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lunes, 16 de octubre de 2017

El relato de octubre: una de romanos (segunda parte). El final de "R.O.M.A".

Como algunos recordaréis, hace un tiempo colgamos en este blog la primera entrega de un (¿relato largo?¿novela corta?) inspirado de manera muy libre en la antigua Roma. Os ofrecemos ahora el final. esperando que, tras leerlo, os entren ganas de construir un acueducto, vestir toga, o levantar un imperio. Que lo disfrutéis:


R.O.M.A.
(Segunda parte)


-Oye, Cindy, ¿no sabrás donde está Bruto? Tengo que hablar con él una cosa sobre la operación de mañana.
            El agudo tono de voz de su secretaria se hubiera escuchado incluso para alguien que sólo estuviera mirando a Caesar escuchar el teléfono desde un lado. A éste no le gustaba el timbre de la chica (ni tampoco sus habilidades como secretaria, las cuales consistían básicamente en poseer un busto que ocupaba casi toda la mesa), pero menos aún las noticias.
            -De acuerdo. Si le ves por ahí dile que le estoy buscando, ¿de acuerdo? Que en cuanto pueda, que me intente llamar.
            Pero Caesar no se quedaba tranquilo dejando el recado. El cuerpo le pedía hacer algo, actuar, la acción. Por ello, bajó por el ascensor del servicio, sin que nadie le viera, al garaje. Allí, el ya advertido chófer, con el aire de sigilo que le caracterizaba, le tenía el coche dispuesto y con la puerta abierta, sin que hubiera necesidad de hacer preguntas. Aún así, se arriesgó:
            -¿La dirección, señor?
            -La habitual de los jueves –esgrimió Caesar, y con ello no hubo necesidad de nada más.
            El automóvil de alta gama se deslizó por entre las calles grises, repletas de personas que no miraban a los laterales, atentas sólo a las imágenes de sus teléfonos móviles o a posar frente a vasos de plástico de lujo un café hecho de plástico a su vez. En ese contexto, el coche de Caesar pasaba inadvertido para los viandantes, pero él también les ignoraba a ellos. Tan sólo observaba la pantalla de su móvil conforme tecleaba el número, escuchaba durante un par de tonos, y luego volvía la cabeza la pantalla donde salía el nombre de “Bruto” junto a un auricular tachado, y resonaba de fondo la consabida cantinela: “El número marcado está apagado o fuera de cobertura…”
            El coche llegó a la entrada de un (de discreto, casi escondido) parking subterráneo que no tenía ticket para pasar. Solamente un timbre que el chófer accionó, para luego declarar, a la pregunta que le formularon:
            -Ha llegado el Caballo de Troya.
            La barrera se levantó y les permitieron pasar.
            Una vez llegados a uno de los pisos superiores, a Caesar le acogieron como siempre: cocktail de bienvenida, unas cuantas muchachas guapas envueltas en boas de pluma, la Madame conduciéndole con una conversación entretenida hasta la habitación. Sin embargo, no hicieron falta demasiados preliminares porque el ritual ya era de sobra conocido. En poco tiempo, le tuvieron dentro de una sobria habitación donde la chica (o mñas mujer que chica) vestía con la misma sobriedad de la habitación, como si aquel se tratara de un lugar distinto al que había venido a parar.
            -Eres un enfermo, Caesar –le escupió Pompeya a la cara, nada más entrar-. Reniegas de tu mujer y vuelves a ella cuando se ha convertido en puta; y en cambio, a la puta la conviertes en tu esposa.
            -Si te refieres a Cleopatra, ella no es mi mujer –replicó adusto Caesar.
            -No, ya, el título oficial lo detenta Calpurnia. Por cierto, ¿dónde la tienes?¿En un viaje de representación, muy lejos, en Hong Kong?¿Qué se cuenta?
            -Está en Singapur. Ha mandado recuerdos por Skype.
            -Espero que no agradables –rechinó Pompeya.
            -Decía que tenía un mal presentimiento. Suele tenerlos unas dos veces por semana.
            -Siempre has desdeñado lo que poseías, y en cambio buscas con ansiedad aquello que no puedes tener. A Cleopatra la quisiste sólo porque se le encaprichó a Antonio, y ahora, a mí…
            -Yo nunca quise que te metieras a… prostituta –se atrevió Caesar a confesar la verdad.
            -¡No, claro!, ¿y qué otras opciones me quedaban?-allí la impresión que Pompeya proporcionaba no era la de una cortesana, sino la de la esposa que en su día fue-. ¡Rechazada por su marido, apartada de la empresa, acostumbrada a un tren de vida, a ver cuántas opciones le quedaban a una por ejercer en esta ciudad!
            -No entiendo por qué me echas a mí la culpa de esto.
            -¡Ah, claro!¡Va a resultar que no fuiste tú el que me repudió!
            -Ya te lo dije… No tenía más remedio. Después de que Clodio irrumpiera en… vuestra soirée, vestido de mujer, había demasiadas sospechas de adulterio.
            -Pero tú mismo dijiste que me creías inocente…
            -Aún así, la gente…
            -¡Oh, sí, ya me sé esa cantinela!-replicó despectiva Pompeya-. “La mujer de Caesar no debe sólo ser honrada, sino parecerlo”. Tú y tus frases hechas… Parecen hechas de cara a la galería, para que puedan soltarse en cualquier ocasión en los próximos mil años… Pero no tienes ni idea de lo mal que le sientan a la gente que tienes alrededor.
            -Pompeya, eres lo suficientemente lista como para entenderlo. Aquello era una crisis; ponía en duda nuestro matrimonio; y cuando una unión marital implica poseer el 50% de las acciones de una compañía, estas cuestiones se vuelven extremadamente delicadas. Los inversores estaban inquietos: tenía que apaciguarlos de alguna forma.
            -¡Echándome de comer a los perros!¡Arrastrándome a la indigencia!¡Apartando lo que era posible de mí!
            -Era el papel institucional que me tocaba hacer en ese momento… Debía dar la mayor impresión de firmeza posible… Pero te ofrecí dinero, Pompeya. Lo hice de otra manera, escondida, secreta, bajo mano. Fuiste tú la que no aceptaste.
            -¡Dinero, dinero! Tú siempre has solucionado las cosas de esa manera, Caesar… No eran vulgares monedas las que en aquel momento yo necesitaba de ti.
            Pompeya se sentó y encendió un cigarrillo. A Caesar no le pasó desapercibido cómo su piel se había avejentado como consecuencia del nuevo estilo de vida que llevaba desde hace tiempo. Sintió una punzada de culpabilidad a causa de ello, pero procuró enterrarla al fondo de su cerebro, como hacía siempre. Aquel desván ya se encontraba demasiado lleno, pero la puerta, de momento, conseguía aguantar.
            -La verdad, la auténtica verdad, Caesar, es que a mí nunca me quisiste como a otras. Siempre he sabido que sólo te casaste conmigo porque era la nieta de Sila, tu enemigo, y el anterior jefe de la compañía. Todo el mundo entendía la hábil estrategia desde el punto de vista de la política de la empresa, incluso yo lo asumía. Pero al menos quería, a cambio de eso, un poco de disimulo… quizás algo de amor.
            -Cumplí con mis deberes de marido –se defendió Caesar.
            -A veces simplemente cumplir con tu deber no es suficiente –mordió como una tigresa atacada Pompeya-. Como hiciste con Cornelia cuando mi abuelo te ordenó que te divorciaras de ella y tú te negaste y saliste huyendo. Aquello era algo más. Aquello era pasión.
            -Lo hice todo por puro tacticismo –se escudó de una extraña manera Caesar.
            -Pues engañaste a muchos –contestó Pompeya-; tal vez con que me hubieras engañado de la misma manera, yo hubiera tenido suficiente. Hubiera sido… feliz.
            Pompeya apoyó un par de dedos sobre el lugar donde confluían la nariz con sus ojos.
            -Me duele mucho la cabeza.
            Se levantó del puff de enardecidos colores eróticos donde se sentaba y se acercó a un armarito, de donde sacó una estilizada botella de color ambarino, y una caja de pastillas. Se tragó varias de golpe, y un sonoro trago de alcohol también. A Caesar le preocupaba lo mucho que Pompeya bebía en los últimos tiempos. Por no hablar de otras cosas. Sin embargo, como ella se encargaba de recordarle, ya había perdido toda incumbencia para poder opinar sobre este asunto.
            -¿A qué has venido entonces?-preguntó Pompeya, con pinta de que quería dar por zanjada esta conversación cuanto antes-. ¿A darme dinero, como otras veces, a preguntarme cómo estoy para sentirte menos culpable?¿O esta vez te vas a cobrar algo más y vas a exigirme que tengamos un breve y tórrido caliqueño? Aunque te lo advierto, te va a salir más caro y te va a saber peor que cuando yo era tu mujer.
            Entonces Caesar la miró. Y se sintió de golpe muy cansado. Sin ganas de luchar. Él, que en circunstancias adversas, era cuando más se crecía. Él, que se sintió en su salsa aquella vez que le secuestraron los terroristas chíitas. Que alcanzó el máximo poder cuando más acosado se encontraba por las deudas. Ahora, en cambio, no tenía ganas de discutir en absoluto. Y de hecho, sorprendentemente, le salió un inesperado:
            -Mira, vengo a… No sé a qué he venido en realidad –confesó-. Pero ya que estoy aquí, quería… Sólo quería decir que lamento cómo ocurrieron las cosas. Y que quizás no te sirva de nada, pero al menos quería decirte que lo siento.
            Dicen que este tipo de declaraciones te libera de un peso interior. A Caesar, aquella revelación a tumba abierta. no se le produjo esa sensación. Puso los brazos en jarras y se plantó delante de Pompeya:
            -¿Satisfecha?
            Ella, exhalando tranquila su cigarrillo, curiosamente serena, se atrevió a argumentar:
            -No lo sé. Quizás sí. No te voy a decir que gracias, o que estás perdonado. Pero, joder, sí, lo necesitaba.
            Se colocó el pelo para no perder ni un ápice de elegancia.
            -¿Qué, vas a querer un polvo, aún así?
            Caesar amagó una mueca.
            -No, qué va; se me han pasado las ganas.

