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martes, 1 de septiembre de 2026

La historia corta (y real) de septiembre: "Los Reyes son..."

            Al chico le dijeron: “Los Reyes son los padres”. Pero él lo entendió mal: creyó que los Reyes Magos eran exclusivamente “sus” padres.           

            El problema es que se lo fue contando a todos los niños del pueblo. Pero lo peor es que el resto de los chavales le creyeron. ¿Y cómo no hacerlo? El padre del chico, calvo y con el pelo canoso, era clavadito a un Melchor que se fuera a poner en cualquier momento el turbante y la capa.

            Cuando el padre del chico fue a tomarse su sopa, observó cómo por la ventana había decenas de niños contemplándole con arrebato, aguardando expectantes su próximo paso. El hombre, desconociendo el motivo de tanta atención, no hizo nada: pero, cada vez que tomaba una cucharada de sopa, su mano no paraba de temblar.

            Para cuando el hombre fue a buscar sus zapatos en el arcón, los niños, imaginando que de ahí iba a sacar los regalos, no pudieron contener múltiples gritos de emoción… El hombre casi se muere del susto.

lunes, 27 de julio de 2026

Las historias cortas de julio: Para comunicarse hacen falta pocas palabras

Pero cuando Juana gritó "¡Guapa!" de manera aparentemente espontánea al paso de la virgen en la procesión de Semana Santa, a quien verdaderamente miró fue a su compañera Julia. Y así fue como Julia descubrió que Juana siempre había estado secretamente enamorada de ella.

 *

El día que Paco, el operario mecánico, perdió la mano izquierda en un accidente de trabajo, él, que era sordo, también perdió su medio de comunicación habitual (el lenguaje de signos), así que se quedó mudo. Para ayudarle, sus compañeros de trabajo le han construido una prótesis que permite que, con leves movimientos del brazo, una mano izquierda de plástico articule los signos que quiere expresar. De esa manera, más que de ninguna otra, le han demostrado su aprecio.

Él, por otra parte, con ambas manos, la suya y la que le han regalado sus amigos, compone el lenguaje de signos con tanta poesía que parece que, en el aire, está pintando.

lunes, 22 de junio de 2026

El relato de junio: "Nunca te enemistes con..."

               La familia Higgins se levantó. Y hay que hablar en plural porque en la familia Higgins no se despertaban los miembros de manera individual, sino todos a la vez, en una secuencia que se iniciaba normalmente por el perro Poochie y proseguía con los niños, para rematar en una especie de orquesta andante y viviente a la que se iban incorporando paulatinamente la señora Higgins, la abuela Higgins y, por último, el señor Higgins, de tal manera que aquella familia-colmena acababa sentándose toda junta a la hora del desayuno. El hecho de que se hallaran en un hotel no alteró demasiado la secuencia de acontecimientos; si acaso los niños se precipitaron antes sobre la cama de los padres y los cinco (seis, incluyendo a la mascota) se apretujaron aún más en la mesa del desayuno, entre otras cosas porque la señora Higgins no tenía que preparar el café y freír los huevos. Eso sí, al término de la comida, devorada casi a dentelladas (con un ímpetu todavía mayor los humanos que el perro), el fragor y el entremezclar de cuerpos empezó de nuevo, esta vez en dirección a las maletas medio abiertas, los armarios medios llenos y los baños repletos de gente. El único que salió del apartamento (pues el señor Higgins había insistido en que un hotel era carísimo) fue el propio señor Higgins, obligado a sacar al perro, entre otras cosas, porque tener a Poochie fue un empeño personal suyo, y fue cuando lo adquirieron de las pocas veces en que su mujer se plantó: “A esa bestia parda o la sacas tú, o se queda en casa”, y el señor Higgins tuvo que transigir, entre otras cosas porque Poochie, en efecto, era un mastodonte de varios kilos de peso con quien la señora Higgins, con su diminuto tamaño, no sería capaz de lidiar ni con la más fuerte de las correas.

                Para el señor Higgins, pasear por las calles de El Cairo con el perro, en lugar de en su Manchester natal, era desde luego una novedad. Algunas cosas eran comunes: madres paseando con los niños, coches circulando por la calzada… Claro que las mujeres llevaban hiyab y las calles presentaban un embotellamiento continuo, interrumpido sólo por las escasas personas que intentaban cruzar a pie en medio del atasco. Entre ellos, el señor Higgins distinguió a un grupo de turistas que, como una bandada de patitos, caminaban por detrás de una familia egipcia, seguramente intimidados por el caso circulatorio de la ciudad y la ausencia de semáforos. La familia egipcia contemplaba la escena entre carcajadas risueñas: se veía que ya estaban acostumbrados a esa clase de escenas.

                De repente, el señor Higgins sintió en la correa un movimiento tenso y que, para el experto, resultaba evidente: Poochie se colocaba en esa posición tan ridícula que suelen tener los perros cuando defecan, con el rostro además de profunda humillación característico. Inmediatamente después de liberar el origen de sus zozobras, Poochie volvió a adquirir su cara normal, como si nada hubiera ocurrido.

                En ese momento, con mucha sutileza aprendida durante años, el señor Higgins miró cauteloso a ambos lados de la calle. ¿Nadie le estaba viendo? Estupendo. Y abandonó tranquilamente el lugar del crimen, dejando el mojón de su perro abandonado en la acera.


                Qué hermoso es visitar países extranjeros, pensó el señor Higgins.

*

                Aquel día tocaba visitar el museo de las momias. Su mujer había insistido. En realidad, la institución tenía un nombre más técnico y más largo, pero el señor Higgins no se había quedado con él: para el señor Higgins, todos los museos eran iguales. Si acaso, algunos tenían una cafetería con mejores platos.

                Iban en grupo, acompañados por un guía británico que les desplegaba su erudición, y la más brillante de sus verborreas:

                -Al final del Museo tendrán la tienda, donde podrán comprar toda clase de souvenirs. Pero no se preocupen por si les parecen muy caros: otro día podrán comprar productos similares en varias tiendas de esta calle. Eso sí, tengan cuidado, porque mañana es viernes, y ya saben ustedes que en Egipto el viernes y el sábado son fiesta y muchos lugares no están abiertos…

                -No, si esta gente con tal de no trabajar… -se quejó en voz demasiado alta el señor Higgins.

                -Pero cariño -le replicó de forma azorada y por lo bajini su esposa-, tienen dos días de fin de semana, como nosotros…

                El grupo, ajeno a estas preocupaciones, avanzaba presuroso hacia la siguiente sala. Allí, varias momias se hallaban expuestas dentro de sus sarcófagos. Algunas tenían las vendas puestas y otras, en cambio, mostraban tal cual la efigie de sus dueños, tan bien conservadas como si casi no hubieran pasado por ellas más de dos mil años. La mayor parte de los restos de faraones, princesas y hasta gatos momificados se hallaban rodeados de cajas de metacrilato protectoras, con una excepción. En medio de la sala, un grupo de hombres y mujeres con pinta de especialistas se hallaban examinando uno de los cuerpos. El ejemplar se hallaba expuesto a la vista: tenía los ojos cerrados, la piel cetrina, el aspecto de que podría haber fallecido lo mismo hace un millón de años que hace dos días, y hasta trazas de cabellos pelirrojos.

                -Ah, amigos, hemos tenido suerte. Nos hemos topado con el equipo de la doctora Al-Jadhim, que se encuentra inspeccionando uno de los valiosos tesoros del museo con un grupo de estudiantes. Esta es una oportunidad muy especial para ver una momia tan de cerca. En concreto, éste es el cuerpo de… ¿OIGA, PERO QUÉ ESTÁ USTED HACIENDO?

                Todos los ojos se volvieron hacia la parte inferior del cuerpo de la momia, a la altura donde se encontraba el señor Higgins. El cual, de manera aparentemente inocente, y sin que nadie se hubiera percatado (pues tanto los investigadores como el grupo turístico se hallaban situados alrededor de la cabeza del cadáver), se había acercado al pie de aquel cuerpo humano y lo había agarrado por el dedo meñique.

                De hecho, cuando todos los ojos se hallaban fijos en él, el señor Higgins se puso nervioso, realizó un movimiento extraño, y una porción del dedo de la momia se le quedó en la mano. Momento en empezó a mirar algo preocupado a su alrededor.

                El que más nervioso se puso fue el guía:

                -¿PERO SEÑOR HIGGINS, QUÉ CREE USTED QUE ESTÁ…?

                El hombre trató de disculparse.

                -Sólo es un dedi… una falange de nada.

                La mirada de odio que le dedicaba la egiptóloga que dirigía el examen del cadáver era un poema. Pero el que llegó armando más escándalo fue el guardia de seguridad. Bueno, en realidad no. El guardia de seguridad caminaba muy resolutivo para echarle, pero, mientras tanto, un visitante del museo con pinta de habitante de El Cairo se acercó al grupo y se puso a hablar en árabe a un ritmo muy rápido y a todo volumen.

                -¿Qué dice este hombre?-preguntó confuso el señor Higgins, que no sabía muy bien dónde colocar el fragmento de momia que aún tenía entre las manos.

