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domingo, 1 de febrero de 2026

El relato de febrero: "Mi Homero" (tercera parte)

 Esta historia tiene su antecedente previo aquí.

                Al día siguiente, a esa misma hora, estaban brindando con las copas llenas hasta arriba de dulce vino, que sabía el doble de dulce simplemente porque estaban vivos.

Las risas se prodigaban de un lado a otro de las múltiples hogueras donde los guerreros se abrazaban, reían, dedicaban sagrados holocaustos a los dioses… y luego se comían a los animales sacrificados, devorando hasta la última gota de su grasa.

                -¿Qué, cantor?-le preguntó uno de los soldados, dándole una sonora palmada en la espalda-. ¿Estabas muy inquieto esperándonos?

                Lo cierto es que sí, se dijo a sí mismo el que ya había sido oficialmente declarado el sustituto del ciego. El muchacho hubiera esperado que la fase de la batalla se viviera como en los poemas; sangre derramada, gestos de valor, carne y gritos, cuero y acero… En lugar de eso, hubo un período de silencio atronador y angustioso en la retaguardia del campamento, durante el cual al joven le asaltaban periódicamente imágenes de sí mismo y los soldados huyendo entre el bosque, corriendo por sus vidas, con el rugido de fondo de mortíferos jinetes cabalgando a lomos de caballos que iban tras ellos…

                La otra opción era la que se estaban viviendo esta noche. La que, por suerte, había acontecido:

                -¿Qué tal, maldito criajo?-el comandante se presentó con brutal espontaneidad y rudeza, como solía hacerlo cada vez que irrumpía en su vida. Se sentó sobre unas piedras y apoyó los pies encima de un hatillo de ramas que, dentro de muy poco, alguien prendería para hacer una nueva hoguera. Pero, mientras tanto, se mostraba relajado, bebiendo con total frivolidad de su copa.

                -Lo has hecho muy bien -le felicitó-. Confieso que tuve mis dudas, pero ahora… Hoy hemos conseguido una gran victoria. Eso los hombres lo valoran. Si seguimos teniendo suerte, tus poemas se convertirán en sinónimo de victoria. Y aquí entramos en lo importante.

                Inclinó la cabeza hacia su empleado:

                -Estaba batalla ha sido útil, pero es tan sólo la antesala de otra mayor. Sabemos que el enemigo está concentrando tropas en otro punto, para preparar un enfrentamiento que será realmente decisivo. Para entonces, necesito que tengas un poema épico preparado: uno grande, hermoso, y que motive a nuestros soldados a pelear hasta el final.

                Metió la mano en el interior de la armadura, donde guardaba un zurrón de donde extrajo una bolsa que colocó en el pecho del chico. El muchacho la agarró: desde fuera, podía palparse el tacto de las monedas.

                -Esto es por tus servicios; y para que vayas tirando hasta la próxima vez que nos veamos. Lo dicho, espero una composición de las que hacen época. Una que la gente recuerde, más incluso que la propia guerra de Troya.

                El muchacho asintió.

                Al día siguiente, hizo el petate y partió. No lo hizo por el mismo camino que el ejército. Se desvió hacia el hogar de la chica que le había regalado esos versos tan útiles. Se la encontró trabajando en el campo, junto con su familia. Cuando llegó cerca de la muchacha, depositó un grueso paquete de monedas sobre sus manos:

                -Tu trabajo me ha sido muy útil -le dijo a la chica. Y luego, dirigiéndose casi más a su familia que a ella, añadió-. Tienes un don. Aprovéchalo. Ojalá -dijo antes y después de un breve suspiro-, ojalá el mundo te deje sacar todo lo que tienes dentro.

                Luego, vagó por distintos lugares. Visitó recitales en honor a los dioses, y certámenes poéticos. Durante su periplo, escuchó a toda clase de poetas: unos buenos, otros malos, la mayoría regulares, unos cuantos excelsos. A aquellos de los que podía extraer buenas ideas, les pagaba para que le permitieran tomar al dictado sus palabras. De esa manera, volvió a crecer el poema, que él iba afilando, puliendo, cohesionando para que adquiriera integridad y coherencia. Para ello, intentó aplicar las fórmulas de los relatos orales del ciego a lo largo de todo el manuscrito; de esa manera, parecía como si éste siguiera hablando, aún después de muerto.

                Durante sus investigaciones, el muchacho viajó a lo largo de ciudades, pueblos, aldeas. En ellas, se disfrazó de variadas maneras: peregrino, pordiosero, poeta, heraldo… incluso mujer, en ciertas circunstancias. Durante algunos días, pudo pasear en los mercados de una gran urbe, escondida (o revelada) bajo ropajes femeninos, de la misma manera en que lo hizo Aquiles cuando trató de librarse de ser reclutado para la guerra de Troya. El joven (la joven) se preguntó durante aquellos paseos si en el fondo Aquiles, como ella, no se sintió feliz bajo aquellas prendas. Y si tal vez aspiró a que, en lugar de morir pronto, pudiera vivir una vida distinta que la destinada bajo la máscara de guerrero, en un contexto distinto, en otro lugar… Pero a nuestra heroína, como a Aquiles, le traicionó su amor las armas: en esta ocasión, por las armas de la palabra y de las letras. Era hora de volver a los caminos. En ese momento, cargada de un arsenal.

                En poco tiempo, el rapsoda se reincorporó al ejército y éste, como le prometieron, partió en un largo viaje. La mayor parte de los reclutas eran nuevos y no le conocían, ni a él, ni tampoco a su maestro. Por eso cuando, al final del primero de sus cantos, alguien se atrevió a preguntar de dónde había sacado aquella historia, él respondió:

                -Me la cedió un maestro. Un maestro ciego.

                Al decirlo, no se refería sólo al anciano que le enseñó: también a todos los que habían contribuido al poema, aún sin saber que sería asimilado en un todo mayor, que ahora viajaría con él a lo largo de los kilómetros, las veredas, los páramos, las ensenadas. Ninguno de ellos era consciente de estar creando algo nuevo. Eran ciegos al futuro, y al fenómeno que estaba sucediendo. Un hecho que quedó bautizado cuando el soldado que había preguntado entendió que “Homero” no era la palabra en griego para designar a un invidente, sino un nombre propio, y empezó a emplearlo como tal.

                El viaje fue largo, fatigoso, y sometió a todos los viajeros a obstáculos que pusieron a prueba sus límites. Tras aquellas interminables jornadas, al final del día, el cantor reconfortaba, acunaba, enaltecía los espíritus de los guerreros instigándoles a la batalla, al heroísmo, a ser siempre su mejor versión. Les mantuvo unidos después de agotadores recorridos por las montañas repletas de cuevas, y por húmedas caminatas en el barro; les alentó mientras cruzaban islas, mares, lagos y estrechos de bravos oleajes. Les insufló ánimos hasta la victoria: una a la que, sin duda, nuestro poeta contribuyó.

                Después de la batalla final, cuando se consiguió un gran y definitivo triunfo, y el objetivo del viaje se consumó, los soldados le preguntaron al cantor:

                -¿Y en el camino de vuelta, con qué vas a deleitarnos?

                El cantor sonrió con complacencia:

                -¿Habéis oído la historia de cuando Ulises volvió a casa? Tuvo un periplo más difícil que nosotros; y aun así, regresó.

 

                Este relato le debe una gran influencia a Homero y su Ilíada, una obra de Robin Lane Fox donde el autor discute las distintas posibilidades acerca de quién fue Homero y cómo compuso su poema épico. Yo he tomado prestadas algunas hipótesis, y he recreado las mías propias. La auténtica identidad de Homero nos será, probablemente, siempre desconocida… lo cual, en muchos sentidos, es más interesante que conocerla con seguridad. Mientras tanto, la autoría de la Ilíada, como la veracidad de la guerra de Troya, son cuestiones que se pierden entre la bruma…

jueves, 1 de enero de 2026

El relato del mes: "Mi Homero" (segunda parte)

Esta historia parte originalmente de aquí. 

