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lunes, 22 de julio de 2024

El libro de julio: "Historias de Vigata, Volumen 1"

Muchos conocéis a Andrea Camilleri, célebre por las novelas de misterio que tienen como protagonista al comisario Montalbano, quien vive en un lugar imaginario de Sicilia denominado Vigata, la cual es un trasunto de cualquier pequeña población de esta isla, marcada tanto por la historia como por el indómito carácter de sus habitantes (y sus endémicos problemas también).

De vez en cuando, sin embargo, a Camilleri le da por abandonar el misterio y abordar la cotidianidad, y si en "Gotas de Sicilia" ambientaba en la isla mediterránea una serie de relatos, aquí hace lo mismo (aunque casi, más que cuentos, son novelas cortas, pues constan de varios capítulos) con historias que transcurren en esa ciudad inventada de Vigata.

Las narraciones son de contenido dispar: hay mucho de comedia, bastante de costumbrismo, una pizca de picante erotismo, dosis de crítica social (de hecho, muchos de los relatos se sitúan en la época en que el fascismo gobernó Italia, o en la era inmediatamente posterior), y en todos ellos el estilo desenfadado -quizá en exceso- de Camilleri viene a retratar las flaquezas humanas, nuestras motivaciones, y los conceptos que nos llevan a la felicidad. Aquí, en Sicilia y, por supuesto, en cualquier sitio.

En definitiva, un buen libro que leer al calor del verano o al abrigo del invierno.Y, si os gusta, hay dos continuaciones (que yo, de momento, no he llegado a leer). Porque las historias, por supuesto, siguen brotando. Aquí, en Sicilia y, por supuesto, en cualquier sitio.

lunes, 20 de mayo de 2024

Recomendaciones literarias de mayo

-Rarezas geográficas, de Olivier Marchon. Tengo varios libros sobre curiosidades de geografía física y humana (algunos de los cuales he reseñado en el blog), pero, a pesar de todo, éste me ha regalado unas cuantas historias interesantes que no conocía por otros lados. Desde un grupo de racistas que quisieron formar una nueva Germania en Paraguay hasta la república autónoma judía en la Unión Soviética, pasando por micronaciones, enclaves, errores de los cartógrafos, o curiosos arreglos políticos (por ejemplo, en torno a Moresnet Neutral, o el de la guerra del Oriente entre Ecuador y Perú), el libro también aporta jugosos detalles sobre situaciones relativamente conocidas, como los hechos acaecidos alrededor de la isla de Perejil o de la ciudad de Kowloon. Muy recomendable para saborearlo a capítulos.

-Quijote en el Congo. Me gusan los libros de Xavier Aldekoa porque transmiten realidad. Normalmente, cuando un periodista describe un país, suele alternar la vivencia en primera persona con amenas retrospectivas históricas. Una parte de esta dinámica, por supuesto, ejerce este periodista barcelonés especializado en África. Pero, sobre todo, el autor te habla del presente más reciente: retrata las historias vividas en primera persona (en este caso a través de un penoso viaje a lo largo del río Congo, desde sus fuentes hasta su desembocadura, por todos los tramos navegables; atravesando, en muchas de las secciones intermedias, zonas controladas por grupos rebeldes; topándose, a lo largo del camino, con variados personajes que sirven para diseccionar las diversas caras del país; y siempre con un libro del Quijote bajo el brazo, para amenizar una travesía menos épica que sufrida, y por ello quizá más verosímil) con explicaciones geopolíticas muy actuales que revelan los motivos por los cuales el país hoy denominado República Democrática del Congo sufre miseria y corrupción, a pesar de ser uno de los lugares con mayores riquezas naturales del planeta. Un libro muy esclarecedor sobre el funcionamiento del mundo actual, y nuestra parte de responsabilidad en él.

-Arqueros, ilusionistas y goleadores. Osvaldo Soriano fue un periodista argentino que, durante el siglo XX, se dedicó a la crónica deportiva, género denostado por muchos, pero que a los articulistas les permite moverse en el proceloso terreno entre la poesía y la épica que otros aspectos de la vida diaria se vería ridículo, exagerado o pretencioso. En el caso de Soriano, además, muchos de sus relatos basculan entre la verdad histórica y un realismo mágico maravilloso que permite que, por ejemplo, lectores extranjeros le pregunten por un personaje inventado al que Soriano tiene que "matar" para que le dejen de interrogar acerca de él. En ese mundo de fantasía, donde el balón de fútbol realiza acrobacias imposibles y hay entrenadores que tienen que huir a la selva para escapar de los malos resultados, puedes encontrarte lo mismo al hijo de Butch Cassidy arbitrando un Mundial oficioso entre mineros (y que, para hacerse respetar en los partidos, ha de emplear, igual que su padre, un par de revólveres) como al protagonista de buena parte de sus historias, un tal Míster Peregrino Fernández reinventado múltiples veces y que se pasa media vida peregrinando entre la pampa y Europa para toparse con los nazis, Stalin, la KGB, Perón y un portero manco que le tiene manía desde que le partió la nariz en un partido con la Juventus. ¿Cuánto tienen de veracidad y cuánto de invención estos cuentos? Imposible dilucidarlo, pero nos da igual: si, como dice Soriano, un día Maradona le regaló una exhibición de equilibrismo con una naranja, quizá es que en el mundo del fútbol cualquier locura es posible.


sábado, 1 de mayo de 2021

Los libros de mayo: unos pocos libros famosos que merecen un pequeño comentario

Los que me conocéis sabéis que no suelo publicitar libros que podáis llegado a escuchar por otro lado. Prefiero, en cambio, hablaros de rara avis que difícilmente accederían a vuestros oídos por otro sitios, o textos que poseen una -para mí- inmerecida falta de reconocimiento. Sin embargo, a veces es conveniente señalar o matizar determinados volúmenes un poco más famosos. Entre ellos, éstos que os muestro a continuación, y que he leído recientemente.

-Un amor, de Sara Mesa. Presentado por algunas secciones culturales como el mejor libro del año pasado (al menos, en la categoría de ficción), siento decir que no me ha emocionado tanto como el "Cara de pan" que publicó anteriormente la autora. Aunque unidos ambos por el mismo estilo sencillo e intimista, y por una profunda sensibilidad que recorre transversalmente continente y contenido, me resulta mucho más fácil identificarme con los problemas de una adolescente atribulada y la amistad improbable que desarrolla en "Cara de pan", que con la protagonista de "Un amor", a quien puedes comprender en su dolor pero con quien mucho más difícilmente compartirás criterios, al menos en cuanto al sentido de sus decisiones (como ha dicho la propia autora, en este libro hay de todo, pero lo que es historia de amor, ni una pizca). No es que sea un mal libro, pero recomiendo mucho más fervientemente el anterior.

-Exhalación, de Ted Chiang. Incluso mejor conjunto de relatos que en el anterior "La historia de tu vida", el cual contenía el relato que sirvió de inspiración a la estupenda película "Arrival", Chiang lleva a los límites las posibilidades de la ciencia ficción, y lo hace en todas las dimensiones que tiene a mano. Si el autor, en ambos libros, exhibe relatos muy cerebrales que poseen un sentido muy filosófico, que penetran hasta el interior de lo que somos como individuos, y en los que explora a fondo una amplia y variada cantidad de ciencias, también se atreve a romper tabúes y barreras no escritas como escribir relatos de ciencia ficción ambientados en la antigua Babilonia, en las creencias cristianas, en teorías científicas desfasadas o en el mundo medieval árabe. Como siempre en un conjunto de cuentos, hay un poco de todo, y de hecho Chiang se atreve con relatos muy breves o con otros que necesitan desarrollarse hasta el punto de convertirse casi en novelas cortas, con lo cual vais a encontrar unos que os gusten más y, por supuesto, otros menos. Pero, en general, el nivel es muy alto. Las explicaciones que Chiang ofrece al final de los libros, y donde detalla la inspiración para sus relatos, son también muy sugerentes.

-El olvido que seremos, de Héctor Abad Faciolince. Esta hermosa carta de amor de un hijo a un padre, desde la admiración pero no la hagiografía, constituye la semblanza de un ser que tuvo luces mucho más poderosas que sombras y al que, después de haber leído las andanzas de su vida (maravilloso el retrato familiar del inicio), muchos querríamos haber conocido y con el que desde luego hubiéramos deseado conversar. Las andanzas del padre del autor, un médico, humanista y activista por los derechos sociales colombiano que en 1987 murió asesinado, constituyen una historia que muchos podríamos haber vivido pues están llenas de referencias a las siempre complejas relaciones familiares y a nuestras propias contradicciones. Fernando Trueba dijo de la obra que "hice la película porque tenía miedo de que hicieran una película de ella", y confirmo que es una obra difícil de adaptar. Sin embargo, el material de partida es tan sugerente que entiendo también que lo hayan intentado. Espero por el bien de todos que les haya salido bien: de momento, el Goya a la mejor película iberoamericana les avala.

