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lunes, 8 de septiembre de 2025

El libro y la historia real de septiembre: Tom Crean, "Un héroe olvidado", de Michael Smith

Ésta es una historia irlandesa. Al menos en parte, porque, en realidad, se trata sobre todo de una historia de la Antártida. Tom Crean nació en la isla esmeralda, pero pronto se sintió llamado a la aventura y se enroló en la marina británica, donde, mezcla de sus inquietudes y de las circunstancias del momento, fue reclutado para una expedición polar al mando del capitán Scott. Y luego participó en dos viajes más, dos de los periplos polares sobre los que más se han escrito, entre otras cosas porque acabaron en desastre. Michael Smith se recrea en estos hechos no sólo porque es la manera de hablar de un compatriota que no suele salir mencionado en la historia de las expediciones a la Antártida (a pesar de que su sangre fría, su coraje y su tesón fueron imprescindibles para que éstas no terminaran peor aún), sino también porque constituyen una buena excusa para hablar de temas que nos encantan: grandes epopeyas, gestas humanas, abnegación, riesgo vital. O, en definitiva, el viaje de Scott al Polo Sur que derivó en tragedia, y el épico relato de los marineros del Endurance al mando de Shackleton.

Contado de esta manera, pudiera parecer que Tom Crean no era sólo (como refleja su biógrafo) un tipo simpático, fuerte, voluntarioso e intrépido, sino, sobre todo, el hombre con más mala suerte del mundo. Claro que había varios condicionantes para que, de sus tres expediciones polares, las dos últimas se cubrieran de penalidades. La primera es que, por supuesto, todo viaje a la Antártida, y más en aquella época, es un riesgo, y lo más normal es que las cosas salgan mal. La segunda es que la lectura de este libro deja muy claro al lector que los ingleses no estaban preparados para el Polo. Sacudidos por el ánimo heroico de la época, que llevó a los británicos a conquistar las regiones en los extremos del mundo, incluyendo las más altas cumbres, y a batir toda clase de récords, los viajes a la Antártida fueron planificados en general con un amateurismo impensable hoy en día, organizadas por hombres que no tenían experiencia, no aprendieron de las lecciones de los habitantes de las regiones polares (cosa que sí hizo Amundsen, noruego, quien copió muchas técnicas de los innuits), e incluso, desde los cuarteles generales, fueron diseñadas por individuos que se basaron en estrategias ya desfasadas en el momento en que se aplicaron, y que les acabaron costando más de un disgusto.

Tomemos por ejemplo el segundo viaje de Crean, en el que acompañó al capitán Scott a la conquista del Polo Sur. Scott confió poco en los trineos tirados por perros o en el esquí (las bases de la campaña de Amundsen), métodos que además no dominaban ni él ni su equipo; se basó sobre todo en ponis (a los que, según el autor, trataba con demasiados miramientos para la dura prueba a la que aquel grupo de hombres fue sometido), vehículos a motor -que fallaron con frecuencia en la Antártida- y tracción humana, una técnica horrorosa que obligaba a los expedicionarios a recorrer miles de kilómetros bajo el frío y la nieve arrastrando sus propios trineos, cargados de pesados fardos con cientos de kilogramos de material. No es extraño que el viaje saliera tan mal, con Scott y los otros cuatro hombres que conquistaron el Polo Sur (aunque quedaran segundos, superados por Amundsen) fallecidos durante el viaje de retorno, y con Crean teniendo que realizar un esfuerzo casi sobrehumano para salvarse a él mismo y a sus compañeros de equipo. Los detalles os los dejo leer en el libro -donde se analiza a fondo el plan de Scott y las diferentes posibilidades-, pero comprobaréis que muchas tácticas del viaje se basaban en que todas las dificultades se superarían gracias al pundonor y el espíritu de sacrificio de los componentes de la expedición, muchos de ellos (como Crean) miembros de la marina británica. Una filosofía muy bonita sobre el papel, pero que obligó a que los viajeros pasaran por una serie de trabajos innecesarios y penalidades horribles, sin obtener, en buena parte de las ocasiones, el fruto esperado.

El viaje del Endurance fracasó menos producto de la organización de Shackleton que de la mala suerte (aunque ahí también hubo problemas; recordemos que el segundo barco que iba en la expedición, aunque no vivió una aventura tan famosa como la de Shackleton y su grupo, también lo pasó muy mal, y en buena parte fue porque no estaban bien preparados): como muchos sabréis, el barco quedó atrapado en los hielos, algo muy común en las regiones polares, para finalmente ser destruido por el agua helada, y los marineros tuvieron que viajar un agotador recorrido primero a pie y luego en lanchas para hallar refugio en una isla remota. Allí, un grupo reducido de hombres se atrevió a cruzar el agitado Océano Antártico para llegar a la isla de San Pedro, situada a 1300 km, pero con presencia humana, y donde sería más probable encontrar ayuda con la que poder rescatar al resto de sus colegas. Finalmente, cuando llegaron a la isla, mientras la mayoría de los ocupantes de aquel frágil esquife se recuperaban del abominable recorrido, tres individuos (Shackleton, Crean y su compañero Worsley) cruzaron las inhóspitas y desconocidas regiones montañosas de la isla durante un trayecto de 36 horas seguidas sin dormir para llegar, con las ropas raídas, suciedad acumulada de un año, y más hambre que el perro de un ciego en un glaciar, a una estación ballenera desde donde se iniciaron las sucesivas operaciones de rescate, que aún se prolongaron varios meses hasta que por fin consiguieron rescatar a sus compatriotas, de los cuales (es importante subrayarlo) sobrevivieron la inmensa mayoría: a Shackleton no le sonrió la suerte en el Polo, pero no puede negarse que se esforzó en que los hombres a su cargo volvieran casi todos, y casi enteros, cuando las cosas venían mal dadas.

Imagen de (de izquierda a derecha) Crean, Shackleton y Worley, ya afeitados y limpios, pero todavía consumidos, después de su heroicidad antártica. La foto está extraída de aquí.

Crean estuvo a punto de embarcarse en una cuarta expedición polar, pero le pudo la nostalgia, o, quizás, la vida familiar: volvió a Irlanda, se casó, tuvo hijos, montó un pub -llamado, con retranca, "La taberna del Polo Sur"-, y colgó las manoplas y los jerseys de lana que, mal que bien, fueron su principal protección contra más de una zambullida en el agua helada. Pasó a formar parte, ahora sí, de la tradición irlandesa, y quizá su modestia, o que no fuera un hombre instruido -como otros héroes del Polo-, o los avatares de la historia (en la Irlanda de aquella época no se llevaba muy bien que alguien hubiera trabajado para la marina británica) evitaron que disfrutara de un mayor reconocimiento, aunque ni Crean lo quiso, ni le faltaron homenajes por parte de sus antiguos compañeros, que sí que sabían lo que había contribuido a salvarles la vida. En todo caso, el autor ha querido rendir tributo a su compatriota, con menos fama que Scott y Shackleton (por cierto, también irlandés), pero cuyas experiencias no son menos valiosas.

Acertadas o no, estas expediciones son una demostración del espíritu general y de los propósitos de una era, y del deseo del hombre por conquistar los rincones inexplorados del globo: uno de los aspectos que, en el fondo, ejemplifican mejor cómo somos los humanos. En ese sentido, Tom Crean resulta un buen espejo donde mirarnos, aunque sólo sea desde el punto de vista del tipo que acata las órdenes y trabaja con denuedo para el bien común. Decía el escritor David Torres, muy aficionado a narrar epopeyas de todo pelaje, que, si andas en una situación entre la vida y la muerte en la Antártida, quieres tener al mando al incombustible Shackleton*: yo, además, pagaría por contar a mi lado, codo con codo, con Tom Crean.

*A Shackleton (casi) nunca le sonrió la suerte. Tuvo que regresar de su primera expedición al Polo por motivos de salud. La segunda fue la más exitosa, pues batió el récord del viaje más al sur hasta entonces, aunque el viaje del retorno fue una carrera contra el hambre (donde Shackleton dio una muestra más de su compromiso, al entregar una de sus raciones a uno de sus hombres enfermos) en la cual llegaron por muy poco a coger el barco de regreso. Después de que Amundsen batiera todo los registros con la conquista del Polo Sur, el viaje del Endurance pretendía cruzar el polo de punta a punta, algo que, obviamente, no se logró. Después de su accidentada participación en la Primera Guerra Mundial (también en zonas polares, aunque en este caso en Noruega y el norte de Rusia; ambas quedaron a medias, respectivamente, por el estado de salud de Shackleton, y por el estallido dela revolución bolchevique), nuestro héroe intentó circunnavegar el continente antártico en una expedición que fue la última, porque un ataque al corazón acabó con su vida. Y, sin embargo, tras un período de olvido, Shackleton ha resultado ser de los exploradores polares más elogiados y reconocidos: seguramente, porque no olvidaba a sus hombres en tiempos de zozobra.

lunes, 22 de abril de 2024

El relato de abril: "Una gesta épica"

Una gesta épica

                Los soldados de la parte frontal del comando creaban camino a base de machetazos, despejando el intrincado paraje de frondosa selva tropical que, más que abrirse, parecía que se cerraba estrechamente alrededor de los militares, amenazando con aislarles en cualquier momento del resto del mundo. Caía una llovizna ligera; el capitán, atento a todas las perspectivas, como si en cualquier momento fueran a tenderles una emboscada (“¡porque quizás vayan a tendérnosla!”, meditaba encabritado), sudaba con profusión como no lo había hecho en la vida. El día que se presentó voluntario para esa misión no las tenía todas consigo: mosquitos, fieras salvajes, una terra incognita, ¿cuántas cosas podían salir mal? Sin embargo, una conversación con el cartógrafo de guardia en la base militar le convenció:

                -La región del Suroeste tiene vastas regiones de tierras cultivables. Y oro. Mucho oro. El que regrese tras conquistarlas volverá en un manto de victoria y fortuna.

