lunes, 25 de junio de 2018

La historia corta de junio: "Traspaso"


Traspaso

            Se pasó una semana reproduciendo sus gestos más habituales delante del aprendiz, para que tomara nota:
            -¿Ves?, se coloca la mano así. De esa forma, da la sensación de que pides porque tienes necesidad, pero también con orgullo. Del tipo: “oye, yo soy un tipo con una vida muy buena a pesar de ser pobre, pero si quieres participar de ella, pues mejor para ti. Te ofrezco ser parte de todo esto, tú verás si quieres tomarlo o no”.
            Le indicó las mejores maneras de poner la gorra y de solicitar limosna. Le dio consejos sobre el vestir y la forma de hablar:
            -Se dice que el pobre en España es el único en el mundo que parece que te está regañando. Pero claro, no se tiene en cuenta tampoco que es el único país donde en cierta medida es un trabajo. Constituye, en el fondo, una exigente profesión.
            Daba mucha importancia a la transmisión de la herencia cultural del puesto. Decía: “no puede ser que nos ocurra como a éstos”. Y al decirlo, señalaba a un músico de teclado sudamericano que le daba clases al polaco que iba a heredar su sitio a la entrada de la estación del metro, indicándole qué teclas presionar para ejecutar una perfecta cumbia. En lugar de eso, el polaco, sonriente, desplegó una mazurca de su país natal que no tenía ninguna relación con la melodía anterior. El sudamericano agitaba la cabeza, entre exasperado, frustrado, y cargado de decepción.
            Cuando le hubo enseñado todo cuanto sabía, el mendigo veterano chocó las manos, afable, con el novato. Le cedió su puesto en la esquina, contemplándola con cariño –y nostalgia anticipada- una última y larga vez. Como incertidumbre final antes de separar sus caminos, el aprendiz preguntó:
            -¿Y ahora qué vas a hacer?
            El mendigo le miró con incomprensión.
            -¿Ahora? Por supuesto, morirme.
            Y se marchó caminando, calle abajo, sin volver la vista atrás.

lunes, 18 de junio de 2018

El relato de junio: "La alhaja"

La alhaja

“Había sido el blanco de una bala que había matado a su yegua bajo él, pero seis balas que atravesaban su ropa lo habían dejado indemne. Más tarde me contó, bajo estricto secreto, que trece años antes había comprado por ciento veinte libras un Corán con virtudes de amuleto, y desde entonces nunca había sido herido. En verdad, la muerte le había respetado, matando en cambio ruinmente a hermanos, hijos y seguidores. El libro que formaba el amuleto era una edición de Glasgow que costaba dieciocho peniques; pero el aura de muerte que rodeaba a Auda no permitía hacer bromas sobre su superstición”.
Los siete pilares de la sabiduría. Thomas Edward Lawrence, más conocido como “Lawrence de Arabia”.

