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lunes, 1 de febrero de 2021

El lugar de febrero: el oasis de Siwa

Una idílica visión del oasis de Siwa según una agencia de viajes.

El oasis de Siwa es uno de estos lugares donde la realidad se confunde con la leyenda. Aunque supuestamente habitado desde el siglo X antes de Cristo, su aislamiento hacía que el país de Egipto, única gran civilización conectada con él, sólo escuchara hablar del lugar de cuando en cuando. Nadie acababa en este oasis por casualidad. No pasa por rutas caravaneras, sino que tienes que ir específicamente a su encuentro, a trece jornadas en camello hacia el oeste desde Alejandría y doce desde Menfis, según Plinio el Viejo. ¿Fue a pesar de esa soledad (o precisamente a causa de ella) por lo que se decidió instalar allí el oráculo de Amón, cuya fama es sólo equiparable al de Delfos? No lo sabemos. Dicen que su localización lo eligió una paloma negra, que partió junto con otra homóloga de Tebaida, y mientras una voló a Dodona (donde se fundó su correspondiente oráculo), la otra aterrizó en Siwa, y a partir de ahí el templo se erigió. La aparición del oasis en la historia universal está íntimamente ligada a la del oráculo. La primera de las anécdotas referidas al mismo es el momento en el que el rey Cambises II de Persia invade Egipto. Cuando llega, decide rematar la faena (algunos dicen que espoleado por una predicción desfavorable del oráculo) enviando 50.000 hombres a través del desierto para que sometan a los habitantes de Siwa. Ninguno de los hombres vuelve. Hasta la fecha, siguen buscándose sus restos. Las tribus locales dicen ser sabedores de la localización de un grupo huesos bajo las dunas. Unos arqueólogos italianos en 2009 encontraron unos restos que se identificaron como persas, pero que desde luego no daban cuenta de un ejército tan descomunal. Heródoto, el historiador griego que viajó a la región y documentó lo que los nativos le iban contando, esgrimía que la probable causa de su desaparición era una tormenta de arena, y el hecho de que el viento que por allí sopla, el denominado Ghibli, pueda alcanzar hasta 200 kilómetros por hora, serviría de sustento a esta información. En 2014, un egiptólogo alemán encontró sin embargo un bloque bajo la arena que afirmaba que un rey rebelde había derrotado a los hombres de Cambises en el camino que lleva al oasis de Siwa. La teoría sería que los persas habrían mandado más tarde una expedición de castigo para someter al atrevido rey y, una vez conseguido esto, habrían ocultado cualquier testimonio escrito sobre la derrota, silenciado el hecho, e inventado la historia de la tormenta de arena para desviar la atención. Sólo nuevos descubrimientos podrán otorgarnos algunas certezas, o plantearnos más dudas.

El templo de Amón en Siwa, donde residía el oráculo del dios.

Sigamos con la gente que visitaba al oráculo. El rey Creso viajó allí en persona y, tras popularizarse el culto a Amón gracias al poeta griego Píndaro, acudían emisarios políticos de toda la Hélade para consultar sus decisiones. También el filósofo Pitágoras, en su propósito de adquirir saber. Cuando el rey persa Cambises llegó allí, lo tomó como prisionero y lo llevó a Babilonia, donde incrementaría sus saberes a partir de los magos de la ciudad milenaria. El resto es historia de las matemáticas. Cuando Alejandro Magno le arrebata Egipto a los persas, por supuesto quiere saber qué designios tiene dispuestos el oráculo para él. Viaja por el desierto pero se pierde, y allí está a punto de finalizar la aventura de Alejandro. Sin embargo, dos cuervos aparecen y guían a sus hombres. Una vez en Siwa, pregunta y el oráculo le confirma como ser divino y legítimo faraón. Le vaticina que sí, dominará el mundo pero que, cuando lo logre, será durante poco tiempo. No parece que esto altere los planes de Alejandro. Como su ídolo Aquiles, escogería una gloria efímera antes que una larga vida al nivel rutinario de los hombres. Es curioso que tras la visita de Alejandro (a pesar de que el griego sólo heredaba la tradición de sus compatriotas, ya desde los tiempos de Hércules y Perseo, de consultarlo), el oráculo se considera menos fiable. Probablemente los egipcios consideraran demasiado conveniente su pronóstico. Aníbal Barca también envió mensajeros para saber cuándo vencería a Roma. En teoría le respondieron que no lo lograría, pero no sabemos si el mensaje fue alterado a posteriori, si el oráculo (como casi siempre) dio una respuesta ambigua, o si Aníbal decidió cabalgar sin tregua hacia su destino.

Más tarde, se dice que Cleopatra instaló allí una piscina para bañarse, aprovechándose de las aguas termales (aquí podéis ver las fotos, y de paso las del oasis; sin embargo, personalmente, prefiero la que se construyó la más divina de las faraonas en Hierápolis, hoy Pamukkale: os puedo constatar que sus aguas son muy agradables). Por otra parte, Augusto, siempre menos campechano, por lo visto mandaba allí a algunos de sus desterrados. El cristianismo, por lo visto, no consigue penetrar en el oasis, pero es el propio paso del tiempo el que hace caer en descrédito al oráculo. No sabemos cuál fue su última profecía o si, como ocurrió con Delfos, su último mensaje fue un grito de agonía.

