lunes, 20 de agosto de 2012

La historia corta de agosto. Historias del metro (4)



Todos los días, al salir del trabajo, cojo el metro. Es un trayecto largo, con bastante escalas, alguna más prolongada que otra. A veces me llevo un libro, otras no tengo ninguno, me aburro sin más. Un día, me di cuenta de que había un hombre al que me encontraba bastante a menudo a la misma hora en mi mismo tren, en la línea Circular. Pensé, Otro que sale más o menos a la misma hora de trabajar, y que comparte conmigo parte del trayecto. Entonces decidí hacerme amigo de él: así al menos, tendría alguna compañía durante ese tramo.

Era un hombre medio calvo, de pelo blanco, y de ojos vivaces. Vestía casi siempre una corbata negra, un traje azul claro, y un maletín que agarraba continuamente del asa. Nos pusimos a hablar. Tenía un acento porteño muy simpático. Me contó toda clase de cosas sobre su vida, sobre su trabajo, sobre su familia, una familia a la que adoraba muchísimo y a la que procuraba satisfacer todos sus caprichos, siempre que podía, se los llevaba de excursión. Su sueño era, un día, ahorrar lo suficiente para cogerse unas vacaciones, y que sus hijos pudieran contemplar por primera vez (y él y su mujer de nuevo) el Río de la Plata atravesando Buenos Aires.

Llegó un día en que, justo después de terminar de trabajar, me dediqué a salir de copas con los amigos. Estuvimos de parranda hasta bien prolongada la madrugada. Cuando acabó la noche, algo así como a las tres, cogí el metro. Y entonces, me lo encontré. Me encontré a mi amigo.

También se encontraba hablando, con otro hombre esta vez. Le contaba cómo acababa de salir de trabajar, sobre su trabajo, su familia, amigos. Y entonces, cuando le miré a los ojos, y él me miró, me di cuenta de que no había ninguna mujer, ni ningún hijo. Quizás tuviera un trabajo, probablemente sí, pero en todo caso, cuando salía de él, se dedicaba a dar vueltas por el metro, a contarle a todo el mundo sobre esa familia que tanto ansiaba y tanto deseaba encontrar, y cuando llegaba al final del viaje, se cogía a otro metro, a ver si ese camino le llevaba esta vez a casa, pero nada, otra vez, y así continuamente, esperando que un día, de tanto repetir tantas distintas variantes de la historia, a tantas personas desconocidas, un día, de veras, se hiciera realidad...

La contemplación de ese hombre, y de su cara de angustia al ser descubierto, me dejaron un vacío en el alma. Durante las siguientes semanas, no volví a ver al hombre hacer su trayecto habitual, en la línea Circular.

Finalmente, le encontré. Sin pensarlo mucho lo abracé, con cariño, como se abraza a la gente que realmente deseas ver, hasta que tus brazos recuerdan como era rodear ese cuerpo. Le invité a mi casa a cenar, y al día siguiente a comer. Hoy en día es, para todos, el tío Rubén. Por fin tiene una familia que encontrar al final de la vía.

martes, 14 de agosto de 2012

La historia corta de julio (en agosto). Historias del metro (3)

En realidad, esta es la tercera historia del metro que contamos. Pero ya sabeis lo que dicen, no hay dos sin tres, asi que si esta es la segunda, la tercera debia ser la anterior ;). Requiebros aparte, espero que ésta (ambientada en Berlín hace ya un tiempo, y que compensa en parte la que os faltó en julio), os resarza.

Estación de Messe-Sud. Berlín. Poco antes de medianoche.

Mi novia y yo estamos perdidos, en una estación en la que no debíamos estar. La noche está oscura, los trenes pasan muy poco a menudo, estamos casi completamente solos, y de fondo se escucha a algún grupo de rock compuesto por tres amigos en su garaje, ensayando sus canciones. En las paredes del metro, cientos de pintadas, y de fondo un tren que chirría como si estuviera deseando atropellarnos. Entonces, en la estación, contemplamos a un chico de unos veintimuchos años, de origen oriental, chino o japonés, no sé diferenciarlo, dando vueltas por el andén. Esperando. Finalmente, llega el metro.
Cuando el metro llega, el chico aguarda, expectante. Y cuando, de repente, ve lo que quiere ver, se lanza corriendo, con cara de emocionado. Miramos al otro lado, y vemos cómo está abrazando a una chica oriental, más o menos de su edad, con mirada inocente, vestida con una rebequita gris. El abrazo, sin embargo, es quedo, distante. No es un abrazo de dos enamorados, tampoco de dos desconocidos, parece que no saben donde poner las manos, se tocan los hombros, pero no quieren envolverlos, sobre todo la chica, el chico sí que trata de expresar algo más. La expresión del chico no podemos contemplarla, para nosotros queda de espaldas; en cambio, la de la chica es triste, pesarosa, preocupada, le toca el chico al cuello como un acto frío, rígido, mecánico, sin pasión. Luego, los dos se marchan del andén, dejándonos solos.
-¿Qué ha podido ser?-pregunto yo.
Y mi novia me responde:
-Los dos se querían mucho. Y él le puso los cuernos hace tiempo, y entonces ella le dejó, pero no han podido olvidarse. Y él, desesperado, después de mucho tiempo pidiéndole perdón, le ha mandado un mensaje, Si quieres arreglarlo, la oportunidad es ahora o nunca, quedamos en la estación. Y por eso, cuando la ha visto en las puertas del tren, se ha emocionado, y ha corrido a abrazarla.
Pero el abrazo, claro está, pienso yo, no ha podido ser el mismo.
-¿Qué te parece?-me pregunta ella.
Le respondo.
-Muy convencional. No, no sé, le falta algo...
Entonces mi novia me replica:
-Tal vez es que ella era monja. O pertenecía a cualquier tipo de orden religiosa. Y habían hablado, y se habían peleado por ese asunto. Y ahora, el verla en la estación, significa que lo ha dejado por él. ¿Te imaginas el pensamiento de ella? Le abraza con temor, con timidez porque está pensando que, a cambio de ese abrazo, ha dejado de lado el abrazo de Dios. Que ese abrazo tiene que significar tanto como para apartarle de su vocación. O tal vez considere al chico un poco culpable, y por eso no quiere acariciarle del todo. Tal vez lo haga también el chico, y por eso el abrazo no ha sido más cálido.
Yo me encojo de hombros. Quizá sea eso, no lo sé.
Me pregunto qué habrá sido de ellos dos...

martes, 7 de agosto de 2012

Presentación de "El troll"

Bueno, pues por fin ha llegado el día. Y no, no es el fin del calendario maya, el Papa negro ni la nueva canción del verano. Pero es casi igual de apocalíptico...


Podéis satisfacer vuestra curiosidad viendo este vídeo: 


Y, si os gusta el trailer, tenéis la opción de dirigiros a peopleEbooks.com, y adquirir el libro o, mejor dicho, la novela corta (actualización: el nuevo sitio para adquirirlo es Smashwords, y éste es el enlace).

¿Que queréis conocer algo más? Anda, que todo lo queréis saber. Venga, pues aquí va un pequeño sorbito. Y como casi siempre en todas las cuestiones que merecen la pena, hay que comenzar con una pregunta:

           ¿Qué es el troll? O mejor dicho, ¿quién?

          El troll no es nadie; y somos todos... No está en ningún lado; o puede hallarse allí mismo, escondido tras la fotocopiadora, preparando el siguiente paso para hacer el mal. Se trata de una especie de niebla insidiosa que se introduce en todas partes, pero que precisametne por eso, no la puedes localizar... y de la que, por tanto, no te puedes defender.

