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domingo, 1 de marzo de 2026

El libro y la historia real de marzo: "El curioso caso de Mary Mallon", o la historia de Mary la Tifoidea


El caso de Mary Mallon es relativamente conocido en la profesión médica. A principios del siglo XX, en la ciudad de Nueva York, se encontró a una mujer que era portadora asintomática de la fiebre tifoidea, una enfermedad transmitida sobre todo a través de la comida cruda. La fiebre tifoidea, en aquella época, era muy mortífera, y no existía ninguna clase de tratamiento. Mary Mallon -a partir de entonces, apodada por la prensa con el peyorativo nombre de "Mary la tifoidea"- trabajaba como cocinera, con lo cual ella, sin sentirse afectada por la enfermedad, estaba transmitiéndola a las personas a quienes servía a partir de aquellos alimentos que no se cocinaban mediante altas temperaturas. Se dice que Mary Mallon llegó a transmitir la bacteria letal a 30 personas, de las cuales murieron 3. La cuestión que se plantea, de cara sobre todo a la clase médica, es que tuvieron que prohibir ejercer su profesión (y, eventualmente, ante la falta de colaboración, encerrar de por vida) a una mujer que en realidad no era culpable de ningún crimen, pues nadie le había acusado de provocar las muertes a propósito. Y, sin embargo, se la castigó con un régimen similar al de los condenados por asesinato. Desde luego, el dilema ético es apasionante.

Anthony Bourdain, el célebre cocinero que se convirtió en escritor sobre gastronomía (con una biografía personal también muy turbulenta), decide escribir sobre este caso. Y se pone de parte de Mary. Por muchos motivos bien justificados. Se dice que Mary no era muy colaborativa, pero pensad que estamos hablando de una mujer de origen irlandesa y orígenes humildes -en una época donde el clasismo, la xenofobia y el machismo campaban a sus anchas- que de repente es acusada por los médicos de ser poco menos que una asesina, una transmisora de muerte con patas, una mujer sucia y que no se lava adecuadamente las manos. En ese sentido, es normal que Mary lo negara todo y no quisiera hablar con los sanitarios. Bourdain, además, habla desde su experiencia como cocinero: teoriza sobre lo duro que sería para Mary dejar de ejercer su profesión, tanto a nivel económico como de autoestima personal, y toma partido por todos aquellos profesionales de la gastronomía que han acabado tan hartos de su profesión que en buena parte descuidan hasta la parte de la higiene. (Un inciso respecto a esto: hay un debate que Bourdain no llega a zanjar sobre si Mary se lavaba suficientemente las manos al cocinar. Este debate es muy difícil de resolver por varios motivos: 1) la poca disposición a hablar por parte de Mary, que desconfiaba de los médicos; 2) el debate eterno: ¿qué es lavarse bien las manos?; porque a todo el mundo le parece que se las lava lo suficiente; 3) lo difícil que hubiera sido hacer experimentos sobre este asunto. Mi teoría, a partir de lo que he leído del libro y de lo que sé como licenciado en medicina, es que seguramente Mary hacía bien su trabajo, porque, si no, los brotes por fiebre tifoidea hubieran sido mucho más frecuentes. Lo que pasa es que todo el mundo sabe -y más desde la epidemia de COVID- lo complicado que es lavarse exhaustivamente bien las manos todas las veces que se requiere, y que siempre hay fallos que, en un individuo normal, no se notan. Pero que, en una persona portadora de la enfermedad, pueden desencadenar el desastre).

Bourdain se muestra empático. Además, trata de rastrear, a pesar de la escasa documentación disponible, todo lo que sabemos sobre Mary, y e intenta que nos hagamos una idea de su contexto y sus condicionantes. Como digo, toma partido por Mary, y quizá le coge algo de inquina a los médicos, pero creo que en este caso, más que culpables, sobre todo hay víctimas: víctimas de la falta de desarrollo de la medicina hasta entonces, víctimas de una enfermedad que aún hoy causa numerosos muertos, víctimas de la falta de antibióticos. Es una historia que conviene recordar hoy en día, cuando tenemos vacuna contra la fiebre tifoidea, una que nos salva la vida a diario, a nosotros y a las personas de nuestro entorno. Conviene, pues, leer este interesante libro y no olvidar este caso, para que no volvamos a aquellos tiempos en que ocurrían desgraciados casos como el de Mary Mallon.

lunes, 10 de noviembre de 2025

Las series de noviembre: varias de Filmin

-Monsieur Spade es una ficción atípica. Parte de la idea de que Sam Spade (el célebre detective creado por Dashiel Hammet, y protagonista de El halcón maltés) se ha ido a resolver un asunto en el sur de Francia, y ha encontrado motivos para quedarse a vivir y retirarse allí. Sin embargo, años después, nuevos y antiguos problemas van a surgir ante sus ojos, y es entonces cuando sus viejos hábitos de detective vuelven a hacerle falta. Esta miniserie de seis capítulos tiene un guión con grandes luces, pero también algunas sombras: es de estas narraciones a las que hay que hay que prestar atención para no perderte cosas; coincide con las viejas historias de los años 40 en las tramas enrevesadas, no siempre perfectamente coherentes -y, en este caso, algo fuera de escala-; a ratos cuesta distinguir los flashbacks, en general muy buenos, aunque a veces se abusa de los mismos; y el final es una ensalada caótica y poco creíble (como si, cual Raymond Chandler en El sueño eterno, el guionista hubiera dispuesto de manera prometedora piezas en el tablero de ajedrez, y al final de la partida decidiera pegarle una patada al juego) que a varios espectadores puede emborronarles el conjunto. Eso sí, durante buena parte del metraje, ese guión funciona muy bien, especialmente con los ácidos comentarios del cínico detective encarnado por Clive Owen, que interpreta uno de los mejores papeles de su carrera. Como buen cine negro, hace un excelente uso de la atmósfera que tiene en derredor, y cambia las turbias calles de San Francisco por un aparentemente bucólico pueblo galo, el cual, sin embargo, atrapado entre la posguerra mundial y las salvajadas francesas en Argelia, bulle con una maldad que haría gozar al célebre autor Jim Thompson. Los papeles y actores secundarios también son interesantísimos. En definitiva, con todas las salvedades, creo que esta serie os hará pasar unas cuantas buenas horas.

-Inside nº9: más británica que el té de las cinco, y con mucho componente teatral, esta serie de capítulos independientes ha sido creada y guionizada por Reece Shearsmith y Steve Pemberton, que ejercen de actores protagonistas en todos los episodios (al menos, hasta lo que me he podido ver, pues de las nueve temporadas me quedan aún cuatro y poco). Lo único que tiene en común cada entrega, con mucha variedad formal y sin miedo a arriesgar, es que hay bastante humor negro, normalmente un misterio o un componente de intriga o terror, y que en algún momento sale a colación el número 9. La cuarta temporada, en particular, es fantástica, pero, como digo, no hay ninguna relación entre episodios, así que podéis discutir con otros televidentes sobre vuestros capítulos favoritos.

-Taboo. Con una única temporada que lo dio todo, esta serie, que impactó hasta cierto punto en su momento pero no tuvo la resonancia de otras contemporáneas, mostró a un Tom Hardy en estado de gracia en una intriga internacional y de época con una atmósfera muy sólida, que entremezcla muy bien un fondo de realismo con trazas de fantasía.

-The Newsreader es una serie australiana que describe el ambiente de una redacción de noticias en los 80, donde las elecciones personales se entrecruzan con la actualidad informativa de una época que, desde luego, tuvo su aquel. No es The newsroom, pero sobre todo la primera temporada tiene mucha fuerza, entre otras cosas por la garra de sus intérpretes.

Estas series, al menos la última vez que las vi, se podían disfrutar en Filmin.

lunes, 12 de mayo de 2025

La historia real de mayo: hilos de Bluesky

Hola, qué tal. Como algunos ya sabéis, me he pasado definitivamente a Bluesky (sigo teniendo cuenta en Twitter, pero sólo la uso muy puntualmente), y allí también estoy haciendo hilos. Como éste sobre Queen Nanny, reina de los cimarrones; o éste sobre unas islas de África con mucha relación con España. Además, os enlazo aquí lo que hemos colgado para participar en #Desgranahilos este 2025, una glosa sobre la fascinante vida y obra del científico George Washington Carver. Espero que aprendáis un poco con ellos y, sobre todo, os entretengan. Un saludo.

lunes, 16 de diciembre de 2024

Los libros de diciembre: inspirados en sucesos reales

Tres narraciones basadas en historiales reales pero que están muy cerca de la ficción, entre otras cosas, porque emplean recursos propios de la novela para cautivarnos. Muy recomendables todas:

-A plena luz, de J.R. Moehringer. Basado inicialmente en un artículo de prensa, este libro cuenta la historia de un legendario atracador de bancos de la época de Gran Depresión que sale de la cárcel ya anciano gracias a la influencia de unos periodistas que le exigen a cambio que, durante un día, les lleve por las zonas de Nueva York que pueden explicar su trayectoria vital. El autor -antiguo periodista- utiliza de manera excelente la alternancia entre recuerdos, sucesos del presente y analogías en todas las direcciones para trazar un retrato de un atípico ladrón de bancos (que lee a Dante y tiene el humor cínico de un reventador de cajas fuertes) que está cargado de frases ingeniosas y de personajes inolvidables. No se lee, se devora.

