Como muchos recordaréis, hace unos meses participé en un podcast de Radio Gul (la radio de usuarios de Linux de la Universidad Carlos III de Madrid), dentro del programa de divulgación científica "El gato de Hubble", que se dedica a hablar de ciencia en tono de humor teniendo como variopintas referencias a Bill Nye, John Oliver y Coco de Barrio Sésamo. En un post anterior os presenté el podcast dedicado a CRISPR y la ingeniería genética, y ahora os quiero dar enlace a este último (el episodo 1 de la temporada 2), el cual yo y mis otros cuatro descacharrantes compañeros nos hemos dedicado a hablar infecciones emergentes, o sea (traducido a un idioma razonable), enfermedades infecciosas que no se conocían o parecían controladas y de repente se destapan generando epidemias, miedos inconfesables, y una serie de catastróficas desdichas. Estamos hablando, por tanto, de peste negra, multitudes enloquecidas, científicos enfrentados a monos locos y, por supuesto, de apocalipsis zombie. Por si el tema no fuera lo suficientemente plácido y con adecuado para conseguir amigos, en el programa, aparte de meternos con los antivacunas, con Fleming, con los americanos que creen en el fin del mundo, con políticos españoles de variado signo, con fans de series de gran audiencia, con Kevin Spacey, Mariló Montero y, por supuesto, con las fiestas navideñas, nos cargamos a unas cuantas centenas de millones de personas: vamos, lo habitual de una tarde bien exprimida. Espero que con el programa aprendáis unas cuantas palabras raras o, en todo caso, que las escupáis pero al menos os quede un buen sabor de boca después de masticarlas. Y que de aquí saquéis un buen tema (hablando de enfermedades mortales o guerra biológica) para hacer entretenidas las comidas de Navidad y Nochevieja. Hasta el próximo año entonces... si conseguís no pillaros ninguna enfermedad que os impida leer el blog. Que paséis buenas fiebres -digo, fiestas. Y, tranquilos, que la enfermedad no se transmite a través de los micrófonos: o al menos, todavía no se ha demostrado. Saludos desde mi lecho de moribundo, donde comparto cama con este año. Un abrazo -mortal- a todos (tos tétrica y gutural).
¿Por qué estamos aquí? Porque nos gusta lo curioso, lo sorprendente, lo interesante, lo inusual, lo que engrandece al ser humano, lo que lo redime de vez en cuando. Por eso nos apasionan las historias: porque hayan ocurrido o no, de alguna manera es real.
domingo, 24 de diciembre de 2017
lunes, 18 de diciembre de 2017
El relato de diciembre. Cuentos fantásticos (VI): "Olympiakós 2106"
Olympiakós 2106
La sala de cine se encuentra de
momento vacía. Las butacas, rojas, mullidas, se apoyan en los respaldos de
cuero negro, en perfecto orden, una al lado de la otra, bien firmes, como un
batallón de un ejército dispuesto para atacar. Las luces, de momento aún
encendidas, se dejan ver desde unas bombillas que están cubiertas con mamparas
por la parte inferior, de tal manera que la luz parece ascender desde las
bombillas hacia arriba, en una especie de fuente de iluminación. Mientras
tanto, a ambos lados de la puerta, los dos botones, en su impecable traje
negro, hacen la guardia con rostros serenos e imperturbables. De repente, uno
de ellos se lleva la mano a su reloj: fija su vista en los ojos del otro.
-Es la hora –asiente el otro, en lo
que tendría que ser una pregunta.
-Es la hora.
Y ambos se ponen en marcha, en un
mecanismo de sincronización similar al de un reloj suizo. Descorren las
cortinas de la pantalla: a partir de ahora, el lienzo en blanco será agua, luz,
tormenta, paisaje, cualquier cosa, menos el blanco, e incluso eso es posible. Ajustan
las luces. Comprueban que la sala está completamente limpia, no es cosa que una
proyección tan especial la fastidien unas palomitas. Y entonces, una vez hecho
todo, ambos se despiden para dirigirse cada uno su quehacer: el uno, arriba, a
la sala de proyección, para manejar la cámara y los rollos. El segundo, para
recibir a los invitados. Una breve reverencia sirve como todo adiós. Ambos
conocen perfectamente cuál ha de ser su deber.
El botones que se ha quedado dentro
abre la puerta.
Comienza el espectáculo.
Llegan en trouppe. Juntos, pero
separados. En teoría forman parte de la misma agrupación, pero sin embargo,
entran en la sala poco a poco, con cuentagotas.
Las primeras en llegar son las
Parcas.
-Pues mira, a mí me dijo el primo
del cuñado de la tía de Cástor, que en realidad Narciso se fue con la hija del
hermano del consuegro de Apolo en lugar de con...
-¿Sí?¿De verdad?¡No me lo puedo
creer!
-¿Y se fue con esa pelandusca? Pues
qué pena de Cástor; con lo mona que era la otra muchacha. Lo guapa que iba
siempre...
-Pues no te creas que Cástor estará
muy triste. Yo siempre he sospechado de este muchacho... Todo el rato por ahí,
andando con Pólux...
-Pero mujer, que son hermanos...
-Más razón todavía me das.
-Sí es que ya no te puedes fiar de
nadie.
-Y a mí que me lo digan, hija. Si
Narciso se quisiera hacer un favor...
-¡A mí sí que me gustaría que me
hiciera un favor, ji, ji, ji, ji, ji!
-Oye, que ya hemos llegado a la
sala.