Llegan los árabes, y los bereberes que transitan por la zona se convierten al islam. En el año 708, parece que el oasis resiste un ataque de un ejército musulmán. Sin embargo, parece que aquellas no son las épocas más gloriosas del oasis de Siwa. No se sabe muy bien en qué momento el enclave se convierte a la nueva religión. Un historiador egipcio prácticamente habla de una refundación a partir de casi cuarenta familias. Un documento del año 1203 las reduce para entonces a siete. Se supone, sin embargo, que durante el califato fatimí previo se construyó una fortaleza que le protegió de los ataques del mundo exterior. En todo caso, el número de habitantes acabaría aumentando hasta los 600. Aun así, la población debía de vivir aún más aislada que en el pasado, porque buena parte de nuestro conocimiento de la forma de vida de los residentes en esta región nos lo proporciona el recientemente descubierto Manuscrito de Siwa, en propiedad de una de las grandes familias de la zona, y que detalla un secreto único: la ciudad (que entró en el ámbito de influencia del Islam en una época en que la homosexualidad, por parte de esta religión, no estaba mal vista) celebró matrimonios entre hombres desde el siglo XII hasta XX. Por lo visto, los terratenientes de Siwa se esposaban con sus jornaleros (denominados zagala) hasta la edad de cuarenta años, y sólo entonces podían desposarse con mujeres. A lo largo del siglo XIX, el oasis fue abriéndose al exterior (o, mejor dicho, nuevos viajeros llegaron a él, incluyendo el primer europeo desde los romanos en 1792), y en 1819 el sultán otomano Mehmet Ali lo incorporó a Egipto, aunque no sin ciertas revueltas. Los matrimonios homosexuales, por otra parte, fueron respetados y, como dice Ana Sharife en este estupendo artículo, entonces como en el pasado había intelectuales musulmanes dispuestos a mostrar una visión más tolerante del islam respecto a otras menos flexibles que surgirían en épocas posteriores. Solamente en 1928 el rey Faruk de Egipto prohibiría estos enlaces, aunque se seguirían celebrando de manera extraoficial hasta los años 60. Siwa fue muy castigada por las guerras mundiales (los pobladores se refugiaban en la necrópolis romana), y aunque el ejército británico lo utilizó como base en la Segunda Guerra Mundial, el alemán Rommel llegó a ocuparlo hasta tres veces. El gobierno egipcio no se dio demasiada prisa en comunicar al lugar con el resto del mundo, pues la fragilidad tanto del ecosistema natural como el humano (allí viven los únicos 30.000 bereberes de Egipto) aconsejaban mantener el aislamiento.

La necrópolis romana de Siwa en una foto de promoción turística

Hoy día, sin embargo, Siwa es un lugar tan alejado. Desde los años noventa, una carretera lo comunica con el resto de Egipto. Además de la necrópolis romana, los restos del templo de Amón, una fortaleza medieval y los baños de Cleopatra, posee un lago salado (consecuencia de la explotación agrícola) en cuyo interior se abre una península que en su día fue una isla. Como colofón, en 2007 se encontró una huella fosilizada de un ser humano que pasó por allí hace un millón de años, la más antigua en el mundo documentada. El oasis de Siwa, que ha vivido tanto, en el fondo nos cuenta mucho sobre los orígenes y la forma de ser de todos nosotros. Quizás sea ya misión nuestra extraer el mensaje apropiado, y no malinterpretarlo, como hicieron muchos con las revelaciones del oráculo.

Huella fosilizada localizada en el oasis. Es el primer paso del que tenemos constancia. ¿Cuál será el próximo?

lunes, 7 de septiembre de 2020

Las recomendaciones de septiembre: unos cuantos libros para los amantes de los libros

<<El bibliotecario>>, de Giuseppe Arcimboldo.

Nos encantan los libros, así que no es de extrañar que adoremos los manuscritos que versan sobre volúmenes, librerías, estantes, anaqueles, bibliotecas. Si te sentiste cautivado con "El nombre de la rosa", si has soñado con perderte en "La biblioteca de Babel", si te preguntas en qué texto de basó Isabel Coixet para filmar "La librería", si "El lector" y "La sombra del viento" evocaron momentos de tu niñez y juventud, si asentías corroborando con la cabeza mientras leías las sensaciones de Helen Hanff al abrir un nuevo tomo, o si has ambicionado alguna vez retomar los hilos que quedaban inconclusos en "La historia interminable", he aquí unos pocos textos que he leído últimamente y que pueden reforzar más aún tu amor por la página escrita:

-"Una historia de la lectura": Alberto Manguel nos ofrece "una" de las múltiples y alternativas historias de la lectura pues, como él mismo dice, la evolución de la literatura de cada uno es personal e intransferible, ajena al orden cronológico o a cualquier posible canon. Por ejemplo, estamos seguros de que las lecturas de Manguel no hubieran sido las mismas si un ciego Borges no le hubiera solicitado, tras el encuentro en la librería donde el primero trabajaba, que ejerciera la labor de lector en voz alta por las tardes. Sin embargo, existen ciertos aspectos de esta absorbente actividad (la de meterse en la piel de un personaje o escuchar con detenimiento el pensamiento de otro) que poseen una evolución histórica trazable en el tiempo, y el autor nos describe con minuciosidad unos cuantos de esos pasos: cómo se dejó de declamar a viva voz, incluso cuando se hacía para uno mismo, y se inició el proceso de recorrer las líneas de la página en silencio; el origen de los signos de puntuación o de las gafas; la importancia de las lecturas públicas, de las traducciones, del aprendizaje del alfabeto, incluso a pesar de las adversidades (como ocurría bajo las penosas circunstancias de los esclavos de las plantaciones del Estados Unidos sureño, o con las vicisitudes que abocaron a la creación de la novela a partir de las mujeres japonesas de noble estirpe encerradas en su palacio-cárcel de cristal). Con profusión de anécdotas tanto de lectores y escritores, este libro ofrece sucesivas reinterpretaciones de un proceso que, en manos de cada individuo lector, requiere necesariamente de una aproximación original y novedosa, con un esfuerzo activo por nuestra parte.

-"El infinito en un junco": la filóloga clásica Irene Vallejo retoma el testigo del texto anterior -de hecho lo cita al menos en un par de ocasiones-, pero con un enfoque distinto, centrándose en cómo las civilizaciones clásicas (en especial Grecia y Roma) contribuyeron a crear el concepto del libro. Utilizando como punto de partida la biblioteca de Alejandría y la gran epopeya de Alejandro Magno, la autora pasa a narrarnos tanto historias conocidas -pero muy bien contadas, aderezadas además de detalles jugosos- como otras menos divulgadas, reflexionando sobre los contrastes y paralelismos con nuestro presente, y decorando su erudición con gotas de poesía y sensibilidad propias que hacen de este recorrido por el pasado un trayecto más que ameno, y para nada lejano a nuestras circunstancias.

-"Cervantes para cabras, Marx para ovejas": Un cabrero de la provincia de Córdoba en los años previos a la guerra civil sufre un ataque de un tipo de afección frecuente en estas tierras, que provoca en los afectados un deseo súbito de encamarse, secuestrados por una profunda melancolía. La dolencia no tiene más signos físicos, pero causa ruina entre los convalecientes, en particular el cabrero, que pierde la novia y causa la angustia de su pobre madre, la cual, desesperada, prueba todos los remedios en su mano hasta suplicarle al nuevo maestro de escuela del pueblo que le eche un cable. El docente, que cree en aquella doctrina que ya predicó Sofía Rhei en "Espérame en la última página" por la cual los libros son curativos y pueden prescribirse (casi) con la efectividad de una receta farmacéutica, incita al cabrero a iniciar la lectura del Quijote, y éste no sólo sale de su encamamiento, sino que se embarca una serie de alocadas aventuras que al Caballero de la Triste Figura hubieran satisfecho, sobre todo tras la lectura de "El capital" de Karl Marx, que no sólo entusiasma a las ovejas del rebaño (por lo visto Cervantes es más del gusto de las cabras), sino que trastocará la vida de toda la comarca. El periodista Pablo Santiago escribe una historia a caballo entre el realismo mágico, el homenaje literario y la comedia costumbrista, con una prosa rica y trabajada, cargada de sabor y color local, que provocará que nos enamoremos de más de un personaje.

-"La sociedad literaria y el pastel de piel de patata": Una columnista británica de reciente éxito decide, tras la Segunda Guerra Mundial, cambiar de tema sobre el que escribir, pero no tiene muy claro acerca de qué hacerlo. Inesperadamente, le llega una carta desde una pequeña localidad de Guernsey (una de las islas británicas espolvoreadas por el Canal de La Mancha) que le habla sobre un libro que resultó trascendental para el pueblo, dado que permitió solucionar un complicado lance relacionado con un cerdo asado que hubo que ocultar... y con la "La sociedad literaria y del pastel de piel de patata" (el título os lo encontraréis con distintas variaciones, dado que la traducción al español no ha conseguido reflejar todas las implicaciones del original). Atraída primero por la intriga del misterioso suceso apenas esbozado, y luego por lo variopinto y original de los caracteres que encontrará en Guernsey, la escritora protagonista decide prestar su atención al período de ocupación alemana de la isla. La obra, ideada por Mary Ann Schaffer (aunque fue su sobrina quien la remató, sin que la autora original llegara a vislumbrar el éxito de su creación), tiene su correlato cinematográfico, pero es mejor que directamente lo obviéis, porque en la película no sólo se pierde la narrativa epistolar que le confiere un llamativo sistema de suministro de información a la novela, sino porque, además, la versión en pantalla grande retuerce la trama hasta convertirla en una pastelosa y rutinaria historia de amor donde se cercena una de las mejores escenas del libro. Este último, en cambio, es un delicioso postre para ser engullido en un par de bocados.

