lunes, 25 de febrero de 2019

La historia corta de febrero: "La mujer de mi reflejo"


La mujer de mi reflejo

               La mujer de mi reflejo no es tan pusilánime. La mujer del reflejo no acepta un no por respuesta. La mujer de mi reflejo no tiene miedo de escalar alto, de robar novios, de acostarse con alguien para ascender de puesto, y luego denunciar por acoso sexual. La mujer de mi reflejo viste sujetador rojo en fin de año. La mujer de mi reflejo ya no tiene amigas de instituto. La mujer de mi reflejo no tiene miedo de no llevar, para la primera cita, ropa interior. La mujer de mi reflejo no hubiera tolerado que aquella fresca le robara el marido; de hecho, en su mundo alternativo de cristal, la ha secuestrado y allí, en su cuarto de baño en el otro lado, se dedica a torturarla un poco más cada vez que voy yo. La mujer de mi reflejo colecciona cabezas de enemigos en la repisa del armario.
               Un día me di cuenta de que la mujer al otro lado del espejo me grita que deje de hacer daño. Y entonces me doy cuenta de que la mujer de mi reflejo, en realidad, soy yo.

lunes, 18 de febrero de 2019

El libro de febrero: "Los pasos perdidos", de Alejo Carpentier

Ya hace tiempo hablábamos de "El siglo de las luces", una novela de Alejo Carpentier caracterizada por una escritura compleja y barroca, un nivel de vocabulario altísimo y, sobre todo, una fascinante historia que nos permitía conocer el auge y decadencia de la Revolución Francesa (que son el amanecer y el ocaso, asimismo, del hombre ilustrado), iluminándonos sobre un capítulo tan poco conocido como fueron sus consecuencias en el Caribe. Con esa misma mezcla étnica que caracterizaba a Alejo Carpentier (un suizo criado en Cuba y que vivió en múltiples países latinoamericanos, para fallecer en Francia), si había otro reto mayúsculo al que podía enfrentarse era éste, el de narrar la epopeya de un modesto compositor por encargo que un día decide aceptar un proyecto de la universidad para viajar a la selva amazónica y localizar una serie de instrumentos primitivos los cuales, en teoría, pueden aportar alguna pista acerca del origen de la música. Inspirada en la experiencia vital que el escritor atravesó al adentrarse a lo largo del río Orinoco, Carpentier nos narra un recorrido que (como el de Ulises) presenta no sólo desplazamiento en la dirección geográfica sino, sobre todo, un viaje en el tiempo hacia el pasado del hombre y una evolución en la trayectoria emocional del protagonista. La riqueza estilística de Carpentier no encontró mejor territoria para asentarse que éste, donde podía utilizarla para describir la variedad de formas y de sensaciones que evoca la selva, en lo que constituye una reflexión sobre la historia, la música, el arte, la civilización, el amor y el sexo, el afán de poder y de gloria y, especialmente, las prioridades que uno adopta en la vida y las decisiones que hemos en consecuencia que adoptar. Una odisea embravecida, vertiginosa y titánica (a pesar de la brevedad del volumen) que servirá, tanto para admiradores y desconocedores de Carpentier, para enamorarse de él y de su prosa. Coged el machete, el literario, el emocional y el físico: lo vais a necesitar.

lunes, 11 de febrero de 2019

El relato de febrero: "Negro sobre agua"

He aquí un relato basado en algunas suposiciones, y una historia real. Centrado alrededor de las figuras de los escritores Hemingway y Borges, lo escribí hace algunos años, y al revisarlo, me he dado cuenta de lo mucho que han cambiado para mí las figuras de ambos autores -en sendos casos, y desde el punto de vista personal, para mal; desde el punto de vista literario, sin embargo, los dos no han sufrido el mismo destino, pues es difícil que pueda dejar de estremecerme con Borges-. Aún así, creo que es una interesante historia sobre la forma en que funcionan la vida y la literatura. Espero que os complazca. Allá va.


Negro sobre agua

La historia de la literatura es también la historia de la pérdida de la literatura
Stuart Kelly, autor de La biblioteca de los libros perdidos.

Here Lies One Whose Name Was Writ in Water (Aquí yace un hombre cuyo nombre fue escrito en el agua).
Epitafio, en Roma, en el cementerio protestante, de la tumba del poeta John Keats.

