domingo, 24 de diciembre de 2017

La historia real de diciembre. Nuevo podcast de "El gato de Hubble": infecciones emergentes.

Como muchos recordaréis, hace unos meses participé en un podcast de Radio Gul (la radio de usuarios de Linux de la Universidad Carlos III de Madrid), dentro del programa de divulgación científica "El gato de Hubble", que se dedica a hablar de ciencia en tono de humor teniendo como variopintas referencias a Bill Nye, John Oliver y Coco de Barrio Sésamo. En un post anterior os presenté el podcast dedicado a CRISPR y la ingeniería genética, y ahora os quiero dar enlace a este último (el episodo 1 de la temporada 2), el cual yo y mis otros cuatro descacharrantes compañeros nos hemos dedicado a hablar infecciones emergentes, o sea (traducido a un idioma razonable), enfermedades infecciosas que no se conocían o parecían controladas y de repente se destapan generando epidemias, miedos inconfesables, y una serie de catastróficas desdichas. Estamos hablando, por tanto, de peste negra, multitudes enloquecidas, científicos enfrentados a monos locos y, por supuesto, de apocalipsis zombie. Por si el tema no fuera lo suficientemente plácido y con adecuado para conseguir amigos, en el programa, aparte de meternos con los antivacunas, con Fleming, con los americanos que creen en el fin del mundo, con políticos españoles de variado signo, con fans de series de gran audiencia, con Kevin Spacey, Mariló Montero y, por supuesto, con las fiestas navideñas, nos cargamos a unas cuantas centenas de millones de personas: vamos, lo habitual de una tarde bien exprimida. Espero que con el programa aprendáis unas cuantas palabras raras o, en todo caso, que las escupáis pero al menos os quede un buen sabor de boca después de masticarlas. Y que de aquí saquéis un buen tema (hablando de enfermedades mortales o guerra biológica) para hacer entretenidas las comidas de Navidad y Nochevieja. Hasta el próximo año entonces... si conseguís no pillaros ninguna enfermedad que os impida leer el blog. Que paséis buenas fiebres -digo, fiestas. Y, tranquilos, que la enfermedad no se transmite a través de los micrófonos: o al menos, todavía no se ha demostrado. Saludos desde mi lecho de moribundo, donde comparto cama con este año. Un abrazo -mortal- a todos (tos tétrica y gutural).

lunes, 18 de diciembre de 2017

El relato de diciembre. Cuentos fantásticos (VI): "Olympiakós 2106"

Olympiakós 2106

            La sala de cine se encuentra de momento vacía. Las butacas, rojas, mullidas, se apoyan en los respaldos de cuero negro, en perfecto orden, una al lado de la otra, bien firmes, como un batallón de un ejército dispuesto para atacar. Las luces, de momento aún encendidas, se dejan ver desde unas bombillas que están cubiertas con mamparas por la parte inferior, de tal manera que la luz parece ascender desde las bombillas hacia arriba, en una especie de fuente de iluminación. Mientras tanto, a ambos lados de la puerta, los dos botones, en su impecable traje negro, hacen la guardia con rostros serenos e imperturbables. De repente, uno de ellos se lleva la mano a su reloj: fija su vista en los ojos del otro.
            -Es la hora –asiente el otro, en lo que tendría que ser una pregunta.
            -Es la hora.
            Y ambos se ponen en marcha, en un mecanismo de sincronización similar al de un reloj suizo. Descorren las cortinas de la pantalla: a partir de ahora, el lienzo en blanco será agua, luz, tormenta, paisaje, cualquier cosa, menos el blanco, e incluso eso es posible. Ajustan las luces. Comprueban que la sala está completamente limpia, no es cosa que una proyección tan especial la fastidien unas palomitas. Y entonces, una vez hecho todo, ambos se despiden para dirigirse cada uno su quehacer: el uno, arriba, a la sala de proyección, para manejar la cámara y los rollos. El segundo, para recibir a los invitados. Una breve reverencia sirve como todo adiós. Ambos conocen perfectamente cuál ha de ser su deber.

            El botones que se ha quedado dentro abre la puerta.
           
            Comienza el espectáculo.

            Llegan en trouppe. Juntos, pero separados. En teoría forman parte de la misma agrupación, pero sin embargo, entran en la sala poco a poco, con cuentagotas.

