sábado, 1 de diciembre de 2018

Una lista de recomendaciones originales de libros para regalar estas navidades

¿Te toca de nuevo hacer los regalos de navidades y no tienes ni idea?¿Te desmoñas por encontrar un obsequio maldito a tu cuñado, que nunca está conforme con nada?¿Quieres entregar algo que no sea lo clásico, lo típico, lo que todo el mundo conoce y busca en los estantes de las librerías? He aquí unas cuantas sugerencias que quizás puedan encandilarte a ti o a seres queridos (u odiados):

-El antropólogo inocente, de Nigel Barley. Un clásico moderno, publicado en 1983, narra la historia real, contada en primera persona, de cómo el joven antropólogo Nigel Barley decidió imitar a sus colegas y realizar un "trabajo de campo" fuera de los despachos. Para ello, escoge una tribu poco estudiada de África, situada en un país francófono, lo cual ya es un primer inconveniente para un británico. Pero Barley, muy escéptico con respecto al trabajo de los antropólogos, y con un muy irónico humor inglés, nos señalará las dificultades de tratar de aprender algo en una comunidad remota, donde los nativos apenas le comprenden (cuando no tratan directamente de tomarle el pelo) y nadie tiene ningún interés en que él culmine con éxito su trabajo. Barley publicaría más tarde una secuela de este tan entretenido libro aunque, por lo que me cuentan, no es tan desternillante como el original.

-No duermas, hay serpientes, de Daniel Everett. Continuando con la desmitificación del trabajo de los antropólogos se halla también esta narración en primera persona del antropólogo y misionero Daniel Everett, cuya idea era vivir acompañado de su familia con la casi aislada tribu piranha en la Amazonia, aprender su desconocido lenguaje, y tratar de convertirles al cristianismo. Aunque el libro resulta algo difícil de leer (posee ciertas deficiencias narrativas, aparte de realizar un pormenorizado análisis de la gramática del lenguaje piranha), hay unos cuantos hechos que resultan impactantes: desde las dificultades de Everett para convivir con los nativos (malentendidos, urgencias médicas en medio de la selva), hasta el hecho de que Everett descubrió que el lenguaje piranha no concebía el pasado ni el futuro, y por tanto resultaba imposible para él describirles los conceptos de Mesías, juicio final y salvación imprescindibles para enseñarles la fe de Cristo. La historia tuvo dos grupos de consecuencias, tanto académicas como personales para el autor: por un lado, puso en discusión grandes teorías sobre el lenguaje (como la de la gramática universal del famoso pensador Noam Chomsky) y, por otro, Everett acabó aprendiendo más de los piranha que ellos de él; entre otras cosas que él mismo había dejado de creer en Dios, lo cual le llevó a la ruptura con su familia.

-Sinopsis de cine: el escritor Ángel Sanchidrián comenzó a hacerse un nombre gracias a estos breves pero impactantes resúmenes de películas que iba destripando a sus seguidores de Facebook. Aunque luego se ha atrevido con más tipos de relatos, tanto dentro de las redes sociales como fuera de ellas ("Diario de un caniche", las historias de una "Luisi" que ha leído en exceso 50 sombras de Gray, o la novela de fantastía épico-humorística "Tres enanos y pico"), sus sinopsis, que combinan dosis de crítica mordaz con atrevidas metáforas, y un lenguaje tan elegante como el de una Jenny de polígono peleándose con una camionera de Cuenca, siguen siendo lo más descacharrante que cuenta en su arsenal, atreviéndose con clásicos, películas de todo género, e incluso vídeos de renombrados (es un decir) artistas (es un mentir) musicales como Paquirrín e Ylenia. Se trata de un sentido del humor muy especial que no es para todos los gustos pero sí puede seducir a toda clase de públicos; además, si os gusta, siempre podéis leer más las sinopsis que va publicando en Facebook, o también con convertiros en inversores preferentes para una segunda parte que, esperemos, no tardará mucho en salir. De hecho, por lo que escuché la última vez, es probable que esté preparado justo para Navidades.

-Casa de muñecas, de Patricia Esteban Erlés. Esta autora aragonesa de tintes góticos es una especialista en relato ("Azul ruso", de quien hablamos en otra ocasión, entre otros) y también ha incursionado en el ámbito de la novela ("La madres negras", que aún no he tenido oportunidad de leer), pero para mí sobre todo es una maestra del microrrelato, que cultiva desde su página de Facebook y también en libro como éste, donde nos abre la puerta a casas encantadas, fantasmas inquietantes y humanos aún más perturbadores, con influencias de Edgar Allan Poe y Shirley Jackson, las cuales ella no oculta sino que luce con orgullo.

-Pelos, de "Las Microlocas": siguiendo con los microrrelatos, cuatro jóvenes autoras (Eva Díaz Riobello, Teresa Serván, Isabel González e Isabel Wagemann) conocidas como "Las Microlocas" nos muestran sus mini-historias a partir de un concepto tan elástico, retorcido y cargado de raíces como el pelo, desde la punta de la melena hasta otra zonas más impúdicas, abriéndonos la oportunidad a escenas y retratos de variado pelaje.

-Para los aficionados a la cocina, dos libros también atípicos: Julian Barnes (uno de los autores más reconocidos en el panorama actual, sobre todo en el terreno de no-ficción, autor de "Arthur&George" entre otros) nos narra en "El perfeccionista en la cocina" sus pequeños dramas sobre los aspectos más cotidianos de la elaboración de las recetas, siempre desde el punto de vista de un cocinero aficionado algo tiquismiquis y quizás demasiado influido por su faceta de intelectual y escritor. Con aspiraciones de llegar a un público más amplio, "Esto no estaba en mi libro de historia de la gastronomía", de Myriam Sagarribay, sigue la estela de otros libros populares con título del mismo inicio que te desgranan aspectos variados de la historia: en este caso, del origen de buena parte de los alimentos que consumismos.

-Atlas de las constelaciones, de la escritora Susanna Hislop y la ilustradora Hannah Waldron, es un muy bello libro sobre la forma, origen y leyendas de las distintas constelaciones que podemos encontrar en el cielo. Ideal para aficionados a la astronomía como yo, al que le cayó de hecho como fantástico regalo de navidades. Otro regalo que todavía estoy leyendo es "La historia del mundo en mapas", un detallado análisis de la historia universal a partir de diversos mapas que ilustran cómo hemos ido cambiando a lo largo de las eras.

-Un libro exótico. A veces, es sorprendente la cantidad de textos que leemos influidos por la cultura mayoritaria de nuestro entorno. En España es sencillo localizar novelas estadounidenses, europeos y latinoamericanos, pero a veces es más complicado capturar libros escritos por africanos (aquí hablamos de unos cuantos sobre África, al que habría que añadir "Grita libertad", de John Briley, pero ninguno de ellos fue escrito por un africano autóctono; para mí es una asignatura pendiente, y acepto sugerencias), o por asiáticos -salvo quizás unas pocas excepciones turcas o japonesas, quizás por ser países más cercanos a Occidente-. No pretendo realizar una exploración sistemática, pero sí apuntar unas cuantas sugerencias: Tagore es una referencia clásica; "Cometas en el cielo", narrada por un estadounidense de origen afgano, se ha hecho famosa debido a su adaptación cinematográfica -muy hermosa, he de decir-; y de China, aparte de las leyendas mitológicas y unos cuantos premios Nobel de distinta orientación desde el punto de vista político, nos ha llegado recientemente la última revolución de la ciencia ficción ("El problema de los tres cuerpos", una curiosa interpretación del futuro que, como suele ocurrir con las obras de ciencia ficción, nos ofrece un espejo en el que en este caso aparece reflejado el turbulento pasado reciente de China). Yo, por mi parte, os aconsejo "Muerte de una heroína roja", de Qiu Xiaolong, sobre un investigador que trata el caso de una trabajadora modelo fallecida en extrañas circunstancias. Aunque algo desfasado respecto a la época actual (está ambientado en los años noventa), el libro, como buena novela negra, emplea un asesinato para analizar los claroscuros de una sociedad en profundo cambio como es la del gigante asiático.

