martes, 26 de julio de 2016

El relato de julio: "El día que dijo no".

Este relato es, a la vez que experimental, surgido de un impulso instintivo. Tiene, por tanto, aquellos defectos o atrevimientos que son propios de una idea sin pulir o coartar por el intelecto, no pensada específicamente para la publicación en ninguna parte, sino que necesita ser expresada en libertad por sí misma. Precisamente a causa ello, no es un relato para todos los públicos: contiene escenas tórridas en el terreno sexual, y también en el de la violencia, en una mezcla de Eros y Tanatos que a algunos convencerá y que para otros no será plato de buen gusto. Por tanto, no es apto ni para menores de 18 ni para almas demasiado sensibles. Además, ya advierto que, por el momento, he decidido que el final quede en un alto, y quizás en el futuro (o bajo petición particular) revele los detalle que tendrían que ocurrir después. Si aún así os atrevéis a leerlo, espero que no os defraude. Como suele decirse, yo abro las puertas del infierno, y ya vosotros decidís si penetráis o no dentro de él...

El día que dijo no

La Ciudad bullía en el caos. Pero un caos organizado, dual, y a la vez asimétrico. Al mismo tiempo, la parte que permanecía en la anarquía se guiaba a su vez por un orden, aunque se tratara de uno invisible y despótico, y es que nada hay más homogeneizador para todos que seguir, al unísono, la inapelable ley del deseo. De hecho, si se recorrían los caminos ahora irreconocibles de la Ciudad a través del último mapa que se elaboró hace años, antes de que empezara todo esto, el viajero improvisado no entendería nada, salvo que algo muy terrible había ocurrido, y que ese algo había dividido la ciudad abruptamente en dos partes, cuya frontera podía trazarse a través de una abigarrada línea que cruzase la calle principal. Pero además, al viajero le sorprenderían, a uno y al otro lado de la frontera, los edificios a medio construir, puentes inacabados suspendidos en el aire y, sobre todo, observar cómo a un lado de la Ciudad la actividad se mantenía en plena ebullición, mientras, en la otra, todo se había sumido en un absoluto marasmo. Sin embargo, ésta era una parálisis solamente aparente, pues aquella mitad de la inmensa megalópolis estaba llena de seres individuales que habían perdido casi toda capacidad de asociarse entre sí y tan sólo buscaban una cosa: satisfacer su sexo, su apetito carnal, su erótica gula, en un ataque de lujuria sin límite que parecía no tener fin. No obstante, sí que lo tenía, aunque una vez cada seis meses. Y entonces el ciclo volvía a empezar.
Nadie sabe muy bien del todo cuándo empezó este proceso, ni siquiera si había un antes. Circulan leyendas acerca de que en los viejos tiempos la urbe era un todo unitario, y que esa época los hombres y las mujeres no tenían períodos de celo, sino que podían disfrutar del amor y el sexo todo el año, hasta regularlo a voluntad, y no como ahora, cuando un género de la humanidad se veía poseído durante seis meses de una furia impetuosa que le llevaba a buscar placer y satisfacción en todo cuanto tocaba, mientras el otro lado de la ecuación se mantenía ascético y sin ánimo ninguno, ocupando todas sus energías en reconstruir lo que seis meses de vorágine y despreocupación habían devorado. Había muchas y variadas teorías sobre qué había ocurrido para que esto fuera así (pues, argüían los teóricos, si existían historias acerca de que en otro momento fue de otra manera, algún punto tendría que haber sido el de inflexión), pero nadie encontró respuesta. En una ocasión, se pretendió erradicar el problema juntando a hombres y mujeres en la calle principal, en la frontera entre ambos mundos, en el momento preciso en que debía cambiar el ciclo, a media noche, bajo la luna llena, o debajo de las puertas, como si la presencia de umbrales diera a entender que allí las líneas divisorias se encontraban más difuminadas y fuera posible la transgresión de las reglas, pero todo fue inútil. El cambio sucedía de manera automática, y los ahora ordenados entes masculinos podían hallarse a sí mismos desnudos y mirarse entre sí con vergüenza y pudor, mientras contemplaban cómo las mujeres que habían intentado cruzar a su lado (como si encontrarse en la zona de los hombres les infundiera cierta protección) se convertían en cuestión de segundos en gatas en celo, restregándose contra los hombres sin que a ninguno de ellos les apeteciera tocarlas,  observándolas con oprobio, asco, naúsea y hasta pavor, y recordando por fin por qué era conveniente que cada sexo permaneciera en un lado distinto de aquella línea invisible. Y es que, en efecto, pasear por la zona de la ciudad invadida por el deseo infundía pánico: hombres o mujeres restregándose contra canalones, animales o contra ellos mismos, tratando de buscar un agua que aplacara su sed, un ansia a un fuego que no cesa, y que no había modo alguno de interrumpir. Si al menos aquel inexplicable arrebato de furia fálica o uterina hubiera cedido con las relaciones entre miembros del mismo sexo, todo hubiera podido resolverse de una manera aceptable para todos; desgraciadamente, los mecanismos de este intrincado mal no funcionaban así, y las relaciones entre individuos del mismo género no proporcionaban satisfacción alguna, dejando a los implicados con el mismo mal sabor de boca con el que habían empezado en un inicio, igual que el obligado onanismo no proporcionaba más que una calma pasajera (tan efímera como el paso de los suspiros) y, desde luego, bastante parcial. Así, a pesar de la nube de concupiscencia y de erotismo que fluctuaba en el ambiente, de los cuerpos desnudos tocándose y mostrándose, de los flujos que estérilmente se derramaban, nada finalizaba en la consecución del orgasmo, nada ni nadie podía aplacar su llamarada interior. Y mientras tanto, la sociedad permanecía completamente desestructurada, nadie producía nada, terminaba ningún proyecto o trabajaba, y durante esos seis meses terribles, la gente malvivía apenas tragando erráticos bocados, comiendo lo justo como para prolongar una inútil existencia ligada en exclusiva al ansia de copular, y devorando como langostas todo lo que se había construido hasta entonces, desandando lo andado (como en el telar de Penélope) para, seis meses después, volver a empezar.
Era digno de observar a estos seres humanos, más parecidos a zombies que a otra cosa, caminar por las calles de lo que en esos momentos parecía un apocalipsis nuclear sin retorno. Con las camisetas rotas, lacas apuntalando barrocos peinados que sin embargo acababan siempre revolviéndose, pechos y miembros al aire, los vellos púbicos exponiéndose, o rajas a lo largo de la zona de los glúteos de apretados pantalones ceñidos. Aquello parecía el final de los excesos de una cabalgata terminada hace horas y cuyos componentes, sin embargo, todavía siguieran caminando medio borrachos sin haberse enterado de que la fiesta ya no volvería nunca más. Era patético y a la vez motivo de mofa contemplar sus desmanes con tal de conseguir mitigar brevemente su ardor libidinoso, la forma en que sus cuerpos sensuales se retorcían en busca de un gramito de placer que, sin embargo, daba la impresión de que no iban a ser capaces de conseguir nunca… Y todo eso para, un tiempo después, vestirse todos con profesional traje y chaqueta, hacer como si nada de esto hubiera ocurrido, y dedicarse a reconstruir todo lo que daba la impresión que unos desconocidos habían desperdiciado muy poco tiempo atrás, con la misma frigidez de un muñeco de goma, rehuyendo todo el contacto que antes con ardor reclamaban.
Sin embargo, lo que contribuía a desestabilizar aún más la situación era la presencia de los niños. Por supuesto, aquella lógica absurda imposibilitaba la procreación, con lo cual hacía mucho tiempo que en la ciudad no nacían nuevos habitantes. Uno de los signos, sin embargo, que llevaban a pensar a los estudiosos que aquel cambio en los hábitos sexuales humanos no había ocurrido hacía demasiado tiempo era que aún existían jóvenes por la calle, e incluso –cada vez más raramente- se intuía la presencia de tiernos infantes. Éstos, sin embargo, habían interpretado aquella actitud que adoptaban los mayores como lo que era: un ataque a su supervivencia. Absortos el 100 por 100 de su tiempo en sus ansias de copular -al menos durante seis meses del año-, y ocupados durante los otros seis meses en luchar contra el enemigo interior y olvidar lo que habían sido, los padres de estos niños no les hacían ningún caso, y el propio concepto de paternidad ya no existía, siendo obligados los zagales a subsistir solos, educándose a sí mismos en bandas salvajes que, no por poco numerosas, dejaron de estar menos estructuradas y radicalizadas. Por otro lado, los niños consideraban aquel desinterés de los adultos por tener hijos un rechazo directo a su propia existencia, y por eso acabaron por vengarse, con toda la rabia que puede albergar un despechado e impetuoso corazón. Sus armas preferidas eran los fusiles de largo alcance, las pistolas semiautomáticas, instrumentos que permitieran atacar desde un escondite y, protegidos por la distancia, observar sus efectos, huyendo a continuación de manera atropellada, en un guirigay caótico, con la misma dispersión que una bandada de pájaros. Sus momentos favoritos para actuar eran cuando encontraban varios adultos juntos, lo cual era cada vez más difícil, pero había todavía dos circunstancias en que era posible. Una de ellas se daba en las ocasiones en que un grupo de adultos del mismo sexo se reunían en lo que era el intento de una orgía inútil, pues al final aquello no les aliviaba, pero que al menos era un acto que, mientras duraba, les liberaba en parte de la desesperación. Allí los niños actuaban con total impunidad, como si derribaran patitos en una de las atracciones de feria. La otra posibilidad importante era cuando alguno de los zombies ávidos de sexo se introducía en la casa de un individuo de género opuesto, esperando encontrar algo de satisfacción allí. Lo cierto es que eran momentos casi cómicos: lo que en otros tiempos se hubiera convertido en un delito de allanamiento de morada junto con violación de una joven muchacha, casi parecía una opéra bufa, pues las chicas no recibían aquel acto forzado con dolor o con pánico, sino más bien con desprecio, con una especie de “buf, ahora me viene a molestar el pesado éste” mientras aguardaban a que el hombre se descargara al fin en su vagina. Y de la misma manera, lo que podría haber sido el inicio de una película pornográfica en otros tiempos (el observar como una mujer joven se introducía en la casa de un hombre y de repente empezaba a desabrocharle los pantalones para introducirse en la boca todo su sexo), ahora se transformaba en una ridícula escena, pues la expresión de impaciencia del chico era de casi un estorbo al hallarse con que no podía vestirse para ir a trabajar porque algo se había metido allí, entre su pene y sus calzoncillos bóxer. Eran éstos instantes en que tanto unos como otros se hallaban bastante despistados, y los niños solían aprovecharse de ello en sus incursiones homicidas. A veces los niños también empleaban las armas de corto alcance, navajas para matar con cuchilladas precisas, o incluso en el peor de los casos machetes, que utilizaban en la calle con saña morbosa, sobre todo cuando algún impúber descargaba vengativamente toda su rabia sobre sus adultos, amputando brazos, pezones u otras zonas erógenas del cuerpo, aunque nada funcionaba, y era entonces cuando su rabia se tornaba impotencia, porque los adultos –feos o esbeltos, jóvenes o viejos- no se abstenían por eso de continuar, y seguían ahí, en medio de las aceras, desangrándose como cerdos, masturbándose como locos o follando como conejos, o tal vez las tres cosas a la vez. No obstante, quizás los niños pecaban de exceso de precipitación: con tan sólo haber esperado, esos adultos que no amaban a los niños hubieran perecido muy tempranamente, pues la esperanza de vida en la Ciudad se había acortado de manera drástica desde que este bucle de estaciones de celo y hastío había empezado a producirse con periodicidad en la misma. Y es que tanta fogosidad sin respuesta no tenía otro remedio que comerles por dentro, que matarles antes de que tuvieran la oportunidad de volverla a apagar.

