lunes, 19 de marzo de 2018

El relato de marzo: "Márgenes"

Márgenes

            Cuando la chica revisó a fondo la caja, no podía creérselo.
            -Dios…-se lamentó en voz alta.
            -¿Qué pasa?-le preguntó intrigada su compañera de piso.
            -Creo que me he dejado algo olvidado en casa de mi ex.
            -¿Pero no te habías llevado las últimas cosas de su piso hace un mes?
            -Ya, pero no he tenido tiempo de repasarlo hasta hoy y ahora es cuando me he dado cuenta.
            -Dirás que no has querido hacerlo hasta hoy –la recorrió con la mirada en tono de reproche su amiga-… A ver, ¿qué te falta?
            -Pues… el secador para el pelo…
            -¿Eso? Vaya chorrada, ¿no?
            -Pero… es que se trata de un recuerdo sentimental.
            “Además, es el único que me deja los cabellos en orden”, meditó para sus adentros la chica. Aunque esto, por supuesto, no lo iba a decir en voz alta.
            -¿Y qué vas a hacer?-preguntó su compañera-. Porque después de la última escena que tuvisteis, con lloros y dramas y demás, no vas a volver allí sólo por un secador.
            -Sí, sí, pero… fue de las pocas cosas que me traje de casa de mis padres. No querría dejármelo en cualquier sitio.
            A su compañera se le iluminó la mente:
            -¡Ya está!¿Por qué no avisas a una de esas empresas que te llevan cosas a domicilio? De ésas que si se te ha olvidado comprar una lata de mejillones van al supermercado y lo hacen por ti. ¿No podrían pasarse por casa de tu ex y traerte el secador?
            Su interlocutora se rascó la cabeza.
            -No sé… es una posibilidad.
            Una hora después, un chico joven, de nariz tan destacada como un mascarón de proa, rematada con unos gafas de cristales gruesos y enorme diámetro, estaba tocando a la puerta de un piso céntrico. Al otro lado, un treintañero con el pelo desordenado y pinta de haberse levantado de la cama al escuchar el primer timbrazo acudió a abrirle.
            -Oiga, no me interesa comprar nada, ni donar a ONGs, ni apadrinar a un gato…
            -No, no es nada de eso, me explico… Me ha mandado su ex pareja para…
            La cara del inquilino, al escuchar el relato, era un poema.
            -Esto me parece un atropello. Dígale a María que si quiere su secador, que venga a buscarlo ella misma.
            Y a continuación, le cerró la puerta en las narices.
            Cinco segundos después, sonó otra vez el timbre. El inquilino desanduvo el camino para de nuevo abrir.
            -Mire –declaró el mensajero, compungido-, es que si no cumplo lo que me han encomendado, su ex novia me pondrá una mala puntuación en la aplicación de mi empresa, y a mí me contratan en función de eso. Si saco pocas estrellitas lo mismo no me llaman para la siguiente vez…
            -Ya, ya, entiendo, me hago cargo –respondió apesadumbrado el interpelado-. Espere aquí un momento, ¿quiere?
            Se sucedieron unos cuantos minutos de ruidos metálicos, chirridos de apertura de armarios y sonidos de desplazamiento de cajas. Por un momento, pareció que el habitante de la casa forcejeaba con ollas y se enfrentaba en un combate de boxeo con cientos de pequeños útiles de baño. Al final, después de lo que al joven en la puerta se le antojaron cuarenta días y cuarenta noches, el tipo salió todavía más despeinado de lo que estaba en un principio, armado con un secador que plantó encima de la mano del mensajero.
            -¡Y dígale a mi novia… digo, a mi ex… dígale…!
            -Perdone, yo sólo he venido a recogerle el secador. Lo que haya entre ustedes dos…
            El hombre frunció el ceño.
            -De acuerdo, ¿y si te lo encargo? Yo te pago por ello. Mira, te voy a escribir lo que tienes que decirle…
            El chico se recolocó las gafas, aunque daba la impresión que más para intentar establecer una pausa que porque tuviera de verdad que hacerlo.
            -De acuerdo, tú apúntamelo y…
            -Sí, sí, voy a buscar un lápiz y un papel y…
            -La app… -señaló el mensajero-. Tienes que encargarlo por la app, en el móvil. Allí puedes escribir el mensaje y entonces yo…
            El inquilino se puso a enredar con el móvil. El mensajero, mientras tanto, aguardaba paciente de pie.
            Media hora después, el mismo individuo de la compañía, con su uniforme hortera de color chillón, tocaba a la puerta de casa de la chica:
            -Dice tu ex –leía desde el móvil mientras alargaba hacia ella el brazo con el secador de pelo- que si quieres venir a por el secador de pelo, que vayas tú. Que eso de mandar un intermediario es lo típico que haces siempre…
            La mujer aguantó el chaparrón impertérrita, hasta el final, cuando tuvo que restregarse los ojos para disimular una lagrimita. Cuando el mensajero terminó, la chica atrapó el secador y replicó:
            -Bien. Ahora vas y le dices…
            -La… la app –farfulló el mensajero.
Más tarde, en el piso del ex, este último abre la puerta.
            -Que eres lo peor –leyó el enviado, con un halo de sudor en la camisa alrededor de la zona de los sobacos-. Cómo se te ocurre, después de todo lo que hemos… habéis vivido, mandar un mensaje como ése. No se puede ser tan insensible. Tú…
            Tras otra media hora, en el umbral del piso de la chica, vemos al mensajero empapado mientras al fondo, por la ventana, se escucha el rugido de un trueno. El trabajador tiene las manos tan mojadas que le cuesta manejar el teclado:
            -Que sepas que perdiste todo el derecho a decirme nada cuando empezaste toda esta farsa. Porque esto lo empezaste tú, que lo sepas, desde que me dijiste lo de Paco. Así que si vas a venirme ahora con ésas…
            -¡Pero será…!-chilló la chica, conteniendo la rabia, mientras tecleaba en su teléfono móvil-. ¡Ahora mismo se va a enterar!¡Tú no te vayas, que luego a lo mejor te necesito para mandarle algo! Éste se va a cagar… ¡Antonio!¿Tú te crees que es normal que me saques ese tema…?
            -¡Bueno, ya está bien!, ¿no? –pegó un berrido el chico de la empresa, interrumpiendo el diálogo-. ¡Resolved vuestros problemas de una puñetera vez, y a mí dejadme en paz!¡Tú –dijo señalando a la chica-, déjate ya de manías estúpidas que no llevan a ninguna parte y que no hacen más que amargarte a ti misma!¡Y tú!–exclamó agarrando el móvil de la chica como si fuera un micrófono-. ¿Tú te crees que con la pinta de alelado que tienes te va a querer nadie como te quiere esta chica?¿Qué estás buscando, algo mejor?¿Qué te crees, Richard Gere o Tom Cruise?¡Porque actores como ellos se estarían pegando por ella!¡Así que dejaos de tonterías de una puta vez y arregladlo, hostias!
            El chico colocó el teléfono en la palma de la chica y se marchó, dejando la puerta abierta y a la muchacha, con el móvil aún en la mano, con mirada de estupefacción. Al otro lado del auricular, se escuchaba al ex novio preguntando si había alguien…
            Una hora más tarde, el chico llegaba a su casa. Abría la puerta y entraba en el claustrofóbico espacio de treinta metros cuadrados. Buscaba a alguien con la mirada. Luego miró el cuadro de turnos que su novia tenía colgado del frigorífico. Joder (masculló), otra semana en la que no se veían. Extrajo una cerveza de la nevera. Se sentó en el sofá y acarició al distraído gato:
            -Hoy nos toca bailar juntos esta noche, ¿eh?
            Sonó un timbrazo. El chico, agotado, se acercó a la puerta. Cuando la abrió, observó a un hombre de unos cincuenta años, con mirada abatida, vestido con un traje de payaso, plantado delante de su puerta:
            -Vengo a decirte una cosa.
            El chico se cubrió la cara con la mano.
            -Oh, mierda…

lunes, 5 de marzo de 2018

El libro, las películas, las historias reales de marzo: "Mal de altura", de John Krakauer, la película "Everest", el documental "Sherpa", y el mal de la cima del mundo.

