Emilio Tejera. Página de escritor
¿Por qué estamos aquí? Porque nos gusta lo curioso, lo sorprendente, lo interesante, lo inusual, lo que engrandece al ser humano, lo que lo redime de vez en cuando. Por eso nos apasionan las historias: porque hayan ocurrido o no, de alguna manera es real.
lunes, 15 de junio de 2026
La historia real de junio: una breve biografía de Sergei Eisenstein
lunes, 8 de junio de 2026
La historia corta de junio: "Ser protagonista de la historia sin saberlo"
Hay veces en que no conocemos la auténtica causa por la que ocurren los acontecimientos y, por tanto, sólo tenemos una versión parcial de los mismos, de tal manera que nuestra interpretación resulta siempre sesgada y, las más de las veces, errónea.
Como le ocurrió a
aquel Boing 747 que despegó del aeropuerto de Tenerife Norte un buen día y, sin
quererlo, se introdujo por un agujero de gusano que le hizo aparecer por la
Palestina del año 1 después de Cristo en dirección este.
El viaje temporal
fue, en verdad, muy corto, pues, al poco tiempo, y antes siquiera de que los
pilotos pudieran apercibirse del suceso (apenas detectaron un par de señales
anómalas en la nave), volvieron a meterse por un agujero de gusano que les dejó
en su localización original.
Sin embargo, para
entonces, el brillo y la estela de su avión al atardecer ya los habían visto
unos cuantos millares de personas de unas cuantas civilizaciones en el mundo,
y, bueno, como suele decirse… el resto es leyenda.
Los pasajeros, ajenos a esto, siguieron haciendo su vida normal.
lunes, 1 de junio de 2026
Los libros de junio: "El abogado secreto" y "Bajo las togas: errores judiciales y otras infamias".
lunes, 25 de mayo de 2026
La historia real de mayo. Sobre Caravaggio: un crimen, una huida, un perdón y otro problema, en varios cuadros.
Muchos conocéis la figura de Caravaggio: pintor maldito, de vida disoluta, su leyenda negra tiene todo lo que puede alimentar la figura de un artista famoso. Desde una tendencia innata a meterse en líos, con arrebatos ocasionales de locura (a la que, por supuesto, como a todos los pintores, se le ha culpado al plomo de los pigmentos, aunque Caravaggio seguramente ya tenía problemas de base), a sus muy personales criterios artísticos, que le llevaban a usar como modelos a chicos de la calle y a prostitutas para retratar a vírgenes y santos.
Y, por supuesto, una capacidad artística maravillosa. La palabra "claroscuro" no ha significado lo mismo después de él.
Lo primero que hizo Caravaggio fue poner tierra de por medio, y marchó a Nápoles, protegido por la familia Colonna. Allí, por supuesto, dio muestras excelsas de su capacidad artística. Sin embargo, a Caravaggio le iba la marcha y estaba deseando volver a Roma, la capital artística y cultural del planeta, entre otros motivos por el mecenazgo del Papa. Y, por ello, urdió un plan para regresar. Aunque, para ello, tenía que viajar otra vez. Y todavía más lejos.
Malta era un estado próspero en la época en que Caravaggio llega a él. Recordemos que los Caballeros de la Orden de Malta son una de las muchas órdenes de monjes-soldado que se crearon en Jerusalén a partir de las cruzadas. Como a los templarios (al menos, por un tiempo), a los caballeros de Malta les fue muy bien y, aunque fueron expulsados de Tierra Santa, se refugiaron luego en Rodas (donde hicieron mucho dinero gracias al apoyo de los estados europeos y, por supuesto, de la piratería), y más tarde en Malta, donde erigieron una lujosa capital que hoy conocemos como La Valeta. La ventaja de los caballeros de Malta es que, a pesar de que en el fondo tenían una ética a medio camino entre los señores feudales y una banda de ladrones, eran muy respetados por la cristiandad, y Caravaggio sabía que ingresar en la Orden le garantizaría el perdón papal. El problema es que Caravaggio no tenía fácil acceder a este rango por sus orígenes humildes, pero ¿es eso un inconveniente cuando tienes el mejor pincel de Italia y quizás del mundo? Eso sí, el Estado de Malta le exigió un pago importante a Caravaggio, el cual, pobre como una rata, era sin embargo rico en talento artístico. Y de ahí que algunas de las más excelsas obras del artista nacido en Milán se encuentren en este archipiélago.
lunes, 18 de mayo de 2026
La historia corta de mayo: "Sucedió en Madrid, un día de lluvia"
Sucedió en Madrid.
Una tromba de agua cayó en la ciudad de Madrid, provocando, entre otras cosas (y gracias a los socavones de las obras que hacen que la ciudad pueda compararse con un queso Gruyere), un completo caos de metro o circulatorio. Pero lo más importante, estaba aconteciendo en la superficie.