Uno de los motivos por los que sin duda nos atrapan esta clase de libros es porque sus autores saben transmitir su amor por las páginas de papel -o de tinta electrónica- y, de esa manera, entendemos que (pese a nuestras diferencias en cuanto a origen, biografía y bibliografía), ellos son, como diría Todd Browning, "uno de nosotros": topos de librería, ratones de biblioteca, pequeños Firmin que sucumbieron ante el mensaje transmitido por otros, y seguramente preferían quedarse leyendo en vez de jugar con sus compañeros en el recreo. Son "otros locos de los libros". <<Leemos para saber que no estamos solos>>, asevera la película "Tierras de penumbra", de Richard Attenborough, sobre la vida del escritor C.S. Lewis. Son esos otros locos los que caminan, aunque sea a distancia, junto a nosotros. Por eso les queremos, y deseamos que su mensaje tenga éxito. Porque su victoria simboliza la eternidad de los libros. Para que siempre haya una línea nueva, otro párrafo, una biblioteca virgen que devorar.

sábado, 1 de junio de 2019

La historia real de junio: una lista de obras de arte y monumentos perdidos

Si en una entrada anterior señalamos las obras literarias más grandes jamás perdidas, ahora le toca a su versión artística (o, al menos, de cierto tipo de arte): un registro nada exhaustivo de pinturas, esculturas y obras arquitectónicas y monumentales que no resistieron el fragor de los tiempos, y que probablemente no lleguemos a encontrar nunca. Entre ellas cabe destacar:

-La inmensa mayoría de las siete maravillas del mundo. De lista que conformó Tales de Mileto a través de sus viajes por Egipto, Grecia y Asia Menor, sólo quedan en pie las pirámides. El Coloso de Rodas (que inspiraría otro Coloso erigido en Roma, con la cara de Nerón, que también se perdió, y que dio nombre a una futura "Maravilla del mundo moderno" -edificada al lado del donde se encontraba la escultura-, el Coliseo), que ocupaba la entrada del puerto de dicha ciudad, probablemente se derrumbó en un terremoto. Mismo destino sufrió el faro de Alejandría, cuyos restos sirvieron en parte para elaborar un fuerte, y lo que quedó fue cargado a lomos de camellos por parte un oscuro comerciante que los condujo a la noche de los tiempos. En cambio, las ruinas del Mausoleo de Halicarnaso fueron localizadas en Bodrum por un grupo de arqueólogos ingleses, que le preguntaron al sultán otomano si se podían llevar "unas piedras" y éste, pasmado de su interés por la geología, se lo concedió: para cuando se dio cuenta del valor de aquellas artificiales rocas, éstas ya se hallaban en los estantes del Museo Británico. Incendiado fue el templo de Diana en Éfeso por parte de un estúpido que (en un pensamiento excesivamente moderno) quiso destruirlo para que su nombre fuera recordado por la Historia y, por desgracia, lo logró. Nada sabemos de los jardines colgantes de Babilonia, ni siquiera si existieron, pero de quedar algo tras las sucesivas guerras en territorio irakí, lo más entero que permanezca serán las puertas de Ishtar. En cuanto a la estatua de Zeus en Olimpia, esculpida por Fidias, hay varias versiones. Una dice que el emperador Calígula mandó traerla a Roma y sustituir la cabeza de la escultura por la suya: en cuanto sus soldados lo intentaron, cuentan que el colosal Zeus de piedra se rió y los legionarios salieron corriendo. La estatua habría sido más tarde llevada a Constantinopla, donde quedó destruida por un terremoto. Sin embargo, a mí me gusta más la historia que dice que Fidias, al terminar la obra, le preguntó a Zeus qué le parecía y éste, como toda respuesta, arrojó un rayo sobre la estatua y ésta desapareció.

Reproducción de siete maravillas del mundo antiguo. Tomado de Wikipedia.

-No ha sido la única obra de Fidias que desapareció: su Atenea, esculpida para permanecer dentro del Partenón, tenía unas cubiertas doradas que el escultor -previsor de que le acusaran de apropiarse de parte del oro de los materiales- había hecho desmontables para demostrar su honradez, y que así no hubiera que recurrir a ningún complicado recurso matemático propio de Arquímedes (¡Eureka!) para exhibir su inocencia. Esas cubiertas, por supuesto, fue lo primero que volaron para obtener oro contante y sonante, pero la estatua entera también acabó perdiéndose. De la misma manera, la Atenea Promakos, que dominaba majestuosa la Acrópolis, ante sucesivas guerras e incendios, se volatilizó también, y suerte tuvimos de que el Partenón no desapareciera mientras los turcos lo empleaban como polvorín en una de las abundantes guerras en suelo de Grecia. El Partenón, eso sí, perdió el color de sus pinturas, material difícilmente preservable, y por eso tenemos tan pocas pinturas (de ahí la valía de los frescos de Pompeya) datadas en la antigüedad. El Ara Pacis de Augusto, por ejemplo, estaba cubierta de colorido (romanos y griegos tenían un estilo algo kisch, pero a algunos monumentos, cualquier cosa les sienta bien). Algunas esculturas no sufrieron tanto y sólo perdieron secciones, quedándose mutiladas: la Victoria de Samotracia, aún así, se ha convertido en un icono, pero sería interesante saber qué ocurrió con los brazos de la Venus de Milo, a la que se supone que encontraron con ellos y que (probablemente en una pelea por quedarse con los restos) fue en época moderna cuando  se desintegraron.