*                                 *                                 *

            Caesar, sin embargo, mentía. Se le habían pasado las ganas, pero era con Pompeya. Un par de minutos más tarde, se encontraba en la sauna del edificio, detrás de los glúteos de una chica oriental. “Quiero una reina bárbara”, había exigido a la Madame del establecimiento. Aunque, por los gritos y el sudor que chorreaba ahora mismo, no reflejaba una imagen demasiado regia.
            Unos instantes después, Caesar trataba de relajarse dentro de la sauna, con el cuerpo casi por entero sumergido por el agua. Ignoraba por completo a la muchacha, la cual se recuperaba inescrutable en un rincón. El silencio se mantuvo hasta que a Caesar le dio por fijarse en la decoración del sitio.
            -¿Ésa es una estatua de Pompeius?-inquirió incrédulo. La chica volvió con desgana la vista.
            -Creo que sí. Digo que creo porque en realidad nunca le llegué a ver en persona. Le asesinaron mucho antes de que yo entrara a trabajar aquí. Por lo visto, se dejó mucho dinero en este sitio.
            <<Apuesto que sí, viejo zorro>>, maldijo en voz baja Caesar para sus adentros. Hasta podía ver, reflejada en el mármol de la estatua, la cara de sátiro de su viejo compinche.
            -Me voy a buscar unas bebidas –dijo la chica, visiblemente hastiada de quedarse allí sin hacer nada-. ¿Quieres algo?
            Caesar, indiferente, negó con la cabeza. Él seguía bebiendo de la copa con la que había empezado su sesión con la muchacha. Cuando la joven se alejó, Caesar se quedó un rato tranquilo, pensando. Más o menos hasta que la estatua de Pompeius rompió a hablar.
            -¿Qué tal andas, Caesar?
            El aludido se encogió de hombros.
            -Supongo que dormido, porque una estatua me habla en sueños. O tal vez es que me he vuelto definitivamente loco.
            -Tal vez se trate de los remordimientos, ¿no crees?
            -Yo de eso no fumo –negó displicente Caesar.
            -Dime, amigo mío, ¿cómo te ha ido desde que no estoy?¿Te sirvió de algo mi sacrificio?
            -Yo no fui quien lo busqué; supongo que tus fuentes al otro lado te habrán informado. De hecho, lamenté de manera amarga tu muerte delante de los que contrataron a los sicarios.
            -Por desgracia, Caesar, lo único que no saben ver los muertos son las intenciones de los vivos; sobre todo, cuando éstos son capaces de fingir lo contrario de lo que desean. En todo caso, reitero mi pregunta, ¿qué tal te va?¿Desembarazado de tus enemigos, duermes tranquilo por las noches?
            -Tú bien sabes que, llegados a cierto punto, nunca se dejan de tener enemigos. Eso sólo significaría que te has retirado de la partida.
            -¿Y tus noches, Caesar?¿Son serenas?
            Ante una interpelación tan directa, Caesar ya no encontró manera de zafarse con más evasivas. Por otra parte, ¿mentirle a un muerto, qué sentido tendría?
            -He tenido últimamente sueños crueles… extraños.
            -¿Alguna vez has tenido sueños premonitorios?
            -No sé decirte… No sabría contestar…
            Caesar escrutó de manera penetrante la estatua de Pompeius, pero sus ojos sin pupilas no supieron decirle nada.
            -Dime, Pompeius, ¿has aprendido lo suficiente en el mundo de los muertos para decirme por dónde debería llevar mi camino?
            -Si algo se aprende a este lado, y aprecia que he utilizado el condicional, es que las cosas no las hicimos en su día por el destino al que nos llevaban, sino porque era lo que queríamos hacer en cada momento, y que eso sería lo que volveríamos a hacer. Así que no tiene mucho sentido tratar de corregir el rumbo de nadie. No funcionará.
            -Al menos, dime si es posible buscar otra vía. Si, actuando de manera distinta, seré más feliz.
            -¿Desde cuándo la felicidad ha sido tu objetivo, Caesar? Era el poder lo que te llenaba.
            -¿Y si ya no lo hace?¿Hay una posibilidad de hacer otra cosa?¿De cambiar?
            -Los hombres como tú y yo, Caesar, no podemos cambiar de vida. Si volviéramos a tener otra, a disfrutar de una segunda oportunidad, tan sólo sería para cometer nuevos errores. Nuestro cuerpo sólo puede descansar tranquilo cuando hemos muerto o cuando hemos alcanzado la posteridad eterna: sólo caminamos hacia la inmortalidad. Ése es el único momento en que podemos relajar el ánimo.
            -¿Y cuántas cosas se dañarán por el camino? Incluyendo a nosotros mismos.
            -Hay consideraciones que no se tienen en cuenta mientras ocurren los grandes sucesos. ¿Te has fijado que en las películas, da igual que en medio haya muerto un pueblo entero, que si el protagonista sale vivo, se dice que terminan bien? Pues lo mismo ocurre con nosotros: da igual lo que ocurra para llegar a nuestro objetivo, lo principal es que se acabe llegando.
            -Pero se supone que el héroe trabaja para el bien común. ¿Nosotros lo hacemos?¿Lo hacíamos, Pompeius?
            -Caesar, bien sabes que, para R.O.M.A., lo que es bueno para el líder es siempre bueno para el bien común. Es la definición básica del liderazgo.
            Caesar no se quedó muy convencido.
            -Me da la sensación de que tendría que haber algo más. Que, cuando hubiéramos llegado, habría una cinta roja, una meta flotante que indicara, “ya está aquí, lo has logrado”. Y que, de alguna manera, me sentiría mejor.
            Pompeius, desde sus pétreos labios, sonrió.
            -La cumbre es un lugar muy solitario, Caesar. Y cuando has escalado una montaña, normalmente lo único que se te presenta es una nueva cima que hay que asaltar. Y en cuanto te quedas dormido, alguien aprovechará y cortará de la cuerda. Como, por ejemplo, ahora mismo.
            La temperatura de la sauna se había elevado. Caesar se inquietó conforme aparecían, en el agua, nuevas burbujas.
            -¿A qué te refieres?-le preguntó inquieto.
            -En estos momentos en que estás dormido, han entrado desconocidos y han empezado a rebuscar entre tus pertenencias. No debiste tratar tan mal a la prostituta; el amor propio pesa, también en estas mujeres, y se acaban vengando. Ahora mismo los hombres están sacando tu cuerpo del agua para ver si llevas alguna joya valiosa encima.
            -No –replicó con frío aliento Caesar-… Eso no puede ser… Yo me habría dado cuenta.
            -El sedante de la bebida ha dado buenos resultados. Mientras tanto, en tu casa están rastreándolo todo en busca de material comprometedor. Deberías saber que en la traición, en este juego, es una preciosa tirada. Mientras tanto, aquí, te han empezado a atar con las toallas. Un tipo se te está arrodillando hacia ti.
            -¡Joder, calla, no!
            -… la navaja que afeitar que saca recorre tu cuello… Sale de allí un brusco chorro de sangre…

*                                 *                                  *

            Caesar se despertó entre sus sábanas, envuelto en un helado sudor. Se llevó las manos a la garganta, y durante unos segundos le costó ubicarse. Cuando finalmente rememoró, y distinguió la realidad de la ficción, no consiguió hilar un recuerdo claro de cómo había llegado hasta allí desde el prostíbulo. Aunque, de lo que consultó por su reloj, no debían haber pasado demasiadas horas.
            Sólo entonces se dio cuenta de que el teléfono sonaba insistentemente a su lado, y era lo que le debería haber despertado. Lo cogió, como si fuera un arma, entre las manos.
            -¿Diga…?-se dio cuenta de que sonaba cascado, cazallero, agonizante…
            -Señor Caesar –sonó una profesional y eficiente voz femenina al otro lado-, sólo era para recordarle que el Consejo ha convocado una reunión de emergencia para mañana para mañana.
            -¿Una reunión? No tenía ni idea. ¡Maldita sea!, ¿pero no se supone que esas cosas sólo las puedo convocar yo?¿Cómo no me he…?
            -Señor, es posible que se le haya pasado chequear su mail. Debe recordar que una minoría de un tercio del consejo tiene derecho a…
            -¿Esto es cosa de Bruto?¿Dónde está Bruto?¡Joder, no hay forma de encontrarle con ningún lado!¡Páseme con Bruto ahora mismo!
            -Señor, no me hallo con el señor Bruto en este momento, pero puede comunicarse a través de los canales habituales…
            -¡Oiga usted, mamarracha!¡A mí no me trate como si fuera un contestador automático, o un cliente cualquiera de la compañía!¡Soy el puto jefe, joder, y si yo digo que me ponga con Bruto, entonces…!
            -Señor, no puedo responderle si se pone así…
            -¡Deje ya de darme excusas y póngame con Bruto de una maldita vez!-fue entonces cuando Caesar se dio cuenta de que, como con el despertador que le había sacado de su sueño de sangre, ahora había un pitido insistente en su oreja. Un Caesar no muy ducho en recientes tecnologías se dio cuenta de que tenía una llamada por la otra línea. Seguramente la mujer se dio cuenta, o si no creyó haber encontrado una buena excusa para salir de aquel atolladero, porque Caesar escuchó un:
            -Señor, si tiene otros asuntos que atender, puede…
            -¡No se crea que se va a librar de esto tan fácilmente!¡Espero que sea Bruto el que esté al otro lado de la línea, pero tanto si es así como si no, luego voy a hablar con usted y se va a enterar de lo que vale un peine!¡Voy a… voy a… mire, no sé lo que voy a hacer, pero más vale que no lo haya pensado para cuando vuelva!¡Y tú…!-dijo tras apretar el botón para dar paso a la otra línea, dispuesto a lanzarle una diatriba a Bruto.
            -¿Papá?
            Entonces, todo se paralizó. Se detuvo el mundo. Sí, era él. Ni lo había pensado, era él, Cesarión. Caesar se derrumbó y se sentó sobre la cama.
            -¡Hola, hijo!, ¿cómo estás?-dijo sin poder reprimir sus emociones-. ¿Estás a gusto en el interna…?¿Estás a gusto en Suiza?¿Te tratan bien los maestros y los otros niños?
            -Sí, papá, lo estoy pasando muy bien –dijo el niño, con un ligero frenillo en la lengua propio de los niños de su edad-. Aquí hacemos cosas muy divertidas y lo pasamos muy bien. Pero te echo de menos. Y también a mamá…
            -Oh, mi ángel, mi cariño, mi tesoro, yo también te echo de menos… Quizás… quizás podamos hacer algo para que volviéramos dentro de poco a vernos. Quizás…
            -Oh, sí, papá, estaría muy bien, podríamos irnos los tres a Suiza. Papá, mamá, yo, todos nosotros. Aquí se está muy bien, es muy bonito. Tengo ganas de abrazaros, y de daros besos… Pero, ¿qué te pasa, papá?¿Estás llorando?
            -No, nada, hijo, nada, es simplemente que estoy muy contento de volverte a escuchar. Tienes que llamarme más a menudo…
            -Es que mamá tiene una línea para poder hablar gratis con ella…
            -Bueno, eso está bien, hijo, eso está muy bien, pero eso no es excusa. Quiero que me llames más a menudo, ¿de acuerdo?, yo también quiero escuchar que ti.
            -De acuerdo, papá. Tengo que irme, aquí es por la mañana y me esperan en el colegio. Pero no te preocupes, te volveré a llamar.
            -Muy bien, corazón, me parece estupendo…
            -Y otra cosa…
            -¿Sí?
            -Te quiero, papá.
            Mientras se escuchaba el clic del teléfono al colgarse, Caesar se quedaba con el teléfono en la mano y el alma partida, con la boca entreabierta, sin saber, por primera vez en mucho tiempo, qué decir o qué acción ejecutar…
            Y el conquistador de mundos hizo lo primero que se le ocurrió: rompió a llorar como un niño.

*                                 *                                 *

            Cuando resonó el tintineo de llaves, él aún se encontraba encogido sobre sí mismo sobre la cama. Luego, para su sorpresa, en la habitación apareció Cleopatra. Cargaba un montón de bolsas de tiendas de ropa exclusiva. Extrañamente, se arrodilló ante él.
            Caesar la miró con aspecto de derrota. Las lágrimas eran evidentes aún en su cara por el espacio que habían dejado los surcos.
            -Ha llamado Cesarión.
            -Lo sé –respondió ella, contemplándole con una extraña serenidad que no se correspondía en absoluto con la actitud con la que había salido de la casa tan sólo unas horas antes-. Me he encontrado una llamada perdida en mi iPhone. He querido conectar la llamada a casa pero he visto que estaba comunicando. Y sólo se me ha ocurrido que pudieras haberlo cogido tú.
            Caesar no reaccionó ante esta cadena de acontecimientos.
            -Anda, ven aquí –le dijo ella, con mirada de quien lo sabía todo-. Te prepararé un baño.
            Unos veinte minutos más tarde, Caesar se encontraba metido en la bañera hasta el cuello, cubierto de espuma, respirando plácidamente de la tranquilidad y del olor a jabón. Necesitaba hacía mucho tiempo este descanso.
            Escuchó el débil sonido de la puerta al abrirse. La vaharada de la fragancia de Cleopatra penetró por todas partes. Por el rabillo del ojo, y a través de los espacios entre las traslúcidas cortinas que rodeaban la ominipotente bañera, vislumbró a Cleopatra quitándose el albornoz. Su nuca recortada por la extrema rectitud por debajo de su peinado, y sus hombros y su espalda gráciles quedaron al descubierto. Había que reconocer que en algunos aspectos, más que en otros, se había conservado bastante mejor…
            Apareció sobre la bañera con una toalla cubriéndole los senos, y llegándole de manera justa hasta la parte superior de los muslos. Estaba maquillada superficialmente, como si lo hubiera hecho de un modo descuidado, pero Caesar sabía que le había conllevado un tiempo de años llegar a conseguir ese efecto.
            -¿Qué se contaba Cesarión?¿Le va bien en el colegio?-dijo tendiéndole un vaso cargado de hielo y whisky.
            Caesar asintió mientras bebía un sorbito. Sonreía, además, porque Cleopatra le sonreía plácidamente.
            -Siempre me he arrepentido de meterle en ese internado. En aquel momento, claro, nuestras carreras, los problemas, los rivales inmediatos, los problemas logísticos… pero a la larga… Extraño verle de manera habitual.
            Cleopatra se apoyó sobre el filo de la bañera.
            -Ya, a mí también me pasa lo mismo. Muchas noches, en mitad de la madrugada, me despierto y pienso en él. En esas noches que sueño en lo mucho que hemos perdido.
            Caesar apoyó el vaso sobre el borde de la bañera.
            -Eran tiempos felices, ¿verdad?, cuando nació. Tú, yo… son los tiempos que él aún recuerda. Los tiempos en que nos quisimos.
            Cleopatra apretó los labios en una línea muy fina. Y entonces, elevó las cejas y sonrió muy ligeramente, como si llevara mucho tiempo desentrañando un misterio y por fin lo hubiera comprendido todo.
            -¿Sabes?, lo que me gustaba de entonces de ti era eso. Tu… generosidad. La generosidad que mostrabas con Cesarión a pesar de saber que cada mimo que le regalabas a él le proporcionaba argumentos a tus enemigos para meterse con tu política. Tu generosidad en los regalos, en los momentos, en el tiempo que podías entregarle a él aunque te absorbiera de otras cuestiones determinantes. Esa capacidad de perdonar que tenías cada vez que se equivocaba. Como hacías también con tus rivales, algunos de los cuales se convirtieron en tus mejores amigos. Como Cicerón.
            -Hmm, no me siento muy satisfecho de cómo he tratado a Cicerón esta noche.
            -Como Bruto.
            -Ando buscándole todo el día. No sé dónde se ha metido. Nadie le ha podido encontrar.
            -En definitiva –dijo Cleopatra, obviando sus objeciones como las de un viejo cascarrabias-, ésas son las pequeñas cosas que me entusiasmaron de ti. Las que me enamoraron…
            Caesar la miró con ojos displicentes.
            -No es verdad. Te enamoraste de otra cosa. Te enamoraste del poder. Sin eso, no hubiera sido más que otro perdedor que te cruzaste en los bares.
            Cleopatra sonrió diáfanamente. Se inclinó sobre él, apoyando sus brazos cruzados sobre su pecho, y permitiendo que la toalla se mojara mientras su cuerpo se introducía en la bañera. No paró en ningún momento de fijar sus ojos en él.
            -¿Y qué más da por qué lo hiciera? Somos viejos. Estamos solos. Hemos sobrevivido, cada uno a nuestra manera. Nos tenemos únicamente el uno al otro. El resto han muerto o nos han abandonado. ¿Qué hay de malo en no querer recordar las cosas malas?¿Cuál es el problema en no querer envejecer?
            Caesar la miró muy firmemente. Estaba guapa. Sí, estaba guapa. No importaba el maquillaje, las arrugas, los años. Era… el carisma, esa forma magnética que tenía de atraerte mientras sonreía. Eso nada lo podría alterar.
            -Ya no tenemos las fuerzas… el vigor… la pasión de antaño.
            Cleopatra negó con la cabeza.
            -Habla por ti, cariño –dijo, pasándole la larga y estilizada uña pintada por el pecho-. Yo en eso, estoy como una doncella todavía sin estrenar.
            Y entonces, con una sonrisa, se quitó la toalla de debajo y se echó para atrás ligeramente. Su cuerpo se sumergió, como más tarde su cabeza, y su peinado de peluquería pareció el casco de un submarino cuando se adentra en el mar. Caesar empezó a notar una sensación creciente en el bajo vientre…
            Sus brazos se apoyaron por fuera de la bañera, y su cabeza se deslizó hacia atrás, cerrando los ojos, mientras gemía, y no paraba de gozar…

