lunes, 9 de octubre de 2017

La historia real de octubre. Gaditanos ilustres: Lucio Cornelio Balbo el Mayor, y el Menor

"Julio César ante la estatua de Alejandro en el templo de Hécules en Cádiz". José Morillo, Museo de Cádiz.

A veces tenemos una imagen irreal de los antiguos romanos. Nos los imaginamos dignos, altivos, con toga; las adaptaciones cinematográficas y en series de televisión, en su mayoría anglosajonas, hacen pensar que fueran pálidos y rubios como londinenses, cuando en su mayoría eran bajitos y morenos como italianos que eran. Y aún así, olvidamos que, con el tiempo, romano no era sólo el nacido en Roma, y con el tiempo acabaron convirtiéndose en ciudadanos romanos también individuos nacidos fuera de Italia. De hecho, en la capital (adonde llegaban individuos procedentes de todas partes del mundo) encontrábamos africanos, celtas, árabes, bárbaros, griegos. Roma era su mezcla cultural y racial, una amalgama en algunos casos menos semejante al mármol que al zoco. Desde ese punto de vista, resulta interesante aproximarse a unos romanos atípicos, entre otras cosas porque nacieron en Cádiz.

Suele argumentarse que los gaditanos abusan con frecuencia de presumir que su ciudad es "la más antigua de Occidente", y quizá eso sea cierto, pero la frase también es verdad. De 3000 años de antigüedad, fue fundada por los fenicios a partir de una península, entre otras cosas porque las características de sus barcos hacían que sólo pudieran moverse con habilidad en este tipo de accidentes geográficos. Los fenicios provenían de lo que es hoy el habitual Líbano, una estrecha franja de tierra limitada por las montañas que prácticamente les empujaban al mar. Eso les llevó a fundar Cartago, en la actual Túnez -ciudad que daría lugar al imperio púnico, el único que trataría de igual a igual a los romanos-, y también Gades (por cierto, que los fenicios no sólo fundaron ciudades, sino que las evidencias históricas apuntan a que se asentaron en la periferia de los barrios tartesos para dedicarse a la agricultura, cosa que en su país de origen era muy difícil). La futura Cádiz fue primero propiedad de los cartagineses y luego más tarde de los romanos. Durante ese tiempo empieza a convertirse en el núcleo de prósperas redes comerciales. Entre las familias que dominan ese comercio, se encuentran los Balbo. Su origen se discute: hay quien dice que fueron cartagineses que se hicieron ricos antes de la derrota de su imperio a manos de los romanos, y huyeron a tiempo a Gades. Otros esgrimen su origen fenicio, y para ello argumentan que eran una familia muy asociada con el viejo templo en Gades de Melkart. Melkart era un dios cartaginés y fenicio, equivalente al Heracles (o Hércules) griego, y una de las deidades más importantes en el panteón púnico, en especial para los fenicios asentados en España -donde Hércules supuestamente realizó numerosas hazañas-, para los cuales bien podría considerarse el dios principal.

Entre los miembros destacados de esta familia, destaca Lucio Cornelio Balbo el Mayor, quien se alía primero con Pompeyo, el destacado político romano. La amistad de Pompeyo hace que Balbo pueda acceder a la ciudadanía romana, adquiriendo nombres romanos para sí mismo (el "Lucio" y el "Cornelio" los elige él, aunque hay controversia sobre por qué los escogió). El gaditano, hombre en ascenso, pasa un largo período en Roma. Sin embargo, como Balbo es persona que sabe nadar y guardar la ropa, no quiere tener un único aliado en la cumbre, sino varios, y aprovecha una ausencia de Pompeyo en la ciudad eterna para hacerse amigo de Julio César.

De hecho, Balbo y César coincidirían de nuevo en Gades cuando este último fue nombrado pretor de la provincia a la que entonces pertenecía la ciudad, la Bética. Allí, tiene un lugar una interesante escena que se refleja en el cuadro de José Morillo que hemos colocado en la parte superior de esta entrada: Julio César, en el templo de Hércules-Melkart, ve la estatua de Alejandro Magno y, de acuerdo a Suetonio, rompe a llorar al darse cuenta de que, a su edad, el general griego había conquistado medio mundo y César apenas ha hecho nada de significación en su vida (como sabemos, al final, la fama de César llegaría a ser tan grande como la de Alejandro). Anécdotas aparte, Balbo se vuelve muy importante para César -algunos dicen que su mano izquierda-, facilitando la creación del triunvirato que forma con Pompeyo y Craso, convirtiéndose en su enlace con Roma durante la guerra de las Galias, y organizando para su líder una suerte de policía secreta. Sin embargo, tanta influencia siembra envidias y muchos ponen en duda el proceso por el cual adquirió la ciudadanía romana, defendiéndole Cicerón con su discurso "Pro Balbo".

Durante la guerra civil que tuvo como máximos contendientes a César y Pompeyo, Balbo permaneció de lado del primero. En agradecimiento, tras una de las batallas más destacadas, César otorgó la ciudadanía romana a todos los gaditanos. Tras el asesinato de César, la posición de Balbo se volvió delicada, pero él demostró su olfato político al colocarse del lado de quien sería el vencedor de los enfrentamientos que tuvieron lugar después, es decir, el hijo adoptivo (en realidad sobrino-nieto) de César, Octavio Augusto. Como recompensa, Balbo fue elegido cónsul en el año 40 a.C.; era el primer no nacido en Italia que accedía a ese honor.


Balbo se retiraría poco después de la política, en el súmum de su gloria. Pero hay un segundo Balbo del que debemos hablar, y es de su sobrino Lucio Cornelio Balbo el Menor. Jugó un papel destacado en el ejército romano en los tres continentes hasta entonces conocidos, aunque su mayor papel tuvo lugar en África. Allí, en su papel de procónsul, logró su hazaña más destacada al liderar una expedición hacia el sur en el que llegó hasta el territorio de los garamantes. Plinio el Viejo relata su epopeya como una victoria en la que incorpora al dominio romano numerosas ciudades, aunque por lo visto el propio Plinio reconoce que Balbo no podía controlar el territorio porque los garamantes se dedicaban a controlar el acceso al agua, cegando los pozos con arena, y eso impedía a los romanos construir aquellas carreteras que tanto les gustaban. Hay dudas sobre donde se encontraba exactamente el país de los garamantes, y aunque algunos afirman que Balbo llegó hasta el río Níger, por lo visto se acepta que llegó a Fezzan, al sudoeste de Libia. Fue un hito más en una serie de aventuras en las que romanos y otros pueblos se adentraron en rincones de África donde europeos y asiáticos no se habían atrevido a penetrar: pero ésa es otra historia, y ya hablaremos de ella en otra ocasión.


Éste el mejor mapa que he podido encontrar para dibujar las regiones geográficas de las que estamos hablando. En azul podéis ver el río Níger cruzando numerosos países, y en la esquina superior derecha, en tonos desvaídos, la región sudoeste de Libia. La imagen se encontró aquí, en una entrada muy interesante que no tiene nada que ver con el tema que nos ocupa, pero a su vez tiene la fuente original en otro enlace.

