lunes, 27 de marzo de 2023

La historia corta de marzo. Dedicadas a Eduardo Galeano (XVIII): "Lectura fácil"

Dos personas, un hombre y una mujer, se conocieron leyendo en el lectorium (“zurdorium” para los que sigan la broma), esa sala de lectura del Fnac donde la gente puede disfrutar de un rato tranquilo leyendo los libros. Se miraron por encima de los libros, y decidieron, “Vámonos de aquí”, y se dirigieron a la casa de uno de los dos.

Una vez hecho esto, no supieron qué hacer. Y se pusieron a leer, en el salón de la casa, sentados sobre la alfombra, durante horas...

lunes, 20 de marzo de 2023

El libro de marzo: "Futbolítica", de Ramón Usall


"Futbolítica" (subtítulo: "Una vuelta al mundo a través de clubes políticamente singulares"), escrito por Ramón Usall, es un manual imprescindible para todo el que quiera saber cómo la masa social de un club puede influir en el carácter de un equipo, y viceversa. El libro recorre cuatro continentes para narrarte variadas historias y puntos de vista: desde clubes de carácter social, representantes de etnias y movimientos políticos, hasta equipos ligados a la Stasi, los regímenes dictatoriales y los más diversos nacionalismos. Descubriremos que hay equipos que han enarbolado la bandera de refugiados, judíos u obreros, o que se han manifestado a favor de la causa de la libertad o en contra del colonialismo. Quizá el único defecto del libro es que, con el paso de las páginas, la estructura se torna un poco repetitiva, pero, a cambio, nos regala un buen puñado de anécdotas: por ejemplo, saber que el Real Madrid tuvo varios presidentes comunistas; que la tradición catalanista del Barça viene de antiguo; que el Manchester City no siempre fue el club de los millonarios; que el Torino es más popular que la Juventus (aclamada en toda Italia) dentro de la ciudad de Turín; que hay un equipo que puede presumir de haber contado entre sus filas con un premio Nobel; o las transformaciones que ha sufrido la ideología asociada a clubes españoles (como el Atleti), británicos o italianos. Descubriremos a presidentes que despidieron a futbolistas por traicionar a su país (o incluso ordenaron su muerte), momentos en que el poder favoreció a determinados equipos, y clubes que formaron parte de movimientos de resistencia. En particular, os incito a que descubráis cómo la selección de Euskadi estuvo a punto de ganar el campeonato nacional en México. Se encuentra al final del libro, pero en medio hay textos que dan mucho juego. Por mi parte, un saludo al primer toque.

lunes, 13 de marzo de 2023

Las historias reales de marzo: innovando en campos de concentración, resucitando teorías periclitadas, reduciendo cabezas.

Nuevos hilos publicados en Twitter, en Mastodon o (como os enlazo en un par de casos) a través de aplicaciones que los organizan en un formato menos fragmentado: sobre cómo España creó el concepto de campo de concentración en la isla de Cabrera, acerca del gallego que se coronó como rey de los jíbaros, y en relación con no sólo con una, sino con dos teorías científicas que parecían descartadas y al final revelaron ser aplicables en ciertos casos. Disfrutad de estas historias. Un abrazo.

lunes, 6 de marzo de 2023

El relato de marzo: "Un mensaje en una botella"