La cruda realidad era que, sin niños que renovaran la especie, y con adultos que se alternaban entre construir y destruir la Ciudad en una condena digna de Sísifo, la urbe no tenía futuro y ésta se consumía. De no modificarse la situación en el medio o largo plazo, la megalópolis estaba condenada a extinguirse, con algún último “zombie del amor” que falleciera en medio de las calles vacías, llevándose consigo toda prueba de que el hombre existió, enterrándolo para siempre entre los recuerdos. Así que, quizás, para remediarlo, nosotros (que sí que conocemos la respuesta) deberíamos relatar cómo comenzó. Todo fue tal que así...

lunes, 18 de julio de 2016

Los cuentos de julio: 12 cuentos de ciencia ficción y fantasía para leer durante el Celsius 232

Saludos. Como muchos sabéis, del 20 al 23 de julio se celebra el Celsius 232, un festival que se "vive" desde hace unos años en Avilés (Asturias) y donde se reúnen algunos de los autores más interesantes en el panorama nacional e internacional en los géneros de terror, fantasía y ciencia ficción. El año pasado me pasé por allí, participando entre otros actos del cosplay en homenaje a Terry Pratchett (una de cuyos organizadores, Sofia Rhei, es por cierto una autora de sugerentes títulos a los que podéis echarles un ojo). En esta ocasión no podré asistir pero, para los que deseen visitarlo -o, al menos, compartir un poquito de su espíritu desde el salón de su casa-, este blog quiere ayudarles, y de paso rendir homenaje al festival, con una serie de recomendaciones de cuentos que se hallan relacionados con los géneros literarios de los que se ocupan. Como en un pasado post dedicado a Halloween exprimimos bien a fondo el apartado del terror, en este caso presentamos 12 relatos (y alguno adicional) de fantasía y ciencia ficción que a lo mejor no habéis leído y os pueden interesar, o que pueden tal vez descubriros nuevos autores, o aspectos menos conocidos de los mismos. Ésta es la selección que he hecho; allá van:

-Descubrir a Isaac Asimov y su larguísima lista de cuentos no tiene ningún misterio. Pero hay en concreto tres que no son demasiado publicitados y que a mí siempre me han llamado poderosamente la atención. Curiosamente, los tres están relacionados con Multivac, ese ordenador gigante que, según Asimov, será capaz en el futuro de responder buena parte de nuestras preguntas y auxiliar con su sabiduría a la humanidad. Los tres cuentos que os nombro hoy son "El chistoso", "La máquina que ganó la guerra" y "La última pregunta". Da la casualidad, además, de que este último era, según Isaac Asimov, el favorito de entre sus relatos.

-Volviendo con Asimov, el autor ruso-estadounidense tiene otros tres relatos bastante famosos ("Anochecer", "El niño feo" y "El hombre bicenterio"), los cuales muchos fans de la ciencia ficción conoceréis. "Anochecer" y "El niño feo" completaban la tríada de (lo digo de memoria, disculpad si me equivoco) los tres cuentos propios preferidos por Asimov, y muchos sabréis que "Anochecer" ha sido elegido en algún foro especializado como el mejor relato de ciencia ficción de la historia. Lo que quizás no sepáis es que los tres tienen sus ampliaciones en forma de novela, redactadas por otro escritor de ciencia ficción de origen judío, Robert Silverberg. Así que esta recomendación no es sólo por los relatos (para los que no los conozcan), sino para los que se animen a leer la versión extendida, para ver si les hace disfrutar tanto o más que el cuento original... aunque ya sabéis lo que dicen de las adaptaciones. De todas maneras, después de mi lectura de las tres, yo diría que aunque el original siempre es mejor, la verdad es que no están nada mal y, sobre todo, conservan buena parte del tono primigenio, lo cual no es decir poco.

-"El centinela", de Arthur C. Clarke. Este relato interesará a muchos los que quieren descubrir la génesis de las novelas (posteriormente adaptadas como películas) de "2001. Odisea en el espacio", pues en este cuento sirvió como primer esbozo. Aunque a mí, personalmente, me parece todavía más fascinante "Los nueve mil millones de nombres de Dios", una historia a caballo entre la ciencia ficción y las creencias religiosas.

-"Crónicas marcianas", de Ray Bradbury. Ya las mencionamos en el (aludido anteriormente) post sobre cuentos de terror, y es que Ray Bradbury, fiel a su espíritu humanista, no entendía de barreras entre géneros, y era capaz de contarte una historia de enorme profundidad disfrazada de cualquier otro tipo de narración más sencilla. En "Crónicas marcianas" se describe la historia de una hipotética colonización de Marte a costa de los habitantes nativos (con analogías ineludibles con la extinción de los indios norteamericanos) mediante el irónico sentido del humor y compasión por el otro característicos de Bradbury. Cada relato es un mundo y un estilo en sí mismo y sin embargo, todos juntos, constituyen una obra unitaria y completa digna de recomendar. Para fans de la ciencia ficción, y los que no lo son tanto.

