-¿De dónde has sacado esos ojos?
-De mi madre.
-¿Y tu madre?
-De un hombre que se
quedó ciego, a quien se los compró a cambio de un saber inestimable.
¿Por qué estamos aquí? Porque nos gusta lo curioso, lo sorprendente, lo interesante, lo inusual, lo que engrandece al ser humano, lo que lo redime de vez en cuando. Por eso nos apasionan las historias: porque hayan ocurrido o no, de alguna manera es real.
-¿De dónde has sacado esos ojos?
-De mi madre.
-¿Y tu madre?
-De un hombre que se
quedó ciego, a quien se los compró a cambio de un saber inestimable.
Chikatilo no es un nombre tan conocido como Jack el Destripador o Ted Bundy. Y, sin embargo, fue responsable de aproximadamente unas 52 muertes (la mayoría niños) en la Unión Soviética. Su historia da para un par de reflexiones, y además ha habido alguna obra literaria y cinematográfica sobre su captura, así que quizá merezca la pena echarle un breve vistazo.
La infancia de Andrei Chikatilo fue sin duda desdichada. Nacido en lo que hoy es Ucrania, su niñez le pilló en medio de una época de hambruna en la región que muchos atribuyen (con discusión al respecto, aunque seguramente con parte de razón) a un castigo intencionado por parte de Stalin. De hecho, la madre de Andrei le contó que, antes de que él naciera, un hermano suyo fue secuestrado por sus vecinos para devorarlo. No sabemos si la historia era verdad -de hecho, no hay pruebas de que tal hermano existiese-, pero a Chikatilo aquel relato le traumatizó. Si a ello le unes que la familia a veces tenía que comer hierba porque no había más para alimentarse, y que se sospecha que la madre de Andrei fue violada durante la Segunda Guerra Mundial, quizá en presencia de su propio hijo, se puede entender que aquel chico no iba a tener perspectivas muy halagüeñas en cuanto a la salud mental se refiere.
Andrei crece y es un niño tímido, que estudia mucho para compensar su miopía y una debilidad que ha quedado como secuela de su dolorosa infancia, y de una madre que era demasiado dura con sus hijos. Sufre bullying y, por si fuera poco, a pesar de sus esfuerzos, no consigue entrar en la universidad. Para colmo, en la adolescencia descubre que sufre de impotencia, un mal que le aquejará toda su vida, y que le llenará de vergüenza cada vez que alguien lo descubra. De hecho, tras el servicio militar, cuando vuelve a casa, una chica con la que trata de mantener relaciones sexuales de manera infructuosa lo comenta con sus compañeros (por lo visto con la única intención de pedirles consejo), y el hecho de que el rumor se extienda le hace a Andrei primero tratar de sucidarse y luego marcharse para siempre del hogar de sus padres. Aunque, por supuesto, sus problemas le acompañarán.
Instalado en un pueblo cerca de la ciudad de Rostov, encuentra un trabajo como técnico de comunicaciones. Su hermana se va a vivir con él un tiempo, y decide ayudarle a encontrar una esposa. Lo consigue, aunque está claro que el matrimonio es más un pacto de conveniencia que la evolución de una pareja real. De hecho, la impotencia de Andrei provoca que tengan que hacer auténticos malabares (no entraré en detalles) para concebir hijos, cosa que finalmente consiguen por dos veces.
Chikatilo consigue completar estudios universitarios y se convierte en profesor de escuela, pero aunque todo el mundo admite que tiene suficientes conocimientos sobre las materias que imparte, es incapaz de mantener la disciplina entre los alumnos, que suelen aprovecharse de él. Si a ello le sumas que (como todos los adolescentes) sus estudiantes le recuerdan, con su propia iniciación al sexo, lo que él mismo no es capaz de hacer, el caldo de cultivo no puede ser más nefasto. Chikatilo se ve envuelto en varios incidentes de abusos sexuales a alumnas, lo cual acaba expulsándole del mundo de la enseñanza. En la siguiente etapa de su vida, consigue un trabajo como encargado de suministros para una empresa en Rostov, lo cual le obliga a viajar a menudo. Ésta será una de las claves para el desarrollo de sus crímenes.
Focalizándonos un poco en esta parte, no vamos a describir la extensa y atroz carnicería que Chikatilo llevó a cabo con más de cincuenta víctimas, la mayoría menores de edad (por cierto, de ambos sexos). Sí que hay algunas características comunes: salvo la primera chica (a la que asesinó cerca de una propiedad que le pertenecía), a casi todos les encontraba alrededor del sistema de trenes que Chikatilo conocía porque su trabajo le obligaba a tomarlos con frecuencia. Solía ir a por gente joven, débil, desorientada, seguramente con historias personales complicadas, y que se veía abrumada por tener que usar medios de transporte locales fuera de sus ciudades natales. Entonces, Andrei les ofrecía ayuda, comida o bebida, y, a cambio de este auxilio, los pobres inocentes accedían a tener relaciones sexuales con él. Por sistema, Chikatilo era incapaz de consumar el coito; era entonces cuando apuñalaba o estrangulaba a sus víctimas, y era en el momento de la agonía cuando Chikatilo, sentado encima del cuerpo moribundo, conseguía alcanzar el orgasmo. No era raro que (en ocasiones aún vivos) les mutilara los genitales y los ojos, o que les eviscerara. Luego ocultaba más o menos los cuerpos y se iba, pero siempre acababan descubriendo los cadáveres, todos asesinados con un patrón similar. Y, claro, al final (corre el año 1983, y Chikatilo lleva cinco años matando) las autoridades ataron cabos, empezaron a pensar que había un asesino común, y se pusieron a investigar.
