Hay un símil, que aquí parafrasearé, en el que Dartnell explica cuál es el sentido de este libro. En el fondo, dice, es como cuando hablas con un niño de seis años y te pregunta "¿por qué?" respecto a alguna cuestión. Tú se la explicas y, al llegar al fondo del asunto, el niño vuelve a inquirir "¿por qué?", y debes bucear en una nueva capa de conocimiento, y así sucesivamente, hasta tener que remontarte al Big Bang. Pues ésa es un poco la cuestión. Dartnell lo quiere explicar todo: por qué surgió la raza humana en el Rift de África Oriental, y cómo las condiciones que vivió le dieron una ventaja para adaptarse al resto del mundo; cómo pasó de ser cazador-recolector a la agricultura y la ganadería, y qué condiciones motivaron que fuera de una manera y no de otra; de dónde saca el ser humano el carbón o el petróleo que hicieron posible la Revolución Industrial, por qué el polo de prosperidad pasó del Mediterráneo a Europa septentrional, o por qué China perdió impulso frente a Europa. Y, como Marvin Harris o Jared Diamond o Marx, no busca (al menos, casi nunca) explicaciones culturales, sino sobre todo condiciones materiales y objetivas que tienen su origen en la física del clima, la tectónica de placas o la profunda influencia que la vida ha tenido sobre nuestro planeta. A partir de estos factores, Dartnell aclara cuestiones tan alucinantes sobre cómo la Tierra llegó a estar cubierta por completo de un océano de hielo, cómo el plancton nos ha salvado de varias extinciones, por qué la vida ha causado las glaciaciones (que dificultaron la vida del ser humano, pero también permitieron en buena parte su expansión), y, en general, la base de buena parte de lo que comemos, consumimos, producimos o es la base de nuestro día a día. Todo ello trufado, además, de interesantes disgresiones y apasionantes anécdotas. En muchos sentidos, el libro es un gran clarificador: gracias a él, es más fácil tener una visión comprensible, basada en la causa y el efecto, de la historia evolutiva del ser humano, que quizás hemos leído a Arsuaga u otros científicos, pero de una manera más sistemática. El libro, por supuesto, combina múltiples ciencias (geología, biología, meteorología) y se ve obligado a simplificar, generalizar y también especular, pero, por un lado, revela una vasta erudición y trabajo de documentación de Dartnell y, por otro, proporciona una visión global al lector sobre de dónde venimos y, más importante, hacia donde vamos. Algo que necesitamos más que nunca aprender.
Emilio Tejera. Página de escritor
¿Por qué estamos aquí? Porque nos gusta lo curioso, lo sorprendente, lo interesante, lo inusual, lo que engrandece al ser humano, lo que lo redime de vez en cuando. Por eso nos apasionan las historias: porque hayan ocurrido o no, de alguna manera es real.
lunes, 11 de mayo de 2026
viernes, 1 de mayo de 2026
El relato de mayo: "En son de... bueno, olvídalo".
La nave espacial se dejó llevar con una tranquilidad pasmosa. Como si, a pesar de su naturaleza inerte, estuviera habituada a esta clase de desplazamientos en los cuales la gravedad de un planeta se aprovechaba para aproximar el vehículo interestelar a la superficie de un nuevo mundo. Seguramente el motivo era que su piloto estaba más que acostumbrado. De hecho, se diría que hasta aburrido de aquella clase de misiones.
-Gborg…
¿qué hemos leído sobre este planeta llamado -procuró que la duda no trasluciera
en la vibración de sus ondas mentales-… Tierra?
-Bueno,
señor -respondió su ayudante, fingiendo que no necesitaba mirar las notas que
almacenaba en el córtex de su zíngulo medio, es un mundo de clase C con unas
cuantas especies de clase beta…
-Vamos,
Gborg, que tú tampoco te has leído en profundidad el informe nos pasó la Junta
de Colonización.