            Era un hombre acostumbrado a convivir con el peligro. Y sin embargo, era prudente. No se llega a viejo sin serlo, no al menos si habitas en una de las regiones más inhóspitas y traicioneras del planeta, tan sólo conquistada por el desierto, matojos, y las inconsecuentes cabras. Tenía razones de sobra para permanecer cauto, porque los tres ocupantes previos de su cargo habían fallecido en su propia cama, degollados por unos sirvientes a los que obedecer a un extranjero no les hacía ninguna gracia. Él, sin embargo, se había mantenido en su puesto durante seis meses, y consideraba la situación del país estabilizada. Aún así, estaba abierto a nuevas opciones, tanto humanas como divinas. Y aunque no era supersticioso, había visto cosas que le habían hecho creer, y peor aún, cosas que le habían hecho dudar. Por eso, cuando el viejo le ofreció la alhaja (se negó tajantemente a denominarlo “amuleto”, como si aquella palabra lo depreciara), no se cerró en redondo con el escudo de la razón que suele dominar a los hombres de su país. Tan sólo preguntó si tenía algún “regalo” escondido.
            -Nada de eso, efendi… Todo verdad. El poseedor de la alhaja se vuelve inmortal frente a toda acción asesina ejercida por su semejante. Nunca morirás apuñalado, ni atravesado por una bala, ni rodarás por unas escaleras, a no ser que sea tu propio pie el que tropiece. Con este bien tan preciado, vivirás, si Alá lo ansía, quizás hasta los cien años.
            Pero el gobernador dudaba. Había leído “El diablo en una botella”, de Robert Louis Stevenson, y “La mano de mono”, no recordaba de qué autor. Y sabía que las peticiones hechas a “djinn”, genios o cualquier otra criatura mágica normalmente llevan aparejada una contrapartida, una terrorífica cláusula en letra pequeña, o una retorcida forma de interpretación que no queda revelada hasta el macabro final.
            -Ni dobleces ni medias verdades, efendi. Su vida quedará a salvo, protegida. Su piel permanecerá tan intacta como el himen una hurí. Nada le podrá pasar.
            El gobernador tenía prisa, y no insistió más. A posteriori, se arrepentiría mucho de aquella decisión. Entre otras cosas, influyó en que el extranjero era soltero, recién llegado, sin amigos ni familia a menos de tres mil millas de distancia. Le dijeron que no le iba a afectar, y no se inquietó. No se preocupó de nada más.
            El hombre, previsor, para probarlo, se puso la alhaja en el pecho y no volvió a fijar su vista en ella durante los días siguientes. De hecho, con el tiempo, cuando ya se hubo acostumbrado a su presencia, se dio cuenta de que la alhaja –que no se quitaba ni para dormir ni para ducharse- había desaparecido. En su lugar, a la altura de su cuello, había nacido una marca oscura con la forma del cordel y de la propia joya, marca que no se eliminaba con el alcohol, grasa, jabón o abundante agua. Sin embargo, no le concedió demasiada importancia al hecho. Un material de escasa calidad que se había deteriorado, colorándole la piel: ¿qué problema había de causarle?
            Aquellos años que transcurrieron fueron plácidos. Con el tiempo, el hombre sintió la necesidad de rodearse de una mujer, satisfacción que combinaba muy bien con la obligación política de sellar la paz con ciertas tribus a la manera tradicional, es decir, mediante un matrimonio con princesa de dinastía reinante. La fecha que conoció a su futura esposa –que fue el mismo día que su boda- se quedó helado: no sabía que pudiera haber hembras tan hermosas, de razas tan dispares a la suya, sobre la faz de la Tierra. Fémina que, además, tuvo la virtud de concederle dos hijos preciosos, moreno (como hijo de su madre) él, rubia y de ojos azules (como hija de su padre) ella. ¿Era concebible mayor forma de felicidad?
            Así hasta que, en cierto momento, la fiebre de sangre que periódicamente recorre las áridas llanuras de esta desolada región se elevó de nuevo, y surgieron las conspiraciones y los levantamientos. El primer conato de incertidumbre lo encontró el gobernador cuando, en cabeza de su ejército durante la batalla (como hacía siempre, para insuflar los ánimos de sus hombres, tal y como practicaba en su día sobre estas mismas tierras Alejandro Magno), ante una ráfaga de descargas de artillería, no falleció él, pero sí los escoltas que le acompañaban a ambos lados. Lo tomó como una casualidad afortunada (o aciaga) del destino y de los azares de la guerra, y poco más. No le quiso dar mayor relevancia.
            El siguiente incidente, no obstante, no lo pudo obviar. Mientras salía a pasear por el patio de su palacio, bien temprano por la mañana (tal era su costumbre), portando a su hijo en brazos, una maceta fue mecida por el viento de manera descuidada y se precipitó sobre él. En medio de aquellos segundos fatídicos que sabía que marcarían el resto de su vida (en aquel momento la creyó muy corta), lo único en que pensó fue en salvar a su retoño, y quizá por eso la maceta le encontró en esa posición, protegiendo a su hijo, y el obús accidental impactó de lleno sobre la parte superior de su cabeza. Para su sorpresa, el gobernador no sintió la muerte, ni apenas dolor, pero sí pánico cuando se apercibió de que, bajo sus brazos, su hijo no daba señales de hálito: tenía el cráneo reventado. Los doctores le explicaron que, por una milagrosa consecuencia de la física, tal vez la fuerza del golpe se había transmitido a través de su cuerpo, y la peor parte se la habían llevado los jóvenes tejidos de su hijo, más frágiles. No obstante, en algún oscuro rincón de su mente, nuestro hombre ya estaba empezando a intuir la verdad.
            De hecho, se encontraba barruntando ese mismo misterio semanas más tarde, cuando llegó el inesperado ataque. Alguna de las facciones que habían caído derrotadas durante la refriega de la estación anterior habían puesto precio a su cabeza, y se habían infiltrado entre sus hombres y en su casa. Aprovecharon la oportunidad en el patio interior de aquel palacio que un día perteneció a reyes y ahora era suyo, un día cuando se hallaba yaciente a la sombra de un banano, holgando sobre su hamaca. Un criado que creía fiel sacó de ninguna parte un cuchillo (escuchó más tarde que sus enemigos se cercenaban ciertas partes del cuerpo para así ocultar de manera más subrepticia las armas) y le asestó repetidas puñaladas sobre pecho y abdomen. Sin embargo, la daga le atravesó como si se tratara de un arma de mentira. Ante la mirada de estupor de su atacante, el gobernador, igual de estupefacto pero rápido de reflejos, le atrapó de la nuca y le retorció el cuello. Luego, temiendo lo indecible, subió al piso de arriba para ver si su mujer, que en aquel momento estaba tomando un baño, se encontraba en buen estado. La descubrió con un brazo por fuera de la bañera, que estaba prendida del intenso color de la sangre, la cual aún manaba a borbotones de las mismas heridas que, sin embargo, en él, no habían llegado a sangrar.