-"Ciberiada", de Stanislav Lem. Lem nos ha regalado alguno de los mejores pasajes de la ciencia ficción, y si su fama no es mayor es probablemente a causa de su origen soviético. Si la inconmensurable novela "Solaris" nos dejó tocados a la inmensa mayoría de sus lectores, "Ciberiada" busca más la sátira y el surrealismo, pero sin duda satisfará a un buen sector del público.

-"R.U.R." Ya hablamos de este relato de Karol Kapek en un post relacionado con robots, ya que con este cuento Kapek básicamente creó el género. Aquí me sirve además para introducir otra historia (a medio camino entre la ciencia-ficción y la fantasía) denominada "La fábrica del absoluto", donde la humanidad descubre que el filósofo Leibniz tenía razón y que dentro de cada ser inanimado se encuentra la esencia de Dios, de tal manera que podemos transformar una pequeña porción de materia en una descomunal cantidad de energía divina, capaz no sólo de aliviar los problemas energéticos del mundo, sino de obrar milagros, producir conversiones y, de paso, demostrar todas las contradicciones y puntos flacos de la religión y de nuestra sociedad. La obra empieza con un ingenioso y afiladísimo sentido del humor, pero tiene un grave problema. El propio Kapek confesaba que le gustaba mucho como empezaba el cuento pero que, conforme lo iba a alargando (hasta quedar convertido prácticamente en una novela corta) no sabía por dónde seguir, y de hecho esas inconsistencias se notan hasta que llega un punto en que deja de hacerse interesante. Yo os recomiendo empezar, y ya me diréis hasta dónde habéis llegado.

La sección de ciencia ficción termina aquí, aunque no olvidéis que en otros posts también hemos recomendado otros cuentos muy sugerentes de este mismo género, por si os interesa. Entramos ahora con la fantasía:

Borges. Aunque lo de Borges también es mezclar géneros (porque, parafraseándole, sólo hay uno, la literatura), sería una falta de respeto, y más ahora que anda de aniversario, no incluirle en casi cualquier lista sobre casi cualquier categoría literaria. De entre los relatos con más tinte fantástico, "El aleph" o "Funes el memorioso" han  sido muy aclamados, aunque yo os quiero recomendar desde aquí el cautivador "El zahir", y uno con el que hemos soñado casi todos los que nos animamos a escribir: "El milagro secreto".

"El diablo en la botella", de Stevenson. Una premisa muy sencilla: una botella con un demonio dentro que te concede tus deseos. El problema es que, si lo posees cuando mueras, entonces tendrás que entregar tu alma al diablo. La única manera de deshacerse de él es venderlo con un valor menor que aquel por el que lo adquiriste, pero, ¿qué hacer cuando alcanza el mínimo precio posible? El creador del binomio Jeckyll-Hyde y "La isla del tesoro" vuelve a ofrecer un inquietante dilema.

"El fantasma de Canterville", de Oscar Wilde. El escritor irlandés tiene numerosos cuentos de corte fantástico, muchos en el área infantil, pero en éste utiliza su ácido sentido del humor para desmontar la clásica historia de fantasmas al ritmo de la prosaica y a veces desconcertante vida cotidiana. 

"Jojo. Historia de un saltimbanqui", de Michael Ende. No hay mucho que añadir sobre Ende. "Momo", "La historia interminable", "El ponche de los deseos"... El reverso de una literatura infantil clásica que ofrecía historias tan terribles como "Barbazul". Aquí, Ende narra una de sus historias más tristes, y a su vez de las más delicadas y poéticas. Para payasos que buscan reír y llorar.

"The Sandman", de Neil Gaiman. Novela gráfica que aborda de forma onírica aspectos como la muerte o el mundo de los sueños, está formada por varias historietas cortas relacionadas pero en buena medida independientes entre sí. Aunque confieso que no soy el mayor fan de esta historia, su estética con un punto punk ha dado mucho juego a sus lectores, y ha colaborado a inspirar obras de autores posteriores (entre otros, probablemente también a J.K. Rowling con su "Harry Potter", aunque eso es motivo hasta de debate judicial). Además, no incluir a Neil Gaiman ("Los hijos de Anansi", "Coraline", "El océano al final del camino", "Stardust", o "Buenos presagios", esta última en colaboración con el genial Terry Pratchett) en un post sobre fantasía sería difícil de explicar. Aunque si algunos preferís cuentos comunes y corrientes, yo todavía tengo pendiente su antología "Objetos frágiles".

"Azul ruso", de Patricia Esteban Erlés. Los relatos de esta autora siempre bordean las fronteras entre lo real y lo imaginario (transitando por un laberinto de obsesiones a las que ya incluso se las califica de "erlesianas"). Más aún que el cuento que da título a esta colección, "Azul ruso" (de nítidas raíces borgianas), me han llamado la atención dos relatos que pueden incluirse dentro del género fantástico, "La chica del UHF" y "Criptonita".

Espero que todas estas recomendaciones os gusten y que (junto con los relatos que humildemente os cedo, y los escritos de los autores del Celsius) os ayuden a evadiros de vez en cuando de la realidad, o a recorrer otros mundos. A ser posible más increíbles que éste. Un saludo.

jueves, 7 de julio de 2016

Homenaje a la Semana Negra de Gijón: momentos en que la novela negra deja de ser ficción

En los próximos días se celebra la Semana Negra de Gijón, donde numerosos autores y lectores de novela negra intercambiarán libros e impresiones. Se dice que la novela negra es uno de los géneros literarios que más se aproximan a la vida real, pues relatan en muchas ocasiones la problemática social que subyace bajo un crimen, o describen esos aspectos de la vida cotidiana de un país que no aparecen habitualmente en las guías de viajes y en los periódicos. Si a ello le sumamos que los escritores también son personas (y en ocasiones, no del todo muy equilibradas, pues ya sabemos la delicada línea que se extiende entre creatividad y locura), resulta fácil intuir que las vidas personales de los escritores han debido, en algunas ocasiones, de resultar tan dramáticas y retorcidas como un buen argumento de una novela de crímenes. Si nos pusiéramos a recabar de manera sistemática, la lista sería interminable (de hecho, hay en Internet varios posts dedicados a escritores asesinos), pero yo os quiero relatar tres historias concretas que nos servirán para repasar un par de conceptos más. En este caso, nos centramos dos asesinos y una víctma. Atención, spoiler: no apto para mentes sensibles.

Anne Perry: Bajo este seudónimo, se encuentra el nombre original de Juliet Hume, y también una dura historia de la que muchos habréis oído hablar, ya que se relataba en la película de Peter Jackson Criaturas celestiales. En la película se narra cómo la adolescente Juliet (interpretada por Kate Winslet) vive en Nueva Zelanda con su amiga Pauline, con la que desarrolla una amistad tan fuerte que se hacen inseparables. El problema aparece cuando los padres de Pauline planean divorciarse y enviar a su hija con unos familiares que viven en Sudáfrica. Las niñas, las cuales han prometido pasar toda la vida juntas, y que se ven a sí mismas en un futuro lleno de ensoñaciones infantiles (entre otras, formar parte de las películas de Hollywood), no pueden aceptar esta situación y deciden matar a la madre de Pauline para que las dos puedan marcharse a Inglaterra con el padre de esta última. El plan en principio era sencillo y se basaba en asesinar a la madre de Pauline de una pedrada, pero fueron necesarios más de cuarenta golpes, con una brutalidad que conmovió a la sociedad de la época. Las dos adolescentes fueron juzgadas, declaradas culpables, y ante su juventud, no se les aplicó la condena a muerte que hubiera sido ejecutada en un adulto, sino que se las retuvo legalmente durante 5 años y luego se las liberó, bajo la condición de que jamás volvieran a verse. Que se sepa, la condición se cumplió, a pesar de que las dos acabaron viviendo en el Reino Unido. Juliet trabajó como asistente de vuelo, vivió en Estados Unidos (donde se unió a una congregación religiosa) y se estableció en Escocia. Comenzó a publicar novelas de misterio y se convirtió en una afamada autora de éxito. En una ocasión apareció en un programa de televisión hablando del asesinato. Anne Perry vivirá sin duda durante el resto de su vida con ambos aspectos (el de escritora y el de asesina adolescente) como los más destacados de su biografía aunque, si lo queremos mirar por el lado positivo, podemos utilizarlo como ejemplo de que, al contrario de lo que suele ocurrir en los libros de misterio, un asesino tiene la oportunidad de cambiar su vida y redimirse.