          Y, como suele decirse, hasta aquí puedo leer, porque ésta es una de esas novelas de las que, cuanto menos sepáis lo que ocurre antes de empezarla, mucho mejor. Os la recomiendo muy especialmente si antes os gustado películas como "V de Vendetta" o "Glengarry Glen Ross", cualquier historia relacionada con el mundo laboral o con las partes más oscuras del corazón del hombre, u obras clásicas del género negro, sobre todo de ésas que tienen un buen malvado al que no hay perder nunca de vista. Y repito, creo que esto es todo lo que debéis saber. Si miráis en la página web de la novela, también hay una escueta sinopsis no tanto para despejar dudas como para esparcir unas cuantas más. Quizás, con el tiempo, dejemos caer alguna cosita más.

         Espero que lo disfrutéis... o mejor dicho, que no os perturbe demasiado.

         Estremecidos y (espero) estremedores saludos.

miércoles, 1 de agosto de 2012

El relato de agosto: El perro del Kilimanjaro

Ahora que estamos con los calores del verano, una historia con nieve para refrescaros un poco. Un saludo.



El perro del Kilimanjaro

Esto es un hecho real: en agosto del año 2011, un montañero que ascendía hasta la cumbre del Kilimanjaro divisó, unos cuantos metros antes de avistar la cima, mientras estaba orinando, la figura de un perro tumbado junto a una roca.
                Situado a más de 5700 metros sobre el nivel del mar, la cima del Kilimanjaro se encuentra cubierta de nieves perpetuas, y mantiene unas temperaturas de entre -4 y -15 grados centígrados.
                La pregunta que todo el mundo parecía hacerse, y nadie sabía responder, era lo que había llevado a ese perro a ascender hasta allí…

                DIEZ MESES ANTES.
                El hombre ajustó los últimos broches de su mochila, y comprobó que todo estaba correcto. Salió de la cabaña donde se había alojado y le dio unas últimas gracias a sus anfitriones, utilizando para ello el universal gesto de juntar las manos e inclinar la cabeza. Como ellos tampoco compartían el idioma, le dedicaron un gesto de despedida que incluía una expresión de amabilidad. Sus rostros cubiertos de pintura, sus exuberantes abalorios –exóticos para el hombre llegado de otras tierras que se encontraba ese día aquí- parecían indicar que desconocían el motivo que había llevado a este invitado a su zona, pero que fuera lo que fuera que hubiera venido a hacer, esperaba que le fuera bien.
                El hombre salió de la cabaña. Estaba cansado, sin duda. Llevaba muchas leguas de viaje desde que había salido desde el sur, muy el sur, desde su tierra natal de Sudáfrica, y había abandonado su mansión, su coche deportivo, sus negocios (que había dejado delegados en su sus subordinados) y había iniciado esta peregrinación caminando desde el extremo más meridional de África hasta la zona del Kilimanjaro.
                Se acercó entonces al poste en mitad del poblado y desató a su perro. Éste daba saltos de alegría mientras lo desataba, pero cuando se encontró libre y luego arrastrado por su amo, echó –no se sabe por qué- un último vistazo hacia atrás.



                Zsabo era un perro terrier, aunque tan cruzado que nadie hubiera podido distinguir a qué variedad de esta raza pertenecía exactamente; incluso tenía ciertos rasgos de cocker spaniel, pero eso no había que decirlo muy alto, porque a Zsabo eso normalmente le cabreaba. Era un perro con carácter. Haber vivido en la calle desde pequeñito le había concedido mucha sabiduría, y entre las gotas de conocimiento que atesoraba el hecho de que no importaba cuán pequeño fuera el perro, si ladraba y amenazaba de forma suficientemente fiera, parecería más grande de lo que en realidad es. No sabía si esta lección valía para los humanos. Gracias a esta actitud había podido sobrevivir durante aquellos difíciles años, y conseguir un trozo de cada comida, suficiente para él y también para aquel pequeño perrillo que caminaba siempre a su lado y que se le había pegado a las patas como un chicle a la suela del zapato. No sabía de dónde procedía ni por qué se le acercaba, tan sólo le veía aire de chucho desamparado y había decidido echarle una mano. Quién sabe, se dijo: no podía ser por cuestión de edad, pero seguramente se hubiera parecido a cualquiera de los cachorrillos que Zsabo habría dejado por ahí con las innumerables perrillas callejeras con las que se había cruzado a lo largo de estos años. Quizás era esa especie de extraño sentido de la lealtad a hijos que nunca había visto lo que le había conducido a ese tácito pacto.
                Pero todo ello acabó el día en que, en medio de una reyerta de perros, cuando Zsabo ya estaba seguro de que había llegado la hora de matar o darse por muerto, un coche deportivo irrumpió a toda velocidad por la carretera. Al resto de los perros le dio tiempo a saltar, pero Zsabo, tan concentrado se hallaba en el salto, no le dio tiempo a hacer nada, y se quedó clavado en el suelo, contemplando con un gesto de pánico el animal plateado que se dirigía en frente de él para matar. Pero entonces escuchó un chirrido seco, y el coche pegó un frenazo. Un hombre negro y vestido con un suéter fino bajó del coche, y se quedó sorprendido al ver a Zsabo allí, paralizado, con los ojos todavía como platos sin terminárselo de creer. El hombre cogió a Zsabo del tronco y se lo llevó hasta el coche, donde lo dejó en el asiento del copiloto, y el perro se dejó llevar, sin entenderlo del todo. Luego arrancaron a toda velocidad de nuevo, y las figuras del resto de los perros, contemplándole asombrados, fueron haciéndose cada vez más lejanas. Zsabo contempló por última vez la mirada desgraciada del pobre perrillo que había dejado tirado: pero ya era demasiado tarde, ya no le podía ayudar.



                El hombre caminó con Zsabo los últimos metros que le quedaban antes de iniciar la ascensión. Al principio sería suave, lo sabía; después vendrían las pendientes, el frío, la nieve y las dudas. No era ningún neófito en esto: tenía experiencia como montañero, y a lo largo de sus viajes había recorrido algunos picos especialmente escarpados y que le habían reportado cierta experiencia. Pero el Kilimanjaro era especial: no ya por su altura, sino sobre todo, para el significado espiritual que para él tenía. Se trataba de la formación rocosa más alta de África, el lugar desde donde los dioses parecían contemplar todo el continente, quizás (acordándose de que todos los ancestros del hombre habían salido de África) todo el planeta. Además, contenía tres volcanes inactivos, tres picos, lo cual (lejos de asemejársele una asimetría), le parecía que tenía sentido, al ser el tres un símbolo mágico en casi todas las grandes religiones. El hombre, musulmán fervoroso, creía que todo en esta vida se podía acabar traduciendo a un terreno más espiritual: aquel perro tenía una mirada casi humana cuando lo recogió, y desde entonces lo llevaba consigo a todas partes. Ahora, después de varios años de vida exitosa, se daba cuenta de que tenía que agradecer a Dios por haberle dado tantos regalos. Y la mejor manera de hacerlo, era ascender hasta lo más alto, donde residía él. Una prueba de penitencia: pero también, un acto de fe.
                El hombre arrastraba a su perro con tranquilidad conforme empezaron a ascender la ladera de la montaña. No intentaba forzarle especialmente, y aunque le indicaba muy claramente el camino, no buscaba acelerar el ritmo, ni tampoco agobiar al pobre animal. Sabría qué paso debía llevar, y quizás mejor que él porque, al no tener conciencia, era mucho más fácil para el cánido poder dejar la mente en blanco y dejarse llevar simplemente por los designios de Dios. Aunque al hombre de vez en cuando una duda le asaltaba: el perro le miraba de una forma tan profunda que hubiera podido jurar que tenía una mente humana.
                Zsabo no sabía por qué a su amo le había dado por caminar tanto y empezar a trepar pendientes, pero fuera como fuera, él siempre había sido un perro callejero: nunca le iba  a hacer ascos a pasear.