"Akropolis", por Leo von Klenze, con Atenea Promakos al fondo.

-Perdido ¿para siempre? quedó el rastro de la tumba de Gengis Khan, ya que los soldados que recorrieron el lugar con sus caballos para dificultar la búsqueda fueron ejecutados (y sus ejecutores, para estar seguros, también): su descubrimiento sería uno de los grandes hitos arqueológicos de cualquier milenio. La momia de Alejandro y su último apostento (visitable y visitado, hasta por emperadores romanos) también desapareció, y probablemente tuvieron algo que ver las revueltas cristianas que atentaban contra todo lo pagano y helenístico, incluyendo también la Biblioteca de Alejandría y su Museo. Un caso especial es la última morada de Shih Huang-Ti, primer emperador de China, de la que ya hablamos aquí: se sabe perfectamente dónde está, pues se halla bajo una colina anexa al lugar donde se desenterraron los guerreros de Xian, supuestamente encargados de velar por su descanso eterno. Sin embargo, los arqueólogos, a la hora de entrar, no las tienen todas consigo: primero, porque ya los guerreros de Xian se desprendieron de su capa de color al ser expuestos a la atmósfera, y no quieren excavar nada nuevo hasta que no estén seguros de que la tecnología lo pueda conservar. Y, segundo, porque las leyendas acerca de lo que contiene la tumba del hombre que quiso ser inmortal (una representación del mundo con estrellas reproducidas mediante joyas en la bóveda, y ríos de mercurio recorriendo la base) son tan proverbiales como los mitos sobre las posibles trampas mortales que existirían, destinadas a los incautos visitantes. Y a eso los arqueológos (muy mal pagados casi siempre) tampoco se quieren arriesgar. Hay dudas también sobre a cuántas personas vamos a encontrar en la tumba: en la época arcaica se enterraba a los allegados del difunto junto a él; luego se representaron con imágenes figurativas. Un cuento (cuyo origen no he podido certificar) habla de un hombre que iba a ser enterrado con Shih Huang-Ti y propuso como alternativa las estatuas: el final del relato decía que le hicieron caso, pero sólo a medias, pues las estatuas fueron construidas, pero también le enterraron a él. La veracidad de esta historia es dudosa, pero teniendo en cuentas las malas pulgas que gastaba quien mandó edificar la Gran Muralla, nada es descartable.

-Por fortuna, a pesar de que se perdiera tanto de la época e influencia de Alejandro Magno (incluyendo su propio cuerpo), sí se conservó una maravilla de estilo helenístico, la estatua de "Lacoonte y sus hijos", de datación incierta, de la que el escultor Miguel Ángel fue testigo de su descubrimiento en un campo en Italia. De Miguel Ángel hemos también unas cuantas esculturas, incluyendo dos Cupidos que falsificó haciéndolos pasar por esculturas antiguas, un Hércules que medía 2,40 metros, y una estatua de Julio II que destruyó el populacho de la ciudad de Bolonia. Por otra parte, la falta de interés de los sucesores de Julio II por la tumba de éste provocó que Miguel Ángel abandonara el proyecto monumental para el mausoleo del difunto Papa, el cual hubiera incluido al "Moisés" (ahora, solitario en San Pietro in Vincoli) y varios "esclavos" inacabados en un conjunto seguramente más interesante que cada obra por separado. Inconclusa también quedó la pintura "La batalla de Cascina", un fresco que Miguel Ángel abandonó porque le salió un encargo mejor (y cuyos esbozos en cartón desaparecieron, a lo que en parte pudo contribuir un artista rival). "La batalla de Cascina" tiene un doble interés, pues iba a adornar una de las paredes de la Sala de los Quinientos del Palazzo Vecchio en Florencia, destinada a la toma de decisiones del gobierno de la ciudad (es la sala más grande construida en Italia para este menester). La otra pared se destinó a que la ocupara el otro genio artístico de igual talla que vivió en la ciudad, Leonardo: de hecho, el contrato lo firmó en nombre de la República de Florencia un hombre llamado Maquiavelo, para que nos hagamos una idea del nivel que había en la época. Leonardo iba a hacer "La batalla de Anghiari", pero como el fresco no era la técnica más adecuada para su estilo de pintura, intentó un estilo alternativo, el encausto. Éste funcionaba bien cuando el secado se realizaba de manera adecuada, pero las condiciones de la Sala de los Quinientos no eran las más propicias, y la parte superior de la pintura empezó a desprenderse como si fuera pasta mojada. Leonardo abandonó el proyecto, que quedó empantanado y expuesto durante muchos años en la sala, hasta que hubo una remodelación que destruyó lo poco que quedaba de los proyectos iniciados por ambos pintores. No obstantes, muchos artistas vinieron a Florencia y quedaron fascinados por el cuerpo central de la pintura de Leonardo (más o menos intacto) y la violencia de la batalla que se mostraba, incluyendo Rubens, que hizo una copia, el único resto que nos queda de la obra original. Hoy en día esa reproducción se puede admirar en el Museo del Louvre; en teoría, hubiera sido la mejor obra de Leonardo, pero fue su compañera de museo, la Mona Lisa, la que salió beneficiada del estropicio. En todo caso, todo este episodio acerca de la sala acondicionada para ser decorada por Miguel Ángel y Leonardo ha sido ahora recientemente puesta en duda. Aunque, en todo caso, como historia, sigue resultando fascinante.

