¿Por qué estamos aquí? Porque nos gusta lo curioso, lo sorprendente, lo interesante, lo inusual, lo que engrandece al ser humano, lo que lo redime de vez en cuando. Por eso nos apasionan las historias: porque hayan ocurrido o no, de alguna manera es real.
domingo, 1 de marzo de 2026
El libro y la historia real de marzo: "El curioso caso de Mary Mallon", o la historia de Mary la Tifoidea
lunes, 10 de noviembre de 2025
Las series de noviembre: varias de Filmin
-Monsieur Spade es una ficción atípica. Parte de la idea de que Sam Spade (el célebre detective creado por Dashiel Hammet, y protagonista de El halcón maltés) se ha ido a resolver un asunto en el sur de Francia, y ha encontrado motivos para quedarse a vivir y retirarse allí. Sin embargo, años después, nuevos y antiguos problemas van a surgir ante sus ojos, y es entonces cuando sus viejos hábitos de detective vuelven a hacerle falta. Esta miniserie de seis capítulos tiene un guión con grandes luces, pero también algunas sombras: es de estas narraciones a las que hay que hay que prestar atención para no perderte cosas; coincide con las viejas historias de los años 40 en las tramas enrevesadas, no siempre perfectamente coherentes -y, en este caso, algo fuera de escala-; a ratos cuesta distinguir los flashbacks, en general muy buenos, aunque a veces se abusa de los mismos; y el final es una ensalada caótica y poco creíble (como si, cual Raymond Chandler en El sueño eterno, el guionista hubiera dispuesto de manera prometedora piezas en el tablero de ajedrez, y al final de la partida decidiera pegarle una patada al juego) que a varios espectadores puede emborronarles el conjunto. Eso sí, durante buena parte del metraje, ese guión funciona muy bien, especialmente con los ácidos comentarios del cínico detective encarnado por Clive Owen, que interpreta uno de los mejores papeles de su carrera. Como buen cine negro, hace un excelente uso de la atmósfera que tiene en derredor, y cambia las turbias calles de San Francisco por un aparentemente bucólico pueblo galo, el cual, sin embargo, atrapado entre la posguerra mundial y las salvajadas francesas en Argelia, bulle con una maldad que haría gozar al célebre autor Jim Thompson. Los papeles y actores secundarios también son interesantísimos. En definitiva, con todas las salvedades, creo que esta serie os hará pasar unas cuantas buenas horas.
-Inside nº9: más británica que el té de las cinco, y con mucho componente teatral, esta serie de capítulos independientes ha sido creada y guionizada por Reece Shearsmith y Steve Pemberton, que ejercen de actores protagonistas en todos los episodios (al menos, hasta lo que me he podido ver, pues de las nueve temporadas me quedan aún cuatro y poco). Lo único que tiene en común cada entrega, con mucha variedad formal y sin miedo a arriesgar, es que hay bastante humor negro, normalmente un misterio o un componente de intriga o terror, y que en algún momento sale a colación el número 9. La cuarta temporada, en particular, es fantástica, pero, como digo, no hay ninguna relación entre episodios, así que podéis discutir con otros televidentes sobre vuestros capítulos favoritos.
-Taboo. Con una única temporada que lo dio todo, esta serie, que impactó hasta cierto punto en su momento pero no tuvo la resonancia de otras contemporáneas, mostró a un Tom Hardy en estado de gracia en una intriga internacional y de época con una atmósfera muy sólida, que entremezcla muy bien un fondo de realismo con trazas de fantasía.
-The Newsreader es una serie australiana que describe el ambiente de una redacción de noticias en los 80, donde las elecciones personales se entrecruzan con la actualidad informativa de una época que, desde luego, tuvo su aquel. No es The newsroom, pero sobre todo la primera temporada tiene mucha fuerza, entre otras cosas por la garra de sus intérpretes.
Estas series, al menos la última vez que las vi, se podían disfrutar en Filmin.
lunes, 12 de mayo de 2025
La historia real de mayo: hilos de Bluesky
Hola, qué tal. Como algunos ya sabéis, me he pasado definitivamente a Bluesky (sigo teniendo cuenta en Twitter, pero sólo la uso muy puntualmente), y allí también estoy haciendo hilos. Como éste sobre Queen Nanny, reina de los cimarrones; o éste sobre unas islas de África con mucha relación con España. Además, os enlazo aquí lo que hemos colgado para participar en #Desgranahilos este 2025, una glosa sobre la fascinante vida y obra del científico George Washington Carver. Espero que aprendáis un poco con ellos y, sobre todo, os entretengan. Un saludo.
lunes, 16 de diciembre de 2024
Los libros de diciembre: inspirados en sucesos reales
Tres narraciones basadas en historiales reales pero que están muy cerca de la ficción, entre otras cosas, porque emplean recursos propios de la novela para cautivarnos. Muy recomendables todas:
-A plena luz, de J.R. Moehringer. Basado inicialmente en un artículo de prensa, este libro cuenta la historia de un legendario atracador de bancos de la época de Gran Depresión que sale de la cárcel ya anciano gracias a la influencia de unos periodistas que le exigen a cambio que, durante un día, les lleve por las zonas de Nueva York que pueden explicar su trayectoria vital. El autor -antiguo periodista- utiliza de manera excelente la alternancia entre recuerdos, sucesos del presente y analogías en todas las direcciones para trazar un retrato de un atípico ladrón de bancos (que lee a Dante y tiene el humor cínico de un reventador de cajas fuertes) que está cargado de frases ingeniosas y de personajes inolvidables. No se lee, se devora.
-En Las futbolistas que desafiaron a Mussolini, Federica Seneghini relata de manera novelada (pero en realidad se inspira en investigaciones periodísticas) los avatares de un grupo de chicas que, en la Italia de Mussolini, se empeñaron en montar el primer equipo de fútbol femenino, y de todos los inconvenientes que tuvieron que afrontar. Aparte de describir las siempre indignantes consecuencias del fascismo, quizá lo que más duele de todas sus desventuras es que muchas de las actitudes y sucesos nos las podríamos encontrar perfectamente hoy en día, sobre todo ahora que machistas y fascistas se exhiben sin ningún rubor.