            El hombre hizo con precipitación las maletas, dejando preparado lo mínimo (apenas una carta y un par de instrucciones más básicas; entre otras, “no te fíes de los comerciantes”) a quien suponía que acudiría para ser su sucesor. No era tan iluso como para creer que localizaría al vendedor que le encasquetó la alhaja por el camino: el mundo era muy ancho, y ofrecía múltiples escondrijos para aquel que no pretendía ser hallado. Además, no se imaginó que le fuera a decir nada muy distinto a lo que entonces ya sabía. Sólo pensó en protegerse y, sobre todo, en proteger a su jovencísima hija. Desconocía cómo funcionaba exactamente esa maldición que ya de manera imborrable acarreaba, pero se figuró que la única manera de escapar de ella era refugiarse en un lugar lo suficientemente lejano como para evitar que nadie les hiciera daño. Por fortuna, había miles de kilómetros de desierto. Durante el viaje, realizó un pequeño experimento: viajaron en dos caravanas separadas, con su hija a cargo de una nodriza y de un grupo de camelleros que tenían prometida una gran recompensa en cuanto se reencontraran, y en cambio una implacable persecución si algo le ocurría a la niña. Durante ese viaje, el antiguo gobernador trató de arrancarse la marca del amuleto con la uña, pero no consiguió siquiera hacerse sangre: en cambio, cuando volvió a ver a su hija, ésta tenía unas diminutas pero claras marcas en el pecho, como si alguien hubiera estado tratando de hurgar hacia su interior. Quedaba claro –aparte de que no iba a ser tan fácil librarse de aquello- que la maldición, o como quiera que quisiera llamarse, no era una mera cuestión de distancia física. En el desierto, el hombre se adentró lo más hondo que pudo y conformó, dentro de una inexpugnable cueva, lo más parecido que podía hacer creer a una niña de pocos años que se trataba de un hogar. En torno a él, aisló toda posibilidad de criaturas que tuvieran la capacidad de hacerles daño. En la soledad del desierto, como uno de esos profetas reverenciados, tenía mucho tiempo para pensar. Durante una de sus largas caminatas en busca de comida, meditó acerca de posibles soluciones. Tal vez debería volver a su tierra, donde tenía familia y colegas que pudieran sustituir a su hija como receptor del castigo en el caso de que el mal que le aquejaba siguiera su curso. Sin embargo, no sabía si esto funcionaría, y marchar a su país natal, con todos los obstáculos en el camino, se le antojaba harto peligroso. Quizás, con el tiempo, cuando la niña creciera… Mientras paseaba, se dio cuenta de que tenía sobre el dedo pulgar del pie, adherido, un escorpión. Estaba muerto, mas en su postrer estertor le había clavado el aguijón. Ni tan siquiera había sentido la picadura. Tuvo un fatal presentimiento. Volvió a toda velocidad a la cueva. Cuando llegó, ya era tarde: la pobre niña yacía hinchada y con la cara enrojecida, aunque tenía una expresión de beatitud en el rostro, como si no hubiera padecido ni una mala sensación. Eso, al otrora señor de aquella vasta extensión de tierra, no le sirvió para impedir derramar ni una sola de (las que siguieron) innumerables lágrimas.
            Luego viajó. Viajó mucho. Se refugió en las montañas, donde no podía ver a seres humanos -salvo muy ocasionalmente- en kilómetros a la redonda. Se enfrentaba a animales con las manos desnudas y no moría. Se vestía con sus sangrantes pieles, aunque no para protegerse del frío (que no le importaba y apenas lo sentía) sino para averiguar si vivir rodeado de mugre animal podía hacerle enfermar y fallecer. Huelga decir que aquello nunca funcionó. Vivió aislado de todo y de todos, huidizo la mayor parte del tiempo de las poblaciones y transeúntes humanos. Los pocos moradores de aquellas tierras que le avistaron designaron un nombre para él, el de barmanu. Cuando en los inviernos le veían cargado de nieve hasta arriba, sobre la cabeza y hombros, cubierto de pelo y garras de los abrigos que vestía, se inventaron una expresión aún más sórdida: no hacía falta añadir el adjetivo “abominable” si lo que pretendían era mortificar…
            Un día bajó al pueblo en busca de comida. El hambre le daba igual (de hecho, ojalá le matase), pero volver a emplear el sentido del gusto le abstraía de la cotidianidad. Atemorizados por su sola figura en la distancia, los aldeanos huyeron y le dejaron acceder por cualquier recoveco. En una taberna, tuvo acceso al periódico. Hacía años que no veía uno de éstos. Armado con una taza de café, él, que había dirigido ejércitos y creado las noticias, se puso a repasar ejemplares atrasados. Para su sorpresa, encontró una mención a su apellido: el linaje familiar le perseguía, aún en esta remota región del mundo. Un primo lejano había fenecido a una edad impropia, por una causa de muerte poco plausible. El antiguo gobernador se preguntó si eso sería por su culpa. Se preguntó si, con el paso del tiempo, irían falleciendo todos sus allegados, no sabía si por orden de sangre, de distancia física o por afinidad mental (hasta tal punto seguía ignorante de su nueva condición: la verdad es que no tenía ganas, paciencia ni valor para hacer más experimentos al respecto). De repente, se dio cuenta de que recordaba de una manera distinta la muerte de sus abuelos y padres. ¿Habían fallecido antes de lo que les tocaba, de manera retroactiva, a consecuencia de sus actos? Quizás, si conseguía acumular las suficientes muertes encima, llegaría un momento en que acabaría con sus ancestros antes incluso de que pudieran engendrar a los que más tarde le darían a él a luz. ¿De ser así, acabaría con su sufrimiento? No lo sabía: lo mismo aquella formar de liquidar a sus antepasados era sólo un delirio de su imaginación, y acababa viviendo una existencia larga y tediosa mientras iban cayendo uno por uno los descartables seres humanos que se situaban a su alrededor. Puede que de esta manera –dijo el hombre que un día fue feliz- sea como se extingan las civilizaciones, y como se formen en origen los desiertos…
            Sea como fuere, nunca tuvo manera de averiguarlo. Un día apareció muerto, sin que desde fuera hubiera modo alguno de desentrañar si lo había hecho bajo acción de un hombre, de un animal o bajo su propia mano. Ninguna de las criaturas que se topó con el cadáver tuvo valor de acercarse; todas dieron un rodeo para no tenerlo que tocar.

