Existen, que yo conozca, dos narraciones cinematográficas sobre la vida de la reina de Escocia María Estuardo, una protagonizada por Katherine Hepburn y otra por Saoirse Ronan. De ninguna he podido pasar de la primera media hora por puro y diáfano aburrimiento (lo siento, quizás había algo interesante detrás, pero yo me lo he perdido). Para construir este hipotético film que quiero diseñar sobre el papel (algo bastante más sencillo que recaudar el presupuesto y reclutar al equipo técnico), por tanto, partiríamos mejor de la biografía redactada por Stefan Zweig, la cual, si bien peca de un demasiado atrevido análisis psicológico del personaje, puede servirnos para nuestros propósitos. Empezaríamos con una escena crepuscular, con una María Estuardo de edad avanzada, encerrada en un castillo de Inglaterra, conspirando contra Isabel I (la reina Virgen) mientras el aristócrata que hace de carcelero debe combatir, como un progenitor ante una infante díscola, los ataques de rebeldía de ña escpcesa, contemporizando entre la reina cautiva a la que vigila, la reina Isabel que desde su trono mantiene a María Estuardo prisionera, y la mujer del aristócrata, que se dedica a participar de las intrigas entre las dos. Hacemos un flashback: vamos a la época en que María Estuardo, heredera del trono de Escocia, es casada con el delfín para convertirse en reina de Francia, y cómo la joven soberana -primero una niña, más tarde una lozana muchacha- disfruta de lo que serán los años más felices de su vida (allí, esplendor, boato, poesía de corte, madrigales y, por supuesto, la canción "To France" de Mike Oldfield incrustada en alguna parte). Así, en sucesivos flashbacks, iremos alternando la visión de la María Estuardo aprisionada, consumida por sus recuerdos, hablando con personajes reales (e imaginarios), con la observación de esos mismos protagonistas en el pasado, desplegando el grueso de su papel en el devenir de los acontecimientos. Narraremos cómo María Estuardo, tras la muerte del delfín, vuelve a Escocia, a ejercer el papel de reina que el destino le tenía prometido. Quizás sea ése el mayor problema (para el personaje histórico, no para la película), porque María, al contrario que los monarcas modernos, posee en su cabeza esa idea clásica de que el trono es suyo por herencia y por derecho, un designio divino y, por tanto, no acepta a nadie que se oponga a sus deseos, ni asume en ningún momento la posibilidad de que sus actos pongan en peligro su dominio. El problema es que María Estuardo (ahí la película debe realizar un fino retrato de los personajes) cuenta en la corte de Escocia con peligrosos enemigos que conspiran contra ella: nobles levantiscos y traidores, divididos por razones de religión, pero divididos, más aún, por razones de ambición y de búsqueda de poder y de riquezas. Contaremos como esta reina que consideraba que Escocia era un objeto de su propiedad apenas hace caso al gobierno del país, sino que se dedica a considerar en qué monarquía más poderosa podría ingrarse mediante matrimonio, abandonando si es posible esta tierra de tejidos bastos y de ovejas. Describiremos cómo dejaba el control de aquel territorio, repleta de hombres rudos y acantilados, en manos de calculadores validos. Expondremos como una batalla diplomática permite casarse a María Estuardo con un noble inglés aunque con cierto porcentaje de sangre azul, un hombre que en principio iba a constituir un tonto útil, pero del que María queda prendada nada más verlo. Seremos testigos de esa luna de miel diáfana, la llegada de un hijo y, más tarde, cómo el amor se torna en aborrecimiento y en odio. Dibujaremos entonces una nueva pasión, esta vez a manos de uno de los hombres fuertes de la reina, de los pocos que le permanecen leales en los atentados contra personajes de su entorno, el infame Bothwell. La reina, sin embargo, no atiende al carácter acaparador y falto de escrúpulos de su hombre, y está dispuesta a lo que sea por él: incluso a nombrarle rey. Pero antes, claro está, existe un obstáculo insoslayable: su propio marido. Contaremos cómo María Estuardo, como una lady Macbeth cualquiera, participa en el complot para asesinar al legítimo rey de Escocia y cómo, con rapidez, pretende casarse con Bothwell. Esta acción (y la ulterior revuelta de los nobles ante este atrevimiento, y frente a las sospechas de asesinato) será la que precipita la caída de María Estuardo. Claro que la reina no ayuda: sigue creyendo que es la soberana absoluta de Escocia, que los tiempos no cambian, que a los monarcas nunca se les deponen e, incluso, cuando los nobles la apresan, le espeta a un aristócrata, agarrándole del brazo: "Juro por esta mano que te haré colgar". Claro, para los jerarcas escoceses, éste es el mejor aviso de que no pueden dejar volver a gobernar a María Estuardo, y se inicia una larga secuencia de acontecimientos que acabarán con Bothwell huido y María encerrada en las cárceles de Inglaterra, sujeta a un farsa de juicio en el que ni siquiera puede declarar. Las que sí declaran son "las cartas de la arquilla", un conjunto de documentos que se encontraron en la residencia de Bothwell tras su huida, y que supuestamente constituyen la correspondencia que la reina mantenía con él. Estas cartas han sido siempre objeto de disputa: probablemente purgadas de aquellos textos que más inculpaban a los nobles escoceses, señalan a la soberana como una intrigante que comete adulterio y conspira contra su marido aunque, por otra parte, constituyen el único sustento para una cierta defensa de su figura, ya que justifican sus actos mediante el único sentimiento que admite una cierta disculpa: un ciego e incondicional amor. Mucho se ha discutido sobre la autenticidad de las cartas. Stefan Zweig defiende que no pueden ser falsas: entre otras cosas, porque contienen poesías en francés de alto nivel intelectual, y que ninguno de los brutos escoceses que intrigaban contra la reina podían haber redactado, ya que no contaban entre sus filas con un Shakespeare. Claro que aquí Zweig se olvida de una cosa, y es que la reina Isabel (quien ha sido y tomado parte en todos estos asuntos) sí que disponía de un Shakespeare a mano. Desconozco si las fechas históricas coinciden, pero empleando alguna licencia histórica propia del cine, y aprovechándonos de la falta de conocimiento acerca del personaje real (que podría ser cualquiera: yo mismo defiendo la teoría de que Shakespeare es en realidad Edward de Vere), podemos imaginar a la reina Isabel encargándole a William Shakespeare una falsificación a cambio de que éste vea en el teatro Globe de Londres triunfar sus obras, entre ellas un Macbeth inspirado en hechos reales. En todo caso, la relación con Isabel debe plantearse de modo ambiguo: por un lado, María Estuardo es su gran enemiga, su némesis, contra la que trabajará incansablemente. De otro, es una reina, como ella, su igual, e Isabel debe defender que la figura de los monarcas (incluso en esta cambiante Edad Moderna) es inmutable, y que no merecen castigo por sus acciones. En la parte final de la película, podemos hacer que por primera vez se crucen las dos reinas, envejecidas, las únicas sobrevivientes de un mundo donde han ido muriendo amigos y adversarios: al final, ha desaparecido tanta gente, que las viejas rivales son las únicas en las que mutuamente pueden confiar en a un mundo transformado, ya que sólo se tienen la una a la otra. De esa manera, Isabel puede perdonar a María Estuardo el hecho de que, de manera probada, durante una conspiración, haya intentado matarla. Mientras, María Estuardo será capaz de obviar que Isabel se ha entrometido en cada apartado de su vida y de su reino, incluyendo una trama para obligarla a ordenar a sus espías la muerte de Isabel, excusa que la soberana inglesa estaba buscando para tener la oportunidad de cortarle a la reina escocesa la cabeza. La verdad es que la película tendría de todo: habría una escena (extraída de la realidad) donde una Estuardo cautiva sería paseada a lo largo de un pequeño pueblo escocés, donde la hostil multitud la escoltaría amenazante al grito de "¡Ramera!"; habría