En el centro de la imagen, el Everest, cubierto por nubes. A la derecha, el Llhotse, de cumbre más irregular y plana. Por delante, campos de nubes, a semejanza de ovejas sobresaliendo entre blancos prados. Imagen del autor desde avión comercial.

Hace unos años apareció en cine la película "Everest", un reflejo en celuloide del accidente más grave que ha tenido lugar en el mítico monte, en el año 1996, donde quince montañeros perdieron la vida. Poco después de verla, llegó a mis manos "Mal de altura" ("Into thin air"), de John Krakauer -autor también del título "Hacia rutas salvajes"-, el periodista que acompañaba a la expedición y que narró en aquel libro lo sucedido, recopilando tanto el suyo como otros puntos de vista. Aunque reflejan un acontecimiento común, las dos narraciones -aparte de las diferentes de formato- suenan con distinta melodía. Mientras que "Everest" se asemeja al sonido de una flauta dulce, "Mal de altura" resulta una composición polifónica. El símil con la flauta tiene su lógica, en el sentido de que, aunque emite una canción única, la descripción de lo que ocurrió aquellos fatídicos días en la montaña es fragmentaria, un instrumento que cuando funciona provoca vibraciones en cada uno de los agujeros por los que el aire sopla, que es justo donde se alojan los seres humanos que, entre las rocas, tratan de sobrevivir. En la película se siente la angustia que debió sentirse en el campamento base, cuando se asume que se ha perdido el control, que ya nada cabe esperar sino que este sea el último muerto, y cuando todo, en definitiva, se ha ido a la mierda. La película, por otra parte, rellena huecos que la crónica periodística de Krakauer no puede narrar (en el cine rara vez te puedes emitir imágenes en blanco, mientras que un ensayo valora su riqueza en ocasiones en la abundancia de agujeros negros), y es mucho más simple a la hora de exponer sus conclusiones, que en realidad no enuncia nunca, sólo insinúa: era la época en que empezaban a institucionalizarse las grandes expediciones comerciales al Everest, había muchos grupos tratando de coronar la cima el mismo día, los líderes tenían la presión de que los clientes habían puesto muchas ganas (y pagado mucho dinero) por estar arriba, y encima llegó una tormenta que buena parte del tiempo se pensó que no iba a presentarse. Krakauer, en ese sentido, esculpe una realidad mucho más poliédrica: sí, habla de la presión sobre los organizadores, incluyendo no sólo cuestiones de confianza y monetarias, sino también de fama y publicidad (a ese respecto, es dolorosamente sincera la confesión de Krakauer cuando indica que cree que el hecho de tener un periodista en el grupo pudo influir en la tragedia, ya que nadie quería quedar mal delante de los medios). Pero también ofrece algunos detalles que hacen replanteárselo todo. Por un lado que, para lo que es una campaña anual en el Everest, la cifra de muertos en el 96 fue relativamente normal. Por otro, que resulta muy difícil tratar de achacar culpas y responsabilidades a alguien cuando toma decisiones a gran altura. Por encima de los 8000 metros de altitud, no te rige bien del todo la cabeza. Un buen porcentaje de personas deliran, se desnudan, corren precipitadamente hacia arriba, pierden del todo la noción de lo que es factible y qué no. ¿Lo más doloroso de todo? Que los manuales de montañismo te dicen que, en caso de que veas que tu compañero tiene esos síntomas, no puedes intentar ni siquiera reducirle por la fuerza, porque a 8000 metros de altura no tienes fuerzas suficientes para permitirte ese esfuerzo. A 848 metros de la cumbre del Everest sólo puedes permitirte hacer lo que tienes que hacer o morir; decisiones aparentemente pequeñas pueden resultar trascendentales, y tú no te encuentras en el estado más óptimo para tomarlas. Así, el propio Krakauer narra dolido cómo en algunos momentos no se dio cuenta de los problemas de sus compañeros, o estaba físicamente exhausto como para poder atenderlos (lo cual, confiesa, le remorderá por siempre en su cabeza) y llega a contar, incluso, cómo durante varios minutos mantuvo una conversación con alguien que luego resultó que era otra persona distinta (a su vez, el otro componente del diálogo también creía que Krakauer era el guía a quien el periodista creía que le estaba hablando), confusión la cual llevó a que nadie supiera donde estaba un miembro de la expedición durante un período de tiempo clave. Krakauer viene a decir que, después de todo, ascender el Everest nunca va a ser una tarea fácil, y que ni todas las reglas que se apliquen ni todas las precauciones que se adopten al respecto van a evitar al cien por cien los accidentes: hace mal tiempo (e imprevisible), hasta tu jefe de grupo se puede volver loco y, como llega a afirmar el reportero, por muy difícil que sea para algunos de entender a veces, no se trata de una puñetera excursión en tren a Suiza. Si te metes, sabes que corres un cierto riesgo de no salir vivo de allí.

A pesar de esta puntualización clave, una cuestión que Krakauer critica bastante es la falta de pericia de los clientes en las excursiones comerciales. Los tiempos han cambiado mucho, y con ello también el fenotipo particular de los montañeros. En los orígenes primitivos, un club de escaladores llegó a definirse como "un grupo de caballeros que, accidentalmente, escalan"; luego llegó la época de los grandes retos, de coronar los catorce ocho miles o los siete grandes, de hacerlo cada vez de una manera distinta. Y cuando todo eso acaba (porque ya no hay más maneras diferentes de subir los ocho miles), cabe servir de guía para llevar a gente menos experta a la gran montaña. En particular al Everest, que técnicamente no ofrece muchas complicaciones (a ver: técnicamente; lo de tener una capacidad física envidiable que salva las dificultades de hacer lo mismo a ocho mil metros de altura, va aparte), y que supone un logro que colocar en un cuadro de tu despacho de directivo de una gran multinacional. El problema es que en el 96 se estaba empezando a hacer esto, se intuía que daba mucho dinero, y se llevaba a gente con una experiencia previa de escalada no nula, pero tampoco con demasiado bagaje para el hecho de tener que enfrentarte a unas condiciones tan adversas (clima gélido, mal de altura, falta de oxígeno) y encima subir una pared de roca y hielo. En el 96 hubo un problema con las cuerdas que debían tenderse en el escalón de Hillary (la parte más difícil de la ascensión del Everest) que causó un serio retraso, y el problema es que los guías no se atrevieron a decirle a la gente que lo más sensato, ante tanta gente acumulada en el mismo sitio, era darse la vuelta y, antes de que cayera una tormenta o la casi igual de terrible noche, retornar de nuevo en dirección al campamento base. Desde entonces se ha analizado mucho sobre lo que ha salido mal en las expediciones previas, y algunas cosas sin duda han mejorado, pero lo cierto es que hay cosas que no han cambiado: el Everest sigue siendo un reclamo comercial para expedicionarios probablemente no lo suficientemente preparados, el Everest se ha vuelto, como diría algún escalador, un "puto circo", y hay un tiempo relativamente breve (la climatología del Everest no da para grandes excesos) en el cual muchas expediciones pretenden coronar la cumbre. Ante esta situación, John Krakauer propuso, de hecho, que se obligara a que todo cliente que quisiera subir al Everest tuviera que hacerlo sin botella de oxígeno, para así forzar a que sólo los más preparados se atrevieran a ascender a la montaña. En ese sentido, en 2016, el gobierno de Nepal puso algunos límites para la ascensión, incluyendo que sólo podría intentarlo alguien que hubiera demostrado ascender antes al menos una montaña de 6.500 metros. Así pues, aunque el libro de John Krakauer fue muy discutido, y sus conclusiones son todavía objeto de polémica, está claro que hasta cierto punto, las autoridades han tomado nota de los accidentes que ha habido y están tratando de evitarlos. El problema es que no existe sólo ese problema, también se producen otros, y algunos están en rápida progresión.

