lunes, 22 de julio de 2024

El libro de julio: "Historias de Vigata, Volumen 1"

Muchos conocéis a Andrea Camilleri, célebre por las novelas de misterio que tienen como protagonista al comisario Montalbano, quien vive en un lugar imaginario de Sicilia denominado Vigata, la cual es un trasunto de cualquier pequeña población de esta isla, marcada tanto por la historia como por el indómito carácter de sus habitantes (y sus endémicos problemas también).

De vez en cuando, sin embargo, a Camilleri le da por abandonar el misterio y abordar la cotidianidad, y si en "Gotas de Sicilia" ambientaba en la isla mediterránea una serie de relatos, aquí hace lo mismo (aunque casi, más que cuentos, son novelas cortas, pues constan de varios capítulos) con historias que transcurren en esa ciudad inventada de Vigata.

Las narraciones son de contenido dispar: hay mucho de comedia, bastante de costumbrismo, una pizca de picante erotismo, dosis de crítica social (de hecho, muchos de los relatos se sitúan en la época en que el fascismo gobernó Italia, o en la era inmediatamente posterior), y en todos ellos el estilo desenfadado -quizá en exceso- de Camilleri viene a retratar las flaquezas humanas, nuestras motivaciones, y los conceptos que nos llevan a la felicidad. Aquí, en Sicilia y, por supuesto, en cualquier sitio.

En definitiva, un buen libro que leer al calor del verano o al abrigo del invierno.Y, si os gusta, hay dos continuaciones (que yo, de momento, no he llegado a leer). Porque las historias, por supuesto, siguen brotando. Aquí, en Sicilia y, por supuesto, en cualquier sitio.

lunes, 15 de julio de 2024

La historias cortas de julio: "Cosas raras que te pasan en la vida", I y II

            Cosas raras que te pasan en la vida (I):

            -Perdone (te pregunta un señor calvo y con bigote en mitad de un semáforo en verde que te hallas cruzando), ¿sabe usted dónde puedo comprar una pandereta?

*

Cosas raras que te pasan en la vida (II):

            -Perdone, señor profesor, por morderle la oreja a mi compañero, pero quería saber si estaba hecha de queso.

             Conclusión, se puede ser hijo de puta, siempre que se sea gracioso.


lunes, 8 de julio de 2024

El relato de julio: "Operación Salida"

Operación salida 

            Mi hermana llegó con el coche a las ocho y media de la mañana. Qué menos, en un puente de cuatro días, la gente deseando salir cuanto antes y volver lo más tarde posible, la salida de la capital se va a volver un infierno. Conclusión: cuanto antes nos marchemos, mejor. Mi hermana aparca cerca de mi casa, yo dejo mi equipaje en el maletero del coche, y me siento en la parte de adelante. Los mismos saludos de siempre: dos besos, muac, muac, en cada mejilla, los protocolarios, nada del otro mundo. Mi hermana arranca. Vamos a salir de Madrid.

            -No vayas tan deprisa, que para eso hemos salido temprano.

            Mi hermana pone la primera cara de perro del día. Ya empezamos con la misma discusión de siempre. A ella, con el carnet recién sacado, le encanta conducir demasiado deprisa, sesenta kilómetros por encima del límite permitido, para ser exactos. Que no me importa que por la autopista vaya a ciento ochenta, pero que por ciudad circule a cien.... En cambio, a mí siempre me ha gustado manejar el coche dentro de la ley... Pero bueno, eso vale para casi todo en la vida de los dos. En todo caso, empezamos de nuevo. Si yo tuviera coche, no tendríamos esos problemas. Pero claro, cada vez que bajamos a casa, una pequeña ciudad del sur, pasa lo mismo: que yo no tengo coche, porque no me he casado con un multimillonario rico, y divorciado tan sólo un año después, adquiriendo una gran parte de su fortuna. De hecho, mi mísero sueldo de becario no me da casi para vivir, menos para comprarme un auto. Por eso bajamos juntos. Y por eso, siempre tenemos la misma discusión.

            -Ya me he perdido –dice ella-. Puñeteras obras.

            Efectivamente, las obras de esta ciudad no acaban nunca, lo extraño es que no hayan encontrado todavía el esqueleto del eslabón perdido o el piso de arriba del apartamento del diablo. Yo frunzo el ceño.

            -Siempre te pierdes.

            -Es culpa de las obras.

            -¿Todos los años?

            -No empecemos.

            -No empezamos.

            ¿Soy un borde?, me pregunto, mientras reflexiono sobre las cosas que le digo a mi hermana. Probablemente, ¿y qué?¿A quién le importa, a estas alturas? La relación entre yo y mi hermana ya está bastante deteriorada. De hecho, ¿qué es lo que hace que sigamos hablándonos?¿Haber nacido del mismo padre y de la misma madre? Por Dios, ni siquiera les queda demasiado tiempo de vida. Ya queda poco para que cesen nuestras dramáticas excursiones hacia el sur, tal vez cuando mueran (él primero; un año después, lo hará ella) ya no nos quede ninguna excusa para volver a encontrarnos. ¿Qué hacemos entonces juntos? Quizás, la fuerza de la costumbre. Quizás, haber jugado juntos de niños. De pequeños, los dos, separados por cuatro años de edad, nos colocábamos juntos, armados con pistolas láser de juguete en un extremo del cuarto, mientras nos preparábamos para levantar las sábanas que nos ocultaban la parte de debajo de la cama, en donde se escondía, según mi hermana, el hombre del saco. Yo le decía que éste no existía: sin embargo, cada vez que levantábamos la sábana, a los dos se nos aceleraba el corazón.