lunes, 11 de junio de 2018

Las sugerencias de junio: una lista de libros y películas para recomendar sin deciros nada sobre ellas

Como el propio título ya es autoexplicativo, no añadimos mucho más: una serie de títulos para los cuales es conveniente saber que, cuanto menos hayáis oído hablar de ellos (aparte de que merece la pena atenderlos), mucho mejor. Aquí va la lista:

-La película "Peacock" ("El misterio de Peacock"), del director Michael Lander.
-La película "Small apartments" ("Mi vecino el asesino"), del director Jonas Åkerlund.
-Las novelas cortas "El barón rampante" y "El vizconde demediado", de Italo Calvino.
-El relato "El hombre dorado", de Philip K. Dick (en él se basó la película "Next", pero no hagáis caso: como si ésta no existiera).
-El juego de Ender: No es que para empezar "El juego de Ender" haga falta abstraerse de cualquier reseña (de hecho, en este blog se intentó, incluyéndose una sinopsis de la segunda parte), pero sí que es de los libros donde hay que insistir mucho en que no te cuenten el final. También vale para la película del mismo título, muy recomendable también (pero, como casi siempre, el libro es mejor).
-El libro "El bibliótafo", de León H. Vincent. No es que requiera muchos secretos, pero el libro se introduce a sí mismo desde la primera hoja, así que, ¿por qué añadir una innecesaria explicación?
-"Mil coses que faria per tu" ("Mil cosas que haría por ti"), la opera prima en el cine del catalán Didac Cervera, no inventa nada nuevo pero presenta una original y fresca forma de hacer comedia. De la que, por razones de argumento, mejor que no os comente nada más.

He aquí una primera lista. Habrá más...

viernes, 1 de junio de 2018

La historia real de junio: reflexiones sobre la ley y el papel de la mujer en nuestra sociedad


Valga como reflexión general y muy inconcreta.
Hubo un tiempo en que me planteé ser abogado. Lo deseché porque me disgustaba la idea de vivir en un mundo de perenne enfrentamiento. Con el tiempo he aprendido que hay cuestiones que sólo pueden valorarse desde el punto de vista del todo, y otras, desde el de la parte.
Sin saber demasiado de derecho, de lo poco que leído me produce la sensación de que hay múltiples formas de equivocarse. Una de ellas es basar la ley de manera excesiva en la pasión e irracionalidad humanas. Este abuso (que una lectura que me llamó la atención definía como un exceso en la doctrina de la ley natural) lleva a cosas como las turbas y los fundamentalismos.
Luego (y que me perdonen los expertos, que seguro que por algún lado derrapo) está el positivismo, que dice que lo único real es la ley. Esa doctrina te elimina factores religiosos, pero llevada al absoluto, también produce sus demonios. Desde ese punto de vista, los crímenes de los nazis son casi todos legales porque se cometieron bajo las leyes presentes en ese momento. El hombre (y la mujer) se convierten en robots que cumplen y son oprimidos bajo la bondad o injusticia de la ley.
Y luego está la interpretación. Ese sentido común, esa fraternidad que se supone que tendría que llevar al equilibrio. Y el arma más retorcida cuando así se quiere aplicar, pues el papel aguanta cualquier absurdo, equilibrismo o ficción
En España creo que hemos tenido en exceso errores de ley natural, de positivismo y, desde luego, de interpretación de la ley. Sumado todo ello a la injerencia del poder político en un país cuya constitución no nombra la separación de poderes, y a la pobre, además de cegarla, la secuestra.
De tantos problemas, habrá que fijarse en los detalles de cada uno y pensar soluciones. Yo, por mi parte, pienso en aquel rey del Principito que decía que si ordenaba a sus súbditos una orden que ellos no podían cumplir, entonces era que la culpa era suya. Y se me ocurre que la ley, y la forma de ejercerla, fue creada por el hombre para servir al hombre: para hacernos más libres, más humanos, más justos. Para darnos seguridad y protegernos, pero también para impedir que aplastemos a otros. Si no consiguen ese propósito, si atienden menos a requisitos o ruegos reales que imaginarios, entonces no es la ley la que sirve al hombre (o la mujer, o el niño, o la gente de cualquier raza o confesión), sino que esos colectivos viven esclavos de la ley. Y por tanto (es la mayor conquista que ha logrado el ser humano) tenemos el derecho y el deber de cambiarla.
Quizás lo que tengan en común el derecho y la literatura sea ese consejo de George Orwell sobre que ciertas leyes de la escritura debes seguirlas, hasta que resulta más conveniente romperlas y olvidarlas.

(Esta reflexión se publicó en Facebook el 27 de abril de 2018, en el perfil de Emilio Tejera)



Una sociedad secreta, con todos sus miembros vestidos de negro. Formada por inquisidores, médicos, jueces, curas, burgomaestres, abogados, incluso alguna mujer. Que encierran desde que son larvas a las hembras en cámaras umbrías, que las atan, una cuerda en cada extremidad, de techo y paredes, y las mantienen allí durante años, hasta que toca servir como incubadoras humanas y, mientras tanto, pueden utilizarse como herramientas del placer, carne muerta para el desahogo. Y, para proteger a los miembros de nuestra hermandad, disponemos la estructura de la sociedad para ellos, elaboramos las leyes para ellos, disponemos las oportunidades para ellos, incluso sacrificamos a nuestros propios retoños, en ocasiones alguno de los chicos, pero qué le vamos a hacer, en otros momentos nos hemos beneficiado, y la rueda tiene que girar... Una sociedad distópica como ésta recuerda a historias como "Déjame salir" o "El cuento de la criada", tan extremas que alguno puede descalificar tachándolas de paródicas, diciendo: "Eso no es exactamente así, eso no podría pasar".
Pero, entonces, ¿por qué de vez en cuando nos comportamos de esa manera?
Portada de "El martillo de brujas", o "Mallus Maleficarum".



(Esta reflexión fue originalmente publicada en Facebook el 3 de mayo de 2018, en la página de escritor de Emilio Tejera Puente).