-En Las futbolistas que desafiaron a Mussolini, Federica Seneghini relata de manera novelada (pero en realidad se inspira en investigaciones periodísticas) los avatares de un grupo de chicas que, en la Italia de Mussolini, se empeñaron en montar el primer equipo de fútbol femenino, y de todos los inconvenientes que tuvieron que afrontar. Aparte de describir las siempre indignantes consecuencias del fascismo, quizá lo que más duele de todas sus desventuras es que muchas de las actitudes y sucesos nos las podríamos encontrar perfectamente hoy en día, sobre todo ahora que machistas y fascistas se exhiben sin ningún rubor.

-El affaire Arnolfini, de Jean-Philippe Postel. Muchos conoceréis este cuadro, enclavado en la National Gallery de Londres (por cierto: es pequeñísimo), y que ha sido cúmulo de un sinfín de especulaciones. Pues bien, este ensayo, que en parte se maneja como libro de misterio. trata de sacarle punta a todos y cada uno de los posibles detallitos de la pintura, hasta encontrar interpretaciones sorprendentes, y que van mucho más allá de lo que pueden imaginar nuestros ojos a simple vista. ¿Un par de peros? Como siempre que hablamos de simbología en el arte, cada afirmación que se enuncia podría ser cierta, pero también sería factible su contraria; y, por otro lado, el autor trata de deducir mucho a partir de detalles que no sólo cuesta ver en la pintura en su tamaño original, sino hasta después de ampliarla varias veces. Para amantes de los juegos de detectives en el arte.

jueves, 1 de febrero de 2024

Los libros y las historias reales de febrero: "Dientes de dragón" y "El último tahúr"

Hoy presentamos dos narraciones que tienen varios puntos en común: hallarse ambientadas en el salvaje Oeste americano y entremezclar la realidad y la ficción.. De hecho, contaremos también parte de las historias reales (o las leyendas) en las que se basan.

Dientes de dragón. A Michael Crichton le conocemos por Parque Jurásico, Esfera o Sol Naciente, con sus adaptaciones cinematográficas, y tiene algunas obras polémicas, pero otras también bastante interesantes. Por ejemplo, una característica de algunas novelas (por ejemplo Devoradores de cadáveres, que también tuvo su versión en pantalla grande) es que tratan de hacerse pasar por narraciones reales, incluyendo diarios en primera persona de sus protagonistas. Es el caso de Dientes de dragón, que nos cuenta la historia de un univesitario de la Costa Este estadounidense que, por culpa de una apuesta, ha de viajar al Oeste, y lo hace acompañando a O.C. Marsh, un reconocido paleontólogo que, durante el siglo XIX, mantuvo una dura pugna con su rival E.D. Cope por ver quién descubría más especies distintas de dinosaurios (si la historia os suena, quizá es porque me habéis escuchado mentarla brevemente aquí). Crichton emplea ese viaje como excusa para narrar el enfrentamiento entre ambos científicos, pero aprovecha para hablar de guerras indias, visitar la atmósfera del legendario pueblo de Deadwood (un lugar que tenía la fama de "pueblo sin ley" de manera más que merecida), o introducir como personaje a Wyatt Earp, en lo que constituye un relato de crecimiento y maduración de un joven en el terreno hostil del Far West. Quizás (como ocurre con la otra ficción que vamos a describir a continuación) la narrativa pierde algo de verosimilitud o de continuidad a lo largo de las páginas, pero en todo caso habla de tantos temas sugerentes que no te queda otra que seguir leyendo.

El último tahúr. Existe un volumen denominado El experto en la mesa de juego, escrito por un tal S.W. Erdnase y publicado en 1902, que aparentemente consiste en un inocente librito que explica cómo realizar determinados trucos de magia mediante la manipulación de los naipes de una baraja. No obstante, hay una leyenda circulando en torno a él: se dice que el autor en realidad era un jugador profesional que escribió todas las maneras conocidas de hacer trampas a las cartas, y que ocultó su identidad porque las leyes federales prohibían los libros de contenido obsceno (por lo visto, algunos jueces consideraban que el juego era un tema de este tipo). El manual se ha hecho extremadamente famoso tanto entre magos como entre jugadores -tanto que algunos le conocen como "la Biblia"-, y por supuesto se han disparado las especulaciones sobre la auténtica identidad de S.W. Andrews. Entre los posibles candidatos a ser los verdaderos autores del texto se hallan un pintoresco grupo, que incluye magos, jugadores profesionales, miembros del circo, detectives privados y por supuesto criminales. Una teoría ya clásica esgrime que, si uno escribe el nombre del escritor al revés, sale E.S. Andrews, un apelativo tan común que no sería extraño que el autor se denominara así en realidad (aunque otros opinan que sería algo demasiado evidente -o quizá prepotente). A partir de ahí, Rodrigo Sopeña y Juande Pozuelo elaboran una novela gráfica usando a E.S. Andrews como personaje ficticio que también recorre buena parte del siglo XIX en el Oeste americano, con sus grandes forajidos fuera de la ley -los Dalton entre otros-, sus personajes más reconocidos (entre otros, Harry Houdini y sus amigos los Keaton, entre los que se hallaba el famoso actor de películas de cine mudo apodado Buster), y el turbulento mundo de las mesas de juego. Una fantasía divertida pero que, sobre todo a nivel gráfico, está muy inspirada en imágenes y fotografías antiguas, así como en algunas de las biografías más extravagantes de una época que, sin duda, dará durante siglos de qué escribir y de qué hablar. Y nosotros lo leeremos y lo oiremos, quizá sobre una mesa de juego.

Posdata: si me queréis ver haciendo un truco de cartas que no tiene trampa ni cartón (quizá sí algo de magia), podéis echarle un ojo a este vídeo de Youtube (o quizá este otro) que he grabado para el Instituto Cajal y donde hago difusión de nuestra neurobaraja (ya os enteraréis de qué es; si os interesa tenerla, podéis descargárosla o imprimirla, o bien comprarla en versión bonita en la tienda del Museo Nacional de Ciencias Naturales en Madrid). Así veréis cómo las artes del ilusionismo no sólo mienten, sino que también pueden servir para expresar la verdad -por ejemplo, explicar neurociencia-. Un saludo, tened buena suerte en el juego, y más aún en la vida. Nos leemos.

lunes, 23 de mayo de 2022

Los libros de mayo: una guía de Nueva York

Caminar por una ciudad, en muchos casos, es similar a deambular a través de las páginas de un libro. Vas admirando los escaparates que se te presentan a un lado y a otro, recorriendo lugares nuevos, repitiendo por otros ya transitados, perdiéndote y volviéndote a encontrar. Por eso, una de las mejores maneras de visitar una ciudad (ya sea como preparación previa, o durante el viaje) es llevarte algún libro ambientado en dicha urbe, o que trate acerca de la misma. Así que, aprovechando un reciente periplo, os paso alguna de las lecturas por las que he vagabundeado para conocer ese enclave tan inabarcable que se llama Nueva York. Espero que os llene este pedazo de Gran Manzana:


Nueva York tiene toda clase de localizaciones interesantes para los amantes de toda clase de artes y espacios.

-"New York, New York", de Javier Reverte. No es el ambiente en el que más a gusto se desenvuelve este cronista de viajes, al menos en el terreno literario, en comparación con otros textos que le han salido más redondos (como sus ya míticos libros sobre África). Quizás sea porque Reverte, en lugar de explorar la urbe, más bien ha habitado en ella durante unos meses, y al final la costumbre saca, como casi siempre, lo mejor y lo peor de nosotros. De todos modos, su método habitual (entrecruzar vivencias personales con toneladas de literatura e historia al respecto) aporta suficientes datos interesantes sobre la ciudad que merece ser nombrada dos veces para echarle un vistazo al menos en una ocasión.

-Un esquema parecido articula Paolo Cognetti en "Nueva York es una ciudad sin cortinas", con unas cuantas salvedades: su recorrido, como él mismo dice, será no sólo incompleto (imposible devorar la fruta prohibida en un solo bocado), sino sesgado, personal, y bajo la óptica de un extranjero; además, enmarca los capítulos por barrios, a semejanza de los paseos que realiza por la ciudad que nunca duerme. Cognetti se centra mucho en la figura de los escritores que han relatado Nueva York (quizás la urbe más retratada del mundo, bajo diferentes ópticas) y de los habitantes más pobres de la urbe -con frecuencia los inmigrantes-. Y, aunque se le nota un exceso fervor en la búsqueda de la autenticidad -esa cosa que sólo existe cuando no te preocupas de ella-, qué duda cabe de que entre tantas páginas te descubre unas cuantas más que atrayentes, y que de hecho incitarán a nuevas lecturas.

-"Nueva York, insólita y secreta". Soy un asiduo a esta categoría de guías de la editorial Jonglez que, bajo el epígrafe, "insólita y secreta", te descubren una serie de hitos (quizá no muy secretos, casi siempre fascinantes) acerca de la ciudad que planeas visitar. Ideal para encontrarse curiosidades urbanas que en bastantes casos no se hallan en las guías de viaje: incluyendo algunas que a las que no peregrinarías expresamente, aunque, si se encuentran en tu camino, sin duda pasarás a echarles un vistazo.

-"Barrios, bloques y basura", como dice Julia Wertz en el subtítulo, es una historia ilustrada y poco convencional de Nueva York. Ilustrada porque la autora, una experta en estas lides, no sólo se vale del formato cómic para contar sus anécdotas, sino que realiza dibujos pormenorizados de determinadas esquinas de Nueva York, comparando cómo eran ayer con cómo lucen hoy. Poco convencional, en parte, por los temas: habla de librerías, de estancos, de bares, de paradas de metro, de negocios desaparecidos, de zonas llenas de basura, de asesinos, de videoclubs y tiendas de música. E irreverente también por el estilo: la autora lo mismo te lanza una soflama tildando de "gilipollas" a medio bicho viviente, como se abre en canal para relatarte sus vivencias sobre cómo habitó en un piso en Nueva York y luego fue desahuciada inmisericordemente de él (en muchos sentidos, es el diario de una exiliada, con un amor que sólo los desterrados pueden manifestar por el lugar que les expulsó). El libro es un mamotreto en cuanto al tamaño, pero se devora a mucha velocidad.