-No,
señor.
-Bien,
no hay problema, yo tampoco. Estas misiones son todas iguales. Entrar, soltar
el discursito e irse. A partir de cierto grado de civilización, las cosas se
ponen bastante sencillas. Tú llegas, les enseñas tu tecnología superior, les
dices que no les vas a hacer daño, sino que al contrario, les ofreces entrar en
la tremenda serie de beneficios que implica formar parte de la Federación
Espacial, y a partir de allí todo va como el tejido mágico de Shyanolok. No es
como si cogiéramos al primer paleto ignorante que pilláramos por allí: se
supone que vamos a contactar con sus líderes supremos. Suelen ser gente muy razonable.
Gborg
movió su flurduz axial con satisfacción. Sí, desde luego, aquellas primeras
misiones de contacto eran sencillas: justamente lo que le vendieron en la oficina
de reclutamiento. Además, se notaba que su instructor sabía de lo que estaba
hablando.
El
aterrizaje en los jardines de la Casa Blanca fue sencillo. De nada sirvieron
las inocuas armas terrícolas contra las defensas de la nave. Los tripulantes
salieron al exterior, y el líder de la misión conectó el traductor automático,
así como el resto de sistema de soporte vital de sus trajes.
-Estimados
representantes de la Tierra… Por favor, llévennos ante su líder.
Les
condujeron ante un despacho. Dentro había mucha gente. Aquello era normal. Lo
que no era tan normal era la naturaleza de esa gente. El software de los
trajes de los alienígenas indicaba que la mayor parte de lo que debían de ser
los asesores del político al mando poseían una conformación cerebral bastante
extraña. El líder de la Tierra también tenía una disposición neuronal anómala…
además de un extraño color naranja en la capa más superficial de sus tegumentos
que no casaba con ninguna de las razas conocidas de las criaturas que dominaban
ese planeta.
-Noto
altos niveles de fundamentalismo religioso -susurró Gborg a su instructor, como
si la telepatía no fuera suficiente.
-Esto
no debería ser normal en esta escala de progreso tecnológico -le respondió su
superior-. Pero bueno, cada especie tiene sus excentricidades. Voy a proceder
con el protocolo. Queridos amigos… -comenzó la alocución mil veces recitada el extraterrestre.
Los
terrícolas escucharon. Y escucharon. Y escucharon. Así hasta que el ser del
espacio terminó. Y añadió un toque de humor, que solían aconsejarles en la
Academia:
-Espero
que acojan con amabilidad a estos humildes aliens en su planeta.
En
ese momento, el líder de la Tierra empezó a proferir una respuesta airada. El tono
de fruta terrícola a medio madurar de su piel se volvió progresivamente como el
color de la fruta madura, y aunque los dos alienígenas no eran expertos en
discernir las emociones terrícolas, captaron un discurso inconexo, una
explosión de ira, y una serie de frases sin sentido alguno, a pesar de tratar
de traducirlas a todos los idiomas. Aquella reacción inesperada se transmitió
al resto de los presentes, que empezaron a agitarse como un grupo de chomps ante
una subida de la temperatura del agua. De repente, el jefe de todo aquello les
señaló y empezó a gritar:
-¡Destruidles!
Gborg
sentía que debía de haber algún error. Golpeó un par de veces el comunicador. Después,
al ver que aquello no funcionaba, balbuceó:
-Creo
que no nos han entendido. Venimos a ofrecerles ayuda mutua, colaboración, una
serie de ventajas inimaginables. Venimos en son de…
Pero
ya para la mitad de la frase ya se habían abalanzado sobre él una masa de individuos
con el rostro desfigurado de furia. Individuos de ambos sexos (por lo que
indicaba el dimorfismo característico de aquella especie) le tiraban de las
extremidades y de los folsoms como si pretendieran arrancárselos, y
trataban de abrir su traje mediante palancas y otros utensilios que encontraron
por ahí. Aquellos homínidos exhalaban aullidos y una brutalidad animal que
Gborg ni siquiera había encontrado en las especies inferiores más salvajes. De
hecho, el pom central de Gborg sufrió un colapso repentino cuando un ejemplar
humano con abundante bigote facial, sobre todo bajo un bulboso apéndice,
reventó el casco espacial de su instructor como si fuera la concha de un fádilo,
y empezó literalmente a devorarlo a grandes mordiscos. Por todas las deidades
del universo, ¿en dónde gurbs habían aterrizado?