                Aunque nunca se lo hubiera confesado a sus compañeros, le encantaba el ambiente (especialmente el olor) de la habitación donde trabajaba el hacedor de mapas. Ese aroma a papel y a tinta, el delicado brillo del compás abierto sobre un mapa secreto, la tenue luz ambarina procedente de la sección superior de las velas, le sumían -no sabía expresar muy bien por qué- en una atmósfera de tranquilidad.

                -Pero nadie realmente ha visitado el Suroeste en muchos años, ¿no es así?-inquirió el capitán, buscando convencer a una parte de sí mismo.

                -No, eso es cierto; pero numerosos exploradores volvieron con informes muy prometedores de allí: Losada, Henríquez, Íñigo Montoya… ¿o era Mendoza? En fin, da lo mismo. Los reportes son coherentes, con lo cual tenemos una idea bastante exacta de lo que te vas a encontrar allí. Eso no significa, claro, que no tengas que ir preparado.

                Y por eso, allá atrás, en la cola de la expedición, los porteadores no sólo cargaban con víveres y armas, con enseres y futuros regalos para tribus indígenas, así como objetos útiles para toda clase de eventualidades; sino también con pesadas cargas de libros, en los cuales debían revisar las anotaciones de los conquistadores que les habían precedido, en el caso de que algún imprevisto les obligara a alterar el plan inicial.

                Pero la retaguardia de la expedición, al capitán, ahora mismo, se la traía al pairo. Lo único que le importaba era avanzar hasta llegar al lugar que el mapa marcaba como punto de inicio del territorio objetivo y, después, desplegar todos los planes que tenía bullendo en su mente y que deseaba haber ordenado desde ayer. Y así hoy, y ayer, y el día anterior… Tan enfocado se hallaba frente a la misión que le había encomendado el destino. Tanto, que casi ni se dio cuenta de que había dejado de llover.

                No obstante, había un hombre más adelantado que él: una avanzadilla de un solo hombre que circulaba unos quinientos metros por delante, sin tener que cargar con el resto de la expedición, y con libertad para moverse a su aire, y también la libertad de ser el primero a quien liquidasen si se tropezaba con un ejército rival. Los últimos doscientos kilómetros habían sido muy duros y, a pesar del machete, tenía la cara sembrada de arañazos por la vegetación que le había acariciado la cara. Sin embargo, los últimos cien metros le habían dado un respiro, y se había abierto una pequeña fracción de terreno despejado. De hecho, divisó un pequeño lago a una distancia no muy lejana. No se había dado cuenta de la sed que tenía, y lo vacía que estaba su cantimplora.

                Se arrodilló sobre la superficie del agua, y bebió sin rubor con el cuenco de las manos. Las aguas del lago eran tan límpidas que podía ver su reflejo cristalizado sobre el agua. La cosa hubiera resultado hasta poética de no percatarse que, en lugar de un solo reflejo sobre el agua, había tres. La cara del otro soldado se movió de manera simétrica a la de él conforme la confusión se expandió en su rostro, para a continuación dar paso al terror. De hecho, cuando ambos intentaron retroceder, para evitar una roca situada en el margen del lago, casi se chocaron nariz contra nariz, pero al final el explorador se dio la vuelta y corrió a toda velocidad hasta estar a punto de estamparse (en este caso, mentón contra mentón) contra sus propios compañeros.

                -¡Mi capitán, mi capitán!¡Un enemigo al frente!

                -¡Maldita sea, soldado!¿Estás seguro?¡No será una ardilla otra vez!¿O has vuelto a empinar el codo?

                -Mi capitán, le prometo que…

                Sin embargo, no tuvo tiempo de justificarse, porque sonó un estruendo en la distancia, y todo el pelotón echó el pie a tierra. El entrenamiento militar hizo que no hubiera un intervalo demasiado largo para la reacción: inmediatamente, empezó la ensalada de tiros.

                -¡Malditos volgobianos!¡Ya sabía yo que los muy mamones no se estarían quietos!¡Me cago en Dios!-blasfemó el capitán.

                -¡Cágate en tu Dios, hijo de puta!-se escuchó desde el otro lado-. ¡No te cagues en el mío!

                -¡Cállate, tarado! Cómo me fastidia lo capillitas que son los volgobianos -gruñó el capitán junto a su sargento, que seguía disparando a discreción-. Parece como si hubieran parido ellos al niño Jesús.

                -¡Te estoy oyendo, hijo de mil hienas!¡Y que sepas que es ilegal que estés aquí!¡Este lugar es nuestro según lo que firmasteis en el tratado de Cienfuegos!

                -¡Mentira, mentira y cuatro mil veces mentira, especie de concha de sapo gordo!¡Ese tratado lo invalidasteis vosotros el mismo día que atacasteis Maldagadia!¡Este territorio es nuestro, y así lo avalan numerosas resoluciones internaciona…!

                -¡Vete a cagar, engendro de rábano!¡Además, incluso aunque fuera verdad esa estúpida tesis que afirmas, ningún acuerdo os autoriza a acercaros a menos de 200 metros de la orilla este del lago!

                -¿De la orilla este?¡Pero qué dices, anormal?¿Cómo vamos a estar a 200 metros de…?¿Y por qué se te oye tan alto?¿Dónde estás? -dijo el capitán, incorporándose, como si se hubiera vuelto inmune a las balas.

                -¿Dónde estás tú?-contestó su adversario, quien hizo idéntico gesto. Los soldados detuvieron el enfrenamiento, indecisos sobre lo que hacer.

                El capitán se acercó al lago. Ahora que lo veía, se le antojaba excesivamente pequeño. De hecho, era más un charquito que otra cosa.

                -¡Un mapa!¡Quiero un mapa!¿Dónde cojones está el mapa?

                Un subordinado le acercó un plano. El capitán empezó a escudriñarlo. Rápidamente, el capitán enemigo se acercó también a observarlo. Al poco tiempo, varios soldados formaron un círculo a su alrededor. Alguno trajo un par de los pesados volúmenes que habían acarreado con el resto de los bártulos de la partida.

                -Mira, esta es la referencia que plantó Losada en 1882…

                -¿Ese bosque? Pues desde aquí me parece un puto árbol.

                -¿Y dónde supone que está la cordillera Almeda?

                -¿Te refieres a ese grupo de rocas de ahí?

                -¿Y la isla en medio del lago?

                -Bueno… allí hay una tortuga…

                Poco a poco, al ver la cara de desolación que habían adquirido sus respectivos líderes, los soldados se fueron prudentemente alejando… Las caras largas de ambos capitanes, sentados sobre un par de rocas oportunamente colocadas por ahí en medio, lo querían decir todo.

                -¿Cómo han podido confundirse tanto los mapas? Vaya mierda de cartógrafos.

                El jefe del grupo enemigo movió las cejas, expresando incertidumbre.

                -A lo mejor… puede que el primer conquistador se equivocara…

                El capitán se giró hacia su némesis:

                -¿Cómo, equivocarse?

                -A mí me pasó algo parecido. Volví de una misión… Les conté lo que había visto… pero bueno, ya sabes... Exageras un poco…

                -¿Un poco?¿Has visto esa mierda de cordillera? -el capitán cruzó tanto los brazos como las piernas, como si se cerrara a la evidencia-. ¿Y cómo explicas lo de los otros exploradores?

                -Bueno… tú eres conscientes de cómo va esto… Te acercas, te cuesta… Te comen las arañas, las serpientes, los tábanos… Te dan ganas de darte la vuelta. En un momento determinado, a lo mejor te has perdido. O no encuentras el lugar que has venido a buscar… Pero si retornas sin nada, haces el ridículo… Entonces, dices que has visto lo que ha visto todo el mundo antes que tú… Si acaso, lo adornas un poquito…

                -Sí, te entiendo… Porque como no digas nada nuevo, olvídate de la financiación para el siguiente viaje. Como mínimo, has de bautizar con el nombre del rey una montaña. E inventarte alguna especie animal nueva.

                -Claro, por supuesto, qué me vas a contar…

                Los dos se callaron un tiempo, oteando el paisaje. Los pájaros piaban como si todos aquellos trazados y fronteras les dieran igual.

                -O sea, que al final, el territorio por el que nuestras dos naciones han estado a punto de ir a la guerra, y que iba a costar varios millares de muertos, resulta que apenas da para un jardincito mal puesto.

                -Si al menos tuviera oro… Porque se suponía que tenía oro, ¿no?

                -Yo me he encontrado flores amarillas… y algo de pirita por allí. De oro… quizá podamos hallar unos gramos…

                -¿Ni siquiera hay especias?¿Plantas medicinales?

                El capitán se pasó la mano por el mentón.

                -Creo que no… Pero si cogemos la corteza de aquel árbol, podemos decir que es canela a la que le falta llegar a su momento óptimo de maduración.

                El otro se rascó la cabeza.

                -¿Tú crees que colará?

                -No sé. A Colón le funcionó un tiempo, ¿no?

                Los dos se levantaron y empezaron a inspeccionar sus nuevos dominios, sopesando qué contarían de aquel lugar a su regreso, y qué indecentes maravillas añadirían a su descripción.

lunes, 18 de diciembre de 2023

Los libros de diciembre: tres ensayos

-"Hijos del Nilo": el periodista Xavier Aldekoa, experto en África, traza un recorrido geográfico, histórico y humano a través del imprescindible río Nilo, desde sus míticas fuentes hasta su desembocadura. Viaja pues a través de Uganda, Sudán y Sudán del Sur, Etiopía y Egipto, no sólo relatando su pasado y su relación con el río que los vertebra, sino su presente y los retos futuros a los que han de enfrentarse. Esclarecedor, y todavía muy válido para entender la actualidad.