            Nos hallamos en 1922, en una estación de tren de Suiza. El continuo subir y bajar de gente de los trenes desde y hacia los andenes; el “chu-cu-chú” incansable de las máquinas que se ponen en marcha (en dirección a lugares que muchos de los empleados del ferrocarril no llegarán a visitar jamás); un continuo cruzar de personas a un lado y a otro, en camino cada uno a sus particulares destinos, algunos coincidentes, imprecisos, o mal definidos. En todo caso, ninguna de las personas transmite la impresión de dudar. En medio de este ajetreo tremebundo, resuenan los zapatos de tacón de una mujer joven, elegantemente vestida, que viste un abrigo rojo y porta una maleta voluminosa. Camina decidida, pero no preocupada; todo lo contrario, una enorme sonrisa ilumina su rostro. ¿La causa?, probablemente la encontremos en lo que lleva en ese equipaje, el cual, a pesar de su masa, se antoja liviano sobre su mano. Todo lo que pasa en estos momentos por su mente se halla centrado en esa maleta, y en lo que ocurrirá cuando se la entregue a su propietario.
            Pero en la estación hay mucha gente, demasiada. Es difícil distinguir las formas y los colores, los movimientos se suceden sin que puedas analizarlos en profundidad. La mujer de la estación, llamada Hadley, se siente tan acalorada que deposita el equipaje en el suelo durante un momento para comprar una botella de agua de Evian en un estanco. Cuando baja la vista para recuperar la maleta, ésta ha desaparecido. Cree distinguir a alguien que transporta una valija muy similar -excesivamente parecida-, en medio de la multitud. A punto de escapar.
            -¡Eh!-suplica tan impotente como dolida-. ¡Deténgase!¡Oiga!
            No lo duda ni un segundo; a pesar de que sus modales de señora le impidan realizar un esfuerzo físico, sale corriendo: el contenido de la maleta es demasiado importante como para dejarlo pasar. Se desplaza a toda velocidad por el andén de la estación gritando a la gente para que interrumpan el paso a ese hombre, pero éste avanza a tanta velocidad y con tanta violencia que los otros transeúntes no pueden pararlo. Una nube de paraguas y maletas cae como agua de lluvia ante los agresivos choques a lo largo de la persecución. El ladrón está abriendo una brecha demasiado importante; Hadley tropezó y cayó al suelo, dándose de bruces en un punto donde no había nadie, rompiéndose en este momento un tacón.
            -¡La maleta!-elevó la mano desesperada hacia el lugar por donde el ratero se escabullía para siempre-. ¡Tiene mi maleta!
            Cuando su marido llegó a la estación, la encontró sentada sobre el equipaje que le quedaba, desolada, con la cabeza entre las manos y el zapato sin tacón boca abajo en el suelo, como un cadáver que no sabe adónde ir. La mujer, al ver a su esposo, se desesperó más todavía.
            -Hadley, ¿qué ha ocurrido?-preguntó él, corpulento, fornido, con profusa barba (la cual, hasta hace unos minutos, lucía orgulloso, recién estrenada) y aire de muchos kilómetros en la mirada. Se le notaba sinceramente preocupado por el bienestar de su mujer: fue aquello lo que le armó a ésta de valor para confesar la verdad.
            -Ernest, era una sorpresa... Te lo traía todo... todos sus escritos, tus textos inéditos, esa primera novela de la que tanto me estás hablando... Te lo traía en una maleta...
            Los ojos de Hemingway se aceleraron de un lado a otro. Comenzaba a imaginarse lo peor...
            -Me la han robado, Ernest, me la han robado... Todo eso... ha desaparecido...
            Y rompió a llorar en su pecho. El joven Hemigway, el que todavía no era reconocido ni mediático, sino sólo un joven principiante que había vuelto de una guerra mundial, la abrazó con cariño, pero no la miraba. Tan sólo contemplaba el infinito con miedo, congoja y una incertidumbre: la de adónde esa maleta, cargada con todas sus ilusiones, dudas y sueños, habría ido a parar...
            -Lo lamento, Ernest, lo lamento tanto...
            Éste la consoló. Pero era él quien necesitaba un hombro sobre llorar.
                                    *                                 *                                  *
            Jorge Luis Borges se levantó en mitad de la noche, pero el que estuviera oscuro no le afectó especialmente. Es lo bueno que tiene estarse quedando ciego: has dejado de temer a los monstruos que puedan surgir, a partir de una sombra a la que no puedes encarar.
           -¿Qué pasó?-le preguntó su mujer, al lado, inquieta por el movimiento desasosegado del anciano.
            -Nada, nada...-replicó él-. No es nada. Es sólo... una idea, que me ha venido a la mente... Trataba sobre... sobre...
            Chisteó molesto al ser consciente del problema.
            -Vaya. Lo he perdido.
            Volvió a tumbarse en la cama, apesadumbrado. La esposa se volvió hacia él de manera instintiva, con los ojos todavía cerrados.
            -Debés anotar ese tipo de cosas cuanto antes. Aunque no uses los ojos, no tienes ni que decírmelas, sólo has de tener un papel y un lapicero en la mesita para esta clase de ocasiones...
            Su marido agitó la cabeza.
            -No te preocupés –declaró con voz serena Borges, como aquel que ha pasado ya muchas veces por este trance-. Un escritor pierde centenares, miles, quizás millones de ideas a lo largo de toda su vida. Son pensamientos que se escapan por todas las costuras, que nunca se recobrarán. Las historias perdidas son las que tapizan las paredes de los metros subterráneos, y las calles de las ciudades vacías... Se pierde, en el global, mucho más de lo que se consigue, y lo hacemos en instantes tan banales como el afeitado, la ducha, o el momento de ponerse una corbata. Incluso aunque puedas conjurar todos los peros, existe un último escollo que nunca podrás superar: el momento en que la muerte te arrastra junto con aquello con lo que estás trabajando, y que ya no verá la luz jamás...
            La musa, ya completamente turbada y despierta, miró con tensión hacia el techo.
            -¿Te acordás de alguna de las historias que habés perdido?
            Borges creyó ver por un instante.
            -Recuerdo una libreta pequeñita que llevaba a todos lados. La extravié durante uno de mis viajes. Para mí fue algo terrible... No se trataba de historias concretas (nada de lo que había allí escrito se había cristalizado en un cuento), sino de miles de pequeños guiños, frases nuevas pero ya míticas, leyendas que generarían relatos o que, incluso, en manos de otros, hubieran dado lugar a enormes y conmovedoras novelas... A veces pienso que alguno de mis mejores narraciones hubiera podido salir de allí... Pero la libreta nunca reapareció...
            Su esposa notó de golpe un fino temblor en el estómago.
            -¿Y no te arrepentís de cuánto se ha podido perder?
            El otro se encogió de hombros.
            -Me duele todos los días... pero uno aprende a sobrellevarlo. Incluso los verdugos dejan espacio al tiempo, y se olvidan de lo que han hecho mal...
            Borges agarró con fuerza la manta. Se dió la vuelta hacia el otro lado, y volvió la vista hacia el suelo.
            -Sólo me pregunto dónde estarán almacenadas todas esas historias perdidas... la Biblioteca de Alejandría no hubiera dado espacio para que cupieran todas aquellas que han quedado por redactar...
                                    *                                 *                                  *
            El ladrón corrió con la maleta del matrimonio Hemingway a través de unas cuantas manzanas. Luego, cuando estuvo seguro de que nadie le veía, y se cercioró de que la policía no corría tras sus pasos, se sentó en un rincón de la acera vacía, cercano a la alcantarilla, y apoyó la maleta sobre las rodillas. La mantuvo en sus manos sólo un momento, como tanteando su peso y, en consecuencia, su posible valor.
            Luego, abrió los cierres de la maleta. Es una cosa sencilla, una vez tienes experiencia en ello. No hay demasiada diferencia entre las maletas de los ricos o las de los pobres. En realidad, todas se abren casi con la misma facilidad. Pero luego, en su interior, es cuando terminan las similitudes. Dentro puedes encontrar las más variopintas riquezas: el equipaje de un hombre nos revela muchas cosas, pues nos dice aquello sin lo que no estamos dispuestos a pasar aunque estemos lejos de casa, y que sin embargo (ocultos nuestros secretos por las paredes de la maleta) no estamos dispuestos a confesar. Desde juguetes –regalos para niños que nunca recibirán, o que en realidad no existen- hasta unos calcetines que confiesan que su dueño acaba de iniciar la relación con su amante. El ladrón abrió la maleta de par en par. Contempló lo que albergaba en su corazón.
            Letras. Letras negras sobre hojas también prácticamente negras, de incoherentes formatos; páginas tachadas, arrugadas, en blanco; de una llaneza impoluta, o arrancadas de cuadernos cuadriculados...
            Qué dirían esas letras... El ladrón hubiera dado lo que fuera, en aquel instante, por haber sabido leer. Se llevó las manos a la cabeza, ante la futilidad de su descubrimiento...
            Y ahora, qué provecho podía sacar de eso, pensó. Cómo debía actuar…
                                    *                                 *                                  *
            “ [...] Siempre podremos encontrarnos con algún artista o poeta buscando inspiración en aquella atmósfera casi irreal [de Venecia], como me ocurrió a mí en una ocasión, ya muy entrada la noche. Se oía solo el balanceo de las góndolas que se tocaban unas a otras como para no dormirse. En aquel momento y en aquella soledad, oí de repente una especie de rezo en español: era el ciego Borges, quien, llevado del brazo por una mujer, llenaba aquel silencio romántico y sagrado recitando unos versos de Lorca [...]
            Encontrado por casualidad en la guía de viajes “Roma, Florencia y Venecia”, de El País Aguilar, en un artículo de Juan Arias, corresponsal español en Roma durante quince años.
                                    *                                  *                                  *
            Un Hemingway desolado, sentado sobre la mesa, apoyaba una mano sobre el rostro, y la otra sobre la copa de bourbon, a la que se agarraba desesperado, dudando sobre si bebérsela de un trago o no. La otra opción era administrarla a sorbitos, y después tomarse otras tres seguidas.
            -Perdido... todo perdido... tanto por lo que había trabajado...
            Gertude Stein, la célebre intelectual, apoyada la espalda sobre el respaldo de la cama, aparentaba ser más bajita en esa circunstancia. Y aún así, al joven Hemingway le parecía que desde esa posición se incrementaba hasta más la sensación de inconmensurable grandeza que transmitía con su penetrante mirada, y sus ojos de inteligencia callada. Ella, reconocida escritora, era todo lo que él aspiraba a ser... Pero ahora había retrocedido varios años en su camino a causa de esta hecatombe tan tonta, provocada, además, por un acto irreprochable de amor.
            -Ya te dije muchas veces que las obras de juventud hay que quemarlas nada más se redactan –le indicó la escritora calmada, con voz grave desde la cama-. No pierdes nada con este robo, más bien al contrario.
            Entre otras cosas, Stein se acordaba de uno de esos relatos perdidos, el cual, con anterioridad, su pupilo le había cedido y ella había estudiado. No le había gustado un pelo.
            -Lo sé –replicó Hemingway atisbando el fondo de su vaso, tratando de encontrar el abismo que se cernía desde la profundidad del mismo-: pero eso no me acaba de consolar demasiado.
            Y se refugió una vez más en su melancólica tristeza.
            -Si tanto te agobia la pérdida, ¿por qué no ofreces una recompensa? –le sugirió su colega-. Un dinero a cambio de que alguien te entregue la maleta de vuelta.
            Ernest negó con la cabeza.
            -La maleta debe estar a estas alturas en manos de una tercera o cuarta persona, y los papeles, esparcidos por algún húmedo callejón de Ginebra o sobre la superficie de un río en Berna. Ofrecer una recompensa, tan sólo veinte minutos después del robo, no hubiera servido de nada. No te digo que no vaya a intentarlo, pero albergo pocas esperanzas…
            Golpeó con el puño, de manera no excesivamente furiosa, sobre la mesa.
            -Son mis relatos de lo que me ocurrió durante el tiempo que estuve en el frente de batalla en la Gran Guerra en Italia –no mencionó, como si con ello lo borrara, que fue siempre manejando una ambulancia-. Con ellos iba a hacer una novela, mi primera gran novela... Y ahora, desaparecidas, como un vaso de agua arrojado en el mar...
“Navego como un navío errante” (no se atrevió a comentar), “sin saber qué decir, ni qué pensar, desde entonces...”
            Desasió por fin el vaso maldito, y se pasó, en una suerte de castigo autoinfligido, las manos por el rostro.
            -Juro que si pudiera hacerme arrancar la neurona que alberga el recuerdo de esa maleta, me la extirparía...
            Gertrude Stein volvió la cabeza con fiereza hacia el hombre derrotado:
            -Pues eso es precisamente lo contrario que tienes que hacer: debes exprimir esa neurona al máximo.
            Ernest se sobresaltó ante esta declaración tan rotunda.
            -Estimula esa neurona: obliga a que se te clave hasta lo más profundo del alma, para que te sirva de guía y faro en la escritura –le espetó la mujer, con brutalidad descarnada y crudeza, sin apartar la mirada afilada de sus ojos-. Haz que la pérdida de esta maleta sea para ti un motivo más de lucha, la fuente de toda la inspiración. Escribe de memoria: edifícalo todo de nuevo, según cómo lo recuerdes, y si no eres capaz de decir exactamente cómo estaba redactado, entonces es que no era lo suficientemente bueno. Que esta circunstancia se marque de manera definitiva en tu manera de escribir. Hasta ahora sólo habías narrado las catástrofes ajenas: ahora podrás hablar de las cosas terribles que te han sucedido a tí.
            El futuro premio Nobel parpadeó sorprendido, abriendo a continuación los ojos de par en par.
            No supo qué replicar...
                                    *                                 *                                  *
            En aquella reunión con estudiantes, las preguntas se sucedían en tromba. Algunas de ellas constituían lugares comunes; pero ellos, tan jóvenes, todavía no lo sabían. Otras consistían en puro orgullo y pedantería, la cual se apreciaba desde los primeros tonos, y a las que Borges respondía con tanta sencillez y amabilidad que dejaba en evidencia –sin faltar en ningún momento al respeto- a quien elevaba la cuestión. Miles de temáticas se agolpaban, demasiadas para un anciano de tantos años que no puede derrotar con los ojos a su interlocutor:
            -Señor Borges, querría preguntarle: recientemente Ernest Hemingway ha publicado su libro París era una fiesta, obra que relata sus experiencias de juventud en la Primera Guerra Mundial, y que según él le resarce de un suceso doloroso que ocurrió hace muchos años. ¿Qué tiene usted que opinar a eso?
            Jorge Luis Borges se rio de una manera tan suave que resultó casi imperceptible para el resto de los presentes.
            -El señor Hemingway, siempre tan amigo de fantasías románticas...
            Hubo alguna carcajada maledicente entre algunos de los reunidos en la audiencia, pero rápidamente se alzaron un montón de manos y se entremezclaron las voces, hasta que al oído sensible del escritor le resultaron insoportables:
            -Perdoná, hacedme el favor –le indicó a su secretaria-, ¿querrás indicarles amablemente a estos muchachos donde se imparten los talleres literarios?
            La algarabía siguiente que se instauró no fue seguida por Borges, el cual huyó con toda la velocidad –poca, hay que confesarlo- que le permitían sus débiles piernas, y el majestuoso y sin embargo temblequeante bastón. Pero aquel guirigay incansable se transformó en paz y quietud súbita cuando Borges accionó una puerta escondida por la que accedió a su recinto secreto, una habitación cerrada cubierta completamente de libros.
            El universo, que algunos llaman la biblioteca...
            Borges pasó la mano reverencial por los lomos de los textos, cuyos títulos, sin embargo, ya nunca más podría descifrar... Cuántas cosas le quedarían por descubrir no ya en la lectura, sino en la insondable relectura de los libros... Ahora le narraban textos desde el borde mismo de la cama pero, aunque esto era hermoso, era también muy distinto. Nada volvería a ser igual...
            Se sentó, apoyando ambas manos sobre el bastón, sobre una silla situada estratégicamente en el centro de tan particular biblioteca. A los pies de esta silla, un pequeño baúl. Borges extrajo, del bolsillo de su elegante chaqueta, una llave dorada. Palpando el baúl y temblando con ambas manos, interrogó al candado cerrado.
            Del interior del arcón extrajo unas hojas. Las tanteó y admiró con sus ojos cegados.
            ¿A quién pertenecerían estas páginas?, se preguntaba periódicamente. Habían llegado a sus manos poco tiempo atrás, cuando la escasa visión ya le impedía discernir cualquier letra que hubiera pretendido amar en su día. Quien se los había vendido le había dicho que se habían perdido como consecuencia del azar, con origen del suceso en algún punto de su amada Suiza (habían llegado hasta Buenos Aires vía, al menos, París y Londres), y que no era conocedor a de a quién le pertenecían, pero que tenían pinta de formar parte de los primeros esbozos de un entonces inexperto -aunque no por ello menos talentoso, insistió el vendedor con descaro- escritor en inglés. Borges los tomó sin dudarlo, y pagó sin rechistar lo que le pedían. Los había mantenido en su poder desde entonces.
            No los podía leer, y había sido demasiado orgulloso para que nadie se los recitara, lo cual hubiera significado revelar el secreto y además subrayar (más allá de lo imprescindible) lo incapacitante de su ceguera. Podría haberlos expuesto al mundo: seguro que el escritor –que quizás estuviera muerto, o tal vez no hubiera triunfado, como consecuencia incluso del extravío de aquella obra- lo hubiera agradecido con júbilo. En cuanto al público, quién sabe si le había hecho un favor al privarle de una obra acaso zafia y grosera (¿cómo saberlo?), o si le había arrebatado en cambio un legado inmortal, comparable cuanto menos a un Chesterton o un Coleridge, hasta incluso (en su anhelo desbordante por haber rescatado un insólito paradigma) un inaudito Cervantes o un Petrarca. Ante una hoja en blanco, cualquiera de las opciones era factible.
            Pero Borges se negaba en redondo a mostrarlo. Aceptaba el pecado de la soberbia, o si quería ser más sincero, del egoísmo: no era que tuviera miedo de que esa obra superara a cualquiera de las suyas propias, que también. Sobre todo, sentía una satisfacción interior, de manera mezquina y codiciosa –había de reconocerlo- ante la posibilidad de poseer para sí mismo una obra inmortal en potencia, que nunca llegaría a emocionar a los demás, sino que acapararía solamente él, a la que sólo sus manos tendrían acceso. Era como hallarse en poder del santo Grial, y saber que nada ni nadie, salvo tú, lo podrá tocar…
            No obstante, incluso los reductos más ocultos acaban por ser descubiertos, y aquel día se coló un joven ladrón, un golfillo con gorra sobre el abundante cabello, y mirada pícara debajo de él. El escritor, que sabía intuir quién caminaba por su refugio secreto con sólo escuchar sus pasos (como si, en este reconfortante rincón del mundo, recuperara la vista), hizo acercar al niño a su presencia.
            -Hágame un favor –le trató de usted el millonario argentino-. ¿Podría leerme lo que pone aquí?
            El niño acercó a sus ojos el legajo que Borges le tendía desde su cofre secreto, y con mirada atemorizada –todavía no podía creer que no fueran a arrestarle- y un balbuceo en los labios, pronunció:
            -Ésta es la historia de un niño pequeño que vagabundeaba sin rumbo por las calles de nuestra ciudad. La vida era complicada y dura, tenía que afanar pequeños objetos, y buscar el pan de cada día para no morir o que no le cogieran. Hacía lo que podía, trataba de salir adelante...
            -He dicho que me lea, no que me cuente sus milongas. ¿Es que acaso no sabe leer?
            El niño no negó con la cabeza, pero frente el ciego estaba todo dicho. El escritor le indicó parsimoniosamente que se acercara a su lado, y proclamó entonces con una menor dureza:
            -Bien, entonces deberemos empezar corrigiendo este problema de inmediato.
            Señaló con el bastón una zona de su biblioteca:
            -¿Puede alcanzarme ese libro de allá?
            Pues Borges había perdido la vista, pero no la memoria: el niño extrajo con cuidado un ejemplar medio roto, desgastado del uso y la manipulación. Antes de tendérselo al anciano, le preguntó con mil dudas:
            -Y, dale, ¿no seguimos con el papel que me ha dado?
            Borges negó con la cabeza.
            -No; ahora no es el momento de esas cosas...
            Sentó al niño con delicadeza en sus rodillas y empezó:
            -“Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquileo; cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves —cumplíase la voluntad de Zeus—...”

