lunes, 22 de diciembre de 2025

El relato del mes: "Mi Homero" (primera parte)

                Al hombre se le vio llegar (y se le adivinó la identidad) ya desde lejos. Entre otras cosas, por su bastón. También, porque le acompañaba un soldado, guiándole con cuidado mientras le asía delicadamente del brazo. Por otra parte, era cierto que no había mucha gente de silueta desconocida que se acercara por allí. Así que cuando la mujer lo vio, no tuvo dudas acerca de que él era el hombre sobre el cual le habían hablado.

                Cuando llegó, el soldado rehusó entrar en la casa (aunque no rechazó un poco de queso y unas aceitunas, que comió de cualquier manera en el soleado entorno). En cambio, el ciego aceptó el ofrecimiento, y también un banquete más sustancioso. Sólo cuando ya había comido y bebido lo bastante se aproximó la madre, con un chico joven al lado:

                -Aquí está mi hijo -declaró-. Ahora veréis por qué le comparan con una sirena de las que cautivan a los marinos.

                A un leve gesto de la mujer, el ya más que adolescente (aunque aún lo pareciera) empezó a entonar una melodía. El hombre ciego escuchó con delicada complacencia aquel armonioso canto, que embriagaba y le llevaba, como en volandas, a parajes bellos y exóticos…

                Unos cuantos minutos después, el hombre asintió satisfecho, y la madre envió a su hijo a otra parte de la casa. De hecho, se aseguró de que estuviera bien lejos antes de empezar a hablar en voz baja:

                -¿Qué os ha parecido?

                El invidente se encogió de hombros.

                -Canta muy bien, en efecto. Pero le faltan algunos atributos necesarios para ser un buen cantor de poemas. Para empezar, no es ciego. Es difícil que le acepten sin serlo, aunque sea por pura tradición. Y luego está otra cuestión…

                La madre enarcó una ceja, preocupada.

                -En la aldea me han dicho -indicó el hombre- que no le llaman “sirena” sólo por su hermosa voz.

                El ciego no podía verlo, pero el rostro de la mujer transparentó con total claridad cómo el alma se le había caído a los pies:

                -¿Puedo hablar en confianza?

                -Por supuesto.

                -¿Y en confidencia?

                El ciego asintió de nuevo con la cabeza:

                -Los invidentes no podemos ver, pero en ocasiones podemos también no oír, y hasta callar.

                La madre suspiró, como si llevara conteniendo el aliento muchos años:

                -Hace poco me dijo lo que todos sospechábamos. Que él no se siente un hombre, dice. Que le gustaría haber nacido mujer, como sus hermanas. Comprendedme, ¿qué futuro le espera? En esas circunstancias, no puede enrolarse en un ejército. En el pueblo nunca le van a mirar bien. He perdido toda esperanza de que se case -a pesar de que procuraba mantener un volumen bajo, en este punto no pudo evitar un deje de angustia bajo el cual su tono se elevó-. He invertido mucho tiempo y dinero en su educación, porque sé que es lo único que puede sacarle de este sitio. Yo sé que a los cantores se les suele ver como seres distintos, tocados por los dioses, a los que se les permiten… ciertas excentricidades. ¿Hago mal en querer buscarle un destino distinto al final aciago que mis sueños intuyen?

                El ciego negó con la cabeza:

                -No. Hacéis bien -y tras unos segundos, agregó-. Dejadle bajo mi cuidado. Seguro que hallamos una manera de lograr que este chico encuentre su hueco en el mundo. Al fin y al cabo, éste es enorme: si existe un lugar para los ciegos, ¿por qué no lo va a haber para él?

*

                Cuando el chico viajó con el invidente y el soldado adonde se encontraban acampadas las tropas, el comandante supremo de aquel ejército griego lo tuvo clarísimo:

                -No, de eso nada; alguien que tenga vista no puede declamar poemas para mis hombres. Ellos no lo aceptarían. Creen que Apolo habla a través de los ciegos; y es cierto que a nadie que posea ojos que funcionen le he visto almacenar tantos versos en la memoria. Pero puede ayudarte a buscar un sustituto -sugirió el militar al rapsoda-. Y así dejas de llevarte a uno de mis soldados cada vez que hagas una excursión a un villorrio olvidado por los dioses.

                Desde los primeros días, se habituaron a la rutina: por la noche, el joven oía al maestro ciego declamar sus versos delante del pelotón de soldados, quienes, a la luz de la hoguera, escuchaban embelesados la historia de cómo Aquiles se pelea con Agamenón, iniciando una secuencia de acontecimientos que acaba por conducir a la muerte de Patroclo, amante de Aquiles, quien a su vez se venga matando a Héctor, príncipe de Troya. Desde su posición elevada, el poeta recitaba la historia, acompañándose, en los momentos más trascendentales, de la lira, cambiando la entonación de la voz para imitar a los personajes, realizando gestos, interaccionando con el público, al que hacía gemir, reír, llorar, y por supuesto participar, como si cada soldado fuera un héroe más del poema. Luego, por el día, mientras el ejército marchaba, el maestro y su alumno se desviaban a un lugar donde habían oído referencias (a través de los lugareños) de alguien que podría aspirar a ser el siguiente cantor. Mientras tanto, en sus largas caminatas, el ciego recitaba el poema para que el joven lo fuera memorizando. Por supuesto, en lugar de declamar sólo un trozo, como hacía noche tras noche con los soldados, le iba descubriendo fragmentos mucho más largos. El chico no tenía problema en seguirlos, pues había escuchado otros poemas sobre la guerra de Troya, en los que se detallaban distintos episodios y salían a colación los mismos personajes. Lo que sí se dio cuenta, a lo largo de la narración, es de que el maestro nunca contaba de la misma manera dos veces la historia:

                -Claro que no -le explicó el maestro, entre risas-. Aunque mi memoria se ha empeñado en compensar mi visión, todavía no tengo poderes infinitos, como los seres sobrenaturales. Tienes que encontrar un equilibrio: si el poema es muy corto, te lo sabes muy bien, pero no puedes mantener entretenidos a los soldados mucho tiempo, y bien se sabe que las caminatas hasta el lugar de la batalla son largas. Pero si es muy largo, no puedes memorizarlo correctamente y acabas soltando cualquier tontería. Hallas la dosis justa entre lo que dejas a la cabeza y lo que le permites a la improvisación.

