jueves, 23 de abril de 2020

El podcast de abril: COVID, predicción, y otros virus del montón.

Imagen de la cubierta del virus SARS-CoV-2, causante de la enfermedad conocida como COVID-19, tal y como la ha elaborado el CDC (Control Disease Center, o Centro de control de enfermedades estadounidense). Extraída de Wikicommons.

Las noticias se suceden a toda velocidad. Lo que ayer sabíamos, hoy queda desactualizado antes casi de que podamos discutirlo, pero como en estos momentos de incertidumbre necesitamos la información como el comer, los que tenemos cierta base científica estamos intentando recopilar los datos que nos llegan sobre el nuevo coronavirus y transmitírosla del medio más sencillo y provechoso posible. Hace unos cuantos días, el programa de Radio Gul "El Gato de Hubble", que en su día ya habló de infecciones emergentes (incluyendo el SARS) en un podcast en el que yo mismo participé, se reactivó para discutir lo que hasta el momento se sabía de la COVID-19, durante una charla que resultó muy interesante. Pero como decía, toda información se queda retrasada al cambio de poco tiempo, así que 10 días después se montó otro podcast en el que tuve la ocasión de intervenir junto con tres fantásticos compañeros no sólo sabios sino además majísimos, y en el que hablamos de asuntos apasionantes como las tácticas de confinamiento en otros países, los sistemas tecnológicos de control ciudadano, quién se está saltando las normativas, las posibilidades de reinfección, las medidas que se están poniendo en marcha en los hospitales para mejorar el tratamiento de los pacientes, e hicimos (con el mejor humor del que se puede hacer gala, dadas las circunstancias) una porra sobre cómo y cuándo empezará a modificarse en España el confinamiento. Os presento aquí el programa, que está en Ivoox y al que podéis acceder también a través del Twitter del @gatohubble. Éste es el enlace concreto: 

https://www.ivoox.com/egdh-s04e02-covid-19-parte-2-audios-mp3_rf_50176368_1.html

Y, por otro lado, deciros desde el principio que probablemente éste no será el último podcast que hagamos sobre el tema, vista la rapidez con la que evoluciona el panorama científico respecto al virus y sus consecuencias, y que con casi total seguridad dejarán como erróneas buena parte de nuestras previsiones y aclararán (o embrollarán más todavía) algunas de las hipótesis que en su día enunciamos. Mientras tanto, nos seguimos informando, nos hablamos y nos leemos. Seguimos en contacto.

lunes, 20 de abril de 2020

El relato de abril: "El último encuentro"