-¡Ey,
chicos!-dijo uno de los energúmenos en aquella sala-. ¿Por qué no nos hacemos
un selfie?
A
partir de entonces, la cosa se volvió muy rara: dejaron de atacarle, le
pusieron una especie de extraño atavió de color rojo en su pedúnculo superior (que
el resto se pusieron encima de lo que ellos llamaban “cabezas”), y empezaron a
registrar imágenes con su primitiva tecnología. Luego le ofrecieron algo que llamaban
“puro” y empezaron a tratarle como si llevara allí toda la vida.
Gborg
aún no lo sabía, pero, no muchos meses más tarde, abriría su primer casino.
lunes, 20 de abril de 2026
El relato de abril: "Cartago en sangre".
Hace unos cuantos años, escribí este libro. En él, contaba de manera novelada lo que ocurrió cuando, en el 149 a.C., los romanos ordenaron a los púnicos que abandonaran la ciudad de Cartago (la cual constituía una parte esencial de su vida). Como los latinos suponían, los púnicos se negaron en redondo, y les dieron a los romanos la excusa perfecta para atacar la ciudad y destruirla. Aquel enfrentamiento fue conocido con el nombre de Tercera Guerra Púnica.
Este relato lo he escrito partiendo de que, en un
momento determinado, se hubiera abierto otra posibilidad…
Consideradlo una fantasía, un divertimento, el inicio
de algo quizás. Como ocurre con las conversaciones en redes sociales, las
historias se inician, luego
prosiguen (atención, spoiler), y después no terminan nunca…
El ambiente en la sala del Consejo de Cartago era
desolador.
Ya
había pasado el tiempo de la furia. Y de las lágrimas. Los púnicos ya habían
asumido las condiciones de su martirio: era abandonar la ciudad (y con ello
toda una forma de vida, su esencia misma, como si les arrebataran uno de sus
órganos), o defenderse los romanos. Es decir, morir, porque no había manera de
ganar contra la desproporcionada fuerza que tenían en contra. Ésa era la
disyuntiva: que. en realidad, no era tal, porque no había opciones. Sabían que
se defenderían pero que, más tarde o más temprano, morirían. Eso era todo.
Se
trataba ahora de discernir los detalles. Que era más o menos como discutir cómo
ibas a preparar la mortaja para el sepelio. A nadie le agrada, pero en algún
momento has de hacerlo. Quizás por eso les costaba arrancar. Los líderes de la
ciudad se situaban a un lado de una inmensa mesa, y los representantes del
pueblo llano al otro, con las cabezas gachas y las caras tan largas como el
largo día que acababan de sufrir. De hecho, el sol se había puesto detrás de
las colinas, y sobre la ciudad empezaba ese período de tiempo en que se
enrarece la luz, poco antes de cernirse la oscuridad.
Tal
vez por ello, también, no divisaron a la figura que se coló en la sala del
Consejo de manera subrepticia, sin llamar la atención de nadie. Tal vez por
ello tuvo la oportunidad de avanzar casi hasta primera línea, muy cerca del
estrado, sin que nadie se apercibiera de su extraña vestimenta. Llevaba un
atuendo sencillo, como el de un agricultor que realiza habitualmente las tareas
del campo; llevaba el pelo rizado y alborotado, como si acabara de vivir un
encuentro violento. De hecho, en sus ropas (y también en las uñas de sus pies
descalzos) había unos restos de un tinte rojizo oscuro que podía asemejarse a la
sangre.