-Si el precio no es un problema y deseáis un regalo no apto para todos los bolsillos, os podéis animaros a comprar esta copia del Manuscrito Voynich por poco menos de 8000 euros. El manuscrito, cuyo original se encuentra en la universidad de Yale y ha sufrido toda clase de especulaciones sobre su autoría, el idioma en el que está escrito o su propósito (recientemente han salido varias investigaciones al respecto, como ésta o ésta; como podéis ver, lo más probable es que se trate de un manual sobre el uso de hierbas para aplicaciones médicas escrito en una mezcla de varios idiomas), ha sido reproducida en 898 copias de manera artesanal para que podáis contemplar de cerca uno de los misterios más intrigantes de la civilización occidental. Lo mismo puede ser un buen obsequio para tu cuñado que todo lo sabe, a ver si es capaz de desentrañarlo. Otra opción alternativa, como me comentaron una vez, es regalar algún ejemplar de un libro inventado como el Necronomicón: hay unas cuantas copias muy interesantes a la venta, y aunque sin duda son más falsas que un bistec de vaca vegano, podéis quedar muy bien en las reuniones familiares.

-Para los niños, defiendo que hay que estimularles no necesariamente a que sean científicos, pero sí, en estos tiempos de magufismo y falsos oráculos, a que les entusiasme la ciencia y crean en ella. Antonio Martínez Ron, autor de varios fantásitcos blogs de divulgación científica ("Fogonazos" y "Libro de notas: Guía para perplejos", entre otros) co-escribe con su hija Laura "Papá, ¿dónde se enchufa el sol?", una serie de curiosidades sobre el mundo que nos rodea a partir de las preguntas que le hacía Laura a su padre. Ideal para esa generación futura que nos habrá de salvar a todos.

-Una posibilidad que tenéis es no regalar literatura, sino cine: sí, todos pensaréis en una suscripción a Netflix o HBO, pero desde aquí ofrecemos la opción de Filmin, con un catálogo de películas más alternativo -en ocasiones, demasiado-, pero que ofrece suscripciones parciales y permite disfrutar de joyas difíciles de encontrar en otro lugar: desde Macarroni hasta Coriolanus (ahora mismo no en cartel, pues el catálogo resulta vivo y cambiante, lo cual es bueno para disponer de los últimos estrenos menos comerciales).

-En cuanto a mí, ya sabéis que vuestra lectura es para mí el mejor de los regalos. Pero, si aparte, queréis hacer alguna donación literaria a bibliotecas o puntos de intercambio de libros, o también una donación monetaria a cualquier ONG de vuestra elección, no sé si os lo recompensará Dios, pero en todo caso yo os tendré en muy alta estima. Un saludo, y felices fiestas de cualquier tipo.

lunes, 19 de noviembre de 2018

El relato de noviembre: "Hermana"


Cuando inicialmente leí, en un artículo periodístico, acerca de la historia real de las hermanas Gibbons, lo primero que me vinieron a la mente fueron relatos de miedo, historias del Sur profundo, hermanas siamesas, monstruos de circo, relatos que podrían haber narrado muy bien maestros mejores que yo (y que tanto nos han influido), en el género del terror. Sin embargo, igual que Wilde no podía redactar “El retrato de Dorian Gray” como lo hubiera hecho Stevenson, cada uno se refleja en parte en lo que escribe (o, dicho de otra manera, nuestros textos son espejos deformados de lo que somos) y, conforme indagaba sobre las implicaciones sociales del asunto, vi claramente que era necesario darle otro giro al relato, orientándolo en mayor medida hacia los sucesos reales, los cuales considero en su conjunto una inmensa y lamentable malinterpretación. Espero que este híbrido extraño y atípico os estimule. Y, sobre todo, os incite a lo más importante de todo: preguntar y dudar. Que disfrutéis/os torturéis con la lectura:

Hermana

                Bien, supongo, Su Señoría, que podría empezar por ahí. Por su madre. ¿Sabe?, ella no estaba bien. Bueno, cómo iba a estar bien nadie después de aquello. Ella una de las víctimas de la dictadura de aquel país sudamericano, ¿sabe?, el que salía en las noticias con tanta frecuencia en aquellos días. En el fondo, es que la chica era tonta: se fue a colgar del izquierdista equivocado en el momento equivocado (encima, un negro izquierdista: el color equivocado también). Probablemente ella no sabía ni siquiera qué significaba la palabra “izquierdista”. En realidad, ella no tenía ni idea de política. Para ella la izquierda era la muñeca en la que el muchacho llevaba puestas esas pulseras tan bonitas. La cuestión es que la agarraron por banda, como a tantas otras, y le procuraron el tratamiento habitual. Creo que no hubo descargas, pero sí golpes, y desde luego muchas drogas. Claro, al final quedó tocada. Muchos años después, incluso cuando el dictador ése del bigote poblado ya no estaba en sus cabales, pasó por numerosos sanatorios mentales y todos la tildaron de loca, o de eufemismos más o menos razonables. El último médico que la inspeccionó (que había leído aquel cuento de Chéjov sobre un tipo al que encierran en un manicomio porque entrega todo su dinero a una persona, sólo porque esta última le dice que lo necesita), la ingresó mientras pensaba para sí mismo que tenía que declararla enferma porque no podía decir que el resto de la sociedad lo estaba en su lugar. Así de enfermos estábamos todos, tanto, durante aquellos días.
                La cuestión es que de aquella mujer rota sólo podían salir hijos rotos, prosiguió la mujer. Algo no debió de fundirse o solidificarse bien en aquel horno que había sufrido tantos traumas, porque el caso es que las niñas que dio a luz –poco después de la penúltima institución mental por la que pasó- nacieron unidas. En la Edad Antigua, hubieran sido vaticinadoras de grandes catástrofes. En el pasado, fueron protagonistas de atracciones de feria, de espectáculos ambulantes, de circos. Un par de hermanos que aparentaban conformar un hombre bicéfalo organizaron un dueto musical donde uno era tenor y el otro barítono. Otro par vivieron hasta que la enfermedad de uno provocó que ambos fallecieran, y más tarde resultó que el otro no había fenecido como consecuencia orgánica de la muerte de su hermano, sino a causa de la afectación psicológica que le provocó el shock. Los hubo que vivieron felizmente, cada cual con su pareja y una decena de hijos. En el caso concreto de estas jóvenes, con una madre en muy mal estado (no sobrevivió más allá del parto; del padre nada se sabía, y existía el temor fundado de que fuera uno de los torturadores), sumada la terrible circunstancia a todas las dificultades de la época y el contexto, las cosas se hicieron mal desde el principio. Fueron transportadas (merced a una ayuda internacional que hizo lo que pudo, aunque no siempre supo muy bien qué hacer) a un país de habitantes rubios que las contemplaron siempre de manera sospechosa -con su piel negra, su cabello ensortijado, sus caras que sólo podían considerar feas-, y a continuación internadas e institucionalizadas. Quizás por ello precisamente, antes que hablar el idioma que le proponían/ordenaban los adultos, las hermanas aprendieron a desarrollar su propio lenguaje, que por supuesto ninguno de sus cuidadores entendían y se prestaron a impedir con rapidez, como esas máquinas que también se inventaron su idioma secreto y cuyos programadores temían, con cierto recelo, que fueran a utilizar para conspirar contra ellos. Aunque, en el caso de las niñas, es casi seguro que sus primeros atisbos de desconfianza respecto a las autoridades nacieran justamente a raíz de dicha prohibición. De hecho, si las enfermeras se hubieran detenido a escuchar, quizás hubieran reconocido, en aquel primitivo lenguaje secreto, retazos del idioma natal que las chicas oyeron a hablar durante el escaso tiempo que pasaron con su madre o con sus primeras enfermeras, dialecto que sus cuidadoras actuales no conocían y que les sonaba abominable. Visto el episodio así, las perspectivas no se presentaban halagüeñas para las muchachas. Sin embargo, las chicas tenían a su favor una ventaja con la que no contaron los niños arrojados por el barranco en Esparta o los nacidos antes de que Lister, Fleming, Pasteur y Henry Morton obraran sus milagros: la posibilidad de la cirugía. La operación fue tensa, larga, compleja y dolorosa para todas las partes: tuvieron que rotarse varios cirujanos a los que les hicieron masajes de brazos (antes y después del quirófano) a lo largo de días, y el dolor post-operatorio se prolongó durante meses para las antiguas siamesas, quienes acabaron envueltas en tantas vendas que un vecino creyó que sus padres eran unos apasionados de Halloween que les disfrazaban todo el año de momia. Pero, al final de aquel tortuoso calvario, que les había provocado heridas y una sección de piel en forma de cicatriz en carne viva a lo largo del eje vertical del cuerpo (la cual se convertiría más tarde en una larga tira escamosa de lagarto que provocaría primero bromas y más tarde miradas de reojo a lo largo de toda su vida), al menos las hermanas podían decir que no les ocurriría aquello del siamés abstemio que murió como consecuencia del extremo alcoholismo de su hermano. Ahora, eran tan familia como Joan Fontaine y Olivia de Havilland, las Bolena o las Brönte, y se podían llevar tan bien o tan mal como todas ellas; pero, por lo menos, tenían el poder de decidir sobre su propio destino. Aquello hubiera debido ser el anodino, rutinario, sencillo y feliz final.
                Pero la vida tiene esa desagradable tendencia a complicar aquellas historias que deberían ser simples. Las chicas habían aterrizado en una comunidad pequeña, ignorante, supersticiosa, que las encontró siempre extemporáneas y diferentes. Sus vecinos habían vivido primero su mitológica aparición (si hubieran nacido en la India, las hubieran adorado como a diosas) y después su recuperación, cuyas sangrantes marcas permanecían aún visibles en su piel. Y por ello sus coetáneos no olvidarían su exotismo tan fácilmente, y menos el que puede ser en ocasiones el colectivo más retorcido de todos, el que absorbe todos los males que les legan los adultos desde su posición superior: los niños. En sus reuniones secretas, ajenas a extraños, cual miembros de una críptica secta masónica, un grupo de niñas rodeaba a ambas muchachas por los cuatro lados, las trataban como muñecas anómalas y feas que sus padres les habían regalado, palpaban las superficiales líneas de sutura, y decían cosas como “aquí, aquí siento el poder. Por aquí seguís estando unidas”. La magia, ese conjunto de ritos y creencias tan normales en los niños, que promueven películas y libros, que llaman a los tiernos infantes a creer que todo es posible y se asocia a momentos brillantes como plantas de crecimiento prodigioso o animales que hablan, pero puede generar también las más oscuras pesadillas. Y, en esta ocasión, la magia que aquellas pequeñas arpías estaban consiguiendo implantar en los cerebros de ambas hermanas no era aquella que convirtió al egoísta Peter Pan en un flotante adolescente… sino una tortuosa, ponzoñosa, y destinada a cultivar la semilla del mal.
                La erosión del agua es una fuerza sutil la cual es capaz, poco a poco, de horadar una masa única de roca y metamorfosearla en un gigantesco cañón. De la misma manera, las palabras, insistentes de una a la otra vez, pueden alterar los hechos, las ideologías, la realidad, las creencias. Aquellas niñas, que habían nacido sin problemas de salud, bien alimentadas, con todos los elementos para ser felices, se dedicaron a filtrar una idea peligrosa en las cabezas de las antiguas siamesas; una que, en la era de la ciencia y la luz, no hubieran tenido por qué adoptar: que ellas eran una sola, y nunca habían llegado a estar del todo separadas. Si alguien creyera en que los males se transmiten de madres a hijas, diría que, una vez más, la culpa del crimen no era de una persona, sino del conjunto de seres que la rodeaban. En este caso, una pequeña conjunción de seres bajitos y de natural imitadores, que copiaban lo que veían en casa, y que el mismo delito vinieron a conjurar. ¿Qué hacían mientras tanto las antiguas siamesas? Su entorno transmitía que obedecieran como perritos dóciles, y quizás eso hicieron, obedecer como perritos dóciles. Luego, mantuvieron ese comportamiento el resto del tiempo y entonces les dijeron que les faltaba iniciativa, que eran como zombies. Las hermanas hicieron, para encajar, lo que les mandaron, y el premio que obtuvieron fue que las mangonearan todavía más.