                -Esto… -el guía se andaba tan abrumado por tantos acontecimientos que no sabía por dónde empezar a traducir-. Ha dicho que eso es una ofensa a su cultura, una falta de respeto por sus antepasados… Que además hay tradiciones egipcias muy serias al respecto, maldiciones para quien profane un cadáver de esa manera… Momias que se levantan de la tumba para vengar la profanación, ese tipo de cosas.

                -Ay, George, en menudo lío nos ha metido… -se lamentaba la señora Higgins para sus adentros, mientras se moría de vergüenza y deseaba estar en cualquier otra parte. Mientras tanto, la abuela Higgins no parecía enterarse de lo que estaba pasando, y los niños (que se habían quedado muy tristes después de saber que Poochie se debía quedar dentro del apartamento) se lo estaban pasando de lo lindo con aquel follón.

                -Mire, señor, creo que es mejor que se vaya del edificio -le espetó el guardia de seguridad en un inglés con acento.

                -¿Por qué?¿Por esto? -alzó el señor Higgins el dedo de la momia, todavía en sus manos-. Pero a él no he podido hacerle daño, ya está muerto.

                -¡No es un “él”, es una “ella”!-replicó el guía, superado por las circunstancias-. ¡Y cada parte de su cuerpo es de un valor in-cal-cu-la-ble!

                -Bueno, pero esto se pega con un poco de pegamento y…

                El individuo egipcio que se les había acercado, quizá entendiendo lo que estaba diciendo el señor Higgins, comenzó una diatriba todavía más acelerada y furiosa en su propia idioma.

                -Creo que el guardia tiene razón y que deberían ustedes irse -dictaminó el guía, mientras la señora Higgins se tapaba la cara con las manos y los niños estallaban en una alegría rabiosa. La abuela Higgins, mientras tanto, no entendía el motivo por el que se marchaban, pero se alegraba secretamente de hacerlo, porque le apetecía comer algo.

                De hecho, nada más salir del museo, escoltados por un vigilante guardia, la abuela Higgins manifestó sus ganas de ir a un restaurante, a lo cual se apuntaron jubilosos los niños, lo cual les obligó a buscar un lugar donde comer, pero esta vez sin las recomendaciones del guía para encontrar un sitio apto para extranjeros. Después de entrar en un par de locales donde la comida era tan picante que los paladares tan británicos de la familia Higgins les resultaba intolerable, acabaron todos juntos tomándose un helado en una cafetería de corte moderno, momento en que la señora Higgins sacó a relucir el mal cuerpo que le había dejado aquel incidente:

                -¡George, ¿cómo has sido capaz de hacer algo así?!¡Esa momia lleva siglos allí sin que nadie le haga nada, y vas tú y…!

                -Buah, qué exageración. Si es una momia más. Con la de cientos que tienen ahí…

                -¡Esa es otra!¡No hemos visto ni la mitad del museo!¡Pues mañana yo vuelvo allí, contigo o sin ti!¡No me voy a perder uno de los sitios que tenía apuntado para ver, sólo porque a ti no se te pueda sacar a ninguna parte!

                El señor Higgins, después de la sabiduría que había adquirido tras diez años de matrimonio, sabía que hay momentos para hablar, y momentos para callarse. Y supo intuir con clarividencia que ésta era de las ocasiones en que su mujer no atendería a razones.

                 El día se les hizo corto, porque, con la suerte de tribulaciones que habían vivido los integrantes de la familia británica, casi no quedó tiempo para hacer nada más. Aquella noche, tratando de olvidar los sucesos acaecidos, los Higgins se dispusieron simplemente a dormir. El señor Higgins, de hecho, concilió el sueño con total facilidad, como si ésa hubiera sido una jornada normal y corriente.

                Sin embargo, de alguna manera, el señor Higgins notó una cierta agitación nocturna. A mitad de la noche, sintió un chirrido en el extremo de la habitación y, en cuanto entreabrió el ojo, se dio cuenta de que una presencia estaba desplazando la puerta.

Entonces, desde el umbral, con sus ojos rojos, una figura espectral y envuelta en vendas lo miró y deslizó la lengua, anticipante, sobre unos afilados dientes… El señor Higgins intentó incorporarse, pero entonces descubrió que se encontraba paralizado por el terror…

                Aunque entonces, debido a la aceleración de sus propios latidos, se despertó. Y quedó aliviado al principio al mirar a la puerta y constatar que allí no había ninguna momia. Pero había algo que sí que estaba igual que en su sueño: seguía sin poder moverse. Al principio creyó que se le habían enredado los pies con las sábanas. Pero luego se dio cuenta de que no; entre otras cosas, porque no sólo se le habían inmovilizado las piernas, sino también el resto del cuerpo. El corazón le dio un vuelco cuando se dio cuenta de que tenía una mujer al lado. No su esposa, claro, que continuaba durmiendo plácidamente en su lado de la cama. Sino, a los pies del cabecero de la cama, una mujer ya madura, menuda y regordeta, de cabello oscuro, recogido en un moño. Le sonaba de algo… ¿quién era? ¡Ah, sí! Era la doctora que estaba dirigiendo la investigación que estaban realizando sobre la momia con la que habían tenido el incidente aquella mañana. ¿Qué demonios hacía en esa habitación?¿Y por qué le sonreía de manera tan enigmática?

                -Tranquilo, señor Higgins. Los efectos de la parálisis son normales. Es parte del efecto de la sustancia que le he inyectado hace unos minutos. ¿Sabe usted?, cuando una trabaja en el campo del antiguo Egipto, civilización en la cual se llevaban a cabo procesos de momificación exquisitos en los que se empleaba de manera excelente la química, se aprenden un par de trucos. Como la droga que le ha provocado la parálisis que ahora sufre. Así que no trate de resistirse, señor Higgins, no le servirá de nada. Y ahora, voy a envolverle en la alfombra de esta roñosa habitación para transportar su cuerpo. Discúlpeme si hay momentos en que lo hago de un modo poco delicado: pero ahora lo principal es no despertar a su esposa.

*

Describir el rato que pasó el señor Higgins envuelto en la alfombra, desplazado quién sabe hacia dónde por parte de una mujer que tenía toda la pinta de una psicópata, sería una tarea imposible porque cualquier narración se quedaría corta. De hecho, dentro de su muy limitada respiración, el señor Higgins exhaló un suspiro de alivio al ser liberado de la alfombra, pero detuvo la siguiente inspiración en seguida, nada más se dio cuenta de dónde estaba: habían vuelto al museo de las momias. Y, por el rabillo del ojo, el señor Higgins se dio cuenta de que se encontraba en uno de los sarcófagos. A pocos centímetros, la expresión de la cara de su secuestradora exhibía un tono de reproche suave, como el de una madre muy decepcionada por su hijo.

                -Bienvenido, señor Higgins. Va a sentir usted un raro privilegio: el de tener la oportunidad de sobrevivir durante miles de años dentro de una tumba, para ser admirado por las generaciones futuras. Sólo unos pocos miembros de la antigua civilización egipcia han podido llegar hasta nuestros días para cumplir ese destino: debería usted darle gracias a este momento.

                Si el señor Higgins hubiera podido hablar, casi que no hubiera hecho falta, porque sus inmóviles ojos lo expresaban todo a través de una mirada de pánico. La investigadora sonrió, entre despreciativa y condescendiente:

                -Conozco a los hombres como usted, señor Higgins: van por la vida como si sus actos no tuvieran consecuencias, matando a las flores conforme las pisan sin darse cuenta. Y si alguien se lo reprocha, se van sin decir nada, o si acaso emiten una falsa disculpa, y se marchan sin remordimientos. Esa clase de gente que emponzoña el mundo, a la que le da igual tener esclavizada a su pobre mujer que cargarse el dedo de una momia egipcia. Hasta que por fin encuentran la horma de su zapato: alguien que le da su merecido. Recuerde, señor Higgins: no le conviene enemistarse con una egiptóloga. Están muy acostumbradas a trabajar con los sentimientos extremos, con promesas absolutas, y con la perspectiva de la inmortalidad.

                Dicho esto, la mujer empezó a tomar lo que parecían unas vendas y a envolver de manera completa, metódica y sistemática al señor Higgins en ellas. El ciudadano británico hubiera derramado lágrimas de arrepentimiento y tristeza, si la droga no le impidiera hacer nada de todo esto. Cuando la investigadora terminó, le echó un último vistazo para comprobar que todo estaba correcto:

                -Ahora me voy, señor Higgins. No se preocupe: en realidad no soy tan cruel. El efecto de la droga se le pasará paulatinamente en unas horas y no tendrá ningún problema en salir de aquí. Eso sí, tendrá que explicar a los guardias del museo qué hacía dentro de un sarcófago, después de aparecer en pelota picada en medio del Museo en horario infantil. Pero ya le dejaré a usted que se las apañe: seguro que se las sabe arreglar. Mientras tanto, reconsidere lo que ha hecho y cómo se va a comportar en el futuro. Y recuerde: en caso de que vuelva usted a hacer lo que no debe, tengo muchas más ideas perversas de cómo actuar. Pase usted un buen día.