La gracia de todo esto, victoria contundente o no, radica en que Balbo el Menor, cuando volvió a Roma, fue recibido con una "ovatio" o triunfo, el desfile glorioso que se le concedía a aquellos que habían hecho grandes conquistas en nombre de Roma. Fue -emulando a su tío- el primer no-itálico que recibió este honor, reflejado en placas conmemorativas. Con posterioridad, Balbo se dedicó a la política de su ciudad natal, realizando labores de edificación y mejora urbana.

Los dos Balbos se dedicaron también a la escritura: Balbo el Menor escribió un libro sobre cuestiones religiosas y una obra de teatro, y su tío escribió un diario, titulado Ephemeris, en el que narraba acontecimientos de su vida y la de César. Ninguno de estas textos se conserva; el recuerdo de los Balbo ha llevado difuminado al presente, aunque, del Mayor, León Arsenal ha escrito recientemente una novela histórica. No obstante, existen varios testimonios antiguos y modernos sobre esta familia que demostró que Cádiz, en lo que respecta a Roma, también estaba allí. Y que Roma no es sólo lo que hacen los romanos.

domingo, 1 de octubre de 2017

La historia corta (¿o algo más?) de octubre: "Don Quijote de la Butifarra"

Dedicado con todo mi cariño a la gente tolerante, dialogante y amante de la libertad, la igualdad y la fraternidad (y el humor) a uno y otro lado del Ebro. Y si alguno le resulta ofensiva esta pequeña elucubración, que me perdone.

-¡Se acabó!-exclamó el hidalgo, apartando a un lado los numerosos panfletos editados y libros de caballería, que habían terminado por volverle loco-. ¡Estoy harto de escuchar noticias sobre esa maldita Cataluña!¡Cogeré mis armas, y marcharé hasta allí para batirme con quien sea necesario para acabar con esta insensatez!
Y dicho esto, tomó su coraza, su yelmo, su rocín flaco, acarició a su galgo corredor, y salió afuera en dirección hacia su destino, aunque primero tuvo que preguntar a un paisano dónde caía exactamente el rincón de marras que debía dirimir su gloria.
No se olvidó antes de contratar un escudero para la hazaña (un pobre individuo con el que se topó, que se llamaba Sancho Pánchez), y acudir a realizar una promesa protocolaria a la sin par Dulcinea del Toboso, quien, mientras daba de comer a los cerdos, le despedía con un sonoro <<¡Quiá!¿Pero qué 'ice el "chalao" éste?>>.
Largo y tortuoso fue el camino que recorrió el caballero hasta llegar al territorio al que debía hacer frente, pero las desventuras que sufrió no merecen ser narradas como parte de este lance.
Una vez llegó a aquella línea roja que separaba una zona de de otra, dibujada con una pintura que todavía olía a fresca, el caballero se dispuso a trazar un paso por encima del camino, hasta que escuchó un sonido procedente de un lado:
-El peaje.
Del susto el caballo retrocedió un par de pasos, y el caballero volvió la vista altivo hacia aquel que le había hablado. Se encontró a un hombre adornado con un extraño sombrero rojo, situado dentro de una estructura de madera, quien tendía la mano hacia adelante y señalaba un precio apuntado en un cartón.
-¡Oiga usted!-protestó el indignado el caballero-. ¡Soy el insigne Don Quijote de la Mancha, batallador de los siglos, maestro de los ilustres y....!
-Ya, ya, lo que usted quiera. Pero ya le digo, el peaje...
Don Quijote bufó indignado. Durante un segundo estuvo tentado de pasar por encima de aquel hombre, pero el sentimiento del honor tan caballeresco que llevaba dentro le decía que muy honroso no sería situarse por encima de la ley. Maldiciendo lo incómodo de aquella vestimenta, que ni tan siquiera le permitía llevar bolsillos, después de palparse un poco por compromiso, le preguntó a Sancho:
-¿No tendrás tú algo de suelto, amigo mío?
El escudero, muy firmemente, negó con la cabeza a ambos lados. No sabía si lo tenía, pero en todo caso, no pensaba inspeccionar en su zurrón. Se empieza pagándole el transporte al amo, y se termina cediendo en la hora del bocadillo. Y eso sí que no.
-Pero oiga -rogó Don Quijote al hombre del peaje-, es que tengo una misión...
-Pues peaje, o no se pasa -dijo el hombre, con un leve acento del Alto Llobregat.
Alonso Quijano bajó la cabeza con resignación y un cierto enfurruñamiento. Se dio la vuelta y, poco convencido, tomó apesadumbrado el camino de retorno.
-¿Pero qué hacemos, mi amo?-preguntó Sancho Pánchez, incrédulo.
-¿Pues qué va a ser, imbécil?¡Volver a buscar suelto!
Y así fue como terminó el primero de los viajes de Don Quijote para resolver el problema catalán.

¿CONTINUARÁ?¿Y CÓMO?

Edito. Ayer, para publicitar la entrada en las redes sociales, escribía lo siguiente:

"Hoy probablemente sea un día tenso. A algunos no nos han gustado muchas cosas dichas y hechas en los últimos días por parte de dos bandos cuyos extremos parecen haber perdido toda capacidad de escucharse. Quizás de la impotencia que algunos sentimos por no poder hacer nada, de esa incapacidad, surge esta historia hecha con humor, el último recurso que le queda a alguien con las manos atadas. Quizás sea nuestra mejor medicina, y tal vez lo necesitemos más que nunca. Mucha suerte."

Ayer no hubo suerte. Fue un día triste. Y desde hoy, y en el futuro que nos queda, lo que toca es, juntos o separados, reconstruir los puentes que han quedado quebrados. Esperemos que no sea demasiado tarde.

lunes, 25 de septiembre de 2017

El libro de septiembre: "I wish I'd made you angry earlier" ("Ojalá te hubiera enfadado antes"), de Max Perutz.


Max Perutz (1914-2002) fue un destacado investigador en el campo de la bioquímica. De hecho, fue -casi al unísono con uno de sus colaboradores- el primero que desentrañó la estructura molecular de una proteína compleja, la hemoglobina, cuya forma acabó resultando básica para entender su funcionamiento. Por otro lado, Max Perutz era un apasionado de la ciencia en todas sus áreas, y un entusiasta divulgador científico. En su laboratorio se juntaban físicos, químicos, expertos en biología molecular y genetistas, una productiva macedonia de científicos donde tuvieron la oportunidad de juntarse entre otros Francis Crick y James Watson (sí, ese mismo Watson al que pusimos a parir aquí) para dedicarse a desentrañar la estructura del ADN. En un momento determinado, a Max Perutz le preguntaron cómo era posible que en su laboratorio se hubieran concentrado tantos genios juntos, y él respondió humildemente que había sitios más interesantes al respecto, como el París de los impresionistas y la Florencia del Renacimiento; pero lo cierto es que la primera mitad del siglo XX (a la cual se dedica buena parte del libro del que vamos a hablar) fue un tiempo fecundo y vibrante, en el que muchas disciplinas estaban naciendo o en su período de máximo florecimiento, donde los mayores descubrimientos estaban por lograr, a pesar de todas las dificultades (los que hemos trabajado en la ciencia actual solemos decir que nos hubiera gustado hallarnos esa época en que nadie se había dedicado a estudiar los grandes secretos del universo, aunque seguramente nos desesperaríamos ante las limitaciones técnicas), y determinadas ramas del conocimiento se hallaban tan interrelacionadas que podía producirse que un físico cambiara su área de estudio a la biología, o incluso creara una nueva rama, todo ello mezclado con múltiples motivaciones ideológicas, personales y que se cruzan con el devenir de la historia, como ocurre con los personajes del libro de Max Perutz, quien no se priva de revelar anecdóticos e íntimos detalles sobre la vida de los científicos sobre los que deposita su lupa, demostrando que los científicos no vienen sólo con un manual de laboratorio, sino acompañados de toda una vivencia personal. Y Max Perutz (quien conoció personalmente a muchos de los individuos de los que trata en su libro, participó en la creación de hoy poderosas instituciones científicas europeas y también quien, en la ceremonia de entrega de su Nobel, se encargó de explicarle la estructura del ADN a la reina de Inglaterra) quizás sea el autor más apropiado para traer este hecho a colación.