En este punto de partida se inicia "Ciudadano X", un telefilm que, de manera sobria, y con una estupenda gestión de la tensión dramática, narra la investigación desde el punto de vista policial. Por supuesto, no os lo voy a contar todo, pero la clave es que se centra en la figura del forense que se coloca a cargo del caso (interpretado por un estupendo Stephen Rea), y su inmediato superior, a cargo de un poliédrico Donald Sutherland. La dificultad es mayúscula, porque no sólo tienen que investigar estos casos con menos experiencia y medios que sus colegas norteamericanos, sino que las autoridades soviéticas se niegan a reconocer que pueda haber un asesino en serie (un fenómeno típico de la decadencia capitalista, según las autoridades) en la URSS. De hecho, se buscan culpables entre una serie de sospechosos que incluyen pedófilos, homosexuales y discapacitados intelectuales. Teóricamente, esto lleva a la resolución de crímenes distintos de los originales, pero en la práctica, lo que ocurre es que ciertos colectivos vulnerables son hostigados, utilizados como cabeza de turco y (en una URSS nada amable con los interrogatorios) obligados a confesar crímenes que no han cometido. La película describe muy bien lo difícil que es moverse dentro de la burocracia dictatorial del régimen soviético, y lo mucho que esta dinámica pesa sobre el investigador protagonista.
Más o menos también desde el punto de vista del investigador parte el libro (también adaptado a película) "El niño 44", aunque juega con algunos elementos con bastante libertad: lo primero, cambia la época del caso, trasladándola de los años 70-80-90 a los 50; da un origen de tono mítico a las motivaciones del personaje, inspirándose en historias de la infancia de Chikatilo -aunque su retrato del asesino es bastante más pulcro que el personaje original-; pone como policía a cargo del caso a un hombre que descubrirá muchas cosas sobre sí mismo y su entorno conforme se enfrente a las contradicciones del sistema; y, sobre todo, el investigador se verá atrapado por la maraña de la tiranía soviética (más incluso que el detective original), generando una parte de la trama que, tanto en el libro como la película, a pesar del teórico interés, acaba resultando algo menos atractiva. El final es de las partes en las que más se diferencia de "Ciudadano X", la cual refleja de manera más exacta -siempre con sus licencias- como transcurrió la labor policial, aunque esta última película la conecta estrechamente con cómo fueron cambiando los métodos de investigación conforme Gorvachov iba transformando la Unión Soviética. Uno de los aspectos más destacados del caso fue que, por primera vez en la Unión Soviética, se contó, para establecer un perfil psicológico de un asesino, a un psiquiatra, papel que en "Ciudadano X" interpreta de manera notable un estupendo Max von Sydow.
No voy a contaros el final por si os apetece leer o ver las obras de ficción: os diré que, obviamente, a Chikatilo le cazaron, en concreto en el año 1990. De hecho, se descubrió que se le había fichado seis años antes durante el transcurso de la investigación criminal, pero un resultado muy extraño relacionado con su tipo sanguíneo (y al que todavía no se le ha hallado una explicación definitiva, aunque probablemente tenga que ver con las deficiencias de los laboratorios de la URSS en aquella época) evitó que fuera asociado con los crímenes. El juicio, como es obvio, se rodeó de mucha tensión y polémica, tanto por las familias de las víctimas (enrabietadas con el criminal y con algunos aspectos de la investigación) como por parte del acusado, que se desdecía, reprochaba cosas al tribunal, y al que tuvieron que meterle en una jaula con barrotes dentro del juicio para protegerle de la multitud colérica. Finalmente, fue sentenciado a muerte y ejecutado en 1994. De su extensa lista de víctimas, algunas no quedaron del todo aclaradas, y es probable que llevara a cabo más de las que de manera oficial se le atribuyeron.
Las lecciones del caso Chikatilo son múltiples: desde lo frecuente que es ver cómo los asesinos en serie son personas que sienten que han fracasado y encuentran en el crimen la única forma de aliviar sus frustraciones (demostrándose, además, que pueden aparecer en diferentes culturas y regímenes, y que el "esto no puede pasar aquí" es un absurdo), hasta lo difícil que es hacer nada bien en las dictaduras, especialmente tratar de dilucidar la verdad. Como suele ocurrir, los asesinos de la realidad no son tan glamourosos como los de la ficción, y las víctimas sufren por partida doble la violencia de los asesinos y los sesgos de las autoridades -algo que, por desgracia, también ocurre en las democracias liberales-. Chikatilo también nos muestra lo horrorosos que pueden ser los abismos de las profundidades humanas, y cómo ciertas personas, de manera más o menos consciente, son capaces de convivir con lo inaceptable. "Nada de lo humano me es ajeno", dijo el poeta latino Publio Terencio Afer y, querámoslo o no, estas personas son también nuestros congéneres, y su vida un hecho que, en determinadas circunstancias, podría sucedernos a nosotros.