otra en que los nobles escoceses entrarían en los apostentos reales para matar a su supuesto amante, el italiano Rizzio, y mientras él se agarraba angustiosamente a una silla, un soldado le cortaría los dedos para llevarle lejos de la presencia de la soberana, y poder ejecutar así la sentencia de muerte. Habría ocasiones en que Estuardo chalanería con la única carta que posee para negociar, que es con ella misma y su posibilidad para el matrimonio, y un pasaje angustioso (perdón, olvidaba que estábamos en el cine: un escenario) en el que María Estuardo, en el dormitorio de su segundo marido, al que está convenciendo para que caiga en una trampa mortal de la que él no sospecha, le escribe una carta a su amante Bothwell para decirle que considera abyecta la traición que está efectuando, pero que lo hace porque está totalmente sometida a la pasión que Bothwell ejerce sobre ella. Se podría introducir (aunque tal vez veladamente, pues ese hecho no está confirmado) la imagen de un aborto del hijo que Bothwell tiene con la reina y, desde luego, habría un momento muy impactante en el que Estuardo -cuando ya da por seguro que la van a condenar a muerte a ella y a sus partidarios- auxilia en el instante de dar a luz la esposa de uno de sus secretarios: dos mujeres, de distinta condición ambas, pero unidas por la sororidad frente a un hecho que comparten féminas de todas las clases sociales. Estuardo ayudando a dar vida, cuando ya es consciente de que se haya muy cercana la muerte: de qué mejor climax podríamos disponer. Tengo dudas respecto al final: está claro que habríamos de incluir la muerte por decapitación de María Estuardo, pero no sé si debería mostrarse un fundido en negro o una cámara desenfocada en el momento de la ejecución (sí narraríamos, con gran dramatismo, cómo ella y sus sirvientas rezan en latín mientras un clérigo protestante lo hace en inglés, mostrando cómo hasta el final de su vida se enfrentaron la iglesia católica y la anglicana) o, si en cambio, deberíamos incluir las más cruentas imágenes de su fallecimiento, con dos hachazos fallidos, el verdugo agarrando la cabeza de los cabellos y quedándose en la mano con la peluca, la cabeza de María Estuardo rodando por el suelo, y el perro de la reina arremetiendo con saña, como único defensor de su fallecida ama, frente a los verdugos. Por supuesto, en algún momento habría que hacer mención a la cobardía de Isabel, que pretende hacer creer al mundo que ella no ha ordenado la ejecución y que se trata tan sólo de un error burocrático, cosa que le cuesta la carrera a alguno de sus funcionarios más ingratamente pagados y obedientes. Y, como colofón, mostraríamos cómo al final ambas reinas han acabado muy juntas, la tumba de una próxima a la otra, en la abadía de Westminster, sucedidas ambas dos por un Jacobo VI al que le dan igual todas las viejas redes conspirativas y sólo pretende reinar: tanto esfuerzo, tanta tragedia, tanta ambición (cabría decirse, "polvo eres y en polvo...", etcétera, etcétera), para nada. En fin, María, está claro que tu vida da para una película. Lo que no tengo muy claro si la que mejor podría representar tu trayectoria sobre esta tierra se ha filmado ya.
¿Por qué estamos aquí? Porque nos gusta lo curioso, lo sorprendente, lo interesante, lo inusual, lo que engrandece al ser humano, lo que lo redime de vez en cuando. Por eso nos apasionan las historias: porque hayan ocurrido o no, de alguna manera es real.
martes, 31 de agosto de 2021
martes, 17 de agosto de 2021
Las películas y las historias reales de agosto: un mismo hecho bajo distintos puntos de vista
Toda historia tiene dos versiones, o eso dice el viejo axioma. Y toda realidad es interpretable, y ésa es una de las bases del cine y de la literatura. Billy Wilder estaba viendo una película sobre un hombre que toma prestada la casa de otro para citarse con sus conquistas amorosas y pensó: <<¿Qué pasa con el pobre tipo que les deja el piso?>>. Así nació El apartamento. Hay múltiples films que se inspiran precisamente en contar una historia no de la misma manera, sino desde dos ópticas diferentes, de tal manera que es la visión conjunta de todas ellas la que te da una perspectiva global del asunto, salvando todas las licencias e invenciones que (sobre todo en las <<basada en hechos reales>>) pueblan las películas de Hollywood. Esta es una lista, para nada exhaustiva, pero sí en mi opinión sugerente, acerca de esos conjuntos de películas que se relacionan entre sí:
-A veces se trata sólo de cambiar al personaje principal. La película Bonnie&Clyde (1967) está narrada desde el punto de vista de los atracadores de bancos y fugitivos, mientras que Emboscada Final (2019), con bastante menos acierto, lo hace desde el punto de vista de los policías.
-En el Chicago de 1924, un par de estudiantes universitarios llamados Leopold y Loeb, cargados de un desmedido complejo de superioridad, y adictos a la teoría de Nietszche del superhombre, decidieron demostrar su nivel intelectual desplegando el crimen perfecto, para efectuar el cual arrebataron la vida a un chico de 14 años. A pesar de su preclara inteligencia, les acabaron pillando, y las familias recurrieron para la defensa a Clarence Darrow, un conocido activista en contra de la pena de muerte. El discurso final del abogado de los muchachos -el cual duró 12 horas- fue tan conmovedor que hasta al juez se le saltaron las lágrimas, con lo cual se logró que la condena a muerte se sustituyera por una de prisión perpetua (uno de los jóvenes murió a manos de los presos en la cárcel, mientras que el otro acabó liberado tras cumplir 34 años de reclusión). La tragedia se ha narrado de dos maneras. Por un lado, fue recreada (con sus variaciones, pues en teoría se trataba de ficción) en una obra de teatro donde se señalaba la naturaleza homosexual de los dos muchachos, y que funciona como un relato de misterio donde nos preguntamos si se acabará descubriendo la autoría del asesinato. Esta obra sería más tarde adaptada (esta vez, sin el trasfondo homosexual, aunque era bastante evidente) en la película de Alfred Hitchcok La soga, la cual funciona como un mecanismo de precisión en torno a un arcón, una intriga, y el falso plano-secuencia más famoso de la historia del cine. Pero, por otro lado, la película Impulso criminal describe de manera más ajustada a la realidad el devenir de la investigación y el juicio y, sobre todo, tiene a un Orson Welles ejerciendo de Clarence Darrow en un film con bastantes partes censuradas en la versión en castellano (ya que, obviamente, en 1959, un alegato contra la pena de muerte no era el tipo de discurso bendecido por el régimen franquista).
-Nos han contado las diversas vivencias de los judíos que pasaron por el guetto de Varsovia a través de varias películas, siendo quizás La lista de Schindler y El pianista las que muestren con mayor claridad los distintos rumbos que podía tomar tu vida a lo largo de ignotos caminos, ninguno de los cuales te garantizaba la seguridad.
-Tanto "Operación Anthropoid" como "El hombre del corazón de hierro" narran el atentado que acabó con la vida de Richard Heydrich, "el carnicero de Praga", a manos de dos miembros de la resistencia checa durante la Segunda Guerra Mundial, pero mientras la primera se centra en el punto de vista de los perpretadores, la segunda lo hace más en la biografía del militar nazi. Por cierto, este último también es el centro alrededor del cual gira "Conspiracy", una película donde se describe la reunión donde se planeó aplicar la "solución final" al problema judío por parte de las autoridades alemanas. En esta última película aparece como un personaje secundario la figura de Adolf Eichmann; varios films ("Eichmann" en 2007, y "Operación Finale" en 2018, entre otras) han descrito la captura del jerarca nazi en 1960 mientras se se hallaba escondido en Argentina, pero la película "Hannah Arendt" profundiza en las motivaciones que la filósofa judía encontró en la conducta de este burócrata desalmado, a través de su teoría de la "banalidad del mal". Como puede verse, un rosario concatenado de causas y consecuencias.
