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lunes, 21 de septiembre de 2026

El relato de septiembre: "Profesora Führer"

              Hay algo muy mágico en el momento en el que un grupo de varias decenas de alumnos (fieras asilvestradas que, mal manejadas, estarían mordiéndose mutuamente, saltando unos encima de los otros, llorando y sacándose los mocos propios y de los demás) se encuentran silenciosos, dibujando, reflejando cada uno su creatividad única, concentr ados en su tarea, mientras su maestra de infantil se encuentra sentada en su silla, al lado de la mesa, contemplando beatífica el pequeño milagro que está aconteciendo delante de ella.

                Pero como los milagros no pueden durar eternamente y a veces se evaporan poco a poco, y otras explotan violentamente como una pompa de jabón, se abrió la puerta del aula, entró la directoria del colegio, y desapareció toda la magia de golpe. En ese momento, los niños y niñas levantaron la cabeza, los lápices de colores dejaron de pintarrajear, y la profesora (una joven menudita, delgada, con cara de no haber roto un plato) se levantó de la silla y, como era protocolario, alzó el brazo para ejecutar el gesto obligatorio de “Heil Hitler!”, aunque lo hizo de manera algo atolondrada, como si no estuviera acostumbrada a pedir taxis, y de hecho casi derribó la taza que había encima de su mesa al incorporarse precipitadamente.

                Sin embargo, la directora casi no prestó atención a ese hecho. Cada vez que entraba en aquel aula (que alojaba a los alumnos más pequeños de ese colegio), la visión de las decenas de banderas nazis, con la esvástica sobre el círculo blanco y éste sobre fondo rojo, las cuales se hallaban colgadas sobre la pared del fondo, la emocionaba tanto que olvidaba todo lo demás. Así que contempló con deleite el espectáculo mientras las niñas se ponían de pie y realizaban el saludo fascista, hay que decir que con más capacidad de reacción que su propia maestra, que casi se trastabilló mientras trataba de mantenerse erguida.

                -Muy bien. Sólo quería comprobar que todo transcurría adecuadamente -se giró la directora hacia la profesora-. Puede seguir con la clase.

                La directora cerró la puerta. La profesora lanzó un amplio movimiento de espiración, exhalando el aire con lentitud conforme avanzaba hacia sus alumnos, y juntó las manos con delicadeza mientras indicaba el siguiente paso:

                -Muy bien, niños. Coged las banderas que están al fondo del aula. Eso es… Y ahora, como lo hemos ensayado.

                Los niños tomaron las banderas, y cada uno puso una de ellas en el suelo y se sentó encima, con las piernas cruzadas. La profesora hizo lo mismo con otro emblema que guardaba en un cajón. Luego, colocó las manos a ambos lados del cuerpo, confluyendo las yemas de los dedos en el mismo punto, y tomó aire de manera profunda antes de decir:

                -Recordad, niños… la esvástica es un símbolo indio que expresa buena suerte y prosperidad. Así que, cada vez que veáis una de ellas, pensad en algo que aquí en Alemania se valora mucho: la naturaleza. Cerrad los ojos y pensad en arbolitos, en verde… y en pajaritos…

                Y la clase se quedó en silencio, respirando acompasadamente, con una tranquilidad que contrastaba mucho con el sonido de las bombas que, a muchos kilómetros de allí (aunque cada vez eran menos), retumbaban contra el suelo.

*

                La vida transcurría pacífica en este pequeño oasis que era la clase de Fräulein Margueritte. Aunque, de vez en cuando, ocurrían cosas raras. Por ejemplo como cuando, aquel día que los chavales estaban haciendo sus ejercicios en el cuaderno, se encontró con que una de sus alumnas se hallaba canturreando una canción. La profesora se acercó a ella con curiosidad:

                -Dime, Anna, ¿qué estás cantando?

                -Oh, es una melodía que tatarea mucho mi madre cuando cocina. Sobre todo cuando escucha por la radio los mensajes del Führer.

                Fue entonces cuando el mundo empezó a ir a una velocidad más lenta. Por desgracia, la profesora Margueritte, en lugar de adquirir más capacidad para reaccionar, la perdió por completo, ya que se paralizó. Porque en ese se momento se acordó que la familia de Anna era originaria de la región de Alsacia, de madre francesa, cosa de la que fue consciente un segundo antes de que la niña empezara a cantar:

                -Allons enfants de la patrie…

                No transcurrió más de un segundo hasta que a la directora (a la que le encantaba hacer esas entradas extemporáneas de vez en cuando en la clase) le dio por abrir la puerta.

                Fue suficiente. Estaba claro que había oído algo, aunque la maestra no sabía bien qué. O más bien, cuánto. Quizá no hubiera escuchado nada. Puede que tuvieran suerte.

                -¿Qué era eso?-preguntó la directora.

                Y allí, de repente, por arte de birbibirloque, la profesora recuperó de improviso todos los reflejos, y aceleró los nervios a velocidad supersónica para responder:

                -Ah, una canción alemana.

                La directora levantó una ceja.

                -¿Alemana, dice? Pues a mí me sonaba…

                -No, ¿sabe?, es que la familia de Anna es suiza. Y entonces allí cantan esas cancioncillas típicas, muy de la montaña… Ya conoce a los suizos, gente rara -la profesora se acercó a la directora y le susurró en voz baja-, ahí metidos en la montaña, con sus cosas… También un país muy rico, está muy bien tener a Anna en clase, su familia está pensando en donar dinero a la escuela, conviene tenerles contentos.

                Luego volvió a alzar la voz y se acercó a la niña.

                -Muy bonita la canción, Anna, puedes seguir con tus ejercicios…

                -Pero yo… -continuó la directora, que no sabía ningún idioma fuera del alemán, pero sabía que en esa historia había algo raro-. Me ha parecido escuchar algo… la canción empezaba con allons…

                -Claro -expresó la profesora, con un aire de seguridad tan demoledor como una excavadora-; allons, es la versión suiza de alles, como en Deustchland über alles. Alemán, buen alemán, alemán de toda la vida.

                La directora dudó. Era una mujer inclinada a dudar, de todas maneras. No estaba muy convencida de lo que estaba oyendo; pero la señorita Margueritte sabía tantas cosas, y solía darle tantos buenos consejos… Y, a pesar de lo que decían las otras profesoras, nunca se topaba con fenómenos extraños en su clase. Bueno, a veces sí, pero la profesora Margueritte siempre tenía una buena explicación para los mismos.

                -Eeeeh, en fin, está bien. Sigan trabajando. Pero intente que sus alumnas hablen un alemán… más normativo, si es posible. ¿De acuerdo, Fräulein Margueritte?

                La profesora asintió. En cuanto la directora se marchó, la maestra se inclinó sobre su alumna:

                -Si te parece, Anna, vamos a dejar esa canción para dentro de tu casa, ¿te parece? Pero es muy bonita, realmente… Muy bonita…

*

                Las reuniones en la sala de profesores, con el paso del tiempo, se fueron volviendo más desconcertantes. O, al menos, eso pensaba la señorita Margaritte. Porque era muy raro creer que pudieran estar teniendo allí una conversación tan normal sobre cómo educar a los niños mientras las noticias que llegaban del frente eran cada vez más preocupantes, y hasta empezaba a escucharse, a lo lejos, el sonido de las explosiones.

                -Bien, creo que con esto termina la programación mensual. Antes de irnos… -interrumpió la frase la directora.

                Se notaba que estaba tragando saliva.

                -Como saben, la situación en la guerra se está poniendo… más complicada de lo que se esperaba. Pero quiero mantener el firme compromiso que tiene esta escuela con el Reich…

                “Piensa en naturaleza”, se decía la señorita Margueritte para sus adentros, cerrando los ojos…

                -… con las doctrinas del Partido Nacional Socialista…

                “Piensa en parajitos”, repetía insistentemente.

                -… y por supuesto con el Führer.

                -¡Buitre!

                -¿Cómo ha dicho usted, señorita Margueritte?

                -Oh, nada, nada. Estaba pensando en la próxima lección que le tengo que dar a los niños, sobre el buitre leonado.

