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domingo, 1 de julio de 2018

La historia real de julio: una pequeña lista de científicos represaliados

En estos días en que se habla tanto de sacar de sus aposentos los cadáveres de rancios dictadores, y de recuperar los cuerpos que éstos dejaron en las cuentas, conviene recordar que las víctimas de golpes de estado, revoluciones y violencias de variado signo no se circunscriben sólo a políticos, colectivos discriminados ni a poetas (¿dónde estará el cadáver de Lorca?), sino a todos los estamentos y clasificaciones sociales de cualquier índole. En apariencia, los científicos tendrían que haberse librado en mayor medida de este descalabro: bien por su utilidad inherente (ahí tenemos a un Werner von Braun que se pasó la última parte de la guerra en un hotel de lujo en Alemania, esperando a que le capturaran sus futuros jefes de los Estados Unidos), bien porque su actividad tiende a desarrollarse en un ámbito neutral en la mayor parte de los casos. Sin embargo, hay científicos que, bien por sus ideologías particulares, bien por sus propios descubrimientos científicos, sufrieron de persecución, acoso y hasta asesinato por parte de poderes fácticos y autoridades. Aquí hay una pequeña lista que engloba a algunos de ellos:

-Antigüedad: uno de los casos más conocidos de esta enumeración es el de Arquímedes. Según la leyenda (que contiene visos de veracidad), Arquímedes habría intervenido en la defensa de la ciudad griega de Siracusa respecto al sitio a la que la habían sometido los romanos. Uno de los ingenios que habría empleado (descrito por Polibio) era la "garra de Arquímedes", una especie de mano de hierro que inclinaba a los barcos y permitía que accediera agua a su interior. La otra gran estrategia (mucho más controvertida en cuanto a su verosimilitud) sería la de emplear espejos para crear un rayo de calor que incendiara las naves enemigas. Sea como fuere, cuando los romanos entraron en la ciudad (narra el mito) uno de los soldados romanos se encontró a Arquímedes haciendo cálculos sobre la arena. Como el legionario no era consciente de quién era el sabio -ni tampoco de que había órdenes explícitas de no hacerle daño- y como el inventor y matemático se mostrara desdeñoso respecto a la presencia molesta del soldado, éste le mató con su espada, para gran disgusto de su oficial superior cuando se enteró. No es para menos: se dice, entre otras cosas, que Arquímedes estuvo muy cerca de crear el cálculo diferencial que más tarde desarrollarían por separado Newton y Leibniz, y que si algo se lo impidió fue la dificultad de trabajar con los enrevesados números griegos. También a raíz de varios reportajes y de la fantástica película "Ágora", de Alejandro Amenábar, es famoso el asesinato de Hypatia, matemática y directora de la Biblioteca de Alejandría que fue (probablemente) violada y (sin duda) descuartizada por orden del obispo Cirilo, quien pretendía eliminar todo vestigio de paganismo en oposición a la fe cristiana que él representaba, culminando con ello la labor de destrucción de la mítica Biblioteca de Alejandría.


-Con la iglesia hemos topado: Hypatia fue uno de los primeros borrones en el debe de la iglesia, durante un período en el que se destruyó intensamente tanto ciencia como arte y literatura, pero incluso cuando el cristianismo se convirtió una religión asentada en la sociedad, las persecuciones siguieron adelante contra todo aquel que osara contradecir sus dogmas. También en el terreno científico. El caso de Galileo Galilei, obligado a abjurar de sus teorías astronómicas, es el más popularizado, pero no el que peor terminó. Lluis Alcanyís y García de Orta fueron ejecutados por la Inquisición debido a sus orígenes judíos (el primero en Valencia, el segundo en Portugal). Relevantes también son los casos de Lucilio Vanini, quien teorizó mucho antes que Darwin la evolución de las especies y que fue condenado por ateísmo, y del visionario Giordano Bruno, que anticipó entre otras cosas la existencia de otros planetas donde, según él, podría haber otras criaturas inteligentes aparte de nosotros -lo último se da quizás erróneamente por supuesto-. Ninguno de ellos tenía una visión del supremo hacedor absolumente equivalente a la de la Iglesia (lo cual no quiere decir que no fueran creyentes ni cristianos; Vanini creía en el Dios como una fuerza conductora, mientras que Bruno se definiría como panteísta), y por ello fueron ajusticiados. No sólo en el área del catolicismo encontramos mártires. El aragonés Miguel Servet, descubridor de la circulación menor, mantenía una agria disputa teológica con el protestante Calvino a cuenta de la Santísima Trinidad. Ingenuo, Servet acudió a Ginebra, donde Calvino había establecido su sede teocrática, para hacer las paces. No salió vivo de allí: la madera en la que prendieron su hoguera estaba mojada a causa de la lluvia y tardó horas en quemarse. Una valiente apología de él fue escrita por Castelio y reflejada por Stefan Zweig varios siglos más tarde.


