lunes, 26 de septiembre de 2022

La historia corta de septiembre. Dedicadas a Eduardo Galeano (XVI): La chica adolescente embarazada

                      Dedicadas a Eduardo Galeano (XVI)

La chica adolescente embarazada. En su casa, ya ha habido de todo: tambores, trompetas, y un libreto entero de ópera. Todos lloran: la madre, el padre con las mejillas rojas todavía de gritar, y aún más la chica, con regueros de lágrimas corriéndoles por las mejillas. Pero de repente, suena como de refilón la voz callada del abuelo:

            -Hay tantas cosas malas en el mundo: guerra, asesinatos, muerte... Traer una nueva vida al mundo no debería ser un motivo de tristeza...

lunes, 19 de septiembre de 2022

El relato rescatado de septiembre: "Ducktopía"

Ducktopía

 

El hombre se ajustó las gafas y miró el cartel. “Safari Duck”, adornaba el triste y avejentado panel, el cual parecía estar a punto de descolgarse por uno de sus lados y desplomarse de manera definitiva sobre las tablas del muelle. Aún así, el individuo que había surgido de la embarcación caminaba parsimonioso y sin urgencias por la superficie de madera sin pinta de temerle a la inminente caída del cartel, y se plantó con total placidez delante del hombre y de su familia:

-¿Qué, nos vamos?

Subieron a la lancha sin aspavientos. Parecía que se habían tomado en serio lo de “safari”, porque todos se encontraban en silencio, como si creyeran que por hacer el más mínimo ruido iban a espantar algún animal. Hasta el sonido del motor de la barca sonaba como atenuado. Mientras tanto, cada uno de los pasajeros se dedicaba -con la soledad de un autista- a sus quehaceres: la mujer hacía pruebas con la cámara fotográfica, el niño comprobaba la temperatura de la superficie del agua y el padre, mientras tanto, trataba de hacerse un ovillo entre su anorak y el chaleco salvavidas para rehuir el frío reinante. Esperaba que no tardaran mucho en llegar a su destino. A decir verdad, no las tenía todas consigo sobre aquello de haber viajado hasta allí. Sin embargo, la voz del capitán interrumpió sus pensamientos:
                -Miren, por ahí hay alguno suelto.

Toda la familia se desplazó al lado del barco que había señalado el capitán. Pero en lugar de vislumbrar un delfín o una ballena, como solía ocurrir en otro tipo de excursiones, sus prismáticos y cámaras fotográficas de zoom de alto alcance apuntaron a una fila algo quebrada de solitarios, pequeños, aparentemente inofensivos y despistados patitos de goma que inicialmente debían haber sido de tonos rojizos y amarillos, pero que ahora mostraban su color original en gran parte agrietado o castigado por el sol, el agua o las inclemencias del tiempo, exhibiendo en buena parte de su superficie el blanco industrial de su fabricación.

-Significa que estamos acercándonos–advirtió el patrón de la nave-. A partir de ahora, mucho silencio.

Poco a poco, empezaron a divisar bancos aislados de esos mismos patitos. Los colores se fueron volviendo más variados, y ahora podían observar plumíferos plásticos de picos naranjas y ocres, y de alas azules, verdes o moradas. En medio, iban cruzándose –al principio más pequeñas, y luego mayores- secciones de hielo que marchaban en dirección sur, contra las cuales los patos iban topándose y, en algunos casos, las bordeaban.

-Miren, miren –señaló el guía de la expedición-. Allí está.

Fue un proceso progresivo. A la vez que el barco iba avanzando (esta vez con el motor a la potencia mínima), observaron un paisaje que se iba haciendo más denso conforme más se adentraban en el interior de la estructura, repitiéndose con la periodicidad del patrón de un mosaico: fragmentos de hielo rodeados de un círculo de patitos de goma, y sobre esas pequeñas banquisas, en ocasiones, aparecían animales, tales como focas, morsas u osos polares. La familia contempló arrebolada y muda esas imágenes, con el mismo estupor con el que dichos animales asemejaban contemplarles a ellos. En un inicio, la mujer no paró de hacer fotos, pero cuando llegaron al núcleo principal de aquel fenómeno, la sorpresa le hizo retirar el ojo del visor de la cámara.  De hecho, el resto de los miembros de su familia se quedaron paralizados, escrutando en la misma dirección. El capitán, tras echarle un breve vistazo a la familia, colocó el barco de costado y detuvo por completo el motor de la barca. Se hizo el silencio.