El libro (titulado así por la expresión que le soltó uno de sus jefes cuando Max Perutz le confesó que había realizado un descubrimiento después de cabrearse por no haberse percatado de un detalle antes) es una recopilación de ensayos escritos por Max Perutz en diversas revistas divulgativas alrededor de la ciencia y los científicos, algunos de ellos escritos como reseñas de biografías o de libros que tratan en profundidad sobre estos temas, en muchos casos citando de primera mano las impresiones de los protagonistas. Dichos textos originales tienen todas las orientaciones posibles, desde la autobiografía de Jacob donde traza un paralelismo entre su evolución personal y la de su Francia natal a través de las vicisitudes del siglo XX, hasta una crítica biografía contra Pasteur que Perutz (que no se corta en expresar sus reflexiones personales, con algunas de las cuales estaremos más de acuerdo que con otras) rebate para restablecer el prestigio del químico francés. A lo largo de estos textos, la figura clásica del científico se desvanece para dar cabida a variopintos individuos con una amplia diversidad de caracteres y acontecimientos vitales: desde el religioso y conservador Avery, que a pesar de todo lideró una revolución científica, hasta los sacrificios que tuvo que realizar el descubridor del método de transmisión de la malaria -diseccionando insectos en la India sin aire acondicionado para no dañar sus órganos, e investigando la malaria aviar cuando le restringieron el acceso a pacientes humanos-, pasando por el "Gran Sabio" Bernal, el maestro de Perutz, cuyo interés por la ciencia era motivado entre otras cosas por su adhesión a las ideas comunistas, o Fritz Haber, el inventor de un fertilizante el cual no tuvo reparos en que se empleara para la guerra química durante la Primera Guerra Mundial, para observar cómo en la Segunda su propio país le rechazaba por su condición de judío, y su familia era gaseada gracias a una maligna creación, inspirada en uno de sus insecticidas. A lo largo del libro, se nos desgranan las personalidades y cuitas de individuos tan destacados como Max Planck, Werner Heisenberg o Linus Pauling, muchos de ellos con vidas de novela, y tan rocambolescas como sus descubrimientos científicos, siendo sorprendente la cantidad de grandes logros que tuvieron lugar a partir de experimentos fallidos o interpretaciones erróneas (algunas de las cuales recibieron incluso hasta premios Nóbeles). Quizá el capítulo que uno espera más jugoso, en el que habla acerca de sus estudiantes Watson y Crick, resulta uno de aquellos en los que menos entra, aunque tampoco se recata en desvelar intimidades o contrastar declaraciones de sus antiguos colaboradores -por otro lado, apenas le dedica un par de líneas Rosalin Franklin, y eso que tiene varios capítulos dedicados a mujeres investigadoras-. Entre los muchos obstáculos en el camino de los científicos, hay uno que destaca, por supuesto, por encima de los demás: la guerra, y en concreto la Segunda Guerra Mundial. Interfirió carreras, las cambió de rumbo, llevó a científicos a colaborar con el ejército, puso en graves dudas morales a aquellos pacifistas que se vieron obligados a trabajar para la Alemania nazi -aunque otros no tuvieron reparo en hacerlo-, mientras que los individuos que habían nacido en países fascistas y vivían en naciones aliadas (como el propio Max Perutz, de origen austríaco, quien fue internado en campos de concentración en Reino Unido y Canadá debido a su condición) se vieron entre la espada del temor a que triunfaran los regímenes de Hitler y Mussolini, y la pared de sus países de acogida, que los consideraban poco menos que potenciales espías. Interesantes relatos acerca de la carrera por la bomba nuclear, así como el arrepentimiento de muchos que fueron indispensables para su creación, se nos muestran la vez que se despliegan un buen número no sólo de premios Nóbeles, sino de científicos que se lo merecieron aunque no lo obtuvieran, o de genios inspiradores que no culminaron en ningún gran descubrimiento concreto pero fertilizaron con buenas ideas tantas mentes ajenas, que varios campos de la ciencia les guardan un inmenso reconocimiento. El libro de Perutz fue un éxito editorial cuando se publicó, y posteriormente se realizó una ampliación que incluía nueve ensayos adicionales -incluyendo una semblanza de los primeros años del genial Oliver Sacks- y una reseña biográfica sobre Perutz, fallecido poco tiempo antes. Subtitulado "Ensayos sobre la ciencia, los científicos, y la humanidad", lo cierto es que el libro hace un buen repaso a cómo funciona el mundo de la ciencia, las motivaciones humanas, la filosofía de la ciencia y los derechos humanos, y también del mundo en general el período de guerra -incluyendo la narración de los días iniciales de Churchill como Primer Ministro- y guerra fría que les tocó vivir a tantos individuos en aquella época, contado desde un punto de vista que en general compartimos, aunque en algunos casos da la sensación de que la subjetividad de Perutz -a pesar de su amplitud de miras, y su intención de mantenerse estricto al dogma científico de "me creeré lo que me digan las pruebas"- le marca demasiado ciertas conclusiones. Consideraciones aparte, es un libro muy instructivo y ameno de leer, salvo por un problema, y es que no parece (o al menos yo no lo he encontrado) que se halle traducido al castellano. Aún así, espero que los angloparlantes aprendan de él, y en todo caso presionemos para que lo traduzcan cuanto antes.

lunes, 18 de septiembre de 2017

La historia corta de septiembre: Variación sobre una variación de Pinocho

Un viejo carpintero se lamentaba de no tener hijos. Un día, creó un muñeco de madera, al que trataba como si fuera su propio hijo. Los vecinos le creían completamente chalado. Así hasta que, repentinamente, el muñeco cobró vida. A partir de entonces, Geppetto dejó de comportarse ante el resto del mundo como si creyera que su hijo estaba vivo: justamente en este momento, no podía permitirse que le tomaran por loco y le encerraran.

El viejo Geppetto mantuvo en secreto la existencia de Pinocho durante muchos años, los más felices de su vida. Hasta que, entonces, hubo una tremenda inundación. La riada se llevó por delante la casa de Geppetto, y también todo lo que albergaba en su interior. Desesperado, Geppeto vagó por las ruinas del pueblo gritando el nombre de su hijo, pero no le respondió nadie. Los vecinos ni siquiera le ayudaron. Pensaron para sus adentros: "Pobre, ¡la riada le ha hecho enloquecer otra vez!".