                Por tanto, las niñas acabaron por creer que, en efecto, eran dos mitades de una misma persona que nunca debió tener dos cuerpos, y empezaron a actuar en consecuencia. Se las vio mirándose fijamente y a continuación (en lo que semejaba un compromiso común alcanzado entre ambas mentes) que solo una de ellas actuara. En ocasiones realizaban, miméticamente, los mismos gestos; en otras, actuaban como un cuerpo gigante y elástico que fuera capaz de actuar en múltiples niveles en su entorno. Se corrió la voz de que ambas hermanas eran telépatas, y aunque la realidad era muchísimo más prosaica (sabían interpretar cada mínimo cambio en la expresión, cada inicio de gesto: cómo no iban a hacerlo, después de haber permanecido tanto tiempo juntas), era de ese tipo de rumores que encontraban pábulo para que todos lo juraran cierto. Es probable que las propias niñas también lo consideraran verdad. Por otro lado, tampoco era extraño que las niñas creyeran a pies juntillas que ambas fueran una sola frente al inhóspito mundo exterior. Al fin y al cabo, aisladas, diferentes, distintas, con unos padres de acogida que trabajaban doce horas diarias para dar de comer a sus hijas adoptivas, y tan faltos de recursos como ellas, al final éstas sólo se tenían, de manera tangible, la una a la otra para poder avanzar. Tal vez su ideación delirante fuera, en el fondo, tan sólo un mecanismo de supervivencia que los demás no supieron apreciar.
                Pasaron los años, y las niñas crecían. Es difícil imaginar todos los pensamientos que tuvieron que pasar por su mente y todo lo que debieron escuchar a través del desfiladero amargo de la adolescencia. El mundo se pasa la vida diciéndonos que debemos ser diferentes; y, cuando finalmente lo conseguimos, nos lanzan pedradas por no pertenecer al clan. Las chicas, con una larga tradición de silencios hondos y de refugiarse en sí mismas para no decir nada, sobrevivieron al orfanato, al colegio, al instituto, a los hogares de adopción, a las salidas fuera. Se dejaban ver poco y, cuando lo hacían, seguían un ritmo uniforme y callado, el de los demás. Sobre todo, se les veía actuar sincrónicamente. Un día, llegó esa tradición tan erradicable en ciertos lugares del mundo como son los bailes de fin de curso. En aquella mezcla de juego de la cuenta atrás y de intercambio de cromos que constituye encontrar acompañante, un par de chicos le pidieron a cada una de las hermanas ser su pareja, y ambas aceptaron. No quisieron que las recogieran, sino que quedaron directamente en el baile. Cuando ellas aparecieron, su entrada fue espectacular. No es que hicieran nada especial más que acceder al gimnasio habilitado como pista de baile, pero el hecho de que entraran juntas, a la vez y, sobre todo, con el mismo vestido –un traje cosido expresamente para ello, el cual daba cabida a las dos-, provocó que el silencio gélido que las acogió fuera sepulcral. Uno de los chicos, nada más captar el sentido de aquella declaración de intenciones, se escabulló por donde pudo. El otro, en cambio, intentó ejecutar unos cuantos pasos de baile, pero era difícil hacerlo con la otra chica al lado, como si las vísceras de ambas permanecieran unidas aún. Aquella fue una velada extraña. Al lunes siguiente, las muchachas se presentaron de nuevo con un traje de su invención, esta vez más suelto, que les permitía llevar pantalones independientes, pero seguía teniendo puntos en común, de tal manera que tenían que andar juntas. Un par de profesoras trataron de que se colocaran separadas en las mesas, pero chillaron y patalearon con tal histeria que la mayor parte de los docentes optaron directamente por colocar unidas sus mesas junto a sus dos respectivas sillas y no discutir con aquellas jóvenes que ya se habían ganado la fama de problemáticas. En el futuro, cada nueva institutriz, maestro, institución, pareja de padres de acogida, intentó modificar aquel comportamiento: lo más que consiguieron fue que, al separarse, quedaran en un estado catatónico, permaneciendo casi completamente paralizadas –hasta que volvían a encontrarse- durante horas. Las lenguas vívidas/bífidas del pueblo decían que realizaban los mismos gestos de manera unísona cuando se hallaban separadas, aunque casi nadie (por supuesto, para qué) se molestó en comprobar si dicha afirmación era verdad.
                Uno de los problemas fue que el chico que se había quedado durante el baile insistió. Él sentía algo por la muchacha a la que había invitado al baile, y lo hacía por ella y no por su hermana, pese a que la similitud física hacía que muchos no las distinguieran. El muchacho rondaba la última casa de acogida de las chicas, a cuyas ventanas arrojaba piedras mientras los tutores legales hacían como que no escuchaban nada, y las chicas actuaban como si el otro individuo no existiera. Finalmente, accedieron a salir con él, pero el verbo siempre se conjugaba en primera persona del plural, es decir, el trato era que siempre acudirían las dos juntas. Fueron al cine, salieron a pasear, se les vio juntos por las calles. Rumores y cuchicheos no contribuyeron a aplacar la tensión. Un día, el muchacho insistió en llevarles al habitual descampado donde las parejas iban a hacerse mayores y a esconderse de las miradas reprobatorias de sus progenitores. A pesar de su insistencia, las chicas insistieron en no quitarse el vestido, y su amada sólo admitió que le subieran la falda con su hermana al lado, quien se quedó contemplando el suceso estólidamente. El chico no sabía muy bien qué hacer al respecto; por un momento se le ocurrió que les gustaban las cosas raras, y aunque no estaba demasiado de acuerdo, alargó la mano hacia la hermana no correspondida, la cual le atrapó la muñeca, devolviéndola hacia el terreno de la muchacha que con el imberbe adolescente había consentido en salir. El resto del coito fue tan incómodo y anómalo como el principio. La otra hermana se quedó mirando el cielo, las estrellas. Probablemente la constelación de Gémini.
                El muchacho no fue capaz de correrse. La inexperiencia, unida a la vergüenza, no eran sus mejores bazas. Su chica –tan callada como siempre; apenas habrían cruzado unas pocas palabras en todo el tiempo que llevaban juntos- no se lo reprochó. Sin embargo, el orgullo del (como todos) ególatra adolescente estaba herido. Y tenía necesidad de cobrárselo. Unos cuantos días más tarde, el muchacho y su novia bicéfala -es un decir- quedaron para salir fuera. Pero cuando se situaron en una zona un poco aislada, amigos del muchacho aparecieron y separaron a las dos muchachas. Las hermanas lloraron angustiadas, pero la manada masculina no tuvo problemas en rasgar las prendas de las chicas, llevándose el organizador de la emboscada a su enamorada al lado de un árbol, y el resto de la jauría, a la hermana restante, al otro. Mientras el chico asía a su novia -la cual se rebullía violentamente, por muñecas y tobillos- le decía, al tiempo que le bajaba las bragas, que todo esto lo hacía porque la quería, y le gritaba que la amaba con cada embestida, acallando con sus gritos el sonido de la violación y la paliza que se producía al otro lado; curiosamente, la joven que sufría este acto de amor no se estaba enterando en absoluto de lo que le estaba pasando a su cuerpo, sino que sólo sentía el dolor que escarnecía las carnes de “su” otra ella. Después de aquel entremés macabro, las dos hermanas quedaron tumbadas en el suelo; la que había sufrido la peor parte (la sangre borboteaba por sus fosas nasales hasta casi ahogarla; cicatrices y moretones cubrían su piel) se quedó en el suelo, tumbada, sin poder reaccionar, mientras que la otra se arrastró hasta que sus cuerpos quedaron en contacto y sólo entonces, abrazadas, se permitieron llorar ambas juntas.
                El delito nunca se aclaró. De hecho, hubo un interés general, entre la policía y las autoridades administrativas y escolares, en dejarlo correr. Aunque se sabía con precisión casi absoluta el nombre de cada uno de los implicados, eran todos jóvenes, hijos de buena familia, y en especial, eran muchos. Una vez más, era más fácil culpar a las dos chicas, que nunca habían caído bien, que al resto del instituto. Las dos hermanas volvieron al día siguiente a clase, con la misma vestimenta de siempre, y con las marcas del hecho mínimamente disimuladas. Si antes eran herméticas, refugiadas en sí mismas, ahora, como un doble capullo de rosa herida, como una princesa en su castillo –junto a su incomprendido dragón-, con mil candados se ocultaron. No se les vio hablar ni salir en el resto del año con el resto de los alumnos. Sus padres adoptivos definitivos habían intentado –como antes alguna comprometida profesora, y algún bienintencionado compañero- todo lo humanamente posible para ponerse en contacto con ellas, pero no podían hacer nada contra las miles de influencias externas que contra las muchachas habían operado, y que aún mantenían a su alrededor. Nada más terminó el año escolar, las sacaron de la escuela. Nada más tuvieron edad para ello, se independizaron y alquilaron una casa para ellas solas, donde nadie las pudiera atosigar.
                Aún así, a pesar del aislamiento, era innegable la tensión que se cernía alrededor de las jóvenes por parte del resto del pueblo. Como un cáncer que debiera ser extirpado, hubo presiones en cuanto a los límites de su finca, el crecimiento de los árboles en su jardín, el color que podían utilizar -para mezclar las pinturas- en la decoración de su casa. Se recogieron firmas para que internaran a las chicas en un sanatorio y se decretara su inestabilidad mental. Los médicos que las visitaban constataban su desconfianza, su falta de comunicación, su incultura, y les diagnosticaban un trastorno tras unos pocos minutos, para luego marcharse y no regresar. Una vez más, las fuerzas locales, a pesar de lo peregrinos de los argumentos de los firmantes de aquella petición de internamiento, no podían declarar insana a toda la lista. Aún así, por cautela, al menos al principio no actuaron. En todo caso, para las hermanas se volvió una situación insostenible. Probablemente no fue la única causa, pero sí un factor determinante en que tomaran aquella definitiva e irreversible decisión.