El último encuentro

El neandertal se refugió en la cueva, huyendo de sus perseguidores.
Primero se cercioró de que adentro no había vida, no fuera que tuviera que salir por piernas. Luego, cuando estuvo seguro de que en la gruta no había nadie más, se permitió el lujo de estudiarse la herida, por primera vez en toda la persecución. Palpó la sangre: tenía un feo aspecto. Todavía rezumaba líquido, y lo peor era que, con el paso de los días, había pasado de rojizo a adquirir una tonalidad verdosa bastante preocupante. Pero eso tampoco le aportaba ninguna información adicional: el neandertal ya sentía, por el dolor en el costado, que aquello no pintaba bien, y el cansancio de la carrera continua, en su huida de los cazadores, no estaba contribuyendo a mejorarlo. Las imágenes enloquecidas de los rostros de sus perseguidores acudieron en ráfaga a su mente, como en una visión de trance. ¿Por qué le odiaban tanto?, se preguntaba el neandertal, abrumado, sin saber todavía cómo asimilarlo. ¿Por qué esas miradas enardecidas, como si quisieran despedazarlo a zarpazos; como si pretendieran arrancarle el corazón con sus propios dientes? “Pero si no lo hacen ellos”, se dijo a sí mismo, “lo harán sus lobos amaestrados”, resumió. Y con ese descorazonador pensamiento se tumbó sobre las rocas, buscando un momento de alivio para descansar. Sólo cuando quedó definitivamente en posición horizontal, se dio cuenta de golpe de lo cansado que estaba. Y supo en esos momentos que iba a morir.
Fallecer, sin embargo, a esas alturas, poco le preocupaba. Le dolían más otras cosas. Se había quedado solo. Había huido durante semanas buscando algún congénere, bosque tras bosque, escondrijo tras escondrijo, sin encontrar nada. Por delante de sus ojos pasaron todos los compañeros que habían ido desapareciendo, bien por enfermedad, bien por esa especie implacable que se denominaba a ella misma “humanidad”. Primero se habían quedado atrás los heridos y los ancianos, y luego, de manera paulatina, mujeres, niños y hasta los mejores guerreros. El neandertal había sorteado el peligro hasta entonces, pero parecía que su suerte había llegado a su fin. Éste era el ocaso de todo, se dijo. Había llegado el momento de asumirlo: ellos habían ganado. Los neandertales no existirían más. Quizás, en este sentido, eso era lo que más lamentaba. Antes, el narrador de su tribu les relataba, en torno a un fuego, los orígenes de su estirpe y los acontecimientos que habían surgido, de generación en generación, hasta convertirles en lo que eran. Pero ya no había narrador: se lo llevó la muerte negra. Ni habría gente a la que contárselo. No habría nada. Simplemente vacío y (como empezaba a vislumbrar él también ahora, conforme la fiebre se apoderaba de él) una eterna oscuridad.
Sin embargo, un ruido le hizo salir del estado de letargo inminente, y asió su lanza, dispuesto a vender caro su pellejo en una última ocasión. No obstante, lo que se distinguió entre las sombras le sorprendió. Lejos de los cazadores, allí había otra persona distinta. Era una mujer. Una hembra humana.
El neandertal la miró, sin duda con la misma sorpresa con que lo estaba haciendo ella, aunque al neandertal se le hacía difícil interpretar las emociones en las caras humanas: eran todas tan iguales… Aquella hembra, en concreto, le resultaba especialmente desagradable por poseer unas facciones en su rostro tan alejadas de las suyas, pese a que, para los parámetros de su especie, aquella chica hubiera sido considerada bella. El neandertal, sin embargo, más que en su posible fealdad o no, pensaba en otra cosa: y es que si esa chica daba un grito, y los hombres de su tribu se acercaban, estaba muerto. Su vida –o lo poco que quedaba de la misma- dependía de ella. Ahora mismo, no importaba nada más.
La joven, por otro lado, se encontraba todavía en estado de shock. Había entrado a aquel lugar, su refugio secreto, adonde acudía para refugiarse de los enfados con los obcecados machos de su clan (o de las ruinosas intrigas de las hembras), y se encontraba allí a este individuo, el cual, obviamente, no era de los suyos. La mujer, de unos dieciséis años -por tanto, ya una adulta de pleno derecho desde hacía tiempo-, nunca había visto a un ejemplar de la otra especie tan cerca, pero aun así lo reconoció. Los hombres de la tribu hablaban de ellos con frecuencia, resaltaban sus grotescas cualidades (sus grandes cejas, su mandíbula tosca, todas aquellas cosas que a la chica le resultaban en este momento tan repulsivas), y hablaban constantemente del “día del exterminio”, que ya se encontraba próximo, en el que no los volverían a ver más. Hasta entonces, la chica sólo los había contemplado de vez en cuando, de modo furtivo, huyendo entre los árboles y las sombras. Apenas había alcanzado a ver un pie suelto, una cabellera aislada al viento. Nunca se había imaginado encontrarse cara a cara con uno… y mucho menos sola, sin nadie que la pudiera rescatar.
Pero la chica se dio pronto cuenta de que no iba a necesitar ser salvada. El aspecto de la herida del costado del neandertal era suficiente explicación, sin necesidad ningún sonido por parte del individuo para interpretarla. La chica supo entonces que aquel era el ejemplar que los hombres de la tribu llevaban buscando tanto tiempo, el animal esquivo que había desmontado sus trampas una y otra vez… El único que se había visto por aquella zona en mucho tiempo; y, allá donde habían viajado, en las migraciones de los últimos meses, daba la impresión de que tampoco se avistaban demasiados. ¿Sería éste, quizás, el mítico último neandertal?¿Aquel cuyo fallecimiento, a manos de los cazadores -cuyo olor, y el de sus perros, llegaba de manera nítida a la cueva-, significaría “el día del exterminio”, la victoria definitiva, la solución final? Y de todas las personas con las que cabía la opción de toparse –el neandertal podría haber asaltado el campamento humano en un último y suicida gesto; o pasar sus últimos minutos en compañía de las tumbas de sus antepasados-, ¿le iba a tocar precisamente a ella?
La mujer dudó. El neandertal no había tratado de emitir palabra alguna (como todo el mundo sabía, los neandertales sólo sabían producir sonidos guturales e incomprensibles, nada remotamente similar al lenguaje; también el mismo conocimiento, de los humanos, eran sabedores los neandertales). No obstante, su consternada mirada, alternante entre la figura de la mujer y el exterior de la cueva, venía a reflejar una especie de súplica de piedad. Algo que, como bien uno sabe, no puedes aspirar a lograr de un cerval enemigo. La mujer intuyó que aquello duraría poco: los sabuesos tardarían poco en localizar el rastro, y entonces darían muerte al individuo en la cueva, sin concederle ninguna oportunidad. El neandertal –incluso sin la herida- era ya un cadáver, tan cierto como si los gusanos lo estuvieran devorando allí mismo. Él lo sabía; ella lo sabía. Llamara a sus congéneres a gritos o no, ambos eran conscientes de qué iba a pasar. Sin embargo, y sin él pedir nada de manera explícita (porque nada esperaba), ni saber ella conscientemente qué podía darle, sí que tenían ambos la sensación de que algo debía hacerse. Un sentimiento de que éste no podía ser el final; que existía aún un paso que había de producirse a continuación.
Ambos se quedaron mirando. Y de repente, allí, quietos, parados, les dio la impresión de que todas las cosas que habían escuchado siempre de “los otros” no eran tan ciertas: él no era un ser salvaje, un gigante monstruoso, cuya única intención sería matarla de un garrotazo; ella no era una arpía demoníaca que consideraría como primera opción causarle mal. Parecían ambos tan perdidos y despistados como el otro y, en el caso del hombre, y a pesar de sus músculos y su lanza, de esas manos que parecía que podrían aplastarle la cabeza como si se tratara de una nuez blanda, éste transmitía una imagen de vulnerabilidad que no podía soslayarse. A ella le producía una ambivalente emoción el hecho de que aquel épico enfrentamiento se evaporara: de un lado se librarían de sus denostados enemigos, pero por otro, ¿les habían hecho tanto daño? Ella recordaba que durante la mayor parte de su vida, habían sido más las batallas que los hombres (los que aún no se llamaban a sí mismos Homo sapiens) habían ganado. Y, por otra parte, todo lo que los neandertales pudieran tener de útil, de bello, de hermoso, de las cosas que los hombres mismos no tenían, de los logros que ni siquiera conscientes que los neandertales habían alcanzado, iba a desaparecer de golpe, allí, en esa cueva, sin más… Y nadie lloraría una lágrima por una especie entera que había desaparecido de la faz de la tierra, por siempre jamás.
En ese momento, como movida por un resorte, la muchacha supo perfectamente lo que debía hacer. Todo su cuerpo se lo dijo. Se acercó hasta el hombre y, con mucho cuidado, procurando no hacerle daño en la herida conforme se apoyaba sobre su cuerpo, levantó el escueto taparrabos que cubría parte de sus caderas, y permitió que su sexo se aproximara a la zona del miembro viril del macho. Al principio el neandertal parecía confuso, pero no tenía muchas fuerzas para resistirse, y pronto además comprendió lo que pretendía la muchacha. Allí ella comprobó la máxima (que ya había constatado con los humanos) de que pocos machos en cualquier estado, cansados, con sueño, heridos, o casi muertos, son capaces de resistirse cuando una mujer les ofrece de cerca su particular cuna de la vida. La chica comenzó a balancearse suavemente. Con mucha delicadeza, ambos organismos quedaron encajados e iniciaron con delicadeza el arte de amar.
La chica lo visualizó: se quedaría embarazada, podía sentir ya prenderse el brote en las entrañas. Tendría un hijo. El hijo se parecería a su padre, lo suficiente para notarse distinto, pero no tanto para nadie llegara a dudar que era humano. Crecería, haría el amor con hembras humanas, y también tendría hijos. Sobrevivirían los mejores, los más fuertes, los que hubieran heredado lo mejor de los humanos, y también lo mejor de los neandertales. Él sería distinto. Todos seríamos distintos. El agua pura, que cuando toca cualquier cosa deja de serlo, adquiriría el justo punto de sal para convertirse en mar.
El pensar en todo eso llenó a la muchacha de un gozo y un fulgor que la hizo prenderse como una llamarada en mitad del fuego. En el último tramo, aquel pensamiento la arrastró más y más. Durante un segundo –muy breve, pero muy intenso-, creyó ver hasta atractivo a aquel individuo, y entonces la actividad sufrió una súbita deceleración y volvieron al movimiento suave, el de la tranquilidad y el reposo que proporciona el gozar.
El orgasmo llegó tan sólo unos segundos después de que su semilla la inundara por completo, y anticipó unos segundos a que él le diera las gracias con una sentida sonrisa. Fue tan sólo cinco minutos antes de que los cazadores penetraran en la cueva ocupada por un solo individuo, ya sin pulso, y una lluvia de flechas atravesara el lugar.