Copia del cuerpo central de "La batalla de Anghiari", elaborada por Rubens a partir del original de Leonardo da Vinci.

-Aunque las obras que más han sufrido son las de las épocas más antiguas, la Edad Contemporánea tampoco ha tratado muy bien a muchas manifestaciones artísticas. Guerras, incendios, terremotos, censura o muerte violenta de sus dueños, cuando no directamente robos, en especial en un siglo XX que padeció dos guerras mundiales (aún colea la destrucción del "arte degenerado" por parte de los nazis, o la incautación de obras a los coleccionistas judíos), han arrasado con lo que podía haber sido una de las épocas más prolíficas en la producción artística mundial. Un caso particular quiero traer a colación: el "Retrato del doctor Gachet", de Van Gogh (ver abajo), se encuentra ahora mismo en paradero desconocido. Fue comprada por el precio más alto por una pintura en su época, por parte de un hombre de negocios japonés. El millonario llegó a decir que quería quemar el Van Gogh después de su muerte: ante el escándalo, manifestó que sólo era una forma de hablar para expresar el amor que sentía por la pintura, y que probablemente lo cedería a un gobierno o un museo. Lo cierto es que no se sabe del todo lo que ocurrió después con el lienzo, y aunque los representantes del fallecido dicen que fue vendido a un coleccionista privado anónimo, el hecho de que el magnate japonés fuera incinerado da pie a escandalosas especulaciones. Aunque siempre cabe soñar que algún día (como desearíamos con las obras anteriores que hemos mencionado) lo volvamos a contemplar. Por suerte, existe otra copia (ambas fueron hechas por van Gogh) en el Museo d'Orsay de París, pero la historia viene a destacar lo frágiles que son las obras de arte, y el peligro de dejarlas en manos equivocadas (incluyendo, entre ellas, las privadas).


lunes, 6 de abril de 2015

El libro y la historia real de abril: "El corazón de Ulises", de Javier Reverte (I)

Algunos de vosotros conoceréis a Javier Reverte. Se trata de un periodista que un día, cediendo a un impulso que albergaba desde años atrás, marchó a África para escribir un libro de viajes, y así dio origen a una trilogía ("El sueño de África", "Vagabundo en África" y "Los caminos perdidos de África") a la que luego siguió una larga lista de libros de viajes contados en un tono muy particular, alternando lo que le iba pasando en sus periplos junto con la historia de los lugares que iba visitando o las reminiscencias literarias de los autores que habían ido pasando por allí. De Javier Reverte he leído ya unos pocos libros, pero el primero con el que comencé (precisamente a raíz de un viaje que realicé a las tierras de las que hablaba), fue "El corazón de Ulises", centrados alrededor de la geografía e historia de la civilización griega. Os quiero comentar un poco acerca del libro y, de paso, de las impresiones que yo saqué de este trayecto, el cual tenía varios puntos de destino en común con el de Reverte, y otros en cambio que alguno de nosotros visitó mientras el otro no lo hizo. Con lo cual, bienvenidos, en definitiva, a un repaso alrededor de la civilización griega.

Isla de Kos observada desde un barco que surca el Mar Egeo.