Enfrente de ellos, un gran perímetro de patitos de goma, de contornos irregulares los cuales formaban entrantes, salientes, cabos y golfos, acabados en pico o redondeadas estructuras,  envolviendo todo ello una amplísima superficie de mar, tan ancha que no llegaba a abarcarla la vista. Dentro de ese perímetro, había hielo flotante, sí, una amplia superficie de banquisa, pero también una enorme sección que correspondía a mar que se colaba entre el hielo y rodeaba los islotes flotantes. Y por encima, en medio, y por debajo de hielo y agua, pudieron divisar focas, orcas, una miríada de pingüinos (agrupados en formación como si se trataran de un ejército), leones marinos, osos… Una bulliciosa extensión de animales que se movían, cantaban, emitían sus grititos o se relacionaban entre sí. Hasta bancos de peces podían intuirse debajo de la superficie del agua, y también varios inmensos cachalotes, a lo lejos, lanzando también un potente chorro en un ronco estridor.

El hombre que formaba parte de la familia, después de unos primeros instantes asimilando lo ocurrido, se rebulló algo incómodo ante aquella sobreabundancia de animales, los cuales se concentraban en la misma proporción que lo hacen los seres humanos en una playa de moda cualquier verano. Rota por fin la hipnosis, el capitán decidió que éste era el momento de soltar su habitual discurso.

-Creo que no necesita presentación, ¿no? Sí, ésta es la zona. Como veis, los patitos de goma forman un contorno alrededor que aísla a los animales de todo y de todos, o mejor dicho, de los humanos. Dentro del círculo (o no es exactamente un círculo, más bien una elipse irregular, luego si queréis entramos en la cuestión de los kilómetros), los animales pueden interaccionar normalmente entre sí: pueden procrear, alimentarse, matarse entre ellos, tal y como lo harían en el entorno natural. La diferencia con el medio salvaje está cuando deciden salirse del círculo: entonces, los patitos de goma les rodean y les escoltan, protegiéndolos de cualquier depredador, y también de los barcos de pesca. Luego, cuando los animales retornan, los patitos vuelven al círculo más amplio, a su lugar original. Hay muchos investigadores estudiando ahora mismo el comportamiento de los patitos, tratando de averiguar si entran los mismos de los que salen o si cada uno tiene posiciones asignadas… Pero realmente, la mayor parte de los enigmas permanecen en el misterio.

El niño, que hasta entonces se había mantenido en el mismo trance que afectaba también a sus padres, realizó de improviso una pregunta:

-Entonces, ¿los patitos son amigos de las focas y otros animales?

El capitán se rió de manera condescendiente, y respondió con paciencia a aquella pregunta que debía haber explicado ya más de mil veces:

-Los patitos no están vivos, no pueden hacerse amigos de ningún animal… aunque, la verdad, los científicos estaban tan alucinados por este fenómeno, que durante un tiempo no sabían cómo explicarlo. Como sabéis, los patitos de goma originales fueron liberados hace muchos años por un barco al que se le cayeron accidentalmente mientras los trasladaba para ser vendidos en alguna ciudad. Esos patos se derramaron por el agua y migraron con las corrientes oceánicas, llegaron a lugares de todo el mundo, y fueron muy útiles para el estudio de las corrientes marinas. Sin embargo, hace relativamente poco tiempo, empezó a observarse que los cargamentos de patitos de goma tendían a soltarse más fácilmente de los barcos y acabar en el agua, todavía no sabemos por qué. Y, con el tiempo, se ha visto que formaban esta estructura… Los científicos creen que hay algún componente en el material con el que están hechos los patitos que les impulsa a circular alrededor del hielo, o quizás del agua más cálida que se sitúa debajo de las banquisas, cosa que también les llevaría a moverse cerca de los animales. Realmente no sería cuestión de amistad o de magia, sino… ¿Has oído hablar de la selección natural? –le preguntó el capitán al niño-. Digamos que la naturaleza va probando cosas de manera aleatoria, y si hay algo que funciona, ese algo tiende a sobrevivir. Los patitos han formado por azar esta estructura y, como más o menos tiende a protegerse a sí misma, es más fácil que ésta continúe estable. Se trata solamente de eso.

De repente, un grupo de patitos de goma, de brillantes y coléricos tonos encarnados, abandonó la formación (siendo reemplazados, casi inmediatamente, por otros patitos) y se dirigieron en fila india hacia la barca. Pasaron a pocos metros, como si les estuvieran vigilando, y luego, con un leve cambio de rumbo, se alejaron lentamente de ellos, manteniendo en todo momento un aire suspicaz.

-Como he dicho, la estructura tiende a protegerse a sí misma… Hace poco, unos fotógrafos se arrimaron demasiado y un pequeño escuadrón de patitos les rodeó y, mecidos por las corrientes oceánicas, zarandearon la barca hasta que se hundió. Estos pequeños patitos de goma, cuando se juntan a millares, son capaces de volcar barcos, incluso de varias toneladas, como si hubieran heredado el espíritu del vengativo submarino del capitán Nemo. Esta distancia –suspiró con alivio el capitán de barco- es la más próxima a la que nos podemos acercar con seguridad.