                Por suerte, la mujer se fue sin dejar cubierta la tapa del sarcófago. Aunque el señor Higgins no lo consideró una buena idea conforme vio a masas de niños y visitantes entrar poco a poco en el museo mientras éste se incorporaba a sus rutinas diarias. En un momento determinado, le pareció escuchar una voz reconocible. No, no podía ser… ¡Sí, eran ellos! Era su familia. Seguro que de alguna manera le reconocían y le sacaban de allí…

                -Ay, mira, Gertrude -le decía la señora Higgins a la madre del señor Higgins-… Qué momia tan bien hecha. Si parece que la hubieran envuelto ayer.

                -Hija, yo es que no puedo pensar en nada mientras no encontremos a George…

                -No te preocupes, Gertrude, seguro que se ha ido a dar una vuelta. Te apuesto a lo que quieras a que regresa antes de mediodía, preguntando qué vamos a comer. ¡Niños!¿Qué estáis haciendo?

                -¡Estamos tirando del dedo de la momia, como hizo ayer papá!

                -¡Estos niños, qué disgustos me dan!¿De las cosas que podríais haber heredado de su padre, tiene que ser precisamente esa manera de hacer el cafre? Ay, como nos vuelvan a expulsar por segundo día del museo no lo soportaría, qué bochorno sería…

                -Hija, de todas maneras me da la sensación de que esta momia es muy rara… ¿No te da la sensación de que está como llorando?

                -Uy, pues ahora que lo dices, es verdad… Es que ya se sabe cómo eran estos momificadores egipcios: si es que parece como si siguieran vivos… Cualquier día de estos se levantan Ramsés o alguno de estos y salen andando…

                La familia Higgins se fue, dejando a la momia tan sola y rodeada de gente como antes. A mediodía, por la hora de comer, fue vaciándose el museo. Fue en ese momento cuando sucedió algo inesperado: un perro de tamaño enorme, que se había escapado del apartamento donde le habían encerrado porque seguramente uno de los niños no había dejado muy bien cerrada la puerta, irrumpió en el museo, sin que ninguno de los guardias le hubiera atajado a su paso, y al encontrar un olor familiar, se acercó a uno de los sarcófagos, le pegó un par de lameteados a la cara de la momia que alojaba en su interior, y se tumbó al lado de la tumba egipcia. Esperando, como suele decirse, a que su dueño retornase, aunque para ello tuviera que aguardar durante siglos junto a la tumba: los animales, ya se sabe, tienen un concepto muy relativo de la eternidad.

viernes, 1 de mayo de 2026

El relato de mayo: "En son de... bueno, olvídalo".

                La nave espacial se dejó llevar con una tranquilidad pasmosa. Como si, a pesar de su naturaleza inerte, estuviera habituada a esta clase de desplazamientos en los cuales la gravedad de un planeta se aprovechaba para aproximar el vehículo interestelar a la superficie de un nuevo mundo. Seguramente el motivo era que su piloto estaba más que acostumbrado. De hecho, se diría que hasta aburrido de aquella clase de misiones.

                -Gborg… ¿qué hemos leído sobre este planeta llamado -procuró que la duda no trasluciera en la vibración de sus ondas mentales-… Tierra?

                -Bueno, señor -respondió su ayudante, fingiendo que no necesitaba mirar las notas que almacenaba en el córtex de su zíngulo medio, es un mundo de clase C con unas cuantas especies de clase beta…

                -Vamos, Gborg, que tú tampoco te has leído en profundidad el informe nos pasó la Junta de Colonización.

                -No, señor.

                -Bien, no hay problema, yo tampoco. Estas misiones son todas iguales. Entrar, soltar el discursito e irse. A partir de cierto grado de civilización, las cosas se ponen bastante sencillas. Tú llegas, les enseñas tu tecnología superior, les dices que no les vas a hacer daño, sino que al contrario, les ofreces entrar en la tremenda serie de beneficios que implica formar parte de la Federación Espacial, y a partir de allí todo va como el tejido mágico de Shyanolok. No es como si cogiéramos al primer paleto ignorante que pilláramos por allí: se supone que vamos a contactar con sus líderes supremos. Suelen ser gente muy razonable.

                Gborg movió su flurduz axial con satisfacción. Sí, desde luego, aquellas primeras misiones de contacto eran sencillas: justamente lo que le vendieron en la oficina de reclutamiento. Además, se notaba que su instructor sabía de lo que estaba hablando.

                El aterrizaje en los jardines de la Casa Blanca fue sencillo. De nada sirvieron las inocuas armas terrícolas contra las defensas de la nave. Los tripulantes salieron al exterior, y el líder de la misión conectó el traductor automático, así como el resto de sistema de soporte vital de sus trajes.

                -Estimados representantes de la Tierra… Por favor, llévennos ante su líder.

                Les condujeron ante un despacho. Dentro había mucha gente. Aquello era normal. Lo que no era tan normal era la naturaleza de esa gente. El software de los trajes de los alienígenas indicaba que la mayor parte de lo que debían de ser los asesores del político al mando poseían una conformación cerebral bastante extraña. El líder de la Tierra también tenía una disposición neuronal anómala… además de un extraño color naranja en la capa más superficial de sus tegumentos que no casaba con ninguna de las razas conocidas de las criaturas que dominaban ese planeta.

                -Noto altos niveles de fundamentalismo religioso -susurró Gborg a su instructor, como si la telepatía no fuera suficiente.

                -Esto no debería ser normal en esta escala de progreso tecnológico -le respondió su superior-. Pero bueno, cada especie tiene sus excentricidades. Voy a proceder con el protocolo. Queridos amigos… -comenzó la alocución mil veces recitada el extraterrestre.

                Los terrícolas escucharon. Y escucharon. Y escucharon. Así hasta que el ser del espacio terminó. Y añadió un toque de humor, que solían aconsejarles en la Academia:

                -Espero que acojan con amabilidad a estos humildes aliens en su planeta.

                En ese momento, el líder de la Tierra empezó a proferir una respuesta airada. El tono de fruta terrícola a medio madurar de su piel se volvió progresivamente como el color de la fruta madura, y aunque los dos alienígenas no eran expertos en discernir las emociones terrícolas, captaron un discurso inconexo, una explosión de ira, y una serie de frases sin sentido alguno, a pesar de tratar de traducirlas a todos los idiomas. Aquella reacción inesperada se transmitió al resto de los presentes, que empezaron a agitarse como un grupo de chomps ante una subida de la temperatura del agua. De repente, el jefe de todo aquello les señaló y empezó a gritar:

                -¡Destruidles!

                Gborg sentía que debía de haber algún error. Golpeó un par de veces el comunicador. Después, al ver que aquello no funcionaba, balbuceó:

                -Creo que no nos han entendido. Venimos a ofrecerles ayuda mutua, colaboración, una serie de ventajas inimaginables. Venimos en son de…

                Pero ya para la mitad de la frase ya se habían abalanzado sobre él una masa de individuos con el rostro desfigurado de furia. Individuos de ambos sexos (por lo que indicaba el dimorfismo característico de aquella especie) le tiraban de las extremidades y de los folsoms como si pretendieran arrancárselos, y trataban de abrir su traje mediante palancas y otros utensilios que encontraron por ahí. Aquellos homínidos exhalaban aullidos y una brutalidad animal que Gborg ni siquiera había encontrado en las especies inferiores más salvajes. De hecho, el pom central de Gborg sufrió un colapso repentino cuando un ejemplar humano con abundante bigote facial, sobre todo bajo un bulboso apéndice, reventó el casco espacial de su instructor como si fuera la concha de un fádilo, y empezó literalmente a devorarlo a grandes mordiscos. Por todas las deidades del universo, ¿en dónde gurbs habían aterrizado?

                -¡Ey, chicos!-dijo uno de los energúmenos en aquella sala-. ¿Por qué no nos hacemos un selfie?

                A partir de entonces, la cosa se volvió muy rara: dejaron de atacarle, le pusieron una especie de extraño atavió de color rojo en su pedúnculo superior (que el resto se pusieron encima de lo que ellos llamaban “cabezas”), y empezaron a registrar imágenes con su primitiva tecnología. Luego le ofrecieron algo que llamaban “puro” y empezaron a tratarle como si llevara allí toda la vida.

                Gborg aún no lo sabía, pero, no muchos meses más tarde, abriría su primer casino.

lunes, 23 de marzo de 2026

El relato de marzo: "Historia de dos fogones"

La primera vez que se encontraron fue delante del escaparate de un restaurante italiano. Se descubrieron contemplando arrebolados las berenjenas cubiertas por una capa de parmesano, el cacio e peppe con pecorino espolvoreado por encima, los canoli luciendo esplendorosos al otro lado del cristal. Y al mirarse de reojo y descubrirse mutuamente espiando los platos, ella no pudo evitar confesar:

-Es que soy cocinera.

A lo que él respondió, con un entusiasmo imposible de disimular:

-¡Yo también!