domingo, 12 de julio de 2020

El libro del mes: "Manual para mujeres de la limpieza", de Lucía Berlín

En esta crítica literaria, contradiciendo mi costumbre, os esbozaré un par de presentimientos y de costumbres personales. Lo primero de todo, he de decir que desconfiaba de este libro de relatos porque me había encontrado con que dos personas se lo habían leído recientemente, y eso me apuntaba a que había sido sugerido por algún tipo de suplemento cultural. Y, para ser brutalmente sincero, desconfío de este tipo de publicaciones desde que supe que rara vez se leen a fondo las cosas que recomiendan (incluso las que recomiendan encarecidamente), y también desde que descubrí aquella corriente que apoya que la crítica literaria es un arte en sí mismo, incluso superior a la literatura (cosa que sólo puedo creerme o justificar cuando la obra a comentar no es muy buena: fijémonos si no en esta excelente crítica que hacen en El Comidista de la anodina serie Foodie Love; o en las "Sinopsis de cine" de Sanchidrián, cuyo propósito es completamente independiente del de la película comentada). Es cierto que existen muy buenas críticas literarias, pero cuando su objetivo principal es hacer arte por sí mismas, en lugar de orientar al lector sobre si merece o no la pena leer un texto, entonces en efecto se las puede considerar como una entidad independiente, pero está claro que no cumplen la función para la cual muchos de los lectores las han abordado, y esto al menos debe advertirse (al igual que existen excelentes crónicas políticas pero si, para resultar más atractivas, no explican lo que ha ocurrido de verdad en el Parlamento, flaco favor te están haciendo). En todo caso, me aventuré a entrar en sus páginas (las de "Manual para mujeres de la limpieza", se entiende) y allí encontré toda una sorpresa. He de advertir que me he negado a abordar las introducciones del principio: prefiero leerlas al final, cuando ya he visto de qué van los relatos (y los prólogos me pueden aclarar lo que se me haya pasado por alto), antes de que algún pedante me llene de ideas preconcebidas -en ocasiones incluso falsas, con tal de construir una bella crítica literaria- y, como suele ocurrir en muchos casos, me destripe por adelantado todas las historias. Había un tercer factor que me hacía desconfiar de un libro de relatos recomendado (supuestamente) por un suplemento cultural: ahora mismo está muy de moda el tipo de relato el cual, en oposición a las reglas clásicas para un cuento recopiladas por Mark Twain (reglas que, como todas, están para romperse, pero si están ahí es porque tienen su parte de razón), no te cuenta nada en realidad, y te describe la simple inanidad. Esto puede resultar muy fructífero para un microrrelato que te describa casi una imagen fotográfica (la anatomía de un instante, podría denominársele). De hecho, su brevedad e intensidad permite crear escenas muy poderosas que se agarrarán a tu inconsciente, y confieren a un microrrelato esa capacidad tan explosiva que, bien trabajada, puede llegar a lograrse por ésta o por otras vías. Sin embargo, algunos autores, por razones de tendencia o necesidades editoriales, tratan de hacer de estas fotografías muy puntuales un relato más o menos largo y, obviamente, les sale lleno de espacios en blanco que intentan rellenar como pueden, las más de las veces sin conseguirlo (qué decir, entonces, de los magníficos cuentos que se convierten en novelas sin que haya ningún motivo para transformarlos, aparte de vender libros, y que acaban con nosotros sufriendo una pequeña tortura: los hemos vivido todos, ¿verdad?). 

Pero en este caso, Lucía Berlín no cae en este error: es verdad que sus relatos no tienen una direccionalidad ni un sentido claros; que no te están contando "una historia en particular". Podrían decirse que no van de nada en concreto. Pero no consisten en una fotografía, sino más bien en un vídeo; una sucesión de imágenes de las vidas de determinadas personas, como si las hubiéramos escogido a ellas y grabado con una cámara algún momento puntual de sus existencias. Y como estos personajes son tan coloridos, tan variados, tan llenos de matices, tan enternecedores y vulnerables, estamos deseando subirnos a su carrusel. Una amiga que comenzó el libro dice que tuvo el problema de creer que se trataba de una novela (a lo cual no ayuda que la autora le ponga su nombre, Lucía, a bastantes de los personajes), con lo cual no entendía nada y creía que la protagonista saltando de un sitio a otro; confusiones divertidas aparte, la cuestión es que no podría encontrarse un conjunto de relatos independientes donde la posibilidad de creer este esquema fuera mayor, ya que además de una ambientación geográfica común (un Estados Unidos algo arcaico, bastante miserable, con frecuencia sureño o en el entorno de frontera), los personajes de Lucía Berlín se meten en una variedad de fregados y contextos muy distintos, aunque en absoluto incompatibles entre sí: lavanderías, hospitales, escuelas, clínicas abortivas, mansiones aristocráticas... En las cuales se topan con jefes indios, caraduras indomables, bellísimas herederas, mujeres de la limpieza, profesoras de español, monjas, alcohólicos, drogadictos, individuos de manera constante al borde de la ruina, perennemente al límite de quebrarse, pero que de alguna manera sobreviven -siempre- un día más. Ya saliendo de lo literario (ahora sí que os doy permiso para leeros la introducción), si buceáis un poco en la biografía de Lucía Berlín veréis que tuvo una vida breve y convulsa, que muchos detalles de su periplo vital coinciden con las temáticas y localizaciones de sus cuentos (con lo cual cabe creer que muchas de sus experiencias fueran autobiográficas), y que seguramente era tan adorable y frágil como muchos de los alter ego de sus relatos. Los críticos la comparan con Hemigway y Carver, y aunque puedo coincidir con el primero en el sentido de que ambos necesitaban nutrirse de sus experiencias vitales para llevarlas al terreno de la literatura, los personajes de Lucía Berlín son más vivos, tienen mucho más color y son en general más complejos, en un universo más surrealista (o de un cierto realismo mágico, si lo queréis ver así) que los de los otros dos escritores. Así que, por una vez, estaré de acuerdo con los suplementos culturales en que "Manual para mujeres de la limpieza", editado a título póstumo como una selección de los mejores cuentos que en su día publicó en distintas revistas, es uno de los títulos más apasionantes de los últimos tiempos (incluso aunque aún me queden por leer unos cuantos, pues prefiero degustarlos a sorbitos pequeños, como dice Aristóteles que se ha de aprender, a semejanza a cómo beben los pájaros). Lucía Berlín tiene además una novela, "So long", con pinta también de tintes autobiográficos, que me recomendó el último librero con el que hablé -me encanta pedirle consejo a los libreros; otra cosa es que los siga a pies juntillas-, aunque no os puedo dar referencias directas. Y eso es todo: espero que disfrutéis con Lucía Berlín como lo he hecho yo y (de manera independiente) que os hayáis entretenido con esta crítica literaria. Nos leemos.

sábado, 14 de marzo de 2020

Las recomendaciones de marzo: otra (más) lista de libros y películas sobre epidemias que no se están destacando lo suficiente

Atención: si durante la cuarentena del coronavirus os desesperáis y no tenéis nada interesante que leer, aparte de los cuentos y post del blog, ofrezco gratis mi novela histórica "Cartago. El imperio de los dioses" (o cualquier texto que me pidáis). Hablad conmigo a través del formulario de contacto (a la izquierda de la página) o en los comentarios de cualquier entrada y yo os lo mando. Pasadlo bien -dentro de lo que cabe- y mantened la moral alta.

Cuando estoy triste o cabreado, me tiendo a refugiar en el humor (en ocasiones, de uno mismo o de la propia situación que me atañe, aunque sea negro), el cine o la literatura. Si ya estáis harto de oír hablar del famoso coronavirus, como puede pasarle a muchos de los lectores de este blog desde España y otras partes del mundo, abandonad este post y coged un buen libro (recomendamos muchos por aquí). Pero si queréis encontrar buenas historias sobre epidemias con las que distraeros en este período de cuarentena obligada o semi-voluntaria, y las que circulan últimamente de manera abundante por otros lares no os convencen ("La peste" de Camus, muy buena pero que no va de enfermedades, y "Contagio" de Soderbergh, tan técnicamente perfecta y realista como aburrida y deprimente), os menciono una serie de libros, películas y capítulos de serie a los que no se les está publicitando tanto y que pueden llamaros la atención. Entre otros:

-"La máscara de la muerte roja": el periodista Guillem Martínez ha sido uno de los que ha mencionado el clásico "Decamerón" de Boccaccio, donde un grupo de nobles y sus acompañantes se alejan de la epidemia de peste a un lugar aislado y se entretienen narrándose cuentos cortesanos. En realidad resulta fácil deducir tras unas pocas páginas que el autor italiano emplea la enfermedad como una vaga excusa para relatar un conjunto de historias sobre temas esencialmente mundanos y frívolos. Como podéis ver, todo muy burgués y clasista, propio de un grupito de aristócratas que huyen adonde no pueden hacerlo los pobres, y creen que la epidemia no les alcanzará (o, en todo caso, que es mejor que el fin del mundo les pille riendo). El cuento "La máscara de la muerte roja", de Edgar Allan Poe, reincide en esa idea, pero le da una vuelta de tuerca a partir de la mentalidad circular que en aquella época impregnaba un cerebro de Poe que se hallaba empapado hasta las cejas de opio. Por cierto, que aparte de la traducción probable de Cortázar que encontraréis por ahí, hay una adaptación al cine de Roger Corman (un clásico del terror de serie B setentero) con Vincent Price (otro clásico) como protagonista pero, como suele ocurrir, es difícil igualar el toque del original.