Para empezar, el mundo de la montaña puede ser a veces tan salvaje como la selva, la sociedad de "El señor de las moscas", o la cúspide de la pirámide en Wall Street. Los tiempos en que gentiles e ingeniosos caballeros ingleses conservaban la buena educación mientras contaban historias en torno a un buen fuego, en fin, al menos por las palabras de escaladores recientes, parece que hacen tiempo que han pasado, y ahora existen unas reglas de juego más similares a las que podría haber en la tripulación mercenaria de un barco pirata pilotado por un (¿a que esto empieza a parecer una novela de Jack London?) salvaje lobo de mar. La competición es dura y no siempre limpia (esa siempre la hubo), hay mucho movimiento en un mundo muy falto de reglas o de gente encargada de cumplirlas (se han denunciado robos en los campamentos; a mí me recuerda en cierta medida a la situación en que hubo un asesinato en una base en la Antártida, y no hubo nadie que pudiera investigarlo) y -de eso se queja todo el mundo hoy en día- hay demasiada gente en la cumbre. No se trata ya sólo de dejar de atender peticiones de auxilio (a veces es complicado decidir si se trata de hacer un favor o de poner en riesgo la vida; las descripciones de algunos escaladores describiendo cómo tenían que dejar abandonados a sus compañeros son inconsolables), o de que los cadáveres que no pueden ser rescatados, conservados intactos sobre el hielo, sirvan de mojones kilométricos para indicar el curso de las ascensiones. Se han dado el caso de un individuo que se dejó caer agotado a un lado del camino, junto a un antiguo cadáver (con el mal augurio consiguiente) y han pasado horas hasta que nadie hiciera nada por ayudarlo, porque los jefes de equipo les decían a sus integrantes que no se entretuvieran en su camino hacia la cumbre. "Sálvese quien pueda", protestan algunos que se ha convertido en el lema de la subida hacia la montaña. El hecho de que haya más gente -situación que a lo mejor palía las recientes medidas del gobierno de Nepal-, o que los récords tengan que ser por definición cada vez más difíciles, no va a contribuir a que la cosa vaya a mejor. Entre otras cosas, porque la ambición por escalar la montaña siempre estará presente. Por ver qué se siente (aunque pueda ser decepcionante o breve), por las vistas (que también podemos vislumbrar de maneras más fáciles, como en avioneta o a través del vídeo), por el mérito, por el esfuerzo, por la innegable fascinación que ejerce sobre nosotros "lo más" alto, lo más grande, el infinito. Por ponernos a prueba a nosotros mismos. Por ver si nos hacemos más sabios. La respuesta más sencilla la pone la película Everest en un mensaje al unísono de los escaladores protagonistas, ant la insistencia del periodista: la subimos, simplemente, "porque está allí". Sea el polo, la montaña o la Luna, ¿merece mejor respuesta? 

Pero analicemos también otros problemas. Está, por un lado, el factor natural. El Everest está lleno de grietas, muchas de ellas bajo la nieve, que pueden ceder en cualquier momento, en algunos casos por terremotos (el de 2015, de hecho, destruyó el mítico escalón de Hillary, factor que se cree provocará más embotellamientos en la cima), de los cuales Nepal ha sufrido varios recientemente que han alterado incluso la altura del Everest. Y en los últimos años también, por el cambio climático. Ahora que empezamos la cuenta atrás para que el Kilimanjaro se quede sin nieve en su cumbre, el hielo del Everest es más fino y es más difícil fiarse de él. Esto, además, dificulta las expediciones que se hacen casi exclusivamente cuando el tiempo es mejor, para evitar en lo posible el factor climatológico. Por otra parte, desde el punto de vista ambiental, el Everest está hecho un desastre: viejos equipos, botellas de oxígeno, cuando no simple y llana basura, pueblan sus laderas, y de ahí que aparte de las iniciativas para rescatar cadáveres, se propongan con creciente frecuencia proyectos con el fin exclusivo de recoger algo de la ingente contaminación con que -como le pasa a tantas otras maravillas, naturales o artificales-, lo estamos ensuciando. Hay que contar, además, con el factor de los sherpas. Pero eso requiere de algo más de explicación.

No olvidemos que, antes de que un topógrafo indio describiera que una montaña hasta entonces anodinada en los Himalaya era la más alta del mundo, y el responsable inglés de turno le pusiera el nombre de Everest (como en otros casos, homenajeaba a su predecesor en el cargo), los nativos de Nepal le conocían como Sagarmatha, que quiere decir "frente del cielo", y los del Tíbet (hay que recordar que tanto el Everest como el Llhotse, con el que comparte una parte del macizo, se encuentra en la frontera entre Nepal y China, y que descendiendo por su cara más complicada se llega a este país último) le llamaban Chomolungma, o "madre del universo", o sea, que alguna intuición respecto a su altura debían de tener. De todos es conocido el nombre de sherpa, que define no tanto a los acompañantes locales a las excursiones al Everest como los pertenecientes a la etnia que abunda en la regiones anexas al gran monte asiático (a pesar de que existen sherpas tanto en la India como China y, por supuesto, Nepal). No hablaremos por tanto de su fantástica adaptación a la altura y el clima de la montaña, de Tenzing Norgay, el mítico sherpa que junto con Hillary escaló por primera vez el Everest, o de varios sherpas que poseen numerosos récord Guiness en relación con la escalada, estableciendo rankings muy semejantes a los de occidente, aunque por supuesto mucho menos publicitados. En cambio, pretendo traer a colación el documental "Sherpa" (2015), que trata el tema desde una perspectiva algo más moderna. Hasta ahora, los sherpas se consideraban el complemento ideal en la expediciones de alta montaña: solícitos, sacrificados, y capaces de cargar con un pesado equipo en unas condiciones durísimas para sus compañeros occidentales. Y todo ello, por un precio ínfimo, comparado con sus colegas también. Sin embargo, las cosas están cambiando últimamente. Los sherpas más jóvenes son más conscientes del mundo en el que viven: saben que las empresas de escalada hacen mucho dinero con ellos, y aunque aprecian las mejoras que el dinero procedente del montañismo ha producido en su comunidad, ya no tienen esa relación tan diligente entre jefe occidental y empleado asiático que era de uso tan común en el siglo XIX. Muchos sherpas, además, andan ofendidos con las actitudes occidentales que ellos consideran irrespetuosas (recordemos que, para ellos, la montaña es sagrada, aunque no olviden también que les da de comer), y con su escaso aprecio respecto de la labor que desempeñan los sherpas, reflejado tanto en el terreno económico como en el trato personal. Por otra parte, los sherpas que actualmente trabajan en las excursiones comerciales no desean que sus hijos continúen la tradición: las aportaciones de los donativos han servido para fundar escuelas, y ahora pretendan que sus hijos tengan una educación universitaria, busquen nuevas posibilidades, salidas laborales que casi con certeza les llevarán fuera de sus reductos aislados en Nepal. Para ellos, además, el número de excursiones tiene un límite: llega un momento que si no pueden estar con sus hijos, verlos crecer, si se juegan la vida a cada instante, no merece la pena continuar con ello; han reaprendido esa esencia tan budista de que no todo en la vida es dinero. De hecho, en los últimos años, a raíz de las dudas surgidas ate pasarelas de hielo quebradizas, peligro de terremotos, el hielo debilitado a causa del cambio climático, los sherpas se han sentido presionados por los promotores comerciales -que exigen, ante todo, continuar con las expediciones, pues no se toca la gallina de los huevos de oro-, arrastrados hasta los límite de su aguante psicológico y físico, y han dicho en ocasiones basta: en dos de las últimas campañas los sherpas han decidido plantarse y no arriesgar la vida de ni uno solo de ellos, impidiendo que ese año haya viajes a la cima. Un cambio que, sin duda, modificará las actitudes de los promotores comerciales respecto a los sherpas de cara al futuro. Quizás, de esta manera, pueda alcanzarse un equilibrio entre seguridad, prosperidad económica, y respeto a las tradiciones y, con un poco de suerte, al medio ambiente. El precario ecosistema del Everest, tan ciclópeo, tan mítico, pero en realidad tan frágil y asediado de peligros, sin duda lo agradecerá.