Un mensaje en una botella

Paca es una mujer de costumbres. En cuanto su marido Luis sale por la puerta para trabajar (dos de besos despedida, mua, mua), practica una rutina invariable, algunos la tacharían de monótona. Ejercitan una serie de rituales de limpieza de cutis y adecentamiento del rostro que, si hubieran estado bajo el conocimiento de Channel o Paco Rabanne, estos últimos habrían pagado millones por examinar sus secretos; pero como Paca es una simple ama de casa del distrito de San Blas, no creemos que vaya a llegar ningún alto ejecutivo con una maleta cargada de billetes para entregársela y sacarla de pobre. Más bien al contrario, Paca es bien consciente de su destino, aunque también es feliz con él. Le vale con adecentarse, realizar unas pocas tareas domésticas -las mínimas e imprescindibles para que su casa se mantenga en pie-, y luego sentarse el resto del día a devorar una serie tras otra. No puede evitarlo: le encantan, le apasionan, las ama, las adora. Se las traga todas: comedias, románticas, de ciencia ficción, de autor, aunque la cautivan especialmente los más desconsolados y perturbadores dramas. Paca no se autoengaña: dice que ella es adicta a las series como su madre lo era a los culebrones venezolanos. No es una diferencia de filosofía, confiesa; si acaso, argumenta, hemos mejorado en calidad. Por eso, esa mañana, mientras espera que hagan efecto los rulos sobre sus cabellos, se enfunda la bata de boatiné, tan vieja como cómoda, y se sienta en su mullido sofá, delante del televisor, para disfrutar de la maratón que su cadena favorita le ha prometido de uno de sus programas favoritos. La primera media hora es maravillosa; el capítulo, espectacular, como casi todos. El problema viene cuando llega el siguiente. La mujer parpadea, patidifusa, aunque no debería estarlo: lo han vuelto a hacer. Lo han vuelto a hacer, una vez más. A pesar de sus quejas reiteradas. A pesar de que les mandó un e-mail a los de la cadena (bueno, su sobrino les mandó un mail; menos mal que el chaval le echa una mano con las cuestiones informáticas). Pese a que llamó por teléfono y una amable señorita le aseguró personalmente que no iba a volver a ocurrir. Pues allí estaba: los peinados cambiados de sitio, las tramas desarboladas. "Ya está bien", se dice a sí misma, levantándose en un arranque de ira. "Esto es ya es pasarse de castaño oscuro. Pero de hoy no pasa. Se van a enterar", farfulla para sus adentros mientras se dirige al cuarto para vestirse. Se pone sus mejores prendas, las de ir elegante, las de acudir para pedir favores. Pero esta vez no va a solicitar: va a ordenar. Va a exigir. Se van a enterar de quién es Paca.

 

Coge el metro (Dios mío, ¿hacía cuánto que no se subía a uno?¿La gente olía antes así? Qué asco, le dan ganas de echar un poco de ambientador para clarificar el ambiente). Se dirige al centro de la ciudad, a la dirección adonde remitió las cartas que envió originariamente. Una vez sale del subterráneo, tarda un rato en orientarse hasta llegar al edificio, pero, una vez lo hace, reconoce de manera inconfundible la silueta que muestran al inicio de todos los programas. Entrar, en circunstancias normales, no hubiera resultado fácil, pero resulta que hoy acude un grupo de individuos anónimos como público invitado para la grabación de un programa de telerrealidad, así que, en medio de la confusión, consigue acceder a la recepción. Una vez allí, se dirige a un mostrador, donde una bella señorita de ésas que parece que fabrican por lotes en un laboratorio la atiende:

-¿Sí?¿En qué podemos ayudarla?

Paca toma aire antes de soltar parrafada.

-Mire, yo me pongo a ver todos los capítulos que echan de "Darwin se acuesta con Copérnico". Ya sabe, la serie ésa de los científicos tan simpáticos que se acuestan todos con todos. Es una serie estupenda...

-Ah, sí, es uno de nuestros productos estrella. Gracias por el cumplido.

-De nada. Pero vengo a quejarme. No puede ser que, cada vez que ponen varios capítulos seguidos, los coloquen en un orden completamente aleatorio y absurdo. De repente, los personajes que están juntos se separan y es como si nunca se hubieran arrejuntado; los peinados y cambios de estilo se alteran de una manera caótica; no hay ningún control, pasamos de la temporada 4 a la 8, y luego a la 1, sin la menor transición. Quiero hablar con quien hace eso. ¡Es una falta de respeto a los telespectadores!

La mujer de recepción se queda sorprendida. Es la primera vez que le realizan una petición como ésta. Normalmente, es cierto, la gente se queja; de hecho, hasta sus propios familiares le reprochan que parece que la programación la organiza un mono borracho. Pero eso de dirigirse personalmente a la sede de la cadena a quejarse... bueno, es otro nivel. A lo mejor su novio anarquista tiene razón y la revolución se está aproximando.

-Creo que debería formular usted su sugerencia al Área de Programación. Está en la segunda planta, a la izquierda. Pregunte por el Señor Carvajal.