-"La jirafa de los Médici", de Marina Belozerskaya, narra un conjunto de episodios alrededor de figuras históricas las cuales, por diversas razones, reunieron costosas y exuberantes colecciones de animales exóticos. Desde Ptolomeo Filadelfo hasta William Randolph Hearst, pasando por Pompeyo, Lorenzo de Médici, los emperadores Rodolfo y Moctezuma y Josefina Bonaparte, el libro explora la fascinación que producen en nosotros las criaturas vivas procedentes de lejanas tierras, así como nuestra cambiante relación con los animales y la forma en que éstos son considerados. Abundante en documentación, el libro no se detiene solamente en los zoológicos creados por estos personajes, sino que explora a fondo sus biografías, sus motivaciones, y también la de una gran cantidad de personajes que se implicaron en conseguir que las ciclópeas locuras de sus superiores lograran llevarse a cabo. Muy interesante.

-"Viajes al otro lado del mundo". El naturalista y documentalista David Attenborough nos narra algunos de sus viajes de juventud a tierras lejanas: la Melanesia, Nueva Guinea, Australia, Madagascar. Allí se tropezará con animales sorprendentes y con grupos humanos con costumbres que le descolocarán. Attenborough mezcla la mirada del escritor y del humanista, del individuo que te muestra la naturaleza, y del que te relata también las dificultades técnicas para registrarla. También es una oportunidad de comprobar cómo ha cambiado la perspectiva acerca de la conservación del medio natural en las últimas décadas. Diría que más cautivador aún que sus documentales: además, las fotografías en este volumen, de "Ediciones del Viento", sirven para ilustrar las descripciones del autor, y visualizar lo que él está viendo.

lunes, 17 de julio de 2023

Los libros no son sólo para el verano: una serie de recomendaciones literarias

Los libros no son sólo para el verano... pero la verdad, tumbados en la playa bajo la sombra, sientan muy bien. Por eso, una serie de recomendaciones rapiditas en esta época en que tenemos más tiempo de lo habitual para leer:

-"Roma desordenada: La ciudad y lo demás" es una recopilación de reflexiones y anotaciones de elección absolutamente personal (como indica el propio título) del diplomático Juan Claudio de Ramón, quien tuvo la suerte de vivir un tiempo en la Ciudad Eterna y, como él mismo dice, hubiera resultado más extraño no escribir un libro sobre la experiencia que abstenerse. Por supuesto, cualquier texto sobre una ciudad que ha mudado tantas veces de piel y vivido tantas vidas va a ser interesante (de hecho, me ha enseñado a reconocer un número más amplio de capas), y en el haber del libro tenemos historias apasionantes, mucha erudición y documentación detrás, y algunas sugerencias bibliográficas dignas de apuntarse -en particular, la película Confidencias y el libro La casa de la vida, que me están permitiendo conocer a uno de esos personajes tan pintorescos que habitan Roma-. En el debe, por contra, flota la sensación de que buena parte del libro no se ha hecho pensando en los lectores, con referencias tan crípticas que sólo los que hemos leído previamente sobre el tema vamos a entender (por supuesto, en alguna seguro que me he perdido). Aparte de eso, este ensayo tiene un poco de todo, desde apreciaciones personales del autor en las que uno no tiene por qué estar de acuerdo -como en cualquier libro- e ilustrativas postales acerca de cómo se sufre la vida cotiiigadores, se embarcan en una serie de disquisiciones a medio camino entre la biología, la antropología, la gastronomía y unas cuantas ciencias más para explicar qué comemos, por qué lo hacemos y, sobre todo, cómo de rico está. Aporta ideas muy interesantes y sorprendentes para un acto sólo aparentemente sencillo como es nutrirse, y satisfará tanto a los que saben del tema como a los aficionados que pretenden encontrar un plato sabroso.

-"El invencible". Esta novela de ciencia ficción de Stanislav Lem (Ciberiada, La voz de su amo) se ha comparado con Solaris, y aunque desde luego no le sale tan redonda, tiene algo en común: Lem reflexiona sobre qué tipo de criaturas podremos encontrarnos cuando exploremos los confines del espacio exterior, y nos obliga a salir de nuestro antropocentrismo. El "pero" es que da la sensación de que a veces la narrativa le estorba, y que ciertas cuestiones tecnológicas están un poco cogidas por los pelos (aunque, por otra parte, Lem se inventa máquinas bastante chulas). En conjunto, sin embargo, como digo, y teniendo en cuenta cómo Lem afronta el misterio y la perspectiva ante las distintas situaciones, bastante recomendable.

-"1177 a.C. El año en que la civilización se derrumbó". A lo largo de este ensayo, Eric H. Cline repasa lo poco y fragmentado que sabemos acerca de esta época en que múltiples civilizaciones del Mediterráneo Oriental (el primer mundo más o menos globalizado que se conoce) decayeron a la vez al final de la Edad de Bronce por culpa de causas sólo hasta cierto punto conocidas, generando una Edad Oscura. El libro se apoya en gran medida en los descubrimientos sobre el terreno (de hecho, traduce un gran número de inscripciones, y cita trabajos de diversas campañas arqueológicas), y por supuesto no consigue resolver el misterio sobre qué pasó exactamente, aunque apunta una interesante hipótesis que no conocía: el hecho de que, en un mundo tan complejo, una serie de factores pequeños concatenados pudieron desencadenar la caída de un sistema que estaba cogido por pinzas, pues se hallaba demasiado interconectado (¿qué pasa si tu economía se basa en exceso del comercio extranjero?), quizá porque todo dependía de unos pocos cuellos de botella. Esta última teoría es interesante, porque si en el pasado esos puntos críticos pudieron ser los centros palaciales que dominaban las redes del comercio internacional, hoy en día podemos establecer analogías al observar cómo fenómenos locales como una guerra en Ucrania o un atasco en el canal de Suez trastocan las conexiones y provocan consecuencias que se traducen en crisis globales. En ese sentido, como siempre, analizar la historia es esencial para comprender el presente, y aunque es difícil establecer comparativas, uno se siente con frecuencia tentado de trazarlas.

martes, 30 de mayo de 2023

Relato de musa: Los viajes que compartimos

Un relato que me ha ofrecido mi musa y que yo os regalo. Para aquellos que piensan que los medios de transporte no sólo acercan lugares, sino también personas:


La extraña intimidad y el voyeurismo de un tren de pasajeros. La mirada normal sólo atisba retazos, fragmentos. Ves un hombro, la coronilla, una pena cruzada sobre la otra, la tapa trasera de un libro, tres cuartos de pantalla de una película que ya has visto, un fragmento de conversación familiar, de suave debate, sobre la preparación de la cena al llegar ("No hace falta que me hagas nada [...] Bueno, vale, pero sólo si no te supone mucho esfuerzo..."). Y ahí, al alcance de un giro de cuero, tienes la superficie tremendamente reflectante del maletero, que te da un acceso poco previsto a las vidas de otros, a una gran parte de esos pasajeros que te rodean, a un mayor fragmento del puzzle incompleto. Así ves lo que escribe el joven en un cuaderno, los gestos de impaciencia del que hasta ahora parecía un turista tranquilo, la mirada triste y perdida en la ventana de alguien que, de otra manera, ni sabrías jamás que compartió tren contigo.

lunes, 13 de marzo de 2023

Las historias reales de marzo: innovando en campos de concentración, resucitando teorías periclitadas, reduciendo cabezas.

Nuevos hilos publicados en Twitter, en Mastodon o (como os enlazo en un par de casos) a través de aplicaciones que los organizan en un formato menos fragmentado: sobre cómo España creó el concepto de campo de concentración en la isla de Cabrera, acerca del gallego que se coronó como rey de los jíbaros, y en relación con no sólo con una, sino con dos teorías científicas que parecían descartadas y al final revelaron ser aplicables en ciertos casos. Disfrutad de estas historias. Un abrazo.

lunes, 17 de octubre de 2022

El relato rescatado de octubre: "Frontera italo-suiza del Lago Maggiore"

Frontera italo-suiza del Lago Maggiore

 

                El oficial del V Regimiento de la Marina Suiza, división del Lago Maggiore (el regimiento eran, básicamente, él y su barco) no pudo dormir tranquilo aquella noche. No desde que se había cruzado con la embarcación de los guardias fronterizos italianos, quienes acudieron atraídos por el contundente olor de la fondue de queso.

                -¡Pero si esto no sabe a nada!-protestó uno-. Será el peor queso de Suiza, ¿no?

                -Pues es uno de los mejores –replicó adusto el helvético.

                -Pobre chico –se rió el otro italiano-… Enrolado en una marina que no es de verdad, en un país que no es de verdad, comiendo un queso que tampoco es de verdad… La vida es muy dura al otro lado de la frontera.

                Se quedó sorprendido de las cosas que le contaron.

                -¿Cómo que el barco está bautizado?

                -Es algo típico de mi pueblo. Viene un cura, le da unas bendiciones…

                -¿Y con eso te aseguras de que no se hunde?

                -Bueno, es un Dios italiano, ¿sabes? Deja a las cosas un poco a la improvisación.

                No entendía cómo era posible que aquellos dos italianos fueran tan distintos.

-Echo de menos mi tierra… Esos veranos en que, te tumbas a dormir la siesta a la sombra de un olivo,  rascando a mi can, después de unos cannoli que han servido de postre a unos canneloni de la mia mamma

                -Quita, quita, ese calor -se quejaba el otro-… Donde estén unos agradables quince grados…

                Conforme el oficial suizo nadaba por el lago para desertar en dirección a Italia, recordaba su última conversación.