            Las primeras en llegar son las Parcas.
            -Pues mira, a mí me dijo el primo del cuñado de la tía de Cástor, que en realidad Narciso se fue con la hija del hermano del consuegro de Apolo en lugar de con...
            -¿Sí?¿De verdad?¡No me lo puedo creer!
            -¿Y se fue con esa pelandusca? Pues qué pena de Cástor; con lo mona que era la otra muchacha. Lo guapa que iba siempre...
            -Pues no te creas que Cástor estará muy triste. Yo siempre he sospechado de este muchacho... Todo el rato por ahí, andando con Pólux...
            -Pero mujer, que son hermanos...
            -Más razón todavía me das.
            -Sí es que ya no te puedes fiar de nadie.
            -Y a mí que me lo digan, hija. Si Narciso se quisiera hacer un favor...
            -¡A mí sí que me gustaría que me hiciera un favor, ji, ji, ji, ji, ji!
            -Oye, que ya hemos llegado a la sala.
            -Oig, mira, qué cortinas. Fíjate qué rojo más mono, qué terciopelo.
            -Yo creo que no es terciopelo. Para mí que es sintético.
            -¿Y tú que sabes si es o no sintético, si tú no tienes ni repajolera idea de esto?
            -Pues anda que tú, que confundes la licra con la seda, y además, no ves tres en un burro.
            -Si es que yo lo he dicho siempre: no tenéis ni idea de coser, ninguna de las dos. Luego os quejáis de que salgan las cosas como salen. El futuro, enredado, el pasado, torcido.
            -Anda, cállate un poco, bonita.
            -¿Dónde nos sentamos?
            -En el medio, para pillar mejor los cotilleos.
            Y las tres se sentaron, con las palomitas aún en la mano, la del Pasado sorbiendo Coca Cola por una pajita, haciendo ruido cada vez que tomaba su bebida. El acomodador, mientras tanto, se encontraba en un lado, los brazos detrás del tronco, esperando.
            -¿Tú crees que tardarán mucho?
            -Oh, no, qué va, ya han tenido tiempo de sobra para ponerse verdes, ahora llegarán aquí para seguir haciéndolo.
            -Mira quién entra primero… Poseidón…
            -Cochino, qué asco, lo va a dejar todo pringado de agua…
            -No importa. Aquí entra ahora Plutón.
            -Qué cara más triste.
            -Es que va de atormentado por la vida. Con eso de que tiene siempre que caminar entre el bien y el mal…
            -Yo siempre le he visto con cara de cenizo a ese hombre.
            -No sé si se le ha puesto esa cara de regir el infierno, o es que Zeus le vio así y por eso se lo dio.
            -Mira, por ahí entran más.
            Y mientras los demás se iban acomodando, aparecieron Efesto y Atenea. Efesto estaba impregnado de tizón hasta las cejas, todavía colorado y sudoroso a causar del calor de la fundición. Atenea, mientras tanto, era algo más vieja que la imagen a la que nosotros estamos acostumbrados, llevaba el pelo ya con tonos grisáceos recogido en un moño, y unas gafas que llevaba en la punta de la nariz y que pendían de una cuerdecita que daba una larga vuelta al lado de su cuello. En las manos, lleva una hoja, una carpeta en la que apoyarse y un bolígrafo, para así escribir la crónica.
            -Mira cómo pretende hacernos creer que es una intelectual –ironizó sardónica una Parca-, como si ella supiera más que nosotras.
            -Es lo que tienen los culturetas, son todos unos snobs.
            -Por cierto, ¿dónde está la mujer de Efesto?
            -¿Es que no te lo imaginas, hija? Por allí viene…
            Y aparecieron de pronto, corriendo, separados por una breve distancia –no pudieron evitar que todo el mundo viera cómo se separaban rápidamente las manos-, un greñudo Marte, con sus corazas de guerra todavía en desorden, y una hermosísima y despampanante Afrodita, con un pronunciado escote y un vestido que permitía vislumbrarle las ligas; era inevitable que todo el mundo se volviera a mirarla, pero mucho más Efesto, que empezó a enrojecer todavía más si cabe de rabia.
            -Qué descarada –cuchicheó entre dientes una Parca.
            -Di mejor zorra, cariño.         
            -¿Y el calzonazos ése, cuándo “la” va a decir algo?
            -Hija, hay hombres que no tienen donde hay que tenerlos.
            -Callaos, par de cotorras, que no me dejáis ver a los que entran.
            Y fueron pasando todos, mientras Efesto y Afrodita se sentaban juntos en la parte de atrás, ésta coqueta, él todavía enfurruñado, y Marte se situaba prudentemente en el asiento de atrás, no sin que estos dos últimos se lanzaran breves y furtivas miraditas cómplices. Llegaron las ninfas, los titanes montando alboroto, Cibeles, Urano en silla de ruedas, Baco bien cargado, y durmiéndose por los rincones, el caos en forma de nube densa cargada de masa amorfa y de luz, Caronte tratando de hacer de acomodador pirata, exigiendo brutal y hosco una propina, mientras el joven Hermes se dedicaba a robarle las monedas y a salir corriendo con sus pies alados, ante la impotencia del barquero, que maldecía furioso por no haberse traído el remo para estas suertes, y porque no le hubieran dejado pasar con Cancerbero de la entrada; centauros y sátiros, dioses y semidioses, los héroes venían todos juntos, haciendo apuestas y presumiendo de sus hazañas, aunque dejando bien reservados los sitios en el centro para los dioses mayores, por supuesto, aquí se encuentran bien claras las preferencias, todos fueron llegando, las Parcas tomaron buena nota de quienes iban pasando por la puerta.  
            -Fíjate qué vestido: ay, qué monísima está….
            -Yo creía que ese muchacho iba a llegar más lejos.
            -Es por culpa de las malas compañías, ya se sabe lo que hacen.
            -¿Dónde se ha metido Apolo?
            -Es lo que tienen los artistas, siempre se hacen esperar…
            Y mientras las figuras de los dioses que aún entraban en la sala de cine se movían, en batiburrillo, y los primeros que se habían sentado se mostraban impacientes por comenzar, llegó Zeus, gigante y enorme, acompañado de su rayo, y de su habitual cohorte de satélites y aduladores.
            -Mira qué pelotas: cómo se agrupa todo el mundo para hablar con él.
            -Y su esposa; vaya ropas que se ha puesto, como se nota que quiere destacar.
            -Y todo el mundo la adula, claro, como es la mujer de quién es...
            -Es lo que tiene ser el gran jefe, hija, todo se vuelven hipocresías y falsas sonrisas.
            -Qué despreciables son todos.
            -Qué despreciables, es verdad…
            -Hola, mis queridas ninfas –interrumpió Zeus, saludándolas-, ¿qué tal va todo por aquí?¡Cada día estáis más jóvenes!         
            -¡Espléndidamente, Zeus! –exclamaron exultantes, todas ellas, mientras emitían una risa coordinada y un “ooooh” de falso sonrojo-, ¡has organizado una maravillosa velada!
            -Pero bueno, si aún ni ha empezado…
            -Oh –aclaró una de ellas, dándole unas palmaditas en su mano-, estamos seguros de que lo será. ¡Como todo lo que organizas!
            -Bueno, chicas, os dejo. La gente se impacienta si no me coloco en mi sitio.
            -¡Hasta luego, Zeus! –exclamaron las tres a la vez, con sonrisa de colegiala viendo a su ídolo, y nada más se volvió, comenzaron a cuchichear entre ellas con gesto de desprecio y enojo.
            -¡Ya llega!¡Ya llega!-se escuchó un grito de fondo, y todos se volvieron, efectivamente, sobre la alfombra roja, iba llegando Apolo, vestido de sencillas prendas, con una cinta en la cabeza, seguido por su cortejo de Musas, algunas más pequeñas, de siete u ocho años, otras mayores, de veintipocos, cuchicheándose mutuamente cosas al oído. Zeus, y con él todo el teatro, se levantó, todos guardaron silencio.
            -Bueno, Apolo, espero que lo que nos ofrezcas hoy valga lo que hemos invertido.
            -Os aseguro, oh, Zeus –se arrodilló Apolo, con rostro inmaculado y agradecido-, que lo que os mostraré ahora guardará concordancia con lo que merece vuestra grandeza. ¿Me permitís, entonces, enseñároslo?
            Zeus hizo un ligero gesto con la mano, que lo quiso decir todo. Sólo entonces se puso Apolo de pie, entre los cuchicheos del público, que se sentó, las Musas se distribuyeron por el Anfiteatro, que bien se sabe que son muy dispersas, y Apolo gritó por encima del ruido a Orfeo y a Hermes (que había conseguido por fin despistar a Caronte), sus ayudantes:
            -¡Luces, cámara… acción!
            Y se apagaron las luces, el ruido que indicaba el funcionamiento de la cámara sonó, Orfeo terminó de dar a la cabina las últimas orientaciones, Apolo se sentó en el centro, al lado de Zeus, mientras se iba haciendo el silencio, y en la pantalla aparecía el tres, dos, y uno, y se reflejaba por fin una imagen. Todo el inmenso barullo cesó.