-Oig, mira, qué cortinas. Fíjate qué
rojo más mono, qué terciopelo.
-Yo creo que no es terciopelo. Para
mí que es sintético.
-¿Y tú que sabes si es o no
sintético, si tú no tienes ni repajolera idea de esto?
-Pues anda que tú, que confundes la
licra con la seda, y además, no ves tres en un burro.
-Si es que yo lo he dicho siempre:
no tenéis ni idea de coser, ninguna de las dos. Luego os quejáis de que salgan
las cosas como salen. El futuro, enredado, el pasado, torcido.
-Anda, cállate un poco, bonita.
-¿Dónde nos sentamos?
-En el medio, para pillar mejor los
cotilleos.
Y las tres se sentaron, con las
palomitas aún en la mano, la del Pasado sorbiendo Coca Cola por una pajita,
haciendo ruido cada vez que tomaba su bebida. El acomodador, mientras tanto, se
encontraba en un lado, los brazos detrás del tronco, esperando.
-¿Tú crees que tardarán mucho?
-Oh, no, qué va, ya han tenido
tiempo de sobra para ponerse verdes, ahora llegarán aquí para seguir
haciéndolo.
-Mira quién entra primero… Poseidón…
-Cochino, qué asco, lo va a dejar
todo pringado de agua…
-No importa. Aquí entra ahora Plutón.
-Qué cara más triste.
-Es que va de atormentado por la
vida. Con eso de que tiene siempre que caminar entre el bien y el mal…
-Yo siempre le he visto con cara de
cenizo a ese hombre.
-No sé si se le ha puesto esa cara
de regir el infierno, o es que Zeus le vio así y por eso se lo dio.
-Mira, por ahí entran más.
Y mientras los demás se iban
acomodando, aparecieron Efesto y Atenea. Efesto estaba impregnado de tizón
hasta las cejas, todavía colorado y sudoroso a causar del calor de la
fundición. Atenea, mientras tanto, era algo más vieja que la imagen a la que
nosotros estamos acostumbrados, llevaba el pelo ya con tonos grisáceos recogido
en un moño, y unas gafas que llevaba en la punta de la nariz y que pendían de
una cuerdecita que daba una larga vuelta al lado de su cuello. En las manos,
lleva una hoja, una carpeta en la que apoyarse y un bolígrafo, para así
escribir la crónica.
-Mira cómo pretende hacernos creer
que es una intelectual –ironizó sardónica una Parca-, como si ella supiera más
que nosotras.
-Es lo que tienen los culturetas,
son todos unos snobs.
-Por cierto, ¿dónde está la mujer de
Efesto?
-¿Es que no te lo imaginas, hija?
Por allí viene…
Y aparecieron de pronto, corriendo,
separados por una breve distancia –no pudieron evitar que todo el mundo viera
cómo se separaban rápidamente las manos-, un greñudo Marte, con sus corazas de
guerra todavía en desorden, y una hermosísima y despampanante Afrodita, con un
pronunciado escote y un vestido que permitía vislumbrarle las ligas; era inevitable
que todo el mundo se volviera a mirarla, pero mucho más Efesto, que empezó a
enrojecer todavía más si cabe de rabia.
-Qué descarada –cuchicheó entre
dientes una Parca.
-Di mejor zorra, cariño.
-¿Y el calzonazos ése, cuándo “la”
va a decir algo?
-Hija, hay hombres que no tienen
donde hay que tenerlos.
-Callaos, par de cotorras, que no me
dejáis ver a los que entran.
Y fueron pasando todos, mientras Efesto
y Afrodita se sentaban juntos en la parte de atrás, ésta coqueta, él todavía
enfurruñado, y Marte se situaba prudentemente en el asiento de atrás, no sin
que estos dos últimos se lanzaran breves y furtivas miraditas cómplices.
Llegaron las ninfas, los titanes montando alboroto, Cibeles, Urano en silla de
ruedas, Baco bien cargado, y durmiéndose por los rincones, el caos en forma de
nube densa cargada de masa amorfa y de luz, Caronte tratando de hacer de
acomodador pirata, exigiendo brutal y hosco una propina, mientras el joven Hermes
se dedicaba a robarle las monedas y a salir corriendo con sus pies alados, ante
la impotencia del barquero, que maldecía furioso por no haberse traído el remo
para estas suertes, y porque no le hubieran dejado pasar con Cancerbero de la
entrada; centauros y sátiros, dioses y semidioses, los héroes venían todos juntos,
haciendo apuestas y presumiendo de sus hazañas, aunque dejando bien reservados
los sitios en el centro para los dioses mayores, por supuesto, aquí se
encuentran bien claras las preferencias, todos fueron llegando, las Parcas
tomaron buena nota de quienes iban pasando por la puerta.
-Fíjate qué vestido: ay, qué
monísima está….
-Yo creía que ese muchacho iba a
llegar más lejos.
-Es por culpa de las malas
compañías, ya se sabe lo que hacen.
-¿Dónde se ha metido Apolo?
-Es lo que tienen los artistas,
siempre se hacen esperar…
Y mientras las figuras de los dioses
que aún entraban en la sala de cine se movían, en batiburrillo, y los primeros
que se habían sentado se mostraban impacientes por comenzar, llegó Zeus,
gigante y enorme, acompañado de su rayo, y de su habitual cohorte de satélites
y aduladores.
-Mira qué pelotas: cómo se agrupa
todo el mundo para hablar con él.
-Y su esposa; vaya ropas que se ha
puesto, como se nota que quiere destacar.