-El affaire Arnolfini, de Jean-Philippe Postel. Muchos conoceréis este cuadro, enclavado en la National Gallery de Londres (por cierto: es pequeñísimo), y que ha sido cúmulo de un sinfín de especulaciones. Pues bien, este ensayo, que en parte se maneja como libro de misterio. trata de sacarle punta a todos y cada uno de los posibles detallitos de la pintura, hasta encontrar interpretaciones sorprendentes, y que van mucho más allá de lo que pueden imaginar nuestros ojos a simple vista. ¿Un par de peros? Como siempre que hablamos de simbología en el arte, cada afirmación que se enuncia podría ser cierta, pero también sería factible su contraria; y, por otro lado, el autor trata de deducir mucho a partir de detalles que no sólo cuesta ver en la pintura en su tamaño original, sino hasta después de ampliarla varias veces. Para amantes de los juegos de detectives en el arte.
jueves, 1 de febrero de 2024
Los libros y las historias reales de febrero: "Dientes de dragón" y "El último tahúr"
Hoy presentamos dos narraciones que tienen varios puntos en común: hallarse ambientadas en el salvaje Oeste americano y entremezclar la realidad y la ficción.. De hecho, contaremos también parte de las historias reales (o las leyendas) en las que se basan.
Dientes de dragón. A Michael Crichton le conocemos por Parque Jurásico, Esfera o Sol Naciente, con sus adaptaciones cinematográficas, y tiene algunas obras polémicas, pero otras también bastante interesantes. Por ejemplo, una característica de algunas novelas (por ejemplo Devoradores de cadáveres, que también tuvo su versión en pantalla grande) es que tratan de hacerse pasar por narraciones reales, incluyendo diarios en primera persona de sus protagonistas. Es el caso de Dientes de dragón, que nos cuenta la historia de un univesitario de la Costa Este estadounidense que, por culpa de una apuesta, ha de viajar al Oeste, y lo hace acompañando a O.C. Marsh, un reconocido paleontólogo que, durante el siglo XIX, mantuvo una dura pugna con su rival E.D. Cope por ver quién descubría más especies distintas de dinosaurios (si la historia os suena, quizá es porque me habéis escuchado mentarla brevemente aquí). Crichton emplea ese viaje como excusa para narrar el enfrentamiento entre ambos científicos, pero aprovecha para hablar de guerras indias, visitar la atmósfera del legendario pueblo de Deadwood (un lugar que tenía la fama de "pueblo sin ley" de manera más que merecida), o introducir como personaje a Wyatt Earp, en lo que constituye un relato de crecimiento y maduración de un joven en el terreno hostil del Far West. Quizás (como ocurre con la otra ficción que vamos a describir a continuación) la narrativa pierde algo de verosimilitud o de continuidad a lo largo de las páginas, pero en todo caso habla de tantos temas sugerentes que no te queda otra que seguir leyendo.
El último tahúr. Existe un volumen denominado El experto en la mesa de juego, escrito por un tal S.W. Erdnase y publicado en 1902, que aparentemente consiste en un inocente librito que explica cómo realizar determinados trucos de magia mediante la manipulación de los naipes de una baraja. No obstante, hay una leyenda circulando en torno a él: se dice que el autor en realidad era un jugador profesional que escribió todas las maneras conocidas de hacer trampas a las cartas, y que ocultó su identidad porque las leyes federales prohibían los libros de contenido obsceno (por lo visto, algunos jueces consideraban que el juego era un tema de este tipo). El manual se ha hecho extremadamente famoso tanto entre magos como entre jugadores -tanto que algunos le conocen como "la Biblia"-, y por supuesto se han disparado las especulaciones sobre la auténtica identidad de S.W. Andrews. Entre los posibles candidatos a ser los verdaderos autores del texto se hallan un pintoresco grupo, que incluye magos, jugadores profesionales, miembros del circo, detectives privados y por supuesto criminales. Una teoría ya clásica esgrime que, si uno escribe el nombre del escritor al revés, sale E.S. Andrews, un apelativo tan común que no sería extraño que el autor se denominara así en realidad (aunque otros opinan que sería algo demasiado evidente -o quizá prepotente). A partir de ahí, Rodrigo Sopeña y Juande Pozuelo elaboran una novela gráfica usando a E.S. Andrews como personaje ficticio que también recorre buena parte del siglo XIX en el Oeste americano, con sus grandes forajidos fuera de la ley -los Dalton entre otros-, sus personajes más reconocidos (entre otros, Harry Houdini y sus amigos los Keaton, entre los que se hallaba el famoso actor de películas de cine mudo apodado Buster), y el turbulento mundo de las mesas de juego. Una fantasía divertida pero que, sobre todo a nivel gráfico, está muy inspirada en imágenes y fotografías antiguas, así como en algunas de las biografías más extravagantes de una época que, sin duda, dará durante siglos de qué escribir y de qué hablar. Y nosotros lo leeremos y lo oiremos, quizá sobre una mesa de juego.
Posdata: si me queréis ver haciendo un truco de cartas que no tiene trampa ni cartón (quizá sí algo de magia), podéis echarle un ojo a este vídeo de Youtube (o quizá este otro) que he grabado para el Instituto Cajal y donde hago difusión de nuestra neurobaraja (ya os enteraréis de qué es; si os interesa tenerla, podéis descargárosla o imprimirla, o bien comprarla en versión bonita en la tienda del Museo Nacional de Ciencias Naturales en Madrid). Así veréis cómo las artes del ilusionismo no sólo mienten, sino que también pueden servir para expresar la verdad -por ejemplo, explicar neurociencia-. Un saludo, tened buena suerte en el juego, y más aún en la vida. Nos leemos.
lunes, 24 de julio de 2023
Las historias reales de julio: nuevos hilos de Twitter
Unos cuantos relatos en formato hilo (filtradas a través de una página web, para que podáis leerlos los que no teneís Twitter) acerca de esas pequeñas grandes curiosidades que nos dan la vida: por ejemplo, cómo la evolución puede explicar por qué nos encanta el alcohol, el origen de la mesa del Despacho Oval, las peripecias del código de Hammurabi en el Louvre, y cómo perder unas patatas de la manera más tonta. Espero que los disfrutéis.
lunes, 8 de agosto de 2022
Las historias reales de agosto: nuevos hilos de Twitter
Más madera, como suele decirse. Aquí tenéis relatos sobre un duelo sin par en la película "La princesa prometida", sobre la única vez en que Antonio Machado suspendió a un alumno, sobre el personaje real que inspiró la historia del Dr. Jekyll y Mr. Hyde o acerca del barrio inglés de Huelva. Que estos hilos os enreden y os den mucho carrete. Un pespunte, digo, un abrazo.
lunes, 23 de mayo de 2022
Los libros de mayo: una guía de Nueva York
lunes, 7 de febrero de 2022
Las historias reales de febrero: unos cuantos hilos de Twitter.