Les faltó tiempo para invitarse a sus respectivos restaurantes. Al final fueron a uno de ellos: este humilde cronista no sabe si a él de ella o al de él. Se pasaron tres horas cocinando en paralelo, primero recetas separadas, más tarde conjuntas. Se dieron a probar de sus platos, y más tarde se dieron de comer: al principio con las cucharas, y luego con los dedos. Al cabo de un rato, ya estaban haciendo el amor de manera feral y salvaje sobre una mesa del comedor. Volaron las especias, las salsas, las harinas. Se entremezclaron los fluidos bucales con vinos y caldos, aceites de variadas procedentes hirvieron sobre la temperatura corporal de su piel. El orgasmo sobrevino en un beso de nata que erizó cada papila gustativa de sus lenguas. Al final, ambos, saciados, cedieron a la tentación del remate final, y se deleitaron cada uno en barquillo recubierto de caramelo que saborearon hasta la última gota.

A partir de entonces, se convirtieron en inseparables. Iban juntos a aperitivos, catas, meriendas, eventos de degustación. Quedaban en el mercado, hacían la compra por separado (porque cada cual era muy especial para sus ingredientes), y luego intercambiaban impresiones sobre cómo les había ido y qué pequeño milagro habían conseguido adquirir. Se citaban para “estrenar” los últimos restaurantes que habían abierto en la ciudad, y por supuesto cenaban juntos. Y cuando decimos cenar, nos referimos a que los platos explotaban, y sus ingredientes flotaban por los aires. Hicieron el número de Nueve semanas y media, el de Tímidos anónimos, el de Deliciosa Martha y hasta el de Ratatouille. Y de vez en cuando se despertaban con hambre en mitad de la noche, y asaltaban la nevera… y el uno al otro.

Por otra parte, también tenían sus choques: típicos desencuentros de cualquier pareja. Cómo se te ocurre maridar este pescado con este vino. Pero en qué cabeza cabe añadirle limón a esta salsa. Que si, en este restaurante, es mejor el plato combinado 69, o el 88. A veces tenían ardientes discusiones en las que volaban las empanadillas, los platos se estrellaban contra las paredes, y grandes raciones de spaguetti acababan aplastadas contra el escaparate de sus restaurantes, para sorpresa de viandantes y hasta comensales. Aunque, casi tan violentas como sus peleas, eran las comidas de reconciliación, donde devoraban a mordiscos la vida, y todo lo que había en la despensa.

No siempre era fácil para los amigos de la pareja (entre los que por supuesto abundaban los camareros, los sumillers, los comerciales de compañías de comestibles, los gourmets y los gourmands) aguantar el temperamental carácter de la fogosa pareja. Lo mismo estaban tan acaramelados en la mesa donde compartían mantel con todos los demás (de tal modo que parecía que no había nadie más a su alrededor), que se saltaban cualquier tipo de etiqueta y casi se arrebataban la ropa sobre una barra, mientras esperaban a que les pusieran una mesa: como si, en ausencia de comida, el resto del planeta careciera de importancia. Pero sus compañeros también tenían que sufrir sus discusiones, porque hay que decir que ninguno de los dos era del todo fiel: ella a veces tenía unos antojos brutales de probar un kebab (y de degustar también a la cocinera que los hacía), mientras que él sentía debilidad por los quesos (y los cocineros) franceses. Entonces él la acusaba a ella de rebajarse a la comida basura, mientras que ella le replicaba que era un pretencioso y un snob. Sin embargo, no eran capaces de estar separados más de dos menús, y luego volvían a la cama tan hambrientos como siempre, a veces organizando tríos, soireés, cenas de picoteo, banquetes pantagruélicos y comidas con guarnición, postre, café y licor para decenas de comensales.

Después de un tiempo de apasionado noviazgo, ella se quedó embarazada. Y tras nueve meses en que se permitió comer prácticamente todo lo que le apeteció “por el bien del niño”, nació el pequeño. Al principio, éste devoraba con fruición la leche materna, pero luego pareció aburrirse y la dejó de succionar, como si le causara desgana. Los padres estaban desesperados, al ver que su hijo perdía peso día tras día, y semana a semana. Un día, un par de amigos fueron a visitarles para ver si podía consolar a los nuevos padres (por supuesto, traían unos cuantos dulces a modo de obsequio). Sin embargo, cuando llegaron, se toparon con la puerta abierta, ruidos procedentes de la cocina y, a lo largo del camino hasta esta última habitación, un rastro de comida que había salpicado todas las superficies, incluido el techo. Cuando llegaron a la sala que constituía el kilómetro cero de la conflagración, se encontraron a los dos progenitores visiblemente cansados y alegres, mientras sobre una mesa se asentaba una complicada composición culinaria que más tarde les describirían con un título de unas diez palabras, incluyendo varias en ruso. Aun así, los dos cocineros parecían felices porque metían la cuchara en el plato, se lo daban al niño, y éste comía entusiasmado. El padre, con pinta de cansado por las ojeras, anunció sonriente, aunque a la vez preocupado:

-Creo que tenemos un problema. Hemos engendrado un sibarita.

lunes, 16 de marzo de 2026

La historia corta de marzo: Quien lo probó, lo sabe

            Todos los días, cuando volvía a mi casa por la tarde, después de haber trabajado duro por la mañana en el campo, me encontraba a esa muchacha sentada leyendo un libro debajo de la reconfortante sombra de una encina. Me gustaba su postura, su porte pausado y sereno, su sonrisa melancólica, y esa forma tan concentrada que tenía de abstraerse en la lectura, como si no pudiera hacer otra cosa.

            Día tras día, la iba viendo siempre ahí, en esa misma posición, sin levantar nunca la vista, enamorándome en cada recodo, cada abismo, de su fascinante silueta. Pero yo no me atrevía, tímido y cobarde, siquiera a acercarme para hablarle un poco, para iniciar un primer contacto. De forma que cada vez temía más que, un día cualquiera, ella, simplemente, ya no estuviera allí.

            Por eso me animé. Un día, me acerqué hacia ella con un ramo de flores silvestres (qué inútil, qué cursi, y al mismo tiempo, no sabía qué era mejor que eso, quizás un libro), y se lo puse delante. Ella no lo recogió.

            Aunque luego comprendí que no era por desprecio o indiferencia. Es que la chica, en realidad, era un espantapájaros.

            Desde entonces, cada vez que paso por allí, ya no la miro de la misma manera. Ahora me acerco, le cambio la página, para que pueda seguir leyendo el siguiente capítulo y no se aburra con la misma lectura, y me alejo de nuevo, despidiéndome con un breve saludo.

            No la iba a dejar de amar sólo por ser de paja...

lunes, 9 de febrero de 2026

Las historias cortas de febrero: Estampas callejeras

Encontramos una foto de hombre anciano por la calle, recortada. "Me la quedo", dice mi compañera Eos: "no me gusta que los señores estén perdidos por la calle".

"Además, añadió, tiene pinta de que está muerto; así, en el futuro, aunque nadie se acuerde de él, aunque ni siquiera yo sepa quién es, le recordaré".

*

Carteles que te puedes encontrar en un bar:

“Sólo se fiará a mayores de 90 años, acompañados de sus padres”.

“Sólo se fiará... mañana”.

*

Veo a dos personas hablando en lengua de signos en la calle: parecen dos improvisadores de hip hop retándose. Veo a cuatro personas hablando en lengua de signos en la cafetería de un centro comercial: parecen una genial, armoniosa y avasalladora orquesta.

lunes, 26 de enero de 2026

La historia corta de enero: La importancia de un bonito acento.

En un congreso científico en Argentina, un becario español estaba hablando con dos homólogos bonaerenses. Y mientras el chico les describía sus investigaciones acerca de las concepciones implícitas sobre el aprendizaje en determinados colectivos, los otros dos becarios les contemplaban arrebolados, hasta el punto de hacer al español sentirse incómodo. Finalmente, los becarios rioplatenses se confesaron:

-Mira, te lo tenemos que decir... Es que todas las películas porno que llegan a Argentina están dobladas con acento de España. Y por eso, cada vez que te oímos hablar, nos ponemos cachondos.

El becario español entró en estado de shock.

Tal vez fuera por esta misma razón (la diferencia de acento) por lo que, cuando entró en una tienda de comestibles y le preguntó por unos tomates a la dependienta argentina de veintidós años, ésta entornó los párpados y le susurró: "Habláme, habláme..."

lunes, 8 de diciembre de 2025

Las historias cortas de diciembre: La importancia de una correcta pronunciación

 Mi amiga Eos se encontraba en Gales, viviendo en la casa de un matrimonio de 70 años. Un día, llegó la vecina terriblemente consternada.

-Tengo una plaga de avispas -afirmó-. Le han picado a mi madre no-sé-cuántas veces, y la pobre es ya muy mayor. No sé cómo librarme de ellas.

-En mi pueblo -respondió Eos-, tenemos un remedio casero, y es echarle agua y jabón a las avispas.

-¿Ah, sí? Pues lo voy a probar.

Dos horas después, la vecina volvió, con rostro aún compungido en el rostro.