jueves, 1 de marzo de 2018

La historia corta de marzo: "Nuestra vieja mesa"

Nuestra vieja mesa

            Como reportero curtido en mil batallas, estoy acostumbrado a este tipo de eventos. Y más especialmente en esta esquina de la ciudad, donde un megahotel, una hiper-celebración, o simplemente la gran inauguración del último bar de moda, copan con frecuencia todos los titulares. Allí asistía yo, pendiente a la enésima reinvención del local que lleva siendo el faro de guía de numerosos personajes VIP (también reinventados con periodicidad impertérrita) durante más años de los que guardo recuerdo, dispuesto a hacerle una entrevista a su dueño, un tipo con cara de mafioso, aire de mafioso, traje de mafioso, hechuras de mafioso y profesión de mafioso, que no saldría de su discreto anonimato de no ser porque sabe de sobra que este tipo de actos requieren publicidad, y que esa clase de operación le obliga de vez en cuando a salir de su escondite. Así que aquí estoy, pendiente de las luces estroboscópicas y de los hieráticos acróbatas que ejecutan posturas imposibles mientras (con sus trajes y aros luminosos) realizan espectáculos dignos del Circo del Sol a cambio de un sueldo irrisorio, entrevistando a un señor al que en condiciones normales no le daría ni los buenos días, cuando un detalle en el que nunca me había fijado durante todos estos años me llama la atención. Y, rompiendo el guión pre-establecido y el protocolo oficial de la entrevista, le pregunto a mi particular Tony Soprano:
            -Oiga, perdone, esa mesa… la del mantel de cuadros verdes y blancos, que parece sacado de un restaurante familiar de hace cincuenta años… Sí, ésa en la que está sentada esa pareja de ancianitos, ¿cuánto tendrán, ochenta, noventa años? Disculpe si le parezco indiscreto pero, en este local de gente joven, con las últimas tecnologías a su alcance, al que para la cocina han secues…, digo, contratado al chef más famoso del momento…digo, en un sitio como éste, ¿no cree que esa escena no pega ni con cola?
            El mafioso sonrió. Antes de contestar, se puso un poco contemplativo:
            -En algo tiene usted razón. Este local era un restaurante familiar hace cincuenta años. Ni yo era famoso, ni mi negocio apenas se conocía, ni esta zona de la ciudad se había puesto tan de moda. El negocio dependía, básicamente, de parejas como ésa, que venían aquí con bastante frecuencia por el clima hogareño, casi como si se tratara de su casa. Allí donde les ve, esa pareja tuvo su primera cita en este local; y aunque ya no vienen tantas veces como antes, siguen acudiendo al menos una vez al año por su aniversario. Como comprenderá, no se iban a acostumbrar a este correcalles que tenemos aquí montado, cambiando la decoración del local hace cinco minutos… Así que, cuando llegan, ordeno siempre que les dispongan su vieja mesa, con su viejo mantel, y si puedo también que les atiendan los mismos camareros con los uniformes que llevaban antaño. Vamos a decir que representa, a la sociedad, mi pequeña contribución…
            Pero a mí no me importaban las concesiones o no que aquel tipejo quisiera hacerle al resto del mundo. Tan sólo miraba a aquella pareja de ancianitos por los que parecía (por su mirada y sus gestos) que no había pasado el tiempo y me preguntaba, dentro de cincuenta años, dónde quería yo estar…

            Esta historia está basada en el suceso real que me comentó una amiga según el cual, en un innovador bar cercano a su casa en el centro de una gran ciudad, todos los lunes, una pareja de alrededor de noventa años cena sobre un mantel de cuadros verdes y blancos en una mesa que rompe completamente con la decoración del resto del moderno establecimiento. Los motivos por los que restaurante y comensales ejecutan este rito son, para nosotros, desconocidos.

lunes, 19 de febrero de 2018

El relato de febrero: "Todos los caminos llevan a Cartago"

Todos los caminos llevan a Cartago

            En el año 210 a.C., Roma claudicó al fin y firmó la paz con Cartago. El éxito se debió sin duda al cambio de opinión, casi in extremis, de los dirigentes cartagineses, los cuales autorizaron a enviar más hombres y equipamientos a su general Aníbal, permitiéndole entonces cercar la ciudad, lo cual supuso, tras un terrible asedio que se prolongó durante varios años, la rendición definitiva de Roma.