Muchos de los que me seguís en Twitter habréis notado que mi producción de hilos se ha visto disminuida, ya que tengo otros proyectos literarios y divulgativos en el horizonte. Sin embargo, alguno ha caído, y para que tanto los que están en esa red social como los que no la visitan de manera habitual, aquí los enlazo para que podáis disfrutarlos: tenemos a Eugenia Martínez Vallejo, mal llamada La Monstrua; presentamos una serie de lugares que se encuentran en ocasiones bajo el agua, y en otras no, de tal manera que resulta difícil saber en qué situación nos gustan más; y aquí estuvimos contando unas pocas anécdotas de cine. Espero que os gusten y, si existe algún tema del que os gustaría que hablase, en este u otros formatos, no dudéis en sugerírmelo. Un saludo
martes, 17 de agosto de 2021
Las películas y las historias reales de agosto: un mismo hecho bajo distintos puntos de vista
Toda historia tiene dos versiones, o eso dice el viejo axioma. Y toda realidad es interpretable, y ésa es una de las bases del cine y de la literatura. Billy Wilder estaba viendo una película sobre un hombre que toma prestada la casa de otro para citarse con sus conquistas amorosas y pensó: <<¿Qué pasa con el pobre tipo que les deja el piso?>>. Así nació El apartamento. Hay múltiples films que se inspiran precisamente en contar una historia no de la misma manera, sino desde dos ópticas diferentes, de tal manera que es la visión conjunta de todas ellas la que te da una perspectiva global del asunto, salvando todas las licencias e invenciones que (sobre todo en las <<basada en hechos reales>>) pueblan las películas de Hollywood. Esta es una lista, para nada exhaustiva, pero sí en mi opinión sugerente, acerca de esos conjuntos de películas que se relacionan entre sí:
-A veces se trata sólo de cambiar al personaje principal. La película Bonnie&Clyde (1967) está narrada desde el punto de vista de los atracadores de bancos y fugitivos, mientras que Emboscada Final (2019), con bastante menos acierto, lo hace desde el punto de vista de los policías.
-En el Chicago de 1924, un par de estudiantes universitarios llamados Leopold y Loeb, cargados de un desmedido complejo de superioridad, y adictos a la teoría de Nietszche del superhombre, decidieron demostrar su nivel intelectual desplegando el crimen perfecto, para efectuar el cual arrebataron la vida a un chico de 14 años. A pesar de su preclara inteligencia, les acabaron pillando, y las familias recurrieron para la defensa a Clarence Darrow, un conocido activista en contra de la pena de muerte. El discurso final del abogado de los muchachos -el cual duró 12 horas- fue tan conmovedor que hasta al juez se le saltaron las lágrimas, con lo cual se logró que la condena a muerte se sustituyera por una de prisión perpetua (uno de los jóvenes murió a manos de los presos en la cárcel, mientras que el otro acabó liberado tras cumplir 34 años de reclusión). La tragedia se ha narrado de dos maneras. Por un lado, fue recreada (con sus variaciones, pues en teoría se trataba de ficción) en una obra de teatro donde se señalaba la naturaleza homosexual de los dos muchachos, y que funciona como un relato de misterio donde nos preguntamos si se acabará descubriendo la autoría del asesinato. Esta obra sería más tarde adaptada (esta vez, sin el trasfondo homosexual, aunque era bastante evidente) en la película de Alfred Hitchcok La soga, la cual funciona como un mecanismo de precisión en torno a un arcón, una intriga, y el falso plano-secuencia más famoso de la historia del cine. Pero, por otro lado, la película Impulso criminal describe de manera más ajustada a la realidad el devenir de la investigación y el juicio y, sobre todo, tiene a un Orson Welles ejerciendo de Clarence Darrow en un film con bastantes partes censuradas en la versión en castellano (ya que, obviamente, en 1959, un alegato contra la pena de muerte no era el tipo de discurso bendecido por el régimen franquista).
-Nos han contado las diversas vivencias de los judíos que pasaron por el guetto de Varsovia a través de varias películas, siendo quizás La lista de Schindler y El pianista las que muestren con mayor claridad los distintos rumbos que podía tomar tu vida a lo largo de ignotos caminos, ninguno de los cuales te garantizaba la seguridad.
-Tanto "Operación Anthropoid" como "El hombre del corazón de hierro" narran el atentado que acabó con la vida de Richard Heydrich, "el carnicero de Praga", a manos de dos miembros de la resistencia checa durante la Segunda Guerra Mundial, pero mientras la primera se centra en el punto de vista de los perpretadores, la segunda lo hace más en la biografía del militar nazi. Por cierto, este último también es el centro alrededor del cual gira "Conspiracy", una película donde se describe la reunión donde se planeó aplicar la "solución final" al problema judío por parte de las autoridades alemanas. En esta última película aparece como un personaje secundario la figura de Adolf Eichmann; varios films ("Eichmann" en 2007, y "Operación Finale" en 2018, entre otras) han descrito la captura del jerarca nazi en 1960 mientras se se hallaba escondido en Argentina, pero la película "Hannah Arendt" profundiza en las motivaciones que la filósofa judía encontró en la conducta de este burócrata desalmado, a través de su teoría de la "banalidad del mal". Como puede verse, un rosario concatenado de causas y consecuencias.