-No sólo no se han ido las avispas, sino que han venido cada vez más, y tengo toda la casa pringosa. ¿Seguro que el método es correcto?¿Tenía que ser de pollo, o podía ser...?

Eos abre los ojos y la boca, alucinada.

-¡Jabón (soap)!¡No sopa (soup)!

Algo parecido le ocurrió a John Fitzgeral Kennedy en su visita a Berlín en los años 60. Kennedy se vanagloriaba de sus antepasados alemanes, y además quería destacar la importancia que tenía lo que ocurriera en el Berlín dividido de cara al mundo entero ("Lograr la paz en Berlín", afirmaba, "es conseguirla para París, para Roma, para Washington..."). Por eso, cuando salió al balcón de un edificio oficial germano, delante de una multitud expectante, pronunció, en un alemán cuidadosamente estudiado:

-¡Yo también soy berlinés!

A lo cual la multitud respondió con alborozo. Esta es la versión oficial. No obstante, lo que los alemanes escucharon en realidad aquel día de labios de JFK fue:

-¡Yo también soy una rosquilla!

Lógicamente, de ahí se reían. 


Comentario: No me extraña que las avispas no se fueran: ¡estaban esperando el segundo plato! ;)


lunes, 17 de noviembre de 2025

La historia corta de noviembre: "El secreto mejor guardado"

Cuando Bulsu dijo que se marchaba del pueblo a ganarse la vida en el extranjero, el alcalde le llevó al gran almacén a las afueras de la villa, abrió el local con la llave que portaba siempre al cuello, entró, y sacó un enorme acordeón que entregó a Bulsu:

-Toma, compañero, con esto podrás intentar ganarte la vida allá afuera… igual que tu primo Konya y tu hermano Radomir.

Bulsu recogió aquel objeto sin saber cómo agarrarlo.

-Pero, alcalde -contestó el futuro emigrante, sujetando el instrumento con la misma precaución que si se tratara de un tejón-, si yo no sé nada de cómo tocar este engendro del demonio. Como no me den dinero por pena…

 El alcalde miró con sonrisa ladeada, como observando a un espectador invisible.

-Bueno, tu primo y tu hermano tampoco sabían… Ahí está la gracia.

Y rio de manera sardónica y cruel…

El chico y la chica seguían comiendo pipas en el parque, mientras se escuchaba de fondo el sonido del acordeón que alguien tocaba.

-¿Y tú crees de verdad que ése es el motivo?

-Es una venganza, seguro. Algo le hemos hecho a ese país. De no ser así, no sé cómo se explica tanta crueldad.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Las series de noviembre: varias de Filmin

-Monsieur Spade es una ficción atípica. Parte de la idea de que Sam Spade (el célebre detective creado por Dashiel Hammet, y protagonista de El halcón maltés) se ha ido a resolver un asunto en el sur de Francia, y ha encontrado motivos para quedarse a vivir y retirarse allí. Sin embargo, años después, nuevos y antiguos problemas van a surgir ante sus ojos, y es entonces cuando sus viejos hábitos de detective vuelven a hacerle falta. Esta miniserie de seis capítulos tiene un guión con grandes luces, pero también algunas sombras: es de estas narraciones a las que hay que hay que prestar atención para no perderte cosas; coincide con las viejas historias de los años 40 en las tramas enrevesadas, no siempre perfectamente coherentes -y, en este caso, algo fuera de escala-; a ratos cuesta distinguir los flashbacks, en general muy buenos, aunque a veces se abusa de los mismos; y el final es una ensalada caótica y poco creíble (como si, cual Raymond Chandler en El sueño eterno, el guionista hubiera dispuesto de manera prometedora piezas en el tablero de ajedrez, y al final de la partida decidiera pegarle una patada al juego) que a varios espectadores puede emborronarles el conjunto. Eso sí, durante buena parte del metraje, ese guión funciona muy bien, especialmente con los ácidos comentarios del cínico detective encarnado por Clive Owen, que interpreta uno de los mejores papeles de su carrera. Como buen cine negro, hace un excelente uso de la atmósfera que tiene en derredor, y cambia las turbias calles de San Francisco por un aparentemente bucólico pueblo galo, el cual, sin embargo, atrapado entre la posguerra mundial y las salvajadas francesas en Argelia, bulle con una maldad que haría gozar al célebre autor Jim Thompson. Los papeles y actores secundarios también son interesantísimos. En definitiva, con todas las salvedades, creo que esta serie os hará pasar unas cuantas buenas horas.

-Inside nº9: más británica que el té de las cinco, y con mucho componente teatral, esta serie de capítulos independientes ha sido creada y guionizada por Reece Shearsmith y Steve Pemberton, que ejercen de actores protagonistas en todos los episodios (al menos, hasta lo que me he podido ver, pues de las nueve temporadas me quedan aún cuatro y poco). Lo único que tiene en común cada entrega, con mucha variedad formal y sin miedo a arriesgar, es que hay bastante humor negro, normalmente un misterio o un componente de intriga o terror, y que en algún momento sale a colación el número 9. La cuarta temporada, en particular, es fantástica, pero, como digo, no hay ninguna relación entre episodios, así que podéis discutir con otros televidentes sobre vuestros capítulos favoritos.

-Taboo. Con una única temporada que lo dio todo, esta serie, que impactó hasta cierto punto en su momento pero no tuvo la resonancia de otras contemporáneas, mostró a un Tom Hardy en estado de gracia en una intriga internacional y de época con una atmósfera muy sólida, que entremezcla muy bien un fondo de realismo con trazas de fantasía.

-The Newsreader es una serie australiana que describe el ambiente de una redacción de noticias en los 80, donde las elecciones personales se entrecruzan con la actualidad informativa de una época que, desde luego, tuvo su aquel. No es The newsroom, pero sobre todo la primera temporada tiene mucha fuerza, entre otras cosas por la garra de sus intérpretes.

Estas series, al menos la última vez que las vi, se podían disfrutar en Filmin.

miércoles, 1 de octubre de 2025

El relato de octubre: "Un fantasma de andar por casa"

                Cuando la señá Juani*

*no preguntéis por qué: todo el mundo en el barrio la llama la señá Juani.

tuvo necesidad de un gato, el rumor pasó de boca en boca hasta llegar a mí. En realidad, yo nunca he querido tener nada que ver con el mundo felino: los gatos me parecen animales inescrutables e incomprensibles, y a la vez –un poco contradictoriamente, he de reconocerlo- increíblemente hoscos y egoístas. Pero una compañera de trabajo nos había anunciado a bombo y platillo que su gata había tenido una camada*

*un sinvergüenza de gato, según relataba sobre el culpable; la gente no controla a sus mascotas, se quejaba amargamente.

y ahora tenía que repartir a los gatitos. Así que, un poco sin comerlo ni beberlo, me vi obligado a meter a una bola de pelo en una caja*

*con qué entusiasmo lo hizo: me pregunto si los mininos reciben un curso, en ese estado antes de haber nacido del todo, sobre Schrödinger y sus paradojas cuánticas .

y, luego, partir a la vivienda de la señá Juani. Yo, que apenas había cruzado un par de palabras con ella, y casi no sabía de su existencia. De hecho, mi mujer me advirtió: “ya la irás conociendo, ya”. “Pero si sólo voy a entregarle el gato y vuelvo”, respondí, hecho un incauto. “¿Te crees que es tan sencillo entrar y salir de la vida de la señá Juani?”, respondió con guasa mi mujer. “A la vuelta me cuentas”, expresó divertida mientras me marchaba.

                Lo cierto es que no noté nada especial cuando subí los cuatro pisos*

*sin ascensor, ¿podéis creéroslo?

del edificio donde habitaba la señá Juani. En cambio, una inquietante vibración me invadió cuando traspasé el umbral de su casa. No sabría decir qué era: puede que una corriente de aire frío, puede que fuera el atentado contra mi pequeño TOC sobre la limpieza que supuso observar la desordenada vivienda, o puede que la manera en que la señá Juani empezó a hacer alharacas cuando accedí a su hogar, agitando las manos y dando saltos de alegría. Primero me hizo llevar la caja hacia la mesa del comedor; luego alzó el minino varias veces, estrujándolo como si fuera un peluche, y diciéndole al animal cosas absurdas que sólo son capaces de pronunciar la gente que tiene felinos en casa. Entonces, la cara se iluminó:

                -¡Claro!¡Tengo que volver a sacar los cacharros del viejo gato! Están todos en el trastero. Ven conmigo, zagal, y así me echas una mano.

                Ahora es cuando me toca describir a la señá Juani. Era (y supongo que es, porque la última vez que la vi me pareció muy lozana) bajita y al mismo tiempo ancha, pero a pesar de todo tenía unos andares muy rápidos, a pasitos cortos, y en general nada femeninos, porque siempre daba la sensación de que sus pies permanecían a la misma distancia uno del otro, como si tuviera una barra de hierro que mantuviera un alejamiento constante entre sus tobillos*

*o, como me dijo ella misma, como si se le hubieran deslizado las bragas hacia abajo y estuviera caminando al tiempo que trataba de no pisarlas; no acierto a describir lo traumatizado que me dejó la comparación.