Paca da la gracias -educación ante todo- y se dirige, con el bolso agarrado al pecho, hacia el lugar indicado por la amable recepcionista. Sin embargo, hay algo que la recepcionista no le ha advertido y que le va a resultar enormemente ventajoso: resulta que, a consecuencia de la última crisis a raíz de los ratios de audiencia, varios departamentos se encuentran congregados en una de las salas más recónditas, en una reunión de ésas en la que ruedan cabezas y de las que suelen salir becarios envueltos en lágrimas, así como profesionales de muchos años cargando con cajas en las que guardan plantitas y fotos personales. Quizá por eso, cuando llega, en el departamento de Programación no hay casi nadie. Paca es consciente de que lo suyo es abordar a uno de los pocos trabajadores que se hallan pululando por allí y preguntarles. Pero entre que les ve cara de angustiados (normal: su único pensamiento ahora mismo es si van a perder su trabajo), y que tiene cierta curiosidad malsana por ver cómo es un edificio de la televisión por dentro, decide que es mejor husmear por todos los rincones, a ver qué encuentra. Lo cierto es que, lejos del glamour que cabría esperar, aquello es como una oficina cutre con el personal particularmente ansioso. En puridad, se respiran malas vibraciones. La sensación se acrecienta cuando encuentra una puerta de metal cerrada con un candado oxidado, al lado de uno de esos viejos montacargas que dan la impresión de que sirven para desplazar bolsas de lavandería al fondo de un túnel mugroso en medio de un apocalipsis zombi. Paca le echa un vistazo distraído al candado. Y, como es una mujer de mundo, a pesar de que por su profesión no lo aparente, coge una horquilla de entre sus cabellos, juguetea un poco en la cerradura y consigue que el desvencijado candado se abra. Paca pasa a través de la puerta, desde donde se abren unas escaleras. Desciende muy lentamente hacia una especie de húmedo sótano.


El lugar con el que se topa parece sacado de una pesadilla de alguien que se ha pasado con su ración de películas expresionistas alemanas. Faltan tan sólo los tubos de ensayo con líquidos de un verde fluorescente, y los derrames de líquido radiactivo por las esquinas. Aunque, para compensar, ciertas secciones del suelo se muestran pegajosas a cada paso. Hacia ambos lados se abren monitores, pantallas de ordenador y de televisor, tablones con gráficas de audiencias, teletipos. La luz parpadea en las bombillas, que titilan temblorosas, cual sobrecogidas por su propio fulgor. Todo aquello da sensación de irrealidad, de film de ciencia ficción de sobremesa... hasta que, de repente, lo que surge parece salido de las peores fantasías de la Edad Media.


Hay varias mesas, sobre las cuales se asientan ordenadores, teclados, reproductores de CD y de DVD, viejas máquinas de vídeo doméstico, y por supuesto pantallas planas. También se acumulan, desordenados, diagramas y esquemas de parrillas televisivas. En el centro, un muchacho: joven, de unos treinta años, con grandes gafas redondas, con cara de "apamplao", como diría Paca; pero, sobre todo, con un color de la tez macilento, como la gente que lleva mucho tiempo sin ver el sol, y del pálido ya han pasado directamente al verde. Y lo más extravagante de todo: se encuentra atado a la pata de una sólida y pesada mediante una gruesa cadena de metal. Es difícil expresar cuál de los dos se queda más ojiplático al contemplar al otro, si Paca al observar esta aparición propia de una película de serie B, o el chico al observar a una señora a la que sólo le falta el traje regional de su aldea para desentonar más en los sótanos de una importante cadena de televisión.


Sin embargo, la cara del chico, unos segundos después, muta en una expresión de alegría extraordinaria:

-¡Por fin!¡Alguien ha venido!¡Por fin han venido a buscarme!

Paca parpadea un par de veces.

-¿Qué os ha dado la pista?-la verborrea del chico se acelera hasta tal punto que cuesta entenderle-. ¿Ha sido la serie de "Darwin se acuesta con Copérnico", verdad?¿O la de “Todos están con Lola”?¡Habéis entendido el mensaje!