                -¿Y decís que, en la Guardia Suiza ésa, podré conocer muchas ragazzas italianas?

                -Hombre, ragazzas no sé… Pero faldas, desde luego, vas a ver muchas…

lunes, 23 de mayo de 2022

Los libros de mayo: una guía de Nueva York

Caminar por una ciudad, en muchos casos, es similar a deambular a través de las páginas de un libro. Vas admirando los escaparates que se te presentan a un lado y a otro, recorriendo lugares nuevos, repitiendo por otros ya transitados, perdiéndote y volviéndote a encontrar. Por eso, una de las mejores maneras de visitar una ciudad (ya sea como preparación previa, o durante el viaje) es llevarte algún libro ambientado en dicha urbe, o que trate acerca de la misma. Así que, aprovechando un reciente periplo, os paso alguna de las lecturas por las que he vagabundeado para conocer ese enclave tan inabarcable que se llama Nueva York. Espero que os llene este pedazo de Gran Manzana:


Nueva York tiene toda clase de localizaciones interesantes para los amantes de toda clase de artes y espacios.

-"New York, New York", de Javier Reverte. No es el ambiente en el que más a gusto se desenvuelve este cronista de viajes, al menos en el terreno literario, en comparación con otros textos que le han salido más redondos (como sus ya míticos libros sobre África). Quizás sea porque Reverte, en lugar de explorar la urbe, más bien ha habitado en ella durante unos meses, y al final la costumbre saca, como casi siempre, lo mejor y lo peor de nosotros. De todos modos, su método habitual (entrecruzar vivencias personales con toneladas de literatura e historia al respecto) aporta suficientes datos interesantes sobre la ciudad que merece ser nombrada dos veces para echarle un vistazo al menos en una ocasión.

-Un esquema parecido articula Paolo Cognetti en "Nueva York es una ciudad sin cortinas", con unas cuantas salvedades: su recorrido, como él mismo dice, será no sólo incompleto (imposible devorar la fruta prohibida en un solo bocado), sino sesgado, personal, y bajo la óptica de un extranjero; además, enmarca los capítulos por barrios, a semejanza de los paseos que realiza por la ciudad que nunca duerme. Cognetti se centra mucho en la figura de los escritores que han relatado Nueva York (quizás la urbe más retratada del mundo, bajo diferentes ópticas) y de los habitantes más pobres de la urbe -con frecuencia los inmigrantes-. Y, aunque se le nota un exceso fervor en la búsqueda de la autenticidad -esa cosa que sólo existe cuando no te preocupas de ella-, qué duda cabe de que entre tantas páginas te descubre unas cuantas más que atrayentes, y que de hecho incitarán a nuevas lecturas.

-"Nueva York, insólita y secreta". Soy un asiduo a esta categoría de guías de la editorial Jonglez que, bajo el epígrafe, "insólita y secreta", te descubren una serie de hitos (quizá no muy secretos, casi siempre fascinantes) acerca de la ciudad que planeas visitar. Ideal para encontrarse curiosidades urbanas que en bastantes casos no se hallan en las guías de viaje: incluyendo algunas que a las que no peregrinarías expresamente, aunque, si se encuentran en tu camino, sin duda pasarás a echarles un vistazo.

-"Barrios, bloques y basura", como dice Julia Wertz en el subtítulo, es una historia ilustrada y poco convencional de Nueva York. Ilustrada porque la autora, una experta en estas lides, no sólo se vale del formato cómic para contar sus anécdotas, sino que realiza dibujos pormenorizados de determinadas esquinas de Nueva York, comparando cómo eran ayer con cómo lucen hoy. Poco convencional, en parte, por los temas: habla de librerías, de estancos, de bares, de paradas de metro, de negocios desaparecidos, de zonas llenas de basura, de asesinos, de videoclubs y tiendas de música. E irreverente también por el estilo: la autora lo mismo te lanza una soflama tildando de "gilipollas" a medio bicho viviente, como se abre en canal para relatarte sus vivencias sobre cómo habitó en un piso en Nueva York y luego fue desahuciada inmisericordemente de él (en muchos sentidos, es el diario de una exiliada, con un amor que sólo los desterrados pueden manifestar por el lugar que les expulsó). El libro es un mamotreto en cuanto al tamaño, pero se devora a mucha velocidad.

-"Poeta en Nueva York". El libro de poemas de Lorca exhibe la perenne ambivalencia de la ciudad. POr un lado, Lorca, en un estilo surrealista (andaba un poco mohíno el granadino porque le habían reprochado abandonar esta corriente en su "Romancero Gitano"), se queja de la inmensidad de la urbe y de su falta de humanidad. Por otro, sabemos que Nueva York le acogió favorablemente y que tuvo una vivencia personal más que aceptable. Ideal para quienes quieran revivir el mito del literato en tierras norteñas.

Por cierto, para que también tengáis vuestra propia guía de Nueva York, ésta que os traigo aquí es la que mi chica y yo elaboramos no sólo con lugares que visitar, sino con referencias cinéfilas, gastronómicas o de lugares donde gastaros los cuartos (ello incluye un par de librerías). Está centrada sobre todo en Manhattan, pero si rastreáis por vuestra cuenta podéis encontrar otras localizaciones chulas (como la famosa escalera y la casa del Joker en el Bronx, la vista del puente de Queensboro de la película de Woody Allen "Manhattan", o la maqueta gigante de la ciudad en Queens). Espero que os sirva para planear futuros viajes: aquí el enlace. Un saludo y felices destinos.

lunes, 17 de mayo de 2021

La historia real de mayo. Almerienses ilustres: Yuder Pachá, conquistador de Tombuctú.

No conocemos mucho del inicio de la vida de Yuder Pachá. Por no saber, no tenemos claro ni su nombre, que se escribe de diversas maneras (incluyendo "Joder" Pachá; por lo visto, "joder" era una expresión castellana frecuente entonces, y Pachá se refiere a uno de los títulos que recibió). Suponemos que su familia fue desterrada tras el levantamiento de los moriscos a mediados del siglo XVI en las Alpujarras, y fue así como acabaron en el pueblo de Cuevas del Almanzora. Durante una incursión turca en aquella zona fue capturado junto con otros trescientos muchachos. Desde allí, lo trasladaron a la corte del sultán Abd al-Malik de Marruecos. Allí fue castrado para convertirle en eunuco, los cuales eran muy apreciados porque se creía que su fidelidad no se veía obstaculizada por la lealtad hacia la familia. Poco a poco, el prisionero fue subiendo puestos en el escalafón, participando en varios episodios militares, incluyendo la Batalla de los Tres Reyes (ésa en la que murieron tres soberanos, incluyendo el rey Sebastián de Portugal, al cual, según la leyenda, nuestros vecinos lusos aún están esperando). Yuder Pachá sobresalió tanto en sus actividades que le acabaron nombrando caíd de Marrakech. Fue entonces cuando el nuevo sultán de Marrakech, al-Mansur (el anterior había muerto en la Batalla de los Tres Reyes), decidió volver su vista hacia el sur, hacia el África Occidental, para lo cual decidió contar con nuesto hombre.

En la zona a la que estaba dirigiendo sus ojos el flamante recién instaurado soberano se hallaba el denominado imperio songhay. Fue uno de los pocos grandes imperios africanos nativos, y también de los mayores imperios islámicos. El pueblo songhay había formado un estado que, de un modo otro, se mantuvo vivo durante 1000 años, aunque sólo a partir del siglo XV empezaron a adquirir independencia de Malí y conformar su reino propio, cuyo padre fundador fue Sonni Ali Berber. Aunque fue su sucesor, el califa Mohammed I, quien lo llevó a su máximo esplendor, tanto desde el punto de vista cultural (patrocinio de las artes, promoción de instituciones de sabiduría alojadas en edificios públicos creadas para ellas ex profeso) como del comercio. En ambos aspectos, iba a jugar un aspecto fundamental la ciudad de Tombuctú.

Decir Tombuctú es decir leyenda, apelar a un inextricable milagro. Quizás la fascinación y la evocación que provoca en nosotros su nombre sólo pueda expresarse con escenas como ésta que mencioné a propósito del libro "Océano mar", de Alessandro Baricco:

Uno de ellos es un oficial militar que registra todas las informaciones que le llegan de variados lugares del globo, conformando un catálogo del planeta que se mueve a medio camino entre la realidad y la ficción, entre lo verdaderamente vivido y lo solamente imaginado por una panda de borrachos, solitarios, locos y a menudo sabios que como término genérico vienen a denominarse con el nombre colectivo de "marineros". Entre ellos, uno que parece haber perdido completamente la razón, pero es capaz de revelarle a nuestro oficial que, en Tombuctú, las mujeres llevan sólo un ojo tapado porque de verles los dos, los hombres que las contemplasen (ante su inmensa belleza) se volverían completamente locos. Hasta que llega un momento en que el capitán le pregunta, intrigado, "¿Y cómo sabe usted eso?", y el marinero le responde, hechizado y hechizante:

-Porque yo los he visto.

Hasta el nombre de la ciudad se pierde en la leyenda. Según algunos, se debe a una mujer de honestidad a prueba de bombas que se llamaba Buctú, en cuya casa los viajeros solían almacenar su equipaje antes de transitar por tierras ignotas. Cada vez que les preguntaban donde habían dejado sus cosas, ellos respondían: "Donde Buctú", y de ahí el apelativo. Otros dicen que el tal Buctú era un esclavo, y hay muchas versiones mucho más prosaicas. Pero, en Tombuctú, está más que justificado darle siempre más veracidad a la leyenda.