-Y todo el mundo la adula, claro,
como es la mujer de quién es...
-Es lo que tiene ser el gran jefe,
hija, todo se vuelven hipocresías y falsas sonrisas.
-Qué despreciables son todos.
-Qué despreciables, es verdad…
-Hola, mis queridas ninfas
–interrumpió Zeus, saludándolas-, ¿qué tal va todo por aquí?¡Cada día estáis
más jóvenes!
-¡Espléndidamente, Zeus! –exclamaron
exultantes, todas ellas, mientras emitían una risa coordinada y un “ooooh” de
falso sonrojo-, ¡has organizado una maravillosa velada!
-Pero bueno, si aún ni ha empezado…
-Oh –aclaró una de ellas, dándole
unas palmaditas en su mano-, estamos seguros de que lo será. ¡Como todo lo que
organizas!
-Bueno, chicas, os dejo. La gente se
impacienta si no me coloco en mi sitio.
-¡Hasta luego, Zeus! –exclamaron las
tres a la vez, con sonrisa de colegiala viendo a su ídolo, y nada más se
volvió, comenzaron a cuchichear entre ellas con gesto de desprecio y enojo.
-¡Ya llega!¡Ya llega!-se escuchó un
grito de fondo, y todos se volvieron, efectivamente, sobre la alfombra roja,
iba llegando Apolo, vestido de sencillas prendas, con una cinta en la cabeza,
seguido por su cortejo de Musas, algunas más pequeñas, de siete u ocho años,
otras mayores, de veintipocos, cuchicheándose mutuamente cosas al oído. Zeus, y
con él todo el teatro, se levantó, todos guardaron silencio.
-Bueno, Apolo, espero que lo que nos
ofrezcas hoy valga lo que hemos invertido.
-Os aseguro, oh, Zeus –se arrodilló
Apolo, con rostro inmaculado y agradecido-, que lo que os mostraré ahora
guardará concordancia con lo que merece vuestra grandeza. ¿Me permitís,
entonces, enseñároslo?
Zeus hizo un ligero gesto con la
mano, que lo quiso decir todo. Sólo entonces se puso Apolo de pie, entre los
cuchicheos del público, que se sentó, las Musas se distribuyeron por el
Anfiteatro, que bien se sabe que son muy dispersas, y Apolo gritó por encima
del ruido a Orfeo y a Hermes (que había conseguido por fin despistar a Caronte),
sus ayudantes:
-¡Luces, cámara… acción!
Y se apagaron las luces, el ruido
que indicaba el funcionamiento de la cámara sonó, Orfeo terminó de dar a la
cabina las últimas orientaciones, Apolo se sentó en el centro, al lado de Zeus,
mientras se iba haciendo el silencio, y en la pantalla aparecía el tres, dos, y
uno, y se reflejaba por fin una imagen. Todo el inmenso barullo cesó.
Empezó todo, dos jóvenes. Un chico y
una chica. Tendrían dieciocho años. Ella se encuentra sentada, sobre el tronco
de un árbol, parecen estar en el bosque. Ambos visten jersey, ella lleva falda,
debe ser otoño, porque está lleno de hojas secas.
-¡El vestido es divino! –se oye al
fondo, en la inconfundible voz aflautada de Cupido, se oye un siseo brusco
ordenando callar.
-Ana, tienes que explicarme –dice el
chico desde la pantalla-, por qué nos has respondido a mis llamadas.
Ella levanta la cabeza. Tiene una
mirada tierna, angelical, casi de diosa, pero a Afrodita no le gusta ese
comentario, le pega un codazo en las costillas a Efesto, que es quien lo hay
pronunciado.
-Mis padres han prohibido que nos
veamos –susurró la chica, compungida-. Me van a mandar a un internado, para que
no vuelva a verte nunca más.
Un sobrecogimiento entre el público,
que se quedan pegadas todos a sus parejas, o a sus asientos. El chico, con
aplomo, se acerca hacia ella.
-¿Y no puedes negarte a ello?
-No… Es imposible. Me mandarán allí,
lo sé, y yo no podré hacer nada para evitarlo…
Los dos ponen una mirada triste. Si
pegamos un paseo por el cine, con la cámara muy baja y mirando de frente a los
espectadores, podemos ver sus ojos angustiados.
-Y entonces…
-Entonces –dice ella-, tendremos que
habituarnos a estar separados…
Y ella se levanta, y le abraza con
fuerza. Apolo mueve las manos, parece estar regulando los movimientos. El chico
se revuelve con fiereza.
-¡No!-exclama él-. ¡No lo
permitiré!¡Casémonos!
-¿Cómo?-pregunta ella, extrañada-.
¿Que nos casemos?
-¡Sí!-grita él-. ¡Si nos casamos,
tus padres tendrán que hacerle frente a los hechos consumados!¡Es la única
salida!
Ella queda atribulada, la confusión
se refleja en su rostro.
-Oh, no sé… Ha sido todo tan rápido.
Pero él se abraza a ella, y muy
cerca los rostros, le dice:
-Perdóname, Ana. No tengo nada que
ofrecerle: no tengo dinero ni honores, pero si te casa conmigo, te prometo que
te amaré siempre, durante todos los días de mi vida. Y ahora dime… ¿querrás ser
mi esposa?
Todo el cine se encoge, todo el
mundo está pendiente de las respuesta que van a dar.
-Sí, Frederick. ¡Hazme tu esposa,
quiero ser tu mujer!
Y ambos se funden en un cálido beso.