-"Poeta en Nueva York". El libro de poemas de Lorca exhibe la perenne ambivalencia de la ciudad. POr un lado, Lorca, en un estilo surrealista (andaba un poco mohíno el granadino porque le habían reprochado abandonar esta corriente en su "Romancero Gitano"), se queja de la inmensidad de la urbe y de su falta de humanidad. Por otro, sabemos que Nueva York le acogió favorablemente y que tuvo una vivencia personal más que aceptable. Ideal para quienes quieran revivir el mito del literato en tierras norteñas.

Por cierto, para que también tengáis vuestra propia guía de Nueva York, ésta que os traigo aquí es la que mi chica y yo elaboramos no sólo con lugares que visitar, sino con referencias cinéfilas, gastronómicas o de lugares donde gastaros los cuartos (ello incluye un par de librerías). Está centrada sobre todo en Manhattan, pero si rastreáis por vuestra cuenta podéis encontrar otras localizaciones chulas (como la famosa escalera y la casa del Joker en el Bronx, la vista del puente de Queensboro de la película de Woody Allen "Manhattan", o la maqueta gigante de la ciudad en Queens). Espero que os sirva para planear futuros viajes: aquí el enlace. Un saludo y felices destinos.

lunes, 7 de febrero de 2022

Las historias reales de febrero: unos cuantos hilos de Twitter.

Muchos de los que me seguís en Twitter habréis notado que mi producción de hilos se ha visto disminuida, ya que tengo otros proyectos literarios y divulgativos en el horizonte. Sin embargo, alguno ha caído, y para que tanto los que están en esa red social como los que no la visitan de manera habitual, aquí los enlazo para que podáis disfrutarlos: tenemos a Eugenia Martínez Vallejo, mal llamada La Monstrua; presentamos una serie de lugares que se encuentran en ocasiones bajo el agua, y en otras no, de tal manera que resulta difícil saber en qué situación nos gustan más; y aquí estuvimos contando unas pocas anécdotas de cine. Espero que os gusten y, si existe algún tema del que os gustaría que hablase, en este u otros formatos, no dudéis en sugerírmelo. Un saludo

martes, 17 de agosto de 2021

Las películas y las historias reales de agosto: un mismo hecho bajo distintos puntos de vista

Toda historia tiene dos versiones, o eso dice el viejo axioma. Y toda realidad es interpretable, y ésa es una de las bases del cine y de la literatura. Billy Wilder estaba viendo una película sobre un hombre que toma prestada la casa de otro para citarse con sus conquistas amorosas y pensó: <<¿Qué pasa con el pobre tipo que les deja el piso?>>. Así nació El apartamento. Hay múltiples films que se inspiran precisamente en contar una historia no de la misma manera, sino desde dos ópticas diferentes, de tal manera que es la visión conjunta de todas ellas la que te da una perspectiva global del asunto, salvando todas las licencias e invenciones que (sobre todo en las <<basada en hechos reales>>) pueblan las películas de Hollywood. Esta es una lista, para nada exhaustiva, pero sí en mi opinión sugerente, acerca de esos conjuntos de películas que se relacionan entre sí:

-A veces se trata sólo de cambiar al personaje principal. La película Bonnie&Clyde (1967) está narrada desde el punto de vista de los atracadores de bancos y fugitivos, mientras que Emboscada Final (2019), con bastante menos acierto, lo hace desde el punto de vista de los policías.

-En el Chicago de 1924, un par de estudiantes universitarios llamados Leopold y Loeb, cargados de un desmedido complejo de superioridad, y adictos a la teoría de Nietszche del superhombre, decidieron demostrar su nivel intelectual desplegando el crimen perfecto, para efectuar el cual arrebataron la vida a un chico de 14 años. A pesar de su preclara inteligencia, les acabaron pillando, y las familias recurrieron para la defensa a Clarence Darrow, un conocido activista en contra de la pena de muerte. El discurso final del abogado de los muchachos -el cual duró 12 horas- fue tan conmovedor que hasta al juez se le saltaron las lágrimas, con lo cual se logró que la condena a muerte se sustituyera por una de prisión perpetua (uno de los jóvenes murió a manos de los presos en la cárcel, mientras que el otro acabó liberado tras cumplir 34 años de reclusión). La tragedia se ha narrado de dos maneras. Por un lado, fue recreada (con sus variaciones, pues en teoría se trataba de ficción) en una obra de teatro donde se señalaba la naturaleza homosexual de los dos muchachos, y que funciona como un relato de misterio donde nos preguntamos si se acabará descubriendo la autoría del asesinato. Esta obra sería más tarde adaptada (esta vez, sin el trasfondo homosexual, aunque era bastante evidente) en la película de Alfred Hitchcok La soga, la cual funciona como un mecanismo de precisión en torno a un arcón, una intriga, y el falso plano-secuencia más famoso de la historia del cine. Pero, por otro lado, la película Impulso criminal describe de manera más ajustada a la realidad el devenir de la investigación y el juicio y, sobre todo, tiene a un Orson Welles ejerciendo de Clarence Darrow en un film con bastantes partes censuradas en la versión en castellano (ya que, obviamente, en 1959, un alegato contra la pena de muerte no era el tipo de discurso bendecido por el régimen franquista).

-Nos han contado las diversas vivencias de los judíos que pasaron por el guetto de Varsovia a través de varias películas, siendo quizás La lista de Schindler y El pianista las que muestren con mayor claridad los distintos rumbos que podía tomar tu vida a lo largo de ignotos caminos, ninguno de los cuales te garantizaba la seguridad.

-Tanto "Operación Anthropoid" como "El hombre del corazón de hierro" narran el atentado que acabó con la vida de Richard Heydrich, "el carnicero de Praga", a manos de dos miembros de la resistencia checa durante la Segunda Guerra Mundial, pero mientras la primera se centra en el punto de vista de los perpretadores, la segunda lo hace más en la biografía del militar nazi. Por cierto, este último también es el centro alrededor del cual gira "Conspiracy", una película donde se describe la reunión donde se planeó aplicar la "solución final" al problema judío por parte de las autoridades alemanas. En esta última película aparece como un personaje secundario la figura de Adolf Eichmann; varios films ("Eichmann" en 2007, y "Operación Finale" en 2018, entre otras) han descrito la captura del jerarca nazi en 1960 mientras se se hallaba escondido en Argentina, pero la película "Hannah Arendt" profundiza en las motivaciones que la filósofa judía encontró en la conducta de este burócrata desalmado, a través de su teoría de la "banalidad del mal". Como puede verse, un rosario concatenado de causas y consecuencias.

-En el caso de narrar historias relacionadas, no hay nada como contar con el mismo actor para hacer del mismo personaje. Vicent Cassel había interpretado, en la "Juana de Arco" (1999) dirigida por Luc Besson y protagonizada por Mila Jojovich, a Gilles de Rais, un noble galo que quedó traumatizado por la muerte de la santa francesa y que, quizás por eso (o tal vez no), se dedicó, desde el castillo donde resisdía, a secuestrar a jóvenes a los que torturaba de maneras horripilantes para luego darles muerte, hasta que sus delitos fueron tan infames que las autoridades se vieron obligados a intervenir. Pues bien, en la película "The Reckoning" -en castellano, "El misterio de Wells" (2003)-, Cassel interpreta a un trasunto del asesino aristócrata en una ficción bastante lograda, y quizás el mejor trabajo del habitualmente secundario Paul Bettany hasta la fecha.

-La película "The Glorias" y la serie "Mrs. América" tratan ambas de la influencia de un grupo fundamental de mujeres en el movimiento feminista, pero mientras la primera se centra en la figura de Gloria Steinem a lo largo de su vida, la segunda es transversal en un momento clave (la aprobación de las leyes de igualdad en Estados Unidos), y también más coral: de hecho, la mujer más destacada es la archienemiga de los derechos de la mujer, una Phyllis Schlafly interpretada por una Cate Blanchett en estado de gracia.


-Ya saliendo del terreno de la historia, y entrando un poco más en el apartado de la ficción, "Blackthorn", del muy buen guionista Mateo Gil, retoma el relato justamente donde se quedó al final de "Dos hombres y un destino", y narra una ucronía donde uno de los componentes del famoso dúo Butch Cassidy-Sundance Kid sigue vivo, excusa que el director aprovecha para grabar un western crepuscular enmarcado en los bellísimos parajes de las salinas de Bolivia. Muy recomendable para los amantes tanto del cine clásico como del moderno.

-Diferentes films acerca de la figura de Churchill se centran en distintos períodos de su vida: los años previos a la Segunda Guerra Mundial, en los que advertía del peligro de Hitler -"The gathering storm" (2002), película televisiva basada en sus memorias, con una secuela cinematográfica con nuevos actores, "Into the storm"-; los meses iniciales tras ser nombrado Primer Ministro ("Darkest Hour", 2017); o ante un inminente desembarco de Normandía ("Churchill", 2017). Es una pena que ningún film haya decidido focalizar en otras partes de la biografía de Churchill, como su rocambolesca huida de juventud de un campo de prisioneros en Sudáfrica, o sus más que censurables actos respecto a la India que efectuó desde su posición como Primer Ministro.

He aquí nuestra pequeña recopilación de películas relacionadas. ¿Os atrevéis a hacer alguna aportación? Espero con ansia vuestros comentarios.

lunes, 9 de agosto de 2021

La historia corta de agosto. Dedicadas a Eduardo Galeano (X): El experimento

             Fue un experimento sorprendente.