-En el caso de narrar historias relacionadas, no hay nada como contar con el mismo actor para hacer del mismo personaje. Vicent Cassel había interpretado, en la "Juana de Arco" (1999) dirigida por Luc Besson y protagonizada por Mila Jojovich, a Gilles de Rais, un noble galo que quedó traumatizado por la muerte de la santa francesa y que, quizás por eso (o tal vez no), se dedicó, desde el castillo donde resisdía, a secuestrar a jóvenes a los que torturaba de maneras horripilantes para luego darles muerte, hasta que sus delitos fueron tan infames que las autoridades se vieron obligados a intervenir. Pues bien, en la película "The Reckoning" -en castellano, "El misterio de Wells" (2003)-, Cassel interpreta a un trasunto del asesino aristócrata en una ficción bastante lograda, y quizás el mejor trabajo del habitualmente secundario Paul Bettany hasta la fecha.
-La película "The Glorias" y la serie "Mrs. América" tratan ambas de la influencia de un grupo fundamental de mujeres en el movimiento feminista, pero mientras la primera se centra en la figura de Gloria Steinem a lo largo de su vida, la segunda es transversal en un momento clave (la aprobación de las leyes de igualdad en Estados Unidos), y también más coral: de hecho, la mujer más destacada es la archienemiga de los derechos de la mujer, una Phyllis Schlafly interpretada por una Cate Blanchett en estado de gracia.
-Ya saliendo del terreno de la historia, y entrando un poco más en el apartado de la ficción, "Blackthorn", del muy buen guionista Mateo Gil, retoma el relato justamente donde se quedó al final de "Dos hombres y un destino", y narra una ucronía donde uno de los componentes del famoso dúo Butch Cassidy-Sundance Kid sigue vivo, excusa que el director aprovecha para grabar un western crepuscular enmarcado en los bellísimos parajes de las salinas de Bolivia. Muy recomendable para los amantes tanto del cine clásico como del moderno.
-Diferentes films acerca de la figura de Churchill se centran en distintos períodos de su vida: los años previos a la Segunda Guerra Mundial, en los que advertía del peligro de Hitler -"The gathering storm" (2002), película televisiva basada en sus memorias, con una secuela cinematográfica con nuevos actores, "Into the storm"-; los meses iniciales tras ser nombrado Primer Ministro ("Darkest Hour", 2017); o ante un inminente desembarco de Normandía ("Churchill", 2017). Es una pena que ningún film haya decidido focalizar en otras partes de la biografía de Churchill, como su rocambolesca huida de juventud de un campo de prisioneros en Sudáfrica, o sus más que censurables actos respecto a la India que efectuó desde su posición como Primer Ministro.
He aquí nuestra pequeña recopilación de películas relacionadas. ¿Os atrevéis a hacer alguna aportación? Espero con ansia vuestros comentarios.
lunes, 9 de agosto de 2021
La historia corta de agosto. Dedicadas a Eduardo Galeano (X): El experimento
Fue un experimento sorprendente.
En una escuela de verano para niños,
la monitora quiso enseñarles a los chavales cómo son las relaciones entre los
países del mundo. Así que repartió la Tierra entre ellos.
Cada niño representaba a un país
concreto. A cada uno le eran asignados unos materiales, según el país que le
había sido asignado. Los países ricos tenían compases, reglas, escuadras,
cartabones... pero pocas materias primas; a la niña de Estados Unidos, por
ejemplo, le correspondieron escasamente dos folios. Y los países pobres no
tenían ninguno de esos instrumentos, pero sí muchas materias primas, por
ejemplo diez folios cada uno. El objetivo del juego era hacer, con los materiales
de los que disponían (o con los que pudieran conseguir por intercambio) figuras
de papel con distintas estructuras geométricas, que serían las equivalentes a
billetes. Y comenzó el juego.
Los resultados fueron inesperados
La niña de Estados Unidos, que era
la típica muchacha egoísta que lo quería todo para ella, trató de venderles a
los países pobres un compás roto. Entonces, los países pobres decidieron
hacerle un boicot, y se asociaron entre sí, consiguiendo realizar entre todos
muchísimas figuritas, mientras que la niña de Estados Unidos se quedó sola,
encerrada en su esquina, sin poder construir ninguna figura en absoluto.
A veces uno se pregunta qué pasaría
si les diéramos a los niños el control del mundo...
lunes, 26 de julio de 2021
El relato del mes: Eterno retorno
Eterno retorno
<<No
quisiera yo haber vivido en aquellos tiempos>>, subrayaba extasiado, en
mitad de una carcajada, un jovial Julian Mankis sobre el estrado de la
Asociación de Periodistas del Chicago durante la recogida del Premio al Mejor
Cronista de la Ciudad de aquel año, mientras relataba la historia de
ibn-Jasana, el hombre que había constituido su principal fuente de inspiración:
<<Entre otras cosas>>, retomaba la historia Mankis, <<porque
murió atropellado por una caravana de camellos>>. Risas entre la
multitud. <<Pero, ciertamente, se trataba de un personaje
fascinante>>, prosiguió. <<Aunque hijo de un camellero (quizá por
eso el destino le reservó aquella irónica muerte), supo ganar los contactos
suficientes entre las clases altas para situarse cerca de los más destacados
dirigentes de aquel tiempo. Y, aunque sin duda alcanzó aquella preclara
posición gracias al amiguismo y a las habilidades sociales desplegadas durante
las fiestas, actitudes con las que los presentes no nos identificamos en absoluto>>,
leve tos cómplice y cómica, nuevas risas entre un público entregado,
<<aprovechó este lugar de privilegio para narrar de manera fidedigna las
tramas y conspiraciones que se urdían a su alrededor, en un inmenso tapiz
humano del que ibn-Jasana nos ofreció una reproducción exacta. De hecho, lo
hizo de manera excepcional para la época, pues siempre buscó, como explicación
para los hechos, causas y consecuencias humanas, sin atribuir los sucesos al
designio de algún dios o a aquel fatalismo determinista tan propio de la época
y de la comunidad islámica. Salvo, quizás, durante aquella ocasión excepcional
en la que, conmovido por el relato que escuchó acerca de una lluvia roja, como
producida por sangre -hoy sabemos que probablemente se debía a la influencia
del polvo del desierto-, especuló con que los ominosos acontecimientos que
tuvieron lugar a continuación pudieron ser augurados por este signo de
pronóstico infausto. Pero incluso el cronista más incólume posee espacio, en su
corazoncito, para algo de poesía, una pizca de romanticismo y un fragmento de
humanidad. Salvo yo, por supuesto>>, apuró el orador la copa mientras la
rendida audiencia prorrumpía en un estruendoso aplauso.