No se conoce a ciencia cierta el motivo por el que desaparecieron los neandertales, aunque las teorías más recientes apuntan a una explicación multifactorial a la que, entre otros aspectos, contribuiría la mera existencia del Homo sapiens, que ocupaba el mismo nicho ecológicoEstudios científicos han concluido que el cruce entre neandertales y cromagnones (humanos actuales), aunque presente, tuvo lugar tan sólo unas pocas veces, de manera esporádica cada varios miles de años. Las razones pudieron ser múltiples, incluyendo las más sórdidas, como la violación o el abuso. Claro que podemos pensar que, al menos en algunos casos, fue fruto del amor prohibido, de la compasión o de la solidaridad. Hoy guardamos un pequeño porcentaje de genes neandertales: quizás nos los “comimos”, en el sentido más negativo del término, pero en el más positivo también. Tal vez los destruimos pero, en todo caso, también los preservamos. Así que no debemos hablar del neandertal en tercera persona: existe, de manera indeleble, un poco de neandertal en ti. Y eso nadie nunca se (nos) lo podrán quitar.

lunes, 13 de abril de 2020

La historia real y las recomendaciones de abril. Historias de gamba-mantis.

Muchos habréis leído los descacharrantes cómics de The Oatmeal (si no los conocíais, éste es un buen momento para iniciaros). En concreto, si todavía no lo habéis leído, os encarezco a que abráis esta desopilante página acerca del que probablemente va a convertirse en vuestro animal favorito a partir de ahora: la gamba-mantis.

Pero es que vuestra sorpresa va a ser mayor (al menos, la mía lo fue) cuando me encontré un párrafo apasionante sobre el mismo tema, cómo no, en una obra de Terry Pratchett. Muchos ya conocéis a este autor, creador del universo fantástico del MundoDisco. Pues bien, nuestro buen amigo Terry, junto con los divulgadores científicos Ian Stewart y Jack Cohen, decidió crear un libro titulado "La ciencia en el MundoDisco" (por desgracia, creo que disponible sólo en inglés), en la cual unos inconscientes magos crean de manera casi accidental un nuevo universo... que, casualmente, posee leyes físicas muy similares a las de nuestro particular cosmos, y donde surge un planeta azul, repleto de volcanes, posiblemente habitables... y, para su estupefacción, irreverentemente esférico, cosa que a los habitantes de este terraplanista mundo les resulta chocante.

Por supuesto, el libro (del que más tarde se editarían al menos dos continuaciones) se convierte en una excusa para hablar sobre ciencia, incluyendo temas tales la creación del universo, los planetas, la vida y todo lo demás. En "lo demás" se incluyen también las gambas-mantis. Traduzco una sección del libro:

<<¿Tienen mente los animales? La tienen hasta cierto punto, dependiendo del animal. Incluso los animales más simples pueden tener habilidades mentales sorprendentemente sofisticadas. Uno de los más sorprendentes es una  divertida criatura llamada gamba mantis. 

Es como las gambas que pones dentro de un sándwich y te comes, excepto porque mide unos doce centímetros de largo y es más compleja. Puedes mantener una gamba mantis en un tanque como parte de un ecosistema marino en miniatura. Si lo haces, descubrirás que las gamba mantis causan estragos. Tienden a destruir las cosas -pero también construyen cosas. Una de las cosas que les encanta construir son túneles en los que viven. La gamba mantis es un poco arquitecto y decora la parte frontal de su túnel con piececitas y trozos de cosas -especialmente trozos y piezas de lo que acaba de matar. Trofeos de caza. No le gusta tener un único túnel -se ha descubierto que si tienes un túnel con una sola entrada es más correcto llamarlo "trampa". Así que le gusta tener también una entrada trasera -y más. Para cuando lleva en el tanque unos dos meses ha plagado todo el tanque de túneles y la verás asomando la cabecita por un extremo o por el otro sin haberla visto pasar por medio.