En un estrecho paso limitado por las obras, un gran charco, como una piscina de 4 metros de largo, se extendía ante los transeúntes, dejando sólo un estrecho sendero para pasar, al final del cual había que enfrentarse a un inabordable metro de agua que no se podía bordear.
Así que la gente, comenzó a organizarse en fila india (filas de cuatro o cinco personas, las más ancianas cogidas de la cintura), por el estrecho sendero, y finalmente, cuando llegaban al último charco, al reto final, se atrevían a saltar.
Una chica, animosa, comenzó a aplaudir estentóreamente cuando el primero de los peatones consiguió salvar la prueba.
A continuación, el resto de los habitantes de Plaza Castilla (que era donde tuvo lugar este suceso), cada vez que uno de los aventureros saltaba, le recompensaba con un aplauso.
No está mal que de vez en cuando nos
premien nuestras pequeñas heroicidades diarias: probablemente no necesitemos
quince minutos de fama, sino un par de aplausos por día.
lunes, 11 de mayo de 2026
El libro de mayo: "Orígenes", de Lewis Dartnell
Hay un símil, que aquí parafrasearé, en el que Dartnell explica cuál es el sentido de este libro. En el fondo, dice, es como cuando hablas con un niño de seis años y te pregunta "¿por qué?" respecto a alguna cuestión. Tú se la explicas y, al llegar al fondo del asunto, el niño vuelve a inquirir "¿por qué?", y debes bucear en una nueva capa de conocimiento, y así sucesivamente, hasta tener que remontarte al Big Bang. Pues ésa es un poco la cuestión. Dartnell lo quiere explicar todo: por qué surgió la raza humana en el Rift de África Oriental, y cómo las condiciones que vivió le dieron una ventaja para adaptarse al resto del mundo; cómo pasó de ser cazador-recolector a la agricultura y la ganadería, y qué condiciones motivaron que fuera de una manera y no de otra; de dónde saca el ser humano el carbón o el petróleo que hicieron posible la Revolución Industrial, por qué el polo de prosperidad pasó del Mediterráneo a Europa septentrional, o por qué China perdió impulso frente a Europa. Y, como Marvin Harris o Jared Diamond o Marx, no busca (al menos, casi nunca) explicaciones culturales, sino sobre todo condiciones materiales y objetivas que tienen su origen en la física del clima, la tectónica de placas o la profunda influencia que la vida ha tenido sobre nuestro planeta. A partir de estos factores, Dartnell aclara cuestiones tan alucinantes sobre cómo la Tierra llegó a estar cubierta por completo de un océano de hielo, cómo el plancton nos ha salvado de varias extinciones, por qué la vida ha causado las glaciaciones (que dificultaron la vida del ser humano, pero también permitieron en buena parte su expansión), y, en general, la base de buena parte de lo que comemos, consumimos, producimos o es la base de nuestro día a día. Todo ello trufado, además, de interesantes disgresiones y apasionantes anécdotas. En muchos sentidos, el libro es un gran clarificador: gracias a él, es más fácil tener una visión comprensible, basada en la causa y el efecto, de la historia evolutiva del ser humano, que quizás hemos leído a Arsuaga u otros científicos, pero de una manera más sistemática. El libro, por supuesto, combina múltiples ciencias (geología, biología, meteorología) y se ve obligado a simplificar, generalizar y también especular, pero, por un lado, revela una vasta erudición y trabajo de documentación de Dartnell y, por otro, proporciona una visión global al lector sobre de dónde venimos y, más importante, hacia donde vamos. Algo que necesitamos más que nunca aprender.
viernes, 1 de mayo de 2026
El relato de mayo: "En son de... bueno, olvídalo".
La nave espacial se dejó llevar con una tranquilidad pasmosa. Como si, a pesar de su naturaleza inerte, estuviera habituada a esta clase de desplazamientos en los cuales la gravedad de un planeta se aprovechaba para aproximar el vehículo interestelar a la superficie de un nuevo mundo. Seguramente el motivo era que su piloto estaba más que acostumbrado. De hecho, se diría que hasta aburrido de aquella clase de misiones.
-Gborg…
¿qué hemos leído sobre este planeta llamado -procuró que la duda no trasluciera
en la vibración de sus ondas mentales-… Tierra?
-Bueno,
señor -respondió su ayudante, fingiendo que no necesitaba mirar las notas que
almacenaba en el córtex de su zíngulo medio, es un mundo de clase C con unas
cuantas especies de clase beta…
-Vamos,
Gborg, que tú tampoco te has leído en profundidad el informe nos pasó la Junta
de Colonización.
-No,
señor.