            No obstante, la contienda de más de veinte años, que se había prolongado, como una auténtica guerra mundial, la primera de ellas, a lo largo y ancho del Mediterráneo, Iberia, África, la Península Itálica, le había dejado a Aníbal Barca bien clara una cosa: Roma tenía mucho que ofrecer a Cartago, y pese a su odio eterno jurado a los nueve años contra los romanos, pensó que nada podría ser más provechoso para la causa de Cartago –y más humillante para los romanos, por otra parte; aunque las futuras versiones históricas, benignas con Aníbal, tendería a teorizar que le movió mucho menos su deseo de venganza que el sentido de estado-, que convertir a los romanos y a sus aliados itálicos en uno más de los colaboradores de Cartago, en miembro más de un imperio formado por estados satélites. Así pues, lejos de aquellas voces que proclamaban la destrucción de Roma, Aníbal pronunció un legendario discurso, en el que proclamaba que vivos, sus antiguos enemigos podrían ayudarles a ser mucho más fuertes de lo que eran. Los romanos, a pesar de su derrota, se resistieron a formar parte del bando de su propio enemigo; sin embargo, ante la débil oposición de los estados italianos –que por otro lado, se sentían hasta cierto punto felices de ver derrotada a su antigua señora, y aliviados al haberse colocado bajo el mando de un ejército que, al contrario que el romano, no les exigía más batallas-, poco más pudo hacer, y tuvo que claudicar por segunda vez, esta vez, en el terreno de los sentimientos. Además, Roma era en aquella época una ciudad sin tradición ni apenas historia, no fue difícil que asimilaran el vasto andamiaje cultural heredado de los fenicios y ahora defendido por los cartagineses, y los romanos se alegraron también –pasado el habitual recelo frente a los extranjeros- al ver cómo se erigían en su ciudad monumentos y jardines que antes no existían en esa sucia cloaca en mitad de la península italiana. Así pues, los romanos orientaron, tal y como pensaba Aníbal, su patriotismo, la defensa por su patria, a la defensa de los intereses de Cartago. Un cambio de mentalidad que, un tiempo más tarde, sería muy beneficioso para todos ellos, y que a la luz de las circunstancias presentes, y como profundizaremos más adelante, debería recuperarse de nuevo para una revisión histórica.

            Con la conquista de Roma, la anexión de Iberia fue una cuestión costosa, pero que sólo requirió tiempo, después de todo, Cartago ya se hallaba implicada con los pueblos ibéricos mediante lazos comerciales, no fue difícil que ingresaran en el interior de su federación, manteniendo su autonomía a cambio de pagar un tributo. Algunas tribus se resistieron, y durante varios siglos, las antiguas legiones romanas, en colaboración con las falanges cartaginesas, se vieron obligados a combatir a diversos pueblos, hasta que finalmente obtuvieron una conquista completa. En aquellos tiempos, se observó ya lo que sería una constante militar durante siglos, y es que la colaboración de estos dos sistemas de ataque, conjugando hombres procedentes de ambos bandos –el doble de efectivos, por tanto-, y las estrategias más útiles de cada una de sus organizaciones militares, el eje Roma-Cartago se convertía en un poderoso tanque, al lado del cual se hacía muy difícil prácticamente respirar. Por eso fue por lo que los griegos, prudentes, decidieron establecerse como una parte más de la autonomía cartaginesa, garantizando, con ello, la independencia de sus polis, aunque sí a cambio de unas fluidas y muy ventajosas para los púnicos relaciones comerciales. En poco tiempo, el Mediterráneo estaba en paz; y lo era bajo un gran imperio, que tenía como capital Cartago.

            Los historiadores cifran para aquella época lo que ellos denominan, y que ha determinado la mayor parte de la historia de la humanidad, es la “superposición de culturas”. La mayor parte de los eruditos predice que, de haber quedado en derrota, o tan siquiera en tablas, incluso si se hubiera vencido pero si se hubiera destruido Roma, la conflagración de la segunda guerra itálica hubiera marcado el principio del fin del pueblo cartaginés. Tal y como afirmó Polibio, el apogeo de Cartago había sido muy brillante, pero como toda civilización, a un momento le brillo le suele seguir la decadencia, así hasta la conquista de otro pueblo. Fue en cambio, la conquista de Roma, la que permitió obtener a los cartagineses el empuje de nuevos pueblos en ascenso, como los romanos, aprovechando sus fuerzas y su dominio militar. Y esta conjunción de astros permitió a su vez incorporar toda la cultura y la ciencia de los griegos, combinadas las cuales, crearon una cultura grecocartaginesa, la cual se expandió por Roma, Iberia, y todo el norte de África, consiguiendo incorporar a la civilización a los númidas, y la colaboración estrecha junto con un asociado imperio egipcio.

            La superposición de culturas fue la que permitió subsistir al Imperio Cartaginés durante varios cientos de años. De no ser así, de no haberse producido la combinación de una amalgama de culturas las cuales unieron sus fuerzas para lograr una civilización más potente, ninguna de ellas hubiera durado lo mismo que cada una por separado. Más ladelante, Las guerras civiles internas por hacerse con el poder llevaron a la finalización de la república y a un gobierno en manos de un solo hombre, un imperio plural, multiétnico, y esencialmente pacífico, dedicado solamente a defenderse de las invasiones de los bárbaros en la Galia, Germania, etc. No obstante, las relativas escasas fronteras que presentaba el imperio en su zona europea, así como los agrestes accidentes geográficos –Pirineos, Alpes, etc-, que les defendían, mantuvieron estas zonas fácilmente defendibles seguras durante mucho tiempo. No obstante, todo cambia a partir del siglo VII, con la llegada de los árabes.

            El profeta Mahoma, inspirado en gran parte por un cristianismo que se había extendido por todo el Imperio Cartaginés, incitó a sus contemporáneos a la conquista del mundo, expandiendo su religión, su cultura y su idioma por todo el orbe. En el momento en que llegan al Norte de África, se encuentran con un imperio altamente desarrollado en el sentido cultural e intelectual, aunque ya muy empobrecido militarmente. Los árabes engulleron fácilmente la región del norte de África, llegando hasta Hispania, pero no más allá, a causa del clima. Mientras tanto, Italia y Grecia, perdidas a su suerte, fueron invadidas por los bárbaros, que tomaron estas regiones. Es en ese momento cuando Europa deja de formar parte del núcleo más elaborado de la civilización, y cae en un abismo donde la ciencia, la tecnología y la cultura brillan por completo por su ausencia.

            Los árabes mantuvieron un imperio que, una vez más, formó parte de una nueva ola, por segunda vez en la historia, del impresionante fenómeno de superposición de civilizaciones. De haber caído el imperio cartaginés sin más, todos sus vastos conocimientos, junto con los de los griegos, hubieran caído en el olvido, lo cual hubiera supuesto un bache de varios cientos de años, del cual nos hubiera costado mucho recuperarnos, y que hubiera retrasado enormemente los enormes progresos que tantas vidas han salvado (y al mismo tiempo, es triste decirlo, tantas muertes), en nuestra civilización. Pero gracias a la llegada de los árabes, un pueblo organizado tras su contacto con otras grandes civilizaciones en Oriente Medio y Próximo, todo este saber fue mantenido, y por tanto, fue posible desarrollar la ciencia nueva en base a la antigua, sin interrupciones ni discontinuidades, de forma fluida y recíprocamente enriquecedora. Gracias a ello, ya en el siglo X, se desarrolló un método científico, se pusieron los primeros pilares para desbancar la teoría geocéntrica, se desarrolló la teoría de la gravitación universal, y comenzaron las exploraciones marítimas que llevarían al descubrimiento, por parte de ibn-al Hassam, del continente americano. La fragmentación del imperio árabe en varios países no fue un impedimento, sin embargo, para que los recursos naturales procedentes de América desarrollaran de nuevo la economía, la ciencia y la cultura, desarrollándose una feroz competencia entre los países árabes –en los cuales, poco a poco, las presiones religiosas fueron menos estrictas, permitiendo el desarrollo de la investigación sin cortapisas-, que es la que nos ha llevado a los tremendos avances tecnológicos que tenemos hoy en día.