Pero cuando Juana gritó "¡Guapa!" de manera aparentemente espontánea al paso de la virgen en la procesión de Semana Santa, a quien verdaderamente miró fue a su compañera Julia. Y así fue como Julia descubrió que Juana siempre había estado secretamente enamorada de ella.
El día que Paco, el operario mecánico, perdió la mano izquierda en un accidente de trabajo, él, que era sordo, también perdió su medio de comunicación habitual (el lenguaje de signos), así que se quedó mudo. Para ayudarle, sus compañeros de trabajo le han construido una prótesis que permite que, con leves movimientos del brazo, una mano izquierda de plástico articule los signos que quiere expresar. De esa manera, más que de ninguna otra, le han demostrado su aprecio.
Él, por otra parte, con ambas manos, la suya y la que le han regalado sus amigos, compone el lenguaje de signos con tanta poesía que parece que, en el aire, está pintando.
JR Moehringer (si es que ése es su verdadero nombre, pues la historia de esas iniciales sin puntos trae tela; la descubriréis en el libro) ya me sorprendió en el pasado con "A plena luz", una novela que ficcionaba una escueta noticia de periódico para construir la semblanza al completo de un carismático atracador de bancos. En este sentido, cuando leo "El bar de las grandes esperanzas", un libro protagonizado por alguien con el nombre del autor, que parece eminentemente autobiográfico, y que según el epílogo es prácticamente un libro de memorias con casi todos los nombres conservados, me da por sospechar. Y es que Moehringer es un maestro contando historias, del tipo de los que creen que un buen relato es demasiado bueno para que la verdad se interponga y lo chafe. Y aun así, tiene pinta de realista: como la vida, la narración sufre súbitos cambios de dirección, retorna varias veces al mismo punto, no tiene finales redondos, y, salvo alguna escena resuelta con brillantez, nada nunca es tan romántico como uno se lo imagina. Pero hay que reconocer también que este cuento de perdedores, de conversadores, de gente que se refugia en los bares, no sólo para beber, sino sobre todo para hablar; este viaje de cómo un niño busca la masculinidad que cree que nunca adquirió por carecer de padre; este homenaje al acto de contar historias, ya sea en un bar, en un libro, desde un periódico o a los amigos; esta historia, en fin, de cómo alguien crece y supera las adversidades (especialmente, la mayor de todas: el miedo a enfrentarse a uno mismo) es un relato apasionante, telúrico y absorbente, de los que engloba el universo y el tiempo den su totalidad porque, al fin y al cabo, transcurre en Nueva York, y como todo neoyorkino sabe, fuera de sus fronteras no hay nada que merezca ser nombrado. Y, por supuesto, transcurre en los bares y a través de gente que vive en los bares, con todas sus grandezas y sus miserias, y escapa de los bares para adentrarse en los recovecos siempre complejos de la familia, la universidad, el mundo laboral, el maravilloso mundo de los libros y, especialmente, el amor, ese laberinto insondable.
En fin, que os lo leáis: es largo, tiene una prosa envolvente y compleja (en ocasiones, como una catedral gótica), que cree en el poder de las palabras -de acunarte, acariciarte, de rodearte de palabras-, pero, ya sea a pesar de eso (o, sobre todo, a causa de eso), os va a encantar. Y, seguramente, queráis quedaros a vivir en este libro, y no os importaría -a pesar de que a veces den ganas de atizar al idiota del protagonista- que nunca llegue a terminar. Y luego buscaréis y os pondréis a leer "A plena luz". Y, ya os lo digo, merecerá la pena.
Posdata: en cuanto a la película (porque sí, hay una película), uno entiende que es difícil adaptar algo tan vasto y orgánico, pero, a fuerza de cambiar cosas, la historia va perdiendo progresivamente su encanto hasta hacerse mucho más anodina que en el original. Por eso, no os la voy a recomendar especialmente. Aunque la dirija George Clooney.
Fuego y tormentos.
Inspirado
en una historia real
Hay
días que se parecen mucho al infierno. Si, en el lugar donde resides
habitualmente, resuena el estruendo del entrechocar de armas; si la
temperatura, por las habitaciones incendiadas, asciende a la que sufrirías en
una caldera donde podrían estar cociéndote; si no estás seguro de, si en la
próxima hora, seguirás vivo o si podrás salir de allí… pues no hay demasiadas
diferencias a haber sido condenado al fuego y el suplicio eterno. Sobre todo,
si estás en manos de unos herejes como los españoles. Porque eso quizá te
demuestre, con cierta probabilidad, que te has equivocado de Dios.