                Los primeros días fueron muy buenos. El hombre caminaba delante y el perro (la mayor parte de las veces sin correa) se desplazaba alegremente hacia uno y otro lado, siguiendo sus pasos. La ascensión era suave y pausada. La vegetación era hermosa, y al hombre le invadía una profunda sensación de paz interior. A Zsabo, más habituado a los paisajes urbanos, no dejaba de latirle un reverdecido sentido de lo salvaje que había vuelto a él después de todos estos años, pero seguía considerando que en aquella ciudad tan rara hacían falta unas cuantas farolas donde mearse, o quizás unos parquímetros.
                De vez en cuando, montaban el campamento para descansar. Aquellos instantes los conjugaba el amo de Zsabo con la llamada a la oración: utilizaba la posición del sol y otros elementos para calcular dónde estaba La Meca, sacaba su alfombra de oración, y se ponía a rezar. Zsabo, mientras tanto, menos creyente, se dedicaba en esos ratos a pelearse con las mariposas que pretendían posarse sobre su nariz, o preguntarse si en la ciudad de dónde venía llegarían a crecer en las macetas aquellas plantas de hojas tan grandes y tan frondosas en las que de vez en cuando acababa enredado. Durante esas paradas ambos comían; el amo de Zsabo se había hecho la promesa de que, en este viaje espiritual, conservaría un cierto ayuno, aunque no se privó de atenciones para su perro, el cual comía directamente de las manos de su amo en lugar de en su habitual cuenco. Pero Zsabo no parecía notar la diferencia. Tan sólo sabía era que estaba junto a su amo, caminaba, comía, nadie le perseguía, y era feliz.


                Fue cuando empezaron las nieves cuando comenzó a haber los primeros problemas. El amo de Zsabo estaba cansado, quizás demasiado, por el esfuerzo acometido, y por el ayuno observado. Se sentía con cada vez menos fuerzas, y sentía que quizás había calculado de manera demasiado optimista sus pasos en dirección a la cúspide del Kilimnajaro. Intentó comer un poco más, pero al estómago ya difícilmente le entraba nada. No fue algo inmediato sino progresivo, paulatino, pero conforme se aumentaba la pendiente y se agudizaba el frío, la impresión de flaqueza se acentuaba más y más. Zsabo observaba con consternación lo que le estaba ocurriendo a su amo. ¿Qué le pasaba?¿Por qué no caminaba más?
                En medio de la nieve, las invocaciones a la oración se hicieron más difíciles. En la tormenta, le costaba mucho saber dónde se encontraba La Meca. El amo de Zsabo empezaba  a creer que subir solo había sido un error. Pero ya era demasiado tarde. Su cabeza no podía pensar en otra cosa que no fuera la subida: sus pies, entumecidos, se resistían a bajar. Caminar, caminar, caminar: era lo único que podía hacerse. Pero el ascenso, cada vez, se iba haciendo más escarpado.
                El día que sintió más frío (y que comenzó a sentir que el corazón se le helaba) tenía el campamento montado, pero se encontraba fuera. Allí, cubierto con ropas de nieve, agarrado a la correa de su perro, contemplaba con congelados ojos el paisaje desértico, y pensaba en lo que podía hacer. Y en un momento determinado, lo supo: aquel día, iba a morir. Sería una buena dedicación, después de todo. Ahora sabría qué rostro tenía la estampa de Dios. Se preguntaba si tendría barba, o en cambio tan sólo sería una voz en un halo disperso de nubes.
                Por más que Zsabo lamió la cara de su amo, éste no se despertó. Bueno, sí: pero apenas fue un segundo. Fue el instante justo para intuir que lo que le había despertado era un tirón procedente de la correa de su perro, y que la soltó, dejándole libre, como indicándole que a partir de ahora Zsabo debía elegir su propio camino para vagar. Pero Zsabo no lo entendía. Dio varias vueltas en torno a su amo, lo empujó con el hocico, trató de hacerle reaccionar.
                Zsabo sintió el mismo momento en que el corazón de su amo se había parado. La única persona con la que había convivido desde hacía años, la que le había apartado de las calles y le había llevado a este lugar, había muerto. Ahora, estaba solo.


                Zsabo no supo qué hacer al principio. Durante días, vagó en torno al cuerpo de su amo, esperando averiguar si en algún momento se iba a despertar. Los perros tienen un concepto de la muerte que no se corresponde con el nuestro: igual que hay animales que un día parecen parados y luego se despiertan, lo mismo debe ocurrir con los humanos, deben tener la posibilidad de volver a funcionar. Pero no ocurrió nada. De vez en cuando, para aplacar el frío, Zsabo se metía dentro de la tienda y comía algo de pienso que su amo (leal hasta el último día) no le había regateado, y le había reservado cantidades suficientes como para llegar al final. Pero al cabo de un tiempo, aquel pienso le parecía frío, y hasta pasado. Era como si el sabor se la muerte se hubiera extendido también a este nicho.
                Pero Zsabo no abandonaba. De vez en cuando se tumbaba, posaba su cuerpo al lado del de su amo, y bajaba las orejas. Pudiera ser que su propio calor pudiera provocarle algún bien a su amo, pudiera ser que le hiciera reaccionar.

                Al cabo de unos cuantos días, ocurrió un suceso extraño. A Zsabo le pareció ver un algo moviéndose entre los blancos. “Los blancos” era como denominaba él mentalmente (si es que los perros tienen algo parecido al lenguaje) a la nieve helada, a las diferentes variaciones de tonos y coloraciones que (los esquimales saben de esto, para eso tienen decenas de denominaciones que poder otorgarla) puede llegar a adoptar. Pero ese algo era extraño, y no era tan blanco como el resto. A Zsabo le extrañó. Hacía mucho tiempo que no divisaban ningún animal, ni aves, ni roedores ni búfalos de paso, ni esa especie de ciervos tan monos –a Zsabo cualquier cosa con cuatro patas muy largas le parecía un ciervo- que su amo no le había dejado probar.
                Cuando llegó lo hizo de improviso, pues fue sigiloso como la propia nieve: un leopardo. O ese habría sido el nombre que le habría dado Zsabo si lo hubiera conocido. Pero aquel pelaje anaranjado sobre el cual se inscribía un dibujo moteado, y aquellos dientes demasiado largos, no daban en todo caso mucho margen para confiar. Zsabo no sabía de dónde había salido ese bicho ni cómo había llegado hasta aquí. En realidad, era toda una pregunta: si Zsabo hubiera leído a Hemingway (lo más que había hecho era mordisquear algún volumen en casa de su amo), se hubiera dado cuenta de que también él se preguntó por qué otro montañero había encontrado a un leopardo congelado en la zona de ascensión del Kilimanjaro, y se preguntó qué había venido a buscar allí, que no había nada de comida. Pero para este caso, Zsabo tenía una respuesta muy clara: había venido a comerse a su amo.
                Zsabo mostró los dientes. Bien, no sabía qué partida iba a querer esta especie de gato grande y de pelo extraño, pero seguro que él también podía jugar. El leopardo le miró, y se relamió como expectante. Tampoco él conocía a qué sabía la carne de perro: pero sin duda era de lo más sabroso que por estos lares podía probar.
                Lo primero fueron escarceos sin importancia. Mucho ruido y dientes, sobre todo por parte de Zsabo. El gato grande era más tranquilo, como más perezoso. Pero rápido también cuando quería, y eso también lo supo demostrar: cuando se lanzó con las zarpas por delante hacia Zsabo, éste sintió que se moría. ¿Quién narices le había dejado las uñas tan largas a este gato? Aunque Zsabo tenía una ventaja que el otro no conocía: había crecido en la calle, y sabía jugar muy sucio. Una buena dentellada en los tobillos era lo que se necesitaba para descargar todo el dolor que llevaba por dentro en hacer algo útil.
                El leopardo se revolvió y se echó hacia atrás, escapándose de los dientes de Zsabo. No sabía de dónde había salido este lobo extraño, pero desde luego tenía mucha mala sangre. El leopardo valoró sus opciones: podía enfrentarse directamente a este bicho del demonio que parecía bien alimentado, o podía esperar a que el hambre hiciera mella en él, y entonces hacer valer su mayor velocidad y adaptación al entorno. El leopardo decidió esperar.
                No obstante, al pasar los días, el leopardo se convenció de lo inútil de su tarea. El perro comía esa especie de papilla grumosa bastante asquerosa, y mantenía las fuerzas, y el cadáver de su amo parecía cada vez más congelado. El leopardo decidió guardar las fuerzas. Si había decidido trepar hasta tan arriba, era porque una disputa con su anterior clan le había obligado a emigrar y a buscar nuevas tierras. Huyendo de la competencia, había llegado hasta allí. Sabía estar solo: sabía avanzar. Era un superviviente. No pasaba nada: ya encontraría otra cosa que comer, o si no volvería a bajar.
                Zsabo descansó por fin al ver al maldito gato bajar con la cola entre las piernas. Uf, menos mal. Ya empezaba a sentir que le fallaban las articulaciones. Zsabo cerró los ojos al tumbarse al lado de su amo. Menos mal, ¿eh, amigo?, pareció decirle dándole un toquecito. ¡De la que nos hemos librado! Pero su amo seguía durmiendo, y sobre sus ojos cerrados, se extendía una ficha escarcha.
                Zsabo miró hacia el frente. Seguramente estaba rezando. Como hacía todos los días. Sólo que esta vez lo hacía con particular intensidad.