-Si Guillem Martínez menciona "Guerra Mundial Z" como paralelismo con la situación actual y sus posibles resoluciones, y a riesgo de repetirme porque ya lo he mencionado alguna vez en redes sociales, en este podcast de "El gato de Hubble" que proporcionaba mucha información sobre epidemias hablábamos de libros como "El último hombre" de Mary Shelley, películas como "Estallido" (donde la cosa se lía porque nadie le hace caso al científico, como pasaba en "El origen del planeta de los simios"; así que, ¡haced caso a los científicos, que son los que saben, y no a los bulos que corren por Whatsapp!), "And the band played on" (sobre el rastreo de los primeros pacientes afectados de SIDA), y por supuesto las mucho más comerciales "Soy leyenda", "28 días [y semanas] después", "12 monos", "Guerra Mundial Z" y "Contagio" también. De paso se nos fue la olla divagando sobre muchísimas cosas acerca de enfermedades, y de otras que no lo son tanto. Por cierto, hace poco el periodista Pedro Vallín (autor del libro que tengo pendiente, "¡Me cago en Godard!"), decía que esta situación le recuerda a "Shin Godzilla", pero a mí, tal como está la cosa, veo más paralelismos con "El incidente" de Shyamalan.

-Ya que entramos en el tema zombie y de ciencia ficción, e intentando no hacer spoilers -¡atención, si la serie os interesa saltaos tres líneas!-, el último capítulo de la tercera temporada de "El Ministerio del Tiempo" trata de cómo los viajes temporales pueden influir en las enfermedades (aunque también hay una referencia clave a la gripe española, si no cito mal, durante la segunda temporada). Hay un par de libros dedicados al este sugerente tema, pero como no los he leído, no me atrevo a recomendaros directamente. Por otra parte, si "Pandemia" de Robin Cook ahora sale en la lista de los más recomendados (no confundir con la de serie documental Netflix, que por lo visto ha aparecido por casualidad -¡de veras!- en la fecha de expansión del virus, y que según dicen es un ensayo médico muy serio), su colega de profesión el también escritor y médico Michael Crichton escribió "La venganza de Andrómeda" sobre un virus extraterrestre que empieza a pulular sobre la Tierra después de que un grupo de simpáticos pueblerinos estadounidenses decida abrir un satélite caído del cielo casi literalmente a martillazos. Enternecedor.

-Siguiendo con las series, "House", cómo no, tiene varios capítulos dedicados a epidemias, pero uno en concreto (creo haber confirmado que era el cuarto de la primera temporada, "Maternidad"; pero justo en el momento en que escribo estas líneas se me hace difícil encontrarlo) detalla los mecanismos por lo que puede transmitirse una enfermedad contagiosa por vía aérea: un conocimiento muy útil ahora que estamos en esa delicada fase de #Frenarlacurva del COVID-19, y debemos tratar de expandir el virus lo menos posible.

-"Ensayo sobre la ceguera", por supuesto, de Saramago, es ya un clásico moderno de estas latitudes (ello no evita que sea absolutamente recomendable), aunque la historia trate menos de las epidemias, como fenómeno médico, que de las consecuencias humanas que surgen a raíz de las mismas. Por cierto que, hasta cierto punto, "Las intermitencias de la muerte" es una continuación que tiene muchas derivadas apasionantes, aunque esta vez sobre el fenómeno contrario: nadie consigue morir. Tened cuidado con lo que deseáis...

-Y para terminar, cómo no, un clásico: "Frankenstein de Mary Shelley", de Kenneth Branagh, donde el director británico se toma la licencia (que yo sepa, no está en el libro original, por supuesto maravilloso) de incluir un brote de cólera que aprovecha el Dr. Frankenstein para llevar a cabo sus experimentos, y que a mí me recuerda más que ninguna otra narración a estas épocas medievales donde las epidemias desestructuraban la civilización y el caos provocaba más víctimas que la propia enfermedad (un ejemplo que suelo poner a menudo: dicen que buena parte de los leprosos desaparecieron tras la epidemia de Peste Negra porque se murieron sus cuidadores, y los enfermos se quedaron encerrados en las leproserías sin que nadie viniera a atenderlos). Así que recordad siempre que, si hay algo peor que lo que genera miedo, es el propio pánico. Por lo tanto, cabeza fría, seguid las recomendaciones de los médicos, no contagiéis mucho, y permaneced en casa. Nos vemos próximamente, sin duda vivos y sanos.

Un abrazo (os quiero a todos: de verdad, cuidaros mucho, y cuidad sobre todo a los más vulnerables entre los vuestros) y mucho ánimo también.

lunes, 17 de febrero de 2020

Las recomendaciones de febrero: cuentos y cuentistas

En este blog nos hemos referido con frecuencia a excelsos contadores de cuentos. A lo largo de los posts, he podido homenajear a algunos de mis favoritos: Borges, Poe, Cortázar, Esteban Erlés, Stabironets, Asimov, Ray Bradbury, Robert Louis Stevenson, Mark Twain, Galeano y tantos otros... Aprovecho para mentaros unos cuantos libros construidos a base de cuentos a los que creo que merece la pena echarles un vistazo. ¿Preparados? Comenzamos.

-"Los peligros de fumar en la cama": Mariana Enríquez crea atmósferas inquietantes en las que la adolescencia, la sensualidad y el terror sutil están ahí para hacernos dudar de la inocencia de los objetos cotidianos. La autora ya publicó libros de cuentos previos ("Cosas que perdimos en el fuego") y recientemente se ha pasado a la novela con "Nuestra parte de noche", ganador del Herralde de novela.

-"Relatos de lo inesperado", de Roald Dahl. Por mucho que se le considere un autor infantil, el británico ya había demostrado una mentalidad retorcida con "Cuentos en verso para niños perversos". En "Relatos de lo inesperado", un conjunto de narraciones dirigidas a adultos, el escritor da rienda suelta a sus pensamientos más inquietantes, preparando malévolas trampas en las que hace caer a los incautos. Claro que puede ser que estos últimos no fueran tan inocentes, sino que estuvieran deseando caer...

-Si en cambio estas dos últimas propuestas os perturban demasiado, algo más enfocado al niño que todos llevamos dentro. "Cuentos por teléfono" de Gianni Rodari (un reconocido autor infantil italiano) pone por escrito las historias que el autor le contaba a su hijo por teléfono cuando trabajaba de viajante de comercio por Italia. Los relatos, por supuesto, cambian día a día en función del cansancio del padre, de lo bien que le habían ido las cosas aquel día, o de cuándo había podido llamar. Recomendables para leer uno por día, antes de dormir, a una persona querida, sin que sea imprescindible que medien kilómetros de distancia.

-"Antología de la literatura fantástica". Publicada en 1965 por tres monstruos de la literatura argentina (Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y la más conocida por su labor editorial Silvina Ocampo) que también se habían especializado en el relato, esta colección es un compendio de algunos de los mejores cuentos del género que no distingue antigüedad (hay historias escritas en el siglo IX), nacionalidades (encontramos muchos europeos y americanos, por supuesto, pero también unos cuantos chinos) ni estilo, con una amplia variedad de temas y aproximaciones tratadas. El libro se convirtió en una referencia inmediata del género fantástico, en el que los autores incluyen sus particulares granitos de arena, pero resulta aún más interesante por las numerosas historias casi perdidas en el tiempo que nos hace descubrir.

-"Los mejores relatos de anticipación", recopilados por Kendell Foster Crossen y Charles Nuetzel es también una vieja antología (data de 1969) que tiene la particularidad de que narra de manera cronológica una historia de la humanidad a través del tiempo dibujada a través de numerosos escritores, algunos de los cuales se incluyen en el marco de la Era Dorada de la Ciencia Ficción. Como en casi todas las antologías, hay para todos los gustos, pero podéis encontrar unas cuantas perlas bien engastadas en un collar donde quedan majestuosamente exhibidas.

sábado, 1 de diciembre de 2018

Una lista de recomendaciones originales de libros para regalar estas navidades

¿Te toca de nuevo hacer los regalos de navidades y no tienes ni idea?¿Te desmoñas por encontrar un obsequio maldito a tu cuñado, que nunca está conforme con nada?¿Quieres entregar algo que no sea lo clásico, lo típico, lo que todo el mundo conoce y busca en los estantes de las librerías? He aquí unas cuantas sugerencias que quizás puedan encandilarte a ti o a seres queridos (u odiados):

-El antropólogo inocente, de Nigel Barley. Un clásico moderno, publicado en 1983, narra la historia real, contada en primera persona, de cómo el joven antropólogo Nigel Barley decidió imitar a sus colegas y realizar un "trabajo de campo" fuera de los despachos. Para ello, escoge una tribu poco estudiada de África, situada en un país francófono, lo cual ya es un primer inconveniente para un británico. Pero Barley, muy escéptico con respecto al trabajo de los antropólogos, y con un muy irónico humor inglés, nos señalará las dificultades de tratar de aprender algo en una comunidad remota, donde los nativos apenas le comprenden (cuando no tratan directamente de tomarle el pelo) y nadie tiene ningún interés en que él culmine con éxito su trabajo. Barley publicaría más tarde una secuela de este tan entretenido libro aunque, por lo que me cuentan, no es tan desternillante como el original.

-No duermas, hay serpientes, de Daniel Everett. Continuando con la desmitificación del trabajo de los antropólogos se halla también esta narración en primera persona del antropólogo y misionero Daniel Everett, cuya idea era vivir acompañado de su familia con la casi aislada tribu piranha en la Amazonia, aprender su desconocido lenguaje, y tratar de convertirles al cristianismo. Aunque el libro resulta algo difícil de leer (posee ciertas deficiencias narrativas, aparte de realizar un pormenorizado análisis de la gramática del lenguaje piranha), hay unos cuantos hechos que resultan impactantes: desde las dificultades de Everett para convivir con los nativos (malentendidos, urgencias médicas en medio de la selva), hasta el hecho de que Everett descubrió que el lenguaje piranha no concebía el pasado ni el futuro, y por tanto resultaba imposible para él describirles los conceptos de Mesías, juicio final y salvación imprescindibles para enseñarles la fe de Cristo. La historia tuvo dos grupos de consecuencias, tanto académicas como personales para el autor: por un lado, puso en discusión grandes teorías sobre el lenguaje (como la de la gramática universal del famoso pensador Noam Chomsky) y, por otro, Everett acabó aprendiendo más de los piranha que ellos de él; entre otras cosas que él mismo había dejado de creer en Dios, lo cual le llevó a la ruptura con su familia.