            Nota del autor: la historia de Hemingway ocurrió de verdad, como ya describimos en una entrada anterior, aunque hemos modificado algunos detalles. Por ejemplo, el robo de la maleta tuvo lugar cuando la esposa de Hemigway salió del tren de manera transitoria en la estación de París (tomaba el trayecto París-Lyon), dejando el equipaje en el compartimento. Además, ella no traía los papeles como una sorpresa, sino bajo petición de Hemingway, que estaba en Lausana como periodista, cubriendo una conferencia de paz, y necesitaba sus escritos para enseñárselos a un editor. Por otro lado, “París era una fiesta” fue publicado de manera póstuma (eran unas memorias que reflejaban, entre otras cosas, los sucesos en los que se había basado Hemingway para “Fiesta”, su primera novela), y su cronología no encaja con ciertos aspectos de la vida de Borges. Por lo demás, el fundamento básico de la historia que afectó al escritor norteamericano es real.

            La de Borges, ¿por qué no?

lunes, 4 de febrero de 2019

La historia real de febrero: una pequeña lista de libros perdidos

La historia de la literatura no es la que es, sino la que ha sobrevivido. Incendios, inundaciones, grandes destrucciones promovidas por turbas o por los estados, se han alineado de tal forma que de determinados autores sólo conservamos, si acaso, una pequeña fracción de los textos que escribieron. He aquí una pequeña selección (susceptible de ser ampliada) de algunos de los más grandes escritos  jamás perdidos:

-Segundo libro de Poética de Aristóteles: supuestamente dedicado a ensalzar las virtudes de la comedia, su existencia se pone en duda. Sin embargo (cuidado, que destripamos libro), Umberto Eco utilizaba esta leyenda como recurso argumental en "El nombre de la rosa".