            -Bien. Ya salimos a la carretera. Son las nueve. No es mala hora, después de todo.

            Me lo dice con cierto retintín. Ahora se aproxima la hora terrible de la fatídica decisión.

            -¿Cogemos la R-4?

            Una vez más, la R-4.

            -Te he dicho más de mil veces que es muy cara.

            -Pero vamos más tranquilos. Y no hay camiones.

            -Pero sigue saliendo muy cara.

            -Pero la que conduzco soy yo.

            -Pero pagamos los dos a medias, y eso implica...

            -Pues mira –empieza a enervarse-, si quieres, lo pago yo, y nos dejamos de tonterías.

            -Pues no, porque yo tengo que pagar la mitad.

            -No tienes por qué pagar la mitad.

            -Pero es que quiero pagar la mitad.

            -¡No empieces a ponerte cerruco!

            -¡La que estás poniendo cerruca eres tú!

            -Ya da igual, ya nos hemos metido de camino a la R-4.

            -Pues ya da igual –bufó ella.

            -Ya da igual -bufé yo.

            Y nos preparamos para tomar el siguiente desvío, el que nos conduce hasta la R4. Giramos a la derecha...

 

            Y sin embargo, cuando giramos, nos damos cuenta de que estamos dando la vuelta. Estamos yendo en dirección contraria, de vuelta a la capital.

            -¿Qué ha pasado? –pregunta ella.

            -No lo sé –esta vez no quiero echarle la culpa-. Debería ser aquí. Pues nada, en cuanto puedas, da la vuelta.

            Y después de bordear completamente el pueblo de Pinto (ya lo habíamos pasado por un lado, ahora los pasamos por el otro), retomamos la carretera.

            -Bien. Vamos a pasarnos ese desvío. Seguro que hay otro para la R-4.

            Pasamos el primero.

            Efectivamente, encontramos un segundo.

            Volvemos a girar...

            ... y nos encontramos en un desguace, con unas cadenas que prohiben el paso. Casi nos pegamos el topetazo contra las cadenas.

            -Estupendo –mascullo yo.

            -Bueno –dice ella-, no hay problema: así, no tomamos la R-4.

            Seguimos entonces por el camino normal. El recorrido fue tenso, lleno de silencios marrones como las zonas desérticas que recorríamos. Así hasta que mi hermana, volvió hacia mí la cabeza, se apartó el pelo de la cara y me dijo:

            -La R-4 es una trampa para conductores, para así ir cargándose a los que se van de Madrid y disminuir la población.

            -Sí; podría ser. Pero ahí marca una dirección a Pinto que parece bastante verdadera.

            -Pinto no existe. Pinto es un estado de ánimo.

            Ella sonrió.

            Yo también sonreí, ante la ocurrencia, por otra parte lógica, teniendo en cuenta otras curiosas tendencias tan rocambolescas que tienen a veces tanto administraciones como empresas, como por ejemplo apagar la calefacción en invierno y enchufarla de nuevo en verano. Y por una vez, mi hermana me volvió a recordar de nuevo a esa chica con la que había jugado tantas veces de pequeños. Recuerdo que a ella le gustaba el tenis: yo, que era el mayor, la vencía cada vez que entrenábamos, pero de vez en cuando, seguía la pelota, y le dejaba incluso ganar. Sus saltitos de alegría, eran por aquel entonces lo que más conseguía alegrarme en este mundo.

            -Ahí está. Dejamos atrás a Esperanza Aguirre.

            Efectivamente. Se termina la Comunidad de Madrid. Un cartel enorme pone, “Comunidad de Castilla La-Mancha”.

            -En fin, ya queda menos –suspiro esperanzado.

            Y volvemos a estar callados un rato, solo un rato. Al poco tiempo, aparece un nuevo cartel.

            “Comunidad de Madrid”.

            Nos miramos espantados.

            -No puede ser.

            -¿Nos habremos equivocado en alguna dirección?¿Hemos dado la vuelta en algún sitio?

            -¡Qué va!¡Si he ido todo recto!

            -Espera: creo que esto me lo ha comentado un amigo, sales de la comunidad, pero luego vuelves a entrar, es por una especie de meandro que forma la frontera de las dos autonomías.

-Los meandros son de los ríos.

-Simplemente, sigamos –ignoro la precisión lingüística-, y volveremos a Madrid.

            -¿Seguro?

            -Seguro. Venga, sigamos.

            Efectivamente, al poco rato, una nueva señal nos tranquiliza. “Comunidad de Castilla La-Mancha”.

            -Uf, menos mal. Creí que...

            Pero antes de que puda terminar la frase, nuevo cartel, “Comunidad de Madrid”.

            -¿Cómo?