Unámosle a ello que la señá Juani normalmente llevaba vestidos, sencillos en apariencia pero de colores vivísimos, muy exagerados, con grandes estampados, flores y dibujos. La señá Juani era rotunda en todas sus formas: si me permitís la expresión, le sobraba pecho, culo y caderas como para detener un camión de golpe, de tal manera que siempre parecía que había comprado el doble de todo para cada una de sus partes. La edad siempre me pareció indefinida entre los cincuenta y los sesenta años, porque aunque en su pelo castaño-anaranjado, con el mismo volumen de una peluca de payaso y solo unas pocas ondulaciones más, no había ni una cana, a lo que había que sumar las abundantes arrugas de la cara (que asemejaban estar enfrentándose unas a otras en una batalla de trincheras) y unas gafas de culo de vaso como si hubiera instalado un telescopio en cada ojo y les hubiera añadido unas patillas de color vívido –el rojo y el nacarado han sido los quevedos más discretos que le he visto ponerse-. En fin, un cuadro de señora: la típica ama de casa, si me preguntan, sólo que con un criterio estético que hubiera hecho llorar a Karl Laggerfield y provocado una sonrisa a Gomaespuma y a Almodóvar. Pero si creéis que el aspecto de la señá Juani es lo más destacado de su personalidad, entonces es que necesitáis leer más.

                Vamos a empezar por el sótano, ése al que me llevó después de arrastrarme por una escalera de caracol imposible que, no sé cómo*,

*en serio, ¿no querrían plantearse lo del ascensor?

conectaba con el trastero. Y una vez abrió la desvencijada puerta de metal, me encontré con una habitación que parecía mucho más grande que desde fuera, con varias baldas alrededor de las cuales había múltiples objetos extraños: un cáliz de madera; un arca pequeña con alas como de ángel grabadas en los laterales; un martillo con adornos de tipo nórdico; una balanza decorada, en la parte superior, por una especie de perro negro; una lanza con sangre en la punta. Aunque, realmente, lo que más me chocaron fueron las etiquetas: a cada objeto se hallaba pegado una etiqueta de las que se hacen de manera automática con etiquetadora. Sólo pude echar un vistazo muy parcial a lo que había escrito en ellas, pero me pareció leer fechas anteriores al 10.000 antes de Cristo, referencias al imperio azteca y al jemer, y me sorprendió, en una urna, atisbar con el rabillo del ojo el nombre “Alejandro Magno”. En medio de estos múltiples cachivaches, la señá Juani sacó una barahúnda de objetos que todos los amantes de los gatos reconocen: cuenco para comida y para bebida, juguetes especiales para felinos domesticados, y un extraño abalorio de sadomasoquismo que algunos han decidido denominar “collar”.

                La señá Juani me condujo de vuelta al salón. Ya allí, algunas cosas me parecieron fuera de lugar: desde el atril que sostenía un libro abierto por la mitad, con extraños conjuros tanto en el lomo con en las páginas, y cuyas páginas se pasaban solas, hasta el hecho de que por detrás de los sofás se estuvieran deslizando sigilosas criaturas con rabo y alas de murciélagos. Que hubiera una escoba barriendo con total autonomía, mientras una baraja jugaba al cinquillo por sí misma sobre la mesa, alguna pista me dio. Conforme la señá Juani retrepaba sobre los asientos (por cierto, de un tapizado feísimo) con el gato en el regazo, sentí el irrefrenable impulso de preguntar:

                -Señora Juani… ¿no será usted una bruja, verdad?

                La señá Juani alzó la vista, me miró a los ojos a través de los ocho centímetros de cristal cubierto de una pátina de polvo del mismo color que sus cataratas, y me contestó, riéndose:

                -Uy, hijo mío, qué antiguo. Ya hace mucho que nadie nos llama así.

                Y mientras seguía acomodándose entre cojines y sillones, tratando de recolocar al gato conforme le esclavizaba con el collar, me señaló con la cabeza hacia la puerta del salón y me pidió:

                -Anda, zagalillo, ¿puedes cerrar? Es que entra una corriente que no le viene nada bien a mi reúma.

                La obedecí con el respeto de cualquier individuo cohibido ante una persona de más edad, pero no pude evitar notar que una zigzagueante corriente de aire se colaba por la estrecha ranura de la puerta justo antes de que la cerrara, para deslizarse a continuación alrededor de mis piernas y largarse a toda velocidad lejos de mí.

                -He notado como un… se parecía a…

                Como podéis comprobar, no tenía muy claro cómo describirlo.

                -Ah, será el fantasma -expuso de manera muy natural la señá Juani.

                Me sorprendió que hablara de ello como si se refiriera al sonido de la lavadora:

                -¿Y por qué motivo se ha quedado aquí el fantasma… alguna cuenta pendiente, un deseo sin concluir?

                -Pero qué deseo ni que ocho cuartas… Si el pedazo de bicho hacía lo que le daba la gana. Por no decir que meaba siempre fuera de su sitio. Era de un cochino…

                -Oiga, no sé si eso es muy prudente decirlo… si el fantasma puede oírla.

                -¿Oírme? Pues claro que puede, el muy ladino. Lo que pasa es que le importa un pedo de lobo lo que le digo, igual que le pasaba en vida. Yo iba diciéndole por ahí: “pero para de arrojar pelos por todas partes, so pedazo de boñiga”, y a él le daba todo igual, bufando por los rincones…

                -Perdone que me inmiscuya, noto que son unas palabras un poco fuertes para hablar de su marido…

                -¿MI marido?¿Pero qué diantres*

                                                                               *No dijo diantres

                                                                               dices tú de mi marido, especie de cacho de trozo de albóndiga? Yo estoy hablando de mi gato.

                -¿Aquí hay un fantasma… de un gato?

                -Pues claro: de Desdicha Eterna -dijo, con el collar definitivamente ajustado, mientras dejaba al minino que yo le había traído encima de una mesa e iba a llenar un cuenco con el agua de una botella cercana-. Yo le llamaba Desdi. Reconozco que me hacía compañía, pero era un engendro del demonio… Y no de cualquier demonio, porque venía del departamento de Abraxas en persona. No sé por qué le habían condenado en la otra vida, pero desde luego, hubiera hecho lo que hubiera hecho, se lo merecía. Eso sí, tenía un pelo finísimo: daba un gusto acariciarle…

                -Oiga, ¿y por qué se supone que se ha quedado el fantasma del gato por aquí?¿No se supone que los fantasmas sólo permanecen si se ha quedado algún asunto pendiente de resolver?

                -¿Pero qué va a tener pendiente el puto gato éste, si vivía como Dios? Yo creo que está aquí porque es un comodón, como todos los gatos: se ha acostumbrado a estar en el mismo sitio toda la vida, y no va a alterar sus costumbres por algo tan insignificante como el hecho de haberla espichado. Eso sí, por suerte, la orina fantasmal huele bastante menos, y se limpia mucho mejor.

                Se notaba que la señá Juani estaba concentrada en lo que decía, porque no se fijó en que el otro gato (el terrenal, el que todavía no había trascendido a un plano superior) había decidido, por su cuenta y riesgo, descender al suelo. Casi inmediatamente después de posar sus cuatro pies en él, un torbellino de aire le envolvió y le zarandeó, golpeándole de una manera que no pude discernir del todo por la rapidez por la que produjo, pero sin duda fue violenta. El gato visible salió como alma que lleva el diablo, dejando en su huida varios mechones de pelo, y yo diría que algo de carne y sangre. La señá Juani se escandalizó:

                -¡Madre mía, qué Cristo!¿Pero por qué ese animal del averno se porta tan mal?¿Qué tiene contra este pobre minino tan dulce que acaba de entrar en nuestras vidas? Tenemos que hacer algo con él… Anda, hijo, siéntate, a ver si pensamos algo juntos.

                Yo iba a obedecerla, pero cuando lo intenté, la escoba pasó justo a mi lado y me obligó a levantar los pies para permitirle barrer por debajo. Como no sabía muy bien qué decir, recordé que un cumplido nunca está de más:

                -Su escoba… barre muy bien.

                -¿Esa? Se busca cualquier excusa para arrinconarse en una esquina. Y además, si vieras los pifostios que monta con la Roomba. ¿Pero es que en esta puñetera casa no se puede llevar nadie bien?

                Apoyó un par de dedos de la mano en el puente de la nariz mientras cerraba los ojos y agachaba la cabeza. Luego suspiró.

                -Anda, vamos a ponernos con esto.

                Entonces, las páginas del libro empezaron a pasarse a mucho más ritmo, de tal manera que sentí un justificado temor a que el grimorio fuera en cualquier momento a prenderse de manera espontánea. Un poco asustado, pregunté a la señá Juani:

                -¿Pero qué va a hacer con el gato?

                La dueña de la casa debió de perder la concentración, porque las páginas avanzaron a menos velocidad, y ella abrió los ojos.