                -¿Y por qué no cantarles otros poemas distintos?-planteó el joven.

                -Bueno, a veces lo hago, cuando me quedo corto y todavía no nos hemos topado con el ejército enemigo. Pero no funciona igual: los soldados saben apreciar la diferencia entre un poema trabajado y una simple historia. Además, al comandante le gusta el relato de Aquiles y Patroclo: dice que enseña a los soldados que renunciar a la lucha por egoísmo personal solo trae consecuencias peores. Por culpa del desmedido orgullo de Aquiles, su amante Patroclo muere, y al final Aquiles, el de los pies ligeros, tiene que volver a la lucha. Cuando el héroe griego mata a Héctor, ha sellado su destino, ése que le debía llevar a decidir entre tener una vida larga pero anodina, o una breve pero heroica. Lo dicho, al comandante le gusta que esa historia se recalque bien a lo largo del viaje. De hecho, prefiere que la repita dos veces a que nos enredemos con los otros muchos episodios de la epopeya que suceden antes o después. Y eso que la guerra de Troya da para… mil vidas, amigo mío, mil vidas, como mil fueron los barcos que zarparon por Helena una vez.

                La primera casa que visitaron tenía a un aspirante que era casi un niño. El chico no declamaba mal; el problema era su nefasta memoria. Se olvidaba de lo que tenía que decir, se adelantaba, se enredaba con lo que iba después… Si la ceguera conllevaba que se le agudizasen los otros sentidos y capacidades, estaba claro que eso aún no había sucedido. El maestro lo daba por imposible cuando una muchacha de aproximadamente su misma edad (evidentemente, su hermana) salió fuera de la casa a impedirles que marcharan:

                -Mi hermano sólo necesita tiempo para memorizar los versos. Si le dais unos años…

                -Por desgracia, tiempo es lo que no tenemos, muchacha -sonrió con dolor el anciano-. ¿Por qué te crees que buscamos un sustituto? Mii corazón no resistirá mucho tiempo más estos viajes. Necesito un sucesor que tenga las capacidades que estoy buscando, y lo necesito ya.

                -Yo podría hacerlo -dijo la muchacha, que levantó la vista orgullosa-. Yo sí tengo la memoria que le falta a mi hermano.

                Al ciego le faltó tiempo para echarse a reír.

                -No te ofendas, jovencita, pero los soldados nunca aceptarán a una poetisa. Eso, por no decir que me parece una idea atroz que quieras pasarte la vida entre campamentos de soldados.

                -Pero hago versos muy buenos -protestó airada la muchacha-. Yo he sido quien se los ha escrito a mi hermano: llevamos días ensayándolos. Podría recitarlos; incluso, podría redactarlos, y que fuera otro quien los leyera -enunció, mirando en tono de súplica al joven.

                -Querida, todas esas ideas me parecerían maravillosas… en un mundo ideal -contestó el ciego-: pero ni con los mejores versos del mundo te aceptarían. Y dudo que mi comandante quiera pagar a una poetisa y a un recitador: ya es bastante poco lo que me pagan a mí, y si aceptan a este muchacho es sólo porque saben que necesito un remiendo.

                La muchacha se hallaba visiblemente decepcionada. Incluso el ciego lo notó, a través de los silencios:

                -Seguro que una joven lista como tú sabe encontrar su camino. Y sí, he de reconocerte que los versos eran muy buenos: al menos, los que recordaba tu hermano.

                Cuando ya se marchaban, la chica volvió a salir, después de un breve intervalo que había aprovechado para entrar de nuevo en la casa:

                -Como mínimo, leed la historia -les instó ella, y echó otra mirada solícita sobre el muchacho-. O que os la lean. Quizá si el comandante ve que los versos son buenos, se lo piense.

                El ciego permitió que el joven cogiera el papiro que le tendían, y lo guardase. El chico palpó, en esa hoja, todo el trabajo que la niña había puesto, y que la familia también había invertido, pues aquel material de escritura era sin duda caro para lo que esos campesinos ganaban. Mientras caminaban de vuelta al campamento, a una necesariamente baja velocidad, el muchacho iba leyendo el papiro, al tiempo que el invidente agitaba la cabeza:

                -De verdad que es una pena, porque no están nada mal. Si los hombres fueran distintos…

                -De todas maneras, no es mala idea que dice la niña, ¿no? -inquirió el muchacho-. Si no encontramos a un buen ciego, siempre puede leerse el poema en voz alta. Eso permitiría que fuera más largo.

                El rapsoda adquirió gesto dubitativo:

                -Mira, chico… O chica, no sé cómo prefieres que te llame -ahí se produjo una honda pausa, en la que al muchacho se le notó, a través de sus brazos, atenazado por la tensión, la esperanza, las dudas. El ciego resopló tras unos segundos-… Bah, seguiré usando el masculino. No es nada personal, ¿sabes? Cómo te sientas por dentro sólo te incumbe a ti… pero si un soldado me escucha llamarte de una manera extraña, es probable que lo paguemos los dos muy caro… En fin, lo que quería decirte es que te podría soltar un sermón sobre cómo la palabra oral es superior a la escrita, y en parte pensarás que lo digo porque soy ciego, y en parte tendrás razón. Pero me quedan cuatro días sobre esta miserable tierra, y ya no estoy para subterfugios: muchísimos sabios defienden que la narración oral tiene sus ventajas sobre lo que está escrito sobre un soporte físico, y yo estoy de acuerdo. A un papiro no le puedes preguntar, una tablilla de arcilla no va a corregir el error que se ha plasmado sobre su superficie. Pero no se puede ser dogmático con estas cosas -afirmó-. Puede que algún día te encuentres un comandante menos inflexible, y aunque todo narrador ha de tener una buena memoria, ¿quién soy yo para decir qué nos deparará el futuro? Soy ciego, no oráculo. Así que, mira, quédate con ese texto y… quizá, a partir de ahora, podamos comenzar a escribir el poema. Sólo por si acaso, ¿eh? No querría morirme, y que mi narración perezca conmigo, antes de que encontremos a mi sucesor.

