (que en el fondo, a los ojos de Dios, y de Borges, son el mismo hombre), los dos Herbert Trust llegaron a detestarse. Primero fue un ligero distanciamiento, una sensación de no pertenecerse a sí mismos a pesar de compartir cuerpo y buena parte del alma. El Herbert del XIX no le perdonaba el haberle creado exclusivamente con fines egoístas, y el Herbert del 1959 renegaba de él por no reconocerle como creador, como su propio Dios dador y receptor de vida, por negarle el respeto. Luego, surgió la sospecha mutua, el recelo sobre ese hombre que, desde tan lejos, y sin haberle visto nunca, podía llegar a ejercer tanta influencia sobre su vida. El Herbert de 1959 se dio cuenta de que había creado un arma de doble filo, y que, si bien su homólogo podía beneficiarle, también podía destruirle. ¿Qué pasaría al dar la vuelta a la manzana?¿Se encontraría un regalo inesperado, o un accidente dispuesto a cercenar su vida?¿Sería su compañero (¿sería él mismo?) tan maligno, tan infame (¿era su alma así, por otra parte?) para, mediante algún misterioso virus, conseguir paralizar sus manos, de tal manera que no pudieran volver a escribir? No lo sabía… no se atrevía a imaginarlo. En todo caso, el otro compartía unos recelos iguales, o bastante parecidos, aunque ninguno de los dos lo confesaba. Perdieron el control. Nunca se mataron, o se destruyeron, más que nada porque, al no saber del todo en función de qué se ejercía esta magia bienhechora, temían que lo que le ocurriera al uno pudiera acarrear consecuencias inimaginables para su partenaire. De hecho, llegaron a pensar que si el uno existía, lo hacía porque el otro escribía acerca de él. El miedo, el escalofrío que te recorre la espalda, que te dice que tu vida ha dejado de depender de ti, les atenazaba como un nudo en la garganta. Ni siquiera se esforzaban en mejorar sus propias vidas, que se iban deteriorando día a día, sino simplemente, en vigilar las actividades del otro, releyendo una y mil veces las cartas que el contrario les enviaba, que cada vez eran más crípticas, menos frecuentes, más mentirosas, y que revelaban, con el tiempo, la falta de confianza suficiente para confesar sus verdaderos secretos a un extraño. No se fiaban. No creían en su propia fidelidad. Conocían las ponzoñas de sus almas y, precisamente por ello, no podían llegar a amarse. Hicieron uno o dos vagos intentos de reconciliación, pero nunca funcionaron. Ni siquiera el Herbert de 1959, a pesar de ser el autor primigenio de esta parodia, pensaba por ello que estaba en una situación ventajosa. Porque, al fin y al cabo, había ocurrido hacía tanto tiempo, ¿quién había creado a quién? Estaba claro. Nunca podrían vivir tranquilos el uno con el otro. Y era mejor una guerra declarada, sin cuartel, a cielo descubierto, que una sospecha invisible que nunca terminaba de fraguarse y que estaba erizando sus nervios. Así pues, lo establecieron: la pelea no sería a través de escritos que cambiasen la historia personal del otro (de haber sido así, temía Herbert, el daño que podrían hacerse mutuamente sería inefable), sino de un modo a la antigua usanza. Cogerían un momento concreto en el tiempo, más o menos intermedio entre las dos épocas en la que se encontraban: cada uno de ellos interpretaría un personaje, y ese personaje tendría la capacidad, y la oportunidad, de alcanzar el poder en la Historia. Con el tiempo, sus imperios se harían tan fuertes, que no tendrían más remedio que colisionar y, de esta manera, decidir el destino final de ambos, en una suerte poética, que le recordaba a Herbert (¿el uno, los dos, quién sabe?) la de los guerreros medievales en sus  sangrientos duelos a muerte. Finalmente, después de tanto hablar sobre la Historia, y sus personajes, Herbert participaría de ella, como un miembro más de la misma. Otras personas escribirían sobre él, de la misma forma que él había hecho, y redactaría esta vez Historia no con lápiz y papel como había hecho siempre, sino con sus propias manos. Era mucho menos manejable, desde luego, que el método primigenio, pero más auténtico, más puro; un retorno a los orígenes. Una forma habitual de cambiar el curso de los tiempos: reyes que invaden países, hombres que deciden liderar a toda una nación, soldados que deciden su propio destino. Para los dos Herbert, podía significar la muerte… Pero, aún así, una muerte con honor y, en todo caso, una muerte en el ambiente que más les entusiasmaba a ambos: el tablero de Historia. Un entorno que, por otra parte, nunca habían abandonado y que, quizás, fuera lo único que, a pesar de todas las cosas por las que habían luchado, hubieran amado alguna vez. Así que, finalmente, sellado el pacto, echada la suerte, Herbert se miró al espejo, sonrió, y pensó en lo quw estaría haciendo su homólogo en este momento. No lo sabía; ni le importaba. Tan sólo le preocupaba el futuro a partir de entonces. Un futuro al que no tenía miedo, que jamás volvería a aterrorizarlo. Se olvidó del pasado. Se olvidó del presente. Se olvidó de quién era.
         