            Empezó todo, dos jóvenes. Un chico y una chica. Tendrían dieciocho años. Ella se encuentra sentada, sobre el tronco de un árbol, parecen estar en el bosque. Ambos visten jersey, ella lleva falda, debe ser otoño, porque está lleno de hojas secas.
            -¡El vestido es divino! –se oye al fondo, en la inconfundible voz aflautada de Cupido, se oye un siseo brusco ordenando callar.
            -Ana, tienes que explicarme –dice el chico desde la pantalla-, por qué nos has respondido a mis llamadas.
            Ella levanta la cabeza. Tiene una mirada tierna, angelical, casi de diosa, pero a Afrodita no le gusta ese comentario, le pega un codazo en las costillas a Efesto, que es quien lo hay pronunciado.
            -Mis padres han prohibido que nos veamos –susurró la chica, compungida-. Me van a mandar a un internado, para que no vuelva a verte nunca más.
            Un sobrecogimiento entre el público, que se quedan pegadas todos a sus parejas, o a sus asientos. El chico, con aplomo, se acerca hacia ella.
            -¿Y no puedes negarte a ello?
            -No… Es imposible. Me mandarán allí, lo sé, y yo no podré hacer nada para evitarlo…
            Los dos ponen una mirada triste. Si pegamos un paseo por el cine, con la cámara muy baja y mirando de frente a los espectadores, podemos ver sus ojos angustiados.
            -Y entonces…
            -Entonces –dice ella-, tendremos que habituarnos a estar separados…
            Y ella se levanta, y le abraza con fuerza. Apolo mueve las manos, parece estar regulando los movimientos. El chico se revuelve con fiereza.
            -¡No!-exclama él-. ¡No lo permitiré!¡Casémonos!
            -¿Cómo?-pregunta ella, extrañada-. ¿Que nos casemos?
            -¡Sí!-grita él-. ¡Si nos casamos, tus padres tendrán que hacerle frente a los hechos consumados!¡Es la única salida!
            Ella queda atribulada, la confusión se refleja en su rostro.
            -Oh, no sé… Ha sido todo tan rápido.
            Pero él se abraza a ella, y muy cerca los rostros, le dice:
            -Perdóname, Ana. No tengo nada que ofrecerle: no tengo dinero ni honores, pero si te casa conmigo, te prometo que te amaré siempre, durante todos los días de mi vida. Y ahora dime… ¿querrás ser mi esposa?
            Todo el cine se encoge, todo el mundo está pendiente de las respuesta que van a dar.
            -Sí, Frederick. ¡Hazme tu esposa, quiero ser tu mujer!
            Y ambos se funden en un cálido beso.