CONTINUARÁ...

lunes, 15 de diciembre de 2025

La historia real de diciembre: Maximiliano y Carlota

Sobre esta historia se han escrito libros, se han hecho películas y, si las plataformas digitales son un poco listas, harán una serie de televisión, porque hay material para contar largo y tendido. Pero digamos que me he ido a tropezar con ella en mi visita a Trieste, y tenía que compartirlo con vosotros. Así que, aunque seguramente la mía no es la versión mejor elaborada ni más completa, aquí os dejo mi visión de lo que les aconteció a Maximiliano de México y su esposa Carlota.

Unos jóvenes Maximiliano y Carlota, retratados por el fotógrafo Louis-Joseph Ghémar

El palacio de Miramar es un lugar curioso. Tiene una larga tradición de gafe. Para empezar, se encuentra en un bucólico asentamiento pegado al mar (todas las habitaciones tienen vista al Adriático) y relativamente cerca de Trieste, la menos italiana de las ciudades de este país: una urbe que alcanzó su apogeo cuando era el único puerto del Imperio Austrohúngaro, pero que, ahora, es una más entre las ciudades costeras transalpinas, y echa de menos los tiempos de su dorado esplendor. Pero es que, además, Miramar tiene la leyenda de tratar mal a los que pernoctan entre sus muros. Así, Jan Morris describe en "Trieste o el sentido de ninguna parte": "La emperatriz Isabel de Baviera [Sissí emperatriz], consorte de Francisco José, se hospedó allí con frecuencia y terminó muriendo apuñalada en Ginebra. Carlota [sí, esa misma Carlota; luego hablaremos de eso] vivió allí brevemente y al final perdió la cabeza. El káiser alemán Guillermo II se quedó allí en una ocasión y muy poco después tuvo que renunciar a su trono. El primer rey de Albania pasó allí unas cuantas noches y su trono tan sólo duró seis meses. El duque de Aosta zarpó desde Miramare para convertirse en el virrey italiano en Etiopía y jamás regresó a Italia [murió de malaria y tuberculosis en una cárcel de Nairobi]. Cuando el general británico Freyberg escogió este emplazamiento como cuartel general al término de la Segunda Guerra Mundial, optó por ir sobre seguro y durmió en el jardín; pero uno de sus sucesores estadounidenses desafió a la superstición y murió en Corea, y otro falleció en un accidente de coche a su vuelta a Trieste desde los Estados Unidos".

Vista del palacio de Miramar (Miramare en italiano) en Trieste. Fotografía del autor.

Pero, sin duda, la peor fama de gafe le viene a Trieste de su habitante más ilustre, Maximiliano de Habsburgo. Maximiliano estaba destinado a ser uno más de los herederos de la casa de Hagsburgo que pululaban parasitando del Imperio Austro-Húngaro, una amalgama de naciones mezcladas a disgusto, que reventó del todo tras la Primera Guerra Mundial. De hecho, Maximiliano era el hermano menor de Francisco José (sí, el simpático emperador de las patillas que todo el mundo asocia con los últimos días de esplendor del Impero en Viena; sí, el marido de Sissí, quien se lo robó a su hermana, por cierto), y le tocó ser virrey del reino de Lombardía-Véneto. Pero como los italianos (qué raro) no estaban conformes con formar parte del Imperio Austro-Húngaro, se rebelaron, y al ser considerado Maximiliano muy blando frente a sus súbditos, se vio obligado a dimitir, después de haber comprobado cómo, a pesar de sus esfuerzos por mejorar la vida de los habitantes de su reino, ni estos últimos le apreciaban, ni tampoco su familia, que básicamente le permitió únicamente ejercer un ingrato papel de rey-títere.

Fue entonces cuando Maximiliano se refugió en los viajes, en Carlota y en el palacio de Miramar, donde residía. Con Carlota se había casado un tiempo antes, y ella -mujer de múltiples intereses, incluyendo bastante habilidad con la pintura- le había intentado ayudar en las tareas de gobierno (como toda una primera dama, se había vestido de campesina tirolesa como iniciativa para congraciarse con la región de Lombardía-Véneto). El príncipe austríaco compartía con su esposa la pasión por la botánica, que ambos cultivaron en su inmenso jardín en la finca de Miramar, palacio perennemente en construcción. De hecho, si a Maximiliano le hubieran dejado, probablemente hubiera sido feliz desarrollando su biblioteca sobre plantas, una de las mejor surtidas de la época. Hasta viajó a Brasil en expediciones que tenían como función ampliar su conocimiento y conocer nuevos ejemplares exóticos. Sin embargo, Maximiliano y su mujer ambicionaban un papel más activo en la política y, como suele decirse, cuando los dioses quieren reírse de ti, se dedican a atender tus peticiones.

Biblioteca del palacio de Miramar.

En México, las cosas andaban revueltas desde que habían decidido independizarse de los españoles. El país se hallaba sometido a constantes guerras civiles. En medio de todo esto, Napoleón III, emperador de Francia (por si os lo preguntáis, era heredero de Napoleón Bonaparte, aunque en realidad sólo eran familia política; cómo llegó a tener trono en el país galo es una larga historia), ve que México acumula demasiada deuda con Francia y decide que la mejor manera de cobrársela es intervenir militarmente y apropiarse del país. En medio de los enfrentamientos intestinos entre facciones, los conservadores mexicanos se alían con él (no así los liberales, centrados alrededor de la figura de Benito Juárez). Así que, aunque Napoleón III tiene un país en guerra, decide que al frente tiene que poner un rey. Y no se le ocurre mejor candidato que Maximiliano, al que ha conocido personalmente y del cual admira sus cualidades.

