miércoles, 1 de diciembre de 2021

El relato de diciembre: Una historia de amor completamente falsa

 Una historia de amor completamente falsa

               Empezaré a contar esta historia por el final o, por así decirlo, como yo la conocí. Estaba con un amigo al que suelo ver de Pascuas a Ramos, porque ha marchado a vivir en otra ciudad. En un momento determinado, mi amigo me pregunta por un antiguo affaire y, para hacerlo, utiliza una especie de clave críptica, preguntando por la muchacha como si fuera un número de teléfono (supuestamente el de la chica). Yo le respondo que no, que eso se acabó hace mucho. De hecho, aunque no se lo describo, recuerdo el momento. Ocurrió en uno de los períodos en que la relación con mi novia actual y yo pasó por un impasse, y estábamos pero sin estar. En aquella época yo habitaba un pequeño piso de soltero en un barrio de ésos de calles rectangulares, donde cada casa diminuta es exactamente igual a todas las demás. Puedo rememorar con nitidez una instantánea concreta de aquel encuentro: ella y yo, saliendo de la cama, vistiéndonos, sin saber muy bien cómo se presentará a partir de ahora el futuro. Los dos habíamos sido amigos durante años, y aunque yo había anhelado durante mucho tiempo una conexión de ese estilo, lo cierto es que nunca se había dado la oportunidad de producirse. Ahora, sin embargo, se había obrado el milagro, pero ambos sabíamos que aquello no podía durar. Quizás por muchas razones, entre las cuales podríamos aducir unas cuantas relacionadas con el carácter y el estilo de vida, pero, sobre todo, por cuestiones de movilidad geográfica. De hecho, ella se fue a vivir al poco tiempo a otro país y durante muchos meses no volvimos a contactar. Fue entonces cuando me di cuenta de la incoherencia lógica: ¿cómo había quedado yo exactamente con ella?¿No le dije nada, no volví a hablar, ni siquiera por teléfono? Y al ser consciente de ese aspecto concreto, fue cuando me percaté de que todo el relato era falso. Entonces me desperté.

               Me levanté en un estado de turbación. Durante los siguientes diez minutos, después de auparme de la cama, estaba convencido de que el encuentro sexual con aquella amiga había sido real. Lo que me chocaba es que muchos detalles de esta biografía no cuadraban: yo no había tenido ningún impasse con la novia con la que estuve en ese momento (y con la que ahora no estoy, de hecho, lo cual tampoco me cuadraba con la conversación con mi amigo). Tampoco era capaz de recordar ningún instante concreto en que las relaciones con esta muchacha pudieran llegar a un punto en el que se deslizaran por el terreno de la intimidad. De hecho, la única vez que le hice una insinuación de ese tipo, ella me rechazó –muy educadamente, eso sí, y con mucho tacto; seguimos siendo grandes amigos, antes y también después-. De hecho, estuve pensando, y sí que había contactado con ella cuando se marchó a otro país. Estuvimos conversando, hasta la visité, junto a mi nueva familia y mis tres hijos. Pero no hablamos de aquel incidente que se había desarrollado en aquel piso diminuto y la causa fue, simplemente, porque no existió. La verdad se abrió a la luz lentamente, como un cuchillo que corta un papel no demasiado estirado y tiene dificultades para traspasarlo pero, por fin, encuentra un punto donde la punta consigue horadar la superficie, y a partir de ahí sale a la luz, completamente expuesto. Así pues, aquello había sido un sueño: no reflejaba ningún recuerdo real. En retrospectiva, todo tenía sentido: por un lado, el teléfono que había usado mi amigo como clave no cuadraba con ningún número conocido. Por otro, este amigo tampoco había tenido ocasión de conocer aquella hipotética relación. Pero fue un minúsculo dato el que me confirmó, de manera meridiana, la verdad: era que no era capaz de recordar los detalles de la biografía de su cuerpo. En efecto, en  mi mente se dibujaba una imagen de ella desnuda, tan bella y corpórea como volátil ya que, si modificaba algún pormenor específico (la posición de los lunares, el número de los mismos sobre su pálida, nívea, espalda), el conjunto era tan coherente como el anterior. Así pues, si todas las imágenes eran igual de verdaderas, estaba claro que el conjunto de ellas era por supuesto falso. Aquel espurio recuerdo nunca había existido, y sólo era un producto de mi imaginación.

               Sin embargo, parecía tan real… Y supongo que éste era el secreto de todo. Dicen que las mujeres se arrepienten de las personas con las que se han acostado y les han decepcionado. A los hombres nos ocurre al contrario y, en cambio, nos sentimos dolidos (una especie de nostalgia de algo que nunca existió) por esas mujeres con las que nunca llegamos a alcanzar la comunión física. Supongo que eso es en parte lo que me ocurre a mí, y es una espinita que llevaré clavada toda la vida. No hablo ya exclusivamente del terreno de la pasión o de la lujuria: la chica en cuestión siempre me ha caído bien y, de una manera inconsciente, he sentido la necesidad de ayudarla, de protegerla, de ser una persona que esté a su lado para apoyarla… Supongo que, para ella, una relación carnal de ese tipo no le hubiera aportado demasiado, y sólo hubiera entorpecido nuestra amistad. Además, como he dicho, diversas circunstancias hubieran hecho muy complicado que aquello desembocara en una convivencia sólida, ya que lo más probable es que nuestros caminos se hubieran separado más pronto que tarde. En ese sentido, cabría pensarse que, para mucha gente (incluyendo también mi amiga), un suceso de este tipo sería considerado, a posteriori, un fracaso. Pero, en mis fantasías, quiero pensar que un encuentro de esa clase hubiera significado algo importante y, de alguna manera, nos hubiera aportado una experiencia que enriqueciera nuestras vidas. Quizás yo hubiera sido capaz de transmitirle parte del cariño que todavía atesoro por ella y, de ese modo, ese legado hubiera formado parte de su existencia. Quién sabe: quizás soy demasiado presuntuoso sobre el efecto que puede ejercer una noche –o yo mismo- sobre la apreciación, la felicidad o la autoestima de una persona. Sí que sé que a mí me hubiera encantado recorrer esa piel desnuda cuyos detalles geográficos no conozco; memorizarlos a fondo; saborearlos del todo, al menos, una sola vez. Una efímera oportunidad.

               Y entonces entiendo que es para eso para lo que existen los sueños. Aunque yo no haya disfrutado de ese momento, el hecho de haber pasado por esa divagación onírica me ha hecho experimentar algo que, en el plano real, nunca he tenido ocasión (ni la tendré) de probar. Pero la vivencia ha sido tan nítida que es casi como si hubiera sucedido. Supongo que es ésa la función, al menos en parte, de esas extrañas imágenes que pueblan por la noche nuestras camas: proporcionarnos las experiencias de las que hemos carecido, suplir los déficits que vamos acumulando por el camino. Porque sin la imaginación, y una cierta capacidad de autoengaño, nuestro paso por este valle de lágrimas sería poco menos que insoportable.