            Y conforme avanzamos, a distancias cortas, cuánto, es difícil calcularlas cuando vas en un coche, cien metros, trescientos, un kilómetro, nos vamos encontrando carteles. “Comunidad de Madrid”. “Comunidad de Castilla La-Mancha”. “Carreteras de Andalucía”. “Comunidad Foral de Navarra”...

            -No puede ser.

            -¿Esto qué es?

            -No lo sé.... No lo sé...

            Y cada vez más nervioso, le pido que pare el coche, y me paro a ver dos carteles, separados entre sí doscientos metros, recorro a pie la distancia que hay entre ellos, no puede ser, son sólidos, son reales, y sin embargo, sus mensajes son tan absurdos, tan contradictorios. Para colmo, la R4 tampoco apareció.

            -Dónde estamos –me pregunto-... Dónde estamos.

            Pero no obtengo respuesta del páramo desierto. Simplemente, me subo al coche, y seguimos caminando, no sabemos en qué dirección.

            -Saca el mapa –me dice mi hermana- y empiezo a mirar, pero por una vez, el mapa no coincide con ninguna señal que nos encontramos. Estamos perdidos, o el mapa está completamente desactualizado, o algo, lo que sea, pero aquí hay algo que no encaja.

            -Eso te pasa por comprar mapas pasados de fecha –me reprocha mi hermana-. Lo que sea con tal de ahorrar.

            -¡El mapa está perfectamente, eres tú, quien no sabes conducir y te pierdes!

            Los dos sabemos que el otro no tiene la culpa, pero se la echamos porque es sobre la única persona sobre la que la podemos descargar. Pronto, sin decirnos nada, nos damos cuenta de que hay dos posibles soluciones ante este panorama: o bien empezar a pelearnos el uno con el otro y acabara enfangados en discusiones sin sentido, o bien unirnos, volver a trabajar juntos, como hacíamos cuando cada uno ayudaba al otro en las tareas del colegio, yo con sus matemáticas, ella, con mis clases de manualidades, y comenzar a colaborar para salir juntos de ésta. Pero es tan difícil. Ha pasado tanto tiempo...

            -¿Qué hacemos?-pregunta mi hermana.

            Y aunque es una pregunta muy concreta sobre una situación muy concreta, yo sé, como si ella hubiera seguido todo el monólogo interior que yo me he marcado, que en realidad es una pregunta genérica, qué hacer con nuestra relación, con nuestra vida, con nuestros más o menos quince mil genes compartidos, qué hacer con todos ellos.

            -No lo sé –respondo, a pesar de que el sentido común me dice que tenemos que ayudanos el uno al otro, tal y como nos decía siempre nuestra madre, me resisto, me muestro reacio a hacerlo. Sé que la chica que se sienta a mi lado está pasando por el mismo trance. Es el mismo debate interior. Para algo, después de todo, somos hermanos.

            -Mira, paremos en cualquier sitio, en una estación de servicio, lo que sea. Paramos allí y preguntamos.

            Será lo mejor, decimos ambos, porque en todos caso, entre pitos y flautas, ya son cerca de la una, entre que llegamos y no es la hora de comer. El sitio al que vamos a parar no podía tener pinta: probablemente la última vez aquí que hicieron la inspección sanitaria, lo hizo un regimiento republicano también en plena operación salida. Apenas hay cuatro gatos, y me extraña, como también me extraña que la carretera haya estado tan despejada a lo largo de toda la mañana. Pero no estamos para comentarios. Comemos prácticamente en silencio y nos acercamos a los parroquianos –unos cuantos camioneros y moteros con pinta de no tener nada mejor que hacer que reírse a costa nuestra-, los cuales nos realizan unas breves indicaciones para volver a la carretera. Les agradecemos la intención, dejamos una generosa propina, y volvemos a la carretera.

            Una vez allí, seguimos el camino que nos han trazado. Pero nada cuadra: el puente no está donde tiene que estar, la rotonda tampoco. El desvío nos obliga a dar la vuelta, y donde tenía que haber un cartel que señale a Valencia se encuentra sin embargo otro que señala a Zamora. En cuanto hemos dado la enésima vuelta, observamos algo al fondo que le hace perder del todo el sentido al asunto.

            -Espero que no sea…

            Si no lo es, lo parece. Exactamente la misma estación de servicio. Con el mismo baño asqueroso a un lado. Y con la misma fonda asquerosa para comer a un lado. Entramos, más poseídos por la incredulidad que por un propósito concreto. Y efectivamente, ahí están. Los mismos tipos, sentados en la misma pose, e incluso repitiendo el mismo chiste del momento anterior.

            -Oigan, perdonen –les digo-, es que las indicaciones que nos han dado no corresponden…

            La cara que nos dedicaron hubiera sido menos incrédula si yo me hubiera tratado de un marciano. “¿Qué se les ofrece, señores?”, se atrevió a decir el barman, como si fuera la primera vez que nos hubiera visto en la vida. Y parecía que para ellos fuera verdad. Me dieron ganas de abofetearles la cara por tomarnos el pelo de esta manera, pero mi hermana me detuvo con las manos.