El
hombre arrancó a hablar. Su voz tenía un timbre especial, que encandilaba y te
hacía zambullirte en ella, como si nadaras en un océano. Pero no eran esos
matices los que habían hecho que la audiencia no se sorprendiera al escucharle
alzar la voz sin haber sido invitado, o no pensara en sacarle a palos de allí.
Había algo subyugante en aquella forma de entonar: aquella gente, que había
oído durante años historias de dioses, podría haber utilizado la palabra
“sobrenatural”. Pero era parte del poder de aquella cautivadora forma de
expresarse: que a todo el mundo le parecía que esa forma de hacer las cosas era
normal. Él era consciente de eso: por ello empleaba la misma estrategia desde
hacía miles de años.
Porque
la palabra “sobrenatural”, desde luego, se quedaba corta.
-Nos
encontramos con la situación habitual: el momento en que alguien tiene toda la
razón se enfrenta contra alguien que posee toda la fuerza. Es una circunstancia
espinosa. Y lo sé de primera mano, porque yo personalmente lo he vivido. Pero
amigos, vengo a ofreceros una posibilidad alternativa. A decir verdad, la única
que tenéis.
Con
descaro, y también con asombrosa agilidad, el hombre se colocó detrás del
estrado. Los miembros del Consejo se retiraron a un lado, movidos por un
invisible impulso. Ninguno podía apartar los ojos de aquel tipo. Cabría decirse
que era la única persona en el mundo.
De
hecho, durante un breve período de tiempo, prácticamente fue así.
-Mi
historia comienza cuando todavía vivía mi hermano. Trabajábamos para el mismo
empleador hasta que tuvimos que separarnos por… vamos a decir “razones
creativas”. Desde entonces, lo he pasado mal. Me echaron de mi puesto, pero el
individuo que me despidió me proporcionó, como regalo adicional -saboreó la
palabra mientras la escupía-, “un regalito”. Una especie de condena que vengo
arrastrando desde entonces. Nadie sabe muy bien cómo denominarlo. Es el
problema de ponerle nombre a los conceptos nuevos. Esta maldición me obliga a
vagar de noche por el mundo, dormir de día… y utilizar una fórmula peculiar
para mi sustento. Desde entonces, por supuesto, he tratado de cambiar mi
situación. Llegué a una ciudad llamada Sodoma. Les convencí de que adoptaran mi
estilo de vida. El problema es que aquello se malinterpretó, y mi antiguo
empleador, que por lo visto también mandaba mucho por allí, decidió rescindir
el contrato con esta ciudad… de una manera expeditiva. Pero mala hierba nunca
muere, como suele decirse, y aquí he seguido dando vueltas. Así que vengo a
ofrecerles el mismo pacto que les ofrecí en su día a los sodomitas… pero, esta
vez, espero que con mejor resultado.
Se
aproximó a una de las representantes del pueblo. Era una mujer joven, y hasta
cierto punto atractiva, con los brazos descubiertos. El protagonista la condujo
al centro de la sala. Una vez allí, estiró el brazo de ella hasta que su mano
se quedó muy cerca de la cara de él.
-Hay
que decir que esta nueva condición que adquiriréis posee sus contrapartidas. Se
acabaron los amaneceres. No habrá manera de retornar a una vida normal.
Tendréis que vivir de la muerte y la destrucción… pero bueno, eso es algo a lo
que estuvieron acostumbrados, en su día, vuestros ejércitos, y que desde luego
constituye el día a día de vuestro enemigo, Roma…
Acercó
sus labios a la muñeca de la mujer y, con los colmillos, pegó un estruendoso
mordisco. Podía escucharse el sonido de la sangre al ser aspirada por la boca
de él, como la savia fluyendo a través de un árbol.