               A veces despreciamos los sueños. Los consideramos meras distracciones de los fenómenos que ocurren cuando estamos despiertos, que son los auténticamente relevantes. Pero igual que las andanzas del conde de Montecristo nunca se han producido (y a muchos nos han aportado horas de diversión y felicidad), a mí el sueño de aquel día me infundió una tranquilidad de espíritu que de algún modo necesitaba. Yo, en ese sentido, estoy agradecido. Por supuesto, esto nunca se lo voy a confesar a mi amiga. Lo que haya ocurrido entre su representación de mi mente y yo queda dentro de mi cráneo. Quizás, algún día, esa chica imaginaria premie mi fidelidad presentándose de nuevo en mis noches, y aportándome un nuevo relato que será mentira, pero que, desde luego, no pienso despreciar.

lunes, 22 de noviembre de 2021

El relato de noviembre: Debut

 Debut

 

          De todas las frases que NO dijo Shakespeare, sin duda la más certera fue: “No hay nada más estresante que ser director de teatro”. Y me importa un pito el anacronismo del uso de la palabra estresante, el no-Shakespeare tenía razón. Llevo veinte años en esta profesión y maldita la gracia que me ha hecho permanecer en ella. Para muestra, un botón: les voy a poner un ejemplo de algo que me ocurrió la semana pasada.

 

          Contexto: una obra clásica, de ésas donde los actores van vestidos con jubones y declaman las frases en castellano antiguo. Iba a ser la típica representación que empieza en un teatro de provincias, para que así los actores se vayan fogueando. El término “teatro de provincias” puede antojárseles clasista o rastrero, y seguramente tengan razón, pero empleo la expresión porque de esta manera nos entendemos todos. La cosa es que no esperábamos grandes alardes: simplemente cumplir con nuestro trabajo e ir puliendo fallos de cara a lances y plazas más críticas. Pues bien, como nunca pueden ir bien del todo las cosas, ocurrió la clase de cosa que le quita el sueño a los directores: se nos lesionó un actor justo un par de días antes del debut. Por más que le pregunté a los médicos, y por mucho que el actor insistió, no había manera: si no era con muletas, no podía subirá un escenario. Así pues, había que buscar un sustituto, y no andábamos sobrados de actores. Entonces, apareció la pesadilla de cualquiera que se atreva a montar una función sobre las tablas: un ayudante de escenografía, joven (muy joven), extremadamente apasionado, que se ofreció entusiasta para reemplazar a nuestro malherido intérprete.

          -Pero, Manolín –le llamaremos “Manolín” para evitar la posibilidad de demandas-… ¿Tú tienes alguna experiencia en teatro?

          -No.

          -¿Tienes alguna experiencia, interpretativa, de cualquier tipo?

          -Tampoco.

          -¿Ni siquiera en el colegio?

          -Bueno… Ahora que lo pienso, tenía que hacer de gusano en una obra de la guardería cuando tenía 5 años.

          -¿Y qué tal te fue?

          -El guion decía que debía darle un beso a María Gusano. Pero a la chica que hacía María Gusano no le gustó y me arreó un guantazo.

          Suspiré.

          -Y, entonces, ¿por qué quieres actuar?

          -Es que… me haría mucha ilusión.

          Te lo decía con esa mirada y ojitos tiernos, como los de un carnero que no sabe que en tres días le toca un viaje al matadero… En fin, como decimos en el argot de los intelectuales, “tenía una hostia”…

          -Manolín, el teatro no es lo que te piensas. Se dan muchos casos de  miedo escénico. La gente se bloquea cuando se da cuenta de que en las butacas hay una masa informe de público mirándole. No está hecho para cualquiera.

          -Déjeme, jefe. Déjeme, que lo haré bien.

          Supiré de nuevo. Esta vez, más hondo. La verdad es que no tenía muchas alternativas. No había demasiada gente a la que recurrir, y al muchacho no se le podía acusar de falta de compromiso.

          Por lo menos era un papel fácil.

          -Mira, Manolín, la actuación en realidad es muy corta. Sólo tienes que salir a escena con el traje que te darán los de vestuario. Eres el mensajero. Tienes que anunciar la llegada del Príncipe a la corte. Son dos frases nada más. Luego te colocas en la parte de atrás del decorado, junto al telón. Es una labor sencilla, pero importante desde el punto de vista narrativo, porque van a pasar por delante un montón de personajes, los cuales harán referencia al tuyo y te señalarán, para así utilizar esa acción como sostén metafórico para sus propios discursos. ¿Has entendido?

          -Metafórico.

          -No, quiero decir… das el mensaje, te vas hacia el fondo del escenario, delante de la cortina, donde lops demás puedan verte, y te quedas quieto. ¿Podrás hacerlo…?

          -Claro, jefe. Seguro –parpadeó repetidas veces el muchacho con la seguridad que, sin duda, tenían en sí mismos los primeros ingenuos que probaron un paracaídas.

          Lo dejé estar. Hablé pues con el dramaturgo para ver si podíamos modificar la frase de nuestro recién adquirido intérprete, con el propósito de ponérselo lo más fácil posible. El escritor farfulló una retahíla incomprensible acerca de “la potencia diegética del texto”, pero después de un toma y daca bastante rutinario, acabó diciendo que sí. La frase que el interfecto tendría que pronunciar, de forma rotunda y sonora, cuando ejerciera de heraldo, sería:

          -¡El Príncipe llegará dentro de dos días!

          Parecía fácil. Y, de hecho, lo era. Al muchacho se le vio entregado durante los pocos ensayos donde tuvo la oportunidad de probarse. No daba la impresión de desenvolverse mal. Un poco nervioso, pero bueno, lo habitual para este tipo de casos. Así que me despreocupé del asunto. Al fin y al cabo, ¿qué es lo peor que podía pasar? (me dije a mí mismo, incauto). ¿Que tartamudeara un poco su frase? Siempre tendríamos al apuntador y a los otros actores para echarle una mano, en el que caso de que vinieran mal dadas.

          El día del estreno, se reunía todo el alto copete de aquel núcleo urbano, tan pequeño como orgulloso de sí mismo. Como suele decirse, se habían congregado las fuerzas vivas del lugar: y con eso quiero decir que divisé corbatas, pamelas, sombreros de ala ancha de obispo, y hasta algún tricornio. El teatro estaba de bote en bote, y tan sólo había unos cuantos huecos vacíos, destinados a las familias de los intérpretes, en la primera fila. En esos asientos para personalidades VIP avisté a una hermosa joven que se encontraba hablando con nuestro actor debutante, el cual aún no se había vestido y maquillado para su personaje. Deduje (por la forma en que se hacían arrumacos) que se trataba de su novia. Creí que esto era un buen auspicio, pues pensé que la presión por quedar bien delante de tan bella dama le serviría a nuestro particular Laurence Olivier como acicate para desplegar el mejor de sus talentos. Eso, como digo, era lo que, por aquel entonces, creía yo.

          La función comenzó. Todo transcurría dentro de los cauces previstos. De reojo, siempre un paso por delante, atisbé a nuestro bisoño héroe, el cual, enfundado en su traje de mensajero, daba la pinta exacta de lo que debía aparentar. Le noté tenso, pero sin salirse de los límites habituales. Por tanto, lo dejé estar.

          Llegó la hora crucial para el chico. Cuando iba a salir, le di un par de golpecitos en el hombro y le susurré, como había hecho con tantos actores antes, un animoso:

          -Mucha mierda.