                Un día Zsabo se despertó. Hacía una mañana soleada. Seguía habiendo nieve, y haciendo frío, pero esta vez todo parecía más hermoso, más natural. Zsabo contempló el cadáver de su amo. Ahí seguía, quieto, como siempre, suspendido en el vacío de una especie de perpetuo sopor. Las frías temperaturas mantenían el cuerpo intacto. Parecía que de un momento a otro, se iba a quitar la nieve de encima y empezar a andar. Pero Zsabo sospechaba que difícilmente lo haría.
                Y entonces meditó. Meditó todo lo profundamente que lo puede hacer un canino que, hasta ahora, sólo pensó en perseguir a carteros y roer huesos. Y se le ocurrió la pregunta, ¿por qué su amo había hecho todo este viaje?¿Por qué trepaba siempre hacia arriba?
                Zsabo no había oído hablar de Hillary ni del Himalaya ni le habían enseñado esa extraña relación que los hombres creen que existe entre los montes y los dioses. Pero una de las lecciones que había aprendido como perro era que allá donde se presenta una ocasión interesante un perro debe introducir el hocico. Eso de que la curiosidad mató al gato, no iba especialmente con los suyos. Así que se levantó, le dio un último lametón a su amo, como indicándole que en seguida volvía, y empezó a subir hacia arriba.


                Zsabo notaba el aire más enrarecido, pero ya se iba acostumbrado. A un lado más gelidez, y una roca cubierta de nieve, y otra, y otra. Zsabo no encontraba nada interesante qué comer. Si acaso unas pocas arañas y unos pocos líquenes pétreos. No temía morir de hambre (abajo seguía estando su pienso querido), pero sí de aburrimiento. ¿Hasta dónde se supone que tenía que trepar?
                Entonces, escuchó un extraño ruido al lado. No sabía qué era, pero le sonaba mucho. Pero había mucho tiempo que no lo escuchaba. Quizá en la gran ciudad.
                Zsabo se dio la vuelta. Y al hacerlo, observó una extraña figura. ¡Y era humana!¡Y estaba viva! El hombre, de rostro blanco, se hallaba cubierto por gruesas ropas, y en lo que se intuía de su cara se adivinaba un suspiro de alivio. El chorrito amarillo que producía el ruido y que manaba más de su cuerpo no necesitaba más que explicar.
                Entonces el hombre vio al perro. Se sorprendió tanto, que casi se mojó a él mismo. Luego se subió la bragueta y contempló al perro. Le hizo una foto con su móvil: a todo esto Zsabo respondió con apenas un movimiento de orejas. Luego el hombre se marchó, preguntándose si era verdad lo que había pasado. Cuando días más tarde bajara a nivel de suelo,   alguien le sugirió que el perro quizás había subido tan arriba porque se encontraba enardecido por la fiereza de la rabia. Aunque al hombre, algo escéptico, le inquietaba lo tranquilo que el animal parecía.
               

                Mientras tanto, Zsabo, ajeno a que su figura se estaba haciendo famoso a través de las agencias de noticias de todo el mundo, y poco dado a las veleidades mediáticas, siguió ascendiendo hacia arriba. Poco a poco, sus cortas patitas fueron recorriendo el camino, admirando el paisaje, preguntándose qué se iba a encontrar. Mientras tanto, subía a paso tranquilo. Exploró todo lo que se encontraba a su alcance. Como viejo perro callejero, sabía que cualquier posible conocimiento, lo iba a necesitar. Aprendió un montón de cosas durante ese período. Incluso, que no están tan malas las arañas. En un momento determinado, y durante un buen recodo del camino, atravesó una capa espesa de un aire extraño, difuminado, de color blanquecino, el cual sin embargo no opuso ninguna resistencia a su avance. Zsabo se preguntó qué más maravillas le depararía aquel destino insólito.
                Un día llegó a un lugar. Una especie de final de camino, un término de viaje, donde no se podía avanzar más. Una ascensión en pico, y luego una bajada en forma de cráter -de profundidad difícil de determinar a causa del hielo que lo cubría-, y nada más. Parecía que por todos lados, lo único que pudiera hacer era bajarse. El perro se sentía desconcertado. ¿Hacia dónde debía caminar?
                Y entonces -por un hueco que se abrió de improviso entre las nubes- Zsabo divisó la profundidad de África. Los perros no tienen mucha capacidad de ver de lejos, normalmente no les interesan las cosas que se encuentren a más distancia de la que pueden implicar que alguien te ataca. Pero incluso con esos ojos de cánido pudo contemplar a gran distancia cómo se extendía África, y también, es una especie de sinestesia, olió los olores, palpó los sabores, de la selva y de la sabana, del desierto, de los lagos, de los pueblos, del amanecer y del atardecer, del Atlas y de la profunda cicatriz del Rift. Sintió tantas cosas de pronto, que Zsabo se sintió desasosegado. No estaba acostumbrado a tantas revelaciones cósmicas, al menos de golpe. Se preguntó dónde estaba ahora su amo. Y si se sentiría feliz estando donde se encontraba ahora él. No lo sabía.
                Bajó corriendo para preguntárselo.

 Esta historia fue originalmente publicada en Facebook.

jueves, 26 de julio de 2012

Una lengua para un sueño: la historia del esperanto

                Hoy quería aprovechar este día, 26 de julio, para recordar que se trata de una efeméride muy especial, y de paso incrementar mis y (quizás) vuestros conocimientos sobre una tema que considero apasionante, o quizás refrescarlos: hoy es el 125 aniversario del nacimiento del Esperanto.
                ¿Qué es eso?, me inquiriréis algunos. Pues se trata del idioma planificado más conocido del mundo. Una lengua que no ha procedido de un país ni de una tradición oral establecida durante siglos, sino que fue creada por una sola persona conocida con su nombre, apellidos y una historia personal: este hombre se llamaba Ludwik Lejzer Zamenhof.