-Sobre la construcción de esferas de Arquímides. Citado por Pappus de Alejandría, en teoría contendría varios diseños de Arquímedes, entre ellos un remedo de planetario o un reloj astronómico. La muerte de su autor tras el sitio de Siracusa, a manos de un soldado romano, hizo perder para siempre la posibilidad de recuperarlo.

-Los libros contenidos en las Bibliotecas de Alejandría y la Casa de la Sabiduría en Bagdag: incendios y ataques por parte de cristianos a la primera, el saqueo de los mongoles en el caso de la segunda, hicieron desaparecer miles de obras. Sobre la mítica biblioteca de Bagdag, se dice que, tras su destrucción, las aguas del Tigris se volvieron negras durante seis meses a causa de la tinta vertida.

-Tito Livio escribió una extensa historia de Roma Desde la fundación de la Ciudad (como la tituló), de 142 tomos, de los que sólo se han salvado 35. Más intencional fue la eliminación de los textos sagrados considerados apócrifos a lo largo de los distintos concilios en los que se conformó la actual Biblia cristiana, y que contenían toda clase de visiones, algunas muy contradictorias con los dogmas que han prevalecido. Entre otros, el llamado "Evangelio de la víspera", que cierta secta empleaba para promover el amor libre entre sus miembros, con una serie de descripciones de actividades sexuales que harían sonrojar a más de un exégeta.

 -"Margites", atribuido a Homero. Poco sabemos de él. salvo que Aristóteles decía que había marcado una tendencia en las comedias, del mismo modo que lo habían hecho la "Ilíada" y la "Odisea" (de hecho, "Margites" debía de ser una parodia de esta última) en los poemas épicos.

-En el siglo XVII, William Shakespeare y John Fletcher escriben supuestamente un drama a partir de Cardenio, un personaje secundario que aparecía en la novela de Cervantes, "El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha". Por supuesto, la búsqueda de un manuscrito que conecte a los autores más grandes de la lengua española e inglesa ha sido incesante, y aunque ha habido varias versiones de las que se ha reclamado su autenticidad, ninguna ha alcanzado el consenso entre los especialistas para ser reconocida como una obra original del bardo de Stratford-upon-Avon (si es que ése es su auténtico lugar de nacimiento).

-Lord Byron fue un personaje controvertido, amado y denostado en proporciones ciclópeas. Quizás por eso resulta tan fácil entender que ciertos familiares le pidieran a sus abogados que quemaran sus memorias tras su muerte, cosa que hicieron en el despacho de su editor. Tampoco estamos seguros de hasta qué punto George Gordon Byron hubiera contado la verdad sobre sí mismo, pero al menos constituiría una fuente más de información. Se rumorea que, probablemente, la obra habría resultado escandalosa pues hubiera confirmado su homosexualidad, inaceptable para aquella época. En todo caso, la duda quedó sellada. Algo similar ocurrió con los últimos meses del diario de la poeta Sylvia Plath, borrados por su marido para no hacer sufrir a sus hijos. En ese momento, también intentó buscar los restos de la novela "Double exposures" pero, según explicó su esposo, ésta había quedado perdida "en algún lugar de los años 70", de donde nunca se recuperó.

-En 1922, la primera esposa de Hemingway, bajo órdenes de su marido (quien, mientras trabajaba como corresponsal en una conferencia de paz en Lausana, quería enseñarle los trabajos que tenía en casa a un editor), metió en una maleta buena parte del material inédito que el escritor llevaba redactado hasta entonces, incluyendo varios relatos y un esbozo de novela. La mujer abandonó transitoriamente el tren en la estación de París para comprar una botellita de agua de Evian y, cuando volvió a su compartimento, la maleta había volado -algunos dicen que este suceso fue la base del divorcio de Hemingway, pero como casi todo alrededor de éste, es difícil saber lo que esta afirmación tiene de real o legendario-. Hemingway, que conservó uno de los relatos porque se lo había devolvió un editor (el cual lo rechazó), pero que no recuperó nada más a pesar de haber ofrecido una recompensa por la maleta, le consultó a la famosa escritora, amiga e intelectual Gertrude Stein acerca de qué debía hacer. Ésta (que, por cierto, había leído uno de los cuentos perdidos, y no le había gustado nada) le recomendó que reescribiera a partir de lo que se acordaba, porque si no lo había almacenado en la mente, es que no era lo suficientemente bueno. Hemingway así lo hizo, y de ahí salió su primera novela, "Fiesta". Hay mucho crítico literario que opina que esta pérdida le sirvió para perder lastre de obras primerizas que le habrían absorbido demasiado si hubieran continuado en su poder; pero, como digo, casi todo lo relacionado con Hemingway tiene demasiadas vertientes para juzgar a la ligera su autenticidad. En todo caso, se ha convertido en una de las maletas más famosas de la historia de la literatura.

-En 1942, Bruno Schultz termina su novela "El Mesías", en el que había puesto la sangre y la vida, pero ambas le son arrebatadas al tratar de huir del campo de concentración donde se hallaba encerrado, a manos de un soldado de las SS. Desde entonces, el misterio de lo que pasó en esa novela ha inspirado hipótesis por parte de historiadores, también novelas, y rocambolescas consecuencias (que incluyen espías y accidentes de tráfico) en el mundo real. Como otros textos que hemos descrito, todavía no ha sido hallada, pero aguarda quizás el momento propicio para aflorar.

lunes, 21 de enero de 2019

El relato de enero: "Naga"


Naga

Dedicado a Cristina Gutiérrez Vázquez, que tuvo la primera y mejor idea

Todas las mañanas me levanto. Asciendo con parsimonia entre la oscuridad y elevo mi cabeza hasta ocasionar la apertura de la cesta, la cual algunas denominan, simplemente, entre reverenciales cuchicheos, “la caja”. Accedo al mundo exterior. El sol me ciega durante unos instantes. Pero a pesar de ello, me incorporo, conozco de sobra cuál es mi papel. No es necesario que mi amo desplace el pungi con delicadeza de un lado a otro, ni tampoco que golpetee rítmicamente el suelo produciendo vibraciones con los pies. Yo sería capaz de reproducir la ceremonia de memoria, de tantas veces como la hemos ejecutado; domino cada uno de los detalles a la perfección. No preciso el innecesario sonido de la música de esa flauta especial, elaborada a partir de una calabaza, ya que carezco de oídos con los que pueda apreciarla. Tampoco ha tenido necesidad jamás mi amo de dejarme atontada, matándome lentamente de hambre o sumergiéndome con brusquedad en agua helada, ni ha recurrido a despistarme con falsas señales olfativas o mediante la mezquina administración de narcóticos. Ni lo ha hecho, ni lo hubiera requerido, ni le hará falta jamás. Porque incluso si cualquiera de los múltiples pasos que conforman mi número fallara, le sería muy sencillo conseguir que me irguiera como lo estoy haciendo ahora mismo, desplegando mi capucha, elevando todo mi cuerpo, expresándome en mi absoluta gloria y magisterio, expulsando un agudo siseo que encogiera a los aldeanos de terror. Sólo tendría que pedírmelo…
                Y eso es porque yo a mi dueño le amo.
                Claro que él también mantiene una relación muy especial conmigo. El sentimiento, como cabe decirse, por extraño que resulte hablando de humanos o de ofidios-o de ambos combinados-, es mutuo. Porque él y yo tenemos cuentas pendientes. Si yo jamás pensé en hacerle daño, de tal forma que mi amo nunca tuvo que guardar la distancia de seguridad típica, él tampoco me trató mal en ningún instante. Sabíamos desde el principio que no era así como nuestra relación iba a funcionar.
                Quizás en este punto deba describir a mi dueño. No guarda semejanza con los típicos sapwallas que caminan casi desnudos, envueltos en serpientes que suelen utilizar como cinturón, bandolera o debajo del turbante, que tocan la gaita y portan sacos repletos de nagas a las que enfrentan entre ellas, mientras practican trucos de magia en los que fingen colocar un pelo sobre el hombro de unos espectadores, cabello el cual, cubierto por una tela, acaba por transmutarse por artes mágicas en una serpiente, provocando una sonrisa que deja al descubierto sus fauces desdentadas, el pánico en la mirada del cliente azorado, o una carcajada en la concurrencia general. En apariencia, el hombre en el que he confiado mi vida no tiene nada de especial: enclenque, desgarbado, de mejillas hundidas, moreno al igual que los de su raza pero de una manera distinta, entre macilento y parcheado, como si en un rostro enfermo hubieran tiznado determinadas secciones con un trozo de carbón. De ojos titilantes y mirada frágil, no transmite la sensación de ser alguien que mantiene el control, más bien al revés: vence la impresión generalizada de que el mundo conspirará en un futuro cercano para sobrepasarle, como si no se encontrara a gusto por debajo de su piel –y, por tanto, estuviera deseando arrancársela de cuajo-. Y, antes de conocerme, esto, en puridad, era así. Los cambistas trataban un día sí y otro también de estafarle; los magos y faquires que pugnan por un puesto en la plaza, de arrebatarle el espacio por el que ha peleado con tanto tesón. Pero todo ha cambiado desde que los demás han comprobado lo que puede hacer conmigo. Sin él saber cómo (quizás por ello no suele ostentar un aire engreído a causa de esta circunstancia), se ha ganado su respeto. Está claro que hemos establecido un enlace muy íntimo. Un puente muy especial.
                De hecho, sólo hace falta vernos mientras nos tocamos. Él me recorre con sus manos, en un masaje que –oh, dioses- no debería terminar nunca. Yo le rodeo en una espiral infinita mientras nuestras bocas se tocan, en lo que él considera cariñosos mimitos para su mascota y sustento, y en cambio para mí supone un orgasmo continuo, un dulce manjar. Ojalá yo tuviera pechos, y carnosos labios, o por el contrario él un cuerpo como el mío, para que nuestras formas armónicamente se ensamblasen. Me da que yo le idolatro mucho más que él lo hace en el sentido opuesto, pero en fin, ¿qué relación no es un poco asimétrica? Por desgracia, el azar de nuestra biología impide que nos podamos complementar, en lo que significaría para mí el supremo éxtasis. Como compensación, en cada función, sobre el escenario, tenemos la oportunidad de desplegar nuestra erótica danza, una coreografía en el que nos compenetramos de manera sincrónica. ¿No dicen que el baile es el mejor preludio del sexo? Pues de ese deleite sustitutorio, hasta el máximo pienso gozar.
                En este planeta siempre cambiante, una colaboración así se valora mucho. Otros encantadores de serpientes se han sentido atraídos por ella, y mi amo envidiado a causa de mí. Le han ofrecido, como contrapartida en pago por mi cuerpo, cantidades ingentes de dinero. Él ha rechazado siempre las ofertas: dice que sería una estafa, porque este acuerdo que mantenemos no se establecería con ningún otro. La gente se pregunta cómo es posible.
                Ya han comenzado los rumores. Porque hay muchos que esgrimen que algunos animales pudieron haber sido humanos en una reencarnación anterior, durante otra vida que conseguimos habitar…