 

            En una escuela de verano para niños, la monitora quiso enseñarles a los chavales cómo son las relaciones entre los países del mundo. Así que repartió la Tierra entre ellos.

 

            Cada niño representaba a un país concreto. A cada uno le eran asignados unos materiales, según el país que le había sido asignado. Los países ricos tenían compases, reglas, escuadras, cartabones... pero pocas materias primas; a la niña de Estados Unidos, por ejemplo, le correspondieron escasamente dos folios. Y los países pobres no tenían ninguno de esos instrumentos, pero sí muchas materias primas, por ejemplo diez folios cada uno. El objetivo del juego era hacer, con los materiales de los que disponían (o con los que pudieran conseguir por intercambio) figuras de papel con distintas estructuras geométricas, que serían las equivalentes a billetes. Y comenzó el juego.

 

            Los resultados fueron inesperados

 

            La niña de Estados Unidos, que era la típica muchacha egoísta que lo quería todo para ella, trató de venderles a los países pobres un compás roto. Entonces, los países pobres decidieron hacerle un boicot, y se asociaron entre sí, consiguiendo realizar entre todos muchísimas figuritas, mientras que la niña de Estados Unidos se quedó sola, encerrada en su esquina, sin poder construir ninguna figura en absoluto.

 

            A veces uno se pregunta qué pasaría si les diéramos a los niños el control del mundo...

lunes, 26 de julio de 2021

El relato del mes: Eterno retorno

Eterno retorno

<<No quisiera yo haber vivido en aquellos tiempos>>, subrayaba extasiado, en mitad de una carcajada, un jovial Julian Mankis sobre el estrado de la Asociación de Periodistas del Chicago durante la recogida del Premio al Mejor Cronista de la Ciudad de aquel año, mientras relataba la historia de ibn-Jasana, el hombre que había constituido su principal fuente de inspiración: <<Entre otras cosas>>, retomaba la historia Mankis, <<porque murió atropellado por una caravana de camellos>>. Risas entre la multitud. <<Pero, ciertamente, se trataba de un personaje fascinante>>, prosiguió. <<Aunque hijo de un camellero (quizá por eso el destino le reservó aquella irónica muerte), supo ganar los contactos suficientes entre las clases altas para situarse cerca de los más destacados dirigentes de aquel tiempo. Y, aunque sin duda alcanzó aquella preclara posición gracias al amiguismo y a las habilidades sociales desplegadas durante las fiestas, actitudes con las que los presentes no nos identificamos en absoluto>>, leve tos cómplice y cómica, nuevas risas entre un público entregado, <<aprovechó este lugar de privilegio para narrar de manera fidedigna las tramas y conspiraciones que se urdían a su alrededor, en un inmenso tapiz humano del que ibn-Jasana nos ofreció una reproducción exacta. De hecho, lo hizo de manera excepcional para la época, pues siempre buscó, como explicación para los hechos, causas y consecuencias humanas, sin atribuir los sucesos al designio de algún dios o a aquel fatalismo determinista tan propio de la época y de la comunidad islámica. Salvo, quizás, durante aquella ocasión excepcional en la que, conmovido por el relato que escuchó acerca de una lluvia roja, como producida por sangre -hoy sabemos que probablemente se debía a la influencia del polvo del desierto-, especuló con que los ominosos acontecimientos que tuvieron lugar a continuación pudieron ser augurados por este signo de pronóstico infausto. Pero incluso el cronista más incólume posee espacio, en su corazoncito, para algo de poesía, una pizca de romanticismo y un fragmento de humanidad. Salvo yo, por supuesto>>, apuró el orador la copa mientras la rendida audiencia prorrumpía en un estruendoso aplauso.

Al abandonar la gala en su flamante deportivo, Mankis se hallaba eléctrico, exacerbado por el hecho de haber alcanzado la cresta de la ola de su profesión y, por supuesto, lo que menos le apetecía era irse a la cama. Por ello, se dirigió a un lugar donde no estaba seguro de lo que se estaba cociendo, pero de lo que sí tenía certeza es que sería algo interesante: la mansión Hamilton. No iba por supuesto en busca del viejo Hamilton (cuya fortuna iba a la par con los años que cargaba a la espalda), sino del joven heredero, el apolíneo Mark Henry Jr., un chico que a la tierna edad de treinta años ya había sido bendecido con casi todas las virtudes y dichas que puede recibir un hombre y, a partir de entonces, con esa galante desenvoltura de la que hacen gala los que siempre han tenido dinero y, además, poseen la suerte de atesorar talento, se había dedicado a exprimir la vida al máximo. Filántropo, viajero, inversor, doctorado en Estudios Clásicos, con un grupo de amigos excepcionales que uno sólo puede fraguar en Eton y Cambridge (esta última opción fue una elección personal, para llevar la contraria a su oxfordiano padre), había hecho hasta sus pinitos en el teatro interpretando a un Casio bastante notable, a decir de los más inclementes críticos. Pero, como Oscar Wilde, Mark Henry Jr. reservaba el talento para sus actividades profesionales, y en su vida sólo desplegaba un derroche incesante de genialidad. Por eso, Mankis se sorprendió al hallarle en su mansión, aquel viernes por la noche, solo en medio de su salón, en compañía de una copa de vino, en medio de una tan escasamente estimulante actividad como atender a un documental de leones que ponían en la televisión, sin ninguna perspectiva de celebración o desmadre a largo de las próximas horas.

-¿Qué te ocurre, amigo mío?¿Te encuentras mal?¿Enfermo acaso? -inquirió Mankis.

-Sólo un poco melancólico -esgrimió el multimillonario-. El otro día me currió una cosa extraña.

Empezó su relato. No duró mucho, apenas unos cuantos minutos. Pero hubo un apartado que a Mankis le llamó poderosamente la atención: <<... atravesamos un desierto de roca con el jeep. En medio, empezó a caer una lluvia densa, plomiza. Nos fijamos en que ésta posería un tono rojizo. No nos atrevimos a salir del coche: tenía un tacto barroso, pesado, inquietante. El vehículo llegó a la ciudad como si le hubieran vertido una tonelada de pintura roja. Luego nos enteramos, a través del servicio metereológico, de que por lo visto se había debido a un tipo especial de lluvia ácida. Muy extraño. Ése es el tipo de acontecimientos que te hace reflexionar sobre el futuro del mundo. En general, es de esta clase de cosas que te hace pensar...>>.

Mark Henry Jr. no conocía el discurso que Mankis acababa de dar en la entrega de premios. El tono conmovido de sus palabras, además, incitaba a pensar al periodista que aquello no se trataba de ninguna clase de broma o de jugarreta, sino de una genuina meditación a partir de un hecho excepcional. Así pues, aquella extraña semejanza con la narración de ibn-Jasana, ¿constituía tan sólo una casualidad afortunada? Bien pudiera ser, meditó el periodista: bien sabemos que este tipo de fenómenos existen, y que, si bien no poseen ese poder omnímodo para modificar el argumento de una historia o el curso de una vida, como ocurre en las novelas del siglo XIX, han de atribuirse más a la aleatoriedad del mundo que a cualquier clase de maquiavélica conspiración. Así pues, Mankis no le concedió mayor importancia al hecho y, a pesar del tono meditabundo de su amigo, consiguió migrar la conversación hacia temas más agradables y mudanos.

Pero hete aquí que, un par de días más tarde, llegó la segunda coincidencia a sus vidas, y allí Mankis encontró una suerte de confirmación. En apariencia, el hecho no podía ser más anecdótico: Mark Henry Hamilton Jr. se había enamorado. Mankis era sabedor de que, para el volátil y atractivo vástago, aquello no era una novedad. Al fin y al cabo, cual Romeo atolondrado, el bello Aquiles encontraba al amor de su vida unas dos veces por semana, y se desenamoraba, sin mayores consecuencias, con la misma facilidad. Pero en aquella ocasión fue distinto. En sus ojos había un candor, un punto de fe incalculable, que no existía en ellos unas cuantas noches antes. Era como si, del cínico, el vividor, el que no se tomaba nada en serio, hubiéramos pasado al hombre que ha apostado absolutamente todas sus cartas a una causa, y sabe que ya no habrá marcha atrás. La pura fuerza de aquella pasión lo obnubilaba y, de la misma manera, perturbó el corazón de Mankis. Más aún cuando le reveló la identidad de la agraciada: se llamaba Claudia de Nó, y era descendiente de Lorente de Nó, un conocido gángster de la época en que las disputas en Chicago se arreglaban a tiros; quien, para limpiar su escudo familiar y aportarle una pátina de respetabilidad a la estirpe, se había cambiado el nombre a Lawrence de Nó, más acorde con el anglicismo imperante. Pero ahí fue donde las campañas resonaron con furia en el cerebro de Mankis y, sin apenas mediar palabra, mientras su colega de farra le detallaba absorto el sentimiento profundo de su alma, el periodista pergeñó una excusa para abandonar al heredero con sus musas y sus flores, y marchó de inmediato a la biblioteca a releer concienzudamente a ibn-Jasán.