                Y quizás precisamente sea explorando la biografía de Zamenhof como podemos entender más acerca del origen de esta lengua. Para empezar, Zamehof nació en el seno de una familia judía en el imperio ruso, en una zona que en la actualidad se corresponde a Polonia. Con estos antecedentes, es lógico suponer que la ciudad natal de Zamenof era un curioso punto de encuentro de gente de variadas etnias (abundaban judíos, polacos, rusos, alemanes y bielorrusos), entre las cuales las relaciones no siempre eran fáciles. Zamenhof de hecho era conocedor de un amplio surtido de idiomas, tanto modernos (alemán, polaco, francés, hebreo) como clásicos (latín y griego), aunque siempre consideró que su idioma natal (entendiendo éste –como una vez se definió- como aquel en el que acabas maldiciendo cuando te cortas al afeitarte) era el ruso. De hecho, sólo escribió poesía en este idioma y, por supuesto, en Esperanto. Cuando, más adelante, Zamenhof se convirtió en médico y se instaló en el barrio judío de Varsovia (donde atendía, a cambio de un módico sueldo, a una cantidad ingente de pacientes), también tuvo ocasión de comprobar cómo la diversidad de lenguas y la falta de entendimiento entre sus hablantes generaba numerosos inconvenientes. Aquello le terminó de reafirmar en un objetivo que llevaba persiguiendo desde su juventud: la creación de un idioma universal que todos pudieran hablar, compartir, y lograr de esa manera un convivencia armónica.
                Hay que decir que esta idea no era nueva y que contaba con algunos precedentes. El mallorquín Ramón Llull trató de crear un idioma internacional basado en la lógica, y ya en la época de Zamenhof un sacerdote había ideado una lengua denominada Vola Pük, la cual fue el primer intento serio de constituir un idioma universal. Esta lengua –que Zamenhof conocía- fracasó debido a numerosas complicaciones innatas al propio idioma (por lo visto su gramática es tremendamente compleja), pero sobre todo por la oposición de su creador a introducir cualquier modificación y querer acaparar todo el control del lenguaje. En ese sentido, Zamenhof lo tenía mucho más claro: el idioma debía ser intuitivo, sencillo de aprender para las personas de cualquier nacionalidad y, sobre todo, había de ser flexible, de tal manera que (aunque tuviera una serie de reglas fijas que sirvieran como base) su propio uso lo terminaría moldeando según las necesidades de los hablantes. Zamenhof, además (hombre modesto y de afán universalista), renunció a cualquier beneficio que pudiera obtener del nuevo idioma, y fue incluso capaz de echar para atrás modificaciones que él quiso introducir posteriormente en la lengua porque comprobó que no eran aceptadas por sus primeros seguidores.
                De hecho, para Zamenhof, la creación del Esperanto fue un trabajo arduo, laborioso y no exento de dificultades: la primera, en casa, ya que cuando el joven Ludwik se fue a estudiar, dejó allí toda la gramática que había redactado hasta entonces de lo que aún era un proto-Esperanto. Su progenitor no debía simpatizar mucho con los anhelos de su hijo; quizás pensaba que no estaba bien que un futuro médico se entretuviera en aquel esfuerzo inútil, o tal vez, como dicen algunos, temía que la policía zarista encontrara aquellos papeles, los considerara subversivos, y aquello le causara problemas a su hijo. En todo caso (y empleo la expresión literal de mi referente en este tema, pues me ha encantado), el progenitor de Zamehnof “actuó con el tacto con que actúa un padre”, y quemó todos los documentos en la estufa de su casa, con lo cual Zamenhof tuvo que empezar de nuevo. También encontró problemas de financiación: durante los primeros años, Zamenhof publicó libros que no sólo establecían las bases gramaticales y de vocabulario del Esperanto, sino también traducciones de obras universales, e incluso libros originales en este idioma. Como “Zaza” apenas tenía dinero, tuvo que mantenerse financiado por la familia de su mujer, y casi acabó en la ruina, teniendo que sufragar incluso los primeros entusiastas del Esperanto la asistencia de su fundador a los congresos.
                No es el objetivo de este artículo detallar en profundidad las reglas que rigen el Esperanto: sin embargo, describiremos algunas pinceladas básicas. La mayor parte del vocabulario se basa tanto en lenguas latinas como germánicas o eslavas, aunque también tiene influencias de idiomas completamente distintos como el japonés. El objetivo, en este sentido, era que los vocablos resultaran familiares a la mayor parte de los pueblos, sin que ninguno tuviera preeminencia sobre otro a la hora de aprender la lengua (aunque, obviamente, por el origen del autor, se basa más en lenguajes europeos). La gramática se fundamenta en gran medida en añadir sufijos que indican la categoría a la que pertenece cada palabra (nombre, adjetivo, verbo), lo cual facilita su comprensión. Dicen algunos que la escucha del Esperanto asemeja una especie de rumano hablado por un italiano. Hasta qué punto eso es cierto debe ser juzgado por cada cual, pero lo cierto es que (y al menos desde el punto de vista de un hablante de lenguas latinas) cuando oyes hablar a dos personas en Esperanto, tienes la sensación de que conoces la mayor parte de las palabras, y de que podrías entender todo lo que dicen si hablaran más despacio y conocieras el contexto (lo cual, dicho sea de paso, entender las palabras, y no comprender del todo lo que se dice, es de las cosas más desagradables que te pueden ocurrir, y que se lo pregunten si no a los autores del libro From Lost to the River o a la gente que se dedica a escuchar a través de las paredes).
                Lo cierto es que el Esperanto, pese a todos los obstáculos y dificultades, tuvo éxito: el primer texto publicado en el nuevo idioma se denominó “Unua Libro”, y Zamehof lo firmó como “Doctor Esperanto”, que se traduciría como “doctor esperanzado”, apelativo que acabaría inspirando el nombre con el que se identificó a la lengua. Esta nueva forma de comunicación comenzó a reclutar hablantes y admiradores, se celebraron congresos, e incluso los hablantes de la otra lengua artificial que hemos mencionado, el Vola Pük, se apuntaron al carro del nuevo idioma. Personajes como Tolstoi (uno de los grandes defensores del esperantismo) o, en España, el fundador del POUM, Andréu Nin, el presidente de la Primera República Pi i Margall (que lo dio a conocer al gran público de su país) o el impulsor de la Institución Libre de Enseñanza en Cataluña Ferrer i Guàrdia, contribuyeron a su difusión. La verdad es que, en una época en la que el mundo comenzaba a enfrentarse por primera vez al concepto de un planeta global, donde los nuevos descubrimientos y avances científicos se propagaban a enorme velocidad debido a los nuevos sistemas de comunicaciones, y exploradores y geógrafos se aventuraban a viajar a las regiones más ignotas del globo, la idea de un idioma que todos pudieran dominar satisfacía un ansia de conocimiento que no podían compensar un número ingente de traducciones. Un mundo cada vez más pequeño que, sin embargo, necesitaba urgentemente el entendimiento entre sus miembros, ya que las ansias colonialistas de países como Gran Bretaña, Francia, Alemania o Rusia parecían crecer de manera desaforada hasta entrar en conflicto, con la posibilidad más que factible (de hecho, como sabemos, esto acabaría pasando) de que terminaran con una tremenda colisión.
                Y aquí entra, una vez más, en juego el propio Zamenhof. Para Lejzer, “el hombre que desafió a Babel” (como le describe una biografía del mismo título) el Esperanto sólo era una parte más de un proyecto más amplio. Como buen humanista, aspiraba a un mundo donde todos los hombres convivieran juntos de manera pacífica, comunicándose con una lengua universal (el Esperanto) y una ética básica, la cual se fundamentaría en el mínimo común de todas las creencias y religiones: “no hagas a los demás lo que no pretendas que te hagan a ti”. De hecho, Zamenhof se dedicó durante la última parte de su vida a propagar esta doctrina, que dio en llamar “homaranismo”; sin embargo, quizás por su timidez (o por no querer imponer sus creencias a los hablantes de la nueva lengua), sólo se dedicó a difundir este propósito cuando ya se había retirado de su trabajo en cuanto a la propagación del Esperanto. Muchos esperantistas adoptaron este ideal como suyo propio, aunque otros prefirieron no mezclar las cuestiones filosóficas y dedicarse simplemente al aprendizaje y difusión de la lengua.
                ¿Qué pasó con el Esperanto? Tuvo que sortear numerosos trances: sufrió disidencias internas por parte de movimientos que trataron de acercarlo más a las lenguas occidentales, aunque parece que la mayor parte de los esperantistas se mantuvieron fieles al espíritu original del idioma. La Primera Guerra Mundial fue un mazazo, no sólo para ellos, sino para todos los que aspiraban (en este optimismo desbordante que constituyó la segunda mitad del siglo XIX) a que la humanidad nunca más volviera a caer en la barbarie de los conflictos armados, y creían que los problemas se solucionarían de manera dialogada y de acuerdo a la razón –de la misma manera, también estaban convencidos de que, al menos, las pocas guerras que hubieran serían muy cortas debido a la inmensa eficacia de las armas destructoras: cuatro años de batallas tras las trincheras les demostraron lo equivocados que estaban-. Zamenhof sólo pudo, impotente, escribirle a los responsables políticos para rogarles que los pueblos afectados por las conquistas militares durante la guerra conservaran nombres relativamente neutrales, no adscritos a ningún idioma o cultura, que permitieran tanto a vencedores como a vencidos identificarse con ellos. La muerte de Zamenhof en 1917 supuso un nuevo golpe para el esperantismo, que sin embargo pasó los momentos más negros durante la Segunda Guerra Mundial. Hitler no perdonaba que el inventor del Esperanto fuera un judío, y acusó al idioma de formar parte de una trama de la raza hebrea para la dominación mundial. Como consecuencia de ello, los esperantistas fueron hostigados en los países gobernados por el Tercer Reich y sus aliados (en España fue perseguido durante la Guerra Civil, aunque se usaba en ambos bandos; posteriormente, fue tolerado por parte de las nuevas autoridades) y de hecho se cree que toda la familia Zamenhof fue eliminada del mapa durante este triste e insensato período.
                Sin embargo, el Esperanto, y en lógica consonancia con el nombre de su creador (no olvidemos que Lejzer es una variación de “Lázaro”, el hombre que resucitó de entre los muertos), está viviendo ahora mismo un período de esplendor al abrigo de internet y las nuevas tecnologías. He aquí tres razones que apoyan firmemente el hecho de que el lector de este artículo se anime a aprender Esperanto: 1) la facilidad de la lengua: es un idioma que se tarda relativamente poco en aprender, al contrario que otros lenguajes naturales; 2) el hecho de poder comunicarse con hasta dos millones de personas (según estimaciones) que hablan con fluidez esta lengua: de hecho, se calcula que entre 1.000 y 10.000 podrían hablarlo de manera nativa por haberlo aprendido de sus padres, e incluso se enseña en algunas escuelas de países como China y Hungría; 3) la comunidad esperantista, sin duda de acuerdo con los principios de su creador, no sólo celebra congresos y discute acerca de lingüística, sino que mantiene un firme contacto entre sus miembros, de tal forma que, en caso de viajar a cualquier lugar del mundo, sabes que sólo tienes que localizar a los hablantes de Esperanto de esa región y que ellos harán lo posible por acogerte y que durante tu visita te encuentres a gusto. Sin duda, en ese sentido, Zamenhof ha logrado lo que pretendía: la solidaridad y la conjunción de objetivos entre naciones, a través de un idioma que les sirviera de nexo común.
                En cuanto a este último propósito, está claro que su autor no cumplió su objetivo: hoy en día el idioma más hablado (y aquí tomo palabras del ex ministro alemán Joschka Fischer) en las comunicaciones entre distintos países de Europa y del mundo es “el inglés macarrónico”. Sin embargo, y si nos centramos en mayor medida en el adjetivo en lugar de en el nombre, lo cierto es que no es el idioma procedente de la Gran Bretaña el que más se emplea, en su forma pura e idiosincrática, por las calles del mundo en la actualidad. Mucha gente señala que hay más en común entre el inglés que pueden hablar un holandés y un sudamericano que entre el que usaría cualquiera de ellos con respecto al aprendido por de una persona de Bristol. En ese sentido, han surgido movimientos demandando la instauración del “inglés simplificado” como lengua en sí misma, exponiendo, de alguna manera, que no son los pueblos anglosajones los que obligan a los demás a hablar en su lengua, sino que serán los habitantes del resto del mundo los que fuercen a británicos y ciudadanos procedentes de sus antiguas colonias a expresarse mediante esta nueva varaiación del lenguaje. En ese sentido, las preocupaciones y aspiraciones del Esperanto siguen manteniéndose intactas, y por ese motivo seguramente será un idioma que nunca nos deje de interesar.
                Por último, me gustaría agradecer el esfuerzo de documentación al que ha sido el baluarte indispensable para llevar a cabo este post, Jesús “Chus” García Cano, a quien tuve el placer de conocer en su faceta de investigador científico, y que me descubrió alguno de los secretos del Esperanto. Él pertenece al Grupo Local de Esperanto de Albacete, cuyo nombre honorífico es “Bonifacio Sotos Ochando”, rindiendo tributo a un teólogo albaceteño que también presentó su propio proyecto de lengua universal, en 1851, difundiéndolo en varios idiomas. Chus es un activista convencido del Esperanto, que nos ha contagiado su amor por la lengua a aquellos con los que ha departido sobre la misma, y ha participado incluso en la organización de congresos estatales de este idioma en La Mancha. Por eso quería escribir este pequeño párrafo agradeciendo su inspiración y esfuerzo, aunque seguramente si alguno de vosotros se anima a aprender Esperanto, su alegría será mucho mayor.
                Y como se dice en la lengua de Zamenhof: Koran dankon kaj bonan ŝancon!! (o sea, muchas gracias y buena suerte).