                -Le voy a volatilizar. Le voy a hacer arder. Le voy a…

                Creo que no hace falta ser mago, ni adivino, y ni siquiera psicólogo para darse cuenta de lo que un odio así, destilado a través de los labios de una persona, quiere decir en realidad. La señá Juani también hubo de percatarse, porque el caso es que las páginas del libro se ralentizaron hasta detenerse por completo. La mujer, entonces, se tranquilizó.

                -La verdad es que la culpa es mía. El día que Desdi se puso malo… yo le llevé al veterinario. A ver, que podría haber lanzado un hechizo y eso, pero ya se sabe, la magia siempre se cobra un precio, y a veces no merece la pena pagarlo, es mucho mejor que las cosas transcurran por el método natural… El caso es que el veterinario me dijo que no había nada que hacer y que le iba a poner una inyección. Y yo le dije que sí… Pero me fui.

                Se llevó las manos a la cara. Ahí sí que no tuvo más remedio que sentarse:

                -Nunca me lo he perdonado. Tendría que haber estado allí, en los últimos minutos, acariciándola. Los gatos sienten cuándo van a morir, saben cuándo llega su final. Y la presencia del dueño les ayuda, les reconforta, les proporciona algo de alivio antes de que se les cierren los ojillos para siempre… Le hubiera quitado los nervios ante la incertidumbre que surge en esa clase de circunstancias. Por eso está el gato aquí. Porque nunca nos despedimos. Él no es consciente del todo de que se fue.

                Estuvo unos segundos más con la cara tapada. Luego se quitó las manos de golpe del rostro y se levantó:

                -Venga, vamos a solucionar esto de una vez. Trae la marmita de la despensa.

                Y yo obedecí, como si fuera la orden más normal del mundo.

                Lo que tuvo lugar a continuación fue la sesión más desconcertante de preparación de pócimas que he vivido. Vale que sólo he vivido una, pero no fue como en las películas. Me recordó más a cuando mi madre hacía una receta de cocina, sólo que con ingredientes más raros, muchos de ellos vivos y echados directamente a la olla. De vez en cuando, cuando nos dábamos la vuelta, aquellas extrañas criaturas que bullían detrás de los sillones se movían subrepticiamente, de modo que sólo podíamos atisbarlos por el rabillo del ojo mientras arrojaban cosas a la marmita y huían con precipitación, aunque la señá Juani no le daba importancia a esos sucesos: decía que eso le proporcionaba “más cuerpo” a la mezcla. El caso es que el líquido en el interior empezó a adquirir tintes violáceo-rojizos y a borbotear de manera amenazante y, cuando la señá Juani consideró que había adquirido la consistencia adecuada (la verdad es que aquello se estaba volviendo de la textura de la melaza, de tal modo que costaba darle vueltas con el cucharón), y a pesar de que salía humo del caldero, cogió un pedacito de la mezcla con dos dedos, del tamaño de un gusano gordo, y lo tiró en un lugar intermedio del salón. Se escuchó, más que se vio, a una masa espectral acercarse al fragmento, olisquearlo un poquito, y luego ponerse a devorarlo*.

*Hay que puntualizar que contemplar cómo lo digería a través del tubo digestivo transparente resultaba un poco asqueroso.

La señá Juani se dio por satisfecha y se dirigió a la cocina:

                -¿Y ahora adónde va?-pregunté.

                -A buscar algo con lo que atraer al otro gato -respondió la señora.

                -¿Y para eso qué vamos a usar?-pregunté lo suficientemente fuerte para que me oyera a través de varias habitaciones de la casa. Como no me respondió inmediatamente, insistí-. ¿Cómo lo vamos a hacer?¿Un sortilegio?¿Un pentángulo?¿Un aquelarre?

                La señá Juani bizqueaba cuando apareció por la puerta, con un tenedor en la mano y una lata en la otra.

                -Con atún, naturalmente.

                Y de hecho, colocó el platito de la comida del gato junto al lugar donde aún se aposentaba el felino espectral, y depositó el contenido de la lata dentro del recipiente. El minino de este lado de la línea que separa el mundo de los vivos de la ultratumba no debía de ser muy listo, porque el caso es que se aproximó al plato con alimento como si por toda la habitación no estuvieran ocurriendo cosas raras. El caso es que, cuando se acercó, un nuevo remolino de aire le atrapó, pero en esta ocasión fue distinto: más que un ataque, fue como si le rodearan con una manta mediante varias vueltas, y después, chop, todo quedó en calma. Se trató de una especie de fusión, y el “plop” correspondió a la ruptura de la burbuja que separaba ambos mundos. El felino visible, de hecho, dejó de estar sobrecogido por el pánico y se quedó súbitamente quieto, aunque respirando fuerte, como si se sintiera desubicado por el cambio de lugar. La señá Juani agarró al animal y empezó a acariciarle y hacer ruiditos apaciguadores. Después, se puso a hablarle en voz muy baja mientras se sentaba en el sillón:

                -Ya está, mi querido Desi, ya está…

                El bicho empezó a respirar más acompasadamente. Se enroscó en el regazo de la señá Juani, apoyó la cabeza sobre sus patas, y cerró los ojos con una placidez como pocas veces he visto en una cara. La señá Juani estuvo acariciándole otro buen rato mientras el mamífero ronroneaba hasta que, finalmente, dejó de hacerlo, como si ya se hubiera quedado profundamente dormido, o quizás algo más. En ese momento, el gato parpadeó y se levantó de golpe, como un señor borracho que acaba de recuperar la consciencia y se descubre con unas ropas que no son la suyas, y salió escopeteado en dirección a las profundidades de la casa, donde, a estas alturas, me pregunté si había una mazmorra con un dragón. El salón se quedó en paz.

                -Bueno, yo ya si eso me voy -quise despedirme de la señá Juani, un poco aturullado todavía por los acontecimientos. Deseaba llegar a casa, poner en orden mis ideas, y quizá reflexionar al contarle todos los detalles a mi mujer, que seguramente los pondría por escrito.

                La señá Juani, desde el sillón, me hizo un gesto de aquiescencia, lo cual parecía realmente imprescindible para abandonar aquel rincón del espacio-tiempo. Antes de que me marchara, sin embargo, me pegó un grito:

                -Una cosita antes de irte…

                Volví la cabeza un segundo.

                -Para la semana que viene, necesitaré una lechuza. Una normal. Y tiene que ser lechuza, no búho.

                Asentí con parsimonia.

                Lo que ocurrió la siguiente vez lo dejamos para otro día. Al fin y al cabo, todavía me estoy recuperando de las quemaduras.

lunes, 22 de septiembre de 2025

Las historias cortas de septiembre: Cosas raras que te pasan en la vida (V y VI)

Cosas raras que te pasan en la vida (V):

            -¿Cómo ha conocido nuestra tienda? –pregunta la dependienta de un negocio de cactus-. ¿Por la página web, por un amigo...?

            -No. Casi me siento encima de uno de sus productos en el metro.


Cosas raras que te pasan en la vida (VI):

            A un chico de unos veinte años se le ha muerto su abuelo. Un amigo le da el pésame, diciéndole que lo siente, a lo que el otro, muy conmovido, le responde:

            -No te preocupes, Manuel... si ya sé que no es culpa tuya.

            "Menos mal", se dice Manuel, "ya creía que me iban a acusar de asesinato".


lunes, 21 de julio de 2025

El relato de julio: "Cita a ciegas"

 Inspirado en una idea original de Helena Tejera

 

                El lugar no tenía nada de particular. Nada hacía pensar que era uno de los restaurantes más de moda de la ciudad. Al menos en aquella salita de espera anodina, que lo único que alojaba era a varios futuros comensales aguardando, expectantes, por lo que prometía iba a ser la experiencia gastronómica de sus vidas. Al menos, hasta la siguiente temporada.

                -Me llama mucho la atención esto del “restaurante a ciegas” –conversaba Oliver con una mujer que tenía al lado, a la que no conocía de nada, pero que, como él, iba a ser uno de los afortunados aquella noche-. Cuando Adrián me invitó, me puse a pensar en posibilidades, y me volví loco. Yo es que soy muy aficionado a las novelas de Agatha Christie, ¿sabe?, y me imaginaba una reunión, todos a la oscuridad, sentados a la mesa, y que hubiera un asesinato… O, qué sé yo, que consiguiera juntar a todos mis herederos, en el futuro, en una cena como ésta, y les dijera “el que haya sobrevivido cuando encienda la luz, heredará toda mi fortuna”. ¿No le parece hilarante?

                -Eh… sí, claro –gruñó la mujer, no muy convencida de aquellos argumentos. La pareja de Oliver, Adrián, intervino con prestancia:

                -No le haga caso. Le gusta mucho el humor negro.

                -Uy, es verdad, creo que me he pasado –se disculpó Olivier-. Es que no todo el mundo entiende mis chistes. Menos mal que tengo a Adrián para advertirme de vez en cuando con un “cariño, te estás pasando”… Pero bueno, como yo digo, al final se me acaba queriendo, o al menos él, ¿verdad, Adrián? –dijo complacido mientras acariciaba a su compañero de vida por la zona de la mandíbula, donde su media barba rascaba de modo agradable-. No sé qué haría yo sin él. Tres años llevamos juntos. Y ahí estamos, tan felices como el primer día.