Allí estaba, en efecto: el pasaje donde el príncipe Ahmed (personaje altivo y heroico; inspirador, entre otroa, de narraciones de <<Las mil y una noches>>, de una cautivadora película de los años 30 elaborada a base de formas chinescas, y de una simpática comedia de animación protagonizada por un dicharachero djinn), impactado todavía por el espectáculo de la lluvia rojiza, cae prendado, cual sacudido por un hechizo, de la princesa Jaida, descendiente de una tribu de bandoleros del desierto que habrían trocado el antiguo negocio por uno muy similar, el de políticos y comerciantes. El amor entre Ahmed y Jaida se presentaba como ingenuo y puro, pero oscuras fuerzas se cernían amenazadoras a su alrededor, entre otras razones por el tradicional enfrentamiento que se había desplegado entre familias. Mankis recordó que entre Lorente de Nó (contrabandista durante la Ley Seca) y el abuelo Hamilton (policía, en una época en la que se llegaba a comisario por recomendación familiar) se habían producido sus más y sus menos. ¿Era posible que aquel evidente paralelismo se debiera a algo más que a la aleatoriedad en las relaciones humanas? Sólo se le ocurría a Mankis una manera de averiguarlo, a tenor de la información de la que disponía, y por tanto se levantó, recogió la tarjeta con la invitación que le había entregado Hamilton aquella misma mañana, y se dirigió al lugar donde rezaba, para sus adentros, por no observar ninguna clase de maravilla.

La recepción de la Fundación del Patronazgo para las Ciencias de Chicago destinaría el dinero recaudado por la cena benéfica a laboratorios donde se cultivarían bacterias, y sufridos jovenzuelos se esforzarían por renovar sus becas, pero lo que desde luego no faltaba en aquel evento eran ni brillos ni oropel. Abrigos de visón antiguos alternaban con lustrosos anillos modernos, pero Mankis no se detuvo en ninguno de estos aspectos para redactar crónica alguna, sino que se dirigió a tumba abierta en dirección al ostentoso automóvil que se hallaba aparcando en la puerta de entrada, cuya portezuela se abrió para dejar paso a un exultante Hamilton Jr. acompañado del brazo de una despampanante joven de hermosos cabellos rubios recogidos en un moño, un deslubrante vestido de lentejuelas negras que dejaba al descubierto los níveos hombros, y un collar de perlas refulgentes que servían sobre todo para destacar aún más la esbeltez del hueso de su clavícula. Aunque, sobre todo, entre su bien perfilada nariz y unas cejas tan bien perfiladas como dominadoras de la situación, se abrían unos ojos enormes... y heterocrómicos: verde un irs, azul el contrario. Ya no cabía duda, se estremeció Mankis: no era posible tanta casualidad. La historia se estaba repitiendo, punto por punto, en el caso del príncipe de Ahmed y en el de su amigo Hamilton. Ya eran demasiadas notas de azar en la misma melodía. La similitud entre ambos acontecimientos se hizo aún más exacta cuando en mitad del evento de la fundación, para pasmo y aplauso de la concurrencia, la pareja anunció su compromiso, el cual sellaron (entre dos ávidas bocas) con un sensual y atropellado beso. Pero aquel momento en apariencia tan romántico, para el periodista, se trataba de un pronóstico infausto. Porque aquello significaba que, dentro de una semana exactamente, su amigo iba a morir.

No cabía duda: por más que repasara tanto las fuentes originales (siempre había que volver a ellas, recordaba Mankis para sus adentros, para así huir de las mentiras y tergiversaciones con las que otros historiadores habían construido sus carreras) como las diversas intepretaciones que sesudos eruditos habían llevado a cabo a partir de las primeras, no cabía alternativa. Todos los datos apuntaban a que, de allí a una semana, Mark Henry Hamilton Jr. fallecería asesinado bajo los puñales de la familia de su esposa, merced a una traición en la que ésta seguramente jugaba alguna clase de papel. Mankis se hallaba profundamente indignado por esta serie de circunstancias. No sólo porque nunca le había apasionado esta secuencia de acontecimientos descritos por ibn-Jasán (por muy narrativamente interesante que pudiera resultar, venía aparejado con la moraleja de que una familia de bandidos siempre será una familia de bandidos, cosa que a Mankis, por razones tanto ideológicas como personales, no le hacía gracia creer), sino porque le situaba en una encrucijada de difícil salida. ¿Debía el periodista -y amigo de la familia afectada- hacer algo al respecto? Y, de ser así, ¿cómo? Por otra parte, ¿quién iba a creerle?¿Con qué cara se presentaba ante cualquiera y le hablaba de improbables coincidencias y de enterrados cronistas musulmanes?¿Aludiría a las historias circulares de Borges, por las cuales el pasado se repite indefinidamente por idénticos o similares protagonistas?¿Mencionaría el eterno retorno de Nietszche, bajo el cual nos hallamos condenados a cometer los mismos errores los hombres, los hechos, la entera filosofía recurrente de la civilización occidental? Cuanto más lo pensaba, más absurdo se le antojaba, más inverosímil, más difícil de confrontar con ninguna otra persona, salvo quizás con la Casandra de la mitología griega de quien nadie creía sus profecías, la cual se sentíría muy empática al respecto. Aun así, Mankis se creía en la obligación moral de hablar con el joven Hamilton: a pesar del riesgo de incredulidad, de la exposición al ridículo, habían compartido demasiado y le debía demasiadas cosas como para no expresarle sus sospechas.

Por supuesto, no sólo halló incomprensión. Recibió mofa, befa, y hasta descalificaciones personales. El heredero de la fortuna de los Hamilton se lo tomó primero a broma. Pero luego, al darse cuenta de que Mankis acusaba al amor de su vida, ¡a su prometida!, de traición en potencia y de complicidad en su asesinato, el joven millonario estalló. Le acusó de tenerle envidia, de haber caminado siempre a su sombra, de sentirse celoso y pretender ahora ahogar su felicidad para ocultar su propia amargura de patética plumilla, el cual siempre permanecería solo, embebido en su ruin mezquindad. Mankis abandonó la casa de su amigo no sorprendido (ya había augurado el desenlace de la reunión, en forma de fracaso, desde antes de entrar en la mansión), pero sí dolido por las palabras tan abruptas y desabridas que le había dirigido su amigo. Aunque no sabía si ese último término era ya válido para utilizar.

No obstante, había una cuestión que a Mankis le intrigaba sobremanera. ¿Por qué ella? Era evidente, a la luz de los textos que investigaba, que la princesa Jaida (Claudia de Nó 
en una ¿reencarnación? posterior) había tenido algo que ver en las malvadas maquinaciones de su clan, al menos en la parte final de las mismas. Pero, ¿por qué lo había hecho? Su amor asemejaba -entonces y ahora- sincero. Ella sólo tenía que perder con la muerte de su amado. ¿Qué la conducía entonces a participar en la conjura?¿Era verdad al final que, después de todo, la fuerza de la sangre siempre tira, por encima de cualquier otra consideración? Mankis se negaba a aceptarlo. Pero sólo existía una insensata manera de desentrañarlo. "De perdidos al río", meditó para sus adentros, y se dirigió a preguntárselo directamente a la interesada.

La vivienda de los De Nó era una inmensa casita de muñecas con figurines articulados a escala 1:1, sapicada de lámparas de araña, nervaduras de oro apuntalando vigas, remaches de plata en los cuidadísimos detalles, y tacitas de delicada porcelana que parecían estar a punto de saltar en un baile coreografiado al igual que la vajilla del príncipe Ahmed en aquella película de animación que le dedicaron (¿o se trataba de otro film?). Hasta la servidumbre daba la facha de un conjunto orquestado de autómatas, prestos a aparecer ipso facto ante a la llamada del señor. En este ambiente del siglo XVIII, la imagen de la bellísima Claudia de Nó, con sus tatuajes a la espalda, sus cabellos tintados de rubio, y su vestido de corte vintage con puntillitas y transparencias oscuras alrededor de los hombros, constituía la quintaesencia de la modernidad que ha conquistado e incorporado lo antiguo, como una estrella de rock apalancada en un palacio de rancio abolengo. Sin embargo, a pesar de sus exquisitos modales y su bien medida cortesía, Mankis supo apreciar, en el trato de aquella mujer en apariencia inaccesible por las preocupaciones mundanas, un punto de íntimo pavor. Fue el ligero temblor con el que sostuvo la taza de etérea porcelana lo que le llevó a Mankis a escrutar con detenimiento cada milímetro de la superficie de la habitación hasta encontrar un objeto que a la pulcra dama, en su nerviosismo, se le había pasado ocultar: un test de embarazo. En cuanto lo avistó, volvió los ojos hacia ella, quien agachó la cabeza, tan avergonzada como temerosa. Mankis supo que era el primero que descubría aquel secreto, unos pocos minutos después de ella misma. Sin embargo, en aquel momento lo entendió todo: esto explicaba por qué una pareja tan bien avenida, tan cómplice en sus manifestaciones públicas (y, según decían, privadas; tanto que los que se hallaban alrededor durante sus arranques de fogosidad tenían que marcharse antes de que la cosa pasara a mayores), de repente se iba a romper de manera irreversible, y ella iba a consumar la traición de apuñalarle entre los hombros. Porque ahora, ambos eran dos pero, en cuanto entrara en juego esa tercera persona, ella pasaría a ser dos también, pero con otro ser. Y entonces (sin duda chantajeada por su propia familia, que se enteraría pronto del secreto que hasta aquel momento tan escrupulosamente guardaba) se vería obligada a ceder. y a anteponer la vida del niño a la del amor que lo había concebido, para darle muerte en una orgía de sangre y violencia. Mankis no pudo juzgar a aquella mujer, igual que no podía valorar aquella intempestuosa pasión que a ambos amantes estaba abocando a la degeneración y la violencia y por ello, sin decir nada más, abandonó aquella casa en silencio, arrostrando miles de dudas sobre cuál era el mejor paso que podía efectuar a continuación.