Desde su fundación, Tombuctú fue un cruce de caminos de caravanas que traían toda clase de productos para comerciar. Del sur, de las minas del País de los Negros (como así se denominaba por las tribus que lo poblaban) procedían el oro, la fruta y el pescado del mar de Golfo de Guinea. Del norte, del Sáhara, llegaba la sal del mar Mediterráneo a través de las caravanas de tuareg. ¿Y en Tombuctú? Pues confluía todo. Tanto que, años más tarde, cuando se había perdido el origen de algunas de las mercancías, se acuñó el proverbio:

El oro viene del sur, la sal del norte y el dinero del país del hombre blanco; pero los cuentos maravillosos y la palabra de Dios solo se encuentran en Tombuctú.

Lo de la palabra de Dios es importante porque, con el dinero que se obtenía del comercio, los gobernantes fundaron mezquitas, madrasas y la universidad de Sankore, según se dice la más antigua del mundo, y que llegó a tener 25000 alumnos en su apogeo. La ciudad se convirtió en un centro de enseñanza y difusión del islam, y eso llevó aparejado muchos libros. Había una alta profusión de bibliotecas; tanto que, aunque en un inicio con motivaciones religiosas, Tombuctú acabó convirtiéndose en un refugio para la palabra escrita de cualquier tipo.

La universidad de Sankore posee una estampa representativa de la arquitectora por la que Tombuctú se ha hecho famosa en el mundo.

El imperio maliense y luego el songhay (también conocidos como askai, a partir del título que adoptó su gobernante supremo) fundamentaron su riqueza a partir del reforzamiento de Tombuctú como centro irradiador del comercio de la zona, lo que acabó por convertirla en un crisol de culturas (bereberes, árabes, mauritanos, bambas, tuareg). Sin embargo, para la época que nos ocupa, el reino se desangraba por culpa de sus problemas internos. En ese contexto, parte Yuder Pachá de Marrackech con unos 5000 guerreros y unos 8000 dromedarios, los cuales cargan, entre otras cosas, con cuatro cañones andalusíes. Uno de los problemas del imperio songhay (que había visto cómo tropas procedentes de Marruecos se habían estrellado anteriormente en sus repetidos conflictos con su vecino del sur) fue el exceso de confianza, ya que no creyeron que Pachá fuera capaz de cruzar el desierto. Pero nuestro amigo almeriense logró lo que otras expediciones no pudieron, gracias entre otras cosas a que controlaba los pozos de agua. Para cuando llegaron a las inmediaciones de la zona donde se asentaban sus rivales, en la región de Tondibi, Yuder Pachá tenía muchos condicionantes en contra: los songhay les plantaron un ejército de más del doble de efectivos; las tropas marroquíes -o saadíes, por la dinastía que los gobernaba- estaban cansadas y, para colmo, se lo jugaban todo en ese enfrentamiento, pues si el sultán de Marrakech les había mandado allí era porque su nación se encontraba al borde de la ruina y necesitaba las riquezas de Tombuctú para prosperar. Aun así, la batalla se saldó con una impresionante victoria para Yuder Pachá debido a la superioridad marroquí en armas de fuego. De hecho, los askai habían enviado miles de cabezas de ganado contra los saadíes para compensar este factor y, ante el rugido de los cañones, éstas entraron en estampida, causando buena parte de las bajas del ejército derrotado. Tan significativa fue la contienda, que durante mucho tiempo en la zona se conoció a los invasores con el mismo nombre que las armas con las que les habían avasallado: literalmente, el pueblo "arma", que deriva probablemente del castellano (las tropas marroquíes llevaban a muchos andalusíes y renegados procedentes de Europa) o del vocablo árabe ar-rumah, el cual significa "fusilero".

Yuder Pachá estableció entonces un gobierno títere que manejó el territorio correspondiente al pretérito imperio songhay. Sin embargo, quedó muy decepcionado: Tombuctú no era lo que esperaba que fuera. Sin duda el saqueo que llevaron a cabo sus tropas contribuyó a ello, pero seguramente también la falsa concepción que tenían los invasores de la legendaria ciudad; ellos creían que era un lugar cargado de oro y, como hemos mencionado antes, en lo que consistía era un centro de comercio. Allí se quedaba el dinero, el cual se invertía en bibliotecas y cultura. Al final, en efecto, Tombuctú era el lugar de los libros y de la palabra de Dios. Y, con seguridad también, de las mujeres hermosas.

¿Qué pasó entonces con los distintos protagonistas del conflicto? Los marroquíes imperaron durante un tiempo sobre el territorio, pero como nunca llegaron a controlar del todo la mina del oro, al final les salía económicamente poco rentable y abandonaron a los suyos a su suerte. El imperio se fragmentó en varios pequeños reinos, y cayó en una lenta pero irreversible espiral de declive. Durante mucho tiempo, la ciudad de Tombuctú se mantuvo vedada a no musulmanes. Ello incrementó todavía más los mitos alrededor de la urbe. Varios europeos que exploraban el recorrido del río Níger llegaron a epentrar en ella, pero sólo René Caillié volvió vivo a su país para contarlo (aquel entorno era y sigue siendo peligroso) y escribir un libro al respecto. La fama de Tombuctú se hizo mundial, y desde entonces ha acudido gente de todo el mundo a visitarla. Sin embargo, la ciudad tiene problemas. A las inundaciones periódicas del río Níger que dejan en ocasiones aislados a sus habitantes, y las tormentas de arena procedentes del Sáhara (que, si los vaticinios de los expertos se cumplen, sepultarán la urbe en el año 2100), se une el problema de los grupos terroristas que han ocupado en el pasado reciente la ciudad, y aún mantienen en jaque el moderno país de Mali. Esta situación ha por supuesto disminuido la llegada de turistas -sobre todo de aquellos que no se dan cuenta (como le pasó a Yuder Pachá) de que la riqueza de Tombuctú no está en sus casi inexistentes palacios, sino en su papel como guardián de la sabiduría- y ha puesto en peligro su papel como depositario de la cultura, aunque hemos podido escuchar historias heroicas de hombres valientes que se han dedicado a salvar miles de libros de los fundamentalistas. Los amantes de la literatura tenemos depositada nuestra esperanza en gente así.

Mientras tanto, los "arma", o aquellos descendientes andalusíes de las tropas que acompañaban a Yuder Pachá, perdido el papel de gobernantes en la llamada curva del Níger, siguieron ejerciendo el poder como caciques locales hasta que, finalmente arrebatado, se convirtieron en una etnia más, aunque muy entremezclada con los songhay, con los que generaron una descendencia mestiza. Sin embargo, siguen conservando su cultura, la herencia de la figura de Yuder Pachá, y también emplean ciertas palabras que derivan del castellano y del árabe, reivindicando el inesperado legado que un esclavo almeriense dejó allí.

¿Y qué ocurrió con nuestro héroe? El título de Pachá lo adquirió a partir del dominio de aquella región del mundo. El sultán de Marrakech desconfió de sus mensajes -acompañados de un poco de oro y algunos esclavos- acerca de que no había encontrado grandes riquezas en Tombuctú, pero posteriores incursiones militares en la zona le convencieron de que no había mucho que rascar en el nuevo territorio saadí. A pesar de todo, algo debía de desconfiar, pues el caso es que cambió varias veces de persona a cargo del título de pachá por aquellas tierras, aunque el almeriense por lo visto manipuló a todos ellos desde arriba, y hasta mandó asesinar algunos. Finalmente, muchos años más tarde, Yuder Pachá regresó a Marruecos cargado de riquezas. El problema fue que el sultán al-Mansur murió y, tras una serie de luchas intestinas entre sus herederos, el sucesor del sultán no estaba seguro de la lealtad de Yuder Pachá y finalmente le cortó la cabeza. Así fue como terminó la vida del hombre al que nunca le ha sido reconocido lo suficiente su gesta, la conquista de Tombuctú, aunque ello por desgracia instigara su decadencia.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

El relato de diciembre: "Sólo un poquito más"

 Sólo un poquito más

 

                Rogelio y Pilar habían vivido juntos cuarenta años. A finales de primavera se separaron. Bien entrado el verano, se volvieron a reunir y emprendieron un viaje para recuperar los lugares donde un día se enamoraron. Se trataba de recobrarse ellos mismos, después de todo. Rescatar el antiguo amor.

                Decidieron realizar la travesía en el viejo coche con el que habían llevado a cabo aquel periplo durante la primera vez. Se conservaba prodigiosamente indemne, a pesar del paso de los años. Rogelio sólo tuvo que pasarle una capa de cera por encima para que volviera a lucir tan brillante como el día que lo estrenaron. Con la carrocería reluciente, era como si ellos mismos se hubieran librado de las arrugas y su piel exhibiera el lustre de la añorada época en que tenían veinte años. A bordo de su particular máquina del tiempo, se pusieron en marcha a lo largo de la zona sur de Francia. Aix-en-Province, Nimes, Arlés… En esta última localidad, recorrieron los pasos de Van Gogh y fue como volver a pisar sus propias huellas. Los campos de lavanda aún no se hallaban en su máximo esplendor, pero los disfrutaron igual. En un momento determinado, se desviaron para dirigirse a la playa. No se bañaron. Junto a su coche, plantaron sus posaderas sobre la orilla, permitiendo que la arena manchara los mocasines y el traje de él, las sandalias y el vestido de ella. Corría una agradable brisa. Un muchacho de barba profusa y cabello largo (que si hubiera vestido con una túnica podría haber pasado por un profeta en el Israel bíblico) se paseaba por la playa, cubierto únicamente por una guitarra que, de manera mágica, evitaba que al mirarle surgiera ninguna incomodidad. El joven les sonrió.

                -Un día excelente para disfrutar del mar, ¿verdad?-inició la conversación sin ningún motivo, de manera espontánea.

                Rogelio asintió.

                -Mi mujer y yo estamos recorriendo los lugares donde nos conocimos. Esta playa forma parte de ellos.