-¿Qué mensaje? -las facciones de Paca se tornan en un grito de indignación-. ¡Si la programación es un caos!¡De eso venía a quejarme!¡El orden de los capítulos de la serie de los científicos no tiene ni pies ni cabeza!

-¡Por supuesto que sí!-el chico, a pesar de las dificultades de movilidad debidas a la cadena, es capaz de deslizarse hasta unos papeles que acercó a Paca, y que hasta ahora se encontraban desparramados sobre la mesa que hace las veces de los presidios-. ¿Lo ves?¡El orden de los capítulos contiene un código oculto a través del cual podíais encontrarme!¡Si uno sigue los indicios, puede averiguar mi situación y cómo llegar hasta aquí! Lo inserté de manera diferente en otras diez series, pero éste -dijo apuntando a un esquema referido a “Darwin se acuesta con Copérnico”- fue el que me salió más diáfano, y por tanto más fácil de descifrar...

De repente, un par de neuronas conectan en su interior:

-Tú no has venido a sacarme de aquí, ¿verdad?

Pero entonces, en tan sólo unos pocos segundos, del rictus de sorpresa pasa a uno de terror absoluto:

-¡No!¡Por favor!¡Por favor, no os la llevéis!¡Tenéis que liberarme!¡Necesito salir de este sitio!

El guardia de seguridad que acaba de aparecer toma a Paca (delicada, pero firmemente) por el brazo, y la desplaza con suavidad:

-Vamos, señora. Usted no debe estar aquí.

Paca protesta débilmente, dándose la vuelta para contemplar al pobre chico, que aúlla enfermo de llanto e ira, tratando de desplazarse y enredándose con la cadena mientras lo intenta. Sin embargo, el guardia de seguridad no atiende a sus protestas: la saca de vuelta a la puerta del candado, el cual cierra con economía de movimientos para a continuación plantarse delante de la entrada.

-Puede usted marcharse -indica con una solidez que no dejaba lugar a dudas. Paca alza un dedo, como si fuera a reprenderle o a decir algo, pero la actitud del segurata la convence de que aquello no serviría de nada. Lenta, muy lentamente, se da la vuelta y se dirige con pasos cortos de vuelta a la recepción.

Una vez allí, todavía traumatizada por lo que acababa de contemplar, camina a pasos muy cortos en dirección al mostrador de entrada, donde divisa a la misma chica con la que había hablado antes:

-Creo... creo que tienen a un hombre encerrado en el sótano -decide soltar así, de sopetón.

La chica le dedica una amplia sonrisa de anuncio de dentífricos (está claro que la han seleccionado por su buena presencia), aunque no puede evitar enarcar de manera demasiado evidente una ceja:

-¿Cómo dice?

-Sí, un chiquito, joven. Lo tienen allí... atrapado con una cadena.

La muchacha, sin desarmar del todo su sonrisa (aunque esta vez parece más forzada), niega sutilmente con la cabeza:

-No es política habitual de la empresa tener empleados encadenados en su sótano.

Paca ve que por allí no hay nada más que rascar. De todas maneras, mientras se aleja a su ritmo pausado habitual, la recepcionista alza el teléfono situado sobre el mostrador. Paca puede escuchar, mientras se aleja, cómo la bella Venus post-capitalista solicita a través del auricular: "¿Seguridad?".

Paca vuelve a su casa, entre aún estupefacta y mohína. Va a su casa. Se pone a hacer sus labores domésticas. Su marido vuelve un rato más tarde. Paca sirve la mesa y le pone unas cervezas. El esposo departe animadamente sobre lo que le ha ocurrido en el trabajo. En uno de sus (breves) momentos de silencio, mientras bebe de su cerveza, Paca espeta:

-Yo hoy he ido a la sede de mi cadena preferida. Y allí... he visto a un pobre chico... lo tenían encadenado en el sótano... Trabaja programando los capítulos de las series.

El marido se queda un momento con la cerveza en la mano, perplejo. Luego, agitó la mano, despreocupado:

-¿Qué es eso que has visto?¿Una película de esos telefilms cutres que ponen a media mañana? Por un momento me has asustado. Un chico encadenado en un sótano... Ja, ja, qué gracioso.

Paca sigue con la comida, quita más tarde los platos, y no vuelve a mencionar el asunto.