La boda (tan rauda como inesperado el compromiso; y Mankis sabía, al contrario de lo que vituperaban las malas lenguas, que no se debía a un embarazo el cual, en el momento de anunciar el enlace, desconocían: sino a un prístino, arrebatador, trágico amor envuelto en llamas) se celebraba aquel domingo en una iglesia presbiteriana que constituía un buque insignia de la ciudad, a pesar de la oposición de la católica familia de la novia. Mankis estaba oficialmente invitado aunque, después del incidente que había tenido con el joven Hamilton poco tiempo antes, sabía que su presencia no sólo sería de mal gusto, sino aborrecida. Sin embargo, el periodista tenía la necesidad de acudir, de presenciar, de estar allí, quizás para hacer algo o (si al final la predestinación, algo en lo que ibn-Jasán en el fondo creía, se acababa imponiendo de manera inexorable) al menos para ser testigo de los hechos. La novia, hay que decirlo, estaba radiante en su vestido blanco, tan virginal como estimulante para la imaginación; un trémulo movimiento de emoción se apreciaba en los labios, gesto que la concurrencia atribuyó a la felicidad, pero sólo Mankis era consciente de que aquellas lágrimas no eran de alegría. Lo cierto es que se respiraba una calma tensa en el ambiente, como si en cualquier momento fuera a acontecer una desgracia. La manera en que se desarrollaba todo por el carril previsto era tenida más por una inminencia de desastre que como la consecuencia de una ceremonia bien organizada. Cuando al final se pronunció el "sí, quiero", y la pareja se entregó un trémulo beso en los labios que sonó a despedida, ambos se cogieron del brazo y desfilaron hacia la salida. Mankis sentía que caminaban en cámara lenta hacia un Ragnarok del que sólo él era consciente, pero cuyos signos podían, como las profecías de Casandra, intuirse desde hacía mucho.

La multitud salió al exterior. Momento de fotos en mitad de las escaleras: con toda la pompa y el boato que dos grandes familias de la aristocracia local podían ofrecer. Mankis se había colocado al pie de las grandes escalinatas de mármol, casi al límite del borde entre la calzada y la acera, con el objetivo de ver el conjunto con cierta perspectiva: divisar cada uno de los actores en el conflicto, localizar patrones y hasta, si era posible, ser capaz de prever acontecimientos medio segundo antes de que acaecieran. En todos los microambientes de aquel cuadro de Rembrandt se respiraba felicidad -hasta en el rostro del novio, pasados los nervios, cual exitoso Paris tras conseguir el mayor logro de su vida-, salvo alrededor de la figura de la novia, lívido su rostro en un blanco céreo, como si acabara de ver llegar a la muerte en Damasco. Y tal vez la vio, conforme el anciano Lorente de Nó (ahora Lawrence) se aproximaba a la feliz pareja. Mankis se envaró: ¿era éste el momento que aguardaba? Agitó la cabeza con incredulidad: no era posible que un hombre tan mayor alzara el puñal mortificador; aunque sí que resultaba más factible que realizara el gesto que incitara a los asesinos a ejecutar su macabra misión. El provecto De Nó saludó primero a la pareja y luego se volvió hacia el resto de la concurrencia para enunciar unas palabras. Mankis casi pudo deletrearlas en los labios con él, porque ya las había leído en alguna otra parte: "Toda mi vida se ha  dicho que mi familia ha sido una de ladrones, cuatreros, asesinos... Me han dicho que las personas no cambian. Y tenían razón". Ahí, sin embargo, hubo un silencio: algo más, se produjo una pausa. Y, después, la música cambió. "Pero el hijo que salga de la unión de esta feliz pareja será distinto: él no será un ladrón". Mankis sintió como si le hubiera atravesado un rayo: de repente, fue como si se cayera el telón y se desarmara la tramoya. La historia (la Historia) había cambiado: el relato ya no se desarrollaba del mismo. Mankis se sintió sobrecogido ante la verdad que le había sido revelada: el mundo no era un mecanismo de relojería ineluctable y preciso; el libre albedrío constituía algo más que una entelequia; las personas tenían la posibilidad de enmendar sus errores, de corregirse y cambiar. Fue como si un rayo se sol se abriera paso entre las opacas nubles e iluminara el semblante de los presentes, hasta el de la novia, a quien le había mudado de la cara el color para presentarse con la lozanía de quien sabe que tiene, delante de sí, todos los días de la primavera. Fue tanto el alborozo que cundió entre el gentío, tan altos se desplegaron los gritos de júbilo y algarabía, que por ello Mankis tardó un segundo de más en escuchar la bocina que le increpaba desde su derecha. Así que sólo cuando se volvió (una décima de instante demasiado tarde) fue cuando el historiador comprendió que en algunas ocasiones la historia rima, sí, pero que nunca se fija en los mismos personajes ni idéntica perspectiva; que algunos cuentos no son los que protagonizan el príncipe o el califa, sino un mísero vagabundo, o un irrelevante cronista oficial; y que, en este eterno retorno, las cosas que se repiten no son necesariamente aquellas en las que nos fijamos los espectadores ajenos, ni mucho menos las que observan ensimismados los que se hallan en el vórtice de la acción. Todo eso le pasó por la cabeza antes de que el camión que circulaba a intrépida velocidad por la calle se saliera por la acera y le arrollara, con el mismo ímpetu y resolución que una caravana de camellos.


lunes, 17 de agosto de 2020

El libro y la película de agosto: "Un paseo por el bosque"


Un día, el divulgador científico Bill Bryson (de quién ya hemos hablado en otras ocasiones) descubrió que, tras su retorno a los Estados Unidos, había escogido un emplazamiento para vivir no muy lejos del Sendero de los Apalaches, un camino señalizado que abarca buena parte de la longitud de la cordillera conocida con este nombre, y que recorre de sur a norte, formando una diagonal, una amplia sección de la vertiente este de Estados Unidos. Bryson pensó que no sería mala idea recorrer a pie dicho sendero -que es transitado anualmente por numerosos mochileros en busca de aventura- y decidió también (o le "sugirieron") que a su edad era imprudente realizar el viaje solo, así que intentó localizar un voluntario para acompañarle. Los amigos contactados le respondieron con amables evasivas, dolientes imprecaciones o, en el caso de colegas menos delicados, alusiones nada indirectas a su estado mental. La verdad es que el reto -que coloca al límite de sus fuerzas a individuos muy bien preparados, y anticipa toda clase de adversidades climáticas, humanas y naturales, incluyendo como advertencia varios precedentes serios de ataques de osos-, no es para tomárselo a broma. Sin embargo, un antiguo amigo con el que Bryson no había contactado en mucho tiempo y con el que no acabó demasiado bien contesta a sus requerimientos, lo cual, paradójicamente, no resuelve la cuestión sino que genera unas cuantas dudas más. Los problemas surgen nada más verse: el amigo apenas camina sin resollar, su obesidad es tan solo la parte visible de un iceberg de deplorable forma física, y por lo visto su principal objetivo durante la excursión es huir de un turbio asunto legal que ahora mismo no le resulta conveniente. En fin, ¿qué podría salir mal? A posteriori, Bryson redactaría un libro con el conjunto de la experiencia, que posteriormente se adaptaría al cine con Robert Redford (como Bill Bryson) y Nick Nolte en los papeles protagonistas.


Cómo siempre, surge en estos casos la dicotomía entre qué abordar primero, si la película o el libro, y como casi siempre tenemos que fallar a favor del segundo, no solo por la excusa habitual y casi siempre certera de que una cinta de una duración acotada no puede reflejar los más profundos matices del texto, sino porque, además, una visión cinematográfica nunca sería capaz de aportar los datos científicos, históricos y socioculturales con los que Bryson suele trufar sus ensayos, los cuales cultiva hasta obtener un árbol cargado de tan hilarantes como eruditas anécdotas. No obstante, hay que avisar que este libro sorprenderá a muchos de los lectores habituales de Bryson, pues tiende a contar mucho más de lo que estamos habituados sobre sí mismo y, además de centrarse en gran medida en historias sucedidas a lo largo del sendero (el mayor mérito de la película consiste en representar las más graciosas en el tono adecuado), encontramos a un autor menos académico, con mucha más propensión a poner a caldo a una amplia parte del mundo, y una habilidad para usar el sarcasmo que raya la más irreverente bordería. El film, por otra parte, y siguiendo las convenciones ya clásicas en Hollywood, modifica varios de los episodios fundamentales para adquirir una dirección lineal y un mensaje cristalino (algo que la vida real suele proporcionar en bastantes pocas ocasiones), pero cumple con la función de reflejar no tanto la esencia principal de "Un paseo por el bosque", como al menos lo que Bryson quería transmitirnos que significó, para los implicados, este viaje. En definitiva, un libro que nos hace aprender, reír, pensar, y que sirve de base a una película imperfecta, aunque entretenida y protagonizada por magníficos actores. Para un viaje de varios cientos de kilómetros sin levantar un pie del suelo, no está nada mal.