Hace años, Jack solía tener una gamba mantis llamada Dougal. Jack y sus estudiantes descubrieron que podían ponerle rompecabezas a Dougal. Le dieron gambas y salía a atraparlas. Entonces pusieron las gambas en un contenedor de plástico con tapa y, después de un rato, Dougal quitaba la tapa del contenedor y se comía las gambas. Después, pusieron una goma de plástico alrededor de la tapa para sujetar la caja, y Dougal aprendió a quitar la banda y abrir el contenedor para comerse las gambas. Tras un tiempo, si le ponías una gamba sin más casi podías ver a la gamba mantis saliendo y mirarla decepcionada, "No me han dado un rompecabezas. No tiene gracia. ¡No quiero jugar a este juego!", le echaría una larga mirada a la gamba y volvería a su túnel sin cogerla.

A pesar de que no se nos ocurre una manera de probar esto, todo el mundo se queda con la sensación de que la gamba está desarrollando algo parecido a una mente>>.

Conclusión: para cuando nos extingamos, tenemos un claro heredero en la cúspide de la pirámide de la cadena evolutiva. La parte mala es que se gasta tanta mala leche como nosotros.

lunes, 6 de abril de 2020

El libro de abril: "En casa", de Bill Bryson


Bill Bryson es un divulgador científico conocido por ser capaz de entremezclar erudición con una narración entretenida y cargada de humor. En "Breve historia de casi todo" jugaba prácticamente con todo el universo conocido desde el Big Bang hasta nuestros días y, en el libro "En casa. Una breve historia de la vida privada", se marca un objetivo más modesto pero no menos apasionante, que es el describir el origen de los usos, costumbres, organización, estructura y componentes del lugar donde pasamos buena parte del tiempo, es decir, nuestros propios hogares. Lo cual sirve como excusa para discurrir sobre un montón de asuntos distintos, pues de hecho llama la atención que los primeros temas a los que Bryson dedica su atención son la exposición universal de Londres de 1851, la cantidad de dinero y tiempo libre del que disponían los vicarios en Inglaterra, el por qué los seres humanos tienden a residir en casas (un buen motivo para hablar de la revolución Neolítica), o cómo al principio todas las viviendas consistían en una única habitación, y luego empezaron a estructurarse en compartimentos distintos los cuales evolucionaron en nombres, usos y desarrollo a lo largo de la Historia. Hay unos pocos defectos que podemos atribuir a este libro de Bill Bryson, y es que a lo largo del camino te encuentras opiniones con las que puedes no estar de acuerdo -esto, en muchos libros, es inevitable-, interpretaciones que otros hubieran realizado de un modo distinto -pecata minuta- y, de manera más dolorosa, varias incoherencias, como si Bryson se hubiera dedicado a acumular datos a partir de sus lecturas sin dirigirse a las fuentes originales (o quizás son éstas las que son contradictorias; por cierto, dichas fuentes son, por supuesto, mayoritariamente anglófonas): lo que no le puedes negar en absoluto es que te relata historias apasionantes, o al menos lo hace de un modo lo bastante divertido como para mantener el interés. Por ejemplo, al hablar del espacio de la cocina -te habla también del desván, del pasillo, del dormitorio, y hasta del lavadero-, Bryson te menciona un libro del siglo XIX sobre el manejo de las tareas domésticas escrito a base de copiar/pegar/plagiar directamente otros muchos textos y que estaba lleno de contradicciones, pero que tenía dos virtudes muy destacadas: era muy extenso (hablaba de casi todos los temas posibles relacionados con el manejo de una casa, aunque desaforadamente más de unos que de otros, y en especial de cocina, lo cual tiene mucha gracia, teniendo en cuenta que por lo visto se nota que a la autora no le gustaba nada cocinar), y era muy rotundo. Es decir, opinaba de modo tajante sobre muchas cosas, incluso aunque muchas veces expresara de manera radical dos ideas opuestas sobre el mismo tema. Bryson cree que allí residía el secreto del éxito del libro, porque toda una generación de amas de casa victorianas que no tenían ni idea de lo que estaban haciendo corrían ese libro a buscar el consejo (sobre cualquier asunto) procedente de una señora que probablemente tampoco tenía ni idea de lo que decía, pero lo afirmaba con una seguridad en sí misma tan contundente que les convencía de que tenía razón. Bill Bryson discurre (y, en esta ocasión, con menos obstinación que sabiduría) acerca de otros muchos temas apasionantes: de la relación de los señores con sus criados, y de las condiciones de vida de cada estamento; de cómo se aprendió a conservar los alimentos (aquí, un breve resumen sobre de qué modo el empleo del hielo cambió la forma en que comemos y transportamos las cosas); de los métodos por los que se consiguió luz artificial durante la noche; de arquitectos megalómanos, de artesanos, inventores y trabajadores manuales. Historias sobre la comida y la bebida (la sal, las especias, el café y el té), sobre los materiales de construcción (y cómo la obtención de éstos afectó a nuestro entorno), sobre los sistemas de comunicación, sobre en qué se gastaban dinero los millonarios cuando no había impuestos (resumen: tenían tanto que no sabían en qué gastarlo, y lo empleaban en actividades completamente desmedidas; mientras tanto, sus criados trabajaban un altísimo número de horas y lo mismo dormían sobre el suelo), sobre la salud y la muerte, la infancia, la moda, o la conservación de los objetos antiguos. En definitiva, un libro para aprender en profundidad cómo vivían nuestros antepasados, que quizás por ello nos enseñe bastante sobre nuestro futuro o nuestro presente. Mientras tanto, que habitéis bien (o al menos, todo lo bien que os permitan las circunstancias) vuestras casas. Un abrazo. 

miércoles, 1 de abril de 2020

La historia corta de abril: "Una nueva luna en la noche"

Serie de microrrelatos (originalmente publicados, con alguna modificación, en Twitter) a raíz de que un objeto celeste ha empezado a orbitar alrededor de la Tierra como un nuevo satélite. Esta unión -creen los científicos- será sólo temporal, y el asteroide se irá alejando definitivamente de la Tierra...