            -Déjalo, esto lo resuelvo yo de otra manera –me indicó con confianza en sí misma. Entonces, se acercó con un gesto cadencioso de las caderas hacia uno de los moteros, y le pasó sinuosamente el dedo por el pecho. Inmediatamente, el motero le dedicó por completo su atención.

            -Disculpa –dijo mi hermana con el acento más indisimuladamente provocador que pudo encontrar-, mi hermano y yo nos hemos perdido y somos tan torpes de no encontrar la carretera que buscamos. ¿No serías tan amable de guiarnos una parte del camino?

            El motero se reía, y miraba a sus compañeros orgulloso de su hazaña. Trató de hacerse de rogar.

            -Pero eso supondría desviarme mucho de camino, y entonces…

            Mi hermana se inclinó hacia él, seguramente mostrándole algo de escote. Aquello, y la larga cabellera morena cayendo cerca de sus ojos era algo que tendía a volverles locos.

            -Sin duda yo sabré cómo agradecértelo…

            Y al decirlo, creo (no podría afirmarlo con total seguridad) que sacó un poco la lengua para rozarle la oreja al motero.

            Éste no esperó ni dos segundos. Apuró la cerveza de un trago, entre las risas de sus compañeros, cogió el casco, y se encaminó hacia la salida.

            Mi hermana parecía sonreírme con un tinte de superioridad conforme caminábamos al coche.

            -¿Qué cojones se supone que acabas de hacer?-la increpé.

            Mi hermana levantó una ceja, escéptica ante la agresión.

            -¿Yo? Acabo de encontrar un medio de reencontrar el camino. ¿Qué has hecho tú en cambio?

            Yo me enardecí de furia conforme entramos en el coche.

            -No sé qué pensaría tu marido de esto si lo supiera.

            Ella me miró con un deje de desprecio.

            -Más o menos lo mismo que opinaría tu novia… Ay, no, que nadie te soporta…

            Cruzo los brazos, encabritado. Pero sin poder responder nada, me tengo que callar.

            El motorista nos lleva a través de carreteras que van haciéndose progresivamente más áridas y desoladas. Vamos dando vueltas y más vueltas; me da la sensación de que estamos pasando otra vez por los mismos sitios. Pero el motorista prosigue. Me gustaría observar en su cara una expresión de triunfo, o al menos de indiferencia, la cual me indicase que está haciéndonos a propósito esta jugada y llevándonos en círculos; pero, al contrario, cuando observo de refilón su rostro, encuentro una total estupefacción. Como si él tampoco pudiera explicarse por qué le está pasando esto. De golpe cae una repentina niebla, tan densa, tan profunda, que parece que nos acabamos de introducir de lleno en el mar de nubes del cielo…

            Poco a poco, se hace de noche. Definitivamente, estamos perdidos. La anterior sonrisa brillante sobre la cara de mi hermana se ha difuminado: un rictus circunspecto gobierna su gesto. Esto escapa a la comprensión de ella: de ella y de todos. En medio, no encontramos ninguna gasolinera, ninguna otra estación de servicio, ningún pueblo, nada. A pesar de haber vuelto al punto de origen, no encontramos el bar. Tengo la vaga sensación de que si diéramos media vuelta y desanduviéramos exactamente el camino, incluso en el supuesto de que fuéramos capaces de hacerlo, tampoco volveríamos a Madrid. Soy consciente de que no volveremos nunca.

            No es un momento determinado. Ocurre sin más, podría haberlo hecho antes o después y tampoco sabríamos a qué causa debíamos echar cuenta. El intermitente izquierdo de la moto se encendió y el vehículo se detuvo a una corta distancia a nuestra izquierda. Mi hermana también detuvo el coche. Se acercó al motorista.

            -¡Se supone que nos ibas a llevar a algún sitio!¿Qué cojones has hecho?

            El motorista se quitó el casco y la miró muy severamente.

            -Me dijeron que iba a haber una recompensa. Y me la voy a cobrar.

            El motorista se acercó a ella con mirada lasciva. Ella puso una expresión de incredulidad en su mirada.

            -¿Qué demonios te crees que…?

            Intentó apartarle de un manotazo, pero el motorista la tumbó sobre el capó del coche. Su trasero quedó justo en frente del motorista, el cual, completamente enloquecido, comienza a desabrocharse el cinturón y la bragueta.

            -Te vas a enterrar, zorrita…

            Yo llego desde detrás, con toda la fuerza del impulso, asiendo una barra de hierro que normalmente sirve de antirrobos para el coche. Pero que ahora aterriza, con toda su fuerza, sobre la espalda del motorista. Y luego, ya en el suelo, sobre sus hombros. Y luego en el costado, y luego…

            -¡Para por Dios, Alberto, que le vas a matar!

            Sólo cuando ella me grita me doy cuenta de que lo está pasando, y salgo del estado de entumecimiento en el que me encuentro. Entonces, arrojo la barra a un lado. Tanteo el pulso en las carótidas.

            -Demasiado tarde –digo…

            Siento unos puños por detrás golpeándome la espalda.