                Pilar alargó la cabeza para dialogar con el muchacho:

                -¿Podrías tocarnos una canción, por favor?

                El chico sonrió. Se recolocó la guitarra -la cual, sorprendentemente, seguía ocultando los lugares más controvertidos- y rasgueó las cuerdas del instrumento, generando una melodía que acompañó con un suave tarareo que no tenía ningún sentido, más allá de la propia sonoridad de la música. Cuando terminó, Rogelio y Pilar aplaudieron. El joven le dio la mano a Rogelio, y realizó un guiño de agradecimiento en dirección adonde se encontraba Pilar. Luego se despidió y no volvieron a verlo nunca más.

                La parte que más les gustaba eran los desayunos. Normalmente eran buffets disfrutados de manera perezosa a horas tardías, cuando ya no quedaba casi nadie en el comedor del hotel. La miembros de la pareja se sentaban con serenidad en la mesa mientras cortaban sin prisa un sándwich en dos, o disfrutaban de un croissant mojado en leche sin más perspectivas que gozar del momento.

                -¿Qué plan tenemos para hoy?

                -¿Hoy? Por supuesto, ninguno.

                El tiempo les acompañaba. De vez en cuando hacía lluvia, pero no muy a menudo. Los días que eso ocurría, se quedaban en el coche, simplemente regodeándose en el espectáculo de ver deslizarse gotas de lluvia por la ventana.

                Sin embargo, las más de las veces, refulgía el sol. A veces no podían evitar verse sacudidos por el entusiasmo. Un día, el tiempo era tan fenomenal que, sobre la superficie de una playa, se desnudaron. Al verse así, tan familiares los respectivos cuerpos, tan diminuta ella, tan acogedor él, decidieron comprobar si la piel del otro seguía tan tersa como recordaban. Empezaron a amarse sobre la arena. Un bocinazo procedente de un coche de policía les interrumpió. Ambos huyeron, entre risas, mientras un agente salía del coche y agitaba la cabeza reprobatorio. Aquella tarde, los dos amantes no perdieron la sonrisa por ninguna de las menudencias y pequeños infortunios que suelen salpimentar los viajes.

                Casi habían terminado el recorrido previsto, pero ya estaban haciendo planes para continuar a lo largo de nuevos trayectos y objetivos. ¿El norte de Italia?¿De nuevo Roma?¿Satisfarían por fin su sueño de caminar juntos por Pompeya? Fue entonces cuando les llamó un amigo. Daba la casualidad de que pasaba por la ciudad en la que se encontraban aquel mismo día. ¿Podrían esperarle?¿Tendrían la oportunidad de verse? Claro que sí, afirmó Rogelio al teléfono. Y se abrazó a Pilar.

                Aquella tarde, Rogelio y Pilar se encontraban esperando a ese amigo en un bar. De pie en la barra, Rogelio oteaba por encima de las cabezas de la gente, mientras Pilar aguardaba paciente, apoyada en una silla giratoria. Se acercaron a ellos un grupo de esos conversadores habituales que no desean otra cosa que prolongar charlas de manera infinita.

                -Y dígame, ¿por qué el sur de Francia?

                -Mi mujer y yo -señaló Rogelio a Pilar- hemos vuelto a los lugares que visitamos en nuestra juventud. Estamos descubriéndolos de nuevo.

                Rogelio sonreía mientras contaba esa historia por enésima vez. Se le notaba realmente feliz al relatarlo.

                Los conversadores se despidieron, al localizar en la misma sala a otros compañeros a los que debían un diálogo. De repente, en el hueco que estas personas habían dejado apareció el amigo al que Rogelio y Pilar aguardaban.

                -¿Qué tal?-saludó Rogelio, pasándole la mano por el hombro.

                El interpelado, sin embargo, le contempló con tristeza:

                -He escuchado la charla que has tenido con esa gente antes.

                Fijó la mirada en la silla giratoria de al lado, donde se apoyaba un abrigo de mujer.

                -Hace una semana -confesó el recién llegado, emocionado-, fui a depositar flores frescas en su…

                No terminó la frase. Los dos amigos se observaron. No sabían qué decirse. Rogelio iba a hablar. Su interlocutor le ahorró el mal trago:

                -Yo también la echo muchísimo de menos.

                Durante unos pocos minutos, se entretuvieron en diálogos y cuestiones banales. Luego, el amigo se disculpó para ir un momento al baño. Cuando Rogelio volvió la cabeza, Pilar volvió a estar allí.

                Rogelio tuvo ganas de decirle muchas cosas pero, al final, sólo enunció:

                -Mañana pasa un tren que viene de París y va hasta Locarno. ¿Quieres que lo cojamos?

                Pilar, entusiasta, asintió.

                Rogelio atisbó el mundo exterior a través de una ventana. Sintió que, desde hace un tiempo, le habían colocado un despertador. Que se encontraba adormecido en una cama imaginaria. Que la alarma le instaba a levantarse y hacer lo que tocaba por fin.

                Pero él, como cuando era pequeño, alargaba la mano, presionaba el botón del despertador y susurraba para sus adentros: “Sólo un poquito más…”

lunes, 14 de septiembre de 2020

La historia real de septiembre: las múltiples vidas de Robert FitzRoy

Hay personas que viven rodeadas de tanta cantidad de historia que en un momento determinado les eclipsa. Quizás éste sea el caso del oficial de la marina británica Robert FitzRoy, quien pasaría a los anales principalmente por ejercer el rango de comandante del HMS Beagle, el barco que llevaría a las Galápagos a Charles Darwin, donde el biólogo británico reuniría las evidencias que le llevarían a proponer una teoría de la evolución que revolucionaría el mundo, iniciando una discusión cuyos ecos reverberan todavía hoy día con nuevas capas de matices sucesivos. Sin embargo, FitzRoy destacó por muchos más aspectos: fue un arrojado explorador, participó en relaciones innovadoras con las culturas aborígenes (lo cual incluye ser uno de los primeros defensores de los derechos de los nativos, así como ambivalentes experimentos que acabaron en tragedia), y tiene el logro de constituir un pionero en la ciencia de la meteorología, convirtiéndose en el primer hombre que realizó una previsión del tiempo con bases científicas. Más tarde os detallaré todos esos aspectos, incluyendo si la predicción acertó o no.

Retrato de nuestro protagonista (Wikicommons)

Hay dos pilares principales en los que descansa la biografía de FitzRoy y que motivan buena parte de su carrera profesional y motivaciones: en primer lugar, era un hombre noble, de padres ambos pertenecientes a la aristocracia (su apellido, por señalar, deriva de un ancestro que fue hijo bastardo de un rey), lo cual implicaba una educación exquisita y también la posibilidad de acceder a una serie de cargos en la oficialidad de la marina británica que, de no ser así, le hubieran sido vedados. Y, dos, era un hombre profundamente religioso, defensor exacerbado de la Biblia, una parte de su personalidad que influyó tanto en su relación con Darwin y sus teorías como en sus tratos con las comunidades indígenas.

FitzRoy había ejercido diversos cargos en la marina británica -de hecho, obtuvo la máxima calificación posible en el examen para teniente, algo que nadie había conseguido hasta entonces- hasta que en 1828, con veintitrés años, le llega la oportunidad de comandar el HMS (acrónimo para "His/Her Majesty Ship", nombre que por definición se le otorga a los buques de la armada en el Reino Unido) Beagle, en un momento circunstancias ominosas. El anterior comandante, Pringle Stokes, había sufrido una depresión después de atroces sucesos que habían tenido lugar en Puerto del Hambre (el nombre lo dice todo), uno de los muchos enclaves en la miríada de canales que forman parte de la Tierra de Fuego en el extremo sur del continente americano. El HMS Beagle se encargaba de la exploración de esas zonas con el objetivo de reclutar información que pudiera ser útil para los intereses estratégicos de un Reino Unido que, tras derrotar a Napoleón, había dejado de ensimismarse en Europa para mirar qué otros muchos rincones del mundo podía usar en su provecho, y el sur de lo que hoy es Chile y Argentina era uno de estos puntos clave. Como dice Javier Reverte en su libro <<Confines>>, que mencionamos de pasada en otra ocasión, ésta es una región inhóspita, poco fértil y de temperaturas muy bajas la mayor parte del año, donde casi todos los apelativos impuestos a los distintos accidentes geográficos tienden a destacar las dolorosas calamidades que tuvieron que afrontar los viajeros que arribaron a estas tierras. Sin embargo, FitzRoy, fiel a la flemática actitud clásica de la oficialidad británica, sigue adelante con su viaje y, de hecho, tuvo una idea basada en sus creencias religiosas: se llevaría a unos cuantos nativos de aquella zona, los denominados "fueguinos"; los trasladaría a Inglaterra, les enseñaría la fe cristiana, y ellos volverían más tarde a su tierra para difundir la buena nueva por el Nuevo Mundo. En total se llevó a cuatro aborígenes, tres de la tribu kawésquar (que fueron bautizados como York Minster, Boat Memory y Fuegia Basket -esta última sólo contaba con 9 años-) y un joven de catorce años de la tribu yagán, denominado Jemmy Button porque el pago que recibió su familia a cambio de su cesión fue un botón de nácar (button en inglés). Luego veremos la importancia que tuvieron estos nativos. La cuestión es que el viaje del Beagle prosiguió y, de hecho, descubrió el canal que lleva su mismo nombre, uno de los pasos marítimos más seguros por donde atravesar el continente americano todavía hoy en día -el artificial canal de Panamá le arrebataría su preeminencia-, sobre todo en comparación con los traicioneros estrechos y lenguas de agua que pueblan Tierra de Fuego, los cuales han servido de trampa para numerosos barcos que han arrostrado toda clase de penalidades (también horrendos naufragios) en esa región desde la época de Magallanes. La labor exploradora de FitzRoy ha sido reconocida sobradamente por su patria, ya que su nombre se yergue en numerosos hitos a lo largo de la geografía tanto de Sudamérica como del Reino Unido, incluyendo entre otros varios enclaves de las británicas islas Malvinas, o el monte FitzRoy, situado en el Campo de Hielo Patagónico, no muy lejos del famoso glaciar Perito Moreno.