La veo en un bar de carretera, de tantos que hay por ahí en España. Una camarera de mediana edad y aspecto de ajada, quizás porque el maquillaje de la cara no ha conseguido el objetivo que tenía al aplicarse sobre esos moratones que tendrán uno o dos días de duración, y cuyo propósito era contrarrestar. Hacer como que no pasara nada, pese a que ella lo sabe, que el hijoputa lo sabe, que sus compañeras de trabajo lo saben, que los clientes lo sabemos, vaya que si somos conscientes de ello, y todo eso unos cuantos días después de una de las sentencias más polémicas sobre violencia de género que ha sacudido España, y aquí estamos, en mitad de Castilla profunda, a pesar de todo lo que ha llovido y se ha protestado, y la mujer con el maquillaje y el hipoputa seguramente tan campante, en efecto, como si no pasara nada, porque en este país no se sabe lo que tiene que pasar para que deje de pasar nada. En encrucijadas como ésas estamos. En medio, me preguntan: "Dice una amiga que si le recomiendas algún país donde pueda viajar una mujer sola" y, qué quieren que les diga, no sé qué contestar.

lunes, 21 de mayo de 2018

El relato de mayo: "Baja laboral"

Baja laboral.

            -Buenas –dijo la médica.
            -Buenas –respondió la señora, de edad ya madura, nerviosa, tratando de cotillear el expediente que la facultativa tenía entre manos.
            -Veo que usted pidió una baja laboral porque la postura a la que le obliga su trabajo le deja fatal la espalda, ¿no?
            -Es así, doctora.
            -¿Y qué tal andamos de la espalda?
            -Igual, doctora, igual que antes. Me sigue doliendo una barbaridad.
            -Pues por lo que veo –leyó la mujer-, en su puesto laboral dicen que no hay manera de ni de modificar sus funciones, ni tampoco de trasladarla… Así que hasta que no mejore usted del todo, me parece que vamos a tener que prolongar la baja un poquito más…
            La señora adoptó una expresión decepcionada.
            -Verá, la cuestión es que…
            Había un asomo de vacilación en su mirada. Sin embargo, la preocupación derrotó a la vacilación.
-Verá, doctora, yo es que no me puedo permitir estar más de baja. Es que el bolsillo no me da para más…
            La médica enarcó una ceja.
            -Bien, yo sé que ahora, con esta reciente ley, cuando se está de baja no se cobra el sueldo completo, pero a pesar de todo…
            -No, no, no me entiende usted, doctora.
            La paciente dudó un momento antes de proseguir.
            -Verá… -enunció finalmente-. Yo he sido siempre una persona muy activa. Si no trabajo, pues excursión al campo, si no, un viaje, cualquier cosa. Pero claro, ahora que por la baja tengo que estar en mi casa quieta, pues primero me dio por cambiar los fogones de la cocina. Y luego la encimera. Y como el color de la encimera no cuadra con la pintura de la cocina, pues…
            Enorme suspiro.
            -… pues he tenido que pintar la cocina entera.
            La médica la miró de manera muy seria.
            -¿Por dónde van ahora?-inquirió.
            La mujer suspiró azorada.
            -Estamos cambiando los cuartos de los niños, y el mueble de la impresora. Y vamos a comprar una impresora nueva –reprimió un sollozo-. Y un ordenador…
            -Pero sus hijos…
            -Viven fuera de casa. Y ahora, dicen que no se quieren acercar porque están cansados de elegir entre muestras de azulejos.
            -Y su marido, ¿qué opina de todo esto?
            -Mi marido me rehúye porque dice que desde que estoy de baja ya no puede irse con los amigos al bar o dar sus excursiones en bicicleta, sino que se pasa el día en Ikea, en Mundo Hogar…
            La mujer emitió un quejido desesperado.
            -Doctora, de verdad, que yo la baja no me la puedo permitir…
            La doctora la miró muy seria. Revisó una agenda que tenía sobre su mesa.
            -¿Ha pensado alguna vez en redecorar inmuebles ajenos?
            La señora se encogió de hombros. La médica descolgó el auricular del teléfono.
            -¿Oye, cariño? Mira, ¿te acuerdas de lo que hablamos de darle una vuelta al piso? Sí, apunta; el martes… ¿le viene bien el martes?-volvió la cabeza hacia su paciente.
            -Sí, sí –asintió la señora, solícita.
            -… eso, el martes. Pues cariño, cuando llegue…
            A la paciente, los ojos le brillaban con una expresión incontenible de felicidad…

lunes, 14 de mayo de 2018

La historia corta de mayo: "Ahí pone..."

Inspirado por mi musa a tiempo completo.

En realidad, si uno lo piensa bien, es muy gracioso.

La orden llegó desde arriba: en el Peñón de Gibraltar, debíamos llenarlo todo de "donkeys". Ya sabe, burros en inglés -porque la orden, ya se lo habrá imaginado, llegaba de Gran Bretaña-. Hacían falta "donkeys", claro, porque se suben a cualquier lado, incluyendo a los escarpados riscos del peñón, transportan cualquier carga, por muy oneroso que sea el movimiento, y constituyen al final un medio de locomoción fiable. Por eso, desde arriba, tenía mucha lógica llenar Gibraltar de burros.