            -¡Serás gilipollas!¡Joder, podríamos haberlo arreglado simplemente con un par de gritos o con un zarandeo, y vas tú, y tienes que llevarnos a esto!¿No podías ser menos bruto?¡Esto ya es irreversible?

            -¿Tienes idea de lo que iba a hacerte?-la increpo.

            -¿Tienes idea de lo que nos va a hacer ahora la policía, imbécil?

            Me hierve la sangre. La acabo de salvar de una violación y es así como me lo agradece. Ya sólo me faltaba esto…

            -Si no te hubieras contoneado como una furcia –le espeto, ya sin ningún atisbo de educación.

            -¿Ah, qué pasa, que a ti te da rabia?¿Será porque te lo hacen demasiado a menudo, eso de prometerte y dejarte sin nada?¿O peor, porque ni siquiera te lo hacen?

            Se me acelera el corazón. Se me enardecen las mejillas. Siento la humedad de la noche en mi cuerpo. Siento el barro y la suciedad que se me ha acumulado en los brazos mientras golpeaba con la barra de hierro a aquel tipo. Lo que más rabia me da de todo es que lo que dice sea verdad. Mientras tanto, mi hermana se ha derrumbado. Está sentada en el suelo, manchándose del fango de la carretera. Ya no pasa ni un coche, sólo estamos nosotros, perdidos en medio del mundo, respirando una atmósfera cada vez más opresiva. Estamos a punto de explotar. Mi hermana tiene los brazos cerrados en torno a las piernas y no hace más que repetir en voz baja: “No hay nadie. No hay nadie. No hay nadie”…

            -Siempre has sido una consentida y una malcriada. Alguien que no tiene la más mínima educación y suelta lo primero que le viene a la cabeza.

            -Y anda que tú… Desde pequeños, teniendo que aguantar siempre lo sabihondo que eres… Tratando de imponer constantemente tu superioridad moral… Como una máquina de repetición, como si fueras absolutamente perfecto...

            Ya está. Ya nos hemos lanzado. Ya nos estamos enfrentando el uno contra el otro. Como, después de todo, lo han hecho todos los grandes hermanos, desde Caín y Abel. Herencias disputadas. Hermanos guerreando que deshacen entre luchas intestinas los reinos. Infancias que se rompen.

            -Eres una embustera desagradecida…

            -Y tú un creído presuntuoso…

            -Maldita cretina…

            -Perdedor…

            -Puta…

            Ella me sonríe mientras me suelta a la cara:

            -Maricón…

            Se me nubla la vista. No consigo ver nada. Pero de alguna manera, siento de nuevo el tacto de la barra de hierro sobre mis manos.

            No recuerdo cómo empieza. Pero sé cómo va a acabar…

            Mientras todo se desencadena hacia su irremediable destino, no puedo parar de mirar los ojos de mi hermana (que me recuerdan ahora a los que tenía de pequeña, tan chica, tan tierna) mientras me balbucea, repite, en un último y trémulo pensamiento ahogado:

            -Eras tú… eras tú…

            Y ahora lo entiendo. Lo he aprendido. Lo he sabido siempre. Ambos lo sabíamos mientras mirábamos debajo de la cama, apartando las sábanas, y esperábamos. Pero sólo ahora lo hemos averiguado.

            -Yo siempre te quiso tanto –me dice con los ojos, justo antes de cerrarlos. Está tan guapa así…

            Era yo. Ahora lo sé. Había sido yo todo el tiempo.

Yo soy el hombre del saco.

lunes, 24 de junio de 2024

Nuevos episodios del "El Gato de Hubble": "Hemos venido a jugar" 1 y 2, o el mundo de los videojuegos.

Bienvenidos a otro apasionante podcast de El gato de Hubble, donde hablaremos de un arte y un entretenimiento que seguramente ha ocupado horas de vuestras vidas: los videojuegos, y todo lo que conllevan. Lo haremos a través de dos episodios (parte 1 y parte 2) que siguen más o menos el orden cronológico de cómo han evolucionado los videojuegos y las máquinas donde jugarlos, y responden a múltiples preguntas sobre el mundillo. Por ejemplo, ¿queréis saber por qué el famoso Mario de Nintendo debía tener esa apariencia y no otra?¿O si es verdad la leyenda urbana sobre las copias enterradas bajo tierra del horripilante juego de "E.T."?¿Oísteis hablar de la época "macarra" de los videojuegos?¿Os apetece descubrir cómo boomers y millenials tuvieron que enfrentarse a problemas que hoy en día se solucionan con sólo apretarle a un botón? A lo mejor os interesa averiguar quiénes fueron los grandes ganadores y perdedores de la "guerra de las consolas" para que podáis entender mejor el debate que Sheldon Cooper establece con sus amigos al respecto:

Lo cierto es que los videojuegos nos han influido más de lo que creemos, incluso a los que no seamos muy asiduos de los mismos. Por ejemplo, el sistema de comunicación Discord (que hoy sirve lo mismo para reuniones online que para grabar podcasts) nació como una manera de que los jugadores de World of Warcraft y otros títulos pudieran compartir partidas online. Y qué decir del negocio que generan, y cómo han ayudado a desarrollar otras ciencias con enormes aplicaciones en otros campos. Para los que amáis la tecnología, os sorprenderá saber cómo ciertas dinámicas de juego se han creado en función de las limitaciones físicas, económicas y demográficas con las que se han topado los desarrolladores. En definitiva, creo que vais a aprender y os vais a reír, y además os daremos recomendaciones culturales (incluyendo videojuegos) con los que hacer lo mismo: y todo eso, sin que tengáis que insertar ni una sola moneda. Avanzad, si queréis saber más, a la siguiente pantalla.