Para la pareja, es el destino que han estado buscando. No tienen en cuenta su experiencia previa con súbditos que no se sienten representados por gobernantes extranjeros, ni con lo difícil que es controlar un país cuando tu poder depende completamente de lo que te proporcionen otros. Desdeñan los posibles inconvenientes que se van a encontrar. Cuando llega la embajada mexicana, ésta les explica que la nación está entusiasmada con la posibilidad de que Maximiliano sea su rey, y que le aclamarán sin duda al llegar al país (sin revelar que la figura de Maximiliano apenas la conocen unos pocos mexicanos), así que el matrimonio se deja seducir por los cantos de sirena. Maximiliano exige que, en algún momento, su posición se respalde con un referéndum popular, aparte de garantías financieras y militares; la embajada, por supuesto, se pliega y dice a todo que sí, con esa doblez característica del lenguaje de los embajadores. Así, los nuevos consortes reales parten del castillo de Miramar, que como pareja nunca llegarán a ver terminado del todo, y se embarcan hacia la aventura. Atrás quedarán las paredes del palacio, tapizadas con el lema "Equidad en la Justicia", el emblema de Maximiliano como emperador de México, y con varios cuadros que representan la historia de la embajada y la partida de Maximiliano a tierras lejanas.

La comisión mexicana que invita a Maximiliano de Habsburgo a ocupar el trono de México en Miramar (Cesare Dell'Acqua). Exhibido en el Castillo de Miramar.

Una vez en México, el matrimonio de verdad lo intenta. A pesar de que las cosas no son tan bonitas como se las pintaron (el palacio donde querían instalarles estaba infestado de chinches, y deciden cambiar de residencia), Maximiliano acomete cambios que pretenden convertir a su nuevo imperio en un país más justo y próspero. Restringe el tiempo de la jornada laboral, abole el trabajo infantil y los castigos corporales, cancela las deudas de los campesinos si son mayores de diez pesos, promueve reformas agrarias (aún en contra de lo que desean los aliados que le han puesto en el trono), promueve la libertad religiosa y que el derecho a voto le sea otorgado a mucha más gente... Carlota, mientras tanto, le auxilia en todo. Hasta cuando su marido marcha de viaje por tierras mexicanas, ella queda como regente, de tal modo que, hoy en día, se la reconoce como la primera mujer gobernante de México. Si bien las relaciones entre la pareja, para entonces, ya eran distantes (se habían alejado desde los tiempos en que vivían en Italia; además, por lo visto, Maximiliano quedó demasiado seducido por la hermosura de las mujeres mexicanas), a nivel político siguieron siendo estrechos colaboradores. Quizá el problema público más notorio fue cuando Maximiliano, visto que no tenían hijos, decidió adoptar como heredero a un descendiente del primer intento de casa real mexicana, para gran disgusto de Carlota. Sin embargo, problemas más acuciantes les aguardan.

Lema del 2º Imperio Mexicano, "Equidad en la justicia", mandado iscribir por Maximilano en las paredes del Palacio Miramar.

Porque las bienintencionadas reformas de Maximiliano no pasan de la escasa cuadrícula de terreno que han conseguido conquistar las tropas francesas (mandadas por Napoleón III), belgas (gracias a el apoyo de la familia de Carlota) y austríacas (también la familia de Maximiliano desea echar una mano), junto con unos pocos soldados nativos. Y, poco a poco, esa entente militar empieza a desvanecerse. La aventura mexicana gasta mucho dinero, obtiene muy pocos resultados, y tiene a la opinión pública de todos los países implicados en contra. Poco a poco, los gobernantes europeos dejan de interesarse por el proyecto, y dejan a Maximiliano abandonado a su suerte. Éste se da cuenta de que el suelo se sostiene frágil bajo sus pies, y sopesa seriamente la posibilidad de abdicar. No obstante, se impone el sentido que Maximiliano tiene de la responsabilidad que ha contraído; mientras, Carlota marcha a los países europeos a recabar ayuda para su proyecto y, en último término, para salvar a su marido. Durante su periplo, ejerce de diplomática en Viena, en París, y también en el Vaticano, donde (aún hoy) es la única mujer que ha dormido en la Santa Sede.

Por desgracia, todas las gestiones son infructuosas. Maximiliano cuenta con un raquítico ejército que nada puede hacer frente a las tropas de Juárez. Finalmente es capturado, juzgado y condenado a muerte. A pesar de las múltiples peticiones de clemencia que llegan del otro lado del Atlántico (por ejemplo, por parte del escritor Víctor Hugo), la sentencia se ejecuta en forma de fusilamiento, retratado de manera muy conocida por Manet en una serie de pinturas. Es curiosa la colección de reliquias que hay alrededor de Maximiliano: el sombrero con el que murió se conserva en un museo en Padua, gracias a la donación de un amigo cercano; un tesoro azteca que había acabado en Austria fue devuelto a México, a petición del nuevo emperador, y hoy se exhibe en un museo; y, por otra parte, muchos de los presentes en el fusilamiento bañaron sus pañuelos en sangre de su cuerpo recién acribillado, no se sabe si para tener un recuerdo o para venderlo al mejor postor. Lo cierto es que esa sangre, presuntamente, se ha utilizado para análisis de ADN en casos de duda sobre parentescos monárquicos.

El final de todos los protagonistas de esta historia es aciago. El cadáver de Maximiliano se embalsamó de mala manera (los pelos de su barba fueron vendidos por ochenta dólares) y, cuando el emperador Francisco José reclamó su cuerpo, después de muchos dimes y diretes, se realizó una operación para adecentar el cadáver que incluyó cambiarle los ojos por los de una talla de una virgen y añadirle una barba postiza. Por suerte, el féretro se selló antes de su llegada a Austria para que no pudieran verlo sus familiares (porque vaya cuadro...).