            Y entonces los gritos, los aplausos, las luces se encienden, las Parcas gritan alborozadas como colegialas de instituto, la gente se levanta, los dioses comienzan a aplaudir, Efesto se da cuenta de que su mujer no está, se da la vuelta y Marte tampoco, monta en cólera y sale corriendo, pero nadie le se oye…
            -¡Viva!¡Bravo!-grita el anfiteatro, Cupido llora, emocionado, las ninfas suspiran, “¡Qué bonito, qué romántico!” y hasta Zeus se levanta, Atenea entonces coloca el bolígrafo sobre su oreja y deja de escribir la crítica, se levanta y con el mismo entusiasmo que todos, empieza a aplaudir. Apolo, ruborizado, con signos visibles de emoción en el rostro, se levanta y no tiene más remedio que sonreír al público, y hacerle una reverencia.
            -¡Apolo, Apolo!-gritan algunos, mientras otros proclaman, “¡Es la pragmática del artista!”, y Zeus le da la mano, felicitándole, “¡Maravilloso, fantástico, no esperábamos menos de tí!”, y los otros dioses mayores, Plutón, Poseidón, aplaudían discretos, y sonreían complacidos. Entre tanto, atrás del todo, los dos acomodadores de reúnen, el otro ya ha bajado de la cabina de mandos, cruzan miradas entre sí.
            -¿Qué tal ha ido? –pregunta el que se ha pasado la hora en la cabina de mandos.
            El otro se encoge de hombros.
            -Normal. No muy distinto a la habitual.
            Y contemplaron durante un instante el silencio a todos los dioses aplaudiendo, a Apolo recibiendo felicitaciones, y entonces uno de ellos afirmó:
            -Míralos: son como son, y no hay manera de cambiarles. Pero en estos momentos, uno les perdonaría cualquier cosa.
            El otro, en un breve movimiento de labios, simplemente sonrió, de manera sutil y muy fina. Y entonces, sin más adornos, respondió:


            -Qué le vamos a hacer. Hay que entenderles. Después de todo, son humanos...

martes, 12 de diciembre de 2017

El libro de diciembre: "Historia absurda de España", por Ad Adsurdum


La historia de España está llena de lugares comunes más o menos inciertos, muchas interpretaciones interesadas y, sobre todo, momentos aburridísimos. Quizá por eso estos tres muchachos que firman como autores de este libro, colaboradores habituales del blog Strambotic, con papeles firmados que acreditan (o eso dicen) que saben algo de Historia, y que se denominan a sí mismos "Ad Adsurdum", se atreven a sacudir el árbol de la historia de España con total irreverencia para hacerla más transparente, más entendible y, sobre todo, enormemente divertida. De Granada '92 a Barcelona '92, su libro "Historia absurda de España" responde a una serie de cuestiones que tal vez nunca te llegase a proponer o puede que ni siquiera te interesaron: Por ejemplo, ¿Espoz y Mina eran una persona o dos?¿En qué momento perdimos lugares como los Países Bajos o Nápoles?¿Es verdad que uno de los mejores reyes de España acabó yendo tirándole caca a la gente y vagando por los pasillos vestido de fantasma?¿Y que compartía con su padre el gusto por dormir en su propia caca?¿Por qué se le presta atención a la rebelión de los comuneros y no a la de las germanías?¿Cómo es posible que todos los líderes de revoluciones en España acaben mal?¿Puede un rey católico ser más papista que el Papa, y a pesar de ello guerrearle?, o, ¿por qué un monarca a puede acostarse con todo el personal, pero al final tiene que acabar casándose con su prima? Incluso más intrigante: ¿qué dos gobernantes masculinos de España tenían el sobrenombre de "Paquita..."?

Lo cierto, por otra parte, es que estos muchachos, con su murcianidad galopante, no sólo se dedican a tratar la historia de España enfilando sus aspectos más humorísticos o tomándosela un poco a guasa. También, dentro del libro, hay espacio para desmontar algunos tópicos rancios, analizar desde el punto de vista crítico aspectos que a historiadores y gobernantes nunca les han resultado demasiado atractivos (o que no les servían para sus propósitos de propaganda), y también desempolvar las momias de ciertos personajes o sucesos pasados que han caído justa o injustamente en el olvido. De hecho, gracias a este libro, además de reírme a dos carrillos, he podido aprender cosas que estoy casi seguro de que no estaban escritas en mis libros de texto, o que al menos no me habían quedado muy claras en mis años de estudiante. Eso no quiere decir que este libro haya que tomárselo a pies juntillas, pero este problema es algo les pasa a todos y con este texto, al menos, te pasas desde luego un buen rato. Una buena recomendación para echar unas risas, o para regalar (a otros, o a uno mismo) estas navidades. Entre otras cosas, si pretendes descolocar al personal. Ya sabéis, cada vez que en una cena navideña surjan alguna polémica indeseable, del tipo "¿República o monarquía?", siempre podéis demostrar vuestra sapiencia diciendo: "¿Sabíais que hubo un rey de España que se dedicaba a perseguir a la gente y a tirarle caca?". Diversión asegurada.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

La historia corta de diciembre: "Constitución"