                La directora no se entretuvo demasiado en el tema. Tenía otras cosas en que pensar:

                -Por eso, quiero reiterarles que, a pesar de los rumores que circulan por ahí, mañana acudiremos todas para hacer nuestro trabajo, como siempre, para estar al pie del cañón.

                “O sea, que mañana no va a venir nadie”, meditó la señorita Margueritte, recordando a la orquesta del Titanic. Se preguntaba si la directora lo decía en serio porque era capaz de mantener, en una parte de su mente, un tabique que separaba las verdaderas intenciones de las mentiras que una quiere hacerse creer a sí misma… o si era capaz de esgrimir esa hipocresía de manera abierta, hasta el final, aunque el techo se les cayera encima por culpa de un obús. La tercera opción era más inquietante: tal vez no quería condenar a las profesoras con la obligación de venir a un lugar peligroso, sino que pretendía advertirles, de una manera muy sutil, que mañana estuvieran muy lejos de aquel lugar… pero sin decirlo abiertamente, no fuera que entre las profesoras hubiera una confidente a las autoridades. El mundo se estaba convirtiendo en un lugar muy complicado que habitar.

                -Creo que hemos terminado con todos los temas. Disolvemos la reunión. Que vaya todo muy bien los próximos días.

                La profesora Margaritte se pasó la mañana reflexionando sobre qué podía hacer con los niños.

                Al final del día, se le ocurrió:

                -Mañana vamos a hacer una excursión.

*

                La mañana siguiente amaneció radiante. Era un día soleado y hermoso, muy atípico de aquella región de Alemania en aquella época del año. Los niños (y sus familias, a quienes los alumnos habían convencido de acudir a esta actividad especial del colegio; teniendo en cuenta lo que probablemente se intuían que iba a ocurrir, era lógico que hubieran traído las maletas) se encontraban situados en un hermoso prado que se abría en una de las montañas que circundaban la ciudad. Desde ahí había una buena visión de la urbe. De hecho, la señorita, sentada sobre una piedra, podía avistar cómo los tanques y los aviones enemigos se aproximaban a lo que antes habían sido sus hogares, y disparaban como si allí no habitaran seres humanos.

                -¿Qué es eso, señorita?-preguntó uno de sus alumnos.

                Fräulein Margeritte negó con la cabeza, pesarosa.

                -Eso, niños, es lo que pasa cuando le haces caso a todo lo que dice alguien sin cuestionarlo. Ya sea vuestra Fräulein, o un Führer.

                La profesora se levantó. Se puso a caminar hacia el horizonte.

                -Venga, niños, seguidme.

                Y así iniciaron una larga y hermosa caminata por el campo.

lunes, 24 de agosto de 2026

El relato de agosto: "Llanto de madrugada"

Ocurrió hace mucho tiempo. Antes de que algunos de vosotros nacierais. Parece que fue hace milenios, pero ocurrió en el transcurso de una vida humana.

Llevábamos días, semanas, meses, bombardeados con el anuncio de que Estados Unidos iba a invadir Irak. La sociedad (parte de la americana, mucha de la europea, masivamente la española) se manifestó en contra. Se difundieron mentiras -fue allí donde nació la posverdad-, se esgrimieron burdas justificaciones, se presentaron endebles pruebas. Se dieron muchos, muchos discursos, casi todos llenos de palabras huecas, de aire, de nada. Todos los pretextos parecían ignorar acusaciones mucho más firmes, e ir quemando de manera salvaje etapas hasta que, finalmente, se anunció un día y una hora, una fecha para la barbarie. El ataque empezaría en mitad de nuestra madrugada.

En aquella época, ella aún vivía conmigo. Recuerdo que nos levantamos a nuestra hora habitual. Creo que aún no era de día. No me acuerdo quién encendió la televisión. Y allí estaban: las imágenes casi cinematográficas, de luces blancas sobre fondo verde. Secuencias como de videojuego que simbolizaban la muerte de seres humanos delante de nuestras narices, sin que hubiéramos podido hacer nada para evitarlo.

Ella lloró. Ahora me acuerdo mejor: ella no se había levantado, lo había hecho yo. Yo la desperté en la cama, anunciándole que había empezado la masacre. Y entonces ella lloró. Preguntó: "¿de verdad lo han hecho?". Por lo visto, después de todo, en su ingenuidad, aún creía que las protestas, las súplicas, los gritos de razón desolada, iban a servir de algo. Y sollozó como si le anunciaran que habían matado a un vecino, a un primo, un hermano. Porque, al fin y al cabo, ¿cuál era la diferencia?¿Cuál sería la distancia, años más tarde, con Palestina, con tantos conflictos, una y otra vez?¿Había alguna distinción con eso que dijo Camus, sobre la guerra civil española, acerca de que había demostrado que se podía tener razón y, aun así, perder miserablemente?

Y yo la amé por eso. La amé por esa inocencia tan estúpida. La amé porque son esas debilidades que otros desprecian los que nos hacen sentir, amar, vivir de verdad. Son las que nos convierten en humanos.

Quiero encontrarme con más personas que lloren así. Quiero gente idiota que crea que puede cambiar el mundo, y lloren su fracaso de madrugada.

miércoles, 1 de julio de 2026

El relato y la historia real de julio: "Fuego y tormentos"

 Fuego y tormentos.

Inspirado en una historia real

 

                Hay días que se parecen mucho al infierno. Si, en el lugar donde resides habitualmente, resuena el estruendo del entrechocar de armas; si la temperatura, por las habitaciones incendiadas, asciende a la que sufrirías en una caldera donde podrían estar cociéndote; si no estás seguro de, si en la próxima hora, seguirás vivo o si podrás salir de allí… pues no hay demasiadas diferencias a haber sido condenado al fuego y el suplicio eterno. Sobre todo, si estás en manos de unos herejes como los españoles. Porque eso quizá te demuestre, con cierta probabilidad, que te has equivocado de Dios.

                Pero vamos a dejar de lado lo que está ocurriendo dentro del resto del castillo de Guillermo de Orange, quien, por cierto, se halla muy lejos de allí mientras sus servidores son masacrados, desmembrados o, en el mejor de los casos, arrojados piadosamente por las almenas. Ahora mismo sólo vamos a concentrarnos en una habitación, la cual, desde luego, daba mucho miedo desde fuera, a causa de los recientes gritos que habían salido de ahí. Pero en este momento concreto, por un instante, se ha hecho el silencio. Parece que, desde dentro, la persona que está a cargo (de ropas negras, figura enjuta y rostro cetrino; al pesar de su esmerado bigote y su trabajado neerlandés, no consigue ocultar su origen español) quiere darle oportunidad a otra persona. Esta última se halla sentada, aunque en contra de su voluntad; sus manos están atadas junto a la parte posterior de una silla. Aunque quien se encontrara allí se sorprendería, sobre todo, por sus manos. De hecho, el torturador que se sitúa detrás de él, a pesar del horror, no puede parar de mirarlas. Y eso que el espanto que se abre ante sus ojos lo ha provocado él. Pero no es común contemplar a un individuo que se ha quedado sin ninguna uña en sus dedos. La carne viva se exhibe con crudeza en las falanges, de las que aún rezuma un líquido negruzco y pegajoso. El rostro del torturado refleja la angustia de la situación. Pero eso es lo que resulta más extraordinario aún.

                A pesar de todo, no ha hablado.

                -No entiendo ese empeño tuyo, la verdad -indica el hombre de pie, frente al prisionero, tratando de disimular todo lo posible su acento de origen hispánico-. Sólo es un puto cuadro. A ti ni te va ni te viene. Y todo esto puede cesar ahora mismo. Te pondremos en una cama, te curaremos las heridas. A cambio, simplemente, de que nos digas dónde está.

                El hombre maniatado, empero, sigue sin soltar prenda. El individuo que acaba de soltar la parrafada le hace un gesto al torturador. Éste abre mucho los ojos, como esperando una corroboración. ¿En serio?¿Vamos a llegar a esto?, parece preguntar con incredulidad. La figura de ropas negras, ahora mismo el representante del duque de Alba en estas tierras, asiente. Sí, en efecto, vamos a llegar a esto. El torturador se coloca frente al prisionero y se agacha. Coloca los brazos delante de su cuerpo y, al hacerlo, aproxima unos alicates muy pequeños que acerca al dedo gordo del pie izquierdo del torturado, quien tiene los pies descalzos. Coloca los alicates, con mucha delicadeza, envolviendo por arriba y por abajo la uña de dicho dedo. Gira de nuevo el cuello, buscando una última confirmación, o más bien lo contrario. El español agacha la cabeza, procurando no mirar: le resulta horripilante, pero sabe que es necesario. El torturador agarra con más fuerza los alicates.