Y entonces los gritos, los aplausos,
las luces se encienden, las Parcas gritan alborozadas como colegialas de
instituto, la gente se levanta, los dioses comienzan a aplaudir, Efesto se da
cuenta de que su mujer no está, se da la vuelta y Marte tampoco, monta en cólera
y sale corriendo, pero nadie le se oye…
-¡Viva!¡Bravo!-grita el anfiteatro,
Cupido llora, emocionado, las ninfas suspiran, “¡Qué bonito, qué romántico!” y
hasta Zeus se levanta, Atenea entonces coloca el bolígrafo sobre su oreja y
deja de escribir la crítica, se levanta y con el mismo entusiasmo que todos,
empieza a aplaudir. Apolo, ruborizado, con signos visibles de emoción en el
rostro, se levanta y no tiene más remedio que sonreír al público, y hacerle una
reverencia.
-¡Apolo, Apolo!-gritan algunos,
mientras otros proclaman, “¡Es la pragmática del artista!”, y Zeus le da la
mano, felicitándole, “¡Maravilloso, fantástico, no esperábamos menos de tí!”, y
los otros dioses mayores, Plutón, Poseidón, aplaudían discretos, y sonreían
complacidos. Entre tanto, atrás del todo, los dos acomodadores de reúnen, el
otro ya ha bajado de la cabina de mandos, cruzan miradas entre sí.
-¿Qué tal ha ido? –pregunta el que
se ha pasado la hora en la cabina de mandos.
El otro se encoge de hombros.
-Normal. No muy distinto a la
habitual.
Y contemplaron durante un instante
el silencio a todos los dioses aplaudiendo, a Apolo recibiendo felicitaciones,
y entonces uno de ellos afirmó:
-Míralos: son como son, y no hay
manera de cambiarles. Pero en estos momentos, uno les perdonaría cualquier
cosa.
El otro, en un breve movimiento de
labios, simplemente sonrió, de manera sutil y muy fina. Y entonces, sin más
adornos, respondió:
-Qué le vamos a hacer. Hay que
entenderles. Después de todo, son humanos...
martes, 12 de diciembre de 2017
El libro de diciembre: "Historia absurda de España", por Ad Adsurdum
La historia de España está llena de lugares comunes más o menos inciertos, muchas interpretaciones interesadas y, sobre todo, momentos aburridísimos. Quizá por eso estos tres muchachos que firman como autores de este libro, colaboradores habituales del blog Strambotic, con papeles firmados que acreditan (o eso dicen) que saben algo de Historia, y que se denominan a sí mismos "Ad Adsurdum", se atreven a sacudir el árbol de la historia de España con total irreverencia para hacerla más transparente, más entendible y, sobre todo, enormemente divertida. De Granada '92 a Barcelona '92, su libro "Historia absurda de España" responde a una serie de cuestiones que tal vez nunca te llegase a proponer o puede que ni siquiera te interesaron: Por ejemplo, ¿Espoz y Mina eran una persona o dos?¿En qué momento perdimos lugares como los Países Bajos o Nápoles?¿Es verdad que uno de los mejores reyes de España acabó yendo tirándole caca a la gente y vagando por los pasillos vestido de fantasma?¿Y que compartía con su padre el gusto por dormir en su propia caca?¿Por qué se le presta atención a la rebelión de los comuneros y no a la de las germanías?¿Cómo es posible que todos los líderes de revoluciones en España acaben mal?¿Puede un rey católico ser más papista que el Papa, y a pesar de ello guerrearle?, o, ¿por qué un monarca a puede acostarse con todo el personal, pero al final tiene que acabar casándose con su prima? Incluso más intrigante: ¿qué dos gobernantes masculinos de España tenían el sobrenombre de "Paquita..."?
Lo cierto, por otra parte, es que estos muchachos, con su murcianidad galopante, no sólo se dedican a tratar la historia de España enfilando sus aspectos más humorísticos o tomándosela un poco a guasa. También, dentro del libro, hay espacio para desmontar algunos tópicos rancios, analizar desde el punto de vista crítico aspectos que a historiadores y gobernantes nunca les han resultado demasiado atractivos (o que no les servían para sus propósitos de propaganda), y también desempolvar las momias de ciertos personajes o sucesos pasados que han caído justa o injustamente en el olvido. De hecho, gracias a este libro, además de reírme a dos carrillos, he podido aprender cosas que estoy casi seguro de que no estaban escritas en mis libros de texto, o que al menos no me habían quedado muy claras en mis años de estudiante. Eso no quiere decir que este libro haya que tomárselo a pies juntillas, pero este problema es algo les pasa a todos y con este texto, al menos, te pasas desde luego un buen rato. Una buena recomendación para echar unas risas, o para regalar (a otros, o a uno mismo) estas navidades. Entre otras cosas, si pretendes descolocar al personal. Ya sabéis, cada vez que en una cena navideña surjan alguna polémica indeseable, del tipo "¿República o monarquía?", siempre podéis demostrar vuestra sapiencia diciendo: "¿Sabíais que hubo un rey de España que se dedicaba a perseguir a la gente y a tirarle caca?". Diversión asegurada.
miércoles, 6 de diciembre de 2017
La historia corta de diciembre: "Constitución"
Constitución
Constitución, “Consti” para los amigos
(los pocos que tenía), era una chica tímida, apocada, solitaria. La habían
criado señores mucho mayores de ella, de barbas canas y hosco ceño –muy doctos,
sin duda, pero de cariños los justos-, que llevaban toda su existencia
diciéndole qué debía hacer, qué decidir, y qué pensar. “Come esto”; “vístete
con esto otro”; “estudia esto, que te hará falta”. A la pobre muchacha nunca
le consultaban qué quería hacer ni cuándo: de hecho, una mañana se levantó y se
encontró con las cicatrices de una operación de cirugía estética. Así transcurrieron sus primeros
treinta y nueve años de vida, en que se pasó el rato estudiando de cara a un
sobrio atril y una insípida mesa de estudiante, enfrentada y rodeada de libros
gordos y cargados de polvo. Sin pensar, en ningún momento, que pudiera haber
algo más.