*                                 *                                 *

            El despertar fue tranquilo y relajado. Por primera vez en mucho tiempo, los párpados de Caesar se levantaron con suavidad, sin esperar que hubiera ningún enemigo esperándolo, agazapado detrás de sus sueños. Sus sempiternas ojeras no sólo no habían aumentado, sino que simulaban haber decrecido. Caesar podía afirmarlo sin temor: había dormido en paz.
            -¿Qué pasa, mi soberano?¿Se nos han pegado las sábanas?
            Y allí, también, sosegada como no la había visto nunca, Cleopatra, envuelta en un albornoz rosado, cepillándose unos cabellos ya aplicados con un tratamiento para ser suavizados; sólo le faltaba ronronearse para convertirse en la más dócil gatita.
            -¿Por qué no te das una ducha, señor mío, y desayunamos después?
            Caesar se relajó bajo el agua caliente, dejando que sus músculos se destensaran mientras el vapor le envolvía. Hacía mucho tiempo que no se tomaba las cosas con tanta calma. Salió envuelto en su albornoz blanco y allí le esperaba Cleo: con la mesa puesta y el desayuno preparado. Caesar se sorprendió: no estaba acostumbrado a estas atenciones. Menos mal que encontró la excepción que confirmó el milagro: la poco ducha en tareas culinarias Cleo había quemado las tostadas. Pero no pasaba nada, le dijo: un poco de pan con aceite, al estilo de la vieja y lejana Campania, estarían bien.
            El periódico abierto. El cuchillo pasando la mantequilla con calma y método. Las manos abiertas, naturales, sin temor a acercarse y, si se tocan, sin hallar el menor reparo. Podría decirse que ésta es una sensación parecida a… ¿la felicidad? Quién sabe. Hace mucho que nadie mencionaba esa palabra. Hace tanto.
            -Estaba pensando…
            Cleo giró la cabeza mientras terminaba de exprimir el zumo, y su estilizado peinado se desplazó con ella. Sus manos estaban pringadas de naranja y cubiertas de pulpa, pero extrañamente, a ella parecía darle igual.
            -¿Sí?
            Caesar la miró con una cierta sonrisilla.
            -Estaba pensando que, para el año que viene, a lo mejor Cesarión no tiene que estar todo el rato en el internado en Suiza. Creo que los métodos pedagógicos modernos favorecen mucho los intercambios: y qué mejor lugar de intercambio que Nueva York. Seguro que aprende cuatro o cinco nuevos idiomas.
            Cleopatra se acercó a él con los vasos de zumo en la mano. Y sólo tras un largo rato haciéndole dudar, entonces adquirió una expresión pícara.
            -Entonces, habrá que aprovechar antes de que venga y no podamos hacer ruido por las noches…
            Caesar se rió.
            Se afeitó con parsimonia. Apuró hasta el extremo. Se echó el after shave y se puso el traje. Hoy parecía un nuevo día. Hoy asemejaba que todo iba a cambiar. O no era nada del exterior; era simplemente que él había firmado la paz consigo mismo. La más ardua de todas las batallas. La que al conquistador más le costó ganar.
            -¿Qué vas a hacer por la tarde?-preguntó Caesar, mientras Cleopatra le rodeaba por los hombros.
            Ella encogió los suyos.
            -No sé. Esperarte, supongo.
            Y le dio un pequeño beso en los labios. Uno de esos ósculos tan castos y bienintencionados que sólo se dan los novios, o los que acaban de empezar con eso del juego de ser amantes. Hacía décadas que no recibía un beso de éstos.
            -Cuídate –le dijo Cleopatra.
            Era pues, se dijo a sí mismo, como empezar de nuevo: con todas las cautelas, sonrojos, cuidados y atenciones de la primera vez. Pero esta vez, más sabios, más escarmentados, menos atrevidos: conocedores de que toda acción tiene su reacción, cualquier acto sus consecuencias, y que sólo hasta cierto punto se puede moldear el cristal, porque a partir de determinada temperatura y presión se rompe. Con toda la sabiduría bien aplicada de quien ahora conoce por qué hay algo que merece la pena conservar.
            Caesar bajó por el ascensor de su piso en Manhattan con el hilo musical, pero en su cabeza sonaba una melodía muy distinta. Él la tarareaba por dentro: era el sonido de la felicidad.
            La puerta del ascensor se abrió.
            Apenas le dio tiempo a cambiar la expresión del rostro antes de contemplar la visión de todas aquellas armas apuntándole hacia él.
            Se dispararon casi todas en una ráfaga. A pesar del esfuerzo de Caesar por ocultar la cara para que no le desfiguraran el rostro, en un poster acto de coquetería, su efigie quedó poco elegante conforme caía desplazado por el impacto de las balas.
            En el último vistazo, tuvo tiempo de ver en un último resquicio a Bruto, el cual, firme y determinado, apuntaba hacia él con toda la convicción.
            El cuerpo de Caesar quedó tumbado, sangrante sobre el suelo, interrumpiendo el cierre automático de las puertas del ascensor. Los vecinos de su portal lo miraban y corrían, aunque alguno, más atrevido, hacía gesto de acercarse y mirar. A lo lejos sonaba la sirena de policía… A unos pocos metros, en la portería, el pequeño busto de Pompeius, réplica del retrato que Caesar albergaba en sus oficinas, parecía observar las rodillas de Caesar (lo único que sobresalía del hueco del ascensor) con absoluta ecuanimidad.
            A pesar de los esfuerzos de la policía, un pequeño grupo de curiosos de variados peinados y ropajes –esto es Nueva York, aquí siempre hay de todo, desde lo más moderno hasta la típica señora en bata y zapatillas- se habían congregado por detrás de las cintas amarillas de seguridad. La gente aguardaba, sobre todo, a la llegada de Cleopatra: para muchos era la primera vez que la verían, más allá de las revistas, y se preguntaban si sufriría un ataque de histeria convulsa en mitad del rellano, o si mantendría su bien conocida y siempre mayestática dignidad imperial. Muchos se preguntaban qué vestido traería para el caso.
            Lo que nadie observaba (en parte porque estaba oculta por su brazo, en parte porque había cosas mucho más importantes para contemplarlo) era el rostro exánime de Caesar. Dentro de poco sufriría el rigor mortis, y más tarde sería irreconocible. Pero de momento, todavía había una expresión que era posible adivinar.
            La faz del jugador, siempre serena, que ha perdido a las cartas justo cuando ha decidido que ya no volverá a jugar más.
            Era la manifestación de la inmortalidad…

            BIBLIOGRAFÍA.
           
·         Rubicón. Auge y caída de la República Romana. Tom Holland. Planeta, 2005.


·        Julio César. La grandeza del héroe. Hans Oppermann. Ediciones Temas de Hoy, 1994.

lunes, 9 de octubre de 2017

La historia real de octubre. Gaditanos ilustres: Lucio Cornelio Balbo el Mayor, y el Menor

"Julio César ante la estatua de Alejandro en el templo de Hécules en Cádiz". José Morillo, Museo de Cádiz.

A veces tenemos una imagen irreal de los antiguos romanos. Nos los imaginamos dignos, altivos, con toga; las adaptaciones cinematográficas y en series de televisión, en su mayoría anglosajonas, hacen pensar que fueran pálidos y rubios como londinenses, cuando en su mayoría eran bajitos y morenos como italianos que eran. Y aún así, olvidamos que, con el tiempo, romano no era sólo el nacido en Roma, y con el tiempo acabaron convirtiéndose en ciudadanos romanos también individuos nacidos fuera de Italia. De hecho, en la capital (adonde llegaban individuos procedentes de todas partes del mundo) encontrábamos africanos, celtas, árabes, bárbaros, griegos. Roma era su mezcla cultural y racial, una amalgama en algunos casos menos semejante al mármol que al zoco. Desde ese punto de vista, resulta interesante aproximarse a unos romanos atípicos, entre otras cosas porque nacieron en Cádiz.

Suele argumentarse que los gaditanos abusan con frecuencia de presumir que su ciudad es "la más antigua de Occidente", y quizá eso sea cierto, pero la frase también es verdad. De 3000 años de antigüedad, fue fundada por los fenicios a partir de una península, entre otras cosas porque las características de sus barcos hacían que sólo pudieran moverse con habilidad en este tipo de accidentes geográficos. Los fenicios provenían de lo que es hoy el habitual Líbano, una estrecha franja de tierra limitada por las montañas que prácticamente les empujaban al mar. Eso les llevó a fundar Cartago, en la actual Túnez -ciudad que daría lugar al imperio púnico, el único que trataría de igual a igual a los romanos-, y también Gades (por cierto, que los fenicios no sólo fundaron ciudades, sino que las evidencias históricas apuntan a que se asentaron en la periferia de los barrios tartesos para dedicarse a la agricultura, cosa que en su país de origen era muy difícil). La futura Cádiz fue primero propiedad de los cartagineses y luego más tarde de los romanos. Durante ese tiempo empieza a convertirse en el núcleo de prósperas redes comerciales. Entre las familias que dominan ese comercio, se encuentran los Balbo. Su origen se discute: hay quien dice que fueron cartagineses que se hicieron ricos antes de la derrota de su imperio a manos de los romanos, y huyeron a tiempo a Gades. Otros esgrimen su origen fenicio, y para ello argumentan que eran una familia muy asociada con el viejo templo en Gades de Melkart. Melkart era un dios cartaginés y fenicio, equivalente al Heracles (o Hércules) griego, y una de las deidades más importantes en el panteón púnico, en especial para los fenicios asentados en España -donde Hércules supuestamente realizó numerosas hazañas-, para los cuales bien podría considerarse el dios principal.

Entre los miembros destacados de esta familia, destaca Lucio Cornelio Balbo el Mayor, quien se alía primero con Pompeyo, el destacado político romano. La amistad de Pompeyo hace que Balbo pueda acceder a la ciudadanía romana, adquiriendo nombres romanos para sí mismo (el "Lucio" y el "Cornelio" los elige él, aunque hay controversia sobre por qué los escogió). El gaditano, hombre en ascenso, pasa un largo período en Roma. Sin embargo, como Balbo es persona que sabe nadar y guardar la ropa, no quiere tener un único aliado en la cumbre, sino varios, y aprovecha una ausencia de Pompeyo en la ciudad eterna para hacerse amigo de Julio César.

De hecho, Balbo y César coincidirían de nuevo en Gades cuando este último fue nombrado pretor de la provincia a la que entonces pertenecía la ciudad, la Bética. Allí, tiene un lugar una interesante escena que se refleja en el cuadro de José Morillo que hemos colocado en la parte superior de esta entrada: Julio César, en el templo de Hércules-Melkart, ve la estatua de Alejandro Magno y, de acuerdo a Suetonio, rompe a llorar al darse cuenta de que, a su edad, el general griego había conquistado medio mundo y César apenas ha hecho nada de significación en su vida (como sabemos, al final, la fama de César llegaría a ser tan grande como la de Alejandro). Anécdotas aparte, Balbo se vuelve muy importante para César -algunos dicen que su mano izquierda-, facilitando la creación del triunvirato que forma con Pompeyo y Craso, convirtiéndose en su enlace con Roma durante la guerra de las Galias, y organizando para su líder una suerte de policía secreta. Sin embargo, tanta influencia siembra envidias y muchos ponen en duda el proceso por el cual adquirió la ciudadanía romana, defendiéndole Cicerón con su discurso "Pro Balbo".