Desolado, sin nada a lo que aferrarse, Geppetto lo abandonó todo, y decidió construir una nueva casa en un lugar retirado, junto al único tronco, aún partido, que parecía haber resistido el empuje de la riada. Con el tiempo, el árbol creció y sus ramas y hojas se entrecruzaron de manera orgánica con las estructuras que Geppetto iba construyendo, de tal manera que parecía que el viejo carpintero -que ahora se negaba a serrar madera alguna-, en lugar de construir su casa junto al árbol, vivía debajo del mismo.

Y fue así hasta que un día, cuando las hojas se habían convertido en techo, las raíces en muebles, las ramas en oportunos percheros, cuando Geppetto percibió, entre las formas del árbol, en el mismo tronco, en su núcleo más interior, unos agujeros muy parecidos a unos ojos y una boca, y una rama que tenía toda la apariencia de una larga y mentirosa nariz.
-Padre -escuchó decir al árbol-, ¿me cuentas sobre aquella vez en que yo era un muñeco de madera?
Los vecinos ya creían desde hace mucho que Geppetto había perdido la cabeza, pero a partir de aquel día, no le importó.

Este relato corto es una variación de un texto del libro de Orson Scott Card, "Ender el Xenocida", que a su vez en una variación del inmortal texto de Collodi, "Las aventuras de Pinocho".

lunes, 11 de septiembre de 2017

El relato de septiembre: "En el armario"