Después
de un largo trago, el hombre soltó la mano de la mujer y, con un reguero de
sangre en cada comisura de los labios, exhaló un largo bufido y remató:
-Con
esto -dijo, y al decirlo visualizó cómo, en un día del futuro, en mitad de la
noche, desde las murallas de Cartago, brotaban una miríada de muertos vivientes
que contemplaban con caras pálidas a los romanos, se abalanzaban sobre sus
cuellos conforme éstos intentaban trepar por sus escalas, y volaban hacia los
arqueros que disparaban flechas incendiarias, las cuales caían sobre las filas
propias antes de dispararse, sembrando el escenario de confusión-, con esto, repito,
tendréis buena parte del trabajo hecho.
El
resto de las personas presentes en aquella sala empezó a acercarse al hombre. Todos
le ofrecían sus antebrazos, su cuello, sus espaldas, sus hombros. El individuo
tomaba aquellas partes del cuerpo y las aproximaba hacia él.
-Pero,
señor -interrumpió uno de los hombres que se desplazaban para que el
protagonista de la noche les mordiera, hablando como si el hechizo se hubiera
disuelto en parte, y hubiera recuperado por fin la capacidad de ser consciente
y preguntar-… Eso será por las noches. ¿Y qué ocurrirá durante el día?
Y
el hombre que había inaugurado en el mundo el fratricidio y la mentira
respondió, con ojos vidriosos:
-Para
los días, no os preocupéis… ya tengo algo pensado.
¿CONTINUARÁ?
lunes, 13 de abril de 2026
La historia corta de abril: Confesión
Una mujer maltratada hablaba a través del confesionario a su sacerdote, que trataba de convencerle de que el divorcio no era la solución. Y entonces la mujer, con una voz muy grave, pero muy serena a pesar de los temblores, le contestó:
-Si en el cielo están las normas que
usted me dice, con esos hombres católicos, entonces le temo al cielo más que
nada en la ultratumba. Déjennos a las mujeres el infierno. Al menos estaremos
solas.
miércoles, 1 de abril de 2026
El libro y la historia real de abril: "La isla de los ciegos al color", y una reflexión sobre Oliver Sacks y el oficio de divulgador
Hoy os voy a recomendar un libro, y después os voy a advertir algo sobre el autor. Uno podría pensar que la segunda parte es incompatible con la primera, pero eso os lo voy a dejar decidir a vosotros. Me parece que es la mejor manera de contar esta historia, pues refleja dos visiones diferentes que hemos recibido los lectores por separado. Y, en muchos sentidos, reflejan cronológicamente la sensación que hemos tenido al conocerlas. Dicho esto, preparad los cinturones, que allá vamos.
Muchos conocieron a Oliver Sacks por la película Despertares, basada en uno de los casos clínicos más relevantes de su carrera; otros, por su libro (uno de muchos) "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", en el cual nos describía algunos pacientes neurológicos con afecciones sorprendentes y extraordinarias. "La isla de los ciegos al color" va un paso más allá, pues combina muchas de las pasiones de Sacks, un hombre con múltiples intereses y biografía llamativa, y demuestra que es un divulgador todoterreno y cautivador. El punto de partida de este ensayo es el sueño de casi cualquier médico: pacientes de una rara afección genética (acromatópsicos, es decir, "ciegos al color", para los cuales el mundo es una escala de grises) que abundan en una alta proporción en una isla aislada del Pacífco, lo cual da lugar a toda clase de implicaciones médicas, personales y sociales. Sacks acude allí con varios colegas atraídos por el tema, y se deja seducir por el encanto de las islas remotas, un tema que le chifla desde niño. De ahí, la segunda parte del libro viaja a Guam, que también es una isla perdida, y donde asimismo existe una extraña dolencia neurológica, el lytico-bodig, pero en esta ocasión, su causa es desconocida. De hecho, el intento de averiguar su causa convierte a esta sección del texto en casi una novela de detectives, en la cual uno de los sospechosos más prometedores son las cicas, un extraño tipo de plantas que, por supuesto, también encandila a Oliver Sacks, quien en la tercera parte del libro despliega toda su faceta de amante de la botánica y se explaya con el paraíso exuberante que las cicas poseen en la isla de Rota.