Al día siguiente, Paca se planta delante del televisor con un bolígrafo y un cuaderno de anillas. Enciende la televisión, y maneja el mando hasta localizar la cadena que ha visitado el día anterior. Con sus cinco sentidos clavados como dagas en la pantalla, trata de dilucidar cada gesto, cada señal, cada posible mensaje; pensando en quién puede hallarse al otro lado, se dispone a anotar todo aquello que pueda encontrar...

lunes, 27 de febrero de 2023

Dedicadas a Eduardo Galeano (XVII): "Mátalo, que no muerda"

 Mátalo, que no muerda

            Mi amigo, cada vez que se caía una cosa (un papel, una goma), gritaba “¡Mátalo, que no muerda!”, y lo pisoteaba como si fuera un bicho. La broma era muy graciosa, desde luego, y ya la tenía hondamente asentada en el alma -y en la rutina habitual- cada vez que cualquier objeto se deslizaba hacia el suelo.

            Hasta que se le cayeron las gafas.


Posdata: aparte de esta historia corta, si no conocíais esta charla que repito de vez en cuando, titulada "Cariño, ¿dónde he metido el cerebro de Einstein?", podéis ver en Youtube la última versión que han tenido la deferencia de grabarme, en este caso cuando la impartí en el Espacio Fundación Telefónica. Espero que os guste (contiene alguna novedad respecto a versiones anteriores). Un saludo a vuestros cerebros.

lunes, 20 de febrero de 2023

El libro de febrero: "La arquitectriz"

"La arquitectriz", de Melania G. Mazzuco, es un colosal mosaico. Una alfombra con cientos de pequeños nudos donde se entrecruzan vidas y sucesos históricos. Gira en torno a un personaje real (Plautilla Briccia, de las primeras mujeres que se encargaron de diseñar un edificio, de ahí el título), pero, lejos de quedarse en lo poco que sabemos de su vida, le añade tanto color y detalles que se presenta vívidamente ante nuestros ojos. Otro punto alrededor del cual orbita la novela es la vivienda que ella diseña, Villa Benedetta, también denominada "el Bajel", del cual la autora nos narra sus antecedentes, su construcción y su futuro, así como los de los individuos que pululan en diversas épocas dentro de él. El libro está lleno de apasionantes personajes, repletos cada uno de su particular carisma, y también de todo el caos y el desorden de los que está poblada no sólo la vida, sino también, en particular, la eterna, abigarrada y esplendorosa ciudad de Roma. Pero, ante todo, es un estupendo reflejo de la Italia del Barroco, con sus artistas (Bernini, Borromini, Pietro da Cortona) pintando, intrigando y batallando entre sí, mientras los poderosos (ya se llamen Sumo Pontífice, Luis XIV o Mazarino) les financian, les utilizan, les alzan en nubes de gloria o les hacen caer miserablemente en desgracia. En medio de todo eso, nuestro personaje trata de salir adelante a pesar de todos los factores que le pesan en contra: mujer, artista, inteligente, pobre. El libro es en algún momento tan excesivo, con tanta tendencia a explotar por sus costuras (qué menos en una obra sobre el Barroco) que te da la sensación de que mete ciertas frases a destiempo, o que no concreta bien acerca de qué personajes está hablando, como si ciertas cuestiones hubieran sido imposibles de reconducir tras agotadoras y titánicas sesiones de revisión. Sin embargo, estos diminutos defectos son pecata minuta en comparación con la inmensa riqueza que aportan caracteres com el padre de Plautilla, o Elpidio, el amor casi imposible de esta última, así como sor Eufrasia, la monja con la que hace migas, sus decenas de familiares, y tantos y tantos actores en esta representación teatral que siempre te deja con ganas de contemplar más actos. En definitiva, permitiros atrapar por este torrente tempestuoso y, una vez en la vorágine, os aconsejo que os dejéis llevar.

lunes, 13 de febrero de 2023

La historia real de febrero: La gran redada de gitanos

Nos acordamos -con frecuencia, y con razón- del Holocausto que los nazis intentaron (y casi llegaron a cabo) con los judíos. Nos olvidamos con más facilidad de que las políticas de aniquilación de Hitler alcanzaron también a izquierdistas, homosexuales y gentes de otras etnias, como gitanos (entre estos últimos, el fenómeno se conoció como Samudaripen o Porrajmos). Pero lo que es resulta bastante desconocido para el gran público es que España intentó su propio holocausto, a su manera, con la población autóctona gitana. Fue el suceso que se denominó "La Gran Redada", o Prisión General de Gitanos.