Herbert Trust invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939; la Historia le conocería por otro nombre.

lunes, 15 de junio de 2020

La historia corta de junio. Historias del metro (14)


            Sentada en el metro, observé cómo, delante de mí, un tipo con aspecto de yonqui estaba a punto de robarle a un turista (dormido por el cansancio) su cámara digital.

            Chisté ligeramente la lengua, no mucho, lo suficiente como para despertar al incauto, y éste se despertó. Al ver al otro individuo –ahora sonrojado- deslizando sus manos sigilosamente hacia la cámara, con la pantalla encendida, la víctima lo entendió de otra manera, y empezó a enseñarle sus fotos en el Metropolitan de Nueva York. El yonqui asentía con cada frase, con beneplácito, y ambos pasaron, durante el trayecto, -o eso creo- un rato feliz.

domingo, 7 de junio de 2020

La historia real de junio. Científico rico, científico pobre.


La entrada de hoy versa sobre un asunto siempre desagradable pero necesario: la relación de los científicos con el dinero. Desde antiguo, la ciencia ha sido en general una actividad poco lucrativa. Los primeros científicos (más que nada, filósofos) tendían a  arrimarse a la generosa figura de un mecenas como forma de ejercer sus actividades con las mínimas interferencias, salvo las que quien pagaba quisiera imponer -en ocasiones, no eran pocas. Poco a poco, empezaron a organizarse universidades y otras instituciones que daban cobijo a estos investigadores, y aún hoy lo hacen, quizás a cambio de varias horas de docencia y unas cuantas dosis de burocracia. No obstante, durante buena parte de la historia, los científicos han tenido que compatibilizar su afición al conocimiento con otras actividades, bien porque les encantaba trabajar en múltiples disciplinas, bien porque no tenían otro remedio que ganarse las habichuelas. Por último, existía una última clase de categoría, que eran aquellos que habían conseguido libres de la esclavitud del vil metal, y decidieron emplear ese lujo en trabajar por aumentar su sabiduría, y de paso la del género humano. He aquí unos cuantos casos que creo que servirán para ilustrar algunos de estos tipos humanos:

-Para empezar, hubo gente que desembocó en el mundo de la ciencia procedente de otro completamente distinto. Uno de los ejemplo más destacados es el de Anton van Leewenhoek, un comerciante de paños holandés que decidió mejorar las lentes que poseía para distinguir mejor las imperfecciones de las telas con las que trabajaba. Tanto empeño puso que acabó inventando el microscopio, y pronto empezaron a descubrirse las múltiples maravillas que el mundo de lo infinitamente pequeño escondía sobre las superficies, bajo las uñas, o en nuestra propia piel. Por cierto, que Leewenhoek era bastante temperamental y no era raro que, insatisfecho con un microscopio, lo arrojara por una ventana al río cercano. Uno de ellos acabó siendo recuperado y, sin saber de qué se trataba, puesto a la venta en un portal en Internet. Hace un poco, un coleccionista gallego lo adquirió y lo donó a un museo. Otro caso de ciencia colateral es el de Servet. El aragonés, antes que nada, era teólogo. Su descubrimiento de la circulación menor se publicó por primera vez en el libro religioso La restitución del cristianismo, donde el transporte de la sangre del corazón a pulmón se interpreta como la forma en que la sangre distribuye el alma por todo el organismo y libera en el pulmón los vapores tóxicos (no estaba tan lejos; el "alma" de la que hablaba Servet sería el oxígeno, y los vapores tóxicos se identificarían con el dióxido de carbono). De hecho, el descubrimiento científico sólo es un capítulo más de un vasto ensayo que ahonda en las divisiones con otros reformadores de su tiempo -a Servet no le gustaba nada la doctrina de la Santísima Trinidad-, incluido el dueño y señor de Ginebra Juan Calvino, que le condenaría a la hoguera y desencadenaría como consecuencia una tormenta en el pensamiento occidental.