P.D.1. La imagen de Zamenhof está tomada de Wikicommons (un proyecto que sin duda satisfaría al creador del Esperanto). Por supuesto, Wikipedia tiene secciones en este idioma y en inglés simplificado.
P.D.2. Sí, ya os sé que os debo una historia corta para este mes. Os compenso en agosto. Saludos.

lunes, 16 de julio de 2012

El relato de julio: Pis de gato.


Pis de gato
                                                          
            Aminata pasea, solitaria, por los parajes desiertos del extrarradio de la ciudad. A su lado, Nasiru trastabilla, aún con caminar vacilante y torpe, tratando de seguir zigzagueante los pasos de su madre. El lugar por donde transitan, ciertamente, no es el mejor de los paraísos: está lleno de coches estropeados, y de basura, y de una sensación de moho y de podedumbre que rodea, con su fétida extensión, los cuerpos ensimismados de ambos. Pero ninguno de los dos lo huele: no detectan el olor. Lo cual les es beneficioso, pues de allí procederá la cena de esta noche. Sin embargo, el que sus fosas nasales no aspiren este hediondo aroma no se debe ni mucho menos a cuestiones utilitarias. Ni tampoco a que se tapen la nariz con las manos. Es una simple cuestión de saturación de receptores: los suyos están cubiertos por algo más.

            -Hueles a pis de gato.
            Le expresó su marido a Aminata, con  desprecio. Y Aminata no necesitó tocarse debajo de la falda para saber que, efectivamente, estaba mojado, y para reconocer que el hedor desprendido era muy similar al que dejaban las eyecciones que cierto felino callejero tenía la indecencia de liberar cuando entraba y salía de la casa, dedicándose a juguetear con los niños, o apareciendo inesperadamente en el cesto de la ropa sucia.
            -Te ocurre desde el parto –le exhortó el hombre aún más agrio, a lo cual Aminata, cosiendo cuidadosa mientras los churumbeles revoloteaban por la cocina, no respondió nada, pues nada podía hacer.
            -Si esto sigue así –determinó él aún más firme-, vamos a tener que hacer algo.
            Y vaya que si lo hicieron.
           