El caso opuesto lo encontramos en Norman Mailer. En este caso, no se trata tanto de hablar del famoso escritor norteamericano (a pesar de que le produjo una herida leve a su segunda mujer con un cortaplumas durante una fiesta) sino de Jack Abbot, un escritor al que él apoyó y contribuyó al que saliera de la cárcel. Todo empieza cuando Mailer empieza a escribir una novela basada en un individuo real condenado a muerte, Gary Gilmore. Al enterarse, Jack Abbot, condenado por asesinato y robo de bancos entre otros delitos, decide escribirle una carta al escritor, diciéndole que Gilmore está embelleciendo sus experiencias en prisión, y que Mailer no puede escribir sobre la cárcel sin haber estado en ella. A Mailer le gusta el estilo de la carta y se inicia una relación por correspondencia en la que Abbot le habla de manera cruda, realista y descarnada de su estancia en la cárcel. Al escritor le encandilan tanto estas narraciones que recopila mil de esas cartas y consigue en un editor las publique en forma del libro, que se denominará "En el viente de la bestia". El libro es un éxito de crítica y público y ello es utilizado por Mailer para promover la liberación de Abbot (los abogados pagados con los derechos de autor del libro también ayudaron). Existe una tendencia entre los escritores y en el mundo editorial de las últimas décadas a promover aquellos autores y tendencias que rompen con los moldes establecidos y desvelen los aspectos más desagradables e incómodos de la realidad (el estilo del "realismo sucio" es uno de los mejores ejemplos), y hasta ahí, todo bien, porque para eso existe la variedad de formas en la literatura. También, como individuos, tendemos a idealizar a un personaje concreto a causa de un talento determinado en alguna actividad, y obviar la multiplicidad de aspectos que presenta nuestra personalidad, algunos más ejemplares que otros. El problema es cuando ambas cosas se juntan y quizás, buscando la provocación y la innovación (y a veces cierto sensacionalismo) antes que el sentido común, contribuyen a dar lugar a monstruos como éste. Algunos argüían que Abbot no estaba ni mucho menos preparado para volver a la sociedad, pero aún así, el recluso salió de la cárcel, convirtiéndose de la noche a la mañana en un personaje famoso, admirado, e invitado a programas de televisión y círculos de intelectuales. Una noche, acudió a un restaurante con dos admiradoras y el camarero se negó a dejarle usar el baño porque era sólo para empleados: Abbot le clavó un cuchillo en el pecho y escapó, pero fue detenido un mes más tarde. Abbot volvió a ser condenado, escribió un nuevo libro (del cual le impidieron cobrar los derechos de autor, salvo para indemnizar a la familia de la víctima). Norman Mailer fue severamente criticado por su papel en todo el asunto. Lo cierto es que el escritor asumió sus errores, declaró que tendría que vivir para siempre con la culpa y no dudó en afimar sobre este caso de que se tratata de "otro episodio en mi vida en el que no pude encontrar nada agradable ni nada de lo que sentirme orgulloso". En 2001, con 57 años (casi 44 de ellos transcurridos en prisión) Jack Abbot pidió su liberación, pero fue denegada. Un año después, apareció ahorcado en su celda, y aunque el dictamen fue de suicidio, era normal que surgieran las dudas. Mailer declaró que era una doble tragedia pues, bajo su punto de vista, la vida de Abbot fue la peor de las que conoció, y llevó al traste muchas de las posibilidades que el escritor y criminal contenía en su interior.

De gángsters y novela negra. Los años 30 y 40 fueron particularmente florecientes para el cine y la novela negra. En una época muy parecida a la nuestra, después de la euforia de los años 20 llegaba la Gran Depresión y, en el contexto de una sociedad conmocionada, nadie confiaba en el sistema, los valores morales se habían trastocado, y los gángsters aprovechaban para hacer y deshacer a su antojo (en algunos casos, como el de los atracadores de bancos del estilo John Dillinger, fueron aclamados como héroes por aquellos que habían perdido todo a causa de los banqueros). Las películas de gángsters eran un fiel reflejo de la realidad, y además entretenían. No era raro entonces que dentro Hollywood (siempre abierto al realismo cuando queda bien en la pantalla) se colara algún individuo que se parecía tanto a los mafiosos que interpretaba que había serias dudas sobre si lo era: se sospechaba que George Raft había pertenecido al crimen organizado, tenía amigos en círculos relacionados, y aunque a Raft le molestaban estas insinuaciones y trató de salir del encasillamiento realizando otro tipo de papeles, la verdad es que las dudas siempre persistieron. Un episodio curioso tuvo lugar después del rodaje de Scarface, de Howard Hawks, la cual básicamente relata la vida del mafioso real Al Capone: un coche se paró al lado de Raft, un par de individuos le obligaron a meterse en él y, después de un rato conduciendo, le llevaron a presencia de Capone. Éste le dijo: "He escuchado que habéis hecho una película sobre mí", dijo el gángster italino-americano. George, nervioso, asintió. "Te voy a decir una cosa", añadió Capone muy serio. "Me han dicho que en la película, uno de mis hombres juega con una moneda de unos pocos centavos. Que sepáis que cuando mis hombres juegan con moneda, lo hacen con dólares de plata". Percibiendo el cambio de tono, George se atrevió a preguntar: "Entonces, ¿te ha gustado la película, Al?". "Sí, George", constestó el gángster, "me ha gustado mucho". La película debe tener su gafe, pues el caso es que la nueva versión dirigida por Brian de Palma en 1983 fue protagonizada por Al Pacino, de quien se ha dicho muchas veces que, si no se hubiera metido en el cine, hubiera acabado convertido en un delincuente.

Pero el caso más impactante de relación entre novela negra y realidad la protagoniza un escritor, James Ellroy, pero no como asesino, sino como hijo de la víctima. Su madre fue asesinada cuando él tenía 6 años, y el homicida nunca fue capturado. Hasta qué punto influyó en su personalidad será siempre motivo de debate, pero que se convirtiera en un hombre obsesionado con el fenómeno de los asesinatos y devorara novelas de crímenes parece proporcionar alguna pista. Durante su juventud, coqueteó con el alcohol, las drogas, el crimen, la perversión sexual, el nazismo y el racismo, y llevó una vida errática, hasta que a los 29 años ingresó en Alcohólicos Anónimos y terminó de encauzar la tendencia que ya tenía de convertir sus fantasías (siempre relacionadas con crímenes) en relatos y novelas. A los 30 años escribió su primera novela, que era prácticamente autobiográfica, pero siete años después encontró la mejor inspiración en el asesinato real de Elizabeth Short, una joven que fue brutalmente mutilada en 1947 y cuyo fallecimiento fue titulado por los periódicos como "el caso de la Dalia negra". James Ellroy combinó sus experiencias respecto al asesinato de su madre junto con la historia de Elizabeth Short y creó la novela que le aupó a la fama. Más adelante, Ellroy revisaría sus propios recuerdos sobre la muerte de su madre y revelaría en un libro sus impresiones y la investigación que él realizó por su cuenta en 1994. Ellroy decía que la obsesión es buena, si acabas sobreviviendo a ella. Freud argumentaba también que la mejor manera de sobrevivir a una frustración es la sublimacion, es decir, enfocarlo a un logro profesional o artístico. Quizás sea la mejor lección que podamos extraer cuando nos ocurra algo tan dramático. Aunque ésta, me temo, es de aquel tipo de lecciones que uno prefiere no tener nunca que aplicar...

viernes, 1 de julio de 2016

La historia corta de julio: una de sindicatos.


He participado en un concurso literario de microrrelatos que organizaba el sindicato CSIF-Madrid (de hecho, las condiciones incluían introducir las palabras "sindicato" y "Madrid") y he tenido el honor de quedar finalista. El relato ganador y los otros finalistas son curiosos y, si soy capaz -en el blog no tengo muchas opciones., intentaré daros acceso también. Pero como esto sí que puedo hacerlo, os ofrezco mi relato. No tiene título (yo creo que los microrrelatos son en sí mismo su mejor título y presentación), y unas pocas semanas después de haberlo escrito le modificaría alguna cosa, pero yo os lo enseño tal cual y, si queréis ponerle un título, el más adecuado quizás sería: "Brando".