El niño puso cara de no tenerlas toda consigo.

-Entonces, ¿los patitos son malos?

El capitán dio la impresión de pretender –nada más llegara a puerto- mandarle una carta de agradecimiento a Herodes, pero se contuvo y expresó con toda la serenidad que le fue posible:

-No, he dicho que los patitos no tienen… En fin, malos, “malos”, depende de cómo lo mires, ¿no? Ellos protegen a los animales. Y, además, lo están consiguiendo. Los ecologistas dicen que hace mucho tiempo que no veían crecer tantos animales en el Ártico. Y los planes que algunos países habían iniciado para apropiarse de los recursos del polo han cesado desde entonces. Digamos que, en ese sentido, han resultado ser muy buenos para la flora y la fauna.

El padre interrumpió durante un segundo el diálogo entre el guía y su hijo:

-Pero la verdad es que, siendo sinceros, hay que darle muchas vueltas y elucubraciones para poder explicar el comportamiento de los patitos desde un punto de vista científico… Muchas más, desde luego, que si pensáramos que actúan de manera intencional.

El capitán meditó un momento con la mano en el mentón, y luego se encogió de hombros:

-Todo lo que en el pasado creíamos que era magia, al final se ha acabado por descubrir que se trataba de otra cosa, con una explicación más racional. Además, si tratamos de defender la hipótesis contraria, ¿qué clase de sentido tendría?¿Patitos de goma que se han puesto a defender a sus congéneres animales, incluso aunque ellos mismos sean de plástico? Esto no es un plan maestro concebido por la naturaleza: los patitos de goma no son menos artificiales que los barcos que se han hundido por su culpa. Para mí, en realidad, tiene más que ver con lo que le he mencionado de selección darwiniana: durante miles de años, ha habido una especie predominante, el hombre, que ha utilizado la tecnología para abusar hasta tal punto de casi destruir el planeta. ¿Por qué no iba la tecnología, en combinación con la naturaleza, haber encontrado un método de contrarrestar los ataques de la especie dominante? Fíjese: esto que tenemos aquí es una utopía. Es la civilización ideal que tanto nos gustaría haber encontrado para la humanidad. Lo que pasa es que no nos gusta, simplemente, porque de ella nos han excluido a nosotros.

El hombre, algo turbado, se volvió hacia su esposa, que había vuelto a realizar fotografías como si le pagaran por ellas al peso:

-¿Y tú que opinas, cariño?

Ella, sin dejar de tomar instantáneas, respondió:

-Es fascinante. Espeluznante, estremecedor, terrorífico también, da mucho miedo… Pero al mismo tiempo, es de una belleza incontenible.

Cuando esa tarde volvieron a casa, lo primero que el hombre estaba deseando era darse una ducha con agua muy caliente, para sacudirse el frío que había pasado. Cuando terminó, aún en albornoz y restregándose la toalla sobre la cabeza, se pasó por el baño, donde la madre se encontraba bañando al niño.

-¿Te quedas vigilándole un rato mientras yo voy a llamar a mi madre?

El hombre asintió y se sentó sobre el inodoro. Mientras la mujer se marchaba, el niño, ajeno a cuál de sus progenitores le atendía, jugaba dentro de su bañera con un barquito y un inocente patito de goma.

-Bum, bum… Barquito, fuera de aquí –amenazaba el niño mientras agarraba el patito con firmeza-. Éste es mi territorio, por aquí no pasarás.

El patito era casi tan grande como el (de formas bastante realistas) barco que surcaba aquel particular océano. El hombre observó con cautela al patito, de un intenso color amarillo, sin fisuras, no maltratado por las olas ni el sol. Durante un segundo, le pareció que sus cejas se encontraban más arqueadas que las de otros patitos de goma que había visto a lo lado de su vida. Le pareció que… le miraba mal.

-¿Papá, quieres jugar conmigo?-su padre asintió. No obstante, cuando fue a acostar a su hijo en la cama, aprovechó para coger el patito de goma y arrojarlo directamente a la basura.

La mirada que le dirigió el ánade conforme cerraba la tapa de la papelera hubiera sido, para el capitán de aquel barco, muy difícil de explicar.

jueves, 1 de septiembre de 2022

El libro y la historia real de septiembre: "José María de Torrijos y Uriarte. Más allá del cuadro de Gisbert".