Al
abandonar la gala en su flamante deportivo, Mankis se hallaba eléctrico, exacerbado
por el hecho de haber alcanzado la cresta de la ola de su profesión y, por
supuesto, lo que menos le apetecía era irse a la cama. Por ello, se dirigió a
un lugar donde no estaba seguro de lo que se estaba cociendo, pero de lo que sí
tenía certeza es que sería algo interesante: la mansión Hamilton. No iba por
supuesto en busca del viejo Hamilton (cuya fortuna iba a la par con los años
que cargaba a la espalda), sino del joven heredero, el apolíneo Mark Henry Jr.,
un chico que a la tierna edad de treinta años ya había sido bendecido con casi
todas las virtudes y dichas que puede recibir un hombre y, a partir de
entonces, con esa galante desenvoltura de la que hacen gala los que siempre han
tenido dinero y, además, poseen la suerte de atesorar talento, se había
dedicado a exprimir la vida al máximo. Filántropo, viajero, inversor, doctorado
en Estudios Clásicos, con un grupo de amigos excepcionales que uno sólo puede
fraguar en Eton y Cambridge (esta última opción fue una elección personal, para
llevar la contraria a su oxfordiano padre), había hecho hasta sus pinitos en el
teatro interpretando a un Casio bastante notable, a decir de los más
inclementes críticos. Pero, como Oscar Wilde, Mark Henry Jr. reservaba el
talento para sus actividades profesionales, y en su vida sólo desplegaba un
derroche incesante de genialidad. Por eso, Mankis se sorprendió al hallarle en
su mansión, aquel viernes por la noche, solo en medio de su salón, en compañía
de una copa de vino, en medio de una tan escasamente estimulante actividad como
atender a un documental de leones que ponían en la televisión, sin ninguna
perspectiva de celebración o desmadre a largo de las próximas horas.
-¿Qué
te ocurre, amigo mío?¿Te encuentras mal?¿Enfermo acaso? -inquirió Mankis.
-Sólo
un poco melancólico -esgrimió el multimillonario-. El otro día me currió una
cosa extraña.
Empezó
su relato. No duró mucho, apenas unos cuantos minutos. Pero hubo un apartado
que a Mankis le llamó poderosamente la atención: <<... atravesamos un
desierto de roca con el jeep. En medio, empezó a caer una lluvia densa,
plomiza. Nos fijamos en que ésta posería un tono rojizo. No nos atrevimos a
salir del coche: tenía un tacto barroso, pesado, inquietante. El vehículo llegó
a la ciudad como si le hubieran vertido una tonelada de pintura roja. Luego nos
enteramos, a través del servicio metereológico, de que por lo visto se había
debido a un tipo especial de lluvia ácida. Muy extraño. Ése es el tipo de
acontecimientos que te hace reflexionar sobre el futuro del mundo. En general,
es de esta clase de cosas que te hace pensar...>>.
Mark
Henry Jr. no conocía el discurso que Mankis acababa de dar en la entrega de
premios. El tono conmovido de sus palabras, además, incitaba a pensar al
periodista que aquello no se trataba de ninguna clase de broma o de jugarreta,
sino de una genuina meditación a partir de un hecho excepcional. Así pues,
aquella extraña semejanza con la narración de ibn-Jasana, ¿constituía tan sólo
una casualidad afortunada? Bien pudiera ser, meditó el periodista: bien sabemos
que este tipo de fenómenos existen, y que, si bien no poseen ese poder omnímodo
para modificar el argumento de una historia o el curso de una vida, como ocurre
en las novelas del siglo XIX, han de atribuirse más a la aleatoriedad del mundo
que a cualquier clase de maquiavélica conspiración. Así pues, Mankis no le
concedió mayor importancia al hecho y, a pesar del tono meditabundo de su
amigo, consiguió migrar la conversación hacia temas más agradables y mudanos.
Pero
hete aquí que, un par de días más tarde, llegó la segunda coincidencia a sus
vidas, y allí Mankis encontró una suerte de confirmación. En apariencia, el
hecho no podía ser más anecdótico: Mark Henry Hamilton Jr. se había enamorado.
Mankis era sabedor de que, para el volátil y atractivo vástago, aquello no era
una novedad. Al fin y al cabo, cual Romeo atolondrado, el bello Aquiles
encontraba al amor de su vida unas dos veces por semana, y se desenamoraba, sin
mayores consecuencias, con la misma facilidad. Pero en aquella ocasión fue distinto.
En sus ojos había un candor, un punto de fe incalculable, que no existía en
ellos unas cuantas noches antes. Era como si, del cínico, el vividor, el que no
se tomaba nada en serio, hubiéramos pasado al hombre que ha apostado
absolutamente todas sus cartas a una causa, y sabe que ya no habrá marcha
atrás. La pura fuerza de aquella pasión lo obnubilaba y, de la misma manera,
perturbó el corazón de Mankis. Más aún cuando le reveló la identidad de la agraciada:
se llamaba Claudia de Nó, y era descendiente de Lorente de Nó, un conocido
gángster de la época en que las disputas en Chicago se arreglaban a tiros;
quien, para limpiar su escudo familiar y aportarle una pátina de respetabilidad
a la estirpe, se había cambiado el nombre a Lawrence de Nó, más acorde con el
anglicismo imperante. Pero ahí fue donde las campañas resonaron con furia en el
cerebro de Mankis y, sin apenas mediar palabra, mientras su colega de farra le
detallaba absorto el sentimiento profundo de su alma, el periodista pergeñó una
excusa para abandonar al heredero con sus musas y sus flores, y marchó de
inmediato a la biblioteca a releer concienzudamente a ibn-Jasán.
Allí
estaba, en efecto: el pasaje donde el príncipe Ahmed (personaje altivo y
heroico; inspirador, entre otroa, de narraciones de <<Las mil y una
noches>>, de una cautivadora película de los años 30 elaborada a base de
formas chinescas, y de una simpática comedia de animación protagonizada por un
dicharachero djinn), impactado todavía por el espectáculo de la
lluvia rojiza, cae prendado, cual sacudido por un hechizo, de la princesa
Jaida, descendiente de una tribu de bandoleros del desierto que habrían trocado
el antiguo negocio por uno muy similar, el de políticos y comerciantes. El amor
entre Ahmed y Jaida se presentaba como ingenuo y puro, pero oscuras fuerzas se
cernían amenazadoras a su alrededor, entre otras razones por el tradicional
enfrentamiento que se había desplegado entre familias. Mankis recordó que entre
Lorente de Nó (contrabandista durante la Ley Seca) y el abuelo Hamilton
(policía, en una época en la que se llegaba a comisario por recomendación
familiar) se habían producido sus más y sus menos. ¿Era posible que aquel
evidente paralelismo se debiera a algo más que a la aleatoriedad en las
relaciones humanas? Sólo se le ocurría a Mankis una manera de averiguarlo, a
tenor de la información de la que disponía, y por tanto se levantó, recogió la
tarjeta con la invitación que le había entregado Hamilton aquella misma mañana,
y se dirigió al lugar donde rezaba, para sus adentros, por no observar ninguna
clase de maravilla.
La
recepción de la Fundación del Patronazgo para las Ciencias de Chicago
destinaría el dinero recaudado por la cena benéfica a laboratorios donde se
cultivarían bacterias, y sufridos jovenzuelos se esforzarían por renovar sus
becas, pero lo que desde luego no faltaba en aquel evento eran ni brillos ni
oropel. Abrigos de visón antiguos alternaban con lustrosos anillos modernos,
pero Mankis no se detuvo en ninguno de estos aspectos para redactar crónica
alguna, sino que se dirigió a tumba abierta en dirección al ostentoso automóvil
que se hallaba aparcando en la puerta de entrada, cuya portezuela se abrió para
dejar paso a un exultante Hamilton Jr. acompañado del brazo de una
despampanante joven de hermosos cabellos rubios recogidos en un moño, un
deslubrante vestido de lentejuelas negras que dejaba al descubierto los níveos
hombros, y un collar de perlas refulgentes que servían sobre todo para destacar
aún más la esbeltez del hueso de su clavícula. Aunque, sobre todo, entre su
bien perfilada nariz y unas cejas tan bien perfiladas como dominadoras de la
situación, se abrían unos ojos enormes... y heterocrómicos: verde un irs, azul el
contrario. Ya no cabía duda, se estremeció Mankis: no era posible tanta casualidad.