-En el caso de narrar historias relacionadas, no hay nada como contar con el mismo actor para hacer del mismo personaje. Vicent Cassel había interpretado, en la "Juana de Arco" (1999) dirigida por Luc Besson y protagonizada por Mila Jojovich, a Gilles de Rais, un noble galo que quedó traumatizado por la muerte de la santa francesa y que, quizás por eso (o tal vez no), se dedicó, desde el castillo donde resisdía, a secuestrar a jóvenes a los que torturaba de maneras horripilantes para luego darles muerte, hasta que sus delitos fueron tan infames que las autoridades se vieron obligados a intervenir. Pues bien, en la película "The Reckoning" -en castellano, "El misterio de Wells" (2003)-, Cassel interpreta a un trasunto del asesino aristócrata en una ficción bastante lograda, y quizás el mejor trabajo del habitualmente secundario Paul Bettany hasta la fecha.
-La película "The Glorias" y la serie "Mrs. América" tratan ambas de la influencia de un grupo fundamental de mujeres en el movimiento feminista, pero mientras la primera se centra en la figura de Gloria Steinem a lo largo de su vida, la segunda es transversal en un momento clave (la aprobación de las leyes de igualdad en Estados Unidos), y también más coral: de hecho, la mujer más destacada es la archienemiga de los derechos de la mujer, una Phyllis Schlafly interpretada por una Cate Blanchett en estado de gracia.
-Ya saliendo del terreno de la historia, y entrando un poco más en el apartado de la ficción, "Blackthorn", del muy buen guionista Mateo Gil, retoma el relato justamente donde se quedó al final de "Dos hombres y un destino", y narra una ucronía donde uno de los componentes del famoso dúo Butch Cassidy-Sundance Kid sigue vivo, excusa que el director aprovecha para grabar un western crepuscular enmarcado en los bellísimos parajes de las salinas de Bolivia. Muy recomendable para los amantes tanto del cine clásico como del moderno.
-Diferentes films acerca de la figura de Churchill se centran en distintos períodos de su vida: los años previos a la Segunda Guerra Mundial, en los que advertía del peligro de Hitler -"The gathering storm" (2002), película televisiva basada en sus memorias, con una secuela cinematográfica con nuevos actores, "Into the storm"-; los meses iniciales tras ser nombrado Primer Ministro ("Darkest Hour", 2017); o ante un inminente desembarco de Normandía ("Churchill", 2017). Es una pena que ningún film haya decidido focalizar en otras partes de la biografía de Churchill, como su rocambolesca huida de juventud de un campo de prisioneros en Sudáfrica, o sus más que censurables actos respecto a la India que efectuó desde su posición como Primer Ministro.
He aquí nuestra pequeña recopilación de películas relacionadas. ¿Os atrevéis a hacer alguna aportación? Espero con ansia vuestros comentarios.
lunes, 9 de agosto de 2021
La historia corta de agosto. Dedicadas a Eduardo Galeano (X): El experimento
Fue un experimento sorprendente.
En una escuela de verano para niños,
la monitora quiso enseñarles a los chavales cómo son las relaciones entre los
países del mundo. Así que repartió la Tierra entre ellos.
Cada niño representaba a un país
concreto. A cada uno le eran asignados unos materiales, según el país que le
había sido asignado. Los países ricos tenían compases, reglas, escuadras,
cartabones... pero pocas materias primas; a la niña de Estados Unidos, por
ejemplo, le correspondieron escasamente dos folios. Y los países pobres no
tenían ninguno de esos instrumentos, pero sí muchas materias primas, por
ejemplo diez folios cada uno. El objetivo del juego era hacer, con los materiales
de los que disponían (o con los que pudieran conseguir por intercambio) figuras
de papel con distintas estructuras geométricas, que serían las equivalentes a
billetes. Y comenzó el juego.
Los resultados fueron inesperados
La niña de Estados Unidos, que era
la típica muchacha egoísta que lo quería todo para ella, trató de venderles a
los países pobres un compás roto. Entonces, los países pobres decidieron
hacerle un boicot, y se asociaron entre sí, consiguiendo realizar entre todos
muchísimas figuritas, mientras que la niña de Estados Unidos se quedó sola,
encerrada en su esquina, sin poder construir ninguna figura en absoluto.
A veces uno se pregunta qué pasaría
si les diéramos a los niños el control del mundo...
lunes, 26 de julio de 2021
El relato del mes: Eterno retorno
Eterno retorno
<<No
quisiera yo haber vivido en aquellos tiempos>>, subrayaba extasiado, en
mitad de una carcajada, un jovial Julian Mankis sobre el estrado de la
Asociación de Periodistas del Chicago durante la recogida del Premio al Mejor
Cronista de la Ciudad de aquel año, mientras relataba la historia de
ibn-Jasana, el hombre que había constituido su principal fuente de inspiración:
<<Entre otras cosas>>, retomaba la historia Mankis, <<porque
murió atropellado por una caravana de camellos>>. Risas entre la
multitud. <<Pero, ciertamente, se trataba de un personaje
fascinante>>, prosiguió. <<Aunque hijo de un camellero (quizá por
eso el destino le reservó aquella irónica muerte), supo ganar los contactos
suficientes entre las clases altas para situarse cerca de los más destacados
dirigentes de aquel tiempo. Y, aunque sin duda alcanzó aquella preclara
posición gracias al amiguismo y a las habilidades sociales desplegadas durante
las fiestas, actitudes con las que los presentes no nos identificamos en absoluto>>,
leve tos cómplice y cómica, nuevas risas entre un público entregado,
<<aprovechó este lugar de privilegio para narrar de manera fidedigna las
tramas y conspiraciones que se urdían a su alrededor, en un inmenso tapiz
humano del que ibn-Jasana nos ofreció una reproducción exacta. De hecho, lo
hizo de manera excepcional para la época, pues siempre buscó, como explicación
para los hechos, causas y consecuencias humanas, sin atribuir los sucesos al
designio de algún dios o a aquel fatalismo determinista tan propio de la época
y de la comunidad islámica. Salvo, quizás, durante aquella ocasión excepcional
en la que, conmovido por el relato que escuchó acerca de una lluvia roja, como
producida por sangre -hoy sabemos que probablemente se debía a la influencia
del polvo del desierto-, especuló con que los ominosos acontecimientos que
tuvieron lugar a continuación pudieron ser augurados por este signo de
pronóstico infausto. Pero incluso el cronista más incólume posee espacio, en su
corazoncito, para algo de poesía, una pizca de romanticismo y un fragmento de
humanidad. Salvo yo, por supuesto>>, apuró el orador la copa mientras la
rendida audiencia prorrumpía en un estruendoso aplauso.