Una nueva luna ha empezado a dar vueltas alrededor de la Tierra. Unos lo explican debido a la fuerza de la gravedad; otros (yo entre ellos) lo denominamos amor.



El satélite contemplaba arrebolado el objeto de su deseo, de su amor, su codicia, intentando abrazarse a él, como había hecho un familiar suyo 65 millones de años antes hasta haber conseguido fusionarse. Mientras tanto, su amante, hierática, impenitente, sin compasión, seguía girando.

lunes, 23 de marzo de 2020

Microrrelatos sobre la historia real del mes: El amor en tiempos del coronavirus

Un conjunto de relatos acerca del acontecimiento (cuarentena global por la COVID-19) que estamos viviendo estos últimos días en todo el mundo. Incluye historias de variado pelaje, desde las más costumbristas y en tono jocoso, hasta, al final (no apto para sensibles) las que pueden resultar más complicadas. Como os digo, mi objetivo no es otro que hacernos más llevadero el encierro, mientras nos entretenemos, aprendemos, reflexionamos y, sobre todo, permanecemos en casa haciendo el menor contacto posible (protegiendo especialmente a los más vulnerables, al disminuir con ellos la interacción física). Lo dicho, mucho cuidado, y mucha suerte.


(Historia real que me relató un familiar):
La cajera del supermercado, a gritos:
-¿Qué os pasa?¡Que no vais a poder comer tanto jamás en vuestra vida!¡Que os vais a morir antes de las diabetes y del colesterol que del virus!¿PERO QUÉ HACÉIS?


-No te comas esa fabada, José Carlos.
-Hay que comérselo todo, hay que aprovechar la comida antes de que se ponga mala.
-Que es de lata...
-Pero caduca dentro de un mes. Es mejor aprovechar para luego no tener que racionar los alimentos.
-Que acabas de desayunar...
-El hambre mata más que una epidemia.
-Tranquilo, que de hambre no te mueres... Y, a este paso, del virus tampoco.


-Mira, han estrenado Disney Plus. Luego dirás que no tienen culpa de la epidemia.
-Se supone que tendría que haber salido una semana antes, para la gente que va a estar encerrada.
-¿Qué se supone que debía llegar una semana antes, Disney Plus o la epidemia?
-Ambas.


-Anda que si Hitchcock intenta filmar "La ventana indiscreta" estos días, la historia hubiera dado un juego...


Pues yo no le he cogido rabia a mis vecinos durante el confinamiento. Más bien al contrario, me he enamorado de ellos. De la señora mayor que aplaude a las 8 a rabiar. Del que nos pone música para animarnos (aunque le agradezco que haya abandonado el reggaeton, porque me iba a dar un pasmo). Eso sí, del que he acabado hasta las luciérnagas es del vecino de arriba. Cuando acabe todo esto voy a subir las escaleras, voy a tocar a su puerta y le voy a dar... un abrazo bien gordo, porque lo necesitamos.


El del ramito de violetas durante el confinamiento, estresado no, lo siguiente.


-Acabo de hacer limpieza y he encontrado un billete de lotería sin cobrar, pero todas las agencias de lotería están cerradas. José Carlos, mira a ve qué pone el decreto del estado de alarma sobre eso...


-Joder, esos personajes de las series, qué juntitos que están...
-Fíjate, y lo ven tan normal, como si no hubiera epidemia.
-Hombre, entonces no había epidemia.
-Pero con la de cosas que se podían pegar entonces. Venéreas, la gripe... Qué asco... Lo echo de menos. ¿Nos pegamos un arrechuche?
-Creo que prefiero el coronavirus, José Carlos...


-Lo siento, suegra, está claro que está usted contagiada, hay que aislarla. La encerramos en la habitación, le dejamos comida en la puerta, y no la queremos ver en diez semanas.
-Pero si yo me encuentro perfectame...
-Sshhh, calle, calle, no sea que se transmita por el sonido también.


-Paco, menos mal que en el momento que decretaron la cuarentena estabas aquí y no en casa de tu mujer, ¿verdad?
-Mmmm...
-¿Qué estás haciendo?¿A quién le estás mandando mensajes por el móvil?¿A TU MUJER?¿Y MENSAJES GUARROS?
-Palomita, entiéndeme, es que ahora, con la distancia...
-¡Paco!¿Qué haces con esa maleta?¿Esa no es la que reservabas para nuestros encuentros clandestinos?¿Paco?¡PACOOOO!


-A ver, adónde se supone que va usted.
-Pues a la farmacia, agente.
-Si tiene usted una al lado, ¿qué hace usted yendo en dirección contraria?
-Verá, es que... el farmacéutico de ese establecimiento me puso los cuernos con mi mujer... y me juré a mí mismo... Ay, Dios mío, no puedo seguir...
-Mire, no se preocupe: me hace usted una declaración aquí, especificando, con TODO LUJO DE DETALLES, lo de su mujer y el farmacéutico, y le damos permiso, ¿eh? Usted no se preocupe. Pero todos los detalles, ¿eh?, no se le olvide ninguno.
Aquella tarde, al llegar a casa, al policía le brillaban los ojos:
-No tienes ni idea, cariño, de lo que te traigo hoy...


-Nos queda poca comida en la alacena. ¿Qué quieres de cenar?¿Latas de atún?
-Puf, paso.
-¿Unas legumbres?
-Qué asco.
-¿Tu plato preferido preparado por un chéf estrella?
-Ñññeeee...
-Este chico ya era imposible antes de la epidemia.
-¡Si es que no me das opciones!


-Bueno, ya han pasado 10 meses, puedes parar ya la cuarentena por el coronavirus, ¿no?
-¿Por el qué? Ah, sí, sí, sí... Una pregunta... ¿me puedes recordar por qué era todo esto? Buf, salir a la calle, qué pereza.


-Si no tienes el coronavirus, no eres nadie. Y si después no lo cuentas, tampoco.