-Las revoluciones políticas de la Edad Moderna se cobraron también sus víctimas: algunas por haberse involucrado de manera directa en las mismas, y otras no tanto. Francisco José de Caldas era un multifacético colombiano que, cuando Napoleón invade España, ve con buenos ojos (como muchos de sus compañeros) expulsar al virrey español que tomaba lo mejor de las colonias y se lo reservaba para la metrópoli. Los conspiradores encuentran un buen lugar para realizar sus reuniones en el Observatorio Astronómico de Bogotá que Caldas dirigía pero, descubierta la conjura, los rebeldes se ven obligados a huir y Caldas colabora como ingeniero militar en muchas de las siguientes batallas. Capturado por sus enemigos, a pesar de su erudición, el militar español que condena a Caldas niega el indulto bajo la frase: "¡España no necesita de sabios!". Mientras le conducen al lugar de la ejecución, dibuja en una pared la letra griega θ, que se asocia con la frase "Oh, larga y negra partida". Muere acribillado por los disparos. Similar suerte corrió Antoine Lavoisier, el padre de la química moderna, y que en la Francia pre-revolucionaria fue conocido por dos motivos: 1) demostrar la ley de la conservación de la masa, desmontando la hasta entonces establecida teoría del flogisto y 2) participar también en teorías económicas, mejorando el sistema de recaudación de impuestos. Estos impuestos eran los que exprimían a las clases populares y, por tanto, los que trabajaban en estas actividades fueron tremendamente vilipendiados por la Revolución Francesa cuando ésta triunfó. De hecho, en la ejecución de Lavoisier se ha querido ver un enfrentamiento pasado contra Marat, líder del movimiento revolcuionario que fue ridiculizado por Lavoisier años antes en el campo de la química, pero lo cierto es que, a lo largo del período revolucionario, todos los individuos destacados en relación con el cobro de impuestos fueron guillotinados. El juez del tribunal que le condenó proclamó (de manera muy similar al militar que negó el indulto a Francisco José de Caldas) que "Francia no necesita ni de sabios ni de químicos".


-En ocasiones, de quien has de guardarte no es de los individuos ajenos, sino de tus propios colegas. Semmelweis, de quien hemos hablado colateralmente en cierta ocasión, era un médico húngaro en Viena que descubrió la asociación entre fiebres después del parto y el hecho de que los médicos trataran a las madres después de haber tocado a los muertos en la sala de autopsias, así que recomendó el lavado de manos para prevenir los fallecimientos causados por dichas fiebres. Sus colegas le desprestigiaron (aludieron a su origen húngaro para despreciar su teoría), perdió su trabajo y su reputación, y acabó tan dolido por el rechazo que se dice que, para demostrar su hipótesis, se hirió con un bisturí procedente de una sala de autopsias, provocando una infección que le causó la muerte (nota: leyendo más sobre el tema, descubro que esta historia es una leyenda, pero que durante mucho tiempo fue aceptada. Aún así, parece claro que la muerte de Semmelweis se produjo tras los malos tratos recibidos en un sanatorio mental, al que ingresó después una serie de actos de locura influidos seguramente por el gran tormento personal que le causó el rechazo de la comunidad científica). Otro caso paradigmático es el de Daniel McFarlan Moore: varios científicos han muerto asesinados en diversos países (sobre todo, regiones tercermundistas) por individuos que les asaltaban en el auto, en la calle, o en su casa. En el caso de Moore, sin embargo, su asesino era un compañero de profesión en paro que explotó de rabia al ver que el primero se le había adelantado con la patente de un invento.