-Sinopsis de cine: el escritor Ángel Sanchidrián comenzó a hacerse un nombre gracias a estos breves pero impactantes resúmenes de películas que iba destripando a sus seguidores de Facebook. Aunque luego se ha atrevido con más tipos de relatos, tanto dentro de las redes sociales como fuera de ellas ("Diario de un caniche", las historias de una "Luisi" que ha leído en exceso 50 sombras de Gray, o la novela de fantastía épico-humorística "Tres enanos y pico"), sus sinopsis, que combinan dosis de crítica mordaz con atrevidas metáforas, y un lenguaje tan elegante como el de una Jenny de polígono peleándose con una camionera de Cuenca, siguen siendo lo más descacharrante que cuenta en su arsenal, atreviéndose con clásicos, películas de todo género, e incluso vídeos de renombrados (es un decir) artistas (es un mentir) musicales como Paquirrín e Ylenia. Se trata de un sentido del humor muy especial que no es para todos los gustos pero sí puede seducir a toda clase de públicos; además, si os gusta, siempre podéis leer más las sinopsis que va publicando en Facebook, o también con convertiros en inversores preferentes para una segunda parte que, esperemos, no tardará mucho en salir. De hecho, por lo que escuché la última vez, es probable que esté preparado justo para Navidades.

-Casa de muñecas, de Patricia Esteban Erlés. Esta autora aragonesa de tintes góticos es una especialista en relato ("Azul ruso", de quien hablamos en otra ocasión, entre otros) y también ha incursionado en el ámbito de la novela ("La madres negras", que aún no he tenido oportunidad de leer), pero para mí sobre todo es una maestra del microrrelato, que cultiva desde su página de Facebook y también en libro como éste, donde nos abre la puerta a casas encantadas, fantasmas inquietantes y humanos aún más perturbadores, con influencias de Edgar Allan Poe y Shirley Jackson, las cuales ella no oculta sino que luce con orgullo.

-Pelos, de "Las Microlocas": siguiendo con los microrrelatos, cuatro jóvenes autoras (Eva Díaz Riobello, Teresa Serván, Isabel González e Isabel Wagemann) conocidas como "Las Microlocas" nos muestran sus mini-historias a partir de un concepto tan elástico, retorcido y cargado de raíces como el pelo, desde la punta de la melena hasta otra zonas más impúdicas, abriéndonos la oportunidad a escenas y retratos de variado pelaje.

-Para los aficionados a la cocina, dos libros también atípicos: Julian Barnes (uno de los autores más reconocidos en el panorama actual, sobre todo en el terreno de no-ficción, autor de "Arthur&George" entre otros) nos narra en "El perfeccionista en la cocina" sus pequeños dramas sobre los aspectos más cotidianos de la elaboración de las recetas, siempre desde el punto de vista de un cocinero aficionado algo tiquismiquis y quizás demasiado influido por su faceta de intelectual y escritor. Con aspiraciones de llegar a un público más amplio, "Esto no estaba en mi libro de historia de la gastronomía", de Myriam Sagarribay, sigue la estela de otros libros populares con título del mismo inicio que te desgranan aspectos variados de la historia: en este caso, del origen de buena parte de los alimentos que consumismos.

-Atlas de las constelaciones, de la escritora Susanna Hislop y la ilustradora Hannah Waldron, es un muy bello libro sobre la forma, origen y leyendas de las distintas constelaciones que podemos encontrar en el cielo. Ideal para aficionados a la astronomía como yo, al que le cayó de hecho como fantástico regalo de navidades. Otro regalo que todavía estoy leyendo es "La historia del mundo en mapas", un detallado análisis de la historia universal a partir de diversos mapas que ilustran cómo hemos ido cambiando a lo largo de las eras.

-Un libro exótico. A veces, es sorprendente la cantidad de textos que leemos influidos por la cultura mayoritaria de nuestro entorno. En España es sencillo localizar novelas estadounidenses, europeos y latinoamericanos, pero a veces es más complicado capturar libros escritos por africanos (aquí hablamos de unos cuantos sobre África, al que habría que añadir "Grita libertad", de John Briley, pero ninguno de ellos fue escrito por un africano autóctono; para mí es una asignatura pendiente, y acepto sugerencias), o por asiáticos -salvo quizás unas pocas excepciones turcas o japonesas, quizás por ser países más cercanos a Occidente-. No pretendo realizar una exploración sistemática, pero sí apuntar unas cuantas sugerencias: Tagore es una referencia clásica; "Cometas en el cielo", narrada por un estadounidense de origen afgano, se ha hecho famosa debido a su adaptación cinematográfica -muy hermosa, he de decir-; y de China, aparte de las leyendas mitológicas y unos cuantos premios Nobel de distinta orientación desde el punto de vista político, nos ha llegado recientemente la última revolución de la ciencia ficción ("El problema de los tres cuerpos", una curiosa interpretación del futuro que, como suele ocurrir con las obras de ciencia ficción, nos ofrece un espejo en el que en este caso aparece reflejado el turbulento pasado reciente de China). Yo, por mi parte, os aconsejo "Muerte de una heroína roja", de Qiu Xiaolong, sobre un investigador que trata el caso de una trabajadora modelo fallecida en extrañas circunstancias. Aunque algo desfasado respecto a la época actual (está ambientado en los años noventa), el libro, como buena novela negra, emplea un asesinato para analizar los claroscuros de una sociedad en profundo cambio como es la del gigante asiático.

-Si el precio no es un problema y deseáis un regalo no apto para todos los bolsillos, os podéis animaros a comprar esta copia del Manuscrito Voynich por poco menos de 8000 euros. El manuscrito, cuyo original se encuentra en la universidad de Yale y ha sufrido toda clase de especulaciones sobre su autoría, el idioma en el que está escrito o su propósito (recientemente han salido varias investigaciones al respecto, como ésta o ésta; como podéis ver, lo más probable es que se trate de un manual sobre el uso de hierbas para aplicaciones médicas escrito en una mezcla de varios idiomas), ha sido reproducida en 898 copias de manera artesanal para que podáis contemplar de cerca uno de los misterios más intrigantes de la civilización occidental. Lo mismo puede ser un buen obsequio para tu cuñado que todo lo sabe, a ver si es capaz de desentrañarlo. Otra opción alternativa, como me comentaron una vez, es regalar algún ejemplar de un libro inventado como el Necronomicón: hay unas cuantas copias muy interesantes a la venta, y aunque sin duda son más falsas que un bistec de vaca vegano, podéis quedar muy bien en las reuniones familiares.

-Para los niños, defiendo que hay que estimularles no necesariamente a que sean científicos, pero sí, en estos tiempos de magufismo y falsos oráculos, a que les entusiasme la ciencia y crean en ella. Antonio Martínez Ron, autor de varios fantásitcos blogs de divulgación científica ("Fogonazos" y "Libro de notas: Guía para perplejos", entre otros) co-escribe con su hija Laura "Papá, ¿dónde se enchufa el sol?", una serie de curiosidades sobre el mundo que nos rodea a partir de las preguntas que le hacía Laura a su padre. Ideal para esa generación futura que nos habrá de salvar a todos.

-Una posibilidad que tenéis es no regalar literatura, sino cine: sí, todos pensaréis en una suscripción a Netflix o HBO, pero desde aquí ofrecemos la opción de Filmin, con un catálogo de películas más alternativo -en ocasiones, demasiado-, pero que ofrece suscripciones parciales y permite disfrutar de joyas difíciles de encontrar en otro lugar: desde Macarroni hasta Coriolanus (ahora mismo no en cartel, pues el catálogo resulta vivo y cambiante, lo cual es bueno para disponer de los últimos estrenos menos comerciales).

-En cuanto a mí, ya sabéis que vuestra lectura es para mí el mejor de los regalos. Pero, si aparte, queréis hacer alguna donación literaria a bibliotecas o puntos de intercambio de libros, o también una donación monetaria a cualquier ONG de vuestra elección, no sé si os lo recompensará Dios, pero en todo caso yo os tendré en muy alta estima. Un saludo, y felices fiestas de cualquier tipo.

domingo, 11 de noviembre de 2018

Los vídeos de noviembre: 7+1 vídeos de Youtube que no os debéis perder

Youtube vino para cambiar el mundo. Se suponía que, de ser los espectadores meros receptores de contenido, iban a empezar a generarlos. Tanto que, junto con el auge de las redes sociales, la revista Time proclamó en 2006 que el personaje del año era "Tú", cada uno de nosotros, de los futuros creadores. Muchos protestaron ante una profecía no cumplida, al ver que la mayoría de los vídeos más visualizados de Youtube eran promovidos por cantantes, empresas, plataformas comerciales, perdiéndose el espíritu democrático que debía caracterizarle. Pero como ocurre con todas las tecnologías, sus resultados dependen de sus usos, y por tanto dan resultados ambiguos: Twitter sirve para buscar humor y la mala leche más absoluta; Facebook puede emplearse para retransmitir una revuelta ciudadana en un país árabe o para que sólo escuchemos la historias que queremos oír. Y en Youtube, frente a mucha bazofia, flojitos influencers, GranBombas y tipos creídos de más que se quieren largar a Andorra, hay muchas pequeñas joyitas, muchas de ellas amateurs con hechuras de profesionales, que no podemos perdernos. Entre ellas, os ofrezco cinco de mis favoritas:

-¿Quién es el mejor villano Disney?: de los autores de este vídeo, Pascu y Rodri, hablaremos más adelante. Pascu, de hecho, pertenece a un grupo denominado "Acorde al guión", que monta musicales de gran calidad, a alguno de los cuales he tenido el privilegio  de asistir. Con alguno de sus componentes monta esta divertida parodia de algunos de los más sugerentes malvados de la factoría Disney, con mucho desparpajo y un sorprendente giro final.