-La de historias de asesinatos de jefes de empresa que no permitieron el teletrabajo que va a haber después del coronavirus.
-Qué material para la ficción, ¿eh?
-¿Qué ficción?


Historias de amor de adolescentes en medio de la epidemia: "La Jenni se ha puesto a salir con el Johnathan, que tiene perro y así puede salir más a menudo. Y se ha enterado que Juan Jesús está saliendo a escondidas con la Yoli en la misma franja con los mayores del catorce, en lugar de con su novia Mari Pili, que sólo tiene trece. Tía, que fuerte".


Hay una historia que pocos saben y es que, en una época determinada en los países occidentales, se creía que los libros (y no sólo por su contenido) podían contagiar toda clase de enfermedades. La gente advertía contra las bibliotecas públicas como focos transmisores de infecciones: algunas instituciones se dedicaban a fumigar los libros sin piedad. No se sabe muy bien si se trató de un bulo difundido por comerciantes, que le tenían miedo a que la gente dejara de comprar libros, o si no tuvo nada que ver y fue simplemente un miedo instintivo, en una época donde había frecuentes epidemias, y mucho más desconocimiento sobre cómo se propagaban. Al final, se comprobó que las bibliotecas inducían poco o ningún peligro y se dejaron de implantar esa clase de medidas. Ahora, sin embargo, con el coronavirus, la cosa no está tan clara. A pesar de eso, hay gente que está dejando libros en los descansillos de los edificios de varios pisos. Los prestan con toda clase de advertencias ("Tened cuidado", "Desinfectar primero"), pero de todos modos la gente los coge y los intercambia, porque están ansiosos de lecturas por devorar. Ha ocurrido un caso curioso. Una chica que ha vivido siempre de alquiler, y ha tenido periódicamente que vender o regalar sus libros, porque no podía llevarlos de una mudanza a otra. Resulta que, entre los textos que le han proporcionado sus vecinos, ha encontrado una de las novelas de su propiedad, que hace años almacenaba en sus estanterías. Y sabe que es suya porque, entre dos hojas, ha reconocido un marcapáginas casero que elaboró en un momento determinado y, escrito sobre él, ha leído una nota de su abuela ya fallecida: "Laurita, cómo me entusiasma que leas tantos libros. Ojalá yo pudiera vivir una pasión tan fuerte como tú". Sobre las hojas ha caído una lágrima, que Laura no sabe muy bien si será capaz de desinfectar.


Quién te iba a decir, a estas alturas de tu vida, con tu edad, descubriendo las aplicaciones móviles para ligar. Y de repente me entero que ese señor tan antipático del quinto, ése con que siempre me peleo por las pinzas de la ropa que se caen al patio, tiene los mismos gustos de cine que yo. Ahora hemos empezado a contactar a través de la aplicación y bueno, ligar, ligar... En fin, algún escarceo hemos tenido. Cuando uno no tiene contacto, un poco de vídeo y algo de imaginación no hacen daño a nadie. Pero sobre todo, se preocupa por mí. Me pregunta cómo estoy. De vez en cuando escucho dos toques en la puerta y, cuando la abro, me encuentro un paquete de galletas y una flor. Las desinfecto con lejía, pero no te creas que por eso lo aprecio menos, ¿eh? Esta noche hemos quedado. Me siento como una colegiala. Bueno, te dejo, que me tengo que poner guapa para cuando aplaudamos por el balcón. Ay, qué contenta estoy con esto de la pandemia. Ojalá dure más tiempo...


Lo que no mata engorda, le dijo a su doctor después de la pandemia, con una sonrisa. Y a usted, replicó el doctor, el coronavirus desde luego no le ha matado, señor, pero el confinamiento le ha puesto como una vaca.


Estaba tan solo por el coronavirus que me puse a hablar con mi amiga muerta. Durante horas. Peleábamos. Nos repartíamos las tareas domésticas. Nos besábamos. Lo mismo no estaba muerta. Lo mismo ella, en su casa, estaba haciendo lo mismo.


Escucharon que llegaba la cuarentena y, sin haberse visto en años, se reunieron en su antigua casa, en ese piso que aún seguía vacío, sin habitar. Se llevaron lo imprescindible, porque no necesitaban otra cosa. Se pasaron el día sudándose, agarrándose, apoderándose el uno del otro, atrapándose sin aspirar a escapar. Apenas salían, lo estrictamente necesario para comprar comida y cocinar, que hacían desnudos, pues casi de inmediato tras terminar de comer en silencio -con tan sólo el animal ruido de los cubiertos sobre platos- se lanzaban de nuevo a esa tarea irresistible e infatigable, a la que resultaba inconcebible plantear alternativa pues fuera de ello no había nada más. Se pasaron allí días, semanas, meses, y fue como si sólo transcurriera un acto simple y trascendental. Cuando terminó la cuarentena, empaquetaron de nuevo sus cosas, se dieron un último beso, fugaz, tímido, y se marcharon por siempre jamás. Ahora, en la soledad de sus casas, están deseando que llegue otra pandemia para volver a empezar.


La diferencia entre siglos, milenios, etc, que existe entre la Edad de la Razón, y la Edad de la Oscuridad, es simplemente que tú, o la gente que te rodea, decida que ésta es la Edad de la Razón, o la Edad de la Oscuridad.


"Un muerto es una tragedia. Un millón es una estadística". Frase (¿falsamente?) atribuida a Stalin.