-Si los estados y las organizaciones sociales pueden matarte, no está tampoco libre de peligros el que se deja engullir por la naturaleza para aislarse de la sociedad. Aunque, en la mayor parte de las ocasiones, más que los insectos o las serpientes, la amenaza procede de otros hombres. Dianne Fossey (muy conocida por su semblanza biográfica en la película "Gorilas en la niebla") fue asesinada por cazadores furtivos por querer proteger a los gorilas a los que estudiaba y con los que convivió. El naturalista boliviano Noel Kempff Mercado cometió el error de aterrizar su avioneta en un lugar dominado por un cártel de la droga y fue asesinado; sólo un compañero suyo español sobrevivió, y el hecho de que relatara su historia cambió en Bolivia la percepción del narcotráfico e incrementó la lucha contra el tráfico de drogas. Muy irónico también es el caso del entomólogo británico Ernest Gibbins, quien pretendía ayudar a la población indígena analizando muestras biológicas (con el objeto de contribuir a la cura de la tripanosomiais y la fiebre amarilla) pero murió lanceado porque sus sujetos de estudio pensaban que iba a utilizar su sangre para hacer brujería.


-Meterse en proyectos militares tiene también sus inconvenientes. Ya hablamos en su día del físico Oppenheimer, que no fue asesinado pero sí degradado y apartado de todo proyecto en medio de la histeria anti-comunista generada por el senador Joseph McCarthy y su "caza de brujas". Pero algunos casos llegan hasta el extremo: el físico iraní Yahya El Mashad fue asesinado en su casa de manera misteriosa, aunque todo el mundo sospecha que la orden la dio Barack Obama para evitar que Irán desarrollara su programa nuclear. En cuanto a Gerard Bull, era un ingeniero canadiense que había trabajado en numerosos proyectos de defensa de varios países, pero se cree que la acción que causó su muerte fue desarrollar un nuevo tipo de misiles para el Irak de Sadam Husseim, lo cual atrajo la mirada y la condena del servicio secreto israelí del Mossad.


-Las dictaduras son un mal momento para el pensamiento independiente. El monolítico pensamiento único soviético no admitía disidencias de ningún tipo, y entre sus múltiples víctimas también se hallaban investigadores, e incluso corrientes científicas. Por ejemplo, el darwinismo era considerado demasiado capitalista y el lamarckismo (hoy científicamente invalidado, salvo en algún caso muy concreto), más acorde con las teorías comunistas. Entre purgas soviéticas de ida y vuelta, tanto los defensores como los detractores de ciertas teorías acabaron engullidos por la maquinaria de la detención o el gulag (en ocasiones, los mismos instigadores de las purgas fueron a su vez purgados). Tampoco tenemos que irnos muy lejos: en España, la mayor parte de los científicos hubieron de huir con el golpe de estado de 1936, y muchos de los que se quedaron (entre ellos, un discípulo de Cajal) fueron depurados. Hoy, se han iniciado proyectos de recuperación de memoria histórica para rescatar su labor. Incluso en democracia, puede haber asesinatos a científicos por razones políticas a causa del terrorismo, esa forma de hacer dictadura cuando no se dispone de los resortes del estado (y viceversa): José Ramón Muñoz Fernández era un internista asesinado por los GRAPO por proporcionar alimentación forzosa a dos de sus miembros en huelga de hambre, una actuación que decidió, en última instancia, el Tribunal Constitucional.


Dicen que, por cada niño con potencial que fallecece sin oportunidades en el Tercer Mundo, perdemos un Einstein o una Marie Curie. En los casos que hemos narrado antes, conviene refrescar la cita que enunció el sabio Lagrange a propósito de la muerte de Lavoisier: "Sólo ha hecho falta un instante para cortarle la cabeza; pero Francia no será capaz de producir otra semejante en un siglo".

lunes, 17 de junio de 2013

La historia real de junio: Las brujas de Zugarramurdi

Quizás muchos estéis al corriente ya de que han comenzado a distribuirse por la web las primeras imágenes de la nueva película de Alex de la Iglesia, "Las Brujas de Zugarramurdi". He de confesar que esta noticia me ha hecho adelantarme a la hora de comentar un tema sobre el cual quería hablar desde hace tiempo, pero seguramente en un tono muy distinto al que lo usará el carismático director español. Y aunque sin duda De la Iglesia va a contar con algunas de las brujas más sugerentes del panorama cinematográfico español, en este caso os quiero presentar un personaje que también debería llamarnos la atención por un motivo tan curioso como contundente, y sorprendente a pesar de todo, precisamente por lo aparentemente anodino del hecho: fue un hombre que actuó de acuerdo a la razón.