Charles Darwin, antes de adquirir la barba característica con la que pasaría a la Historia, principalmente, como inspirador de la figura del mono que sirve de reclamo del célebre anís.

El segundo viaje del Beagle empieza en 1831. Por lo visto, no mucho antes de que el barco zarpara, se planteó una cuestión fundamental, y era quién iba a acompañar al comandante FitzRoy durante las comidas. Como hemos mencionado, los oficiales de las marina británica solían ser hombres ricos e instruidos, y no resultaba adecuado que se mezclaran con los recios y embrutecidos marineros -además de que aquello hubiera generado diálogos de besugos-. Por eso, era típico que, a bordo, se hallara un individuo que le hiciera compañía y charlara con el comandante durante almuerzos y cenas; aparte, podría ejercer en el buque una labor de tipo científico, pero en todo caso la principal función era actuar como apropiado conversador para la máxima autoridad del buque. Fue entonces cuando, merced a una serie de recomendaciones y contactos, surge el nombre de Charles Darwin, un joven por supuesto perteneciente a una buena familia, además de extensa y bien avenida (ambas ramas de la familia de Darwin mantenían relaciones de consanguineidad, y él mismo acabó casado con una de sus primas; de hecho, la observación de cómo ciertas enfermedades hereditarias que él poseía se acrecentaban en sus hijos le sirvió para un estudio sobre el tema). Fue también uno de sus tíos quien le recomendó al joven Charles que viera mundo antes de cumplir sus planes de ordenarse clérigo, el destino primigenio de la carrera del muchacho. Finalmente, es el escogido tras una entrevista personal para embarcarse en el navío. Hay que decir que ambos hombres, FitzRoy y Darwin, se llevaron bien (apenas se sacaban unos pocos años), a pesar de que desde muy pronto surgieron las diferencias. Aunque ambos fervorosos cristianos, los descubrimientos que Darwin iba encontrando le fueron convenciendo cada vez más a este último de que la visión de la Biblia en la que Dios crea al mundo en siete días era poco compatible con las evidencias naturales a favor de un cambio paulatino por el que las especies se adaptan a su entorno. Si bien esto generó discusiones entre ambos individuos, es verdad que mantuvieron en todo momento un comportamiento civilizado, y procuraban olvidar estos desacuerdos a la hora de comer. También fue problemática la relación de un Darwin poco avezado en asuntos de la mar con respecto a la tripulación, que veía cómo aquel intruso les llenaba la cubierta de "bichos" y "porquerías" que necesitaba para sus investigaciones. Aunque parece que le perdonaron tanto esa actividad como su tendencia a los mareos, porque le denominaron cariñosamente "el Filo" (de "filósofo"). Después del mítico viaje por Sudamérica, donde 1) el Beagle realizó nuevos descubrimientos geográficos, 2) Darwin recogió especímenes durante el mes y pico escaso que fondearon por las islas Galápagos, y 3) los fueguinos reclutados en el primer trayecto volvieron a casa (luego volveremos sobre eso), los caminos de los dos hombres divergieron. Cada uno, de una manera u otra, le acabó por dar una sorpresa al otro: FitzRoy, porque se casó casi inmediatamente a la vuelta, cosa que sorprendió a Darwin porque el comandante nunca le había hablado de ningún compromiso previo. En cuanto a la campanada de Charles, ésta tuvo que esperar: Darwin era un hombre religioso, pero más lo era su mujer, con lo cual el científico, sabedor de que su rompedora teoría de la evolución no gustaría a la iglesia -ni tampoco a su santa esposa- guardó sus hallazgos en un cajón durante décadas mientras se dedicó a otros asuntos (entre otros, el estudio del percebe, al que analizó tanto que lo llegó a aborrecer). Probablemente hubiera fallecido sin exponer sus teorías de no ser porque un joven llamado Alfred Wallace acudió a él para decirle que, en sus investigaciones en la Amazonía y el archipiélago malayo, había llegado a muy parecidas conclusiones, momento en que Darwin aprovechó para sacar del armario sus descubrimientos. Hay que decir que, pese a que en aquel primer momento la teoría se consideró fruto tanto del genio científico tanto del más prestigioso Darwin como del bisoño Wallace (se presentaron como co-descubridores, aunque hay polémica sobre cómo se ensalzaron los méritos de cada uno), el nombre de este último ha tendido a caerse del imaginario colectivo ya que, si bien Wallace realizó contribuciones muy interesantes en otros campos, incluyendo en el activismo social (estaba en contra de las políticas coloniales británicas, y realizó propuestas económicas novedosas, algunas de las cuales se aplican hoy en día), su apoyo al espiritismo le fraguó el descrédito de la comunidad científica, y le llevó a romper la relación con varios científicos y amigos, incluyendo el propio Darwin. La cuestión es que -por motivos radicalmente distintos, claro-, FitzRoy también se disgustó con Darwin, al sentirse ultrajado por las consecuencias que la teoría respecto a la sagrada creación del mundo por parte del Dios cristiano en siete días. Sin duda, además, pesaba en su airada crítica la responsabilidad que él mismo había tenido al proporcionar a Darwin los medios para elaborar aquel abyecto libro que pronto estaría en boca de todos bajo el nombre abreviado de "El origen de las especies". Siete meses después de la publicación del texto, tuvo lugar un fogoso debate en la universidad de Oxford entre partidarios y detractores de la teoría, hallándose entre los primeros Thomas Huxley (pariente de Aldous Huxley, el autor de "Un mundo feliz", y a quien Darwin, apocado polemista, concedió la responsabilidad de erigirse en paladín de la casa darwinista) y, entre los opositores, Robert FitzRoy, quien presentó como principal testimonio una Biblia y pidió a los allí presentes que concedieran credibilidad a Dios antes que al hombre. Pero ese debate FitzRoy, como otros en su vida, lo acabaría perdiendo.


¿Os acordáis de Jemmy Button, Fuegia Baket y York Minster, aquí presentes, de izquierda a derecha? Pues su historia acaba de empezar. Extraído de aquí, que también nos ha servido de fuente.

Pero antes de llegar a ese momento pasaron muchas cosas, incluyendo el segundo viaje del Beagle, durante el cual Darwin y FitzRoy aún se llevaban bien durante los almuerzos, y el comandante llevaba de vuelta a los fueguinos que se había llevado en el primer viaje (salvo uno de ellos, Boat Memory, que había fallecido en Inglaterra, según las fuentes de viruela o de sífilis). Hay que decir que los fueguinos fueron en general bien tratados, recibieron vacunas para prevenirse de las enfermedades del Viejo Mundo, aprendieron inglés y las enseñanzas cristianas, y fueron agasajados con regalos, incluyendo un sombrero que Fuegia Basket (como habéis comprobado, los nombres no fueron muy imaginativos) recibió de la soberana británica. Sin embargo, es difícil saber cuál era el punto de vista de estos expatriados, los cuales no pertenecían además a las mismas etnias. Por poner un ejemplo, los tres convencieron a los británicos de que en Tierra de Fuego había caníbales, idea de la que no se halló ninguna evidencia posterior pero que tardaría en descartarse un siglo (¿fue un malentendido?¿O había alguna intencionalidad detrás de ese embuste?¿Quizás probar hasta qué punto creían sus mentiras de cara al futuro, o se trató simplemente de un cómico "vacile"?). Para este segundo viaje, además de a los fueguinos y a Charles Darwin, FitzRoy -quien había subvencionado al completo la educación y mantenimiento de los aborígenes- se llevó, en su esfuerzo evangélico, al pastor Richard Matthews, quien debía colaborar en transmitir las enseñanzas cristianas entre los nativos. Mientras tanto, Charles Darwin no se llevaba muy bien con los fueguinos, y aunque tenía que reconocer que el adolescente Jemmy Button era muy simpático (todo el mundo destacaba que reía mucho), le resultaba difícil creer que esa clase de gente pertenecieran a la misma especie que los británicos. En descargo de Darwin, hay que recordar que más adelante (según algunos) se arrepentiría de esos primeros juicios, y que fue un firme defensor de la abolición de la esclavitud en cuanto contactó con la realidad de los países esclavistas. También es pertinente recordar que las costumbres de los fueguinos eran muy distintas de los occidentales: los habitantes de Tierra de Fuego, bien adaptados a su medio, tendían a untar su piel con grasa de animal de tal manera que no les hacían falta ropas para soportar el frío clima de su tierra natal (hasta se bañaban desnudos en el agua), pero el olor que desprendía esa grasa no debía de antojársele muy sofisticado a los europeos. De hecho, cuando -merced al esfuerzo civilizador- los fueguinos abandonaron esas técnicas de supervivencia y se pusieron ropas, esto provocó que dejaran de bañarse tan a menudo y les hizo víctimas de numerosas enfermedades. Pero esto se sabría mucho más tarde, y formaría parte de los tradicionales desencuentros entre distintas etnias, incluyendo también los que protagonizarían los fueguinos arrastrados al otro lado del mundo por el aprendiz de brujo FitzRoy.