Durante la guerra civil que tuvo como máximos contendientes a César y Pompeyo, Balbo permaneció de lado del primero. En agradecimiento, tras una de las batallas más destacadas, César otorgó la ciudadanía romana a todos los gaditanos. Tras el asesinato de César, la posición de Balbo se volvió delicada, pero él demostró su olfato político al colocarse del lado de quien sería el vencedor de los enfrentamientos que tuvieron lugar después, es decir, el hijo adoptivo (en realidad sobrino-nieto) de César, Octavio Augusto. Como recompensa, Balbo fue elegido cónsul en el año 40 a.C.; era el primer no nacido en Italia que accedía a ese honor.


Balbo se retiraría poco después de la política, en el súmum de su gloria. Pero hay un segundo Balbo del que debemos hablar, y es de su sobrino Lucio Cornelio Balbo el Menor. Jugó un papel destacado en el ejército romano en los tres continentes hasta entonces conocidos, aunque su mayor papel tuvo lugar en África. Allí, en su papel de procónsul, logró su hazaña más destacada al liderar una expedición hacia el sur en el que llegó hasta el territorio de los garamantes. Plinio el Viejo relata su epopeya como una victoria en la que incorpora al dominio romano numerosas ciudades, aunque por lo visto el propio Plinio reconoce que Balbo no podía controlar el territorio porque los garamantes se dedicaban a controlar el acceso al agua, cegando los pozos con arena, y eso impedía a los romanos construir aquellas carreteras que tanto les gustaban. Hay dudas sobre donde se encontraba exactamente el país de los garamantes, y aunque algunos afirman que Balbo llegó hasta el río Níger, por lo visto se acepta que llegó a Fezzan, al sudoeste de Libia. Fue un hito más en una serie de aventuras en las que romanos y otros pueblos se adentraron en rincones de África donde europeos y asiáticos no se habían atrevido a penetrar: pero ésa es otra historia, y ya hablaremos de ella en otra ocasión.


Éste el mejor mapa que he podido encontrar para dibujar las regiones geográficas de las que estamos hablando. En azul podéis ver el río Níger cruzando numerosos países, y en la esquina superior derecha, en tonos desvaídos, la región sudoeste de Libia. La imagen se encontró aquí, en una entrada muy interesante que no tiene nada que ver con el tema que nos ocupa, pero a su vez tiene la fuente original en otro enlace.

La gracia de todo esto, victoria contundente o no, radica en que Balbo el Menor, cuando volvió a Roma, fue recibido con una "ovatio" o triunfo, el desfile glorioso que se le concedía a aquellos que habían hecho grandes conquistas en nombre de Roma. Fue -emulando a su tío- el primer no-itálico que recibió este honor, reflejado en placas conmemorativas. Con posterioridad, Balbo se dedicó a la política de su ciudad natal, realizando labores de edificación y mejora urbana.

Los dos Balbos se dedicaron también a la escritura: Balbo el Menor escribió un libro sobre cuestiones religiosas y una obra de teatro, y su tío escribió un diario, titulado Ephemeris, en el que narraba acontecimientos de su vida y la de César. Ninguno de estas textos se conserva; el recuerdo de los Balbo ha llevado difuminado al presente, aunque, del Mayor, León Arsenal ha escrito recientemente una novela histórica. No obstante, existen varios testimonios antiguos y modernos sobre esta familia que demostró que Cádiz, en lo que respecta a Roma, también estaba allí. Y que Roma no es sólo lo que hacen los romanos.

lunes, 22 de julio de 2013

El relato de julio: Una de romanos

Aprovechando que el mes pasado yo y otros compañeros estuvimos dándole vueltas al tema de Cleopatra, aquí otra perspectiva de las tragedias sucedidas en aquellos días, esta vez bajo un punto de vista peculiar. Como es un poco largo, y aún no está rematado del todo (de hecho, no está siquiera revisado, así que como siempre, perdonad las erratas), os dejo tan sólo con la primera parte, para que al menos tengáis la ocasión de ver salir a Cleopatra. Un saludo.

R.O.M.A

            Caesar contempló con una mezcla de melancolía y desasosiego los retratos de Mario, Sila y Craso, los cuales gobernaban con insolencia la estancia.

            Los contempló, como si se trataran de espejos, espejos que le miraban, esbozando su propio reflejo, la imagen de un fragmento de sí mismo que brillaba con fulgor en cada uno de ellos.

            De Mario, heredó el linaje, y el mito de defensor de las clases populares; de Sila, los métodos y los medios legales para hacer según qué cosas; de Craso, no heredaba nada, o casi nada. No obstante, no olvidaba que fue él en parte quien, con su tácito apoyo, le aupó al poder.

            Tres hombres, tres personajes. Y justo detrás, a su espalda, hacia donde se estaba dando la vuelta, el retrato de un mofletudo y joven Pompeyo.

            Caesar contempló con inquietud y desasosiego esos cuadros, situados en la sala de juntas del Consejo de Administración.

            Luego salió de la estancia, y se fumó un cigarrillo.

                                    *                                  *                                  *

            Caesar caminaba despacio por los vacíos pasillos de la sede de la Compañía, desierta. No había nadie, todos se habían ido a casa, sin duda esforzándose en preparar la importante reunión de mañana, mientras las salas de reuniones y los despachos de los miembros de la junta montaban guardia, vacíos, para albergar tan importante evento. Vacíos todos, salvo por Caesar, que mientras tanto, como si no tuviera nada importante que hacer en estos momentos, simplemente, paseaba... Echaba la mirada hacia un lado y a otro. Inspeccionaba cada centímetro, de un lugar que conocía de memoria.

            Y allá por donde caminase, encontraba el mismo símbolo, el icono de la compañía: un águila imperial, de alas desplegadas, con los bordes dorados, en mayestática e inequívoca actitud de ambición. Una metáfora muy adecuada, pensó Caesar, para esta empresa. Muchos halcones peleando entre sí por escalar más alto los cielos, pero siempre el águila imperial, siempre R.O.M.A., permaneciendo por encima de las ambiciones personales. Así había sido siempre, desde los inicios de la fundación. Y así, como mandaban las tradiciones, lo seguiría siendo.

            Se detuvo un momento, al llegar a la ventana. Fijó la vista hacia abajo, en mitad de la noche, y calibró la distancia, hasta llegar hasta el suelo –cuánta gente habría recorrido ese trecho de ida, cuantísimo menos tiempo, habrían tardado en la vuelta-, de una aglomerada, repleta de luces, ciudad de Nueva York. La Gran Manzana. Aquella, a la que todo el mundo está deseando pegar un bocado; no obstante, reflexionó Caesar, aspirando otra calada, ésta es casi siempre demasiado grande como para tragársela entera. Aquellos que lo intentan, suele fallecer al obstruir su garganta el hueso.

No obstante, meditó Caesar, retomando sus pensamientos y volviendo a transitar por los pasillos, no era en modo alguno extraño que, ante un bocado tan apetecible como el inmenso poder que conllevaba el liderazgo de la Compañía, hubiera tantos que habían conspirado por hacerse con su control, la mayor parte de cuyos intentos, habían acabado en fracaso. La situación de aparente igualdad entre accionistas, pese a constituir la piedra angular de los estatutos de la empresa, no podía persistir mucho tiempo más. Al fin y al cabo, se dijo, la democracia es un asunto demasiado importante como para dejarla en manos de tanta gente. Y después de todo, se decía Caesar, ¿quién más apropiado que él para dirigirla? Un tiburón empresarial, un negociante implacable, un hombre que había sabido combinar la sutil clemencia y el perdón con la más desgarradora y autoritaria de las firmezas. Un poder absoluto, ejercido, sin embargo, en ocasiones, y tan a menudo como con bota de hierro, con fino guante de seda… Pero por encima de los hechos, la apariencia debe ser siempre de que el Consejo Ejecutivo, fiel representante de los accionistas la Compañía, es el que mantiene el control sobre la misma, y por tanto, domina por encima de cada uno de nosotros. Así ha sido siempre… Y así lo seguirá siendo….

Caesar acarició, como si se tratara de una antigua amante, la pared enmoquetada del edificio. Y de repente, quién sabe por qué, se sintió solo, muy solo. A lo largo del camino, a través del difícil ascenso que le había tocado hasta llegar a la cumbre, había conocido a muchas personas. Personajes principales, protagonistas, y también secundarios, a veces tan importantes los unos como los otros. Mario, Craso, Sila, Julia, Catón, Clodio... Pompeyo. Y sin embargo, ahora, tras haber llegado a la cima, como Edmund Hill en ausencia de su sherpa, se encontraba solo y cansado... Tan cansado... ¿Era eso lo que había sentido Alejandro Magno, aquella legendaria figura de los negocios del pasado, aquel cocodrilo insaciable que arrasó con Wall Street, y al que sólo la mala vida consiguió abstenerle de comprar una acción más?¿Era él también un lobo solitario, un hombre, que por elevarse por encima del resto de los hombres, no pudo contemplarse en los ojos de ninguno, y por eso se dejó morir?¿Iba a acabar también Caesar de la misma manera? No lo sabía... Pero sí que sabía que ahora, ahora que había logrado lo que había ambicionado durante años, no se estaba contento. Y eso, más que nada, le atormentaba por encima de todas las cosas.

Contempló de nuevo los pasillos desiertos. En un momento determinado, no se sintió a gusto en ellos.

Abandonó el edificio.

                        *                                  *                                  *

Caesar dejó que el agua hirviente de la ducha le recorriera su cuerpo, tonificándole y recuperándole de los esfuerzos mentales. Uno de los pocos momentos del día en que podía olvidarse de todo, de la ciudad, de la compañía, de la gente, y simplemente, concentrarse en sí mismo y en sentir placer en cada uno de los puntos de su cuerpo. Alargó la ducha bastante tiempo, más de lo que hubiera sido recomendable, posiblemente, para su maltrecho corazón. Pero le daba igual: su alma lo necesitaba. Después, cuando terminó, cerró los grifos, y se puso las zapatillas y el albornoz. Salió a los vestuarios.