               Los días seguían a las noches y, mientras, el ejército seguía avanzando. El joven iba transcribiendo los cantos de su maestro, al tiempo que visitaban a nuevos aspirantes. Normalmente, éstos tenían un poema preparado, que solía versar también sobre la guerra de Troya. De hecho, muchos coincidían con el mismo episodio que narraba el ciego.

                -Ya te lo he dicho alguna vez -reclamaba orgulloso el rapsoda-: cada historia tiene sus pasajes favoritos para todo el mundo. Al comandante no es el único al que le gusta. Al fin y al cabo, tiene de todo: amor, muerte, heroísmo. Padres que lloran, mujeres que lloran, guerreros que lloran… ¿a quién demonios no le va a gustar? Un buen drama le alegra a cualquiera.

                Sin embargo, de vez en cuando, se encontraban sorpresas. Como el día en que alguien les enunció la larga lista de barcos y héroes que habían desembarcado en las playas de Asia para luchar contra los troyanos. Joven y maestro estuvieron intercambiándose miradas (es un decir, porque el maestro las manifestaba, pero no las veía) durante todo el poema. Pero resulta que se estaban mandando mensajes opuestos:

                -¡Es horroroso!-se quejaba el ciego mientras, con la excusa de dar un paseo, dialogaban lejos de la casa.

                -¿El poeta o el poema?-le interrogó el joven.

                -¡Ambos!

                -Pues a mí la lista me gusta. Creo que muestra muy bien la situación inicial, antes de la batalla.

                -Eso no hay manera de memorizarlo…

                -Pero lo puedo escribir.

                El ciego bufó:

                -¿Y qué vas a hacer?¿Decirle que te permita transcribir el poema y que no le damos el trabajo? No lo va a hacer gratis.

                -Podemos pagarle. Estoy dispuesto a invertir parte de mi salario si hace falta.

                -A lo que tú tienes casi no se le puede llamar salario. Menos aún repartirlo impunemente por ahí.

                -Creo que es importante -expresó el chico.

                Y le miró con esos ojos suplicantes que el ciego no veía nunca, pero que, de alguna manera, era capaz de intuir.

                -Anda, ve adentro, pide material de escritura, y redacta rápido -dijo el ciego, dándole unas piezas de metal que hacían las veces de moneda en aquel tiempo -. Yo te esperaré aquí afuera. Al menos, hace buen tiempo -rezongó.

                 Entre tanto, el camino hacia el ejército enemigo proseguía, con el campamento levantándose a la noche, y desmontándose durante el día. Y, cada noche, el ciego narraba su porción de historia. Conforme se iban acercando al punto donde sucedería la conflagración, parecía que el maestro le ponía más impulso a sus narraciones, y exteriorizaba en mayor medida las emociones ligadas a los personajes. Y eso se transmitía a los oyentes, los cuales, a su vez, estaban más nerviosos por la posibilidad de entrar en combate. El cantor describía vívidamente los escenarios donde tenían lugar los hechos de la historia, de tal modo que los guerreros casi podían verse luchando allí. El joven cedió a la tentación de preguntar:

                -¿Maestro, cómo es que sabes tantas cosas de la zona donde está Troya?¿Es que estuviste allí?

                -Claro que sí, muchacho. Hace mucho tiempo, antes de que tú nacieras. Antes de que me quedara ciego. Recorrí aquella región hasta casi memorizarla de memoria. Por eso sé lo que vieron Áyax y Paris como si yo mismo hubiera estado allí.         

                -¿Y qué queda de Troya, maestro?

                -Oh, nada… Es decir, la ciudad sigue ahí, pero han cambiado tantas cosas que sin duda no tiene nada que ver con lo que contemplaron los ojos de Ulises. En cambio, el paisaje permanece, testigo de todo lo que ocurrió.

                -Maestro, tengo otra pregunta…

                -Me gusta que tengas tantas. Adelante, escupe.

                -Buena parte del poema se pasa repitiendo la idea del destino: los dioses saben lo que le va a pasar a Aquiles, nada ni nadie va a poder evitarlo. ¿Crees de verdad eso?¿Piensas que el futuro no se puede cambiar?

                El ciego dobló el cuello hacia un lado.

                -Pero Aquiles, en el fondo, elige. Después de que muere Patroclo, podría haberle enterrado, haberse marchado a casa, vivir cultivando el campo el resto de su vida. En cambio, elige la venganza; además hacia Héctor, aunque Aquiles sabe que él tampoco tiene la culpa de nada, porque fue Patroclo el que decidió asaltar las murallas de Troya a pesar de todas las advertencias en contra. Aquiles, conscientemente, escoge el camino de la guerra y la locura. Al final todos elegimos, sin duda: lo que ocurre es que somos esclavos de nuestras propias elecciones. Al menos -pronunció muy lentamente estas palabras- cuando nos dejan elegir…

                De todos modos, se empezaron a notar cambios. La salud del maestro se resentía. En una ocasión, le dijo:

                -Hoy no podré acompañarte. Estoy demasiado cansado. Ve tú a ver al candidato del siguiente pueblo.

                Y añadió, justo después:

                -Llévate material de escritura. Lo mismo te interesa algo de lo que te cuenten allí. Y, si no seleccionamos a ese aspirante, al menos se llevará algún beneficio -dijo entregándole unas cuantas monedas.

                -Pero, ¿y si lo escogemos? -preguntó el chico, que tampoco sabía si estaba preparado para esa cuestión.

                -No creo que lo hagamos -negó con la cabeza, bastante convencido, el anciano.

                Así que, en varias ocasiones, el muchacho acudió por su cuenta a escuchar candidatos. Y, en efecto, a veces ocurría que le gustaba la forma en que el poeta había enfocado un determinado episodio o contaba una historia, a veces sólo relacionada con la guerra de Troya de manera tangencial. El joven todavía no sabía del todo para qué transcribía estos fragmentos de relato, pero lo hacía, poniendo incluso de sus exiguos ahorros para conseguir esos pedacitos de narración que ampliaban un determinado punto de vista, desarrollaban un personaje, aportaban una nueva voz. Un día, se encontró con poema estupendo, aunque declamado por el cantor en un dialecto muy marcado, con expresiones muy propias del lugar. El caso es que el poema estaba tan, tan bien hilado, que tratar de adaptarlo al habla de su maestro hubiera supuesto destruirlo por completo. Aun así, lo conservó. De esa manera, al final, el muchacho tenía un canto más largo que el relato original del ciego, aunque compuesto de muchos fragmentos pequeños, difíciles de hilvanar entre sí. ¿Qué era lo que iba a hacer con todo esto?

                Un día, su maestro le llevó a dar un paseo por las afueras del campamento, sin ningún propósito concreto. Era una agradable tarde de primavera. El hombre ciego toqueteaba los arbustos, en parte porque era su manera de explorar el entorno, y en parte también como si buscara algo de manera cuidadosa. Finalmente, arrancó unas cuantas bayas de una planta:

                -Ten cuidado, nunca comas esta clase de frutos. Parecen inofensivos, pero son tremendamente venenosos. Pueden producir una muerte casi instantánea.

                El muchacho los observó con atención.

                -No sabría distinguirlas de otras bayas normales…

                -Así es la naturaleza -sentenció el hombre, con una sonrisa-. Finge, engaña, nos utiliza para su propio beneficio. Pasa igual que con las historias, ¿verdad? -reforzó más todavía su sonrisa-. Se modifican y se adaptan para su receptor.