          El joven salió al escenario. Se plantó en medio de los otros actores, con su capa al viento (es un decir) y su sombrero rematado con una pluma, acentuando su elegancia. Sólo tenía que decir una frase. “El Príncipe llegará dentro de dos días”. Nada más.

          Entonces ocurrió. Juro que, si a mí me lo preguntan, aquello fue completamente improvisado. Se quedó un segundo mirando a su alrededor, como buscando algo y, cuando lo encontró, lo agarró con la mano derecha. Resulta que lo que atrapó fue una espada de atrezzo que llevaba uno de sus compañeros y que no debía usarse para nada, simplemente como aporte decorativo al personaje.

A continuación, el joven mensajero, ahora armado con una espada, la levantó, la alzó hacia el individuo que tenía enfrente (a la sazón, el protagonista de la obra) y, con una voz estentórea, que ya quisiera yo para mis mejores diálogos, proclamó:

          -¡Me llamo Íñigo Montoya!¡Tú mataste a mi padre!¡Prepárate a morir!

          Dicho esto, nuestro arrebatado héroe avanzó un paso hacia adelante, ensartó a su compañero de reparto en el pecho (también es un decir; la espada era de plástico blandito, y lo más que hizo fue arquearse al contactar con el tórax del agredido), soltó el arma y, de un salto, se plantó ufano en un asiento vacío de las primeras filas, justamente al lado de su novia.

          El resto de la producción nos quedamos estupefactos. En ese momento, el protagonista de la obra, dándose cuenta de que acababa de producirse una ruptura de la continuidad narrativa, y con unos segundos de desfase –suficiente para que fuera evidente que aquello no estaba preparado- se llevó las manos al pecho, exhaló un grito y se desmayó. Es otras palabras, su personaje murió. En mitad de la obra. Con otros dos actos por delante. Que requerían de su plena participación, la cual incluía un monólogo.

          Mientras tanto, escuché desde la primera fila (tal silencio había invadido el teatro) al mensajero reconvertido en asesino proclamarle a su chica, con un deje de felicidad y vanagloria:

          -Siempre había deseado decir esa frase…

lunes, 15 de noviembre de 2021

La historia corta de noviembre: "Elogio de Milady de Winter"

 Elogio de Milady de Winter

                Todavía estoy esperando que, junto a la vindicación de Circe, de Maléfica, de Cruella de Vil y otras grandes villanas del cómic y la leyenda, lleguen las de algunas otras: la de Helena de Troya, obligada a servir como insensato instrumento de los dioses. La de las sirenas, que merecen el mismo reproche que los leones cuando comen carne. O a Milady de Winter, abandonada por un marido que ni siquiera se dignó a escuchar su historia, incomprendida, refugiada finalmente en la maldad de la locura como única manera de salir viva. En otra ficción, “Orange is the new black”, se insinuaba que buena parte de las presas se encuentran encerradas en las cárceles norteamericanas por culpa de algún hombre. Por otra parte, Sócrates decía que nadie se hace malvado por sí mismo. Todas esas villanas están esperando que alguien cuente su historia, y qué las ha llevado a estar ahí.

martes, 2 de noviembre de 2021

La historia real y la película de noviembre: Videojuegos, muchos asiáticos, y el engima de más de 50 años.

Ésta no es una historia típica. Y quizás la forma en que la comenzamos va a dejarlo patente. Nuestro relato terminará con un descubrimiento que puede revolucionar el mundo de la medicina y la biología, pero empieza con un chico cuya máxima aspiración era seguir jugando toda la vida, lo cual incluía el plan perfecto de un adolescente: encerrarse en un sótano y no parar de darle a los videojuegos. Todo ello, pasando por el momento en que el ingenio humano tuvo que hincar la rodilla frente a la tecnología y reconocer que ya no era el más listo de la  ̶h̶a̶b̶i̶t̶a̶c̶i̶ó̶n̶  creación.


Vamos a iniciar nuestra narración con este buen señor: Demis Hassabis, un londinense de ascendencia singapurense y grecochipriota (preparaos: la gente del futuro será así). De joven quería ser jugador de ajedrez -llegó a ser considerado un niño prodigio en el campo-, pero lo descartó porque fue testigo de cómo el ordenador Deep Blue derrotaba al campeón mundial Gary Kasparov, y dedujo que las computadoras habían superado en ese aspecto a los humanos. Por cierto, que aquella batalla trajo cola. Durante las partidas en las que el ordenador derrotó al ajedrecista humano, Kasparov le "tendió una trampa" al programa informático, el cual no "picó" en su estrategia. Kasparov sospechó que una mano humana estaba detrás de su derrota, y exigió a los programadores que publicaran los registros de los procesos internos de Deep Blue, para saber si alguien había "ayudado" al ordenador. Los programadores no quisieron responder a sus acusaciones, pero más tarde publicaron dichos registros, y hasta ahora nadie ha sido capaz de confirmar las acusaciones del ajedrecista. Desde entonces, la informática ha progresado mucho, y no sólo en el ajedrez: otro programa fue capaz de derrotar a los dos máximos ganadores del programa televisivo estadounidense Jeopardy. Pero todavía quedaba un reto mayor. Aunque para eso debemos seguir con la historia de Hassabis.

Hassabis era y es una persona interesada en los juegos, y de hecho acabó trabajando como creador de éstos. Por supuesto, se metió en el campo que más le permitía desarrollar su creatividad, que es el del entretenimiento a través del ordenador. No sólo fue muy reconocido a nivel de premios, sino que algunos de los videojuegos que creó fueron tremendamente populares. Pero Hassabis es una persona ecléctica, y mientras desarrollaba un cierto nivel como jugador de póker online, hacía también incursiones en el campo académico, en concreto de la neurociencia (tiene un estudio muy interesante que habla sobre la relación estrecha entre memoria y desarrollo de la imaginación). 

De todos modos, tiene pinta de que ya entonces Hassabis miraba más allá, y la experiencia que tenía en la industria tecnológica le sirvió para rodearse de un equipo que le ayudó en su siguiente aventura: Deepmind, una compañía británica de inteligencia artificial especializada en el aprendizaje automático y deep learning. No voy a explicar la diferencia entre estos dos conceptos porque seguro que hay lectores que entienden de este tema mucho más que yo. Sin embargo, voy a exponer lo que creo que es el concepto esencial para los no-iniciados: estos programas de inteligencia artificial son capaces de aprender a partir de sus propios errores y procesos internos, de tal manera que mejoran de modo cada vez más rápido, en un progreso exponencial. Deepmind (adquirido en 2014 por Google) se especializa en muchos asuntos distintos, pero lógicamente se encaminó a un tema que a Hassabis le entusiasmaba: los juegos. Pero no creamos que detrás sólo estaban los intereses de un individuo aislado: hay un motivo importante por el que este tipo de entretenimiento es tan esencial para el desarrollo de la inteligencia artificial, y es porque sus resultados son fáciles de interpretar. Por ejemplo, si (como se propone siempre entre risas) una inteligencia artificial tratara de ser un buen político, sería muy difícil evaluar si lo está haciendo bien o mal -pensad que ni siquiera los votantes nos ponemos de acuerdo en ello-. Pero, en cambio, en los juegos es muy fácil analizar el nivel de éxito: ganas o pierdes. Así que resultan un modelo de estudio ideal.