Una vez allí, se encontró con dos de los clientes habituales del gimnasio: Marco Lépido se encontraba haciendo pesas. Tiberio, en cambio, se pasaba la toalla por la cabeza, evidentemente acaba de salir de la sauna.
-¡Ah, Julio, ¿qué tal?! No sabías que estuvieras por aquí.
Caesar, mientras tanto, se colocó delante del espejo, y contempló sus arrugas, fláccidas, inspiradoras de debilidad, sobre la superficie de su rostro. Frunció levemente el ceño: las cremas y los masajes faciales no bastaban para mitigar los achaques del tiempo y las batallas. Tal vez tuviera que pasar por el quirófano. Sin embargo, dudaba en hacerlo. Este tipo de actos siempre habían sido considerados de debilidad allí en la ciudad, de relajación, de aburguesamiento. El mismo Mario, el día que quiso ser considerado de nuevo para arrebatarle el puesto a Sila, se pasó jornadas intensivas en el gimnasio, dejando que todos le contemplasen, en esa manera tan pública que tenían de hacer las cosas de la vida privada los pertenencientes a ROMA, para demostrarles que a pesar de su edad estaba en disposición de vencer a cualquiera, enseñando que su virilidad se encontraba por encima de toda sospecha. Para ser respetado, hay que ser temido… Y eso implica que no puedes mostrar ningún punto flaco por el que te puedan atacar. En el momento en que tu reputación enflaquezca un poco, en realidad, más que cuando ocurra el hecho en sí, estás muerto.
-Pues sí –respondió Caesar, mientras se pasaba la espuma de afeitar por la cara-. ¿Qué tal andáis?
-Más bien deberíamos nosotros preguntártelo a tí –respondió Lépido. Caesar pudo otear, de refilón, sus piernas depiladas, y al mismo tiempo cubiertas de músculo. Caesar sonrió: hoy en día estaban de moda cosas que en sus tiempos hubieran sido impensables. Claro que, él precisamente, no podía ni mucho menos censurarle. Al fin y al cabo, a Caesar, en sus días de joven dandy, le habían puesto en la picota por llevar los cinturones “demasiado sueltos”. Una muestra de afeminamiento que según los ortodoxos como Catón, no revelaba sino la más degradante decadencia del hombre que la exhibía. No obstante, Caesar había descubierto que seguir las tendencias e innovar en los parámetros de la moda era tan importante en ROMA, como salir victorioso de las campañas bursátiles. Y Caesar había dado buena muestra de ello, en ambos campos.
-Sí –añadió Tiberio, mientras se iba vistiendo-. Nos han dicho que mañana tenéis reunión de presupuestos en el Consejo. Aprecio, por lo que veo, que ya tienes los deberes hechos.
Caesar sonrió, mientras se aplicaba la cuchilla de navaja por la cara.
-Veo que también aquí en el gimnasio de la empresa, los rumores vuelan. La reunión se decidió a nivel interno.
Lépido sonrió, elevando de nuevo las pesas.
-Tú deberías saberlo mejor que nadie, Julio. Es difícil conseguir que nadie se entere de lo que está cociendo por los altos vuelos de la compañía. De hecho, yo diría que es casi más complicado que haya alguien que no esté al tanto de las noticias. Ya sabes cómo son las habladurías en ROMA.
            Tiberio asintió. Caesar recordó que, hace poco tiempo, Tiberio se había comprado un chalet en Camapania (Florida), justo al lado del suyo. Es curioso, se dijo Caesar, como las cosas que en el pasado eran logros inalcanzables, retos imposibles, lujos por los cuales te pasabas toda una vida haciéndote dignos de ellos, se convertían, ahora en el presente, en escalones habituales de la vida de todo ciudadano. A Caesar le había costado mucho labrarse una reputación en el pasado: procedía de una familia de sólido prestigio, pero bastante caduco, arruinados y sin ningún miembro destacado desde hace muchos años, viviendo en una casucha inmunda en mitad del Bronx. Para convertirse en quien era, no sólo tuvo que ser el rey de todas las fiestas, sino, además, que invertir inmensas cantidades de dinero, las cuales, necesariamente, tuvo que pedir prestado. En gran parte, todos esos préstamos, lejos de ser un handicap, acabaron convirtiéndose en una ventaja, porque aquellos que se lo habían dejado no podían permitir que fracasase en sus objetivos, quedara arruinado, y por tanto no les devolviera su pasta. No obstante, también tenía sus contrapartidas: no se quedó tranquilo Caesar cuando se presentó a  un cargo de gerencia, sabiendo que si perdía la elección no le quedaría más remedio que escapar de la ciudad. O tampoco cuando mandó edificar por primera vez su chalet en Campania, y lo destruyó, en un acto aparentemente flemático, al declarar que tal construcción no estaba a la altura de Caesar. Este tipo de actos, que enseñan cuán poderosos somos, que podemos renunciar de un golpe a las riquezas por una cuestión de dignidad y de suficiencia, siempre solían agradar a los sibaritas y snobs accionistas de ROMA, y era un paso imprescindible para obtener su respeto y por tanto, la posibilidad de escalar más peldaños en el futuro. Ahora, en cambio, Tiberius, no un cualquiera, pero sí bastante por debajo de él, también tenía su finca en Campania, al lado de la playa, un lugar de evasión fiscal, de balnearios, de mojitos a la luz de la luna, de grandes fiestas, de comer las ostras que les proporcionaba Sergio Orata, de huir del bullicio de la gran ciudad hacia una esplendorosa residencia de verano, de bellezas y curvas espectaculares, de la intrigante y seductora Clodia poniendo de moda el hip-hop y la forma de hablar barriobajera, todo ello por supuesto gracias a que procedía de una familia de noble cuna... Toda ROMA se traslada hacia allí, pensó Caesar, a un lugar al cual antes uno rezaba por entrar en busca de contactos, reconocimiento, y prestigio social, de ser alguien y que conozcan tu nombre... Lo que nosotros empezamos, y era entonces excepcional, se ha convertido en normal. Hasta la gente comienza a llevar ahora los cinturones flojos. Un símbolo de que los nuevos tiempos siempre nos sobrepasan, meditó el caudillo. Un signo, de que las nuevas generaciones, y que nuevos poderes, están todavía por llegar...
            -En efecto, Lépido, sé cuán importantes y fructíferas son siempre las habladurías en ROMA. Más, incluso, que algunos hechos.
            -Lo importante no es lo que se dice, sino como se dice…
            -Lo importante no es lo que se dice, sino lo que se piensa…
            -Pero Caesar, tú estás por encima de todas esas cosas, ¿verdad?
            Caesar guardó silencio, y detuvo la cuchilla un momento. ¿Era verdad? A lo largo de todos estos años, había tenido que pasar por un montón de cosas. En su camino de ascenso hacia la cima, había hecho de todo, tuvo durante muchos años que valerse, a falta de otros instrumentos, de su aire encantador, de su atractiva personalidad, rodearse de rumores, de compañías que resultaban del todo inapropiadas para los conservadores ejecutivos que defendían las tradiciones de ROMA. De borracheras, de lujuria, de intrigas palaciegas, de conspiraciones de salón… De hecho, por los correderas de Manhattan, él lo sabía, todavía se repetía aquello de que Caesar era el mejor hombre para una mujer, y la mejor mujer para un hombre. ¿Cómo le recordaría la historia, como un gran jefe de finanzas, o como un pececillo que un día se salió de su pecera y se puso a jugar con los escualos? Al fin y al cabo Sila, el único que podía comparársele, empezó apoyado con los fondos de unas nada disimuladas madames de prostíbulos de lujo. Un Sila, por cierto, que le perdonó la vida una vez, al concederle, en aquella época en la que él contralaba con poder absoluto la administración local, el privilegio de no retirarle la licencia para hacer negocios… El ascenso hacia la cumbre había sido largo y complicado, con numerosos recesos, medias vueltas, caminos realizados en zig-zag, todo lo contrario que su ídolo, el gran Alejandro Magno, que avanzó meteórico hasta llegar hasta arriba, sin mancharse, con todo ello, de la mugre y la podedumbre que supone el rigor de la lucha, y el desgaste del poder. Pero Alejandro era excepcional, recordó Caesar, y el resto de los mortales no podemos suspirar el encontrarnos a su altura, y el tener la misma suerte, suerte tú, que tienes nombre de mujer. Alejandro alcanzó el poder con apenas treinta, yo lo he conseguido, después de más de cincuenta años...  Caminar hacia la victoria, suspiró tratando de consolarse nuestro héroe, incluye siempre grandes humillaciones, y momentos en los que la espada se queda a un filo de rebanarte tu cuello. O al menos, espero que para todos haya sido así. ¿O es posible otra manera?
            -Sí –afirmó finalmente rígido Caesar, tratando de que no le traslucieran los fúnebres sentimientos, y las lágrimas en los ojos-, Caesar está por encima de estas cosas. Pero ya se sabe cómo es la gente de esta empresa.
            -Sí, ya se sabe como es la gente de esta empresa –corroboró Tiberio.
            Sí, así eran, así eran todos esos insulsos y mojigatos componentes de la flor y nata tradicional de ROMA, empresarios de traje, chaqueta, corbata y de cuellos estirados, apegados a las tradiciones, al honor y la censura pública, a seguir un camino recto, firme y sin lujos y placeres, a carecer de toda estética, de toda clase, cuán difícil les había resultado aceptar a Caesar, cuántas trabas le pusieron en su camino. Pero a pesar de que Caesar no era amigo de labrarse enemigos inútilmente, también dejaba bien claro que para él, la tradición contaba mucho menos que la acción enérgica y firme, y sobre todo, del poder que estaba deseando lograr. Y si había que vestirse con deportivas y un traje de color rojo para obtener un mayor margen de ventas, pues entonces, ¡había que vestirse!, y no mantenerse en esa mueca agria y de boca torcida de los grises trajes de los ejecutivos romanos… Su experiencia lo había demostrado, la gente estaba buscando cosas distintas, el sobrio panorama de corbatas de Manhattan había cambiado, después de todo, ¿no se había desplegado una pasión insaciable por los cocineros, no se contrataban a precio de rey procedentes de Francia o de Cataluña, no había un responsable municipal de regulación de los mercados que había llorado por la muerte de una lamprea que había criado, como si se tratase de su propia hija? El mundo cambiaba, era de las nuevas generaciones, de los que estaban dispuestos a modificarlo, pero Caesar se dio cuenta, de que con más de cincuenta años, las nuevas generaciones ya no eran él…
            -Sin embargo –incidió Lépido-, el tono en que pronuncias tus palabras es como de preocupación, Julio. ¿Debo estar inquieto por algo?¿Debo encontrarme nervioso de cara a lo de mañana?
            Caesar interrumpió la frase muy rápidamente.
            -¿Preocupado?¿Me ves a mí preocupado? Caesar nunca se preocupa. ¿Sabes cuál sería la muerte que prefiero? La que llega sin aviso. Vivir con miedo, ésa sí que es la verdadera muerte. Lo que tenga que venir, viene, pero nada de preocuparse por las cosas que vendrán.
            Caesar había dicho esta frase, con o sin convencimiento, no quería quedar mal ante Lépido, uno de sus hombres más allegados, una especie de actor secundario en la sombra, excepto cuando Caesar no estaba presente, entonces le tocaba actuar a él. Pero aunque hubiera sido un simple accionista con una sola acción, tampoco hubiera consentido que su imagen se quebrase. El modo lo era todo, la forma de proceder era siempre más importante que el proceso en sí, el hieratismo debe ser mantenido, eso era algo propio incluso de los códigos más elementales y vetustos de la empresa. De hecho, en una visita a Libia, en un momento de disensión interna al que Caesar le convenía conquistar el mercado africano, se tropezó a la salida del avión, y Caesar reaccionó rápido, levantándose heroico, simulando que se había inclinado a propósito, y proclamando, “¡África, ya eres mía!”. La dignidad siempre se debe conservar. Pero por qué tenía que hacerlo cada vez más a menudo… Por qué tenía que preocuparse cada día más de eso…
            -Vamos, Caesar –le instó Lépido-, no puedes engañarme después de tantos años, se te nota la cara triste. ¿Qué te pasa? Mañana volverás a tener una de esas jornadas de gloria y honores que tanto te levantan el ánimo. ¿Por qué no estar contento, entonces?¿Por qué no disfrutar de este día, de esta noche, de esta sauna a la que podrías acceder si quisieras relajarte?¿Qué te ocurre, Caesar?¿Dónde está tu empuje de antaño?
            Es verdad, se dijo Caesar súbitamente, pasándose el agua por la cara en el espejo. En cualquier otro momento, le hubiera hecho a Lépido arrepentirse de sus palabras, pagar cara su osadía, sufrir terriblemente su afrenta, por atrevérsele a tratar como si se tratase de un igual, pero ahora, en estos momentos, sólo podía preguntarse, Es verdad, dónde está. El impulso que ponía firme estas mejillas, que comandaba las invasiones, que lanzaba OPAs como si se tratara de un movimiento de los dedos. Dónde está todo aquel fulgor...

            Caesar contempló en el espejo una esquina de su cara. Se llevó la mano al rostro.

            Había sangre.

            Trató de limpiarse lo más disimuladamente posible. No obstante, algo se le notó, se puso nervioso, cada vez más conforme se iba dando cuenta de que los demás se habían dado cuenta. No obstante, ellos fueron muy discretos, no dijeron nada, callaron como si nada hubiera ocurrido. Caesar se vistió, se despidió aceleradamente, Hasta luego, muchachos, le parece que le salió. Se subió en la parte de atrás de la limousina, el chófer le preguntó que adónde iban. Caesar se lo pensó un poco.
            -A casa –dijo él-. Llévame a casa.
            Un lugar al que iba todos los días. Pero que si le dejaran suelto, en mitad de la ciudad, sin coche, y le pidieran que se dirigiera a alguna parte, no sabría si podría, o si querría regresar...

                                    *                                  *                                  *

            Caesar llegó a casa, triste y cansado.

            Nada más penetró por el vestíbulo, la criada le indicó que no había nadie, excepto Cicerón. Su abogado. Había venido a verle.

            Caesar asintió. Echándole un ojo a su criada (la cual le dirigía hacia su despacho, por delante de él en el pasillo, de tal manera que su atención estaba fijada donde la espalda pierde su nombre) se dio cuenta, por primera vez en mucho tiempo, de que era muy atractiva. Tal vez en su día la escogiera por esa razón. Pero no obstante, durante todo este tiempo, ella había pasado a su lado, sirviéndole constantemente, y él la había tratado como si no existiera. Esto no me hubiera pasado de joven, pensó Caesar. De volver a serlo, hubiera caminado constantemente detrás de ella, con sinuosos e insinuantes juegos de coqueteo, hasta acabar finalmente con su cuerpo en una alcoba, sorbiendo su sangre, palpando su piel. Ahora en cambio, si lo hago, pensó Caesar, pareceremos simplemente eso, un viejo verde y cincuentón corriendo detrás de una jovencita de veinte años. Patético, ¿verdad?, de la misma manera en que yo se lo eché a la cara muy probablemente a algún otro en el pasado. No, ahora no era la hora de viejas promesas. Si acaso, tendría que resignarse con apoyar la oreja detrás de la puerta de algún baño, y escuchar el gemido de ella mientras algún otro sirviente la hacía gozar... Claro que, cuando entró en su despacho, y su criada se despidió, se dio cuenta rápidamente de que Cicerón, de pie, hojeando unos papeles, ni tan siquiera había reparado en ella. Y entonces se dijo a sí mismo que él también, dentro de unos años, podría ser Cicerón. Y la visión que tuvo del presente le asustó.

            Cicerón tenía el pelo gris, a juego con el plomizo traje. Una incipiente calva a la altura de la coronilla. Unos ojos que, como microscopios, diseccionaban los papeles y las cuentas. Era, ahora mismo, el depositario de sus más íntimos secretos, de sus más escondidos rincones, su confesor particular de los pecados más graves, las veinticuatro horas del día, desde hacía ya muchos años, de hecho se había ido convirtiendo en ese típico amigo de la familia, ese tío molesto cuya compañía nunca te acaba de agradar del todo, pero del que no eres capaz de librarte de ninguna manera. Pero a él no le importaba, meditó Caesar, Cicerón ya está completamente resignado a que todos le infravaloren y ha terminado por aceptarlo, parece como si la opinión de los demás no existiera –aunque le importe, y mucho-, simplemente se mantiene y ya está, como la lapa a la roca que la sujeta, quién te ha visto y quién te ve, se dice Caesar, con lo que tú fuiste, y mira en lo que tú, en lo que yo, te he convertido...