            La Madame de la Orina, la llaman. O la Reina de la Orina, también. Así la denominaban los vagabundos que se iban encontrando por las ciudades, los cuales se apartaban de ella y la dejaban aislada en el derredor de los fuegos que encendían por la noche para proporcionarles calor. Con el niño no, al niño estaban siempre dispuestos a acogerle, sobre todo alguna madre, alguna viuda, cierta mujer que había perdido un hijo, pero Aminata se negaba, había oído que es prudente desconfiar de la bondad de los extraños, y no sería ni la primera vez ni la última que a un muchacho indefenso le obligan a cambiar de progenitores. Por eso no se separaba de Nasiru ni un segundo, aún en la noche. Eso le obligaba a su hijo a soportar de forma continua el hedor nauseabundo que emitía su madre. Por eso Aminata lloraba. Esperaba que las lágrimas atenuaran un poco la peste.

            La fístula vesico-vaginal es una afección relativamente común entre las mujeres que acaban de atravesar un parto, sobre todo si éste ha sido complicado, es el último de numerosos alumbramientos, o si la mujer es muy joven, aspectos todos ellos que suelen concurrir entre las esposas africanas. El origen del problema es sencillo: como consecuencia de una lesión, se crea un pequeño conducto que une las paredes de la vejiga urinaria con la vagina, de tal manera que entre ambas cavidades se establece una comunicación. A causa de ello, y al llenarse la vejiga umbilical, el líquido tiende a viajar por esta abertura yendo a parar la vagina, y mediante esta vía sale al exterior de manera no controlable. De ahí el síntoma principal, la incontinencia urinaria. Esta enfermedad existe también en Occidente, y de hecho es bastante frecuente que las parturientas padezcan de incontinencia durante los días posteriores al parto. No obstante, allí el problema es menor, ya que basta una sencilla operación (apenas un corte y un par de puntos bajo anestesia local) para ponerle fin al problema. Pero en África, incluso un pequeño paso como éste constituye un obstáculo insalvable. Las afectadas lo sufren, y sufren también el rechazo y la deshonra de su casa y su comunidad, al no conservar, además, la posibilidad de engendrar más hijos. La mayor parte de las veces, sus propias familias las obligan a marcharse. Ninguna de ellas llega a volver.

            Se quedaron con los niños. Su cuñada, su suegra, dijeron que estarían mejor  a su lado, que debían quedarse con ellas. Se los arrebataron, se los robaron, se los arrancaron, como si lo hubieran hecho desde su mismo vientre. Tan sólo le dejaron conservar a Nasiru, ya que debido a su corta edad aún necesitaba la leche de de su madre para poder sobrevivir. Por eso, se lo cargó a la espalda, como si se tratara de un bulto más del equipaje (que no tenía) el cual debía arrastrar a lo largo del camino (que tampoco existía). El trayecto lo iría creando, conforme avanzara a cada paso.

            La fístula vesico-vaginal está íntimamente asociada a fetos recién nacidos muertos –con lo cual la pérdida es doblemente dolorosa-, y al desamparo social que lleva consigo. La mayor parte de las mujeres, perdida su condición de futuras madres (prácticamente la única por la que se les considera útiles), encuentran como sola salida la mendicidad o la prostitución. Se calcula que existen hasta doscientas mil mujeres afectadas por esta dolencia, sólo en el norte de Nigeria. En el resto de África, los datos son desconocidos. El primer síntoma de pobreza es la falta de estadísticas.

            Aminata se dirige hacia el barco. Ha escuchado que hay al norte, y al oeste, en algún punto ilocalizado de la costa, un barco repleto de cirujanos, de médicos blancos, procedentes de distintos países, y que hablan distintas lenguas. Estos cirujanos se dedican a ayudar a gente como a Aminata, y a librarles de su enfermedad. Aminata no se acaba de creer esta historia, piensa que se trata de un cuento, como los que le relata a Nasiru por las noches para ayudarle a dormir. Pero la sola esperanza de que acaben con su problema es estímulo suficiente para seguir caminando. Incluso aunque le salgan ampollas en los pies; incluso  aunque ya no le queden zapatos.

            Otra causa muy frecuente de la fístula vesico-vaginal es el gishiri. El gishiri se realiza a aquellas mujeres que son demasiado jóvenes para mantener relaciones sexuales, y por tanto tienen la vagina demasiado estrecha. Consiste en un corte aplicado desde la vagina hacia el periné, cuyo objetivo es el de ampliar el tamaño del conducto vaginal, haciéndolo accesible para la penetración. Este gesto puede causar hemorragias, perforación de la vejiga y del recto, y en el caso de que la mujer sobreviva, una fístula vesico o recto-vaginal. El gishiri se practica en numerosas aldeas africanas, y su nombre proviene de la voz de origen hausa que significa “sal”. Esto es debido a que el largo cuchillo con el que se practica esta incisión es muy similar al que empleaban los comerciantes árabes que cruzaban el desierto (y hacían tratos con las tribus africanas) para separar los bloques de sal que determinaban para la venta. De ahí que el gishiri se denomine también “el corte de la sal”. Así comienzan la mayor parte de las mujeres su vida sexual en África.

            Cuando alguien salva tu vida de una maldición que no comprendes, ese alguien se llama Dios. Por eso, Aminata ha escuchado que muchas de las mujeres que se curan en este barco se vuelven de la religión de la gente que las han ayudado. Dicen que ésta es más tolerante, y que les trata mejor. No obstante, muchas de ellas siguen siendo musulmanas, o de cualquiera de las muchas religiones que pueblan este vasto continente. Estas mujeres afirman que lo importante de las religiones no es el nombre del Dios: sino ese toque sutil, pero necesario, que es la disposición del alma con la que se profesan.
           
            En realidad, todas estas variantes no son sino expresiones exageradas de un concepto que se encuentra ampliamente arraigado en África y en los países musulmanes: el del sexo seco. Esta práctica se basa en el hecho de considerar que el acto sexual consiste en la simple y pura penetración (casi sin lubricación además), de tal manera que se olvidan los preliminares, las caricias, e incluso el contacto con otras partes erógenas. Muchas mujeres contribuyen a perpetuar esta idea introduciéndose arena u otros materiales en la vagina, los cuales aumentan la sequedad en la misma, produciendo un mayor placer en el acto sexual para el hombre y un dolor muy desagradable para la mujer. En realidad, esta costumbre se encuentra relacionada con la creencia de muchas religiones de que el sexo es un motivo de tabú y de vergüenza, meramente destinado a obtener hijos, y es en muchos casos una forma más de opresión de las mujeres a través de la negación de su sexualidad, aspecto íntimamente imbricado con la (tristemente demasiado conocida) tradición de la ablación del clítoris. Para algunas personas muy mezquinas, el amor se fundamenta, precisamente, en que el ser amado no lo sepa.

            A pesar, sin embargo, de su terrible olor, Aminata y Nasiru han podido relacionarse con otras comunidades humanas, y tener también un contacto más fuerte con individuos aislados. Han conocido a algunos de los viajeros que se dirigen hacia el norte, hacia Mali o Mauritania, con el objetivo de poder embarcar en una barcaza rumbo hacia el norte, en dirección a esos países de nombres tan intrincados que no saben ni pronunciar. Muchos llevan años en el camino, han quedado encarcelados antes de llegar a su sueño y prosiguen intentándolo nada más vuelven a salir, han quedado separados de sus familiares o los amigos con los que viajaban, y sin embargo, a pesar de su soledad, y de la pérdida de los sueños compartidos que los ausentes llevaban consigo, esas personas vuelven a recuperar la ruta, anhelantes, en cada ocasión que tropiezan, una vez más. También (a pesar una vez más del insoportable hedor), han sabido rodearse de una pequeña comunidad de viajeros, quienes se dirigen a lugares más o menos comunes, y entre los cuales se incluyen una pareja de niños, dos ladronzuelos, los cuales son su principal sustento para sobrevivir. Pese de la diferencia de edad, ese par de zagalillos se dedican a juguetear alegres con Nasiru: lo tratan como si fuera su muñeco, porque efectivamente, casi lo es, sosteniéndole, así, tan pequeñito entre las manos. Cuando Aminata los ve, agacha la cabeza y sonríe. Aprovecha esos momentos para lavarse la ropa. Quiere que cuando su hijo vuelva, la encuentre oliendo a rosas.