                El hombre abre los ojos.
                Le cuesta acostumbrarse. Antes tenía los párpados invariablemente cerrados. O en todo caso no los usaba, como si sólo escrutase su propio interior. Pero ahora debe huir de su guarida, relacionarse con el mundo, instruirse. Sólo su interacción con lo que encuentre a partir de ahora le permitirá sobrevivir.
                Sale allá afuera. Se tropieza con una región boscosa, de abundante follaje. Un vergel. Un sitio donde debe de abundar el agua, a poco que se ponga a buscar uno. El hombre encara lo alto del cielo. Ahora luce despejado, pero se aproximan nubes que indican que, más tarde o más temprano, algo tendrá que propiciar que estas plantas continúen creciendo verdes. Es necesario por tanto construirse un refugio.
                Prueba con cañas, con el reconfortante barro dentro del cual estaría deseando introducirse para vivir más fresco, también con pequeños troncos de bambú. En el futuro, a partir de madera más dura, o quizás de piedra, podrá elaborar un machete, pero ese logro conlleva tiempo, necesita de momento esperar. En el interin, estas actividades le han dado hambre. Como si hasta entonces no hubiera existido, a continuación de ese pensamiento escucha un trino. Alza la vista, y al mismo tiempo dobla el resto de su cuerpo para recoger una piedra.
                El ave exhibe vivos colores y un lustroso plumaje. Se manifiesta vivaracha, buscando con ansia a una hembra a la que conquistar. Tan concentrada se halla en su canto, que ni siquiera ve venir al hombre. Y sin embargo, su melodía reproduce un tono desesperado. Una especie de “no me mates, no me mates”, histérico y afligido, emitido por alguien a quien mantuviéramos secuestrado. Y que al mismo tiempo nos recuerda al familiar que más hemos amado, como si fuera su propia vida la que fuéramos a segar.
                La piedra acierta de lleno, de tal modo que apenas interrumpe la progresión ordenada del canto. No hubiera salido mejor si el compositor hubiera decidido terminar la sinfonía en un alto. El hombre se arrodilla para recoger al ave. Ya medita cómo formará parte de una suculenta cena.
                <<Nunca me han gustado los pájaros>>, se dice, mientras la comienza a desplumar.

                Mis ojos otean, siempre avizores. Es verdad que a las serpientes no se nos da muy bien vislumbrar objetos con claridad, pero no tenemos problemas en detectar movimiento. A través de nuestros párpados transparentes, que nos permiten atisbar en derredor pese de hallarse siempre bajados, somos capaces de percibir aquello que necesitamos o que puede hacernos daño. Es una dicotomía sin ambages. Por mucho que se empeñen los humanos, es esta sencillez la que garantiza que podamos sobrevivir un día más.
                Una serpiente es algo básico. Una estructura lineal, unidimensional, reducida al mínimo. Hasta hemos eliminado las extremidades, de las que sólo quedan vestigios, en aras de una mayor funcionalidad. ¿Quién dijo que lo más complejo era lo más evolucionado?¿Quién dijo que la adaptación no radicaba en la simplicidad? El resto de nuestro propio organismo ha tenido que adaptarse a ello. Lo que no se amoldaba era desechado. Hasta nuestros órganos internos se han vuelto lineales. Los dos pulmones no cabían, así que uno de ellos se echó a un lado, y prácticamente se atrofió. El resto de nuestras vísceras se han convertido en entes acanalados y alargados. De la misma manera, eso se ha trasladado al comportamiento. Comer o ser comido. Atacar o ser atacado. Adelante o atrás. No tiene más.
                ¿Las cosas pequeñas? Se comen, obviamente. No hay nada más digestivo que un diminuto ratón agitándose impotente e ingenuo a lo largo de mi garganta por la mañana. ¿Las cosas grandes? Se engullen con precaución. Como he dicho, todo se reduce a un término unilateral. No vemos lo largo que pueda ser un bicho, sólo lo alto que es. Y aunque sea alto, podemos comérnoslo (esa articulación de nuestra mandíbula, tan flexible), siempre que no sea demasiado grande respecto a su otra dimensión. Por poner un ejemplo, ¿niños?, sí, somos capaces de devorarlos. ¿Elefantes? Nunca lo he probado, pero con tiempo suficiente para la digestión… Humanos adultos, en cambio, no, a causa de los hombros. Una prima mía en segundo grado lo intentó con un humano que la atacó en la selva, y tuvo que abandonarlo a mitad del intento, vomitando la cabeza que ya había recorrido un cierto espacio a lo largo de su longitud. Vale que las serpientes no tenemos mucha empatía ni demasiado instinto familiar, pero pensar que algo así le pueda suceder a un semejante, hasta a mí me ha causado mal.
                Y luego están los seres que te comen. Por ejemplo, las aves. Como he dicho, los seres humanos tienen tendencia  a complicarlo todo. Hay una absurda historia mitológica que se cuenta, aquí en la India, sobre cómo las aves y las serpientes nos comenzamos a odiar. Tiene que ver con dos hermanas, una de las cuales quería tener muchos hijos (y se convirtió en madre de serpientes) y con el dios Garuda, protector de las aves y que lleva a sus espaldas a Visnú. Pero como he dicho, las cosas son mucho menos retorcidas. Les tenemos miedo porque ellas vuelan, y el aire no es nuestro elemento. Nos sentimos incómodas flotando por ahí. Hasta cuando alzamos la cabeza, tenemos un par de secciones de nuestro cuerpo firmemente ancladas en el suelo. Por eso, unos cuantos centímetros hacia arriba, las puñeteras aves tienen todas las de ganar. Es por ello por lo que no nos soportamos. Y luego está un caso especial. Es el de las mangostas.
                Nadie sabe cómo surgió la pelea. Llevamos combatiendo millones de años, y ahí sigue. En el Sudeste Asiático, hay incluso quien aprovecha la contienda como atracción turística. Ponen a luchar a una mangosta contra una de nosotras, pero la lucha es desigual. La mangosta siempre gana. La superioridad del cerebro mamífero frente al reptiliano y mierdas de ésas, o la capacidad de prever los movimientos del otro a través de la empatía, afirman algunos. Si empatía es alegrarte al ver cómo machacan –por no pertenecer a tu misma clasificación biológica, como si humanos y mangostas compartieran mantel y cobijo- a una pobre serpiente, entonces, desde luego, no es precisamente empatía de lo que los seres humanos disfrutan en exceso. Y menos todavía cuando, para ahorrar, a la pobre y ensangrentada serpiente la enrollan y la envuelven en un trapo para emplearla en futuras batallas, así hasta que la mangosta la termine de reventar. Yo nunca lo he sufrido, pero me da pavor con sólo pensarlo. Por eso permanezco atenta a esa nueva cesta que mi amo ha traído hasta acá.
                No sé qué es, ni qué contiene. Hay algo en el olor que me despista. Sé que la vida para los encantadores de serpientes es complicada desde que han implantado leyes que pretenden acabar con el oficio. La competencia es feroz y, como dice mi dueño, la gente ya no se impresiona como antes, así que hay que regalarles nuevos espectáculos. Sé que ha adquirido un animal distinto de alguna parte, desconozco de dónde. Por cuchicheos de vecinos, he creído oír que lo había obtenido a partir de un colega de profesión que, además, era mujer -¡Alá no permita eso!, se persignan horrorizados los otros encantadores-. Pero ésa es otra historia y serán otros los que habrán de indagar sobre ello en otra ocasión.
                A mí lo que me da pánico es que se haya podido traer una mangosta. Aunque, ya puestos, cualquier otra especie tampoco resultaría de mi agrado.
                Salvo con mi amo, las relaciones con otros seres han acabado siempre por trastocarse…