                Al chico se le enarcó la ceja. Fue entonces cuando se atrevió a realizar una pregunta que llevaba mucho tiempo rondándole:

                -Maestro… ¿sabemos si la guerra de Troya alguna vez ocurrió realmente?¿Qué piensas tú?

                El ciego se rio. A continuación, se encogió de hombros.

                -Como te he dicho, las historias están ahí para las personas del presente. Se cuentan para servirnos a nosotros. A Andrómaca, a Menelao, a Briseida y a Néstor les sirve ya de muy poco que narremos sus tormentos y sus hazañas. Qué importa que lo que digamos sea cierto o irreal. Qué más da una mentira, siempre que nos proteja, nos salve… nos sirva para algo, de alguna forma, en algún lugar…

                El anciano se sentó en un tocón de árbol. Parecía cansado. Su aprendiz se sentó junto a él. El primero tocó el hombro del segundo, en un gesto afectuoso:

                -Yo… En fin, creo que eres… una mujer muy valiente. He conocido otras personas como tú en mis viajes. No muchas, desde luego… Quizá yo, al cantar acerca de seres mitológicos, de Hermafrodito, de individuos especiales, era más proclive a reconocerlas… Aunque, a pesar de eso, creo que no siempre he sabido tratarlas como debía. A decir verdad, aún hoy, no puedo entenderte del todo… Pero bueno, sólo quería decirte que comprendo lo sola que te debes sentir. Yo también me siento así a veces.

                El viejo se apoyaba en su bastón mientras hablaba, y permanecían espalda contra espalda:

                -No dejes que te arrebaten la posición en la que crees que debes estar -prosiguió, casi como si hablara para sí mismo, o para el resto del universo. Entonces elevó el tono de voz-. ¡Agárrate ahí… con todas tus fuerzas! El mundo puede ser un lugar muy oscuro y cruel. Avanzamos en él a ciegas. Pero de vez en cuando encontramos nuestra fuerza interior para llegar a ser héroes… o para encontrar astucias que nos socorran, como la del caballo de Troya.

                Dicho esto, el anciano se levantó, y emprendieron de vuelta el camino al campamento.

                Aquel día era uno extraño. Por fin habían caminado lo suficiente como para avistar al enemigo. Se planteaba la inminencia de la pelea, y por eso los ánimos andaban caldeados. Por todos lados, soldados, mensajeros y esclavos se movían de un lado a otro. En medio de aquel maremágnum, el comandante de las tropas prácticamente atrapó al joven aprendiz del ciego por el cuello y le espetó:

                -Avisa a tu maestro. Mañana, los hombres tienen batalla. Y han de estar bien motivados. Así que más vale que el poema de esta noche sea realmente inspirador.

                El chico asintió. Se encaminó con prestancia a la tienda que compartía con el cantor para advertirle. El problema fue lo que se encontró.

                Su maestro estaba tumbado en su catre, paralizado; la postura que mantenía, la boca entreabierta, indicaba de manera inequívoca cuál era su estado actual. A su lado, en una mesita, las bayas que su alumno le había visto recoger el día anterior. Era difícil descifrar la expresión que mantenía su rostro con aquellos ojos ciegos, pero el muchacho diría que en él había anidado una cierta paz. Aunque eso implicara que el joven perdiera toda la serenidad por completo.

                Durante unos instantes se quedó paralizado, sin saber cómo actuar. Luego, recobró la compostura y pensó que lo único que podía hacer era avisar al jefe de las tropas para advertirle. Y como supuso, a éste, en mitad del desbarajuste que tenía encima, la noticia no le sentó bien.

                -¿Cómo?¿Y tenéis algún sustituto? -recordando las palabras del ciego el día anterior, el joven negó con la cabeza-. Bueno, pues si es lo que tenemos, tendrá que valer. Esta noche, quiero una interpretación bestial por tu parte. Coge el mejor éxito de tu maestro, el poema que más entusiasma a los soldados, y reprodúcelo palabra por palabra. Y esperemos que seas capaz de enardecer a mis hombres para salir a matar.

                La última frase la dejó caer el militar con una mezcla de resignación y esperanza calculada que al muchacho no le tranquilizó demasiado.

                Con inmediatez y nerviosismo, el joven volvió a la tienda de su antiguo profesor (cuyo cadáver había sido retirado diligentemente por algún soldado bajo órdenes del comandante) y se puso a revisar entre sus papiros. Empezó a repasar mentalmente las veces que su maestro le había narrado las historias, tratando de recordar comentarios sobre si tal o cual pieza triunfaba, o era en cambio recibida de manera tibia. Tomó una de las escenas clave de la obra. La leyó en voz alta. No sabía si sonaba convincente. Buscó otro pasaje al azar y lo enunció con toda la sonoridad que pudo. Nada, no encontraba el modo. Se sentó sobre el catre donde dormía habitualmente, desesperado ante su situación.

                Y de repente, se dio cuenta. No le salía bien imitar al ciego; ni falta que le hacía. Más bien al contrario, cualquier intento de copiarle lo único que haría sería acentuar las diferencias frente a un público que estaba habituado a oírle vez tras vez, noche tras noche, con sus habituales latiguillos y fórmulas de repetición. Y, desde luego, el joven no pensaba renunciar a algunas de ellas (al fin y al cabo, si su maestro las había escogido, era desde luego porque funcionaban). Pero, si lo que quería era sorprender a los soldados, debía ofrecer algo nuevo, distinto.

                Volvió la vista hacia el texto que les había dado la chica que, en su día, había confesado que escribía para su hermano. Lo hojeó: en efecto, era bueno, muy bueno. Por supuesto, no podía leerlo delante de los militares, acostumbrados como estaban a que el ciego recitara de memoria. Pero, si lo ensayaba, sería capaz de cantarlo en voz alta aquella noche… y suplir los olvidos con las técnicas de improvisación que había aprendido con el viejo durante los últimos meses.

                Aun así, todo eso era más fácil pensarlo que luego encontrarse ante varias centenas de hombres, ocupando toda la superficie del claro del bosque que la propia guarnición había abierto para instalar su campamento. Contemplar a toda esa masa de virilidad masculina, que se veía (y se olía) violenta, nerviosa, con las armaduras a medio quitar como si fueran a atacarles en cualquier momento, no era una situación fácil. El joven nunca había notado tantos ojos puestos encima. En cierta medida, se sentía como cuando Patroclo se enfundó la armadura de Aquiles para hacerse pasar por él y se preguntaba, al contemplar su propio cuerpo flacucho sobre las fornidas piezas de metal, si estaría a la altura de aquello de lo que pretendía disfrazarse.

                Había una cierta tensión. El muchacho no sabía si se debía a la cercanía de la guerra (y, por tanto, que muchos de aquellos hombres supieran que no estarían allí al día siguiente, y unos cuantos creyeran erróneamente que sí que lo harían), o a la incertidumbre que él mismo transmitía. Por eso, cuando empezó a recitar, acompañando su canto con la lira, tenía un opresivo nudo en la garganta.

                La mirada del comandante, al darse cuenta de que se apartaba de las clásicas formas del ciego, no contribuyó a calmarle precisamente.

                Pero, poco a poco, conforme las palabras fluían, un cambio se fue operando en aquella masa de individuos. El texto que el chico había escogido era aquel en el que el rey Príamo acude a ver a Aquiles, quien lleva arrastrando por el suelo durante días, atado a un carro, el cadáver de su hijo Héctor alrededor del túmulo de Patroclo, en la proximidad de las murallas de Troya. El anciano rey Príamo ha decidido venir no como rey de una ciudad asediada, sino como padre, para convencer al héroe griego de que le devuelva el cuerpo con objeto de darle sepultura:

                -Acuérdate de tu padre, oh Aquileo, semejante a los dioses, que tiene la misma edad que yo y ha llegado a los funestos umbrales de la vejez. Quizás los vecinos circunstantes le oprimen y no hay quien le salve del infortunio y la ruina; pero al menos aquél, sabiendo que tú vives, se alegra en su corazón y espera de día en día que ha de ver a su hijo, llegado de Troya. Mas yo, desdichadísimo, después que engendré hijos valientes en la espaciosa Ilión, puedo decir que de ellos ninguno me queda.