El problema es que la orden llegó a un responsable del servicio correspondiente en el Peñón que era muy puntilloso con las normas. Ya saben, un oficial de la vieja escuela, de "lo que me han ordenado va a misa" y todo lo demás demás. Por eso, cuando leyó el documento, escrito a mano de cualquier manera por un ministro que tenía que encargarse de otras treinta cosas ese mismo día, el responsable del servicio se lo encasquetó a su asistente, diciendo:
-Monkeys [monos]. Tenemos que conseguir monkeys.
El subalterno leyó el papel con cuidado y repuso:
-Mi coronel, ¿no es más probable que diga que debemos adquirir donkeys? Tendría más lógica, ¿no? A lo mejor es que no ha entendido bien la letra. O resulta que se trata de un error.
El coronel, irritado por la interrupción en la cadena de mando, volvió a leer el papel, tratando de desentrañarlo como un forense delante de un cadáver autopsiado y, tras mucho bizquear los ojos y fruncir las cejas, finalmente estalló:
-¡Ahí pone monkeys, y monkeys es lo que habrá que obtener!
Y ésa es la razón por la que tenemos monos en el Peñón, mi general.

martes, 1 de mayo de 2018

Los libros y la historia real de mayo: cinco visiones literarias (y otras tantas artísticas) sobre el 2 de mayo

Llega la efeméride del 2 de mayo, en la cual se conmemora el levantamiento de la población madrileña contra las tropas napoleónicas en 1808, y vuelven con la precisión de un reloj los homenajes y comentarios políticos (la mayor parte oportunistas) al respecto. Coincide también con una época en la que he tenido la ocasión de documentarme a fondo sobre los sucesos que acontecieron aquel día, incapaz todavía de asimilar que buena parte de las esquinas y portales que pueden pasearse por el centro de las calles de la capital fueran testigos de una feroz conflagración, y que no hace falta irse a Austerlitz o a Waterloo para contemplar en vivo y en directo el escenario de campo de batalla. No obstante, y a pesar de haber muchos (y sin duda muy exhaustivos) textos históricos sobre esta jornada, no son tantas las referencias -para lo que implicó el hecho- desde el punto de vista del amante de la literatura. Para aquel intrigado que quiera conocer más acerca de aquella jornada y de lo que se ha escrito por parte de escritores españoles sobre ella, ofrezco unas cuantas recomendaciones que quizás puedan ser de utilidad:

-"Cartas de España" ("Letters from Spain", aunque yo lo traduciría como "Cartas desde España"), de Blanco White: José María Blanco White, nacido como Blanco Crespo, era un español de ascendencia irlandesa, ilustrado, anglófilo y crítico con la España de su tiempo (en particular de la arcaica sumisión de individuos e instituciones a la iglesia católica), quien acabó refugiado en Inglaterra -sus opiniones demasiado independientes siempre acababan resultando, tarde o temprano, incómodas para las autoridades de cualquier nación-, donde escribió unas "Cartas de España" que reflejaban muchas cuestiones sociales, políticas y culturales de su país nacimiento, incluyendo uno de los pocos relatos en primera persona -por parte de un escritor- de los acontecimientos del 2 de mayo. En realidad Blanco White no puede narrar mucho, pues, inconcebible para él la noticia de que un batallón militar francés había tiroteado en masa al gentío español en la Plaza de Oriente (fue la respuesta francesa al ataque a varios soldados franceses perpetrado por unos pocos exaltados españoles; a partir de entonces, sin embargo, aquella matanza dio pie a la insurreción), el escritor hispano-irlandés salió para comprobar qué había pasado, y al ver con sus propios ojos que una columna de soldados extranjeros se desplazaba ocupando toda una calle con el objeto de disparar a quien se asomara, marchó corriendo a su casa como alma que llevaba el diablo, de donde no salió hasta que se tranquilizó la cosa, lo justo para dar una vuelta y poder vislumbrar el cadáver del héroe del día Luis Daoíz (el capitán al mando del parque de artillería de Monteleón, el único donde las tropas militares españolas opusieron resistencia a los franceses) cerca de la casa que este último tenía cerca de la hoy Plaza del Callao. Sin embargo, a pesar de lo sesgado del testimonio Blanco White, resulta muy útil en el sentido de que es una de las visiones más accesibles que tenemos de alguien que vivió el fenómeno desde dentro.

-"El 19 de marzo y el 2 de mayo": forma parte de uno de los Episodios Nacionales de Galdós, donde estos acontecimientos cruciales no podían faltar dentro de la crónica que el canario afincado en Madrid realizó sobre buena parte de la historia española. Galdós se inventa una narración que le cuadra de manera idónea para que el protagonista de nuestra historia se halle presente tanto en los acontecimientos del 19 de marzo en Aranjuez (donde, durante el famoso motín, los partidarios del rey Fernando VII asaltan la casa del valido Godoy) como en los del 2 de mayo en Madrid, adonde hemos seguido a nuestro particular héroe para intentar evitar que su amada -por la que nos pasamos angustiados buena parte de la narrativa- se case contra su voluntad con un viejo avaro y mezquino. El problema es que el 2 de mayo acaba envolviéndolos a todos, y aquí Galdós también refleja una visión parcial (al depender del punto de vista de un solo protagonista) pero muy representativa de lo que debió de ser aquella jornada, enfocando los sangrientos enfrentamientos que tuvieron lugar a lo largo de unos pocos pero muy furibundos bloques de la calle Mayor, en callejones, azoteas, balcones y casas particulares. Seguiremos de hecho al personaje principal hasta el 3 de mayo y sus fusilamientos, momento en el que el por el común realista Galdós se pone el traje romántico y nos dejará vibrando y estremeciéndonos hasta el final.