               
                Con el tiempo, el hombre se adaptó a aquel ambiente. Había fabricado un arco y sus correspondientes flechas, una honda, una jabalina, y las aplicaba según la necesidad. Si algo le daba miedo era la llegada del invierno. ¿Qué pasaría cuando los animales hibernaran?¿Qué era lo que podría entonces cazar?
                Mientras meditaba sobre este problema (en un lugar donde cada vez se escuchaban menos sonidos de pájaros), divisó agitación en el claro situado a la salida del bosque. Intrigado por lo que especulaba más que por lo que estaba seguro, se desplazó hacia allá, agazapado, tratando de confundirse con el medio, acarreando varias de sus armas.
                Cuando se acercó más, la vio. Y ella le vio a él. Y no sabrían decir cuál de los dos impactóse en mayor medida. En un primer momento, el hombre pensó en seguir portando las armas, pero cuando quedó claro que la otra criatura no pretendía hacerle daño, se decidió a arrojarlas hacia un lado, quedándose por completo desnudo, como se hallaba ella. Sus pasos les acercaron hasta reunirles. A pocos metros el uno del otro, se estudiaron, analizaron intenciones mutuas y, sobre todo, se olieron. Ambos quedaron embriagados con el perfume de los genitales del contrario. No transcurrió mucho tiempo antes de que se tocaran. Un leve roce del dedo encima del brazo. Se erizaron ambos lados de la piel.
                Ella le palpó la superficie del abdomen. Con la mano en su vientre, habló. Hasta entonces, él ni siquiera sabía si compartían el mismo idioma.
                -Tienes la piel húmeda y fría, como cuarteada... ¿Qué clase de ser eres?
                No aguardó la respuesta. Casi pronunció en voz alta, aunque ahogó el mensaje en su seno, una frase que quedó dibujada en sus labios: “¿Y de qué clase soy yo?”.
                Él, como toda respuesta, tocó con delicadeza una de sus caderas. Tenía la carne tan de gallina como él mismo.
                A los pocos minutos, ya estaban tumbados sobre la hierba, resollando, tratando de insertar órganos que no controlaban en agujeros que desconocían, palpándose y relamiéndose como si tuvieran que arrancarle la piel al oponente porque en breve iban a despojarles de la suya propia. Se notaba que ella tenía más experiencia que él (quizás no fuera la primera vez), o como mínimo que sabía mejor cómo funcionaban las cosas: guió su miembro enhiesto hasta ensartarlo dentro de ella, y gritó desaforadamente conforme éste se frotaba, turgente y repetitivo, contra su clítoris.
                Terminaron ambos exhaustos, cubiertos de pegajoso líquido, con los cuerpos tan inertes que daba la impresión de que una tormenta de lluvia y barro y fluidos vaginales les había pasado por encima, y de paso había remolcado a una manada de elefantes que a lo largo de sus cuerpos había tenido que rodar. En medio de esa pereza extrema que sucede al coito, ella giró la cabeza para analizar con detenimiento un pene que reposaba exánime, como una lanza recién abandonada.
                -Es curiosa la similitud que tiene con una serpiente.
                Las palabras sonaron secas después de la conflagración. Todavía con la saliva pastosa en la boca, el hombre se afanó en responder:
                -Ya que mencionas a las serpientes, he de decirte…
                Pero no le dio tiempo a terminar porque, antes de acabar la frase, ella ya tenía su miembro en la boca. El escalofrío que le recorrió la espalda le agarrotó la misma e interrumpió el gemido en las cuerdas vocales.
                Los siguientes días se pasaron haciéndolo a todas horas. De tan ocupados que estaban, hasta los precavidos pájaros le perdieron el miedo al lugar.
                Compartieron espacio de manera espontánea. A los pocos días, ella ya estaba empezando a plantar semillas…

                ¿Sabéis eso que dicen, en estética como en el arte, que “menos es más”? En la India, eso no se considera así. Más es más. Siempre. El vestido que engalana a uno cualquiera de los invitados supera en barroquismo y exuberancia al que pueda llevar la novia en la mayor parte de las celebraciones del mundo. Colorido, mística, ambientación. Ahora imagínense eso mismo aplicado a un espectáculo de supuesto origen milenario. Y, sin embargo, para mí lo más fascinante es visualizar a la multitud. Allí da igual ricos que pobres, castas de guerreros o parias, todos asisten hipnotizados para observar el humo tornasolado y el filo cortante de las espadas. Mi amo ha preparado una gran exhibición y, mientras tanto, yo, aun lado, con vistas sólo a lo que un espacio entre los mimbres de mi cesta permite intuir de manera parcial. Tanta expectación, parece mentira, por un encantador de serpientes. Todavía me sigo quedando alelada al comprobar la magnificación con la que tratan los seres humanos a  nuestra especie, tanto para el amor como para el odio. Lo cierto es que llevamos tiempo formando parte de sus tradiciones y leyendas. De hecho, no siempre como peligrosas –como si la mayor parte de mis compañeras no fueran por completo inofensivas-. Lo que es más, a las serpientes, debido a nuestra capacidad de localizar con facilidad el agua, y también a las propiedades medicinales de algunos de nuestros (las que lo poseemos) venenos, se nos ha asociado siempre con la salud, con la vida, con el eterno retorno y los ciclos naturales, simbolizados por el círculo que somos capaces de formar. En el Sudeste Asiático, nuestra efigie engalana palacios reales, así como templos hindúes y budistas; una silueta de ofidio domina los grabados que representan la leyenda del Batido del Océano de Leche, a partir del cual se generaron alguno de los componentes más fundamentales del cosmos. En Egipto, una serpiente retrasa la barca solar para permitir que llegue la noche, pues la pérdida de luz es tan necesaria como el día, igual que, para el equilibrio del universo, la creación debe venir acompañada de una destrucción proporcional; por eso quizás también acompañemos de tantas maneras distintas al dios Siva, tercer componente de la sagrada tríada del hinduismo, garante de la muerte y del cataclismo reestructurador. De hecho, los hindúes consideran sacrílego acabar con una serpiente, y se alejan de aquellos que osan hacerlo, mientras que los musulmanes, en cambio, lo que ocurre es que no se atreven, pues dicen que nosotras siempre vivimos en pareja y que, si una de nosotras muere, su compañera (no importa lo lejos que esté el asesino), le buscará y perseguirá hasta matarle. Quizás por eso se celebre en tantas ciudades un festival dedicado a nosotras donde, a pesar de conmemorar la muerte por parte del héroe Kirsah de una pitón, se nos proporciona de beber leche hasta hartarnos, para luego liberarnos sin mayor negociación. Y luego, otras muchas historias: de hombres-serpientes, de niños perdidos en la jungla, de reencarnaciones anteriores en las cuales se aprecian pequeños detalles que indican a qué clase de reptil nos vamos a transfigurar. Pero la gente sólo se queda con lo malo: sangre y dolor, Satán y ponzoña, tragar polvo y arrastrarse por la tierra. En Delhi, se cuenta la historia de Anang-Pal, un gobernante que construyó un gran clavo de hierro que ensartó en las entrañas de la tierra para atrapar a la gigantesca Sechnaga, la cual porta el mundo sobre sus hombros, pero cuando lo extrajo temporalmente para enseñarle a sus incrédulos consejeros la sangre al final del clavo, el pérfido monstruo se escapó y desde entonces anda por ahí, bajo tierra, esparciendo el pecado por el mundo. “Serpiente” se emplea como insulto, como resumen de las peores cualidades, como forma de culminar una maldición o de incitar a una pelea. Y un enfrentamiento es lo que esta muchedumbre -que incluye a desheredados, de extremidades afectadas por la polio, que casi no son capaces de transportarse a ellos mismos- ha venido a disfrutar. El retumbar de sus pasos agitados, mientras mi amo despliega las fanfarrias, vibra en cada milímetro de mis escamas.
                Atiendo a la cesta, la otra, donde se asienta mi rival. Ahora mis narices, en un inicio despistadas, son capaces de discernir ese ovillo de misterio que antes no desenmarañaba; el espécimen que ha arribado es otra serpiente, pero una distinta, cuya fragancia no habían aspirado mis fosas nasales aún. Espero que no sea una de esas especies malditas que vienen del corazón de África y a la que denominan mamba, con una velocidad endiablada a la que nadie puede superar; o la poderosa Bitis, con uno de los venenos más letales del mundo. Ansío que no se trate de una de las estranguladoras, cuya actitud por lo general no aguanto. Pero entonces, el rugido estrepitoso de la multitud, reflejado en su traqueteo de pies, me indica justamente aquello de lo que no me he podido percatar. Pego el ojo al agujero de la cesta, y siento un temblor. Casi puedo oírlo a pesar de faltarme las orejas. Y me pregunto qué descerebrado le ha quitado el cascabel al gato.
                Debí de habérmelo imaginado. Algo tan exótico, tan desconocido como para sorprender al gran público, tan artefactuado, sólo podía provenir del Nuevo Mundo. Observo sus deslizar sinuoso, su cadencia y, sobre todo, escucho el estremecimiento silente de la multitud nada más enmudece para admirar esos dos maravillosos colmillos que, como agujas hipodérmicas, la serpiente de cascabel tiene carácter suficiente para clavar. Ésa es la hija de mil lunas con la que me toca convivir a partir de ahora, con la que habré de disputarme el amor de mi amo.
                Y el caso es que no será la primera vez en que otra serpiente me complica de manera retorcida la vida.
               