¿Y con qué juego intentaron testar sus programas? Pues con uno mucho más complejo que el ajedrez: el go. En Occidente no lo conocemos demasiado, pero en Asia causa auténtico furor. ¿Y por qué decimos más complicado? Porque en el ajedrez, el número medio de movimientos que puedes hacer por jugada es de 37, mientras que en el go son aproximadamente de 200. Por tanto, una partida de go tiene tantas posibles variantes que no puedes "explorar" todas las opciones disponibles mediante un ordenador, por muy potente que sea, sino que te ves obligado estimar. Ése es el caldo de cultivo ideal para poner a prueba a una inteligencia artificial, y por eso Deepmind se metió a fondo, creando un programa que fuera capaz de competir en dicho juego. El resultado se narra en un documental, AlphaGo (el nombre del programa desarrollado por la compañía), el cual os recomiendo vivamente, con la suerte de que puede visualizarse en Youtube.


Para empezar, los de Deepmind probaron con el campeón de go europeo (el cual, por cierto, es de origen asiático). Jugaron con él unas cuantas partidas -no os describiré cómo es el juego porque su mecanismo profundo es algo que tampoco entiendo; desde lejos, parecen dos personas colocando piedrecitas en posiciones predeterminadas en un tablero; por lo visto, la base es tratar de cercar áreas con las piedrecitas con el fin de englobar la mayor proporción de la superficie de juego-. El programa informático las ganó todas. Cuando este hecho se hizo público, el mundo del go profesional despreció aquella evidencia: decían que el competidor humano no tenía el nivel suficiente, e inmediatamente se sugirió que el programa debía enfrentarse al jugador más destacado del planeta, el coreano Lee Se-Dol, el cual llevaba 20 años dominando la disciplina: el Federer del go, o asi lo definieron. Es interesante comprobar la evolución del enfrentamiento a partir de la actitud de ese campeón mundial respecto al reto. Al principo, nuestro hombre se halla confiado (un poco "sobrado", como suele decirse popularmente) en que derrotará con solvencia al programa. Entonces pierde la primera partida, y lo achaca a que no ha jugado bien. En la segunda contienda, actúa de manera conservadora, y cae de manera más incontestable que la anterior; aun así, sigue argumentando que el problema son los errores propios, no que el ordenador suponga un salto cualitativo. Los que han jugado contra AlphaGo describen una experiencia "arrolladora", en el sentido de que el ordenador te aplasta por todos lados, de una manera agresiva que ni siquiera eres capaz de entender. Además, se observa que el programa desarrolla "movimientos anómalos": realiza jugadas que, desde el punto de vista clásico del juego, aparentan ser un suicidio; pero que, a posteriori, con el desarrollo global de la partida, demuestran ser fundamentales para modificar el curso de los acontecimientos. Hay un momento determinado en que Se-Dol mueve las piezas, entre desnortado y carente de esperanza, mientras transmite la sensación de que ha perdido el control. Sin embargo, inesperadamente, a partir de un movimiento clave, consigue ganar una de las partidas. Tras su victoria, Se-Dol se muestra tan agotado como sonriente, declarando que todavía existe un resquicio en el que los humanos tienen una opción para ganar (y suena tan derrotista, o tan falsamente optimista, como el último humano a punto de ser esclavizado por las máquinas). Los creadores de Deepmind analizan a fondo su derrota, y entienden que Se-Dol tomó una decisión con la cual sólo tenía un mínimo porcentaje de posibilidades de éxito, pero explotó ese resquicio, y fue capaz de derrotar al cálculo de probabilidades de la máquina. Se-Dol pierde finalmente el resto de las partidas, en lo que supone un baño de humildad para el género humano. Tres años después, Se-Dol se retiraría, arguyendo que es imposible derrotar a la computadora, y que su victoria sobre AlphaGo fue debida a un error del programa. Según el coreano, la inteligencia artificial pierde en ocasiones de una modo que le resulta tan poco comprensible a los humanos como cuando gana, pero eso no cambia la tendencia general. Hasta hoy, Se-Dol es la única persona que ha conseguido derrotar a un programa de ordenador de este tipo en el go. Por otra parte, muchos jugadores han adoptado algunos de los comportamientos "anómalos" desarrollados por los programas, demostrando que la inteligencia artifical ha llegado no sólo para cambiar nuestra modo de jugar, sino también para revolucionar nuestros esquemas de pensamiento.

Pero Deepmind quería llegar a un rincón más profundo, y se ha embarcado en el objetivo último de la inteligencia artificial: ayudar a los seres humanos no sólo a hacer los cálculos más accesibles, sino a resolver problemas que él no es capaz de solventar por sí mismo. El área en el que ha aterrizado con más ímpetu ha sido el de la medicina y la biología molecular. Los planes de Deepmind a largo plazo incluyen diagnosticar enfermedades a partir de imágenes de nuestra retina, así como ser determinar el pronóstico de la salud de un individuo mediante el análisis de sus constantes vitales. Pero, por el momento, el mayor logro que se le conoce no es ni mucho menos baladí. Ha quizás resuelto el denominado "problema de más de 50 años", y que probablemente sea objeto de un premio Nobel: el misterio del plegamiento de las proteínas. Pero esto requiere una explicación.

Las proteínas son las moléculas responsables de buena parte del funcionamiento del organismo de los seres vivos. Si las grasas y los azúcares se dedican en mayor medida a funciones estructurales y de alimento, las proteínas, aparte de estas actividades, son en una alta proporción enzimas (es decir, aceleran las reacciones bioquímicas del organismo), y también poseen funciones reguladoras, de transporte, de movimiento, defensivas, constituyen receptores de distintos tipos... Para que nos hagamos una idea, la principal función del famoso ADN -nuestra herencia genética- es decidir qué proteínas va a expresar la célula en cada momento concreto, y en qué cantidad. De hecho, cuando la biología molecular estaba en pañales, se pensaba que el responsable de la herencia genética tenía que ser una proteína (tan importantes son en nuestro organismo), y fue una sorpresa cuando descubrieron que era el ADN. Pero para saber cómo funcionan las proteínas tenemos que irnos a su estructura, donde se centra el fondo del problema que hoy nos ocupa.


La mioglobina, una de las primeras proteínas cuya estructura se describió.

Las proteínas (cuyo nombre, muy apropiadamente, viene de la divinidad griega Proteo, la cual tenía la capacidad de cambiar de forma a voluntad) tienen varios niveles de estructura. Lo primero es su estructura primaria, es decir, su secuencia. Una proteína en el fondo es una larga cadena de unas moléculas más pequeñas que se llaman aminoácidos, de los cuales (nos referiremos en este caso a los seres humanos) hay veinte tipos distintos. Una proteína puede tener desde unos pocos cientos a varias decenas de miles de aminoácidos, uno detrás de otro, en un número casi infinito de combinaciones. Luego, tienen una estructura secundaria -es decir, pequeños grupos de aminoácidos que se agrupan en una conformación particular, como una hélice o un bucle-. Finalmente, está la estructura terciaria, es decir, cómo se organiza la proteína en su conjunto (por ejemplo, la imagen que véis arriba es la estructura terciaria de la mioglobina). Esto se complica porque las proteínas pueden tener estructura cuaternaria (es decir, proteínas que se unen entre sí), pero de momento vamos a dejarlo ahí.