-Hace algunos años, coincidiendo con los fastos del centenario del 2 de mayo, la publicación de un libro, "1808, el 2 de mayo, tres miradas", lamentablemente prologado por la inefable Esperanza Aguirre -ya decimos que, en este tipo de ocasiones, casi todas las declaraciones de políticos son oportunistas- trataba de agrupar los textos literarios en torno a esta conmemoración, y como no hay demasiados, junto a la sección de las "Cartas de España" de Blanco White que tratan sobre el tema y el Episodio Nacional de Galdós, se incluía "El siglo de las luces" de Alejo Carpentier, que en su día comentamos. Precursor del realismo mágico (modificó completamente la composición de "Cien años de soledad" cuando García Márquez lo leyó), de hondas profundidades de vocabulario y una complejidad estructural como la de una catedral gótica, el libro trata en su inmensa mayoría de las consecuencias de la Revolución Francesa en la zona del Caribe, pasando por la Francia revolucionaria y, en un breve apartado durante un colosal cierre de círculo, con el 2 de mayo español. No es mucho (apenas ocupará unas pocas páginas del extenso libro) pero, procediendo de la magistral prosa de Carpentier, causa una prodigiosa impresión, viene muy a cuento y refleja, como en el texto de Galdós, cómo todas las historias individuales que se desarrollaban aquel día, cada una a su manera, fueron interrumpidas de manera súbita, independientemente de su origen, por la fuerza de los acontecimientos: alterando para siempre sueños, anhelos, posibilidades y cualquier otro posible final.

-"Un día de cólera", de Arturo Pérez Reverte. Es sin duda el intento más sistemático, minucioso y (al menos, desde la perspectiva del lector aficionado) rigurosamente documentado en detallar lo que aconteció en cada esquina, por parte de cada individuo que participó en la lucha. Al menos, de los que ha quedado constancia histórica, dentro de la evidente imposibilidad de registrar la verdad absoluta después de tan colosal maremágnum (como ocurre, por ejemplo, con las distintas versiones de la muerte de Manuela Malasaña). El escritor cartagenero se enfunda el mono de periodista de guerra y bucea en las fuentes para encontrar las historias personales (con nombre, profesión, edad, estado civil) de los que vivieron y murieron aquel acontecimiento, dentro de las cuales encontramos auténticas maravillas -flechazos de amor, resurrecciones casi milagrosas, monjas lanzando estampitas a los soldados españoles, mozas guerreras, inéditas escenas de solidaridad, una mujer cantando una copla en mitad de un combate- que sólo pueden pasar en la guerra, y que sólo podrían ocurrir en España. Mi consejo es leer este libro con un mapa al lado (incluso aunque la geografía de Madrid haya cambiado , en parte influida por los acontecimientos de aquel mayo), para seguir las evoluciones por las calles de los distintos estamentos sociales, culturales y profesionales que sufrieron el impacto de los hechos, y de cómo éstos (de manera muy diversa, en buena parte en función de su decisión individual) los afrontaron. La obra de Reverte deja, como él mismo advierte, muy poco resquicio a la imaginación, salvo para aprovechar algunas reflexiones de los protagonistas acerca de las diversidad de motivaciones planteadas (palpable la brecha entre ilustrados, dirigentes y clases populares), y también sobre la negra dicotomía a la que se enfrentaba e esos momentos España. En definitiva, un buen texto para plantearse uno su propia ruta (aunque siempre pueda contratarse) sobre los lugares que aquel día hicieron historia en Madrid.

-"1808 Madrid". Novela gráfica, elaborada por Juan Aguilera y Julián Olivares, llevada a término gracias al crowfunding, que, si no aporta gran detalle histórico comparado con los relatos arriba mencionados, sí resulta un diáfano reflejo en imágenes de lo que debieron de constituir aquellos días. Una somera y sencilla introducción que puede servir de preámbulo a otro tipo de publicaciones de mayor calado sobre este asunto.
Una página de "1808 Madrid".

No podíamos cerrar este post sin la visión pictórica, elaborada por algunos de los pintores nacionales más relevantes de aquel tiempo y épocas posteriores. Entre otros, destacamos:

La carga de los mamelucos, de Francisco de Goya. Refleja uno de los momentos más agobiantes, en las que una carga de mamelucos egipcios bajo mando francés bajaba por la carretera de San Jerónimo para desembocar a la Plaza de Sol, donde tenía lugar un choque brutal entre militares napoleónicos y ciudadanos españoles, los cuales, a navajazos, degollando a los jinetes o rajando las tripas de las bestias -tras entrecruzarse entre las piernas de los caballos-, montaron auténticos estragos que obligaban a la caballería a refugiarse hacia la calle Alcalá. Sin embargo, la carga de mamelucos no cesaba, por lo que, a pesar del altísimo número de pérdidas francesas (no se lo esperaban, nunca el ejército imperial había sufrido tanto: fue el primer anuncio de su eclipse), al final fueron barridos los españoles, quedando la plaza del Sol sembrada de cadáveres. Entre los fallecidos, del jefe de los mamelucos y héroe de Austerlitz Mustafá, pasado a cuchillo entre un par de paisanos españoles.