                Lo tenían claro. Una de ellas moriría. Debía morir, para garantizarle a la otra la libertad de la que carecían. Es difícil saber cómo dirimieron cuál de ellas tenía que ser, igual que conocer a ciencia cierta qué oscuros pensamientos y conversaciones ocurrían en aquella (abandonada del mundo) remota vivienda. Sin embargo, ciertas evidencias pudieron rastrearse a posteriori a través del diario de las muchachas, las cuales, como forma seguramente de evadirse de una realidad que a ellas mismas les rehuía, escribían sobre sus páginas relatos de ficción protagonizados por esquizofrénicos, individuos marginales, mujeres violadas, y los poblaban de giros macabros y desconsoladoras tramas. Por otra parte, la forma de corrección obsesiva de estos mismos diarios indica también que trataban de escribir, como si se tratara de una ficción, su propia historia, quedando muy claro que para que ésta quedase perfecta (ya habían renunciado, hacía tiempo, a la perfección en su vida) había de concluir necesariamente con un infeliz final. En las páginas de estos textos, pueden leerse algunas frases que supuestamente harían referencia a su propia situación personal, y que dan una idea del ambiente que se vivía en la casa: “Por encima de la mesa nos decimos que nos amamos; pero sólo una de nosotras está diciendo la verdad. Por debajo de la mesa, en cambio, nos hallamos afilando los cuchillos. Lo que tenemos en común es que ambos creemos que la otra es desagradable y monstruosa. Leo en sus ojos el abismo de la locura, y sé que algo, dentro de ella, está creando en su interior un asesino. Ese algo soy yo”. También se encuentra una línea suelta, en estos mismos textos, que dice: “esa hermana mía es una sombra negra que, como una planta trepadora, me está robando la luz del sol”. Se menciona en algunos párrafos que se han convertido en enemigas mortales, arrojándose vibraciones oscuras de manera mutua. En algún momento se insinúa que es la hermana contraria, la otra, la que les incita a ambas a cometer el mal. Pero, ¿a qué clase de mal se referían? Y, sobre todo, ¿cuál de las dos hermanas lo escribía? Puede que algo en su interior les dijera que lo que estaban cometiendo era una locura, o fue obra de la presión social, pero durante un cierto período acabaron yendo a una psicoterapeuta, a quien le revelaron su intención de que una de ella acabara con su vida para que así la otra pudiera existir de manera autónoma, abandonar el silencio de clausura en el que habitaban ambas -como en una cúpula- y vivir de manera normal. La psiquiatra les preguntó por qué iban a hacer eso. Ellas respondieron, como en un eco: “Porque lo hemos decidido”.
En qué momento, y bajo qué criterios, se define que una de ellas ha de acabar su vida para siempre; nunca más largos besos; nunca jamás violáceos amaneceres; para que la otra viva, para que hable, para que salga adelante. Cómo se decide eso… ¿una moneda al aire? Se dijo siempre que una de las hermanas mantenía un predominio sobre la otra. Se argumentaba, incluso, que una de ellas quería morir para deshacerse del mando que sobre sí misma ejercía la primera, la que le obligaba a cometer pequeños delitos. Una presión perenne e implosiva de la que, en apariencia, quiso escapar. Sin embargo, nunca se determinó a ciencia cierta si la supuesta hermana dominante fue la que determinó la muerte de su par, o la que se inmoló por ella en cambio. La lectura de los diarios sólo permite, de los acontecimientos, una reconstrucción confusa. Sabemos que, merced a la presión sobre las autoridades, entraron y salieron varias veces de instituciones mentales (cumpliéndose pues la maldición que parecían abocadas a heredar de su madre), donde el único tratamiento que se les hacía era encerrarlas en un sitio, atiborrarlas a drogas y no dejarlas salir; sabemos que, durante aquella época, las hermanas se empeñaron en dormir juntas en camas cada vez más pequeñas (como si de esta manera reforzaran su unión), enroscándose en extraños pensamientos que giraban sólo alrededor de sí mismas. Sabemos que, de vez en cuando, con los internos masculinos flirteaban; tenemos dudas sobre si los guardianes las violaban. Hubo un momento determinado en que transigieron: dijeron al director del internamiento que sí, que se separarían, que hablarían, que harían lo que ellos dijeran. Los médicos se negaron a modificar esas gruesas historias clínicas que en el pasado habían defendido con tanto ardor. Dijeron que más tiempo era necesario. Estuvieron encerradas durante una condena más larga que si hubieran cometido un delito grave. Si para entonces no estaban locas, muy probablemente en este intervalo perdieron la cabeza de verdad. Comenzaron a atacar lo único que tenían a mano: la una a la otra, la una frente a la otra. Rompieron su frente común. Y, sin embargo, cuando salieron por última vez de una institución mental, volvieron a hacerlo juntas. Quizás, una vez más enfrentadas al resto del mundo, era la única arma con la que podían atacar. Pero sabían que, a largo plazo, esa situación no podía mantenerse estable. Que ya ni siquiera, aunque se mantuvieran separadas, el estigma se podría eliminar. La última vez que las vieron bajo el sol de la calle, recién llegadas de una institución mental, se encontraban abrazadas, como si hubieran escapado de una larga y dolorosa situación en el transcurso de la cual sólo ambas, de manera mutua, se hubieran sostenido. Ya no las volvieron a ver caminando al lado nunca más.
El día que la historia concluyó fue extraño. Llegó un repartidor a domicilio; llamó a la puerta dos veces. No respondió nadie. Le pareció que el interior había movimientos confusos; sin embargo, según descubrieron después las autoridades forenses, era poco probable que pudiera haber visto nada. Quizás el repartidor sólo llamó a la policía para cobrar lo que le debían. Cuando los agentes llegaron allí, con una fuerza de movilización como si adentro estuviera aguardando el asesino de Kennedy, penetraron derribando la puerta y con las armas por delante. El salón estaba cubierto de largas hileras superficiales de sangre. Encontraron a una de las hermanas colgada del techo del baño, y a otra con un largo tajo en el costado, a la altura de la cicatriz donde antes se hallaba alojada su hermana. Nunca se supo si había sido un suicidio con violencia que una de las hermanas había intentado evitar (sin conseguirlo), un asesinato, o el ataque por parte de una tercera persona. Cuando salió del hospital, la hermana superviviente no habló. Nada más tuvo la oportunidad, hizo las maletas. Nunca volvió a vérsela por la localidad.
Dicen que volvió a su país natal, y que ahora es una profesora universitaria de éxito, casada con alguien de su misma raza, que les lee a sus hijas gemelas hermosos cuentos. Cuentan las madres del pueblo donde crecieron que en realidad acecha bajo la cama de los niños de la villa, agazapada por las noches, armada con un puñal, dispuesta a conseguir una nueva hermana. Hubo, con el paso de los años y varios artículos, una gran discusión sobre si todo el mundo había actuado del todo bien, discusión que muchos no quisieron escuchar.  Hay algunos que opinan que las dos chicas estaban locas; hay otros que nunca dejaron de creer que –todavía hoy- siguen siendo siamesas.
Esta historia es una muy libre y muy distorsionada adaptación de la historia real de las gemelas Gibbons. Mientras que los artículos en español se dedican sobre todo a subrayar la insólita condición de las “hermanas silenciosas”, como si se tratara de una maldición de cuento, un artículo del New Yorker escrito por un periodista de la misma raza que las hermanas destaca sobre todo las circunstancias ambientales que rodearon su existencia. Entre los muchísimos cambios que hemos efectuado en este relato, la que murió de las hermanas Gibbons -que nunca fueron ni aspiraron a ser siamesas- lo hizo por una inflamación cardíaca no diagnosticada, lo cual apunta menos a un pacto de suicidio que a una incorrecta atención médica. Probablemente la única conclusión que puedo extraer de estos sucesos (aparte de que cada cual ve la parte de la historia que pretende encontrar) es que, como dijo Jean-Paul Sartre, “el infierno son los otros” o que, en las películas de miedo, las hermanas de “El resplandor” no son las villanas, sino que los auténticos malvados (y lo dice un apasionado del género de terror) son aquellos que se sientan en un sofá para estudiar desde el otro lado de una pantalla la vida íntima de los demás.
Que nadie nos juzgue como juzgamos nosotros a nuestros monstruos, pequeños fantasmas incomprendidos.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Los vídeos de noviembre: 7+1 vídeos de Youtube que no os debéis perder