-Pascu y Rodri, además, tienen un canal en Youtube denominando "Destripando la historia", en la que combinan música, ingeniosas letras y unos animadísimos dibujos para resumirte un libro, una historia mitológica o un cuento infantil, recurriendo además a los textos originales, lo cual está muy bien para evitar que sea -por ejemplo- Disney el que lo cope todo. Muchas de ellas son graciosísimas, pero yo os dejo en concreto ésta de Rapunsel, que no paro de ponerme en bucle, y que tiendo a recordar (ya lo entenderéis al final) cada vez que me da por pedir comida a domicilio.


-Hay muy buenos divulgadores científicos en nuestro país. Antonio Martínez Ron, el recientemente fallecido José Cervera, todo el universo que gira alrededor de Naukas... Todos ellos entienden que las nuevas tecnologías y los vídeos consisten en una forma de comunicar tan útil como cualquier otra. Yo hoy quiero destacar a Patri Tezanos, una investigadora del Instituto Cajal y psicóloga de formación que nos regala cada cierto tiempo vídeos relacionados con la neurociencia en su canal de Antroporama. Os dejo con un vídeo en concreto que puede resultaros entretenido porque trata acerca de que, por mucho filtro de Instagram que apliquemos, para nuestro cerebro tenemos un aspecto bastante feo.


-El siempre interesante blog de cocina de "El Comidista" de "El País" destacó en una mítica entrada a algunos de los cocineros más estrambóticos de Internet. La sensación de ver a un sueco pasado de revoluciones cocinar albóndigas a cabezazos es inenarrable, pero en este blog, donde nos gusta quedarnos con lo positivo, destacamos al bucólico, pacífico y tierno peluche de Arkapasso, donde una llama de felpa nos hace recetas a un ritmo pausado que resulta por completo hipnótico. Os dejo un episodio que tiene doble valor no sólo porque se atreve a hacer los españolísimos churros, sino porque Arkapasso nos muestra ciertos detalles personales que hará que le adoréis más todavía.



-Probablemente el éxito musical por Youtube más famoso desde el "Fea, pero te quiero", con "Es gratis", Arnau Griso nos sintoniza con una canción que, junto con el "Hoy puede ser un gran día de Serrat", se hace ideal para enfrentarse a las mañanas del lunes. Ideal para pesimistas y que están deseando dejar de serlo.



-Los vídeos explicativos de Manu Sánchez han salido en varios de los programas en los que ha participado, tanto en la televisión nacional como en la autonómica andaluza, pero no tienen ni la mitad de fama de lo que se merecen para lo divertidos que son. Aquí ponemos el enlace a la primera de tres de partes dedicadas a la mitología griega, pero cualquiera de las temáticas, a la velocidad y el desparpajo de este sevillano tan amigo de los carnavales Cádiz, no tiene desperdicio.



-Sin duda, junto con el anterior, el vídeo más profesional que hemos nombrado hasta ahora; sin embargo, el programa de radio de Carne Cruda se yergue como una alternativa al pensamiento dominante, y sin duda se manifestó en este número, un flashmob del que no os voy a revelar nada, pero que a muchos nos alegró el ánimo en momentos tan oscuros como nos tocó pasar. Con esta sonrisa, esperamos alegraros la jornada, la semana y todo lo demás. Buenos días y buenos vídeos.



BONUS TRACK: La grabación en directo del truco ganador del último Campeonato Mundial de Magia, de Eric Chien. No necesita presentación pues, durante seis minutos, os dejará sin palabras.

lunes, 18 de junio de 2018

El relato de junio: "La alhaja"

La alhaja

“Había sido el blanco de una bala que había matado a su yegua bajo él, pero seis balas que atravesaban su ropa lo habían dejado indemne. Más tarde me contó, bajo estricto secreto, que trece años antes había comprado por ciento veinte libras un Corán con virtudes de amuleto, y desde entonces nunca había sido herido. En verdad, la muerte le había respetado, matando en cambio ruinmente a hermanos, hijos y seguidores. El libro que formaba el amuleto era una edición de Glasgow que costaba dieciocho peniques; pero el aura de muerte que rodeaba a Auda no permitía hacer bromas sobre su superstición”.
Los siete pilares de la sabiduría. Thomas Edward Lawrence, más conocido como “Lawrence de Arabia”.