Constitución

         Constitución, “Consti” para los amigos (los pocos que tenía), era una chica tímida, apocada, solitaria. La habían criado señores mucho mayores de ella, de barbas canas y hosco ceño –muy doctos, sin duda, pero de cariños los justos-, que llevaban toda su existencia diciéndole qué debía hacer, qué decidir, y qué pensar. “Come esto”; “vístete con esto otro”; “estudia esto, que te hará falta”. A la pobre muchacha nunca le consultaban qué quería hacer ni cuándo: de hecho, una mañana se levantó y se encontró con las cicatrices de una operación de cirugía estética. Así transcurrieron sus primeros treinta y nueve años de vida, en que se pasó el rato estudiando de cara a un sobrio atril y una insípida mesa de estudiante, enfrentada y rodeada de libros gordos y cargados de polvo. Sin pensar, en ningún momento, que pudiera haber algo más.
         Un día, se le ocurrió volver la vista hacia la ventana y vio algo en lo que nunca se había fijado: era el mundo exterior. Había una casa blanca, y hierba verde, y un columpio amarillo, y flores de variado color. No sabía que había allá afuera; no sabía lo que se encontraría; su cabeza era un mar de dudas, pues salir al exterior no era algo para lo que se había preparado.


         Y por eso se levantó de la silla, dejó sus libros, abrió la puerta… y salió caminando.

martes, 14 de noviembre de 2017

El relato de noviembre: "No quiso salir"

Este mes, en concreto el día 25, es el Día Internacional contra la Violencia de Género. A todas las víctimas de esta lacra va dedicado este relato.

No quiso salir

            No quiso salir. Nunca lo hizo.

            Por más que los médicos lo intentaron, fue imposible. Al comprobar que el parto se retrasaba, decidieron inducirlo artificialmente; pero no hubo manera. Cuanto  más provocaban la contracción del útero con sus medicamentos, más se resistía el niño; se aferraba, desesperado, al cordón umbilical, a las paredes de la bolsa amniótica, con todas sus fuerzas. A punto estuvo de perecer entre estos agarrones, que destruían la placenta y causaban profusas hemorragias, las cuales fueron lo único que consiguieron definitivamente hacer desistir a los doctores. Intentaron entonces la cesárea, pero resultó también un esfuerzo inútil; el niño (o mejor dicho, la niña) intuyendo quizás la afilada hoja del bisturí al otro lado de la pared uterina, comenzó a revolverse con todas sus fuerzas. Era algo nunca visto, que dejó sorprendidos incluso a los más expertos, los cuales declaraban no poder imaginar que tanta resistencia fuera posible en una criatura que apenas tenía un desarrollo cerebral definido y a la que, por tanto (creían ellos), le era imposible entender lo que acontecía a su alrededor. Al final, agotados los recursos, los médicos tuvieron que abstenerse, eligiendo con ello el menor de los males posibles, para no infligir un daño aún mayor a la madre y al hijo. El niño se quedaría allí, hasta que quisiera (no, perdón, en teoría no dependía de él) provocar el parto, o que se iniciarse él solo, o hasta que muriese, lo que antes ocurriera. El aborto, por supuesto, y dado lo avanzado de la gestación, y la mentalidad de la época, era impensable. El feto, por primera vez en muchos días, comenzó a sentir alivio, y a volver –si alguna vez lo hizo- a dejar de respirar.

            Los familiares no lo entendieron. El padre no lo entendió. Algún tío (o tío en potencia) exigió una explicación racional a este hecho acientífico. Los médicos sólo se encogieron de hombros y se acogieron a la evidencia. No había nada que hacer.
           
            ¿Por qué decidió no nacer? Todavía es un misterio. Quizás fue un sentimiento de abandono, tal vez se sintió muy solo conforme las periódicas contracciones del parto le iban recordando su triste destino, que habría de afrontar en soledad, atravesar entre empujones ese magma de dolor y huesos y salir a un mundo estremecedoramente grande y frío; o no, quizás no, tal vez era ese remoloneo que tenemos todos cuando no queremos salir de la cama y decimos “un minuto más, mami, tan sólo un minutito más”. Puestos a pensar, bien pudo ser el miedo escénico, el nerviosismo al preguntarse si lo haría bien, si estaría a la altura, la vergüenza al verse delante de tantas personas, todas mirándole a él, todas vestidas, y él ahí, desnudito. Quizás fueran ganas de llamar la atención. O tal vez…

            O tal vez, conforme fue avanzando por el canal del parto, ella, como quizás todos los fetos del mundo, tuvo una visión, y contempló el futuro: escudriñó cómo iba a ser su vida a lo largo de los próximos años. Contempló su propio nacimiento, que acontecería en tan sólo unos minutos, y también su muerte. Sufrió con anticipación los malos tratos que le infligiría su padre, y lloró con las lágrimas que surcaban el rostro de su madre; vislumbró la violación que le acontecería a los veinte años y sintió mil veces la amargura ante la pasividad de un testigo que no se atrevió a denunciarlo; contempló su huida de orfanato en orfanato, y su adicción a las drogas. Y, en medio de este calvario, del tormento psicológico, cuando ya había alcanzado la vagina, la niña, al contrario que el resto de sus compañeros llegados a este punto, y que optan siempre por seguir adelante (¿mentes insuficientemente desarrolladas?, ¿resignación ya aceptada?, ¿miedo a la alternativa?, ¿o, quizás, la ingenuidad suficiente como para que creer que su destino aún puede ser modificado?), ella dio marcha atrás. Se defendió, como gato panza arriba, de los empujones del útero. Decidió permanecer allí, pasara lo que pasase. Hasta que definitivamente, por fin, hubo conseguido su propósito. Cuando escuchó cómo los doctores tomaban una decisión definitiva sobre su caso, sus doloridos huesos, esta vez sí, pudieron por un momento descansar…