Pero
vamos a dejar de lado lo que está ocurriendo dentro del resto del castillo de
Guillermo de Orange, quien, por cierto, se halla muy lejos de allí mientras sus
servidores son masacrados, desmembrados o, en el mejor de los casos, arrojados
piadosamente por las almenas. Ahora mismo sólo vamos a concentrarnos en una
habitación, la cual, desde luego, daba mucho miedo desde fuera, a causa de los recientes
gritos que habían salido de ahí. Pero en este momento concreto, por un
instante, se ha hecho el silencio. Parece que, desde dentro, la persona que
está a cargo (de ropas negras, figura enjuta y rostro cetrino; al pesar de su
esmerado bigote y su trabajado neerlandés, no consigue ocultar su origen
español) quiere darle oportunidad a otra persona. Esta última se halla sentada,
aunque en contra de su voluntad; sus manos están atadas junto a la parte
posterior de una silla. Aunque quien se encontrara allí se sorprendería, sobre
todo, por sus manos. De hecho, el torturador que se sitúa detrás de él, a pesar
del horror, no puede parar de mirarlas. Y eso que el espanto que se abre ante
sus ojos lo ha provocado él. Pero no es común contemplar a un individuo que se
ha quedado sin ninguna uña en sus dedos. La carne viva se exhibe con crudeza en
las falanges, de las que aún rezuma un líquido negruzco y pegajoso. El rostro
del torturado refleja la angustia de la situación. Pero eso es lo que resulta
más extraordinario aún.
A
pesar de todo, no ha hablado.
-No
entiendo ese empeño tuyo, la verdad -indica el hombre de pie, frente al prisionero,
tratando de disimular todo lo posible su acento de origen hispánico-. Sólo es
un puto cuadro. A ti ni te va ni te viene. Y todo esto puede cesar ahora mismo.
Te pondremos en una cama, te curaremos las heridas. A cambio, simplemente, de
que nos digas dónde está.
El
hombre maniatado, empero, sigue sin soltar prenda. El individuo que acaba de
soltar la parrafada le hace un gesto al torturador. Éste abre mucho los ojos,
como esperando una corroboración. ¿En serio?¿Vamos a llegar a esto?, parece
preguntar con incredulidad. La figura de ropas negras, ahora mismo el
representante del duque de Alba en estas tierras, asiente. Sí, en efecto, vamos
a llegar a esto. El torturador se coloca frente al prisionero y se agacha.
Coloca los brazos delante de su cuerpo y, al hacerlo, aproxima unos alicates
muy pequeños que acerca al dedo gordo del pie izquierdo del torturado, quien
tiene los pies descalzos. Coloca los alicates, con mucha delicadeza,
envolviendo por arriba y por abajo la uña de dicho dedo. Gira de nuevo el cuello,
buscando una última confirmación, o más bien lo contrario. El español agacha la
cabeza, procurando no mirar: le resulta horripilante, pero sabe que es
necesario. El torturador agarra con más fuerza los alicates.
-¡Lo
hemos encontrado!-oye a su espalda.
Un
suspiro de alivio recorre los pulmones de todos. Los tres individuos en la sala
orientan los ojos hacia la puerta de entrada, donde la persona que acaba de
llegar dirige a unos individuos para que entren en la habitación mientras
cargan con una pintura. En realidad, es un tríptico; se halla cerrado, pero, a
una indicación del español, los hombres que lo transportan abren la doble hoja
que sirve de portada, y la composición pictórica se muestra en todo su esplendor.
Ahí está: el cuadro por el que han hecho sufrir a ese hombre durante horas. Lo
ha creado un enigmático y sin duda retorcido autor holandés. Algunos le llaman “el
Bosco”. Se supone que representa el cielo, el infierno, y el paraíso terrenal.
Al español le parece una pesadilla. Pero, cuando le ordenaron asaltar el
castillo de Guillermo de Orange, aunque esta guerra se lleve a cabo por razones
muy distintas, el duque de Alba le proporcionó una indicación muy precisa: “localiza
el cuadro. Es tu absoluta prioridad”.
Por
eso se ve en la necesidad, hasta personal, de preguntar al torturado:
-Ya
ves. Al final lo hemos encontrado. Todo tu esfuerzo ha sido en vano. Ahora dime…
¿por qué esa cerrazón?¿Ha sido por lealtad a tu dueño? Porque, tenlo claro, él
no lo hubiera hecho: en tus mismas circunstancias, él te hubiera vendido a la
más mínima oportunidad. Eso lo sabes, ¿no? Así que, dime… ¿por qué nos ocultabas
el emplazamiento del cuadro?
El
torturado alzó ligeramente la cabeza. Casi podría decirse que sonrió.
-Esa
pintura está maldita. Tiene algo demoníaco. No quiero tener nada que ver con
ella.
Escupió
hacia un lado. De sus labios se vertió un hilillo de sangre.
-La
victoria será vuestra… pero el infierno… también es para vosotros.