Lo primero de todo aclarar que, como todos sabéis, lo de la caza de brujas para quemarlas en el fuego purificador de la hoguera no era algo nuevo para cuando tuvo lugar el famoso auto de fe en Logroño donde se condenó a morir bajo las llamas a doce supuestas brujas (cinco de ellas, en efigie, pues habían fallecido anteriormente) las cuales habitaban en la localidad navarra de Zugarramurdi, en el año 1610. De hecho, más de un siglo antes, un par de teólogos alemanes habían publicado un texto denominado Malleus maleficarum, que consistía en un tratado exhaustivo acerca de en qué consistía la brujería, cómo desenmascarar a las brujas, y finalmente, qué castigos deberían aplicarse sobre las mismas. Dicen que las palabras tienen un inmenso poder, y en este caso la fortaleza de este texto residió en la cantidad de gente dentro de la iglesia que lo leyó, asumió sus tesis y las llevó a la práctica. El equivalente al Mein Kampf de la Edad Media significó la condena a muerte de miles de mujeres (en una mentalidad claramente misógina) que en muchos casos sólo habían cometido el pecado de leer un poco más de la cuenta, actuar un poco más extravagantemente de lo normal, suscitar la envidia de una vecina, o simplemente estar en el lugar equivocado en el momento más inoportuno. Hubo episodios en todos los países: quizás a destacar especialmente se encuentre el caso de Matthew Hopkins, "Cazador General de Brujas" (no sabemos si un título inventado por él mismo o investido por el Parlamento inglés; según Hopkins, claro, la versión buena era esta última), el cual acabó con unas doscientas mujeres tras demostrar su relación con la magia negra, con pruebas tan irrevocables como el famoso juicio del agua (si te ahogas, no eres bruja; si no te ahogas, eres bruja, y debes morir también) y otras demostraciones igual de peregrinas. Me hubiera encantado que el final de Hopkins hubiera sido el descrito por Neil Gaiman y Terry Pratchett en su graciosísimo libro "Buenos presagios" (muy recomdnable, sobre todo por el prólogo y el epílogo: tiene el mejor "making of" que le recuerdo a una obra escrita), y que viene a decir así: ˂˂Del pasado siempre se pueden extraer lecciones: "Matthew Hopkins, General Cazabrujas, iba por los pueblos de Inglaterra cobrando 9 peniques por cada bruja encontrada y mandada a la soga. Como no cobraba por horas, tenía que encontrar un gran número de brujas. Su periplo duró hasta que un vecino de East Anglia se dio cuenta de que era mucho más barato colgar directamente al intermediario"˃˃pero parece que en realidad falleció de tuberculosis pulmonar en la cama. En Francia también sucedieron sus cositas, y de hecho a principios del siglo XVII Pierre de Lancre andaba montando un gran revuelo por esas tierras, en concreto en la zona más cercana a los Pirineos, lo cual contribuyó a generar inquietud al otro lado de la frontera. Y de ahí los juicios de Zugarramurdi. Pero no todos los religiosos que participaron en aquel juicio estuvieron de acuerdo con el resultado. Y entre ellos se encontraba uno de los jueces, el inquisidor Alonso Salazar y Frías.

Salazar, burgalés de nacimiento, había estudiado Derecho Canónico en Salamanca y Sigüenza, y tenía fama de buen abogado -labrada en sus diferentes destinos, siempre cercanos a personajes relevantes de la Iglesia española- cuando fue enviado a participar en los juicios de Zugarramurdi. Este religioso estuvo de acuerdo con los otros inquisidores en castigar con penas no capitales a aquellos acusados que confesaron voluntariamente sus crímenes. Sin embargo, la controversia vino con los doce ajusticiados que habían negado sus actos, los cuales fueron finalmente conducidos a la hoguera, a pesar de que Salazar solicitaba más pruebas. Finalmente, Salazar logró salvar a dos almas, pero no se quedó convencido del todo, y exigió realizar una investigación por su cuenta en la zona de Navarra y el País Vasco, con el objeto de realizar las pesquisas con sus propios métodos, sin intimidaciones ni torturas, como solía hacerse en aquellos tiempos. Le acompañaron otros dos inquisidores. Lo que Salazar encontró pasará a la historia como uno de los ambientes más dantescos y degenerados que se han descrito en la historia de las sociedades humanas organizadas, quizás porque en otros casos no había un testigo lúcido que lo pudiera contar.