                Durante este párrafo, el joven apreció un cambio en el ambiente del campamento: más relajado, menos duro… hasta húmedo, a causa de las lágrimas. Porque, ¿qué soldado no tenía padres?¿Cuál no se acordaba de los hijos que había dejado atrás, o se preguntaba si los volvería a ver algún día?¿Qué hombre, al escuchar aquellos versos, no recuperaba una parte de la esencia de su humanidad? Una fracción que, a lo largo del embrutecedor viaje hacia el lugar de la batalla, habían perdido.

                Los soldados le dedicaron una ovación cuando terminó. Henchido por el orgullo, sin embargo, el muchacho no tuvo ocasión de que la legendaria hubris o arrogancia desmedida le invadiera y le condujera a la perdición, como le ocurría a la mayor parte de los héroes mitológicos. Porque cuando bajó de su estrado, el comandante se acercó para encararse con él:

                -Si hubieras cantado este poema cualquier otro día, te hubiera mandado decapitar -le abordó secamente. Y mientras los músculos del muchacho valoraban si eran capaces de evitar la liberación de sus esfínteres, el comandante prosiguió-. Pero hoy nos has venido bien. Hoy les has recordado a sus hombres por quién luchan… y cuál es la única manera segura que tienen de volver a casa. Que, por supuesto, es batirse mañana. O eso me encargaré de recordarles a primera hora con una arenga. Reza porque esa clase de motivación sea suficiente para vencer.

CONTINUARÁ...

lunes, 22 de diciembre de 2025

El relato del mes: "Mi Homero" (primera parte)

                Al hombre se le vio llegar (y se le adivinó la identidad) ya desde lejos. Entre otras cosas, por su bastón. También, porque le acompañaba un soldado, guiándole con cuidado mientras le asía delicadamente del brazo. Por otra parte, era cierto que no había mucha gente de silueta desconocida que se acercara por allí. Así que cuando la mujer lo vio, no tuvo dudas acerca de que él era el hombre sobre el cual le habían hablado.

                Cuando llegó, el soldado rehusó entrar en la casa (aunque no rechazó un poco de queso y unas aceitunas, que comió de cualquier manera en el soleado entorno). En cambio, el ciego aceptó el ofrecimiento, y también un banquete más sustancioso. Sólo cuando ya había comido y bebido lo bastante se aproximó la madre, con un chico joven al lado:

                -Aquí está mi hijo -declaró-. Ahora veréis por qué le comparan con una sirena de las que cautivan a los marinos.

                A un leve gesto de la mujer, el ya más que adolescente (aunque aún lo pareciera) empezó a entonar una melodía. El hombre ciego escuchó con delicada complacencia aquel armonioso canto, que embriagaba y le llevaba, como en volandas, a parajes bellos y exóticos…

                Unos cuantos minutos después, el hombre asintió satisfecho, y la madre envió a su hijo a otra parte de la casa. De hecho, se aseguró de que estuviera bien lejos antes de empezar a hablar en voz baja:

                -¿Qué os ha parecido?

                El invidente se encogió de hombros.

                -Canta muy bien, en efecto. Pero le faltan algunos atributos necesarios para ser un buen cantor de poemas. Para empezar, no es ciego. Es difícil que le acepten sin serlo, aunque sea por pura tradición. Y luego está otra cuestión…

                La madre enarcó una ceja, preocupada.

                -En la aldea me han dicho -indicó el hombre- que no le llaman “sirena” sólo por su hermosa voz.

                El ciego no podía verlo, pero el rostro de la mujer transparentó con total claridad cómo el alma se le había caído a los pies:

                -¿Puedo hablar en confianza?

                -Por supuesto.

                -¿Y en confidencia?

                El ciego asintió de nuevo con la cabeza:

                -Los invidentes no podemos ver, pero en ocasiones podemos también no oír, y hasta callar.

                La madre suspiró, como si llevara conteniendo el aliento muchos años:

                -Hace poco me dijo lo que todos sospechábamos. Que él no se siente un hombre, dice. Que le gustaría haber nacido mujer, como sus hermanas. Comprendedme, ¿qué futuro le espera? En esas circunstancias, no puede enrolarse en un ejército. En el pueblo nunca le van a mirar bien. He perdido toda esperanza de que se case -a pesar de que procuraba mantener un volumen bajo, en este punto no pudo evitar un deje de angustia bajo el cual su tono se elevó-. He invertido mucho tiempo y dinero en su educación, porque sé que es lo único que puede sacarle de este sitio. Yo sé que a los cantores se les suele ver como seres distintos, tocados por los dioses, a los que se les permiten… ciertas excentricidades. ¿Hago mal en querer buscarle un destino distinto al final aciago que mis sueños intuyen?

                El ciego negó con la cabeza:

                -No. Hacéis bien -y tras unos segundos, agregó-. Dejadle bajo mi cuidado. Seguro que hallamos una manera de lograr que este chico encuentre su hueco en el mundo. Al fin y al cabo, éste es enorme: si existe un lugar para los ciegos, ¿por qué no lo va a haber para él?

*

                Cuando el chico viajó con el invidente y el soldado adonde se encontraban acampadas las tropas, el comandante supremo de aquel ejército griego lo tuvo clarísimo:

                -No, de eso nada; alguien que tenga vista no puede declamar poemas para mis hombres. Ellos no lo aceptarían. Creen que Apolo habla a través de los ciegos; y es cierto que a nadie que posea ojos que funcionen le he visto almacenar tantos versos en la memoria. Pero puede ayudarte a buscar un sustituto -sugirió el militar al rapsoda-. Y así dejas de llevarte a uno de mis soldados cada vez que hagas una excursión a un villorrio olvidado por los dioses.

                Desde los primeros días, se habituaron a la rutina: por la noche, el joven oía al maestro ciego declamar sus versos delante del pelotón de soldados, quienes, a la luz de la hoguera, escuchaban embelesados la historia de cómo Aquiles se pelea con Agamenón, iniciando una secuencia de acontecimientos que acaba por conducir a la muerte de Patroclo, amante de Aquiles, quien a su vez se venga matando a Héctor, príncipe de Troya. Desde su posición elevada, el poeta recitaba la historia, acompañándose, en los momentos más trascendentales, de la lira, cambiando la entonación de la voz para imitar a los personajes, realizando gestos, interaccionando con el público, al que hacía gemir, reír, llorar, y por supuesto participar, como si cada soldado fuera un héroe más del poema. Luego, por el día, mientras el ejército marchaba, el maestro y su alumno se desviaban a un lugar donde habían oído referencias (a través de los lugareños) de alguien que podría aspirar a ser el siguiente cantor. Mientras tanto, en sus largas caminatas, el ciego recitaba el poema para que el joven lo fuera memorizando. Por supuesto, en lugar de declamar sólo un trozo, como hacía noche tras noche con los soldados, le iba descubriendo fragmentos mucho más largos. El chico no tenía problema en seguirlos, pues había escuchado otros poemas sobre la guerra de Troya, en los que se detallaban distintos episodios y salían a colación los mismos personajes. Lo que sí se dio cuenta, a lo largo de la narración, es de que el maestro nunca contaba de la misma manera dos veces la historia:

                -Claro que no -le explicó el maestro, entre risas-. Aunque mi memoria se ha empeñado en compensar mi visión, todavía no tengo poderes infinitos, como los seres sobrenaturales. Tienes que encontrar un equilibrio: si el poema es muy corto, te lo sabes muy bien, pero no puedes mantener entretenidos a los soldados mucho tiempo, y bien se sabe que las caminatas hasta el lugar de la batalla son largas. Pero si es muy largo, no puedes memorizarlo correctamente y acabas soltando cualquier tontería. Hallas la dosis justa entre lo que dejas a la cabeza y lo que le permites a la improvisación.