            No obstante, todo este desarrollo no se ha acompañado sin problemas sociales que han afectado, en su mayoría, al conjunto de los trabajadores, y también a los países pobres anexos al extinto imperio árabe, tanto en el lado europeo, como sobre todo, por el lado africano. Después de un largo periodo de conflictos y revoluciones, incluso la creación de un estado comunista en la empobrecida Inglaterra, las presiones populares permitieron una mejora del nivel de vida de los trabajadores, y también la mejora de las condiciones de vida de países como la India, cuyo sufrimiento, por su cercanía geográfica y su historia común con el islam, resultaba fácilmente identificable a los ojos de los árabes, favoreciendo leyes más justas y la colaboración con los más desfavorecidos. Sin embargo, los países africanos situados más allá del Sáhara, asfixiados por la presión colonial, también la región de Norteamérica, sin civilizar y con los indios explotados para obtener materias primas, y los países europeos, olvidados por todos más allá del estrecho –a todos nos conmueven las imágenes de esos niños blanquitos hambrientos, soportando los fríos inviernos, entre las ruinas de la antigua Roma-, fueron condenados al ostracismo y a la pobreza. Más allá del Estrecho, nos olvidábamos de todos, como si no fueran seres humanos.
                       
            Por eso, no es extraño, como quiero resaltar en este artículo, que nuestra pobre actitud contra ellos se haya tomado venganza. Entre la pobreza y la marginalidad, el cristianismo se ha vuelto radical en esos países consumidos por el analfabetismo y la ignorancia, fácilmente manipulables por líderes religiosos que proclaman su odio contra el Sur y contra su poder omnímodo. Ante esta situación, no es extraño que individuos procedentes de países con nombres impronunciables –Francia, Reino Unido, Alemania, regiones cargadas de duros climas de nieve y de lluvias-, se hayan organizado para dañar las estructuras más esenciales de nuestra civilización, y atacar a nuestros núcleos de riqueza, poder y orgullo. La situación se ha vuelto para ellos insostenible, y bajo esa situación, no sería extraño que el fundamentalismo cristiano volviera a atacar de forma dramática y mortal. Hemos convertido el mundo en un infierno para buena parte de la humanidad que vive en él: sólo de nosotros, haciendo partícipes a otros pueblos de la riqueza que ahora poseemos, podremos poner freno a esta oleada de odio anti-musulmán, y hacer que todos nosotros podamos subsistir en paz.

            Hemos de recuperar ese espíritu, ese eje con el que hemos comenzado el artículo, Roma-Cartago, norte-sur, y que al inicio de nuestra civilización tantos buenos frutos nos procuró, e intentar que la colaboración sea la máxima que rija las relaciones de nuestros pueblos, en lugar de instigar la separación entre los mismos.

            De no hacerlo, agresiones como la de esos aviones que se han estrellado sobre las Torres Omeya en El Cairo, lejos de constituir un hecho aislado, no habrán hecho más que empezar.


Muhamed al Nimri es catedrático de Estudios Europeos por la Universidad Nacional de Túnez.

lunes, 12 de febrero de 2018

El libro de febrero: "Noli me tangere", otra perspectiva

Hace algún tiempo ya comentamos la obra "Noli me tangere", la definición de Filipinas a manos de su héroe nacional, José Rizal. No obstante, resulta interesante, a pesar de todo, traer a colación este artículo de opinión que me pidió un amigo filipino acerca de cuál fue la impresión que me produjo, como español, leer un libro sobre un escritor que le pedía a mi país que dejara de tratar al suyo como una colonia y que, si no era capaz, que le concediera la independencia. Soy testigo directo de cómo mi amigo trató esta extraña mezcla de "crítica literaria" y "sociología histórica comparada" con mimoso esmero, pero aún así, debido a dificultades editoriales a las que muchos de nosotros estamos acostumbrados, el artículo no llegó a ver la luz, motivo por el cual decido ahora mostrároslo. El texto se redactó originalmente en inglés y como tal os lo transcribo, con tan sólo alguna nota explicativa (no le vería sentido traducir un texto que se redactó específicamente para gente de otras latitudes, y hablantes de otra lengua), y a pesar de mis muchos errores semánticos y sintácticos, estoy casi seguro de que conseguiréis desentrañarlo. Otra opción, en todo caso, si veis que mi inglés o el vuestro no ayuda, es preguntarme por su significado, o aún mejor -como siempre-, os emplazo a leer el original y, como el Pierre de Menard borgiano reescribiendo El Quijote, llegar a las mismas conclusiones que yo por otro lado. Lo cual, por paradójicas que parezcan mis divagaciones, en realidad, es bastante probable, o al menos creo que no os costara demasiado.

Aquí va el texto:

How reading Noli me tangere got me closer to the Pinoys (1)