Al
abandonar la gala en su flamante deportivo, Mankis se hallaba eléctrico, exacerbado
por el hecho de haber alcanzado la cresta de la ola de su profesión y, por
supuesto, lo que menos le apetecía era irse a la cama. Por ello, se dirigió a
un lugar donde no estaba seguro de lo que se estaba cociendo, pero de lo que sí
tenía certeza es que sería algo interesante: la mansión Hamilton. No iba por
supuesto en busca del viejo Hamilton (cuya fortuna iba a la par con los años
que cargaba a la espalda), sino del joven heredero, el apolíneo Mark Henry Jr.,
un chico que a la tierna edad de treinta años ya había sido bendecido con casi
todas las virtudes y dichas que puede recibir un hombre y, a partir de
entonces, con esa galante desenvoltura de la que hacen gala los que siempre han
tenido dinero y, además, poseen la suerte de atesorar talento, se había
dedicado a exprimir la vida al máximo. Filántropo, viajero, inversor, doctorado
en Estudios Clásicos, con un grupo de amigos excepcionales que uno sólo puede
fraguar en Eton y Cambridge (esta última opción fue una elección personal, para
llevar la contraria a su oxfordiano padre), había hecho hasta sus pinitos en el
teatro interpretando a un Casio bastante notable, a decir de los más
inclementes críticos. Pero, como Oscar Wilde, Mark Henry Jr. reservaba el
talento para sus actividades profesionales, y en su vida sólo desplegaba un
derroche incesante de genialidad. Por eso, Mankis se sorprendió al hallarle en
su mansión, aquel viernes por la noche, solo en medio de su salón, en compañía
de una copa de vino, en medio de una tan escasamente estimulante actividad como
atender a un documental de leones que ponían en la televisión, sin ninguna
perspectiva de celebración o desmadre a largo de las próximas horas.
-¿Qué
te ocurre, amigo mío?¿Te encuentras mal?¿Enfermo acaso? -inquirió Mankis.
-Sólo
un poco melancólico -esgrimió el multimillonario-. El otro día me currió una
cosa extraña.
Empezó
su relato. No duró mucho, apenas unos cuantos minutos. Pero hubo un apartado
que a Mankis le llamó poderosamente la atención: <<... atravesamos un
desierto de roca con el jeep. En medio, empezó a caer una lluvia densa,
plomiza. Nos fijamos en que ésta posería un tono rojizo. No nos atrevimos a
salir del coche: tenía un tacto barroso, pesado, inquietante. El vehículo llegó
a la ciudad como si le hubieran vertido una tonelada de pintura roja. Luego nos
enteramos, a través del servicio metereológico, de que por lo visto se había
debido a un tipo especial de lluvia ácida. Muy extraño. Ése es el tipo de
acontecimientos que te hace reflexionar sobre el futuro del mundo. En general,
es de esta clase de cosas que te hace pensar...>>.
Mark
Henry Jr. no conocía el discurso que Mankis acababa de dar en la entrega de
premios. El tono conmovido de sus palabras, además, incitaba a pensar al
periodista que aquello no se trataba de ninguna clase de broma o de jugarreta,
sino de una genuina meditación a partir de un hecho excepcional. Así pues,
aquella extraña semejanza con la narración de ibn-Jasana, ¿constituía tan sólo
una casualidad afortunada? Bien pudiera ser, meditó el periodista: bien sabemos
que este tipo de fenómenos existen, y que, si bien no poseen ese poder omnímodo
para modificar el argumento de una historia o el curso de una vida, como ocurre
en las novelas del siglo XIX, han de atribuirse más a la aleatoriedad del mundo
que a cualquier clase de maquiavélica conspiración. Así pues, Mankis no le
concedió mayor importancia al hecho y, a pesar del tono meditabundo de su
amigo, consiguió migrar la conversación hacia temas más agradables y mudanos.
Pero
hete aquí que, un par de días más tarde, llegó la segunda coincidencia a sus
vidas, y allí Mankis encontró una suerte de confirmación. En apariencia, el
hecho no podía ser más anecdótico: Mark Henry Hamilton Jr. se había enamorado.
Mankis era sabedor de que, para el volátil y atractivo vástago, aquello no era
una novedad. Al fin y al cabo, cual Romeo atolondrado, el bello Aquiles
encontraba al amor de su vida unas dos veces por semana, y se desenamoraba, sin
mayores consecuencias, con la misma facilidad. Pero en aquella ocasión fue distinto.
En sus ojos había un candor, un punto de fe incalculable, que no existía en
ellos unas cuantas noches antes. Era como si, del cínico, el vividor, el que no
se tomaba nada en serio, hubiéramos pasado al hombre que ha apostado
absolutamente todas sus cartas a una causa, y sabe que ya no habrá marcha
atrás. La pura fuerza de aquella pasión lo obnubilaba y, de la misma manera,
perturbó el corazón de Mankis. Más aún cuando le reveló la identidad de la agraciada:
se llamaba Claudia de Nó, y era descendiente de Lorente de Nó, un conocido
gángster de la época en que las disputas en Chicago se arreglaban a tiros;
quien, para limpiar su escudo familiar y aportarle una pátina de respetabilidad
a la estirpe, se había cambiado el nombre a Lawrence de Nó, más acorde con el
anglicismo imperante. Pero ahí fue donde las campañas resonaron con furia en el
cerebro de Mankis y, sin apenas mediar palabra, mientras su colega de farra le
detallaba absorto el sentimiento profundo de su alma, el periodista pergeñó una
excusa para abandonar al heredero con sus musas y sus flores, y marchó de
inmediato a la biblioteca a releer concienzudamente a ibn-Jasán.