                -¿Y por qué no cantarles otros poemas distintos?-planteó el joven.

                -Bueno, a veces lo hago, cuando me quedo corto y todavía no nos hemos topado con el ejército enemigo. Pero no funciona igual: los soldados saben apreciar la diferencia entre un poema trabajado y una simple historia. Además, al comandante le gusta el relato de Aquiles y Patroclo: dice que enseña a los soldados que renunciar a la lucha por egoísmo personal solo trae consecuencias peores. Por culpa del desmedido orgullo de Aquiles, su amante Patroclo muere, y al final Aquiles, el de los pies ligeros, tiene que volver a la lucha. Cuando el héroe griego mata a Héctor, ha sellado su destino, ése que le debía llevar a decidir entre tener una vida larga pero anodina, o una breve pero heroica. Lo dicho, al comandante le gusta que esa historia se recalque bien a lo largo del viaje. De hecho, prefiere que la repita dos veces a que nos enredemos con los otros muchos episodios de la epopeya que suceden antes o después. Y eso que la guerra de Troya da para… mil vidas, amigo mío, mil vidas, como mil fueron los barcos que zarparon por Helena una vez.

                La primera casa que visitaron tenía a un aspirante que era casi un niño. El chico no declamaba mal; el problema era su nefasta memoria. Se olvidaba de lo que tenía que decir, se adelantaba, se enredaba con lo que iba después… Si la ceguera conllevaba que se le agudizasen los otros sentidos y capacidades, estaba claro que eso aún no había sucedido. El maestro lo daba por imposible cuando una muchacha de aproximadamente su misma edad (evidentemente, su hermana) salió fuera de la casa a impedirles que marcharan:

                -Mi hermano sólo necesita tiempo para memorizar los versos. Si le dais unos años…

                -Por desgracia, tiempo es lo que no tenemos, muchacha -sonrió con dolor el anciano-. ¿Por qué te crees que buscamos un sustituto? Mii corazón no resistirá mucho tiempo más estos viajes. Necesito un sucesor que tenga las capacidades que estoy buscando, y lo necesito ya.

                -Yo podría hacerlo -dijo la muchacha, que levantó la vista orgullosa-. Yo sí tengo la memoria que le falta a mi hermano.

                Al ciego le faltó tiempo para echarse a reír.

                -No te ofendas, jovencita, pero los soldados nunca aceptarán a una poetisa. Eso, por no decir que me parece una idea atroz que quieras pasarte la vida entre campamentos de soldados.

                -Pero hago versos muy buenos -protestó airada la muchacha-. Yo he sido quien se los ha escrito a mi hermano: llevamos días ensayándolos. Podría recitarlos; incluso, podría redactarlos, y que fuera otro quien los leyera -enunció, mirando en tono de súplica al joven.

                -Querida, todas esas ideas me parecerían maravillosas… en un mundo ideal -contestó el ciego-: pero ni con los mejores versos del mundo te aceptarían. Y dudo que mi comandante quiera pagar a una poetisa y a un recitador: ya es bastante poco lo que me pagan a mí, y si aceptan a este muchacho es sólo porque saben que necesito un remiendo.

                La muchacha se hallaba visiblemente decepcionada. Incluso el ciego lo notó, a través de los silencios:

                -Seguro que una joven lista como tú sabe encontrar su camino. Y sí, he de reconocerte que los versos eran muy buenos: al menos, los que recordaba tu hermano.

                Cuando ya se marchaban, la chica volvió a salir, después de un breve intervalo que había aprovechado para entrar de nuevo en la casa:

                -Como mínimo, leed la historia -les instó ella, y echó otra mirada solícita sobre el muchacho-. O que os la lean. Quizá si el comandante ve que los versos son buenos, se lo piense.

                El ciego permitió que el joven cogiera el papiro que le tendían, y lo guardase. El chico palpó, en esa hoja, todo el trabajo que la niña había puesto, y que la familia también había invertido, pues aquel material de escritura era sin duda caro para lo que esos campesinos ganaban. Mientras caminaban de vuelta al campamento, a una necesariamente baja velocidad, el muchacho iba leyendo el papiro, al tiempo que el invidente agitaba la cabeza:

                -De verdad que es una pena, porque no están nada mal. Si los hombres fueran distintos…

                -De todas maneras, no es mala idea que dice la niña, ¿no? -inquirió el muchacho-. Si no encontramos a un buen ciego, siempre puede leerse el poema en voz alta. Eso permitiría que fuera más largo.

                El rapsoda adquirió gesto dubitativo:

                -Mira, chico… O chica, no sé cómo prefieres que te llame -ahí se produjo una honda pausa, en la que al muchacho se le notó, a través de sus brazos, atenazado por la tensión, la esperanza, las dudas. El ciego resopló tras unos segundos-… Bah, seguiré usando el masculino. No es nada personal, ¿sabes? Cómo te sientas por dentro sólo te incumbe a ti… pero si un soldado me escucha llamarte de una manera extraña, es probable que lo paguemos los dos muy caro… En fin, lo que quería decirte es que te podría soltar un sermón sobre cómo la palabra oral es superior a la escrita, y en parte pensarás que lo digo porque soy ciego, y en parte tendrás razón. Pero me quedan cuatro días sobre esta miserable tierra, y ya no estoy para subterfugios: muchísimos sabios defienden que la narración oral tiene sus ventajas sobre lo que está escrito sobre un soporte físico, y yo estoy de acuerdo. A un papiro no le puedes preguntar, una tablilla de arcilla no va a corregir el error que se ha plasmado sobre su superficie. Pero no se puede ser dogmático con estas cosas -afirmó-. Puede que algún día te encuentres un comandante menos inflexible, y aunque todo narrador ha de tener una buena memoria, ¿quién soy yo para decir qué nos deparará el futuro? Soy ciego, no oráculo. Así que, mira, quédate con ese texto y… quizá, a partir de ahora, podamos comenzar a escribir el poema. Sólo por si acaso, ¿eh? No querría morirme, y que mi narración perezca conmigo, antes de que encontremos a mi sucesor.

CONTINUARÁ...

lunes, 26 de agosto de 2024

El relato y la historia real del mes: "Apuntes para una novela sobre Carolina Coronado"