                Ahí la mujer desconocida parecía más cómoda, y de hecho dio la impresión de que iba a decir algo, pero entonces llegó una de las camareras del restaurante, quien interrumpió su conversación.

                -Buenos días, bueno, ya buenas tardes… Bienvenidas, damas y caballeros, a su velada en “Cena a ciegas”, donde tendrán la ocasión de degustar platos exquisitos, como bien saben, en la más absoluta oscuridad. Nuestros camareros invidentes les conducirán uno por uno a su sitio, de tal manera que, aunque estarán todos juntos en la misma sala, cada pareja o grupo de comensales tendrá su propio rincón donde disfrutar de su cena con intimidad. Después, les iremos trayendo los platos, que están preparados para que los puedan degustar con total facilidad con el tenedor y la cuchara que tendrán a los lados. La ventaja de hallarse privados del sentido de la vista es que podrán gozar con total intensidad del sabor de los alimentos, y el hecho de no saber que están comiendo no condicionará sus percepciones. Empezamos pues: ahora iremos nombrando a cada uno de ustedes y, por orden, uno de nuestros camareros les colocará en su asiento.

                A Oliver le tocó su turno cuando ya habían pasado la mitad de los invitados, incluyendo Adrián. Se sintió un poco nervioso conforme el camarero le desplazó delicadamente a través de las sucesivas puertas generadas a base de cortinas de terciopelo, las cuales les iban conduciendo, conforme las apartaban, a zonas de de mayor penumbra, hasta desembocar en la oscuridad más absoluta. Cuando se sentó, Oliver se agitó inquieto:

                -¿Adrián, estás ahí? Dime que estás, por el amor de Dios…

                -Sí, estoy –respondió lacónico Adrián. El tono cansado ya le debió de dar pistas a Oliver, pero este último se hallaba demasiado embargado por la emoción como para percatarse.

                -Ay, qué chulo, Adrián, esto es estupendo. Muchas gracias por el regalo. Todo me parece tan maravilloso…

                -Oye, hay una cosa que quería decirte…

                -Ya verás cuando se lo cuente a todas nuestras amigas. Les va a encantar…

                -No te he traído sólo para disfrutar de la comida…

                -¡Ay, alguien me ha tocado!¿Qué ha pasado?

                -Perdone, señor, soy su camarero. He venido a traerle los aperitivos.

                -Ay, gracias, ya pensé que me querían meter mano. Oyoyoy, qué bien huele todo.

                -Gracias, señor. Mi compañera y yo les dejamos estos entrantes y nos marchamos.

                -Muchas gracias… ¿cómo te llamas?

                -Andrés.

                -Muchas gracias, Andrés, te vemos luego… Uy, en serio, qué bien huele esto. ¿Y qué será? Voy a tocarlo con el tenedor a ver qué textura tiene. Oye, Adrián, ¿y qué me querías decir? Cuéntame, cariño.

                -Que te dejo.

                El cubierto se le cayó de las manos a Oliver encima de plato, y ante la ausencia de luz, resonó más de lo habitual, y provocó que las otras personas que se hallaban en la misma habitación, pero en otras mesas, volvieran la cabeza, a pesar de la inutilidad del gesto, porque no podían ver nada. Sin embargo, a Oliver no le importaba el resto del mundo: ahora sólo tenía ojos –es un decir- para su reciente ex pareja.

                -¿Pero… por qué?

                -Mira, te podría dar unas cuantas razones, pero no creo que importen mucho. El caso es que ya no me gustas y que no quiero seguir contigo. Llevo tiempo queriéndotelo decir, pero cada vez que hago la más mínima insinuación, me pones esa carita de corderito degollado con la que, de verdad, no puedo, no puedo. Así que he decidido cortar aquí. No era mi primera opción, pero me has obligado a hacerlo de esta manera.

                Durante unos segundos se hizo el silencio, que Adrián vio necesario rellenar:

                -Al menos, así podremos tener un último buen recuerdo. Una comida, agradable, en un buen restaurante… Es una buena despedida, ¿no? Creo que he sido muy considerado.

                Sólo a mitad de frase se dio cuenta de que Oliver estaba llorando. No de manera discreta, no, aunque así parecía al principio: porque unos segundos más tarde, cuando subió el volumen, era evidente que sollozaba como una magdalena, sin freno y ninguna clase de control. Tanto, que empezaron a escucharse bisbiseos desde las otras mesas. Adrián se rebulló incómodo en su asiento: estaba claro que no se había pensado mucho lo que, en un primer momento, aparentaba ser una buena idea.

                -Oliver, no me parece apropiado…

                -¿Y qué más da lo que te parezca, si ya no estamos juntos?¿También me vas a decir cuándo llorar?-se escuchó cómo Oliver se sonaba los mocos estruendosamente; a causa de la oscuridad, bien podía ser con una servilleta.

                -Oliver, esto es muy violento…

                -¿Violento?¿Y qué esperabas que dijera: <<uy, qué cosas, me dejas, bueno, qué le vamos a hacer, mira, qué rico está el salmón>>? El salmón o la mierda que sea esto, porque a mí no me sabe a nada. Necesito ver algo, maldita sea –el tenedor resonó varias veces, clavándose en el plato como si estuvieran acuchillando una escultura de mármol.

                -Oliver, deberíamos tomarnos esto como personas civilizadas que somos…

                -¡Te voy a dar yo a ti civilización!-se escuchó el ruido de un cuerpo desplazándose hacia adelante sobre la mesa, y seguramente se hubiera oído cómo el tenedor se ensartaba sobre la carne, de no ser porque un aullido de dolor reverberó por toda la sala.

                -¡Ay!-gritó Oliver, retirando el tenedor y taponándose la herida de una mano con la otra, menos dolido en los músculos dañados por el afilado metal que en el orgullo-. ¡Por favor, necesito ayuda!

                -Hola, señor, soy Andrés –sintió Oliver una mano sobre su codo-. Voy a llevarle a un lugar donde haya luz para poder tratar su herida. Por favor, déjese llevar por mí.

                -Ay, gracias, Andrés. Qué dolor, qué dolor.

                Oliver permitió que el camarero le desplazara a lo largo de sucesivas salas hasta llegar a una donde había un botiquín y un par de asientos. Andrés le sentó sobre uno de ellos y, tras abrir el botiquín y tantear su contenido, empezó a manipular el instrumental médico como si conociera de manera perfecta donde se hallaba cada medicamento. Tanto, que Andrés se preguntó si los nombres de las drogas estaban escritos en Braille en los botes.

                -Por favor, indíqueme dónde tiene la herida –le rogó Andrés, mientras se sentaba, con el objeto de aplicarle un algodón empapado en alcohol sobre la zona lesionada.

                -Aquí –obedeció dócil Oliver, llevando la mano del camarero hacia la sección de piel de donde aún manaba la sangre-. Oye, Andrés, ¿te ha tocado hacer muchas veces cosas de éstas?

                -Se sorprendería –apuntó el camarero-. De todas maneras, ya le he dicho a mi compañera de servicio que me parece que lo que ha hecho su pareja está feísimo. De hecho, ella me ha respondido que no tenía interés en volver a esa mesa en lo que queda de noche.

                -Gracias, amore –le colocó la mano en el pecho Oliver-. Uy, cuánto músculo, ¿no irás al gimnasio?

                -Lo dicho, señor, yo nunca le hubiera planteado una encerrona como ésa. No les conozco a ninguno de los dos, pero ésas no me parecen formas… A mí me han dejado de todas las maneras posible: por mensajes de texto, por carta… Un novio me dijo una vez que le esperara a la puerta de un Primark porque tenía que hacer unas compras… y todavía le estoy esperando. Incluso alguien me deslizó un fragmento de papel debajo de la puerta y se largó a toda velocidad, antes de que pudiera confrontarle.

                -Ah, pues sí que hay bastante variedad. ¿Y, de todas esas experiencias, cuál ha sido la peor?-preguntó, vivamente interesado Oliver.

                -Bueno, señor, soy de la minoritaria opinión de que al final lo de menos es cómo te dejen, sino lo importante que ha sido esa relación para ti y, por tanto, cuánto significa esa ruptura. Claro que prefiero verlo de una manera optimista, y encontrarle el lado bueno.

                -¿Y ése cuál es? Porque ahora mismo, Andrés, lo necesito mucho.

                -Pues que ahora tienes una nueva oportunidad para que alguien te pueda enamorar.

                En cuanto dijo esto, concentrado como se hallaba en curar la herida en la mano, Oliver apoyó su dedo sobre el mentón de Andrés, lo levantó, y le plantó un suave beso en los labios. Lo que ocurrió a continuación lo omitimos, para dejar espacio a la intimidad. Lo único que vamos a decidir que las luces permanecieron encendidas, y los ojos de Oliver, abiertos.

                Mientras tanto, en la sala oscura, Adrián, que ya había terminado los entrantes y tenía hambre, susurraba entre tinieblas:

                -¿Camarero?¿Oliver…?

                Sólo escuchaba el silencio.

                -¿Alguien…?