El
español tragó saliva. Maldita sea si entendía algo de todo esto. En todo caso,
había hecho su trabajo. Volvió a echarle un nuevo vistazo a la obra.
Esperaba
que el rey español (quien seguramente sería, a partir de ahora, el nuevo dueño
de aquella enrevesada pintura) no tuviera que arrepentirse de lo que había
conquistado… Rezó también por que terminara, cuanto antes, aquella maldita
guerra.
Aclaración
histórica: el episodio por el cual el guardián del castillo de Guillermo de
Orange fue torturado de esa manera concreta por hombres del duque de Alba para
revelar la localización de “El jardín de las delicias”, y éste resistió al tormento
para no confesar su ubicación, es real. El resto de este relato es inventado.
Hoy en día,
gracias al asalto de ese castillo, la pintura se exhibe en el Museo del Prado.
La familia Higgins se levantó. Y hay que hablar en plural porque en la familia Higgins no se despertaban los miembros de manera individual, sino todos a la vez, en una secuencia que se iniciaba normalmente por el perro Poochie y proseguía con los niños, para rematar en una especie de orquesta andante y viviente a la que se iban incorporando paulatinamente la señora Higgins, la abuela Higgins y, por último, el señor Higgins, de tal manera que aquella familia-colmena acababa sentándose toda junta a la hora del desayuno. El hecho de que se hallaran en un hotel no alteró demasiado la secuencia de acontecimientos; si acaso los niños se precipitaron antes sobre la cama de los padres y los cinco (seis, incluyendo a la mascota) se apretujaron aún más en la mesa del desayuno, entre otras cosas porque la señora Higgins no tenía que preparar el café y freír los huevos. Eso sí, al término de la comida, devorada casi a dentelladas (con un ímpetu todavía mayor los humanos que el perro), el fragor y el entremezclar de cuerpos empezó de nuevo, esta vez en dirección a las maletas medio abiertas, los armarios medios llenos y los baños repletos de gente. El único que salió del apartamento (pues el señor Higgins había insistido en que un hotel era carísimo) fue el propio señor Higgins, obligado a sacar al perro, entre otras cosas, porque tener a Poochie fue un empeño personal suyo, y fue cuando lo adquirieron de las pocas veces en que su mujer se plantó: “A esa bestia parda o la sacas tú, o se queda en casa”, y el señor Higgins tuvo que transigir, entre otras cosas porque Poochie, en efecto, era un mastodonte de varios kilos de peso con quien la señora Higgins, con su diminuto tamaño, no sería capaz de lidiar ni con la más fuerte de las correas.
Para
el señor Higgins, pasear por las calles de El Cairo con el perro, en lugar de
en su Manchester natal, era desde luego una novedad. Algunas cosas eran
comunes: madres paseando con los niños, coches circulando por la calzada… Claro
que las mujeres llevaban hiyab y las calles presentaban un
embotellamiento continuo, interrumpido sólo por las escasas personas que
intentaban cruzar a pie en medio del atasco. Entre ellos, el señor Higgins
distinguió a un grupo de turistas que, como una bandada de patitos, caminaban
por detrás de una familia egipcia, seguramente intimidados por el caso
circulatorio de la ciudad y la ausencia de semáforos. La familia egipcia
contemplaba la escena entre carcajadas risueñas: se veía que ya estaban
acostumbrados a esa clase de escenas.
De
repente, el señor Higgins sintió en la correa un movimiento tenso y que, para
el experto, resultaba evidente: Poochie se colocaba en esa posición tan
ridícula que suelen tener los perros cuando defecan, con el rostro además de
profunda humillación característico. Inmediatamente después de liberar el
origen de sus zozobras, Poochie volvió a adquirir su cara normal, como si nada
hubiera ocurrido.
En
ese momento, con mucha sutileza aprendida durante años, el señor Higgins miró
cauteloso a ambos lados de la calle. ¿Nadie le estaba viendo? Estupendo. Y
abandonó tranquilamente el lugar del crimen, dejando el mojón de su perro
abandonado en la acera.
Qué hermoso es visitar
países extranjeros, pensó el señor Higgins.
*
Aquel
día tocaba visitar el museo de las momias. Su mujer había insistido. En
realidad, la institución tenía un nombre más técnico y más largo, pero el señor
Higgins no se había quedado con él: para el señor Higgins, todos los museos
eran iguales. Si acaso, algunos tenían una cafetería con mejores platos.
Iban
en grupo, acompañados por un guía británico que les desplegaba su erudición, y la
más brillante de sus verborreas:
-Al
final del Museo tendrán la tienda, donde podrán comprar toda clase de
souvenirs. Pero no se preocupen por si les parecen muy caros: otro día podrán
comprar productos similares en varias tiendas de esta calle. Eso sí, tengan
cuidado, porque mañana es viernes, y ya saben ustedes que en Egipto el viernes
y el sábado son fiesta y muchos lugares no están abiertos…
-No,
si esta gente con tal de no trabajar… -se quejó en voz demasiado alta el señor
Higgins.