                -¡Lo hemos encontrado!-oye a su espalda.

                Un suspiro de alivio recorre los pulmones de todos. Los tres individuos en la sala orientan los ojos hacia la puerta de entrada, donde la persona que acaba de llegar dirige a unos individuos para que entren en la habitación mientras cargan con una pintura. En realidad, es un tríptico; se halla cerrado, pero, a una indicación del español, los hombres que lo transportan abren la doble hoja que sirve de portada, y la composición pictórica se muestra en todo su esplendor. Ahí está: el cuadro por el que han hecho sufrir a ese hombre durante horas. Lo ha creado un enigmático y sin duda retorcido autor holandés. Algunos le llaman “el Bosco”. Se supone que representa el cielo, el infierno, y el paraíso terrenal. Al español le parece una pesadilla. Pero, cuando le ordenaron asaltar el castillo de Guillermo de Orange, aunque esta guerra se lleve a cabo por razones muy distintas, el duque de Alba le proporcionó una indicación muy precisa: “localiza el cuadro. Es tu absoluta prioridad”.

                Por eso se ve en la necesidad, hasta personal, de preguntar al torturado:

                -Ya ves. Al final lo hemos encontrado. Todo tu esfuerzo ha sido en vano. Ahora dime… ¿por qué esa cerrazón?¿Ha sido por lealtad a tu dueño? Porque, tenlo claro, él no lo hubiera hecho: en tus mismas circunstancias, él te hubiera vendido a la más mínima oportunidad. Eso lo sabes, ¿no? Así que, dime… ¿por qué nos ocultabas el emplazamiento del cuadro?

                El torturado alzó ligeramente la cabeza. Casi podría decirse que sonrió.

                -Esa pintura está maldita. Tiene algo demoníaco. No quiero tener nada que ver con ella.

                Escupió hacia un lado. De sus labios se vertió un hilillo de sangre.

                -La victoria será vuestra… pero el infierno… también es para vosotros.

                El español tragó saliva. Maldita sea si entendía algo de todo esto. En todo caso, había hecho su trabajo. Volvió a echarle un nuevo vistazo a la obra.

                Esperaba que el rey español (quien seguramente sería, a partir de ahora, el nuevo dueño de aquella enrevesada pintura) no tuviera que arrepentirse de lo que había conquistado… Rezó también por que terminara, cuanto antes, aquella maldita guerra.

 

Aclaración histórica: el episodio por el cual el guardián del castillo de Guillermo de Orange fue torturado de esa manera concreta por hombres del duque de Alba para revelar la localización de “El jardín de las delicias”, y éste resistió al tormento para no confesar su ubicación, es real. El resto de este relato es inventado.

Hoy en día, gracias al asalto de ese castillo, la pintura se exhibe en el Museo del Prado.

lunes, 22 de junio de 2026

El relato de junio: "Nunca te enemistes con..."

               La familia Higgins se levantó. Y hay que hablar en plural porque en la familia Higgins no se despertaban los miembros de manera individual, sino todos a la vez, en una secuencia que se iniciaba normalmente por el perro Poochie y proseguía con los niños, para rematar en una especie de orquesta andante y viviente a la que se iban incorporando paulatinamente la señora Higgins, la abuela Higgins y, por último, el señor Higgins, de tal manera que aquella familia-colmena acababa sentándose toda junta a la hora del desayuno. El hecho de que se hallaran en un hotel no alteró demasiado la secuencia de acontecimientos; si acaso los niños se precipitaron antes sobre la cama de los padres y los cinco (seis, incluyendo a la mascota) se apretujaron aún más en la mesa del desayuno, entre otras cosas porque la señora Higgins no tenía que preparar el café y freír los huevos. Eso sí, al término de la comida, devorada casi a dentelladas (con un ímpetu todavía mayor los humanos que el perro), el fragor y el entremezclar de cuerpos empezó de nuevo, esta vez en dirección a las maletas medio abiertas, los armarios medios llenos y los baños repletos de gente. El único que salió del apartamento (pues el señor Higgins había insistido en que un hotel era carísimo) fue el propio señor Higgins, obligado a sacar al perro, entre otras cosas, porque tener a Poochie fue un empeño personal suyo, y fue cuando lo adquirieron de las pocas veces en que su mujer se plantó: “A esa bestia parda o la sacas tú, o se queda en casa”, y el señor Higgins tuvo que transigir, entre otras cosas porque Poochie, en efecto, era un mastodonte de varios kilos de peso con quien la señora Higgins, con su diminuto tamaño, no sería capaz de lidiar ni con la más fuerte de las correas.

                Para el señor Higgins, pasear por las calles de El Cairo con el perro, en lugar de en su Manchester natal, era desde luego una novedad. Algunas cosas eran comunes: madres paseando con los niños, coches circulando por la calzada… Claro que las mujeres llevaban hiyab y las calles presentaban un embotellamiento continuo, interrumpido sólo por las escasas personas que intentaban cruzar a pie en medio del atasco. Entre ellos, el señor Higgins distinguió a un grupo de turistas que, como una bandada de patitos, caminaban por detrás de una familia egipcia, seguramente intimidados por el caso circulatorio de la ciudad y la ausencia de semáforos. La familia egipcia contemplaba la escena entre carcajadas risueñas: se veía que ya estaban acostumbrados a esa clase de escenas.

                De repente, el señor Higgins sintió en la correa un movimiento tenso y que, para el experto, resultaba evidente: Poochie se colocaba en esa posición tan ridícula que suelen tener los perros cuando defecan, con el rostro además de profunda humillación característico. Inmediatamente después de liberar el origen de sus zozobras, Poochie volvió a adquirir su cara normal, como si nada hubiera ocurrido.

                En ese momento, con mucha sutileza aprendida durante años, el señor Higgins miró cauteloso a ambos lados de la calle. ¿Nadie le estaba viendo? Estupendo. Y abandonó tranquilamente el lugar del crimen, dejando el mojón de su perro abandonado en la acera.


                Qué hermoso es visitar países extranjeros, pensó el señor Higgins.

*

                Aquel día tocaba visitar el museo de las momias. Su mujer había insistido. En realidad, la institución tenía un nombre más técnico y más largo, pero el señor Higgins no se había quedado con él: para el señor Higgins, todos los museos eran iguales. Si acaso, algunos tenían una cafetería con mejores platos.

                Iban en grupo, acompañados por un guía británico que les desplegaba su erudición, y la más brillante de sus verborreas:

                -Al final del Museo tendrán la tienda, donde podrán comprar toda clase de souvenirs. Pero no se preocupen por si les parecen muy caros: otro día podrán comprar productos similares en varias tiendas de esta calle. Eso sí, tengan cuidado, porque mañana es viernes, y ya saben ustedes que en Egipto el viernes y el sábado son fiesta y muchos lugares no están abiertos…

                -No, si esta gente con tal de no trabajar… -se quejó en voz demasiado alta el señor Higgins.

                -Pero cariño -le replicó de forma azorada y por lo bajini su esposa-, tienen dos días de fin de semana, como nosotros…

                El grupo, ajeno a estas preocupaciones, avanzaba presuroso hacia la siguiente sala. Allí, varias momias se hallaban expuestas dentro de sus sarcófagos. Algunas tenían las vendas puestas y otras, en cambio, mostraban tal cual la efigie de sus dueños, tan bien conservadas como si casi no hubieran pasado por ellas más de dos mil años. La mayor parte de los restos de faraones, princesas y hasta gatos momificados se hallaban rodeados de cajas de metacrilato protectoras, con una excepción. En medio de la sala, un grupo de hombres y mujeres con pinta de especialistas se hallaban examinando uno de los cuerpos. El ejemplar se hallaba expuesto a la vista: tenía los ojos cerrados, la piel cetrina, el aspecto de que podría haber fallecido lo mismo hace un millón de años que hace dos días, y hasta trazas de cabellos pelirrojos.