            Era un hombre acostumbrado a convivir con el peligro. Y sin embargo, era prudente. No se llega a viejo sin serlo, no al menos si habitas en una de las regiones más inhóspitas y traicioneras del planeta, tan sólo conquistada por el desierto, matojos, y las inconsecuentes cabras. Tenía razones de sobra para permanecer cauto, porque los tres ocupantes previos de su cargo habían fallecido en su propia cama, degollados por unos sirvientes a los que obedecer a un extranjero no les hacía ninguna gracia. Él, sin embargo, se había mantenido en su puesto durante seis meses, y consideraba la situación del país estabilizada. Aún así, estaba abierto a nuevas opciones, tanto humanas como divinas. Y aunque no era supersticioso, había visto cosas que le habían hecho creer, y peor aún, cosas que le habían hecho dudar. Por eso, cuando el viejo le ofreció la alhaja (se negó tajantemente a denominarlo “amuleto”, como si aquella palabra lo depreciara), no se cerró en redondo con el escudo de la razón que suele dominar a los hombres de su país. Tan sólo preguntó si tenía algún “regalo” escondido.
            -Nada de eso, efendi… Todo verdad. El poseedor de la alhaja se vuelve inmortal frente a toda acción asesina ejercida por su semejante. Nunca morirás apuñalado, ni atravesado por una bala, ni rodarás por unas escaleras, a no ser que sea tu propio pie el que tropiece. Con este bien tan preciado, vivirás, si Alá lo ansía, quizás hasta los cien años.
            Pero el gobernador dudaba. Había leído “El diablo en una botella”, de Robert Louis Stevenson, y “La mano de mono”, no recordaba de qué autor. Y sabía que las peticiones hechas a “djinn”, genios o cualquier otra criatura mágica normalmente llevan aparejada una contrapartida, una terrorífica cláusula en letra pequeña, o una retorcida forma de interpretación que no queda revelada hasta el macabro final.
            -Ni dobleces ni medias verdades, efendi. Su vida quedará a salvo, protegida. Su piel permanecerá tan intacta como el himen una hurí. Nada le podrá pasar.
            El gobernador tenía prisa, y no insistió más. A posteriori, se arrepentiría mucho de aquella decisión. Entre otras cosas, influyó en que el extranjero era soltero, recién llegado, sin amigos ni familia a menos de tres mil millas de distancia. Le dijeron que no le iba a afectar, y no se inquietó. No se preocupó de nada más.
            El hombre, previsor, para probarlo, se puso la alhaja en el pecho y no volvió a fijar su vista en ella durante los días siguientes. De hecho, con el tiempo, cuando ya se hubo acostumbrado a su presencia, se dio cuenta de que la alhaja –que no se quitaba ni para dormir ni para ducharse- había desaparecido. En su lugar, a la altura de su cuello, había nacido una marca oscura con la forma del cordel y de la propia joya, marca que no se eliminaba con el alcohol, grasa, jabón o abundante agua. Sin embargo, no le concedió demasiada importancia al hecho. Un material de escasa calidad que se había deteriorado, colorándole la piel: ¿qué problema había de causarle?
            Aquellos años que transcurrieron fueron plácidos. Con el tiempo, el hombre sintió la necesidad de rodearse de una mujer, satisfacción que combinaba muy bien con la obligación política de sellar la paz con ciertas tribus a la manera tradicional, es decir, mediante un matrimonio con princesa de dinastía reinante. La fecha que conoció a su futura esposa –que fue el mismo día que su boda- se quedó helado: no sabía que pudiera haber hembras tan hermosas, de razas tan dispares a la suya, sobre la faz de la Tierra. Fémina que, además, tuvo la virtud de concederle dos hijos preciosos, moreno (como hijo de su madre) él, rubia y de ojos azules (como hija de su padre) ella. ¿Era concebible mayor forma de felicidad?
            Así hasta que, en cierto momento, la fiebre de sangre que periódicamente recorre las áridas llanuras de esta desolada región se elevó de nuevo, y surgieron las conspiraciones y los levantamientos. El primer conato de incertidumbre lo encontró el gobernador cuando, en cabeza de su ejército durante la batalla (como hacía siempre, para insuflar los ánimos de sus hombres, tal y como practicaba en su día sobre estas mismas tierras Alejandro Magno), ante una ráfaga de descargas de artillería, no falleció él, pero sí los escoltas que le acompañaban a ambos lados. Lo tomó como una casualidad afortunada (o aciaga) del destino y de los azares de la guerra, y poco más. No le quiso dar mayor relevancia.
            El siguiente incidente, no obstante, no lo pudo obviar. Mientras salía a pasear por el patio de su palacio, bien temprano por la mañana (tal era su costumbre), portando a su hijo en brazos, una maceta fue mecida por el viento de manera descuidada y se precipitó sobre él. En medio de aquellos segundos fatídicos que sabía que marcarían el resto de su vida (en aquel momento la creyó muy corta), lo único en que pensó fue en salvar a su retoño, y quizá por eso la maceta le encontró en esa posición, protegiendo a su hijo, y el obús accidental impactó de lleno sobre la parte superior de su cabeza. Para su sorpresa, el gobernador no sintió la muerte, ni apenas dolor, pero sí pánico cuando se apercibió de que, bajo sus brazos, su hijo no daba señales de hálito: tenía el cráneo reventado. Los doctores le explicaron que, por una milagrosa consecuencia de la física, tal vez la fuerza del golpe se había transmitido a través de su cuerpo, y la peor parte se la habían llevado los jóvenes tejidos de su hijo, más frágiles. No obstante, en algún oscuro rincón de su mente, nuestro hombre ya estaba empezando a intuir la verdad.
            De hecho, se encontraba barruntando ese mismo misterio semanas más tarde, cuando llegó el inesperado ataque. Alguna de las facciones que habían caído derrotadas durante la refriega de la estación anterior habían puesto precio a su cabeza, y se habían infiltrado entre sus hombres y en su casa. Aprovecharon la oportunidad en el patio interior de aquel palacio que un día perteneció a reyes y ahora era suyo, un día cuando se hallaba yaciente a la sombra de un banano, holgando sobre su hamaca. Un criado que creía fiel sacó de ninguna parte un cuchillo (escuchó más tarde que sus enemigos se cercenaban ciertas partes del cuerpo para así ocultar de manera más subrepticia las armas) y le asestó repetidas puñaladas sobre pecho y abdomen. Sin embargo, la daga le atravesó como si se tratara de un arma de mentira. Ante la mirada de estupor de su atacante, el gobernador, igual de estupefacto pero rápido de reflejos, le atrapó de la nuca y le retorció el cuello. Luego, temiendo lo indecible, subió al piso de arriba para ver si su mujer, que en aquel momento estaba tomando un baño, se encontraba en buen estado. La descubrió con un brazo por fuera de la bañera, que estaba prendida del intenso color de la sangre, la cual aún manaba a borbotones de las mismas heridas que, sin embargo, en él, no habían llegado a sangrar.
            El hombre hizo con precipitación las maletas, dejando preparado lo mínimo (apenas una carta y un par de instrucciones más básicas; entre otras, “no te fíes de los comerciantes”) a quien suponía que acudiría para ser su sucesor. No era tan iluso como para creer que localizaría al vendedor que le encasquetó la alhaja por el camino: el mundo era muy ancho, y ofrecía múltiples escondrijos para aquel que no pretendía ser hallado. Además, no se imaginó que le fuera a decir nada muy distinto a lo que entonces ya sabía. Sólo pensó en protegerse y, sobre todo, en proteger a su jovencísima hija. Desconocía cómo funcionaba exactamente esa maldición que ya de manera imborrable acarreaba, pero se figuró que la única manera de escapar de ella era refugiarse en un lugar lo suficientemente lejano como para evitar que nadie les hiciera daño. Por fortuna, había miles de kilómetros de desierto. Durante el viaje, realizó un pequeño experimento: viajaron en dos caravanas separadas, con su hija a cargo de una nodriza y de un grupo de camelleros que tenían prometida una gran recompensa en cuanto se reencontraran, y en cambio una implacable persecución si algo le ocurría a la niña. Durante ese viaje, el antiguo gobernador trató de arrancarse la marca del amuleto con la uña, pero no consiguió siquiera hacerse sangre: en cambio, cuando volvió a ver a su hija, ésta tenía unas diminutas pero claras marcas en el pecho, como si alguien hubiera estado tratando de hurgar hacia su interior. Quedaba claro –aparte de que no iba a ser tan fácil librarse de aquello- que la maldición, o como quiera que quisiera llamarse, no era una mera cuestión de distancia física. En el desierto, el hombre se adentró lo más hondo que pudo y conformó, dentro de una inexpugnable cueva, lo más parecido que podía hacer creer a una niña de pocos años que se trataba de un hogar. En torno a él, aisló toda posibilidad de criaturas que tuvieran la capacidad de hacerles daño. En la soledad del desierto, como uno de esos profetas reverenciados, tenía mucho tiempo para pensar. Durante una de sus largas caminatas en busca de comida, meditó acerca de posibles soluciones. Tal vez debería volver a su tierra, donde tenía familia y colegas que pudieran sustituir a su hija como receptor del castigo en el caso de que el mal que le aquejaba siguiera su curso. Sin embargo, no sabía si esto funcionaría, y marchar a su país natal, con todos los obstáculos en el camino, se le antojaba harto peligroso. Quizás, con el tiempo, cuando la niña creciera… Mientras paseaba, se dio cuenta de que tenía sobre el dedo pulgar del pie, adherido, un escorpión. Estaba muerto, mas en su postrer estertor le había clavado el aguijón. Ni tan siquiera había sentido la picadura. Tuvo un fatal presentimiento. Volvió a toda velocidad a la cueva. Cuando llegó, ya era tarde: la pobre niña yacía hinchada y con la cara enrojecida, aunque tenía una expresión de beatitud en el rostro, como si no hubiera padecido ni una mala sensación. Eso, al otrora señor de aquella vasta extensión de tierra, no le sirvió para impedir derramar ni una sola de (las que siguieron) innumerables lágrimas.
            Luego viajó. Viajó mucho. Se refugió en las montañas, donde no podía ver a seres humanos -salvo muy ocasionalmente- en kilómetros a la redonda. Se enfrentaba a animales con las manos desnudas y no moría. Se vestía con sus sangrantes pieles, aunque no para protegerse del frío (que no le importaba y apenas lo sentía) sino para averiguar si vivir rodeado de mugre animal podía hacerle enfermar y fallecer. Huelga decir que aquello nunca funcionó. Vivió aislado de todo y de todos, huidizo la mayor parte del tiempo de las poblaciones y transeúntes humanos. Los pocos moradores de aquellas tierras que le avistaron designaron un nombre para él, el de barmanu. Cuando en los inviernos le veían cargado de nieve hasta arriba, sobre la cabeza y hombros, cubierto de pelo y garras de los abrigos que vestía, se inventaron una expresión aún más sórdida: no hacía falta añadir el adjetivo “abominable” si lo que pretendían era mortificar…
            Un día bajó al pueblo en busca de comida. El hambre le daba igual (de hecho, ojalá le matase), pero volver a emplear el sentido del gusto le abstraía de la cotidianidad. Atemorizados por su sola figura en la distancia, los aldeanos huyeron y le dejaron acceder por cualquier recoveco. En una taberna, tuvo acceso al periódico. Hacía años que no veía uno de éstos. Armado con una taza de café, él, que había dirigido ejércitos y creado las noticias, se puso a repasar ejemplares atrasados. Para su sorpresa, encontró una mención a su apellido: el linaje familiar le perseguía, aún en esta remota región del mundo. Un primo lejano había fenecido a una edad impropia, por una causa de muerte poco plausible. El antiguo gobernador se preguntó si eso sería por su culpa. Se preguntó si, con el paso del tiempo, irían falleciendo todos sus allegados, no sabía si por orden de sangre, de distancia física o por afinidad mental (hasta tal punto seguía ignorante de su nueva condición: la verdad es que no tenía ganas, paciencia ni valor para hacer más experimentos al respecto). De repente, se dio cuenta de que recordaba de una manera distinta la muerte de sus abuelos y padres. ¿Habían fallecido antes de lo que les tocaba, de manera retroactiva, a consecuencia de sus actos? Quizás, si conseguía acumular las suficientes muertes encima, llegaría un momento en que acabaría con sus ancestros antes incluso de que pudieran engendrar a los que más tarde le darían a él a luz. ¿De ser así, acabaría con su sufrimiento? No lo sabía: lo mismo aquella formar de liquidar a sus antepasados era sólo un delirio de su imaginación, y acababa viviendo una existencia larga y tediosa mientras iban cayendo uno por uno los descartables seres humanos que se situaban a su alrededor. Puede que de esta manera –dijo el hombre que un día fue feliz- sea como se extingan las civilizaciones, y como se formen en origen los desiertos…
            Sea como fuere, nunca tuvo manera de averiguarlo. Un día apareció muerto, sin que desde fuera hubiera modo alguno de desentrañar si lo había hecho bajo acción de un hombre, de un animal o bajo su propia mano. Ninguna de las criaturas que se topó con el cadáver tuvo valor de acercarse; todas dieron un rodeo para no tenerlo que tocar.

lunes, 11 de junio de 2018

Las sugerencias de junio: una lista de libros y películas para recomendar sin deciros nada sobre ellas

Como el propio título ya es autoexplicativo, no añadimos mucho más: una serie de títulos para los cuales es conveniente saber que, cuanto menos hayáis oído hablar de ellos (aparte de que merece la pena atenderlos), mucho mejor. Aquí va la lista:

-La película "Peacock" ("El misterio de Peacock"), del director Michael Lander.
-La película "Small apartments" ("Mi vecino el asesino"), del director Jonas Åkerlund.
-Las novelas cortas "El barón rampante" y "El vizconde demediado", de Italo Calvino.
-El relato "El hombre dorado", de Philip K. Dick (en él se basó la película "Next", pero no hagáis caso: como si ésta no existiera).
-El juego de Ender: No es que para empezar "El juego de Ender" haga falta abstraerse de cualquier reseña (de hecho, en este blog se intentó, incluyéndose una sinopsis de la segunda parte), pero sí que es de los libros donde hay que insistir mucho en que no te cuenten el final. También vale para la película del mismo título, muy recomendable también (pero, como casi siempre, el libro es mejor).
-El libro "El bibliótafo", de León H. Vincent. No es que requiera muchos secretos, pero el libro se introduce a sí mismo desde la primera hoja, así que, ¿por qué añadir una innecesaria explicación?
-"Mil coses que faria per tu" ("Mil cosas que haría por ti"), la opera prima en el cine del catalán Didac Cervera, no inventa nada nuevo pero presenta una original y fresca forma de hacer comedia. De la que, por razones de argumento, mejor que no os comente nada más.