Hay algo fascinante en el cuadro de A. Gisbert "El fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en la playa de Málaga" que te absorbe cuando te lo tropiezas en el Museo del Prado, momento en que, casi de manera irremediable, acabas concentrando toda tu atención en él, tratando de averiguar cuál era la biografía y las circunstancias de cada uno de esos hombres. El autor de este ensayo, Manuel Alvargonzález, argumenta que la pintura ha hecho, en efecto, famoso a José María Torrijos, líder de este pronunciamiento que le llevó a morir en la costa de Andalucía, pero que también eclipsó el resto de su vida, a pesar de que Torrijos tuvo una biografía muy interesante que, además, sirve para ilustrar el intrincado período que le tocó vivir, el de las primeras revoluciones liberales del siglo XIX en España, donde se trataba que no gobernara el rey, sino unas Cortes en las que la nación se viera representada. Manuel Alvargonzález redacta este libro a partir de un trabajo académico (lo cual se nota a lo largo de la lectura, aunque es lo suficientemente accesible como para el público general) y trata de ilustrar otros períodos de la vida de Torrijos, un personaje complejo y, en muchos sentidos, hijo de su tiempo. Anoto aquí debajo unos cuantos puntos que me han resultado muy instructivos:

1) El libro, en buena parte, es una historia de ese primigenio liberalismo, donde también hubo facciones, dudas, discusiones ideológicas, traidores y mucho fingimiento. Vemos que en política, ya desde el siglo XIX, lo de decir una cosa y hacer otra se convirtió en un clásico. También descubrimos que ya entonces era costumbre, cada vez que surgía un movimiento que podía cambiar las cosas, que el conjunto de las fuerzas tradicionales, y los estamentos más privilegiados, se batieran con uñas y dientes en contra de él.

2) Manuel Alvargonzález aprovecha para hablar de otros individuos destacados de la historia del liberalismo (revolucionarios, conservadores, aventureros, veletas, personajes estrafalarios) como el legendario Van Halen (cuya estrambótica trayectoria ya fue narrada por Baroja en "Memorias de un hombre de acción") y también de episodios no muy conocidos pero llamativos de este período. Por ejemplo, es bastante gracioso comprobar cómo Rafael de Riego, cuando se rebela contra Fernando VII, parte con una serie de hombres de Cabezas de San Juan, los pierde a todos por el camino antes de llegar a destino, y sin embargo vence en su pronunciamiento, el cual da origen al efímero Trienio Liberal, una de las primeras experiencias (por simplificar mucho y entre comillas) que abrieron el camino a regímenes más democráticos en España.

3) El libro destaca también las contradicciones dentro de las propia corrientes del liberalismo, movimiento el cual creía que iba a traer prosperidad a todos los rincones del orbe, pero estaba organizado por hombres aristocráticos, quienes no se daban cuenta de que algunos de sus postulados no siempre beneficiaban a las clases humildes, a las cuales sin embargo incitaban a sumarse a la rebelión. En ese sentido, el autor señala que Torrijos muchas veces no entendió las demandas que le hacía el campesinado al respecto (algo que sí supo entender el carlismo y aprovecharlo en su propio beneficio) y, si acaso, de las clases más bajas, sólo confió en las de extracción urbana. Un buen número de experiencias de las que podemos aprender lecciones bastante aplicables a la política actual.

4) Es llamativa la influencia que tuvo Torrijos entre el círculo denominado "los apóstoles de Cambridge", de quien el autor del libro hace una vívida disección. También hace hincapié en la época en que un exiliado Torrijos hace de traductor y aprende, de la figura de Napoleón, el ideal de héroe romántico: un ideal que tratará de cumplir él mismo, rodeándole de un aura que llevará a que muchos, admirados por su temple, arriesguen la vida, seducidos, para seguirle en su epopeya. Por otra parte, es destacable cómo, en su período fuera de España, Torrijos intenta entablar relaciones con otros proyectos liberales, ya sea en Portugal o al otro lado del charco, en las nacientes repúblicas de Hispanoamérica, considerando que el liberalismo, en realidad, a pesar de su obsesión con el concepto de nación, era una aspiración universal.

5) Finalmente, el libro analiza la intentona por la cual Torrijos aspiraba a "todo o nada", y que le llevó a morir, a él y a otros compañeros, fusilados, en una playa de Málaga (momento reflejado en un fastuoso cuadro de Gisbert el cual, por otra parte, no es del todo fiel a la realidad, como explica el texto; sin embargo, ya se sabe, el arte tiene otros fines, parámetros y cuestiones, y la autenticidad no es siempre lo más importante). Sin embargo, unas cuantas páginas antes hemos podido comprobar cómo todo no era tan romántico ni tan heroico como lo pintaban, y muchos desertaron en la última parte de la partida, en parte por falta de fe en sus posibilidades de triunfo, y también por ciertas decepciones a lo largo del camino.