                -Ah, amigos, hemos tenido suerte. Nos hemos topado con el equipo de la doctora Al-Jadhim, que se encuentra inspeccionando uno de los valiosos tesoros del museo con un grupo de estudiantes. Esta es una oportunidad muy especial para ver una momia tan de cerca. En concreto, éste es el cuerpo de… ¿OIGA, PERO QUÉ ESTÁ USTED HACIENDO?

                Todos los ojos se volvieron hacia la parte inferior del cuerpo de la momia, a la altura donde se encontraba el señor Higgins. El cual, de manera aparentemente inocente, y sin que nadie se hubiera percatado (pues tanto los investigadores como el grupo turístico se hallaban situados alrededor de la cabeza del cadáver), se había acercado al pie de aquel cuerpo humano y lo había agarrado por el dedo meñique.

                De hecho, cuando todos los ojos se hallaban fijos en él, el señor Higgins se puso nervioso, realizó un movimiento extraño, y una porción del dedo de la momia se le quedó en la mano. Momento en empezó a mirar algo preocupado a su alrededor.

                El que más nervioso se puso fue el guía:

                -¿PERO SEÑOR HIGGINS, QUÉ CREE USTED QUE ESTÁ…?

                El hombre trató de disculparse.

                -Sólo es un dedi… una falange de nada.

                La mirada de odio que le dedicaba la egiptóloga que dirigía el examen del cadáver era un poema. Pero el que llegó armando más escándalo fue el guardia de seguridad. Bueno, en realidad no. El guardia de seguridad caminaba muy resolutivo para echarle, pero, mientras tanto, un visitante del museo con pinta de habitante de El Cairo se acercó al grupo y se puso a hablar en árabe a un ritmo muy rápido y a todo volumen.

                -¿Qué dice este hombre?-preguntó confuso el señor Higgins, que no sabía muy bien dónde colocar el fragmento de momia que aún tenía entre las manos.

                -Esto… -el guía se andaba tan abrumado por tantos acontecimientos que no sabía por dónde empezar a traducir-. Ha dicho que eso es una ofensa a su cultura, una falta de respeto por sus antepasados… Que además hay tradiciones egipcias muy serias al respecto, maldiciones para quien profane un cadáver de esa manera… Momias que se levantan de la tumba para vengar la profanación, ese tipo de cosas.

                -Ay, George, en menudo lío nos ha metido… -se lamentaba la señora Higgins para sus adentros, mientras se moría de vergüenza y deseaba estar en cualquier otra parte. Mientras tanto, la abuela Higgins no parecía enterarse de lo que estaba pasando, y los niños (que se habían quedado muy tristes después de saber que Poochie se debía quedar dentro del apartamento) se lo estaban pasando de lo lindo con aquel follón.

                -Mire, señor, creo que es mejor que se vaya del edificio -le espetó el guardia de seguridad en un inglés con acento.

                -¿Por qué?¿Por esto? -alzó el señor Higgins el dedo de la momia, todavía en sus manos-. Pero a él no he podido hacerle daño, ya está muerto.

                -¡No es un “él”, es una “ella”!-replicó el guía, superado por las circunstancias-. ¡Y cada parte de su cuerpo es de un valor in-cal-cu-la-ble!

                -Bueno, pero esto se pega con un poco de pegamento y…

                El individuo egipcio que se les había acercado, quizá entendiendo lo que estaba diciendo el señor Higgins, comenzó una diatriba todavía más acelerada y furiosa en su propia idioma.

                -Creo que el guardia tiene razón y que deberían ustedes irse -dictaminó el guía, mientras la señora Higgins se tapaba la cara con las manos y los niños estallaban en una alegría rabiosa. La abuela Higgins, mientras tanto, no entendía el motivo por el que se marchaban, pero se alegraba secretamente de hacerlo, porque le apetecía comer algo.

                De hecho, nada más salir del museo, escoltados por un vigilante guardia, la abuela Higgins manifestó sus ganas de ir a un restaurante, a lo cual se apuntaron jubilosos los niños, lo cual les obligó a buscar un lugar donde comer, pero esta vez sin las recomendaciones del guía para encontrar un sitio apto para extranjeros. Después de entrar en un par de locales donde la comida era tan picante que los paladares tan británicos de la familia Higgins les resultaba intolerable, acabaron todos juntos tomándose un helado en una cafetería de corte moderno, momento en que la señora Higgins sacó a relucir el mal cuerpo que le había dejado aquel incidente:

                -¡George, ¿cómo has sido capaz de hacer algo así?!¡Esa momia lleva siglos allí sin que nadie le haga nada, y vas tú y…!

                -Buah, qué exageración. Si es una momia más. Con la de cientos que tienen ahí…

                -¡Esa es otra!¡No hemos visto ni la mitad del museo!¡Pues mañana yo vuelvo allí, contigo o sin ti!¡No me voy a perder uno de los sitios que tenía apuntado para ver, sólo porque a ti no se te pueda sacar a ninguna parte!

                El señor Higgins, después de la sabiduría que había adquirido tras diez años de matrimonio, sabía que hay momentos para hablar, y momentos para callarse. Y supo intuir con clarividencia que ésta era de las ocasiones en que su mujer no atendería a razones.

                 El día se les hizo corto, porque, con la suerte de tribulaciones que habían vivido los integrantes de la familia británica, casi no quedó tiempo para hacer nada más. Aquella noche, tratando de olvidar los sucesos acaecidos, los Higgins se dispusieron simplemente a dormir. El señor Higgins, de hecho, concilió el sueño con total facilidad, como si ésa hubiera sido una jornada normal y corriente.

                Sin embargo, de alguna manera, el señor Higgins notó una cierta agitación nocturna. A mitad de la noche, sintió un chirrido en el extremo de la habitación y, en cuanto entreabrió el ojo, se dio cuenta de que una presencia estaba desplazando la puerta.

Entonces, desde el umbral, con sus ojos rojos, una figura espectral y envuelta en vendas lo miró y deslizó la lengua, anticipante, sobre unos afilados dientes… El señor Higgins intentó incorporarse, pero entonces descubrió que se encontraba paralizado por el terror…

                Aunque entonces, debido a la aceleración de sus propios latidos, se despertó. Y quedó aliviado al principio al mirar a la puerta y constatar que allí no había ninguna momia. Pero había algo que sí que estaba igual que en su sueño: seguía sin poder moverse. Al principio creyó que se le habían enredado los pies con las sábanas. Pero luego se dio cuenta de que no; entre otras cosas, porque no sólo se le habían inmovilizado las piernas, sino también el resto del cuerpo. El corazón le dio un vuelco cuando se dio cuenta de que tenía una mujer al lado. No su esposa, claro, que continuaba durmiendo plácidamente en su lado de la cama. Sino, a los pies del cabecero de la cama, una mujer ya madura, menuda y regordeta, de cabello oscuro, recogido en un moño. Le sonaba de algo… ¿quién era? ¡Ah, sí! Era la doctora que estaba dirigiendo la investigación que estaban realizando sobre la momia con la que habían tenido el incidente aquella mañana. ¿Qué demonios hacía en esa habitación?¿Y por qué le sonreía de manera tan enigmática?

                -Tranquilo, señor Higgins. Los efectos de la parálisis son normales. Es parte del efecto de la sustancia que le he inyectado hace unos minutos. ¿Sabe usted?, cuando una trabaja en el campo del antiguo Egipto, civilización en la cual se llevaban a cabo procesos de momificación exquisitos en los que se empleaba de manera excelente la química, se aprenden un par de trucos. Como la droga que le ha provocado la parálisis que ahora sufre. Así que no trate de resistirse, señor Higgins, no le servirá de nada. Y ahora, voy a envolverle en la alfombra de esta roñosa habitación para transportar su cuerpo. Discúlpeme si hay momentos en que lo hago de un modo poco delicado: pero ahora lo principal es no despertar a su esposa.