La cuestión es que, hasta ahora, no había manera de saber, a partir de la secuencia de aminoácidos de una proteína, cuál sería la estructura global de la misma (o, dicho de otra manera, de qué forma se pliega esa cadena de aminoácidos, como si fuera un gusano de múltiples segmentos enroscándose sobre sí mismo). Hay que tener en cuenta que, según la estructura que tenga, la proteína será capaz de unirse a otras moléculas o cumplir algunas de sus funciones: de hecho, proteínas de actividad similar suelen tener una forma similar también. La manera de descubrir el plegamiento final de una proteína, clásicamente, ha sido a partir de estudios bioquímicos muy complejos (la cristalografía de rayos X y la resonancia magnética nuclear, entre los más destacados) que requieren de meses o años. No es raro que la tesis doctoral de un científico especializado en estas técnicas sea descubrir la estructura de una proteína. La informática, a este respecto, había podido hasta ahora hacer poco. Determinados programas podían dilucidar estructuras secundarias (o sea, secciones parciales de la proteína), y se podía deducir mucho de la estructura de una proteína a partir de otras cuya secuencia fuera similar -digamos que pertenecerían a la misma familia-. El problema del plegamiento de las proteínas es una especie de Santo Grial de la biología que lleva más de 50 años planteándose: un profesor mío afirmaba, sin ningún género de duda, que, el día que se resolviera, el descubrimiento sería acreedor de varios premios Nóbel. Quizás por eso, desde 1994 hay un concurso denominado CASP que se celebra cada dos años y que otorga un premio a la compañía informática que sea capaz de mostrar un desarrollo más avanzado en la predicción de proteínas. Pero lo realmente esencial de este asunto no es la dificultad del reto: el día que conozcamos cómo puede plegarse una proteína a partir de su secuencia, no sólo conoceremos la función y los detalles del mecanismo de miles de proteínas nuevas, sino que, en teoría, podremos diseñar proteínas a voluntad, generando no sólo una descomunal cantidad de conocimiento teórico, sino abriendo múltiples posibilidades para la ciencia médica, farmacéutica o los procesos industriales, con aplicaciones de las que ahora mismo no somos ni siquiera conscientes. El desafío, por tanto, era lo suficiente atractivo para que Hassabis y su equipo -sin duda lleno de mentes brillantes- se pusieran a trabajar en ello.

Así que Deepmind se puso a diseñar un programa que pudiera absorber todo el conocimiento que poseemos de estructura de proteínas, realizara sus propias predicciones, y aprendiera a partir de ellas para así mejorar día a día. Idealmente, el programa debería ser capaz de replicar (desde la secuencia) las estructuras de proteínas que ya conocemos y, a partir de ahí, generar nuevas predicciones con las proteínas cuya estructura ignoramos. El resultado: el programa, AlphaFold, no sólo fue capaz de ganar las dos últimas ediciones del concurso CASP (tanto que han pensado seriamente en cancelarlo) sino que, sobre todo, cristalizó en dos artículos que salieron en 2021 en la revista Nature -una de las dos mayores publicaciones científicas del mundo- con la diferencia de una semana. Para que os hagáis una idea, el último alarde similar de éxito a nivel de publicaciones resultó ser un fraude, así que os podéis imaginar que no es un fenómeno ni mucho menos frecuente.

En el primer artículo, Hassabis y su amplio equipo describen cómo desarrollaron el programa, y los resultados que éste obtuvo, comparándolo con los obtenidos con las técnicas bioquímicas. En el segundo, amplían todavía más el reto: consiguen determinar la estructura de casi todas las proteínas humanas -casi; luego diremos el "pero"- y de un cierto número de especies importantes en investigación, hasta un número de 150.000 (hasta ahora, se habían un descrito un total de 100.000 estructuras de proteínas, de las potencialmente miles de millones que existen). Tengamos en cuenta un par de números: sólo se han publicado hasta ahora la posición de un 17% de los aminoácidos de todas las proteínas registradas en las bases de datos científicas de todo el mundo. AlphaFold, por otra parte, es capaz de determinar la posición de un 94% de los aminoácidos de las proteínas estudiadas con un alto nivel de seguridad. De repente, los científicos tienen toneladas de conocimiento que ahora habrán de certificar mediante los métodos clásicos para determinar si, en efecto, AlphaFold es tan fiable como afirma ser. Los siguientes años van a ser muy interesantes para constatar si Deepmind ha dado en la diana y resuelto "el problema de más de 50 años".

Nada más ser publicados estos artículos, empezaron las críticas. Algunas tienen sentido, y pasamos a enumerarlas a continuación:

-Una de ellas radica en que la capacidad de Deepmind para predecir la estructura de las proteínas se basa en la certeza de <<hipótesis de Anfinsen>>. Esta es una asunción realizada por un bioquímico estadounidense por la cual, en teoría, todos los detalles necesarios para conocer la estructura de una proteína están contenidos en su secuencia primaria. Hasta ahora, y por lo que conocemos de la forma en que se generan las proteínas, esto parece ser así, pero no se descarta que haya excepciones. Hay que tener en cuenta que las proteínas no se crean de golpe, sino por un proceso secuencial: primero se unen dos aminoácidos, luego se añade otro... Aunque parece que las células tienen sistemas para evitar que, durante el proceso, las proteínas se plieguen de manera anormal, ocurre que mientras las proteínas se van creando van adquiriendo lo que se denomina "modificaciones post-traduccionales": es decir, otras proteínas les añaden azúcares, grupos cargados eléctricamente, etc... Estas modificaciones "sobre la marcha" podrían afectar la estructura final de las proteínas (respecto a si dichos cambios se produjeran sobre una proteína ya completa), aunque, como digo, todavía no se ha demostrado. Por otra parte, sea cual sea el momento en el que se añaden, esas modificaciones post-traduccionales pueden alterar la estructura de la proteína sobre la que se encuentran, y habría que ver si AlphaFold es capaz de integrar todos estos parámetros.

-Otro de los problemas para AlphaFold es la capacidad que tienen las proteínas para interaccionar entre sí (la estructura cuaternaria que hemos mencionado antes), asunto en el que el programa todavía no se ha metido a fondo. En realidad, muchas funciones de las proteínas se basan precisamenten en cambios de conformación motivados por esas interacciones. 

-Por otra parte, con el objetivo de simplificar, el equipo de Deepmind limitó el tamaño máximo de las proteínas que incluyó en su análisis: es posible que proteínas de mayor tamaño no sólo sean más difíciles de analizar, sino que causen problemas complejos en cuanto a la fiabilidad de su estructura. Aun así, hay que romper una lanza en favor de AlphaFold, en el sentido de que el tiempo que invierte en determinar la estructura de una proteína de miles de aminoácidos es de unas seis horas, en contraste con los meses o años que se tarda mediante el sistema tradicional. 