La historia se estaba repitiendo, punto por punto, en el caso del príncipe de
Ahmed y en el de su amigo Hamilton. Ya eran demasiadas notas de azar en la
misma melodía. La similitud entre ambos acontecimientos se hizo aún más exacta
cuando en mitad del evento de la fundación, para pasmo y aplauso de la
concurrencia, la pareja anunció su compromiso, el cual sellaron (entre dos
ávidas bocas) con un sensual y atropellado beso. Pero aquel momento en
apariencia tan romántico, para el periodista, se trataba de un pronóstico
infausto. Porque aquello significaba que, dentro de una semana exactamente, su
amigo iba a morir.
No
cabía duda: por más que repasara tanto las fuentes originales (siempre había
que volver a ellas, recordaba Mankis para sus adentros, para así huir de las
mentiras y tergiversaciones con las que otros historiadores habían construido
sus carreras) como las diversas intepretaciones que sesudos eruditos habían
llevado a cabo a partir de las primeras, no cabía alternativa. Todos los datos apuntaban
a que, de allí a una semana, Mark Henry Hamilton Jr. fallecería asesinado bajo
los puñales de la familia de su esposa, merced a una traición en la que ésta
seguramente jugaba alguna clase de papel. Mankis se hallaba profundamente
indignado por esta serie de circunstancias. No sólo porque nunca le había
apasionado esta secuencia de acontecimientos descritos por ibn-Jasán (por muy
narrativamente interesante que pudiera resultar, venía aparejado con la
moraleja de que una familia de bandidos siempre será una familia de bandidos,
cosa que a Mankis, por razones tanto ideológicas como personales, no le hacía
gracia creer), sino porque le situaba en una encrucijada de difícil salida.
¿Debía el periodista -y amigo de la familia afectada- hacer algo al respecto?
Y, de ser así, ¿cómo? Por otra parte, ¿quién iba a creerle?¿Con qué cara se
presentaba ante cualquiera y le hablaba de improbables coincidencias y de
enterrados cronistas musulmanes?¿Aludiría a las historias circulares de Borges,
por las cuales el pasado se repite indefinidamente por idénticos o similares
protagonistas?¿Mencionaría el eterno retorno de Nietszche, bajo el cual nos
hallamos condenados a cometer los mismos errores los hombres, los hechos, la
entera filosofía recurrente de la civilización occidental? Cuanto más lo
pensaba, más absurdo se le antojaba, más inverosímil, más difícil de confrontar
con ninguna otra persona, salvo quizás con la Casandra de la mitología griega
de quien nadie creía sus profecías, la cual se sentíría muy empática al respecto.
Aun así, Mankis se creía en la obligación moral de hablar con el joven
Hamilton: a pesar del riesgo de incredulidad, de la exposición al ridículo,
habían compartido demasiado y le debía demasiadas cosas como para no expresarle
sus sospechas.
Por supuesto,
no sólo halló incomprensión. Recibió mofa, befa, y hasta descalificaciones
personales. El heredero de la fortuna de los Hamilton se lo tomó primero a
broma. Pero luego, al darse cuenta de que Mankis acusaba al amor de su vida, ¡a
su prometida!, de traición en potencia y de complicidad en su asesinato, el
joven millonario estalló. Le acusó de tenerle envidia, de haber caminado
siempre a su sombra, de sentirse celoso y pretender ahora ahogar su felicidad
para ocultar su propia amargura de patética plumilla, el cual siempre
permanecería solo, embebido en su ruin mezquindad. Mankis abandonó la casa de
su amigo no sorprendido (ya había augurado el desenlace de la reunión, en forma
de fracaso, desde antes de entrar en la mansión), pero sí dolido por las palabras
tan abruptas y desabridas que le había dirigido su amigo. Aunque no sabía si
ese último término era ya válido para utilizar.
No obstante, había una cuestión que a Mankis le intrigaba sobremanera. ¿Por qué
ella? Era evidente, a la luz de los textos que investigaba, que la princesa
Jaida (Claudia de Nó en una ¿reencarnación? posterior) había tenido
algo que ver en las malvadas maquinaciones de su clan, al menos en la parte
final de las mismas. Pero, ¿por qué lo había hecho? Su amor asemejaba -entonces
y ahora- sincero. Ella sólo tenía que perder con la muerte de su amado. ¿Qué la
conducía entonces a participar en la conjura?¿Era verdad al final que, después
de todo, la fuerza de la sangre siempre tira, por encima de cualquier otra
consideración? Mankis se negaba a aceptarlo. Pero sólo existía una insensata
manera de desentrañarlo. "De perdidos al río", meditó para sus
adentros, y se dirigió a preguntárselo directamente a la interesada.
La
vivienda de los De Nó era una inmensa casita de muñecas con figurines
articulados a escala 1:1, sapicada de lámparas de araña, nervaduras de oro
apuntalando vigas, remaches de plata en los cuidadísimos detalles, y tacitas de
delicada porcelana que parecían estar a punto de saltar en un baile
coreografiado al igual que la vajilla del príncipe Ahmed en aquella película de
animación que le dedicaron (¿o se trataba de otro film?). Hasta la servidumbre
daba la facha de un conjunto orquestado de autómatas, prestos a aparecer ipso
facto ante a la llamada del señor. En este ambiente del siglo XVIII,
la imagen de la bellísima Claudia de Nó, con sus tatuajes a la espalda, sus
cabellos tintados de rubio, y su vestido de corte vintage con
puntillitas y transparencias oscuras alrededor de los hombros, constituía la
quintaesencia de la modernidad que ha conquistado e incorporado lo antiguo,
como una estrella de rock apalancada en un palacio de rancio abolengo. Sin
embargo, a pesar de sus exquisitos modales y su bien medida cortesía, Mankis
supo apreciar, en el trato de aquella mujer en apariencia inaccesible por las
preocupaciones mundanas, un punto de íntimo pavor. Fue el ligero temblor con el
que sostuvo la taza de etérea porcelana lo que le llevó a Mankis a escrutar con
detenimiento cada milímetro de la superficie de la habitación hasta encontrar
un objeto que a la pulcra dama, en su nerviosismo, se le había pasado ocultar:
un test de embarazo. En cuanto lo avistó, volvió los ojos hacia ella, quien
agachó la cabeza, tan avergonzada como temerosa. Mankis supo que era el primero
que descubría aquel secreto, unos pocos minutos después de ella misma. Sin
embargo, en aquel momento lo entendió todo: esto explicaba por qué una pareja
tan bien avenida, tan cómplice en sus manifestaciones públicas (y, según
decían, privadas; tanto que los que se hallaban alrededor durante sus arranques
de fogosidad tenían que marcharse antes de que la cosa pasara a mayores), de
repente se iba a romper de manera irreversible, y ella iba a consumar la
traición de apuñalarle entre los hombros. Porque ahora, ambos eran dos pero, en
cuanto entrara en juego esa tercera persona, ella pasaría a ser dos también,
pero con otro ser. Y entonces (sin duda chantajeada por su propia familia, que
se enteraría pronto del secreto que hasta aquel momento tan escrupulosamente
guardaba) se vería obligada a ceder. y a anteponer la vida del niño a la del
amor que lo había concebido, para darle muerte en una orgía de sangre y
violencia. Mankis no pudo juzgar a aquella mujer, igual que no podía valorar
aquella intempestuosa pasión que a ambos amantes estaba abocando a la
degeneración y la violencia y por ello, sin decir nada más, abandonó aquella
casa en silencio, arrostrando miles de dudas sobre cuál era el mejor paso que
podía efectuar a continuación.