Youtube vino para cambiar el mundo. Se suponía que, de ser los espectadores meros receptores de contenido, iban a empezar a generarlos. Tanto que, junto con el auge de las redes sociales, la revista Time proclamó en 2006 que el personaje del año era "Tú", cada uno de nosotros, de los futuros creadores. Muchos protestaron ante una profecía no cumplida, al ver que la mayoría de los vídeos más visualizados de Youtube eran promovidos por cantantes, empresas, plataformas comerciales, perdiéndose el espíritu democrático que debía caracterizarle. Pero como ocurre con todas las tecnologías, sus resultados dependen de sus usos, y por tanto dan resultados ambiguos: Twitter sirve para buscar humor y la mala leche más absoluta; Facebook puede emplearse para retransmitir una revuelta ciudadana en un país árabe o para que sólo escuchemos la historias que queremos oír. Y en Youtube, frente a mucha bazofia, flojitos influencers, GranBombas y tipos creídos de más que se quieren largar a Andorra, hay muchas pequeñas joyitas, muchas de ellas amateurs con hechuras de profesionales, que no podemos perdernos. Entre ellas, os ofrezco cinco de mis favoritas:

-¿Quién es el mejor villano Disney?: de los autores de este vídeo, Pascu y Rodri, hablaremos más adelante. Pascu, de hecho, pertenece a un grupo denominado "Acorde al guión", que monta musicales de gran calidad, a alguno de los cuales he tenido el privilegio  de asistir. Con alguno de sus componentes monta esta divertida parodia de algunos de los más sugerentes malvados de la factoría Disney, con mucho desparpajo y un sorprendente giro final.


-Pascu y Rodri, además, tienen un canal en Youtube denominando "Destripando la historia", en la que combinan música, ingeniosas letras y unos animadísimos dibujos para resumirte un libro, una historia mitológica o un cuento infantil, recurriendo además a los textos originales, lo cual está muy bien para evitar que sea -por ejemplo- Disney el que lo cope todo. Muchas de ellas son graciosísimas, pero yo os dejo en concreto ésta de Rapunsel, que no paro de ponerme en bucle, y que tiendo a recordar (ya lo entenderéis al final) cada vez que me da por pedir comida a domicilio.


-Hay muy buenos divulgadores científicos en nuestro país. Antonio Martínez Ron, el recientemente fallecido José Cervera, todo el universo que gira alrededor de Naukas... Todos ellos entienden que las nuevas tecnologías y los vídeos consisten en una forma de comunicar tan útil como cualquier otra. Yo hoy quiero destacar a Patri Tezanos, una investigadora del Instituto Cajal y psicóloga de formación que nos regala cada cierto tiempo vídeos relacionados con la neurociencia en su canal de Antroporama. Os dejo con un vídeo en concreto que puede resultaros entretenido porque trata acerca de que, por mucho filtro de Instagram que apliquemos, para nuestro cerebro tenemos un aspecto bastante feo.


-El siempre interesante blog de cocina de "El Comidista" de "El País" destacó en una mítica entrada a algunos de los cocineros más estrambóticos de Internet. La sensación de ver a un sueco pasado de revoluciones cocinar albóndigas a cabezazos es inenarrable, pero en este blog, donde nos gusta quedarnos con lo positivo, destacamos al bucólico, pacífico y tierno peluche de Arkapasso, donde una llama de felpa nos hace recetas a un ritmo pausado que resulta por completo hipnótico. Os dejo un episodio que tiene doble valor no sólo porque se atreve a hacer los españolísimos churros, sino porque Arkapasso nos muestra ciertos detalles personales que hará que le adoréis más todavía.



-Probablemente el éxito musical por Youtube más famoso desde el "Fea, pero te quiero", con "Es gratis", Arnau Griso nos sintoniza con una canción que, junto con el "Hoy puede ser un gran día de Serrat", se hace ideal para enfrentarse a las mañanas del lunes. Ideal para pesimistas y que están deseando dejar de serlo.



-Los vídeos explicativos de Manu Sánchez han salido en varios de los programas en los que ha participado, tanto en la televisión nacional como en la autonómica andaluza, pero no tienen ni la mitad de fama de lo que se merecen para lo divertidos que son. Aquí ponemos el enlace a la primera de tres de partes dedicadas a la mitología griega, pero cualquiera de las temáticas, a la velocidad y el desparpajo de este sevillano tan amigo de los carnavales Cádiz, no tiene desperdicio.



-Sin duda, junto con el anterior, el vídeo más profesional que hemos nombrado hasta ahora; sin embargo, el programa de radio de Carne Cruda se yergue como una alternativa al pensamiento dominante, y sin duda se manifestó en este número, un flashmob del que no os voy a revelar nada, pero que a muchos nos alegró el ánimo en momentos tan oscuros como nos tocó pasar. Con esta sonrisa, esperamos alegraros la jornada, la semana y todo lo demás. Buenos días y buenos vídeos.



BONUS TRACK: La grabación en directo del truco ganador del último Campeonato Mundial de Magia, de Eric Chien. No necesita presentación pues, durante seis minutos, os dejará sin palabras.

lunes, 5 de noviembre de 2018

La historia corta y la historia real de noviembre: frases de musa (I)

Frases de musa

-"No puedes engañar a los maestros. Se pasan el día enfrentándose a adolescentes salvajes. Se las saben todas".

-[Al ver un cartel anunciando un “Easybus”] El Easybus debeser uno donde los carteles de PUSH y PULL te los ponen gigantes (para turistas torpes).

-Si un pastor cuenta ovejas, está soñando con trabajo, ¿no? Y además las distingue: la de la mancha, la de no sé qué…

-Estoy pensando en hacer una entrada sobre Piedrahíta y sus fantásticos monólogos sobre los pequeños objetos y milagros cotidianos. Por ejemplo, ¿tú alguna vez has pensado que el ojo del tuerto tiene doble legaña?
-Tienen legañas los dos, ¿no?
-¿Y en qué necesidades tiene un desagüe?
-Pues sí, me lo he preguntado.
-Ya me has jodido la entrada.

lunes, 22 de octubre de 2018

Los libros de septiembre y octubre (II), y la historia real del mes: "Leer Lolita en Teherán".