Espero que os guste. Ahí va:


Cada vez que me hablan de Brando me pongo histérico. Lo hago porque nunca me pareció tan buena su interpretación de “La ley del silencio”, creo que es una película sobrevalorada porque se empleó como defensa del mccarthismo, con la que su director Elia Kazan intentó escudarse de las acusaciones de haber delatado a sus compañeros. Hubiera dado lo que fuera por haber estado en esa reunión del Sindicato de Directores de Hollywood en la que el mítico y conservador John Ford le ganó la partida al también conservador pero reaccionario Cecil B. DeMille y evitó de esa manera que el ambiente de caza de brujas siguiera expandiéndose por la que yo, gustosamente, denomino sin ninguna clase de lugar común la Meca del cine. De hecho, si me vine a Madrid fue por contemplar todas las películas de aquella época en pantalla grande, escrutar hasta el límite los gestos de los protagonistas, tratando de encontrar debajo de sus interpretaciones un asomo de lo que ocurrió en realidad. Así que espero que la cárcel tenga pantalla de cine: en igualdad de condiciones, culpables del mismo delito, Brando y yo podremos por fin pelear en paz.

lunes, 6 de junio de 2016

Los libros de junio: unos cuantos volúmenes de "Bambú y Naranja".

Saludos. Como sabéis, colaboro desde hace ya más de un año en el fanzine "Fragmentos de Tinta". Este proyecto está asociado a una web, "Bambú y Naranja", especializada en regalos personalizados que tienen que ver con la literatura. Entre otras cosas, "Bambú y Naranja" se dedica a recomendar y a vender libros, muchos de los cuales representan propuestas atrevidas, novedosas, originales y, en todo caso, variadas, aptas para todos los gustos. Como en este transcurso de tiempo me he leído unos cuantos, quiero exponeros lo que me he encontrado hasta ahora (en general títulos bastante diversos), para que cada cual juzgue cuál le acaba de convencer más y puede hacer pasar un buen rato.

Las propuestas que os traigo hoy son:

-"El hombre sin rostro", de Luis Manuel Ruiz García.



Ambientada en la España de 1908, y teniendo como punto de partida una muerte inexplicable (el esqueleto de un pterodácticlo colgado del techo se cae y aplasta a un profesor en el Museo de Historia Natural), el autor se embarca en una trama de humor y misterio protagonizada por variopintos personajes, entre los cuales se incluyen un docto científico, su atractiva e impetuosa hija, y un ambicioso aprendiz de periodista que se embarca en la doble tarea de obtener una exclusiva que le consiga fama y fortuna, y al mismo tiempo conquistar a la hija del sabio investigador. Una novela entretenida que pretende dar vueltas alrededor de ese apasionado y apasionante cambio de siglo en que el mundo evolucionaba, todo era posible, y el descubrimiento de exóticos territorios, y también de fascinantes verdades de la naturaleza, encontraba 
a la vuelta de la esquina siempre una nueva oportunidad. La novela da pie a continuar la historia con algunos de sus personajes, con lo cual, el que eche unas carcajadas a gusto con la novela puede tener la esperanza de volver a encontrarse algún día con los protagonistas en una nueva aventura.



En este conjunto de relatos unidos entre sí por una trama común (la historia de una familia y sus allegados, centrada en la misteriosa muerte de uno de sus componentes), la autora argentina afincada en España elabora una saga familiar con nada disimulados elementos autobiográficos, la cual recorre distintas épocas y personajes -ricos herederos, mujeres desesperadas, el alocado principio del siglo XX, nazis, comunistas, la historia sudamericana reciente, sangrientas dictaduras o turbulentas revoluciones-. El libro en su conjunto tiene aroma de mujer, y de hecho lo que más destaca es la construcción de los antagónicos personajes femeninos, combinando en medidas dosis rasgos de erotismo, dolor, lirismo, y algunas pinceladas de muy buena literatura. El texto se aleja de las convenciones clásicas de los distintos géneros que toca (no es una novela, pero los relatos se entrelazan entre sí; parte de un asesinato, pero proclama que el auténtico misterio es qué ocurre con cada uno de los protagonistas de la trama), y en algunos casos se nota que el argumento de los relatos no pesa tanto con respecto a la necesidad de recrear una atmósfera evocadora, un escenario en el que las figuras humanas puedan con gusto desarrollarse, o un hueco donde determinadas frases de gran impacto tengan la opción de encajar. Pero, precisamente, ahí radica en buena parte el atractivo del libro, pues es en este territorio donde mejor se despliega la capacidad de la autora, entre otras cosas responsable de un taller de escritura. Ideal para aquellos a quienes les encante bucear en las profundidades del corazón femenino, con el riesgo siempre inherente de acabar perdido en él.

-"El vivo" y "La glándula de Ícaro", de Anna Starobinets.



A Anna Starobinets se la ha denominado la Stephen King o la Philip K. Dick rusa. Aunque algunos ya han advertido de los riesgos de esa simplificación -y prefieren compararla con sus coetáneos geográficos o en clave de género, como Dovstoievski o Chejov, o calificar su estilo de "horror lírico"-, sí es cierto que esta autora de fantasía y ciencia ficción tiene en común con el maestro del terror norteamericano la tremenda habilidad de encontrar el horror en la sólo aparente seguridad de las situaciones y objetos cotidianos. Stabironets comenzó a alcanzar la fama con el libro de relatos "Una edad difícil" (publicada en España por la editorial Nevsky, especializada en literatura rusa), y más tarde se inició en el ámbito de la novela con "El Vivo", una historia sobre una sociedad futurista donde el número de habitantes de la Tierra permanece estable en tres mil millones de habitantes, la muerte definitiva no existe (cada vez que alguien fallece, se "reencarna" en un nuevo individuo), y todos los humanos se encuentran conectados entre sí a nivel de diferentes capas que en gran medida remedan un mundo actual demasiado obsesionado con Internet y las redes sociales. En la novela, la sociedad parece haber encontrado un pacífico equilibrio hasta que nace Cero, un individuo que no pertenece al Vivo, no se ha reencarnado a partir de ninguna existencia anterior, y tampoco está conectado con el resto de sus semejantes, suponiendo, por tanto, una amenaza para el sistema. La novela pertenece al género de la distopía, donde, como suele ocurrir, lo más importante no es predecir el futuro, sino reflejar las debilidades de nuestro presente y de la condición humana. De todas maneras, Starobinets sigue reflejando su máxima versatilidad en el formato del cuento, y en "La glándula de Ícaro" vuelve a plasmar sus obsesiones: los insectos, las posibilidades y temores con respecto al cuerpo humano, las criaturas que amenazan con apoderarse de él o tomar vida propia, y las estructuras disfuncionales que formamos como sociedad (de este libro, destaco especialmente el cuento que da título a la antología y "El parásito"). Da la sensación de que a Starobinets le encanta vivir en los umbrales, en esa frontera entre lo real y lo fantástico donde los protagonistas tienden a sumergirse en la rutina de lo inaceptable con una normalidad que provoca el más intenso de los espantos. Dos libros muy recomendables para aquellos a quienes le resulta delicioso el escalofrío que en el borde de la cama te sobrecoge.

Como os he dicho, podéis encontrar estos libros en la web de Bambú y Naranja (o, más directamente, haciendo doble click sobre los títulos de los libros en este post; "El hombre sin rostro" no está en la página web, pero me dicen que pueden enviarlo bajo petición individual). No obstante si creéis que no sois el tipo de lector apropiado para este grupo concreto de textos, podéis acercaros a esta sección de la página web, que permite que la responsable de "Bambú y Naranja" os pregunte por vuestros gustos y personalidad y busque una recomendación lo más cercana a vuestro carácter, al estilo del viejo librero de barrio a quien le ibas a preguntar y siempre tenía la historia adecuada para tu humor y tu estado de ánimo, y al que podías acudir siempre que le necesitaras. La verdad es que algunos de los mejores autores los he descubierto por recomendaciones, y se suele decir que el hecho de que alguien crea que te va a gustar un buen libro es una forma de halago. Así que, si os atrevéis, explorad, dejaos aconsejar... y leed y sed felices. Un abrazo, y hasta la próxima.

miércoles, 1 de junio de 2016

Las historias reales de junio. Casas malditas.

La historia real de este mes va sobre un tema muy trillado en el cine y la literatura, como es el de las casas malditas. Lugares donde han acontecido hechos terribles y (se supone) un halo de fantasmagórica muerte y destrucción ha quedado para siempre allí depositado. Si quisiéramos hacer una lista extensa de las diferentes mansiones encantadas, probablemente no terminaríamos nunca, y por eso sólo os quiero poner tres ejemplos, aunque espero que -ojalá- capten vuestra atención.