En el armario

La puerta se abre y entra la pareja, precipitada. Ella arroja las llaves descuidada sobre un taquillón, las zapatillas al aire, y a él le coge por la corbata y le lleva directamente al dormitorio. Él se deja llevar. No es para nada su tipo de chica: pero supone que es porque hace tiempo que no encuentra a su tipo de chica por lo que se ha decidido a buscarla por Internet. Ella es bajita, no muy guapa, quizás un poquito entradita en carnes pero desde luego eso no le resta sensualidad. Y desde luego, es muy lanzada. En muy poco tiempo, están en la cama. Al chico le gusta ver sus braguitas de color blanco con puntillitas, que caen en seguida para enseñarme unos glúteos duros como melocotones, y le encanta más todavía ver cómo ella oculta su cabeza bajo los brazos mientras suelta gemiditos conforme las caderas de él se aproximan y se alejan rítmicamente, una y otra vez. Quizás le resulta muy hortera esa camiseta rosa, esa horquillita rosa de Hello Kitty, incluso el tatuaje justo al final de la espalda, aunque le da un punto algo desvergonzado, le entusiasmaría bastante más si tuviera un motivo distinto. Desde luego, lo que más le horroriza es la habitación: llena de cojines rosas, pósters de grupos quinceañeros que podrían haber tenido niñas de quince a cuarenta años, y con estrellitas doradas y dibujitos de anime japonés con falditas muy cortas por todas partes. Tal vez le disgusta que la conversación en el restaurante haya sido entretenida, que se haya pasado más de la mitad del tiempo pegada al whattsapp, que durante la cena haya mostrado atisbos de ser superficial, voluble y algo egoísta, o que lo más parecido que ha podido encontrar en ella a una aproximación artística es que en la servilleta dibuje una carita sonriente. Pero el chico decide obviar el detalle sobre las dotes intelectuales de la chica (y también que sea la reina de las mascotas: hay mirándole, con cara pasmada, un perro, un gato, un periquito en su jaula, y hasta una serpiente dentro de su terrario) conforme descarga en el interior de ella y ambos se funden en un fuerte aullido. Las sábanas de un color fucsia chillón se hacen receptoras del orgasmo…
                Luego, por la noche, el chico no puede (ahora puedo confesarlo, era yo), no puedo dormir. Las estrellitas fosforescentes del techo brillando dentro del cuarto, y el siseo continuo de la serpiente en el terrario, me ponen nervioso. Me levanto e intento llegar a tientas hasta el baño para beber algo. Abro una puerta esperando encontrar el pasillo, el baño, o bien un armario. Lo que no esperaba era ver esto: una especie de ser espectral, salido del más indomable de los infiernos, con una especie de hábito desarrapado que oculta el rostro de muerto y los ojos de un rojo luminoso, el cual porta un cuchillo que degüella sin piedad a un niño de rizos rubios. Una ráfaga de viento cierra la puerta de golpe.
                Pestañeo un par de veces. Abro de nuevo la puerta del armario. Me tropecé con la misma escena, pero esta vez, la figura fantasmal sujetaba la cabeza del niño por los cabellos, y la sangre se deslizaba desde su cuello hasta el resto del cadáver, que ahora se hallaba caído como un muñeco descabezado por un niño particularmente cruel.
                Lo que ocurrió a continuación me resultó algo difícil de explicar posteriormente, a mí mismo y a todos los demás. Mi defensa más común suele ser que, cuando el inconsciente no quiere ver, éste simplemente se niega a aceptar las cosas. Por eso, el chico cerré el armario, hice como si nada hubiera ocurrido, y me fui a la cama.
                Al día siguiente, procuré escaparme antes de que llegara la hora del despertador y la del desayuno, sin despedirme tan siquiera de la chica. Una vez en la oficina, no pensaba en volver a llamarla: el sexo había sido placentero pero la chica no me caía demasiado bien, y el olor de la serpiente me había producido ensoñaciones raras. Pero no empecé a recapacitar del todo sobre lo que había ocurrido hasta que no escuché lo que decían algunos de mis compañeros.
                -Qué barbaridad. Y el tío no para.
                -¿Cómo sabes que es un tío?
                -Una mujer no sería capaz de hacer esa salvajada.
                -¿De qué estáis hablando?-alcé la vista hacia los que estaban hablando.
                Los otros me miraron como si acabara de salir de Marte.
                -¿No te has enterado? Un psicópata que hay por ahí suelto. Se dedica a matar a niños. El último, un angelito rubio de ojos azules. Ha aparecido esta mañana en mitad de la ciudad con la cabeza cortada. Un auténtico horror.
                Tuve entonces un flash sobre lo que había visto en aquel armario. Yo no había oído hablar de aquella noticia; ni mucho menos podía haber sabido quién era la víctima de esta noche. Pero la simple posibilidad de que lo que había visto en aquel armario tuviera una parte de verdad… resultaba inconcebible.
                Tanto, sin embargo, que no tuve más remedio que quedar con la chica otra vez.
                -No, sí, siento haberme marchado sin decir nada ni mandar ningún mensaje… Sí, pero lo de anoche me encantó. ¿Podemos quedar otra vez?
                De nuevo cena. De nuevo preguntas para seguir conociéndonos, aunque en este caso me importan menos que la noche de antes. Ahora toca hablar de clase de cuestiones. La cuestión es ver cómo las abordo.
                -Bonitas mascotas –digo con el objetivo de entrar por ese lado-. ¿Cómo es que te dio por tener una serpiente?
                -Oh, la escogió Micifuz. Micifuz es mi gato, ¿te lo he dicho? Se quedó mirando a Kaa cuando la llevé conmigo a la tienda de mascotas. Todos mis animales escogen al siguiente que entra. Toby fuera el primero, estuvo ladrando de manera continua hasta que escogimos a Micifuz. Y luego está Mr. Perkins… Tiene un canto precioso. Suena como ese tonito del móvil, espera, te lo busco…
                Esa noche follamos de nuevo, y puede que el que yo me encontrara algo distraído contribuyera a agotarnos, y especialmente a agotar a (¿María? Debería avergonzarme de no recordarla, pero la verdad es que la chica no me dejó mucha huella), que durmió como un tronco toda la noche. Tras dejar pasar un tiempo prudencial, me levanté con mucho cuidado y me incorporé para acercarme al armario. Pero antes de eso, casi me da un ataque al corazón cuando, nada más depositar ambos pies sobre el suelo, me apercibo de que el gato me está mirando fijamente. Trato de obviarlo pero, al dar el primer paso, me doy cuenta de que el periquito y la serpiente han vuelto la vista hacia mí. Algo escamado, sigo caminando y me encuentro con que el perro se ha parado delante de la puerta y me gruñe, enseñándome los dientes. Valorando mis opciones y la posibilidad de que mi pierna acabe sangrando de una dentellada, escucho un sonido incrédulo desde encima de la cama:
                -¿Qué demonios haces allí?-me pregunta María (llamémosla así), frunciendo el ceño.
                -Pues… eh… cómo explicártelo. ¿Podrías ver lo que hay en este armario?
                La chica, a regañadientes, se levantó. Abrió el armario de golpe, y allí no había nada, ni fondos de otra dimensión ni figuras cadavéricas, salvo que se considere así a trencas, bolsos y blusas. Irritada, la chica se dio la vuelta mientras giraba de manera brusca la puerta. Sin embargo, cuando ella no miraba, el armario volvió a mostrar la misma figura estremecedora que yo me había encontrado la noche anterior, aunque estaba vez, agarrando de los cabellos a una mujer aterrada, cuyas súplicas no servían para evitar que un largo cuchillo seccionara su cabeza. Ajena a todo esto, María me cogió de la mano y me llevó hasta la cama, mientras yo continuaba contemplando cómo la puerta del armario se cerraba de golpe y ya no podía ver más.
                Como os podéis figurar, esa noche no pegué ojo. Al día siguiente, cuando los sensacionalistas periódicos publicaron una descripción de la última chica asesinada que coincidía con mi última visión, traté de consultarle a unos cuantos amigos. Por supuesto, no les dije que nada de esto fuera real, sino que lo atribuí a un sueño:
                -¿Pero tú qué clase de fantasías tienes, degenerado?-se burló uno de mis compañeros.
                -A mí me recuerda un poco al cuento de “El Aleph” de Borges.
                -¿Qué es eso?-preguntó otro, pasmado.
                -Yo creo que definitivamente deberías dejar de beber antes de dormir.
                El caso es que lo estuve pensando en profundidad y, tras consultar toda clase de literatura que anteriormente hubiera descartado por ilógica y farsante, quizás aquello tuviera más visos de ser real de lo que imaginaba. Al fin y al cabo, los físicos planteaban que había cientos de universos entrecruzándose; los asesinatos que estaban teniendo lugar en aquellos días desafiaban las pistas de la policía; y si Borges era capaz de encontrarse una especie de ente superdimensional que le mostraba todos los lugares del universo, abandonado en mitad de un sótano viejo, bien pudiera ocurrir que una criatura macabra, de ésas que sólo pueden subsistir en condiciones muy concretas de interfase entre los mundos, hubiera encontrado su hueco ideal en el armario de una chica con no demasiadas luces para percibirlo, a la que hubiera inducido a rodearse de una serie de animales que pudieran servirle de ojos, oídos, garras y hasta colmillos. La cosa tenía cierto sentido. La pregunta era lo que iba a hacer yo a continuación.
                Y de hecho, seguía pensando en ello, mientras cenaba con otra chica con la que había quedado por Internet. La verdad es que tenía razones de sobra para fijarme en esa muchacha: había venido con unas medias oscuras que dejaban traslucir unas estupendas piernas, y llevaba una de esas gafas redondas gigantes tipo azafata del “1,2,3” que de alguna manera destacaban más todavía su escote. Pero yo sólo podía darle vueltas a qué podía hacer acerca de aquel armario.
                -Pues de hecho estaba pensando en tomarme unas vacaciones muy largas este año –decía ella, entre plato y plato-. Perú, Buenos Aires, Tierra de Fuego…
                Yo, sin embargo, en lugar de tratar de quedar como un intrépido explorador o un versado experto en geografía internacional, sólo tenía grabada a fuego en la cabeza los detalles que los investigadores habían podido averiguar acerca de las muertes. Decían que era probable que las víctimas desaparecieran alrededor de las once de la noche, y murieran una hora después. Aquel intervalo horario coincidía con las imágenes que yo había contemplado y pensaba que, tal vez, si actuaba a tiempo, sería capaz de evitarlo. ¿Pero haciendo exactamente qué?
                Mi acompañante seguramente pensaba que le estaba ignorando, y por eso quizás se quitó las gafas, alzó más todavía el pecho para desplegarme sus encantos y me dijo:
                -O tal vez pensaba en que nos lo hiciéramos en el cuarto de baño del restaurante, vamos, por proponer planes.
                Yo no recuerdo exactamente qué contesté mientras ojeaba el reloj del restaurante y calculaba distancias y horas, pero creo que farfullé un titubeante:
                -Eh… eh… sí, lo que tú quieras. Oye, ¿podemos pedir la cuenta?, es que me tengo que marchar pronto a casa.
                Pero de todo esto me daría cuenta después, cuando ya era demasiado tarde y discutía aquello con gente que, lo mismo que yo, tampoco podía hacer demasiado acerca de lo que ya sabíamos. En aquel momento sólo recuerdo haber estado reflexionando con ímpetu, a lo largo del camino en el metro y mientras caminaba por la calle, cómo se debía atacar a un espectro para neutralizar su ataque. Qué era lo que debía hacer.
                -¡Tú! Pero, ¿qué haces aquí? –me preguntó María al abrir la puerta, intrigada.
                -No te puedo explicar, tengo que ver una cosa –penetré en el interior de su casa sin pedir permiso, y me dirigí con rapidez al armario. Tuve que sortear al perro y al gato, que se abalanzaron sobre mí, pero yo ya había previsto eso, y llevaba un bastón para reducirlos e introducirlos en la primera habitación que pude. Me previne contra la serpiente asegurando con un candado el terrario, y hasta tapé la jaula del periquito con una sábana para que no me pudiera ver. Abrí el armario: el espectro se encontraba en su máxima expresión, brillando iridiscentemente mientras amenazaba con una guadaña a un chico joven que se hallaba inerme bajo su control. Reaccioné con rapidez: con ayuda del bastón, y volviendo contra el espectro su propia fuerza, conseguí desarmarle y clavar su cabeza bajo mi bota, sometiéndole a mi dominio. Me sentía muy orgulloso cuando en ese momento llegó la chica indignada.
                -Pero bueno, ¿qué le has hecho a mis mascotas?¿Y con qué derecho…?
                -¿No ves lo que hay aquí?-le señalé al espectro y al chico asustado, como un héroe de película-. ¿No te habías percatado?
                Entonces la chica, enervada y a la vez colérica, expresó:
                -Oh, maldito idiota… ¿Qué te creías, que yo iba a ser la única que no lo iba a saber?
                Entonces, para mi sorpresa, sus ojos enrojecieron, y de su lengua apareció un tentáculo enorme que me envolvió por completo y rompió en varias partes todos mis huesos. Me miraba condescendiente mientras aumentaba de tamaño y me decía:
                -Eso te enseñará a no menospreciar a tus parejas.