-Hay casos en los que los científicos no trabajan sólo por el Money, money, money sino que se dedican, específicamente, al vil metal. Lavoisier fue durante mucho tiempo recaudador de impuestos. Después de la Revolución Francesa, esa actividad fue muy denostada, y le condujo a la guillotina. Un caso más impactante es el de Isaac Newton. Como Servet, Newton se dedicaba a la ciencia por influencia de la teología (escribió más palabras sobre religión que sobre ciencia; creía acercarse a Dios mediante la resolución de los enigmas del universo, y jugó con disciplinas que en ese momento ya no eran aceptadas o estaban prohibidas, como el caso de la alquimia). Como Servet también, odiaba la idea de la Trinidad -trabajando en el Trinity College, eso era un problema; por suerte, recibió una exención y no tuvo que ordenarse, como otros miembros, para formar parte de la facultad-. De Newton no se suelen conocer actividades extracientíficas salvo el tiempo en que, vista su fantástica disertación al defender los derechos de Cambridge, se le incluyó en el Parlamento (la anécdota famosa al respecto es la de su única intervención para pedir que cerraran una ventana). Sin embargo, pocos saben que Isaac Newton fue durante un tiempo el jefe de la Casa de la Moneda, con sede en la Torre de Londres. En aquella época, había una crisis con las monedas en Inglaterra porque el valor de la plata de la que estaban hechas era mayor en el continente -merced a una burbuja financiera provocada por la relación entre China y España, pero eso ya hablaremos en otra ocasión-, así que la gente se dedicaba a raspar los bordes para fundir las virutas en lingotes y revenderla en otros países. Con esa acción, las monedas poseían menos valor que su contenido en plata. Newton resolvió el problema de dos formas: fundiendo las monedas antiguas "raspadas" para acuñar otras nuevas y así uniformar la masa monetaria, y creando el (todavía empleado hoy en día) borde rayado de las monedas para dificultar el raspado. También propuso el oro como un patrón más adecuado para la economía, una idea que se acabó adoptando, aunque ya no perdura. Por otra parte, Newton quiso negarse a perseguir a los falsificadores, pero cuando le obligaron, lo llevó a cabo como solía hacer todo, es decir a conciencia: estableció una red de espías por los bajos fondos, y mantuvo un enfrentamiento épico con un falsificador llamado Chaloner que incluyó sobornos, una huida rocambolesca y el intento descarado de Chaloner por robarle a Newton el trabajo. Quizá fue por ese afán de protagonismo -mala idea para ser un criminal-, o porque escogió a un enemigo estratosférico, el caso es que Chaloner acabó colgado tras una rocambolesca serie de acontecimientos que, el día que los escuche un mecenas de Hollywood, acabarán convertidos en una película.

-En otros casos, es la actividad científica la que te lleva a cuestiones monetarias, como es el caso de inventores y científicos que se convierten en empresarios. El éxito no siempre está asegurado: por poner dos casos paralelos, Hargreaves y Arkwright, dos artífices de las máquinas de hilar que dieron el primer empujón a la Revolución Industrial. Hargreaves inventó un muy buen primer modelo, pero sus máquinas fueron asaltadas por trabajadores furiosos que creçoam que las máquinas les iban a quitar el trabajo. Arkwright, en cambio, le robó de manera flagrante los diseños a Hargreaves, pero era muy bueno en el arte de la logística, y entre otras cosas colocó sus aparatos protegidos por cañones en un recinto que almacenaba, de manera defensiva, hasta una reserva de lanzas. Aunque el caso más conocido, por supuesto, es el de Edison. Si sus enfrentamientos con Tesla se han vuelto míticos, es casi más paradigmática la comparación de su trayecto vital con la vida de Joseph Schwann. Este último era un farmacéutico que se dedicaba a múltiples actividades, y desarrolló una bombilla con un mecanismo muy similar al de Edison, haciendo una demostración pública en Inglaterra ocho meses antes que el inventor norteamericano. Pero mientras que Schwann no fue mucho más allá en su invento, aparte de iluminar unos cuantos edificios significativos, la visión a largo plazo (y comercial) de Edison era a mucha mayor escala. El mago de Menlo Park iluminó todo un barrio de Manhattan -lo cual no fue fácil, porque surgieron inconvenientes como que la electricidad circulaba por los cascos de los caballos- en una demostración pública que causó furor (hasta una heredera Vanderbilt se disfrazó de corriente eléctrica durante una fiesta). Pero, además, Edison se dedicó a instalar centrales eléctricas por todas partes, con una intensa motivación empresarial de la que Schwann carecía. Ésta era una virtud que en Edison podía convertirse en obsesión, como se atestigua con la lucha de patentes por el control del teléfono que desarrolló contra Graham Bell (con ayuda por cierto de los Vanderbilt), aunque en este caso Edison perdió. De todas maneras, tampoco hay que endiosar la visión que Edison tenía para los negocios: también se equivocó en muchas cosas, como en las posibilidades para el entretenimiento del fonógrafo, la forma en que resultaría rentable el cinematógrafo, un proyecto de ultramarinos que funcionaba como una máquina dispensadora, extravagantes sistemas para la guerra, o un plan para construir de manera masiva casas de hormigón, con muebles de cemento a juego (una idea que, lo mismo que vino, desapareció, sin duda por los múltiples problemas que tenía asociados)

La heredera Vanderbilt vestida de corriente eléctrica, con una bombilla que se encendía gracias a una batería, y que le hacía asemejarse a la estatua de la libertad. El vestido dejó de usarse ante la sospecha de que había causado un incendio, aunque actualmente se expone en el Museo de la Ciudad de Nueva York.