Lo que ocurrió con ellos es confuso, pues sólo poseemos una de las versiones de lo sucedido, la que se anotó en los diarios de viaje de los ocupantes del Beagle. Por lo visto, desembarcaron y Jemmy Button tuvo oportunidad de reencontrarse con su antigua familia (aunque uno de sus parientes había muerto, lo cual le llenó de pesar). Tanto él como los otros dos fueguinos decidieron quedarse, y se construyeron chozas para ellos y para el pastor Matthews. A los pocos días, sin embargo, los navegantes del Beagle observaron cómo otros indígenas portaban objetos pertenecientes a sus fueguinos y Matthews, así que se alarmaron y volvieron al lugar donde los habían dejado, donde encontraron el campamento saqueado, a los fueguinos intactos, y a Matthews tan asustado por el asalto que se subió al Beagle y no quiso saber nada de la labor misionera nunca más. Los tres fueguinos, no obstante, optaron por permanecer allí. El problema fue que, casi un mes más tarde, cuando el Beagle retornó a la zona, encontró el lugar desierto, sin ninguna cabaña, y sólo más adelante una canoa donde divisaron a Button. Éste comentó que la tribu de Fueguia Basket y York Minster, los kawésqar, le habían robado todo lo que poseía, y que sus antiguos compañeros en Beagle habían participado en el ataque. Aun así, insistió en permanecer allí junto con la mujer nativa con la que recientemente se había desposado. Con lo cual, parece que, pese al tiempo transcurrido juntos, la rivalidad entre las distintas etnias había permanecido latente y se había manifestado al fin.

Claro que, como decimos, es difícil hacer juicios de valor a partir de sólo una de las versiones. Y más con lo que ocurrió después. El Beagle no volvió por esa zona (su tercer viaje, ya sin FitzRoy, fue a Australia) pero, años más tarde, Allen Gardiner, un oficial retirado de la Marina británica, decidió evangelizar a todo bicho viviente y, después de una serie de sonoros fracasos a lo largo de Sudamérica, no escarmentó y, ya que conocía la historia de los fueguinos de FitzRoy, intentó localizar a Jemmy Button en Wulaia, la zona donde FitzRoy lo había dejado. No sólo no lo logró, sino que falleció en el intento, como otros muchos soñadores cerriles que se adentraron en esa parte del mundo. No obstante, la sociedad misionera fundada por él decidió enviar otro barco (de nombre Allen Gardiner, en honor a su fundador), y esta vez tuvieron más suerte: unos nativos con los que contactaron reconocieron el nombre y avisaron al fueguino, así que Button pudo desempolvar un para nada olvidado inglés. Para entonces, ya se había desposado con otras dos mujeres y tenía, además, tres hijos varones. Después de unos primeros compases prometedores, los misioneros decidieron dejar una misión permanente en Wulaia. Sin embargo, como pasaron los meses y no tenían noticias de aquel rincón del mundo, los misioneros (con su sede principal en la isla de Keppel) enviaron una goleta que, cuando llegó, encontró la Allen Gardiner desmantelada y, como único superviviente, al cocinero de la misma, que había salvado el pellejo en unas condiciones penosas. El cocinero contó que los hombres de Button, con quienes los tripulantes de la Allan Gardiner mantenían una tortuosa relación (los occidentales se quejaban de robos, mientras que los indígenas les acusaban de no hacerles suficientes regalos), les habían tendido una trampa justo antes de celebrar la primera misa en la zona, y habían matado a todos los británicos salvo el cocinero, hasta ocho víctimas en total. A la serie de pesquisas públicas con las que se investigó el suceso se sumó el propio Jemmy Button, quien se presentó voluntario para declarar, afirmando que los ataques habían sido perpetrados por la enemiga tribu ona. No está muy claro si los ingleses lo creyeron o no, pero sí que decidieron dejarlo correr y no enviar una expedición de castigo. Quién sabe si los británicos no querían sumar nuevos enemigos a causa de un suceso que no tenían muy claro, o si es que pensaron que poco más podían sacar en limpio de aquella maldita tierra. De Jemmy Button poco se volvió a saber (su tribu siguió manteniendo relaciones con los misioneros, y alguno de sus hijos viajó a Inglaterra), pero hay un hecho curioso, y es que uno de sus descendientes fue bautizado como FitzRoy. En cuanto a los auténticos pensamientos de Button respecto a los hombres que trataron de civilizarlo, no los conoceremos nunca. Cuando pienso en su historia, me acuerdo de los pueblos de ciertas islas de la Polinesia que fingieron aceptar la fe cristiana, pero al tiempo seguían creyendo en sus antiguos dioses (o hacían un extraño sincretismo con la nueva religión), aunque esperaban bienes materiales de los viajeros recién llegados. Viajeros que por otro lado pretendían que los indígenas aceptaran sin más sus costumbres y su dominio, y no mantuvieran en cambio pensamientos negativos o ambivalentes ante aquellos "turistas" que trastocaban su modo de vida, mientras además creían que les estaban haciendo un favor. Sin embargo, lo más probable es que no dijeran mucho en voz alta. En parte tal vez por costumbres aún persistentes entre ciertas culturas (en resumen: si no tienes nada bueno que decir, es mejor no decir nada, expresar una esperanza o cambiar de tema); o, en parte, quizás, porque no servía de nada oponerse. Con lo cual, lo más fácil era lo que hacía Jemmy Button: guardarse el rencor, sonreír hasta que llegara un momento en que pudieran decidir por sí mismos, y tal vez entonces vengarse. Al final, como siempre, las relaciones entre distintas civilizaciones no son una cuestión de buenos y malos, sino más bien de bastante egocentrismo, y sobre todo mutua incomprensión. Aunque en algunas ocasiones, estas interacciones se encarrilan hacia buen puerto, o terminan en cambio como el rosario de la aurora.

Pero volvamos a FitzRoy, que no tiene nada que ver con estos últimos sucesos. Entre otros motivos, porque éste había vuelto a Inglaterra, se había casado, le habían aceptado en la Royal Geographical Society y había publicado tres libros con los sucesos y observaciones (incluyendo numerosas de carácter científico) durante sus viajes en el Beagle. Fue entonces nombrado gobernador de Nueva Zelanda, heredando de su antecesor los problemas que enfrentaban a los colonos ingleses con los nativos maoríes. Lo cierto es que ahí FitzRoy -lejos ya de los experimentos que había llevado a cabo con los fueguinos- trató de manifestarse ecuánime en este nuevo contexto, atreviéndose a condenar acciones ilegales de los colonos y a defender que los maoríes debían recibir un precio justo por las tierras adquiridas por los británicos. Es más, trató de facilitar el comercio de tierras entre unos y otros, pero bien porque sus medidas no funcionaban con la efectividad esperada, bien porque no recibió un apoyo suficiente de la metrópoli, lo cierto es que las tensiones se incrementaron entre colonos y maoríes, y el conflicto se recrudeció. Al final, una compañía británica con intereses económicos en la zona protestó ante Gran Bretaña, y FitzRoy fue sustituido por un sucesor que, según se dice, sí contó de un sostén más firme por parte del gobierno británico.

Y aquí llegamos a la última de las vidas de FitzRoy, narrada de manera elocuente por el magistral quinto episodio de la serie de divulgación científica de Netflix "Superconectados: La ciencia oculta detrás de todo", el cual construye un círculo de ideas alrededor de algunos de los desafíos más apabullantes de nuestro presente. Influidos por una descomunal tormenta que había hundido a numerosos navíos en la costa inglesa, las autoridades de Gran Bretaña nombran a FitzRoy como jefe de un departamento cuyo objetivo sería acumular todos los datos posibles sobre el tiempo en alta mar, y tratar de averiguar si de allí podía deducirse cuál era el tiempo que iba a hacer al día siguiente, con todas las ventajas que ello implica. En su diario de registros, FitzRoy llega a realizar la primera predicción meteorológica (indicando que el tiempo iba a ser "despejado"), y lo llamativo es que acierta. Sin embargo, sus previsiones eran todavía muy poco fiables, y tenía tantos aciertos (que servían para reforzar sus conclusiones) como errores (que molestaban a los buques que no habían zarpado por previsión de tormenta, y utilizarían muchos científicos tradicionales para oponerse a este amateur que intentaba hacerles sombra). Quizás FitzRoy captó la ironía del hecho de que él, el ardiente defensor de la iglesia frente a Darwin, sería en aquella ocasión el impulsor del método científico frente a sus opositores, miembros del paisaje académico que invocaban a Dios como el único individuo capaz de controlar el tiempo meteorológico. FitzRoy se acabaría suicidando, aunque no podemos saber a ciencia cierta si su muerte se debió a la decepción ante el reto de la previsión atmosférica, pues se veía sumido en crisis de este tipo con cierta frecuencia. Sabemos, por otra parte, que en su decisión podría haber influido el hecho de haber dilapidado buena parte de su fortuna durante su vida pública. Sin embargo, tras su fallecimiento, las autoridades británicas y sus antiguos amigos (entre ellos el propio Darwin) no tuvieron inconveniente en auxiliar a su familia. Hoy, como mencionamos, toda clave de topónimos evocan su nombre, incluyendo el área de pronósticos meteorológicos donde realizo sus estudios climáticos, cuya denominación hubo de ser modificada para que no se confundiera con otra Finisterre, la que tiene localización en España.

Al final, Fitzroy fue muchas cosas. Según Darwin, quien le admiraba, era el hombre con la personalidad más fuerte que había conocido nunca. En buena parte de los episodios de su vida simbolizaba el fin de un mundo al que en cierta medida representaba, frente a un nueva concepción de la Tierra a la que ayudó a nacer. Quizás, como han dicho algunos escritores (y han dado a entender Greene, David Lean o Conrad), en todas las regiones perdidas del mundo, al mando de una causa tan delirante como sublime, siempre hay uno de esos hieráticos, imperturbables tipos dispuestos a no alterarse en absoluto por muy espinosas que vengan las cosas, y a llevar su visión del mundo hasta el final: en definitiva, un buen muchacho inglés.