Un día, se le ocurrió volver la vista
hacia la ventana y vio algo en lo que nunca se había fijado: era el mundo
exterior. Había una casa blanca, y hierba verde, y un columpio amarillo, y
flores de variado color. No sabía que había allá afuera; no sabía lo que se
encontraría; su cabeza era un mar de dudas, pues salir al exterior no era algo
para lo que se había preparado.
Y por eso se levantó de la silla, dejó
sus libros, abrió la puerta… y salió caminando.
martes, 14 de noviembre de 2017
El relato de noviembre: "No quiso salir"
Este mes, en concreto el día 25, es el Día Internacional contra la Violencia de Género. A todas las víctimas de esta lacra va dedicado este relato.
No quiso salir
No quiso salir. Nunca lo hizo.
Por más que
los médicos lo intentaron, fue imposible. Al comprobar que el parto se
retrasaba, decidieron inducirlo artificialmente; pero no hubo manera.
Cuanto más provocaban la contracción del
útero con sus medicamentos, más se resistía el niño; se aferraba, desesperado,
al cordón umbilical, a las paredes de la bolsa amniótica, con todas sus fuerzas.
A punto estuvo de perecer entre estos agarrones, que destruían la placenta y
causaban profusas hemorragias, las cuales fueron lo único que consiguieron
definitivamente hacer desistir a los doctores. Intentaron entonces la cesárea,
pero resultó también un esfuerzo inútil; el niño (o mejor dicho, la niña)
intuyendo quizás la afilada hoja del bisturí al otro lado de la pared uterina,
comenzó a revolverse con todas sus fuerzas. Era algo nunca visto, que dejó
sorprendidos incluso a los más expertos, los cuales declaraban no poder
imaginar que tanta resistencia fuera posible en una criatura que apenas tenía
un desarrollo cerebral definido y a la que, por tanto (creían ellos), le era
imposible entender lo que acontecía a su alrededor. Al final, agotados los
recursos, los médicos tuvieron que abstenerse, eligiendo con ello el menor de
los males posibles, para no infligir un daño aún mayor a la madre y al hijo. El
niño se quedaría allí, hasta que quisiera (no, perdón, en teoría no dependía de
él) provocar el parto, o que se iniciarse él solo, o hasta que muriese, lo que
antes ocurriera. El aborto, por supuesto, y dado lo avanzado de la gestación, y
la mentalidad de la época, era impensable. El feto, por primera vez en muchos
días, comenzó a sentir alivio, y a volver –si alguna vez lo hizo- a dejar de
respirar.
Los
familiares no lo entendieron. El padre no lo entendió. Algún tío (o tío en
potencia) exigió una explicación racional a este hecho acientífico. Los médicos
sólo se encogieron de hombros y se acogieron a la evidencia. No había nada que
hacer.
¿Por
qué decidió no nacer? Todavía es un misterio. Quizás fue un sentimiento de
abandono, tal vez se sintió muy solo conforme las periódicas contracciones del
parto le iban recordando su triste destino, que habría de afrontar en soledad,
atravesar entre empujones ese magma de dolor y huesos y salir a un mundo estremecedoramente
grande y frío; o no, quizás no, tal vez era ese remoloneo que tenemos todos
cuando no queremos salir de la cama y decimos “un minuto más, mami, tan sólo un
minutito más”. Puestos a pensar, bien pudo ser el miedo escénico, el
nerviosismo al preguntarse si lo haría bien, si estaría a la altura, la
vergüenza al verse delante de tantas personas, todas mirándole a él, todas
vestidas, y él ahí, desnudito. Quizás fueran ganas de llamar la atención. O tal
vez…
O
tal vez, conforme fue avanzando por el canal del parto, ella, como quizás todos
los fetos del mundo, tuvo una visión, y contempló el futuro: escudriñó cómo iba
a ser su vida a lo largo de los próximos años. Contempló su propio nacimiento,
que acontecería en tan sólo unos minutos, y también su muerte. Sufrió con
anticipación los malos tratos que le infligiría su padre, y lloró con las
lágrimas que surcaban el rostro de su madre; vislumbró la violación que le
acontecería a los veinte años y sintió mil veces la amargura ante la pasividad
de un testigo que no se atrevió a denunciarlo; contempló su huida de orfanato
en orfanato, y su adicción a las drogas. Y, en medio de este calvario, del
tormento psicológico, cuando ya había alcanzado la vagina, la niña, al
contrario que el resto de sus compañeros llegados a este punto, y que optan
siempre por seguir adelante (¿mentes insuficientemente desarrolladas?,
¿resignación ya aceptada?, ¿miedo a la alternativa?, ¿o, quizás, la ingenuidad
suficiente como para que creer que su destino aún puede ser modificado?), ella
dio marcha atrás. Se defendió, como gato panza arriba, de los empujones del
útero. Decidió permanecer allí, pasara lo que pasase. Hasta que
definitivamente, por fin, hubo conseguido su propósito. Cuando escuchó cómo los
doctores tomaban una decisión definitiva sobre su caso, sus doloridos huesos,
esta vez sí, pudieron por un momento descansar…
No
saldría allí afuera, a ese futuro ingrato y demoledor; no sufriría esos
martirios. Se quedaría allí, con su madre, la que siempre la había alimentado y
protegido, al menos hasta que encontrara una alternativa mejor. Si la hubiera…
El
padre fue uno de los que no lo entendió. Era un hombre brutal; un ser
primitivo, educado en los rigores del campo, en el predominio de los músculos