He aquí una primera lista. Habrá más...

lunes, 18 de septiembre de 2017

La historia corta de septiembre: Variación sobre una variación de Pinocho

Un viejo carpintero se lamentaba de no tener hijos. Un día, creó un muñeco de madera, al que trataba como si fuera su propio hijo. Los vecinos le creían completamente chalado. Así hasta que, repentinamente, el muñeco cobró vida. A partir de entonces, Geppetto dejó de comportarse ante el resto del mundo como si creyera que su hijo estaba vivo: justamente en este momento, no podía permitirse que le tomaran por loco y le encerraran.

El viejo Geppetto mantuvo en secreto la existencia de Pinocho durante muchos años, los más felices de su vida. Hasta que, entonces, hubo una tremenda inundación. La riada se llevó por delante la casa de Geppetto, y también todo lo que albergaba en su interior. Desesperado, Geppeto vagó por las ruinas del pueblo gritando el nombre de su hijo, pero no le respondió nadie. Los vecinos ni siquiera le ayudaron. Pensaron para sus adentros: "Pobre, ¡la riada le ha hecho enloquecer otra vez!".

Desolado, sin nada a lo que aferrarse, Geppetto lo abandonó todo, y decidió construir una nueva casa en un lugar retirado, junto al único tronco, aún partido, que parecía haber resistido el empuje de la riada. Con el tiempo, el árbol creció y sus ramas y hojas se entrecruzaron de manera orgánica con las estructuras que Geppetto iba construyendo, de tal manera que parecía que el viejo carpintero -que ahora se negaba a serrar madera alguna-, en lugar de construir su casa junto al árbol, vivía debajo del mismo.

Y fue así hasta que un día, cuando las hojas se habían convertido en techo, las raíces en muebles, las ramas en oportunos percheros, cuando Geppetto percibió, entre las formas del árbol, en el mismo tronco, en su núcleo más interior, unos agujeros muy parecidos a unos ojos y una boca, y una rama que tenía toda la apariencia de una larga y mentirosa nariz.
-Padre -escuchó decir al árbol-, ¿me cuentas sobre aquella vez en que yo era un muñeco de madera?
Los vecinos ya creían desde hace mucho que Geppetto había perdido la cabeza, pero a partir de aquel día, no le importó.

Este relato corto es una variación de un texto del libro de Orson Scott Card, "Ender el Xenocida", que a su vez en una variación del inmortal texto de Collodi, "Las aventuras de Pinocho".

lunes, 12 de diciembre de 2016

La historia real de diciembre. Vidas de amor de locura y de muerte: la agitada existencia de Horacio Quiroga.

Borges dijo alguna vez: "Horacio Quiroga es, en realidad, una superstición uruguaya. La invención de sus cuentos es mala, la emoción nula y la ejecución de una incomparable torpeza". Tal vez Borges habría sido un lector fascinado de la vida de Quiroga si la hubiera encontrado, al azar, en alguno de los tomos de su biblioteca y Quiroga se hubiera llamado Kilpatrick o Vincent Moon. Es más, Quiroga podría haber sido un personaje borgeano, de esos que jamás escapan a la circularidad de su destino. 


"Horacio Quiroga: Cita con la fatalidad", en "Diario Clarín"

Decía Oscar Wilde que hay personas que emplean en la escritura únicamente su talento, mientras reservan la genialidad para su vida. Horacio Quiroga (Salto, Uruguay, 1878-Buenos Aires, Argentina, 1937), a pesar de la opinión de Borges, es reconocido como uno de los grandes literatos latinoamericanos, especialmente en su actividad como escritor de cuentos. Fue moldeado en su juventud por las grandes corrientes de pensamiento de la época (se declaraba seguidor del positivismo y del materialismo filosófico), incluidas las literarias, como el modernismo de Rubén Darío. Sin embargo, sus relatos presentan un tono eminentemente naturalista (esa subcorriente del realismo literario que toma los aspectos más tenebrosos de la existencia cotidiana), influido sin duda por dos aspectos de su biografía que le marcaron sobremanera: la vida en la selva, por un lado, y su peculiar relación con la muerte, que se introdujo en su existencia en demasiadas ocasiones de manera violenta, dramática e inesperada. Y es que, como menciona la cita al principio de este post, Horacio Quiroga pudo escribir muchos y muy buenos cuentos, pero su devenir fuera de la literatura supera, sin duda, la de muchos personajes literarios. Dicen que una vida feliz equivale a una vida normal; que no hay sucesos extraordinarios que narrar dentro de la placidez de la rutina. Horacio Quiroga, en cambio, no tuvo esa suerte: si alguien le hubiera soñado un par de milenios atrás, hubiera sido podido ser protagonista de una -manejada por los dioses a su antojo- insana tragedia griega.

Quiroga a los 18 años (de Wikipedia, una de las fuentes de este post).

Algunos defienden que todos los comienzos son felices, pero hasta las más luminosas perspectivas se ensombrecen si aparece, tan sólo en los dos primeros meses tras el nacimiento de una vida, la sombra de la muerte por un accidente de caza del padre. Sería la primera de todas las que vendrían después. Aún así, el joven Horacio, con toda una vida por delante, se interesa por todo lo que encuentra a su alrededor: la química, la fotografía, el ciclismo, la vida campestre. Se introduce por primera vez en el mundo de la mecánica, una afición que no abandonará en el resto de su vida. Y, por supuesto, por la literatura: aún se conserva el primer cuaderno de poesías, elaborado en esta época. Empieza a participar en revistas literarias. Por aquella época, escribe también el primer párrafo una larga lista de amores atormentados e infructuosos: en este caso, los padres judíos de la joven muchacha a la que cortejaba no aceptaron su origen gentil. Viendo todo lo que pasaría más tarde, pudo ser, de todas sus relaciones, la que concluyó más felizmente.

Todavía en la adolescencia, llega el primer mazazo que Quiroga debe afrontar cuando ya tiene uso de razón, y además lo presencia en directo: el suicidio de su padrastro. Con el dinero de la herencia, Horacio se decide a emprender un viaje a París: parte con brillantes esperanzas, y vuelve con pasaje de tercera, depauperado, con pinta de mendigo, y una barba negra que formaría para siempre ya parte de su apariencia. Su experiencia en este viaje la narraría en sus "Diarios de París", quizás una de las primeras ocasiones en las que descargó todo los trances por los que tuvo que pasar para sublimarlos a través de la literatura.

Quiroga en 1900 (Wikicommons)

A la vuelta a Uruguay, Quiroga reúne a otros amigos interesados por la literatura y funda el "Consistorio del Gay Saber", un entorno de experimentación que presidirá la vida literaria de Montevideo de la época, y dentro del cual publicará su primer libro, "Los arrecifes de coral". Sin embargo, la tragedia vuelve a presentarse, de manera múltiple: primero, mueren dos de sus hermanos de fiebre tifoidea. Sin embargo, lo que vendría a continuación sería más dramático: un amigo suyo, también literato, llamado Federico Ferrando, recibe malas críticas de un periodista y decide batirse en duelo con él. Horacio, preocupado por su compañero, se ofrece a inspeccionar y limpiar el arma que empleará en el duelo: mientras lo hace, el arma se dispara accidentalmente y la bala se introduce por la boca en el cuerpo de Ferrando. La muerte en instantánea; Horacio es detenido y encarcelado durante cuatro días, y aunque al final es liberado cuando se aclara el origen accidental del suceso, Horacio ha quedado traumatizado para siempre. Decide cerrar inmediatamente el "Consistorio del Gay Saber" y se muda al otro lado del Río de la Plata, a la extranjera y vecina Buenos AIres, para convivir con su hermana. Quizás una nueva localización geográfica (parece pensar) le dé una nueva ocasión de empezar.

Imagen de Quiroga extraída de aquí (otra de las fuentes del post).