Allí
estaba, en efecto: el pasaje donde el príncipe Ahmed (personaje altivo y
heroico; inspirador, entre otroa, de narraciones de <<Las mil y una
noches>>, de una cautivadora película de los años 30 elaborada a base de
formas chinescas, y de una simpática comedia de animación protagonizada por un
dicharachero djinn), impactado todavía por el espectáculo de la
lluvia rojiza, cae prendado, cual sacudido por un hechizo, de la princesa
Jaida, descendiente de una tribu de bandoleros del desierto que habrían trocado
el antiguo negocio por uno muy similar, el de políticos y comerciantes. El amor
entre Ahmed y Jaida se presentaba como ingenuo y puro, pero oscuras fuerzas se
cernían amenazadoras a su alrededor, entre otras razones por el tradicional
enfrentamiento que se había desplegado entre familias. Mankis recordó que entre
Lorente de Nó (contrabandista durante la Ley Seca) y el abuelo Hamilton
(policía, en una época en la que se llegaba a comisario por recomendación
familiar) se habían producido sus más y sus menos. ¿Era posible que aquel
evidente paralelismo se debiera a algo más que a la aleatoriedad en las
relaciones humanas? Sólo se le ocurría a Mankis una manera de averiguarlo, a
tenor de la información de la que disponía, y por tanto se levantó, recogió la
tarjeta con la invitación que le había entregado Hamilton aquella misma mañana,
y se dirigió al lugar donde rezaba, para sus adentros, por no observar ninguna
clase de maravilla.
La
recepción de la Fundación del Patronazgo para las Ciencias de Chicago
destinaría el dinero recaudado por la cena benéfica a laboratorios donde se
cultivarían bacterias, y sufridos jovenzuelos se esforzarían por renovar sus
becas, pero lo que desde luego no faltaba en aquel evento eran ni brillos ni
oropel. Abrigos de visón antiguos alternaban con lustrosos anillos modernos,
pero Mankis no se detuvo en ninguno de estos aspectos para redactar crónica
alguna, sino que se dirigió a tumba abierta en dirección al ostentoso automóvil
que se hallaba aparcando en la puerta de entrada, cuya portezuela se abrió para
dejar paso a un exultante Hamilton Jr. acompañado del brazo de una
despampanante joven de hermosos cabellos rubios recogidos en un moño, un
deslubrante vestido de lentejuelas negras que dejaba al descubierto los níveos
hombros, y un collar de perlas refulgentes que servían sobre todo para destacar
aún más la esbeltez del hueso de su clavícula. Aunque, sobre todo, entre su
bien perfilada nariz y unas cejas tan bien perfiladas como dominadoras de la
situación, se abrían unos ojos enormes... y heterocrómicos: verde un irs, azul el
contrario. Ya no cabía duda, se estremeció Mankis: no era posible tanta casualidad.
La historia se estaba repitiendo, punto por punto, en el caso del príncipe de
Ahmed y en el de su amigo Hamilton. Ya eran demasiadas notas de azar en la
misma melodía. La similitud entre ambos acontecimientos se hizo aún más exacta
cuando en mitad del evento de la fundación, para pasmo y aplauso de la
concurrencia, la pareja anunció su compromiso, el cual sellaron (entre dos
ávidas bocas) con un sensual y atropellado beso. Pero aquel momento en
apariencia tan romántico, para el periodista, se trataba de un pronóstico
infausto. Porque aquello significaba que, dentro de una semana exactamente, su
amigo iba a morir.
No
cabía duda: por más que repasara tanto las fuentes originales (siempre había
que volver a ellas, recordaba Mankis para sus adentros, para así huir de las
mentiras y tergiversaciones con las que otros historiadores habían construido
sus carreras) como las diversas intepretaciones que sesudos eruditos habían
llevado a cabo a partir de las primeras, no cabía alternativa. Todos los datos apuntaban
a que, de allí a una semana, Mark Henry Hamilton Jr. fallecería asesinado bajo
los puñales de la familia de su esposa, merced a una traición en la que ésta
seguramente jugaba alguna clase de papel. Mankis se hallaba profundamente
indignado por esta serie de circunstancias. No sólo porque nunca le había
apasionado esta secuencia de acontecimientos descritos por ibn-Jasán (por muy
narrativamente interesante que pudiera resultar, venía aparejado con la
moraleja de que una familia de bandidos siempre será una familia de bandidos,
cosa que a Mankis, por razones tanto ideológicas como personales, no le hacía
gracia creer), sino porque le situaba en una encrucijada de difícil salida.
¿Debía el periodista -y amigo de la familia afectada- hacer algo al respecto?
Y, de ser así, ¿cómo? Por otra parte, ¿quién iba a creerle?¿Con qué cara se
presentaba ante cualquiera y le hablaba de improbables coincidencias y de
enterrados cronistas musulmanes?¿Aludiría a las historias circulares de Borges,
por las cuales el pasado se repite indefinidamente por idénticos o similares
protagonistas?¿Mencionaría el eterno retorno de Nietszche, bajo el cual nos
hallamos condenados a cometer los mismos errores los hombres, los hechos, la
entera filosofía recurrente de la civilización occidental? Cuanto más lo
pensaba, más absurdo se le antojaba, más inverosímil, más difícil de confrontar
con ninguna otra persona, salvo quizás con la Casandra de la mitología griega
de quien nadie creía sus profecías, la cual se sentíría muy empática al respecto.
Aun así, Mankis se creía en la obligación moral de hablar con el joven
Hamilton: a pesar del riesgo de incredulidad, de la exposición al ridículo,
habían compartido demasiado y le debía demasiadas cosas como para no expresarle
sus sospechas.
Por supuesto,
no sólo halló incomprensión. Recibió mofa, befa, y hasta descalificaciones
personales. El heredero de la fortuna de los Hamilton se lo tomó primero a
broma. Pero luego, al darse cuenta de que Mankis acusaba al amor de su vida, ¡a
su prometida!, de traición en potencia y de complicidad en su asesinato, el
joven millonario estalló. Le acusó de tenerle envidia, de haber caminado
siempre a su sombra, de sentirse celoso y pretender ahora ahogar su felicidad
para ocultar su propia amargura de patética plumilla, el cual siempre
permanecería solo, embebido en su ruin mezquindad. Mankis abandonó la casa de
su amigo no sorprendido (ya había augurado el desenlace de la reunión, en forma
de fracaso, desde antes de entrar en la mansión), pero sí dolido por las palabras
tan abruptas y desabridas que le había dirigido su amigo. Aunque no sabía si
ese último término era ya válido para utilizar.