El mes pasado hablamos de "Lolita", Nabokov, y cómo éstos influyeron en la autora de "Leer Lolita en Teherán". Pero entramos ahora en este último libro y, con ello también, en la historia real. Azar Nafisi es una mujer iraní, experta en literatura, que formaba parte de una de las familias destacadas intelectualmente en Irán. Sin embargo, como sabéis, este país sufrió en durante el siglo XX una serie de cambios profundos. En los años 50, el primer ministro Mohammad Mosaddeq, elegido democráticamente, pretendió nacionalizar los recursos petrolíferos del país. Como esto se oponía a los intereses estadounidenses y británicos, estas dos naciones promovieron un golpe de estado para instaurar la figura del sha. El sha gobernó Irán durante veinte años gracias al apoyo extranjero y a la influencia de su policía política. En 1978, sin embargo, manifestaciones y revueltas populares obligaron al sha a huir del país y se inició un proceso revolucionario, durante el cual las fuerzas de izquierda parecieron al principio tener cierta influencia, pero fue el islam y los partidarios del ayatollah Joemeni los que se llevaron el gato al agua e instauraron una República Islámica donde se estableció una teocracia, se instauró el uso del velo y otras leyes que limitaban la libertad de la mujer, y se prohibió el pensamiento alternativo. Fue en este contexto cuando arrestaron al padre de Azar Nafisi, cosa que le obligó a regresar a Irán, donde ingresó como profesora en la universidad y más tarde fue expulsada. Sobre este período, siempre recordado como un tiempo pretérito, orbita la narración del libro.

En la primera parte, una Nafisi ya expulsada de la universidad nos comenta las reuniones que sostenía con unas cuantas antiguas alumnas selectas en su casa, y cómo en su salón estas mujeres, liberadas del ambiente opresivo de la vigilancia islamistas, hablan sobre la literatura y la vida y entrecruzan (en lo que será una constante del texto) lo que se cuenta en los libros que leen con los aspectos de su propia existencia. En esta primera sección, Nafisi expone especialmente sus puntos de vista sobre la Lolita de Nabokov y cómo Humbert oprime hasta con la ocultación de su nombre a Lolita, estrangulando en todos los sentidos a su objeto de deseo, de la misma manera en que la República de Irán hace con los habitantes a los que supuestamente ha de proteger.

En la segunda parte, un nuevo salto hacia atrás en el tiempo, hacia el momento en que Nafisi vuelve a Irán y se establece como profesora en la universidad. Un tiempo de proclamas, manifiestos y consignas, donde no se sabía lo que iba a ocurrir pero los iraníes (al menos, muchos de ellos) se dan cuenta de que el rumbo que ha tomado su revolución es uno muy distinto al que se imaginaron, y se va a convertir en una dictadura tan asfixiante y totalitaria como la anterior, si no más. Pero fue muy poco a poco como ocurrió esto, y ya era demasiado tarde cuando observaron lo que se les venía encima. No obstante, los que quedan atrapados en esa tela de araña tratan de resistirse, rebelarse, como si por explicar su punto de vista a los fundamentalistas de manera más organizada o más insistente fueran toda la maquinaria de Joemeni a parar. Un momento crítico en el texto es el juicio que se establece a la novela de Scott Fitzgerald, "El Gran Gatsby". Los islamistas pretenden hacer un juicio al libro, aduciendo que representa todos los valores decadentes occidentales, incluyendo la obsesión de Fitzgerald por la clase pudiente (un hecho que es difícil de negar, y que de hecho lastraba muchos de sus textos). La clave de este juicio es que permite establecer el mismo debate del que hablábamos sobre Lolita acerca del papel de la novela y del escritor en la sociedad. Sólo que, si antes hablábamos de cómo muchos, en una sociedad democrática pero conservadora como Estados Unidos, tachaban a Nabokov de pornográfico y de apoyar a los pederastas (argumento que, como hablamos en el post anterior, es fácilmente desmontable), pero el libro, aunque sufrió numerosos problemas, consiguió ser publicado, aquí en el Irán antes de triunfar Joemeni, los islamistas quieren prohibir el libro -cosa que acabarán consiguiendo-, y sus oponentes tratan de convencer a los menos radicales y proclives a la literatura y al diálogo, o a aquellos que todavía no se han definido. Y el debate, esta vez afrontado desde el punto de vista de la moral radical islamista, se centra alrededor de si una novela en la que se habla de adulterio, actividades económicas ilícitas o el sueño americano (en una época y un tiempo done se ataca a todo lo que simbolizan los Estados Unidos) es una aceptable para que la lea el gran público. Y allí, Nafisi defiende el poder de la literatura no para ocultar o ensalzar ciertos comportamientos, sino que seamos nosotros quienes los juzguemos, pero al mismo tiempo destaca que Gatsby (y éste es el poder de la novela, el que hace que ésta sea una gran historia narrada por Fitzgerald, que para variar no se concentra solamente en describir las relaciones aristocráticas, sino que tiene realmente algo que contar) es un romántico que ha sido capaz de sacrificarlo todo, su identidad, su moralidad y hasta su vida, con tal de perseguir el sueño de un amor y de una situación idealizada, en lo que será el gran leitmotiv que presida la obra de Fitzgerald (y, probablemente, su propia vida): la pérdida de las ilusiones. El juicio a Gatsby marca un gran triunfo, el cual, sin embago, es inconsecuente porque, como dice la autora, todos (y todas) están empezando a convertirse en "irrelevantes".

La tercera parte aborda (desde el punto de vista literario) a Henry James, focalizándose sobre todo en "Daisy Miller" -un inquietante relato, todo hay que decirlo- y (en el apartado personal) el retorno a la universidad de la protagonista después de un período de ausencia, cuestiones que se entrecruzan con el relato histórico de la contienda entre Irak e Irán, con graves consecuencias para la población civil antes, durante y después del conflicto. A continuación, la cuarta parte se centra en Jane Austen y (cómo no) la política de matrimonios y de relaciones interpersonales bajo el régimen de Joemeni, así como en los planes de la autora para abandonar definitivamente su país. En estas dos últimas secciones (como en las anteriores, y en la entrevista a la autora años después de la publicación del libro que sirve de epílogo) se entrecruzan diversas formas de interpretación de los autores y novelas mencionados, a veces de formas originales y novedosas, y otras enlazando con el tema de fondo, que es la anómala situación que se vive en Irán. No obstante, tengo que reconocer que estas secciones se me hicieron más tediosas -algunos trozos, incluso, los tuve que leer "en diagonal"- por un defecto recurrente a lo largo del libro: a pesar de utilizar capítulos cortos, el texto se te hace largo porque te da la sensación de contarte de manera periódica lo mismo y de que nada nuevo o impredecible te van a narrar. Pero, claro, hay que reconocerle a este testimonio el valor de lo real (la realidad no ha de estar siempre tan bien estructurada como una novela), y también el hecho de que mucho más tedioso tuvo que resultarle a las protagonistas de estos sucesos sentirse encarceladas en su particular "Atrapado en el tiempo", en un retorno al medievo que habían de vivir cada mañana, un día sí y otro también. En ese sentido, puede que este libro no sea el más entretenido ni el más absorbente del mundo, pero tiene la relevancia de narrar desde dentro una serie de sucesos que cambiaron la vida de millones de seres para siempre. Y, sólo por eso, merece estar publicado y que la gente pueda acercarse a él, cosa que, hoy en día, desgraciadamente, no puede hacerse en Irán.

lunes, 15 de octubre de 2018

La historia corta de octubre: "El doblador"