                From my years in university, when I met a group of Philippinos, I had dreamed to visit their country, but never found the right moment. So, when a couple of friends told me they were marrying in Boracay, I thought it was the perfect excuse. As I usually do when I travel, I tried to get some books that could be useful as a cultural reference. One Philippino pal recommended me the first novel of José Rizal, Noli me tangere, and I decided to follow his advice.
I must confess I did not know much about Rizal until then: I knew he was considered the father of Philippines independence and, so, Noli me tangere was a relevant book for the country, similar, for young students, to our Don Quixote. However, my knowledge ended there. In Spain, we usually analyze the independence of the Philippines from the Spanish point of view. In that version of the story, we lost the last remainings of what was, in the past, an overwhelming empire, and that fact became a national humiliation. We are conscious that we lost our empire due to our own mistakes, and, from 1898 on, we assumed we were a second-order nation in a long process of decadence. But we are never told about the vision of the same story from the Philippino side. In fact, few Spaniards know much about colonial society in Spanish empire, and I learnt nothing in school about Philippines.
I am not going to speak much about plot of Noli me tangere, because most of you already know it. From the literary point of view, I was surprised to find Rizal’s style (despite physical distance) similar to the one you can find in other European authors from same period, as Emile Zolá or Spanish writer Vicente Blasco Ibáñez -who, in fact, collaborated with the corrections of Noli me tangere-. While reading the novel, I admired ironic, quite intelligent sense of humor of Rizal, and also the modernity of the arguments he defends in the very intense dialogs of the story. As I imagine it happens to everybody, I felt impressed the first time I read about the multi-faced biography of Rizal, and cannot avoid a reaction of pain when I think on the sadness of his last days.
However, I think we all agree that the most crucial moments of the novel are those in which Rizal complains about the way Spain treats the Philippines, and claims for a change in the relations with the metropolis. I imagine that these paragraphs must look the most difficult to read for a Spaniard and, in fact, many of my friends get shocked when I say I have read a book <<against the Spaniards>>. But, on the contrary, my feeling is the opposite: I think that, after the lecture of Noli me tangere, I have found lots of things in common between Philippinos of that time and Spaniards of the same period and, even, with Spaniards of the present moment. I know this theory can look surprising, but I will try to explain it.
In his novel, Rizal talks about the way Spain administers its colonies: there, local government follows rules from the distant capital, trying to favor the interest of a short minority of the population (the Spaniards). There is an excessive authority of Catholic Church in the islands, where all what the priests demand is obeyed as law. Rizal complains about difficulty for Philippinos to earn enough under colonial system, and how poverty leads them to crime, making poor people be chased by police (in that moment, the <<Guardia Civil>>). Also, he criticizes the way Spanish authorities silence those who protest against their way to do things, employing a perverted justice to condemn critics. Rizal also underlines the division of Philippinos between those who want to maintain the old traditions, and the ones who are fighting for a new way to do things, with no real chance of progress for population.
My first impression -when I read those lines- was amazement to find an incredible number of resemblances with what I had heard about my own country in the XIXth Century. For example, in Spain we also had problems with uncontrolled power of Catholic Church in routine life and politics –some people even think it has too much yet-. Furthermore, during XIXth and XXth century, there was a great fight in Spain between liberal and conservative party about how things should be done, resulting of which no real advances could be developed for that period. In that sense, Spaniards in the time of Rizal (who, in fact, lived in the metropolis for a while) should share some common feelings with the Philippinos about Spanish regime.
But, in fact, I was surprised on how easy was to draw parallelisms with Spanish situation right now. As you probably know, Spain has been one of the most affected countries by the economic storm which started on 2007, and it is far from recovery yet. High unemployment, people losing their homes, worsening work conditions, have become the common day-to-day. What is more, in these moments, when Spaniards expected more from their country, news about corruption and how politicians make laws which are good just for a high-class elite, fill mass media. This <<cast>> is also accused of employing justice and police to protect their abusive situation against poor people. In addition, Spain belongs to European Union, and, in the last times, decisions about internal politics have arrived from distant Brussels without any chance of discussion. So, if you substitute that privileged elite we have mentioned by <<Spaniards>>, and common people by <<Philippinos>>, you have a social situation which does not differ much from Philippines in the XIXth Century.
Of course, this is a simplification. Spain has problems but, even now –although great improvement in Philippines in the last years-, they are far away from challenges that Philippinos must front in the present days. And, of course, lives of modern Spaniards are much better than the ones Rizal’s coetaneous had to develop a century ago. However, similarities are there, and also the aim of some people –as Rizal in its time- to improve situation.
As I told before, I visited Philippines recently. I was in touristic Boracay, in beautiful Taal volcano and Pagsanjan river, in surprising Bohol, and also in overcrowded Manila. I had the opportunity to contemplate by myself some of the paradoxes of the country, as watching skycrappers in Makati in the same view of slums in Intramuros. From my visit, and also from Pinoy friends in Spain, I feel jealous of the capacity of Philippinos to remain optimistic in every situation despite enormous troubles, while Spaniards complain too much about –comparatively- tiny things. In that sense, I feel Spaniards have lots to learn from our former colony.
Noli me tangere also caught me by the solutions Rizal proposed for the problems of his nation. He preferred to change things by pacific methods, and working in collaboration with his enemies, than declaring war to them. Rizal was, however, a great revolutionary, who fought hard and sacrificed much in order to get a better world. Nowadays, many Spanish civil groups are also trying to change society in a non-violent way, asking for more democracy and better opportunities for low-class people. I like to imagine that Rizal would have shared the wish for these aims.
In the end, I think another great connection between Spain and the Philippines comes from the figure of Rizal. When I look at the image of Rizal in “peso” (2) notes, I see the face of a Philippino. But, when I read his sentences, I find the prose of a Spaniard who speaks my language, has studied the same classic books, and exposes ideas who are not very different from mine. Rizal is the best example of how a man can be 12,000 km away and, however, be called your brother. I probably feel as much Spaniard as Rizal considered himself a Philippino. Nevertheless, I have clear that the nation that is formed by people like Rizal, is the one I want to belong to.

      (1) "Pinoy" es el apelativo cariñoso con el que los filipinos se denominan a ellos mismos.
(2) El peso es la moneda de uso cotidiano en Filipinas.

lunes, 5 de febrero de 2018

La historia real de febrero: beguinas

Ser mujer en la Edad Media era muy complicado. Por no decir jodido. En realidad, ser mujer es complicado en cualquier tiempo, y a cualquier edad. Pero volvamos a la Edad Media. A las obvias dificultades tecnológicas (entre otras inclemencias del tiempo o enfermedades, aunque ésas las sufrían todos), añádele también cuestiones ginecológicas, de higiene femenina, un machismo recalcitrante, y la asfixiante posibilidad de que te acusen de bruja en cualquier instantes. La mujer pasaba de ser "hija de su padre", a tener sólo tres opciones para elegir: casarse con un marido -que mandará en todo-, casarse con Dios -casi que lo mismo-, o meterse a puta, para que todo el mundo le mande. Como decimos, no era buen panorama. Sin embargo, la Edad Media, ese período oscuro donde parece que el tiempo se detuvo durante casi un milenio, fue un lapso de tiempo muy amplio, ocurrió en muchos sitios, y se produjeron de vez en cuando algunos pequeños destellos que no tuvieron que esperar hasta el Renacimiento para hacer que pequeñas cuestiones relacionadas con la vida de la gente evolucionaran a mejor. Entre estos hitos destacados, sobresale la iniciativa de las beguinas. Nadie sabe muy bien cuál fue su origen (de hecho, alguna teoría dice que la idea la tuvo un hombre), pero el concepto es aparentemente sencillo: un grupo de mujeres que no quieren casarse, que tampoco quieren meterse a monjas, y que prefieren vivir en comunidad aunque siendo siempre ellas mismas, y consagrando su vida a Dios (porque, en el católico medievo, a algo tenían que dedicarse), sólo que en forma de auxilio a los pobres, contribución en hospitales, o metiendo el cerebro, incluso, en labores intelectuales. Desde ese punto de vista, si una mujer quería vivir independientemente de los hombres y no bajo la disciplina de un convento, no era la peor opción.

Beguinario de Brujas (fotos del autor)

Lo de la disciplina conventual es importante. Las beguinas tenían sus reglas, pero no eran tan estrictas como las de las monjas, y sus comunidades eran mucho menos jerarquizadas. Vivían en los llamados beguinarios o beguinajes, unos pequeños barrios semi-cerrados situados normalmente cerca de las iglesias u hospitales donde realizaban sus labores, y aunque compartían casa (donde podían vivir un número variable de beguinas), no necesariamente tenían que dormir en la misma habitación -hay que decir que cada beguina traía consigo aquellos bienes materiales que consideraba oportuno, y las diferencias de clases sociales se marcaban mucho en la residencia de cada una. Las beguinas, como hemos dicho, a pesar de consagrar su vida a las buenas obras, no eran monjas, y podían recibir visitas masculinas, aunque eso sí, debían abandonar el beguinario antes de la noche, por aquello de las formas del decoro. Por otro lado, una mujer podía dejar de ser beguina cuando quisiera, incluyendo por supuesto para casarse (esta forma de vida, obviamente, no era compatible con el matrimonio). Los primeros beguinarios se crearon en Lieja en el siglo XII, y se expandieron rápidamente, sobre todo en el norte de Europa: el beguinario de Brujas es de los más grandes visitables, aunque los de Gante y Colonia contaban por miles sus integrantes. Tanto triunfó el movimiento, que hasta surgió uno paralelo en forma masculina, los begardos. Hasta el siglo XIV, se trató de un movimiento en expansión.

En un post anterior hablamos de las beguinas de Rostock, ninguna de las cuales ha pasado a la historia por su nombre propio. Pero en otras comunidades sí existieron beguinas famosas, particularmente aquellas (Hadewych de Amberes, Matilde de Magdeburgo, entre otras) que se dedicaron a la escritura. Su importancia es tal, que se dice que muchas lenguas modernas (flamenco, francés, alemán) empezaron a organizarse en torno a sus textos. Las mujeres de estas comunidades escribían principalmente sobre temas espirituales, y aunque no eran monjas, argumentaban estar siendo inspiradas de manera directa por Dios. Muchas de sus obras relatan sus experiencias místicas, que establecieron un nuevo tipo de fervor religioso que se hizo muy popular en aquella época. Tal vez fue esa popularidad, precisamente, lo que las condenó.