El primero es uno relativamente conocido: se trata de la mansión Winchester. La leyenda dice que la viuda Winchester, tras la muerte de su esposo, sentía pánico por la posibilidad de que los fantasmas de todos los individuos que habían muerto a manos del rifle inventado por su marido volvieran de la tumba para matarla. Por ello, construyó una mansión tan intrincada y retorcida (2.000 puertas, 10.000 ventanas, 47 chimeneas, 47 escaleras -algunas de las cuales no llevan a ninguna parte-, 13 cuartos de baño, 6 cocinas, ventanas tapiadas para confundir a los espíritus y, por supuesto, una legión de obreros trabajando 
continuamente en una obra que bajo ningún concepto debía finalizar), con el objetivo de que los espectros no fueran capaz de localizarla nunca. La historia de esta casa y sus moradores ha servido de inspiración a numerosas películas y series de terror, fue la base de la mansión en constante crecimiento que Isabell Allende describió en "La casa de los espíritus", y dicen que, dentro de poco, la historia de los Winchester vivirá una nueva adaptación cinematográfica.


Vista aérea de la mansión Winchester (extraída de aquí)


Claro que, observando una geografía tan barroca como la de la imagen de arriba, es fácil intuir que la casa ha tenido una historia convulsa. Pero, ¿qué pasa si -como ocurre en muchos campos de batalla de toda Europa- la hierba crece, las cosas se serenan, y las apariencias no dejan ver lo que aconteció en el pasado? Uno de los ejemplos que más me llaman la atención, en este sentido, es el del palacio Beylerbeyi (en la imagen de abajo), la cual servía como residencia de verano de los sultanes de Estambul. Su apariencia idílica, sin embargo, esconde un pasado turbulento. Durante seis años (de 1912 a 1918) fue convertido en una prisión, aunque sólo para un individuo, el depuesto sultán Abdul Hamid II. En un período en el que el Imperio Otomano languidecía ("el enfermo de Europa", se denominaba entonces), y muchas voces pedían una aproximación a los países occidentales, Abdul Hamid II, lejos de abanderar la bandera del progreso, entró en un profundo estado de paranoia en el que creía que todos (espías, prensa, reformistas, estudiantes, incluso el propio ejército que le protegía de los anteriores) se encontraban contra él y amenazaban su seguridad. Mantuvo al país en un estado de miedo y sospecha constante, muy acorde con su similar estado de ánimo. Al final, la desconfianza en su propio ejército le llevó a recortar en el presupuesto del mismo, factor que aprovecharon los revolucionaron Jóvenes Turcos para deponerle con ayuda de unos militares que tampoco estaban muy felices con él. Tras un tiempo de exilio en Tesalónica, pasó sus últimos años en Beylerbeyi (hoy una parte más del patrimonio cultural turco), donde se dedicó al estudio, la carpintería y a redactar sus memorias. Pero donde, según dicen, su estado de ansiedad continua y temor a lo que se escondía en cada esquina del palacio no se llegó a frenar jamás. La residencia de verano se convirtió en su prisión, de la misma forma en que él había retenido, como prisionero, a todo el imperio.


Postal del palacio de Beylerbeyi en 1901 (extraída de Wikicommons). Hoy en día, este lado del Bósforo se encuentra ocupado por muchos más edificios, y el palacio no presenta el aspecto aislado que refleja esta imagen, sino más bien el de la fotografía de abajo, realizada por el autor.


Sin embargo, para mí, quizás el caso más dramático podamos encontrarlo en España, en un lugar aparentemente anodino como el Museo de Antropología de Madrid. El museo fue organizado desde su origen (y de hecho, fue él quien promovió su construcción) por el doctor González Velasco, quien a lo largo de sus diferentes viajes recolectó numerosas piezas procedentes de exóticos países, y pensó que el mejor lugar donde albergarlas sería un edificio dedicado específicamente a tal fin. Cuando el museo fue finalmente construido, el doctor Velasco decidió irse a vivir allí (era propio de la época juntar la vivienda con el lugar de trabajo; de hecho, a pocos metros de distancia se halla la antigua casa y laboratorio de Santiago Ramón y Cajal). El doctor Velasco había sufrido, años atrás, una tragedia familiar: su hija Concha había muerto a la edad de 15 años, y quizás el padre se sentía en parte culpable, pues había contravenido los consejos del médico familiar a la hora de administrarle el tratamiento. La cuestión es que cuando el doctor Velasco se mudó al museo, decidió desenterrar el ataúd de su hija para darle sepultura cerca de la casa, y entonces, la apertura incidental del féretro provocó que todos los presentes comprobaran con sorpresa cómo el cadáver se había conservado en muy buenas condiciones (las versiones de la leyenda varían: unos dicen que el cuerpo había sido embalsamado con anterioridad por su propio padre, y otros en cambio que lo hizo después, cuando descubrió el "milagro" obrado de manera natural. Yo leí por primera vez acerca de esta leyenda en el conocido <<Madrid Oculto>>, de Peter y Mark Besas, y en esta visión me baso principalmente). Sea como fuere, parece ser que ese incidente terminó por nublar la visión del padre atormentado, quien, al observar a su hija muerta casi con el mismo aspecto que mantenía en vida, decidió vestirla (con un traje de novia, añade más morbo todavía la historia popular) y mantenerla en la casa como si aún siguiera con ellos, sacándola a cenar junto con su mujer en el comedor familiar todas las noches, y retornándola a un dormitorio individual al acostarse, a cuya ventana seguramente se intentaban asomar los curiosos para contemplar a tan tétrica muñeca de tamaño humano. Se dice que la situación se mantuvo así varios meses hasta que la esposa del doctor Velasco, harta de la macabra situación y de los mareantes vapores procedentes de los productos químicos utilizados para preservar el cuerpo (y, seguramente, de las murmuraciones de los vecinos ante aquellas delirantes cenas), le dio a elegir: o la niña o ella. El doctor Velasco, no sin renuencia, dio su brazo a torcer y accedió a enterrar de nuevo el cuerpo. Hoy en día, el Museo de Antropología funciona únicamente como atractivo turístico y cultural y nadie habita allí, salvo que creamos que por entre sus puertas siguen paseando los espectros.

Vista exterior del Museo Nacional de Antropología en Madrid (extraída de Wikicommons)

No obstante, escribiendo estas líneas, no puedo evitar acordarme (aunque no se trate estrictamente de casas) de un par de lugares también hasta cierto punto fantasmagóricos y que tuve la ocasión de visitar hace unos años. El primero -imágenes de abajo- es el tophet, un antiguo cementerio de la ciudad de Cartago, en Túnez, donde cada una de las estelas que veis allí representa un niño ejecutado durante un sacrificio humano. Sobre el por qué tan macabras ceremonias (que, en realidad, tienen más sentido de lo que se intuye a simple vista) no me voy a extender porque ya lo he explicado en alguna ocasión y encontraréis sobrada información aquí.

 Imágenes del tophet de Cartago, desde fuera y desde dentro.

En este mismo lugar, no demasiado lejos, hay una serie de ruinas en apariencia anodinas pero en las que, si uno simplemente se asoma, observa o escarba, puede encontrar falanges, costillas e incluso cráneos. Algunos de ellos bastante pequeños. Estos escombros, que en su día correspondieron a tres calles, fueron testigos de una de las más encarnizadas batallas entre romanos y cartagineses en la Tercera Guerra Púnica. Si hubiera ocurrido en una época más reciente, estaríamos hablando de una matanza como la de Srebrenica, o nos recordaría a los combates portal a portal de los que hemos sido testigos en las grandes ciudades de las guerras recientes de Siria o de Irak. Hoy, como el tiempo ha pasado y ya no quedan testigos de la tragedia, la mayor parte de los visitantes deambulan -felices en su ignorancia- entre las ruinas, tan sólo si acaso interrumpidos por algún inspirado guía local que les muestra lo sencillo que es desenterrar algún hueso.

 Las famosas tres calles del genocidio. Arriba, visión general; abajo, un poco más concretas.




Dicen que, tras la Primera Guerra Mundial, el espiritismo estaba de moda porque el mundo se hallaba, en efecto, lleno de espectros, y los familiares de los fallecidos estaban deseando contactar con sus allegados. Quizás nos resultaría sorprendente saber la de fantasmas desaparecidos con los que nos cruzamos cotidianamente a nuestro alrededor, si no como figura real, al menos como recuerdo. Aunque tal vez no haya que mirarlos con aprensión: puede que lo único que pretendan es que aprendamos de sus errores. El hecho de que no lo consigamos constituye la única base de su tormento. Para ellos, en realidad, los que les damos más miedo, somos nosotros.