            Cicerón, con la misma frialdad mecánica con la que un enterrador viste a sus muertos, le alarga sus cuentas.
            -Hemos de analizar unos balances.
            Caesar no responde a esta frase. Abre su minibar, y saca una sola copa, la llena con dos hielos, y le echa un chorrito de whisky. No es que Caesar sea un gran bebedor; al fin y al cabo, Catón dijo de él que tenía la ventaja de haber sido el único que había intentado la conquista de Manhattan completamente sobrio. Pero hay días en que uno debe hacer una excepción. Había días...
            -¿Dónde está tu educación, Cicerón, de la que tanto presumes?¿Dónde está un buenos días, un cómo estás, un cómo ha ido el día?¿Has vuelto a tus días de granjero de Utah?
            Cicerón frunció el ceño, pesaroso. Nunca le había gustado que le recordasen sus orígenes provincianos. Ni siquiera después de haber conseguido tantas cosas. Pobre Cicerón, bebió de su vaso Caesar. Había ido ascendiendo, desde la nada, sin un punto de partida, sin recursos, sólo a base de un único don, su oratoria, y de mucho, muchísimo, mucho trabajo, mucho esfuerzo, y sobre todo, mucho miedo. Su gran problema, por encima de todas las cosas, es la falta de autoestima, que le hizo tambalearse incluso cuando su brillo era más fuerte. Como las estrellas, que necesitan creerse que son capaces de fusionar miles de toneladas de hidrógeno en una reacción a millones de grados, y si dudan un solo momento de sí mismas, colapsan y se convierten en enanas marrones. De haberse olvidado de sus inicios, y no recordar –como hacemos todos los hombres- que sus pies fueron siempre de barro, Cicerón, probablemente, hubiera sido más feliz.
            -No pensaba que te importaran tanto las normas de educación, Caesar –respondió Cicerón algo mustio-... La verdad es que nunca has hecho demasiado hincapié en ellas.           
Caesar sonrió ligeramente, tratando de parecer amable, sin conseguirlo.
            -Todo tiene una primera vez.
            Cicerón parecía confuso: como si en su habitual rutina de leguleyo no cupieran estos saltos, estas improvisaciones inhóspitas y fuera de guión. Quizás por eso se atrevió a replicar algo extrañado.
            -Hoy te noto diferente, Caesar. Como meditabundo, sumido en la melancolía.
            -Quizás es porque lo esté, Cicerón.
            -No te hacía del tipo de hombres que se dedican a enfrascarse en eternas reflexiones filosóficas.
            -Algunas veces se requieren esas cosas. Por cierto, ¿no habrás visto a Bruto?
            -No, no le he visto. Pero sí veo otra cosa. Tu rostro refleja que está necesitando consejo...
            -Y tal vez es que lo necesite.
            -Incluso te diría que me estás pidiendo que te conceda –comentó displicente-... mi atención...
            -Es que, Cicerón, si yo te lo ordeno, estarías en la obligación de hacerlo...
            Cicerón descendió las comisuras de los labios, y con resignación, asintió. Pasó con sentida añoranza el dedo por el marcador de la página del libro de cuentas en la que se habían quedado.
            -¿Quieres, entonces, que hagamos los balances?
            Caesar negó con la cabeza.
            -No, Cicerón. Esta noche no. Esta noche tengo ganas de hablar.
            Contempló la mirada de su abogado, otrora firme y determinada, ahora, las arrugas cruzando su rostro, las bolsas debajo de sus ojos, la piel estirada y fláccida, el símbolo de unas torres que se habían acabado por derribar. Observó su rostro, y al hacerlo, creyó estar viéndose reflejado en parte.
            -Cuántas cosas hemos pasado, Cicerón. Cuántos sucesos, cuántas vidas, cuántos acontecimientos esenciales en estos últimos años... y no siempre en el mismo bando.     
            Mientras decía estas últimas palabras, clavó su mirada sobre la boca y las mejillas de Cicerón, esperando encontrar alguna reacción, un mohín de disgusto, desagrado, incomodidad, un ligero movimiento que indicara que no se encontraba a gusto en su asiento. Pero Cicerón no hizo nada. El antiguo gurú de R.O.M.A., aquel cuyos libros se vendieron a millones y cuyo pico de oro bastó para hacer tambalear empresas, no emitió ni uno solo de estos gestos, sino que simplemente, y sin alterar su expresión, respondió displicente:
            -No todo el mundo teníamos tan claro esa ambición de conquistar el mundo, Caesar. Perdónanos, entonces, por no haber estado a la altura de las circunstancias, y haberte derrotado en el aspecto que más deseabas dominar.
            A Caesar no le agradó la ironía de Cicerón. Le solía gustar ser clemente: había perdonado a varios de sus antiguos enemigos, incluido Cicerón. Les había abierto los brazos, sin exigirles nada a cambio. Ni siquiera había coartado su libertad de expresión. Pero recibir críticas en su propia casa, a pesar de todo, no acababa de considerarlo un plato demasiado exquisito. A veces Cicerón parecía no comprenderlo.
            -Soy el jefe de esta empresa, Cicerón. De los que ganaron, y también de los que perdieron. Pretendo hacer cuentas nuevas, y olvidar. Perdonar. Creo que debiste haber captado eso desde mucho antes. Creo que cuando se desató... –dudó en sus palabras. Se le pasó por la cabeza, “guerra civil”, pero no quiso ser tan expresivo-, en fin, cuando se desató el conflicto interno, deberías haber decidido más rápidamente que lo más adecuado era ponerse de mi lado.
            Cicerón apoyó las manos sobre la mesa, y le miró pidiéndole comprensión a los ojos.
            -Yo trataba de ser leal a toda la tradición de la libertad que ha regido esta empresa, Caesar. Tuve que decidir entre un amigo con ciertas razones bajo su mano, y un régimen que significaba todo lo que había jurado defender, y había defendido, durante todos estos años. Concédemelo: no me lo pusiste fácil.
            Caesar bebió otro sorbo de su whisky.
            -¿Y si era tan importante, por qué estás entonces aquí?
            Y Cicerón calló, con una amarga expresión de derrota e impotencia en la cara. Caesar se levantó, ofreciéndole la espalda, para dejarle un respiro; otorgarle clemencia, una vez más. Le gustaba ser magnánimo: o al menos, disimularlo.

            Aún de espaldas, podía escuchar el sonido de la mandíbula de Cicerón rumiando la última frase.
            -Quizás preferías otros tiempos, Cicerón. Quizás, pese a todos los halagos que me dedicas, en realidad añoras con nostalgia aquellas eras en los cuales esta empresa caminaba sin rumbo fijo, sin ninguna dirección coherente... pero al menos tú tenías cierto poder de decisión dentro de ella. Algunos somos más conscientes de la importancia que tiene, si posees una mínima visión de futuro, constituir aunque sea una mínima parte de la cola de ratón. Otros, en cambio, ambicionan a persistir siendo cabeza de ratón, le pese a quien le pese. Tú al final, Cicerón, optaste por lo primero.
            Cicerón pareció digerir un trago de bilis, mientras preparaba su respuesta. Ligeramente tartamudeante, contestó:
            -Los hombres aprecian ciertas cosas más que el engrandecimiento de sus empresas, Caesar: y es quizás los principios que estas mismas profesan. R.O.M.A. ha ganado mucho bajo tu mandato, desde luego: hemos multiplicado el número de acciones y los resultados de los dividendos. Pero hemos perdido una cosa: la libertad que se ensalza allí –señaló, grabadas sobre la piedra, en la pared del despacho-, como la primera de las normas de la empresa. R.O.M.A. puede haber ganado, Caesar, ¿pero no se ha transformado en parte, perdiendo de esta manera su forma de ser?
            Una aguda réplica, se dijo el otro. Por mucho que lo parezca, se cercioró, Cicerón todavía no es el viejo carcamal que continuamente parece demostrar. Se requiere una respuesta que esté a la altura. Caesar se limpió con un pañuelo la chaqueta, y suspiró:
            -Puede que R.O.M.A nunca estuviera asentada sobre esas bases, después de todo. Cuando absorbíamos una empresa, le despojábamos de toda la capacidad de decisión que alguna vez había tenido. Las cosas nunca fueron así, después de todo. Lo único es que el escenario ha cambiado de lugar.
            Le apuntó con el dedo, señalándole acusador.
            -Y tú, te plegaste; y tú, asentiste con la cabeza, y dijiste que sí a todo. Y tú, renunciaste a tus cacareados principios, y te pusiste a mi lado. Dime entonces, Cicerón, ¿por qué ahora me replicas esas cosas?
            Y le dio de nuevo la espalda, sin darle opción a contestar. Un ronroneo de triunfo, sin duda inapreciable, salió de la garganta del último orador. La contestación había sido contundente, eficaz, humillante incluso, brillante hasta límites insospechados. Derrotar en su propio terreno, el de la oratoria, a Cicerón, era un placer que se permitía darse de vez en cuando. Cada una de esas victorias, le provocaba un pequeño orgasmo.

            Pero algo estaba ocurriendo al otro lado, a su espalda, donde un volcán, quizás por haber sido perforado hasta el interior de su misma base buscando su total destrucción, había acabado por soltar un chorro de lava, y precipitarse en una explosión. Y quizás porque Cicerón estaba demasiado quemado –a causa de estas continuas y repetidas pullas que le lanzaba hoy Caesar-, y quizás porque esta charla sonaba a resumen y a saldar las cuentas después de tantos años de tantos desencantos, se atrevió a pronunciar -quizás en una voz muy baja, pero de una forma demoledora, orgullosa, triste, que sonaba más alto que un grito exhalado desde lo alto de una montaña-, una frase que sonó como una losa precipitándose sobre el frío suelo de piedra.
            -¿Qué preferías entonces, Caesar?¿Que hubiera acabado como Catón, allá en Utah?
            Esta frase, que sonó violenta en la nuca de Caesar, provocó un escalofrío en la frente de éste, y un leve crujido que quizás no se escuchó en su espalda. Caesar cerró los ojos, apretó los dientes y maldijo entre ellos, volviéndose hacia su asesor con ojos sombríos y una inequívoca mirada de odio. Expresó una frase que era una advertencia, por no quererle dar el tono de una amenaza.
            -Creí entender que ese tema, había quedado zanjado.
            Pero Cicerón no agachó la cabeza, como otras veces, sino que la mantuvo recta junto con la mirada, en un tono desafiante. Su voz resonó con fuerza durante unos instantes.
            -Los temas no se zanjan porque así lo desees, Caesar. Puedes ser amo de los capitales, pero no de las mentes.
            Caesar tragó saliva. Respondió como un animal enjaulado.
            -Catón se encontró su propio merecido. Catón decidió arrojarlo todo por la borda, prefirió renunciar a la búsqueda de la paz.
            -Algunos opinan que Catón fue una valiente.
            -Catón fue un cocainómano y un borracho.
            -Ten cuidado, Caesar le advirtió Cicerón, en tono neutro-; ya has vaciado casi la mitad de tu vaso de whisky.
            Caesar le miró con rabia. Luego, y sin llevar la vista hacia él, arrojó el vaso hacia una pared, partiéndose en mil pedazos.