                Él lo miraba furioso. Al árbol donde se ocultaba algo. Y la chica sabía que no consistía en un pájaro. Pero no tenía una idea muy clara de qué era. Aunque no tuvo que esperar mucho tiempo, porque él estaba deseando confesárselo.
                -Ahí hay una colmena. Me gustaría hacer algo con ella. No sólo quitarle la miel a las abejas. Si consiguiéramos, de alguna manera, que trabajaran para nosotros, sería fantástico. Podríamos tener suministro de miel durante todo el año. Pero hay algo que me lo impide.
                Señaló hacia la rama más alta del árbol.
                -Ella –apuntó.
                La muchacha escudriñó entre la espesura. Era casi indistinguible merced a su poder de camuflaje; aun con todo, divisó dos brillantes e intensos ojos dorados.
                -Me da que piensa que es su árbol –expuso la joven aquellas palabras que estaban escribiéndose en el aire.
                El chico negó con la cabeza.
                -Eso es lo que ella cree. Pero lo creerá por poco tiempo.
                La mujer levantó una ceja.
                ¿Por qué tenía –su voz interior se expresó con ironía- la persistente sensación de que aquello iba a concluir fatal?

                Mi amo se ha vuelto loco. He estado escuchando cómo le comentaba a un compañero que quería ponernos a la nueva serpiente y a mí a aparearnos. Dice, ¡insensato de él!, que sería genial obtener una serpiente o, mejor, un grupo de ellas, que fueran una combinación entre cobra y cascabel. Aparte de que no estoy segura de si la biología lo permite, creo que no tiene ni idea de que las relaciones entre animales pueden ser tan intrincadas e indescifrables (por no decir más) como entre los humanos. A las serpientes se nos dice frías, insensibles, incapaces de amar: nos reprochan nuestro escaso instinto maternal, sin tener en cuenta que varias de las mías protegen a sus crías durante las dos primeras semanas, cuando son demasiado débiles para sobrevivir por sí mismas. No comprenden el enorme sacrificio que supone, para nosotras (tan indefensas, a pesar de nuestros mecanismos de protección; tan fácilmente pisoteables; tan maltratadas por humanos y otros poderosos animales), el invertir nuestros escasos recursos en procrear, engendrar, y encima salvaguardar a unos pequeños seres que han que aprender, cuanto antes, que si no sabes valerte por ti mismo no tendrás ningún futuro en este oscuro mundo. Ésa es la gran lección de la vida y, cuanto antes la aprendan, mucho mejor. Sin embargo, las reacciones entre nosotras, y también con otros animales son, como entre dos entes cualesquiera, impredecibles. Un libro comentaba la historia de un ratoncillo –por lo normal, deliciosa y nutritiva cena- que se coló entre un grupo de serpientes en un zoo, y que éstas adoptaron como una especie de mascota. No sé si esa historia será fiable, pues nosotras no poseemos esa estúpida propensión de los mamíferos a proteger (al menos de vez en cuando) a las crías de otras especies. Pero, como digo, las consecuencias de ciertas interacciones no son matemáticamente calculables. Sólo así se explica la de niños que duermen plácidamente con serpientes durante años y cómo éstas, un día, los deciden estrangular. Hay cosas que ni nosotras mismas entendemos, pues no le ha sido concedido a nuestra naturaleza asimilarlas. A los humanos también les pasa, otra cosa es que no deseen aceptarlo. Se explica igual de mal el insensato y cautivo amor de las personas por los gatos, el hecho de que una gata hembra en celo pueda sentirse atraída por un macho humano, o la idolatría que manifiesto por mi amo a pesar de esta bárbara idea que se le ha ocurrido alumbrar. Si tuviera voz y lenguaje, como las serpientes de los cuentos, si pudiera hechizarle con mis pupilas verticales, le recordaría aquella historia sobre un califa que murió y dejó dos herederos, ambos de la edad de un cachorro. El previsor visir, visionario, visualizó una serie de batallas interminables para decidir el poder, y decidió que sólo uno de los bebés debería sobrevivir. Para ello, colocó a cada infante en un extremo de una habitación, y a una serpiente en el centro. Dejarían al animal libre diez minutos, y el niño que saliera indemne sería el vencedor (si a la serpiente no le daba tiempo a atacar en tan escueto rato, lo echarían a suertes y entregarían al verdugo al bebé desafortunado). Cuando abrieron la puerta, se encontraron con que ambos herederos estaban muertos: como consecuencia, se perdió el reino. Es lo que supone jugar a aprendiz de brujo.
                Además, incluso aunque se alineara la mejor de las circunstancias, dudo mucho que yo fuera capaz de dejar que me follara esa serpiente, por llamarla de alguna forma. Hasta ahora no ha ocurrido nada grave entre nosotras, pero es verdad que hemos mantenido una respetable distancia prudencial. Tenemos claro que nuestro oponente se encuentra como el número uno en nuestra lista de enemigos, y por eso intentamos evitar las circunstancias –a pesar del empeño de nuestro amo- en las que nos podamos cruzar. No se trata sólo del amor por nuestro dueño, qué va. Ojalá fuera eso: al menos significaría que la otra serpiente es capaz de amar. Pero dudo que tenga capacidad de ello, esa… víbora sería la palabra humana, pero no es la apropiada. Yo la definiría de otra manera: esa criatura antinatural. Hay seres que no constituyen lo que les tocaba ser porque les impulsa, desde detrás, el eco de oscuras reencarnaciones. Los occidentales se equivocan cuando creen menos que preconizan aquello de que, en el ciclo de la muerte y la vida hinduista, ascendemos a un nivel superior cuando nos <<portamos bien>>, como si de los mandamientos cristianos se tratase. ¿Qué significa “portarse bien” para una serpiente?¿Dejar de comer ratones?¿Ser piadosa con los pobres? Una buena serpiente es aquella que se comporta como lo hacen las serpientes. Pero en el caso de ésta que acaba de llegar, no lo hace porque carga consigo el alma de una existencia previa que le ha dejado cicatrices marcadas. Por tanto, su comportamiento será errático, cuanto menos. En contra de la esencia de su raza, con certeza. Nunca ha pertenecido a mi clan.
                Sólo espero que mi amo se dé cuenta antes de que sea demasiado tarde.