lunes, 17 de junio de 2024

Las historias cortas de junio: "Mi mendiga de la peluca de colores"

            Hay una mendiga que siempre está rondando Plaza Castilla. Normalmente, los mendigos visten ropas marrones, muy normales, de esas típicas que les regalan en las instituciones de caridad. Sin embargo, ésta se dedicaba a peregrinar por los múltiples albergues e iglesias, y solía encontrar prendas muy hippies, como faldas de colores -largas hasta la rodilla-, que se ponía en sus largos paseos por Mateo Inurria, en los cuales la gente hacía gestos ex profeso para no mirarla mientras ella hablaba sola (es curioso, nunca he visto a dos mendigos hablar entre sí, solo hablar solos; pero eso, quizás, significa que no he visto suficientes mendigos), y paseaba dando vueltas, moviéndose y brincando por los rincones. Sin embargo, un día, habiendo pasado muy recientemente los carnavales, la mendiga, de habitual pelo corto -para evitar que la atacasen los piojos-, se encontró una peluca de colores (sobre todo violetas, encarnados, morados, amarillos, todos muy vivos), y tirabuzones. Entonces ella se la puso, y comenzó, como siempre, a dar saltos, a dar brincos por ahí, y a echarse los tirabuzones a un lado, por encima de los hombros. Llevaba, además, sobre el rostro, una máscara de carnaval, que había encontrado en la basura, con una media sonrisa y una media pena. Y esta vez la gente la miraba atentamente, pero no era porque consideraban que estaba loca, sino porque estaba guapísima, y les encantaba verla saltar así...

            Cuando ella se miró al espejo, antes de salir a la calle, se dio cuenta por primera vez que tenía aspecto de mujer. Pero para ello, debían mirarla primero como si fuera persona...

*

            La mendiga de la peluca de colores ya no la lleva: se la ha puesto a la Cibeles, y le ha dicho, “Estos días hace mucho frío. Tú pasas más tiempo en la calle que yo...”

            La Cibeles, ahora, lleva puesta la peluca de la mendiga. Sobre esa peluca han anidado, extrañamente, una pareja de frailecillos, a quienes todos creían especie propia de mar. Atentos como están los transeúntes a los frailecillos, no se han fijado en si la diosa ha alterado su inmutable expresión por, tal vez, un guiño a la galería...

lunes, 10 de junio de 2024

El relato de junio: "Porque sabe el diablo más..."

         Mi hija tiene de novio a un genio malvado.

         Para ser concretos, me ha traído a mi casa al diablo.

         Y no me refiero al diablo, “ese tipo es muy malo, muy malo”, no. Me refiero a Belcebú. A Lucifer. A Satanás. Con cuernos, pezuñas y una cola que cada vez que pasa por el aparador amenaza con tirar un jarrón. Me ha traído a mi casa al mismo demonio. Como se pueden figurar, estoy consternado.

            Cuando me enteré, yo le dije:

-Pero hija, ¿cómo puedes hacerme esto?¿Es que no sabe que en tu casa hemos sido siempre católicos de toda la vida?¿Cómo puedes traernos a ese... a ese ser repugnante a casa?

-Papá, no le llames ser repugnante, yo le quiero... 

-Pero hija, ¿no te acuerdas de cuando, hace un par de años, Belcebú trató de conquistar el mundo? Estuvo a punto de lograrlo, la ONU le declaró persona non grata para el género humano, le acusaron de crímenes de guerra, menos mal que al final desistió a tiempo antes de ocasionar una desgracia...

-Ay, papá, todo eso ya ha pasado. Luci ya es un chico común y corriente, desde que me conoce ya no tiene más ambiciones que la vida familiar. Por decirte que su afición más excitante es apoltronarse en el sillón los domingos por la tarde, en lugar de contentar a su gatita...

-¡Dios mío, hija, ¿cómo puedes hablarme de esas cosas?!¿Cómo puedes practicar el sexo con ese engendro tan terrible?¿Con qué te agarra, con esas pezuñas, con esa cola...?

-Hombre, papá, Luci puede convertirse en un ángel caído de torso musculoso y ricitos dorados en cuanto quiera... Pero a mí la versión que me gusta más particularmente es cuando se disfraza de enano perverso y entonces...

-¡Calla, hija, calla!¡No quiero escucharlo!-protesto y salgo rápidamente de la estancia con las orejas tapadas.

Cuando lo hablé con mi mujer, ésta, para mi sorpresa, tampoco parecía darle excesiva importancia:

-¡Pero Marisa, es un ser demoníaco!

-Ay, Fernando, espera un poco antes de juzgar al muchacho... Vamos a invitarle a cenar esta noche, a ver qué te parece.