El doblador

            La adolescente se enamoró perdidamente de él. “¿De quién va a ser?”, respondía, “¡del actor!”. Ese chico joven, apolíneo, de cualidad casi celestial. “Estoy perdidamente enamorada de su voz. Si esa voz me llamara, marcharía a cualquier sitio”. <<¿Pero no te das cuenta, idiota, de que ésa no es su voz de verdad?¡Si estuviéramos viendo la peli en versión original, vale, pero estás escuchando la versión en español!¡De lo que estás enamorada es de la voz del doblador!>>. Aquello a la chica le hizo pensar. Buscó la ficha del actor que doblaba a su ídolo en Internet. Resultaba que era un hombre de cuarenta años. Llegó con la información recolectada a su padre para preguntar: “Papá, ¿qué puedo hacer?”. Su padre, treinta años, miró a su esposa, compungido, y ésta última se rió: <<¡Que te cuente!>>, dijo. <<¡Que te cuente cuando fue a visitar a la dobladora de su actriz favorita, pensando que él sería sólo un poco menor que ella, y él tenía quince años y ella cincuenta!>>. “¿Y qué pasó?”, preguntó la niña. <<¿Qué iba a pasar? Si era un crío. Le despidió después de darle un café y unas galletas>>. “Pero nunca”, suspiró el padre, “me olvidaré de la forma que tuvo de decirme que me fuera, que disfrutase de mi vida, y que no volviera más por aquella casa o llamaría a los guardias a que me detuvieran nada más entrar…”

lunes, 8 de octubre de 2018

El relato de octubre: "Tigris y Pas"


Recordaréis que este verano, en tres entregas, desgranamos el cuento de "Casa cercada". La historia surgió como una propuesta de mi musa, que quería combinar el fenómeno de las casas de indianos que pueden hallarse en Cantabria con la aventura de un español que había viajado a las Filipinas. La idea de "Casa cercada" surgió muy pronto, pero dio lugar a un relato algo tétrico que no pegaba nada con el estilo habitual de mi musa (y sólo hasta cierto punto con el mío). Por eso, como descargo, esta variante mucho más luminosa, y que satisface -como casi todas sus criaturas, de una manera o de otra- también a su creador. De hecho este último cree, en concreto, que esta versión le completa y le reconcilia más con la vida. Pero tendréis que opinar vosotros. Aquí viene la cara B, porque (como decía "13 reasons why" y Woody Allen en "Melinda&Melinda") toda visión tiene dos caras:

Tigris y Pas.

Había llevado un tiempo arribar a aquel pueblo tan pequeño, situado a las orillas del Pas. Fue curiosa la llegada, pues cuando cruzamos el puente que pasaba por encima del río aún era de noche, y no había ni una luz que iluminara la carretera, más allá de la que alumbraba la terraza del restaurante que se erigía en uno de los lados. Eso quiere decir que tuvimos que atravesar el puente (y con ello la carretera que iba con él) por completo a oscuras, no sólo expuestos a la peligrosa aparición de algún auto, sino sobre todo escuchando el rumor del cercano río, cargado de lluvias merced a las recientes tormentas, como si una riada le atravesara y fuera a ahogarlos, pese a que yo sabía de sobra, por haberlo visto de día en otros meandros, que no llevaba agua suficiente como para salirse de su caudal. “Aún así”, me dije a mí mismo, “de noche es muy distinto”. Despuntaba el amanecer cuando pisamos el pueblo. Ella no me dejó siquiera entrar en uno de los bares y degustar un café o un sobao pasiego. “Corre, vamos allí cuanto antes”, decía ella, y ante aquella voz cantarina, tan alegre como (en contraste) amenazante era la gravedad rugiente del río, no me pude sustraer a su atracción sin trampas, incluso aunque no tuviera ni idea de adónde me conducía. Me llevó a una casa solariega, un pequeño palacio, una casa de ésas que llaman de indianos, con un frontón romano en la portada. “La construyó mi bisabuelo cuando volvió de Filipinas”, dijo ella, y no necesitó más presentación. El amplio jardín y la muralla exterior, la cual saltamos fácilmente, daban una impresión general de abandono, pero ella se encargó de desmentirlo. “Pertenece a mi familia desde hace cuatro generaciones. Si está así, es porque creemos que así debe estar”. Evadimos cadenas de metal, rompimos sin compasión los candados. En un momento determinado, nos hallamos inmersos la oscuridad. Entonces, Eva abrió una puerta. Se hizo de golpe la luz.
            Dicen que hay enormes baobabs en el interior de los cuales crecen huecos. Estos espacios han servido para construir casas, tiendas, cárceles que han albergado prisioneros, capillas. Lo que yo tenía delante de mí era lo inverso. Era una mansión, que en realidad no era una casa, porque todo lo que había dentro de ella era selva. Y me explico. Para ello, empezaré por el principio: el Verbo se hizo Luz. Imagínense una cúpula gigantesca de alabastro, invisible desde el exterior, traslúcida en su coloreada superficie. Ahora figúrense que, en el centro de dicha cúpula, se abre un agujero a través del cual penetran los rayos solares en un orientado halo, de la misma manera en que lo hace sobre la tumba de Rafael cada mañana la luz procedente del sol dentro del Panteón de Roma. Pues bien, cesen de imaginar: era esto. Pero al contrario del edificio restaurado por el emperador Adriano, dentro no hay mármoles, obras de arte, artificial belleza, sino un despliegue natural de los sentidos. Naturaleza en estado puro, mas no la proveniente de Cantabria, la región donde nos encontramos, sino recortada directamente desde los trópicos: tanto la cubierta como las paredes de este edificio están cubiertas de lianas, plantas trepadoras, palmeras de grueso tronco y ramaje, enredaderas, tapizados todas ellas de flores, hojas, musgo y líquenes, de colores verdosos, amarillentos, rojos y violáceos, en un amplio despliegue de la paleta de color de Dios. Desde arriba, desde abajo, desde los lados, se exhiben los más exóticos frutos: mangos jugosos de enormes tamaños, piñas, tamarindos, una planta de frutos ciclópeos y bellos cuyo olor, al cortarla, es nauseabundo, pero posee un más que destacable sabor. Esta pintura no es sólo visual y (como veremos más adelante), sonora: es también táctil, pues un aire fresco lo envuelve todo de tal forma que parece que la selva nos atrapa, y también olfativa, con el olor de las especias envolviéndonos, ya sea el clavo o la canela, la vainilla, la pimienta o el azafrán. Tan sólo falta abrir la boca para regalarnos el gusto, pero entonces un ruidito nos indica que no estamos solos: y en cuanto nos apercibimos, no es vacío sino plenitud de vida lo que nos encontramos en este fértil hueco. Desde el diminuto insecto al ave de majestuoso plumaje multicolor, de la serpiente que se enrosca sobre un tallo al mamífero que corre sigiloso entre nuestros pies. De hecho, en la espesura diviso tarsieros, uno de los tipos de primates más pequeños del mundo, capaz de darle la vuelta a su cabeza ciento ochenta grados y (es por esto por lo que me hundo en la sorpresa) teóricamente imposibles de criar en cautividad. “Pero es que esto no es una jaula”, me aclara Eva: “esto es la selva”. Así lo construyó su bisabuelo, de esta manera evolucionó. De esa manera, a miles de kilómetros de distancia, en esta tierra tan similar a los musgosos bosques de la vecina Francia, yo me siento en el Trópico y me siento en una isla, los sitios donde el bisabuelo de Eva, después de pisar aquellas playas rodeadas de jungla, se quiso toda la vida quedar. “¿Qué te parece?”, me pregunta ella, y deduzco que ha merecido la pena tanto camino para descubrir el secreto. De repente, me doy cuenta de que, a casa del calor, las ropas se han apelmazado a mi piel, me he ido quitando capas y me encuentro casi desnudo. Arreglo rápido ese problema y me aproximo a Eva, abrazándonos los dos juntos, cometiendo la primera de múltiples veces el suceso del milagro original…