                Cuando luego discutía con mis amigos en el Más Allá, lo tuve que reconocer: en ese momento en que me partía el cuello de un férreo chasquido, la verdad, era el primero en el que la chica empezaba a caerme bien.

lunes, 4 de septiembre de 2017

La historia real de septiembre. Madrileños ilustres: Ruy González de Clavijo. Viaje a Samarkanda

Para que no echéis de menos el verano, hoy os llevaremos a una lejana ciudad.

El personaje de José Coronado dice, casi al principio de "El hombre de las mil caras", algo así como: "Yo fui piloto en la época en que un avión era un avión, no un autobús". Hubo una era, incluso, en que el acto de viajar era una cuestión de vida o muerte. Una vida que dedicarle, o una vida para entregar. Se tardaban años en llegar a destino (momento para el cual puede que tu misión hubiera dejado de tener sentido), y no era raro que mil y un azares impidieran que llegaras a contemplar el final del trayecto. En esas circunstancias, fueron pocos los hombres que se atrevieron a llegar tan lejos, hasta lo que se consideraba poco menos que los confines del mundo. Unos cuantos españoles, sin embargo, pudieron contarse entre los que inscribieron sus nombres como conectores de muy alejados lugares del planeta. Ruy González de Clavijo no es tan conocido como Marco Polo, pero poco puede desmerecerse a un hombre que consiguió que, hoy día, haya un barrio llamado "Madrid" en la ciudad de Samarcanda, hoy oficialmente parte del país de Uzbekistán.

Ruy González de Clavijo, un paisano.

La historia comienza con Enrique III de Castilla, de la familia de los Trastámara, entre cuyos descendientes se hayan entre otros Isabel la Católica. Enrique III era un rey que procuró estar a buenas con los reinos que le rodeaban, salvo con los musulmanes, con los que el enfrentamiento venía por parte de la religión. Por otra parte, era un hombre intrigado por lo que ocurría fuera de sus fronteras, aunque no tuviera la menor oportunidad de intervenir en el desarrollo de los acontecimientos. Quizás por eso, o porque eran musulmanes, Enrique III veía con particular peligro la actitud del sultán turco Bayaceto, dueño y señor del imperio romano. Un día, al rey castellano le llegan difusas noticias sobre que un tal Tarmerlán ha conseguido derrotar a Bayaceto. Sin duda pensando aquello de "el enemigo de mi enemigo es mi amigo", decide que, a pesar de hallarse el reino de Tamerlán y el suyo propio a miles de kilómetros de distancia, quizás sería útil establecer una alianza contra la gran amenaza de la cristiandad. Por ello, envía una expedición al mando de Pelayo de Sotomayor y Fernando de Palazuelo en dirección a la capital del reino de Tamerlán: la mítica y exótica Samarkanda.

Aquí Tamerlán, aquí unos amigos

Aclaremos un poco quién era Tamerlán, Tarmorlán, o cualquiera de los muchos nombres con el que pasó a la Historia. La misma forma de nombrar su imperio es confusa: aparte de "timúrida", en referencia a Tamerlán mismo, algunos le denominan tártaro, otros mogol, para aumentar al confusión incluso turco-mongol. Por simplificar, diremos que Tarmerlán procedía de aquellas tribus de jinetes que crecieron en las vastas estepas de Asia Central, acostumbradas a montar a caballo con la misma facilidad que a caminar, y dispuestas a lanzarse a la rapiña en cuando tienen la más mínima ocasión, pero que en pocas ocasiones han tenido la posibilidad de levantar imperios, y cuando lo han hecho, han sido relativamente efímeros. Gengis Khan fue capaz de unificarlas en Mongolia y se alzó con el mayor imperio terrestre que el mundo había conocido. Tarmerlán partía de esta tradición y consiguió también una amplia cohesión , pero no era descendiente directo de Gengis Khan, y por ello las tribus nunca le reconocieron con el mismo rango; sin embargo, fue capaz de formar una estrategia de alianzas personales y matrimoniales que le acercó a convertirse a lo más parecido a un sucesor espiritual del Gran Khan, a lo cual contribuyó la generación de un vasto imperio bajo el que cayeron, a sangre y fuego, capitales tan significativas como Bagdag, Damasco, Kabul o Delhi (sus descendientes gobernaron buena parte del norte de la India hasta la llegada de los ingleses). Aunque Tarmerlán procenía de una tribu nómada, fue capaz de gobernar un imperio culturalmente heterogéneo y mostrarse como un gobernante prudente: fue el islam su religión, y estableció su capital en Samarcanda, una ciudad ya de por sí milenaria (Amin Maalouf tiene un bello libro con este nombre, ambientado en la época en que estuvo bajo el dominio de los árabes), la cual embelleció más todavía, convirtiéndose en el eje central de muchos sueños. Cuando los embajadores de Enrique de Castilla llegaron, lo hicieron justo a tiempo de ver como Tamerlán derrotaba al sultán Bayaceto y lograba incluso hacerle prisionero. El soberano tártaro acogió a los españoles, les dispensó bellas palabras, una amable carta que debían entregar a Enrique III, y les envió de vuelta a casa con un embajador mogol, y también un par de damas cristianas rescatadas de manos de los turcos -una de ellas, griega, acaba como dama de corte en Castilla-. El rey Enrique estaba entusiasmado, y por ello no dudó en enviar una segunda expedición que acompañara de vuelta al embajador mogol y reforzara los lazos iniciados en la primera aproximación. Esta vez, el viaje se hallará a cargo de su ayudante personal ("camarero" era el grado oficial que tenía asignado), el madrileño Ruy González de Clavijo. De él sabemos poco muy: que era de edad madura, que estaba casado, y que partió junto con un hombre de armas -guardia del rey-, un fraile (especialista en asuntos del espíritu) y otros catorce hombres, con el propósito de obsequiarle a Tarmerlán con regalos que incluían telas de color escarlata, tazas y objetos variados de plata, y valiosos halcones de caza, todo ello para convencer al soberano de certificar de manera definitiva una alianza junto con Castilla que hiciera frente al dominio turco. Partió en mayo de 1403 desde Sanlúcar de Barrameda. Poniendo inicio al viaje por el que se le recordaría, había sellado su destino.