            No saldría allí afuera, a ese futuro ingrato y demoledor; no sufriría esos martirios. Se quedaría allí, con su madre, la que siempre la había alimentado y protegido, al menos hasta que encontrara una alternativa mejor. Si la hubiera…

            El padre fue uno de los que no lo entendió. Era un hombre brutal; un ser primitivo, educado en los rigores del campo, en el predominio de los músculos que hacen arar los campos (cuando todavía no existía ninguna clase de máquina que pudiera sustituir la labor del hombre) y de los que dependía la cosecha; músculos que eran generosos para la comunidad pero que, al mismo tiempo, cubrían de terror a aquellas mujeres a las que atenazaban en aquellas correrías nocturnas que los aldeanos no pudieron, o no quisieron adivinar, al ser el preferido del patrón, en sus propias y empresariales palabras, “la mano de obra más rentable que poseo”. No, no lo entendió, ni lo quiso entender. Su corta mente no daba para elucubraciones propias de los cuentos de hadas, para niñas que no salían, para fetos que razonaban. Casi zarandeó a los médicos, que llegaron a temer por la indemnidad de su columna ante los rudos aspavientos de las monstruosas manos, y sólo el reconocimiento social que por aquel entonces mantenía todavía la profesión de la medicina impidió que el labriego se atreviera a dar un paso más violento. No teniendo a quien descargar la culpa, y sin otra posible reacción ante su incapacidad de comprender, salió del hospital, se marchó a su casa, e hizo trabajar a los bueyes hasta que reventaron.

            Su madre, en cambio, era distinta. Muy distinta. Al escuchar a los médicos comunicarle -en último lugar, después de haber informado a cada uno de los miembros del resto de su familia, casi como si no fuera con ella-, que iban a cesar en la búsqueda del parto, simplemente cerró los ojos, y esbozó una sonrisa de satisfacción. Solía reaccionar así, sin hablar, ante la mayor parte de los acontecimientos; precisamente por ello sus padres, sus tíos, sus hermanas, la consideraron estúpida desde su nacimiento, como si aquella mirada angelical, y aquella callada manera de hacer las cosas implicaran una tara mental irreversible que le impidiera asumir ninguna elección sobre nada, dándole derecho a los demás para tomar decisiones por ella. Nunca le habían consultado nada (algo que ella nunca había reclamado), ni siquiera su boda, que fue rápidamente organizada por su hermana mayor -celestina, lianta, amiga de los chismes y capaz de destruir la reputación de cualquier chica que osara desafiarla, arrastrando su nombre por el fango a lo largo del pequeño pueblo- al constatar que el mozo favorito del patrón depositaba sus ojos sobre la inútil de su hermana, pensando con ello que habían encontrado por fin el único beneficio que podían sacar a la pelele que les había tocado sufrir en desgracia a sus padres. Cuando le comunicaron, sin embargo, que iba a ser la esposa de ese hombre, lejos de las muestras de alegría que su hermana hubiera esperado de cualquier mujer –pues era bien sabido que aquel varón era el objeto de deseo de casi todas las concupiscentes muchachas del pueblo-, ella, sin embargo, calló muda. Bajó los ojos y, sin más que añadir, suspiró. Sus padres la interpelaron sobre su silencio, preguntaron si tenía algo que añadir al respecto, aunque, dijera lo que dijese, ella sabía, nada les haría cambiar de opinión; la decisión estaba tomada, y el interrogarla por su permiso era tan sólo un rigor. Por eso calló y aceptó, resignada. En un pueblo de bárbaros, paletos, ignorantes, su destino, y el de todas las mujeres de su época, implicaba obligatoriamente casarse con alguien; y en aquel pueblo, no iba a encontrar mucho más. Solamente hizo un despecho: cuando juró ante el cura (el sí quiero sonó lacónico, apagado, triste, hubo de repetirlo dos o tres veces para que lo oyeran, no estaba acostumbrada a hablar para que la escuchasen), cruzó imaginariamente los dedos en su mente; pensaba que así, en parte, conjuraría el hechizo. Tal vez ahora, pensaba en estos momentos, con esa niña en su vientre, estamos contemplando los frutos de ese sortilegio.

            La noche de bodas fue normal: tan normal como puede serlo cuando transcurre con una bestia. Ella sólo pedía que al menos la acariciase una o dos veces; él, buscaba rememorar sus merodeos nocturnos en mitad del campo. Lo que más le disgustó al marido, y quizá por ello fue más violento aún, era que ella no gritara, como las otras, sino que se quedase pulcra y escrupulosamente callada, dejándose hacer, durante todo ese tiempo. Al poco tiempo, supieron que ella estaba embarazada. Fueron nueve meses muy largos. El marido no entendía cómo su mujer no era como el resto de las chicas, las cuales todavía se le acercaban, y a las que él todavía correspondía (excluimos, por supuesto, las que tuvieron la desdicha de encontrarse con él de noche, y que no comentaban nunca sus episodios entre las otras); mujeres que se ambicionaban entre sus fuertes y poderosos brazos los cuales, al cultivar la tierra, las sostendrían a ellas y a sus familias, de no ser por la mosquita muerta de su mujer, la cual tan sólo estorbaba en las fantasías en las que el favorito del patrón vertía sobre los campos la simiente, y les introducía su hombría entre las piernas. La comunicación entre los miembros del matrimonio era mínima. Ella realizaba las labores del hogar mientras él se dedicaba a hacer lo que siempre hacía; dormir, beber, salir de caza, emborracharse con los amigos… No hizo el mayor esfuerzo por comprenderla. Tampoco hubiera podido; una vez, incluso, se sintió confuso, cuando la descubrió leyendo a escondidas.