Y al principio, la cosa va bien. Empieza su fructífera relación con el relato breve. Consigue un trabajo de profesor de castellano en el Colegio Británico de Buenos Aires. Surge la oportunidad de acudir como fotógrafo para documentar unas ruinas que reflejaban la presencia de los jesuitas en una región selvática de la provincia de Misiones. Sería su primer contacto con la selva, que se infiltraría bajo su piel como un parásito de cuya enfermedad no se recuperaría nunca, ni querría hacerlo. Publica el primer volumen de cuentos, "El crimen de oro", con gran influencia de Edgar Allan Poe, algo que Quiroga no ocultaría, sino que estaría orgulloso de mencionarlo (era también un asiduo lector de Guy de Maupassant). También escribiría historias para niños con un evidente componente fantástico, con animales que hablan (aquí se nota la lectura de Ruyard Kipling), relatos que contrastaban con las historias de terror rural que fascinaban a la horda de lectores que pedían a gritos sus cuentos. Como se ve, la selva ya se había introducido en su mente, y por ello estaba deseando volver a ella; la tragedia, como se podrá comprobar también, había plantado asimismo su semilla, pero sería ella la que no estaría dispuesta a abandonarle.

En efecto, Quiroga quiere volver a la jungla, y aprovecha facilidades del gobierno argentino para comprar unos territorios en Misiones. Desde su puesto de profesor y en sus vacaciones, Horacio va preparando el bungalow y las instalaciones de la que pretende que se convierta en su residencia permanente. Otra de las pulsiones de Quiroga asoma entonces: una tendencia, difícil de erradicar, a enamorarse de mujeres mucho más jóvenes que él. En este momento concreto, esta será su alumna Ana María Cirés, todavía una adolescente, a la que dedicará su primera novela, de un título autoexplicativo, "Historia de un amor turbio". Después de mucho insistir, Ana María acepta no sólo casarse, sino irse a vivir a la selva con él. Los padres de la chica, preocupados, deciden instalarse al lado del matrimonio, en mitad de aquella región inhóspita que Quiroga buscaba que fuera el escenario de su vida.

Por un momento, todo fue bien: Quiroga empieza la explotación agrícola de la zona. Consigue un trabajo como juez de paz del lugar, probablemente el peor de su categoría que hubo nunca. Era olvidadizo y descuidado, anotaba nacimientos y muertes en papelitos que luego almacenaba en un tarro de galletas (luego empleó este hábito como costumbre de uno de sus personajes literarios), aunque el método no le funcionaba muy bien, pues hasta muy tarde siguieron apareciendo de la nada individuos que no habían quedado registrados en el censo del país por culpa de la mala cabeza de Horacio. En medio, Ana María le da sus primeros hijos, chica la mayor, varón el pequeño. Quiroga se hace cargo personalmente de su educación, de una manera en ocasiones despótica, y llevando siempre las capacidades de los niños al límite: les hace interaccionar con la selva, arriesgar su vida, se vuelven expertos en tratar con animales, manejar armas, dominar por sí solos canoas y motocicletas. Su esposa no soporta esta clase de enseñanzas: le parecen una tortura, un riesgo innecesario, un tormento. Finalmente, no puede aguantarlo más: decide suicidarse con cianuro, pero lejos de ser una muerte inmediata, la agonía se prolonga tres días. Durante ese período, Horacio trata de salvarla y de recuperarla para su causa, pero todo es inútil, el veneno ejerce sin misericordia su implacable meta. No se sabe si Quiroga escribió algo de aquella terrible tragedia: probablemente si existió lo quemó, como la ropa de Ana María, sus fotos, o cualquier otro registro de que jamás hubiera existido.

Quiroga retorna con sus hijos a Buenos Aires, consiguiendo un cargo para el Consulado de su país natal, en el que prospera. Monta un taller en su nueva casa (le continúa apasionando la mecánica) y prosigue con sus relatos. Sus historias son cada vez más leídas, más celebradas: "Cuentos de amor de locura y de muerte" (el título está escrito sin comas por deseo expreso del autor), "Cuentos de la selva". Hasta se atreve con la crítica cinematográfica y está cerca de montar una escuela de cine, aunque este proyecto finalmente se malogra. Por un rato, sin embargo, a pesar de lo ocurrido en días pasados, todo parece ir bien.

Pero llega de nuevo la obsesión por volver a la selva, y de nuevo un nuevo amor: la cifra mágica es diecisiete años. Se llama también Ana María, en esta ocasión Palacio. Pero sus padres no quieren dejarla ir a vivir a la selva. En su novela "Pasado amor", Quiroga se dedica a narrar múltiples tretas que el protagonista lleva a cabo para intentar comunicarse con su amada, y es probable que muchas de ellas las tomara prestadas de su propia relación con Ana María. Probablemente exasperados, los padres de la chica deciden cortar de raíz el problema y marcharse muy lejos junto con la muchacha. Quiroga, por tanto, se obligado a renunciar a ella. Se concentrará a partir de entonces en la selva, en el taller mecánico que ha montado en la misma; incluso construye una embarcación con la que realiza paseos fluviales por el río Paraná. Aparte, sigue escribiendo, se atreve con la publicación de biografías, recibe homenajes, vuelve de manera periódica a Buenos Aires, y se casa por segunda vez: en esta ocasión con María Elena Bravo, compañera de clase de su hija. La muchacha no ha cumplido aún los veinte años.

Quiroga en su taller de su casa de Misiones. Extraído de aquí, también una de mis fuentes.

Sin embargo, los momentos de alegría zozobran rápido. Tiene lugar el único fracaso comercial del escritor, el ya mencionado "Pasado amor". Al mismo tiempo, comienzan los problemas de pareja con su segunda esposa, que le ha dado una hija, pero que le provoca -no sabemos si con motivo o sin él- unos intensísimos celos. Por ello, decide volver a la selva con ambas, logrando que el Consulado traslade su puesto (que, al fin y al cabo, es el que le proporciona la mayor parte de sus ingresos) a una ciudad cercana a su residencia en Misiones. No obstante, un cambio de gobierno en Uruguay significa también un cambio de preferencias, y los servicios de Quiroga ya no son requeridos. Los amigos de Quiroga (que son muchos después de tantos años en el ámbito literario) intentan conseguirle una pensión. En el terreno familiar, a su segunda esposa le disgusta tanto como a la primera la vida en el campo: las riñas y peleas son más que frecuentes.

En 1935, la salud de Quiroga se resiente: tiene problemas al orinar, y los médicos le diagnostican una hipertrofia de próstata. Sus amigos le han conseguido por fin la ansiada pensión, y Horacio accede a las peticiones de su mujer de trasladarse a la ciudad de Posadas. Aún así, el matrimonio está herido de muerte, y su mujer y su hija le abandonan. Este hecho sumirá al escritor en una profunda depresión.

Hundido a causa de los últimos acontecimientos, pero más acuciado todavía por el dolor, Quiroga marcha a un hospital de Buenos Aires. Allí, el nuevo diagnóstico es más sombrío: un cáncer de próstata, inoperable. Quiroga pide entonces permiso para realizar algunos paseos fuera del hospital; su esposa y sus amigos acuden a él para confortarle en sus últimos momentos. Aún así, los últimos días de su vida dan paso una vez más -como casi siempre en la literatura, y también en su propia existencia- a la atmósfera de lo irreal, que se entremezcla sin disconformidad con la más vulgar vida cotidiana: Quiroga se entera que en su mismo hospital hay un paciente afectado de unas terribles deformidades; probablemente sufría del síndrome de Proteus, la misma enfermedad que padeció Joseph Merrick, el famoso "Hombre Elefante". El individuo en cuestión se llama Vicente Batistessa y se halla encerrado en los sótanos del hospital como un monstruo. Quiroga exige su liberación y obliga al hospital a habilitarle una cama en su misma habitación. Como es de imaginar, ambos se hacen grandes amigos.

El porvenir de Quiroga se le antoja sombrío: el pronóstico es terminal. Lo único que puede hacer es sentir dolor hasta el final mismo. Horacio decide anticiparse y le pide ayuda a su nuevo y leal amigo Batistessa. En presencia de este último, Quiroga bebe un vaso de cianuro: como su primera mujer años antes, el padecimiento es terrible hasta que llega por fin la liberadora muerte. Luego, su cadáver es velado, después repatriado y más tarde, conforme a sus deseos, incinerado y esparcidas las cenizas por la selva que tanto amaba. Sus amigos, por otra parte, encargaron a un escultor una urna conmemorativa destinada a ser emplazada en Salto, su ciudad natal.

Horacio Quiroga empezó escribiendo poesía con influencias modernistas. Pero muy pronto la realidad (incluso una en ocasiones tan difícil de creer que asemejaba un relato fantástico) le rodeó, y se empeñó en describir la crudeza de una selva que, no obstante, aceptaba en sus tristezas y miserias con la mayor naturalidad. Sus personajes son como él mismo o, al menos, como él le transmitía que debían ser a sus hijos: aceptan que el medio salvaje va a enfrentarse a ellos con todo el arsenal disponible, les combatirá, absorberá cada soplo de vida. Y, sin embargo, no por ello dejan de hacerle frente; tratan de arrancarle, mientras les sea posible, las victorias que hagan falta, golpe a golpe, lasca a lasca, aceptando con resignación su destino si son finalmente derrotados en la batalla. Sus críticos literarios están de acuerdo en que pocas veces un escritor ha plasmado en su obra, de una manera tan evidente, una experiencia autobiográfica. Quizás porque, con el material tan fantástico del que disponía, era una pena desaprovecharlo. Tal vez, porque la única manera de vencer a los demonios -como conoce todo experimentado escritor- es precisamente conjurarlos. Se dice en ocasiones que Horacio Quiroga quería dejar de escribir: no parece muy claro que hubiera podido hacerlo.

Horacio Quiroga, de manera consciente o sin posible elección, se enfrentó a lo largo de su vida a la literatura, al amor, a la naturaleza y a la muerte siempre de cara: por ello no es extraño que, en el último momento, no rehuyera el combate final.