                Hace un día ventoso, desapacible. Las nubes grises invaden lo que hasta hace unos segundos era el firmamento estrellado, y ahora no dejan entrar al sol al lugar. El aire está cargado de electricidad estática. Pero la mujer sabe que el aroma que se respira no es de tormenta meteorológica, sino una de personalidades. De esás donde los rayos más destructivos se tienden a descargar.
                -Vamos –le instó la mujer-. Ni siquiera sabes cómo te conseguirías manejar con la colmena, incluso aunque la tuvieras a mano. Lo más seguro es que las abejas te picaran desde la cabeza hasta los tobillos y terminaras tan hinchado como…
No se le ocurría ninguna analogía.
-En definitiva, que no lo hagas.
                Pero para el hombre no había razones, ni precauciones, ni cálculos previos. Sólo sabe que existe un obstáculo entre él y lo que anda convencido, en su cabeza, que va a suponer su gran éxito, y por tanto ese estorbo ha de ser eliminado. Así que hoy ha decidido erradicar a la serpiente.
                En medio de la humedad del ambiente, del viento que ulula, arroja unas flechas. No sirve de nada. Va a tener que acercarse más.
                Es el momento de agarrar su lanza.

                Mi amo ha decidido que, dado que la “nueva” no ha mostrado el más mínimo interés en procrear conmigo, la única manera de ponernos en contacto va a ser organizar directamente un espectáculo conjunto. En el fondo, lo está deseando hacer, porque sabe que a la gente le entusiasmará, pero no está muy seguro de cómo vamos a reaccionar ambas. Sin embargo, se siente tan seguro de sí mismo, después de lo bien que le ha ido conmigo, que ni siquiera adopta la precaución, como practican otros encantadores, como ha hecho él en ocasiones anteriores, de quitarle los colmillos a la cascabel. Sabe que, sin ellos, el espectáculo perdería la mitad de su fuerza, a pesar de que la mayor parte del tiempo esos dientes provistos de veneno se hallen combados hacia adentro para evitar que la propia serpiente se haga daño a sí misma. Aún así, con las cámaras fotográficas que hay hoy en día, la gente es capaz de tomar imágenes muy buenas, y podrían captar que los colmillos no están, restándole buena parte del morbo; y, por tanto, protestarán, la diversión. La otra opción sería entrenar a la recién llegada para que le mordiera su brazo, engastado en un protector de plata, que le rompiera repetidamente los colmillos, hasta que ésta se convenciera de que la estrategia es inútil (tarea que requeriría un plazo de tiempo muy largo del que ahora no disponemos) o como, como último recurso, emplear un método alternativo para quitarle el veneno, pero éstas salen muy caras y, en los países muy pobres, lo de “seguridad garantizada” es motivo de risión.
                Mi amo prepara el espectáculo con esmero. Sabe que el secreto está en los detalles. Que los gestos y movimientos se combinen con los sonidos y sucesos en el momento adecuado. Dispone las alfombras y los cojines de manera primorosa. A mí, como me ve inquieta, me acaricia a lo largo de la espalda y luego me encierra dentro de “la caja” con delicadeza, plantando una piedra encima que me impide escapar.
                Por tanto, lo único que puedo hacer es golpear repetidamente con la cabeza contra la tapa de la cesta cuando observo que la serpiente de cascabel ha encontrado un modo de salir de su receptáculo y se dirige hacia mi amo, que no ve nada, por detrás…

                El hombre se dirige con ímpetu al árbol. La mujer trata de detenerlo, pero su resolución es firme. Se acerca hasta la rama más baja, donde se ha aposentado la serpiente, y hace esfuerzos para lancearla. El ofidio responde sisando y abriendo la boca, dispuesta para defenderse, que en su caso significa atacar. Su mirada refleja pánico, pero la única forma que tiene de demostrarlo, en su rostro, es mediante un gesto que para el hombre (que presenta en su cara una expresión parecida) se traduce en un rictus de odio y maldad.
                La serpiente arquea su lomo. El hombre aprieta la mano en torno a la lanza. Esta última se cierne amenazadora sobre la cabeza de la serpiente, pero yerra el golpe. El animal coge impulso para saltar.
                El vuelo (porque así cabe calificarse la forma que ha tenido de precipitarse de la rama) se ha producido medio segundo antes de lo que ha previsto el hombre, pero es más que suficiente. Sin embargo, ha tenido lugar en el momento justo en que la mujer, temerosa del peligro, ha adivinado lo que iba a pasar.
                Por eso ella se ha entrometido en el lugar físico perfecto para interponerse entre ambas trayectorias, y la serpiente ha aterrizado con la boca sobre el cuello de la fémina, clavando ambos arpones en la yugular.
                La mujer siente que el tiempo se ralentiza, pues tiene la impresión de durar una eternidad el efímero instante que el veneno se tarda en inocular…
               
                Me agito histérica, golpeando la tapa de la cesta con todas las secciones de mi cuerpo, mientras observo a la cascabel, la mirada vacía, la trayectoria fija, como un zombie, desplazarse a la par que mantiene el cascabel inerme a un lado para que no haga ningún ruido que pueda traicionarla. Trato de hacer toda clase de sonidos para advertir a mi amo, pero para cuando empieza a dar cierto resultado, ya es demasiado tarde; la asesina se ha abalanzado sobre mi amor y ha clavado sus colmillos en la nuca. Mi dueño, incrédulo, cae sobre las rodillas y se lleva las manos al cuello. A pesar del calor que siento, y lo rápido y fuerte que rebota mi corazón, creo que la sangre se me está congelando tan rápido dentro de las venas que me voy a romper como el cristal.
                Mi amo agoniza por el suelo, de rodillas, mientras la cascabel se aleja de manera desacompasada y nerviosa. Debido a mi escasa visión, no puedo vislumbrar del todo lo que sucede. No sé si mi amo se ha chocado con la caja a propósito o por accidente, pero en todo caso, noto cómo la piedra que hay encima de mi cesta se desequilibra y eso me permite, gracias a un golpe que me cuesta un gran dolor de cabeza, escapar de mi prisión. Me arrojo con celeridad histérica sobre el cuello de mi amo, que ya se ha desmayado. Tengo que chupar el veneno antes de que el daño sea irreparable.
                La gente, alertada por el ajetreo, ha acudido para averiguar lo que ha pasado. Al verme sobre el cuello de mi amo, comienzan a pegarme golpes con mantas, palos, piedras, lo que encuentran. Estoy seguro que los que ahora mismo se alejan, acelerados, lo hacen para buscar agua caliente, un cuchillo o un hacha con la que decapitar.
                Yo, mientras tanto, me agito y contorsiono mi cuerpo mientras permanezco con los dientes pegados al cuello de mi amo, rezando porque aún le pueda salvar…
                Hay algo que los occidentales nunca han entendido de la rueda de la vida, de la reencarnación hinduista. Cuando se trata de ascender a un nivel superior, no implica que el más alto de la escala sea necesariamente un humano. Tampoco, en el bucle infinito del tiempo, que la dirección de las reencarnaciones haya de ser forzosamente hacia adelante; también puede hacerse hacia atrás.
                El hombre, en un principio, fue barro. Tras atacar a la serpiente para conseguir algo (nada más común en su naturaleza de hombre) se transformó de manera lógico en serpiente a su vez. Sus comportamientos agresivos persistieron, y atacó a mi amo. Su forma tan violenta de encarar la vida le conducirá en cada reencarnación al sufrimiento, sea cual sea la apariencia que le hayan asignado, o que haya decidido adoptar.
                Yo, en cambio, rescaté a mi amo. Le dejé al límite de la muerte, pero a salvo. A mí, ensangrentada y dolida, bajo el influjo de bastones, barras de hierro, utensilios de cocina, me molieron a palos, pero no por ello dejé de considerar mi fallecimiento un final dichoso. Inane en el suelo, cubierta de líquidos fundamentales, constatando por el rabillo del ojo cómo mi amo se levantaba, mientras el veneno de la cascabel descendía quemante hasta mis heridas desde mis entrañas, me embargó un destello de felicidad. Las consecuencias vinieron antes, en una vida pasada. Como desobedecí las normas que deben regir el comportamiento de las serpientes, sometiéndome sin condiciones a un humano, fui degradada a mujer: condenada a sufrir, en condena continua, el permanente dominio que sobre mí los hombres pretendan manifestar. Pero entonces hice algo que me convirtió en un ser mejor que yo misma: fui más humana que nunca, contraviniendo incluso el orden natural. Por ello sé que, en la siguiente etapa, tendré un destino feliz: quizás salga del ciclo de las reencarnaciones. Tal vez, incluso, me convierta en un ser superior. Puede que construya un Paraíso.
                El pobre de mi amo: tras su muerte, muchos años más tarde de aquella atroz mordedura, metamorfoseó en serpiente, especie con la que tanto había llegado a contactar. La segunda vez que le atacaron, supo estar preparado. No sé qué pasará con él. Allá donde acabe, espero que le vaya bien. Supongo que en una vida futura, en algún momento, nos llegaremos a enamorar. Me figuro que, en ese estado, nuestros cuerpos encajarán en una mejor manera, y no seremos desdichados nunca más.
                Somos lo que somos, o en lo que nos convertimos. Avanzamos en línea recta, o tal vez formamos un círculo por donde fluye de manera perene nuestra esencia vital.
                Siempre que no estemos conformes, tenemos la opción de, nuestra piel, mudar…