Defensa del parque de artillería de Monteleón, por Joaquín Sorolla. Dicho parque de artillería era prácticamente el único donde, merced a movimientos previos por parte de unos cuantos oficiales locales que planeaban una revuelta contra los soldados franceses (quienes, lejos de actuar como supuestos colaboradores, se comportaban como un ejército invasor en un país ocupado), se almacenaba armas a disposición de los militares españoles, pues había orden de que estos últimos no tuvieran munición para así prevenir posibles revueltas. El hombre a cargo del parque, por pura cuestión de azar, era el templado capitán Luis Daoíz, a quien el capitán Pedro Velarde (firme defensor de la acción armada, mientras que su amigo Daoíz, aún partidario de hacer algo, era bastante más escéptico) convenció a pesar de sus dudas para entregar armas a la población madrileña -algún otro cuartel lo hizo, aunque en menor cantidad- y, sobre todo, organizar la defensa en torno al parque de artillería, donde, con unos pocos militares y muchos indisciplinados pero atrevidos civiles a su cargo, Daoíz y sus camaradas consiguieron, frente al ejército más poderoso del mundo, detener a los franceses durante buena parte del tiempo, sangrarles a bajas, e incluso hacer centenas de prisioneros, pero no logró su objetivo principal (aunque muchos defensores ya intuían que utópico), que era incitar al resto de los militares de la capital a la revuelta. Pese a todo, los hechos de 2 de mayo sí consiguieron prender esa mecha, en los días siguientes, en el resto de los lugares de España, iniciándose "de facto" la guerra de independencia. Daoíz y Velarde murieron en el sitio, y hoy de ese parque sólo queda la puerta principal, bajo la cual se aposentó uno de los cañones. Esa puerta forma hoy el arco monumental más destacado del área que quedó después, rebautizada como "Plaza del 2 de mayo", y que hoy contiene las estatuas de Daoíz y Velarde en el que momento en que juran resistir hasta el final. Las calles que desembocan en la plaza marcan el camino que siguieron, durante el continuo hostigamiento al parque de artillería, las huestes de infantería francesa.


Malasaña y su hija batiéndose contra los franceses, de Eugenio Álvarez Dumont. No es Sarajevo ni Bagdag, es Madrid, en un combate sangriento, calle a calle, plaza a plaza. Como hemos dicho antes, sobre el final de Manuela Malasaña (joven madrileña de 17 años que falleció aquel día) hay controversia. Unos dicen que ella se encargaba de llevarle cartuchos a su padre, combatiente en aquella jornada en los alrededores de Monteleón, y que la mató un disparo francés. Otros, en cambio, que ella volvía del taller de bordado donde trabajaba y, tras ser asaltada por una patrulla francesa, éstos encontraron sus tijeras de costura (con las cuales, según cierta versión, trató de defenderse), motivo más que suficiente según las ordenanzas francesas para acusarla de portar armas, y por ello la ejecutaron. En todo caso, el deceso de aquella joven muchacha, conocida y apreciada en el barrio, motivó que el nombre de este último, el de Maravillas (donde se alojaba el parque de Monteleón), acabara modificándose hasta convertirse en el hoy vanguardista barrio de Malasaña.

Los fusilamientos del 3 de mayo, de Francisco de Goya. Joachim Murat, el hombre de Napoleón en España, no escarmentaba, y siguió en sus trece: si la matanza masiva en la plaza de Oriente (planeada en cuanto hubiera una excusa, con el fin de domeñar a la población, como ya había logrado el ejército francés con éxito con descargas similares en El Cairo y otras ciudades) sólo tuvo como fruto alentar más rabia e insurgencia, el aspirante a ser investido rey de España pretendió que la represión ante la revuelta española fuera ejemplar, y en la madrugada del 2 al 3 de mayo se fusiló, y mucho, dentro de la Iglesia del Buen Suceso (entonces enclavada en la zona oriental de la plaza del Sol), en el Paseo del Prado (justo donde hoy se levanta el mayor monumento a los caídos del 2 de mayo, y donde reposan los restos de Daoíz y Velarde), y también en la montaña del Príncipe Pío, no muy lejos del Cementerio de la Florida donde acabaron los restos de varios de los fusilados (una placa, y unos azulejos con el cuadro de Goya decoran el sitio), y también a poca distancia de la Ermita de San Antonio de la Florida donde hoy descansan los huesos del genial sordo aragonés. Hay muchas dudas sobre si Goya observó en directo los fusilamientos, si lo hizo de cerca o con un catalejo, si se pasó a posteriori por el lugar para observar los cadáveres o si permaneció todo el rato en su casa, sitauda en las proximidades de la Puerta del Sol. Lo que sí se que se conoce es el drama personal que vivió a causa de la contienda posterior, reflejada en sus "Desastres de la guerra", y la lucha interior que le desgarraba: entre una Francia ilustrada a la que el pintor desearía que España se pareciera más (pero que, contrariamente a sus deseos, trataba con violencia e injusticia irracionales a la nación sometida), y su propio país, ignorante y testarudo, condenado bajo el yugo de una Inquisición anacrónica (excelentemente reflejada por Milos Forman en la estupenda "Los fantasmas de Goya", ambientada en esta misma época) y una anquilosada monarquía reaccionaria. Goya pintó muchos y muy estremecedores cuadros sobre la guerra y la situación de España en aquel tiempo, pero para mí es muy representativo "El coloso" (ahora en duda su autoría real), donde el gigante de la guerra lo arrasa todo y sólo un borrico (en representación de la estulticia, en concreto la de los Borbones) es el único que no huye ante la que se avecina. La pregunta que se hacía Goya (y la que se hace Reverte en boca de Daoíz) era si el sacrificio de los héroes del 2 de mayo merecía la pena por la España tan necia que les había tocado vivir, en la cual, más adelante, Fernando VII condenaría a muerte a muchos de los que -en aquel levantamiento y en los siguientes, en todos los puntos de España- pelearon en su nombre. Insistía el Ministerio del Tiempo en esa frase del "Cantar del Mío Cid" que tan bien refleja esta patria nuestra: "qué buen vasallo sería, si tuviera buen señor". Una revuelta popular en la que aún andamos imbricados.