-Bien,
no hay problema, yo tampoco. Estas misiones son todas iguales. Entrar, soltar
el discursito e irse. A partir de cierto grado de civilización, las cosas se
ponen bastante sencillas. Tú llegas, les enseñas tu tecnología superior, les
dices que no les vas a hacer daño, sino que al contrario, les ofreces entrar en
la tremenda serie de beneficios que implica formar parte de la Federación
Espacial, y a partir de allí todo va como el tejido mágico de Shyanolok. No es
como si cogiéramos al primer paleto ignorante que pilláramos por allí: se
supone que vamos a contactar con sus líderes supremos. Suelen ser gente muy razonable.
Gborg
movió su flurduz axial con satisfacción. Sí, desde luego, aquellas primeras
misiones de contacto eran sencillas: justamente lo que le vendieron en la oficina
de reclutamiento. Además, se notaba que su instructor sabía de lo que estaba
hablando.
El
aterrizaje en los jardines de la Casa Blanca fue sencillo. De nada sirvieron
las inocuas armas terrícolas contra las defensas de la nave. Los tripulantes
salieron al exterior, y el líder de la misión conectó el traductor automático,
así como el resto de sistema de soporte vital de sus trajes.
-Estimados
representantes de la Tierra… Por favor, llévennos ante su líder.
Les
condujeron ante un despacho. Dentro había mucha gente. Aquello era normal. Lo
que no era tan normal era la naturaleza de esa gente. El software de los
trajes de los alienígenas indicaba que la mayor parte de lo que debían de ser
los asesores del político al mando poseían una conformación cerebral bastante
extraña. El líder de la Tierra también tenía una disposición neuronal anómala…
además de un extraño color naranja en la capa más superficial de sus tegumentos
que no casaba con ninguna de las razas conocidas de las criaturas que dominaban
ese planeta.
-Noto
altos niveles de fundamentalismo religioso -susurró Gborg a su instructor, como
si la telepatía no fuera suficiente.
-Esto
no debería ser normal en esta escala de progreso tecnológico -le respondió su
superior-. Pero bueno, cada especie tiene sus excentricidades. Voy a proceder
con el protocolo. Queridos amigos… -comenzó la alocución mil veces recitada el extraterrestre.
Los
terrícolas escucharon. Y escucharon. Y escucharon. Así hasta que el ser del
espacio terminó. Y añadió un toque de humor, que solían aconsejarles en la
Academia:
-Espero
que acojan con amabilidad a estos humildes aliens en su planeta.
En
ese momento, el líder de la Tierra empezó a proferir una respuesta airada. El tono
de fruta terrícola a medio madurar de su piel se volvió progresivamente como el
color de la fruta madura, y aunque los dos alienígenas no eran expertos en
discernir las emociones terrícolas, captaron un discurso inconexo, una
explosión de ira, y una serie de frases sin sentido alguno, a pesar de tratar
de traducirlas a todos los idiomas. Aquella reacción inesperada se transmitió
al resto de los presentes, que empezaron a agitarse como un grupo de chomps ante
una subida de la temperatura del agua. De repente, el jefe de todo aquello les
señaló y empezó a gritar:
-¡Destruidles!
Gborg
sentía que debía de haber algún error. Golpeó un par de veces el comunicador. Después,
al ver que aquello no funcionaba, balbuceó:
-Creo
que no nos han entendido. Venimos a ofrecerles ayuda mutua, colaboración, una
serie de ventajas inimaginables. Venimos en son de…
Pero
ya para la mitad de la frase ya se habían abalanzado sobre él una masa de individuos
con el rostro desfigurado de furia. Individuos de ambos sexos (por lo que
indicaba el dimorfismo característico de aquella especie) le tiraban de las
extremidades y de los folsoms como si pretendieran arrancárselos, y
trataban de abrir su traje mediante palancas y otros utensilios que encontraron
por ahí. Aquellos homínidos exhalaban aullidos y una brutalidad animal que
Gborg ni siquiera había encontrado en las especies inferiores más salvajes. De
hecho, el pom central de Gborg sufrió un colapso repentino cuando un ejemplar
humano con abundante bigote facial, sobre todo bajo un bulboso apéndice,
reventó el casco espacial de su instructor como si fuera la concha de un fádilo,
y empezó literalmente a devorarlo a grandes mordiscos. Por todas las deidades
del universo, ¿en dónde gurbs habían aterrizado?
-¡Ey,
chicos!-dijo uno de los energúmenos en aquella sala-. ¿Por qué no nos hacemos
un selfie?
A
partir de entonces, la cosa se volvió muy rara: dejaron de atacarle, le
pusieron una especie de extraño atavió de color rojo en su pedúnculo superior (que
el resto se pusieron encima de lo que ellos llamaban “cabezas”), y empezaron a
registrar imágenes con su primitiva tecnología. Luego le ofrecieron algo que llamaban
“puro” y empezaron a tratarle como si llevara allí toda la vida.
Gborg
aún no lo sabía, pero, no muchos meses más tarde, abriría su primer casino.