-La cuestión -matizó el filósofo- es que hay que tomarlo con perspectiva. Si es por nuestra seguridad personal, no aceptaríamos vivir en una burbuja, pese a los riesgos, porque entonces la vida sería intolerable. Ahora, sin embargo, vamos a hablar de la gente más perjudicada. Y aquí entramos en una discusión que parece obscena sobre cuánto cuesta una vida humana, pero son decisiones que los médicos y los responsables sanitarios tienen que tomar todos los días. Pues, aunque sabemos que gastamos mucho dinero al año en tener un buen sistema sanitario, lo cierto es que, por mucho que lo digamos, una sociedad no toleraría gastar "todo el dinero del mundo" para salvar una vida. Por poner un ejemplo: no solemos tomar con la gripe todas estas precauciones que efectuamos con el COVID-19 en el invierno de 2020. De acuerdo que es más mortífero y que se trata una situación excepcional, pero la gripe mata 6000 personas en nuestro país todos los años, y disminuiríamos esa cifra si paralizáramos el país como estamos haciendo ahora. ¿6000 personas que morirán dentro de no demasiado tiempo debido a otra enfermedad son muchas o son pocas?; bueno, es una cuestión tan debatible como lo son el número personas que morirán por el coronavirus, de similar perfil sanitario, y ahí entramos en el debate de qué numero resulta razonable. Pero, en realidad, ésa no es la cuestión. La pregunta es, ¿seríamos capaces de hacer esto todos los años por ello? Seguramente no, pero sí podríamos llevar a cabo medidas más factibles: concienciarnos de no contagiar a los más vulnerables, tener cuidado con ellos, no acudir al trabajo si adquirimos una gripe o un resfriado, o lo que hacen en Oriente de ponerse una mascarilla a la mínima para no contagiar. Igualmente, hay muchas enfermedades que podrían curarse si destináramos más dinero a tratamiento o a investigación, y que matan a millones de personas al año en todo el mundo, más seguramente de las que segará el coronavirus en toda su existencia. ¿Detenemos el mundo por ello? No; pero podemos disminuir su velocidad. Destinar más dinero a otras causas. Frenar el ritmo de vida, asumir que tendremos que gastar más dinero, más tiempo y más recursos en esa gente que sufre crisis todo el rato, aunque no sean una emergencia nacional ni llenen telediarios a todas horas y todos los días. Porque las cosas existen sólo si queremos reconocer que se hallan ahí.


Ocurrió que, después de meses y meses de cuarentena, que cuando se confirmó que el COVID-19 no iba a erradicarse por el calor y que no habría tratamiento ni vacuna, la gente decidió, poco a poco, y a pesar del estado de alarma, que no se podía seguir de este modo. Que una vida así no era vida. Por eso, de manera paulatina, salió, y volvió a cumplir una rutina normal. Y se adaptaron a un contexto donde el virus era parte habitual del planeta. Un parásito con el que convivimos de manera perenne.
-¿Sabes?-dijo el escritor-. Muchas veces fantaseé con un mundo utópico donde hubiéramos resuelto muchos de nuestros problemas. Por ejemplo, uno que empleara la tecnología de manera racional y puntual, por ejemplo casi exclusivamente en sanidad o para mejorar la vida de la gente, pero no de manera que contaminara. O, después, conforme reflexionaba sobre los peligros de la superpoblación y del cambio climático, teoricé sobre un sistema donde la gente muriera a una edad determinada, y donde ya lo supieran desde el inicio, sin agobios, sin dramas, para permitir que la gente siguiera naciendo sin llevar este mundo al carajo. Después de todo, vivimos mucho más tiempo de lo que lo hacían nuestros ancestros, hemos superado con creces la edad prevista de supervivencia del ser humano. Claro que no se me ocurría cuál era el método para llevarlo a cabo que no supusiera una interrupción violenta de la vida, algo que fuera inevitable y, al mismo tiempo, aceptable por parte de todos. Pensado a posteriori, claro, un virus se antoja la mejor solución... Pero, ahora que se ha cumplido, y todos morimos a una edad parecida, y hemos garantizado la continuidad de la especie, ya no estoy muy seguro de que esta solución me guste tanto...

Este último relato es una distopía. Casi seguro que tendremos vacuna, más tarde o más temprano -eso, si la inmunidad frente al virus no nos echa una mano antes-, y podremos volver a tener vida normal dentro de unos pocos meses. Mientras tanto, quedaos en casa, extremad la higiene, proteged a la gente vulnerable contactando con ellos lo menos posible (y haciendo que ellos mantengan la distancia social con el resto de la población). Tratad de no ser una fuente de contagio del virus incluso aunque estéis asintomáticos (más aún si tenéis síntomas). Aplaudid a las 22.00 horas por los balcones en homenaje a la sanidad pública. Y mantened la moral alta: aprovechad para hacer todas esas cosas para las que siempre os quejáis que no tenéis tiempo. Un abrazo.

sábado, 14 de marzo de 2020

Las recomendaciones de marzo: otra (más) lista de libros y películas sobre epidemias que no se están destacando lo suficiente

Atención: si durante la cuarentena del coronavirus os desesperáis y no tenéis nada interesante que leer, aparte de los cuentos y post del blog, ofrezco gratis mi novela histórica "Cartago. El imperio de los dioses" (o cualquier texto que me pidáis). Hablad conmigo a través del formulario de contacto (a la izquierda de la página) o en los comentarios de cualquier entrada y yo os lo mando. Pasadlo bien -dentro de lo que cabe- y mantened la moral alta.