que hacen arar los campos (cuando todavía no existía ninguna clase de máquina
que pudiera sustituir la labor del hombre) y de los que dependía la cosecha;
músculos que eran generosos para la comunidad pero que, al mismo tiempo,
cubrían de terror a aquellas mujeres a las que atenazaban en aquellas correrías
nocturnas que los aldeanos no pudieron, o no quisieron adivinar, al ser el
preferido del patrón, en sus propias y empresariales palabras, “la mano de obra
más rentable que poseo”. No, no lo entendió, ni lo quiso entender. Su corta
mente no daba para elucubraciones propias de los cuentos de hadas, para niñas
que no salían, para fetos que razonaban. Casi zarandeó a los médicos, que
llegaron a temer por la indemnidad de su columna ante los rudos aspavientos de
las monstruosas manos, y sólo el reconocimiento social que por aquel entonces
mantenía todavía la profesión de la medicina impidió que el labriego se
atreviera a dar un paso más violento. No teniendo a quien descargar la culpa, y
sin otra posible reacción ante su incapacidad de comprender, salió del
hospital, se marchó a su casa, e hizo trabajar a los bueyes hasta que
reventaron.
Su
madre, en cambio, era distinta. Muy distinta. Al escuchar a los médicos
comunicarle -en último lugar, después de haber informado a cada uno de los
miembros del resto de su familia, casi como si no fuera con ella-, que iban a
cesar en la búsqueda del parto, simplemente cerró los ojos, y esbozó una
sonrisa de satisfacción. Solía reaccionar así, sin hablar, ante la mayor parte
de los acontecimientos; precisamente por ello sus padres, sus tíos, sus
hermanas, la consideraron estúpida desde su nacimiento, como si aquella mirada
angelical, y aquella callada manera de hacer las cosas implicaran una tara
mental irreversible que le impidiera asumir ninguna elección sobre nada,
dándole derecho a los demás para tomar decisiones por ella. Nunca le habían consultado
nada (algo que ella nunca había reclamado), ni siquiera su boda, que fue
rápidamente organizada por su hermana mayor -celestina, lianta, amiga de los
chismes y capaz de destruir la reputación de cualquier chica que osara
desafiarla, arrastrando su nombre por el fango a lo largo del pequeño pueblo-
al constatar que el mozo favorito del patrón depositaba sus ojos sobre la
inútil de su hermana, pensando con ello que habían encontrado por fin el único
beneficio que podían sacar a la pelele que les había tocado sufrir en desgracia
a sus padres. Cuando le comunicaron, sin embargo, que iba a ser la esposa de
ese hombre, lejos de las muestras de alegría que su hermana hubiera esperado de
cualquier mujer –pues era bien sabido que aquel varón era el objeto de deseo de
casi todas las concupiscentes muchachas del pueblo-, ella, sin embargo, calló
muda. Bajó los ojos y, sin más que añadir, suspiró. Sus padres la interpelaron
sobre su silencio, preguntaron si tenía algo que añadir al respecto, aunque,
dijera lo que dijese, ella sabía, nada les haría cambiar de opinión; la
decisión estaba tomada, y el interrogarla por su permiso era tan sólo un rigor.
Por eso calló y aceptó, resignada. En un pueblo de bárbaros, paletos,
ignorantes, su destino, y el de todas las mujeres de su época, implicaba
obligatoriamente casarse con alguien; y en aquel pueblo, no iba a encontrar
mucho más. Solamente hizo un despecho: cuando juró ante el cura (el sí quiero
sonó lacónico, apagado, triste, hubo de repetirlo dos o tres veces para que lo
oyeran, no estaba acostumbrada a hablar para que la escuchasen), cruzó
imaginariamente los dedos en su mente; pensaba que así, en parte, conjuraría el
hechizo. Tal vez ahora, pensaba en estos momentos, con esa niña en su vientre,
estamos contemplando los frutos de ese sortilegio.
La
noche de bodas fue normal: tan normal como puede serlo cuando transcurre con
una bestia. Ella sólo pedía que al menos la acariciase una o dos veces; él,
buscaba rememorar sus merodeos nocturnos en mitad del campo. Lo que más le
disgustó al marido, y quizá por ello fue más violento aún, era que ella no
gritara, como las otras, sino que se quedase pulcra y escrupulosamente callada,
dejándose hacer, durante todo ese tiempo. Al poco tiempo, supieron que ella
estaba embarazada. Fueron nueve meses muy largos. El marido no entendía cómo su
mujer no era como el resto de las chicas, las cuales todavía se le acercaban, y
a las que él todavía correspondía (excluimos, por supuesto, las que tuvieron la
desdicha de encontrarse con él de noche, y que no comentaban nunca sus
episodios entre las otras); mujeres que se ambicionaban entre sus fuertes y poderosos
brazos los cuales, al cultivar la tierra, las sostendrían a ellas y a sus
familias, de no ser por la mosquita muerta de su mujer, la cual tan sólo
estorbaba en las fantasías en las que el favorito del patrón vertía sobre los
campos la simiente, y les introducía su hombría entre las piernas. La
comunicación entre los miembros del matrimonio era mínima. Ella realizaba las
labores del hogar mientras él se dedicaba a hacer lo que siempre hacía; dormir,
beber, salir de caza, emborracharse con los amigos… No hizo el mayor esfuerzo
por comprenderla. Tampoco hubiera podido; una vez, incluso, se sintió confuso,
cuando la descubrió leyendo a escondidas.