7000 kilómetros (hoy se necesitan 12 horas para recorrerlo en avión, 84 en coche sin contar las barreras humanas y terrestres) que a González de Clavijo, ida y vuelta, le costarían tres años. Málaga, Ibiza, Mallorca, Córcega, Cerdeña, Mesina, Roma, Rodas, Quíos, el monte Athos, Constantinopla, estancia de invierno en Pera (actual Beyoglu); luego el Mar Negro, Trebisonda (donde aún resuenan los ecos de Jasón y Los Argonautas), Armenia, Turquía, Irak, Irán (pasando por Teherán) y finalmente Samarcanda. En su "Embajada a Tamorlán" (crónica escrita, según los especialistas, en su mayor parte por González de Clavijo, aunque pudieron haber contribuido el religioso que formaba parte de la expedición, así como el embajador mogol que les acompañaba, y algunas otras manos auxiliares), los embajadores describen la magnificencia de esta urbe cosmopolita, donde se había concentrado lo más granado del imperio timúrida, y ya se habían construido algunos de los monumentos de aquel período que todavía pueden admirarse en la urbe. Un Tamerlán septuagenario les recibe con los brazos abiertos; agradece los regalos, llama afectuosamente a Enrique III de Castilla "su hijo", y les agasaja durante los dos meses y medio de su estancia con continuas fiestas en las que abundan toda clase de placeres, desde los carnales a los etílicos (las crónicas por lo visto nos aclaran que González de Clavijo no disfrutó de estos últimos, pues era abstemio, pero no he leído nada acerca de los primeros -imaginad aquí mi sonrisa maliciosa-). En todo caso, los embajadores no reciben la respuesta que desean: Tamerlán, más ocupado con los preparativos de su futura invasión a China, marea la perdiz y no les dice nada sobre la asociación con el reino castellano, que probablemente no sería capaz de localizar en un mapa sin ayuda de sus astrónomos, y cuya promesa de ayuda mutua le interesa poco o más bien nada. Pero se muestra diplomático y procura entretener a los embajadores hasta que éstos, hartos de esperar, emprenden la vuelta a casa. En el camino de regreso, se enteran de que un Tamerlán ya enfermo cuando le conocieron ha fallecido al poco tiempo de iniciar la incursión a China. Los castellanos, cansados de tanto trasiego, retornan al fin a casa.

Con la muerte de Tamerlán, desaparecieron las escasas posibilidades de aquella alianza improbable entre dos naciones situadas a una distancia inabarcable para la época. Sin embargo, lo más valioso de aquella embajada no fueron ni la política ni los regalos, sino aquella "Crónica de Tamorlán" que González de Clavijo y colaboradores escribieron a su vuelta, y constituyó un testimonio fidedigno de la vida cotidiana en el imperio de Tarmerlán y las ciudades de paso que fueron visitando. Se reconoce como una de las piezas más interesantes de la literatura medieval, y se la compara a menudo con "El Libro de las Maravillas" de Marco Polo. González de Clavijo fue recompensado con el título de chambelán; vivió primero en Alcalá y más tarde en Madrid -en concreto en la Plaza de la Paja-, y su tumba se encuentra en la (por otro lado, interesantísima por muchos motivos) iglesia de San Francisco el Grande. Tamerlán le puso, en su honor, el nombre de Madrid a una pequeña ciudad que luego absorbió la creciente Samarcanda (ahora forma un barrio de la ciudad), que por otra parte tiene desde el 2004 una calle dedicada a González de Clavijo, en un momento en que la capital de España y Uzbekistán quisieron rememorar ese efímero instante de la historia que les hermanó. Uzbekistán tiene aspectos terribles: se trata de una dictadura encubierta, y durante años se ha definido como un estado criminal (con miles de niños trabajando en condiciones de esclavitud para el gobierno, al más puro estilo de "Indiana Jones y el Templo Maldito"), aunque eso no ha supuesto un obstáculo para que el país haga buenas migas con numerosas estructuras occidentales, incluyendo el equipo del FC Barcelona cuando estaba bajo el mando de Joan Laporta. Sin embargo, el evocador nombre de Samarcanda, y el papel que jugó allí un madrileño hace ya siete siglos, son un motivo para sonreír al recordarlo. Quizás en para algún uzbeco, respecto a España, pase lo mismo.

lunes, 28 de agosto de 2017

La historia real de agosto: Houdini vs Argamasilla

El enfrentamiento está servido: el gran mago Harry Houdini, el ilusionista más conocido del mundo, contra Joaquín Argamasilla, un aristócrata español que presume de tener poderes sobrenaturales. El escenario está preparado: será en el Hotel Pennsylvania, de Nueva York, donde tendrá lugar la lucha que pondrá a prueba sus habilidades. Quizás a muchos os suene esta historia, ya que sirvió de base para un capítulo de la serie de televisión "El ministerio del tiempo". Sin embargo, desplegado el truco de magia, es hora de desmontar el escenario y contemplar de cerca las bambalinas. Toca revelar ahora qué parte es ficción y cuál es real.

A la izquierda, Harry Houdini. A la derecha, Joaquín Argamasilla. El duelo está servido.

Partamos del lado más conocido de los dos que hoy se dirimirán en liza. Qué podemos decir de Harry Houdini que no se haya mencionado ya: nacido en la actual Hungría, decidido desde muy joven a convertirse en mago, Houdini no sólo llevó al extremo los límites de los espectáculos que se desplegaban en los teatros con sus audaces trucos de escapismo, sino que alimentó la publicidad hasta tal punto (declaraciones públicas en los periódicos, películas promocionales, y hasta un falso enfrentamiento con su hermano que inspiró la película "The prestige", de Christopher Nolan) que se convirtió en una de las figuras públicas más renombradas de su tiempo. Sin embargo, a pesar de convertirse por definición en el embajador de la magia, Houdini se situó firmemente en contra de aquellos que defendían poseer poderes sobrenaturales. En aquella época (y más después de la Primera Guerra Mundial, donde casi todo el mundo tenía un familiar fallecido al que le hubiera encantado contactar como fantasma), multitud de nuevas ciencias se hallaban en eclosión, y no era raro para incluso reputados científicos afirmar que podría haber algo de cierto en la forma en que los espiritistas trataban de contactar con el más allá. Sin embargo, Houdini sufrió una gran decepción (este episodio también se narra en el correspondiente capítulo de "El Ministerio del Tiempo"), tras la muerte de su madre, cuando el escritor Arthur Conan Doyle le llevó a una sesión donde supuestamente iban a contactar con ella. Houdini quedó profundamente dolido y, a partir de entonces, además de romper su amistad con Doyle, se empeñó personalmente en desenmascarar a médiums y espiritistas, demostrando que sus poderes se basaban en clásicos trucos de prestidigitador, montajes fotográficos o elaborados fraudes. Hasta desarrolló una serie de contraseñas secretas para poder contactar con su madre u otros allegados, como forma de dilucidar si la comunicación con los muertos era posible. Lo cierto es que Houdini nunca llegó a hablar con su madre (cosa que le hubiera encantado, pues no pudo despedirse en la noche de su muerte), y la mujer de Houdini, diez años después del fallecimiento de éste, confirmó que no había encontrado evidencias de nadie que hablara a través de él, y que lo daba por imposible, ya que "diez años es suficiente para esperar a alguien". Por cierto, que a pesar de la decepción de la sesión de espiritismo, Sir Arthur Conan Doyle (creador de Sherlock Holmes y "El mundo perdido") siguió creyendo en fantasmas y otras criaturas sobrenaturales. Es conocido el episodio en el que apoyó la historia del avistamiento de hadas en Inglaterra (al final todo se basaba en un par de niñas con mucha imaginación, y un burdo montaje fotográfico), y estuvo en contacto con el mundo de lo paranormal hasta el final de sus días. Una serie de televisión, "Houdini y Doyle", utiliza el encuentro entre ambos para montar una trama en la que escritor y mago colaboran para resolver casos misteriosos, Doyle casi siempre apuntando a hipótesis sobrenaturales, y Houdini apostando por el punto de vista racional. La serie, dicho sea de paso, no pasará a la historia de la televisión, pero tiene algunos capítulos con propuestas bastante sugerentes en un contexto histórico de lo más sabroso, y para un rato de esparcimiento, está bastante bien.