No obstante, había una cuestión que a Mankis le intrigaba sobremanera. ¿Por qué
ella? Era evidente, a la luz de los textos que investigaba, que la princesa
Jaida (Claudia de Nó en una ¿reencarnación? posterior) había tenido
algo que ver en las malvadas maquinaciones de su clan, al menos en la parte
final de las mismas. Pero, ¿por qué lo había hecho? Su amor asemejaba -entonces
y ahora- sincero. Ella sólo tenía que perder con la muerte de su amado. ¿Qué la
conducía entonces a participar en la conjura?¿Era verdad al final que, después
de todo, la fuerza de la sangre siempre tira, por encima de cualquier otra
consideración? Mankis se negaba a aceptarlo. Pero sólo existía una insensata
manera de desentrañarlo. "De perdidos al río", meditó para sus
adentros, y se dirigió a preguntárselo directamente a la interesada.
La
vivienda de los De Nó era una inmensa casita de muñecas con figurines
articulados a escala 1:1, sapicada de lámparas de araña, nervaduras de oro
apuntalando vigas, remaches de plata en los cuidadísimos detalles, y tacitas de
delicada porcelana que parecían estar a punto de saltar en un baile
coreografiado al igual que la vajilla del príncipe Ahmed en aquella película de
animación que le dedicaron (¿o se trataba de otro film?). Hasta la servidumbre
daba la facha de un conjunto orquestado de autómatas, prestos a aparecer ipso
facto ante a la llamada del señor. En este ambiente del siglo XVIII,
la imagen de la bellísima Claudia de Nó, con sus tatuajes a la espalda, sus
cabellos tintados de rubio, y su vestido de corte vintage con
puntillitas y transparencias oscuras alrededor de los hombros, constituía la
quintaesencia de la modernidad que ha conquistado e incorporado lo antiguo,
como una estrella de rock apalancada en un palacio de rancio abolengo. Sin
embargo, a pesar de sus exquisitos modales y su bien medida cortesía, Mankis
supo apreciar, en el trato de aquella mujer en apariencia inaccesible por las
preocupaciones mundanas, un punto de íntimo pavor. Fue el ligero temblor con el
que sostuvo la taza de etérea porcelana lo que le llevó a Mankis a escrutar con
detenimiento cada milímetro de la superficie de la habitación hasta encontrar
un objeto que a la pulcra dama, en su nerviosismo, se le había pasado ocultar:
un test de embarazo. En cuanto lo avistó, volvió los ojos hacia ella, quien
agachó la cabeza, tan avergonzada como temerosa. Mankis supo que era el primero
que descubría aquel secreto, unos pocos minutos después de ella misma. Sin
embargo, en aquel momento lo entendió todo: esto explicaba por qué una pareja
tan bien avenida, tan cómplice en sus manifestaciones públicas (y, según
decían, privadas; tanto que los que se hallaban alrededor durante sus arranques
de fogosidad tenían que marcharse antes de que la cosa pasara a mayores), de
repente se iba a romper de manera irreversible, y ella iba a consumar la
traición de apuñalarle entre los hombros. Porque ahora, ambos eran dos pero, en
cuanto entrara en juego esa tercera persona, ella pasaría a ser dos también,
pero con otro ser. Y entonces (sin duda chantajeada por su propia familia, que
se enteraría pronto del secreto que hasta aquel momento tan escrupulosamente
guardaba) se vería obligada a ceder. y a anteponer la vida del niño a la del
amor que lo había concebido, para darle muerte en una orgía de sangre y
violencia. Mankis no pudo juzgar a aquella mujer, igual que no podía valorar
aquella intempestuosa pasión que a ambos amantes estaba abocando a la
degeneración y la violencia y por ello, sin decir nada más, abandonó aquella
casa en silencio, arrostrando miles de dudas sobre cuál era el mejor paso que
podía efectuar a continuación.
La boda (tan rauda como inesperado el compromiso; y Mankis sabía, al contrario
de lo que vituperaban las malas lenguas, que no se debía a un embarazo el cual,
en el momento de anunciar el enlace, desconocían: sino a un prístino,
arrebatador, trágico amor envuelto en llamas) se celebraba aquel domingo en una
iglesia presbiteriana que constituía un buque insignia de la ciudad, a pesar de
la oposición de la católica familia de la novia. Mankis estaba oficialmente
invitado aunque, después del incidente que había tenido con el joven Hamilton
poco tiempo antes, sabía que su presencia no sólo sería de mal gusto, sino
aborrecida. Sin embargo, el periodista tenía la necesidad de acudir, de
presenciar, de estar allí, quizás para hacer algo o (si al final la
predestinación, algo en lo que ibn-Jasán en el fondo creía, se acababa
imponiendo de manera inexorable) al menos para ser testigo de los hechos. La
novia, hay que decirlo, estaba radiante en su vestido blanco, tan virginal como
estimulante para la imaginación; un trémulo movimiento de emoción se apreciaba
en los labios, gesto que la concurrencia atribuyó a la felicidad, pero sólo
Mankis era consciente de que aquellas lágrimas no eran de alegría. Lo cierto es
que se respiraba una calma tensa en el ambiente, como si en cualquier momento
fuera a acontecer una desgracia. La manera en que se desarrollaba todo por el
carril previsto era tenida más por una inminencia de desastre que como la
consecuencia de una ceremonia bien organizada. Cuando al final se pronunció el
"sí, quiero", y la pareja se entregó un trémulo beso en los labios
que sonó a despedida, ambos se cogieron del brazo y desfilaron hacia la salida.
Mankis sentía que caminaban en cámara lenta hacia un Ragnarok del que sólo él
era consciente, pero cuyos signos podían, como las profecías de Casandra,
intuirse desde hacía mucho.