-Pero
cariño -le replicó de forma azorada y por lo bajini su esposa-, tienen dos días
de fin de semana, como nosotros…
El
grupo, ajeno a estas preocupaciones, avanzaba presuroso hacia la siguiente
sala. Allí, varias momias se hallaban expuestas dentro de sus sarcófagos.
Algunas tenían las vendas puestas y otras, en cambio, mostraban tal cual la
efigie de sus dueños, tan bien conservadas como si casi no hubieran pasado por
ellas más de dos mil años. La mayor parte de los restos de faraones, princesas
y hasta gatos momificados se hallaban rodeados de cajas de metacrilato
protectoras, con una excepción. En medio de la sala, un grupo de hombres y
mujeres con pinta de especialistas se hallaban examinando uno de los cuerpos.
El ejemplar se hallaba expuesto a la vista: tenía los ojos cerrados, la piel
cetrina, el aspecto de que podría haber fallecido lo mismo hace un millón de años
que hace dos días, y hasta trazas de cabellos pelirrojos.
-Ah,
amigos, hemos tenido suerte. Nos hemos topado con el equipo de la doctora Al-Jadhim,
que se encuentra inspeccionando uno de los valiosos tesoros del museo con un
grupo de estudiantes. Esta es una oportunidad muy especial para ver una momia
tan de cerca. En concreto, éste es el cuerpo de… ¿OIGA, PERO QUÉ ESTÁ USTED
HACIENDO?
Todos
los ojos se volvieron hacia la parte inferior del cuerpo de la momia, a la
altura donde se encontraba el señor Higgins. El cual, de manera aparentemente
inocente, y sin que nadie se hubiera percatado (pues tanto los investigadores
como el grupo turístico se hallaban situados alrededor de la cabeza del
cadáver), se había acercado al pie de aquel cuerpo humano y lo había agarrado
por el dedo meñique.
De
hecho, cuando todos los ojos se hallaban fijos en él, el señor Higgins se puso
nervioso, realizó un movimiento extraño, y una porción del dedo de la momia se
le quedó en la mano. Momento en empezó a mirar algo preocupado a su alrededor.
El
que más nervioso se puso fue el guía:
-¿PERO
SEÑOR HIGGINS, QUÉ CREE USTED QUE ESTÁ…?
El
hombre trató de disculparse.
-Sólo
es un dedi… una falange de nada.
La
mirada de odio que le dedicaba la egiptóloga que dirigía el examen del cadáver
era un poema. Pero el que llegó armando más escándalo fue el guardia de
seguridad. Bueno, en realidad no. El guardia de seguridad caminaba muy
resolutivo para echarle, pero, mientras tanto, un visitante del museo con pinta
de habitante de El Cairo se acercó al grupo y se puso a hablar en árabe a un
ritmo muy rápido y a todo volumen.
-¿Qué
dice este hombre?-preguntó confuso el señor Higgins, que no sabía muy bien
dónde colocar el fragmento de momia que aún tenía entre las manos.
-Esto…
-el guía se andaba tan abrumado por tantos acontecimientos que no sabía por
dónde empezar a traducir-. Ha dicho que eso es una ofensa a su cultura, una
falta de respeto por sus antepasados… Que además hay tradiciones egipcias muy
serias al respecto, maldiciones para quien profane un cadáver de esa manera…
Momias que se levantan de la tumba para vengar la profanación, ese tipo de
cosas.
-Ay,
George, en menudo lío nos ha metido… -se lamentaba la señora Higgins para sus
adentros, mientras se moría de vergüenza y deseaba estar en cualquier otra
parte. Mientras tanto, la abuela Higgins no parecía enterarse de lo que estaba
pasando, y los niños (que se habían quedado muy tristes después de saber que
Poochie se debía quedar dentro del apartamento) se lo estaban pasando de lo
lindo con aquel follón.
-Mire,
señor, creo que es mejor que se vaya del edificio -le espetó el guardia de
seguridad en un inglés con acento.
-¿Por
qué?¿Por esto? -alzó el señor Higgins el dedo de la momia, todavía en sus
manos-. Pero a él no he podido hacerle daño, ya está muerto.
-¡No
es un “él”, es una “ella”!-replicó el guía, superado por las circunstancias-.
¡Y cada parte de su cuerpo es de un valor in-cal-cu-la-ble!
-Bueno,
pero esto se pega con un poco de pegamento y…
El
individuo egipcio que se les había acercado, quizá entendiendo lo que estaba
diciendo el señor Higgins, comenzó una diatriba todavía más acelerada y furiosa
en su propia idioma.
-Creo
que el guardia tiene razón y que deberían ustedes irse -dictaminó el guía,
mientras la señora Higgins se tapaba la cara con las manos y los niños
estallaban en una alegría rabiosa. La abuela Higgins, mientras tanto, no
entendía el motivo por el que se marchaban, pero se alegraba secretamente de
hacerlo, porque le apetecía comer algo.