La boda (tan rauda como inesperado el compromiso; y Mankis sabía, al contrario
de lo que vituperaban las malas lenguas, que no se debía a un embarazo el cual,
en el momento de anunciar el enlace, desconocían: sino a un prístino,
arrebatador, trágico amor envuelto en llamas) se celebraba aquel domingo en una
iglesia presbiteriana que constituía un buque insignia de la ciudad, a pesar de
la oposición de la católica familia de la novia. Mankis estaba oficialmente
invitado aunque, después del incidente que había tenido con el joven Hamilton
poco tiempo antes, sabía que su presencia no sólo sería de mal gusto, sino
aborrecida. Sin embargo, el periodista tenía la necesidad de acudir, de
presenciar, de estar allí, quizás para hacer algo o (si al final la
predestinación, algo en lo que ibn-Jasán en el fondo creía, se acababa
imponiendo de manera inexorable) al menos para ser testigo de los hechos. La
novia, hay que decirlo, estaba radiante en su vestido blanco, tan virginal como
estimulante para la imaginación; un trémulo movimiento de emoción se apreciaba
en los labios, gesto que la concurrencia atribuyó a la felicidad, pero sólo
Mankis era consciente de que aquellas lágrimas no eran de alegría. Lo cierto es
que se respiraba una calma tensa en el ambiente, como si en cualquier momento
fuera a acontecer una desgracia. La manera en que se desarrollaba todo por el
carril previsto era tenida más por una inminencia de desastre que como la
consecuencia de una ceremonia bien organizada. Cuando al final se pronunció el
"sí, quiero", y la pareja se entregó un trémulo beso en los labios
que sonó a despedida, ambos se cogieron del brazo y desfilaron hacia la salida.
Mankis sentía que caminaban en cámara lenta hacia un Ragnarok del que sólo él
era consciente, pero cuyos signos podían, como las profecías de Casandra,
intuirse desde hacía mucho.
La
multitud salió al exterior. Momento de fotos en mitad de las escaleras: con
toda la pompa y el boato que dos grandes familias de la aristocracia local
podían ofrecer. Mankis se había colocado al pie de las grandes escalinatas de
mármol, casi al límite del borde entre la calzada y la acera, con el objetivo
de ver el conjunto con cierta perspectiva: divisar cada uno de los actores en
el conflicto, localizar patrones y hasta, si era posible, ser capaz de prever
acontecimientos medio segundo antes de que acaecieran. En todos los
microambientes de aquel cuadro de Rembrandt se respiraba felicidad -hasta en el
rostro del novio, pasados los nervios, cual exitoso Paris tras conseguir el
mayor logro de su vida-, salvo alrededor de la figura de la novia, lívido su
rostro en un blanco céreo, como si acabara de ver llegar a la muerte en
Damasco. Y tal vez la vio, conforme el anciano Lorente de Nó (ahora Lawrence)
se aproximaba a la feliz pareja. Mankis se envaró: ¿era éste el momento que aguardaba?
Agitó la cabeza con incredulidad: no era posible que un hombre tan mayor alzara
el puñal mortificador; aunque sí que resultaba más factible que realizara el
gesto que incitara a los asesinos a ejecutar su macabra misión. El provecto De
Nó saludó primero a la pareja y luego se volvió hacia el resto de la
concurrencia para enunciar unas palabras. Mankis casi pudo deletrearlas en los
labios con él, porque ya las había leído en alguna otra parte: "Toda mi
vida se ha dicho que mi familia ha sido una de ladrones, cuatreros,
asesinos... Me han dicho que las personas no cambian. Y tenían razón".
Ahí, sin embargo, hubo un silencio: algo más, se produjo una pausa. Y, después,
la música cambió. "Pero el hijo que salga de la unión de esta feliz pareja
será distinto: él no será un ladrón". Mankis sintió como si le hubiera
atravesado un rayo: de repente, fue como si se cayera el telón y se desarmara
la tramoya. La historia (la Historia) había cambiado: el relato ya no se
desarrollaba del mismo. Mankis se sintió sobrecogido ante la verdad que le
había sido revelada: el mundo no era un mecanismo de relojería ineluctable y
preciso; el libre albedrío constituía algo más que una entelequia; las personas
tenían la posibilidad de enmendar sus errores, de corregirse y cambiar. Fue
como si un rayo se sol se abriera paso entre las opacas nubles e iluminara el
semblante de los presentes, hasta el de la novia, a quien le había mudado de la
cara el color para presentarse con la lozanía de quien sabe que tiene, delante
de sí, todos los días de la primavera. Fue tanto el alborozo que cundió entre
el gentío, tan altos se desplegaron los gritos de júbilo y algarabía, que por
ello Mankis tardó un segundo de más en escuchar la bocina que le increpaba
desde su derecha. Así que sólo cuando se volvió (una décima de instante
demasiado tarde) fue cuando el historiador comprendió que en algunas ocasiones
la historia rima, sí, pero que nunca se fija en los mismos personajes ni
idéntica perspectiva; que algunos cuentos no son los que protagonizan el
príncipe o el califa, sino un mísero vagabundo, o un irrelevante cronista
oficial; y que, en este eterno retorno, las cosas que se repiten no son
necesariamente aquellas en las que nos fijamos los espectadores ajenos, ni
mucho menos las que observan ensimismados los que se hallan en el vórtice de la
acción. Todo eso le pasó por la cabeza antes de que el camión que circulaba a
intrépida velocidad por la calle se saliera por la acera y le arrollara, con el
mismo ímpetu y resolución que una caravana de camellos.
lunes, 19 de julio de 2021
El libro del mes: "La cosa esa y otros monztruos"
Los "monztruos" ya están empezando a invadir a las casas. La prueba es esta imagen: ha llegado "la cosa esa" al hogar de unos amigos, ha debido de comerse alguna palabra en mal estado... y ha dejado el pasillo así, lleno de letras sueltas.
lunes, 12 de julio de 2021
La historia corta de julio. Historias del metro (18): "Lo observó mi musa"
Historias del metro (18)
Lo observó mi musa
Viernes tras viernes, a la hora de comer, de
vuelta a casa tras el trabajo, los avisto. Están en uno de esos pasillos que ven
pasar riadas inconmovibles, alternadas con periodos de silencio, como un cruce
de semáforos. Sentados, no destacan hasta que te preguntas de donde viene la
música. Es un hombre el que toca, sentado en un pequeño taburete, con un atril
que sujeta pentagramas llenos de líneas para mí indescifrables. Acaricia las
cuerdas del violín (el instrumento en particular no descuella por su
apariencia), el cual suena… afinado. A su lado, una mujer, de su misma edad, o
similar, compartiendo arrugas y apenas un metro cuadrado de una estación
suburbana. Su esposa -piensas-, que le acompaña allá donde él va, por amor, por
obligación, por no quedarse sola, ¿quién sabe? Allí están los dos: él
ligeramente volteado, dando la espalda a su compañera, quien mira con tristeza
a los viajeros que pasan. Eso es lo que me transmiten: agotamiento, tristeza,
pesadumbre, hastío, a pesar de ser capaz de tocar un instrumento difícil, de
esgrimir notas y hacerlas volar por encima del rebaño, provocando que éstas lluevan
para empapar hasta el fondo del alma de algunos de los que pasan sin ver. Quizá
me gustaría conocer su historia, pero tengo prisa. O me da miedo saberla.
jueves, 1 de julio de 2021
La historia real de julio: Nepal y yo
Hace muchos, muchos años, en mi familia reproducíamos con asiduidad un viejo chiste privado. Todo partió de una noticia según la cual, en Madrid (un lugar muy lejos de la Almería donde entonces habitábamos), un juez había mediado una disputa entre una señora que quería sentarse en un banco del parque, y una vagabunda que dormía en él y le había impedido a la primera sentarse. El juez -seguramente sin ganas de discutirle a la mendiga la autoridad de su pequeño mundo- dictaminó que la estancia durante un largo período en un emplazamiento concreto equivale a la posesión y que, por tanto, el banco del parque era propiedad de la vagabunda. Regocijados y entretenidos por el veredicto, en mi familia teorizábamos con la idea de viajar a Nepal, sentarnos en uno de los escalones de los largos caminos de subida necesarios para el acceso a los templos, aguardar el tiempo suficiente y, con la autoridad que emanaría de los muchos meses apoyados sobre nuestras posaderas, cobrarle el equivalente de un euro a cada uno de los muchos creyentes que cada día ascendieran o bajaran por las escalinatas. Era nuestro sueño anhelado, el retiro ideal: vivir de sentarse en unas escaleras, disfrutando del aire puro, de la espiritualidad religiosa, y de la paz del entorno. Porque, ¿qué demonios puede pasar en un país como Nepal?