*

Describir el rato que pasó el señor Higgins envuelto en la alfombra, desplazado quién sabe hacia dónde por parte de una mujer que tenía toda la pinta de una psicópata, sería una tarea imposible porque cualquier narración se quedaría corta. De hecho, dentro de su muy limitada respiración, el señor Higgins exhaló un suspiro de alivio al ser liberado de la alfombra, pero detuvo la siguiente inspiración en seguida, nada más se dio cuenta de dónde estaba: habían vuelto al museo de las momias. Y, por el rabillo del ojo, el señor Higgins se dio cuenta de que se encontraba en uno de los sarcófagos. A pocos centímetros, la expresión de la cara de su secuestradora exhibía un tono de reproche suave, como el de una madre muy decepcionada por su hijo.

                -Bienvenido, señor Higgins. Va a sentir usted un raro privilegio: el de tener la oportunidad de sobrevivir durante miles de años dentro de una tumba, para ser admirado por las generaciones futuras. Sólo unos pocos miembros de la antigua civilización egipcia han podido llegar hasta nuestros días para cumplir ese destino: debería usted darle gracias a este momento.

                Si el señor Higgins hubiera podido hablar, casi que no hubiera hecho falta, porque sus inmóviles ojos lo expresaban todo a través de una mirada de pánico. La investigadora sonrió, entre despreciativa y condescendiente:

                -Conozco a los hombres como usted, señor Higgins: van por la vida como si sus actos no tuvieran consecuencias, matando a las flores conforme las pisan sin darse cuenta. Y si alguien se lo reprocha, se van sin decir nada, o si acaso emiten una falsa disculpa, y se marchan sin remordimientos. Esa clase de gente que emponzoña el mundo, a la que le da igual tener esclavizada a su pobre mujer que cargarse el dedo de una momia egipcia. Hasta que por fin encuentran la horma de su zapato: alguien que le da su merecido. Recuerde, señor Higgins: no le conviene enemistarse con una egiptóloga. Están muy acostumbradas a trabajar con los sentimientos extremos, con promesas absolutas, y con la perspectiva de la inmortalidad.

                Dicho esto, la mujer empezó a tomar lo que parecían unas vendas y a envolver de manera completa, metódica y sistemática al señor Higgins en ellas. El ciudadano británico hubiera derramado lágrimas de arrepentimiento y tristeza, si la droga no le impidiera hacer nada de todo esto. Cuando la investigadora terminó, le echó un último vistazo para comprobar que todo estaba correcto:

                -Ahora me voy, señor Higgins. No se preocupe: en realidad no soy tan cruel. El efecto de la droga se le pasará paulatinamente en unas horas y no tendrá ningún problema en salir de aquí. Eso sí, tendrá que explicar a los guardias del museo qué hacía dentro de un sarcófago, después de aparecer en pelota picada en medio del Museo en horario infantil. Pero ya le dejaré a usted que se las apañe: seguro que se las sabe arreglar. Mientras tanto, reconsidere lo que ha hecho y cómo se va a comportar en el futuro. Y recuerde: en caso de que vuelva usted a hacer lo que no debe, tengo muchas más ideas perversas de cómo actuar. Pase usted un buen día.

                Por suerte, la mujer se fue sin dejar cubierta la tapa del sarcófago. Aunque el señor Higgins no lo consideró una buena idea conforme vio a masas de niños y visitantes entrar poco a poco en el museo mientras éste se incorporaba a sus rutinas diarias. En un momento determinado, le pareció escuchar una voz reconocible. No, no podía ser… ¡Sí, eran ellos! Era su familia. Seguro que de alguna manera le reconocían y le sacaban de allí…

                -Ay, mira, Gertrude -le decía la señora Higgins a la madre del señor Higgins-… Qué momia tan bien hecha. Si parece que la hubieran envuelto ayer.

                -Hija, yo es que no puedo pensar en nada mientras no encontremos a George…

                -No te preocupes, Gertrude, seguro que se ha ido a dar una vuelta. Te apuesto a lo que quieras a que regresa antes de mediodía, preguntando qué vamos a comer. ¡Niños!¿Qué estáis haciendo?

                -¡Estamos tirando del dedo de la momia, como hizo ayer papá!

                -¡Estos niños, qué disgustos me dan!¿De las cosas que podríais haber heredado de su padre, tiene que ser precisamente esa manera de hacer el cafre? Ay, como nos vuelvan a expulsar por segundo día del museo no lo soportaría, qué bochorno sería…

                -Hija, de todas maneras me da la sensación de que esta momia es muy rara… ¿No te da la sensación de que está como llorando?

                -Uy, pues ahora que lo dices, es verdad… Es que ya se sabe cómo eran estos momificadores egipcios: si es que parece como si siguieran vivos… Cualquier día de estos se levantan Ramsés o alguno de estos y salen andando…

                La familia Higgins se fue, dejando a la momia tan sola y rodeada de gente como antes. A mediodía, por la hora de comer, fue vaciándose el museo. Fue en ese momento cuando sucedió algo inesperado: un perro de tamaño enorme, que se había escapado del apartamento donde le habían encerrado porque seguramente uno de los niños no había dejado muy bien cerrada la puerta, irrumpió en el museo, sin que ninguno de los guardias le hubiera atajado a su paso, y al encontrar un olor familiar, se acercó a uno de los sarcófagos, le pegó un par de lameteados a la cara de la momia que alojaba en su interior, y se tumbó al lado de la tumba egipcia. Esperando, como suele decirse, a que su dueño retornase, aunque para ello tuviera que aguardar durante siglos junto a la tumba: los animales, ya se sabe, tienen un concepto muy relativo de la eternidad.

viernes, 1 de mayo de 2026

El relato de mayo: "En son de... bueno, olvídalo".

                La nave espacial se dejó llevar con una tranquilidad pasmosa. Como si, a pesar de su naturaleza inerte, estuviera habituada a esta clase de desplazamientos en los cuales la gravedad de un planeta se aprovechaba para aproximar el vehículo interestelar a la superficie de un nuevo mundo. Seguramente el motivo era que su piloto estaba más que acostumbrado. De hecho, se diría que hasta aburrido de aquella clase de misiones.

                -Gborg… ¿qué hemos leído sobre este planeta llamado -procuró que la duda no trasluciera en la vibración de sus ondas mentales-… Tierra?

                -Bueno, señor -respondió su ayudante, fingiendo que no necesitaba mirar las notas que almacenaba en el córtex de su zíngulo medio, es un mundo de clase C con unas cuantas especies de clase beta…

                -Vamos, Gborg, que tú tampoco te has leído en profundidad el informe nos pasó la Junta de Colonización.

                -No, señor.

                -Bien, no hay problema, yo tampoco. Estas misiones son todas iguales. Entrar, soltar el discursito e irse. A partir de cierto grado de civilización, las cosas se ponen bastante sencillas. Tú llegas, les enseñas tu tecnología superior, les dices que no les vas a hacer daño, sino que al contrario, les ofreces entrar en la tremenda serie de beneficios que implica formar parte de la Federación Espacial, y a partir de allí todo va como el tejido mágico de Shyanolok. No es como si cogiéramos al primer paleto ignorante que pilláramos por allí: se supone que vamos a contactar con sus líderes supremos. Suelen ser gente muy razonable.

                Gborg movió su flurduz axial con satisfacción. Sí, desde luego, aquellas primeras misiones de contacto eran sencillas: justamente lo que le vendieron en la oficina de reclutamiento. Además, se notaba que su instructor sabía de lo que estaba hablando.

                El aterrizaje en los jardines de la Casa Blanca fue sencillo. De nada sirvieron las inocuas armas terrícolas contra las defensas de la nave. Los tripulantes salieron al exterior, y el líder de la misión conectó el traductor automático, así como el resto de sistema de soporte vital de sus trajes.

                -Estimados representantes de la Tierra… Por favor, llévennos ante su líder.

                Les condujeron ante un despacho. Dentro había mucha gente. Aquello era normal. Lo que no era tan normal era la naturaleza de esa gente. El software de los trajes de los alienígenas indicaba que la mayor parte de lo que debían de ser los asesores del político al mando poseían una conformación cerebral bastante extraña. El líder de la Tierra también tenía una disposición neuronal anómala… además de un extraño color naranja en la capa más superficial de sus tegumentos que no casaba con ninguna de las razas conocidas de las criaturas que dominaban ese planeta.