Victoria Carolina Coronado y Romero de Tejada, nos dicen las diversas biografías que podemos encontrar por la web -algunas de las cuales nombraremos a lo largo de este esbozo-, nació en 1820 en una familia pudiente de Almendralejo (provincia de Badajoz) de alto nivel cultural  y corte progresista. Tanto, que Carolina llega a bordar de niña una bandera en defensa de Isabel II durante una de las guerras civiles que se desatan entre liberales y carlistas. A pesar de que a Carolina se la educa de manera tradicional para su época, con las restricciones habituales para su sexo, ella sostiene profundas preocupaciones intelectuales y, al mismo tiempo, influida por el movimiento romántico de su tiempo, muestra una honda sensibilidad (hasta tal punto que, si queremos ser un poco malévolos, y teniendo en cuenta anomalías posteriores de su comportamiento, podríamos calificar su personalidad de “intensita”; una definición que también podría ser adscrita a Bécquer, Byron y otros poetas pertenecientes al mismo estilo). En ese sentido, es fácil burlarse de cómo, de pequeña, Carolina defendía que era capaz de hablar con los muertos –este detalle lo comentaremos más adelante-. Al mismo tiempo, sin embargo, ha de alabársele su compromiso social en favor de la defensa de la mujer (así como  en contra de la esclavitud en las colonias) y su extraordinaria actividad política: por ejemplo, ya de adulta, organizando tertulias literarias en las que participan personalidades como Emilio Castelar −a quien, según se dice, llegó a ocultar en una ocasión de la policía. Pero en esta novela esquemática queremos centrarnos en su actividad literaria: cuentan que el primer poema, de los muchos que escribió, está dedicado a la muerte de una tórtola, pero que no podemos conocer su contenido porque la obra fue enterrada con la propia ave. Así se la gastaban los románticos. No debía de ser mala poetisa –por cierto, hay quien dice que el término se crea al tratar de distinguirla de sus homólogos masculinos-, a juzgar de sus contemporáneos, pues tras unos versos publicados a la tierna edad de diecinueve años, su paisano Espronceda le dedica unas líneas, elogiando la composición. Algunos destacan, de sus versos, su extrema belleza. Me llama la atención cómo varias biografías subrayan que sus primeros poemas, en buena medida, están dedicadas a los amores imposibles, en concreto de una figura literaria llamada Alberto que no se sabe si existió. Pero me impacta más todavía que la Wikipedia dice que, supuestamente, ese Alberto imaginario murió en el mar. Así que yo me quiero imaginar cierta escena…

                La superficie del lago, en mitad de Extremadura, se muestra tranquila. Alberto y Carolina (ninguno de los dos llega a los doce años), con esa felicidad en la mirada que sólo se puede detentar cuando se contempla reiteradamente –hasta beberse el alma– a tu primer amor, se acercan con serenidad al velero que les espera en la orilla. Alberto, caballeroso él, se adentra primero en el barco, y le ofrece su mano. Ella, con delicadeza, se apoya en el brazo de su paladín para subir al bote, mientras desplaza con delicadeza los pliegues de su vestido, impidiendo que éstos toquen la superficie de lo que, si hoy no es océano, mañana mismo lo será. El futuro que se abre delante de sus ojos depara, únicamente, felicidad y hermosura.

                No saben que, dentro de sólo un par de horas, ambos estarán muertos, o algo muy similar.

                En la siguiente escena, vemos cómo la tormenta ha invadido por completo el lago. Alberto intenta gobernar el velero, mas le resulta imposible. Carolina trata de ayudarle, pero se siente impotente, pues la fuerza del viento le impide apenas asir los cabos, o siquiera mantener el equilibrio sobre la superficie del esquife. De hecho, cuando va a atrapar una cuerda, se escurre, se suelta de su agarre, y se desliza sobre la superficie del frágil navío. Carolina cae al agua de espaldas. El rugido atronador de la tormenta cesa, y sólo se escucha, bajo el agua en la que se hunde, un silencioso eco letal…

                En ese momento, es cuando se aparece la Muerte. Carolina hubiera creído que, bajo dichas circunstancias, y dadas sus creencias y trayectoria, se le habría manifestado con la tradicional forma de esqueleto caracterizado en hábito oscuro, pertrechado con capucha y una guadaña; pero no. Quizá por ser ella mujer, aficionada a los mundos exóticos, es invocada como una diosa india de múltiples brazos y rostro cual máscara impenetrable, que acompaña cada frase con millones de extremidades desplazándose de manera sincronizada a la vez. Su voz es también cavernosa –a pesar de la seducción que emite-, como si las múltiples gargantas de su interior compitieran por discernir cuál es el tono adecuado en el que deben formular:

                -Te diré cómo va a acabar esto –pronuncia con seguridad absoluta la criatura-: Alberto muere. Tú vives, al depositarte las olas, con suavidad, desmayada en la orilla. Tú llorarás su muerte durante meses, pero te recuperarás y podrás tener, tras el duelo, una aburrida vida normal.

                -Me niego a eso –se opuso ella, quien, mágicamente, no tenía ningún impedimento al respirar, ni tampoco con hundirse. Como si flotara, en completa ingravidez, sobre un espacio etéreo, en lugar de ahogarse-: sálvale a él, mátame a mí.

                -Eso no es posible –replicó la Muerte, tajante-; pero te propongo un pacto. Alberto sobrevivirá: pero tendrá que ser en otro lugar, en otro mundo, sin memoria, sin recordar nada de ti o de la vida que habéis compartido. Y tú saldrás adelante, pero cada vez que Yo vuelva a ti, resucitarás. Eso sí, tendrá un precio: un coste terrible, que habrás que pagar.

                -Acepto, sea lo que sea –no hubo duda en ella-: tengo que salvar a Alberto.

Bajo este prisma, escuchar a Carolina decir que habla con su padre fallecido adquiere una dimensión distinta. Lo mismo ocurre respecto a sus ataques de catalepsia. El primero ocurre en 1844, con veintipocos años, y a la familia de la joven (a quien casi todo el mundo cree muerta) le mandan cartas de condolencia y coronas de flores; por supuesto, a la fallecida en la flor de la vida le dedican poemas que alternan entre la exaltación de la belleza y el dolor. Sin embargo, el médico a cargo se niega a confirmar la defunción: él cree que se halla en una especie de letargo, e incita a los allegados a esperar. La razón confía en este hombre de ciencia. Así hasta que, finalmente, el cadáver despertó.

Con la piel pálida, los tirabuzones negros colocados perfectamente y un vestido blanco impoluto quedó Carolina tendida durante varios días, hasta que una mañana, de repente, volvió a la vida.

Eugenio M. Fernández Aguilar, en Muy Interesante

El estupendo artículo de Fernández Aguilar dedica una larga introducción precisamente a ese temor decimonónico a ser enterrado vivo (ése que llevó a Alfred Nobel a pedir que le vaciaran las venas, por si acaso, antes de introducirle en el ataúd), y los artefactos especiales –por ejemplo, las campanitas atadas al dedo gordo del pie del supuesto finado- destinados a evitar una muerte trágica que, por otro lado, haría las delicias del romanticismo. En todo caso, Carolina despertó, y pudo agradecer personalmente los tributos que le habían rendido sus contemporáneos con un poema. Más adelante, escribiría Dos muertes en una vida, que no se publicaría hasta después de la muerte de la artista. Pero, por supuesto, le quedaba mucho por sacrificar.

Carolina se despierta. No sabe bien dónde está. Se encuentra enterrada, como si fuera dentro de un ataúd, vestida de negro, como la retrató ese famoso cuadro legado para el mundo por Madrazo, y hoy exhibido en el Prado. Pero se halla tranquila: ya ha sufrido esta falsa muerte otras veces, en que fenece por completo, pero retorna después -sin ningún aparente percance- para reincorporarse al mundo de los vivos de verdad. Hasta que, de repente, se aparece de frente la misma Muerte a la que desafió un día en el agua: pero, esta vez, la Dama del Lago se digna sonreír.

-¿Sabes que, en esta ocasión, estabas embarazada?

Carolina siente un hondo pozo negro abrirse de golpe en su interior.

Carolina se casó con Justo Horacio Perry, diplomático norteamericano. Por lo visto, él vivió uno de sus ataques de catalepsia en directo, y aquello fue lo que le incitó a desposarse con ella: dos veces, por el rito católico y por el protestante. Pero las cosas se complicaron con la muerte, antes del año después de nacer, de su hijo varón. El hecho de predecir más tarde el fallecimiento de su hija Carolina, acaecido cuando la chica tenía dieciséis años (y su hermana Matilde, la hija menor del matrimonio, unos doce), no parece haber servido para aliviar la pena causada por el pavoroso trance. Escribe Fernández Aguilar:

Su propia hija menor contempló a su madre correr de un lado a otro cortándose los tirabuzones y gritando desesperada. Carolina parecía negar la evidencia y ordenó embalsamar a su hija con la esperanza de conservarla incólume, la cubrió de joyas e hizo un trato con las monjas clarisas del convento San Pascual, en el Paseo de Recoletos de Madrid, para que dejaran el cuerpo de su hija en un armario de la sacristía. “No abrir, propiedad de Carolina Coronado”.

