La nave espacial se dejó llevar con una tranquilidad pasmosa. Como si, a pesar de su naturaleza inerte, estuviera habituada a esta clase de desplazamientos en los cuales la gravedad de un planeta se aprovechaba para aproximar el vehículo interestelar a la superficie de un nuevo mundo. Seguramente el motivo era que su piloto estaba más que acostumbrado. De hecho, se diría que hasta aburrido de aquella clase de misiones.
-Gborg…
¿qué hemos leído sobre este planeta llamado -procuró que la duda no trasluciera
en la vibración de sus ondas mentales-… Tierra?
-Bueno,
señor -respondió su ayudante, fingiendo que no necesitaba mirar las notas que
almacenaba en el córtex de su zíngulo medio, es un mundo de clase C con unas
cuantas especies de clase beta…
-Vamos,
Gborg, que tú tampoco te has leído en profundidad el informe nos pasó la Junta
de Colonización.
-No,
señor.
-Bien,
no hay problema, yo tampoco. Estas misiones son todas iguales. Entrar, soltar
el discursito e irse. A partir de cierto grado de civilización, las cosas se
ponen bastante sencillas. Tú llegas, les enseñas tu tecnología superior, les
dices que no les vas a hacer daño, sino que al contrario, les ofreces entrar en
la tremenda serie de beneficios que implica formar parte de la Federación
Espacial, y a partir de allí todo va como el tejido mágico de Shyanolok. No es
como si cogiéramos al primer paleto ignorante que pilláramos por allí: se
supone que vamos a contactar con sus líderes supremos. Suelen ser gente muy razonable.
Gborg
movió su flurduz axial con satisfacción. Sí, desde luego, aquellas primeras
misiones de contacto eran sencillas: justamente lo que le vendieron en la oficina
de reclutamiento. Además, se notaba que su instructor sabía de lo que estaba
hablando.
El
aterrizaje en los jardines de la Casa Blanca fue sencillo. De nada sirvieron
las inocuas armas terrícolas contra las defensas de la nave. Los tripulantes
salieron al exterior, y el líder de la misión conectó el traductor automático,
así como el resto de sistema de soporte vital de sus trajes.
-Estimados
representantes de la Tierra… Por favor, llévennos ante su líder.
Les
condujeron ante un despacho. Dentro había mucha gente. Aquello era normal. Lo
que no era tan normal era la naturaleza de esa gente. El software de los
trajes de los alienígenas indicaba que la mayor parte de lo que debían de ser
los asesores del político al mando poseían una conformación cerebral bastante
extraña. El líder de la Tierra también tenía una disposición neuronal anómala…
además de un extraño color naranja en la capa más superficial de sus tegumentos
que no casaba con ninguna de las razas conocidas de las criaturas que dominaban
ese planeta.
-Noto
altos niveles de fundamentalismo religioso -susurró Gborg a su instructor, como
si la telepatía no fuera suficiente.
-Esto
no debería ser normal en esta escala de progreso tecnológico -le respondió su
superior-. Pero bueno, cada especie tiene sus excentricidades. Voy a proceder
con el protocolo. Queridos amigos… -comenzó la alocución mil veces recitada el extraterrestre.
Los
terrícolas escucharon. Y escucharon. Y escucharon. Así hasta que el ser del
espacio terminó. Y añadió un toque de humor, que solían aconsejarles en la
Academia:
-Espero
que acojan con amabilidad a estos humildes aliens en su planeta.
En
ese momento, el líder de la Tierra empezó a proferir una respuesta airada. El tono
de fruta terrícola a medio madurar de su piel se volvió progresivamente como el
color de la fruta madura, y aunque los dos alienígenas no eran expertos en
discernir las emociones terrícolas, captaron un discurso inconexo, una
explosión de ira, y una serie de frases sin sentido alguno, a pesar de tratar
de traducirlas a todos los idiomas. Aquella reacción inesperada se transmitió
al resto de los presentes, que empezaron a agitarse como un grupo de chomps ante
una subida de la temperatura del agua. De repente, el jefe de todo aquello les
señaló y empezó a gritar:
-¡Destruidles!
Gborg
sentía que debía de haber algún error. Golpeó un par de veces el comunicador. Después,
al ver que aquello no funcionaba, balbuceó:
-Creo
que no nos han entendido. Venimos a ofrecerles ayuda mutua, colaboración, una
serie de ventajas inimaginables. Venimos en son de…
Pero
ya para la mitad de la frase ya se habían abalanzado sobre él una masa de individuos
con el rostro desfigurado de furia. Individuos de ambos sexos (por lo que
indicaba el dimorfismo característico de aquella especie) le tiraban de las
extremidades y de los folsoms como si pretendieran arrancárselos, y
trataban de abrir su traje mediante palancas y otros utensilios que encontraron
por ahí. Aquellos homínidos exhalaban aullidos y una brutalidad animal que
Gborg ni siquiera había encontrado en las especies inferiores más salvajes. De
hecho, el pom central de Gborg sufrió un colapso repentino cuando un ejemplar
humano con abundante bigote facial, sobre todo bajo un bulboso apéndice,
reventó el casco espacial de su instructor como si fuera la concha de un fádilo,
y empezó literalmente a devorarlo a grandes mordiscos. Por todas las deidades
del universo, ¿en dónde gurbs habían aterrizado?
-¡Ey,
chicos!-dijo uno de los energúmenos en aquella sala-. ¿Por qué no nos hacemos
un selfie?
A
partir de entonces, la cosa se volvió muy rara: dejaron de atacarle, le
pusieron una especie de extraño atavió de color rojo en su pedúnculo superior (que
el resto se pusieron encima de lo que ellos llamaban “cabezas”), y empezaron a
registrar imágenes con su primitiva tecnología. Luego le ofrecieron algo que llamaban
“puro” y empezaron a tratarle como si llevara allí toda la vida.
Gborg
aún no lo sabía, pero, no muchos meses más tarde, abriría su primer casino.