Grecia es la cuna de muchas cosas: de la democracia, de buena parte de la filosofía y la ciencia, de la civilización occidental tal y como ahora la conocemos. En el recorrido que hace Reverte a lo largo de numerosos enclaves, es difícil escoger un lugar por el que empezar, y de hecho yo no voy a partir en esta crónica del mismo punto en el que inició Reverte su caminar errante. En particular, yo creo que, por ser los griegos un pueblo tan marinero (el autor comenta de manera repetida que la oración que los 10.000 de Jenofonte declamaron al avistar su patria no fue el de "¡Tierra!", o "¡Grecia!", como hubieran hechos otros, sino mucho más sentidamente: "¡El mar, el mar!"), o precisamente por el origen del personaje que Reverte escogió para darle título a su particular odisea (Ulises, representante de la inteligencia y de la astucia como forma de vencer a las adversidades), lo suyo es empezar por Ítaca. Hoy en día, hay pocas evidencias que indiquen que algo parecido a un rey llamado Ulises gobernara precisamente en Ítaca, una isla escarpada y rocosa que parece de todo menos la capital de un reino, y más comparándolo con las más fértiles islas de alrededor. Sin embargo, los itaquenses están a favor de la veracidad de la leyenda y se fundamentan en buena medida en dos motivos: unas inscripciones que aparecieron en la isla y que contenían el nombre de Ulises, y también el inteligente razonamiento de alguno de sus habitantes, esgrimiendo que Ítaca es una isla mucho más inaccesible para conquistar que sus homólogas vecinas, y que por tanto un rey listo hubiera situado allí su centro de gobierno para así defenderlo mejor de sus enemigos. Y si hemos de creer a la leyenda, Ulises era cualquier cosa menos tonto.

Copa teóricamente perteneciente  al rey Néstor de Pilos, uno de los participantes de la guerra de Troya por parte del lado heleno. La descripción de una copa muy similar aparece en la Ilíada, y de ahí que se la haya denominado "copa de Néstor", aunque en realidad lo más probable es que sea de una época muy anterior. Al fondo, máscaras mortuarias atribuibles también presuntamente a Agamenón.


Claro que al hablar de todo esto, de Ulises y de la guerra de Troya, estamos asumiendo que todos los acontecimientos narrados en los poemas de Homero eran verdad. Pero es que que hubo alguien que se los creyó tan a pie juntillas que salió a buscar pruebas que demostrasen la veracidad de la leyenda. Y lo cierto es que lo consiguió: Heinrich Schlieman encontró lo que parecían ser los restos de "siete Troyas", cada una construida encima de la otra, una de las cuales se supone que es la mítica ciudad que fue destruida por una incendio consecuencia de la invasión llevada a cabo por el ejército griego. La verdad es que Schliemann -pese a su entusiasmo-, casi destruyó la misma cantidad de arqueología que la que sacó a la luz, y que si bien los estudiosos consideran que si bien tenía razón en que los mitos alrededor de la guerra de Troya guardaban una base y un trasfondo de verdad, tampoco puede uno creerse a pies juntillas cada uno de los aspectos del relato de Homero. En definitiva, volvemos al viejo cuento del vaso medio lleno o medio vacío, o más bien podemos quedarnos con la idea de que, detrás de toda buena mentira, hay seguramente siempre una cierta parte de verdad.

Vista panorámica de la caldera de Santorini. Más de mil años antes de Cristo, la isla que había aquí reventó debido a la explosión del volcán que albergaba, quedando un gran agujero y unas pocas elevaciones, cuya disposición general recuerda de alguna manera la isla original que antes existía. Aquel cataclismo golpeó duramente a las entonces bisoñas civilización griega y cretense, y provocó toda clase de cambios sociales y enfrentamientos en un período que hoy día se asume como una edad oscura.

Lo que ahora se cree es que la guerra de Troya fue un acontecimiento que sucedió en el contexto de una época oscura que siguió a la explosión del volcán situado en lo que hoy en día es Santorini (ver apartado arriba), momento en el cual tuvieron lugar migraciones de numerosos pueblos más o menos belicosos (entre otros, los famosos "pueblos del mar" que describieron los egipcios y que fueron los responsables de la desaparición de los hititas"), momento que los griegos aprovecharon para atacar Troya porque ocupa una posición privilegiada para garantizar el control del estrecho de Dardanelos. ¿Y qué tiene de importante ese estrecho? Pues que constituye un primer paso de avance para la llegada al Mar Negro, un lugar con numerosas poblaciones donde se pueden mantener prósperas relaciones comerciales o incluso practicar la piratería. De ahí que es bastante probable que la guerra de Troya, lejos de ser una expedición épica por el amor de un mujer, se trate más bien de una punta de lanza para convertirse en una tribu de piratas que domine un vasto territorio. Además, los griegos protagonistas de la Ilíada y la Odisea tenían buenas razones para creer que el Mar Negro era una fuente próspera de riquezas, y esas razones las tenían precisamente en otra leyenda: la de Jasón y los Argonautas, que en teoría se iban a esa zona a buscar un vellocino de oro pero, en realidad, seguramente iban detrás de mucho oro y bastante poco vellocino.

Lo único que queda del templo de Diana en Éfeso. Encima, un nido de cigüeña.

Un fuerte militar se yergue en la zona donde -probablemente- en su día estuvo emplazado el faro de Alejandría. Dicen que un comerciante cargó en burro las pocas piedras que quedaban del mismo, y nunca se le ha vuelto a ver. Aunque a la sociedad egipcia se considera como un colectivo tremendamente conservador, Alejandría (que ha visto pasar a griegos como los Tolomeos, Cleopatra y Kavafis, romanas como Hypathia, cristianos, árabes y toda clase de visitantes extranjeros), sin embargo, ha conservado un aire de cosmopolitismo y sensualidad que no parece haber cambiado demasiado desde los tiempos de la Justine de Lawrence Durrell.