-¿Invitarle?¿A cenar?¿Sentar a mi mesa a Azazel?¿Pero de qué estás hablando?¿Qué quieres darle comer, un becerro ensangrentado?

-Patricia me ha dicho que prefiere bastante más las ensaladitas...

-¡Me niego a compartir mantel con un ser del averno!

-Pues como quieras, querido, pero esta noche te había preparado tu plato preferido...

-¡No cederé a ese chantaje!

-... claro que a lo mejor es un plato demasiado pesado, teniendo en cuenta que hoy corres el riesgo de dormir en el sofá... No siempre es cómodo para según qué digestiones.

Al final me dejé convencer. Después de todo, sólo durante la cena podía tratar de encontrarle algún punto flaco a aquel tentador de Cristos para así convencer a las mujeres de mi casa que aquel noviazgo era una locura.

Cuando entró en mi casa, desde luego, he de confesarlo, se comportó de manera encantadora. Exhibió excelentes modales, no expulsó fuego por la boca, e incluso se había recortado los extremos del bigote, dándole una apariencia muy elegante, de no ser quizás por los cuernos... ¡Pero ése no es el tema!

-Bueno, Lucifer... Si es que puedo llamarte así... ¿O prefieres que te nombre como señor malvado del universo?

-No, no, con Lucifer está bien. En cuanto a tí, Fernando, si me lo permites, ¿podría llamarte papá?

Me empezaba a hervir la sangre, y mi cara se ponía roja como la de un pez de colores. Intenté provocarle un poco más.

-En esta casa rezamos siempre al inicio del almuerzo, Belcebú –le espeté-. ¿Querrías leer algún fragmento de la Biblia para complacernos, o te molesta demasiado? Porque claro, me figuro que no será santo de tu devoción, y perdona la expresión.

-Uy, papá, si Luci se sabe toda la Biblia del derecho y del revés, me aburre continuamente recitándome pasajes y pasajes... Estoy ya hasta las narices de esto.

-A Patricia no le apasiona demasiado –aclaró el demonio-, pero yo considero que es la mejor comedia de todos los tiempos. ¿Para cuándo sacan la tercera parte?

Me agité incómodo en mi asiento. Planteé entonces otro tema de conversación.

-¿Y qué planes tienes para el futuro?¿Qué es lo que vas a hacer en estos... próximos milenios?

-Oh, nada muy espectacular, supongo. Seguir administrando las almas que llegan al infierno. Asesorar a la Iglesia católica en un par de puntos mensuales... La próxima semana pretendemos modificar el contrato tipo de venta de almas, vamos a cambiar cosas basándonos en el sistema de las compañías de móviles, funciona mucho mejor. En cuanto al Apocalipsis, nos lo planteamos a algo más largo plazo...

-Yo pensaba que de eso se ocupaba Dios...

El diablo colocó una expresión de sorpresa y de cierto pudor en el rostro.

-Ah, pero, ¿todavía seguís creyendo en esa superstición?...

Mi explosión en la cocina fue antológica.

-¡Marisa, tiene que marcharse!

-Espera al menos que se termine el postre...

-¿Pero has visto las cosas que estás diciendo?

-¿Y tú has visto qué bien me come?¡Nadie me había alabado tanto mis platos!¡Ni siquiera tú, Fernando! Es un chico atento y considerado.

-¡No volverá a poner los pies en esta casa!

-Pues lo dudo mucho, querido, porque lo vas a tener de yerno, y yo no quiero que Patricia deje de venir por aquí...

-¿Qué... de yer...?

-Todavía no saben si por la iglesia católica o por lo civil... Patricia es más de hacerlo desnudos en una playa, pero Luci dice que la tradición es la tradición...

-¿Luci?¿Luci?

Me encontraba desolado. El abrazo acogedor de Satán, no me reconfortó ni lo más mínimo.

-¿Qué tal, suegro? Si quieres, puedo ofrecerte algún carguito. Nada muy engorroso, no te preocupes, y bien pagado... Presidente de Estados Unidos, del Fondo Monetario Internacional... Incluso director general de Ikea, si prefieres algo de mayor responsabilidad...

Pero no, me dije a mí mismo, esto no puede continuar. Y por eso, comencé a investigar los archivos para averiguar los motivos por los cuales Luci, digo, Satanás, había renunciado a conquistar el mundo hace un par de años. Y una vez los descubrí, recurrí entonces a lo único que me podría librar de este Tártaro particular. Pero parecía que ni siquiera eso me iba a salvar: la boda se iba a celebrar pronto, demasiado pronto.

La ceremonia –que fue financiada en exclusiva por el novio-, tuvo más de mil invitados, incluyendo pintores atormentados, productores de cine aún vivos, Jimi Hendrix se encontraba demasiado borracho para venir. El sacerdote, un reputado Sumo Pontífice viejo amigo del novio, estaba a punto de declararles marido y mujer... Las gotas de sudor se agolpaban sobre mi frente, pensaba que me iba a dar una taquicardia allí mismo, menos mal que media plantilla del Monte Sinaí se encontraba por allí. Pero en el último momento, una llamada telefónica lo detuvo todo.