Los gitanos (o calós, como se denominan a ellos mismos, en contraposición con los payos; también se les conoce como romanís) llegaron a España en 1424, procedentes originariamente de la India, y su entrada fue autorizada al año siguiente por un salvoconducto de Alfonso V de Aragón. Su vida nómada les hizo muy diferentes desde el principio del resto de la población, y aunque han aportado (tanto a nivel colectivo como individual) muchas cosas al acerbo de su nueva patria, siempre ha habido problemas de convivencia. El problema surgía cuando algunos decidían que la mejor manera de eliminarlos (o de completar la homogeneidad de los reinos españoles iniciada por los Reyes Católicos con la expulsión de judíos) era, precisamente, erradicar a la cultura minoritaria de la ecuación. Se promulgaron hasta 250 medidas anti-gitanas (reclutamientos a galeras, expulsiones de determinados territorios, normas destinadas a la exclusión social o a que no consiguieran trabajo), algunas de ellas contradictorias, como las que obligaron a los gitanos a residir en ciertos municipios, lo cual conllevó que se trasladaran de localidades donde ya se habían integrado.


Arriba, fotografía de Niña Pastori, quien ejemplifica la contribución de la población gitana (ella tiene madre caló y padre payo) al mundo del flamenco, aunque, poco a poco, podemos encontrar gitanos tan orgullosos de su herencia como partícipes de todos los sectores sociales y profesionales. Abajo, marqués de Ensenada, responsable en buena medida de la Gran Redada.

Sin embargo, el punto álgido llegó durante el reinado de Fernando VI. En ese momento, el Consejo de Castilla (presidido por Vázquez Tablada, obispo de Oviedo) se decidió a acabar con "el problema gitano" de una vez por todas -"solución definitiva", lo denominaron-, y propuso un plan que sería ejecutado por el ministro más relevante de aquel momento, el marqués de Ensenada. La primera opción fue enviarlos como prisioneros a América (el mayor inconveniente era que podían acogerse "a sagrado" en las iglesias, pero el Papa les hizo el favor de revocar ese derecho, el cual siguió funcionando para todos los criminales excepto para los de origen romaní). Sin embargo, al ver que Portugal había intentado una propuesta similar y no le había salido bien, se decidieron a encerrar a todo el pueblo gitano, aislar a las mujeres de los hombres e impedir, en último término, que pudieran reproducirse. En puridad, estamos hablando de una extinción, un exterminio: en aquella época no existía la palabra genocidio, pero la idea no le iba a la zaga, y muchos historiadores la califican con ese término (si bien es verdad que de manera indirecta, porque el plan no era matar a los gitanos para lograrlo). Uno de los detalles graciosos fue que, a pesar de que la idea era abominable, en los documentos oficiales ni siquiera se quería mencionar la palabra "gitano" porque los ideales de la Ilustración veían feo discriminar por raza, así que muchas veces se trató de disfrazar este trato diferencial en base al oficio: esto causaría muchos problemas posteriormente, como veremos.

Hay que reconocer que la estratagema estaba muy bien ideada: se llevó a cabo un recuento minucioso de la población gitana (luego resultó que no era tan exacto como les hubiera gustado). Se planeó que la redada se ejecutara de manera sincrónica por las distintas zonas del territorio en el mismo día y hora (la medianoche del 30 de julio de 1749), y que fuera llevada a cabo por grupos que se organizarían en el máximo secreto. Muchos de los militares que recibieron las órdenes se enteraron de las mismas unas pocas horas antes de llevarlas a cabo, pues venían en sobres escrupulosamente cerrados que debían abrirse de manera simultánea: una vez hecho esto, habría que arreglárselas para localizar a los gitanos y separarlos entre hombres mayores de siete años, y mujeres y niños menores de esta edad (los primeros irían a trabajos forzados en arsenales de la Marina, y l@s segund@s a cárceles, hospicios o fábricas textiles; los niños, cuando crecieran, serían separados de sus madres, aprenderían un oficio y tendrían el mismo destino que sus progenitores). La financiación para organizar todas estas operaciones saldría de requisar los bienes pertenecientes a los gitanos (una idea que sin duda copiaron de la Inquisición, que ya llevaba años funcionando económicamente sobre esa base).