            Para la madre, al contrario que para el resto del mundo, lo que acababa de acontecer con su hija no era una desgracia, ni una monstruosidad de la naturaleza como creían sus padres –los correspondientes abuelos-, ya que esto, “no era lo natural”. Al fin y al cabo, se decía a sí misma, ¿dónde va a estar una hija mejor que con su madre? Su madre, que la ha estado cuidado y queriendo durante todos estos meses, que la ha acariciado a través de la barriguita, que le ha contado cuentos, que ha comenzado a enseñarle a hablar; que le ha revelado los secretos de la música a través de un gramófono, y el programa de radio de clásicos populares.

            Y por eso, sonreía. Sonreía y callaba, como había hecho siempre, cuando otros la tomaban por lela por alegrarse ante el nacimiento de la primavera o el crecimiento de una flor, cosas que a ella le parecían las más importantes de la vida, por muy insignificantes y escasamente prácticas que las consideraran el resto del mundo. Sonreía, porque sentía que, por primera vez en su vida -tan controlada desde el inicio por los demás-, alguien, por fin, había tomado una decisión por sí misma, y no por la influencia de intereses ajenos: por su propio bien, y por el de las personas a las que amaba. Y ese alguien, ésa persona que había elegido una opción clara y firme (la cual ella, debido a las circunstancias de su entorno, nunca hubiera podido tomar), ese alguien, había sido su hija. Su elección, trascendiendo incluso los límites de lo lógico, de lo racional, de lo real, les estaba llevando a las dos a un camino distinto al que todos habían ido construyendo para ellas mismas. Un camino, sin duda este último, que no podría traerles más que desdichas. Un destino, del que se habían salvado.

            Estaban juntas en esto. Eran dos, madre e hija, como todas las demás, pero más que todas las demás. Porque desde antes incluso del nacimiento habían sentido esa sutil complicidad que caracteriza a las mejores amistades femeninas, y que lleva una intimidad que nunca podría igualar la relación con ningún hombre. Porque estaban trabajando en equipo por un mismo objetivo. Porque, cuando una de ellas cayera, sabría que la otra estaría allí para ayudarle. Porque se apoyaban.

            La madre volvió a su casa. Su familia no le dijo demasiado. No consideraban que fuera lo suficientemente inteligente para entender lo que estaba pasando, y ni tan siquiera la intentaron hacer comprender. Ya en el pueblo, los rumores se habían extendido por todas partes. Se hablaba de maldiciones, de males de ojo, de “Con esa madre, qué cabía esperar”, de “Yo nunca me olí nada bueno”, comentaba alguna… Comenzaba a sentirse (lo había sentido siempre, de todas maneras) como una de esas mujeres de la Edad Media las cuales, por nimias diferencias que las separaban del resto de las mortales, son tachadas de demonios o de brujas, y condenadas a la hoguera un día de éstos, menos tarde o más temprano. Para ella, ese día había llegado. Y por eso, y sin decirle nada a nadie, comenzó a hacer las maletas.

            Porque su hija no merecería haber nacido en un sitio así. Porque la vida que le esperaba, y que ella había intuido desde antes de nacer, no era una que se mereciera. Porque ninguno de nosotros escogemos, ninguno tenemos la oportunidad de escoger, si queremos nacer o no, si amamos a esos padres que nos darán la vida sin consultárnoslo, si deseábamos o no ese defecto que inexorablemente nos va a hacer infelices. ¿Quién eligió ser judío en la Alemania nazi?¿Quién tiene el atrevimiento de nacer en África hoy en día? Su hija fue distinta. Su hija eligió.

            No podemos hacer mucho más. Vivimos rodeados por la imprevisibilidad de un mundo en constante cambio. Pero, al menos, en un pequeño aspecto, su hija había podido opinar. Podría nacer cuando quisiera. Y sobre el dónde, ya se encargaría su madre. Una madre que abandonaba todo lo que había conocido hasta entonces para buscar, en algún lugar adecuado, un ambiente y una situación en la cual su hija, por fin, se sintiese a gusto, y pensara que tenía la oportunidad de ser feliz. Y, para entonces, ya serían amigas. Para entonces, ya le habría enseñado a hablar, y ya la trataría como a una niña mayor. Desde antes, mucho antes, serían amigas.

            O tal vez no. O tal vez ni siquiera eso. Tal vez se quedase allí para siempre, permaneciendo sin más junto a ella. Calentita, en su pequeño saquito de líquido amniótico. Contenta, escuchando a su madre hablar, durmiendo arrullada por el sonido de sus nanas, una madre a la que no le importaría el peso de ese volumen, la incomodidad de los movimientos, ya lo dijo el refrán, sarna con gusto no pica, cómo se nota, protestará alguna, que el que dijo aquel refrán nunca tuvo de verdad sarna. Soñando, tal vez, por supuesto, con lo único que puede soñar un feto, lo único que conoce: tacto, oscuridad, tal vez música. Por lo menos, allí nadie le hará daño. Quizás allí, probablemente, pudiera ser de verdad feliz.