domingo, 12 de julio de 2020

El libro del mes: "Manual para mujeres de la limpieza", de Lucía Berlín

En esta crítica literaria, contradiciendo mi costumbre, os esbozaré un par de presentimientos y de costumbres personales. Lo primero de todo, he de decir que desconfiaba de este libro de relatos porque me había encontrado con que dos personas se lo habían leído recientemente, y eso me apuntaba a que había sido sugerido por algún tipo de suplemento cultural. Y, para ser brutalmente sincero, desconfío de este tipo de publicaciones desde que supe que rara vez se leen a fondo las cosas que recomiendan (incluso las que recomiendan encarecidamente), y también desde que descubrí aquella corriente que apoya que la crítica literaria es un arte en sí mismo, incluso superior a la literatura (cosa que sólo puedo creerme o justificar cuando la obra a comentar no es muy buena: fijémonos si no en esta excelente crítica que hacen en El Comidista de la anodina serie Foodie Love; o en las "Sinopsis de cine" de Sanchidrián, cuyo propósito es completamente independiente del de la película comentada). Es cierto que existen muy buenas críticas literarias, pero cuando su objetivo principal es hacer arte por sí mismas, en lugar de orientar al lector sobre si merece o no la pena leer un texto, entonces en efecto se las puede considerar como una entidad independiente, pero está claro que no cumplen la función para la cual muchos de los lectores las han abordado, y esto al menos debe advertirse (al igual que existen excelentes crónicas políticas pero si, para resultar más atractivas, no explican lo que ha ocurrido de verdad en el Parlamento, flaco favor te están haciendo). En todo caso, me aventuré a entrar en sus páginas (las de "Manual para mujeres de la limpieza", se entiende) y allí encontré toda una sorpresa. He de advertir que me he negado a abordar las introducciones del principio: prefiero leerlas al final, cuando ya he visto de qué van los relatos (y los prólogos me pueden aclarar lo que se me haya pasado por alto), antes de que algún pedante me llene de ideas preconcebidas -en ocasiones incluso falsas, con tal de construir una bella crítica literaria- y, como suele ocurrir en muchos casos, me destripe por adelantado todas las historias. Había un tercer factor que me hacía desconfiar de un libro de relatos recomendado (supuestamente) por un suplemento cultural: ahora mismo está muy de moda el tipo de relato el cual, en oposición a las reglas clásicas para un cuento recopiladas por Mark Twain (reglas que, como todas, están para romperse, pero si están ahí es porque tienen su parte de razón), no te cuenta nada en realidad, y te describe la simple inanidad. Esto puede resultar muy fructífero para un microrrelato que te describa casi una imagen fotográfica (la anatomía de un instante, podría denominársele). De hecho, su brevedad e intensidad permite crear escenas muy poderosas que se agarrarán a tu inconsciente, y confieren a un microrrelato esa capacidad tan explosiva que, bien trabajada, puede llegar a lograrse por ésta o por otras vías. Sin embargo, algunos autores, por razones de tendencia o necesidades editoriales, tratan de hacer de estas fotografías muy puntuales un relato más o menos largo y, obviamente, les sale lleno de espacios en blanco que intentan rellenar como pueden, las más de las veces sin conseguirlo (qué decir, entonces, de los magníficos cuentos que se convierten en novelas sin que haya ningún motivo para transformarlos, aparte de vender libros, y que acaban con nosotros sufriendo una pequeña tortura: los hemos vivido todos, ¿verdad?). 

Pero en este caso, Lucía Berlín no cae en este error: es verdad que sus relatos no tienen una direccionalidad ni un sentido claros; que no te están contando "una historia en particular". Podrían decirse que no van de nada en concreto. Pero no consisten en una fotografía, sino más bien en un vídeo; una sucesión de imágenes de las vidas de determinadas personas, como si las hubiéramos escogido a ellas y grabado con una cámara algún momento puntual de sus existencias. Y como estos personajes son tan coloridos, tan variados, tan llenos de matices, tan enternecedores y vulnerables, estamos deseando subirnos a su carrusel. Una amiga que comenzó el libro dice que tuvo el problema de creer que se trataba de una novela (a lo cual no ayuda que la autora le ponga su nombre, Lucía, a bastantes de los personajes), con lo cual no entendía nada y creía que la protagonista saltando de un sitio a otro; confusiones divertidas aparte, la cuestión es que no podría encontrarse un conjunto de relatos independientes donde la posibilidad de creer este esquema fuera mayor, ya que además de una ambientación geográfica común (un Estados Unidos algo arcaico, bastante miserable, con frecuencia sureño o en el entorno de frontera), los personajes de Lucía Berlín se meten en una variedad de fregados y contextos muy distintos, aunque en absoluto incompatibles entre sí: lavanderías, hospitales, escuelas, clínicas abortivas, mansiones aristocráticas... En las cuales se topan con jefes indios, caraduras indomables, bellísimas herederas, mujeres de la limpieza, profesoras de español, monjas, alcohólicos, drogadictos, individuos de manera constante al borde de la ruina, perennemente al límite de quebrarse, pero que de alguna manera sobreviven -siempre- un día más. Ya saliendo de lo literario (ahora sí que os doy permiso para leeros la introducción), si buceáis un poco en la biografía de Lucía Berlín veréis que tuvo una vida breve y convulsa, que muchos detalles de su periplo vital coinciden con las temáticas y localizaciones de sus cuentos (con lo cual cabe creer que muchas de sus experiencias fueran autobiográficas), y que seguramente era tan adorable y frágil como muchos de los alter ego de sus relatos. Los críticos la comparan con Hemigway y Carver, y aunque puedo coincidir con el primero en el sentido de que ambos necesitaban nutrirse de sus experiencias vitales para llevarlas al terreno de la literatura, los personajes de Lucía Berlín son más vivos, tienen mucho más color y son en general más complejos, en un universo más surrealista (o de un cierto realismo mágico, si lo queréis ver así) que los de los otros dos escritores. Así que, por una vez, estaré de acuerdo con los suplementos culturales en que "Manual para mujeres de la limpieza", editado a título póstumo como una selección de los mejores cuentos que en su día publicó en distintas revistas, es uno de los títulos más apasionantes de los últimos tiempos (incluso aunque aún me queden por leer unos cuantos, pues prefiero degustarlos a sorbitos pequeños, como dice Aristóteles que se ha de aprender, a semejanza a cómo beben los pájaros). Lucía Berlín tiene además una novela, "So long", con pinta también de tintes autobiográficos, que me recomendó el último librero con el que hablé -me encanta pedirle consejo a los libreros; otra cosa es que los siga a pies juntillas-, aunque no os puedo dar referencias directas. Y eso es todo: espero que disfrutéis con Lucía Berlín como lo he hecho yo y (de manera independiente) que os hayáis entretenido con esta crítica literaria. Nos leemos.

lunes, 4 de mayo de 2020

Los libros de mayo: misioneros, antropólogos y corresponsales. Unos cuantos libros sobre viajeros

-"Dios, el diablo y la aventura". En esta obra, el escritor de viaje Javier Reverte se adentra en el terreno histórico para descubrirnos la figura de Pedro Páez, un sacerdote español (aunque con fuertes conexiones con Portugal), perteneciente de la Compañía de Jesús, que vivió a caballo entre los siglos XVI y XVII y que marchó para difundir el cristianismo en Etiopía. Javier Reverte aprovecha para explicarnos los objetivos e historia de la enigmática Compañía Jesús, la compleja situación geopolítica de aquel tiempo y el arriesgado papel de los misioneros en regiones exóticas pero, sobre todo, la sorprendente biografía de Pedro Páez, quien se adentró en un territorio sobre el que en Occidente no se conocía casi nada salvo leyendas (documentando además sus viajes de una manera fidedigna y rigurosa) y fue además el primer europeo que avistó las fuentes del Nilo Azul, aunque el inglés Burke intentara arrebatarle el mérito.

-"Una plaga de orugas". Segunda parte de "El antropólogo inocente", un libro del que ya hablamos en otro post. En esta nueva entrega, nuestro sarcástico, intrépido y aturullado antropólogo vuelve a África, esta vez más maduro y curtido, y los lugareños le recompensan su retorno mostrándose más sinceros y vacilándole con menor frecuencia. Eso sí, los equívocos y las situaciones absurdas y enrevesadas siguen sucediéndose a manos llenas. No tan chocante como la primera parte, por supuesto, aunque casi igual de divertido.

-"Todas las historias y un epílogo", de Enric González. Muchos conocéis a este periodista que, con nómina de "El País", fue corresponsal en el extranjero durante muchos años en varias grandes capitales del mundo. Su estancia en tres de ellas fueron reflejadas en sus correspondientes volúmenes de "Historias" ("Historias de Londres", "Historias de Nueva York", "Historias de Roma"), ahora reunidas, sólo levemente modificadas y con un epílogo redactado desde Jerusalén. Enric González escribe con la mirada despreocupada de quien pasea ocioso por la ciudad, preguntándose por sus pedacitos de Historia, por sus personajes urbanos, por la forma en que se entremezcla lo personal y lo profesional, y por los relatos curiosos, tanto antiguos como modernos, que albergan cada rinconcito y esquina. Una buena guía de viaje tanto para los que ya han disfrutado de esas ciudades como quienes aspiran a hacerlo en un futuro que, por muy lejos que se nos antoje, tranquilos, siempre acaba por llegar. Nos vemos en él. Hasta muy pronto.

lunes, 17 de febrero de 2020

Las recomendaciones de febrero: cuentos y cuentistas

En este blog nos hemos referido con frecuencia a excelsos contadores de cuentos. A lo largo de los posts, he podido homenajear a algunos de mis favoritos: Borges, Poe, Cortázar, Esteban Erlés, Stabironets, Asimov, Ray Bradbury, Robert Louis Stevenson, Mark Twain, Galeano y tantos otros... Aprovecho para mentaros unos cuantos libros construidos a base de cuentos a los que creo que merece la pena echarles un vistazo. ¿Preparados? Comenzamos.

-"Los peligros de fumar en la cama": Mariana Enríquez crea atmósferas inquietantes en las que la adolescencia, la sensualidad y el terror sutil están ahí para hacernos dudar de la inocencia de los objetos cotidianos. La autora ya publicó libros de cuentos previos ("Cosas que perdimos en el fuego") y recientemente se ha pasado a la novela con "Nuestra parte de noche", ganador del Herralde de novela.