La parte más increíble de esta historia (lo que es raro, cuando hablamos de un plan español) es que todas las instrucciones se cumplieron con eficacia germánica. De hecho, las primeras horas fueron un modelo de planificación que hubiera encandilado a los nazis: hasta hubo poblaciones en las que se cortaron las calles para impedir la huida de cualquier gitano de la localidad. Se calcula que capturaron a unos 9000 calós, que se sumaron a unos 3000 que ya estaban en prisión; sin embargo, como suele decirse, no fueron todos los que eran (algunos gitanos huyeron, muchos porque contaron con ayudas de colaboradores), ni eran todos los que fueron (se asumió que todos los integrantes de determinadas profesiones eran romanís, y la justicia tuvo que dirimir determinados casos). Muchos gitanos se entregaron pacíficamente -no conocían el alcance del plan, y creían que era positivo colaborar con las autoridades-, incluso yendo al encuentro de los soldados, para sorpresa de los mismos (cosa que por ejemplo ocurrió en Vélez-Málaga), y la mayor resistencia tuvo lugar cuando se trató de separar a las familias, en particular a los padres de sus hijos, aunque sí hubo algunos conatos de rebeldía aislados. Por otra parte, hay que decir que muchos calós trataron de acogerse a sagrado (derecho que, como decimos, les había sido astutamente retirado para evitar que tuvieran una salida; eso sí, algunos religiosos les protegieron, a pesar de la prohibición, y las autoridades tuvieron que pasarles por encima); en cuanto a la población paya, su actitud fue variable, y aunque muchos trataron de defender a sus vecinos, otros en cambio fueron colaboradores activos de la Gran Redada, y delatores del pueblo objeto de persecución.

John Philip, que visitó España y recibió la influencia de varios artistas españoles, creó este cuadro (La ventana de prisión) sobre cómo padecía sus desventuras una familia durante la Gran Redada de Gitanos.

Sin embargo, toda la disciplina que habían mantenido las autoridades en esta primera fase de la operación se fue desarbolando a lo largo de las siguientes etapas. No había medios materiales suficientes para mantener encerrados a tal cantidad de gitanos, a pesar de que se habilitaron castillos, alcazabas e incluso barrios enteros -como uno en Málaga- para tal fin. Además, la falta de un registro detallado de los gitanos (muchos de los cuales se habían casado con payos o tenían certificados que les acreditaban como cristianos viejos) complicaba muchísimo las cosas a nivel de los responsables de la administración, la cual por otra parte se hallaba desbordada. En un momento determinado, la confusión era tanta (¿se era gitano según tu etnia o tu profesión?; ¿eras más o menos gitano según el arraigo en tu lugar de procedencia?; ¿se debía tratar igual a un gitano casado con una paya que a una gitana casada con un payo?; al final, en este último caso, la decisión que se adoptó fue que una familia era gitana si lo era el marido) que al final se decidió liberar a unos sí y a otros no, con lo cual el plan inicial empezó a hacer aguas.

No había espacio para tal masa de reclusos: los gobernadores pedían que no se les enviara a más, a pesar de lo cual éstos siguieron llegando. Las condiciones en las que se mantenía a los romanís eran deplorables (incluyendo el uso de grilletes), lo cual llevó a numerosas muertes, fugas y revueltas (éstas incluían burlas a los carceleros; varios grupos de gitanos decidieron hasta rasgarse las ropas y quedarse en cueros, lo cual dejó a sus guardianes descolocados). A pesar de que se ordenó castigar a los huidos con la horca, muchas autoridades locales consideraron desproporcionada la orden y no la cumplieron. En medio de la confusión, no era tan raro que a unos gitanos se les liberara por un lado y se les arrestara más tarde por el otro. Creo recordar que la primera vez que leí esta historia (mi memoria no está segura de si en un texto de Antonio Gómez Alfaro, el gran historiador moderno acerca de este tema, y que escribió un libro al respecto) se hablaba de permisos temporales para salir y hasta de visitas conyugales intermitentes, pero estos extremos no los he podido confirmar; en todo caso, os podéis imaginar el despropósito que era aquello, y el caos organizativo, en contraste con el éxito inicial de la operación.