Nos leemos en las próximas semanas.

lunes, 23 de mayo de 2016

El relato de mayo. "La tregua después de la tregua".

Un nuevo relato de "historia-ficción" ambientado en la Primera Guerra Mundial, inspirado por la tregua real que se estableció durante unos pocos días en la Navidad de 1914. Como el anterior relato del mismo tema que publicamos en el pasado, da pie a posibilidades y especulaciones varias. Espero que os guste.

La tregua después de la tregua

          Una bala aterrizó a tan sólo un par de palmos justos de su nariz, y causó que una brizna de polvo y pólvora se le introdujera hasta la parte más profunda de sus fosas nasales. Aquello le provocó un aparatoso estornudo que desparramó de manera estentórea sobre sus compañeros. Fue lo que faltaba para terminar de enajenarle. Una nube de imprecaciones salió de su boca, como si él mismo se tratara de una de las metralletas que detonaban sin descanso a su alrededor. Y al ser en francés, a decir verdad, las maldiciones sonaron muy gráficas en su boca:
          -¡Me cago en el alto mando, en el bajo mando y en la madre que les parió a todos!¡Me estoy hartando ya de esta maldita guerra!
          Unas cuantas cabezas se volvieron y, con ellas, un par de miradas de comprensión. Era fácil hacerlo: con barro bajo las suelas, agua en las botas, los oídos atronados, el olor a pólvora y a muerte en cualquier rincón de su traje militar, los ojos llorosos, el sueño postergado y el entendimiento atrofiado después de catorce horas seguidas de combate cegador, hubiera tenido uno que ser muy amante del ejército o muy patriota para no estar de acuerdo con aquel soldado. Y, después de casi dos años de combate continuo en la trinchera, ya no quedaban reclutas que cumplieran ninguna de esas dos condiciones.
          -Maldita sea su estampa –volvió a blasfemar el soldado, al escuchar pasar una bala cerca, y se dio la vuelta para disparar dos tiros en la dirección de donde había venido el proyectil, con al parecer el único objetivo de atajar esa molesta interrupción que había interrumpido su diatriba-. ¿Os acordáis de la Navidad del año pasado?¿Por qué no podemos volver a estar igual?
          La pregunta era retórica, por supuesto. Claro que se acordaban. En la Navidad del (qué lejano se les hacía) 1914, en el lado alemán de la trinchera de esta Gran Guerra que iba a acabar con todas las contiendas pero que de momento no era capaz de terminar consigo misma, algún entusiasta colgó unos cuantos adornos de navidad. Los británicos les imitaron, en el otro lado, y poco a poco se hizo un entendimiento tácito. Charlaron amigablemente en tierra de nadie, se hicieron regalos como tabaco y whisky, e incluso, en algunas zonas de trinchera, se jugaron partidos de fútbol. Los soldados habían oído hablar de que a lo largo de esa larga calle que ahora había dado en llamarse frente de batalla, ciertos portales conservaron ese estado de las cosas hasta el mes de febrero. Sin embargo, como era lógico, aquello no podía durar. A los jefes –o sea, el alto mando contra el que había cargado aquel soldado de bigote erizado- aquella historia no les había hecho ninguna gracia. Y por eso aquel año, la Navidad siguiente, habían tomado medidas para que no se repitiera. Los combates se recrudecieron los días antes de la Nochebuena, y los intercambios de munición se volvieron más encarnizados, con el claro objetivo de garantizar que a ningún soldado le daba por ponerse sentimentaloide en esas fechas tan señaladas. Daba la impresión incluso de que los oficiales de un lado y de otro se hubieran coordinado entre sí para hacerles la puñeta a los soldados de ambos bandos, cuando se suponía que dichos oficiales eran los que mayor encono debían de tenerse. Quizás fue este pensamiento rápido (como un reflejo en un espejo, un efímero halo de luz) lo que caló en la mente de aquel soldado cuando, tapándose los oídos ante una nueva ráfaga de disparos tronantes, una idea se cruzó con la velocidad de una bala en su cabeza, e impactó en lo más profundo de su masa cerebral.
          -Oye, Menchon, ¿tú eras abogado, verdad?
          El aludido, mientras cargaba el fusil y aprovechaba, en una complicada maniobra, para operar con la cerilla que había mantenido en su boca junto con un cigarrillo y encender este último a la vez que disparaba una nueva salva, asintió.
          -Dime, si me largo de aquí y vuelvo a mi pueblo, ¿qué me pasa?
          -¡Que te ahorcan por traidor!-respondió el otro a viva voz a la vez que disparaba.
          -Ya –dijo el primero, mientras seguía con los oídos tapados en intervalos, para evitar quedarse sordo a causa de tanta explosión delirante-. ¿Y si me marcho al lado contrario?
          -¿Adónde?
          -¡Al lado contrario!-repitió el primero-. ¡Al alemán!
          La sorpresa que produjo la pregunta en las filas amigas se constató en el hecho de que varios soldados abandonaron sus resguardadas posiciones detrás de sacos de arena y muros de tierra para, poniendo en peligro su seguridad, girar la cabeza y atender al compañero que había expuesto la cuestión, como si mirándole fijamente extrajeran más información acerca de la respuesta.
          -¡Pues seguro que te ejecutan!-respondió ocupado el aludido-. ¡Eres un soldado enemigo!
          -¡Pero soy un soldado enemigo que se rinde y se retira!
          -¡Te dispararemos nosotros entonces!
          -¿Y si venís también conmigo?
          Algunos compatriotas cercanos se habían desentendido de la batalla y, de manera inconsciente (y siepre protegiéndose de los disparos que podían dirigirse hacia ellos) se dispusieron en lo que asemejaba un círculo de toma de decisión.
          -¿Una deserción en grupo? Los capitanes no lo permitirían –replicó uno.
          -No podrán hacer nada si no queda nadie atrás para dispararnos por la espalda –aclaró el primero.
          -¿Una traición masiva?¿De toda esta sección de la trinchera? Ni siquiera sé si los alemanes lo aceptarían. No tienen tantos efectivos como para retener a tantos prisioneros.
          -¡Que se vayan los alemanes también!-replicó el hombre del bigote, electrizado.
          -¿Qué se vayan adónde?
          -¡Aquí!, ¿dónde narices va a ser?¿No quieren los oficiales atacar al enemigo? Pues que se queden sin nosotros y rodeados de enemigos, cada uno del bando contrario. El grueso de nuestra línea se va al otro lado, y los alemanes hacen lo mismo. Y todo el mundo deja de disparar.
          -Es una completa locura…
          -Nuestros oficiales se quedarían solos frente a los alemanes… -reflexionó un soldado-. No durarían ni cinco minutos. No nos dejarán hacerlo nunca.
          -¡Bueno, llevo casi dos años aquí obedeciendo todo lo que me mandaban y teniendo mucho cuidado con lo que puedo o no puedo hacer! Y no parece que me haya conducido a nada demasiado bueno, ¿no?
          Un tipo delgado, de tono de piel cetrino, que según algunos no había pronunciado más de un par de frases desde que comenzó la guerra, elevó entonces la voz:
          -Algo parecido se discutió en el flanco sur hace tiempo. Yo intercambié mensajes de luz durante uno de los últimos “alto el fuego” provisionales con un soldado alemán. El alemán decía que hablaba en nombre de varios. Estuvimos los dos de acuerdo. Creo que ellos también querrían hacerlo. La cuestión es quién tiene los cojones de atreverse a dar el primer paso.
          Es el momento en que las palabras no dicen nada, y las miradas, todo. Nunca se habían leído tantos ojos con tanta ansia por leerse la mente, por poder adivinar.
          -Tendríamos que ser unánimes. Toda esta sección o ninguna. Y rezar porque se nos unan las secciones adyacentes. Si no, estamos perdidos.
          -Nunca vamos conseguir poner a tanta gente de acuerdo. Algunos ni siquiera sabrán qué estamos intentando.
          -¿Qué te crees, que esto va a quedarse encerrado aquí y ahora? Antes de que caiga el sol lo sabrá toda la sección. Pero alguien tiene que dar la señal.
          -O sea, la pregunta es quién le pone el cascabel al gato.