            El silencio subsiguiente invadió la sala, como una bomba de succión, extrayendo todo el aire de él. Tras unos instantes –tal vez de miedo por la brusquedad del gesto-, Cicerón retomó su ataque, tranquilo, suave, pero también firme.
            -¿Esos son tus argumentos, Caesar?¿Romper, rasgar... destruir?¿Es con ese tipo de declaraciones con las que pensabas convencer a Catón?¿Este es, el que va a ser, el representante de vencedores y vencidos?
            Y la voz de Cicerón resonó hueca, en el eco que quedaba en el extremado silencio sin música de fondo en que se había convertido el despacho. Caesar sacó un pañuelo de su bolsillo. Se limpió la cara, que estaba empapada en sudor.
            -Si Catón decidió suicidarse, fue cosa suya. Yo le hubiera perdonado sus deudas. Me hubiera congraciado con los antiguos miembros de la ejecutiva. Podríamos haber vuelto a trabajar juntos, todos de nuevo.
            -Sí, Caesar, pero hay una radical diferencia –Cicerón parecía haber cogido alas, y decidido a lanzarse a volar-: que sería bajo tu mando. Querías que los más grandes directivos de R.O.M.A., que se habían labrado el puesto de tus iguales, o incluso de tus superiores, trabajaran a expensas de tí. Querías que renunciaran a su libertad. Eso nunca lo hubieran tolerado. No está en el alma de un neoyorquino.
            -Estoy harto de esa supuesta alma de los neoyorquinos. Yo traté de llegar por vías legales al poder, Cicerón, y tú lo sabes. Lo intenté por todos los medios, reclamé de forma serena lo que por justicia era mío, pero fueron ellos los que pisotearon mis derechos. Fue la intransigencia de Catón la que provocó esta guerra comercial.
            -Porque les dabas miedo, Caesar. Temían un golpe de estado.
            -El golpe de estado lo obtuvieron cuando tensaron demasiado la cuerda.
            -Pero tenían razón: lo acabaste por dar.
            -¡Como consecuencia de su intransigencia, nunca por su causa! Hubiera renunciado a cosas. Bien sabes que para mí es muy importante la legitimidad, la visión que los demás tengan de mí, es la base esencial de un buen dirigente, como Alejandro.
            -Adoras a Alejandro, Caesar, pero tú nunca llegarás a ser él. No naciste en un imperio familiar.
            -Nunca he querido tenerlo.
            -No, ya: pero vistes los botines rojos de aquellos tiempos en que R.O.M.A. sí que lo era.
            -Cuestión de estilo, he rechazado muchas veces esa forma de empresa.
            -Y ya que hablamos de estilo, ¿qué tal cuando embargaste las propiedades de Pompeyo, e hiciste que su propio cocinero te hiciera la cena esa misma noche en su casa?¿No es aquel el estilo de un dictador?
            Caesar negó con el dedo.
            -Era un cocinero muy bueno.
            -Pero no lo neguemos, Caesar: por muchos gestos que hagas, por mucho lustre que te impongas, al final eso te da igual. Porque siempre acabarás haciendo más gestos por despreciar el boato que por ostentarlo, y eso tiene una razón: porque más que la sensación de poder y el demostrarlo, lo que a ti te importa, es el dominio del poder mismo.
            Caesar se volvió con rabia hacia un lado de la habitación. De espaldas a su abogado su voz sonaba resentida, amargada, tal vez sincera. Le castañeaban los dientes, pero aún así pudo hablar.
            -Nunca soporté que, después de haberte perdonado, de haberte refugiado bajo mis alas, cuando ya había ganado la guerra, te pusieras a defender a Catón.
            Su interlocutor suspiró levemente, buscando entre las tinieblas una muy escondida explicación.
            -Era un muerto, Caesar. Los muertos merecen un respeto. Sobre todo cuando son grandes hombres. Tú mismo lo reconoces, Caesar, incluso cuando le atacaste.
            -Mis ataques eran exclusivamente políticos y financieros, nunca personales. Como persona le admiro: pero tú también, Cicerón, deberías haber tenido en cuenta las cuestiones de la actual coyuntura en esos halagos.
            -¿No será, Caesar, que por lo que más odias a Catón, es que al morir, no te dejó posibilidad de, como todos los demás, comer de entre tus manos?¿No será que al convertirse en un mártir, en un leyenda, se ha transformado en algo contra el que, por mucho que luches, en el corazón de los accionistas, nunca llegarás a vencer?¿No es verdad que te ha vencido al morir, Caesar, y que eso ya no lo resuelve ninguna operación financiera?¿No será que en realidad, Caesar, estás furioso con él... porque te negó la ocasión de perdonarle?
            Pero el Caesar se quedó callado, apoyado contra la pared, con los ojos muy abiertos, contemplando el mármol blanco, pensando. Cicerón también guardó silencio, esperando la reacción del hombre de quien tanto dependía su vida y al cual, sin embargo, le gustaba, cada vez lo hacía menos, es verdad, no lo hacía desde hace muchos años, desafiarle, llevarle la contraria, demostrarle, por una vez, que seguía siendo libre, como el pájaro que grazna inquieto en el interior de su jaula de oro. Sin embargo, como el niño que lanza la piedra, Cicerón se inquietó: ¿qué respiraba en el interior de este monstruo magnánimo, cuál de las dos caras se iba a despertar, qué rincón de Caesar, héroe o villano, surgiría en estos momentos? Y cuando Caesar se dio la vuelta, finalmente, Cicerón casi se lleva la mano al rostro, en un gesto instintivo de protección, pero luego se arrepintió, no quiso parecer cobarde. Pero el meteórico empresario, lejos de despertar una agria ira, de manera completamente inesperada, sonrió. Se rió abiertamente, elevó los brazos en un amplio gesto, como a punto de abrazar a su abogado, y desplegó una insólita y excesivamente histriónica alegría.
            -¡Ah, Cicerón, hacía cuánto tiempo que no te hacía escuchar palabras como esa!¡Me encanta, de veras, me chifla, que recuperes parte de tu viejo empuje, de tu olvidada maestría, de tu perdida pero siempre inigualable energía!¡Seguro que te has sentido igual que cuando descubriste la conspiración de Catilina ante los ojos de todos, Cicerón, otrora brillante abogado defensor, y fiscal del Estado!¿Verdad que te has sentido así, Cicerón?¿Verdad que has vuelto a sentir ese fulgor, esas alabanzas, de salvador de R.O.M.A.?
            Se sentó en la mesa, apoyó los pies encima de la mesa, y encendió un cigarrillo.
            -Pues disfruta de esto, Cicerón. Porque ya ves, esto es lo máximo, hoy en día, a lo que puedes llegar a aspirar.
            Cicerón apretó los puños de rabia, pero luego frunció los labios, demostrando que admitía la última declaración de Caesar, y lo que es más, que le afligía. Pareció que iba a callarse de nuevo, sumergirse en uno de sus habituales sopores y depresiones, convertirse, una vez más, en una marioneta de Caesar. Pero por un momento lo pensó, y quiso alargar este instante no ya de gloria, sino de defensa, de pundonor, un poquito más.
            -Puedes decir lo que quieras, Caesar, puedes humillarme si quieres. Pero eso no evitará que, cuando caiga el sol, y los mantos de los fantasmas recubran en silencio la noche, sus espectros te susurren el nombre de Pompeyo.
            Caesar se enervó en su sitio. No soportaba, cada vez menos, escuchar ese nombre, como su particular Titanic.
            -No te atrevas a insinuar lo que insinúas.
            Cicerón, aún con la cabeza gacha, siguió atreviéndose, con sonrisa mordaz, a murmurar:
            -Caesar, no lo puedes rehuir así sin más... Tu nombre, ya ha sido salpicado por la indeleble mancha del asesinato.
            Caesar reaccionó con un alarido de rabia.
            -¡Yo no tuve nada que ver con la muerte de Pompeyo, y tú lo sabes!-chilló levantándose.
            -No, Caesar, es verdad –dijo Cicerón tan alto que no sonó en serio-, no fuiste tú, todo fue culpa de la mafia de las Vegas... Pero no podemos olvidar que las razones que éstos esgrimieron fue que ellos lo hicieron para congraciarse contigo. Y que al hacerlo, te libraron de hacer algo que, por otro lado, bien pudiera haber sido tu mayor deseo. Qué oportuno, ¿verdad?
            -¡Yo nunca hubiera matado a Pompeyo!¡Fue mi héroe, mi amigo... mi hermano!
            -Un hermano que se volvió demasiado molesto, ¿verdad? –soltó Cicerón, pero no lo hizo con ácida ironía, más bien con cansancio, y hastío.
            -¡No emplees tus tácticas de abogado conmigo, Cicerón!-le señaló con el dedo Caesar, en un tono excepcionalmente duro-. ¡Puede que antes fueras el mejor orador del país, y que tus discursos en el Congreso hicieran subyugar a las bestias!¡Pero conmigo no cabe emplear truquitos de retórica!
            Cicerón se levantó, y le contempló con ojos glaucos.
            -Pues entonces, no puedo hacer nada, Caesar, porque eso es lo único que me queda...
            Y al decirlo, pareció que se había arrepentido de todo lo que había dicho, y que un instante más, había dudado. Cosa que, mantenía Caesar, camines en la dirección errónea o no, no se debe hacer jamás. Quizás, meditó el mandamás, es que el propio Cicerón, su particular perro, había sentido que, en su pequeña revolución al amo, había llegado demasiado lejos.
            -Admiraba a Pompeyo, Cicerón, y de hecho, aún lo hago. Él fue quien me invitó a formar parte del Consejo de Administración, y de esa manera, con nuestra asociación, con el matrimonio de él con mi hija, es como empezó mi carrera política. Es por ello, a pesar de sus traiciones de última hora a aceptar mi legitimidad como dirigente, por lo que sigo manteniendo su cuadro en la sala del Consejo de Administración.
            Cicerón no contestó, y a eso a Caesar le inquietó casi más que cualquier posible respuesta. Había enunciado esta última frase como modo de imponerse definitivamente en la discusión sobre Cicerón, como para no dejar precedente, de que podía permitirse ser derrotado. Pero Caesar bien sabía que esta sentencia bien podría haber argumentado su abogado que el único motivo de mantener las representaciones de Pompeyo, era esperar que de esa manera, su sucesor respetara también las suyas.
            -Cicerón, Cicerón... Te lo ofrecí todo. Podías haberte puesto de mi lado desde un principio, y sin embargo, dudaste. Te fuiste de mí...
            Cicerón se mostró escéptico con el rostro.
            -No hice nada que realmente pudiera perjudicarte. El mismo Catón, desde su refugio en Utah, decía que casi te era más útil estando de su lado.
            -¿Y qué fue lo que hiciste cuando te dijo eso?
            Preguntó Caesar. Pero su abogado no dijo nada, y el líder dio la vuelta alrededor de la mesa.
            -Nada. ¿No hiciste nada, verdad? Te sumergiste en una de tus habituales depresiones, y te retiraste a pensar...
            Siguió señalándole con la mirada, pero Cicerón, cabizbajo, siguió sin responder nada.
            -Cicerón, Cicerón... Dudas demasiado. Has estado toda tu vida muy sensible ante lo que te digan los demás, ante lo que ellos puedan pensar de tí. Te ha faltado autoestima, coraje, has evaluado durante demasiadas horas lo que la Historia pensaría de tí, y eso te ha supuesto un freno inapelable en tus acciones... Ésa es la diferencia entre un intelectual, y hombre pragmático. La historia te conocerá mucho más probablemente por tus disquisiciones, que por los hechos...
            Su abogado se mostró resignado.
            -Hay algunos que no podemos evitar ser lo que somos. Algunos tienen en el destino hacer grandes cosas. Otros, en cambio, solamente planearlas. Yo soñé con una empresa, y dentro de esa idealidad, funcionaba como un mecanismo de cuerda. Gente como tú, en cambio, soñando sólo uno o dos detalles, os lanzasteis a construirla, o a destruir la anterior, quién sabe. Y al final triunfaste tú...
            -Uno es siempre juzgado por las decisiones que toma. Y de ahí depende el juicio que emitirán los demás.
            -E incluso más importante, del inapelable juicio de uno mismo.
            -Sobre todo cuando los demás te juzgan equivocadamente.
            -Lo cual me recuerda, Caesar, una vieja frase tuya: y es que tú decías que un hombre no puede evitar acabar siendo lo que de él piensan todos los demás.
            De nuevo, un sepulcral silencio entre los dos. Caesar, ligeramente tocado, siguió dando vueltas alrededor de la mesa. Pasando el dedo por la superficie de la misma, casi parecía farfullar.
            -Dime, Cicerón. Tú argumentaste, a la hora de decidir entre yo y Pompeyo, que defendías la causa de la empresa. Que defendías, la libertad que nos otorgaban los sacrosantos estatutos de nuestra compañía. Que habías decicado tu vida a los valores de ésta, que alcanzaste tu punto álgido cuando la salvaste de la conspiración de Catilina. Defendiste todo esto, con gran vehemencia y con principios, con la seguridad de saber que había algo, una estructura, en la que creías, precisamente, porque era más grande que cada uno de nosotros mismos por separado, y que pretendías que siempre siguiera así.
            Se acercó aún más a Cicerón.
            -¿Por qué, entonces, te pasaste finalmente a mi lado?
            Cicerón no movió los labios.
            -Por qué, Cicerón, por qué. Respóndeme. No admitiré la callada por respuesta.
            Cicerón balbuceó.
            -Las estrategias, el momento bursátil...
            -Tampoco admitiré evasivas.
            -Las cosas, no salieron como estaban planeadas...
            -Dime la verdad...
            -Hay cosas que se pueden hacer desde dentro, que son más eficaces que los que puede hacer uno fuera...
            -Confiésalo, Cicerón: tuvistes miedo...
            Se hizo un hondo vacío entre los dos.
            -Dudaste entre qué dos caminos tomar: angustiado por la decisión, no te atreviste a apostar todo el juego a una carta. A la hora de la verdad, no te pudieron los principios, sino el miedo a perderlo todo.
            -Algunos teníamos miedo de nuestra vida. Teníamos miedo de acabar como Pompeyo.
            -No finjas, Cicerón, no es tu vida lo que te angustiaba: bien sabes que no te hubiera tocado un solo pelo del cuerpo. Te angustiaba otra cosa.
            Le susurró al oído.
            -Perder el poder...
            Se alejó un poquito, como el boxeador antes de asestar el golpe.
            -No ser nada, un mero comparsa, ser alejado de la cúpula, alejarte de la cocina del poder, no volver a poner más los pies en la compañía.
            -No fue así.
            -Perder de las manos, las arenas del manejo, el cálido abrazo del dominio, el impulso de zambullirte en las aguas del enorme complejo de esta empresa, la cual tú consideras mucho más grandes que tí mismo, y más importante que tu propia vida, incluso aunque esté en manos de un solo hombre...
            -No fue así...
            -Tuviste pánico.
            -¡No es verdad!
            -¡Tuviste miedo!
            -¡Sí, es verdad -descargó en un alarido final Cicerón-, tuve miedo!
            Y le apartó bruscamente, se atrevió a tocar su rico traje de Armani, pero a Caesar, en estos momentos, no le importó. La atmósfera en estos instantes era tensa, la distancia que les separaba, viscoso plomo.
            -¿Qué, ya estás contento?¿Ya te has quedado a gusto, gran Caesar?
            Un hondo silencio, el más profundo hasta este momento, y a lo largo de esta conversación, y de todos sus diálogos, había habido muchos, se asentó definitivamente entre ellos. Cicerón giró la vista con desprecio a un lado, como en una mueca a punto de escupir.
            -Muy mal debes de estar, Caesar, para tener que demostrar tu dominio atacando ya a un viejo acabado...
            Caesar se alejó.