Por otra parte, la medida, en muchos sentidos, resultó contraproducente: mientras que a los gitanos que tenían una vida más nómada resultó más difícil capturarles (se calcula que hasta 2000 se libraron de las redes que se cernían en torno a ellos), en cambio, a los que tenían un oficio y llevaban toda la vida en la comunidad -en buena medida, reasentados por las leyes anteriores; por eso estaban tan bien localizados- fue fácil atraparles. Sin embargo, su arresto, paradójicamente, fue el que más dañó a las economías locales. Hasta alcaldes y habitantes de sus pueblos pidieron insistentemente que les liberaran; eso, unido a las protestas de la comunidad caló (sobre todo por parte de las mujeres) acabó por forzar a las autoridades a modificar el desenlace final del asunto.

Unos tres meses después de la Redada se decidió liberar a un gran número de gitanos, hasta 5.000, que pudieron, de una manera u otra, demostrar "su honradez" (o sea, que tenían trabajo y arraigo); sin embargo, cuando volvieron, descubrieron que se habían quedado sin propiedades, y que tenían que reiniciar su vida desde el principio, lo cual no debió de apaciguar la conflictividad social. Los 4.000 restantes siguieron trabajando prácticamente como esclavos, siendo liberados poco a poco, hasta que, en 1763, Carlos III, quien había sucedido a Fernando VI (el cual había destituido al marqués de Ensenada hacía mucho), decidió finiquitar aquel dislate, indultar a los pocos cientos que aún quedaban recluidos y que no habían muerto por las malas condiciones de vida, y terminar con todo lo que le recordaba que aquella fallida operación había existido -Carlos III, incluso, decidió omitir explícitamente el suceso en legislaciones posteriores; según decía, porque dejaba en mal lugar a su antecesor Fernando VI-. Aun así, el problema logístico de la reubicación prolongó las trabas burocráticas dos años más, hasta que el rey ordenó liberar de manera inmediata a todos los gitanos que quedaba presos.

Aquel suceso dejó una huella indeleble en el pueblo romani; algunos de los que habían podido acreditar su honradez, para intentar evitar que les volvieran a arrestar, decidieron mimetizarse con el entorno y formar cofradías (como hicieron muchos conversos ante el empuje de la Santa Inquisición, o grupos de izquierdistas tras el triunfo de Franco); otros recitaron y cantaron el sufrimiento padecido, y algunos autores ubican allí el origen del quejío flamenco. Ni qué decir tiene que las relaciones con la comunidad paya quedaron indisolublemente dañadas; no es fácil llevarse bien con un pueblo a cuyo rey (Fernando VI) le dedicas canciones infantiles que cuentan lo mal que se ha portado con los tuyos. Eso, por no decir de la desconfianza que se generó entre el pueblo gitano y los valores de la Ilustración, así como con la comunidad paya. Muchas de esas cicatrices siguen supurando hoy en día. En cambio, en la historiografía española, al suceso, por bochornoso, se le dedicó escasa investigación y recuerdo; sólo unos pocos historiadores especialistas en el pueblo gitano han conseguido airear lo suficiente el asunto, que sigue siendo desconocido para la mayoría.

Hoy en día, todavía se hacen conmemoraciones de aquel acontecimiento nefasto para las dos etnias implicadas, sobre todo por parte de la comunidad romaní. Recientemente, el entonces vicepresidente Pablo Iglesias pidió perdón de manera oficial a los gitanos residentes en España, en nombre del gobierno, por los daños producidos por la Gran Redada. Pero lo que nadie puede asegurar es que sucesos como aquellos no vuelven a repetirse, sobre todo si no los recordamos. Desde este humilde blog, espero haber contribuido, con mi granito de arena, a solucionar esta amnesia.