lunes, 27 de enero de 2014

Historias Forrentinianas

Pocos serán los que no hayan oído hablar nunca de Forges, ese perpretador de viñetas que lleva años llenando nuestras vidas de pensamientos lúcidos, largos ratos de carcajadas, surrealismos extravagantes, Blasillos, funcionarios y multitud de "palabros" impronunciables. Quizás a alguno más le suene a chino la expresión "Forrenta años", un conjunto de diez álbumes que apareció a finales de la Transición en lo que pretendió ser un repaso humorístico -con el objeto seguramente de aportar un poco de luz entre tanta sombra-, de los cuarenta años vividos bajo el dictamen del régimen de Franco. Pero Forges no sólo se ha dedicado solamente a explorar la historia reciente de nuestro país, sino que, bajo el amparo de diversas editoriales y foros, le ha sacado punta a los funcionarios, los médicos, los políticos, y también a los personajes históricos a lo largo de la zigzagueante historia de nuestra amada y odiada a partes iguales Iberia Vieja. En sus dibujos, Antonio Fraguas, alias "Forges", además de tratar asuntos políticos de gran trascendencia y de referirse a insignes (o no tanto) prohombres de la patria, también se orientaba con igual agudeza al detalle, a esas pequeñas o grandes anécdotas brillantes de cada día, las cuales suelen ser normalmente las que más ilustran la verdad que subyace detrás de la siempre escurridiza Historia. Como forma de rendir homenaje a este (elijan ustedes el calificativo que más les guste) ilustrador, dibujante, humorista, hombre universal, periodista -e incluso director de películas, a cuál más bizarra si se atreve uno a adentrarse-, relato dos anécdotas de la historia de esta España cañí contadas por este particular diestro, y de las cuales seguramente no nos hubiéramos enterado si no hubiera sido a través de él. Al menos yo, por mi parte.

-El primer episodio se refiere al último tranvía de Madrid. Bien saben muchos de ustedes que en España había tranvías, como hoy los tienen todavía Estambul, Suiza o San Francisco. La historia del último tranvía de Madrid podría haber sido (y seguramente lo hubiera sido en cualquier otro país) entrañable y bonita: el conductor se ofreció, a modo de despedida, a llevar a todo los ocupantes a tomar un chocolate con churros. Sin embargo, un pasajero se quejó porque dijo que llegaba tarde. La discusión empezó, volaron las bofetadas, y el incidente terminó con el pasaje al completo del último tranvía declarando en comisaría.

-Este relato tiene como protagonista a Alfonso XIII. En 1931, obligado a huir de España por el advenimiento de la Segunda República, el recientemente destronado rey huía a bordo de su coche, el cual se dirigía hacia la frontera francesa conducido por un aparentemente imperturbable chófer. Sin embargo, en un momento determinado, este último detuvo el vehículo. Seguramente tomó aliento, meditó lo que iba a decir durante unos instantes, se volvió hacia su pasajero, y finalmente le espetó: "Mire, dentro de unos minutos pasa por aquí el tren del expreso. Si fuera por mí, yo dejaba que pasara y nos arrollara a los dos, porque yo soy anarquista. Ahora bien, lo vamos a dejar pasar, porque mi mujer dice que usted le cae bien. Y yo, no quiero tener problemas en casa". O algo muy parecido a eso. Y entonces arrancó. La cara de Alfonso XIII tras esa confesión tuvo que ser un poema.

Seguid disfrutando de Forges. Seguid disfrutando del día. Y como dice este común amigo, "no te olvides de Haití". O de Filipinas. O de aquí.

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