            No sabía por qué, y a pesar de que haber conseguido lo que quería, no se sentía mejor, sino más bien, como si hubiera sido él el que hubiera sido derrotado.

            Eran dos viejos, cayéndose a trozos, metiéndose los dedos en los ojos, peleándose por las migajas de un pastel ya aplastado.
            -Márchate esta noche, Cicerón –dijo Caesar cansado-. Ya terminaremos los balances mañana.
            Las palabras resonaron huecas. Cicerón no respondió nada. Ya no había nada más que en el pasado o el futuro, se pudieran decir. Caesar iba a llamar a la criada, pero no tuvo necesidad. Ella ya se acercaba.
            -Ah, Caesar, era para comunicarte: ha llegado Cleopatra.

                                    *                                  *                                  *

            Cuando Cleopatra entró en la casa, lo hizo como lo había hecho siempre: como una reina. Penetró en el despacho, vestida con un traje de lentejuelas muy escotado, contempló brevemente a los dos hombres, y sin mediar palabra, como si fueron invisibles, se acercó al minibar, y tomó una botella y un vaso con hielo. Después, se alejó sin agregar ninguna otra cosa, contoneando sus caderas, sin duda hacia el dormitorio.
           
            Caesar y Cicerón se miraron. Ambos sabían lo que tenían que hacer. Las relaciones de Cicerón con Cleopatra nunca habían sido buenas. Para ella, él siempre había sido un funcionario gris y vulgar, un mero contable que concentraba el esfuerzo de sus ojos en numeritos en los libros de cuentas, y que no tenía ninguna relación con el boato, el adorno y el lujo, que caracterizan al poder. Un ex-fiscal del estado, para una reina, bendecida por la gracia de Dios, no es más que un simple mortal. Era normal, entonces, que le despreciara de la misma manera en que tratamos nosotros a las hormigas.

            Caesar despidió amablemente a Cicerón hasta el día siguiente. Antes de decirle adiós, quiso emitir un cierto tono de disculpa:        
            -Quizás Caesar haya dicho cosas que no eran apropiadas  esta noche...
            Cicerón negó con la cabeza.
            -Uno puede mentir con respecto a las palabras que dice... pero nunca puede engañar con respecto a las disculpas que ruega.
            Y se marchó cabizbajo, con la poca dignidad que le quedaba, dejando a Julio Caesar silencioso, parado en mitad de la puerta.

            A continuación, Caesar se dirigió a grandes zancadas hasta su dormitorio. Durante la ascensión por las escaleras, sintió viejas heridas en las rodillas, y un dolor en las vértebras que no le dejaba respirar. Soportó los achaques de manera estoica, aguantando mientras se mordía la lengua para no soltar un grito, como única manera que le quedaba de guardar una cierta apariencia de solidez incluso a sí mismo. Pero para cuando llegó hasta el segundo piso, esa falsa sensación de confianza había desaparecido.

Al llegar definitivamente a la alcoba, se plantó con los brazos en jarras. Cleopatra estaba vertiendo el alcohol en su vaso de hielo, tumbada sobre la cama, en su traje de noche, rodeada por las sabanas de raso, las almohadas de pluma y las mantas de seda... Todas ellas parecían, ansiar una oportunidad para acercarse y rozar...
            -¿Dónde has estado?-le inquirió grave Caesar.
            Ella pasó inequívocamente de él, mientras abría una pequeña lata y la vertía en el cuenco de comida para el gato, el cual, ávido de su ració, ni tan siquiera le miró.
            Cleopatra tampoco.
            -No me controles-respondió-. No eres mi padre.
            Y sacó un mechero de alguna parte de su ajustado vestido, y encendió un cigarrillo.
            -¿Has estado con Antonio?
            Cleopatra giró el cuerpo orientándolo hacia Caesar.
            -Y si así fuera, ¿qué pasaría?
            Preguntó insolente. Lo que más le dolió a Caesar, es que ni tan siquiera sonreía. Incluso aunque esa sonrisa significaba que estaba riéndose de él. Pero cuanto menos, no esa expresión amargada, ese hastío imposible que reflejaban los años. Había empeorado su aspecto, ni la cirugía ni el maquillaje habían conseguido disfrazar completamente el progresivo avance de la edad. Y sin embargo, y a pesar de todo, seguía despertando tanta fascinación, como siempre. Y sobre todo, no perdía ni un ápice, de su siempre divina dignidad.
            -Eres una puta.
Pretendió mostrarse intencionadamente grosero Caesar. Pero Cleopatra no pareció inmutarse. Esto sólo hizo que éste albergara más odio.
-Y mírate lo que llevas. Estás vestida como una zorra.
Sólo entonces Cleopatra volvió la vista ligeramente. Con una aguda sonrisa, simplemente contestó:
            -Eso no me lo decías cuando eras tú el que me comprabas los vestidos.
            Y ahí Caesar no supo qué contestar.

Cleopatra siguió fumando su cigarrillo; lo hizo tranquila y pausadamente, durante unos minutos, ignorándole (quizás de manera consciente, quizás directamente es que no lo fingía) por completo durante todo ese tiempo. Caesar contempló todo esto callado, en silencio, protegiéndose de la ira con la defensa mental más débil que tenía a  mano...
            -Fíjate como estás –le espetó él en tono ofensivo, ella se volvió de nuevo, su cara estaba jalonada se arrugas, ya se notaba que había bebido, en demasiado poco tiempo,  una excesiva y desmesurada cantidad de alcohol.
            <<Fíjate como estás>>, se repitió Caesar; no es que nunca hubiera sido arrebatadoramente hermosa, quiero decir, pensó Caesar, lo era, pero a su manera, tenía una forma de la cara extraña, arrebatadora, magnética, animal, fiel reflejo (de hecho, eran más sus gestos, que sus facciones, los que la definían), del tigre dormido que ella quería dejar siempre patente que podía ser en la cama... Ahora, seguía reflejando en su cara parte de esa verdad, pero mucho más recóndita, más oculta, no con la sutileza que se esconde justo debajo de la superficie, sino con la oscuridad que puebla el fondo de los más profundos pozos...
            -Eso tampoco me lo decías hace unos años –replicó ella, socarrona, y durante unos segundos reflejó esa breve subida de tensión sexual (quizás en este caso desvergonzada, demasiado chabacana, mucho más cercana al tono deslenguado de un viejo verde que a una sutileza elegante pero evidente) que tan frecuentemente, en otras eras, y con tantísima facilidad con respecto a todos aquellos que se encontraban junto a ella, había conseguido lograr...
No, claro que no, replicó Caesar. En aquella época, yo había sucumbido a tu influjo erótico, atrapado en tu telaraña, mujer de armas supremas, de caderas que se retorcían, suaves y calientes, bajo el cuerpo de uno, de labios a los que se le ocurrían los juegos más salvajes, aquellos que ni diez decenas de personas, ni en un millón de años, habrían acabado por soñar...  Era de esa manera como Cleopatra había conquistado el corazón de Caesar, era con ese entramado, complicado y venenoso como el de una serpiente, como había llegado a escalar tan alto en el casi exclusivo mundo de hombres que es siempre el poder... Pero ahora, qué imagen daba ella ahora, de todo, menos de diosa del sexo, por qué será, se preguntó Caesar, será que el paso de los años, y la convivencia, la vejez, la rutina, nos han convertido en autómatas, o en simples estatuas; o es que lo hace simplemente por mí, se inquirió angustiado Caesar. O es que ya no realiza aquella representación, porque ahora, en cambio, ya no le soy necesario.
            -Hubo un tiempo en que te esforzabas por parecer guapa ante mí. Por que te encontrara sexy, sensual, porque quemara todas las naves a cambio de que pasaras una sola noche conmigo. Y ahora, en cambio...
            Dejó la frase inconclusa, como esperando que Cleopatra la completara. Pero ésta no la terminó, parecía, como tantas cosas en esta vida, que tampoco en este caso transitaban por los mismos caminos, y que sus pensamientos no tenían necesariamente que armonizar –ni que escuchar- los pensamientos del otro.
            -Antes –replicó ella-, tú también hacías cosas distintas. Hubieras puesto cielos y mares a mis órdenes. Hubieras inclinado el mundo a mis pies y pasado de largo de ésta con un solo chasquido de mis dedos.
            Caesar la reprobó acusadora:
            -Es que muchas veces puse el mundo a tus pies y puse en peligro mis responsabilidades, y toda mi carrera política, por correr detrás de tus faldas.
            Cleopatra le miró con aire escéptico.
            -¿Y entonces que ha pasado?
            Caesar se pasó la mano por la cara.
            -Han pasado muchos años...
            Ella negó con la cabeza.
            -Los daños dan experiencia. Dan aprendizaje. Lo que nos sobra a ambos es amargor.
            -¿No es a veces lo mismo?-replicó Caesar mordaz.
            -En algunos casos desde luego –contestó ella, orientando su mirada hacia él.
            Una caída de ojos de ésas que le mataban.
            -No sabrás dónde está Bruto, ¿verdad?
            -¿Qué pasa, es que hoy tengo que saber dónde está todo el mundo esta noche?-dijo Cleopatra apagando el cigarrillo sobre un cenicero en la mesa y avanzando con las zancadas más grandes que le permitían sus tacones hacia el tocador. De un cajón del mismo extrajo una cajita de nácar que abrió delante del espejo mientras se sentaba.
            -¿Qué vas a hacer ahora?¿Colocarte otra vez?
            -¿Qué coño, me vas a controlar también en mis adicciones como si fuera mi padre?
            -Bien, ya veo que la chica del glamour se ha convertido en la camionera –se rió Caesar, quedando reflejado por el espejo mientras ella aspiraba la raya-. Qué boquito ha quedado de tu brillantez.
            -Hoy estás especialmente tocapelotas –dijo ella más como un hecho que como un insulto, mientras se atusaba elegantemente la nariz-. ¿Qué te pasa para que estés tan irritante?
            Caesar tomó asiento sobre la cama.
            -Quizás, hoy me haya dado cuenta de que no todo dura eternamente. Tal vez, hoy me doy cuenta de que soy mortal…
            Cleopatra se dio la vuelta.
            -Vamos, que esta mañana no se te levantaba.
            -… podrías tratar de ser un poquito menos vulgar.
            -¿Pero qué nos vamos a ocultar ahora después de tantos años, Caesar?¿Qué quieres que finjamos?¿Una poquita de educación escondida en algún sitio?¡Somos conquistadores, Caesar, eso es lo que somos!¡Rapiñamos, arrastramos a la gente con el fango, y nos hacemos los vencedores de él! Podemos rodearnos de cuadros carísimos y de libros, pero en el fondo los dos somos gente de sable y de sangre, de sudor y de cama… Los dos lo hemos sabido siempre muy bien.
            -Será entonces que te merezco –ironizó él.
            -Soy la maldición con la que tendrás que cargar siempre –se rió ella. La risa parecía casi de bruja. Aquello le sobrecogió.
            -Es con lo que tendré que arrastrar, sin duda…-replicó-. Con el que la gente me reproche haber entregado el mando de esta empresa a alguien ajena a ella, a una competidora… Con creer que eres tú quien me gobierna, la que pone en jaque mis decisiones y mis leyes…
            -Estoy harto de que te preocupes sobre qué piensa esa manada de borregos –protestó ella, dirigiéndose hacia su armario, y abriéndolo de par en par-. A un auténtico líder no necesita importarle qué es lo que piensan de él.
            Caesar se acercó y cogió uno de los vestidos de Cleopatra: rosa, hecho de pieles… Algún otro estaba lleno de plumas.
            -El problema es que lo que piensen de Caesar coincida con lo que teme él… Mira estas prendas, estos lujos… Todo esto le ha costado dinero a la empresa.
            -Estas ropas son símbolo de esplendor, de gallardía. Antes todos vosotros parecíais una manga de tenderos. Sólo os faltaba el delantal. Ahora, os codeáis en determinados ambientes gracias a mí.
            Cleopatra se preparaba para salir. Se cambió rápidamente en el baño, sin importarle demasiado si Caesar la veía o no desnuda, y buscaba el bolso. Caesar tenía preparada una réplica a la salida.
            -Tu empresa era sólo una mierda barata que se vendía porque estaba al borde la quiebra, y tú sabías que pegarte a nosotros era la única forma de que sobreviviera, o mejor, de fingir que quedaba algo de ella que se pudiera denominar tal. En realidad, cuando te abriste de piernas, lo que hacías tan sólo era completar la transacción comercial.
            Cleopatra le respondió con una bofetada en la cara que resonó en toda la sala. Luego se ajustó el bolso y fue hacia la puerta.
            -No me esperes levantado –anunció, y cerró dando un portazo.
            A Caesar no le dolía tanto el golpe físico como el hecho de que no hubiera mirado atrás.