-Por último, hay que decir que un porcentaje de los aminoácidos analizados por Deepmind no estaban contenidos en ninguna estructura clara. Pero también es verdad que se cree que existe una cierta proporción de las secuencias de las proteínas -o incluso proteínas casi completas- que no tienen una estructura clara (son proteínas "intrínsecamente desordenadas"), y de hecho se cree que este fenómeno puede ser esencial para su función. Una cuestión curiosa es que estos dos porcentajes (el estimado de proteínas "intrínsecamente desordenadas", y el de aminoácidos para los que AlphaFold no encuentra una estructura estable) coinciden sospechosamente, lo cual apunta a que el programa de nacionalidad británica, quizás, ha dado en el clavo.

Otras críticas, en cambio, se parecen más a las que sufrió AlphaGo por parte de los jugadores profesionales de este deporte: las del humano que no se cree que las máquinas le dominarán, justo antes de que le subyugue Skynet. Entre otras, que el auténtico problema del plegamiento de las proteínas no es cuál es el resultado final, sino describir el proceso detallado mediante el cual se produce (un enigma desde luego apasionante, aunque en mi modesta opinión no le resta méritos a lo conseguido, si se confirma, por parte de AlphaFold). Pero en el fondo lo que subyace es la sensación de que muchos biólogos están dolidos porque de repente han llegado un grupo de frikis amantes de los videojuegos y han enviado de una patada al rincón de la historia no sólo metodologías, sino también carreras y áreas científicas completas. Y, lo que es peor, les pueden robar uno de los más relevantes premios Nobel de Medicina o Química sin tener ni idea de estas especialidades, en un acto de intrusismo sin precedentes. Son las consecuencias colaterales del progreso, que dirían algunos. Siempre hay ganadores y perdedores, aunque uno querría pensar que la gandora, en global, con esta clase de cosas, es la especie humana y el planeta en su conjunto.

Como he dicho antes, los hallazgos de Deepmind aún deben confirmarse, pero abren la puerta a un mundo de medicamentos a la carta y de una mayor comprensión del funcionamiento del organismo, con todo lo que ello conlleva. Y, como hemos mencionado también, la inteligencia artificial puede tener otras múltiples aplicaciones en el campo de la medicina, las cuales aún se están desarrollando. El futuro llega y, junto a los coches autónomos y el procesamiento masivo de datos, llegan utilidades de la inteligencia artificial que modificarán nuestro mundo y que no podemos todavía atisbar. Lo que hagamos con ellas, como siempre, es cosa nuestra. Hay algunos que ya se están comprando la edición de lujo de las películas de Terminator, para ver si así les caen bien, en el futuro, a los robots. Aunque bien puede ocurrir que las inteligencias artificiales del mañana nos consideren seres inofensivos, e incluso a los que hay que estar agradecidos, por eso de que inventamos la escritura y los libros. Espero que por esa parte nos salvemos. Pasadlo bien y, mientras tanto, pensad en qué mundo les estamos dejando a las máquinas. Un saludo.

Post-scriptum: este tema, junto con otros apasionantes, relacionados con el futuro de la inteligencia artificial, los intentamos desarrollar los amigos del podcast del Gato de Hubble con la presencia estelar de un experto en el campo (hay que decir que el equipo del podcast ya desarrolló un estupendo programa sobre inteligencia artificial que os recomiendo, tanto por la información como por las risas. Sólo tres palabras: drones, cecina, León). Sin embargo, problemas técnicos nos han impedido hasta ahora publicarlo -quizás una inteligencia artificial se apiade de nosotros y nos ayude-, así que de momento tendréis que conformaros con esta humilde crónica. Nos vemos, nos leemos. Otro saludo, y disfrutad con las lecturas, al menos antes de que llegue la singularidad. Hasta muy pronto.

lunes, 25 de octubre de 2021

Las historias cortas de octubre: "El profeta y el dios".

El profeta y el dios

El profeta anunció vociferante: "¡Llega el fin del mundo!".
El dios se acercó a él, curioso, y, tras escucharle detenidamente, replicó: "Sí, en efecto. Pero no es como tú te imaginas".
Fue entonces cuando el oráculo tembló de verdad.

                                                        *

El rey se quejó ante el oráculo de que sus vaticinios eran escasos y que nunca le advertía de acontecimientos apocalípticos inminentes. El sacerdote respondió:
-Majestad, ¿preferís pagarme por los horrores que prediga, y que se hagan realidad, o porque dichas catástrofes no sucedan nunca?

                                                        *

El monarca le reprochó al oráculo no haberle advertido en su momento acerca de una mala decisión que estaba tomando:
-Majestad -replicó el vidente-, yo puedo avisar de los planes de los dioses, pero no puedo hacer nada contra la locura, la insensatez, y las pocas ganas de escuchar de los hombres.

lunes, 18 de octubre de 2021

Los libros de octubre: una serie de recomendaciones rápidas

Pues eso, recomendaciones rapiditas, que hay mucho que leer y poco tiempo. Además, en general los libros de este post son cortos y se devoran en un santiamén:

Salvatierra, de Pedro Mairal. Una novela sobre la memoria, sobre hasta qué punto conocemos a nuestros progenitores (y heredamos de ellos sus obsesiones, preocupaciones y errores), y también acerca del poder transfigurador del arte y el tiempo. Muy enriquecedora. 

Pollo en pepitoria, de Andrés Zelada. El apocalipsis ha llegado, y también ha afectado a España. Sin embargo, de entre las ruinas, una pequeña población está tratando de crear un nuevo modelo basado en la solidaridad mutua, la igualdad y hasta el lenguaje inclusivo. El protagonista, un "cuñado" con todas sus letras, llega allí y es llamado a formar parte de este proyecto tan prometedor. Pero, por supuesto, va a hacer todo lo que pueda para intentar destrozarlo. Una novela pequeña (y barata) que toca temas profundos, los cuales darían para varios ensayos de psicología y sociología, pero cuyo humor y estilo sencillo hacen que la lectura te produzca las mismas sensaciones que un tranquilo paseo por una playa de Alicante.

Roumeli. Viajes por el norte de Grecia, de Patrick Leigh Fermor. El autor británico visitó Grecia por primera vez de una manera muy especial: aterrizó en paracaídas en Creta y colaboró como soldado con la población local en la resistencia contra los soldados nazis. Por supuesto, cuando sobrevivió de aquel infierno albergaba tantos sentimientos acerca del país heleno... que hasta se quedó a vivir allí. Patrick Leigh Fermor nos cuenta sus andanzas por el norte de Grecia (en otro libro, <<Mani>>, comenta historias de la parte sur del Peloponeso) mientras aprende las sutilezas del idioma y trata de empaparse de la cultura de sus gentes. En sus páginas, se destila el aroma de un mundo que hoy en día no existe, pues ya se hallaba en peligro en el momento en que lo describía el narrador. Ideal para descubrir el origen de la civilización y el carácter griego, que es mucho más que lo que ocurría antes del siglo I después de Cristo.

Portada de Jerusalén, santa y cautiva. Extraída de aquí.