Lo más curioso de todo -como luego revelará Salazar en sus crónicas- es que en esta zona de España ni siquiera se conocían leyendas sobre las brujas. Pero cuando llegó Pierre de Lancre y empezó realizar sus procesos al norte de los Pirineos, las noticias se filtraron y se inició un lento goteo que acabó convirtiéndose en imparables olas, y luego en una marea que, cual tsunami, arrastraba todo a su paso. Denuncias mutuas, sueños paranoicos, niños que confesaban acudir a aquelarres que nunca habían existido, vecinos que arrojaban piedras y quemaban las casas de aquellos individuos acusados por sus paisanos de brujería, o sumergían  a los sospechosos en ríos helados para obligarles a confesar. Hasta una mujer embarazada falleció por culpa de las torturas a las que que la sometieron; todo esto llevado a cabo por aldeanos que decían actuar, para sus barbaries, "en nombre de la autoridad". El "insano clima" -como describió Salazar- que reinaba en la zona había propiciado un pánico que ahora se extendía como el fuego a través de una mecha de pólvora. En cierta medida, debía asemejarse a lo que hoy en día todavía ocurre en algunas regiones de África, donde la sospecha de un "brujo" que maldice a todo un clan o poblado origina migraciones masivas, desata guerras entre localidades vecinas (por la natural tendencia humana a pensar que el enemigo se encuentra siempre fuera de casa) o, en el caso de los amba, uno de los pocos grupos que busca los brujos dentro de sus propias filas, ha conseguido acabar con una inmensa comunidad completamente disgregada y condenada al caos. Hasta 5000 denuncias se acumularon frente al grupo de inquisidores encima de su mesa, en uno de los procesos más voluminosos en la historia de Europa en relación con la brujería, y seguramente uno de los más macabros. Pero la actitud de los distintos inquisidores encargados de juzgar los casos era muy distinta: mientras los otros dos querían aplicar el máximo castigo, Salazar decía que no había causa. Y allí comenzó la batalla.

En realidad, como dice Gustav Hennigsen, biógrafo de Salazar, los tres inquisidores eran sacerdotes y habían estudiado en la universidad: pero mientras que dos de ellos eran teólogos, y hacían más caso a lo que decían los "demonólogos" oficiales de la iglesia, Salazar era un abogado. Buscaba la evidencia. Perseguía los hechos. Practicaba el método inductivo, frente a unos sacerdotes que se creían al dedillo todo lo que los supuestos brujos les contaban. A ello, Salazar replicaba que, precisamente por haberse confesado brujos, no podían basarse únicamente en su palabra, y menos al narrarles hechos que desafiaban toda racionalidad humana. Debían obtener evidencias palpables o, al menos, testimonios creíbles de gente que no fueran brujos, para demostrar su cupabilidad. Frente a él, los otros dos inquisidores se mostraban indignados de que Salazar -por cierto más joven que ellos- pudiera llevarles la contraria. Para más inri, el abogado burgalés se dedicaba a expresar implícitamente, con sus argumentos que las tesis que los otros dos defendían no tenían consistencia alguna, negando por tanto la veracidad de las 1800 confesiones que habían obtenido, y que para ambos inquisidores tenían que ser ciertas, pues se hallaban de acuerdo con todo lo que ellos sabían acerca de las formas en que se manifiesta el demonio (por supuesto, estas manifestaciones se hallaban en el Malleus maleficarum; guía que los inquisidores conocían y con la cual, seguramente, a los acusados de brujería habían sugestionado). ¿Cómo podía Salazar mostrarse tan empecinado en contra de sus argumentos? "No comprendemos cómo puede haber quien se atreva a decir que sean los sabios el Consejo de la Inquisición quienes estén sumidos en el error durante tanto tiempo hayan procedido injustamente", llegaron a afirmar, henchidos de rabia. Porque en efecto, la alternativa, de ser cierto lo que decía Salazar, era que todo lo que habían hecho durante años (con toda la gente que había muerto), todo lo que habían creído, estaba mal. La presión sobre el abogado nacido en Burgos tuvo que ser asfixiante, hasta el límite de lo brutal. «Mis colegas dicen que ciego del demonio defiendo yo a mis brujos», aseveró sin duda agotado, asediado continuamente por sus colegas. En medio, la vida de 5000 personas estaba en juego, y Salazar sólo encontraba la cerrazón de sus compañeros, que se negaban a claudicar. Enviaron sus conclusiones a Madrid esperando ver cuál era su dictamen. Grandes momentos de tensión se debieron pasar en un período en que las comunicaciones eran lentas e inseguras, y donde podían pasar semanas hasta obtener la anhelada respuesta. Finalmente, las instancias centrales de la Inquisición fallaron a favor de Salazar: alguno de los más altos responsables de esta institución habían trabajado con él y eran partidario de sus métodos, habiendo incluso advertido previamente al resto de los inquisidores de que el Malleus maleficarum podía contener errores, como cualquier otro libro, y que no había que basarse sólo en este tratado para juzgar. El miedo que se había extendido por la región del País Vasco había hecho que hasta estos todopoderosos jerarcas eclesiásticos se pusieran nerviosos; sin embargo, al ver una persona que defendía sus tesis sobre el terreno, decidieron apoyar a Salazar, y volver por lo que, según Hennigsen, era la norma de la iglesia española al respecto (un inciso: en realidad, en contra de lo que ha defendido la famosa leyenda negra en nuestro país, ha habido muchos más muertos por brujería en los países de Centroeuropa que en España. Eso sí, y como una losa nuestra, la Inquisición española -con la innegable ayuda de Fernando VII- permaneció activa aquí mucho más tiempo).