En su libro, incluso, Javier Reverte viaja muy lejos de Grecia, en lo que ya son repúblicas eslavas, para visitar la zona que posiblemente atrajo a los integrantes del viaje de los Argonautas en busca de fama y fortuna. Pero es que esta característica, el esfuerzo de los griegos por lograr la expansión de su civilización, bien a través de aventureros y viajantes -ya Tolomeo habla, a través de los relatos de viajeros, de unas Montañas de la Luna situadas en el sur de África como nacimiento del río Nilo, llegando en el siglo XIX a certificarse como existentes-, o bien a través de mercenarios o conquistas militares, es un aspecto tremendamente relevante de la cultura griega. De hecho, para entender buena parte de la historia y la evolución helena hay que adentrarse a veces muy lejos de su territorio, desde las colonias griegas establecidas en la Península Ibérica o en Sicilia, hasta las vastas regiones que Alejandro Magno recorrió llevando su imperio hasta el Ganges. No olvidemos que una de las ciudades con un carácter más genuinamente griego, por excelencia, es la Alejandría egipcia cuyo proverbial faro todo el mundo admiró. O que las mejores ruinas que actualmente pueden encontrarse de la civilización griega y romana (esta última la cual, como sabemos, copió una buena parte de su cultura de los helenos), se hallan en la costa oeste de Turquía, donde la ciudad de Éfeso, por poner un ejemplo, alberga una de las 7 maravillas del mundo descritas por Herodoto, el famoso templo de Diana. De esta maravilla tan sólo se pueden admirar unos pocos restos, al igual que pasa con el ya mencionado faro y con otras cuatro (sólo las pirámides de Giza quedan casi completamente en pie). Aunque, quizás, si queremos buscar una ciudad heredera del saber griego a través de los complicados siglos que siguieron a la época de decadencia de esta cultura, quizás el mejor ejemplo lo encontremos en Estambul, que los griegos siempre conocieron como Constantinopla.

Se olvida a menudo que, durante siglos, fue la elitista dinastía griega de los Tolomeos la que gobernó Egipto, y que Cleopatra fue la última de las reinas griegas, sólo que su inteligencia y su ambición política (muy por encima de su auténtica belleza y sólo un poquito por encima de su proverbial sensualidad) la llevaron a congraciarse en gran medida con el pueblo egipcio para así ganar más popularidad. De hecho, Cleopatra sabía alejarse muy bien del papel de "reina del pueblo" y recuperar el papel de diosa cuando se lo proponía, y como prueba, esta piscina privada que se hizo construir en las aguas termales de la ciudad de Hyerapolis, hoy denominada Pamukkale. Ahora, cientos de turistas sudorosos se bañan cada día en el lugar que estuvo destinado a compartir íntima y fogosamente con Marco Antonio y sus breves visitas. ¡Si Cleopatra levantara la cabeza!


Composición: arriba, Hagia Sofía vista desde el lado de la Mezquita Azul; abajo, Mezquita Azul vista desde el lado de la Hagia Sofía. Los dos grandes referentes arquitectónicos de Estambul, frente a frente.

Sin embargo, en Estambul, la ciudad de las cien mezquitas y de las mil especias, poco queda de los recuerdos griegos. A pesar de que durante mil años fue la capital del Imperio Romano de Oriente, donde se hablaba griego y se conservaba todo el acervo cultural helénico (el cual, tras la caída a manos de los turcos en 1453, pasó a Italia gracias a los sabios que huyeron, iniciando el proceso cultural del Renacimiento), hoy en su inmensa mayoría Estambul es una ciudad musulmana. Eso sí, ha conservado la esencia de la cultura del mestizaje, de la unión entre diversos estilos, que se aprecia perfectamente en el hecho de que debajo de los símbolos islámicos que ahora decoran las paredes interiores de la Hagia Sofía (otrora la mayor catedral cristiana y hasta hace muy poco mezquita) puedan encontrarse -preservadas de manera casi intacta- las pinturas icónicas características del período bizantino. O que, en el estrecho del Bósforo que divide la ciudad en el lado europeo y el asiático, podamos hallar las bases de una leyenda que se cuenta como una fantástica aventura dentro de la historia de Jasón y las Argonautas. En general, en cada calle, en cada esquina, nada es único, sino que tiene múltiples planos y dimensiones a través de los cuales con perspectiva debemos entrever.

Pasen y huelan. Bazar de las Especias (Bazar Egipcio) en Estambul.

Así que, precisamente, quizás Grecia, tan mestiza como cualquier otra nación, será mejor entenderla a través de la periferia, y sólo a través de ella llegaremos a su punto central. Por eso, y volviendo al punto original de la argumentación, quizás para llegar al corazón de Grecia, el de Ulises, debamos hacerlo a través de las islas. De eso nos encargaremos en una próxima visión. Hasta entonces, pasad buenos días, y planead buenos viajes.