Jerusalén, santa y cautiva, de Mikel Ayestarán. Siempre digo que hace falta un carácter muy especial para ser corresponsal extranjero en zonas en conflicto. Más aún un freelance. En mayor grado, si te vas con la familia a vivir allí. Ayestarán (quien ya ha narrado la primavera árabe en "Oriente Medio, Oriente roto" y la guerra de Siria en "Las cenizas del califato") nos cuenta lo complicado que es habitar en una de las urbes más complejas del planeta, a la vez que va recorriendo sus callejas y barrios para destacar los pequeños detalles que dejan al descubierto las raíces y consecuencias del drama humano que respira la ciudad por cada uno de sus poros. Ideal tanto para preparar un viaje a Jerusalén, como para clasificar a esa tierra imposible en el territorio entre lo inconcebible y lo improbable.

lunes, 11 de octubre de 2021

El relato de octubre: "Grand Slam"

 Grand Slam

 

               La verdad es que nadie sabía de dónde habían sacado el dinero. Pero bueno. Quiero decir, que no todo el mundo puede permitirse contratar a los tres mejores tenistas del mundo para un anuncio. A ver, que uno lee esto y lo primero que tiende a elucubrar son toda clase de teorías sobre maquiavélicas conspiraciones. Que si de dónde han sacado esa pasta… que si fraude fiscal… ¡Pero ése no es el caso! Aquí hemos venido a contar otra historia distinta; una que afecta al corazón humano. Una que habla sobre nuestras motivaciones y el significado mismo del concepto de deporte. Pero no adelantemos acontecimientos. Decíamos que la empresa había reunido a los tres para un anuncio… que a saber si les pagaban con un cheque o con dinero negro… ¡Maldita sea, hemos dicho que ése no era el tema!

                El asunto es que ya sabéis cómo es esto de rodar un anuncio. Todo se prepara para no perder ni un segundo y, al final, los sucesivos retrasos implican que tienes a unas cuantas figuras estelares (para las que cada cinco minutos de tiempo perdido suponen, con el ruidito de máquina registradora, unos cuantos millones a deber) mano sobre mano, esperando y cazando moscas, delante de un catering que no pueden ni degustar, no sea que el entrenador les eche una bronca por saltarse la dieta. Lo cierto es que, si nos remontamos atrás en el tiempo, estos tres dioses del tenis, cada uno con su capacho de Grand Slams a la espalda, no habían podido cruzarse mucho últimamente. Para empezar, por las exigencias del calendario, que les llevaban de un lado para otro, de acá para allá, sin posibilidad de detenerse ni un segundo para permanecer con familia y amigos, menos aún con los adversarios, con los que se mantenía una educada rivalidad. Para seguir, por las lesiones. Helvetio, el más mayor de los tres, se había visto crucificado a lo largo de los últimos años por las mismas. Ya no es que llegara tocado a los campeonatos: es que prácticamente no tenía oportunidad de participar en ninguno de ellos. Una historia similar le ocurría a Íbero. Aunque, en su caso, una estudiada planificación le permitía llegar a su campeonato fetiche, el Trofeo del Elíseo, en las condiciones óptimas para disputarlo con garantías. Así, a Grand Slam por año, en una fase de decadencia física después de desgastarse a fondo durante la primera parte de su carrera, esperaba prorrogar su racha un poco más en esa dura pugna que mantenía a los tres en vilo por ver quién se coronaría como el mejor tenista de todos los tiempos. Y, en fin, estaba Slavan, el más joven y el que se hallaba más en forma, el gran favorito en las quinielas para auparse vencedor por encima de todos ellos y marcar una diferencia que ninguno de los otros dos podía superar. Sin embargo, se le había visto impreciso en los últimos torneos, justo cuando estaba a un solo Grand Slam (uno solo) de compartir la marca que los tres poseían. Más que impreciso, nervioso. Los pequeños fallos dieron lugar a otros más grandes, lo cual le llevó a caer en partidos que no hubiera esperado perder. A consecuencia de estas derrotas, en su rostro por lo normal impenetrable aparecieron la tensión, los gestos de rabia, los malos modos. El público, tan soberano y tan volátil en sus preferencias y sus manifestaciones, empezó a encabritarse con él y a increparle de manera primero puntual y luego sistemática a lo largo de los siguientes partidos, lo cual provocó que Slavan fuera aún más lejos en sus manifestaciones de cólera, generando un círculo vicioso imposible de sofocar. La cuestión es que los tres se hallaban atravesando, a lo largo de la presente temporada, tiempos difíciles. Se notaba, en la fase de espera del anuncio, el agarrotamiento de músculos y nervios en la manera en que masticaban con precaución (histéricos al reflexionar sobre qué dirían la báscula y el nutricionista) una minúscula galletita. El que más abatido asemejaba de todos era Helvetio, el cual ni siquiera comía: los dedos entrecruzados, los codos rígidos sobre el reposabrazos. Y, entonces, como si fuera el aliento de un dios olímpico que hubiera pasado por allí, sonó una tos, aunque ninguno de los tres se hubiera atrevido a decir que había sido él quien la había provocado. Y, quizás espoleado por aquel sonido furtivo que había encendido la mecha, Helvetio se atrevió a hablar.