            Pero muchas veces, el sexo seco no se debe a una cuestión de intolerancia o de creencias religiosas, sino a un aún más primitivo y endémico mal: la ignorancia. Se da el caso de cierta monja que fue a predicar a un punto remoto del África subsahariana. Allí se encontró con que muchas de las mujeres que venían a consultarle mantenían una prácticamente nula relación con sus maridos, y que sus vidas eran apagadas, tristes y oscuras. Y probablemente aquello no era lo más ideal que se le podía pasar por la cabeza a una monja, pero a ésta se le ocurrió -por una extraña asociación de ideas-, que la idea con que las mujeres se veían a sí mismas en relación al acto conyugal se encontraba en estrecha relación con cómo se consideraban en el aspecto social, como entes pasivos, en lugar de activos y partícipes en sus propias vidas. Por eso, y aunque en un principio le daba cierto reparo (de acuerdo, era para una práctica dentro del matrimonio, pero Dios santo, ¡era “sexo”!), la monja se puso a leer más y más libros sobre sexualidad, y a proporcionarles a las mujeres a las que atendía algunos valiosos consejos, recién aprendidos, sobre este singular y muy estudiado tema. Los resultados, sorprendentes, no se hicieron esperar.

            Un día, los ladrones decidieron adentrarse en terreno peligroso. Llevaban varios jornadas sin comer, y aquella incursión era fundamental para la pitanza de esta noche. El premio: una jugosa y reluciente pierna de cordero, colgada de un garfio de la grasienta carnicería, custodiada por un terrible cancerbero de orondas carnes y un grandísimo cuchillo de cocina en las manos. La táctica era muy simple, digna del mejor estratega napoleónico: uno de los muchachos despistaría al carnicero, mientras que el otro agarraría la pata de cordero, y saldría corriendo. Un momento de tensión se sucedió en el ambiente, y también en los corazones y en los estómagos de la pandilla de desarrapados que seguían la batalla en directo desde detrás de un escondrijo. El muchacho cubrió con sus brazos el ansiado premio, y comenzó a escapar con toda la velocidad que le permitían sus piernas. El coloso carnicero corrió detrás de él, amenazándole desde lejos con el gigantesco cuchillo de cocina, asemejando que tenía la intención de arrojárselo a la cabeza en cualquier momento. La persecución se siguió frenética, implacable, a través de las estrechas callejuelas de los barrios, mientras el carnicero se iba poniendo más y más colorado, resollando con cada vez más enojo, parecía que en un momento iba a caerse redondo para no volverse a levantar. Finalmente, el muchacho encontró un hueco por debajo de una valla metálica, la cual constituía su vía de salvación: se introdujo debajo de la valla, pero se quedó encallado entre el suelo y ésta, el carnicero estaba más cerca, le iba a alcanzar, le iba a alcanzar, llegó incluso hasta a tocarle, pero en el último momento, el niño pasó, y el carnicero se quedó al otro lado, agotado, con un palmo de narices. Mientras tanto, en ese extremo de la frontera, y por las callejuelas anexas, los dos ladrones se reunieron, y con ellos todo su grupo de despechados, que los elevaron a hombros, mientras uno de ellos (el que había tenido el valor de correr), sostenía la pierna de cordero en lo alto, agarrada del hueso, mientras le daba la mano a su hermano. Para aquel niño negro, elevado por ese equipo de desahuciados humanos, elevar aquella pierna de cordero, sosteniéndola como un trofeo, como un cetro, era como levantar la Copa del Campeonato del Mundo.

            Y efectivamente, los resultados llegaron, de manera súbita, inesperada, y extraordinaria también. Las mujeres a las que ofrecía sus consejos volvían al centro social radiantes, con los ojos tintineando juguetones, elevadas en una nube de la que parecían no querer desprenderse, contándole a la religiosa lo mucho que habían mejorado sus relaciones sexuales desde que habían incorporado los preliminares, los susurros escondidos, nuevas posturas y variantes, y sobre todo, el dejar no como hecho principal -sino como último fin de fiesta-, el acto definitivo de la penetración. Estas mujeres les contaban sus experiencias a otras mujeres, y éstas a su vez a otras, de tal manera que el secreto de la monja sexóloga fue corriendo rápidamente por toda la aldea, y haciéndose cada vez más conocido. Pero lo que más le conmovió a la religiosa fue que, insospechadamente, también los varones vinieran a visitarla, agradeciéndole los consejos recibidos, y preguntándole si a la oficiante católica si ésta los practicaba muy a menudo. Y mientras tanto la mujer, avergonzada, sonreía y se ruborizaba, y no podía parar de pensar en que este descubrimiento de que las mujeres (aparte de vagina) eran pechos, labios, boca, palabras, podía significar al mismo tiempo para los hombres un nuevo renacer para la consideración del valor social de sus compañeras, y de su papel -además de como incubadoras de hijos-, como una parte más en el conjunto de la pareja. Ni brujas, ni esclavas. Simplemente, amigas. Sencillamente colaboradoras, en este difícil trance que nos impone cada día la vida, y con el que es muy complicado (si estamos solos) convivir...

            Y Aminata sigue caminando, cansada y sola por la playa iluminada por la luna, acompañada tan sólo de su hijo, el cual corretea, patitas pequeñas, andando tranquilo justo a su lado. Pero mientras Aminata continúa avanzando, comienza a detectar bajo su falda el inequívoco síntoma de la irritación causada entre sus muslos a causa de tanto orinar sin parar. Se detiene entonces a un lado, justo al borde de la orilla, para poder tomarse un descanso. Y entonces, Nasiru se acerca a ella, y medio dormido, la abraza. Aminata trata de apartarle de él.
            -Aléjate, hijo. Te abrazo, después, aléjate, hijo.
            Pero el niño niega mimoso con la cabeza.
            -Si no me abrazo junto a ti, no me puedo dormir... Necesito tu olor...
            Y la madre, frunciendo los labios, le pega un capón de ésos que duelen más después de un rato.
            -¡Ay!-grita dolorido el niño, pero la madre le reprende, No te rías de tu madre.
            -Si no me río, de verdad. Necesito tu olor para irme a la cama. Me huele muy bien. Si no me quedo dormido oliéndolo, tengo pesadillas todas las noches...
            Y la abrazó aún con más fuerza.
            -Es tu olor. Es mi olor. Es olor a mamá...
            Y es como en un juego infantil, gritar: “¡Casa!”, significa lugar seguro, refugio.
            Aminata le apretó muy de cerca, para que Nasiru no pudiera sentirle las lágrimas...
            Y mientras tanto, ambos siguen caminando, siguen desplazándose, en marcha sin pausa hacia un barco que quizás nunca jamás existió. Pero lo importante, bien lo sabe Aminata, no es el final del camino...

            Es tan sólo disfrutar.

            Nota: el barco que se menciona en la historia existe, y es real. Se llama Mercy Ship, y se dedica a bordear la costa africana realizando extirpaciones de tumores y operaciones aparentemente sencillas, pero que arreglan la vida a muchas personas. Otros dispensarios médicos en África contribuyen a reparar los daños físicos y sociales de la fístula vesico-vaginal.
            Los hechos narrados en este relato son reales, o basados en los mismos. Con sólo una excepción.
            La monja (gracias a Dios) no era una monja.