El antiguo palacio real de Nepal. Del moderno (donde tuvo lugar la tragedia) no poseo fotografías, pues no nos estaba permitido tomarlas.
El recorrido por el infausto jardín es, en el fondo, el réquiem final por una institución que ya no existe. Poco después del incidente, ante la muerte de los herederos de la casa real nepalí, un tío del príncipe heredero asumió la corona. El tío, de hecho, en un momento determinado, derrocó al gobierno elegido por el parlamento y puso el país bajo la ley marcial. Lo cierto es que mucha rumorología apunta a que el famoso episodio del príncipe heredero no fue sino una cortina de humo para efectuar un golpe de estado orquestado por el futuro soberano para apoderarse del país. En esta tragedia propia de Hamlet, y durante un período muy tenso, la guerrilla maoísta que desde hacía tiempo se hallaba combatiendo en las montañas de Nepal ganó fuerza y simpatía popular, y al final se hizo con el control del estado. Con el tiempo, el país ha adquirido una nueva constitución y ha recuperado la paz social, aunque quizás no sea todavía el paraíso idílico que se había dibujado en nuestra imaginación en el pasado. Los tiempos de soñar en vivir de sentarse en las escaleras, seguramente, no volverán.
Un tiempo más tarde, llegaron nuevas noticias de Nepal. En este caso, más cercanas y personales. Una familiar se casaba con un nepalí. Y, por supuesto, la boda tenía que ser en Nepal: además, del modo tradicional. Este último implicaba ocho días de celebración, aunque por lo visto iban a reducirlo a tres. Una pre-fiesta en Katmandú, un evento -dos días después-, también en la capital (el cual constituiría la boda propiamente dicha), y luego una tercera ceremonia que se celebraría en el pueblo natal de la familia del novio y que implicaba un acto ritual durante el que entre otras cosas se cocina un pescado (al final, por lo visto, milagros de la modernidad, era posible sustituir esto último por pagarle a alguien para que lo haga, cosa que fue lo que acabó ocurriendo). La familia de la novia, ubicada en localizaciones tan dispares como el Alto Aragón y Madrid, fue invitada a las dos primeras secciones de la celebración, mientras que la tercera se preveía un poco más recogida, en parte debido la dificultad de los medios de transporte. Aunque gente curtida en viajes, había que reconocer que la idea de que un grupo de hispánicos nos encontráramos en mitad de Katmandú resultaba tan exótica como una panda de samurais en la Puerta del Sol, o la estampa de Paco Martínez Soria recién llegado a la gran ciudad en una película de los años 60; pero a pesar de todo (o precisamente a causa de ello), el reto nos entusiasmaba tanto que teníamos claro que no nos lo podíamos perder. Así que hacia allá partimos.
Llegamos por distintas vías de comunicación y a través de diversos trayectos. En particular, mi chica y yo efectuamos antes un acelerado periplo por la India que incluyó Varanasi (Benarés), Khajuraho, Agra, Nueva Delhi y una gastroenteritis por cabeza. Estuvimos a punto de perder los zapatos en un templo sij y tuvimos la ocasión de comprobar que la comida india de verdad no es como la de los restaurantes: en Oriente, los platos que se supone que son útiles cuando no te apetece regodearte en el picante, por supuesto, abrasan las papilas gustativas sin la menor clase de piedad. Desmentimos la idea de que los indios conducen por la izquierda (en realidad el sentido, y por supuesto los carriles, son una religión que no piensan adoptar nunca), y verificamos la célebre hospitalidad de los humildes por la cual una familia nos ofreció comida durante el viaje en uno de los míticos ferrocarriles indios. Cuando llegamos a Katmandú ya estábamos curados de espanto, a pesar de lo cual coincidimos con las impresiones de viajeros pretéritos -algunos de ellos, decimonónicos- respecto a que la ciudad será muy bonita el día que terminen de construirla. Cosa que resulta imposible porque entre los terremotos que provocan que la mitad de los edificios estén en ruinas, la perenne pobreza del país, y un cierto gusto de los nepalíes por lo caótico, damos por descontado que la ciudad seguirá durante los próximos años apenas sin asfaltar, con sus calles levantando polvo a causa del tránsito entrecruzado de hombres, motos y bestias. De todos modos, es un lugar muy interesante para quien gusta de disfrutar de "lo auténtico" (eso que nunca existe, pero que puede aproximarse hasta cierto grado), y contemplar la mezcla de hippies desfasados, montañeros, turistas embobados y elementos locales conviviendo sin molestarse los unos a otros.
El primer evento fue bien, chistoso y divertido, con todos los invitados vestidos a la manera nepalí, como mandaba la etiqueta. Entre otras cosas, todo transcurrió sin contratiempos porque la novia (mis aplausos para ella) había aprendido nepalí a una velocidad extraordinaria y se le daba muy bien organizar al personal de acuerdo a la idiosincrasia local. También tuvimos que dar las gracias a Flora, Fauna y Primavera, tres simpáticas componentes de la familia del novio -cuyos nombres nunca supimos, de ahí que las denominemos como a las madrinas de la Bella Durmiente- que echaron una mano a las mujeres españolas en la difícil misión de colocarse de manera adecuada esas prendas de vestir denominadas saris (doy fe en que hay que hacer un máster avanzado para ponérselas). Aunque si creíamos que con esto acababan las incidencias a lo largo de la boda, nos hallábamos muy equivocados.
El plato fuerte se reservaba para la segunda celebración. Punto primero: aprendes que organizar una boda es cuestión de toda la familia. Tanto que, durante el desayuno del día anterior, nos encargaron una misión: "Necesitamos un voluntario", indicó el padre de la novia, "para ir a buscar el pastel junto a Sadam Husein". Para los que hemos vivido desde la televisión dos guerras de Irak, el nombre no deja de trastocar todas tus concepciones mentales (por supuesto, me presenté voluntario en cuanto averigüé la naturaleza de la misión). Resulta que Sadam era un pariente del novio -aunque la familia era mayoritariamente hinduista, había cierta sección musulmana-, el cual no tenía la culpa de que sus muy comunes nombre y apellido coincidieran con los de uno de los dictadores más conocidos en los últimos tiempos. Pronto, sin embargo, los cometidos se multiplicaron. A varios de los primos de la novia les encargaron que se hicieran responsables de "la parte del jarrón". Esta sección consistía en que el novio tenía, durante cierto momento de la ceremonia, que intentar atrapar un jarrón que sus "nuevos primos" tratarían, de manera fingida, de escamotearle: en suma, era una manera tan jocosa como cualquier otra de indicar que había entrado a formar parte de las bromas y pullas bienintencionadas habituales en toda familia. Asignados cada uno a sus tareas, llegó el gran día. En esta ocasión, Flora, Fauna y Primavera se reencarnaron en unas amabilísimas camareras de hotel que, sin necesidad de compartir con las españolas ninguna clase de idioma común, flotaron cual pajaritos alrededor de las muchachas hispanas para conseguir que los saris se mantuvieran en su sitio. Cumplida esta primera cuestión, fuimos al lugar de la boda. Quizás es momento de extendernos sobre algunos detalles de la ceremonia.