La
multitud salió al exterior. Momento de fotos en mitad de las escaleras: con
toda la pompa y el boato que dos grandes familias de la aristocracia local
podían ofrecer. Mankis se había colocado al pie de las grandes escalinatas de
mármol, casi al límite del borde entre la calzada y la acera, con el objetivo
de ver el conjunto con cierta perspectiva: divisar cada uno de los actores en
el conflicto, localizar patrones y hasta, si era posible, ser capaz de prever
acontecimientos medio segundo antes de que acaecieran. En todos los
microambientes de aquel cuadro de Rembrandt se respiraba felicidad -hasta en el
rostro del novio, pasados los nervios, cual exitoso Paris tras conseguir el
mayor logro de su vida-, salvo alrededor de la figura de la novia, lívido su
rostro en un blanco céreo, como si acabara de ver llegar a la muerte en
Damasco. Y tal vez la vio, conforme el anciano Lorente de Nó (ahora Lawrence)
se aproximaba a la feliz pareja. Mankis se envaró: ¿era éste el momento que aguardaba?
Agitó la cabeza con incredulidad: no era posible que un hombre tan mayor alzara
el puñal mortificador; aunque sí que resultaba más factible que realizara el
gesto que incitara a los asesinos a ejecutar su macabra misión. El provecto De
Nó saludó primero a la pareja y luego se volvió hacia el resto de la
concurrencia para enunciar unas palabras. Mankis casi pudo deletrearlas en los
labios con él, porque ya las había leído en alguna otra parte: "Toda mi
vida se ha dicho que mi familia ha sido una de ladrones, cuatreros,
asesinos... Me han dicho que las personas no cambian. Y tenían razón".
Ahí, sin embargo, hubo un silencio: algo más, se produjo una pausa. Y, después,
la música cambió. "Pero el hijo que salga de la unión de esta feliz pareja
será distinto: él no será un ladrón". Mankis sintió como si le hubiera
atravesado un rayo: de repente, fue como si se cayera el telón y se desarmara
la tramoya. La historia (la Historia) había cambiado: el relato ya no se
desarrollaba del mismo. Mankis se sintió sobrecogido ante la verdad que le
había sido revelada: el mundo no era un mecanismo de relojería ineluctable y
preciso; el libre albedrío constituía algo más que una entelequia; las personas
tenían la posibilidad de enmendar sus errores, de corregirse y cambiar. Fue
como si un rayo se sol se abriera paso entre las opacas nubles e iluminara el
semblante de los presentes, hasta el de la novia, a quien le había mudado de la
cara el color para presentarse con la lozanía de quien sabe que tiene, delante
de sí, todos los días de la primavera. Fue tanto el alborozo que cundió entre
el gentío, tan altos se desplegaron los gritos de júbilo y algarabía, que por
ello Mankis tardó un segundo de más en escuchar la bocina que le increpaba
desde su derecha. Así que sólo cuando se volvió (una décima de instante
demasiado tarde) fue cuando el historiador comprendió que en algunas ocasiones
la historia rima, sí, pero que nunca se fija en los mismos personajes ni
idéntica perspectiva; que algunos cuentos no son los que protagonizan el
príncipe o el califa, sino un mísero vagabundo, o un irrelevante cronista
oficial; y que, en este eterno retorno, las cosas que se repiten no son
necesariamente aquellas en las que nos fijamos los espectadores ajenos, ni
mucho menos las que observan ensimismados los que se hallan en el vórtice de la
acción. Todo eso le pasó por la cabeza antes de que el camión que circulaba a
intrépida velocidad por la calle se saliera por la acera y le arrollara, con el
mismo ímpetu y resolución que una caravana de camellos.
lunes, 17 de agosto de 2020
El libro y la película de agosto: "Un paseo por el bosque"
domingo, 12 de julio de 2020
El libro del mes: "Manual para mujeres de la limpieza", de Lucía Berlín
lunes, 4 de mayo de 2020
Los libros de mayo: misioneros, antropólogos y corresponsales. Unos cuantos libros sobre viajeros
-"Una plaga de orugas". Segunda parte de "El antropólogo inocente", un libro del que ya hablamos en otro post. En esta nueva entrega, nuestro sarcástico, intrépido y aturullado antropólogo vuelve a África, esta vez más maduro y curtido, y los lugareños le recompensan su retorno mostrándose más sinceros y vacilándole con menor frecuencia. Eso sí, los equívocos y las situaciones absurdas y enrevesadas siguen sucediéndose a manos llenas. No tan chocante como la primera parte, por supuesto, aunque casi igual de divertido.
-"Todas las historias y un epílogo", de Enric González. Muchos conocéis a este periodista que, con nómina de "El País", fue corresponsal en el extranjero durante muchos años en varias grandes capitales del mundo. Su estancia en tres de ellas fueron reflejadas en sus correspondientes volúmenes de "Historias" ("Historias de Londres", "Historias de Nueva York", "Historias de Roma"), ahora reunidas, sólo levemente modificadas y con un epílogo redactado desde Jerusalén. Enric González escribe con la mirada despreocupada de quien pasea ocioso por la ciudad, preguntándose por sus pedacitos de Historia, por sus personajes urbanos, por la forma en que se entremezcla lo personal y lo profesional, y por los relatos curiosos, tanto antiguos como modernos, que albergan cada rinconcito y esquina. Una buena guía de viaje tanto para los que ya han disfrutado de esas ciudades como quienes aspiran a hacerlo en un futuro que, por muy lejos que se nos antoje, tranquilos, siempre acaba por llegar. Nos vemos en él. Hasta muy pronto.
lunes, 17 de febrero de 2020
Las recomendaciones de febrero: cuentos y cuentistas
-"Los peligros de fumar en la cama": Mariana Enríquez crea atmósferas inquietantes en las que la adolescencia, la sensualidad y el terror sutil están ahí para hacernos dudar de la inocencia de los objetos cotidianos. La autora ya publicó libros de cuentos previos ("Cosas que perdimos en el fuego") y recientemente se ha pasado a la novela con "Nuestra parte de noche", ganador del Herralde de novela.