Lo que cuenta Sacks es subyugante, y se halla salpicado de episodios médicos tan atrayentes clínicamente como humanamente conmovedores. Pero lo más impactante del libro son las disgresiones: el propio Sacks confiesa que empezó a meter tantas de ellas que el ensayo estaba multiplicando varias veces su tamaño inicial. Al final, lo solucionarion con unas notas al final del volumen que ocupan casi un tercio del texto, pero que no sobran en absoluto porque son extremadamente sugerentes: lo mismo te habla de la biografía de un investigador que de la clasificación de todo un género de plantas, de la historia (geológica, natural, cronológica) de un país, o de la sensación de los científicos al trabajar con períodos de millones de años. Porque Oliver Sacks es un polímata, y en este libro ha tenido la oportunidad de explayarse con algunas de sus obsesiones, pero, sobre todo, de darle salida a sus múltiples inquietudes, y el lector aficionado al conocimiento lo agradece. Después de terminar el libro, tendréis ganas de viajar, de leer, de conocer gente con vidas sugerentes y, sobre todo, de experimentar la vida a tope: y seguro que Oliver Sacks estaría muy de acuerdo con ello.
Hasta aquí, la reseña del libro. Ahora, sin embargo, llega la parte de la historia real, con cierto componente de opinión. Muchos sabréis que, recientemente, se han puesto muy en duda varios libros de Oliver Sacks ya que, a raíz de ciertos diarios, se ha revelado que algunos de los hechos que describía en sus casos clínicos eran exageraciones, cuando no directamente invenciones. Hay mucho debate sobre este asunto, y no sé hasta qué punto "La isla de los ciegos al color" se ve afectado por esto. Algunos médicos indican que las "invenciones" de Sacks eran compatibles con la clínica de otros pacientes, y que por tanto no comprometen la veracidad de sus textos. A uno le entran ganas de compararlo con el periodista Kapuscinski (también muy cuestionado respecto a ciertos relatos), quien más o menos deslizaba que podía justificarse que se narraran en primera personas hechos que no se habían visto directamente, pero que el autor sabía que ocurrían: sería una forma de "mentir para contar la verdad", que tendría cierta lógica en el caso de Kapuscinski, quien retransmitía conflictos tercermundistas olvidados donde se trataba de atraer la atención del público. Sin embargo, la delgada línea entre "hacer más brillante una historia para darle relevancia" y "tergiversarla para ganar relevancia como divulgador o influencer" es muy fina, y hoy, a principios del siglo XXI, sabemos el daño que hacen los bulos. Por eso, creo que los divulgadores actuales tenemos que aprender de los errores o zonas grises de nuestros maestros (ya sea Sacks, Kapuscinski o Cousteau -cuyos métodos hoy en día no nos parecería muy ecologistas-) y entender que hay que ser sincero con lo que uno cuenta, y que si se pretende hacer autoficción o un texto vagamente "basado en hechos reales" (de la misma manera en que lo hace el cine), siempre debes advertir sobre ello. La verdad es nuestra mejor arma y, si la perdemos, no ganaremos la guerra. Al fin y al cabo, en los inicios de todas las profesiones -ya sea la arqueología, la medicina o el derecho- se desarrolaban prácticas que hoy no se consideran aceptables, y actualmente no hacemos las cosas del mismo modo que nuestro predecesores. Dicho esto, nada de lo que he leído en otros lados me indica que "La isla de los ciegos al color" contega falsedades (y, en todo caso, Sacks no está vivo para recibir los réditos del libro, ni para defenderse de ninguna acusación que vertamos sobre él), así que yo recomiendo el texto con todas las notas, peros, astericos o salvedades que queráis ponerle. A partir de ahí, por supuesto, será el lector el que tenga que juzgar, sobre esto como sobre todo lo demás. Dicha esta parrafada, me despido, deseándoos buena semana y buenos libros.