De
hecho, nada más salir del museo, escoltados por un vigilante guardia, la abuela
Higgins manifestó sus ganas de ir a un restaurante, a lo cual se apuntaron
jubilosos los niños, lo cual les obligó a buscar un lugar donde comer, pero
esta vez sin las recomendaciones del guía para encontrar un sitio apto para
extranjeros. Después de entrar en un par de locales donde la comida era tan picante
que los paladares tan británicos de la familia Higgins les resultaba
intolerable, acabaron todos juntos tomándose un helado en una cafetería de
corte moderno, momento en que la señora Higgins sacó a relucir el mal cuerpo
que le había dejado aquel incidente:
-¡George,
¿cómo has sido capaz de hacer algo así?!¡Esa momia lleva siglos allí sin que
nadie le haga nada, y vas tú y…!
-Buah,
qué exageración. Si es una momia más. Con la de cientos que tienen ahí…
-¡Esa
es otra!¡No hemos visto ni la mitad del museo!¡Pues mañana yo vuelvo allí,
contigo o sin ti!¡No me voy a perder uno de los sitios que tenía apuntado para
ver, sólo porque a ti no se te pueda sacar a ninguna parte!
El
señor Higgins, después de la sabiduría que había adquirido tras diez años de
matrimonio, sabía que hay momentos para hablar, y momentos para callarse. Y
supo intuir con clarividencia que ésta era de las ocasiones en que su mujer no
atendería a razones.
El día se les hizo corto, porque, con la
suerte de tribulaciones que habían vivido los integrantes de la familia
británica, casi no quedó tiempo para hacer nada más. Aquella noche, tratando de
olvidar los sucesos acaecidos, los Higgins se dispusieron simplemente a dormir.
El señor Higgins, de hecho, concilió el sueño con total facilidad, como si ésa
hubiera sido una jornada normal y corriente.
Sin
embargo, de alguna manera, el señor Higgins notó una cierta agitación nocturna.
A mitad de la noche, sintió un chirrido en el extremo de la habitación y, en
cuanto entreabrió el ojo, se dio cuenta de que una presencia estaba desplazando
la puerta.
Entonces,
desde el umbral, con sus ojos rojos, una figura espectral y envuelta en vendas
lo miró y deslizó la lengua, anticipante, sobre unos afilados dientes… El señor
Higgins intentó incorporarse, pero entonces descubrió que se encontraba
paralizado por el terror…
Aunque
entonces, debido a la aceleración de sus propios latidos, se despertó. Y quedó
aliviado al principio al mirar a la puerta y constatar que allí no había
ninguna momia. Pero había algo que sí que estaba igual que en su sueño: seguía
sin poder moverse. Al principio creyó que se le habían enredado los pies con
las sábanas. Pero luego se dio cuenta de que no; entre otras cosas, porque no
sólo se le habían inmovilizado las piernas, sino también el resto del cuerpo.
El corazón le dio un vuelco cuando se dio cuenta de que tenía una mujer al
lado. No su esposa, claro, que continuaba durmiendo plácidamente en su lado de
la cama. Sino, a los pies del cabecero de la cama, una mujer ya madura, menuda
y regordeta, de cabello oscuro, recogido en un moño. Le sonaba de algo… ¿quién
era? ¡Ah, sí! Era la doctora que estaba dirigiendo la investigación que estaban
realizando sobre la momia con la que habían tenido el incidente aquella mañana.
¿Qué demonios hacía en esa habitación?¿Y por qué le sonreía de manera tan
enigmática?
-Tranquilo,
señor Higgins. Los efectos de la parálisis son normales. Es parte del efecto de
la sustancia que le he inyectado hace unos minutos. ¿Sabe usted?, cuando una
trabaja en el campo del antiguo Egipto, civilización en la cual se llevaban a
cabo procesos de momificación exquisitos en los que se empleaba de manera excelente
la química, se aprenden un par de trucos. Como la droga que le ha provocado la
parálisis que ahora sufre. Así que no trate de resistirse, señor Higgins, no le
servirá de nada. Y ahora, voy a envolverle en la alfombra de esta roñosa
habitación para transportar su cuerpo. Discúlpeme si hay momentos en que lo
hago de un modo poco delicado: pero ahora lo principal es no despertar a su
esposa.
*
Describir el rato que pasó el
señor Higgins envuelto en la alfombra, desplazado quién sabe hacia dónde por
parte de una mujer que tenía toda la pinta de una psicópata, sería una tarea
imposible porque cualquier narración se quedaría corta. De hecho, dentro de su
muy limitada respiración, el señor Higgins exhaló un suspiro de alivio al ser
liberado de la alfombra, pero detuvo la siguiente inspiración en seguida, nada
más se dio cuenta de dónde estaba: habían vuelto al museo de las momias. Y, por
el rabillo del ojo, el señor Higgins se dio cuenta de que se encontraba en uno
de los sarcófagos. A pocos centímetros, la expresión de la cara de su
secuestradora exhibía un tono de reproche suave, como el de una madre muy
decepcionada por su hijo.