                -Noto altos niveles de fundamentalismo religioso -susurró Gborg a su instructor, como si la telepatía no fuera suficiente.

                -Esto no debería ser normal en esta escala de progreso tecnológico -le respondió su superior-. Pero bueno, cada especie tiene sus excentricidades. Voy a proceder con el protocolo. Queridos amigos… -comenzó la alocución mil veces recitada el extraterrestre.

                Los terrícolas escucharon. Y escucharon. Y escucharon. Así hasta que el ser del espacio terminó. Y añadió un toque de humor, que solían aconsejarles en la Academia:

                -Espero que acojan con amabilidad a estos humildes aliens en su planeta.

                En ese momento, el líder de la Tierra empezó a proferir una respuesta airada. El tono de fruta terrícola a medio madurar de su piel se volvió progresivamente como el color de la fruta madura, y aunque los dos alienígenas no eran expertos en discernir las emociones terrícolas, captaron un discurso inconexo, una explosión de ira, y una serie de frases sin sentido alguno, a pesar de tratar de traducirlas a todos los idiomas. Aquella reacción inesperada se transmitió al resto de los presentes, que empezaron a agitarse como un grupo de chomps ante una subida de la temperatura del agua. De repente, el jefe de todo aquello les señaló y empezó a gritar:

                -¡Destruidles!

                Gborg sentía que debía de haber algún error. Golpeó un par de veces el comunicador. Después, al ver que aquello no funcionaba, balbuceó:

                -Creo que no nos han entendido. Venimos a ofrecerles ayuda mutua, colaboración, una serie de ventajas inimaginables. Venimos en son de…

                Pero ya para la mitad de la frase ya se habían abalanzado sobre él una masa de individuos con el rostro desfigurado de furia. Individuos de ambos sexos (por lo que indicaba el dimorfismo característico de aquella especie) le tiraban de las extremidades y de los folsoms como si pretendieran arrancárselos, y trataban de abrir su traje mediante palancas y otros utensilios que encontraron por ahí. Aquellos homínidos exhalaban aullidos y una brutalidad animal que Gborg ni siquiera había encontrado en las especies inferiores más salvajes. De hecho, el pom central de Gborg sufrió un colapso repentino cuando un ejemplar humano con abundante bigote facial, sobre todo bajo un bulboso apéndice, reventó el casco espacial de su instructor como si fuera la concha de un fádilo, y empezó literalmente a devorarlo a grandes mordiscos. Por todas las deidades del universo, ¿en dónde gurbs habían aterrizado?

                -¡Ey, chicos!-dijo uno de los energúmenos en aquella sala-. ¿Por qué no nos hacemos un selfie?

                A partir de entonces, la cosa se volvió muy rara: dejaron de atacarle, le pusieron una especie de extraño atavió de color rojo en su pedúnculo superior (que el resto se pusieron encima de lo que ellos llamaban “cabezas”), y empezaron a registrar imágenes con su primitiva tecnología. Luego le ofrecieron algo que llamaban “puro” y empezaron a tratarle como si llevara allí toda la vida.

                Gborg aún no lo sabía, pero, no muchos meses más tarde, abriría su primer casino.

lunes, 20 de abril de 2026

El relato de abril: "Cartago en sangre".

                 Hace unos cuantos años, escribí este libro. En él, contaba de manera novelada lo que ocurrió cuando, en el 149 a.C., los romanos ordenaron a los púnicos que abandonaran la ciudad de Cartago (la cual constituía una parte esencial de su vida). Como los latinos suponían, los púnicos se negaron en redondo, y les dieron a los romanos la excusa perfecta para atacar la ciudad y destruirla. Aquel enfrentamiento fue conocido con el nombre de Tercera Guerra Púnica.

                Este relato lo he escrito partiendo de que, en un momento determinado, se hubiera abierto otra posibilidad…

                Consideradlo una fantasía, un divertimento, el inicio de algo quizás. Como ocurre con las conversaciones en redes sociales, las historias se inician, luego prosiguen (atención, spoiler), y después no terminan nunca…

 

                El ambiente en la sala del Consejo de Cartago era desolador.

                Ya había pasado el tiempo de la furia. Y de las lágrimas. Los púnicos ya habían asumido las condiciones de su martirio: era abandonar la ciudad (y con ello toda una forma de vida, su esencia misma, como si les arrebataran uno de sus órganos), o defenderse los romanos. Es decir, morir, porque no había manera de ganar contra la desproporcionada fuerza que tenían en contra. Ésa era la disyuntiva: que. en realidad, no era tal, porque no había opciones. Sabían que se defenderían pero que, más tarde o más temprano, morirían. Eso era todo.

                Se trataba ahora de discernir los detalles. Que era más o menos como discutir cómo ibas a preparar la mortaja para el sepelio. A nadie le agrada, pero en algún momento has de hacerlo. Quizás por eso les costaba arrancar. Los líderes de la ciudad se situaban a un lado de una inmensa mesa, y los representantes del pueblo llano al otro, con las cabezas gachas y las caras tan largas como el largo día que acababan de sufrir. De hecho, el sol se había puesto detrás de las colinas, y sobre la ciudad empezaba ese período de tiempo en que se enrarece la luz, poco antes de cernirse la oscuridad.

                Tal vez por ello, también, no divisaron a la figura que se coló en la sala del Consejo de manera subrepticia, sin llamar la atención de nadie. Tal vez por ello tuvo la oportunidad de avanzar casi hasta primera línea, muy cerca del estrado, sin que nadie se apercibiera de su extraña vestimenta. Llevaba un atuendo sencillo, como el de un agricultor que realiza habitualmente las tareas del campo; llevaba el pelo rizado y alborotado, como si acabara de vivir un encuentro violento. De hecho, en sus ropas (y también en las uñas de sus pies descalzos) había unos restos de un tinte rojizo oscuro que podía asemejarse a la sangre.

                El hombre arrancó a hablar. Su voz tenía un timbre especial, que encandilaba y te hacía zambullirte en ella, como si nadaras en un océano. Pero no eran esos matices los que habían hecho que la audiencia no se sorprendiera al escucharle alzar la voz sin haber sido invitado, o no pensara en sacarle a palos de allí. Había algo subyugante en aquella forma de entonar: aquella gente, que había oído durante años historias de dioses, podría haber utilizado la palabra “sobrenatural”. Pero era parte del poder de aquella cautivadora forma de expresarse: que a todo el mundo le parecía que esa forma de hacer las cosas era normal. Él era consciente de eso: por ello empleaba la misma estrategia desde hacía miles de años.

                Porque la palabra “sobrenatural”, desde luego, se quedaba corta.

                -Nos encontramos con la situación habitual: el momento en que alguien tiene toda la razón se enfrenta contra alguien que posee toda la fuerza. Es una circunstancia espinosa. Y lo sé de primera mano, porque yo personalmente lo he vivido. Pero amigos, vengo a ofreceros una posibilidad alternativa. A decir verdad, la única que tenéis.

                Con descaro, y también con asombrosa agilidad, el hombre se colocó detrás del estrado. Los miembros del Consejo se retiraron a un lado, movidos por un invisible impulso. Ninguno podía apartar los ojos de aquel tipo. Cabría decirse que era la única persona en el mundo.

                De hecho, durante un breve período de tiempo, prácticamente fue así.

                -Mi historia comienza cuando todavía vivía mi hermano. Trabajábamos para el mismo empleador hasta que tuvimos que separarnos por… vamos a decir “razones creativas”. Desde entonces, lo he pasado mal. Me echaron de mi puesto, pero el individuo que me despidió me proporcionó, como regalo adicional -saboreó la palabra mientras la escupía-, “un regalito”. Una especie de condena que vengo arrastrando desde entonces. Nadie sabe muy bien cómo denominarlo. Es el problema de ponerle nombre a los conceptos nuevos. Esta maldición me obliga a vagar de noche por el mundo, dormir de día… y utilizar una fórmula peculiar para mi sustento. Desde entonces, por supuesto, he tratado de cambiar mi situación. Llegué a una ciudad llamada Sodoma. Les convencí de que adoptaran mi estilo de vida. El problema es que aquello se malinterpretó, y mi antiguo empleador, que por lo visto también mandaba mucho por allí, decidió rescindir el contrato con esta ciudad… de una manera expeditiva. Pero mala hierba nunca muere, como suele decirse, y aquí he seguido dando vueltas. Así que vengo a ofrecerles el mismo pacto que les ofrecí en su día a los sodomitas… pero, esta vez, espero que con mejor resultado.