-Sí, perdón, perdón, es mi móvil, voy a ver quién es –se disculpó Satán-. ¿Ah, eres tú?¿Qué pasa, qué querías?

Y la cara del demonio -a pesar de ser normalmente roja-, de la lividez, se tornó de un rosado monísimo.

-¿Có... cómo?¿Pero...? Sí. Entiendo. Entiendo. Sí, claro, por supuesto, comprendo. De acuerdo, si insistes.... Muy bien. Nos vemos entonces.

Colgó. Entonces, volvió la cabeza hacia Patricia, y le dijo:

-Lo siento, Patricia. No podemos casarnos.

Los ojos de Patricia se llenaron de lágrimas.

-Pero Luci... Luci, yo te quiero...

-Ya lo sé, cariño... Pero tengo que marcharme. Discúlpame, algún día te lo explicaré todo...

Y se marchó corriendo, dejando a la concurrencia cuchicheando incansable acerca del incidente. Mi mujer acudió consternada a auxiliar a mi hija –y a ofrecerle pastitas a los diablos menores-, mientras que la abuela del novio trató de manera insistente -más aún que durante la boda-, de meterme mano en el paquete. Pero a mí no me importaba. Mis gestiones habían dado resultado. La persona a la que había llamado, por fin me había hecho un favor.

Y era que mi futuro yerno no se había podido casar, por la misma persona que le prohibió en su día conquistar el mundo, y que era la dueña absoluta de sus acciones...

Porque lo que poca gente sospecha, y era lo que yo me había intuido, es que el diablo, en tiempos pretéritos, le había vendido el alma a Bill Gates.

Porque sabe el diablo más...

sábado, 1 de junio de 2024

Los libros son para el verano: unas recomendaciones literarias rápidas

Para que no digáis que os faltan libros de cara al verano o al curso (escolar/laboral) que viene, unas cuantas recomendaciones cortas de libros variados:

-Relatos de diez mundos, de Arthur C. Clarke, es una variada exploración de muchas de las posibilidades de la ciencia ficción a partir de uno de sus mejores narradores. En casi todos, sin embargo, la Tierra resulta fundamental -porque ¿qué viajero es aquel que no mira de reojo siempre a casa?

-La gran serpiente, escrita por Pierre Lemaitre cuando no se había hecho tan famoso y no le publicaban con facilidad las novelas, fue su última incursión en la novela negra, y quiso hacerlo apoyándose en la historia de Francia (un pasión con la que luego prosiguió), el poder de la casualidad, y abundantes dosis de humor negro. 

-Una escritora en la cocina, de Laurie Colwin. Normalmente no me animaría a hojear lo que, en buena medida (pero no toda: cada capítulo trata sobre un aspecto del mundo culinario), es un libro de recetas de cocina, salpimentado de opiniones personales de la autora sobre el noble arte de la gastronomía. No obstante, Colwin lo hace con tanto entusiasmo, dedicación, y (por qué no decirlo) elegancia, que leerlo se convierte en una delicia. Incluso los que sólo revisamos las recetas en diagonal -a pesar de que, dentro de ellas, encuentras frases interesantes-, o diferimos de su opinión sobre la comida inglesa, podremos encontrar deleite en sus páginas, trufadas de tanta ironía como amor por la comida.

-El periodista español Xabier Moret fue invitado por un amigo a pasar un rato en Islandia, mientras terminaba una novela. Fruto de su aprendizaje sobre el país nació La isla secreta, un libro ideal para aquellos que quieran empaparse acerca de esta desconocida y sorprendente región del mundo, e ideal para quienes pretendan informarse de cara a una visita. Por otra parte, Moret creyó necesario volver a este territorio de hielo y fuego para contar no sólo cosas que le faltaban, sino cómo atravesó Islandia la crisis de 2008, y lo expuso en Islandia, revolución bajo el volcán, que resulta un buen complemento. Y, hoy en día, en que somos testigos de cómo las burbujas inmobiliarias amenazan con repetirse porque no aprendemos de nuestros errores, no resulta nada desactualizado.

-Adiós, muchachos son una especie de memorias de Sergio Ramírez, escritor (autor de, entre otros, un libro estupendo llamado "Sara", donde reivindica desde un punto de vista feminista a este personaje de la Biblia) que llegó a ser vicepresidente de Nicaragua durante la revolución sandinista. Ramírez narra el período en que el Frente Sandinista se preparó para tomar el poder frente a la dictadura de Somoza, lo logró, y cómo administró el país para llevarlo a una democracia en la que, más adelante, perdieron el poder tras un mal resultado electoral. Es complicado narrar la propia historia de un movimiento cuando tú mismo estás inmerso en él, pero da la sensación de que Ramírez trata de ser sincero tanto en la bondad de las intenciones de la revolución como en sus fracasos a la hora de conseguir sus objetivos, incluyendo las luchas de poder dentro del sandinismo y sus aliados, los errores a nivel político y económico o el reconocimiento de que hubo cosas que pudieron hacerse mejor. Y por eso, aunque sin duda es una versión subjetiva y seguramente influida por cuestiones que ocurrieron a posteriori, merece la pena echarle un vistazo a la intrahistoria de esta peculiar revolución.