-Bienvenido,
señor Higgins. Va a sentir usted un raro privilegio: el de tener la oportunidad
de sobrevivir durante miles de años dentro de una tumba, para ser admirado por
las generaciones futuras. Sólo unos pocos miembros de la antigua civilización
egipcia han podido llegar hasta nuestros días para cumplir ese destino: debería
usted darle gracias a este momento.
Si
el señor Higgins hubiera podido hablar, casi que no hubiera hecho falta, porque
sus inmóviles ojos lo expresaban todo a través de una mirada de pánico. La
investigadora sonrió, entre despreciativa y condescendiente:
-Conozco
a los hombres como usted, señor Higgins: van por la vida como si sus actos no
tuvieran consecuencias, matando a las flores conforme las pisan sin darse
cuenta. Y si alguien se lo reprocha, se van sin decir nada, o si acaso emiten
una falsa disculpa, y se marchan sin remordimientos. Esa clase de gente que
emponzoña el mundo, a la que le da igual tener esclavizada a su pobre mujer que
cargarse el dedo de una momia egipcia. Hasta que por fin encuentran la horma de
su zapato: alguien que le da su merecido. Recuerde, señor Higgins: no le
conviene enemistarse con una egiptóloga. Están muy acostumbradas a trabajar con
los sentimientos extremos, con promesas absolutas, y con la perspectiva de la
inmortalidad.
Dicho
esto, la mujer empezó a tomar lo que parecían unas vendas y a envolver de
manera completa, metódica y sistemática al señor Higgins en ellas. El ciudadano
británico hubiera derramado lágrimas de arrepentimiento y tristeza, si la droga
no le impidiera hacer nada de todo esto. Cuando la investigadora terminó, le
echó un último vistazo para comprobar que todo estaba correcto:
-Ahora
me voy, señor Higgins. No se preocupe: en realidad no soy tan cruel. El efecto
de la droga se le pasará paulatinamente en unas horas y no tendrá ningún
problema en salir de aquí. Eso sí, tendrá que explicar a los guardias del museo
qué hacía dentro de un sarcófago, después de aparecer en pelota picada en medio
del Museo en horario infantil. Pero ya le dejaré a usted que se las apañe:
seguro que se las sabe arreglar. Mientras tanto, reconsidere lo que ha hecho y
cómo se va a comportar en el futuro. Y recuerde: en caso de que vuelva usted a
hacer lo que no debe, tengo muchas más ideas perversas de cómo actuar. Pase
usted un buen día.
Por
suerte, la mujer se fue sin dejar cubierta la tapa del sarcófago. Aunque el
señor Higgins no lo consideró una buena idea conforme vio a masas de niños y
visitantes entrar poco a poco en el museo mientras éste se incorporaba a sus
rutinas diarias. En un momento determinado, le pareció escuchar una voz reconocible.
No, no podía ser… ¡Sí, eran ellos! Era su familia. Seguro que de alguna manera
le reconocían y le sacaban de allí…
-Ay,
mira, Gertrude -le decía la señora Higgins a la madre del señor Higgins-… Qué
momia tan bien hecha. Si parece que la hubieran envuelto ayer.
-Hija,
yo es que no puedo pensar en nada mientras no encontremos a George…
-No
te preocupes, Gertrude, seguro que se ha ido a dar una vuelta. Te apuesto a lo
que quieras a que regresa antes de mediodía, preguntando qué vamos a comer.
¡Niños!¿Qué estáis haciendo?
-¡Estamos
tirando del dedo de la momia, como hizo ayer papá!
-¡Estos
niños, qué disgustos me dan!¿De las cosas que podríais haber heredado de su
padre, tiene que ser precisamente esa manera de hacer el cafre? Ay, como nos
vuelvan a expulsar por segundo día del museo no lo soportaría, qué bochorno
sería…
-Hija,
de todas maneras me da la sensación de que esta momia es muy rara… ¿No te da la
sensación de que está como llorando?
-Uy,
pues ahora que lo dices, es verdad… Es que ya se sabe cómo eran estos
momificadores egipcios: si es que parece como si siguieran vivos… Cualquier día
de estos se levantan Ramsés o alguno de estos y salen andando…
La
familia Higgins se fue, dejando a la momia tan sola y rodeada de gente como
antes. A mediodía, por la hora de comer, fue vaciándose el museo. Fue en ese
momento cuando sucedió algo inesperado: un perro de tamaño enorme, que se había
escapado del apartamento donde le habían encerrado porque seguramente uno de
los niños no había dejado muy bien cerrada la puerta, irrumpió en el museo, sin
que ninguno de los guardias le hubiera atajado a su paso, y al encontrar un
olor familiar, se acercó a uno de los sarcófagos, le pegó un par de lameteados
a la cara de la momia que alojaba en su interior, y se tumbó al lado de la
tumba egipcia. Esperando, como suele decirse, a que su dueño retornase, aunque
para ello tuviera que aguardar durante siglos junto a la tumba: los animales,
ya se sabe, tienen un concepto muy relativo de la eternidad.