Al principio, la Iglesia toleró a este movimiento, que no le estorbaba y en principio decía servir a Dios. Pero luego, se fueron metiendo en una serie de cuestiones que a la Iglesia no le entusiasmaban, y que continuaron siendo una tumultuosa fuente de conflictos hasta que éstos implosionaron, en la Reforma impulsada por Lutero, de manera definitiva. Entre otras cosas, las beguinas, al redactar sus poemas místicos, decían comunicarse de tú a tú con Dios sin necesidad de intermediarios, cosa que a los eclesiásticos no le hacían ninguna gracia. Además, redactaban sus escritos en lenguas vulgares, no en latín, con lo cual, hacían más accesibles los textos sagrados y, una vez más, obviaban el papel de los sacerdotes en la interpretación de las escrituras (una cuestión que, también, fue fundamental a la hora de la ruptura con la herejía protestante). El punto de inflexión de las relaciones de la Iglesia con las beguinas lo marca el juicio a Margarita Porete, una mística de Valenciennes que tenía como delitos proclamar en su libro "El espejo de las almas simples" una comunión directa con Dios, y haber escrito dicho texto en francés, su lengua vernácula, actos que, como hemos mencionado antes, eran comunes a un abundante número de beguinas que, por el contrario, nunca fueron acusadas. La acusación se vuelve más arbitraria todavía si tenemos en cuenta que Margarita Porete afirmaba haber sido asesorada en sus escritos por respetadas autoridades eclesiásticas. No obstante, quizás el secreto de qué encontró realmente de satánico la Inquisición en sus páginas debamos quizás hallarlo en cierta frase aislada, en la que arroja alguna pullita hacia la forma de interpretar la Biblia por parte de clérigos y teólogos. Sea por lo que fuere, la inquisición francesa se lo toma de manera personal y presiona a Margarita Porete y a su correligionario, el begardo Guiard de Cressonessart. Este último cede y se declara culpable, pero Porete se niega a abjurar de su libro y sus ideas e incluso a colaborar con el inquisidor, por lo que es condenada a la hoguera en una ejecución en la que -dicen las crónicas- las multitud quedó sorprendida por su serenidad. Lo más paradójico de todo es que (como suele ocurrir) la prohibición de libro de Margarita Porete no consigue acallarlo: más bien al contrario, la Iglesia lo había traducido al latín para los juicios, y a partir de esa versión surgen copias en otros idiomas, entre otros en inglés. Porete ha muerto, pero callando al mensajero, su mensaje ha triunfado.

Es entonces la Iglesia tiene un problema, y como suele ocurrir con otras grandes macroinstituciones cuando se enfrentan a movimientos de amplio respaldo popular, la Iglesia emplea todas las armas bajo su mano, tanto el palo como la zanahoria. En el caso de las beguinas, para no ser menos, la iglesia vuelve a dar una de cal y otra de arena: en el Concilo de Vienne, con el caso de Margarita Porete aún coleando, las obligan a desaparecer pero, nueve años después, un nuevo papa dicen que han enmendado sus formas y pueden proseguir su labor. A partir de entonces, la biografía del movimiento de las beguinas se vuelve una historia de continuos roces con la iglesia oficial, que presiona a través de bulas y órdenes inquisitoriales. Los métodos podían ser más indirectos o explícitos: desde la prohibición de que trabajadores laicos pudieran actuar en hospitales (con lo cual privaban a las beguinas de buena parte de sus tareas), hasta confiscación de sus bienes para pasar a manos de las carmelitas, o nuevas normas que presionaban a las beguinas para ingresar en esta última orden. Ante todas estas dificultades, los beguinarios decaen y se van vaciando. Muchas de sus integrantes, con la Reforma, aprovechan para escapar de esa iglesia a la que tanto ayudaban y que ahora quiere oprimirlas. En el siglo XVIII, siguen decretándose medidas contra ellas. Es evidente para todos que la gran época de las beguinas, en fin, ha pasado.

No obstante, siguió habiendo beguinas hasta una época muy reciente. En concreto, la fecha es 2013. Marcella Pattyn, por poner nombres, había nacido en el Congo belga. Era ciega, y ningún convento quiso aceptarla. Finalmente (como en una extraña alegoría de cómo se desarrollaron los acontecimientos a través de la historia), sólo encontró refugio en la comunidad de beguinas en Gante, que aún contaba con 260 componentes. Allí, se dedicó a cuidar enfermos. Luego se mudó a Kortrijk, acompañándolas otras ocho compañeras.Todas desaparecieron hasta que ella murió, poniendo punto y final a un movimiento que entre nueve y diez siglos había durado. Una forma de liberación que se le presentó por delante a la mitad siempre menospreciada de la humanidad, la cual, a falta de otras opciones, reclamaba el derecho a no ser hijas de nadie, esposas de nadie, putas de nadie, simplemente, "mujeres". Como tenía que ocurrir, ni con eso las dejaron en paz. Sin embargo, su presencia sigue visible, en los beguinarios aún en pie, en los nombres de las calles. Unas mujeres del pasado con las que estamos hermanadas, de una manera u otra. Hoy serían voluntarias, viajeras, médicas, enfermeras, filósofas, escritoras, profesoras, trabajadoras sociales. Algunas dicen que se dedican a Dios, y otras han consagrado a la humanidad a su vida: pero no por ello dejan de ser mujeres, sin necesidad de que ningún hombre las tutele. Todavía sigue habiendo beguinas; siguen existiendo, y están al lado de nosotr@s.

jueves, 1 de febrero de 2018

La historia corta de febrero: "Hotel"

Esta noticia es real. Un hotel lanzó una oferta de empleo para la cual se requería entregar el currículum presencialmente y no online. Bajo el hotel se formó una larga cola que duró horas, con personas vestidas de punta en blanco (pues el trabajo exigía buena presencia), mientras algunos, desesperanzandos, abandonaban la fila a causa de la gran afluencia de gente. En realidad, hoy en día, con los medios telemáticos que existen, ninguna compañía requiere de tanta gente acudiendo en persona, y se cree que esto sólo era parte de una estrategia publicitaria por parte del hotel. Ante esta noticia, se leyó, en las redes sociales el siguiente comentario:

Y aquí -y seguro que también mi amiga XXX XXX-, me imagino por supuesto a Cortázar narrando una historia, con cientos o miles de parados aguardando días o semanas, montando tiendas de campaña, organizando paellas los domingos, con partidos de fútbol y de petanca, compartiendo películas en el móvil, casándose, reproduciéndose, teniendo hijos, en familias que pasarían toda la vida haciendo cola en busca de un empleo que no existe, guardando sitio en la fila por si sus hijos tienen la suerte de obtenerlo, e incluso permaneciendo allí después de haber sido reconocido el engaño, para no admitir ante sus amigos que todo este tiempo perdido ha sido un error. Mientras tanto, algún inconsciente niño contemplará desde la ventana a esas personas trajeadas, portando en una carpetita todas sus ilusiones y sueños desechados, y le preguntará a su madre: "¿Qué hacen esos?". La madre le contestará: "Buscan un trabajo, pero en realidad se están riendo de ellos". Y el niño contestará, con esa ingenuidad que anuncia verdades: "¿Y a qué están esperando para organizarse y hacer algo?".