               <<Quería comentaros una cosa>>, anunció con aire solemne, y se recolocó para proseguir. <<Luego lo anunciaré en rueda de prensa y eso, pero, si me prometéis discreción, y aprovechando que estamos aquí, prefería revelároslo en petit comité antes>>. Tragó saliva antes de continuar. Les comentó brevemente el asunto ya conocido de sus lesiones, y cómo llevaba sufriéndolas/viviéndolas/arrastrándolas a lo largo de los últimos años. <<Al final, se nos está haciendo a todos muy cuesta arriba. A mí, a mi familia, a mi entorno… Mi entrenador y mi fisioterapeuta siempre se muestran, cada vez que hablan conmigo, muy confiados, pero por sus expresiones intuyo...>>. Fue allí cuando se derrumbó. Como si una presa se hubiera roto por una pequeña grieta y, entonces, sus ciclópeas piedras (tan descomunales como los hombros de Helvetio) se rajaran por completo de arriba abajo. Dijo que la rehabilitación se le estaba haciendo imposible. Que tenía dolores insoportables. Que veía cómo, a pesar de todos los sacrificios y privaciones, ya no era capaz no de aspirar a una competición, sino ni siquiera de empezar el torneo. Helvetio confesó que esa sensación le frustraba cada vez más, y que ya no estaba dispuesto a soportarlo. Era muy duro decir que iba a dejar para siempre el tenis profesional, aquella actividad que tanto amaba, pero… había de confesar que, en realidad, era el deporte de élite el que le había abandonado a él. Aquella declaración sorprendió a los otros dos tenistas como un torrente desbocado y desbordante, cual si un tótem sagrado se hubiera derrumbado y a continuación hecho añicos. Para ellos incluso, para sus competidores, aquel hombre constituía una leyenda: era el espejo en el que se habían contemplado, aquel enemigo que aspiraban a ser. En un primer momento habían de confesar que se sintieron aliviados, sí, de que renunciara a la carrera por constituirse en el mejor de todos los tiempos; pero al mismo tiempo les invadía una subterránea desazón, e incluso miedo: ¿no estarían cometiendo una profanación al intentar superarle a él, al adorado, al elegante, a quizás el hombre que más clase había despegado en la pista desde que a alguien se le ocurrió trazar unas rayas sobre la arena y pegarle a una pelota con una raqueta? Aquella exhibición íntima de sentimientos, además, tan impropia en la gente de su profesión, les había desarmado. Quizás fue por ello por lo que Íbero tomó la palabra, sin casi reflexionar. <<A mí también me gustaría decir algo>>, confesó. <<La última temporada me ha resultado muy problemática. Como sabéis, todo lo organizo alrededor del Trofeo del Elíseo, pero eso supone que, 364 días al año, vivo centrado en una única jornada que, si va bien, es maravillosa, pero, si sale mal… Hace dos años gané, y al día siguiente era un volver a empezar, otra vez lo mismo, como ese personaje griego al que le hacen subir de manera cíclica una piedra por una montaña para que luego se caiga nada más alcanzar la cima, y tenga la obligación de volverla a ascender. Y el año pasado, me eliminaste>>, dijo dirigiéndose a Slavan, <<y me pasé hundido las siguientes semanas. No sé si quiero pasar otro año igual, sacrificándolo todo en función de una recompensa que durará apenas veinticuatro horas, en el mejor de los casos. No sé si soportaría otra decepción como la del año pasado. Me paso con dolores perpetuos de la mañana a la noche, quizás no tanto como tú, Helvetio>>, se volvió hacia el otro lado, <<pero se incrementa conforme avanzan los partidos y la temporada. Los días antes de los encuentros trascendentales, el estómago se me retuerce de la tensión y lo paso fatal. Lo dicho, lo he estado pensando mucho tiempo… y creo que lo que nos has contado hoy me ha incitado a dar el paso. Ya está, ya lo he dicho. Mañana me echarán la bronca mi entrenador, mi manager, mi equipo… Pero, lo que es hoy, me siento aliviado. Enhorabuena, Slavan. Tienes campo libre para superarnos>>. Y, cuando dijo esto, no lo hizo con acritud, ni tampoco cargado de amargura. Al contrario: en verdad, su aura emanaba relajación, y daba la sensación de que le deseaba al más joven de los tres tenistas una sincera enhorabuena. Se hizo en aquel momento un silencio plúmbeo entre los tres. Daba la sensación de que llevaban demasiado tiempo abandonados, para ser el tipo de personas de las que todos los habitantes de la humanidad desean un trocito que atrapar, el cual solicitan cada cinco minutos. Sin embargo, a pesar de esa sensación de apremio, o precisamente a causa de ello, Slavan –cuya cara hasta entonces había sido una máscara- habló de modo atropellado, como una espita que se suelta aunque el resto de las válvulas del mecanismo intentan mantenerla cerrada, porque la presión desde el interior es más fuerte: <<Yo también lo dejo>>, explotó. Y, ante la estupefacción de sus colegas, prosiguió. Dijo que la tensión le estaba matando. Que esa presión por llegar a ser el mejor, día a día, le estaba amargando los partidos. Que ya no disfrutaba del tenis. Que había llegado a odiar el deporte al que había dedicado su vida desde que tenía siete años. Y le había hecho convertirse en un tipo amargado, irascible, cosa que empezaba a repercutir en sus relaciones personales. <<No admiro a ninguna persona más que a vosotros dos, chicos>>, expresó a tumba abierta. <<Y prefiero ser uno más al lado de vuestros nombres que un individuo aislado sin relación con vosotros>>. Entonces, de manera extraña, como un resorte, se levantó. A continuación, con movimientos muy lentos, se aproximó hacia donde se hallaban ambos, quienes se sintieron primero impelidos a actuar por pura correspondencia, pero más tarde por propia voluntad, sin remilgos, y los tres se abrazaron, de una manera silente pero sentida, durante unos cuantos minutos en que los músculos descansaron, los ligamentos dejaron de mantenerse atenazados y las almas se sintieron, al fin, liberadas. Luego, se incorporaron y se dieron varias palmaditas cómplices en el hombro, y fue más o menos en ese momento cuando aparecieron los responsables del anuncio para llevarles al set, y ninguno sabía explicarse del todo por qué las zonas de la piel alrededor de los ojos de las tres estrellas mundiales se hallaban enrojecidas, ni por qué el ambiente del rodaje fue tan jovial. En un pequeño receso, uno de los tres alzó la vista e inquirió a los demás: <<¿Cuándo lo anunciamos?>>, a lo cual otro cualquiera contestó: <<Mañana nos conectamos por videollamada y lo hablamos>>. Y, en efecto, eso hicieron. Al principio, los tres estaban nerviosos. A pesar de haber conversado con su entorno y haber llegado a un acuerdo con las diversas partes implicadas, a pesar de la rotundidad y la seguridad de su decisión, en aquel momento a los tres asaltaron dudas. ¿Y si uno de ellos se desligaba del acuerdo que habían firmado?¿Y si lo hacían ellos mismos, para así adelantarse a la hipotética traición de demás?¿Y si fingían coordinarse para, en el último minuto, en rueda de prensa, desdecirse, y así dejar el camino expedito para alzarse con el trofeo no oficial de mejor tenista de todos los tiempos, en solitario? Pero nada más se conectaron a la videollamada y se miraron a los ojos, se rieron y supieron que ninguna de estas fatalistas opciones iba a convertirse en realidad. Desplegaron la buena nueva los tres juntos en rueda de prensa, y lo más chocante del asunto era lo serenos que se encontraban frente a las miradas atónitas de los periodistas, que se mostraban traumatizados. El buen humor les acompañó incluso al bajar del estrado, donde seguían intercambiando chanzas y chistes. Aunque la mejor coda a esta historia tuvo lugar al día siguiente. Helvetio, trastornado por el jet lag horario (la declaración pública la habían hecho en una ciudad neutral) y por la alteración de sus rutinas, se levantó pronto y accedió a la pista de tenis del hotel, donde practicó unas bolas. Poco después pasó por allí Íbero, y empezaron a pelotear juntos. El tercero en aparecer fue Slatan, que se incorporó a un improvisado rey de la pista. Al día siguiente, comenzaron la preparación del Torneo de los Tres Campeones, una competición extraoficial y fuera de temporada donde el único requisito era no contar los puntos, y jugar por el puro gusto de correr y darle a la pelota. Su existencia se prolongó durante muchos años y dicen que, durante todo aquel tiempo, lo más sorprendente de la actitud de los tres reyes del tenis era que éstos exhibían, de manera perenne e imborrable, una victoriosa mirada de felicidad.

 

Este relato no se haya inspirado en ningún hecho real, sino en la imaginación calenturienta del autor. Las personalidades de los caracteres desplegados son completamente inventadas, ya que, por suerte o por desgracia, el creador de este cuento no tiene acceso a la mente de ningún deportista de élite. Si existe alguna coincidencia con la imagen de alguna figura conocida del deporte, el lector pude atribuírselo a la influencia que tiene la realidad en nuestra capacidad de para elaborar mitos, los cuales suelen acontecer de un modo siempre mucho más ordenado y redondo que la caótica realidad que nos gobierna. A quien quiera que algún día se alce con el título de tenista con más Grand Slams de la historia, de todo corazón, mi más honesta enhorabuena.