          Un oficial que acababa de aparecer les estaba mirando de reojo y con cara de pocos amigos. Momentos de distensión en época de guerra, los justos. Se puede permitir un cierto relajo para que la moral de las tropas no se resquebraje; sin embargo, dejar transcurrir mucho tiempo sin batallar significa traición por dejadez. E incluso algo peor. En opinón de los oficiales de alta graduación, si a los soldados les da por hablar mucho tiempo, pueden surgir ideas raras. Y hasta peligrosas.
          Retomaron entonces las posiciones. Batallaron durante un rato. Lo justito, lo normal. Sin apenas entusiasmo. Relativamente, estaba siendo una mañana tranquila. Un ejercicio rutinario de tiro, si se puede así calificarlo. Yo te disparo a ti en un lugar donde hay pocas probabilidades de hacerte daño, y tú me haces a mí lo mismo. Un acuerdo no hablado sin demasiadas negociaciones. Oficialmente está prohibido, pero alguna vez los jefes han transigido, y dado el visto bueno sin requerir demasiadas explicaciones. Sólo se trata de renovarlo el día que te levantas más cansado, y que el otro te siga la cuerda. Quid pro quo. A estas alturas, asumes que al que se encuentra al otro lado le están comiendo más o menos las mismas pulgas que a ti.
          La noche transcurrió también tranquila y sin incidentes. Quizás, de manera subrepticia, el soldado que se encontraba de guardia recibió un pequeño soborno por marcharse a fumar un rato y permitir que alguien usara una de las lámparas que alguna vez se había empleado desarrollar conversaciones en Morse con el enemigo. Tal vez se produjo un muy breve intercambio de mensajes. Quizá el sentimiento era mutuo. Quizá.
          El día siguiente, en cambio, fue distinto. Hubo reparto de estopa por ambos lados. Un día de los que cansan. Uno de los que es jodido de verdad. Llevaban ya mucho almacenado de acontecimientos transcurridos. Llevaban trece horas seguidas peleando, prácticamente sin comer, al límite de la extenuación. Uno de esos días que te planteas que es mejor no haber salido de la cama, pero, claro, es lo que tiene la guerra, no puedes aducir baja por enfermedad, aquí todo el mundo está enfermo, maldita sea. Tienes ganas de mandarlo todo al carajo. De decirte a ti mismo que de poco vale que te arresten por traición, o que te peguen un tiro tus compañeros, si el riesgo de cumplir las órdenes es que una bala acabe en tu frente. Y es entonces cuando pasa lo que tiene que pasar. En el frente de batalla (donde, por razones obvias, no se puede pasar a limpiar el polvo muy a menudo) se acaban acumulando toda clase de… residuos. Restos de metralla, de trozos de metal, de cicatrices de la tierra provocadas por los múltiples bombazos. Y, sí, también cadáveres, que actúan de marcas kilométricas para indicar cuánto queda hasta el frente enemigo, y también cuánto tiempo ha pasado desde ciertos ataques, en función del grado de descomposición. Hay demasiados elementos demasiado desorganizados en esa tumba abierta que separa el mundo de los vivos del de los espectros. Y, de vez en cuando, una explosión mal encaminada remueve carretadas de tierra hacia un lado, y una parte de ese caos mortecino llega hasta nuestro mundo, o sea, el interior de la trinchera. En ocasiones, en forma de un cilindro de gas que no llegó a reventar y se quedó allí durante meses hasta que un día, a pesar de que hace mucho tiempo que no se arrojan gases, tu compañero Menchon, el que era abogado allá en su tierra y se iba a casar con una pálida muchacha que conocía desde niño, tropiece sin querer, pise el cilindro, y el gas explosivo le disuelva el pie hasta penetrar en el tuétano del hueso. Tras ocurrir esto, hay momentos de mucha tensión, y de rabia. Hay segundos de cabreo con el mundo. Hay lágrimas que se cuestionan por qué. Por qué maldita la casualidad, maldita la gracia, por qué ha tenido que ocurrir esto. Si no había intención siquiera; si el cilindro de gas había sido arrojado hace tanto tiempo que ya nadie se acordaba de él. El hastío persistente, clavado gota a gota dentro de la piel, decide explotar del todo. El soldado que tenía la duda se levanta. Lo deja atrás todo, el casco, el fusil y sus arneses, se deja puesto lo imprescindible para no enfriarse en este tiempo de mierda, y no sin dificultad, ante la mirada atónita de los que le rodean (los cuales no tienen tiempo de reaccionar), salta la trinchera en dirección a tierra de nadie. Sus compañeros le chistan: “¡Qué haces!”, los superiores le gritan, pero no alzan la voz demasiado; todavía, muchos no han comprendido el gesto y temen aún la bala que pueda proceder del enemigo. Pero cuando el soldado levanta las manos y se dirige hacia el otro lado, la consigna está clara. Es en ese momento cuando uno de los hombres con los que había hablado el día anterior, el del rostro cetrino, decide seguirle. Aunque esta vez sus compañeros tienen la oportunidad agarrarle, él los rechaza para acompañarle al otro lado. Durante un largo minuto los dos hombres siguen caminando; sus compañeros contienen la respiración mientras constatan incrédulos cómo los alemanes (sin duda tan sorprendidos como los oficiales franceses) todavía no se han atrevido a soltar una ráfaga de fuego. Se entablan vivas discusiones en el lado francés; un teniente suelta gritos, un soldado -cosa impensable diez minutos atrás- se atreve a replicarle en el mismo tono de voz. Existe mucho nerviosismo; se nota en la tensión (constata el hombre del bigote, mientras avanza, aparentemente seguro, aunque está aterrado) a uno y otro lado de las trincheras, reflejada, entre otras cosas, en la febril emoción con que un soladdo alemán que apunta al hombre de bigote sostiene su arma. Este último escucha a su espalda cómo las disensiones persisten en el lado francés. En un momento determinado escucha un inequívoco sonido. No necesita darse la vuelta, aunque su compañero lo hace. Y al hacerlo, es testigo de cómo cinco soldados franceses más han decidido saltar también la trinchera y encaminarse a tierra de nadie. El hombre del bigote llega a la conclusión de que la locura es contagiosa y, también, que los comentarios en el ejército francés, durante la oscuridad de la noche anterior, han debido ser fructíferos. El escándalo en el lado francés se redobla. Se escuchan las voces de los oficiales galos, ordenando disparar a los traidores. Los mayoría de los soldados se niegan. Algún soldado disconforme, o cierto oficial desabrido, hace amago de disparar. No obstante, en un arrebato colectivo, los que empuñan el arma, convertidos ahora en desertores, son reducidos por sus propios compañeros. Los siete soldados franceses, pues, avanzan de momento por tierra de nadie sin interrupciones. La columna maldita prosigue su recorrido. Dudas por todos lados; incertidumbre, miedo, temblor de piernas. Pero nadie aparta la mirada, todos los ojos apuntan al mismo lado. Ningún francés, por supuesto, se pierde una buena función. El silencio es muy hondo, la respiración contenida. Por eso, la sorpresa se vuelve todavía más retumbante, cuando un par de alemanes salen de su escondrijo, y los aspavientos y enfrentamientos de la trinchera francesa se reproducen de pronto en la facción enemiga. Uno, dos, tres, hasta cuatro alemanes rompen lo que hasta entonces era un ejército unido mientras, en el lado francés, algún francés más se une a la iniciativa. Entonces, por primera vez en todo este rato, el hombre del bigote, el que lo ha iniciado todo, puede permitirse el lujo de respirar. En unos pocos metros, siente la cercanía de los soldados germanos. Les saluda; ellos le devuelven, algo incómodos, el mismo gesto, sin que ninguno sepa muy bien cómo debe reaccionar. Cuando se encuentra a punto de llegar a lo que hasta hace poco era la frontera enemiga, un soldado alemán se adelanta para darle la mano; en ese momento, el hombre del bigote se da por fin la vuelta, y observa (en este vistazo hasta ahora inédito desde el lado alemán) cómo varias decenas de soldados germanos y galos, en filas unidas por nacionalidad, se encuentran en sus trayectos en sentidos opuestos, e incluso empiezan a intercambiarse atrazos. Aquello resultaba tan increíble que, conforme aterrizaba de un salto en la trinchera alemana, y era rodeado de varios de sus homólogos germanos, no podía creérselo.

          Y por eso le temía al siguiente amanecer.


          ¿CONTINUARÁ?