Aquí, Harry Houdini en un momento delicado. Seguro que se encontraba en su salsa.

Y ahora vamos al otro extremo del cuadrilátero: Joaquín Argamasilla, hijo del marqués de Santacara, presumía de tener la cualidad de la metasomoscopia, es decir, que podía ver a través de los objetos opacos, a través se supone de unos misteriosos rayos. En sus exhibiciones en España (donde hizo adeptos a su causa a personalidades como Valle-Inclán), mostraba cómo, incluso con los ojos vendados, era capaz de adivinar lo que se leía en una carta dentro de un sobre cerrado o una caja metálica, o a adivinar la hora que ponía en relojes con la tapa puesta. El hombre se hizo tremendamente popular a nivel nacional y, de ahí, dar el salto a Nueva York, la ciudad que nunca duerme, para demostrar sus poderes, era sólo cuestión de tiempo. Sin embargo, allí, Argamasilla se encontró entre los espectadores a Harry Houdini, dispuesto a desenmascararle, y fue entonces cuando comenzó la pelea.

La crónica de lo que allí ocurrió es difícil de trazar dado que, ante la ausencia de cámaras de televisión en aquella época, todo depende de lo que digan los periódicos, y ahí la verdad -como siempre- depende de quien te la cuenta. Sin embargo, conforme uno bucea en una serie de blogs que han conseguido adentrarse en las fuentes primarias, una versión uniforme empieza a salir a la luz. Parece ser que Houdini fue implacable, apareciendo de manera sistemática en las demostraciones de Argamasilla, desmontando sus trucos, y retándole a ejecutarlos en determinadas condiciones en las cuales el aristócrata español no era capaz de defenderse. Por lo visto, Houdini observó que Argamasilla realizaba ciertos movimientos de cabeza que le permitirían ver a través de los vendajes, que conseguía mediante habilidosos gestos abrir imperceptiblemente las tapas de los relojes y, también, que sólo podía vislumbrar los objetos dentro de cajas cuando éstas eran unas especiales, fabricadas específicamente por él, lo cual llevó a Houdini a teorizar que esas cajas tenían unas rendijas ocultas y una serie de posiciones a través de las cuales un entrenado Argamasilla (capaz de disimular sus trucos tras estudiadas maniobras de despiste) era capaz de atisbar lo que había dentro de las mismas. Argamasilla, ante todas estas acusaciones, intentó salirse por la tangente, y por supuesto se negó a desplegar sus habilidades en cajas distintas a las que él portaba consigo. Para la prensa de Nueva York, el veredicto estaba claro: se trataba de un fraude.


Para la española, en cambio, la cosa fue distinta. Si creemos que los periódicos actuales en nuestro país son manipuladores y chovinistas, a principios del siglo XX la cosa era incluso peor. Además, había mucha gente que había apostado su reputación y su fama en las habilidades de Argamasilla (hijo, para más inri, de un respetado noble), y el desenmascaramiento no iba a ser fácil de admitir. Diarios de la época pintaron a un Argamasilla vencedor a pesar de la torticera oposición de Houdini. Incluso, llegaron a inventar disculpas de lo más peregrinas. Por ejemplo, el diario ABC publicó cómo Houdini había retado a Argamasilla a leer los mensajes de dos papeles, con una palabra escrita en cada uno, dentro de un sobre que Houdini había dispuesto de tal manera que los textos se superpusieran entre sí, haciendo más difícil la lectura al trasluz (truco que seguramente empleaba Argamasilla). Según ABC, el español no habría sido capaz de descifrar los textos, pero sí que había podido averiguar tres letras: un argumento que se desarma con facilidad, pues hay letras que se repiten con más frecuencia en el lenguaje, y no era complicado acertar que alguna de ellas aparecería en una de las palabras.


Lo cierto es que en España, conforme terminaron de llegar poco a poco las auténticas noticias procedentes de los periódicos de Nueva York, comenzó un largo e intrincado debate entre partidarios y detractores de Argamasilla. Valle-Inclán (amigo personal de su padre, y un gran creyente de que había en el mundo verdades indemostrables para la ciencia) le defendió a capa y espada, al igual que otros destacadas personalidades de la época, como Leonardo Torres-Quevedo (muy pegado siempre a círculos conservadores) o -según Argamasilla- "los médicos profesores del Instituto Oftálmico". En cambio, por ejemplo, un catedrático de Oftalmología de Madrid argumentaba que la demostración que le hicieron no superaba las mínimas garantías científicas. Un articulista esgrimió que Argamasilla -que había crecido en un entorno donde se esperaban grandes cosas de él, y donde lo paranormal se aceptaba como algo evidente-, no había exhibido sus poderes tanto con ánimo de engañar, como con una creencia sincera promovida por una cierta sugestión por parte de sus progenitores. Ese mismo articulista afirmaba que había conocido a "tapados", testigos de las exhibiciones de Argamasilla que se habían dado cuenta del engaño, pero que no se atrevían a entrometerse públicamente en la polémica. Entre estos tapados, se encontraría el doctor Negrín, quien más tarde sería, durante la Guerra Civil, presidente de la República. Lo cierto es que el propio Argamasilla (quien se defendió como gato panza arriba, publicando declaraciones en los periódicos en las que declaraba su inocencia y acusaba a Houdini de negocios deshonestos, mientras éste contrarreplicaba en la prensa americana con modelos de las cajas trucadas del aristócrata) declaró en algún momento, a su regreso de Estados Unidos, una repentina desaparición de sus poderes. No era ésta la primera vez que Argamasilla se sirvió de esta "conveniente" pérdida, como cuando una comisión, espoleada por la reina María Cristina y dirigida por Santiago Ramón y Cajal, pretendió examinar sus poderes, librándose Argamasilla de pasar este test para luego iniciar ya tranquilamente su famoso periplo por España y Estados Unidos. 


Más tarde, la polémica se dispersó y Argamasilla no volvió a aparecer en la vida pública de nuevo hasta años después, ya en la administración franquista, como director general de Cinematografía y Teatro durante tres años, estando entre otras cosas a cargo de la censura (no sabemos si a través o no de sobres cerrados). En cuanto a Harry Houdini, el destino le había alcanzado mucho tiempo antes. El mago solía aceptar retos en los cuales le golpeaban fuertemente el vientre, sirviéndose de sus muchos años de entrenamiento para colocar los músculos de tal manera que no le afectara: un aficionado con ganas de hacerse el gracioso le golpeó sin estar preparado, y eso pudo agravarle una apendicitis latente, que desembocó en una peritonitis. Houdini moriría unos cuantos días más tarde, desapareciendo con ello su sentido del espectáculo y de la inventiva. Puede ser, incluso, que hasta el propio Argamasilla le echara de menos.