lunes, 23 de marzo de 2026
El relato de marzo: "Historia de dos fogones"
La primera vez
que se encontraron fue delante del escaparate de un restaurante italiano. Se
descubrieron contemplando arrebolados las berenjenas cubiertas por una capa de
parmesano, el cacio e peppe con pecorino espolvoreado por encima, los canoli
luciendo esplendorosos al otro lado del cristal. Y al mirarse de reojo y
descubrirse mutuamente espiando los platos, ella no pudo evitar confesar:
-Es que soy
cocinera.
A lo que él
respondió, con un entusiasmo imposible de disimular:
-¡Yo también!
Les faltó
tiempo para invitarse a sus respectivos restaurantes. Al final fueron a uno de
ellos: este humilde cronista no sabe si a él de ella o al de él. Se pasaron
tres horas cocinando en paralelo, primero recetas separadas, más tarde conjuntas.
Se dieron a probar de sus platos, y más tarde se dieron de comer: al principio
con las cucharas, y luego con los dedos. Al cabo de un rato, ya estaban
haciendo el amor de manera feral y salvaje sobre una mesa del comedor. Volaron
las especias, las salsas, las harinas. Se entremezclaron los fluidos bucales
con vinos y caldos, aceites de variadas procedentes hirvieron sobre la
temperatura corporal de su piel. El orgasmo sobrevino en un beso de nata que
erizó cada papila gustativa de sus lenguas. Al final, ambos, saciados, cedieron
a la tentación del remate final, y se deleitaron cada uno en barquillo
recubierto de caramelo que saborearon hasta la última gota.
A partir de
entonces, se convirtieron en inseparables. Iban juntos a aperitivos, catas,
meriendas, eventos de degustación. Quedaban en el mercado, hacían la compra por
separado (porque cada cual era muy especial para sus ingredientes), y luego
intercambiaban impresiones sobre cómo les había ido y qué pequeño milagro
habían conseguido adquirir. Se citaban para “estrenar” los últimos restaurantes
que habían abierto en la ciudad, y por supuesto cenaban juntos. Y cuando
decimos cenar, nos referimos a que los platos explotaban, y sus ingredientes
flotaban por los aires. Hicieron el número de Nueve semanas y media, el
de Tímidos anónimos, el de Deliciosa Martha y hasta el de Ratatouille.
Y de vez en cuando se despertaban con hambre en mitad de la noche, y asaltaban
la nevera… y el uno al otro.
Por otra
parte, también tenían sus choques: típicos desencuentros de cualquier pareja.
Cómo se te ocurre maridar este pescado con este vino. Pero en qué cabeza cabe
añadirle limón a esta salsa. Que si, en este restaurante, es mejor el plato
combinado 69, o el 88. A veces tenían ardientes discusiones en las que volaban
las empanadillas, los platos se estrellaban contra las paredes, y grandes
raciones de spaguetti acababan aplastadas contra el escaparate de sus
restaurantes, para sorpresa de viandantes y hasta comensales. Aunque, casi tan
violentas como sus peleas, eran las comidas de reconciliación, donde devoraban
a mordiscos la vida, y todo lo que había en la despensa.