Cuando estoy triste o cabreado, me tiendo a refugiar en el humor (en ocasiones, de uno mismo o de la propia situación que me atañe, aunque sea negro), el cine o la literatura. Si ya estáis harto de oír hablar del famoso coronavirus, como puede pasarle a muchos de los lectores de este blog desde España y otras partes del mundo, abandonad este post y coged un buen libro (recomendamos muchos por aquí). Pero si queréis encontrar buenas historias sobre epidemias con las que distraeros en este período de cuarentena obligada o semi-voluntaria, y las que circulan últimamente de manera abundante por otros lares no os convencen ("La peste" de Camus, muy buena pero que no va de enfermedades, y "Contagio" de Soderbergh, tan técnicamente perfecta y realista como aburrida y deprimente), os menciono una serie de libros, películas y capítulos de serie a los que no se les está publicitando tanto y que pueden llamaros la atención. Entre otros:

-"La máscara de la muerte roja": el periodista Guillem Martínez ha sido uno de los que ha mencionado el clásico "Decamerón" de Boccaccio, donde un grupo de nobles y sus acompañantes se alejan de la epidemia de peste a un lugar aislado y se entretienen narrándose cuentos cortesanos. En realidad resulta fácil deducir tras unas pocas páginas que el autor italiano emplea la enfermedad como una vaga excusa para relatar un conjunto de historias sobre temas esencialmente mundanos y frívolos. Como podéis ver, todo muy burgués y clasista, propio de un grupito de aristócratas que huyen adonde no pueden hacerlo los pobres, y creen que la epidemia no les alcanzará (o, en todo caso, que es mejor que el fin del mundo les pille riendo). El cuento "La máscara de la muerte roja", de Edgar Allan Poe, reincide en esa idea, pero le da una vuelta de tuerca a partir de la mentalidad circular que en aquella época impregnaba un cerebro de Poe que se hallaba empapado hasta las cejas de opio. Por cierto, que aparte de la traducción probable de Cortázar que encontraréis por ahí, hay una adaptación al cine de Roger Corman (un clásico del terror de serie B setentero) con Vincent Price (otro clásico) como protagonista pero, como suele ocurrir, es difícil igualar el toque del original.

-Si Guillem Martínez menciona "Guerra Mundial Z" como paralelismo con la situación actual y sus posibles resoluciones, y a riesgo de repetirme porque ya lo he mencionado alguna vez en redes sociales, en este podcast de "El gato de Hubble" que proporcionaba mucha información sobre epidemias hablábamos de libros como "El último hombre" de Mary Shelley, películas como "Estallido" (donde la cosa se lía porque nadie le hace caso al científico, como pasaba en "El origen del planeta de los simios"; así que, ¡haced caso a los científicos, que son los que saben, y no a los bulos que corren por Whatsapp!), "And the band played on" (sobre el rastreo de los primeros pacientes afectados de SIDA), y por supuesto las mucho más comerciales "Soy leyenda", "28 días [y semanas] después", "12 monos", "Guerra Mundial Z" y "Contagio" también. De paso se nos fue la olla divagando sobre muchísimas cosas acerca de enfermedades, y de otras que no lo son tanto. Por cierto, hace poco el periodista Pedro Vallín (autor del libro que tengo pendiente, "¡Me cago en Godard!"), decía que esta situación le recuerda a "Shin Godzilla", pero a mí, tal como está la cosa, veo más paralelismos con "El incidente" de Shyamalan.

-Ya que entramos en el tema zombie y de ciencia ficción, e intentando no hacer spoilers -¡atención, si la serie os interesa saltaos tres líneas!-, el último capítulo de la tercera temporada de "El Ministerio del Tiempo" trata de cómo los viajes temporales pueden influir en las enfermedades (aunque también hay una referencia clave a la gripe española, si no cito mal, durante la segunda temporada). Hay un par de libros dedicados al este sugerente tema, pero como no los he leído, no me atrevo a recomendaros directamente. Por otra parte, si "Pandemia" de Robin Cook ahora sale en la lista de los más recomendados (no confundir con la de serie documental Netflix, que por lo visto ha aparecido por casualidad -¡de veras!- en la fecha de expansión del virus, y que según dicen es un ensayo médico muy serio), su colega de profesión el también escritor y médico Michael Crichton escribió "La venganza de Andrómeda" sobre un virus extraterrestre que empieza a pulular sobre la Tierra después de que un grupo de simpáticos pueblerinos estadounidenses decida abrir un satélite caído del cielo casi literalmente a martillazos. Enternecedor.

-Siguiendo con las series, "House", cómo no, tiene varios capítulos dedicados a epidemias, pero uno en concreto (creo haber confirmado que era el cuarto de la primera temporada, "Maternidad"; pero justo en el momento en que escribo estas líneas se me hace difícil encontrarlo) detalla los mecanismos por lo que puede transmitirse una enfermedad contagiosa por vía aérea: un conocimiento muy útil ahora que estamos en esa delicada fase de #Frenarlacurva del COVID-19, y debemos tratar de expandir el virus lo menos posible.

-"Ensayo sobre la ceguera", por supuesto, de Saramago, es ya un clásico moderno de estas latitudes (ello no evita que sea absolutamente recomendable), aunque la historia trate menos de las epidemias, como fenómeno médico, que de las consecuencias humanas que surgen a raíz de las mismas. Por cierto que, hasta cierto punto, "Las intermitencias de la muerte" es una continuación que tiene muchas derivadas apasionantes, aunque esta vez sobre el fenómeno contrario: nadie consigue morir. Tened cuidado con lo que deseáis...

-Y para terminar, cómo no, un clásico: "Frankenstein de Mary Shelley", de Kenneth Branagh, donde el director británico se toma la licencia (que yo sepa, no está en el libro original, por supuesto maravilloso) de incluir un brote de cólera que aprovecha el Dr. Frankenstein para llevar a cabo sus experimentos, y que a mí me recuerda más que ninguna otra narración a estas épocas medievales donde las epidemias desestructuraban la civilización y el caos provocaba más víctimas que la propia enfermedad (un ejemplo que suelo poner a menudo: dicen que buena parte de los leprosos desaparecieron tras la epidemia de Peste Negra porque se murieron sus cuidadores, y los enfermos se quedaron encerrados en las leproserías sin que nadie viniera a atenderlos). Así que recordad siempre que, si hay algo peor que lo que genera miedo, es el propio pánico. Por lo tanto, cabeza fría, seguid las recomendaciones de los médicos, no contagiéis mucho, y permaneced en casa. Nos vemos próximamente, sin duda vivos y sanos.

Un abrazo (os quiero a todos: de verdad, cuidaros mucho, y cuidad sobre todo a los más vulnerables entre los vuestros) y mucho ánimo también.