Mientras tanto, Carlota de Bélgica estaba siendo consumida por la locura. Ya le había afectado cuando estuvo en Roma, negociando con el Papa (pensaban que querían envenenarla, y sólo bebía agua de las fuentes públicas de la ciudad) y, con el fusilamiento de su marido, la cosa sólo fue a más. Las razones por las que su mente se perturbó son desconocidas: seguramente había de base un trastorno orgánico, acrecentado por la ansiedad que rodeó su titánica labor en defensa de la vida de Maximiliano y de su imperio. Hay una leyenda particularmente tétrica al respecto: Carlota, dolida por no poder tener hijos, acude a una curandera mexicana para que le permita ser fértil, pero ésta la reconoce como la emperatriz y, como es partidaria de Benito Juárez, le da de comer un hongo que conduce a la locura. Cuando os digo que esto da para serie de televisión... Carlota se pasaría el resto de su vida recluida en residencias regias, primero en el pabellón del jardín del palacio de Miramar, y luego en varios palacios en Bélgica.

En fin, he aquí la triste historia. Maximiliano trató de hacer lo que pudo por México, pero no se dio cuenta de que, por muy bien que quieras hacer las cosas, los pueblos han de gobernarse a sí mismos, y sólo podrán aceptar plenamente una administración que emane de su propio núcleo. Un concepto que su hermano Francisco José no aprendió nunca y que conduciría al desmembramiento de su imperio muy poco tiempo después. Maximiliano era sin duda, a pesar de sus numerosos defectos, un ingenuo soñador bienintencionado, un romántico, alguien que no fue educado para entender un mundo en plena transformación. Carlota fue una mujer sin duda extraordinaria, que buscó salirse del papel limitado a su sexo y participar activamente de la vida pública. A ambos les arrambló la historia, como al tiempo caduco que les vio nacer y que, por mucho que se resista, al final estaba condenado a morir.

lunes, 8 de diciembre de 2025

Las historias cortas de diciembre: La importancia de una correcta pronunciación

 Mi amiga Eos se encontraba en Gales, viviendo en la casa de un matrimonio de 70 años. Un día, llegó la vecina terriblemente consternada.

-Tengo una plaga de avispas -afirmó-. Le han picado a mi madre no-sé-cuántas veces, y la pobre es ya muy mayor. No sé cómo librarme de ellas.

-En mi pueblo -respondió Eos-, tenemos un remedio casero, y es echarle agua y jabón a las avispas.

-¿Ah, sí? Pues lo voy a probar.

Dos horas después, la vecina volvió, con rostro aún compungido en el rostro.

-No sólo no se han ido las avispas, sino que han venido cada vez más, y tengo toda la casa pringosa. ¿Seguro que el método es correcto?¿Tenía que ser de pollo, o podía ser...?

Eos abre los ojos y la boca, alucinada.

-¡Jabón (soap)!¡No sopa (soup)!

Algo parecido le ocurrió a John Fitzgeral Kennedy en su visita a Berlín en los años 60. Kennedy se vanagloriaba de sus antepasados alemanes, y además quería destacar la importancia que tenía lo que ocurriera en el Berlín dividido de cara al mundo entero ("Lograr la paz en Berlín", afirmaba, "es conseguirla para París, para Roma, para Washington..."). Por eso, cuando salió al balcón de un edificio oficial germano, delante de una multitud expectante, pronunció, en un alemán cuidadosamente estudiado:

-¡Yo también soy berlinés!

A lo cual la multitud respondió con alborozo. Esta es la versión oficial. No obstante, lo que los alemanes escucharon en realidad aquel día de labios de JFK fue:

-¡Yo también soy una rosquilla!

Lógicamente, de ahí se reían. 


Comentario: No me extraña que las avispas no se fueran: ¡estaban esperando el segundo plato! ;)


lunes, 1 de diciembre de 2025

Los libros de diciembre: pulpos, nazis y mujeres romanas.

-Los secretos del pulpo está escrito principalmente por Sy Montgomery, aunque es un libro ilustrado que ha sido editado por National Geographic, y que cuenta con varios colaboradores. No sé qué me han fascinado más, si las fotografías de las múltiples especies de pulpo, o el texto, que desgrana mil detalles sobre estos fascinantes animales, de los que aún desconocemos muchas cosas. Montgomery nos enseña a amar más aún a estas inteligentísimas criaturas, que han desarrollado un cerebro muy distinto del de los vertebrados, y que cada día nos revelan aspectos nuevos sobre su capacidad de camuflaje, su poder como escapistas, su sorprendente anatomía, sus increíbles sentidos y capacidades -detectar la luz por la piel; caminar sobre dos patas; aprender cosas incluso dentro del huevo, durante la fase embrionaria-, su chocante comportamiento y ciclo vital (son criaturas más sociales de lo que cabría esperarse), o las diferencias que hay entre especies o entre individuos, quienes cuentan con una personalidad propia. Como defecto menor del libro, advierto que a veces no es muy sistemático en el suministro de la información ni en el orden con que te proporcionan la misma -hay órganos de este molusco que sólo te explican después de haberlos nombrado varias veces, e incluso ni entonces-. Eso sí, con este volumen, os garantizo que tendréis menos ganas de comer pulpos, y más de promover que no se hagan granjas donde criar a los mismos para consumo humano.

-En el jardín de las bestias. Escrito por Erik Larsson, narra la historia real del embajador (de 1933 a 1937) de Estados Unidos en Alemania, William E. Dodd, quien fue a Berlín acompañado por su familia, incluyendo su hija Martha. El libro cuenta cómo tanto Dodd como su hija quedaron en parte seducidos por el ambiente de la época, llegando a creer (en unos años en que el nazismo parecía más contemporizador) que las derivas autoritarias y antisemitas del nuevo régimen no serían para tanto. Este ensayo, sin embargo, muestra cómo, al contrario de lo que anhelaban, la situación fue empeorando paulatinamente, y todos los cambios positivos que Dodd y su hija veían eran meros espejismos, o trucos de los fascistas alemanes para ganar tiempo y lograr la consecución de sus fines. ¿Que si lo he leído para ver si nos encontramos en una situación similar respecto a algún otro país actual? Para nada (guiño, guiño), no sé de qué me estáis hablando.