Salazar afirmó en sus conclusiones que <<No hubo brujos ni embrujados en el lugar hasta que se comenzó a tratar y hablar de ellos>>; entendió que la solución al problema no era avivarlo con la intervención de los autoridades y la instauración de más escándalo, sino todo lo contrario: que el silencio era la mejor medida para que las aguas volvieran a su cauce. Bajo los consejos de quien ha sido reconocido como "el abogado de las brujas", la postura de la iglesia frente a futuras denuncias fue la de la prudencia antes que la condena preventiva, como mantenían muchos. Aquello podía haber sido una gran masacre y un cúmulo de despropósitos, como los que describió Arthur Miller (quien lo empleó como metáfora para otra caza de brujas, la de McCarthy) en su famosa "The crucible" ("El crisol", o "Las brujas de Salem"). Y sin embargo, terminó como había de acabar de acuerdo al sentido común: con tranquilidad y sosiego.

Muchas veces me he planteado escribir una novela o un relato ambientado en aquellos días. Me imagino a Salazar, a semejanza de Guillermo de Baskerville en <<El nombre de la rosa>>, tratando de salvar a inocentes criaturas cuyo único pecado es ser ignorantes y supersticiosas (creyéndose las fantasías, propias o ajenas, que les llevan a la desgracia), frente al malvado inquisidor general, que busca tan sólo la muerte y la condenación ajena en las llamas del infierno inmortal. Pero lo veo hartamente complicado, por un solo y sencillo motivo: porque en esta historia, la que acaba triunfando por encima de todo, es la verdad. Las cosas avanzan por donde, de acuerdo a la lógica y al buen sentido, deberían avanzar. A los relatos les conviene el drama, la tragedia y, sobre todo, lo insospechado. Como suele decirse, no es noticia que el perro muerda al hombre, sino que el hombre muerda al perro. Salazar no es un mártir que se sacrifica, ni es alguien que se enfrenta al enemigo entre explosiones espaciales: es un tipo que se basa en la razón, y que pretende que los actos que llevemos a cabo en este mundo se ajusten a ella. Algo que parece sencillo y encomiable, pero que, a pesar 
o, precisamente, a causa de ello, no es lo normal. Salazar simboliza al típico héroe que trata de hacer prevalecer lo que dicta la sensatez, frente a una marea humana la cual, llevada por los prejuicios, la ignorancia, el orgullo o la ambición personal, pretende forzarle a lo contrario. Me recuerda, en cierta medida, al caso de Semmelweis, un médico húngaro que, en el siglo XIX, descubrió en la maternidad de Viena que eran las "materias putrefactas" con las que los estudiantes de medicina quedaban contaminados tras la realización de las autopsias (y que luego llevaban a las salas de partos) las causantes de las fiebres puerperales que acababan con la vida de una altísima proporción de embarazadas. Hoy en día sabemos que esas partículas son bacterias y que la higiene es una necesidad fundamental, pero en aquella época este hecho no se conocía, aunque (y esto es lo verdaderamente grave) tampoco se le hizo caso al médico que había propuesto aquella teoría, y preferió echársele la culpa de las infecciones a la falta de pericia de los estudiantes o incluso a su procedencia extranjera, sin comprobar que estas hipótesis tuvieran algo que ver con la realidad. Semmelweis quería obligar a que todos los que atendieran a las embarazadas se lavaran las manos antes de hacerlo. No obstante, a pesar de la pulcritud de su razonamiento -y de la contundencia de los resultados-, sus colegas, por vanidad, por envidia o quizás cierto tufo xenófobo, le ignoraron y expulsaron de su propio lugar de trabajo (sólo cinco profesores apoyaron su causa: algunos han sido reconocidos, a posteriori, como padres de ciertas ramas de la medicina; en aquella época, sin embargo, no tenían la influencia para oponerse