Manuel Alvargonzález, además, escruta las relaciones familiares de Torrijos, y en especial la interacción con su mujer, quien constituirías un sólido punto de apoyo no sólo emocional, sino también en las diversas conspiraciones en las que participó a lo largo de los años. El libro termina, como no podía ser de otra manera, casi de manera abrupta tras el vibrante episodio del fusilamiento. Sin embargo, la causa de Torrijos no terminaba: en muchos sentidos, la de esa otra España casi acababa de comenzar. Más gente moriría en otras playas, reales o metafóricas. Podemos soñar qué hubiera ocurrido si sus pronunciamientos hubieran sido fructíferos. La revolución iniciada por Riesgo es digna de interpretarse de distintas maneras, según la evolución de sus resultados, en los años presentes y futuros. Todavía estamos inmersa en ella, aunque los objetivos, las batallas y parte de los rivales sean otros. Y, como siempre, como Torrijos, nosotros elegimos en qué bando queremos estar, y cuánto estamos dispuestos a sacrificar por él. Un saludo.

lunes, 29 de agosto de 2022

La historia corta de agosto. Dedicadas a Eduardo Galeano (XV): Conversación en caja

 Dedicados a Eduardo Galeano (XV).

Convesación en caja


            La cajera del súper le pregunta al chico (ambos sudamericanos y jóvenes en España):

            -¿Quiere pan rallado? (Lo están regalando de oferta este día)

            -No.

            -Claro, los hombres no queréis, no piensas en tu madre, en tu novia...

            -No –responde avergonzado-... si no vivo con mi madre.

            -Pues a tu novia.

            -Si no tengo.

             La otra eleva las cejas y le dice sin decírselo, “Pues ya sabes”.

            Yo, mientras tanto, detrás del chico, iba a pedir pan rallado: pero deduzco que la cajera quiere otra cosa, y mejor me callo.

lunes, 22 de agosto de 2022

El relato recuperado de agosto: "LCD Vidriera"

 Un relato recuperado de un formato que se perdió, para que lo podáis disfrutar de nuevo. Un saludo,


LCD Vidriera

Este humilde homenaje a Cervantes, en al año del V Centenario del Quijote,

 está basado en su novela ejemplar “El licenciado Vidriera” y en su protagonista Tomás Rodaja,

 y dedicado a la ciudad de Salamanca,

inspiradora de tantas buenas historias.

 

                La chica se colocó en su lugar asignado en el autobús.   Normalmente no hubiera reparado en su compañero de asiento, de no ser porque el libro que el chico tenía entre manos le trajo a la mente buenos recuerdos.

                -¡Anda!, ¿estás planeando ir a Italia? Porque yo acabo de volver de allí.

                Tomás levantó la vista del libro y le sonrió. “Pues no es feo, después de todo”, se dijo la muchacha a sí mismas.

                -La cosa es que yo también acabo de volver –dijo él-. Estoy repasando algunas anotaciones que hice en mi guía de viaje.

                La joven intentó sacarle más conversación al chaval, pero éste se mostraba renuente a intercambiar más de dos palabras. Ella se mosqueó. En sus tiempos de Erasmus en Italia, no solía ocurrir que los chicos se rehuyeran la conversación.

                -Perdona –se disculpó él, intuyendo la sensación que estaba provocando en su compañera-. Anoche no dormí mucho y ando un poco despistado. Lo malo es que ni siquiera consigo conciliar el sueño.

                -Ah, por eso no te preocupes –dijo ella-. Tengo aquí una pastilla para ayudar a dormir.

                Tomás la contempló con aire de desconfianza.

                -No es nada malo –le aclaró ella-. Te ayudará a echar una cabezadita las dos horas que dura el viaje a Salamanca. Venga, confía en mí.

                <<Con un poco de suerte, te hará abandonar un poco ese aire de seso que tienes>>, se dijo a sí misma la chica, sacando aquellas pastillas de colores que tanto furor hicieron en su etapa de Erasmus.

                Tomás, finalmente, accedió a tomar la píldora. Al poco tiempo, notó cómo iba haciéndole efecto y, ayudado por el influjo del sol y del traqueteo del autobús, cayó rendido en brazos de Morfeo…

                El problema fue cuando se despertó. La chica del asiento contiguo no estaba al lado, pero eso al muchacho, ante las nuevas circunstancias, le resultaba irrelevante. La sensación que experimentaba era difícil de describir, pues nunca había sufrido un cambio de consistencia a nivel de estructura molecular, y le hubiera resultado complicado expresarlo, incluso aunque fuera consciente de en qué consistía aquello exactamente. Pero sí que le daba la impresión de ser más ligero, incorpóreo, más “líquido”, por decirlo de alguna manera. El susto se lo llevó al darse cuenta, primero, de que no necesitaba las gafas para ver (de hecho, éstas habían desaparecido) y, segundo, de que sus manos se habían vuelto transparentes, con algún leve toque iridiscente que le permitía contemplarse los dedos o las muñecas y evitaba que (pese a la aparente desaparición de sus ropas) todo su cuerpo se hubiera vuelto invisible a sus propios ojos. Tomás se estremeció: se había vuelto de cristal, o más bien, del mismo vidrio que conforma las pantallas LCD o las de los móviles. Y lo más sorprendente de todo es que parecía que nadie se había dado cuenta. Cuando se detuvo el autobús, salió de manera normal, como con el resto de la gente, y de hecho, al tratar de decirle algo al conductor, éste le despachó con un bufido de desagrado, como si le estuviera robando un tiempo precioso. Así que Tomás se mantuvo obediente en la fila, por eso de que las normas de educación dicen que no debes molestar al resto del mundo, ni siquiera aunque te estén clavando un puñal por la espalda.