-Soror. Vamos ahora con un colectivo que, a ciertos seres humanos, les resulta tan incomprensible como los pulpos, o (sí, hay gente así) más despreciable que los nazis: las mujeres. En este volumen, Patricia González, historiadora, repasa cómo era la vida del "sexo débil" en la Edad Antigua, y en concreto en la antigua Roma. No sólo habla de las figuras más famosas (entre otras Livia, Fulvia, Agripina, de manera breve Cleopatra), sino sobre todo de las mujeres corrientes, describiéndonos detalles de su existencia cotidiana: cómo vivían, a qué les obligaban las leyes, cómo se modelaba su comportamiento para que se ajustara a un canon social. Para ello, la autora no recurre únicamente a las crónicas oficiales -normalmente parcas en referencias o sesgadas-, sino que recurre también a la arqueología y otros recursos, en muchos casos desmontando sesgos establecidos por los romanos (o por los propios historiadores), o subrayando que ciertas excepciones eran más comunes de lo que se creía. El único pero al texto -y sólo es una visión subjetiva- es que, al narrar la historia de Roma desde una perspectiva específica, parte de la base de cierto conocimiento de la época que quizá requiera de alguna lectura previa, pero no creo que eso sea un inconveniente para la mayor parte de quienes se sientan atraídos por este libro. Médicas, abogadas, niñas obligadas a casarse a una edad muy temprana, prostitutas, o viudas que manejaban su propia fortuna, desfilan por las páginas de "Soror", que por supuesto no es sólo un texto feminista, sino también un ensayo sobre cómo la política, la mitología y la historia se han encargado de instaurar en el imaginario colectivo una visión particular sobre las mujeres, sin que éstas pudieran describir (en casi ningún caso) su propio punto de vista. Una injusticia histórica que libros como éste quieren contribuir a reparar.

lunes, 24 de noviembre de 2025

La historia real de noviembre: una reflexión sobre los asesinos en serie

El otro día tuve la oportunidad de ver El estrangulador de Boston, una película estupenda de 2023 alrededor de la serie de asesinatos que sacudió a Boston en los años 60, muy distinta -y, en mi opinión, mejor- que la primera versión del tema protagonizada por Tony Curtis (por cierto, si no queréis saber nada de estas películas, mejor no sigáis, que vienen spoilers). Y se me ocurrieron un par de reflexiones -nada originales, sin duda, y que no abarcan la totalidad del tema- que a lo mejor pueden interesar a algún lector.

Vamos a acotar primero los términos. Como muchos ya sabéis, aunque el cine (muy imbricado en estos temas) ha puesto en la mente de todos la imagen de un hombre que mata a un determinado perfil de víctimas por un impulso retorcido de su mente, el término "asesino en serie" no es un término clínico, sino policial. Se refiere a aquel individuo que asesina a varias personas (tres es el número mínimo aceptado) en un límite relativamente corto tiempo, pero no siempre se debe a un problema mental. Por ejemplo, hubo un caso (descrito en el libro Mind Hunter, que inspiró la serie de televisión, y que trata a fondo estos temas) de un hombre que entró en una residencia para señoritas para agredir sexualmente a una de ellas y, por culpa de que iba encontrándose con testigos incómodos, tuvo que matar a varias mujeres de golpe. Ese individuo, aunque técnicamente es un asesino en serie, en realidad sólo lo es porque le obligan las circunstancias. Pero no; nosotros vamos a referirnos al caso tan cinematográfico que han publicitado Mindhunter, Mentes criminales o la saga de Hannibal Lecter: una persona que mata a una víctima, y luego otra, y luego otra, sin motivo personal aparente, y que, sin no lo detinenen, volverá a matar.

El tipo humano lo conocemos todos: suele ser un hombre, con frecuencia blanco y de un país anglosajón, al que un trauma del pasado o una personalidad con tendencia a la violencia lleva a matar, en ocasiones de maneras muy específicas, elaboradas e imaginativas, y casi siempre a un rango muy concreto de víctimas. El concepto empieza a popularizarse después de la Segunda Guerra Mundial, y a raíz de ciertos especialistas en la elaboración de perfiles en Estados Unidos (por ejemplo, los agentes del FBI que escribieron el libro Mind Hunter). No obstante, con los años, la definición se ha ampliado mucho: ahora abarca a mujeres y gente de otras razas y países (con, además, muchas variantes en cuanto a su comportamiento criminal), aunque el esquema original sigue siendo el más popular, tanto en el imaginario colectivo como en la ficción.

Clínicamente, a estos individuos se les incluye dentro del trastorno antisocial de la personalidad: es decir, gente que no acata las normas y que no sienten excesiva compasión por el sufrimiento humano. Dentro de él, algunos especialistas distinguen ciertos perfiles (por ejemplo, bajo el término "psicópata"). Sin embargo, hay una cosa que debe quedar clara: no todos los "psicópatas" ni la gente con trastorno antisocial de la personalidad son asesinos. De hecho, la mayoría viven perfectamente integrados entre nosotros: quizá muchos no sean las personas más simpáticas del mundo (aunque, con frecuencia, son capaces de pasar por muy buenos vecinos), y unos cuantos suelen tener problemas con la ley o con otros congéneres, pero eso no significa que todos vayan por ahí matando gente. Es muy importante erradicar esos tópicos, porque, no lo olvidemos, la mayor parte de los criminales no tienen trastornos mentales, y la mayor parte de los enfermos mentales tampoco son criminales.