(…)

Carolina se enfadó con la muerte que parecía negarse a sus deseos, ella quería morir en vez de sus seres queridos, creía que sus episodios de catalepsia habían sido un desafío para la Parca, quien como castigo a su insolencia le había permitido vivir hasta ver fallecidos a casi todos los suyos”.

                El resto de la novela puede encajar fácilmente en el formato de la historia de terror. Pasamos de la época feliz con la familia (en que su palacete en la calle Lagasca en Madrid servía de centro de reunión de la intelectualidad del momento) a un período distinto, durante el cual el matrimonio decide emigrar a Lisboa. Allí, el carácter atormentado de Carolina, consecuencia lógica de los reveses familiares -además de, por si no fuera bastante, una parálisis que la había dejado con escasa movilidad desde antes de su matrimonio-, se recrudeció más todavía. Cuando su marido muere, manda embalsamarle, y hace como si siguiera estando vivo. Habla y discute con él, se acerca para que recen juntos. Hasta le apodaba “el silencioso” o “el hombre de arriba”. De igual modo, se opone a que su hija Matilde se case con el que acabará siendo su futuro marido y, cuando el matrimonio finalmente se produce, le prohíbe que abandone el dormitorio común que madre e hija compartían, incluso en lo que tendría que ser su noche de bodas.

                Carolina fallece a muy avanzada edad. La última etapa de su vida no será fácil, porque además la familia no posee grandes riquezas, después de que su esposo se arruine tras invertir en el cable de comunicaciones submarino que une Europa con América (en un nuevo duelo entre la fantasía y el raciocinio que se disputa, de manera continua, en este siglo XIX. Se puede hablar, en esta novela, de este audaz proyecto, el cual tuvo múltiples fracasos e intentonas; demostrando que la ciencia tarda en funcionar, pero que, cuando lo hace, transforma de manera irreversible el mundo, y hace desaparecer la magia, aunque nunca será para siempre). Carolina, además, rechaza un homenaje que pretenden rendirle sus contemporáneos: lo expresa, como en otras declaraciones públicas a lo largo de la vida –incluyendo una ocasión en la que anunció, de forma a la postre falsa, que iba a dejar de escribir- mediante un poema. ¿Por qué el mundo no recuerda más la labor literaria de Carolina Coronado, a pesar de que hoy sigue estando disponible? En parte sin duda porque era mujer; también, con bastante probabilidad, por su rechazo a estos homenajes, o porque su vida pública fue absorbida por el drama insuperable de su vivencia privada;  dicen que también contribuyeron tantos años de relación con políticos que propugnaban la revolución, lo cual provocó que desde el poder la censuraran.

                En todo caso, en la fase final de la novela, hay que imaginarse a Carolina con más de noventa años, vestida como casi siempre de luto, delante de ese ataúd que, merced a los avanzados medios técnicos de la época (¿sistemas de introducción de aire?; ¿o que permitían abrir el féretro desde dentro?), garantizará que no sea enterrada viva. Entonces, por última vez, en absoluta placidez, se le aparece la Muerte, que conversa serenamente con ella. ¿Qué le dice la Dama Última, para que Carolina acceda a rendirse, y deje de resistirse al fin? No sabemos cuál es la amenaza: pero la anciana se mete en el ultramoderno sarcófago, y cierra ella misma la tapa. Puede que aún siga despierta, bajo tierra, junto a la tumba de su marido, pensando, aguzando el oído para escuchar, de ese mundo de allí afuera, aunque sea algo. Preguntándose, casi seguro, cómo la recuerda la posteridad…

lunes, 26 de agosto de 2019

La historia corta de agosto. Historias del metro (11)

          Un hombre, en el metro. En el vagón, estábamos los dos solos. Y entonces veo, escucho, que está cantando una extraña canción en voz alta. Pero la canción es muy extraña:
         -Sum-sum, sum-sum, sum-sum.... Tacatacatacatacataca… bemol.
        Y de repente me doy cuenta: está cantando los sonidos del metro. Está emitiendo la respiración, de ese inmenso animal desnudo, temible como una ballena, digno de compasión como esa misma ballena bajo el influjo de los arpones, ante las heridas que le abren, cuando se detiene en cada estación...
           
          Y cuando se detiene, el hombre hace:
         -Fu, shhhh, ah –esto último cuando se abre las puertas.
         Rememora los pitos. El tacatacatacataca, es el chirrido de las ruedas contra las vías... El bemol, no sé a qué viene.

        Tal vez ese hombre, en su interior, tenga música. Tal vez el que tenga música, y no nos damos cuenta, es todo el mundo exterior.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Los poemas de diciembre: "De lavanda y hueso", de Miriam Villares


Muchos os acordaréis de Miriam Villares, una de las voces del fanzine Fragmentos de Tinta (del que hemos hablado aquí en tantas ocasiones) y, de ellas, la que representaba para nosotr@s a Erato, la musa de la poesía lírica. Pero volviendo al presente, me alegra hablar de su nueva publicación, el poemario "De lavanda y hueso", de "Ediciones en Huida". Tuve el privilegio de asistir a la presentación del libro, y allí, poetas y editores comentaron las características de la poesía que pulula por sus páginas. A algunas de las frases que se expresaron en su momento (en las que se mencionaron palabras como "vanguardia", "silencio", "mujer", "anatomía"), quizás me gustaría añadir que cada uno de estos poemas se convierte en una invocación de imágenes, de momentos, y de una determinada atmósfera, de tal manera que -como se mencionó en la presentación- se dibuja un conjunto de sentimientos adscritos a una realidad fragmentaria, construida a base de piezas incompletas, al igual que en un puzzle que no aguarda que nadie lo venga a montar. Como la mejor poesía se demuestra recitando (y espero que con el permiso de Miriam, que también es amiga), os cuelgo aquí algunos de los poemas que más me han llamado la atención. Espero que os guste y vayáis a por más, entre otras cosas porque la edición está muy cuidada (juega no sólo con la sonoridad de las palabras, sino también con la disposición física de las mismas), y hay por tanto efectos que sólo se pueden escuchar, unos que sólo se pueden leer, y otros en cambio que han de verse, y para eso hay que tener a mano el libro. Mientras los vivís de una manera u otra, un saludo, y buenos poemas.

Genealogía

Primero fue la acción de ignorar
después la del olvido,
finalmente, ya no existía,
no había palabra que le diera cuerpo.
Aún sin clasificar.


Preludio

Flores silvestres como silencios
silencios silvestres como flores,
a existir, nada ni nadie les obliga.


Hoy salgo de noche.


Es la hora de comer

Ahora mismo la ciudad está construida
con los ladridos de los perros,
no sabemos por qué, pero están tristes.
Silencio que transforma el espacio.


Pertenencias que olvidar.