                Sin embargo, una vez salió al exterior, no pudo contenerse. Se lo vociferó al primer grupo de personas que encontró en la calle:

                -¡Me he convertido en cristal!

                Un anciano fue el primero que le replicó al respecto:

                -¡Deje ya de dar gritos!¡Y apártese de ahí en medio, ocupando la calle!¡Habráse visto! Esta juventud…

                No obtuvo ninguna reacción más, aparte de una señora que, después de contemplarle un momento, sacó un pañuelito y le limpió un poco la superficie a la altura de las mejillas. No conforme con el resultado, aplicó al pañuelo algo de salivilla, y prosiguió frotando constante a pesar de las protestas de Tomás. Luego, cuando se quedó satisfecha acerca de cómo de limpio había quedado, se marchó de su lado, sin mediar palabra.

                Probó algo distinto en el centro de la ciudad, con un grupo de estudiantes.

                -¡Me he convertido en cristal!

                Un estudiante con gafitas levantó la vista de su libro.

                -No, caballero, se equivoca usted: a nivel molecular, está usted claramente hecho de vidrio.

                Y volvió la vista hacia su texto. No obstante, un par de jóvenes se le acercaron.

                -¡Anda, si es verdad!¡Parece como la pantalla de una tablet!

                Los chicos empezaron a toquetearle la cara. De repente, vívidas imágenes de colores aparecieron en su frente, con si se tratara de la parte frontal de un smartphone o un ordenador. Tomás vivía todo esto con desconcierto porque, aparte de que no le agradaba nada que deslizaban el dedo por su frente, el hecho de ser transparente permitía que viera lo que estaba escrito, aunque fuera del revés.

                -¡Ahí va!¡Si es mejor que un móvil!-exclamó uno de los jóvenes.

                -¡Yo quiero ver un vídeo de gatitos!-rogó la chica.

                Para desgracia de Tomás, el muchacho le hizo caso y, de repente, a la altura de su estómago, se materializaron las figuras de dos cachorros de gato jugando, pero que para Tomás eran tan reales como si estuvieran dentro de su vientre. Tanto que, incluso, podía sentir los arañazos.

                -¡Ey!¡Aquí hay una carpeta de fotos!-exclamó un tercero que se había añadido al grupo, y al apretar en el pecho de Tomás, comenzó a desplegar imágenes que Tomás reconoció como recuerdos en su cabeza.

                -¡Oye, deja eso!-exclamó el centro de atención de lo que estaba volviéndose un corro en torno suyo. Tomás pasó rápidamente la mano por su propia piel (el tacto era frío y delicado), consiguiendo que se cerrara de golpe la carpeta.

                -¿Qué más cosas puedes hacer?-le preguntaron.

                Y lo cierto es que Tomás también se lo preguntó.

                Junto a Tomás empezaron a agruparse numerosos transeúntes, curiosos, preocupados, divertidos o que, simplemente, buscaban averiguar alrededor de qué se reunía tanta gente. Entre todos, comenzaron a explorar las posibilidades.

                Por supuesto, una de las primeras aplicaciones fue emplear a Tomás como proyector humano: frente a una fachada de un colegio religioso, que sirvió de pantalla, Tomás desplegó varias películas, desde comedias a historias de acción y aventura, que sembraron las delicias del público que allí se congregó (desde gente joven hasta ancianos, pasando por sesudos críticos de coderas y gafas de pasta), el cual, entre helados, globos de colores y puestos improvisados de comida, vivió aquel episodio como una fiesta.

                Tomás empezó a pasear por Salamanca. Allí, puso en marcha los altavoces que había descubierto que venían acoplados con su nueva condición y, tirando de enciclopedias digitales, se puso a realizar un recorrido turístico por la ciudad. Extranjeros, visitantes, ciudadanos locales y simples curiosos le siguieron mientras Tomás desgranaba detalles de interés alrededor de la Catedral, la Clerecía, la Casa de las Conchas y, por supuesto, la fachada de la Universidad, donde un preciso enfoque y una ampliación adecuada ayudaba a los más despistados a encontrar a la escurridiza rana.