Para
la madre, al contrario que para el resto del mundo, lo que acababa de acontecer
con su hija no era una desgracia, ni una monstruosidad de la naturaleza como
creían sus padres –los correspondientes abuelos-, ya que esto, “no era lo
natural”. Al fin y al cabo, se decía a sí misma, ¿dónde va a estar una hija
mejor que con su madre? Su madre, que la ha estado cuidado y queriendo durante
todos estos meses, que la ha acariciado a través de la barriguita, que le ha
contado cuentos, que ha comenzado a enseñarle a hablar; que le ha revelado los
secretos de la música a través de un gramófono, y el programa de radio de
clásicos populares.
Y
por eso, sonreía. Sonreía y callaba, como había hecho siempre, cuando otros la
tomaban por lela por alegrarse ante el nacimiento de la primavera o el
crecimiento de una flor, cosas que a ella le parecían las más importantes de la
vida, por muy insignificantes y escasamente prácticas que las consideraran el
resto del mundo. Sonreía, porque sentía que, por primera vez en su vida -tan
controlada desde el inicio por los demás-, alguien, por fin, había tomado una
decisión por sí misma, y no por la influencia de intereses ajenos: por su
propio bien, y por el de las personas a las que amaba. Y ese alguien, ésa
persona que había elegido una opción clara y firme (la cual ella, debido a las
circunstancias de su entorno, nunca hubiera podido tomar), ese alguien, había
sido su hija. Su elección, trascendiendo incluso los límites de lo lógico, de
lo racional, de lo real, les estaba llevando a las dos a un camino distinto al
que todos habían ido construyendo para ellas mismas. Un camino, sin duda este
último, que no podría traerles más que desdichas. Un destino, del que se habían
salvado.
Estaban
juntas en esto. Eran dos, madre e hija, como todas las demás, pero más que
todas las demás. Porque desde antes incluso del nacimiento habían sentido esa
sutil complicidad que caracteriza a las mejores amistades femeninas, y que
lleva una intimidad que nunca podría igualar la relación con ningún hombre. Porque
estaban trabajando en equipo por un mismo objetivo. Porque, cuando una de ellas
cayera, sabría que la otra estaría allí para ayudarle. Porque se apoyaban.
La
madre volvió a su casa. Su familia no le dijo demasiado. No consideraban que
fuera lo suficientemente inteligente para entender lo que estaba pasando, y ni
tan siquiera la intentaron hacer comprender. Ya en el pueblo, los rumores se habían
extendido por todas partes. Se hablaba de maldiciones, de males de ojo, de “Con
esa madre, qué cabía esperar”, de “Yo nunca me olí nada bueno”, comentaba
alguna… Comenzaba a sentirse (lo había sentido siempre, de todas maneras) como
una de esas mujeres de la
Edad Media las cuales, por nimias diferencias que las
separaban del resto de las mortales, son tachadas de demonios o de brujas, y
condenadas a la hoguera un día de éstos, menos tarde o más temprano. Para ella,
ese día había llegado. Y por eso, y sin decirle nada a nadie, comenzó a hacer
las maletas.
Porque
su hija no merecería haber nacido en un sitio así. Porque la vida que le
esperaba, y que ella había intuido desde antes de nacer, no era una que se
mereciera. Porque ninguno de nosotros escogemos, ninguno tenemos la oportunidad
de escoger, si queremos nacer o no, si amamos a esos padres que nos darán la
vida sin consultárnoslo, si deseábamos o no ese defecto que inexorablemente nos
va a hacer infelices. ¿Quién eligió ser judío en la Alemania nazi?¿Quién
tiene el atrevimiento de nacer en África hoy en día? Su hija fue distinta. Su
hija eligió.
No
podemos hacer mucho más. Vivimos rodeados por la imprevisibilidad de un mundo
en constante cambio. Pero, al menos, en un pequeño aspecto, su hija había
podido opinar. Podría nacer cuando quisiera. Y sobre el dónde, ya se encargaría
su madre. Una madre que abandonaba todo lo que había conocido hasta entonces
para buscar, en algún lugar adecuado, un ambiente y una situación en la cual su
hija, por fin, se sintiese a gusto, y pensara que tenía la oportunidad de ser
feliz. Y, para entonces, ya serían amigas. Para entonces, ya le habría enseñado
a hablar, y ya la trataría como a una niña mayor. Desde antes, mucho antes,
serían amigas.
O
tal vez no. O tal vez ni siquiera eso. Tal vez se quedase allí para siempre,
permaneciendo sin más junto a ella. Calentita, en su pequeño saquito de líquido
amniótico. Contenta, escuchando a su madre hablar, durmiendo arrullada por el
sonido de sus nanas, una madre a la que no le importaría el peso de ese
volumen, la incomodidad de los movimientos, ya lo dijo el refrán, sarna con
gusto no pica, cómo se nota, protestará alguna, que el que dijo aquel refrán
nunca tuvo de verdad sarna. Soñando, tal vez, por supuesto, con lo único que
puede soñar un feto, lo único que conoce: tacto, oscuridad, tal vez música. Por
lo menos, allí nadie le hará daño. Quizás allí, probablemente, pudiera ser de
verdad feliz.