Lo primero de todo es que la familia del novio arriba al lugar donde se celebra el show (digo, el asunto), a cuya puerta aguarda el padre de la novia -lo sé porque una de las funciones improvisadas que me tocaron ejercer aquel día fue la de traductor oficial del mismo mientras no llegara alguien que pudiera transmitirle los mensajes en inglés al español-. Dicha llegada familiar es una especie de fantástico desfile triunfal sin mucho orden ni concierto, lleno de música, color y, sobre todo, vestidos fastuosos. Uno podría tener dudas sobre quiénes son los novios en una boda india porque todos los trajes son espectaculares: hasta que los ve, momento en el que le queda claro, porque son más rutilantes todavía. Aquí tenemos que expresar una cierta diferencia cultural entre los dos mundos que nos ocupan. En algunas civilizaciones, la moda es minimalista: menos es más; en la India y Nepal, se han quedado en el barroco: más es siempre más. A aquella exhibición sólo le faltaban los elefantes. De todas maneras, en aquella boda hubo una particularidad especial: resultó que durante el segundo evento, la mayor parte de los occidentales vestíamos ropas tradicionales, mientras que los nepalíes llevaban puestos trajes y corbatas. Fusión cultural así no la encontráis ni en un restaurante de lujo. Después del desfile exterior, la multitud penetra en el recinto donde se celebra la boda, cada familia por un lado, de tal manera que ambos grupos humanos (con los contrayentes como punta de lanza) se encuentran en la parte superior de unas escaleras donde confluyen novio y novia junto a un séquito de acompañantes, en un gesto que simboliza la unión de los futuros cónyuges y de sendas colectividades. Creo que estaría prohibido (o, al menos, sería de mal gusto) sentarse en las escalinatas y cobrar un euro a los participantes, aunque si lo hubiéramos llevado a cabo nos hubiéramos puesto las botas. Terminado el proceso del encuentro de los novios, comienza la ceremonia propiamente dicha.
Hay dos cuestiones que incrementan la confusión en una boda nepalí. En un enlace occidental, primero tiene lugar la boda propiamente dicha, luego el convite y al final el baile. En la celebración nepalí, las tres fases tienen lugar simultáneamente (por tanto, mientras los novios están a lo suyo, hay quien disfruta con su sufrimiento, hay quien baila, y hay quien se aproxima a la mesa a deglutir a ambos carrillos). La segunda cuestión se refiere al oficiante, que en nuestro caso era un hombre, acompañado de dos mujeres mayores las cuales iban repartiendo marrones (o tareas) al primero que veían, y que eran quienes designaban las líneas maestras de la ceremonia, aunque de vez en cuando se contradecían. A buena parte de los congregados les se les adjudicó un rol -o, mejor dicho, una misión-. Mi chica tuvo que reunir a cuatro mujeres casadas de la familia para un extraño ritual que incluía colocarse un cuenco relleno de cosas en la cabeza. El primo de la novia asignado a la ceremonia del jarrón la dirigió con tanto celo que, durante unos minutos, temimos que los prometidos no llegaran a casarse. El padre de la novia y su futuro yerno tuvieron durante un tiempo que obedecer extrañas consignas del oficiante que requerían trasvase de líquidos y variadas ofrendas. A mí (liberado ya de las labores de traductor, una vez la novia se incorporó a la parte religiosa del asunto) me tocó a continuación participar en una insólita invocación a la cosecha en la que seis nepalíes, el padre de la novia y yo tuvimos que golpear el extremo de un palo sobre un cuenco para simbolizar el aplastamiento del arroz para obtener harina. Como podéis constatar, la cosa estaba como para aburrirse.
Lo sorpredenten es que, mientras hacíamos todo esto, la boda seguía su curso. Yo participé en el rito del palo, me fui en un coche a buscar el pastel -por lo visto Sadam Huseim iba en el auto, aunque en aquel momento pensaba que le habíamos perdido., volvimos sin saber lo que había que hacer con la tarta (descubrimos que, sobre este dilema, la familia nepalí estaba tan perdida como nosotros, lo cual desconozco si nos unió o nos distanció culturalmente) y, mientras tanto, a la novia siguieron pidiéndole que hiciera cosas cada vez más complicadas. De lo poco que entendí de la ceremonia, debe de haber un cierto interés en hacer sufrir hasta el límite de sus fuerzas a la contrayente del enlace, por motivos que desconozco. Aun así, ella aguantó con relativa entereza un proceso que duró numerosas y largas horas hasta que, en un momento determinado, supongo que asumieron que no iba a rendirse y la soltaron. Ya de manera más distendida, como digo, se sucedían a la vez el convite y al baile. Al respecto de este último, he de decir que no soy muy fan de "Paquito Chocolatero", pero ver a unos nepalíes bailar esta canción no tiene precio. Sobre esta última, y a pesar de su gran desaparpajo, los asiáticos decían que el problema de las canciones españolas es que no entendían las letras, lo cual me producía una sonrisilla al recordar las coreografías de Bolllywood que los españoles habíamos efectuado de manera bastante jocosa en el primer evento. Lo más curioso del banquete -y aquí reenganchamos con la parte política- es que, en Nepal (como en otras partes del mundo; yo mismo participé en Túnez en una boda en la que sólo conocía a una amiga de los contrayentes), la cuestión de los invitados es bastante laxa. No llegaron hasta el punto de invitar a todo el pueblo de la familia al ágape, como he visto que ocurre en algunas localidades pequeñas, pero se considera que la gente entra y sale de las bodas con relativa facilidad. Por ejemplo, el lado musulmán de la familia solamente hizo acto de presencia durante un tiempo. Como el novio pertenecía a la casta de los guerreros -una de gran consideración social-, allí en nuestra gran boda nepalí había también un cierto número de políticos. Hasta creo recordar que el Primer Ministro se pasó a saludar. Fue curioso observar cómo el padre de la novia departía con ellos: él no sabía nepalí, ellos no hablaban castellano, y el dominio de ambos contendientes del inglés era bastante relativo. Pero ya conocéis la innata capacidad de comunicación del ser humano, más si es español, y más en las bodas. Sobre lo que conversaron los antiguos guerrilleros maoístas de las montañas, ahora reconvertidos en congresistas, con un individuo nacido en Castilla que ha estado tanto en el ejército como en una comuna (y sin duda no desentonaba en ninguno de los dos ámbitos), sólo podemos especular.
Nepal es un país que tiene muchos problemas. Pobreza, un pasado de inestabilidad política que esperemos haya quedado atrás, terremotos... Puedes adorar sus ancestrales tradiciones, la belleza de sus montañas y la riqueza de su cultura a la vez que lamentas la forma en que la contaminación ensucia sus ríos o que los problemas de la globalización y el cambio climático amenazan la esencial industria del alpinismo. Por otra parte, no tengo queja con respecto a los nepalíes: prácticamente todos los que conocimos, tanto de lejos como de cerca, familia política o no, se portaron de una manera encantadora y cordiabilísima con nosotros, pese a que sin duda las diferencias culturales hacen que tengamos perspectivas distintas sobre muchas cosas (aunque, qué queréis que os diga: entre el caos mediterráneo y el nepalí, no veo demasiadas diferencias; quizá por eso nos parecen tan divertidos, y no tan lejanas sus tradiciones). Un país tan lleno de contradicciones y paradojas merece la pena. Yo he querido compartir con vosotros la manera en que éste ha entrado en mi vida, a múltiples niveles, entrecruzándose la esfera política y la familiar. A cada uno nos ocurre algo parecido con uno o dos lugares distintos. Espero que los vuestros os deparen tantas alegrías como a mí.
Una porción del Himalaya saludándonos desde la ventanilla del avión.