                Penetró en la universidad y allí, gracias a sus recién adquiridos poderes, pudo realizar proyecciones en 3D, en medio de los pasillos, de los conceptos más difíciles de desentrañar para los estudiantes. Algunos vetustos profesores le contemplaban con desconfianza por encima de sus gafas, pero a aquellos de miradas más avinagradas, Tomás les respondía proyectando justo a su lado una caricatura casi perfecta, lo cual provocaba el regocijo de los jóvenes universitarios.

                Se marchó al puente romano y, sobre él, recreó las figuras de las legiones del César, Unamuno o Fray Luis de León, todos cruzando por encima de la construcción centenaria mientras, en las riberas del Tormes, se podía divisar la figura del pícaro lazarillo. En el huerto de Calixto y Melibea, exhibió una representación de la historia de los amantes. Más tarde, en la Plaza Mayor, organizó un festival de juegos, donde el particular ejército que ahora le seguía se divirtió entretenida con holográficas representaciones gigantes del Candy Crush, Angry Birds y otras aplicaciones de moda.

                Luego, aquella troupe improvisada tuvo hambre, y Tomás se los tuvo que llevar de pinchos, buscando en su memoria digital los locales más recomendados por las distintas aplicaciones y redes sociales. Él no necesitó comer (tan sólo solicitó que le cargaran mediante una batería), pero mientras el resto devoraban hornazo, chanfaina, embutidos y viandas varias, él colocó un video de fondo con algunas de las escenas más divertidas de aquella mañana.

                Por la tarde, les entró el sueño… Tomás, a pesar de encontrarse hecho de vidrio, también lo sintió en los párpados. Una anciana señora salmantina accedió a meter a mucha de la gente que le acompañaba en su casa, prestándoles las camas, los sillones e incluso la ducha de su casa en el caso de que alguno la requiriera. Tomás durmió una placentera siesta enfrente de un amplio ventanal desde el cual podían contemplar los tejados de una buena parte de Salamanca, con aquel color tan característico de la piedra, mientras los nidos de cigüeñas parecían hallarse a punto, por sí mismos, de echar en cualquier momento a volar…

                Por la tarde, siguió el movimiento. Paseando, Tomás se encontró con el famoso violinista de la plaza del Liceo, y entre los dos, montaron una improvisación, uno con su violín, y Tomás con música de trombones, platillos y una inmensa orquesta que parecía hallarse allí mismo en plena representación. Al final del número, los dos recibieron el aplauso del público allí presente, se dieron la mano, y Tomás prosiguió su camino.

                El culmen final de la celebración de aquel día tuvo lugar en el parque de la Alamedilla. Allí, bajo la luz del atardecer (y más tarde la de la luna), Tomás proyectó en el cielo reflejos iridiscentes de textura acuosa, bellas imágenes que se entrecruzaron con el sol del poniente y, cuando cayó la noche, un fastuoso espectáculo de fuegos artificiales. Cuando éstos cesaron su retumbar exaltado, en medio de una gran explosión de luces y aplausos, Tomás, profundamente conmovido ante el reconocimiento de toda la gente que había a su alrededor, no pudo evitar encender el altavoz que su nueva condición traía aparejada consigo y proclamar.

                -Este día ha sido maravilloso… A lo largo de esta jornada he compartido con vosotros vídeos, fotos, archivos de distintos tipos… y especialmente, recuerdos. Y he aprendido una cosa. Lo más importante de la tecnología no es su capacidad: no es que podamos llegar más lejos, más alto, con más píxeles. La clave es cómo nos conecta y nos hace compartir cosas. Gracias a un teléfono móvil, somos capaces de poner en contacto a un señor mayor de Francia con una joven adolescente en la India, y pueden descubrir que sus problemas, sus preocupaciones, sus sueños, son los mismos y deben trabajar en ellos en un frente común. Gracias a haberme convertido en vidrio, he podido tener más empatía con las personas de carne y hueso. Como digo, si hay algo que he aprendido, es que lo mejor de los sistemas de comunicación que tenemos no son las máquinas: sino cómo nos permiten acercarnos a las personas. ¡Muchas gracias a todos por estar ahí!

                Y el público, que a lo largo del discurso se había hecho uno con él, prorrumpió en una larga ristra de aplausos…

 

                El ruido le despertó. Lo que Tomás había confundido con ovaciones eran, en realidad, los escopetazos procedentes del tubo de escape del autobús. Tomás trató de bajar el volumen, pero se dio cuenta de que no tenía capacidad para hacerlo. Se miró entonces las manos: nada, completamente normales. Volvía a ser de carne y hueso, como fue en un principio. Tomás levantó la vista y observó que la chica que le había dado la pastilla ya estaba fuera del autobús. Apremiado por el conductor, que quería marcharse a su casa, Tomás finalmente se levantó y abandonó el vehículo. No lo hizo sin cierta renuencia.