Ni tuyo es el martillo, ni mía la flor.
Silencio de mujer, silencio de hombre.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Homenaje a Gloria Fuertes

En el aniversario del fallecimiento de Gloria Fuertes, unos pocos poemas suyos (completos o en fragmentos; "uy, qué raro, me ha salido un pareado" XD). Los dos primeros, "Plumilindo" y "La momia tiene catarro" son muestras representativas de la imagen que todos conservamos de Gloria Fuertes como poetisa infantil, y han hecho las delicias de los lectores más jóvenes -cada uno tenía su favorito- durante ya varias generaciones. Los cuatro siguientes nos recuerdan que Gloria Fuertes no se dedicó sólo a escribir para niños y no tan niños, sino que fue también una destacada poetisa para adultos, destacando en ella un profundo compromiso social y antibelicista. Finalmente, un poema que me han regalado hace poco, dedicado a la letra "eñe", y que quizás merezca una explicación, Muchos de vosotros habéis sentido -cuando tratáis de mandar un correo electrónico o escribir un texto en un ordenador extranjero-, cómo, en el teclado que manejabais, la letra "eñe", ésa tan genuinamente castellana, se encontraba ausente, teniendo que recurrir a recursos externos, subterfugios, sinónimos, o incluso a variantes fonológicas extranjeras (la "nh" portuguesa o la "gn" francesa) para haceros entender. A mí también me ha ocurrido, pero quizás vosotros no habéis tenido la suerte de, al otro lado de la conversación, tratar con alguien que le saca punta a este contexto, haciéndote hablar de núes y de nandúes, de años y rebaños, o de añojos de gusto añejo. Afortunadamente para mi equilibrio mental, hace tiempo que puedo usar la "ñ" con libertad, pero echo de menos esas conversaciones, igual que entonces echaba de menos la "ñ" (la cual, quieras que no, está contenida en ese trocito de tierra que tantos han tenido que extrañar por razones ajenas a ellos mismos, y que ha venido en llamarse España), y también está contenida en esa palabra, "añoranza", que sirve para expresar tan bien cuando queremos volver a sentir algo de nuevo. Por eso, creo que ahora es apropiado decir: te añoramos, Gloria Fuertes.

Plumilindo
(El cisne que sería ser pato)
(Fragmento)


Este es Plumilindo.
Por decorativo y elegante
le tenían aparte en el estanque.
Desde su estanque particular
veía a los vulgares patitos disfrutar.
Todos los patos admiraban su belleza
y las patas, por él, perdían la cabeza.
Plumilindo siempre solo,
y más helado que un polo.
-¡Qué mala pata tengo!
¿Por qué no seré un pato mareado y corriente
en vez de triste cisne de pluma transparente?
¡Triste es mi vida! ¡Qué vida llevo!
¿Por qué no me habrán frito cuando era huevo?
(El cisne, así se lamentaba
y el agua del estanque aumentaba,
porque Plumilindo lloraba como un grifo.)
¿Qué me importa que me saluden las flores,
que me pinten los pintores,
que hagan fotos a mi cabeza divina
si estoy SOLO en la piscina?
(Plumilindo lloraba como un descosido,
bajo el sauce escondido.)
Se acercó una pata muy coqueta
y le hizo cosquillas con la aleta.

La momia tiene catarro
(Fragmento)

En un lugar desierto del Desierto, se empezaron a oír unos ruidos extraños, que no era el lamento del viento.


 Alrededor no había nada,


 ni palmeras, ni animales,


 por eso los ruidos,


 no eran naturales...

... De donde únicamente podían salir los extraños sonidos era de la pirámide cercana; pero dentro de la pirámide no había nada. Mejor dicho, había una «cosa», ¡la momia! -porque una pirámide sin momia es como un fantasma sin castillo-.
Así que los lejanos vecinos de las pequeñas casas apiñadas como hojaldres estaban -no precisamente encantados por la pirámide encantada-, estaban ¡aterrorizados!
De la abandonada pirámide seguían saliendo ruiditos misteriosos día y noche (de noche daban más miedo).
Los antiguos nómadas, hoy sedentarios, tranquilos (e intranquilos) habitantes de las casas y tiendas de alrededor dispusieron sus dromedarios y sus camellas e iniciaron la caravana hasta el próximo poblado «civilizado » y... ¡raptaron al médico!
Bien raptado y maniatado, llevaron al doctor hasta la pirámide y, colocándole junto a una de las piedras que -según los más viejos- era la antigua entrada al picudo monumento, empezaron los trabajos.
A fuerza de cánticos, conjuros, palanquetas y, sobre todo, a fuerza de fuerza, cedió la puerta -que no era puerta, sino un enorme pedrusco.
El doctor dijo con miedo: Pa, pa, papa, pasen...
-Usted primero, doctor.
-No, por favor, ustedes primero... Yo... Yo no tengo nada que hacer aquí... A mí me llaman para que no se mueran los vivos, no para que resuciten los muertos... Lo mío es curar vivos, no sé nada de muertos, no entiendo de momias... Soy puericultor...
-¡Hemos dicho que pase, doctor!
Y le dieron tal empujón que fue a parar a los pies del sarcófago... Después entró el cortejo de asustados cortesanos. Un silencio, bastante sepulcral, reinaba en la ante-tumba. Tumbada, quieta y vendada yacía la momia . La momia, estaba momia, que era lo suyo, momia y callada. Imposible que de su boquita vendada saliera el más leve susurro.
De pronto, se deshizo el hechizo, el silencio bastante sepulcral del que antes hablaba se vino abajo cuando... unos estornudos estruendosos retumbaban contra el eco del salón piramidal.
-¡Achís, achis!
Después, silencio de nuevo. Después, tímidos pasos. Los pasos aumentaban de sonido. No cabe duda, los pasos se acercaban.
En la semioscuridad de la nave apareció una cosa larga, que brillaba canosa.
¡Apareció una barba! ¡Qué cosa!
Una bárbara barba, brillante y frondosa,que llegaba hasta el suelo y barría las baldosas. La barba habló: ¡No asustaros!
Era una barba con hombre. Era un hombre dentro de una barba, y no habló más... Se abalanzó sobre el doctor y le estrujó en un abrazo.

Barba y doctor temblorosos.


¡Qué susto más horroroso!



Yo como
comes
El come
Nosotros comemos
Vosotros coméis
¡Ellos no!
(Extraído de Mujer de verso en pecho, 1996).


Siempre con los colores a cuestas

No olvido cuando rojos y negros
corríamos delante de los grises
poniéndoles verdes.
Cuando rojos y verdes
temblábamos bajo los azules (de camisa)
bordada en rojo ayer.
Asco color marrón
que siempre huele a pólvora.
Páginas amarillas leo hoy
para encontrar a un fontanero
que no me clave.
Siempre con los colores a cuestas.
Siempre con los colores en la cara
por la vergüenza de ser honesta.
Siempre con los colores en danza.
Azul contra rojo
negro contra marrón
como si uno fuera Dalí o Miró.

HAY QUE DECIR LO QUE HAY QUE DECIR


Hay que decir lo que hay que decir pronto,
de pronto,
visceral
del tronco;
con las menos palabras posibles
que sean posibles los imposibles.
Hay que hablar poco y decir mucho
hay que hacer mucho
y que nos parezca poco:
Arrancar el gatillo a las armas,
por ejemplo.


Ya ves qué tontería
Ya ves qué tontería,
me gusta escribir tu nombre,
llenar papeles con tu nombre,
llenar el aire con tu nombre;
decir a los niños tu nombre,
escribir a mi padre muerto
y contarle que te llamas así.
Me creo que siempre que lo digo me oyes.
Me creo que da buena suerte.
Voy por las calles tan contenta
y no llevo encima más que tu nombre.



Poema a la eñe

Todo tiene eñe en España,

¡hasta España!

Eñe, el coño o la cigüeña que nos trae,

eñe la cizaña o la guadaña que nos lleva,

eñe la niña que nos enfría,
eñe la leña que nos calienta.
Eñe la caña con que pescamos,
eñe del paño que nos alienta,
eñe de moño que aún baila jota,
eñe de maña que maña ostenta,
eñe de uña que nos araña,
eñe extremeña.
Eñe de caño de fuente,
eñe de cuña que injerta,
eñe de añicos,
eñe de mierda
o eñe de niño, que somos todos,
los que aún latimos con un poema.

Éstos y otros poemas de Gloria Fuertes podéis encontrarlos en su página de Cervantes Virtual, y también en blogs, recopilatorios, homenajes y, por supuesto, vuestra librería o biblioteca favorita.