            La madre terminó las maletas, y salió de la casa. Veía de lejos una figura humana en los campos, tal vez fuera su marido, buscando ya el consuelo de alguna otra, más normalita. Nadie lamentaría mucho su ausencia. Estaba atardeciendo.


            Y sin embargo, pensó contradictoriamente la muchacha, esto es un amanecer.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

La historia corta de noviembre: "Lágrimas de cebolla".

-La elaboración de una receta es como el acto de hacer el amor – ella enunció-. Si sigues el texto del libro a pies juntillas, pierde magia, candor, espontaneidad. Si un plato, de cualquier origen, elaborado por un cocinero francés, no adquiere aquel inequívoco aroma a delicadeza, a elegancia, a cuidado, propias de un Liceo en París o de los campos de lavanda en Provenza, habremos perdido un delicado matiz que no podrá ser replicado de ninguna otra forma, en ningún otro lugar. Y eso supondrá una pérdida cultural irreparable no sólo para nuestros paladares, sino para el conjunto de la humanidad. Por ello, cada construcción cada un plato característica y única, dependiendo de la localización física, del momento o del estado de ánimo del cocinero. Esta subjetividad es un hecho que nunca debemos permitirnos olvidar.

Y conforme lo decía, clavaba los ojos en él, el aprendiz, y él quedaba subyugado ante la mágica caída de sus pestañas. A partir de entonces, la clase de cocina fue un laberinto, un vals, un juego de engaños. Sus almas se espiaban de reojo mientras cortaban los tomates o picaban un ajo, y cada desplazamiento para capturar un ingrediente o atrapar un electrodoméstico se convertía en un sensual torbellino donde los cuerpos se cruzaban –arriesgando con tocarse- y ambos jugaban alternativamente al ratón y al gato. Dosificaron las especias como si las aplicaran por su piel desnuda durante un masaje de espalda; someter a un trozo de carne, a una verdura, era una vibrante metáfora de lo que harían nada más les concedieran la oportunidad. Cuando él le dio a probar su plato, ella acercó la cuchara a sus labios disimulando que no le importaba en qué posición quedaba su escote, y al degustar aquella delicia, derramó una casi desapercibida lágrima, en un callado orgasmo de felicidad.

miércoles, 1 de noviembre de 2017

El libro y la historia real de noviembre: "Fouché. El genio tenebroso", de Stefan Zweig

José Fouché, político e intrigante francés. No busquéis ningún retrato que se parezca a otro: parece como si el propio Fouché lo hubiera así buscado.

A pesar de la reciente (y muy recomendable) "Stefan Zweig: Adiós a Europa", película inspirada en los últimos días de este autor, no me ha quedado claro si el escritor austríaco escribía de manera atropellada o en cambio meditaba sesudamente cada línea. De sus memorias ("El mundo de ayer", que comentamos en este blog) sabemos que le encantaba, al corregir, eliminar todo párrafo que él considerara superfluo e innecesario. Quizás esto es lo que haga que las biografías escritas por Stefan Zweig resulten tan enardecidas, tan vivas y batallantes, leídas con el ritmo propio de una novela, donde personajes poderosos se hallan (aunque sea con una pluma) constantemente en acción, y a punto de morir o matar. Algo similar pasa con "Fouché. El genio tenebroso", el relato de uno de los grandes hombres de Francia durante la época de la Revolución y el imperio napoleónico; desde los arrabales de Nantes, cómo un chico débil y enfermizo, poco apto para las labores manuales, va ascendiendo en virtud de su inteligencia para convertirse en el perfecto político: sin ideología, comprometido con ninguna causa o partido, buscando únicamente la pura supervivencia, y durante el camino siempre ascender, ascender todo lo posible y más. El relato de Fouché no es uno cargado de luces: no sólo porque no se trate de un personaje admirable (muchos le llamarían chaquetero, voluble, gusano despreciable incluso), sino porque a Fouché le disgustan los grandes focos y titulares que acompañan los nombres de Danton, Robespierre o Napoleón, hombres a los que secunda, se enfrentra o traiciona. Fouché, en cambio, es individuo de sombras: desde ellas puede ejercer el poder, y desde ellas se maneja también discretamente, ya sea tanto para las intrigas políticas, como para crear los primeros esbozos del sistema policial francés, o enfrentarse a sus enemigos (entre ellos, un conspicuo y elegante Talleyrand cuyos contrastes con Fouché escenificaron sobre las tablas Josep María Flotats y Carmelo Gómez en una obra de teatro del primero, denominada "La cena"). Zweig nos describe el ascenso, auge y caída de Fouché (a causa de lo único a lo que no era capaz de hacer frente), en una descripción psicológica apasionante, donde los grandes delitos y las grandes miserias quedan expuestas para que podamos juzgar en rigor toda la personalidad de este animal político -otro título de esta biografía es "Fouché. Retrato de un hombre político"-, que sólo podía alimentarse a base de algo que, según muchos, no debería existir. Porque, ¿qué hacer cuando lo que mejor se te da es algo terrible? Un dilema que quizás aprendiendo de Fouché podamos contestar.