                Una vez abajo, Tomás seguía sintiéndose confuso. Después de tanta actividad desplegada en el sueño, le costaba volver a la normalidad. Aún sin las fantásticas propiedades de las que se había visto poseedor tan sólo unos minutos antes, creyó que podría emular aquella sensación en parte. Intentó llamar la atención de un chico que se encontraba concentrado de manera absorta en su móvil.

                -Oye, perdona…

                El chico levantó la vista, le contempló como si fuera un marciano, y volvió de nuevo a su caminata, sin haber despegado los ojos más de un par de segundos del aparato.

                Tomás, sin embargo, no se desanimó. Volvió a tratar de hacer de guía improvisado delante de los monumentos de Salamanca. Pero esta vez, sin efectos especiales de por medio, casi nadie le prestó atención. Un par de guías, incluso, le reprocharon que les hiciera la competencia. Tan sólo unos pocos niños se interesaron por las cosas que contaba, y trataron de jugar con él para ver quién encontraba antes la rana. Pero las madres de dichos niños les llamaron rápidamente a capítulo, con un “no juegues con ese señor tan raro que le habla a todo el mundo”.

                -Porque… si pudierais ver el mundo tal y como lo veo yo –se arrancó en un ataque de sinceridad desesperado Tomás, a todo el mundo y a ninguno en concreto-. Un mundo conectado, donde todos nos preocupamos de los que nos pasa a todos, donde podemos compartir todas las cosas maravillosas que tenemos a nuestro alrededor…

                La gente que se había quedado parada al observarle arrancar aquel improvisado discurso permanecieron sin pestañear durante unos segundos. Luego, volvieron a sus ocupaciones, como si nada hubiera ocurrido. Alguno, incluso, le arrojó una monedita antes de definitivamente marchar. Tomás se quedó solo.

                Luego, tras un suspiro, agachó la cabeza y retornó sin una palabra más a su antigua vida.

lunes, 15 de agosto de 2022

Los libros de agosto: unos par de ensayos históricos

Dos pequeños extractos de historia:

-Un pueblo traicionado. Paul Preston narra la historia de España desde la Restauración de Alfonso XII hata nuestros días -finaliza con la llegada de Pedro Sánchez a la presidencia del gobierno-. Y encuentra una serie de patrones comunes: corrupción a raudales (desde el caciquismo hasta los escándalos modernos, pasando por Lerroux y los chanchullos continuos durante el franquismo); una intensa violencia política que va sobre todo desde gobernantes a gobernados (poco hicieron los anarquistas y revolucionarios de principios del siglo XX en comparación con los sangrientos gobernadores civiles; y los atentados de ETA y los GRAPO palidecen en contraste con la represión de Franco, e incluso de las hordas ultraderechistas instigadas desde sus gobiernos); y muchas mentiras, incluyendo ataques con falsa bandera o estrategias de propaganda. Por supuesto, pasa a través de la dramática y todavía supurante guerra civil. En cualquier época, sin embargo, da la sensación de que los oligarcas y poderosos -desde el criminal Juan March hasta Carlos Fabra, descendiente de una larga estirpe de caciques- siempre se salen con la suya gracias al dinero y la connivencia con el poder. Aunque Preston minimiza algunos acontecimientos importantes para el imaginario colectivo español (ensalzando otros), quizás el mayor defecto es que se centra demasiado en el gobierno y en los personajes de su entorno (en el tráfago, ciertos individuos aparecen y desaparecen de la narración como el Guadiana). En general, sin embargo, a pesar de algunas afirmaciones un poco dudosas, da una buena perspectiva panorámica de la historia de un pueblo que, como conclusión, tiene motivos más que de sobra para sentirse traicionado; pueblo que, además, no tiene claro si le resultará sencillo encontrar alguna vez la forma de que esto, en el futuro, no sea así.

-Comerse a Buda. Bárbara Demick escribe un relato periodístico (para bien y para mal, pues se nota bien documentado -dentro de las dificultades obvias-, pero la narrativa es fragmentada y a menudo inconexa) sobre las tirantes relaciones de Tibet con China. Es interesante saber que el Tíbet se extiende más allá de las grandes montañas del Himalaya (la llamada "meseta tibetana" llega hasta muy adentro del corazón de China, y hay partes del antiguo Tíbet actualmente muy entremezcladas con la nación que les invadió en su día). También es llamativa la figura del Dalai Lama, en una encrucijada entre el Tíbet en el que nació y lo que le pide ahora su pueblo, bajo una difícil coyuntura política. Se habla de no-violencia, de revueltas y de autoinmolaciones, del choque cultural entre el pueblo chino y el tibetano, de tolerancia religiosa, de la Historia con mayúscula y las pequeñas historias de personajes humildes. Un buen punto de partida para los que, como yo, no sabíamos mucho sobre este conflicto y estamos deseando averiguar más.