No siempre era
fácil para los amigos de la pareja (entre los que por supuesto abundaban los
camareros, los sumillers, los comerciales de compañías de comestibles,
los gourmets y los gourmands) aguantar el temperamental carácter
de la fogosa pareja. Lo mismo estaban tan acaramelados en la mesa donde
compartían mantel con todos los demás (de tal modo que parecía que no había
nadie más a su alrededor), que se saltaban cualquier tipo de etiqueta y casi se
arrebataban la ropa sobre una barra, mientras esperaban a que les pusieran una
mesa: como si, en ausencia de comida, el resto del planeta careciera de
importancia. Pero sus compañeros también tenían que sufrir sus discusiones,
porque hay que decir que ninguno de los dos era del todo fiel: ella a veces
tenía unos antojos brutales de probar un kebab (y de degustar también a la
cocinera que los hacía), mientras que él sentía debilidad por los quesos (y los
cocineros) franceses. Entonces él la acusaba a ella de rebajarse a la comida
basura, mientras que ella le replicaba que era un pretencioso y un snob. Sin
embargo, no eran capaces de estar separados más de dos menús, y luego volvían a
la cama tan hambrientos como siempre, a veces organizando tríos, soireés,
cenas de picoteo, banquetes pantagruélicos y comidas con guarnición, postre,
café y licor para decenas de comensales.
Después de un
tiempo de apasionado noviazgo, ella se quedó embarazada. Y tras nueve meses en
que se permitió comer prácticamente todo lo que le apeteció “por el bien del
niño”, nació el pequeño. Al principio, éste devoraba con fruición la leche
materna, pero luego pareció aburrirse y la dejó de succionar, como si le
causara desgana. Los padres estaban desesperados, al ver que su hijo perdía
peso día tras día, y semana a semana. Un día, un par de amigos fueron a
visitarles para ver si podía consolar a los nuevos padres (por supuesto, traían
unos cuantos dulces a modo de obsequio). Sin embargo, cuando llegaron, se
toparon con la puerta abierta, ruidos procedentes de la cocina y, a lo largo
del camino hasta esta última habitación, un rastro de comida que había
salpicado todas las superficies, incluido el techo. Cuando llegaron a la sala
que constituía el kilómetro cero de la conflagración, se encontraron a los dos
progenitores visiblemente cansados y alegres, mientras sobre una mesa se
asentaba una complicada composición culinaria que más tarde les describirían
con un título de unas diez palabras, incluyendo varias en ruso. Aun así, los
dos cocineros parecían felices porque metían la cuchara en el plato, se lo
daban al niño, y éste comía entusiasmado. El padre, con pinta de cansado por
las ojeras, anunció sonriente, aunque a la vez preocupado:
-Creo que
tenemos un problema. Hemos engendrado un sibarita.
lunes, 16 de marzo de 2026
La historia corta de marzo: Quien lo probó, lo sabe
Todos los días, cuando volvía a mi casa por la tarde, después de haber trabajado duro por la mañana en el campo, me encontraba a esa muchacha sentada leyendo un libro debajo de la reconfortante sombra de una encina. Me gustaba su postura, su porte pausado y sereno, su sonrisa melancólica, y esa forma tan concentrada que tenía de abstraerse en la lectura, como si no pudiera hacer otra cosa.
Día tras día, la iba viendo siempre ahí, en esa misma posición, sin levantar nunca la vista, enamorándome en cada recodo, cada abismo, de su fascinante silueta. Pero yo no me atrevía, tímido y cobarde, siquiera a acercarme para hablarle un poco, para iniciar un primer contacto. De forma que cada vez temía más que, un día cualquiera, ella, simplemente, ya no estuviera allí.
Por eso me animé. Un día, me acerqué hacia ella con un ramo de flores silvestres (qué inútil, qué cursi, y al mismo tiempo, no sabía qué era mejor que eso, quizás un libro), y se lo puse delante. Ella no lo recogió.
Aunque luego comprendí que no era por desprecio o indiferencia. Es que la chica, en realidad, era un espantapájaros.
Desde entonces, cada vez que paso por allí, ya no la miro de la misma manera. Ahora me acerco, le cambio la página, para que pueda seguir leyendo el siguiente capítulo y no se aburra con la misma lectura, y me alejo de nuevo, despidiéndome con un breve saludo.
No la iba a dejar de amar sólo por
ser de paja...