                Se aproximó a una de las representantes del pueblo. Era una mujer joven, y hasta cierto punto atractiva, con los brazos descubiertos. El protagonista la condujo al centro de la sala. Una vez allí, estiró el brazo de ella hasta que su mano se quedó muy cerca de la cara de él.

                -Hay que decir que esta nueva condición que adquiriréis posee sus contrapartidas. Se acabaron los amaneceres. No habrá manera de retornar a una vida normal. Tendréis que vivir de la muerte y la destrucción… pero bueno, eso es algo a lo que estuvieron acostumbrados, en su día, vuestros ejércitos, y que desde luego constituye el día a día de vuestro enemigo, Roma…

                Acercó sus labios a la muñeca de la mujer y, con los colmillos, pegó un estruendoso mordisco. Podía escucharse el sonido de la sangre al ser aspirada por la boca de él, como la savia fluyendo a través de un árbol.

                Después de un largo trago, el hombre soltó la mano de la mujer y, con un reguero de sangre en cada comisura de los labios, exhaló un largo bufido y remató:

                -Con esto -dijo, y al decirlo visualizó cómo, en un día del futuro, en mitad de la noche, desde las murallas de Cartago, brotaban una miríada de muertos vivientes que contemplaban con caras pálidas a los romanos, se abalanzaban sobre sus cuellos conforme éstos intentaban trepar por sus escalas, y volaban hacia los arqueros que disparaban flechas incendiarias, las cuales caían sobre las filas propias antes de dispararse, sembrando el escenario de confusión-, con esto, repito, tendréis buena parte del trabajo hecho.

                El resto de las personas presentes en aquella sala empezó a acercarse al hombre. Todos le ofrecían sus antebrazos, su cuello, sus espaldas, sus hombros. El individuo tomaba aquellas partes del cuerpo y las aproximaba hacia él.

                -Pero, señor -interrumpió uno de los hombres que se desplazaban para que el protagonista de la noche les mordiera, hablando como si el hechizo se hubiera disuelto en parte, y hubiera recuperado por fin la capacidad de ser consciente y preguntar-… Eso será por las noches. ¿Y qué ocurrirá durante el día?

                Y el hombre que había inaugurado en el mundo el fratricidio y la mentira respondió, con ojos vidriosos:

                -Para los días, no os preocupéis… ya tengo algo pensado.

¿CONTINUARÁ?

lunes, 23 de marzo de 2026

El relato de marzo: "Historia de dos fogones"

La primera vez que se encontraron fue delante del escaparate de un restaurante italiano. Se descubrieron contemplando arrebolados las berenjenas cubiertas por una capa de parmesano, el cacio e peppe con pecorino espolvoreado por encima, los canoli luciendo esplendorosos al otro lado del cristal. Y al mirarse de reojo y descubrirse mutuamente espiando los platos, ella no pudo evitar confesar:

-Es que soy cocinera.

A lo que él respondió, con un entusiasmo imposible de disimular:

-¡Yo también!

Les faltó tiempo para invitarse a sus respectivos restaurantes. Al final fueron a uno de ellos: este humilde cronista no sabe si a él de ella o al de él. Se pasaron tres horas cocinando en paralelo, primero recetas separadas, más tarde conjuntas. Se dieron a probar de sus platos, y más tarde se dieron de comer: al principio con las cucharas, y luego con los dedos. Al cabo de un rato, ya estaban haciendo el amor de manera feral y salvaje sobre una mesa del comedor. Volaron las especias, las salsas, las harinas. Se entremezclaron los fluidos bucales con vinos y caldos, aceites de variadas procedentes hirvieron sobre la temperatura corporal de su piel. El orgasmo sobrevino en un beso de nata que erizó cada papila gustativa de sus lenguas. Al final, ambos, saciados, cedieron a la tentación del remate final, y se deleitaron cada uno en barquillo recubierto de caramelo que saborearon hasta la última gota.

A partir de entonces, se convirtieron en inseparables. Iban juntos a aperitivos, catas, meriendas, eventos de degustación. Quedaban en el mercado, hacían la compra por separado (porque cada cual era muy especial para sus ingredientes), y luego intercambiaban impresiones sobre cómo les había ido y qué pequeño milagro habían conseguido adquirir. Se citaban para “estrenar” los últimos restaurantes que habían abierto en la ciudad, y por supuesto cenaban juntos. Y cuando decimos cenar, nos referimos a que los platos explotaban, y sus ingredientes flotaban por los aires. Hicieron el número de Nueve semanas y media, el de Tímidos anónimos, el de Deliciosa Martha y hasta el de Ratatouille. Y de vez en cuando se despertaban con hambre en mitad de la noche, y asaltaban la nevera… y el uno al otro.

Por otra parte, también tenían sus choques: típicos desencuentros de cualquier pareja. Cómo se te ocurre maridar este pescado con este vino. Pero en qué cabeza cabe añadirle limón a esta salsa. Que si, en este restaurante, es mejor el plato combinado 69, o el 88. A veces tenían ardientes discusiones en las que volaban las empanadillas, los platos se estrellaban contra las paredes, y grandes raciones de spaguetti acababan aplastadas contra el escaparate de sus restaurantes, para sorpresa de viandantes y hasta comensales. Aunque, casi tan violentas como sus peleas, eran las comidas de reconciliación, donde devoraban a mordiscos la vida, y todo lo que había en la despensa.

No siempre era fácil para los amigos de la pareja (entre los que por supuesto abundaban los camareros, los sumillers, los comerciales de compañías de comestibles, los gourmets y los gourmands) aguantar el temperamental carácter de la fogosa pareja. Lo mismo estaban tan acaramelados en la mesa donde compartían mantel con todos los demás (de tal modo que parecía que no había nadie más a su alrededor), que se saltaban cualquier tipo de etiqueta y casi se arrebataban la ropa sobre una barra, mientras esperaban a que les pusieran una mesa: como si, en ausencia de comida, el resto del planeta careciera de importancia. Pero sus compañeros también tenían que sufrir sus discusiones, porque hay que decir que ninguno de los dos era del todo fiel: ella a veces tenía unos antojos brutales de probar un kebab (y de degustar también a la cocinera que los hacía), mientras que él sentía debilidad por los quesos (y los cocineros) franceses. Entonces él la acusaba a ella de rebajarse a la comida basura, mientras que ella le replicaba que era un pretencioso y un snob. Sin embargo, no eran capaces de estar separados más de dos menús, y luego volvían a la cama tan hambrientos como siempre, a veces organizando tríos, soireés, cenas de picoteo, banquetes pantagruélicos y comidas con guarnición, postre, café y licor para decenas de comensales.

Después de un tiempo de apasionado noviazgo, ella se quedó embarazada. Y tras nueve meses en que se permitió comer prácticamente todo lo que le apeteció “por el bien del niño”, nació el pequeño. Al principio, éste devoraba con fruición la leche materna, pero luego pareció aburrirse y la dejó de succionar, como si le causara desgana. Los padres estaban desesperados, al ver que su hijo perdía peso día tras día, y semana a semana. Un día, un par de amigos fueron a visitarles para ver si podía consolar a los nuevos padres (por supuesto, traían unos cuantos dulces a modo de obsequio). Sin embargo, cuando llegaron, se toparon con la puerta abierta, ruidos procedentes de la cocina y, a lo largo del camino hasta esta última habitación, un rastro de comida que había salpicado todas las superficies, incluido el techo. Cuando llegaron a la sala que constituía el kilómetro cero de la conflagración, se encontraron a los dos progenitores visiblemente cansados y alegres, mientras sobre una mesa se asentaba una complicada composición culinaria que más tarde les describirían con un título de unas diez palabras, incluyendo varias en ruso. Aun así, los dos cocineros parecían felices porque metían la cuchara en el plato, se lo daban al niño, y éste comía entusiasmado. El padre, con pinta de cansado por las ojeras, anunció sonriente, aunque a la vez preocupado:

-Creo que tenemos un problema. Hemos engendrado un sibarita.

domingo, 1 de febrero de 2026

El relato de febrero: "Mi Homero" (tercera parte)

 Esta historia tiene su antecedente previo aquí.