-Mientras tanto, hay científicos que no persiguen beneficios pecuniarios sino, por encima de todo, el progreso general de la humanidad. Joseph Henry fue un físico e inventor que realizó numerosos hallazgos que se han atribuido otros, bien porque no los publicaba a tiempo (caso de la inducción electromagnética, que poco después demostró también Faraday) o no los patentaba (como el telégrafo, cuya patente se adjudicó Morse). El motivo para no protegerse con una patente era que Henry creía que sus inventos debían estar a libre disposición del gran público. Aun así, no se llevaba mal con otros científicos que recibieron el crédito que él seguramente merecía, y de hecho se le recuerda como un gran organizador de equipos -hasta trabajó junto a Morse instalando el primer telégrafo- y eficiente presidente de instituciones científicas. Igualmente, Salk fue un investigador biomédico que ha creado algunas de las vacunas que han salvado más vidas, y las donó de manera desinteresada a la humanidad. Tanto Salk como Henry son dos grandes ejemplos en unos tiempos tan egoístas como lo que -no sólo en la ciencia- ahora mismo corren. Otro caso, en esta ocasión de esfuerzo colectivo, lo encontramos en la segunda mitad del siglo XX, cuando la Unión Soviética, en parte por razones propagandísticas, inició una campaña de vacunación contra la viruela que la erradicó del mundo, de tal manera que ahora sólo quedan dos cepas de este virus, conservadas en laboratorios de investigación por si algún día sirvieran para combatir una infección de otro tipo.

-Por último está el caso de aquellos individuos que ya atesoraban mucho dinero de antes (bien por herencia, o por otras actividades económicas) y decidieron dedicarse a la ciencia. En el libro de Bill Bryson En casa se menciona un estrato social curioso, el de los vicarios y rectores en Gran Bretaña. Ambos son dos tipos de sacerdotes que, durante mucho tiempo, tuvieron el privilegio de administrar vastas extensiones de tierra, las cuales les proporcionaban un gran rendimiento económico; a cambio, sólo tenían que escribir unos pocos sermones al mes. Como la profesión les daba mucho dinero y les dejaba mucho tiempo libre, muchos se convirtieron en científicos autodidactas, incluso creando algunas ramas de la ciencia. Algunos nombres que os sonarán, y que ejercieron de vicarios y rectores famosos, fueron Thomas Malthus (el primero que especuló sobre el crecimiento de la población), Bayes (el del teorema de Bayes, clave en estudios de la probabilidad), M.J. Berkeley (gran investigador de plantas y hongos: por desgracia, difundió quizás tantas plagas entre especies vegetales como las que descubrió; en su capacidad para diseminar enfermedades de otras localizaciones guarda semejanzas con la extraordinaria figura de "El Vasco de la Carretilla"). De todos modos, no es oro todo lo que reluce; los vicarios (o sus hijos, también en buena disposición económica) se metieron actividades muy variadas: Greenwell fue tanto uno de los padres de la arqueología moderna como el inventor de un cebo para la pesca de la trucha, Baring-Gould escribió la primera novela en la que sale un hombre-lobo, y otros muchos vicarios jamás fueron reconocidos por ningún logro destacado -se dedicaron a su parroquia o a disfrutar de la vida, los cuales no son malos oficios-. De hecho, tras una crisis de precios agrícolas a finales del siglo XIX, el oficio de vicario se volvió muy poco rentable y dejó de ser una actividad que proporcionara tantos beneficios. No es improbable que, a partir de entonces, muchos se dieran cuenta de que no podía confiarse la ciencia por entero a aficionados (los cuales, por mucho empeño que pusiesen, y por muy bienintencionadas que fueran sus acciones, a veces protagonizaban catastróficos episodios), y que hacía falta dedicar más dinero a que universidades y centros de investigación contrataran científicos profesionales. Una medida que, más que nunca, y con crisis como el COVID, se va demostrando no sólo necesaria, sino absolutamente imprescindible. Buenas lecturas, y buena ciencia.