Pero ahora, vamos a entrar en el tema. En El estrangulador de Boston, una película muy bien dirigida, y estupendamente protagonizada por Keira Knightley, se realiza una afirmación muy interesante: dice que, en efecto, es probable que hubiera una persona que estrangulaba en Boston con unos métodos muy concretos. Lo hacía a mujeres que vivían solas, ancianas, a las que estrangulaba y les dejaba colocada en el cuello una media, a modo de lazo. Sin embargo, algunas de las teóricas 13 víctimas que dejó el estrangulador de Boston no encajan en ese perfil. Lo que insinúa esa película es que es posible que otros individuos aprovecharan el escándalo del estrangulador de Boston para cometer sus propios delitos y que le echaran la culpa al asesino. Algunos habrían matado a esas mujeres por motivos personales (una secretaria embarazada del sospechoso, casado y con hijos, lo cual le suponía una incomodidad), y otros serían diferentes agresores sexuales que, simplemente, habrían aprovechado los modus operandi del asesino para que los auténticos autores pasaran desapercibidos. La película elabora una teoría que, como todas las que implican a este tipo de asuntos, nunca podremos demostrar si es verdad. De hecho, seguramente lo más inquietante del film es que menciona que uno de los sospechosos de haber matado a alguna de las víctimas del estrangulador de Boston salió libre, y nunca volvió a saberse de él. Su nombre nunca se hizo público, y quién sabe lo que hizo después de que la policía y los periodistas le perdieran el rastro.

Pero me llama la atención la idea de gente que aprovecha un asesinato para tapar otro. Algo parecido se ha hablado acerca de los crímenes de Ciudad Juárez. Como sabéis, en esa zona ha habido una cantidad inmensa y terrorífica de feminicidos (más de seiscientos desde finales del siglo XX). Las causas seguramente son complejas: Ciudad Juárez es una ciudad fronteriza, pegada a su equivalente en Estados Unidos, El Paso. En ese sentido, la frontera con México se ha convertido en una distorsión: mientras que El Paso se mantiene bucólica y sin crímenes, todo el que quiere hacer algo turbio traspasa la línea de delimitación entre ambos países, y por eso Ciudad Juárez se ha convertido en uno de los lugares más peligrosos del mundo. Además, como siempre, el capitalismo tiene mucho que ver: hay un montón de dinero implicado en el hecho de que ciertas fábricas se instalen en Ciudad Juárez (donde los costes laborales son más baratos) para luego vender sus productos en EEUU. Estas empresas contratan normalmente a mujeres jóvenes y vulnerables -las llamadas "maquiladoras"-, a las que les ofrecen salarios de miseria. Con frecuencia estas mujeres tienen que volver a casa solas, después de turnos interminables, de noche, en un lugar donde existen toda clase de personajes peligrosos, entre otras cosas porque (cómo no) Ciudad Juárez también es uno de los lugares de paso de las principales rutas de comercio de droga del mundo, pues desde la zona de la producción (Hispanoamérica) pasan al lugar de consumo (Norteamérica).

Cuando empezaron a revelarse estos feminicidios -con números que dan miedo y acongojan- muchos los atribuyeron al tráfico de drogas, a peleas entre cárteles, a esa complicada situación social, aunque también hubo teorías mucho más conspiradoras y "peliculeras" (hay una cinta, por cierto, Ciudad de silencio, que toca el tema, exponiendo con cierto acierto sus diferentes aristas). Sin embargo, poco a poco se fue haciendo evidente que las muertes de mujeres no se deben a un asesino en serie individual. Sino que, al final, aquel lugar se ha convertido en un pozo negro: todo aquel que tiene una cuenta personal que ajustar, o que pretende dar rienda suelta a su misoginia, aprovecha la fama de los feminicidios de Ciudad Juárez para que su crimen se convierta en uno más de la lista, en un nombre más en la multitud. En las muertes de Ciudad Juárez se entremezclan, pues, asuntos mafiosos, crímenes individuales, probablemente más de un violador y asesino en serie, y, sobre todo, muchísimo odio a las mujeres. Como dicen en la versión moderna de El estrangulador de Bostón (traduzco del original en inglés), <<(...) creasteis un mito, y necesitaba ser detenido. La gente quería creer que era Al [Albert de Salvo, el hombre acusado por la policía de los crímenes de "el estrangulador de Boston"], pero necesitaba creer que era Albert. La alternativa era demasiado perturbadora (..) Que hay demasiados Albert De Salvos ahí fuera. Y que nuestro pequeño mundo seguro es una ilusión. Los hombres matan a las mujeres. No empezó con Albert, y es seguro como el infierno que no terminará con él tampoco>>.

En ese sentido, me he acordado también de la reflexión final que aporta Alan Moore en el epílogo de su obra From Hell, acerca de los crímenes de Jack el Destripador. El lúcido Moore indica que, normalmente, lo que nos gusta (a los que nos sentimos atraídos por los casos de asesinos en serie) es la resolución del misterio, como si fuera un complicado puzzle cuyo dibujo, una vez encuentras la pieza adecuada, queda expuesto en su totalidad. Pero, en realidad, la vida real no suele ser así: los hechos reales son fragmentarios, inconexos, muchas veces carentes de sentido, donde nadie tiene la perspectiva global del alambicado caleidoscopio de la verdad. Nunca tendremos una visión clara e inequívoca de quién fue Jack el Destripador hasta los últimos detalles, nunca viviremos esa revelación mágica ("fue el médico de la reina", "el pintor", "el misterioso hombre americano") que queda tan bien en las películas. Ésa es sólo nuestra ambición, la de personas que deseamos encontrar orden en un mundo de caos, y que también anhelamos que, una vez atrapes al asesino, se acabe el peligro. Pero si salimos del juego policial del gato y el ratón, o de los detectives aficionados de las novelas, las cosas no son tan sencillas. Y, por supuesto también, nunca son fáciles de solucionar.