La
madre terminó las maletas, y salió de la casa. Veía de lejos una figura humana
en los campos, tal vez fuera su marido, buscando ya el consuelo de alguna otra,
más normalita. Nadie lamentaría mucho su ausencia. Estaba atardeciendo.
Y
sin embargo, pensó contradictoriamente la muchacha, esto es un amanecer.
miércoles, 8 de noviembre de 2017
La historia corta de noviembre: "Lágrimas de cebolla".
-La elaboración de una
receta es como el acto de hacer el amor – ella enunció-. Si sigues el texto del
libro a pies juntillas, pierde magia, candor, espontaneidad. Si un plato, de
cualquier origen, elaborado por un cocinero francés, no adquiere aquel
inequívoco aroma a delicadeza, a elegancia, a cuidado, propias de un Liceo en
París o de los campos de lavanda en Provenza, habremos perdido un delicado
matiz que no podrá ser replicado de ninguna otra forma, en ningún otro lugar. Y
eso supondrá una pérdida cultural irreparable no sólo para nuestros paladares,
sino para el conjunto de la humanidad. Por ello, cada construcción cada un
plato característica y única, dependiendo de la localización física, del
momento o del estado de ánimo del cocinero. Esta subjetividad es un hecho que
nunca debemos permitirnos olvidar.
Y conforme lo decía, clavaba los
ojos en él, el aprendiz, y él quedaba subyugado ante la mágica caída de sus
pestañas. A partir de entonces, la clase de cocina fue un laberinto, un vals,
un juego de engaños. Sus almas se espiaban de reojo mientras cortaban los
tomates o picaban un ajo, y cada desplazamiento para capturar un ingrediente o atrapar
un electrodoméstico se convertía en un sensual torbellino donde los cuerpos se
cruzaban –arriesgando con tocarse- y ambos jugaban alternativamente al ratón y
al gato. Dosificaron las especias como si las aplicaran por su piel desnuda durante
un masaje de espalda; someter a un trozo de carne, a una verdura, era una
vibrante metáfora de lo que harían nada más les concedieran la oportunidad. Cuando
él le dio a probar su plato, ella acercó la cuchara a sus labios disimulando
que no le importaba en qué posición quedaba su escote, y al degustar aquella
delicia, derramó una casi desapercibida lágrima, en un callado orgasmo de
felicidad.
miércoles, 1 de noviembre de 2017
El libro y la historia real de noviembre: "Fouché. El genio tenebroso", de Stefan Zweig
José Fouché, político e intrigante francés. No busquéis ningún retrato que se parezca a otro: parece como si el propio Fouché lo hubiera así buscado.
A pesar de la reciente (y muy recomendable) "Stefan Zweig: Adiós a Europa", película inspirada en los últimos días de este autor, no me ha quedado claro si el escritor austríaco escribía de manera atropellada o en cambio meditaba sesudamente cada línea. De sus memorias ("El mundo de ayer", que comentamos en este blog) sabemos que le encantaba, al corregir, eliminar todo párrafo que él considerara superfluo e innecesario. Quizás esto es lo que haga que las biografías escritas por Stefan Zweig resulten tan enardecidas, tan vivas y batallantes, leídas con el ritmo propio de una novela, donde personajes poderosos se hallan (aunque sea con una pluma) constantemente en acción, y a punto de morir o matar. Algo similar pasa con "Fouché. El genio tenebroso", el relato de uno de los grandes hombres de Francia durante la época de la Revolución y el imperio napoleónico; desde los arrabales de Nantes, cómo un chico débil y enfermizo, poco apto para las labores manuales, va ascendiendo en virtud de su inteligencia para convertirse en el perfecto político: sin ideología, comprometido con ninguna causa o partido, buscando únicamente la pura supervivencia, y durante el camino siempre ascender, ascender todo lo posible y más. El relato de Fouché no es uno cargado de luces: no sólo porque no se trate de un personaje admirable (muchos le llamarían chaquetero, voluble, gusano despreciable incluso), sino porque a Fouché le disgustan los grandes focos y titulares que acompañan los nombres de Danton, Robespierre o Napoleón, hombres a los que secunda, se enfrentra o traiciona. Fouché, en cambio, es individuo de sombras: desde ellas puede ejercer el poder, y desde ellas se maneja también discretamente, ya sea tanto para las intrigas políticas, como para crear los primeros esbozos del sistema policial francés, o enfrentarse a sus enemigos (entre ellos, un conspicuo y elegante Talleyrand cuyos contrastes con Fouché escenificaron sobre las tablas Josep María Flotats y Carmelo Gómez en una obra de teatro del primero, denominada "La cena"). Zweig nos describe el ascenso, auge y caída de Fouché (a causa de lo único a lo que no era capaz de hacer frente), en una descripción psicológica apasionante, donde los grandes delitos y las grandes miserias quedan expuestas para que podamos juzgar en rigor toda la personalidad de este animal político -otro título de esta biografía es "Fouché. Retrato de un hombre político"-, que sólo podía alimentarse a base de algo que, según muchos, no debería existir. Porque, ¿qué hacer cuando lo que mejor se te da es algo terrible? Un dilema que quizás aprendiendo de Fouché podamos contestar.
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