a la eminencia médica que en aquel momento acumulaba más poder). Semmelweis maldijo impotente la terquedad y ceguera de sus compañeros de profesión, y durante años no hacía más que quejarse, reiteradamente, de cómo sus ideas sanadoras se obviaban. Salazar no tuvo que pasar por ese calvario porque, por fortuna, le hicieron caso. Eso por supuesto le hizo más feliz a él y salvó muchas vidas, pero también puede ser la causa de que sus acciones no hayan impactado más en el inconsciente colectivo. Quizás sea esa falta de espectacularidad de los logros de este abnegado profesional de las letras (o, tal vez, esa habitual tendencia de los españoles a denostar a nuestros héroes y adorar los ajenos, destacando si acaso, a nuestros peores representantes, como es el caso de Torquemada) la que haya hecho que el biógrafo de Salazar sea un extranjero; que el abogado burgalés no tuviera página en Wikipedia en español hasta hace muy poco (actualizo este artículo en 2022), aunque sí en inglés; o que apenas tengamos referencias en nuestra cultura a Salazar aparte de su aparición en la película gallega "A paixón de María Soliña". Salazar ejerce de este "tipo normal", cargado de sentido común, un sabio, un hombre docto, que precisamente por ser tan excepcional merece ser subrayado, aunque la mayor parte de las veces no sea la "prima dona" más rutilante. No sé si se merece una novela, pero tengo claro que sí que debería erigírsele una estatua. Claro que, como dice Pérez-Reverte, este país no se distingue por premiar a sus mentes más preclaras (recientes casos relacionados con la ciencia en el siglo XXI vienen a demostrarlo): el escritor cartagenero defendía en un artículo que, si Cervantes hubiera sido francés hubiera sido probablemente mucho más aclamado, pero también que con toda certeza, sin los sinsabores de ser español, no hubiera conocido la ingratitud, la envidia y la humillación y, por tanto,no hubiera escrito El Quijote.

Independientemente de que algún día yo o alguien nos animemos a narrar las desventuras de Salazar y de las  dolorosísimas sesiones de esgrima o boxeo verbal que tuvo que mantener con los dos obstinados inquisidores, creo que conviene terminar este relato con una reflexión que realizaba el antropólogo Marvin Harris en su célebre conjunto de ensayos "Vacas, guerras, cerdos y brujas". Harris defendía que el concepto de las brujería fue creado en la Edad Media por parte de las clases dominantes para que los campesinos no se rebelaran contra el rey o el señor feudal de turno, sino que se enfrentaran entre sí persiguiendo a entes demoníacos a los que consideraban los orígenes de sus males. (También aquí volvemos a establecer paralelismos con lo que pasa en África, donde Kapuscinski relata en "Ébano" cómo los africanos son capaces de reaccionar, ante una muerte por accidente de coche, buscando al brujo causante del mismo, hasta el límite de la extenuación, en lugar de revisar de manera mucha más práctica el líquido de frenos). Harris también argumentaba que, en la época en la que escribió su libro, las brujas habían "resucitado", a rebufo de la cultura new age, por el mismo motivo: para que busquemos la solución a nuestros problemas en la magia, y no en acciones estructuradas y practicables. Si hace unas décadas el argumento era válido, no menos lo es ahora, en que muchos hechos se ocultan bajo argumentos indescifrables, expuestos por parte de gurús que no aceptan réplica, los cuales se refugian en "aquellos que poseen el conocimiento", y no en la veracidad de los cristalinos hechos. En este tipo de momentos, conviene recordar, como dice Hennigsen, y saca a relucir Pérez Barredo en un artículo en el Diario de Burgos, que «el mundo siempre tendrá necesidad de alguien que se atreva a desenmascarar al verdugo: de hombres tan enteros como Salazar».