Quizá, de una parte de todo esto, tengamos culpa los propios escritores, sobre todo los que (no puedo negarlo) sentimos una cierta fascinación por este tipo de historias. Como dice Antonio Muñoz Molina, tendemos a endiosar como seres astutos y sofisticados a criminales normalmente mediocres y egoístas, y parece que la proliferación del género del true crime hoy día sigue esa misma tendencia. Sin embargo, creo importante hacer una distinción: como siempre, hay una gran distancia entre la ficción (donde encuentras a villanos muy atractivos, como el propio Hannibal Lecter), y la realidad, en la que los malvados suelen ser bastante más aburridos, insoportables, predecibles y, sobre todo, cercanos a nuestros vecinos de lo que nos gustaría. Hay cosas que toleramos en la literatura o el cine (o en el pasado lejano, donde casi se han convertido en ficción), y que no podemos juzgar igual para nuestra vida cotidiana. Es importante trazar esa línea, para no dar más importancia a los asesinos que a las víctimas y, sobre todo, para hacer justicia a estas últimas. De no ser así, puede que cometamos errores que lleven a más dolor y sufrimiento. Y, en este cúmulo complejo de factores que forman parte de un crimen, conviene que no aportemos un granito más de mal.

lunes, 17 de noviembre de 2025

La historia corta de noviembre: "El secreto mejor guardado"

Cuando Bulsu dijo que se marchaba del pueblo a ganarse la vida en el extranjero, el alcalde le llevó al gran almacén a las afueras de la villa, abrió el local con la llave que portaba siempre al cuello, entró, y sacó un enorme acordeón que entregó a Bulsu:

-Toma, compañero, con esto podrás intentar ganarte la vida allá afuera… igual que tu primo Konya y tu hermano Radomir.

Bulsu recogió aquel objeto sin saber cómo agarrarlo.

-Pero, alcalde -contestó el futuro emigrante, sujetando el instrumento con la misma precaución que si se tratara de un tejón-, si yo no sé nada de cómo tocar este engendro del demonio. Como no me den dinero por pena…

 El alcalde miró con sonrisa ladeada, como observando a un espectador invisible.

-Bueno, tu primo y tu hermano tampoco sabían… Ahí está la gracia.

Y rio de manera sardónica y cruel…

El chico y la chica seguían comiendo pipas en el parque, mientras se escuchaba de fondo el sonido del acordeón que alguien tocaba.

-¿Y tú crees de verdad que ése es el motivo?

-Es una venganza, seguro. Algo le hemos hecho a ese país. De no ser así, no sé cómo se explica tanta crueldad.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Las series de noviembre: varias de Filmin

-Monsieur Spade es una ficción atípica. Parte de la idea de que Sam Spade (el célebre detective creado por Dashiel Hammet, y protagonista de El halcón maltés) se ha ido a resolver un asunto en el sur de Francia, y ha encontrado motivos para quedarse a vivir y retirarse allí. Sin embargo, años después, nuevos y antiguos problemas van a surgir ante sus ojos, y es entonces cuando sus viejos hábitos de detective vuelven a hacerle falta. Esta miniserie de seis capítulos tiene un guión con grandes luces, pero también algunas sombras: es de estas narraciones a las que hay que hay que prestar atención para no perderte cosas; coincide con las viejas historias de los años 40 en las tramas enrevesadas, no siempre perfectamente coherentes -y, en este caso, algo fuera de escala-; a ratos cuesta distinguir los flashbacks, en general muy buenos, aunque a veces se abusa de los mismos; y el final es una ensalada caótica y poco creíble (como si, cual Raymond Chandler en El sueño eterno, el guionista hubiera dispuesto de manera prometedora piezas en el tablero de ajedrez, y al final de la partida decidiera pegarle una patada al juego) que a varios espectadores puede emborronarles el conjunto. Eso sí, durante buena parte del metraje, ese guión funciona muy bien, especialmente con los ácidos comentarios del cínico detective encarnado por Clive Owen, que interpreta uno de los mejores papeles de su carrera. Como buen cine negro, hace un excelente uso de la atmósfera que tiene en derredor, y cambia las turbias calles de San Francisco por un aparentemente bucólico pueblo galo, el cual, sin embargo, atrapado entre la posguerra mundial y las salvajadas francesas en Argelia, bulle con una maldad que haría gozar al célebre autor Jim Thompson. Los papeles y actores secundarios también son interesantísimos. En definitiva, con todas las salvedades, creo que esta serie os hará pasar unas cuantas buenas horas.

-Inside nº9: más británica que el té de las cinco, y con mucho componente teatral, esta serie de capítulos independientes ha sido creada y guionizada por Reece Shearsmith y Steve Pemberton, que ejercen de actores protagonistas en todos los episodios (al menos, hasta lo que me he podido ver, pues de las nueve temporadas me quedan aún cuatro y poco). Lo único que tiene en común cada entrega, con mucha variedad formal y sin miedo a arriesgar, es que hay bastante humor negro, normalmente un misterio o un componente de intriga o terror, y que en algún momento sale a colación el número 9. La cuarta temporada, en particular, es fantástica, pero, como digo, no hay ninguna relación entre episodios, así que podéis discutir con otros televidentes sobre vuestros capítulos favoritos.

-Taboo. Con una única temporada que lo dio todo, esta serie, que impactó hasta cierto punto en su momento pero no tuvo la resonancia de otras contemporáneas, mostró a un Tom Hardy en estado de gracia en una intriga internacional y de época con una atmósfera muy sólida, que entremezcla muy bien un fondo de realismo con trazas de fantasía.

-The Newsreader es una serie australiana que describe el ambiente de una redacción de noticias en los 80, donde las elecciones personales se entrecruzan con la actualidad informativa de una época que, desde luego, tuvo su aquel. No es The newsroom, pero sobre todo la primera temporada tiene mucha fuerza, entre otras cosas por la garra de sus intérpretes.

Estas series, al menos la última vez que las vi, se podían disfrutar en Filmin.