La primera vez
que se encontraron fue delante del escaparate de un restaurante italiano. Se
descubrieron contemplando arrebolados las berenjenas cubiertas por una capa de
parmesano, el cacio e peppe con pecorino espolvoreado por encima, los canoli
luciendo esplendorosos al otro lado del cristal. Y al mirarse de reojo y
descubrirse mutuamente espiando los platos, ella no pudo evitar confesar:
-Es que soy
cocinera.
A lo que él
respondió, con un entusiasmo imposible de disimular:
-¡Yo también!
Les faltó
tiempo para invitarse a sus respectivos restaurantes. Al final fueron a uno de
ellos: este humilde cronista no sabe si a él de ella o al de él. Se pasaron
tres horas cocinando en paralelo, primero recetas separadas, más tarde conjuntas.
Se dieron a probar de sus platos, y más tarde se dieron de comer: al principio
con las cucharas, y luego con los dedos. Al cabo de un rato, ya estaban
haciendo el amor de manera feral y salvaje sobre una mesa del comedor. Volaron
las especias, las salsas, las harinas. Se entremezclaron los fluidos bucales
con vinos y caldos, aceites de variadas procedentes hirvieron sobre la
temperatura corporal de su piel. El orgasmo sobrevino en un beso de nata que
erizó cada papila gustativa de sus lenguas. Al final, ambos, saciados, cedieron
a la tentación del remate final, y se deleitaron cada uno en barquillo
recubierto de caramelo que saborearon hasta la última gota.
A partir de
entonces, se convirtieron en inseparables. Iban juntos a aperitivos, catas,
meriendas, eventos de degustación. Quedaban en el mercado, hacían la compra por
separado (porque cada cual era muy especial para sus ingredientes), y luego
intercambiaban impresiones sobre cómo les había ido y qué pequeño milagro
habían conseguido adquirir. Se citaban para “estrenar” los últimos restaurantes
que habían abierto en la ciudad, y por supuesto cenaban juntos. Y cuando
decimos cenar, nos referimos a que los platos explotaban, y sus ingredientes
flotaban por los aires. Hicieron el número de Nueve semanas y media, el
de Tímidos anónimos, el de Deliciosa Martha y hasta el de Ratatouille.
Y de vez en cuando se despertaban con hambre en mitad de la noche, y asaltaban
la nevera… y el uno al otro.
Por otra
parte, también tenían sus choques: típicos desencuentros de cualquier pareja.
Cómo se te ocurre maridar este pescado con este vino. Pero en qué cabeza cabe
añadirle limón a esta salsa. Que si, en este restaurante, es mejor el plato
combinado 69, o el 88. A veces tenían ardientes discusiones en las que volaban
las empanadillas, los platos se estrellaban contra las paredes, y grandes
raciones de spaguetti acababan aplastadas contra el escaparate de sus
restaurantes, para sorpresa de viandantes y hasta comensales. Aunque, casi tan
violentas como sus peleas, eran las comidas de reconciliación, donde devoraban
a mordiscos la vida, y todo lo que había en la despensa.
No siempre era
fácil para los amigos de la pareja (entre los que por supuesto abundaban los
camareros, los sumillers, los comerciales de compañías de comestibles,
los gourmets y los gourmands) aguantar el temperamental carácter
de la fogosa pareja. Lo mismo estaban tan acaramelados en la mesa donde
compartían mantel con todos los demás (de tal modo que parecía que no había
nadie más a su alrededor), que se saltaban cualquier tipo de etiqueta y casi se
arrebataban la ropa sobre una barra, mientras esperaban a que les pusieran una
mesa: como si, en ausencia de comida, el resto del planeta careciera de
importancia. Pero sus compañeros también tenían que sufrir sus discusiones,
porque hay que decir que ninguno de los dos era del todo fiel: ella a veces
tenía unos antojos brutales de probar un kebab (y de degustar también a la
cocinera que los hacía), mientras que él sentía debilidad por los quesos (y los
cocineros) franceses. Entonces él la acusaba a ella de rebajarse a la comida
basura, mientras que ella le replicaba que era un pretencioso y un snob. Sin
embargo, no eran capaces de estar separados más de dos menús, y luego volvían a
la cama tan hambrientos como siempre, a veces organizando tríos, soireés,
cenas de picoteo, banquetes pantagruélicos y comidas con guarnición, postre,
café y licor para decenas de comensales.
Después de un
tiempo de apasionado noviazgo, ella se quedó embarazada. Y tras nueve meses en
que se permitió comer prácticamente todo lo que le apeteció “por el bien del
niño”, nació el pequeño. Al principio, éste devoraba con fruición la leche
materna, pero luego pareció aburrirse y la dejó de succionar, como si le
causara desgana. Los padres estaban desesperados, al ver que su hijo perdía
peso día tras día, y semana a semana. Un día, un par de amigos fueron a
visitarles para ver si podía consolar a los nuevos padres (por supuesto, traían
unos cuantos dulces a modo de obsequio). Sin embargo, cuando llegaron, se
toparon con la puerta abierta, ruidos procedentes de la cocina y, a lo largo
del camino hasta esta última habitación, un rastro de comida que había
salpicado todas las superficies, incluido el techo. Cuando llegaron a la sala
que constituía el kilómetro cero de la conflagración, se encontraron a los dos
progenitores visiblemente cansados y alegres, mientras sobre una mesa se
asentaba una complicada composición culinaria que más tarde les describirían
con un título de unas diez palabras, incluyendo varias en ruso. Aun así, los
dos cocineros parecían felices porque metían la cuchara en el plato, se lo
daban al niño, y éste comía entusiasmado. El padre, con pinta de cansado por
las ojeras, anunció sonriente, aunque a la vez preocupado:
-Creo que
tenemos un problema. Hemos engendrado un sibarita.