                Al día siguiente, a esa misma hora, estaban brindando con las copas llenas hasta arriba de dulce vino, que sabía el doble de dulce simplemente porque estaban vivos.

Las risas se prodigaban de un lado a otro de las múltiples hogueras donde los guerreros se abrazaban, reían, dedicaban sagrados holocaustos a los dioses… y luego se comían a los animales sacrificados, devorando hasta la última gota de su grasa.

                -¿Qué, cantor?-le preguntó uno de los soldados, dándole una sonora palmada en la espalda-. ¿Estabas muy inquieto esperándonos?

                Lo cierto es que sí, se dijo a sí mismo el que ya había sido oficialmente declarado el sustituto del ciego. El muchacho hubiera esperado que la fase de la batalla se viviera como en los poemas; sangre derramada, gestos de valor, carne y gritos, cuero y acero… En lugar de eso, hubo un período de silencio atronador y angustioso en la retaguardia del campamento, durante el cual al joven le asaltaban periódicamente imágenes de sí mismo y los soldados huyendo entre el bosque, corriendo por sus vidas, con el rugido de fondo de mortíferos jinetes cabalgando a lomos de caballos que iban tras ellos…

                La otra opción era la que se estaban viviendo esta noche. La que, por suerte, había acontecido:

                -¿Qué tal, maldito criajo?-el comandante se presentó con brutal espontaneidad y rudeza, como solía hacerlo cada vez que irrumpía en su vida. Se sentó sobre unas piedras y apoyó los pies encima de un hatillo de ramas que, dentro de muy poco, alguien prendería para hacer una nueva hoguera. Pero, mientras tanto, se mostraba relajado, bebiendo con total frivolidad de su copa.

                -Lo has hecho muy bien -le felicitó-. Confieso que tuve mis dudas, pero ahora… Hoy hemos conseguido una gran victoria. Eso los hombres lo valoran. Si seguimos teniendo suerte, tus poemas se convertirán en sinónimo de victoria. Y aquí entramos en lo importante.

                Inclinó la cabeza hacia su empleado:

                -Estaba batalla ha sido útil, pero es tan sólo la antesala de otra mayor. Sabemos que el enemigo está concentrando tropas en otro punto, para preparar un enfrentamiento que será realmente decisivo. Para entonces, necesito que tengas un poema épico preparado: uno grande, hermoso, y que motive a nuestros soldados a pelear hasta el final.

                Metió la mano en el interior de la armadura, donde guardaba un zurrón de donde extrajo una bolsa que colocó en el pecho del chico. El muchacho la agarró: desde fuera, podía palparse el tacto de las monedas.

                -Esto es por tus servicios; y para que vayas tirando hasta la próxima vez que nos veamos. Lo dicho, espero una composición de las que hacen época. Una que la gente recuerde, más incluso que la propia guerra de Troya.

                El muchacho asintió.

                Al día siguiente, hizo el petate y partió. No lo hizo por el mismo camino que el ejército. Se desvió hacia el hogar de la chica que le había regalado esos versos tan útiles. Se la encontró trabajando en el campo, junto con su familia. Cuando llegó cerca de la muchacha, depositó un grueso paquete de monedas sobre sus manos:

                -Tu trabajo me ha sido muy útil -le dijo a la chica. Y luego, dirigiéndose casi más a su familia que a ella, añadió-. Tienes un don. Aprovéchalo. Ojalá -dijo antes y después de un breve suspiro-, ojalá el mundo te deje sacar todo lo que tienes dentro.

                Luego, vagó por distintos lugares. Visitó recitales en honor a los dioses, y certámenes poéticos. Durante su periplo, escuchó a toda clase de poetas: unos buenos, otros malos, la mayoría regulares, unos cuantos excelsos. A aquellos de los que podía extraer buenas ideas, les pagaba para que le permitieran tomar al dictado sus palabras. De esa manera, volvió a crecer el poema, que él iba afilando, puliendo, cohesionando para que adquiriera integridad y coherencia. Para ello, intentó aplicar las fórmulas de los relatos orales del ciego a lo largo de todo el manuscrito; de esa manera, parecía como si éste siguiera hablando, aún después de muerto.

                Durante sus investigaciones, el muchacho viajó a lo largo de ciudades, pueblos, aldeas. En ellas, se disfrazó de variadas maneras: peregrino, pordiosero, poeta, heraldo… incluso mujer, en ciertas circunstancias. Durante algunos días, pudo pasear en los mercados de una gran urbe, escondida (o revelada) bajo ropajes femeninos, de la misma manera en que lo hizo Aquiles cuando trató de librarse de ser reclutado para la guerra de Troya. El joven (la joven) se preguntó durante aquellos paseos si en el fondo Aquiles, como ella, no se sintió feliz bajo aquellas prendas. Y si tal vez aspiró a que, en lugar de morir pronto, pudiera vivir una vida distinta que la destinada bajo la máscara de guerrero, en un contexto distinto, en otro lugar… Pero a nuestra heroína, como a Aquiles, le traicionó su amor las armas: en esta ocasión, por las armas de la palabra y de las letras. Era hora de volver a los caminos. En ese momento, cargada de un arsenal.

                En poco tiempo, el rapsoda se reincorporó al ejército y éste, como le prometieron, partió en un largo viaje. La mayor parte de los reclutas eran nuevos y no le conocían, ni a él, ni tampoco a su maestro. Por eso cuando, al final del primero de sus cantos, alguien se atrevió a preguntar de dónde había sacado aquella historia, él respondió:

                -Me la cedió un maestro. Un maestro ciego.

                Al decirlo, no se refería sólo al anciano que le enseñó: también a todos los que habían contribuido al poema, aún sin saber que sería asimilado en un todo mayor, que ahora viajaría con él a lo largo de los kilómetros, las veredas, los páramos, las ensenadas. Ninguno de ellos era consciente de estar creando algo nuevo. Eran ciegos al futuro, y al fenómeno que estaba sucediendo. Un hecho que quedó bautizado cuando el soldado que había preguntado entendió que “Homero” no era la palabra en griego para designar a un invidente, sino un nombre propio, y empezó a emplearlo como tal.

                El viaje fue largo, fatigoso, y sometió a todos los viajeros a obstáculos que pusieron a prueba sus límites. Tras aquellas interminables jornadas, al final del día, el cantor reconfortaba, acunaba, enaltecía los espíritus de los guerreros instigándoles a la batalla, al heroísmo, a ser siempre su mejor versión. Les mantuvo unidos después de agotadores recorridos por las montañas repletas de cuevas, y por húmedas caminatas en el barro; les alentó mientras cruzaban islas, mares, lagos y estrechos de bravos oleajes. Les insufló ánimos hasta la victoria: una a la que, sin duda, nuestro poeta contribuyó.

                Después de la batalla final, cuando se consiguió un gran y definitivo triunfo, y el objetivo del viaje se consumó, los soldados le preguntaron al cantor:

                -¿Y en el camino de vuelta, con qué vas a deleitarnos?

                El cantor sonrió con complacencia:

                -¿Habéis oído la historia de cuando Ulises volvió a casa? Tuvo un periplo más difícil que nosotros; y aun así, regresó.

 

                Este relato le debe una gran influencia a Homero y su Ilíada, una obra de Robin Lane Fox donde el autor discute las distintas posibilidades acerca de quién fue Homero y cómo compuso su poema épico. Yo he tomado prestadas algunas hipótesis, y he recreado las mías propias. La auténtica identidad de Homero nos será, probablemente, siempre desconocida… lo cual, en muchos sentidos, es más interesante que conocerla con seguridad. Mientras tanto, la autoría de la Ilíada, como la veracidad de la guerra de Troya, son cuestiones que se pierden entre la bruma…