-"Relatos de lo inesperado", de Roald Dahl. Por mucho que se le considere un autor infantil, el británico ya había demostrado una mentalidad retorcida con "Cuentos en verso para niños perversos". En "Relatos de lo inesperado", un conjunto de narraciones dirigidas a adultos, el escritor da rienda suelta a sus pensamientos más inquietantes, preparando malévolas trampas en las que hace caer a los incautos. Claro que puede ser que estos últimos no fueran tan inocentes, sino que estuvieran deseando caer...

-Si en cambio estas dos últimas propuestas os perturban demasiado, algo más enfocado al niño que todos llevamos dentro. "Cuentos por teléfono" de Gianni Rodari (un reconocido autor infantil italiano) pone por escrito las historias que el autor le contaba a su hijo por teléfono cuando trabajaba de viajante de comercio por Italia. Los relatos, por supuesto, cambian día a día en función del cansancio del padre, de lo bien que le habían ido las cosas aquel día, o de cuándo había podido llamar. Recomendables para leer uno por día, antes de dormir, a una persona querida, sin que sea imprescindible que medien kilómetros de distancia.

-"Antología de la literatura fantástica". Publicada en 1965 por tres monstruos de la literatura argentina (Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y la más conocida por su labor editorial Silvina Ocampo) que también se habían especializado en el relato, esta colección es un compendio de algunos de los mejores cuentos del género que no distingue antigüedad (hay historias escritas en el siglo IX), nacionalidades (encontramos muchos europeos y americanos, por supuesto, pero también unos cuantos chinos) ni estilo, con una amplia variedad de temas y aproximaciones tratadas. El libro se convirtió en una referencia inmediata del género fantástico, en el que los autores incluyen sus particulares granitos de arena, pero resulta aún más interesante por las numerosas historias casi perdidas en el tiempo que nos hace descubrir.

-"Los mejores relatos de anticipación", recopilados por Kendell Foster Crossen y Charles Nuetzel es también una vieja antología (data de 1969) que tiene la particularidad de que narra de manera cronológica una historia de la humanidad a través del tiempo dibujada a través de numerosos escritores, algunos de los cuales se incluyen en el marco de la Era Dorada de la Ciencia Ficción. Como en casi todas las antologías, hay para todos los gustos, pero podéis encontrar unas cuantas perlas bien engastadas en un collar donde quedan majestuosamente exhibidas.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

La historia real de diciembre. Grandes modificaciones terráqueas (II): matar moscas a cañonazos (o construir a base de bombas atómicas)

Como mencionamos en un post anterior, el ser humano se ha empeñado en transformar la Tierra a gran escala, y para ello no ha dudado en emplear la energía que tenía a mano. Tracción humana, animal, mediante ingenios mecánicos o utilizando petróleo. Pero, sin duda, la palma se lo llevan algunos momentos en que tanto Estados Unidos como la Unión Soviética pretendieron construir grandes obras públicas a base de explotar ingenios nucleares.

En ese sentido, los pioneros fueron los estadounidenses, que empezaron el programa en 1958 y empezaron a desarrollarlo a inicios de la década siguiente. Lo denominaron Operación Plowshare y, entre otras cosas, intentaron edificar puertos artificiales, crear una especie de máquina de vapor a partir del producido en las explosiones nucleares, y también explorar las posibilidades en la minería. En ese último apartado, una de las detonaciones nucleares que se efectuaron, la llamada Sedan, desplazó doce millones de toneladas de tierra y creó un agujero de 390 metros de ancho y 100 de profundidad, tan similar a los cráteres de la luna que se llegó a acondicionar como zona de prácticas para futuros astronautas.

Lo cierto es que las explosiones que se llevaron a cabo (alrededor de 27) fueron muchas menos que las que se planificaron en un principio como experimentos para explorar las aplicaciones pacíficas de las armas nucleares. Entre los proyectos iniciales se hallaban desde una forma más rápida de construir el Canal de Panamá, hasta como método para conectar acuíferos, levantar carreteras o extraer petróleo. En todo caso, ni siquiera las pruebas dieron resultados concluyentes que sirvieran para demostrar la utilidad de las detonaciones nucleares como un método factible para la ingeniería a gran escala. De hecho, lo poco apropiado de esa idea era fácil de deducir desde el primer momento, y desde luego no será porque los estadounidenses no tenían evidencias acerca del peligro -para el que las arroja, se entiende- de las armas atómicas. A los accidentes en centrales nucleares como el de Three Mile Island en Pensilvania (y el más antiguo de su socio británico, en Windscale) han de unirse una larga lista de pruebas nucleares en el desierto de Nevada -explosiones que llegaron a ser visibles desde Los Ángeles, o rompían cristales de las ventanas en Las Vegas-, empleando toda clase de estructuras (entre otros, armazones, edificios, maniquíes, túneles y búnkeres) para demostrar los distintos efectos que una detonación atómica podía tener sobre las poblaciones afectadas, e incluyendo la participación de pilotos de avión para averiguar qué ocurría si te metías en el interior del hongo resultante. Las últimas pruebas de ese tipo se realizaron en 1992. Desde entonces, parece que Estados Unidos se ha convencido no sólo de que las armas nucleares hacen mucha pupita, sino que resultan muy difíciles de utilizar para algo que no sea hacer pupita también.

La Unión Soviética emprendió este tipo de ensayos algo más tarde (a mediados de los 60), probablemente para mantener una cierta coherencia con su inicial alegato a favor de la prohibición de las armas nucleares. Pero como era la Guerra Fría y todo el mundo tenía que imitar lo que hacía el gran enemigo a batir en el bando contrario, el país de los soviets también se dispuso a desarrollar la opción de "Explosiones Nucleares para la Economía Nacional". Las aplicaciones hipotéticas eran muy similares a las pergreñadas por los norteamericanos (a los soviéticos se les ocurrió además utilizarlas para la construcción de embalses o como forma de extinguir los escapes de gas natural), aunque hay que reconocer que los soviéticos fueron más sistemáticos, pues llegaron a realizar hasta 115 detonaciones. El programa cesó en 1988 bajo la influencia de Mijail Gorvachov, y aunque muchos defienden la rentabilidad del mismo y que, gracias a él, han podido lograrse objetivos que sólo son asumibles mediante el uso de armas nucleares, la mayor parte de los que han opinado al respecto (en base además a unos datos que en buena parte siguen bajo estricto secreto) argumentan que existen otras metodologías alternativas que no tienen, como contrapartida, la desventaja de sembrar de radiación buena parte de las zonas incluidas.

En ese sentido, la Unión Soviética es la que ha tenido más problemas no sólo con estas pruebas, sino con accidentes asociados a centrales nucleares. A la devastadora catástrofe de Chernobyl (reflejada en libros, películas, o la célebre serie de televisión que pobló nuestras pantallas hace unos meses) hay que sumar el incidente de Kyshtym, que dejó un rastro de contaminación radiactiva a lo largo de una línea de 350 km -afectando a un río, un lago, y un área de población de 250.000 personas-, o el reciente incidente radiactivo en el país ahora denominado Rusia, con el que se ha demostrado que el secretismo y el desprecio por la vida humana no son necesariamente exclusivos del comunismo y ni siquiera de las dictaduras, sino que puede darse también en una democracia bastante imperfecta como la que encarna ahora mismo la dirigida con mano de hierro por Vladimir Putin. La pérdida en salud, vidas humanas y coste medioambiental han tenido estos sucesos nunca ha podido ser valorada en toda su dimensión, pero sin duda ha supuesto un daño irreparable para las regiones golpeadas por los mismos.

Hoy en día, la posibilidad de emplear armas nucleares para los grandes proyectos de ingeniería ni está en la cabeza de prácticamente nadie, ni se contempla. Sin embargo, el balance que los seres humanos dejan de su utilización de la energía nuclear es bastante desolador. A las dos bombas atómicas detonadas en Hiroshima y Nagasaki (y la infinidad de pruebas que distintos países han aplicado en diversos lados del planeta), se unen los accidentes mencionados, el más reciente de los cuales es el de Fukushima, el cual ha provocado un cambio en la percepción de la energía atómica en todo el mundo. Es cierto (esgrimen sus defensores) que los accidentes son una excepción, que durante años han producido energía a raudales para nosotros y que, además, pueden suponer un alivio al planeta al no tener que recurrir a los combustibles fósiles que tanto están contribuyendo al cambio climático. Pero, como argumentan sus detractores, el riesgo de accidentes sigue existiendo (con su efecto tanto en la salud humana como en los animales, las plantas, el suelo, el aire y el agua), y los residuos que se producen continúan generando peligro durante miles de años (tanto, que se han planteado sistemas para advertir de su presencia cuando se produzca el colapso de la actual civilización). A ello hay que sumar que los últimos planes necesarios para la construcción de centrales nucleares se han revelado tan costosos que muchos países, como Alemania, aprovechando la alarma social originado por Fukushima, han decidido dejar de lado esta arriesgada tecnología, con lo cual cualquier debate sobre la posibilidad de centrarse en la energía nuclear para disminuir el efecto del cambio climático ha quedado aparcado, frente a la pujanza de las menos contaminantes energías alternativas. Quizás el ser humano ha aprendido que el poder atómico es demasiado poderoso para jugar con él como si fuéramos niños -como hicimos de manera en ocasiones despreocupada desde que se descubrió la radiactividad, incluyéndola en dentífricos y otros objetos de uso cotidiano-, y que es mejor restringir su uso al mínimo imprescindible (o, como mencionó el ex-relaciones públicas de una central nuclear y escritor Terry Pratchett, de modo probablemente simbólico, "a veces el mayor poder acerca de la magia radica efectivamente en no usarla"). La pena es que, ahora que quizás se ha conseguido, son otras las amenazas las que se yerguen en el horizonte, y no sabemos si de ésas estamos aún a tiempo de escapar.